Fiesta de la Sagrada Familia (31 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Emili Solano, monjo de Montserrat (31 de diciembre de 2023)

Génesis 15:1-6; 21:1-3 / Hebreos 11:8.11-12.17-19 / Lucas 2:22-40

 

Hermanos. Este domingo, que sigue al día de Navidad, celebramos con alegría la Sagrada Familia de Nazaret. Hace algo más de un siglo que el Papa León XIII instituyó la fiesta de la Sagrada Familia, con el fin de que los creyentes pudiéramos contemplar un modelo evangélico de vida, al tiempo que encomendarnos a su protección.

La Navidad es no es sólo la Fiesta de Dios que se hace hombre. Es también la fiesta de la familia. Porque es en el seno de una familia, la Sagrada Familia, donde es acogido con gozo, nace y crece el Hijo de Dios, hecho hombre. Nos lo decía el evangelio de hoy: El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.

El Mesías quiso empezar su labor redentora en el seno de una familia sencilla, normal. Lo primero que santificó Jesús con su presencia fue un hogar. Por tanto, a nosotros nos ayudará a santificarnos la vida familiar. Nada pasa de extraordinario en los años de Nazaret, donde Jesús pasó la mayor parte de su vida. Tuvo a la Virgen María como madre. Una madre generosa, capaz de guardar en el corazón los tesoros silenciosos de su experiencia de vida. Y san José le hizo de padre. Un padre carpintero, que inició al hijo en las artes de su oficio para servir a la comunidad. Un hijo que crecía en amor y sabiduría ante los ojos de Dios y de todos los hombres, escuchando a los padres y siguiendo las tradiciones de su pueblo.

La familia de Nazaret es feliz porque ha puesto a Dios en el centro. Como dice el salmista: “¡Feliz tú, fiel del Señor, que vives siguiendo sus caminos!”. Poner a Dios en el centro de la familia, nunca va en detrimento de sí misma ni de sus componentes. Cuanto más abramos nuestro corazón a Dios-Amor, más y mejor podemos amar a nuestros seres cercanos; más fuerte se hace el amor y la unión entre los esposos, más verdadero y fuerte es el amor de los padres a los hijos y de los hijos a los padres. Dios siempre bendice a la familia y nosotros podemos adentrarnos en su amor a través de nuestras familias.

San Pablo nos ayuda a reconocer el amor que debe darse en la familia: es un amor recíproco, entregado, respetuoso, e incluye necesariamente el perdón. Este amor es el enlace que mantiene unido a los esposos y a la familia, más allá de todas las tensiones y dificultades, en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y las penas; ese amor busca siempre el bien del otro; ese amor es el antídoto de todo amor falso, de los egoísmos, del aislamiento, de la soledad; este amor preserva a la familia de la desintegración.

La familia, basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, sigue siendo insustituible para el verdadero desarrollo de los esposos y de los hijos, para la vertebración de la sociedad y para el futuro de la humanidad. Cuando el matrimonio y la familia entran en crisis, es la propia sociedad la que enferma.

Si la veneración a los santos, centrada durante los primeros siglos en los mártires, ha servido siempre para ser conscientes de que es posible vivir de cara a Dios, la meditación en torno a la familia de Nazaret sitúa al entorno familiar como el modelo de la santidad vivida con la ayuda de los demás.

¿Es así nuestro hogar? ¿Le dedicamos el tiempo y la atención que merece? ¿Es Jesús el centro? ¿Nos desvivimos por los demás? Son preguntas que pueden ser oportunas en nuestra oración de hoy, mientras contemplamos a Jesús, María y José en la fiesta que les dedica la Iglesia.

 

Abadia de MontserratFiesta de la Sagrada Familia (31 de diciembre de 2023)

Domingo IV de Adviento (22 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Lluís Planas, monjo de Montserrat (22 de diciembre de 2023)

2 Samuel 7:1-5.8-11.16 / Romanos 16:25-27 / Lucas 1:26-38

 

Las lecturas que hemos escuchado en la eucaristía, durante todo este tiempo de adviento, nos han ido sazonando para que esta noche estuviéramos preparados para admirar la fuerza de Dios en medio de los hombres. Hemos ido escuchando cómo el profeta Isaías nos exhortaba a abrirnos a la esperanza a pesar de que los hechos que vivimos actualmente son especialmente estremecedores, llenos de violencia; o cómo Juan Bautista nos invitaba a una vida más coherente y comprometida. Esta noche nuestra mirada estará centrada en Jesús, sin el poder de la razón de la fuerza, a ojos estrictamente humanos, muy débil, porque la fuerza de su razón es el amor. Pero esto será esta noche, ahora, en esta eucaristía, somos invitados a contemplar a María.

La narración de la anunciación nos la sabemos de memoria. Quizás ahora no se trata de repetirla para que quede bien fijado en nosotros el acontecimiento que experimentó María, sino de vivir el relato porque somos sus testimonios privilegiados. No se trata de memorizar, sino de acompañar a María, de vivirlo con María.

Cada palabra del evangelio de hoy es importante, pero ahora se nos haría muy largo ir repasándolas una por una, frase a frase. Sólo subrayaré algunas que nos ayuden a contemplar el misterio de Dios en María. El evangelista nos ha hecho saber que el propio saludo de Gabriel hace que ella se turbe porque hay una toma de conciencia potente cuando le dice que Dios está con ella. No es un saludo de lo que podríamos llamar “buena educación” sino que penetra en su interior de manera sobrecogedora, pues Gabriel le dijo a continuación: «No tengas miedo, María». Dios ha tomado la iniciativa y le dice cuál es el proyecto de Dios en ella. La hará madre y le pide que le ponga el nombre de Jesús que significa «él salvará al pueblo de sus pecados» (Mt 1,21) como nos hace saber el evangelista Mateo. Todos nosotros sabemos lo que significa. El compromiso es extraordinariamente importante.

Le comunica el itinerario. Todos nosotros lo recordamos: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios». El fruto de su vientre es Santo, es el Hijo de Dios. La tradición bíblica nos recuerda constantemente que es en el Templo donde el que es Santo se hace presente de forma manifiesta. Por ejemplo, es en el templo, que Dios anuncia a Zacarías que tendrá un hijo que debe llamarse Juan. Dios se hace presente en el seno de María y es así que María se convierte en templo de Dios. Esta noche, abiertas las puertas del templo, la luz del Hijo de Dios iluminará a todos los pueblos.

Nosotros que ahora acompañamos a María oímos su respuesta: «Soy la esclava del Señor». La comprensión del significado de esta afirmación pienso que es doble. Por una parte, es la conciencia del propio ser: soy. Es asumir la propia realidad, siempre, toda su vida; no puedo delegarla a nadie. Y, por otra parte, la palabra «esclavo – servidor» es la misión que se me ha encomendado. Para ella será siempre la capacidad de escucha. Por eso podemos decir que María es la primera creyente, porque escucha a Dios, dice sí y hace suya la Palabra. Lo ha dicho así: «que se cumplan en mí tus palabras».

Cada uno de nosotros tenemos la oportunidad única de acompañar a María. Es necesario que nos planteemos si esta oportunidad también nos compromete; porque no se trata de mirárnoslo desde la distancia, como decía al principio, sino desde la proximidad, desde la comunión, de vivir con María su misma experiencia. Porque desde el bautismo nosotros hemos sido llamados, “saludados” como hizo Gabriel a María, y como María también hemos tenido la oportunidad de oír “Dios está contigo”, Dios quiere estar en tu corazón, o como predicaba San Agustín: Dios es más íntimo que tú mismo. Y se hace íntimo por amor. Estos días cuántas veces oiremos: Emmanuel, Dios está con nosotros. Y sólo hace falta que digamos que Jesús, aquel que a los ojos humanos es débil, quiere curarnos y salvar a la humanidad del dominio del poder. Somos cristianos, llevamos el signo de Jesús, implantado en nuestra vida.

Y ¿lo hacemos compartiendo aquí, en ese templo donde Dios se hace presente? Recordemos “donde dos o tres están reunidos en mi nombre allí estoy” Y desde este templo somos nosotros quienes debemos llevar la luz a nuestro entorno. María es la primera creyente, y con María cada uno de nosotros escuchamos la Palabra para convertirnos en servidores. Quizás debemos atrevernos a decir, que se hagan en mí tus palabras, transfórmame cómo lo hiciste con María.

Y, agradecidos, cantamos con el salmista: Cantaré eternamente las misericordias del Señor

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Adviento (22 de diciembre de 2023)

Domingo III de Adviento (17 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Josep M Soler, Abat emèrit de Montserrat (17 de diciembre de 2023)

Isaías 461:1-2.10-11 / 1 Tesalonicenses 5:16-24 / Juan 1:6-8.19-28

 

Juan Bautista es cortante en sus respuestas: No. Yo no soy el Mesías ni ningún otro profeta. Era popular, le habría sido fácil destacar la importancia de su misión y reivindicarse como profeta. Pero no lo hace. Su misión no es la de anunciarse a sí mismo. Es la de ser portador de un mensaje divino y es ese mensaje el que debe anunciar. Así, hermanos y hermanas, lo hizo toda su vida. Fue un testigo fiel hasta el final; y cuando ya sus labios no pudieron hablar, siguió dando testimonio desde la cárcel con su vida insobornable y con su sangre martirial. Juan Bautista es un modelo para todos los que debemos ser testigos de Jesucristo, el Señor. No se trata de hacerse a sí mismo el centro. Sino de dar a conocer el anuncio que viene de Dios.

Ante la triple negación de Juan –no soy el Mesías, no soy Elías, no soy el Profeta esperado–, los enviados por las autoridades de Jerusalén le preguntan: Pues, ¿quién eres? Soy una voz, responde. La voz que grita en el desierto: “allanad el camino del Señor”. Y el evangelista comenta: era un testigo, vino a dar testimonio de la Luz. La luz es la que nos permite ver con los ojos. Y, simbólicamente, experimentar con la inteligencia y con el corazón. En el cuarto evangelio, además, la Luz (con mayúscula) es sinónimo de la Verdad (también con mayúscula) (cf. 1, 9.14). Esta Luz y esta Verdad, es Jesucristo, él ha venido al mundo para iluminar a toda la humanidad (cf. Jn 1, 5). Esta Luz y esta Verdad de las que Juan Bautista da testimonio con la palabra y con la vida, algunos las rechazan y permanecen en las tinieblas, y otros las reciben con fe y les permite ser hijos de Dios y tener una mirada lúcida y esperanzada sobre el mundo.

El anuncio de Juan no era sólo para sus contemporáneos. Es para nosotros que, en el adviento, estamos llamados a preparar el camino del Señor que está cerca. Y debemos hacerlo profundizando nuestra fe, teniendo la humildad en el fondo del corazón, practicando las buenas obras y sacando de nosotros todos los obstáculos que dificultan la acción de Jesucristo. Así podremos acogerlo en la celebración de la Navidad y recibir con agradecimiento el don de participar “de la divinidad de aquél que se ha dignado compartir nuestra condición humana” (oración colecta de la misa del día de Navidad). Si le acogemos con corazón abierto, su Luz brillará en nosotros y penetrará nuestro pensamiento, nuestra afectividad, toda nuestra existencia. Esto nos permitirá una experiencia personal viva y profunda de unión con el Señor que viene.

La proximidad de la Navidad con toda la riqueza de gracia que nos trae, el saber que el Señor está cerca, nos llena de alegría. Por eso, en este tercer domingo de adviento, la liturgia nos repite: “gaudete, alegraos, vivíd siempre contentos en el Señor” (cf. canto de entrada y segunda lectura). Esta invitación a la alegría no es inconsciencia sobre lo que ocurre en el mundo. Tenemos bien presente el conflicto gravemente violento en Israel y en Gaza, la guerra en Ucrania, la crítica situación en Haití, la escalada armamentista en varios lugares del planeta, la falta de agua, el hambre, los terremotos, la explotación de los pobres, la violencia doméstica, el crecimiento de la pobreza, el suicidio de los jóvenes y un largo etc. Cerca de Jesucristo, el cristiano no se inquieta, tiene la certeza de que la esperanza que viene de la Palabra de Dios será satisfecha; cree en aquello de: sostener los brazos que desfallecen, animaos; nuestro Dios vendrá a salvarnos, no dudéis; esperad, si se retrasa, porque vendrá (cf. varias antífonas de adviento). Y hará justicia, liberará de toda opresión, secará las lágrimas de todos los ojos. Ya no habrá ni dolor ni muerte (cf. Ap 21, 4). Éste es el fruto de la Navidad y de la Pascua de Jesucristo. Confiando en ello, el cristiano sabe traducir en oración todas las inquietudes y sufrimientos de la humanidad.

La alegría que estamos invitados a vivir no es la que puede producir un bienestar material, ni un bienestar psicológico, ni siquiera una armonía interior. La alegría a la que nos invita hoy la liturgia es la alegría que viene de Dios y de acoger a Jesucristo y la obra que él hace en nosotros y en la historia de la humanidad. Es la alegría que el Espíritu suscita en el corazón de los creyentes. Es la alegría de ser hijos e hijas de Dios unidos a Jesucristo con la paz que esto conlleva.

En el contexto eclesial y social de nuestros días, debemos ser testigos convencidos, como Juan Bautista, de Jesucristo y de la alegría del Evangelio. No fundamentados en las obras humanas sino en la fuerza de la Palabra de Dios y en la presencia de Jesucristo resucitado en medio de nosotros. Tal y como decía Juan, aquel que es la Luz y la Verdad ya está entre nosotros desde las primeras Navidades de la historia.

En nuestra sociedad, los cristianos deberíamos ser como la levadura en la masa para dinamizarla y hacer crecer las semillas del Reino de Dios que hay en su interior (cf. Mt 13, 33). O bien, dicho con otras palabras, tomadas de san Pablo VI y de san Juan Pablo II (cfr., por ejemplo, de este último: Audiencia General, 9 febrero 1994), “los cristianos debemos ser como el alma del mundo”. Esta frase -ser el alma del mundo- proviene de una obra de principios del s. III, llamada Epístola en Diogneto (cf. 6, 1), que habla de la vida de los cristianos en la sociedad pagana de aquel tiempo. En una sociedad carente de esperanza como la nuestra, con tantos miedos y tantos interrogantes de cara al futuro, los cristianos debemos aportar una visión serena y esperanzada de la realidad tal y como nos la presenta el Evangelio de Jesucristo, debemos ofrecer una respuesta a la gente que busca y tiene sed de sentido, debemos cuestionar la indiferencia de una sociedad que muy a menudo alivia el vacío que experimenta con el consumismo.

La eucaristía que ahora celebramos nos da luz y fuerza para ser levadura en la sociedad, para ser su alma, para testimoniar a Jesucristo que es, que era y que viene.

 

 

Abadia de MontserratDomingo III de Adviento (17 de diciembre de 2023)

Domingo II de Adviento (10 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (10 de diciembre de 2023)

Isaías 40:1-5.9-11 / 2 Pedro 3:8-14 / Marcos 1:1-8

 

Estimados hermanos y hermanas,

Cada año, la palabra y el testimonio del profeta de Isaías y de Juan Bautista nos acompañan en nuestro camino del Adviento. Más allá de la distancia que los separa en el tiempo y más allá también de su estilo y de su manera de vivir, el mensaje de ambos es el anuncio de un nuevo tiempo según el corazón de Dios.

En esta homilía centraré mi reflexión en el canto de consuelo del profeta Isaías. Sin embargo, Juan Bautista queda siempre para nosotros como un testimonio apasionado del Reino de Dios, que en el desierto era una voz que clamaba: “En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios”, y lo hacía siempre en tiempo presente, por tanto, ahora también su voz nos invita a abrir y allanar caminos en nuestro corazón y en nuestro tiempo.

Cuando para muchos de nuestros contemporáneos la vida se ha convertido en un peso insoportable y un permanente desierto y exilio, la palabra de Isaías, toma un relieve particular ya que su canto de consuelo es fruto de la experiencia y de las dificultades que el pueblo de Israel vivió después del regreso del exilio de Babilonia. Las cosas no habían ido como imaginaban antes de regresar, ya que una vez en casa se encontraron encarados, no sólo a reconstruir las ciudades y el propio Templo, sino que se vieron obligados, como un pequeño resto, a convivir con otros pueblos que habían asentado en lo que era su patria, su tierra.

Ayer, como hoy, pronto el desaliento y la desilusión se hicieron presentes en medio del pueblo debido a las dificultades y problemas cada vez más crecientes. Isaías ante esta situación, observa, reflexiona, escucha, ruega y se pregunta: ¿cuál es mi misión en ese momento? Él había acompañado y sostenido la fe del pueblo durante el exilio y ahora que estaban de nuevo en casa, el exilio y el desierto interiores eran mucho más pesados que cuando vivían lejos de su casa. El sueño de reencontrar y vivir en paz en su tierra se había derrumbado y hecho añicos, de tal modo que parecía que ya no había ninguna salida ni solución.

Partiendo de la realidad que tiene delante, su pregunta no busca soluciones fáciles y momentáneas, sino que va más allá: el profeta quiere saber, quiere entender, ¿qué significa confiar en Dios en aquellos momentos? ¿Qué supone poner la confianza en Yahvé, el Dios de los padres? “La respuesta”, si se me permite, a su pregunta es doble: la fe y la confianza siguen resonando en el corazón de los hombres, por destrozados que estén. Y todavía, la fe es auténtica fuente de confianza, de esperanza, y de estímulo para la acción.

Sabemos a ciencia cierta que Isaías no era un hombre alocado, que se dejaba llevar por falsos optimismos, ni tampoco un hombre que vivía de espaldas al sufrimiento y a las vicisitudes de sus contemporáneos. ¿De dónde le vienen, pues, esa fe y esa confianza que en lugar de alejarle de la realidad que le toca vivir le compromete cada vez más con los débiles y los pequeños?

Su optimismo, su fe, su compromiso, su propia vida se fundamentan en la fidelidad de Dios, que es siempre deseo y amor en acción a favor de la humanidad. Y esto, hermanos y hermanas fue muy importante para nuestro profeta y lo es también hoy, para nosotros. Nuestro tiempo es grávido de la presencia del Espíritu del Señor que todo lo renueva. Nuestros corazones son grávidos, en este Adviento y siempre, esperando, anhelando el día de la manifestación de Dios.

Por eso, el profeta, lejos de cruzarse de brazos, de lamentarse sin fin o fijarse únicamente en la mala suerte que él mismo le ha tocado vivir, se pone en acción. Mientras la situación invitaba a no hacer nada, a sobrevivir al precio que fuera, él mira a su pueblo, la ama, por eso habla amorosamente en Jerusalén, y se ocupa y se preocupa apasionadamente por su gente y por las circunstancias adversas que les toca vivir.

La confianza en Dios, que ha dado respuesta a las preguntas más profundas de su corazón, ahora le mueven a vivir en el presente el sueño que Dios tiene para la humanidad desde toda la eternidad. Él se pone en acción para que los pobres y débiles de su pueblo no se vean definitivamente encerrados en un destino de miseria, para que quienes tienen el corazón roto por la desilusión y el sufrimiento recobren la confianza. Él busca abrir surcos donde la tierra parece estar definitivamente condenada a ser un desierto.

Como decíamos al inicio de esta reflexión, para muchos de nuestros contemporáneos, y quizás también para nosotros mismos, la vida se ha convertido en un peso insoportable y los tiempos mejores se han convertido en una espera eterna que nunca llegará. “Consolad, consolad a mi pueblo, -dice vuestro Dios-; hablad al corazón de Jerusalén”. La voz de Dios, en las palabras del profeta, se convierte en un encargo, lleno de responsabilidad de presente y de futuro para los cristianos y para todos los hombres y mujeres de buena voluntad, sea cual sea la edad o situación. También para vosotros escolanos y escolanas de la Schola Cantorum de la Escolanía.

Son muchos, aunque no se noten, quienes, como Isaías, se esfuerzan por consolar, por pedir consuelo para quienes aman o para ellos mismos. “Para consolar necesitamos aprender a callar, a guardar silencio, pero a la vez a aprender a articular gestos de proximidad. El silencio no es indiferencia, es una forma de ser y de estar en el mundo. Consolar es, ante todo, escuchar, ofrecerse al otro para que sepa que estamos allí” (1). Es así como Dios consuela a su pueblo, consuela en este tiempo, nos consuela a cada uno de nosotros para que nosotros consolemos, no en el futuro sino ahora, en este presente sintiendo y haciéndonos cercanos como Dios, es así como celebraremos la Navidad que se acerca y que el Adviento nos ayuda a preparar.

Permítanme que acabe esta reflexión con una oración, escrita por una madre de familia suiza, pastora calvinista (2).

Señor,
tengo una sed tan desesperada
de consuelo!

No hay nadie
que me coja la mano,
no tengo ningún pecho
donde apoyar la cabeza,
ni dos brazos
donde poder apoyarme,
nadie con quien llorar,
nadie que me consuele.

Señor, he aprendido
que nuestro refugio eres tú,
pero sólo lo sabe mi razón.

No me basta para serenar el corazón.

Te lo pido:
hazme sentir que me eres cercano,
como puede serlo una persona amada.

Acógeme, Dios en tu corazón.

(1) Traducción al catalán de un fragmento del artículo de Francesc Torralba, El arte de consolar, publicado en la web del Gobierno de Canarias https://www3.gobiernodecanarias.org/medusa/ecoblog/jregamu/?p=753

 (2)  Sabine Naegli, madre de familia y pastora calvinista en Suiza.

 

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo II de Adviento (10 de diciembre de 2023)

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (8 de diciembre de 2023)

Génesis 3:9-15.20 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:26-38

 

 

Y María respondió.

El final del prefacio de hoy, que rezaremos al iniciar la oración eucarística, nos dice que María es para nosotros ejemplo de santidad. La santidad es la comunión posible y eficaz que cada uno de nosotros puede tener con Dios, con el Padre, con Jesucristo, siempre por la fuerza del Espíritu Santo y todas sus consecuencias.

Sí. María respondió. Sería una de las primeras actitudes de su santidad. Respondió porque estaba atenta, porque había escuchado lo que Dios le había dicho. Quizás no lo había entendido porque era bastante complicado y seguro que no había captado todas las implicaciones que ese anuncio tan extraordinario tendría en su vida, ya no digamos en la de toda la historia de la humanidad. Pero, sin embargo, respondió. Nada que ver con aquellos alumnos que en la Escuela cuando les hacen una pregunta y llaman a su nombre, bajan de la luna a la tierra y se dan cuenta de que no han oído ni la pregunta. San María, en la escena tan entrañable de la Anunciación nos da una primera lección: debemos estar atentos. Qué necesaria es la atención en nuestro mundo tan lleno de información, tan lleno de mensajes, donde en cada momento podemos estar conectados y no precisamente con nuestro interior ni con Dios.

Porque, en cambio, Dios habla más en el silencio, o por boca de una sola persona, o en un momento tranquilo. No creo que un grupo de whatsupp sea allí donde mejor le escucharemos. Debemos estar atentos porque si no, podemos no escuchar qué nos dice, ni siquiera oírlo. La Virgen María, a pesar de no tener móvil, fue totalmente capaz de escuchar una llamada y una voz, escucharla y cumplirla.

Como ella, podemos ejercitar nuestra capacidad de atención si hacemos un esfuerzo por escuchar y por responder a aquellas personas que nos preguntan, que nos dicen algo, que quieren hacerse cercanas. No hay mayor desprecio que hacer ver que el otro no existe. A todos nos gusta que nos respondan, pero aprendamos también a ser comedidos. No hace falta responderlo todo siempre ni de inmediato, ni especialmente exigir que los demás lo hagan. Cuántos de nosotros no hemos visto a personas ponerse muy nerviosas porque al cabo de pocos minutos o incluso segundos, alguien no ha respondido un mensaje. También debemos aprender a esperar.

Con la respuesta, Santa María nos da otra lección: la de la responsabilidad. Es responsable porque es capaz de responder, no sólo a una pregunta, sino haciéndose cargo de una situación. En catalán lo decimos: yo respondo de esa persona. La Virgen María aceptó la situación, feliz, por un lado, tan enigmático y sorprendente por otro, de ser madre de Jesús, Cristo, el Mesías el esperado de Israel. Su responsabilidad se concreta en la capacidad de mantenerse fiel en la respuesta dada: «aquí estoy, que se haga en mí según tu palabra» y de hacerlo durante toda la vida, cuando la misma responsabilidad de mantenerse fiel a la respuesta la llevó a nuevos horizontes, inimaginables al principio. Aquí está la verdadera fidelidad, la que no tiene calculadas desde el inicio todas sus consecuencias, sino que queda abierta.

Respuesta y responsabilidad forman parte de la santidad y no son nada que nos quede tan lejos. Con estos rasgos tan humanos, Santa María nos enseña la forma de ser discípulos, se pone al frente de esta humanidad, y muy especialmente de nosotros que queremos testimoniar en el mundo que Dios existe, como creador de toda vida y nos llama a la felicidad superando todos los males de la historia, que vienen de esa ambigüedad antigua, de ese pecado al que los hombres y las mujeres también estamos sometidos desde el mismo principio de nuestro tiempo.

En la segunda lectura, un himno cristiano muy antiguo que forma parte de la Carta a los Efesios, que nuestra liturgia ha incorporado cada semana en la hora de Vísperas del lunes, encontramos una especie de yo colectivo, una primera persona del plural que se dirige a Dios para darle gracias de la elección que ha hecho de la humanidad para llevarla por amor a la santidad, a cumplir la voluntad de Dios, a la irreprensibilidad, a la esperanza con Cristo.

El himno nos habla de un gran proyecto de Dios. Si la primera lectura nos había dejado quizás un mal sabor, porque se ponía en marcha la historia humana en sus aspectos inevitables de ambigüedad, sometida a la presencia de ciertas formas de mal, que siempre están activas; San Pablo, muchos siglos después y cuando la Iglesia naciente ya experimentaba plenamente la resurrección de Jesucristo, vuelve a colocar la historia en manos de Dios y no destaca tanto su ambigüedad humana como la línea recta de la voluntad de Dios sobre todos nosotros.

Parece que está haciendo el retrato perfecto de la llamada a ser cristianos, y por tanto, aunque no la cite, encabezando este «nosotros» encontramos Santa María, que no sólo hace suyo este canto, sino que es la única que puede decir que lo cumple de verdad, la única escogida sin lugar a dudas, la única irreprensible, la única toda santa por su a comunión con Dios Padre, con el Hijo que de ella se encarnó y con el Espíritu Santo que la habitó. Esto es lo que celebramos hoy, la santidad absoluta de María desde el momento de su Concepción.

Ella es la irreprensible, no por carácter, sino por naturaleza. La solemnidad de hoy, al proclamar su Inmaculada Concepción, recuerda que Cristo la separa de la ambigüedad que se produce en todos los demás seres humanos. La iguala así a Él mismo. Esto es lo que celebramos: su irreprensibilidad ante todo mal y todo pecado.

Pensad los escolanes qué significa ser irreprensible por naturaleza. Significa ser incapaces de hacer nada mal hecho, que nunca te puedan regañar, ni castigar, y no porque no te pillen sino porque no haces nada mal. Esto es casi imposible pero la responsabilidad personal en las cosas de cada día, en aquellas respuestas que debéis dar, os ayudarán a acercaros a esta irreprensibilidad. Vosotros que tenéis tan presente a Santa María en vuestro canto, en cada Salve, en el Virolai, pensad que ella es ejemplo de responsabilidad, de hacer lo que toca, de no decir ahora sí y ahora no, sino de mantenerse siempre fiel a una palabra dada. Esto puede ser muy importante en vuestras vidas y en las de todos nosotros.

¿Dónde estamos amados hermanos y hermanas ante este plan ideal de Dios? ¿Hemos respondido a la voluntad de Dios de bendecirnos? ¿Y cómo hemos respondido? ¿Cómo hemos podido, pero no hemos evitado hasta hoy las guerras, el hambre, la miseria, la injusticia? Tantas y tantas situaciones que nos duelen y que nos sorprenden especialmente porque parecen congeladas, resistentes a dejar entrar una brizna de sentido común, de razonabilidad, de responsabilidad.

El mundo no es santo ni irreprensible, como mucho está en camino y en esto debemos ser responsables: al mantenernos en el camino de la voluntad de Dios, ésta que el himno dice que es su designio sobre todos nosotros, ésta que María aceptó diciendo: “Que se cumpla en mí según vuestras palabras”; esa voluntad que cada día pedimos que “se haga” cuando rezamos el Padrenuestro.

Seamos responsables como María, con la voluntad de Dios.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2023)

Domingo I de Adviento (3 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Bernat Juliol, prior de Montserrat (3 de diciembre de 2023)

Isaías 63:16-19; 64:2-7 / 1 Corintios 1:3-9 / Marcos 13:33-37

 

Estimados escolanes:

Algunos de vosotros, este curso, habéis tenido la mala suerte de tener que soportarme como profesor de religión. Digo esto porque seguramente habéis reconocido que las lecturas de la misa de hoy son las que hemos estado trabajando en clase durante la última semana. Vuestras dudas, preguntas y comentarios me han servido para poder hacer la homilía de este domingo. Pero como no os había dicho nada de mis intenciones, supongo que mañana recibiré duro.

Daos cuenta, sin embargo, de la importancia de la asignatura de religión: lo que hablamos en clase ahora lo podrán escuchar los cientos de personas que están hoy aquí y los miles que nos siguen por la radio y la televisión. La clase de religión es importante porque nos enseña que para ser felices y encontrar sentido en la vida debemos mirar hacia Dios. Y a la vez, también nos enseña a comprender tantas cosas de nuestro mundo occidental: a reconocer los estilos de las iglesias, a ir a un museo y entender tantos cuadros que contienen escenas bíblicas, o mirar, por ejemplo, la bandera de la Unión Europea y ver la corona de doce estrellas de la Virgen de la que se nos habla en el libro del Apocalipsis.

Y a todos vosotros, hermanos y hermanas, os invito a empezar este nuevo Adviento con una nueva mirada, la mirada de los preferidos del evangelio. Como dice san Mateo: «En verdad os digo, si no os volviereis y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de éstos será el más grande en el reino de los cielos» (Mt 18, 3). O como dice la Regla de San Benito: «Y que en ninguna parte la edad no cree distinciones ni preferencias en el orden, porque Samuel y Daniel, aun siendo jóvenes, juzgaran a los ancianos» (RB LXIII, 5-6). Que el don profético de los jóvenes nos enseñe a salir de nuestra zona de confort y aprender a contemplar a Dios y al mundo con una mirada renovada.

Aunque no dije a los escolanes que estos textos correspondían al Adviento, los dos conceptos fundamentales que surgieron se corresponden perfectamente con lo que nos pide este tiempo litúrgico: aprender a escuchar la Palabra de Dios y aprender a velar la venida de Cristo.

En primer lugar, aprender a escuchar. El ejemplo que utilizamos son las lecturas durante la misa: ¿las escuchamos verdaderamente? Muy inteligentemente, los escolanes distinguieron entre «oír» y «escuchar». Oír se refiere a cuando mostramos una apariencia externa de que nos interesa lo que dicen o leen, pero, en cambio, nuestra cabeza está en un lugar muy lejano. Escuchar, en cambio, se refiere a cuando verdaderamente pongo interés en lo que oigo y hago mías las palabras que me dicen. ¿Cuántas veces en misa nos encontramos con que hemos oído las lecturas, pero no las hemos escuchado? Pero nos ocurre a todos lo mismo en nuestra vida ordinaria: ¿Cuántas veces oímos, pero no escuchamos? Y también nos ocurre con Dios: ¿Cuántas veces querríamos saber qué nos está diciendo, pero en realidad no lo estamos escuchando?

Otro ejemplo de aprender a escuchar son las homilías. Aquí, según los escolanes, la cosa ya se complica más. Si no están bien hechas corremos el peligro de activar lo que ellos llaman el “modo off”, es decir, la desconexión total. Para los escolanes, las homilías deberían ser siempre y necesariamente: ¡cortas! Un antiguo escolán que acabó hace un par de años un día me dijo: «No sé por qué los curas habláis tanto en las homilías, sólo habría que decir una cosa: Jesús es el hijo de Dios y nos ama». Después de tantos años de estudiar teología, me dejó bien desarmado. Parafraseando un poema de John Keats podríamos decir: «Jesús es el hijo de Dios y nos ama, esto es lo único que podemos saber de Dios, esto es lo único que necesitamos saber». No sé si las homilías son largas o cortas, pero cuando hablan de Jesús, que es el hijo de Dios y nos ama, se hacen escuchar.

Que el Adviento nos ayude a aprender a escuchar: tan sencillo, tan difícil. El segundo punto en torno al que hoy podemos hablar es aprender a velar a la espera de la venida de Cristo. El evangelio según san Mateo que nos ha sido proclamado hoy nos repite esta idea hasta cuatro veces: «Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!». Aquí me sorprendió la respuesta de los escolanes: dijeron que velar era estar atentos, sí, pero que también servía para disfrutar de la vida. Para ellos, velar, implica mirar hacia el futuro y no desperdiciar ninguna de las oportunidades que nos da la vida.

Se me ocurrió algo que me dijeron hace unos años, cuando vino aquí a Montserrat un coro francés e hizo un intercambio con la Escolanía. Recuerdo que el director de este corazón me comentó: «el canto de la Escolanía tiene siempre un punto de nostalgia». Este comentario me ha hecho pensar muchas veces. Seguramente se trata de algo que la Escolanía tiene como corazón de un monasterio benedictino. Los monjes, y todos los cristianos, deberíamos vivir con un punto de nostalgia. No es una nostalgia del pasado (la de «cualquier tiempo pasado fue mejor»), sino, curiosamente, una nostalgia del futuro. Tampoco es una nostalgia triste. Es la nostalgia que viene de la esperanza, de quien sabe que lo mejor de la vida está aún por venir. Es la nostalgia de los jóvenes, de aquellos que tienen toda su vida por delante. Es la nostalgia que nos hace cantar: Veni Domine, Venid Señor, como oiremos en el canto del ofertorio. Ésta debería ser una característica del cristiano: la nostalgia del futuro: del que sabe que lo mejor está aún por venir: del que sabe que vamos al encuentro de Dios.

Bien, voy terminando, porque si no mis alumnos me criticarán y, esta vez, con razón. Otra cosa que intento enseñarles es que la Iglesia es sabia. Por ejemplo, los domingos, en el orden de la misa, coloca al Credo después de la homilía. Esto no es gratuito. Lo hace para que nadie pierda la fe a causa de las palabras del cura. Espero que no sea el caso de hoy, sino que el inicio del Adviento nos ayude a escuchar y velar a este Jesús que es el hijo de Dios y nos ama.

Disculpad las excesivas pinceladas de humor monástico que ha habido en esta homilía. Pero el Adviento nos dice que el Señor viene a nuestro encuentro. Y nosotros sabemos quién es ese Dios: es el niño pequeño, fajado y puesto en un pesebre. Y en su rostro, estemos seguros, tiene dibujada una sonrisa.

 

 

Abadia de MontserratDomingo I de Adviento (3 de diciembre de 2023)

Domingo IV de Adviento (18 de diciembre de 2022)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (18 de diciembre de 2022)

Isaïes 7:10-14 / Romans 1:1-7 / Mateu 1:18-24

Queridos hermanos y hermanas,

Nos encontramos cerca de la Navidad y en este último domingo de Adviento las lecturas que la liturgia nos propone evocan una notable sorpresa ante la forma en que Dios actúa. La gran lección de la Navidad es que Dios responde muy en serio, muy profundamente a las esperanzas, expectativas y anhelos humanos. Pero su manera de hacerlo, el camino que elige, siempre nos sorprende, como sorprendió a José y María el proyecto que Dios tenía para ellos.

El fragmento evangélico que nos propone la liturgia dominical nos explica el nacimiento del Mesías. Se trata de un relato breve, que no se pierde en detalles innecesarios y su objetivo es narrarnos la intervención definitiva de Dios en la historia de la humanidad en la persona de Jesús, es decir, Dios se ha hecho uno de nosotros. Una vez más su intervención huye de lo que es «normal» para nosotros. María, su madre, que tenía una promesa de matrimonio con José, un descendiente de la familia real de David, lo había concebido por obra del Espíritu Santo.

José y María, por razón de la promesa de matrimonio, eran ante sus contemporáneos y ante Dios marido y mujer, por lo que no es difícil imaginar la sorpresa y el estado de ánimo de aquel joven que esperaba con ilusión el momento de compartir con su esposa un hogar y una familia. Ante esta situación incomprensible para él, José, que era un hombre bueno, pensaba cómo podía resolver la situación sin que tuviera ninguna consecuencia desfavorable para aquella que él amaba de todo corazón.

Una vez tomada la decisión de separarse de María, Dios se revela a José en el silencio de la noche para revelarle el significado de lo que ha sucedido. En el sueño, el ángel se dirige a José de forma solemne y lo llama hijo de David. Salvo este caso, sólo a Jesús se le atribuye este tratamiento. ¿Por qué el ángel le llama hijo de David? Porque todo lo que le debe comunicar sólo puede oírlo como hijo del rey David, ya que esta será la clave que le aclarará el sentido de todos los hechos y de todas las palabras que vendrán. Contrariamente a lo que se podría pensar, el Mesías descendiente David no aparecerá en medio de las instituciones de Jerusalén, sino que surgirá del renuevo más débil del gran rey, porque la fuerza de la salvación no se encuentra en los grandes palacios sino en el amor sencillo y pleno que se puede vivir en la casa de un carpintero.

El mensajero de Dios habla claramente: María, su esposa ha concebido un hijo por obra del Espíritu Santo y es necesario que José la tome en su casa y cuando nazca el niño le tiene que poner el nombre de Jesús. La imposición del nombre era un derecho del padre que indicaba claramente el reconocimiento de su paternidad sobre el niño recién nacido.

En la Biblia, cuando se nos habla de sueños y de ángeles que llevan mensajes, suelen querer hablarnos de descubrimientos profundos, de encuentro interior con Dios que muestra su camino, lo que espera de cada uno. José, en la oscuridad, en la perplejidad y la tristeza de aquella situación que nunca hubiera imaginado, entiende la llamada que Dios le hace. Por eso, una vez despierto, cumpliendo lo que el ángel del Señor le había mandado, tomó a María en su casa con todo el misterio de su maternidad, la toma junto con el hijo que llegará al mundo demostrando así su disponibilidad a lo que Dios le pedía.

La propuesta que Dios le hace cambia radicalmente su vida como hombre y como creyente. De ahora en adelante su existencia ya no será como él la había podido presentir. Su vida será como Dios la quería. La vida entera de José, el justo, quedó desestabilizada a partir de este momento porque, al igual que Moisés ante la zarza ardiente, ha sido invitado a acercarse al misterio de Dios hecho hombre.

Hermanos, como os decía la inicio de esta reflexión estamos a punto de terminar el tiempo de Adviento, pero aún hoy, Dios nos ha dirigido a cada uno de nosotros su anuncio, a cada uno nos envía su ángel, bajo signos y mediaciones bien diversas e inesperadas. También a nosotros, hoy, nos dice que con la fuerza del Espíritu Santo son posibles aquellas cosas que tenemos por imposibles. Por ello, nos podríamos preguntar: ¿sé crear en mi interior y en el ambiente donde vivo el clima adecuado para que Dios se pueda hacer presente? ¿Confío lo suficiente en el Señor? ¿Dónde pongo mi confianza?

La rutina y la misma experiencia de lo que nos cuesta amar a los demás, de perdonar, de recomenzar una relación débil, de dialogar, de ser magnánimos, de trabajar por la paz, de movernos por quienes lo necesitan, … nos pueden hacer desconfiar de nosotros mismos y de la posibilidad de cambio. Sin embargo, las palabras claves para no caer en la desconfianza son: “No tengas miedo”. La Eucaristía es el memorial de la confianza de Dios en nosotros.

Abadia de MontserratDomingo IV de Adviento (18 de diciembre de 2022)

Domingo III de Adviento (11 de diciembre de 2022)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad emérito de Montserrat (11 de diciembre de 2022)

Isaías 35:1-6a.10 / Santiago 5:7-10 / Mateo 11:2-11

 

Alegraos siempre en el Señor (Fil 4,4). Éste es, hermanos y hermanas queridos, el mensaje central de la liturgia de hoy, tercer domingo de adviento: Alegraos.

Alegraos porque el Hijo de Dios se hizo hombre, nacido de la Virgen María y su incorporación a la humanidad ha cambiado su suerte existencial y le ha abierto un horizonte lleno de esperanza y de amor que responde al deseo ardiente del corazón humano. Alegraos, pues, porque la fiesta de Navidad, en la que hacemos memoria de este nacimiento y nos es renovada la gracia, está cerca. Dios sigue comprometido a favor de la humanidad. 

Alegraos porque al final de la historia volverá como juez y como salvador. El profeta Isaías, en la primera lectura, anunciaba ya una forma de hacer del Mesías que el evangelio de hoy concreta. Juan Bautista había predicado a la gente que se convirtieran ante la inminencia de la venida del Reino de los Cielos en la persona del Mesías. E insistía en la justicia vindicativa que pondría en práctica. Y decía: ¡Cría de víboras! ¿quién os ha enseñado que se escapará del juicio que se avecina? Ahora el hacha ya está clavada en la raíz de los árboles, y ya sabéis que el árbol que no da frutos es cortado y arrojado al fuego (Mt 3, 7.10). La imagen que presentaba era la de un Mesías rigorista, intransigente con los pecadores. Muy probablemente por eso, estando ya en prisión, y oyendo decir lo que hacía Cristo, que curaba a los enfermos, acogía a los pecadores y comía con ellos, envió –tal y como nos ha dicho el evangelio- sus discípulos a preguntar a Jesús si era él el Mesías. Y Jesús les responde que es el Mesías que viene a curar, a manifestar el amor de Dios por cada hombre y mujer cargándose sobre sí el pecado de todos. Esta es la señal, tal como habían dicho los profetas, que el Reino está cerca, que Jesús es el Mesías, porque hace que los ciegos vean, los inválidos caminen, los leprosos queden puros, los sordos sientan y los muertos resuciten. Hace que todos los que eran excluidos de la comunidad creyente y de la sociedad (como lo eran todos los que ha mencionado en su respuesta) sean curados y restituidos en su dignidad y festejen de gozo por la gracia obtenida. Juan esperaba la justicia de Dios y, en cambio, en Jesús encuentra al Dios que es amor. Ya lo había anunciado Isaías, como hemos oído, cuando decía: aquí tenéis a vuestro Dios que viene a hacer justicia […], su justicia es él mismo que os viene a salvar.

Alegrémonos, pues, porque Jesús es el Mesías enviado por Dios y es benévolo y humilde de corazón (Mt 11, 29), que no acaba de romper la caña cascada de quien no logra hacer el bien o de tener un corazón sincero ni apaga el pábilo que humea de quien tiene una fe vacilante (cf. Mt 12, 20). Sino que lleva el amor tierno de Dios, e invita a reponer a los cansados y agobiados (cf. Mt, 11, 28)

De todas formas, aunque Jesús ofrezca una imagen del Mesías algo diferente a la que presentaba Juan Bautista en su predicación, el Señor elogia al Precursor ante la gente y dice que es el mayor de toda la humanidad que ha vivido hasta aquél momento y el mayor de los profetas. Pero añade a continuación que el más pequeño de los cristianos que sigue las huellas de Jesús es mayor que Juan Bautista, porque Juan se queda en el umbral del Reino que inaugura Jesucristo y, en cambio, los discípulos de Jesús tienen, ¡tenemos!, acceso a los dones de la nueva alianza.

Alegrémonos, pues, de la dignidad de hijos e hijas de Dios que nos es otorgada por Jesucristo y de la salvación que traerá su segunda venida al final de los tiempos. Entonces, como decía el profeta Isaías en la primera lectura, veremos la gloria del Señor, la majestad de nuestro Dios. La hemos empezado a ver por la fe en la primera venida humilde del Hijo de Dios nacido de la Virgen María. Pero vendrá en gloria y majestad a establecer su reinado sin fin, en la justicia, en el amor y en la paz. Y responderá a los anhelos más nobles y profundos del corazón humano, transformando todas las cosas según sus designios de bien y verdad. Entonces, una alegría eterna coronará a los jefes de los redimidos Esta esperanza no es una ilusión vacía y sin fundamento alguno, no es una utopía. La resurrección de Jesucristo garantiza su autenticidad.

Mientras llega ese día, debemos tener paciencia y afianzar nuestros corazones, tal y como recomendaba Santiago en la segunda lectura. Y según Isaías, debemos robustecer las manos débiles, afianzar las rodillas vacilantes, invitar a los desesperanzados y afligidos a no tener miedo, porque el Señor volverá.

Volverá de una manera gloriosa y visible, porque, de una manera escondida a nuestros sentidos, pero reconocida por la fe, desde su primera venida a la tierra no ha dejado nunca de ser el Dios con nosotros (cf. Mt 28, 20) que ama, cura, invita a la conversión, perdona y salva. Y se da como alimento de nuestra esperanza en la eucaristía.

Sí, alegrémonos siempre en el Señor que está cerca.

Abadia de MontserratDomingo III de Adviento (11 de diciembre de 2022)

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (8 de diciembre de 2022)

Génesis 3:9-15.20 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:26-38

 

En el corazón de la Palabra de Dios siempre está, lógicamente, Dios mismo. A veces esto puede ser más fácil de identificar o más difícil, pero siempre está ahí. En los primeros capítulos del Génesis, de los que hoy hemos leído un fragmento, no hace falta interpretar demasiado para darse cuenta de que Dios es quien va conduciendo el relato. Crea, completa la creación con el hombre y la mujer, les deja bien instalados y libres en el paraíso, aunque con alguna instrucción básica de comportamiento. Hasta aquí la historia sigue un hilo estable y lógico, pero cuando Dios deja de conducir activamente las cosas, comienzan los problemas: en el uso de su libertad, el hombre y la mujer no hacen caso al único mandamiento que tenían. ¿Un momento de inconsciencia? ¿De olvido? ¿Una voluntad rebelde? El caso es que Dios vuelve a aparecer, porque él no se desentiende de su creación y entonces a Adán y Eva también les devuelve la conciencia de lo que son, de lo que han hecho, y tienen la peor de las reacciones: el miedo a uno mismo y el miedo a Dios.

La primera lectura de hoy retoma la conocidísima historia del Génesis justo aquí y reproduce como en una revisión de vida, el diálogo en el que Dios y Adán y Eva repasan todos los hechos, empezando por el final: Te has escondido. ¿Por qué? Porque iba desnudo. ¿Y cómo lo has sabido? ¿Has comido el fruto? Es que la mujer… ¡Pobre Adán! Está hecho un lío. Busca las excusas más extrañas para justificarse, entre ellas la más típica, la de echarle la culpa a otro. Eva hace lo mismo. También se justifica y se la carga la serpiente.

Fijaos, queridos hermanos y hermanas, que la primera idea que podemos sacar de la lectura de hoy es la importancia que Dios tiene en nuestras vidas para tomar conciencia de lo que nos pasa. Lo entendió muy bien San Benito cuando puso esta idea como primer escalón de la humildad en el capítulo séptimo de la Regla: tener presente que Dios siempre nos mira. Él no se desentiende, aunque parezca que no esté. Adán y Eva ya habían comido el fruto, ya se habían dado cuenta de quiénes eran y lo habían intentado disimular con unos vestidos muy primitivos, pero cuando realmente tratan de esconderse es cuando se presenta Dios, para quien no valen ni vestidos ni escondrijos. Nuestra realidad la conoce perfectamente. Es con Dios con quien podemos seguir nuestras vidas en todo lo bueno y en todo lo malo que tienen.

La segunda idea interesante, al menos a mí me lo parece, es el retrato tan afinado de la psicología humana que nos presenta la lectura, por la que nos cuesta asumir quienes somos y aceptar nuestras ambigüedades, nuestra posibilidad de equivocarnos. En cambio, ¡qué rapidez en justificarnos, especialmente cargando la culpa a otro! El relato de hoy nos alerta al respecto. Sobre el ridículo que podemos realizar cuando pretendemos no tener responsabilidad en nada.

Es verdad que este texto nos pone delante el problema más importante de la filosofía, de la teología, de la moral…de todo. Que sería: ¿Por qué existe una serpiente que induce los comportamientos equivocados? ¿Cómo puede ser también una criatura de Dios? En el fondo, ¿porque existe el mal y de dónde viene? Pero a esto no hemos podido responder hasta ahora. Nadie. La primera lectura de hoy sólo nos dice que Dios maldice a esta serpiente como origen de la tentación y la destina a estar enfrentada a Eva por siempre. Dios se separó de ese principio malo, a pesar de no evitar sus consecuencias, que también hicieron que la vida cambiara para Adán y Eva y para toda la humanidad. El mensaje final es hacernos conscientes de nuestra libertad. Sabemos que éramos libres para hacerlo diferente y todavía lo somos ahora, como veremos enseguida. En el fondo, la lección que sí podemos aprender hoy es la de la responsabilidad.

A los escolanes, que no sé si me han seguido hasta aquí, les diré que la historia que hemos leído tendría muchas aplicaciones y que no es una antigualla pasada de moda. En el fondo lo que Dios hace a Adán en este fragmento es «una pillada». Me han dicho que lo decís así ahora. En otro tiempo en la Escolanía se había utilizado la palabra pilla, de pillar. Dios “pilla” a Adán y a Eva haciendo lo que no tocaba, lo que les había dicho que no debían hacer. ¿Y qué hacen ellos? Nada muy diferente de lo que podríais hacer vosotros normalmente: Responder cosas como, por ejemplo: el prefecto nos ha dicho que sí se puede hacer. Aquí sí que podemos estar… ¡Seguro! O El prefecto dice que no pero este educador sí que nos deja, seguro que sí… A ver si cuela. Ni el prefecto ni los educadores son Dios, pero normalmente tampoco se les engaña fácilmente. Somos capaces de decirlo todo antes de reconocer que nos han pillado haciendo lo que no tocaba y que podríamos reconocerlo y acabaríamos antes. Lo que os decía. No sois muy originales, hacéis lo mismo que hizo Adán, lo mismo que muchas veces hacemos todos. ¡Justificarnos!

¿Pero nos quedaremos aquí? ¿No hay alternativa? Os decía que somos libres. Sabemos que podemos hacer el bien o el mal. Hoy celebramos esta solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María que nos propone precisamente el ejemplo de una persona, de una mujer muy especial que no tuvo estas ambigüedades, que no se despistó en ningún momento de la mirada de Dios, que no necesitó excusas porque no la pillaron en falso, ni necesitó esconderse. Sencillamente, celebramos la solemnidad de una mujer escogida y preservada de todo esto tan humano, del pecado, para ser la madre de Cristo, la Virgen María. María nos adelanta a Jesucristo. Existe por causa de Él, el Dios hecho hombre, el que queda libre de todo pecado y el que es uno con una comunión de Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y Jesucristo hace que podamos volver al punto cero, donde estaban Adán y Eva antes de comer el fruto prohibido. Hace que haya otras posibilidades distintas a la de amargarse y justificarse. Es más, hace que podamos vivir una vida plena haciendo su voluntad, con comunión, sabiendo que podremos volver un día a ese momento del paraíso, cuando todavía Adán y Eva eran inocentes y se paseaban tranquilamente.

Pero mientras estamos en el mundo, nos toca vivir sensatamente, siguiendo el Evangelio, imitando a María, que sencillamente se mostró disponible para hacer la voluntad de Dios, que parecía imposible, y ante la que tantas excusas pudo poner, pero no, sin saber nada de las consecuencias que tendría, aceptó lo que le pedían.

Ella nos enseña que existen alternativas a las actitudes de Adán y Eva. Podemos rechazar todas las tentaciones que disfrazadas de serpientes u otras formas nos saldrán al paso. Como bautizados y seguidores del Evangelio, podemos hacerlo mucho más intensamente porque también tenemos al Espíritu Santo como María, que Cristo ha puesto en nuestros corazones para asegurar su presencia en nosotros.

Después de la comunión, rezaremos una oración que dice que esta eucaristía pueda servir para curarnos de esta herida de la culpa -podemos entender: de esta manera de ser y de hacer, hipócrita, de la que María fue preservada.

Tener fe es reconocer a Dios en la Palabra, en la vida, en los hermanos y hermanas, pero siendo siempre conscientes de que no somos Dios. La eucaristía es el mejor momento para ponernos humildemente ante Jesucristo y reconocer que nos corresponde esperarle como don, el don de su venida a la tierra como hombre, el don de su venida en el corazón de cada uno, el don de su venida al final de la historia, tres formas de ser don de salvación, de las cuales el pan y el vino transformados en su cuerpo y su sangre, son un memorial especialmente intenso en este tiempo de adviento que estamos viviendo.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2022)

Domingo II de Adviento (4 de diciembre de 2022)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (4 de diciembre de 2022)

Isaías 11:1-10 / Romanos 15:4-9 / Mateo 3:1-12

 

Hoy, el profeta Isaías nos decía que el Espíritu del Señor reposa sobre quienes abren su corazón a los demás y de este modo puede llegar la justicia a los desvalidos. Por su parte, san Pablo nos comenta que la Palabra de Dios nos ayuda a mantener nuestra esperanza, una esperanza que abre sus puertas, y que quiere compartir con todo el mundo la alegría de la fe. Uno de los primeros cristianos, el Pastor de Hermas, aseguraba que «todo hombre alegre obra el bien, piensa el bien y desprecia la tristeza. Vivirán en Dios quienes alejan la tristeza y se revisten de alegría». Es una cita que el papa Francisco recuerda, en una Carta Apostólica sobre la Misericordia, para que no nos dejemos agobiar por las dificultades y para que sepamos alejarnos de la tristeza: cuando experimentamos la misericordia, dice, sentimos renacer la alegría dentro de nosotros. Por eso, no permitimos que las aflicciones y preocupaciones nos quiten la alegría, sino que la alegría se mantenga bien arraigada en nuestro corazón y nos ayude a mirar siempre con serenidad la vida de cada día.

Precisamente con una actitud abierta a la alegría podremos deshacer aquellas quimeras que prometen una felicidad fácil en paraísos artificiales y reconocer la alegría que se revela en el corazón cuando ha sido tocado por la misericordia. Por eso, necesitamos vivamente la esperanza que proviene de la fe en el Señor resucitado. Es cierto, que a menudo pasamos por pruebas de todo tipo, pero nunca debemos dudar de la certeza de que Nuestro Señor nos ama. Su misericordia se expresa también en el cariño y en el apoyo que, a menudo, hermanos, hermanas, familiares y amigos nos ofrecen cuando vienen días más duros y difíciles.

Si queremos acercarnos a Jesús tratemos -tal y como decía nuestro actual Santo Padre Francisco- de hacernos cercanos a los demás, porque nada es más agradable al Padre que un detalle concreto de misericordia, un signo visible y tangible que sea concreto y práctico. Así podemos experimentar la verdad de nuestra fe y no conviene volver atrás: por eso, tratemos de abrir los ojos para que sepamos ayudar a las personas más necesitadas.

Por suerte, encontramos a personas que tratan de ayudar continuamente por solidaridad a los más pobres e infelices. Agradecemos el don valioso de estas personas que, ante la debilidad de la humanidad, son como una invitación a descubrir la alegría de hacernos cercanos a los demás. Así abrimos paso a una auténtica misericordia, y así experimentamos lo bueno que es la firmeza y la bondad de la solidaridad.

Tal y como propone el Papa Francisco, es muy importante que formemos siempre una cultura de misericordia, una cultura en la que nadie mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando ve la necesidad que tienen quienes son también, a fin de cuentas, hermanos y hermanas. El mismo San Pablo, en la carta a los Gálatas, decía que «nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, cosa que hemos procurado cumplir» (Ga 2,10).

Es necesario, pues, un tiempo de misericordia para todos y todas, teniendo en cuenta que Dios mismo y Nuestra Señora nos hacen sentir su ternura. Podemos decir que participamos en un tiempo de misericordia, para que también los más débiles e indefensos puedan ser hermanos y hermanas que también tienen sus necesidades. Formemos siempre, pues, un tiempo de misericordia, tal y como lo propone el Papa Francisco, cuando desea que los pobres sientan una mirada respetuosa y atenta. Para eso, necesitamos vencer la indiferencia, y debemos ayudarnos para conseguir para todos lo esencial en la vida.

Tal y como vivimos ahora, la celebración de la misericordia de Dios culmina en el sacrificio eucarístico, memorial del misterio pascual de Cristo, del que brota la salvación para cada persona, y para el mundo entero. Por eso cada momento de la celebración de la eucaristía nos acerca a la misericordia de Dios. También pedimos que la presencia de la Virgen María llegue a todo el mundo, tal y como lo propone el Santo Padre Francisco, que desea que la Virgen María, con su Misericordia dé a todo el mundo su ayuda y nos ayude a seguir a Jesús, que es para todos un testimonio constante de la misericordia de Dios. Que así sea.

 

Abadia de MontserratDomingo II de Adviento (4 de diciembre de 2022)

Domingo I de Adviento (27 de noviembre de 2022)

Homilía del P. Bernat Juliol, prior de Montserrat (27 de noviembre de 2022)

Isaías 2:1-5 / Romanos 13:11-14a / Mateo 24:37-44

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

San Atanasio de Alejandría, un gran padre de la Iglesia del siglo IV, nos habla de Cristo como de «la Palabra que viene del silencio». Así pues, si queremos ponernos a la espera del Señor, debemos hacerlo desde el silencio. Ésta es la primera invitación que la Iglesia nos hace hoy domingo, en la que empezamos el Adviento e iniciamos nuestra preparación para contemplar el gran misterio de la Encarnación del Verbo. El silencio. Pero, ¿qué es el silencio? ¿Cómo debemos entenderlo?

Para profundizar algo más, podemos ver que los grandes momentos de la historia de la salvación ocurren en silencio. Había aquel silencio de antes de la creación, cuando las tinieblas cubrían la superficie del océano y el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas. En el momento del nacimiento de Cristo, cuando un silencio tranquilo envolvía el universo y la noche estaba en medio de su carrera. El silencio en el Gólgota en el momento de la muerte de Jesús, cuando se extendió una gran oscuridad. Y el gran silencio del sepulcro vacío en el que fue depositado el cuerpo de Jesús después de ser crucificado.

Es un silencio, pues, que no está vacío, sino que es fértil y fecundo. Es el silencio que prepara la obra de Dios, que envuelve la actuación de Dios en el mundo. También es el silencio de nuestro tiempo. Podríamos pensar que Dios no nos habla, que el Señor no está. ¿Cuántas veces quisiéramos oír más claramente la voz de Dios? ¿Cuántas veces creemos que nuestra oración queda sin respuesta? ¿Cuántas veces pensamos que el Señor ya no está con nosotros? Pero nada más lejos de la realidad: el silencio de Dios muestra su presencia y nos prepara para una nueva creación, una nueva vida en la que ya no habrá más sufrimiento, ni llantos, ni lágrimas.

El silencio de Dios, en el que debemos entrar para esperar su venida no es pasividad o inacción. Las lecturas de hoy nos previenen de ese peligro. La carta a los Romanos nos dice de forma clara: «ya es hora de despertaros del sueño». No se refiere aquí al sueño del cansancio, sino que nos advierte de no dormirnos en la vida, porque mientras dormimos, la vida pasa, se filtra y se nos escapa de las manos. Es lo mismo que significa el evangelio de san Lucas que se nos ha proclamado: «cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos». No se habían dado cuenta de nada. ¿Es así como queremos pasar la vida? ¿Queremos llegar al final de nuestros días y darnos cuenta de que no nos habíamos dado cuenta de nada?

Nuestro mundo contemporáneo no nos ayuda demasiado a adentrarnos en ese silencio de Dios. Vivimos a gran velocidad y el tiempo de pensar y orar se desvanece como el humo. Pasamos horas y horas enganchados a los distintos tipos de pantallas que la sociedad tecnificada nos ofrece y cuando levantamos la vista vemos que el mundo ya ha cambiado. Víktor Frankl, psiquiatra vienés superviviente de Auschwitz, decía con ironía hablando del mundo moderno: «No tienen ni idea de adónde van, pero mira cómo corren». No se trata de renunciar a nuestra época, ésta es tan buena o mala como lo han sido todas las demás. Se trata de no dormirnos, levantarnos, darnos cuenta de lo que nos pasa por delante.

El silencio de Dios tampoco es una simple ausencia de palabras. El silencio de Dios nos trae, precisamente, aquél que es la Palabra, Cristo. El Adviento debe ser el tiempo propicio para velar a la espera de esta Palabra, para prepararnos para la venida del Señor que se ha hecho uno como nosotros. Dios-es-con-nosotros, éste es el gran título cristológico de la Navidad. Empezamos ahora a vislumbrar que no estamos solos, que Dios ha querido hacerse hombre para solidarizarse con nosotros y caminar a nuestro lado. Es la gran esperanza con la que debemos vivir el Adviento: el Señor viene a nuestro encuentro, el Señor viene a buscarnos. Y no debemos tener miedo. No suframos si somos la oveja que se ha perdido: por más lejos que esté, será ésta la primera que rescatará.

Cristo es la Palabra que viene del silencio. Todos nosotros también venimos del silencio y vamos hacia el silencio. El silencio de lo que venimos nos es desconocido, pero no será igual que el silencio hacia el que peregrinamos. Gracias a Cristo, caminamos hacia el gran misterio de la vida, de la felicidad, de la alegría. Nos dirigimos hacia la eterna presencia del Dios que es amor. Nuestra patria es aquella en la que el silencio se convierte en un canto radiante de alegría perenne.

«Ya es hora de despertaros del sueño». Despertémonos y levantémonos ya, abramos bien los ojos para ver a Cristo que pasa por nuestra vida. Adentrémonos en el misterio del Adviento y empezamos a pregustar ya la vida que nos da aquel que es la Palabra y el Amor eterno. ¡Santo Adviento a todos!

 

 

Abadia de MontserratDomingo I de Adviento (27 de noviembre de 2022)

Domingo IV de Adviento (19 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (19 de diciembre de 2021)

Miquees 5:1-4a / Hebreus 10:5-10 / Lluc 1:39-45

 

Estimados hermanos y hermanas,

Acabamos de escuchar el texto evangélico conocido con el nombre de “la visitación”, que en el conjunto del evangelio según san Lucas está precedido por el relato del anuncio del ángel Gabriel a María de su maternidad por obra del Espíritu Santo. Subrayo esto, al inicio de esta reflexión, porque es importante no desligar ambos textos.

En la anunciación, Gabriel, el mensajero de Dios, es enviado a una joven de Nazaret, llamada María, para hacerle saber que ha encontrado gracia a los ojos de Dios y que Éste la ha escogido para ser madre del Hijo del Altísimo. La disposición de María para acoger esta llamada nos la hace ver como una mujer que vive abierta y atenta de forma incondicional a la Palabra de Dios, que en esta ocasión le está dirigida directamente.

Una vez el ángel se retira para que el misterio de la presencia del Espíritu en María se realice en el silencio y en la intimidad, María se levanta decidida y se va a la montaña de Judá, a casa de su prima Isabel, una mujer ya muy mayor, que también como ella esperaba un hijo.

Dicho esto, conviene que nos fijemos en un primer aspecto muy importante: siempre que escuchemos la Palabra de Dios, siempre que hagamos un rato de oración, siempre que participemos en la celebración de la Eucaristía o de otros sacramentos, no podemos quedarnos parados, impasibles, en nuestra casa o encerrados en las propias seguridades o miedos. La Palabra de Dios, que es Buena Noticia en toda ocasión, nos empuja a serlo también nosotros para aquellos que viven marcados por la necesidad o por la tragedia. María dejando a un lado su seguridad y no contemplándose a sí misma, sale decidida hacia Judea para tratar de ser una ayuda y una compañía para su prima. María nos aparece como la mujer de la caridad, la mujer misionera. Por eso no es de extrañar, que al encontrarse las dos madres, estalle por parte de ambas un canto de acción de gracias, que hace saltar de entusiasmo al niño que Isabel lleva en las entrañas.

“en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre», gritó Isabel llena de gozo. La presencia de Dios en nuestra vida, tal y como María la llevaba en su seno, y también en la vida de los demás es fuente de gozo, ya que Dios es el verdadero origen y la plenitud de nuestra alegría. Por eso os invito a preguntarnos: ¿Qué irradio a mi entorno: paz, alegría, serenidad, confianza o, por el contrario, desbarajuste, mal humor, desconfianza, desazón, etc.?

Para irradiar alegría verdadera, tal y como nos invitaba la liturgia del pasado domingo, es necesario que seamos capaces, como María, de acoger con fe al Señor, en nuestro corazón, no olvidando nunca, que la alegría verdadera va íntimamente ligada al espíritu de servicio. María era plenamente feliz, como toda madre que espera un hijo, pero esto no le fue ningún obstáculo, ni durante el embarazo ni después, para hacer felices a quienes le rodeaban. Entre ellos también estamos cada uno de nosotros, ya que Ella se ha convertido en la madre de todos los creyentes.

» ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!… Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá», continuó diciendo Isabel haciendo un elogio de la fe de María, que sin duda fue muy mayor.

La grandeza de fe de María no excluye que viviera con desconcierto y sin entender muchas de las cosas que le sucedieron a sí misma o a su Hijo Jesús. Sin embargo María confió siempre en el Señor y ésta fue la clave de bóveda de su fe, de su disponibilidad, de su sí incondicional y para siempre. Por eso, todo lo que el Señor le prometió se cumplió. Promesa que tuvo su plenitud al pie de la cruz y en el amanecer luminoso de la mañana de Pascua.

Hermanos y hermanas, la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de Jesús, es para nosotros el cumplimiento de la promesa que Dios nos ha hecho a cada uno de nosotros y que nos ha renovado, como cada año, en este Adviento, que ya toca en su final.

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Adviento (19 de diciembre de 2021)

Domingo III de Adviento (12 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (12 de diciembre de 2021)

Sofonías 3:14-18a / Filipenses 4:4-7 / Lucas 3:10-18

 

Queridos hermanos y hermanas,

El domingo III de Adviento recibe el nombre de “Gaudete” por las palabras que hemos cantado al comienzo de la celebración: “Alegraos”. Forman parte del capítulo de advertencias de la carta de san Pablo a los Filipenses que hemos escuchado como segunda lectura.

Este colofón del escrito del Apóstol contiene, en su brevedad, unas recomendaciones de permanente actualidad. Si hacemos una disección para entender mejor su alcance, nos encontramos en cinco afirmaciones que podríamos imaginar colocadas en un podio con dos escalones a cada lado.

El lugar central, el del campeón, lo ocuparía una afirmación de fe: «El Señor está cerca».

Para subir encontraríamos al principio la conocida afirmación que da nombre a este domingo: “Alegraos siempre en el Señor”. Y san Pablo insiste: “Lo repito: alegraos”.

A continuación, un escalón más arriba, una invitación a la coherencia cristiana: “Que todo el mundo os conozca como gente de buen trato”.

Y la afirmación central de la proximidad del Señor es la consecuencia: «El Señor está cerca».

Se derivan dos consecuencias, los dos escalones de bajada: Primero, “No os inquietéis por nada”. Y segundo: “Acudid a la oración y a la súplica con acción de gracias”.

Así tenemos, en pocos versículos, cinco advertencias que podemos resumir con estas cinco expresiones: Alegría – Coherencia – Proximidad del Señor – Serenidad – Oración. Son intercambiables. Si queréis empezar por la última –la oración con acción de gracias–, iremos a parar a la alegría.

Pero me gustaría insistir en la que pasa más desapercibida, la serenidad: “No os inquietéis por nada”. Da pie a ello la profecía de Sofonías, con su constante invitación a la alegría. Este mensaje destinado a Israel –originariamente llamado aquí hija de Sión– nos hace pensar en nosotros, en nuestra Iglesia. Estamos inquietos, y por muchas razones. No quisiera pasar por alto que actualmente goza de poca credibilidad en la sociedad en general. No es el momento de describir sus causas, ni hacer constataciones estadísticas, ni, menos aún, bajar a noticias contemporáneas. Ocurre con la Iglesia como con las vidrieras de una catedral (piense en las de la Sagrada Familia, de Barcelona, ​​o en el rosetón mismo de nuestra basílica). “Si uno mira las ventanas desde el exterior, sólo ve trozos de cristal oscuro unidos por tiras de plomo igualmente oscuras. Pero si se entra dentro y se miran esas mismas vidrieras a contraluz, ¡qué esplendor de colores, de historias y de significados ante nuestros ojos! Se trata, pues, de mirar a la Iglesia desde dentro, en el sentido más fuerte de la palabra, a la luz del misterio del que es portadora” (Card. R. Cantalesa, I Predicación de Adviento, 3.12.21).

Quedémonos en el hecho de que a esta “hija de Sión” el profeta le recuerda dos veces que “tienes dentro de ti al Señor” y que él, Dios, “por ti se ha transportado de alegría, te renueva su amor ”. En una palabra: le anima a gritar de gozo. La expresión “hija de Sión” ha emparentado la Iglesia con María, y la doctrina de nuestros días es que la Virgen María “sobresale entre los pequeños y los pobres del Señor, que confiadamente esperan y reciben la salvación” (Conc. Vat. II, LG 55). Esta afirmación contundente da sentido a la forma en que debemos contemplar a María en este Adviento. Da sentido, además, a la forma en que debemos asumir, desde el interior de la comunidad cristiana, la pobreza de desnudarnos de hipocresías y trabajar para ser cada vez más coherentes.

Alegría – Coherencia – Proximidad del Señor – Serenidad – Oración. Por tanto, vamos hoy a comulgar con el mensaje profético que la Iglesia nos canta: “Decid a los corazones inquietos: ¡animaos no temáis!”. Si superamos la inquietud que nos atrapa, recuperaremos, en caso de que las hayamos perdido, no sólo la serenidad, sino también la coherencia y la alegría, porque sabemos que el Señor está cerca.

 

 

Abadia de MontserratDomingo III de Adviento (12 de diciembre de 2021)

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (8 de diciembre de 2021)

Génesis 3:9-15.20 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:26-38

 

Cuando algo más joven que ahora estudié la asignatura que en teología habla de la Virgen María, la mariología, el profesor asoció esta solemnidad de la Inmaculada Concepción a la vocación de Santa María. Inmaculada Concepción significa, queridas hermanas y hermanos, completamente limpia desde el principio de la vida, sin haber cometido ninguna falta ni tener la posibilidad de cometerla y eso es una circunstancia que sólo la Virgen comparte, ella y ningún otro ser humano, con Jesucristo. Por esa cualidad tan especial, Dios la preparó para su vocación, para la llamada que le haría y que hemos leído en el Evangelio a ser la Madre de Jesucristo. Al poner juntas la solemnidad de hoy y la vocación podemos también hacer una lectura existencial de lo que le ocurrió y que nos afecte a todos. Porque a pesar de las diferencias entre nosotros y ella, todos tenemos o tendremos una vocación, una llamada de Dios a hacer algo en la vida. Y sobre este punto quisiera compartir algunas ideas. 

La primera nos dice que, a pesar de la dificultad recurrente de nuestra fe en creerlo, Dios es capaz de comunicarse con nosotros. Esta idea tan simple es la base de la primera lectura y del evangelio que hemos leído. Dios quería decir algo a Eva y quería decir algo a María. Una de las formas que las tradiciones judías y cristianas tienen de representar este mensaje de Dios a los hombres y mujeres son los ángeles, como hemos leído en el Evangelio. También encontramos otras formas de cómo Dios se comunica: por ejemplo en la primera lectura sale a hablar y a preguntar directamente a Adán y a Eva, les pregunta: ¿Dónde estás? ¿Qué has hecho? En otros pasajes Dios habla utilizando experiencias interiores, el silencio, la luz… La situación más normal en nuestra vida no es que se nos aparezcan ángeles con un mensaje muy claro o que oigamos a Dios hablarnos y haciéndonos preguntas, sino que normalmente debemos buscar la voluntad de Dios en nuestra realidad de cada día, en lo que nos dicen los padres o los maestros, los amigos, los hermanos de comunidad, algún maestro o director espiritual, también en las cosas que pasan a nuestro alrededor, en las necesidades que vemos que existen. Sea como fuere, lo que quiero decir es que podemos comprender de muchas formas diferentes qué quiere Dios de nosotros. Esta voluntad de Dios será distinta también en las etapas de la vida. ¡Qué diferente para María la voluntad de Dios en el momento de la anunciación o al pie de la Cruz! Pero siempre fue fidelidad a Jesucristo. También una misma llamada puede tomar en nuestras vidas momentos muy distintos. Lo puedo decir por experiencia. El Evangelio de hoy nos habla, en primer lugar, sobre todo de la posibilidad real de una vocación.

La segunda idea de hoy es la de la preparación para hacer lo que nos piden. Las vocaciones nunca pueden venir si no existen las posibilidades de desarrollarlas. Dios no juega con nosotros. Dios no pide lo imposible. En el caso de la Virgen María, esta preparación fue toda una disposición personal dada gratuitamente para poder recibir el misterio de la encarnación de Jesucristo. Y para ella fue inesperada, incierta, con horizontes insospechados en el momento de producirse. Pero ciertamente estaba preparada, Pre Parata, es decir dispuesta por adelantado para cumplir su llamada. ¿Y nosotros? Nosotros deberíamos tener también la confianza en que Dios nos dará los medios para cumplir las vocaciones que vamos a recibir. En la mayoría de los casos nuestras capacidades ya serán un punto de partida: todo lo que somos es don de Dios y por tanto todo lo que nos proponemos en la vida lo hacemos a partir de lo que somos, y reconocerlo debería ser el primer paso para averiguar qué quiere Dios de nosotros. Creo que ésta fue la actitud de la Virgen, a pesar del miedo, la duda, la sensación, también a menudo tan nuestra, de no ser capaces de hacer lo que nos piden. Pero es todo lo contrario. Si es de Dios podremos hacerlo. ¿Fácil? No. Como no lo fue para Santa María, ni lo fue especialmente para Jesús, pero su fidelidad demostró que Dios nunca se equivocaba.

Todavía existe una tercera idea en este evangelio. A María no le preguntaron explícitamente si aceptaba o no esa situación de ser Madre de Dios. Pero, en cambio, el relato nos reporta su actitud de aceptarlo. Las más que célebres frases: Soy la sierva del Señor, que se haga en mí según tu Palabra, nos ayudan a entender que nosotros y nuestra actitud ante lo que nos pide Dios serán muy importantes. La respuesta de María, paradigma de toda la disponibilidad cristiana en ponerse en el camino del evangelio y de la obediencia interior a Dios, será siempre el ejemplo de la respuesta auténtica, aunque a veces no seamos plenamente conscientes de hasta dónde nos puede llevar. Y después de esto el ángel se retiró, como confirmando que ya no era necesario, que el mensaje se había entendido.

En el fondo, la solemnidad de hoy, nos recuerda que Dios pide nuestra colaboración en su proyecto para la humanidad que es el de que todo el mundo viva y se salve.

Desde tantos lugares y desde tantas capacidades personales, podemos y debemos trabajar para conseguir que todo el mundo viva y se salve. Pensemos si no, en la amenaza a la vida, a la integridad, a la salud de tantas personas. Pensamos en un mundo que se ha cerrado sobre un cierto egoísmo a causa del Covid, pensamos en tantos países que se llaman de tradición cristiana y parecen tan indiferentes a la situación de la vacunación de los más pobres, tal y como insistentemente denuncia el Papa Francisco… Menos mal que Dios es perseverante, insistente en sus llamamientos y firme en su plan salvador que continúa hasta cuando miramos hacia otro lado.

Que nos sirva esta celebración para disponernos a cumplir siempre con la voluntad de Dios.

 

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2021)

Domingo II de Adviento (5 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat y Rector del Santuario (5 de diciembre de 2021)

Baruc 5:1-9 / Filipenses 1:4-6.8-11 / Lucas 3:1-6

 

Esta mañana, en la oración de Laudes, San Pablo nos recordaba que hoy tenemos la salvación está ahora más cerca que cuando abrazamos la fe. Y esta proximidad siempre es motivo de alegría, porque tal y como en la primera venida nos trajo la paz del cielo que los ángeles cantaron en Nochebuena, cuando venga a buscarnos a finales de nuestros días, la alcanzaremos plenamente, cuando Cristo resucitado nos llevará allí donde Él está con el Padre y el Espíritu Santo desde siempre. En cada eucaristía expresamos este deseo tan grande cuando proclamamos con fe lo de: ¡Ven, Señor Jesús!

El Adviento litúrgico nos recuerda, preparando la Navidad, esta realidad de todo el año. Y para todo el año el evangelio nos recuerda la actitud dinámica de la conversión que nos mantiene activos en esta tensión entre el presente y la eternidad.

Hay dos imágenes del evangelio de hoy que nos ayudan a entender la dinámica de la conversión: El desierto y el Jordán. El desierto, lugar donde se escucha la palabra de Dios que habita en el silencio del corazón, y el Jordán, umbral que fue de la entrada a la tierra prometida, ahora símbolo del lugar donde se comparte el mensaje que hace posible la entrada al Reino de Dios prometido para todos.

La ruta que Juan Bautista abre en el desierto lleva al Jordán, al agua de la Tierra Prometida. El Precursor del Señor nos hace ver que hay que entrar en el desierto e ir al Jordán, que hay que buscar la soledad, no tener miedo al silencio que hace posible escuchar los latidos del espíritu, para poder discernir entre tantas voces la voz que es capaz de renovarnos de verdad. Una palabra no un eslogan, quizás más un interrogante que cuatro frases de auto ayuda, mejor aún una palabra de contradicción capaz de convertir la inercia de los comportamientos políticamente correctos en nuevas motivaciones humanamente mejores. La palabra que viene del desierto es una «palabra semilla» capaz de hacer germinar algo bueno, de reciclar tantos intentos fallidos de vida para recrear una posibilidad real de futuro.

El desierto nos lleva a encontrarnos con lo esencial. Casi siempre lo esencial consiste en pocas cosas, sólo las imprescindibles: afrontar la fragilidad y la grandeza de la misma vida humana con sinceridad y verdad. Éste es en definitiva el mensaje del hijo de Zacarías: Conviértete. Pon ante Dios tu miseria, quédate delante de Él esperando el don del fuego de su Espíritu, fuego que purifica del pecado, fuego que es estallido de vida nueva.

La conversión, tal y como nos recuerda el Catecismo, «es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que recibe en su propio sí los pecadores y, siendo santa a la vez que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación (LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Su fuerza radica en el deseo de la pureza de corazón que, atraído y movido por la gracia, corresponde al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.

El amor que nos tenemos unos a otros, en tanto que viene de Dios, es la semilla que, persistiendo en medio de las dificultades, debe cultivarse para que vaya enriqueciéndose y creciendo más y más, la semilla que lleva la penetración y la sensibilidad de espíritu que nos lleva a respetar, valorar y amar a todas las personas. La convivencia vivida como don de la gracia y trabajo de conversión, nos ayuda pedagógicamente a saber apreciar y movernos en los valores auténticos para poder llegar limpios e irreprochables sin obstáculos al día de Cristo, cargados de aquellos frutos de justicia que se dan por Jesucristo, a gloria y alabanza de Dios, como nos decía el apóstol.

La palabra recibida en el desierto es para comunicarla en el Jordán, a esa orilla de la tierra prometida que todos deseamos, este Cielo nuevo y esta Tierra nueva a la que todos nos dirigimos. En este camino, debemos saber compartir con todos, el mensaje positivo que encierra todo el evangelio de Jesús, porque la salvación que lleva incoada en él es para todos y está destinada a penetrar con fuerza humanizadora los problemas, las crisis, los miedos y las esperanzas que son de todos.

El evangelio de Jesús no es fantasía de un mundo imposible, tampoco es resignación que sublime el luto y la aflicción, sino realidad con esperanza. Con la ayuda del Señor, debemos persistir en la siembra de la Palabra de Dios, a pesar de que tengamos lágrimas en los ojos, para que pueda haber una siega que convierta el luto y la aflicción en cantos de alegría, unos cantos, los de Navidad, que ya son parte de esa cosecha.

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo II de Adviento (5 de diciembre de 2021)

Domingo I de Adviento (28 de noviembre de 2021)

Homilía del P. Bernat Juliol, prior de Montserrat (28 de noviembre de 2021)

Jeremías 33:14-16 / 1 Tesalonicenses 3:12-4:2 / Lucas 21:25-28.34-36

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

Para mucha gente, uno de los recuerdos más entrañables de nuestra infancia es cuando la noche de Reyes íbamos a esperar la cabalgata con la solemne llegada de Sus Majestades: Melchor, Gaspar y Baltasar. Año tras año, los niños y niñas, llenos de sorpresa, de ilusión y de gozo cantan la canción de bienvenida y levantan bien alto los farolillos para que Sus Majestades no pasen de largo sin verlos y darles algún caramelo.

La Iglesia nos propone que con esos mismos sentimientos con los que vamos a «esperar a los Reyes que vienen» también salgamos a «esperar al Señor que viene». Éste es el mensaje del Adviento que hoy empezamos: debemos prepararnos para recibir al Señor, Cristo que sale a nuestro encuentro. Aquel que hemos proclamado Rey, aquel que es descendiente de David, está a punto de entrar en el mundo al igual que un día entró en Jerusalén aclamado por la gente con palmas.

El Adviento nos pone delante el misterio de las dos venidas de Cristo: la primera en su nacimiento como hombre en el portal de Belén; la segunda en su venida al final de los tiempos, cuando va a hacer todas las cosas nuevas y entonces lo seremos todo en todos. A la primera venida hacía referencia el libro de Jeremías cuando decía: «suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra». Y de la segunda venida nos hablaba el evangelio de Lucas: «Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria».

En Belén, contemplaremos la gloria del Dios hecho hombre, el gran misterio de la encarnación divina. Quien es la Sabiduría divina, quien ya estaba presente en la creación del mundo, ahora se ha hecho un niño, ha querido compartir nuestra naturaleza humana. El que era Dios invisible ahora se ha hecho visible en una persona concreta. El profundo abismo que existía entre la divinidad y la humanidad ha quedado superado. La gloria eterna se muestra de forma sublime en un débil niño.

La encarnación de Dios nos enseña el camino de la salvación, nos muestra que Dios ha venido a compartir nuestra vida humana para que nosotros podamos compartir su vida divina. Así, Cristo se convierte en el nuevo Adán, el nuevo origen de la humanidad, el modelo perfecto de Hijo de Dios. Con la encarnación Dios nos dice que el mundo no salva pero sin el mundo no hay salvación. Esto debe hacernos responsables de nuestra vida, de nuestras decisiones: debemos vivir según la dignidad que hemos recibido como hijos de Dios.

Por otra parte, la segunda venida de Cristo, la que le hará volver al final de los tiempos, es la que nos debe mantener en vela: «porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra». Será aquí donde se pondrá de manifiesto cómo hemos vivido en el mundo, cuál ha sido nuestra responsabilidad hacia Dios y hacia los demás. No sabemos exactamente cómo será esta venida final, pero no debemos vivir con miedo o atemorizados. La espera de esta segunda venida debe ser también gozosa, como los niños esperan a los Reyes. Cristo vendrá a salvarnos.

Los primeros cristianos, esperaban la última venida de Cristo de forma inminente. Con el tiempo, aprendieron que la esencia del cristiano era vivir con esperanza. Como peregrinos en un mundo que pasa, la esperanza nos enseña a caminar hacia delante, a buscar siempre el encuentro con Cristo. Con la esperanza superamos los obstáculos que siempre nos encontraremos por el camino. Esta virtud nos dice que el pecado, el sufrimiento y la muerte no son nunca el final, sino que en Cristo Resucitado la última palabra siempre la tienen la misericordia, el gozo y la vida.

Las dos venidas del mismo Cristo nos invitan a vivir en nuestro mundo con esperanza. A la hora de iniciar el último viaje, como buenos peregrinos que somos, sabemos que no podremos llevarnos absolutamente nada. Sólo quedará en nosotros el amor con el que hemos amado y nos hemos dejado amar. He aquí la fuente de nuestra esperanza, porque nuestro Dios es amor. Y «cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación».

 

 

Abadia de MontserratDomingo I de Adviento (28 de noviembre de 2021)

Domingo IV de Adviento (20 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (20 de diciembre de 2020)

2 Samuel 7:1-5.8b-11.16 / Romans 16:25-27 / Lluc 1:26-38

 

Seguro que habréis tenido esta experiencia: mirando fotografías de la infancia y de la juventud de personajes importantes, os admiráis de que aquellos niños o jóvenes llegasen allí donde llegaron. Por ejemplo, el Papa Juan XXIII, que siendo un humilde hijo de agricultores vemos en las fotografías de joven aquel anciano que causó un tsunami eclesial anunciando el Concilio Vaticano II. Pues bien, eso es lo que pretende la página que Lucas nos presenta: nos proyecta, en el momento del anuncio a María, lo que sería Jesús; es decir, sobrepone una fotografía del Jesús grande sobre la del niño Jesús. Y nos dice que sobre aquel niño reposaba ya la mano de Dios que le conduciría hasta dar la vida por todos los hombres. Esto no se podía haber supuesto a lo largo del recorrido de su vida hasta que no hubiera llegado el momento final. Pero ya estaba definido por Dios.

Pero esto es lo que nos cuenta el ángel Gabriel, embajador de Dios, enviado por Dios como uno de los seres que conocen los planes de Dios: María, aquella joven desconocida, de un pueblecito desconocido de entre los 200 pueblos de Galilea, Nazaret, -un nombre nunca mencionado en la Biblia- será madre por intervención del poder de Dios sobre ella, madre de un niño que no será fruto de unión matrimonial, sino engendrado por obra del Espíritu Santo, exclusivamente. Y cumplirá la profecía hecha a David: será el Mesías anhelado por todos los siglos y anunciado antes por los oráculos divinos. La realización del plan de Dios, sin embargo, no se impuso de golpe: se fue preparando lentamente a lo largo de los siglos y por fin ¡hace nacer a su Hijo, virginalmente, pero como un hombre cualquiera! No nace en ningún palacio real, ni en ninguna casa sacerdotal o rica, sino en el lugar más pobre y desconocido. María, jovencita, toda pura y humilde, no lo comprende paso -ya que esto no se comprende racionalmente-, pero lo acepta con fe obediente: «que se haga en mí según tu palabra». Y aquí comienza la redención. El cielo se une con la tierra. La voluntad divina se une a la voluntad humana. Y en la noche de ese día del nacimiento el cielo se llenó de luz y los ángeles anunciaron la venida del Redentor del mundo. Dios se abajó para hacerse hermano nuestro y elevarnos a hijos de Dios. ¿Lo comprendemos esto? No. Pero lo creemos por todo lo que Jesús dijo e hizo en su vida. Nos dijo que «el Padre y él son uno», que «el que cree en mí, aunque muera, vivirá», porque él ha venido a dar la vida abundantemente. Que resucitó y fue a prepararnos un lugar en el cielo.

Ante este derroche de amor, no sólo sobre María, sino sobre toda la humanidad, ¿cómo no podía ella entonar aquel himno de alabanza al Padre que tiene unos planes tan inexplicables, -como nos decía san Pablo-, y que nos ama sin límite: Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador? Ha mirado mi pequeñez y la de toda la humanidad. Porque su nombre es santo, y todo lo que se propone queda santificado. Desde aquel momento todo el mundo quedó iluminado por el don de Dios. Los ángeles lo anuncian y glorifican a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres que Dios ama».

Esto lo revivimos cada vez que celebramos los santos misterios. Porque cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía se hacen presentes todos los actos salvadores de la vida de Cristo. Nosotros no podemos celebrar más que un misterio cada vez, pero la presencia siempre es total. No venimos, pues, a «oír misa», como quien escucha un concierto, sino a participar y compartir el don inmenso que Dios ha hecho a los hombres: el don de su Hijo, que se ha hecho hermano y Salvador nuestro; y unidos a él nos ha hecho hijos de Dios de verdad. Demos gloria a Dios, con María.

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Adviento (20 de diciembre de 2020)

Domingo III de Adviento (13 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Manel Gasch, monje de Montserrat (13 de diciembre de 2020)

Isaías 61:1-2a.10-11 / 1 Tesalonicenses 5:16-24 / Juan 1:6-8.19-28

 

Nos podríamos preguntar queridos hermanos y hermanas qué sentido tiene que la Iglesia proponga tiempo intensos para preparar y vivir las grandes fiestas del año. Nosotros hacemos a menudo lo mismo en nuestra vida cotidiana: ¿o tal vez no hemos escuchado nunca esa pregunta retórica: tú qué harías si sólo te quedaran unos cuantos meses de vida? ¿O qué tres cosas te llevarías a una isla desierta? Con esta pregunta, en un contexto normalmente muy diferente del religioso, lo que pretendemos es concentrar el tiempo o el espacio, tener una percepción diferente, no tan extensa o infinita como la que tenemos habitualmente, y de esta manera, darle mucha más importancia a las cosas que pasan en este tiempo o en este espacio, porque lo creemos limitado.

Los tiempos litúrgicos fuertes que nos propone la Iglesia también pretenden intensificar el tiempo y eso pasa de una manera muy especial en el Adviento, con su importante contenido de reflexión histórica. El Adviento quiere que nos concentremos en el nacimiento de Jesús y en su regreso al final del tiempo. Un evento en la historia pasada y otro en la historia que está por venir y que tendríamos la tentación de pensar que nunca sucederá.

Y si el mundo nos pregunta a veces cuáles son las tres cosas importantes que haríamos si tuviéramos poco tiempo, yo me he atrevido preguntarme y preguntar a las lecturas de hoy qué tres palabras nos dicen que son importantes. Y me han salido tres, que empiezan todas por la letra jota.

La primera jota es la de Jesucristo. No hay más centro, no hay más fundamento, no hay más piedra angular que Él. Las lecturas de hoy nos dan tres perspectivas de Cristo: Ya sea recuperando la esperanza histórica de Israel en el nacimiento de su Mesías, como encontramos en el profeta Isaías; ya sea compartiendo la espera inminente de los dos grandes personajes del Adviento, Santa María y San Juan Bautista, cuya vida no tiene más sentido que la de reflejar la importancia del Mesías-Hijo de Dios que viene, o ya sea también a partir de la primera reflexión que San Juan y San Pablo nos transmitieron después de la vida, la muerte y la resurrección de Jesús de Nazaret, una vida y una muerte y una resurrección que son luz que ha venido al mundo y mensaje para impactar la vida de cada uno de nosotros, desde la primera generación cristiana hasta hoy. ¡Qué tipo de misterio, que palabras que tienen 2000 años! – Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros. No apaguéis el espíritu, no despreciéis las profecías. Examinadlo todo, quedaos con lo bueno. Guardaos de toda forma de mal. ¡Qué misterio, digo, que estas palabras sean tan actuales, tan aplicables a nuestra vida hoy mismo! Ni el contexto, ni el cambio de mentalidad, ni el estilo, que hacen que todo caduque a velocidades vertiginosas han podido descalificar ninguna de esas palabras que hemos escuchado en la 2ª lectura.

La segunda jota que acompaña siempre a la de Jesucristo es la de Justicia. La justicia bíblica que no es un equilibrio de valores, o una ecuación legal que se resuelve en una sentencia, sino que es la restauración en la tierra del orden querido por Dios. Las lecturas de hoy nos hablan de ella; la curación de los enfermos, la liberación de los cautivos, el cambio radical de pobres por ricos, y de poderosos por humildes del Magnificat, que hemos cantado como salmo responsorial. Los profetas acompañan siempre la venida del Mesías con la justicia del Reino. Y hoy el mensaje sigue tan o más válido que siempre, en un mundo y en una sociedad tan lejos aún del proyecto de Dios. Hay que destacar un matiz: cuantas veces los hombres y las

mujeres nos hemos puesto en el centro en la búsqueda de una justicia de este mundo, una búsqueda desarraigada de Dios, desarraigada de un fundamento, una búsqueda que poniendo sólo las ideas en el centro, ha acabado olvidando y despreciando a las personas concretas. Todos estos intentos han fracasado. La verdadera búsqueda cristiana de la justicia perdura después de 2000 años, capaz de luchar con la voluntad de no sacrificar a nadie en el camino.

La tercera jota que nos acompaña este domingo es la jota de alegría. La alegría del profeta Isaías cuando canta: Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios, la alegría de Santa María cuando canta: Proclama mi alma la grandeza del Señor. Alegría a pesar de todo. A pesar de la Covid19 que nos pone socialmente ante la Navidad más extraña que hayamos vivido la inmensa mayoría de nosotros, alegría a pesar de los muertos cercanos en tantas familias, alegría quizás imposible en algunas familias porque la situación no lo permitirá, pero vivida aunque sólo sea como un deseo para el futuro. Porque sí: la alegría de este domingo Gaudete, domingo de la alegría, es tan absolutamente actual este año porque no es alegría por algo que haya pasado sino por lo que esperamos que pase. Quizás nunca nos habían colocado colectivamente en una situación de esperanza tan grande en el futuro. Los monjes rogamos con todo el mundo a menudo para que pase la pandemia, se lo pedimos a Dios: compartimos desde nuestra fe el deseo gozoso y alegre de otro escenario y en esta espera nos encontramos con la celebración del nacimiento de Jesús, del Navidad, un año más, un año diferente. Y tenemos la ocasión perfecta de asociar todo el sufrimiento que hemos testimoniado y que vivimos, a la esperanza cumplida de Israel por el nacimiento del Mesías, y recordar con consuelo el testimonio del pueblo cristiano que ha sufrido y pasado tantas cosas en su larga historia confiando en el Señor y que siempre ha reencontrado la paz y la alegría.

Si pensáramos, en la mitad de este de Adviento, en aquella pregunta que os recordaba al principio: ¿qué haríamos si tuviéramos poco tiempo? Responder que vivir en la alegría, en la justicia y en la fe en Jesucristo, sería una respuesta muy alternativa y muy poco esperada, pero que nos daría más felicidad que todas las enajenaciones que en el fondo nos alejan de Dios y de las alegrías y esperanzas del mundo. Pidamos a Dios que nos ayude mientras celebramos el memorial que el mismo Jesucristo nos dejó.

 

Abadia de MontserratDomingo III de Adviento (13 de diciembre de 2020)

Domingo II de Adviento (6 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (6 de diciembre de 2020)

Isaías 40:11-5.9-11 / 2 Pedro 3:8-14 / Marcos 1:1-8

 

Seis siglos antes de la venida del Señor, el rey Nabucodonosor conquistó Jerusalén y deportó la población. Fue uno de los peores momentos de la historia de Israel, y los judíos exiliados a Babilonia lo vivieron como una situación trágica: los sacrificios del templo habían cesado, Jerusalén había sido destruida y ellos se sentían completamente abandonados por Dios. Estaban en un país lejano y habían perdido la esperanza ante un futuro incierto. Pero cuando parecía que habían caído en el pozo más profundo, el profeta Isaías les hizo el anuncio gozoso que escuchábamos en la primera lectura: el Señor no les había abandonado sino que perdonaba sus pecados, y cambiaría la historia. Al igual que el antiguo pueblo de Israel había vivido un éxodo y había sido liberado de Egipto, ellos también vivirían un evento de igual trascendencia que les permitiría el retorno a la tierra prometida. « que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, […], la cordillera se volverá una llanura, el terreno escabroso será un valle» era una forma de decir que, fueran cuales fueran las dificultades, el Señor se abriría paso para llevarles la salvación. Y así lo hizo. En otra época no carente de dificultades para el pueblo hebreo que vivía bajo la ocupación del Imperio Romano, el mismo Dios se hizo presente en la figura de Jesús. Del mismo modo que Dios había guiado al antiguo pueblo por el desierto, ahora, encarnándose se pondría al frente de la humanidad para guiarla en su peregrinación desde este mundo hacia la Jerusalén celestial.

Desde aquellos tiempos lejanos en que el antiguo pueblo de Israel recibió las promesas hasta ahora, no ha habido ninguna época que no se haya carecido de dificultades. Y en medio de estas dificultades, el Adviento reaparece cíclicamente cada año para volver a llenarnos de esperanza. Cuanto más evidente se hace a nuestros ojos la imposibilidad de salir de la situación con nuestros propios recursos, más intenso se hace el deseo de la salvación de Dios. Y por eso el mensaje del Adviento siempre nos es motivo de alegría, porque recordamos de nuevo que Dios nos ha prometido que el destino final de nuestro camino es «un cielo y una tierra nueva, en el que habite la justicia», según las palabras de la segunda lectura. Es el destino donde confluyen todos nuestros caminos personales, y hacia el cual ya estamos caminando. Y es el destino que se nos anticipa cada vez que celebramos la Eucaristía, el memorial del Señor, que es prenda de aquel convite eterno al que todos estamos invitados. Allí veremos a Dios cara a cara, mientras que ahora sólo lo podemos hacer a través del velo de la fe.

Pero si todo lo que vemos «se desintegrará», si pase lo que pase Dios nos tiene preparado un destino inmejorable, si el Adviento nos recuerda que el Señor vendrá a nuestras vidas un día u otro y este mismo Señor «no quiere que nadie se pierda »… ¿Cómo hemos de vivir? ¿Es necesario que nos sigamos esforzando? La respuesta es afirmativa: Sí. El profeta nos pedía que abriéramos en el desierto el camino del Señor, y Juan Bautista lo cumplió. Pero a diferencia de ellos, todos los cristianos que hemos venido detrás ya hemos sido bautizados con el Espíritu Santo, y todos hemos recibido la misma misión: debemos abrir caminos al Señor, debemos contribuir a hacer llegar a todos la buena nueva del evangelio. El Señor vino en la carne, volverá al final de los tiempos, y se hace presente en nuestras vidas cada vez que recibimos su palabra o que lo recibimos sacramentalmente como haremos. Pero también cada vez que, haciendo un pequeño gesto, cumpliendo nuestras responsabilidades lo mejor que sepamos, lo hacemos presente en la vida de los demás. Y hacer presente al Señor a través de nuestras obras… ¿no os parece una manera apasionante de hacer el camino de la vida?

Abadia de MontserratDomingo II de Adviento (6 de diciembre de 2020)

Domingo I de Adviento (29 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Ignasi M Fossas, Prior de Montserrat (29 de noviembre de 2020)

Isaías 63:16b-17.19b; 64:2b-7 / 1 Corintios 1:3-9 / Marcos 13:33-37

 

Las lecturas de este primer domingo de Adviento del ciclo B nos sitúan muy bien en la triple perspectiva de la vida cristiana. Hay como tres realidades capitales en la historia de la salvación, que se repiten también en la vida de cada uno de los creyentes y que desearíamos ver reproducidas en la existencia de muchos de nuestros contemporáneos que se sienten, más o menos conscientemente, lejos de Jesucristo .

He hablado de una triple perspectiva para referirme a tres realidades que señalan el camino de la Iglesia y, como decía, de cada uno de los discípulos de Cristo. La primera se puede resumir en la pregunta del profeta Isaías: ¿Por qué nos extravías, Señor, de tus caminos, y endureces nuestro corazón para que no te tema? No nos de miedo, hermanas y hermanos, reconocer nuestra dificultad para creer y aceptar que, incluso eso que nos puede parecer tan extraño, también forma parte del plan de Dios para salvarnos. Y es que creer lo que profesaremos a continuación, después de esta homilía, es decir que existe un Dios personal que lo ha creado todo, que quiere el bien de sus criaturas, que ama la vida, que es el Amor con mayúscula, que nos ha amado tanto que nos ha dado a su Hijo hecho hombre para salvarnos del pecado y de la muerte, que nos ha dado su Espíritu para que seamos un solo cuerpo y una sola alma y que renueva en nosotros su Espíritu Santo, siempre que se lo pedimos, creer todo esto no es fácil, ni es espontáneo, ni es cómodo. Incluso, más de una vez parece que los acontecimientos cotidianos quieran desmentir tercamente nuestra pobre fe. El misterio del mal y de la muerte, que es tan habitual por desgracia en buena parte de la humanidad y que nos ha aparecido como una novedad inesperada en nuestras sociedades occidentales con la Covidien-19, este misterio de tantas y tantas personas inocentes que sufren y que mueren, así como también el misterio de nuestra propia muerte ineludible, todo ello no nos resulta fácil de afrontarlo desde la fe. Si añadimos un entorno social y comunicativo contrario o que, sencillamente, ignora esta dimensión del ser humano, tendremos un cuadro bastante completo de la situación. Y para acabarlo de complicar, el profeta atribuye a Dios por lo menos una parte de nuestra falta de fe: Señor, ¿Por qué nos extravías, Señor, de tus caminos, y endureces nuestro corazón para que no te tema? Es que Dios, hermanas y hermanos, no nos quiere hacer creer en Él por fuerza, sino que espera que nuestra fe sea el resultado de un acto libre, movido por el amor a Jesucristo Salvador nuestro.

La segunda perspectiva ya la anunciaba, también, el profeta Isaías y la encontramos explicitada en el fragmento de la primera carta de San Pablo a los Corintios. Decía el profeta: tu nombre de siempre es «nuestro Liberador […] Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano. Dios no rechaza su obra, porque la ama y porque nos ha creado a imagen y semejanza de su Hijo. En Jesucristo encontramos la razón, el fundamento y la fuerza de nuestra fe en Dios. Él es nuestra esperanza. Por eso san Pablo comienza la primera carta a los Corintios bendiciendo Dios pensando en la gracia de Dios que se os ha dado en Cristo Jesús. Y eso que Pablo decía a los cristianos de Corinto también nos lo dice a nosotros: bendito sea Dios porque nos ha enriquecido en Cristo en toda palabra y en toda ciencia. Pablo saluda a sus destinatarios deseándoles la gracia y la paz de Dios. Estos dos términos sintetizan lo mejor de la cultura griega y de la sabiduría judía, que han dado forma a nuestra fe y han modelado en buena parte, aunque no exclusivamente, nuestra cultura. La gracia, la Xaris griega, es el favor de Dios, su benevolencia, el don de sí mismo que Dios ha depositado en nosotros, es también la fuerza de su Espíritu. La paz, shalom judío, ya se adivina que no es sólo la ausencia de guerras o de conflictos, que ya sería mucho, claro, sino que expresa aquella manera de vivir en la que se lleva a cabo nuestra relación con Dios y con nuestro prójimo. La paz es también el fruto de la sabiduría que viene de Dios y que nos permite ver y comprender la realidad tal como es a los ojos de su Creador, que es al mismo tiempo el Salvador. Fiel es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor..

La tercera perspectiva también la anunciaban el profeta Isaías y San Pablo y es más explícita en el Evangelio. Isaías gritaba: ¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses! En tu presencia se estremecerían las montañas. Y San Pablo recordaba con toda la fuerza a los Corintios que no carecéis de ningún don gratuito, mientras aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Pero en el evangelio es Jesús mismo quien nos desvela con su palabra: Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento […] no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa […] no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.. Es decir, la salvación que Jesucristo vino a traer y a anunciar con su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo, ya empieza a estar presente y efectiva mientras vivimos en este mundo, pero nos damos cuenta que no es perfecta, que no está completa del todo. El Reino de Dios que Jesús anunciaba como un Reino cercano, aún no ha llegado a su plenitud. Cuando llegue todo será nuevo, todo será claro y diáfano, entonces triunfarán definitivamente el amor y la vida sobre el pecado, el mal y la muerte.

Jesús exhortaba a sus contemporáneos a velar para que el fin del mundo no los encontrara dormidos, pero también para que fueran capaces de captar y de vivir aquellos momentos en los que el Reino ya se hace presente en la vida de las personas y de las comunidades. Y eso que les decía a ellos, lo dice a todo el mundo, nos lo dice también a nosotros. Se trata de velar, hermanas y hermanos, para darnos cuenta de que la victoria de Cristo sobre el mal y la muerte ya se empieza a manifestar ahora, en nuestra historia que es un tejido de pecado y de gracia, de luz y de tinieblas. Jesucristo resucitado, nuestra gran esperanza, sigue presente entre nosotros y nos empuja a desear con todo nuestro ser su manifestación definitiva. Por eso le podemos dirigir con gozo la aclamación del salmo responsorial: Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve. Amén.

Abadia de MontserratDomingo I de Adviento (29 de noviembre de 2020)