Domingo VIII del tiempo ordinario (27 de febrero de 2022)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (27 de febrero de 2022)

Sirácida 27:4-7 / 1 Corintios 15:54-58 / Lucas 6:39-45

 

Estimados hermanos y hermanas,

El texto del evangelio que nos acaba de proclamar el diácono es la continuación del fragmento que leímos el pasado domingo. Si lo recordáis, Jesús explicitaba que el alcance del amor llega hasta amar a los enemigos, al tiempo que espoleaba a sus discípulos a ser compasivos como lo es el Padre del cielo, ya que el juicio de Dios será en función de la medida que cada uno haya hecho a sus hermanos.

El texto de hoy, en cambio, no contiene, como en otras ocasiones, ninguna alusión ni a la fidelidad espiritual ni a la recompensa o el juicio en el mundo futuro. Se trata de un texto empapado de sensibilidad humana, de experiencia vivida, de valoración «desde el corazón». Un texto que nos hace dar cuenta de que, en nuestra historia, tanto la personal, como la colectiva, el corazón, y el amor que se deriva, es el único espacio, el único lugar desde el que podemos hacer la experiencia de nuestra filiación divina y nuestra experiencia de fraternidad.

Siguiendo los tres apartados del texto: el ciego que es guiado por otro ciego, la astilla y la viga y el árbol que da buenos o malos frutos, hay tres palabras que nos pueden guiar en nuestra reflexión: discípulo-maestro, como una unidad; hermano y bondad.

¿Quién es un discípulo? El discípulo es aquel hombre y aquella mujer, que, habiendo oído la llamada de Jesús, se adhieren, desde el corazón, a su persona ya su mensaje. El discípulo es aquél que quiere hacer el camino de Jesús, para identificarse con él y darse a los demás hasta donde sea necesario. La imagen gráfica de un ciego guiando a otro ciego, nos da la clave para entenderlo. Las instrucciones de Jesús, las instrucciones del maestro, van dirigidas al corazón y no a la cabeza. Por eso es necesario que el discípulo se conozca antes a sí mismo, ya que la tendencia natural del hombre es dejarse llevar para juzgar a los demás, es decir, ver la paja que está en el ojo del hermano y no ser consciente de la viga que empaña nuestra mirada y nuestro obrar. El propio conocimiento, el aprendizaje del seguimiento de Jesús, nunca da lugar a autoritarismo alguno. El seguimiento de Jesús, el aprendizaje de las bienaventuranzas, dan siempre paso a la misericordia ya la bondad.

El criterio para discernir el propio corazón, primero, y el de los demás, después, son los frutos que produce nuestra conducta. La calidad del fruto nos hace saber el valor del árbol, el tipo de fruto, su procedencia. La calidad y el tipo de nuestra conducta nos hará saber el valor y la auténtica raíz de nuestra vida cristiana. Toda persona tiene impresa en su corazón la posibilidad de hacer de su vida un proyecto fundamentado en el amor. La fuerza del Evangelio es la que dinamiza el proyecto y le lleva a su plenitud. Cuando se ama desde el tesoro que llevamos dentro de nosotros y sobre lo que el Evangelio empuja, las palabras resultan sanadoras y fraternas. Así, el corazón y la boca se unifican dando lugar al fruto maduro de la persona que sabe amar.

En la oración colecta de este domingo hemos pedido a Dios que guíe el curso del mundo por los caminos de la paz según sus designios. Estas palabras resuenan hoy con mucha fuerza ante la barbarie bélica entre Rusia y Ucrania, que como toda guerra no tiene ningún sentido. La paz es un don que Dios nos concede. A nosotros, a todos, nos corresponde acogerlo para que sea realidad, en todos los niveles y situaciones, a través de gestos, palabras, acciones que alejen las actitudes violentas que son siempre una forma bélica.

Con el obispo poeta roguemos: Señora de Montserrat, que tienes su santa montaña rodeada de olivos, signo de paz, conseguid para todos los pueblos una paz cristiana y perpetua.

Finalmente, el próximo miércoles iniciaremos la Cuaresma. Será un tiempo favorable para iniciar de nuevo el proceso de nuestra conversión, injertándonos de la Cepa que es Jesucristo. Unidos con Él, nos reconoceremos hermanos unos de otros, hijos de un mismo Padre. Y esto es lo que ahora celebramos en la Eucaristía.

 

 

Abadia de MontserratDomingo VIII del tiempo ordinario (27 de febrero de 2022)

Domingo IV de Adviento (19 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (19 de diciembre de 2021)

Miquees 5:1-4a / Hebreus 10:5-10 / Lluc 1:39-45

 

Estimados hermanos y hermanas,

Acabamos de escuchar el texto evangélico conocido con el nombre de “la visitación”, que en el conjunto del evangelio según san Lucas está precedido por el relato del anuncio del ángel Gabriel a María de su maternidad por obra del Espíritu Santo. Subrayo esto, al inicio de esta reflexión, porque es importante no desligar ambos textos.

En la anunciación, Gabriel, el mensajero de Dios, es enviado a una joven de Nazaret, llamada María, para hacerle saber que ha encontrado gracia a los ojos de Dios y que Éste la ha escogido para ser madre del Hijo del Altísimo. La disposición de María para acoger esta llamada nos la hace ver como una mujer que vive abierta y atenta de forma incondicional a la Palabra de Dios, que en esta ocasión le está dirigida directamente.

Una vez el ángel se retira para que el misterio de la presencia del Espíritu en María se realice en el silencio y en la intimidad, María se levanta decidida y se va a la montaña de Judá, a casa de su prima Isabel, una mujer ya muy mayor, que también como ella esperaba un hijo.

Dicho esto, conviene que nos fijemos en un primer aspecto muy importante: siempre que escuchemos la Palabra de Dios, siempre que hagamos un rato de oración, siempre que participemos en la celebración de la Eucaristía o de otros sacramentos, no podemos quedarnos parados, impasibles, en nuestra casa o encerrados en las propias seguridades o miedos. La Palabra de Dios, que es Buena Noticia en toda ocasión, nos empuja a serlo también nosotros para aquellos que viven marcados por la necesidad o por la tragedia. María dejando a un lado su seguridad y no contemplándose a sí misma, sale decidida hacia Judea para tratar de ser una ayuda y una compañía para su prima. María nos aparece como la mujer de la caridad, la mujer misionera. Por eso no es de extrañar, que al encontrarse las dos madres, estalle por parte de ambas un canto de acción de gracias, que hace saltar de entusiasmo al niño que Isabel lleva en las entrañas.

“en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre», gritó Isabel llena de gozo. La presencia de Dios en nuestra vida, tal y como María la llevaba en su seno, y también en la vida de los demás es fuente de gozo, ya que Dios es el verdadero origen y la plenitud de nuestra alegría. Por eso os invito a preguntarnos: ¿Qué irradio a mi entorno: paz, alegría, serenidad, confianza o, por el contrario, desbarajuste, mal humor, desconfianza, desazón, etc.?

Para irradiar alegría verdadera, tal y como nos invitaba la liturgia del pasado domingo, es necesario que seamos capaces, como María, de acoger con fe al Señor, en nuestro corazón, no olvidando nunca, que la alegría verdadera va íntimamente ligada al espíritu de servicio. María era plenamente feliz, como toda madre que espera un hijo, pero esto no le fue ningún obstáculo, ni durante el embarazo ni después, para hacer felices a quienes le rodeaban. Entre ellos también estamos cada uno de nosotros, ya que Ella se ha convertido en la madre de todos los creyentes.

» ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!… Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá», continuó diciendo Isabel haciendo un elogio de la fe de María, que sin duda fue muy mayor.

La grandeza de fe de María no excluye que viviera con desconcierto y sin entender muchas de las cosas que le sucedieron a sí misma o a su Hijo Jesús. Sin embargo María confió siempre en el Señor y ésta fue la clave de bóveda de su fe, de su disponibilidad, de su sí incondicional y para siempre. Por eso, todo lo que el Señor le prometió se cumplió. Promesa que tuvo su plenitud al pie de la cruz y en el amanecer luminoso de la mañana de Pascua.

Hermanos y hermanas, la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de Jesús, es para nosotros el cumplimiento de la promesa que Dios nos ha hecho a cada uno de nosotros y que nos ha renovado, como cada año, en este Adviento, que ya toca en su final.

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Adviento (19 de diciembre de 2021)

Domingo XXIX del tiempo ordinario (17 de octubre de 2021)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (17 de octubre de 2021)

Isías 53:10-11 / Hebreos 4:14-16 / Marcos 10:35-45

 

Estimados hermanos y hermanas,

El texto que nos acaba de proclamar el diácono nos presenta dos situaciones contrapuestas. La primera situación es doble: por un lado la petición que Santiago y Juan, los hijos del Zebedeo, hacen a Jesús para estar a su derecha y a su izquierda cuando sea glorificado; y por otro lado, la indignación que suscita en los demás discípulos la petición de los dos hermanos.

La segunda situación, es la respuesta de Jesús a la petición que le han hecho, una respuesta paradójica, ya que no sólo asegura a los hermanos que beberán el cáliz que él ha de beber, sino que manifiesta explícitamente cuál es el sentido último de su vida: «el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir a los demás, y a dar su vida como rescate por todos los hombres».

Habitualmente, al escuchar estas palabras de Jesús, pensamos fácilmente en su donación en la cruz y olvidamos que toda su vida fue entrega y servicio. En realidad, la muerte de Jesús, no fue sino la culminación de su «desvivirse» constante. Día tras día, dio todo lo que tenía: sus fuerzas, la sus energías, su tiempo, su esperanza, su amor.

Por eso podemos decir, sin lugar a dudas que el centro de la Palabra de Dios de este domingo es un término arriesgado y que tiene poca prensa hoy y siempre. El concepto es: servir, ser servidor. Verbo y sustantivo que chocan con el deseo de sobresalir y de dominar, propios de la fragilidad del corazón humano.

La primera lectura, del profeta Isaías, comenzaba así: «El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento». Jesús mismo en el evangelio explicita el sentido de su misión. Recordemos de nuevo: «el Hijo del hombre, que no ha venido a ser servido, sino a servir a los demás y dar su vida como rescate por todos los hombres». Con estas palabras, nos ha dado la definición más bella que se pueda dar de Dios y de él, de Dios, sólo sabemos lo que hemos visto y oído de parte de Jesús. Dios es aquel que continuamente viene al encuentro del hombre, y viene como nuestro servidor, como aquel que da la vida. En palabras de un teólogo italiano, el P. Ermes Ronchi, «Dios es el que viene, el que ama y el que sirve al hombre».

Jesús afronta directamente el contenido de la petición y también de la reacción del resto de discípulos, ya que unos y otros, todos, por supuesto, querían ser los primeros aunque quienes lo manifestaran fueran los dos hermanos. Y les dice: «quien quiera ser grande, debe ser su servidor, y el que quiera ser el primero, debe ser esclavo de todos».

Esta explicación de Jesús sobre lo que significa ser los primeros encontrará su concreción en el lavatorio de los pies, antes de la cena pascual. Dios no lanza truenos, sino que se ciñe una toalla y se arrodilla delante de cada uno de nosotros, como lo hizo con los discípulos, para lavarnos los pies. Es desde esta posición, desde abajo, que Jesús lava y venda las heridas que el hombre de todos los tiempos tiene / tenemos en los pies que tan a menudo están cansados y llenos de llagas debido a las dificultades para trillar los múltiples y a veces difíciles caminos de la vida. Estar por encima aleja y distancia, en cambio Dios ocupa la máxima proximidad, ponerse a los pies de los que ama entrañablemente, es decir, de todos sin excepción.

Aunque, según la lógica del Evangelio, sentarse a la derecha o a la izquierda de Jesús significa ocupar también dos lugares en el Gólgota, en el Calvario, es decir seguir a Jesús en todos y cada uno de los momentos de su vida, tanto en aquellos momentos en que se manifiesta como la voz de Dios obrando prodigios y milagros, como cuando se encuentra absolutamente desarmado en la cruz. Estar a su derecha o a su izquierda querrá decir también beber el cáliz del que ama primero, del que ama sin condiciones ni cálculos. En la cruz encontramos la explicitación del amor hecho servicio hasta el final. Por eso, Dios lo resucitó como confiamos nos resucitará también a nosotros.

Hermanos y hermanas, Dios es el sembrador incansable de nuestras vidas, las enriquece con fuerza, paciencia, coraje, libertad, para que también nosotros, como él, seamos servidores de la vida. Empezando por los que tenemos más cerca. Y ese es el gran título de honor que tendrán los discípulos: «¡ven siervo bueno y fiel! Has sido fiel en lo poco, te daré mucho más. Entra en el gozo de tu señor » (Mt 25, 23).

 

Abadia de MontserratDomingo XXIX del tiempo ordinario (17 de octubre de 2021)

Domingo XIII del tiempo ordinario (27 de junio de 2021)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (27 de junio de 2021)

Sabiduría 1:13-15; 2:23-24  /  2 Corintios 8:7.9.13-15 / Marcos 5,21-43

 

Estimados hermanos y hermanas,

El evangelio que nos acaba de proclamar el diácono, nos presenta dos situaciones de muerte. La primera hace referencia a una mujer que tenías pérdidas de sangre. Su situación era dramática, ya que con las hemorragias no sólo se le escapaba la «vida», sino que además esta enfermedad era causa de impureza y por tanto quedaba excluida del pueblo como si estuviera muerta de verdad. La segunda situación de muerte es la de una chica joven, la hija de Jairo, uno de los jefes de la sinagoga.

Ante el misterio de la muerte, los hombres de todos los tiempos, o bien escondemos la cabeza o bien usamos expresiones y actitudes que denotan el recelo y el miedo que nos hace hablar de ello. El éxito fácil, las apariencias, el triunfo, el deseo de una eterna juventud, …, son cortinas de humo que disimulan la certeza de que hemos de morir. El relato de hoy, en cambio, nos ayuda a saber cuáles son las actitudes de Jesús ante la enfermedad y la muerte y, como contrapunto, nos ayuda a nosotros a no esconder la cabeza bajo el ala ni a caer en respuestas fáciles a un misterio que no tiene nada de fácil, ya que la mayor dificultad que tenemos para hablar de la muerte es que muy a menudo no sabemos cómo hablar de la vida.

Jesús ante la cruda realidad de la enfermedad y la muerte, no habla, en el sentido de hacer ningún discurso de tipo moral ni teológico, sino que Jesús actúa. Es decir, Él, que lo podía hacer, cura y resucita. La salud o la vida recuperadas, devuelven el hombre a la situación original querida por Dios, que es siempre el hombre vivo, tal y como nos ha recordado el Libro de la Sabiduría que hemos proclamando en la primera lectura: «Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte».

Nosotros no tenemos el poder de hacer milagros como Jesús, pero esto no nos exime de tratar de concretar esta lección evangélica de hoy en nuestras vidas.

Siguiendo el ejemplo de Jesús no se trata tanto de hablar como de actuar, ya que ante el sufrimiento y la muerte el exceso de palabras convierte en superficialidad y banalidad. Y actuar, ¿cómo? Haciendo el intento de comunicar vida a los que más la necesitan, es decir, haciendo gestos, creando en nuestro interior actitudes que engendren vida. Y esto se concreta en cosas tan sencillas, pero tan difíciles a veces, como hacer compañía, estar allí por si me necesitan, atendiendo con estimación, ayudando en todo lo que necesitan los que pasan por una enfermedad o viven la muerte de un ser querido, … y un largo etcétera que cada uno puede completar. Es lo que muchos han hecho en este tiempo de pandemia que aún vivimos y que muchos siguen haciendo ante el sufrimiento de otras pandemias como son el hambre, la miseria, la inmigración forzada, … Es esta manera de actuar la que nos ayuda a superar la dificultad de hablar sobre la vida y su sentido, ya que Jesús quiso tanto la vida que la dio para todos, sin excepción. Por eso, él es el Viviente.

Ciertamente lo que acabo de decir no es consecuencia del poder de obrar milagros, que no tenemos, pero sí que es consecuencia del poder de amar, ya que sin él no sirve para nada hacer milagros, como nos ha recordado también el autor del Libro de la Sabiduría cuando nos decía: «el reino de la muerte no es de la tierra, para que la bondad y la justicia son inmortales. Dios no creó al hombre sometido a la muerte, sino a imagen de su existencia eterna”.

No sé si haciéndose eco de este fragmento, el P. Miguel Estradé escribía: «toda vida es marcada por un comienzo y un final, dos días más densos que todos los demás, dos días paralelos en que el nacimiento es enmarcado por toda una vida por delante y un amor detrás, mientras que la muerte tiene toda una vida detrás y un amor infinito por delante «, el amor por lo tanto es la clave que nos permite acercarnos a la realidad definitiva del misterio de la vida y del misterio de la muerte.

Dios es fuente de amor, creador de vida y está al lado de los que sufren. Esta fe que nosotros hemos recibido de Jesucristo, es la que renovamos y celebramos ahora en la Eucaristía.

 

Abadia de MontserratDomingo XIII del tiempo ordinario (27 de junio de 2021)

Domingo III del tiempo ordinario (24 de enero de 2021)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (24 enero 2021)

Jonás 3:1-5.10 / 1 Corintios 7:29-31 / Marcos 1:14-20

 

Estimados hermanos y hermanas,

En el evangelio que acabamos de proclamar encontramos a Jesús en el inicio de su ministerio en Galilea una vez Juan Bautista había sido encarcelado. San Marcos, sitúa el contenido de la misión con una afirmación rotunda por parte de Jesús: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio», es decir, la presencia de Jesús conlleva un tiempo nuevo en el que el Reino de Dios ya está muy cerca. Se trata del inicio de un tiempo nuevo que perdura hasta hoy y que hace posible que Dios reine sobre cada uno de nosotros. Es una llamada constante, una vocación constante, para vivir atentos a la voz de Dios dejando entrar en el propio corazón su misterio.

En el mismo texto, el evangelista nos hace ver que la manera más adecuada de concretar la conversión y el creer consiste en seguir a Jesús. Por eso ha vinculado el anuncio de la Buena Noticia con la vocación de los primeros discípulos. Pasando junto al lago de Galilea, Jesús vio a un grupo de pescadores ocupados en su trabajo cotidiano. Hablando desde la lógica no deja de sorprendernos que tanto Simón y Andrés como Santiago y Juan, dejando lo que estaban haciendo, respondan de manera tan radical a la llamada de un desconocido. Pero el evangelista no pretende narrarnos la cronología de unos hechos, ni siquiera de un diálogo sino que intenta reflejar los rasgos esenciales de lo que significa ser discípulo de Jesús, más allá de las circunstancias concretas en que éste se lleve a cabo. Los cuatro pescadores son llamados simplemente a fiarse y ponerse en marcha.

Todos nosotros, con nuestras cualidades, conocimientos, costumbres y forma de vida… somos llamados constantemente por Jesús a quien vemos o intuimos alrededor de los múltiples lagos de Galilea de nuestras vidas. Él está presente de maneras muy diversas y quiere convertir nuestra actividad cotidiana en una nueva manera de hacer: continuar pescando, pero con él. Quiere que lo sigamos y muy a menudo nos pedirá que volvamos mar adentro para calar de nuevo las redes. Esta es nuestra conversión: hacer de nuestra vida cotidiana una buena noticia.

Por lo tanto, convertirse para creer en el Evangelio y responder a la llamada que Jesús nos hace continuamente consiste en volverse hacia donde está la luz. A menudo confundimos la conversión con prácticas ascéticas o morales. Y no es eso solamente. Se trata de hacer el esfuerzo para volvernos hacia la verdadera luz. La conversión encuentra su sentido en Jesús mismo que se define como la Luz del mundo. Por admirable que sea la reacción y la respuesta de aquellos pescadores, el personaje principal de la llamada es Jesús.

En este tiempo de pandemia que estamos viviendo con las consecuencias que conlleva para tantas personas y pueblos, me doy cuenta que las palabras de Jesús: «Ha llegado la hora y el reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el Evangelio «y así como la llamada a seguirlo que hizo a los primeros discípulos, toman un relieve particular. Y lo toman porque la pandemia nos ha cogido desprevenidos como seguramente cogió desprevenidos a Simón, Andrés, Santiago y Juan, la llamada que Jesús les hizo a seguirlo.

También, hoy, en este presente, complejo y lleno de sufrimiento de todo tipo, la voz de Jesús resuena igual que junto al lago de Galilea: ¡seguidme! Siguiéndolo podremosconvertir nuestra manera de mirar a los demás, de mirarnos a nosotros mismos, de mirar Dios. Los primeros discípulos simplemente se levantaron y se fueron con él, sin hacerle ninguna pregunta. ¿No será que hoy también cada uno de nosotros haya de levantarse y simplemente tenerle confianza? Y sabemos por experiencia ajena o propia que cuesta mucho.

Para ilustrar lo que acabo de decir nos puede ayudar el testimonio de Etty Hillesum, la joven judía que murió a los 29 años en la cámara de gas de Auschwitz (30 de noviembre de 1943). En su diario, que había continuado escribiendo incluso en el campo de concentración, escribió: «Estoy dispuesta a todo, me iré a cualquier lugar del mundo, donde Dios me envíe, y estoy dispuesta a testificar, en cada situación hasta la muerte, que la vida es hermosa, que tiene sentido y que no es culpa de Dios, sino nuestra que todo haya llegado hasta este punto» (se refería a la barbarie nazi). Y continuaba escribiendo: «interiormente me siento en paz. Dentro de mí hay una confianza en Dios que al principio casi me daba miedo por la forma como iba creciendo, pero ahora me pertenece. Y ahora a trabajar”.

El sufrimiento y la desdicha la llevaron a orar así: «amo tanto al prójimo porque en cada persona amo un pedazo de ti, oh Dios. Te busco por todas partes en los seres humanos. Intento desenterrarte del corazón de los demás «.

¿No es esto un modelo de conversión que nos puede ayudar y estimular a vivir nuestro compromiso cristiano en este tiempo de pandemia? Que nos ayude Dios mismo.

 

Abadia de MontserratDomingo III del tiempo ordinario (24 de enero de 2021)

Domingo de la XXVIII semana de durante el año (11 de octubre de 2020)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (11 d’octubre de 2020)

Isaías 25:6-10a / Filipenses 4:12-14.19-20 / Mateo 22:1-14

 

Queridos hermanos y hermanas,

El texto evangélico que nos acaba de proclamar el diácono es la conocida parábola de los invitados a la boda del hijo de un rey y que tiene el mismo tema de fondo que la parábola de los viñadores homicidas que leímos el pasado domingo, es decir, el rechazo a la invitación que Dios hace para acoger la salvación que Él ofrece y que en el caso de hoy es representada con la imagen de un banquete de bodas.

El evangelista San Mateo, en el texto que acabamos de escuchar, ha unido dos parábolas: la de los invitados al banquete (Mt 22, 1-10) y la del comensal que no llevaba el traje adecuado (Mt 22, 11-14).

Adentrándonos en la reflexión de este texto evangélico nos damos cuenta de que la realidad que expresan las parábolas de este domingo es también nuestra.

¡Todo está a punto!, hemos escuchado para indicar que el banquete estaba preparado y que sólo hacía falta que la sala se llenara con los invitados. Participar en la fiesta de bodas es una invitación, no una obligación, por lo tanto se trata de una oportunidad, que al mismo tiempo reclama un gesto de libertad. En la parábola, Jesús nos presenta un Dios comprometido en preparar una fiesta en la que tiene cabida todo el mundo.

En esta parábola nos aparecen tres imágenes. La primera, la sala de la fiesta. Dios ofrece una fiesta y aunque a las invitaciones hechas no acude nadie. Ha invitado a muchos pero la sala quedó vacía y triste. El rey ha fracasado en su intento de organizar un banquete en ocasión de la boda de su hijo. Es una imagen dura que muchas personas han vivido a veces y que han visto que por razones diversas un convite o un encuentro que habían preparado con ilusión ha quedado en nada. Es una experiencia que duele.

En nuestro caso, en nuestra vida de fe, se trata de un Dios que no es escuchado ni tenido en cuenta, ya que pasan por delante muchas otras preocupaciones en lugar de lo que es esencial. Muy a menudo a pesar de afirmar nuestra creencia en él, Dios se convierte en irrelevante en nuestras vidas. La invitación del rey al banquete de la boda de su hijo, la llamada que Dios nos hace a cada uno de nosotros consiste en saber dar la importancia que le corresponde a las cosas de Dios. No cuidarlas puede convertirse en un drama para los hombres y mujeres de todos los tiempos, ya que está en juego la propia felicidad; aquella felicidad que sabe captar la alegría que hay detrás de la invitación de Dios y de las invitaciones que recibimos, bajo múltiples formas, por parte de los demás.

Otra imagen que nos propone el relato de hoy es la de los caminos. “Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda». Podría parecer que se trata de una invitación hecha in extremis para llenar la sala y para que la comida preparada no se pierda. Pero no es eso. Se trata, en nuestras vidas, que a pesar del rechazo que Dios recibe a menudo de parte nuestra, él continúa llamándonos e invitándonos a su fiesta. Y si no hemos sabido responder a la primera invitación, su voz, a través de los que nos envía, nos llega a lo largo de los múltiples caminos que trillamos a lo largo de la vida. Dios siempre va más allá y no da nunca nada ni a nadie por perdido. Prueba de ello es que los criados invitaron a todos, tanto si eran buenos como si no lo eran. Y la sala se llenó.

Otra imagen que nos ofrece el evangelio de hoy y que es en sí misma una segunda parábola, es la del invitado que no lleva el traje adecuado para asistir a la fiesta y que es sacado de la sala. La lógica humana nos hace decir, si iba por los caminos, ¿cómo podía llevar un vestido de fiesta? ¿será que los otros invitados iban ya bien vestidos por si alguien los invitaba? Por eso cabe

preguntarse: ¿Qué significado tiene llevar o no llevar el vestido adecuado a una boda? Más aún cuando hoy, en muchas celebraciones se va con la ropa habitual.

En primer lugar hay que decir que no se trata de un traje externo, sino de un vestido que hace referencia a lo que se nos dijo el día de nuestro bautismo al sernos entregado el vestido blanco: «has sido revestido de Cristo”, más aún, se nos dijo «conserva este vestido hasta el día de la venida del Señor». Por tanto no se trata de un vestido material sino que se trata de un revestirse, poco a poco, a lo largo de toda la vida y a veces con mucho esfuerzo y paciencia, para revestirnos de Cristo, es decir, hacer nuestros sus gestos, sus palabras, su mirada, sus manos y los sentimientos de su corazón. Se trata de hacer llegar la luz del Evangelio a todos los rincones de nuestra vida, para que en Cristo la vida misma, en su cotidianidad se convierta en una fiesta. Y no hay que desalentarse, ya que el revestirse con el traje apropiado es para nosotros el propio proyecto de vida, nuestro camino. Y es una tarea importante en este tiempo que pandemia que vivimos. Son tantos y tantos los que han hecho el esfuerzo de revestirse con el traje de la solidaridad, de la compañía, de la ayuda material,… creando a su alrededor el banquete de la amistad, el banquete de la confianza, el banquete del consuelo.

Hermanos y hermanas, las parábolas que hemos proclamado en este domingo nos ayudan a saber quién es Dios. Demasiado a menudo lo pensamos o lo vivimos como alguien lejano, separado de nuestras obligaciones. Pero no es así. Dios se encuentra en la sala de la vida, en esta sala del mundo, como una promesa de felicidad y no como una amenaza de castigo; Dios trabaja para que la sala esté llena. Pero cuidado, por nuestra parte no seamos fáciles en juzgar el vestido de los demás sino dejémonos revestir por la mirada, por la mirada de Dios que todo lo transforma y todo lo hace nuevo.

 

Abadia de MontserratDomingo de la XXVIII semana de durante el año (11 de octubre de 2020)

Domingo de la XIV semana de durante el año (5 julio 2020)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (5 julio 2020)

Zacarías 9:9-10 – Romanos 8:9.11-13 – Mateo 11:25-30

 

Estimados hermanos y hermanas,

El evangelio que acabamos de proclamar toca de lleno el misterio de la revelación de Jesús. Al contrario de lo que se podría esperar en la lógica humana, Dios se revela en lo pequeño, en todo lo que a los ojos de los hombres no tiene valor ni es eficaz. Y aun, ante tantas formas de cansancio que viven los hombres de todos los tiempos, Jesús ofrece una alternativa liberadora.

Dejándonos invadir por la simplicidad y la belleza del texto encontramos a Jesús manifestando sus sentimientos más íntimos, es decir, aquellas pequeñas cosas que son la razón de su vivir y de su ser. Se trata de sentimientos pequeños, que expresan su entusiasmo por la revelación de que el Padre hace al corazón de los sencillos, a la gente iletrada o personas que, a pesar de ser ilustradas, viven con el corazón atento a Dios. Jesús se entusiasmó también porque el Padre le ha revelado a él mismo todos los secretos de su corazón.

Cuando alguien nos abre su corazón, lo recordamos siempre como un momento denso, importante en nuestra relación con esa persona. Jesús, al manifestarnos sus sentimientos, nos permite adentrarnos no sólo en el camino de su seguimiento sino en su propia vida. Acoger la confidencia del amigo nos compromete y nos desinstala de nuestras seguridades.

¿Cómo podemos ser discípulos de Jesús, en la vida de cada día, entrelazada por tantas obligaciones, con fatigas de todo tipo, con urgencias que no tienen nada que ver, a primera vista, con lo que Jesús nos pide?

Ser discípulos de Jesús, pide, por nuestra parte, un corazón agradecido y maravillado, a fin de poder captar con ojos nuevos cómo en las pequeñas cosas de nuestra vida, cargada de menudencias y limitaciones, se revela el misterio siempre inefable de Dios. Aun siéndolo por naturaleza, necesitamos no tener miedo de ser pequeños ante Dios. Necesitamos reconocer nuestra pequeñez para darnos cuenta que podemos y tenemos necesidad de descansar en Él nuestras angustias, ya que Él nos enseñará a ser pacíficos con nosotros mismos, a no crisparnos cuando no se realizan nuestros deseos, a comprender que las relaciones humanas necesitan siempre y en todo momento un plus de ternura y de comprensión.

Para seguir a Jesús, necesitamos confiar en su palabra, una palabra que es capaz de devolver al corazón de los hombres la paz y la serenidad. «Venid a mí, todos los que estáis cansados ​​y agobiados». Todos sabemos sobradamente qué significa estar cansado. Jesús nos dice que él nos hará reposar. ¿Cómo? «Tomad mi yugo». La promesa que nos hace no es de quitarnos el trabajo ni la carga, sino que nos dice que su yugo es suave y su carga ligera. Jesús nos llama una vez más a asumir con responsabilidad nuestra propia condición personal y también las múltiples y complejas situaciones de nuestro tiempo. No de forma estoica, sino desde la experiencia del amor y del agradecimiento. El amor vuelve suaves las cosas duras, y ligeras las pesadas; el amor hace que sintamos a medida lo que sin amor nos estorba muchísimo.

Esta invitación de Jesús a reposar en él es para nosotros de una gran actualidad, ya que si habitualmente el cansancio está presente en nuestra vida, hoy, dondequiera que miramos constatamos mucho cansancio provocado por la pandemia que aún vivimos. Un cansancio que toma formas muy diversas: el personal sanitario y el personal esencial de todo tipo que han trabajado hasta el agotamiento, y no siempre debidamente reconocidos; las personas de todas las edades que han sufrido maltrato, falta de recursos y vejación debido al confinamiento; quienes lo han perdido todo; y aun, todas las víctimas de las pandemias del hambre, de la exclusión social, los desplazados…

Quienes queremos ser seguidores de Jesús tenemos que hacer como él, ofrecer a los que nos rodean, a quienes están cansados ​​de nuestro entorno, unas actitudes y unos gestos que aligeran su sufrimiento. Si se puede y lo permite la situación que vivimos, no se trata de hacer cosas grandes,  sino que se trata simplemente de que los demás se encuentren bien bajo nuestra mirada para poder abrir el corazón y exteriorizar su sufrimiento, que sepan que cualquiera que sea su situación personal no serán juzgados, ya que sólo Dios conoce el fondo del corazón humano.

Se trata aún, si se quiere, de dar un poco de nuestro tiempo a fin de ayudar a que los demás no vayan tan agobiados: en casa, el trabajo, en las familias, en las comunidades,… Se trata, en definitiva, de ser iconos de la ternura de Dios, que se ha revelado en Jesús y en todo lo que es pequeño. Seguro que estos pequeños gestos no serán noticia, pero hoy y siempre, hermanos y hermanas, somos invitados a hacerlos, ya que las consecuencias de la Covid-19 nos empujan a estar muy atentos a las personas y a las situaciones que nos rodean, también a las que cada uno ha vivido a nivel personal para no tener miedo de pedir ayuda. Cierto, los pequeños gestos no serán nunca noticia, pero también es cierto que una vez más manifestarán las maravillas que Dios lleva a cabo a través nuestro. Estemos seguros: todos, absolutamente todos, necesitamos dar y recibir pequeños gestos que hagan más humana y llevadera la vida y en concreto este tiempo.

La pequeñez del pan, que a muchos todavía falta, y del vino de la Eucaristía que estamos celebrando son la prenda.

 

Abadia de MontserratDomingo de la XIV semana de durante el año (5 julio 2020)