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Domingo II después de Navidad (4 enero 2026)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat (4 de enero de 2026)

Siràcida 24:1-2.8-12 / Efesios 1:3-6.15-18 / Juan 1:1-18

 

Entre las fiestas de Navidad y Epifanía, en un silencio tranquilo que agradece y disfruta de este gran misterio, existe como un intercambio de regalos entre Dios, «niño tierno», como canta el villancico, y los hombres de buena voluntad que proclaman los ángeles.

El prólogo del evangelio de san Juan nos muestra estos regalos, esos dones espirituales que el autor de la carta a los Efesios pedía: los dones de una comprensión profunda y de la revelación. El don de la comprensión de lo que en la vida no se ve a primera vista y, en cambio, la sostiene: la fuerza del amor; el don de la revelación, que nos habla de la verdadera naturaleza de este Niño que ha nacido por nosotros: él es la Palabra que estaba con Dios desde el principio. Por él todo ha venido a la existencia, y nada de lo que existe ha venido a existir sin él. Como afirma san Agustín: «Necesitamos reconocer en el Niño de Belén a nuestro Creador, para que en su pequeñez aprendamos la humildad».

La humildad es la clave para entender la creación y la redención. Toda la creación expresa a la vez la grandeza y humildad de Dios que, después de reposar de sus obras, lo puso todo en manos de la libertad del hombre. Pero el orgullo humano hizo perder al hombre el contacto con su verdadera realidad de criatura, alejándose así de su Creador.

Jesús, que es la expresión viviente del Padre, es a la vez la realidad humana en plena comunión con Dios. Esta comunión está estrechamente ligada al Espíritu, que Cristo posee plenamente y que impregnó toda su vida mortal. Al encarnarse, él redime esa vida que el pecado de Adán había abocado a la muerte. Por eso vivir como Cristo es tener, en él, la Vida. Ésta es la vida que recuperamos con creces por el bautismo, una vida que nos abre a la mayor esperanza: la de ser plenamente hijos de Dios. Si la fe en Jesucristo y la obediencia a la Palabra de Dios iluminan la mirada interior de nuestro corazón, nos permitirán conocer con certeza esa esperanza a la que hemos sido llamados, que es la heredad que Él nos da entre los santos.

Cristo puede darnos esta vida, esta heredad, porque él mismo está lleno de gracia y de verdad. Lo que traducimos por «gracia y verdad» corresponde a las palabras hebreos “hesed” y “emet”, que quieren decir amor misericordioso, fidelidad y firmeza. Estos atributos, como vemos en el Antiguo Testamento, son propios de Dios, y san Juan nos dice que ahora se han traspasado a su Hijo encarnado. Nosotros, por él, que es uno con el Padre, recibimos -como los pastores- esos dones que él posee en plenitud. En la medida en que los acogemos, recibimos gracia sobre gracia: la capacidad reiterativa e infatigable del amor, que es cariño apasionado, misericordia entrañable, muy resiliente y fidelidad incorruptible.

Es con estos dones que Jesús nos va introduciendo en la bienaventuranza de vivir en el gozo y la paz, la sencillez y la firmeza que él mismo vivió como hombre hasta llegar a la máxima bienaventuranza en el Espíritu, que es ver en su rostro al Padre.

Navidad es ese regalo del Señor que hay que abrir. Es el don de Dios que ha venido al mundo para quedarse en nuestra casa. Si la fe tiene unas implicaciones éticas claras, no es menos cierto que, ante todo, es don de gozo y de luz: es la alegría de acoger una vida que ningún ojo habría visto nunca, que ningún oído hubiera pensado oír ni ningún corazón humano hubiera podido imaginar.

El tiempo de Navidad es tiempo de agradecimiento por el don siempre renovado de la redención; tiempo de contemplación, como María acunando al Niño y contemplando el rostro humilde de Dios hecho Niño, que nos transmite alegría, gozo, esperanza, paz e ilusión por la vida; Navidad es tiempo sin palabras, como los pastores frente a la simplicidad del pesebre; tiempo sin tiempo, kairós, que nos impulsa a volver a nuestro ámbito familiar, laboral y social glorificando a Dios y alabando por lo que podamos ver de nuevo, contemplar más claramente y sentir con más profundidad.

Esto debe ir suscitando en nosotros una verdadera conversión de vida. Es lo mejor que podemos ofrecer al mundo. Quizás no es lo que el mundo espera, pero sí lo que más necesita: una vida plenamente humana, transformada en el misterio divino del Dios encarnado.

 

Última actualització: 15 enero 2026