Solemnidad de Santiago Apóstol (25 de julio de 2021)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (18 de julio de 2021)

Hechos de los Apóstoles 4:33; 5:12.27-33; 12:1b-2    o bé 11:19-21;12:1-2.24  /  2 Corintis 4:7-15 / Mateo 20:20-28

 

La contundente afirmación de Jesús en medio de la discusión entre los apóstoles, para ver cuáles de ellos podrían ocupar los primeros lugares en el Reino de Dios, nos aclara, sin rodeos, que la ambición de poder no es el camino. Entre vosotros no debe ser así, les dice el Señor. La relación con Jesús, que funda el Reino de Dios, no se mide por los méritos y privilegios sino por la generosidad y la amistad, por el hecho de compartir una misma manera de situarse ante el mundo, tal como lo hizo Jesús que no vino a ser servido sino a servir a los demás y dar su vida en rescate por todos los hombres.
Santiago, uno de los protagonistas destacado de la discusión, como los otros discípulos, tuvo que saber deshacer el camino andadopara poder seguir las huellas de Jesús que iban justamente en dirección contraria a la que él, con su impetuosidad, presuponía. El camino de Santiago es también el nuestro, es el camino de la amistad con Jesús, un camino que el evangelio describe como una peregrinación a la ciudadsanta, una subida a Jerusalén en diferentes etapas, un camino marcado con las señales imprescindibles que aseguran el sentido correcto de este recorrido vital en el que todos nos encontramos por el hecho mismo de existir.
La primera señal que nos sitúa correctamente en actitud de salida es la bendición de Dios, la llamada personal de Jesús para cada uno de sus discípulos. Es una etapa que comienza justamente deteniéndose, deteniéndose para escuchar, para reconocer la voz que encuentra respuesta en lo de mejor de nosotros mismos que aún está por realizar; y esa voz es la de Jesús que nos llama a ir con Él.Sin saber con quién, dónde y aqué se va, se pueden dar muchas vueltas, pero no se emprende ningúncamino.Las etapas siguientes, más largas o más cortas, de camino llano o empinado, forman parte de este acompañar a Jesús, estar con Él, entender su predicación y saber leer los signos de luz y de vida que lo acompañan. Sin pararse a escuchar no se puede comprender demasiado nada, y sin entender no se puede valorar ni amaren verdad.
De los diferentes desacuerdos con Jesús que Santiago y su hermano Juan tuvieron en este camino, el descrito en el evangelio de hoy nos es una ocasión para comprender el auténtico carácter de la misión evangelizadora que los apóstoles iniciaron una vez Jesús hubo resucitado de entre los muertos: servir y darse, todo lo contrario de lo que ellos tenían en la cabeza en ese momento. Parecería que, dada la condición humana, sólo desde el poder se puede hacer efectiva lapropuesta del evangelio, pero Jesús nos hace ver que este no es el camino. Él no ha venido a dominar sino a servir; ha venido a hacer posible,con la donación de su vida por todos los hombres, un cambio cualitativo en la condición humana, recreándolade nuevo en Élmismopara que pueda resurgir con su verdadera fisonomía hecha a semejanza del Creador.

El camino de los discípulos es el mismo camino que el Maestro ha marcado. Los discípulos lo han de realizar,sin embargo, desde la conciencia de ser como vasijasde barro que sin embargo llevan el tesoro del ministerio que Dios les ha confiado. Con su propia vida deben anunciar la cruz y la resurrección del Señor y el don del Espíritu que Dios sigue infundiendoen el corazón de los hombres. Servir y darse, es el Camino.
El servicio se acredita por su utilidad, de lo contrario es más un estorbo que una ayuda. El servicio de los discípulos de Jesús es el de la Palabra del Evangelio, palabra útil a la inteligencia y eficaz para la buena calidad de las relaciones humanas, palabra viva que infunde esperanza ante los enigmas irresolubles del mal, del sufrimiento y de la muerte. Darse, como discípulo del Señor, es hacer presente con la manera de vivir, en medio de las contingencias humanas, la realidad liberadora del Reino de Dios. El camino de este Reino no pasa por la ambición del poder sino por su deseo deservicio; no se trata de imposición irracional sino de donación inteligible, liberada y gratuita; no es tanto elocuencia y promesas como hechos limpios y claros.
El camino que Jesús propone a todo el que quiera ser útil en el mundo, es el del servicio humilde, particular y concreto que cada uno puede hacer dentro de este gran proyecto de fraternidad y de paz que Jesús ha abierto.Es un camino no exento de contrariedades y de problemas, y sería ilusorio pensar que no conlleva renuncias y sufrimiento. No es el poder lo que sube a la cabeza sino la cabeza que baja al poder. El egoísmo humano, el afán de protagonismo y la ambición de poder son caminos de bajada con muchapendiente que, sin la ayuda de Dios, no es posible vencer la inercia negativa que arrastra y se lleva por delante lo que sea. Por otra parte, nadie ama por decreto ley. Es necesariaesta liberación interior que el amor resucitado de Cristo genera en todo el que lo acoge con sinceridad y verdad.
Acojamos, pues, con gozo la bendiciónde Dios que cada día nos renueva su amor, y vivamos con humildad y perseverancia el servicio de la Palabra y la donación en la caridad: Es este el Camino: servir y amar.
No me queda más que deciros y decirme a mí mismo, hermanos, lo tanconocido que resuena cada mañana a las puertas de los albergues del Camino de Santiago:¡Buen camino!
Abadia de MontserratSolemnidad de Santiago Apóstol (25 de julio de 2021)

Domingo III de Cuaresma (7 de marzo de 2021)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat (7 de marzo de 2021)

Éxodo 20:1-17 / 1 Corintios 1:22-25 / Juan 2:13-25

 

El episodio conocido como «la purificación del templo» que acabamos de escuchar, hermanos y hermanas, y su inmediato anterior, sobradamente conocido, el de «las Bodas de Caná», son los dos signos a partir de los cuales el evangelio según san Juan comienza un diálogo continuo desde el centro de la fe de Israel hasta dirigirse a todos los demás pueblos. Hacia aquí apuntan los diferentes diálogos de Jesús con los judíos, los samaritanos y los paganos que podemos leer en este evangelio.

Si las bodas de Caná simbolizan en la pedagogía del evangelista la plenitud de la Ley, figurada en el agua convertida en vino, la purificación del templo, dando cumplimiento a la profecía de Zacarías, señala que ha llegado ya el «Día del Señor «: Ese día, dice el texto profético, en el que ya no habrá mercaderes en el templo del Señor. Jesús expulsando a los vendedores de animales y los cambistas de moneda, da cumplimiento a esta profecía manifestándose como Mesías, y llamando al templo la casa de su Padre se revela como Hijo de Dios. Es por ello que las autoridades de Israel le piden una señal que acredite unas afirmaciones tan atrevidas. «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Esta respuesta de Jesús -su propia muerte y resurrección- no les fue posible de entenderla a los judíos ya que nada de esto había tenido lugar aún. Fueron los discípulos que más tarde, una vez Jesús hubo resucitado de entre los muertos, se acordaron de lo que había dicho, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había dicho Jesús.

La fiesta de Pascua, alrededor de la cual sitúa el evangelista la escena de la purificación del templo, es el marco perfecto para comprender mejor el cambio que supone la presencia en el templo de Jesús como Mesías, y la irrupción con Él del «Día del Señor». La fiesta de Pascua tenía un elemento imprescindible que era los animales que había de sacrificar ritualmente en el templo para comérselos después cada familia reviviendo aquella cena pascual que los israelitas hicieron la noche antes de la salida de Egipto: el cordero o el cabrito asado acompañado con panes sin levadura y hierbas amargas. Esta cena familiar forma parte del núcleo central de la celebración de la pascua judía, una fiesta que renueva en el pueblo la conciencia de su libertad y de su pertenencia a Dios como pueblo elegido, pertenencia vivida en clave de Alianza que fue rubricada con la Ley del Sinaí, las diez palabras de vida eterna -como hemos cantado en el salmo responsorial- diez sorbos de vida que salvaguardan al hombre de su propia esclavitud y lo abren al amor de Dios. Pues bien, el evangelio nos muestra, con las palabras y las obras de Jesús, como la llegada del Mesías, el «Día del Señor», es la plenitud de ese amor fiel de Dios y de esta libertad del hombre redimido en Él, un amor y una libertad que se expresan, en plenitud, en la cruz y la resurrección de Jesús.

Ciertamente que, para cierto modo de valorar las cosas, el misterio de la cruz del Señor, como ya decía San Pablo a los corintios, puede ser calificado de absurdo y de necedad. Absurdo y necedad, pero quizás no tanto, podríamos decir, porque cuando alguien experimenta que otro, negándose a sí mismo, dando su tiempo, se hace solidario de sus sufrimientos, alivia su dolor y hace nacer en él una confianza nueva en la vida, entonces, el misterio de la Cruz, ya no es tan absurdo ni necio. De hecho, es la opción que cuando todas las demás se detienen esta va más allá.

Jesús, al igual que propuso a los dirigentes del Israel de ese momento la señal de su vida entregada por amor hasta la cruz, continúa proponiendo a los hombres y mujeres de hoy este camino que lleva a la resurrección y a la vida en plenitud. Es un camino tan largo como lo sea la misma vida en la que cada uno está llamado a poner en juego todas sus posibilidades. Para no desistir de esta peregrinación, el

Señor nos da tres consejos que reflejan su propio comportamiento: ora, mantente sobrio y sé solidario; son la oración, el ayuno y la limosna, que pedíamos al Padre del cielo por medio de Jesús, su Hijo, en la oración colecta del inicio de esta misa. Son las tres actitudes que, equilibrando los deseos y las pasiones humanas, mantienen en forma el vigor del espíritu. La oración nos abre a la dimensión más potente de nuestro interior; el ayuno, la sobriedad, mantiene nuestra mente más lúcida para las cosas que importan de verdad, y la limosna o solidaridad nos hacen más persona.

Con estas actitudes queremos caminar hacia la Pascua para renovar, en el Señor, nuestro corazón y nuestro espíritu. Y en este camino quisiéramos invitar a todos como lo está haciendo ahora el Papa Francisco con su viaje a Irak: al mundo religioso para avanzar en el diálogo por la paz, al mundo político para avanzar en el diálogo por la justicia. Pero también al mundo científico para avanzar en el diálogo por la calidad de la vida de principio a fin, al mundo artístico para avanzar en humanidad mediante la belleza y la veracidad. No quisiera dejarme a nadie: a todas las personas de buena voluntad para avanzar en el diálogo hacia la fraternidad efectiva que todos deseamos. Caminos de diálogo todos ellos necesarios, pero caminos de largo recorrido en los que cada uno, aunque sólo haga una pequeña etapa en medio de la historia universal, contribuye al bien de la generación inmediatas y ésta a las que vendrán después.

El misterio de la Cruz sigue presente en el mundo. Cristo resucitado no nos abandona. Su Espíritu sigue haciendo que el absurdo aparente del amor abnegado vivido por tantas personas, más anónimas que no mediáticas, siga iluminando el mundo en su largo camino hacia la plenitud.

¡Y nosotros estamos llamados a ser de estos!

 

Abadia de MontserratDomingo III de Cuaresma (7 de marzo de 2021)

Domingo XXXIV, Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey de todo el universo (22 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Joan M. Mayol, Rector del Santuario de Montserrat (22 de noviembre de 2020)

Ezequiel 34:11-12.15-17 / 1 Corintios 15:20-26.28 / Mateo 25:31-46

 

Las lecturas de la eucaristía de esta solemnidad de Cristo Rey, nos hablan de Jesús, como Pastor solícito, Rey misericordioso y Juez justo. Jesús es el Gran Pastor del Pueblo de Dios porque ha dado la vida por sus ovejas, es verdaderamente Rey universal porque ha sido el único hombre que ha realizado incomparablemente mejor el oficio de ser persona. Dios ya había hecho al hombre “rey de lo que había creado» pero la historia nos dice que este ha hecho de sí mismo un tirano y se ha comportado con la naturaleza de idéntica manera.

La imagen que hoy sobresale más en esta escena del juicio final, sin embargo, es la de Jesús como Juez justo. El Padre ha dado a él el juicio porque él, abrazando la condición humana, ha vivido todos sus límites, ha sufrido sus tentaciones, pero no ha caído en ningún momento en la maldad del pecado porque ha confiado siempre en Dios y se ha mantenido humilde y respetuoso ante él. Jesucristo ha demostrado al género humano que ser persona, de acuerdo con el plan amoroso de Dios, es posible, no es fácil pero tampoco difícil, todo es ponerse; y en su providencia, conociendo nuestra debilidad, nos ha dejado como remedio a este mal radical del egoísmo que nos domina, el don de la misericordia. ¿Por qué la misericordia y no otro don? Porque la misericordia nos hace humildes, más personas. Ejerciendo la misericordia tenemos una oportunidad muy personal de experimentar, de alguna manera, el amor viviente que es Dios mismo. Y este amor es lo que puede ir transformando nuestro ego pagado de sí mismo en un yo liberado y liberador, en un yo en comunión fraterna con todos los demás.

La misericordia nos lleva a compartir más que a acumular, a cuidar más que a devorar, con lo cual la naturaleza sale beneficiada y por ende nosotros mismos. La misericordia nos empuja más a ser creativos que ser violentos.

Hablar de misericordia no es hablar de conmiseración paternalista, sino de empatía y de autenticidad humana, de gozo por el valor útil y eficaz de la propia existencia. La capacidad de ser misericordiosos es el gran don que la Providencia ha puesto en nuestras entrañas. Ser misericordiosos, empático, comprometido con el bien, es lo que nos hace benditos de Dios, la falta de todo esto o su contrario es lo que arruina la propia vida y la convivencia que se deriva. Misericordia no es ir con lirio en la mano, es más bien tener el coraje de renunciar a toda violencia para estrechar con fuerza las manos solidariamente tanto con los de cerca como con los de lejos, y ponerse juntos a abrir camino.

Las palabras de Jesús nos invitan a estar atentos a nuestras decisiones para no acabar condenando nuestra vida y nuestra historia, ya ahora, a un suplicio eterno debido al egoísmo o al amor inactivo. Los condenados que están a la izquierda y los salvados que están a la derecha del Señor, no están ahí por haber ignorado o conocido Jesús y su Evangelio, no se cuestiona aquí su religiosidad, la cuestión esencial que se debate es el ejercicio o no ejercicio de la misericordia con los que les son iguales en humanidad.

La argumentación de Jesús sopla sobre el incienso de piedad que podría ocultar los problemas que nos afectan a todos y que está en nuestras manos resolverlos: el hambre, la falta de agua, la miseria, la inmigración, problemas todos ellos que mal resueltos o resueltos sólo para unos pocos acaban generando para todos violencia, lágrimas y resentimientos.

Jesús no nos pide un imposible, él mismo no hizo más que lo que estaba a su alcance natural; pero no quiere que, por desidia o por miedo, acabemos mirando a otro lado cuando el Cristo necesitado lo tenemos en frente; su evangelio nos hace mirar con la empatía de Dios la realidad humana que tenemos a nuestro alcance para así, contribuir, entre todos, eficazmente, en el todo inalcanzable del mundo. Joan Maragall, poeta de alma rebelde y de espíritu inquieto, en su «Elogio del vivir», expresa esta responsabilidad evangélica que todos y todas tenemos, con una belleza sobria y así de acertadamente.

Ama tu oficio,

tu vocación,

tu estrella,

aquello para lo que sirves,

aquello en que realmente,

eres uno entre los hombres,

esfuérzate en tu quehacer

como si de cada detalle que piensas,

de cada palabra que dices,

de cada pieza que colocas,

de cada martillazo que das,

dependiese la salvación de la humanidad.

Porque depende, créeme.

Si olvidándote de ti mismo

haces todo lo que puedes en tu trabajo,

haces más que el emperador

que rige automáticamente sus estados;

haces más que el que inventa teorías universales

sólo para satisfacer su vanidad,

haces más que el político,

que el agitador, que el que gobierna.

Puedes desdeñar todo esto

y el arreglo del mundo.

El mundo se arreglaría bien el solo,

sólo con que cada uno

cumpliera su deber con amor, en su casa.

 

 

Abadia de MontserratDomingo XXXIV, Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey de todo el universo (22 de noviembre de 2020)

Domingo de la XVIII semana de durante el año (2 agosto 2020)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje y Rector del Santuario de Montserrat (2 de agosto de 2020)

Isaías 55:1-3 – Romanos 8:35.37-39 – Mateo 15:1-2.10-14

 

Cuando Jesús hablaba del Reino del cielo no se refería a palacios y a castillos, a grandes paradas militares o ruas espléndidas, ni siquiera a manifestaciones multitudinarias de la fe. Hablaba de algo que pasa dentro del corazón humano cuando este hace del evangelio su tesoro más preciado y se da cuenta de que este tesoro vale más que todo.

La multitud que escuchaba Jesús, esto, se lo creyó y acogieron por unos momentos la palabra de Dios que se les dirigía como un verdadero tesoro que valía más que todo, tanto, que, escuchando al Señor, se les hizo oscuro y no habían pensado ni en la comida. Sólo los discípulos se habían provisto de algunos panes y peces. Quizás querían comer tranquilos comentando la jornada y compartiendo impresiones con Jesús, pero el caso es que se encontraron desbordados. La gente no se iba, se hacía tarde y los discípulos querían comer. ¡Jesús ya había curado suficientemente enfermos, que querían más! Pero el Señor, viendo la situación que se daba encontró la ocasión perfecta para hacer visible este Reino del cielo que Él predicaba. Así, junto con la salvación expresada en las curaciones, el compartir el pan anunciaría la redención, porque la misión de Jesús no era sólo de liberar al hombre de la esclavitud del pecado sino la de devolverlo a su semejanza original de comunión con Dios y con los hermanos, y lo anticipó con el signo de compartir la abundancia de lo poco que tenían, de compartirlo dando gracias a Dios y bendiciéndolo.

Y esto es el reino de Dios: dar gracias a Dios, bendecir su nombre y compartir el pan que recibimos de su generosidad y que es fruto de la tierra y del trabajo del hombre tal como decimos en el ofertorio. ¿Os imagináis a Jesús alzando los ojos al cielo como llevando la humanidad hacia el Padre, uniéndola toda en una oración de acción de gracias y de bendición? ¿Os imagináis la alegría que puede suponer para una familia que valora el Evangelio como el tesoro más grande, dar gracias y bendecir a Dios en torno a la mesa, compartiendo la humanidad y la vida que genera una comida de fiesta? Bendecir la mesa es más que una costumbre de los abuelos, es una forma de vivir el sacerdocio común de los fieles que ofrece a Dios una oblación espiritual y da gracias por el don de la vida y crea fraternidad. Es una manera de entender y comunicar la vida similar a la de Jesús, una manera de hacer presente el Reino de los cielos que pedimos cada día en el Padre nuestro. No se necesita gran cosa, basta una conciencia gozosa de la presencia de Dios en lo cotidiano de nuestra vida, la conciencia de saber que el pan que da vida no es el que se come sino el que se comparte.

El peligro de nuestro ritmo de vida es el de vivir una tragedia similar a la tragedia del rey Midas que, en su afán de poder llegó a convertir todo lo que tocaba en oro, incluso la comida, y naturalmente acabó muerto de hambre. Nosotros tenemos el peligro de gastar nuestra vida en lo que deslumbra nuestros ojos, pero no ilumina nuestro espíritu, perdernos por lo que satisface nuestros cinco sentidos, pero no el sentido de la vida. Aquí resuenan aquellas palabras del profeta: ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que no da hartura?

El mundo puede que no espere grandes milagros, pero necesita signos como los de Jesús, signos desde el compromiso en el día a día, signos de empatía y de compasión que, sin palabras, hablan de ese Dios que en Jesús continúa mostrando su amor hacia los hombres y mujeres de hoy. El lenguaje de la compasión no es ideología, es evangelio compartido. Ante la injusticia, el sufrimiento y la muerte no necesitamos palabras sino compromiso, cercanía y cariño como signos que ponen en valor la dignidad responsable de la persona e iluminan el sentido trascendente de la vida.

¿Os imagináis a Jesús, en medio de la multitud, medio devota medio escéptica, no importa, pero en medio de ella, compartiendo sus sufrimientos, curando sus heridas, partiendo el pan,

dando gracias y bendiciendo a Dios, alzando los ojos al cielo como haciéndola participar de este Reino que Él trae consigo? Esto es lo que hace en cada eucaristía. Como no celebrarlo, y agradecerlo, pero, sobre todo: ¡vivirlo y compartirlo!

Abadia de MontserratDomingo de la XVIII semana de durante el año (2 agosto 2020)

Solemnidad de la Santísima Trinidad (7 junio 2020)

Homilía del P. Joan M Mayol, Rector del Santuario (7 juny 2020)

Éxodo 34:4b-6.8-9 – 2 Corintios 13:11-13 – Juan 3:16-18

 

Este pequeño fragmento del evangelio de san Juan, hermanos y hermanas, da para mucho. Es como un gran epílogo a todo lo que hemos estado celebrando a través del año litúrgico hasta ahora, marcándonos las líneas de fondo que deben orientar tanto nuestra vida interior como nuestro testimonio de la fe. Es un texto fino que nos deja intuir la intimidad del misterio de la vida de Dios que es también para todos los hombres de hoy gracia humanizadora, amor liberador y don vivificante del espíritu.

Dios, en Jesús, continúa ofreciendo a todos, el camino, la verdad y la vida. Jesús ha vivido de tal manera la vida humana que se ha convertido para todos los tiempos en el referente universal. Jesús, llevado por el Espíritu Santo, ha vivido con una total libertad la obediencia al Padre y lo ha hecho para que perdure eternamente en nosotros, como en Él, la calidad de vida, una calidad de vida que, si nos descuidamos, el pecado puede marchitar y sumir en la tristeza del sin sentido. El evangelio es una clara alerta positiva para preservar y potenciar la calidad de la vida divina que todos llevamos en nuestro corazón, una alerta a no banalizar el hecho de la fe, porque creer o no creer no es indiferente.

Si creemos en Jesús, y aquí creer no significa tener por sabido quién es y qué dice sino más bien hacer caso de sus palabras, hacemos ya de la vida presente, a pesar de sus limitaciones, un comienzo de plenitud parecido a como el Señor mismo comenzó a hacer sembrando, en su momento histórico nada fácil el bien, la paz y la esperanza. Creer, en este sentido, es ya empezar a participar de la salvación.

No creer, nos ha dicho el evangelio, es estar condenado. Ciertamente, no querer creer en el Hijo único de Dios, es decir: no hacer caso deliberadamente de sus palabras dirigidas a todos supone, para todos y todas, condenarse a no llegar nunca a reconocernos como hermanos sino más bien a tratarnos como rivales sino enemigos. En este sentido, ¿cómo no unirse a la protesta generalizada por la detención brutal y el homicidio impune del afroamericano George Floyd? Es un caso concreto, pero puede ejemplificar lo que la manera occidental globalizada de vivir lleva a tantas personas que quedan al margen del sistema: a no poder respirar, a no poder vivir dignamente. Este es el mundo del que se excluye a Dios. ¿Es este el mundo que queremos? Es parte del mundo que ahora mismo estamos construyendo, un mundo, lo sabemos, donde demasiado a menudo la legalidad se impone por encima de los derechos más fundamentales. Volviéndose de espaldas a Dios, despreciando sus palabras, es mucho lo que nos jugamos.

Creer, admitir la palabra de Jesús, no será vivir como sin problemas, pero no olvidar el ideal hacia el que esta palabra nos dirige, nos ayudará a no aceptar como normales conductas y actitudes que terminan haciéndonos daño a todos y perjudican siempre, más, a los más pobres. Cuando la fe contempla la belleza de Dios y la de su proyecto de amor sobre los hombres y ve en que la estamos convirtiendo ahora mismo, siendo propuesta no puede dejar de convertirse en denuncia, es gemido pero no amargura; supone una lucha, pero descartando toda violencia; urge a la solidaridad pero rechaza todo paternalismo.

Nadie está libre de culpa. Creer, implica para uno mismo, una constante conversión a este Dios que, por el Espíritu, en Jesús, se nos ha revelado como amor, perdón y acogida. El misterio de la Trinidad, sorprendentemente, se nos revela como el icono de nuestra realidad más profunda.

Creada a imagen del Padre, la persona está hecha para amar. No encontrará la paz cerrándose en sí misma prescindiendo de los demás, sólo hará experiencia de paz y de alegría compartiendo con los demás lo mejor que lleva en las entrañas.

El hombre y la mujer, creados a imagen de Jesús, están llamados a vivir, como Él, en la reciprocidad, acogiendo el amor de Dios y dándose a Él. ¿Tanto individualismo, no nos está convirtiendo, incluso entre abuelos, padres, hijos y hermanos, en extraños, desligados de todo, forasteros unos de otros, condenados a un confinamiento individual perpetuo? Una convivencia sin conflicto es imposible, pero negarse a vivir el perdón es matar la esperanza de una convivencia verdaderamente humana. Sin el perdón no puede haber gozo, ni paz ni alegría.

Porque como bautizados llevamos el Espíritu del Padre y del Hijo, estamos llamados a vivir creando unidad, viviendo, como servidores humildes, el misterio de la comunión divina que eleva la calidad espiritual y ennoblece la convivencia humana.

El apóstol nos proponía con el saludo litúrgico de la segunda lectura tres actitudes básicas para vivir así en paz y bien avenidos: dejar actuar la gracia de la palabra de Cristo en nosotros, acercarnos con agradecimiento al amor fiel de Dios, y aceptar de vivir según el Espíritu, no como una imposición sino como un don reiterado, como un regalo para la misma vida que experimenta el gozo de Dios dentro y fuera de sí.

Creer en Jesús no es una cuestión personal menor o socialmente marginal, creer o no creer afecta a la convivencia humana o bien abriéndola a la libertad comprometida del amor o bien condenándola a la servidumbre del propio egoísmo.

Como hemos visto en el fragmento proclamado del libro del Éxodo, Dios no nos abandona en nuestras miserias; Dios no quiere la muerte del pecador, lo que quiere es manifestar su amor de una manera aún más profunda y sorprendente precisamente ante la misma situación de pecado en que vivimos para ofrecernos siempre la posibilidad real de la conversión y del perdón que renuevan la vida. También hoy, en medio de nuestras infidelidades, Dios, en Jesús, su Hijo único, mediante el Espíritu Santo, continúa haciéndose presente como amor compasivo y misericordioso, lento a la ira, fiel en el amor. Es soberanamente libre, mucho más terco en el amor que nosotros en el pecado, incomprensiblemente fiel, adorablemente sorprendente: no nos queda otra: adorar, agradecer y amar.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Santísima Trinidad (7 junio 2020)