Domingo II del tiempo ordinario (17 de enero de 2021)

Homilía del P. Antoni Pou, monje de Montserrat (17 enero 2021)

1 Samuel 3:3b-10.19 / 1 Corintios 6:13b-15a.17-20 / Juan 1:35-42

 

Si viéramos el año litúrgico como unos largos ejercicios espirituales ignacianos, nos encontraríamos este domingo en la segunda semana. Después de haber meditado la encarnación de Jesús para salvar la condición humana, su nacimiento en la humildad de un establo, y su epifanía en el Bautismo, hoy los textos bíblicos nos invitan a meditar sobre nuestra vocación.

En la primera lectura hemos escuchado la vocación de Samuel. La voz del Señor se le hace presente mientras dormía, posiblemente en un sueño. Él cree que es Elí que le llamaba… no está todavía acostumbrado a oír la voz de Dios. En la tercera vez Elí le dice: «Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: “Habla, Señor, que tu siervo escucha». Dios llama de muchas maneras, pero una de las más comunes es desde nuestro interior. Si estamos atentos a nuestros deseos, anhelos interiores, pensamientos… y no sólo nos dejamos arrastrar por ellos de una manera inconsciente, podría ser que alguna vez nos diéramos cuenta de que algunos de estos anhelos, deseos o pensamientos nacen de lo más profundo de nosotros mismos, como si no fueran nuestros, sino del Espíritu, una realidad que nos empuja a buscar, trascendernos, y abandonarnos a Dios.

Esta época de pandemia, terrible en muchos aspectos, y que deseamos que lo antes posible se termine, ha restringido nuestras relaciones sociales, y ha hecho que tuviéramos que aprender, de una manera forzada, a cultivar nuestra interioridad. Hemos aprendido que no es fácil estar con nosotros mismos, y que si no estamos atentos, los pensamientos negativos nos comen. Pero si hemos dado un paso más nos damos cuenta de que en nuestro corazón también hay semillas de trascendencia, de compasión, de piedad para con Dios… podemos sentir la llamada Dios que nos empuja a la solidaridad, a profundizar en nuestra espiritualidad.

Este cultivo de la interioridad es propio también de la espiritualidad cristiana. Hoy que es la fiesta de San Antonio, abad, podemos recordar el carisma de los ermitaños y ermitañas, los contemplativos, que son con su experiencia maestros de interioridad, y que fecundan, a menudo de manera oculta, toda la vida de la Iglesia y de la sociedad. A Tomas Merton le gustaba decir que los contemplativos somos como los árboles que, en silencio, dan oxígeno a toda la tierra.

El Evangelio de Juan, por otra parte, nos ha presentado la llamada de los primeros discípulos de una manera diferente a como lo hacen los otros evangelios… en Mateo, Marcos y Lucas, Jesús es el maestro itinerante, que encuentra a quienes serán los sus discípulos en su vida cotidiana: repasando las redes, en la barca, recaudando impuestos. Estos evangelios mantienen fresca la tradición oral de los primeros grupos cristianos mendicantes, que recorrían, como Jesús, caminos, pueblos y villas e invitaban a quienes se animaban con su mensaje a una vida nueva, dejándolo todo, para predicar la Buena Nueva.

El Evangelio de Juan es diferente: Jesús encuentra a los primeros discípulos entre los seguidores de Juan Bautista, y ya no es aquel profeta itinerante que no tiene donde apoyar la cabeza, sino el maestro anfitrión que invita a quienes están interesados en él a su casa: «Maestro, ¿dónde vives?» – Venid y lo veréis. Es como si el Evangelista proyectara en la evangelización de Jesús lo que debía pasar en sus comunidades cristianas basadas en las familias cristianas que invitaban a los interesados en la nueva fe, a compartir lo que creían y vivían, y más tarde después de un largo proceso, al bautismo y la eucaristía.

Esto, naturalmente nos invita a reflejar de qué manera nosotros, como comunidades cristianas, somos buenos anfitriones, y tenemos las puertas abiertas para que todos puedan «venir y ver» cómo vivimos; dándoles razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Más aún, si escuchamos las directrices que nos da el Papa Francisco, no sólo tenemos que esperar que se nos pida venir, sino que nosotros mismos tenemos que salir para hacernos encontradizos, como cristianos, en nuestra sociedad. No se trata de hacer una campaña de adoctrinamiento, haciéndonos pesados y molestos, mostrándonos como superiores y guardianes de la verdad. Sino de compartir lo que somos y vivimos de manera sencilla, respetando que los demás tengan otra experiencia de la vida distinta a la nuestra. Buscando lo bueno, respetable, y verdadero que tenemos en común, trabajando por una sociedad más justa y más humana.

La confesión desacomplejada y sincera de nuestra fe, también puede hacer que algunas personas con las que tratamos se interesen por cómo vivimos nuestra espiritualidad. Hay personas que buscan trascender una vida basada sólo en la supervivencia material y están sedientas de algo más. El Evangelio da una perspectiva más profunda a la vida, sus narraciones son medicina y alimento para el alma.

¿Qué buscáis? Pregunta Jesús a Andrés y al otro discípulo. Jesús invita a su casa a quienes están en búsqueda, y ls responde «Venid y veréis». Y después de estar un día con Jesús, los discípulos salen entusiasmados a comunicarlo a Pedro. «Hemos encontrado al Mesías”… hemos encontrado lo que buscábamos, el cumplimiento de lo que nos había sido prometido, y anhelábamos.

Como también nosotros somos los que buscamos, en esta eucaristía somos de nuevo invitados por Jesús a su casa, él no sólo comparte su palabra, sino que pone la mesa y nos invita a la comida que simboliza su amor, entregado por nosotros. Que salgamos también, como Andrés y el otro discípulo, entusiasmados, con la necesidad de compartir lo que hemos visto, oído y lo que hemos vivido. Así sea.

 

Abadia de MontserratDomingo II del tiempo ordinario (17 de enero de 2021)