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Domingo II de Pascua (7 abril 2024)

Homilía del P. Ignasi M Fossas, Monje de Montserrat (7 de abril de 2024)

Hechos de los Apóstoles 4:32-35 / 1 Juan 5:1-6 / Juan 20:19-31

 

La celebración de este domingo de la octava de Pascua está marcada, hermanas y
hermanos, por la figura del apóstol Tomás. Por su incredulidad respecto al anuncio de
los demás apóstoles y por su confesión de fe ante Cristo resucitado: Señor mío y Dios
mío.

Este episodio sigue repitiéndose hoy como en todos los tiempos. La Iglesia sigue
proclamando lo que los apóstoles habían visto y oído, y muchos vuelven a decir (o
volvemos a decir, ¿por qué no confesarlo?): Si no le veo en las manos la marca de los
clavos, si no le meto el dedo en la herida de los clavos, y la mano en el costado, no me
lo creeré. Quisiéramos una experiencia directa, inmediata, sin velos ni intermediarios,
de Cristo resucitado. Por mucho que otros nos puedan decir, movidos por el Espíritu
Santo, que le han visto y que le han oído, que Él es el enviado del Padre, que ha
venido a perdonarnos los pecados y que igual que Él ha resucitado, resucitaremos
también nosotros, no nos parece suficiente. Quisiéramos tocarlo, quisiéramos verlo y
experimentarlo a nuestro lado, de modo que los sentidos suplieran los defectos de la
fe y no al revés como ocurre habitualmente.

Nos lo dice el salmista: La derecha del Señor hace proezas, la derecha del Señor me
glorifica. No moriré, viviré todavía, para contar las proezas del Señor… Hoy es el día
en que ha obrado el Señor, alegrémonos y celebrémoslo. Sí, pero, ¿el Señor dónde
está? ¿Por qué no aparece también a nosotros? Por qué no nos muestra sus manos y
su lado para que podamos repetir con Tomás: ¡Señor mío y Dios mío! El deseo es tan
intenso que nos devuelve a los labios el grito de los primeros cristianos: Maranathà,
¡venid Señor Jesús!

Pero nuestro Dios, que es Dios invisible y al mismo tiempo se ha hecho hombre en
Jesús de Nazaret, no cede a las presiones humanas. Dios no nos trata como criaturas
que hay que complacer para que dejen de molestar con sus pretensiones. Dios nos
trata como hijos en el Hijo. Él sigue siendo invisible hasta el día de su última
manifestación. Mientras tanto, en Cristo sigue presente en medio del mundo a través
de los sacramentos, de la Palabra de la Escritura, de la predicación y la enseñanza de
los apóstoles, de la Iglesia, de la comunidad de los discípulos que se aman, que oran,
que celebran la eucaristía, que viven en la alegría del Espíritu.

Hay tres frases del evangelio de hoy que nos iluminan en nuestra peregrinación de la
fe. La primera es cuando Cristo resucitado, después de saludar a los discípulos, sopló
sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”. Sólo por el don del Espíritu de Cristo
podemos creer en él y vivir como hijos de la Resurrección. La otra es la
bienaventuranza provocada por Tomás: “¿Porque me has visto has creído? Dichosos
quienes creerán sin haber visto”. Y nosotros decimos: es el Señor quien lo ha hecho, y
nuestros ojos se maravillan. La tercera es la del final: todo esto (se refiere al
evangelio) ha sido escrito para que crea que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y,
habiendo creído, tenga vida en su nombre.

La relación entre la fe y los sentidos no es, hermanas y hermanos, una exagerada
pretensión para los cristianos. Más bien una realidad que combina perfectamente con
nuestra antropología. Si sustituís la palabra fe por las palabras amor y conocimiento
entenderéis que nos ocurre muy a menudo que gracias al amor y al conocimiento
podemos suplir los defectos de los sentidos. Todos hemos realizado la experiencia
alguna vez que los sentidos nos engañan, que tenemos percepciones que a la larga
resultan equivocadas. En cambio, sabemos todos perfectamente que cuando amamos
a alguien, y a partir de ese amor conocemos a alguien, podemos percibir lo más
genuino de su interior, lo que es más propio de su ser. Esto mismo nos pasa, por el
don del Espíritu, con Jesucristo resucitado. Por el don de la fe, es decir por el don del
amor y del conocimiento, podemos percibirlo resucitado en medio nuestro.
Damos gracias a Dios, que sigue haciendo cosas grandes en Jesucristo, por el
Espíritu. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

 

Última actualització: 9 abril 2024

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