Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (3 de febrero 2021)

Isaías 56:1.6-7 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Lucas 19:1-19

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la salvación ha entrado en esta casa, decía Jesús a Zaqueo en el evangelio que acabamos de escuchar. La liturgia aplica esta afirmación a nuestra basílica. Hoy celebramos los 429 años de su dedicación. Es decir, del día que por la oración de la Iglesia que acompañaba la unción con crisma del altar y de las paredes -para significar que el Espíritu Santo los santificaba- y por la celebración de la eucaristía, el Señor entró en esta casa. Entraba para hacerla suya. Para acoger la alabanza y la oración de los monjes, de los escolanes y de los peregrinos. Para otorgarles la salvación por medio de la proclamación de su palabra y de la celebración de sus sacramentos.

El Señor quiso llenar de santidad esta casa (cf. oración sobre las ofrendas) para que los que nos reunimos podamos alcanzar la plenitud de la curación y de la salvación (cf. oración colecta). Mientras peregrinamos hacia esta plenitud, el Señor se va construyendo aquí un templo espiritual que somos nosotros, individualmente y como Iglesia (cf. prefacio).

Hoy la salvación ha entrado en esta casa. Este hoy no vale sólo para aquel 2 de febrero de hace 429 años, cuando la basílica fue dedicada. Es un hoy que perdura. El evangelista san Lucas subraya a menudo a lo largo de su Evangelio la palabra hoy para indicar la actualidad perenne de la salvación que trae Jesucristo. Cada día, por parte de Dios, es un hoy de salvación. Desde el día de la dedicación, cada día el Señor busca en este lugar a quienes acudimos y trae la salvación, como hizo en casa de Zaqueo. Y las celebraciones que se hacen en esta casa de oración van transformando interiormente a los que participamos, haciéndonos posible el encuentro y el diálogo amistoso con Jesucristo que nos identifica con él y nos adentra en la filiación divina. El Señor sigue irrumpiendo en nuestra historia y actualiza la salvación otorgada en Jesucristo una vez para siempre. De este modo, nos edificante individualmente como un templo espiritual para que todos juntos, reunidos en la Iglesia, formemos un templo de piedras vivas (1C 3, 16-17; Ef 21, 22).

Todo esto es posible gracias a la acción del Espíritu Santo. Él nos recuerda y nos testimonia la obra de Jesucristo, la hace presente y la actualiza para nuestra salvación. Y con su poder transformador la hace fructificar en nuestro interior de creyentes (cf. Jn 16, 12-13). Evidentemente, sin embargo, la eficacia de estos dones de Dios otorgados mediante la gracia del Espíritu Santo, está condicionada a la apertura de corazón y la adhesión personal de cada uno. Dios no nos fuerza, respeta la libertad de las personas. Pero espera que nuestra mirada se cruce con la suya, como la de Zaqueo subido en alto de un árbol se cruzó con la de Jesús que levantó los ojos al llegar a ese lugar. Es necesario, pues, que tengamos una actitud acogedora, disponible para la conversión como la de Zaqueo, y que como él estemos agradecidos por la presencia del Señor y por los dones que nos otorga por la acción del Espíritu Santo.

En esta basílica, encontramos un elemento simbólico que nos recuerda esta acción del Espíritu Santo. Es la corona con el dosel situados sobre el altar. Son memoria de aquella sombra del poder del Altísimo por medio de la cual el Espíritu Santo bajó sobre María y la hizo fecunda para engendrar al Hijo de Dios (cf. Lc 1, 15). La corona con el dosel sobre el altar son un símbolo de la epíclesis que hace la Iglesia en sus celebraciones para que el Espíritu intervenga y haga comprensible la Palabra, intervenga y haga eficaces los sacramentos que por voluntad del Padre nos llevan a la salvación y nos configuran con Jesucristo (cf. C. Valenziano, architetto di Chiese. Bologna, 2005, p.265-266). Corona y dosel son, además, un símbolo de la acción del Espíritu que hace que la alabanza de la Liturgia de las Horas y todo el culto individual o comunitario que aquí se ofrece en esta basílica sea digno (cf. oración colecta), sea un culto en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 23).

En la oración eucarística que iniciaremos con el prefacio, hay dos invocaciones del Espíritu Santo o epíclesis. La primera sobre las ofrendas del pan y del vino «para que se conviertan en el cuerpo y en la sangre» de Jesucristo. Y la segunda sobre nuestra asamblea «para que seamos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu», es decir, que todos juntos formamos el cuerpo espiritual o místico de Cristo- y para que cada uno de nosotros se convierta «una ofrenda eterna» para obtener «la herencia» de la vida para siempre (cf. plegaria eucarística III). Después, en la comunión Jesucristo resucitado entrará dentro de nosotros, de modo similar a como entró en casa de Zaqueo. Entonces nuestro cuerpo será, de una manera análoga a la corona y al dosel que cubren el altar, tálamo de la presencia divina. Y desde nuestro interior, el Señor nos dará la vida en el Espíritu y nos enviará a ser testigos de su amor sanador y santificador, testigos de su palabra a favor de toda la humanidad. Así podremos cantar alegres y con toda verdad las palabras de San Pablo que la liturgia pone como canto de comunión de este día: «sois templos de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros. El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros «(1C 3, 16-17).

Como veis, la solemnidad de la dedicación de esta basílica nos lleva a considerar también nuestra dedicación, la que en los sacramentos de la iniciación el Señor hizo de nosotros y que renueva cada día. Por ello podemos bien decir con el evangelio: hoy la salvación ha entrado en esta casa. Hoy. Ahora, en la eucaristía.

Que Santa María, a la que está dedicada esta casa de oración que es nuestra basílica, nos ayude a acoger esta salvación, a hacerla vida, a ponerla al servicio de los demás, sobre todo de los que, desde la angustia y la preocupación causada por la pandemia, levantamos los ojos hacia este santuario y nos piden una oración y una palabra de consuelo, una palabra de esperanza, una palabra de salvación.

 

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