Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (30 de enero de 2026)
Isaïes 25:6a.7-9 / Romans 8:31b-35.37-39 / Lluc 24:13-35
Hemos entrado en esta basílica, queridos hermanos y hermanas, acompañando el cuerpo de nuestro hermano, el P. Daniel, cantando “Dale Señor el reposo eterno…” y terminaremos nuestra celebración cantando también “Vos sois la resurrección y la vida”.
En el corazón de la celebración cristiana de las exequias, nuestra fe, siempre es fe porque nos dirigimos a Dios, toma esta doble mirada: la del recuerdo y la oración por quien ha muerto y la de la confesión de la vida nueva, de la resurrección de Jesucristo, de la afirmación clara de una eternidad que nos pertenece tan sólo a Dios y que nosotros. Una eternidad que queda caracterizada por estar allí donde está Jesucristo y a la que, por el perdón y la misericordia de Dios, esperamos llegar todo nosotros.
En el corazón de esta comunidad de monjes, vivimos y compartimos con la Iglesia en nuestra cotidianidad, la realidad simple de esa esperanza de plenitud. Nuestra existencia quisiera ser un recuerdo en medio del mundo de la presencia constante de Dios en nuestra vida. La muerte tiene la capacidad de hacernos ver y pensar en cómo vivimos porque nos recuerda lo esencial y la liturgia de difuntos se hace constantemente eco. En el prefacio, la oración que inicia la oración eucarística daremos gracias a Dios diciéndole:
“Vuestro poder nos da la vida, su providencia la gobierna, su querer libera de la ley del pecado nuestro cuerpo formado de tierra y todavía su designio llama a quienes hemos sido redimidos por la muerte de su Hijo a compartir la gloria de la resurrección”
En el coro de Montserrat, la intención que prevalece sobre todas las demás es recordar que quisiéramos ser la montaña de la que ya hablaba el profeta Isaías: la montaña del convite, la montaña donde Dios seca las lágrimas, borra el oprobio de su pueblo, donde nos alegramos y celebramos que Dios nos haya salvado. Y querríamos serlo sin ningún orgullo, sencillamente porque ésta es una vocación cristiana que compartimos con todos los que creen en Jesús y en el Evangelio.
Y tampoco sin ningún orgullo, con la humildad de quien escucha el salmo responsorial de hoy:
“Señor qué son los hombres para fijarse en ellos,
¿qué son los mortales para ocuparse?
El hombre se desvanece como el humo,
sus días se funden como una sombra”
La muerte nos recuerda esta diferencia tan grande entre lo que somos aquí, y que termina, y lo otro eterno que esperamos. El mismo salmo, tan realista con nuestra condición humana, mira hacia Dios y aclama: «¡Bendice al Señor, alma mía!»
Quisiéramos que no sólo Montserrat sino todo el mundo fuera Emaús, el lugar donde los monjes y todos los cristianos vemos y nos damos cuenta de que Jesucristo ha hecho camino a nuestro lado y finalmente lo reconocemos. Porque llegamos a comprender la profundidad de las palabras de San Pablo a los cristianos de Roma: “Nada del universo creado será capaz de alejarnos de Cristo que tanto nos ama”.
Queridos hermanos y hermanas, estas reflexiones hechas en primera persona del plural, inspiradas por las lecturas de hoy, toman sentido en la muerte de un monje de nuestra comunidad, como el Padre Daniel Codina, que amó y sirvió la casa de la Virgen María y el pueblo peregrino de Montserrat, del Miracle y de Cuixà. El ejemplo personal hace vivo el sentido del monasterio y del santuario y de toda la vida cristiana que vivimos en él y por tanto también el profundo sentido de la muerte, cuando se ha vivido unido a Jesucristo. La visión de su vida concreta de monje que tenemos ahora, al final, hace comprender y da coherencia a cómo Dios llamó a Àngel Codina y Giol, un joven de la Cellera de Ter, a vivir como monje después de pasar casi diez años en el seminario de Girona. Como a partir de ahí, dándole el nombre monástico de Daniel, por el mártir gerundense, su vida creció en la escuela de San Benito, siguiendo el Evangelio en la obediencia y la humildad, haciéndose consciente de su fe y compartiéndola.
Los casi 86 años que tenía el P. Daniel Codina antes de ayer al mediodía cuando murió, fueron también de servicio muy directo a la comunidad monástica, donde fue prior del monasterio, formador, responsable de los rescates en la montaña y del cuerpo de bomberos voluntarios, y en las casas del Miracle y de Cuixà, donde pasó casi veinte años, siendo además en Cuixà el superior y promoviendo la reconstrucción de la capilla de la Trinidad, del tiempo del Abad Oliba.
Hace pensar que ya en 1968, el padre Daniel describiera el mundo como «tecnificado hasta el extremo», y propusiera la fe, el hecho de creer como «dar al mundo un «suplemento de alma, capaz de humanizarlo, de crear un mundo a la medida de nuestro corazón». O unos años más tarde, el 1974, en el prólogo de un libro que recogía las intuiciones sobre la fe de los jóvenes de los Encuentros de Santa Cecilia, el propio Padre Daniel decía utilizando las comparaciones musicales que tan bien le iban: “Para mí creer es vibrar al unísono perfectamente afinado con el Espíritu de Jesús”
Su formación y su alma de catequista le identificaba con esta misión montserratina que seguimos reivindicando y que siempre ha tenido en la música y en nuestra Escolanía una vertiente importante. El P. Daniel Codina trabajó allí a muchos niveles. Amó y divulgó la tradición musical de nuestra Escuela de Maestros de Montserrat, con el estudio y la edición de obras; empezó un estudio detallado de varios cientos de manuscritos de nuestro Archivo Musical, aparte de muchas otras colaboraciones musicológicas e históricas con publicaciones de nuestro país. No sólo se comprometió con el pasado, sino que especialmente creyó y trabajó para la mejora del canto del pueblo, en su implicación en el nacimiento de los Encuentros de animadores de canto y en la animación directa de los peregrinos reunidos en Montserrat en asamblea de oración.
En el camino de Emaús, Jesús se explica a sí mismo para que los discípulos puedan entenderlo y nos señala un camino para ser testigos. Identificado con Él, el P. Daniel decía del Señor: «Cristo será pues esa presencia viva que me alcanza desde dentro y me transforma y se escapa a toda manipulación por mi parte».
Por otra parte, tuvo la pasión de comunicar esta fe, de hacerse cercano a mucha gente, de hacerlo con la vida y con la palabra.
El momento de la muerte es a menudo el momento en el que recordamos todo lo que ha hecho uno de nuestros hermanos y nos invade un sentimiento de cierta sorpresa, pero sobre todo de agradecimiento a Dios por un legado fecundo forjado en tantos años de ser monje y del impacto que ha ido dejando en las personas y que de repente parece que surja como una avalancha de recuerdos. Sólo citaré un especialmente entrañable: «Me parece que tenía la fe que me gustaría tener; la alegría profunda que me gustaría tener; la ingenuidad y sencillez que me gustaría tener; el empuje y el entusiasmo que me gustaría tener.»
Nos hace bien humanamente recordar el testimonio de quienes nos han precedido, haciendo de la memoria acción de gracias a Dios. Sabemos que nuestra vida está en sus manos porque nuestra confianza de salvación sólo puede ser su amor y su inmensa misericordia. Es en manos del Padre que ama entrañablemente que encomendamos ahora a nuestro hermano Daniel, que no quedó fuera tampoco de la debilidad humana y pedimos a Dios que lo acoja y lo salve en este Reino definitivo, que él quiso construir y compartir desde Montserrat. Lo hacemos celebrando la eucaristía, el memorial de la resurrección de Jesucristo que nos abre las puertas del cielo.
Última actualització: 31 enero 2026

