Misa Exequial del P. Martí M. Roig (9 de marzo de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (9 de marzo de 2023)

Lamentaciones 3:17-26 / 2 Corintios 4:14-5:1 / Lucas 24:13-35

 

«Es bueno esperar silenciosamente la salvación del Señor». Estas palabras del libro de las Lamentaciones con las que terminaba la primera lectura describen bien nuestra actitud en este tiempo de Cuaresma que estamos viviendo. Colectivamente esperamos la Pascua. La esperamos austeramente, en el silencio que se va extendiendo durante las semanas de este tiempo centrado en la conversión, que es un proceso que nos ayuda a reflexionar sobre nuestra condición mientras estamos en el mundo, con la voluntad puesta, sin embargo, siempre, en otra realidad, la de Dios, la del Señor, la de Jesucristo resucitado.

Nuestra vida de cristianos es una vida de conversión, de girarse desde una realidad a otra. Casi diría que la vida de cualquier persona humana es una vida de conversión, en tanto que es o querría ser una vida de progreso personal, de eso que ahora en las escuelas llaman progresar adecuadamente. De modo especial los monjes llamamos a nuestra opción monástica: conversión: una vida llamada a convertirnos. Esto es, ir de un sitio a otro.

El momento de la muerte es el único en el que podemos ser conscientes del todo de cómo nos hemos convertido, pero el conocimiento de esto ya es o será entonces privilegio de Dios, puesto que las dimensiones más profundas de la persona le pertenecen, tal y como reza la cuarta oración eucarística que al orar por los difuntos dice: “cuya fe sólo Dios ha conocido”.

La muerte sorprendió a nuestro hermano el Padre Martí Roig y Coromina la noche del pasado domingo, después de haber pasado un día totalmente normal. Un aneurisma le provocó una muerte inmediata. Le faltaba un mes justo para cumplir ochenta y seis años, hacía sesenta y dos que era monje y cincuenta y cinco que era sacerdote. Murió silenciosamente, sin hacer ruido, sin avisar siquiera. Como hermanos tenemos el pesar de no haberlo podido acompañar en este último momento final, que es con todo tan entrañable en la vida de la comunidad, y seguro que compartimos ese sentimiento con la familia y los amigos que estáis aquí, o os unís a la celebración desde lejos, o estáis espiritualmente en comunión con todos nosotros.

Todas las lecturas de hoy tienen en cuenta esta idea de la distancia que existe en nuestras vidas entre la realidad en la que vivimos y aquella que anhelamos. Pero también tenemos claro que no están separadas, aisladas, sino que existe un recorrido que nos da la posibilidad de caminar hacia ese lugar y estado diferente, movidos por un deseo. Hablo de posibilidad porque podríamos quedarnos encerrados en nuestros límites, que nos llevarían sin duda alguna al pesimismo con el que empezaba la primera lectura, la del libro de las Lamentaciones: “Mi alma vive lejos del bienestar (…) el recuerdo de mis penas y de mi abandono me amarga y envenena (Lm 3, 17-26)”; un pesimismo que también compartían los discípulos de Emaús en un camino en el que parecía que sólo el fracaso y la derrota estuvieran presentes. Pero ser cristianos es no quedarnos nunca en esta realidad, sino avanzar, andar. Ser capaces de decir con el libro de las Lamentaciones: «Pero ahora quiero revivir otros pensamientos que me mantendrán la esperanza»; ser cristianos significa poder acoger como los discípulos lo desconocido en el camino, aunque parezca que venga del huerto, porque quizá sea precisamente él, quien nos aclare el sentido de nuestra realidad, aparentemente oscura e insípida.

Pero naturalmente quien nos coge la mano en este camino, como el buen pastor y nos conduce durante toda la vida, en la muerte y después de la muerte es Jesucristo, que nos confirma que toda la esperanza que tenemos puesta en los favores de Dios, en su nueva piedad cada mañana, en su fidelidad inmensa y en nuestra capacidad de decirle: “mi parte es el Señor”, no cae en el vacío, sino que es confirmada en su resurrección, que compartimos todos los bautizados.

Sé que el P. Martí, porque él mismo me lo había comentado, aconsejaba mantenerse en esa esperanza de la fe a personas que se encontraban ante dificultades. Seguro que también la esperanza silenciosa de la salvación le fue guiando. El P. Martí Roig Coromina nació en Barcelona en 1937 en una familia cristiana y fue bautizado con el nombre de Juan. Tuvo la juventud normal de un joven católico de esa época hasta llegar a estudiar algunos cursos de medicina en la Universidad de Barcelona. Entró en el monasterio en 1958, vistió el hábito de novicio en 1959 y hizo su primera profesión en 1960, para continuar los estudios en nuestro monasterio hasta la ordenación de presbítero en 1967. En su vida de monje, vivió de cerca y amó y sirvió tanto la realidad de las personas humanas como la de la naturaleza, las dos expresiones de las maravillas que nos revela la Creación de Dios. Sólo hablando de sus principales servicios a la comunidad, en el primer gran ámbito, el de las personas, cabe destacar que fue el enfermero del monasterio durante veinticuatro años y el último consiliario de los trabajadores de Montserrat, y vio por tanto la transformación que el Santuario experimentó entre 1970 y 1987, cuando poco a poco, dejó de ser el lugar de residencia habitual de nuestros trabajadores. También fue el encargado del orden y la seguridad del santuario y acompañó también a una comunidad de religiosas carmelitas. Todos estos servicios le llevaron a tener relaciones con mucha gente. Algunos de ellos nos acompañan hoy, testimoniando la estima que le tenían. En el ámbito de la naturaleza fue el encargado del jardín, del trabajo en las tierras y en la granja del Miracle y últimamente en las fincas de Can Castells y Can Martorell al pie de la montaña, lo conectaron a la tierra y al oficio de payés y se sentía bien haciéndolo. Una tarea que conecta directamente con la bondad que Dios nos manifiesta con los frutos de la tierra y la dureza de un trabajo que siempre se encuentra con dificultades. Personalmente compartimos muchos ratos hablando de las posibilidades y el futuro de la tierra. Estos últimos años, con algunos problemas de movilidad, quiso ser útil a la comunidad y en la que hacía presente en los días de fiesta hasta casi el último día de su vida.

Durante nuestra vida se nos hace el don de reconocer a Jesucristo en muchos momentos concretos y anhelamos que al final le veremos cara a cara, directamente y que entonces se cumplirá del todo nuestra esperanza. Caminar con esta fe el camino de la vida, hace que mientras nos envejecemos en el cuerpo y en la vida exterior, nos renovemos en el espíritu y en la vida interior como decía San Pablo en la segunda lectura, porque “no apuntamos a esto que vemos sino a lo que no vemos”.

Ésta es nuestra oración hoy por el Padre Martí, conscientes de que sólo Dios conoce la profundidad, la auténtica vivencia personal que, a través de tantos servicios, de tantos contactos, de tantas personas, formaron su camino monástico, su oración, su vida de conversión. Al final de toda vida humana, nos encontramos en el fondo con el misterio de una persona, que aún muy cercana y hermana, sólo podemos encomendar a aquel que penetra los corazones de todos, a Dios, Señor de la vida, que en la resurrección de Jesús se ha afirmado precisamente vencedor de la muerte y nos ha abierto la esperanza de un futuro de plenitud, de una meta y un destino. Él es también, como en Emaús, el único capaz de interpretar el sentido de nuestra vida con Dios, el significado de nuestra vida de fe para los demás.

Caminemos cada uno de nosotros hacia la Pascua donde, aparte de vivir del todo la realidad del Espíritu, confiamos hacerlo juntos, en la comunión de los santos y reencontrarnos con todos nuestros seres queridos. Para los monjes más concretamente, de reencontrarnos también con lo que familiarmente decimos el Montserrat del Cielo, donde nos esperan todos los que nos han precedido, con Santa María que vela por esta casa y con todo el Pueblo santo y glorificado de Dios.

Y sabemos que el camino es Jesús que se hace prójimo y por eso hoy tomaremos sus mismas palabras y acompañaremos el cuerpo de nuestro hermano Martí, mientras cantamos: “Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mí, aunque muera vivirá, y todo aquel que vive y cree en mí no morirá eternamente”.

Abadia de MontserratMisa Exequial del P. Martí M. Roig (9 de marzo de 2023)

Misa Exequial del G. Martí M. Sas (2 de mayo de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (2 de mayo de 2022)

Apocalipsis 21:1-5a.6b-7 / Romanos 6:3-9 / Mateo 25:31-46

 

Los cristianos de Oriente, queridos hermanos y hermanas, siguiendo una tradición muy antigua, tienen la costumbre de felicitarse la Pascua, ese tiempo que estamos celebrando, diciéndose: Cristo ha resucitado y respondiendo: Realmente ha resucitado. El tiempo pascual está totalmente centrado en la resurrección de Jesucristo, ese acontecimiento que confirmó el valor absoluto de su persona, de su vida y el sentido de su muerte. Antes de Jesucristo, en la fe de Israel estaba la percepción de que más allá de la muerte se entraba en una comunión con Dios y se iba a reunir con los seres que nos habían precedido, pero esta percepción, no exenta de dudas tal y como nos muestran los evangelios en las polémicas con los saduceos, que no creían en la resurrección, esta percepción, digo, se convierte en certeza y en el fundamento de la fe cristiana, que nace de la afirmación que Jesucristo ha resucitado. Los apóstoles y los discípulos no llegaron aquí fruto de una reflexión interna o de la necesidad de superar un fracaso que exigía una sublimación en un futuro que diera una salida válida a todo lo vivido con Jesús. No. Llegaron porque el Señor resucitó, se hizo presente en sus vidas después de muerto y entendieron que aquel hecho era lo que cambiaba todo, porque daba una respuesta a la pregunta eterna: ¿Y después qué? Contestando con sencillez: luego está la vida eterna, porque Dios no deja en medio de la muerte a los difuntos.

Jesucristo, el Hijo de Dios, habiendo querido compartir nuestra condición humana hasta la muerte, se levanta (éste es el sentido literal del verbo resucitar en griego), para continuar presente, con una forma ciertamente que no es la misma que la de antes de la muerte en cruz, pero que se nos explica como presencia real, histórica y viva entre nosotros. De este modo Dios no se traiciona a sí mismo. Hay una imagen que me gusta mucho, es de un teólogo castellano que murió bastante joven, que dice que Dios fija una cuerda en el momento de la Creación que es el hilo de la historia y la mantiene tensada hasta el final. Alguna vez la cuerda se destensa, pero siempre se recupera y tira de todo hacia el cumplimiento definitivo. Todos estamos en esa cuerda mientras vivimos. Jesucristo, como hombre, también estuvo en la cuerda, pero como Dios, también la estiraba y nosotros esperamos que después de muertos por la resurrección ayudaremos a estirar esta cuerda y a mantenerla tensada con Dios Padre, en Jesucristo, con el Espíritu Santo, y todos los santos y santas de Dios.

La resurrección de Jesucristo provocó una llamada universal a su seguimiento, una llamada a ser una Iglesia que se identifica como la de los cristianos, los de Él, los de Cristo. A esta Iglesia nos incorporamos por el bautismo. Por esta razón en la teología más cercana a la de la resurrección del Señor, que es la del apóstol San Pablo, aparece tantas veces el bautismo como nuestro vínculo con Jesús. Nos hace participar de su vida porque él también se bautizó y para que participemos de su vida, asumimos todas las consecuencias que esta participación tiene: que resumidas quieren decir: seguir su Evangelio hasta compartir su misma muerte. Pero también el vínculo que establecemos es el que nos permite tener la esperanza de que un día resucitaremos con él. Lo hemos leído en la carta a los Romanos, Por el bautismo hemos muerto y hemos sido sepultados con él, porque, así como Cristo, por la acción poderosa del Padre, resucitó de entre los muertos, nosotros también emprendemos una nueva vida. (Romanos 6:4).

El hermano Martí Sas quiso emprender realmente una nueva vida cuando entró en nuestro monasterio de Montserrat en 1958. Nacido en 1926 en Palma de Ebro, en la diócesis de Tortosa, tenía, el pasado sábado, cuando murió, 95 años y era el monje más anciano de nuestra comunidad. De hecho, el hermano Martí era el último monje de nuestra comunidad que entró en el noviciado como hermano, separado de lo que hacían los monjes destinados al presbiterado y que, tras las reformas de la vida monástica que siguió al Concilio Vaticano II, hizo la profesión solemne en 1964, con todos los demás hermanos, haciendo que todos los monjes compartiéramos desde ese momento una misma profesión.

Subrayo el hecho de que quiso emprender una nueva vida cuando entró en el monasterio porque la vocación monástica le significó un redescubrimiento personal y fuerte de la fe cristiana con más de treinta años, una edad algo avanzada para entrar en el monasterio según las costumbres de ese momento. Mantuvo siempre una actitud fuerte como creyente y como monje que alimentaba de ese tipo de conversión que le había llevado de una vida profesional como sastre en el monasterio. Le gustaba recordar y compartir con nosotros y con gente de fuera los cimientos, aquellos que podíamos intuir que estaban en el corazón de su fe y de su espiritualidad.

Iba desnudo y me vestiste. Si os decía que la fe nos lleva a identificarnos con Jesucristo y con su evangelio, y que esto exige y encuentra formas muy concretas de realizarse como nos narra el evangelio de San Mateo que hemos leído, no podemos tener ninguna duda que este versículo: Iba desnudo y me vestiste resume bien todo el servicio monástico del hermano Martí, e incluso más allá incluso. Su calidad de primer nivel como sastre fuera del monasterio, también quedó dentro de esta transformación espiritual cuando, colaborando primero y encargándose después de la sastrería del monasterio e hizo un ministerio y un servicio, especialmente en confección de toda la ropa litúrgica del monasterio, nunca fruto de la improvisación sino con una visión que Dios también debía ser glorificado en la dignidad y el buen gusto de las albas, las túnicas, las casullas, los hábitos y las cogullas con una visión de la armonía que todo el conjunto debía dar al corazón de los monjes que celebraba y oraba, muy fiel al precepto de la Regla de San Benito que pide dignidad en el vestir de los hermanos. Quizás incluso inspirado por la visión de esta ciudad santa de Jerusalén que quiere anticipar la asamblea litúrgica y que él quiso engalanar como una novia que se prepara para su esposo.

La nueva vida abrazada después de su entrada en el monasterio, también tuvo una dimensión de soledad y de acogida. Durante muchos años, cuidó y buscó ratos de soledad y silencio en la ermita de San Dimas, lugar que amaba con predilección y el cual todavía visitó cumplidos los 90 años, hasta que no le fue físicamente posible continuar yendo. Desde san Dimas también acogió a amigos y algunos grupos que se acercaban para compartir ratos de oración y celebración.

Siendo un monje que ocupaba todas las horas del día y buena parte de las de la noche practicando el ora et labora hasta una edad muy avanzada, tuvo que emprender una nueva vida y convertirse y prepararse para esta hora final. Durante los últimos años, en la enfermería del monasterio, el Señor le fue desnudando de sus capacidades físicas y mentales, hasta llamarlo a compartir por la muerte, su resurrección. Nos quedan de estos últimos años su alegría, casi infantil, cuando veía a un hermano de comunidad, y los intentos difíciles pero entrañables de procurar comprender lo que quería comunicar. Pero hasta en estos momentos, me atrevería a decir, que no perdió aquella fortaleza ante la vida que le venía de la fe y de las convicciones profundas.

Los cristianos de lengua siria tienen la tradición de que las almas de los difuntos cuando llegan a la puerta del paraíso no encuentran a San Pedro sino a San Dimas, el buen ladrón, salvado por la cruz de Cristo, que es la clave para entrar en el cielo, donde él es el primero en haber llegado. A pesar de no ser sirios, permitámonos hoy pensar que San Dimas ha recibido al G. Martí en la puerta del cielo para decirle que sí, que la promesa de Jesucristo de que un día nos encontraremos con él, compartiendo su resurrección, es verdad. Y que así vivamos la novedad, la plenitud y la comunión con Jesucristo, con el Alfa y la Omega, con el Señor de la vida, cuya victoria sobre la muerte celebramos en cada eucaristía.

https://youtube.com/watch?v=cDSjhBZJ4xI

Abadia de MontserratMisa Exequial del G. Martí M. Sas (2 de mayo de 2022)