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Fiesta del Bautismo del Señor (11 enero 2026)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (11 de enero de 2026)

Isaías 42:1-4.6-7 / hechos de los Apóstoles 10:34-38 / Mateo 3:13-17

Por las noticias que aparecen en la prensa, en ocasiones podemos tener la sensación de que la religión va de baja, que la fe ya no interesa o que ha quedado reducida a una tradición antigua. Pero el pasado mes de octubre apareció en los periódicos una noticia que iba en sentido contrario: en nuestro país, en las últimas dos décadas, los bautizos de adultos han pasado de ser una decena al año a ser más de quinientos. Se trata de personas jóvenes, familias enteras o adultos de procedencias muy diversas que, después de un tiempo de investigación y preparación, piden libremente recibir el bautismo. Y no lo hacen por costumbre ni por tradición, sino como una decisión personal y madura, que da sentido a su vida. Es una realidad que nos puede ayudar a redescubrir el valor y la fuerza del bautismo y del misterio que celebramos en la fiesta de hoy, que da plenitud a la Navidad y explica su sentido más profundo.

Con la fiesta del Bautismo del Señor terminamos hoy el tiempo litúrgico de Navidad. Y no lo hacemos como quien cierra el capítulo de un libro, sino como quien abre una puerta para pasar al tiempo ordinario, en el que Jesús nos instruirá de tantas y tantas formas. En Navidad hemos contemplado a un Dios que se ha hecho pequeño, que ha entrado en nuestra historia con humildad, escondido en la fragilidad de un niño. Hoy lo vemos ya adulto, entrando en las aguas del Jordán y poniéndose en la cola como hacían los pecadores. Y, en medio de todo esto, en el momento del bautismo se produce una gran manifestación, una epifanía: el cielo se abre, el Espíritu baja, y la voz del Padre lo proclama Hijo amado. Este momento marca el inicio de su vida pública y revela que el camino que Dios elige para salvar al mundo implica compartir hasta el fondo nuestra condición humana. Jesús no se hace bautizar porque lo necesite, sino para solidarizarse con nosotros y dar un nuevo sentido al agua y a nuestra vida. Asumiendo lo nuestro, abre para todos un camino nuevo de filiación y de vida. Él nace en Belén para que nosotros podamos renacer; entra en el Jordán para que nosotros podamos convertirnos en hijos en el Hijo. La Navidad nos mostraba quién es Jesús; el Bautismo nos muestra lo que ha venido a hacer en este mundo.

Éste es un misterio que no lo contemplamos sólo como un hecho del pasado, porque la liturgia nos lo hace presente hoy. En esta celebración recordemos que el bautismo de Jesús está estrechamente unido a nuestro propio bautismo. El mismo Espíritu que bajó un día sobre Jesús, es el mismo que hemos recibido todos y cada uno de nosotros; la misma voz del Padre que dice «Este es mi Hijo amado» resuena también sobre cada uno de nosotros, porque por el bautismo todos hemos convertido en hijos queridos de Dios. Por eso esta fiesta es una bisagra: cierra el tiempo de Navidad y abre el tiempo de la vida pública de Jesús; y de la misma forma, nos recuerda que nuestro bautismo no es sólo un hecho pasado, sino que nos es una ayuda para hacer el camino de nuestra vida que sigue siempre adelante: hoy, el Señor renueva en nosotros ese don que un día nos hizo, y nos recuerda que somos miembros vivos de su pueblo y estamos llamados a vivir como hijos de Dios en medio del mundo.

Por todo ello, podemos afirmar que el bautismo que recibimos un día, toca de lleno la vida concreta de cada día, la de cada uno de nosotros. Estar bautizados significa, en primer lugar, que hemos recibido una nueva identidad: ya no caminamos solos, sino que formamos parte de una familia, somos hijos de Dios y hermanos unos de otros. Quiere decir también que hemos vivido un nuevo comienzo: como bautizados, vivimos la vida dejándonos iluminar por el Espíritu, con el deseo de vivir con más verdad, más amor y más paz. Y haber recibido el bautismo significa, finalmente, que hemos adquirido una responsabilidad: hacer presente el Evangelio en el mundo con nuestra forma de vivir, amando a quienes tenemos cerca, abriendo caminos de esperanza, siendo luz sin hacer ruido. Quizás por eso hoy muchos adultos piden el bautismo: porque descubren que la fe no es una carga, sino una fuente que da sentido y plenitud a la vida. Pedimos hoy al Señor que esta fiesta nos ayude a redescubrir el valor de nuestro bautismo y vivirlo con alegría y coherencia; y que el misterio de Navidad que hemos celebrado estos días siga vivo en nosotros todos los días del año que acabamos de empezar.

 

Última actualització: 12 enero 2026