Domingo XXXII del tiempo ordinario (7 de noviembre de 2021)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (7 de noviembre de 2021)

1 Reyes 17:10-16 / Hebreos 9:24-28 / Marcos 12:38-44

Hoy nos han sido proclamados dos relatos relacionados con dos viudas: la de Sarepta de Sidón -que vivió siglos antes de Jesús, y la del evangelio -que era contemporánea de Jesús. Ambas eran personas que habían sido perjudicadas por la vida sin tener culpa. Eran personas desfavorecidas a pesar de no haber hecho nada malo, porque según la mentalidad de ese tiempo las viudas y los huérfanos debían vivir sólo de la caridad de los demás. Pero, a pesar de ser personas que no contaban, como Dios ama a todo el mundo, nos las pone precisamente a ellas como ejemplo de lo que puede llegar a hacer la fe y la confianza plena en Dios. La primera, pese a estar a punto de morir de hambre, no le negó al profeta el único panecillo que tenía. Confió plenamente en Dios, y esa confianza la hizo protagonista de un milagro. La segunda, parecido, fue puesta por Jesús como ejemplo de generosidad y fe ante sus discípulos: aunque quizá necesitara aquellas dos monedas que tenía las dio al tesoro, porque según le habían dicho era lo que Dios pedía. No lo pensó. Era un ejemplo que contrastaba con el de los maestros de la Ley, que decían una cosa pero hacían otra: la pobre viuda era una persona auténtica, igual por dentro que por fuera. Y esto es lo que el Señor valora. Porque el evangelio es para vivirlo con plenitud y autenticidad, no para aparentar.

Estos dos relatos y todos los demás que contienen las escrituras y que a nosotros nos son proclamados en el seno de la celebración litúrgica no son tan sólo el recuerdo de unos hechos pasados, sino que van mucho más allá: son relatos que si los interiorizamos y los hacemos nuestros, pueden transformar nuestras vidas. Todos ellos tienen un sentido más profundo y nosotros estamos llamados a averiguarlo, porque puede ser diferente para cada uno y para cada momento de la vida. Y en referencia al relato de la viuda pobre, vale la pena también notar que el evangelista no lo sitúa en un lugar cualquiera del evangelio sino en los últimos días antes de la pasión y muerte de Nuestro Señor, en la última subida de Jesús en Jerusalén. Es un momento en el que los textos resumen todo lo que Jesús había ido enseñando largamente a los discípulos, es un lugar del evangelio en el que se explican de forma sintética los ejes principales de la enseñanza de Jesús. Y por ser un relato importante, nos es una invitación a llevar su enseñanza a la práctica.

Aquellas pobres viudas, dando un pedacito de pan y echando al tesoro del templo dos monedas de las más pequeñas, no dieron sólo lo que tenían: su gesto nos dio también todo un ejemplo de vida que todavía nos es válido. Fue un gesto que nos dice cómo quiere Dios que vivamos: con fe y generosidad. Y no sólo nosotros: aquella pobre viuda que se quedaba sin nada y se confiaba plenamente de Dios, le estaba dando también un ejemplo al mismo Jesús, que lo seguiría unos días más tarde cuando se dio a sí mismo por nosotros, sin reservarse nada para él. Lo hizo generosa y gratuitamente, para que pudiéramos tener unos bienes infinitamente mayores. Aquel gesto de las viudas, además, nos enseña que aunque la vida nos haya tratado mal sin culpa, siempre podemos dar: podemos dar nuestro tiempo, nuestra confianza, nuestra escucha, nuestra sonrisa; podemos darnos a los demás de muchas formas, seamos quienes seamos, y estemos en la etapa de la vida que estemos. Un niño que juegue a “lego”, puede dar a otro esa ficha que sabe que le hace falta, aunque él la quiera. Un padre o una madre, aunque estén cansados, se levantarán a la hora de que sea de la noche para ayudar a su hijo que no puede dormir. Una familia que tenga que cuidar a un anciano se privará de hacer según qué en atención a aquellos que antes le dieron su tiempo y su amor. Un anciano, con una sola frase dicha en el momento oportuno dará toda una lección de vida. Un enfermo, puede también animar a quienes lo van a ver. Y así podríamos ir poniendo infinitos ejemplos… Porque una de las grandes enseñanzas del evangelio de hoy es que aquellos pequeños gestos que se hacen por amor, por insignificantes que sean, pueden dejar una huella imborrable en los demás. Como aquellas dos monedas de la viuda que, a pesar de tener por aquel entonces un valor ínfimo, hoy tienen para nosotros un valor incalculable porque dos mil años después todavía nos enseñan qué es lo que Dios espera de nosotros: espera que demos, con generosidad, de lo que tenemos y necesitamos, no de lo que nos sobra. Si queremos, cada día del mundo tenemos la oportunidad de hacer esta experiencia y ponerlo en práctica.

Abadia de MontserratDomingo XXXII del tiempo ordinario (7 de noviembre de 2021)

Domingo V de Pascua (2 de mayo de 2021)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (2 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 9:26-31 / 1 Juan 3:18-24 / Juan 15:1-8

 

Si nos preguntáramos cuál es el objetivo final de nuestra existencia, qué hacemos aquí, qué sentido tiene todo… la última frase del evangelio que nos ha sido proclamado podría ser la respuesta: «Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos». Ser discípulos de Cristo y dar fruto, es toda una misión.

Y para explicarlo, hoy el Señor ha usado una de esas imágenes que tanto le gustan, una imagen del mundo rural que todo el mundo puede entender con facilidad: la vid, la cepa y los sarmientos. Es una imagen muy utilizada a lo largo de toda la biblia, porque va muy bien para explicar nuestra relación con Dios. Ya la encontramos en el Génesis donde se explica que Noé, sólo salir del arca, «fue el primero en trabajar la tierra, y plantó una viña» (Cf. Gn 9,20), y a partir de ahí la imagen de Dios como viñador, es utilizada en diferentes ocasiones. Y en el pasaje de hoy se decía que en esta viña quiso plantar una cepa única, especial, «la vid verdadera»: Jesús. Y no sólo eso. Los sarmientos que salen de esta cepa, somos nosotros. «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos», nos decía. Cepa y sarmientos son, en realidad, una misma planta. Y eso quiere decir que todos nosotros formamos parte de Cristo resucitado, nos alimentamos de la misma savia -hemos recibido la misma gracia, y es a través nuestro que la cepa da su fruto. No es cualquier cosa, es una misión y una responsabilidad muy importante: Dios nos ha hecho la gracia de ser sus hijos, con todo lo que ello implica.

Esta imagen también tiene una connotación eucarística. No es casual que Jesús nos dejara el vino como prenda y sacramento en la eucaristía. El vino es el fruto de la vid, es la sangre de Cristo, y esto convierte la eucaristía en la vida de la Iglesia. Domingo tras domingo, cuando la comunidad está reunida con Cristo resucitado en torno a su mesa, es un momento privilegiado para escucharlo, y para tomar conciencia de que nosotros y Cristo resucitado somos uno -estamos unidos en comunión, y formamos parte del mismo cuerpo: el sarmiento es una parte importantísima de la cepa, porque sin ella no daría uva. Nosotros damos fruto en el mundo a través de los dones que Dios ha puesto en cada uno de nosotros. Y es aquí, a través de la oración y del diálogo con Dios que hacemos en el tiempo, cómo podemos irlos descubriendo y desarrollando, para que los podamos llegar a ofrecer como un servicio, como un regalo, como un agradecimiento por todo lo que Dios ha hecho por nosotros.

Hoy, pues, es un buen día para preguntarnos qué frutos damos y cuáles quisiéramos dar. Podemos ignorar nuestros dones, o nos los podemos quedar para nosotros… Pero si queremos ser buenos discípulos de Jesús, estamos llamados a hacerlos crecer, y sobre todo, a darlos. Y por eso siempre nos deberíamos estar preguntando qué puedo hacer yo desde allí donde estoy, o qué hubiera hecho Jesús en mi lugar, ante las situaciones que se nos planteen.

Es un buen momento para recordar la última frase del evangelio con la que empezábamos este comentario: «Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos». Dios desea que seamos sus colaboradores más estrechos, y podemos serlo siguiendo a Cristo. Y si lo hacemos de manera auténtica, llegaremos a identificarnos tanto con Él que seremos una parte de sí mismo, como los sarmientos son las ramas de la vid que le están unidas. Dicho en palabras de la segunda lectura, «Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él»: como los sarmientos en la vid. Así podremos llevar a cabo la misión que Dios ha soñado para nosotros.

Abadia de MontserratDomingo V de Pascua (2 de mayo de 2021)

Domingo II de Adviento (6 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (6 de diciembre de 2020)

Isaías 40:11-5.9-11 / 2 Pedro 3:8-14 / Marcos 1:1-8

 

Seis siglos antes de la venida del Señor, el rey Nabucodonosor conquistó Jerusalén y deportó la población. Fue uno de los peores momentos de la historia de Israel, y los judíos exiliados a Babilonia lo vivieron como una situación trágica: los sacrificios del templo habían cesado, Jerusalén había sido destruida y ellos se sentían completamente abandonados por Dios. Estaban en un país lejano y habían perdido la esperanza ante un futuro incierto. Pero cuando parecía que habían caído en el pozo más profundo, el profeta Isaías les hizo el anuncio gozoso que escuchábamos en la primera lectura: el Señor no les había abandonado sino que perdonaba sus pecados, y cambiaría la historia. Al igual que el antiguo pueblo de Israel había vivido un éxodo y había sido liberado de Egipto, ellos también vivirían un evento de igual trascendencia que les permitiría el retorno a la tierra prometida. « que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, […], la cordillera se volverá una llanura, el terreno escabroso será un valle» era una forma de decir que, fueran cuales fueran las dificultades, el Señor se abriría paso para llevarles la salvación. Y así lo hizo. En otra época no carente de dificultades para el pueblo hebreo que vivía bajo la ocupación del Imperio Romano, el mismo Dios se hizo presente en la figura de Jesús. Del mismo modo que Dios había guiado al antiguo pueblo por el desierto, ahora, encarnándose se pondría al frente de la humanidad para guiarla en su peregrinación desde este mundo hacia la Jerusalén celestial.

Desde aquellos tiempos lejanos en que el antiguo pueblo de Israel recibió las promesas hasta ahora, no ha habido ninguna época que no se haya carecido de dificultades. Y en medio de estas dificultades, el Adviento reaparece cíclicamente cada año para volver a llenarnos de esperanza. Cuanto más evidente se hace a nuestros ojos la imposibilidad de salir de la situación con nuestros propios recursos, más intenso se hace el deseo de la salvación de Dios. Y por eso el mensaje del Adviento siempre nos es motivo de alegría, porque recordamos de nuevo que Dios nos ha prometido que el destino final de nuestro camino es «un cielo y una tierra nueva, en el que habite la justicia», según las palabras de la segunda lectura. Es el destino donde confluyen todos nuestros caminos personales, y hacia el cual ya estamos caminando. Y es el destino que se nos anticipa cada vez que celebramos la Eucaristía, el memorial del Señor, que es prenda de aquel convite eterno al que todos estamos invitados. Allí veremos a Dios cara a cara, mientras que ahora sólo lo podemos hacer a través del velo de la fe.

Pero si todo lo que vemos «se desintegrará», si pase lo que pase Dios nos tiene preparado un destino inmejorable, si el Adviento nos recuerda que el Señor vendrá a nuestras vidas un día u otro y este mismo Señor «no quiere que nadie se pierda »… ¿Cómo hemos de vivir? ¿Es necesario que nos sigamos esforzando? La respuesta es afirmativa: Sí. El profeta nos pedía que abriéramos en el desierto el camino del Señor, y Juan Bautista lo cumplió. Pero a diferencia de ellos, todos los cristianos que hemos venido detrás ya hemos sido bautizados con el Espíritu Santo, y todos hemos recibido la misma misión: debemos abrir caminos al Señor, debemos contribuir a hacer llegar a todos la buena nueva del evangelio. El Señor vino en la carne, volverá al final de los tiempos, y se hace presente en nuestras vidas cada vez que recibimos su palabra o que lo recibimos sacramentalmente como haremos. Pero también cada vez que, haciendo un pequeño gesto, cumpliendo nuestras responsabilidades lo mejor que sepamos, lo hacemos presente en la vida de los demás. Y hacer presente al Señor a través de nuestras obras… ¿no os parece una manera apasionante de hacer el camino de la vida?

Abadia de MontserratDomingo II de Adviento (6 de diciembre de 2020)

Domingo de la XVI semana de durante el año (19 julio 2020)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (19 de julio 2020)

Sabiduría 12:13.16-19 – Romanos 8:26-27 – Mateo 13:24-43

 

Una de las grandes preguntas de la humanidad es el porqué de la existencia del mal. Si Dios es un Padre todopoderoso, que ha creado cosas tan buenas… ¿Cómo es que existe el mal? ¿No podría haber creado un mundo tan perfecto en donde ya no existiera el mal? Y sin embargo, es evidente que en nuestro mundo conviven el bien y el mal, el trigo y la cizaña crecen juntos. Efectivamente, Dios podría haber hecho un mundo completamente acabado y perfecto. Y lo ha hecho. Pero aún no es éste. El mundo en que vivimos no está acabado del todo. Y no lo estará hasta la bienaventuranza eterna, hasta nuestro destino final, que Dios «Enjugará las lágrimas de [nuestros] ojos, y no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor» (Cf. Ap 21). Si en el mundo conviven el bien y el mal, pues, es porque muchas veces nos equivocamos. Y, de hecho, no conviven sólo en el mundo: en realidad, el bien y el mal pueden convivir en el interior de cada uno de nosotros. Por eso el sembrador no tiene prisa en cortar la cizaña: porque sabe que -a diferencia de las plantas, las personas pueden cambiar de cizaña en trigo, y de trigo en cizaña. Y a menudo, muchas veces, a lo largo de la vida.

Este tiempo que el sembrador nos da de margen antes de la siega, es la Eucaristía. Es aquí donde el buen Jesús nos va hablando al corazón de cada uno domingo tras domingo, con paciencia, para que su palabra vaya penetrando en nuestro corazón y lo transforme en buen trigo. Escuchándolo y dialogando con él, tenemos la oportunidad de volver nuestro corazón hacia el Señor, dejar de lado el mal, y dedicar todos nuestros esfuerzos a hacer el bien, como él nos enseña de tantas maneras en el evangelio. Basta con un pequeño gesto, como ocurre con el grano de mostaza, que es «la más pequeña de todas las semillas, pero, a medida que crece, se hace más grande que todas las hortalizas y llega a ser como un árbol». Y tampoco pasa nada si lo que hacemos pasa desapercibido a los ojos de la mayoría: también la levadura escondida que «una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente», acaba haciendo un efecto extraordinario. Lo más importante es que estemos abiertos a dejarnos transformar por su palabra. Como él que transformó el dolor de la muerte en cruz, en el bien de la resurrección a la vida eterna. Y como él transforma el trigo, en el pan de la palabra que nos da fuerzas para hacer el camino.

Las necesitamos, las fuerzas. Porque en el camino tenemos que luchar contra el mal, y si no vigilamos puede que caigamos alguna vez. Pero eso es un trabajo largo que necesita constancia y esfuerzo. Y del evangelio de hoy se desprenden dos enseñanzas que nos pueden ayudar. En primer lugar, que no debemos juzgar a los demás: en la parábola del trigo y la cizaña queda claro que el juicio corresponde sólo a Dios, y al final de los tiempos. Estamos haciendo camino, y por eso todos podemos tener momentos buenos y malos. Y afortunadamente, como decía el Salmo, el Señor es « bueno y clemente, rico en misericordia […] lento a la cólera, rico en piedad y leal». Y nos llena de esperanza ver que da «la ocasión de arrepentirse de los pecados», como decía la primera lectura. Aprovechemos esto. La segunda enseñanza que podemos sacar del evangelio, es que Dios cuenta con nuestra implicación: justamente por eso nos ha hecho a su imagen y semejanza y nos ha dado la libertad; aunque con el riesgo de que, ejerciéndola, podamos caer en el pecado. Por eso, cuando pasamos por momentos difíciles como este tiempo de pandemia que estamos viviendo, más que quedarnos con las preguntas que nos hacíamos al principio tal vez haríamos mejor preguntarnos: «Y ante esta realidad, yo, ¿qué puedo hacer?». Dios cuenta con el esfuerzo de cada uno de nosotros. Y de este esfuerzo personal de cada uno depende de que caminemos en la buena dirección.

Abadia de MontserratDomingo de la XVI semana de durante el año (19 julio 2020)