Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (23 de Març de 2025)
Èxode 3:1-8a.10.13-15 / 1 Corintis 10:1-6.10-12 / Lluc 13:1-9
Hablar de paciencia hoy en día, suena incluso raro. No está de moda. Es una de esas palabras que está lejos de nuestro comportamiento diario y se ha convertido en un auténtico desafío. Nuestro día a día está inmerso en la llamada cultura de la inmediatez y, por tanto, la impaciencia domina nuestras vidas y parece haberse convertido en una auténtica epidemia, provocando que cualquier espera, incluso la más mínima, pone de los nervios al más paciente. Las situaciones son interminables: esperar el ascensor, esperar el tren de Cercanías, esperar «dos minutos» en un semáforo, esperar el turno en la pescadería o en la consulta del médico, esperar al hijo adolescente que ha salido de fiesta por la noche o quedar con alguien que no acaba de llegar nunca, se convierte en una eterna espera, hasta el punto de exasperarnos.
Esperar es casi heroico cuando sólo tiene valor lo rápido, lo inmediato, exigiendo las cosas aquí y ahora, y sin darnos cuenta, nos sentimos atrapados por un activismo compulsivo lamentándonos de «no tener nunca tiempo» para acabar los trabajos. El obsesivo control, asociado a la impaciencia es una manera de hacer que no respeta los procesos que requiere la vida en general y vivimos inquietos, a un ritmo frenético, donde cualquier mínima parada que comporte el devenir natural de las cosas, nos saca de quicio, poniendo muchas veces al límite nuestra salud física y mental.
Sin embargo, actualmente hay autores que hablan del «Elogio de la lentitud». En 1986 nace el llamado Slow Movement, o «Movimiento lento» que empezó en protesta por la apertura de una tienda de fast food «comida rápida», y se creó la organización llamada slow food «comida lenta», una corriente cultural que promueve calmar el ritmo de vida de las personas. Posteriormente se expandió el concepto a otras áreas de la actividad humana. Esta corriente propone tomar el control del tiempo en vez de someterse a su tiranía, dando prioridad a las actividades que mejoran el desarrollo y bienestar de las personas, encontrando un equilibrio entre la utilización de la tecnología orientada al ahorro del tiempo y tomarse el tiempo necesario para disfrutar de actividades como pasear o socializar. Los ponentes de este movimiento creen que, aunque la tecnología puede acelerar el trabajo, así como la producción y distribución de productos y otras actividades humanas, las cosas más importantes de la vida no deberían acelerarse.
Es bueno que, de vez en cuando, nos demos la oportunidad de detenernos a reflexionar sin prisa, poco a poco, y ser nosotros mismos. Distraerse, abstraerse, encantarse, escuchar, mirar, meditar, rezar, pensar, contemplar…, pueden ser palabras poco productivas, pero son ocasiones y momentos privilegiados que nos ayudan a poner orden, priorizar, tomar decisiones, orientar caminos, aprendizajes, o desatascar situaciones complejas.
La paciencia es el ejercicio de la espera y nos facilita la capacidad para tolerar una situación determinada sin experimentar nerviosismo, perder la calma, ni perturbarse, sabiendo tolerar que las cosas pasen de forma natural, sin forzarlas, sin presiones. Nos conviene cultivarla en un mundo impaciente y aceptar que los hechos, y más aún las personas, tienen sus propios «tempos», y que añadiéndoles nuestra prisa y ansiedad no conseguiremos que se aceleren los ritmos necesarios. Si estamos atentos a lo que ocurre en nuestro corazón, nos daremos cuenta de que las realidades importantes son las que necesitan tiempo para construirse y consolidarse: desde la vida humana en el seno de la madre, hasta la tarea educativa de los hijos, pasando por el esfuerzo por conseguir una formación adecuada, o el tiempo para forjar una auténtica amistad y un amor verdadero, el tiempo se convierte en el aliado necesario para edificar pacientemente lo que nos fortalece y consolida.
Dicho esto, podemos preguntarnos, ¿y cómo actúa Dios en el mundo? ¿Cómo actúa respecto a nosotros? Jesús sabe bien que Dios no puede cambiar el mundo sin que nosotros cambiemos. Por eso, se esfuerza en despertar en la gente un cambio de vida: «Conviértete y cree en la Buena Nueva». Va pasando el tiempo y Jesús ve que la gente no reacciona a la llamada. Son muchos los que vienen a escucharle, pero no acaban de abrirse al Reino que predica. Jesús insistirá. Urge cambiar antes de que sea tarde, y es aquí donde explica la parábola de la higuera que no da fruto y no hace sino “ocupar un terreno en vano”. Sin embargo, el viñador no la corta ni la destruye. Por el contrario, la cuida aún más, y le da una nueva oportunidad, esperando que un día dé frutos.
Así es la paciencia de Dios. Una paciencia que nos invita a regresar a Él, respetando el tiempo que tenemos para dar los frutos que espera de nosotros. Después de veinte siglos de historia, sigue esperando un cristianismo más vigoroso y fecundo. La parábola de Jesús no deja de ser inquietante, pero a relata para provocar nuestra reacción. ¿Por qué una higuera sin higos? ¿Por qué una vida estéril y sin creatividad? ¿Por qué una religión que no cambia nuestros corazones? ¿Por qué un cristianismo o un culto sin fuerza ni vigor, incapaz de transformar nuestras vidas? ¿Por qué llamarnos cristianos, si a los ojos de quienes no lo son no dejamos de ser una higuera estéril? A pesar de reconocer los frutos generosos de muchos cristianos, Jesús no explica parábolas para asustar o angustiar.
Cada Cuaresma somos invitados a convertirnos, a hacer lo que nos cuesta tanto poner en práctica y no olvidar que somos lo que somos gracias a la paciencia de quienes nos aguantan y gracias a la paciencia amorosa de Dios que «ha venido a buscar y a salvar lo perdido» para que tengamos plena comunión con Él.
Última actualització: 24 marzo 2025