Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat de (25 de enero de 2026)
Isaías 8:23b-9:3 / 1 Corintios 10-13.17 / Mateo 4:12-23
Hermanos y hermanas,
Pensando en el evangelio que nos acaba de proclamar el diácono, me he dado cuenta de que destacan dos temas principales. Por un lado, el tema de la luz; por otro, el tema del seguimiento, ambos, sin embargo, con un mismo objetivo: la conversión, porque el Reino de Dios ya está en medio de nosotros.
En cuanto a la luz, la descripción que san Mateo nos da de la aparición pública de Jesús va precedida por el recuerdo de Juan Bautista, que había sido encarcelado y silenciado, y también por el hecho de que Jesús dejó Nazaret y se trasladó a Cafarnaúm, cerca del lago de Galilea. Es como si el evangelista quisiera decirnos esto: que, si la voz del Bautista se había apagado, ahora empezaba a escucharse una nueva voz: la de Jesús, que anuncia una nueva vida para todos aquellos que vivían rodeados de tinieblas, haciendo eco del profeta Isaías que hemos proclamado en la primera lectura.
Jesús es la luz que ilumina. Una luz que nos invita a no dejarnos atrapar por las redes de la comodidad y de la desilusión. Una luz que nos dice que, bajo el mal que parecen invadirlo todo, se encuentran la bondad y el compromiso de Dios a favor de toda la humanidad. Esta luz, sin embargo, no nos evita tomar decisiones; más bien nos permite avanzar, aunque a menudo tengamos que hacerlo a tientas, porque —como hemos cantado en el salmo responsorial— “El Señor me ilumina y me salva: ¿quién me puede hacer temer?” (Sal 26,1).
Jesús, el hombre-Dios, vivió y murió enseñándonos que es posible vivir de otra manera, que es posible salir de la oscuridad. Y esta es la buena noticia para todas las generaciones. Una noticia que encontramos resumida en la primera palabra de su predicación: “Convertíos, porque el Reino de Dios ya está cerca de vosotros”. Es decir: el día de vuestra liberación ya está aquí; la luz, aunque tenue, ya brilla en medio de vosotros.
Cuando pasamos al segundo tema, el del seguimiento, vemos a Jesús caminando junto al lago de Galilea. Allí encuentra a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al agua. Después encuentra a Juan y a Santiago, hijos de Zebedeo. A todos ellos los llama para que lo sigan. Y ellos, dejando redes y barcos, lo siguieron.
En el Evangelio, la llamada que Jesús dirige a hombres y mujeres de todos los tiempos es clara y directa: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. Y es importante darnos cuenta de que esta llamada no llega fuera de la vida, sino en medio mismo de la vida cotidiana. Por eso necesitamos vivir el presente como un tiempo y un espacio llenos de Dios, más allá de nuestra tibieza, pero también más allá de nuestras seguridades y proyectos.
Quien sigue a alguien se identifica con él: con su pensamiento y, sobre todo, con su manera de vivir. Por eso, seguir a Jesús significa aceptar un destino que, aquí y ahora, sigue siendo incierto y exigente, como lo fue el del Maestro. El discípulo —nosotros—, cada uno en su tiempo y en su lugar, está llamado a ser otro Cristo.
Hermanos y hermanas, en todos los tiempos, en el de Jesús y en el nuestro, resuena la misma llamada: ¡venid conmigo! El mismo Espíritu que abrió los ojos de Pablo en Damasco es el que hoy quiere abrir nuestros corazones a la unidad. La luz de Cristo no se divide: es una sola, como única es la esperanza a la que estamos llamados.
Que la celebración de la Eucaristía nos ayude a descubrir esta luz que ya brilla en medio de nosotros, y nos ayude a ser fieles a la llamada recibida: ¡convertíos, porque el Reino de Dios ya está en medio de vosotros!
Última actualització: 25 enero 2026

