Fiesta del Tránsito de Sant Benito (21 de marzo de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (21 de marzo de 2022)

Génesis 12:1-4 / Filipenses 4:4-9 / Juan 17:20-26

 

¿Es bueno, queridos hermanos y hermanas, y monaguillos tener éxito en la vida? Negarlo sería realmente colocarse muy a contracorriente de un mundo que nos motiva constantemente a tenerlo. Un mundo que nos dice coloquialmente: ¡Has triunfado! Cuando algo nos ha salido especialmente bien. No sería normal que en vez de apoyar esta actitud pensáramos que es mejor fracasar. El problema es seguramente lo que creemos que es nuestro éxito, nuestro triunfo. ¿Es ganar uno de estos concursos tipo “operación triunfo” o “Gran hermano”? ¿Es conseguir jugar en uno de los mejores equipos deportivos o ser como una estrella de la música? Muchos en nuestro mundo considerarían que todo esto es lo máximo del éxito, y que más que eso es imposible. Entonces, por qué tantas personas que triunfan de esta forma muchas veces no son felices. ¿Por qué algunas aparecen públicamente algún tiempo después de haber logrado ese éxito y no tienen nada que ver con esos triunfadores tan admirados en su día?

He empezado esta homilía con estas palabras porque encontramos en la liturgia de hoy a tres personajes que también tuvieron éxito. ¡Un poco diferente de los ejemplos que he puesto! No sólo lo tuvieron, sino que de alguna manera todavía lo tienen hoy, ya que les recordamos, leemos y pensamos que lo que hicieron sigue siendo importante, a pesar de haber pasado un tiempo casi incontable.

¿Abraham tuvo éxito? Quién puede dudarlo, es el padre de tres religiones muy importantes del mundo: el judaísmo, el islam y el cristianismo. Pero Abraham vivió mucho tiempo de su vida muy lejos de sentirse una persona que triunfa. Le faltaba algo tan importante en su cultura como tener hijos y también carecía del objetivo que se había propuesto, obedeciendo la voz de Dios, cuando dejó su tierra: tener un lugar estable donde vivir. Sin embargo, tenía fe, creía en Dios y no abandonó sus objetivos. Fracasar viene de una palabra latina que significa romperse. Un fracasado es alguien quebrado, alguien que ya no puede conseguir sus objetivos porque se ha roto. Abraham nunca llegó a romperse, sino que acabó recibiendo la promesa que tendría incluso de lo que carecía: tierras e hijos e hijas. Gracias a su confianza, tuvo uno de los mayores logros que se pueden tener en la vida: que tu nombre esté asociado al bien, a la buena suerte, a que todos los demás también les vayan bien las cosas cuando te recuerden. Esto significa que tu nombre sirva para bendecir. Permitidme añadir todavía una cosa. En vida, Abraham gozó muy poco de su éxito: de esta gran descendencia prometida sólo pudo ver a dos hijos y es que a veces, como ha pasado por ejemplo a muchos artistas, la fama y el éxito te llegan después de muerte.

En la segunda lectura, encontramos el segundo triunfador de la liturgia de hoy: San Pablo. Alguien que pueda decir: Pon en práctica lo que de mí ha aprendido y recibido, visto y oído. Y el Dios de la paz estará con vosotros, es alguien que seguramente se siente muy seguro de la vida y de todo lo que quiere decir y comunicar y exhorta a sus seguidores a imitarle. Yo nunca me atrevería a decir algo parecido, decir que si alguien me imita obtendrá la paz de Dios, pero claro: yo no soy San Pablo. Él no llegó aquí por casualidad, sino después de haber vivido, de haber cambiado profundamente lo que creía, es decir, de haberse convertido a Jesucristo, de eso tan cuaresmal y de haber reflexionado y escrito tanto, que todavía hoy no deja de inspirarnos y de ser leído en millones y millones de celebraciones en todo el mundo, casi todos los domingos, sino todos los días. Y su éxito fue ver crecer a la Iglesia. Ver que muchos le escuchaban y se convertían como él a la fe en Jesús. Un éxito que no le ahorró morir mártir, que le asesinaran por su fe.

El tercer personaje de hoy no sale en las lecturas, pero es precisamente el santo que conmemoramos. Nuestro padre San Benito. También tuvo éxito, aunque los doce monasterios que fundó y la influencia de la Regla que él pudo constatar mientras vivía, nada tienen que ver con la importancia que ha tenido su magisterio para tantos miles de monjes durante los quince siglos posteriores. El éxito de San Benito también se fundamenta en haber seguido profundamente las intuiciones de su corazón. De haber hecho en la vida lo que sintió que Dios le pedía hacer. Y esto lo hizo un día tras otro. El éxito a veces, me parece a mí, no es un momento de gloria y admiración, sino poder mirar tu vida y sentirte tranquilo. Y, sobre todo, que lo que haces pueda inspirar a alguien.

Muchos se habrán fijado a menudo que al final de la carretera que llega a Montserrat hay una columna de piedra con la inscripción Pax vobis (la paz sea con vosotros). Algunos monjes tienen todavía la costumbre de poner al principio de las cartas que escriben la palabra Pau, o pax en latín. Es hermoso que se nos asocie con la paz. Hoy, fiesta del tránsito de San Benito, es un buen día para los monjes benedictinos y para todos los que siguen y se inspiran en la espiritualidad de la Regla, muy especialmente los oblatos, para seguir viviendo la vida como un camino propuesto a aquel que busca la paz, y la primera paz a buscar es la del propio corazón, la que a través de la humildad nos reconcilia con nosotros mismos y nos hace así más capaces de relacionarnos con los demás. No dudo que éste es un reto que compartimos todos los monjes y que quizás nos dé un cierto éxito, una plenitud en nuestra vida. Pero reclamarnos hombres de paz también debe hacernos hombres de oración por la paz. Llevamos casi un mes en guerra en Europa. La semana pasada pudimos acoger a cuatro mujeres y dos niñas y un niño ucranianos: estos se llamaban Slata, Maria y Max, que pasaron una noche en Montserrat camino de sus lugares de acogida. Eran de la misma edad que vosotros, escolanes. Os digo que costaba comprender cómo era posible que aquella gente hubieran tenido que huir de las bombas. Os lo digo de una manera tan concreta para pediros también a vosotros que nos unimos para orar por la paz, hoy en la fiesta de Sant Benet. Quizás cuando le cantáis a la Virgen María a la Salve, Illos tuos misericordes oculos ad nos converte, podéis pensar en toda la gente que no tiene paz.

Ojalá nuestro éxito en la vida pueda ser el de quienes promueven la paz y el entendimiento, porque esto es lo que Dios quiere para la humanidad y lo que Jesucristo nos pidió que hiciéramos y así podamos todos, viviendo así, inspirar también a otros una vida de bondad, de cariño y de sabiduría, una vida de comunión con Dios y con los demás como nos pedía el evangelio de hoy.

 

Abadia de MontserratFiesta del Tránsito de Sant Benito (21 de marzo de 2022)

Domingo III de Cuaresma (20 de marzo de 2022)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (20 de marzo de 2022)

Éxodo 3:1-8a / 1 Corintios 10:1-6.10-12 / Lucas 13:1-9

 

Estimados hermanos.

En el evangelio de hoy, le explican a Jesús la noticia trágica de unos galileos asesinados por orden de Pilato, gobernador romano de Judea. Eran los galileos gente que toleraban mal el yugo de los romanos. Pilato supo que unos galileos habían promovido un revuelo en el mismo templo mientras estaban allí ofreciendo sacrificios. Y dispone la brutal represión de la policía romana. Jesús está informado de la actualidad de su tiempo, pero sin dejarse arrastrar por ella. Ante este suceso, por lamentable que pudiera ser para la conciencia nacional de los judíos, Jesús considera que aquello no era lo “verdaderamente real”. Jesús se coloca en una perspectiva más elevada, diríamos, de eternidad. Es el equilibrio de estar en el mundo sin ser del mundo. Quizás así podamos entender la dureza de la frase que Jesús ha repetido dos veces: Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera. No se trata tanto de una amenaza como del interés de Jesús por la salud, para la salvación de nuestra alma. Nos está invitando a la conversión, a la penitencia.

La Cuaresma está, entre otras cosas, para animarnos a dar un paso atrás y contemplar lo que ocurre desde la perspectiva de la eternidad. Por tanto, lo que contemplamos en Cuaresma es la última realidad. No para desvincularnos de lo que ocurre a nuestro alrededor, en absoluto. Sino por encuadrarlo en esta realidad última. Fácilmente vivimos inmersos en una catarata de noticias como espectadores que contemplaran un cuadro impresionista tan de cerca que sólo vieran manchas sin sentido alguno. La Cuaresma nos llama a escapar por un tiempo de este revuelo cambiante y pasajero y contemplar las verdades últimas, las esenciales, las que no cambian, las que constituyen nuestro destino y la razón de todo lo demás. El Evangelio de hoy nos invita a recordar, en medio del trasiego de las crisis y las alarmas, de la presente y alarmante actualidad, que Cristo es el Señor de la Historia. Un señor de misericordia que tiene paciencia y deja al hombre, a todos nosotros, un tiempo para la conversión.

De ahí surge la conciencia de que nuestra vida personal, en algún aspecto, no puede considerarse justa, que debemos cambiar algo. En la Cuaresma, Dios nos invita a cada uno de nosotros a dar un cambio de rumbo a nuestra existencia, pensando y viviendo según el Evangelio, corrigiendo algunas cosas en nuestra forma de orar, de actuar, de trabajar y en las relaciones con los demás. Jesús nos sugiere estas cosas, no con una severidad sin motivo, sino precisamente porque está preocupado por nuestro bien, nuestra felicidad, nuestra salvación.

Por nuestra parte, debemos responder con un esfuerzo interior sincero, pidiéndole que nos haga entender en qué puntos en particular debemos convertirnos. No es un camino complicado, es dejarse querer por Dios y responder a ese amor con nuestra vida. Por eso la conversión no depende de nuestras cualidades, ni de nuestro voluntarismo, sino de darse cuenta del gran amor con el que se nos ama.

Recemos al Inmaculado Corazón de María santísima, que nos acompaña en el itinerario cuaresmal, para que ayude a cada cristiano a volver al Señor de todo corazón. Que sostenga nuestra decisión firme de renunciar al mal y de aceptar con fe la voluntad de Dios en nuestra vida.

 

Abadia de MontserratDomingo III de Cuaresma (20 de marzo de 2022)

Domingo II de Cuaresma (13 de marzo de 2022)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (13 de marzo de 2022)

Génesis 15:5-12.17-18 / Filipenses 3:17-4:1 / Lucas 9:28b-36

 

Estimados hermanos y hermanas:

Este segundo domingo de Cuaresma nos es un llamamiento a la conversión y a un seguimiento más intenso y más firme de seguir a Jesucristo, nuestro Salvador. Jesús, que tenía una gran predilección por las montañas, por contemplar el Sol que viene del cielo. Aquí, en Montserrat, cada día, las grandes salidas de Sol son siempre diversas y espléndidas, y las más discretas puestas de Sol entre las montañas siempre son de postal. Maravillas, que, día tras día, son irrepetibles, únicas y distintas. Como decía el Padre Basili Girbau, último monje ermitaño de Montserrat: «De película y gratis».

Entre las diversas montañas del Nuevo Testamento encontramos la de las Bienaventuranzas, la montaña de las Tentaciones o de la Cuarentena del pasado domingo en Jericó. La montaña de los Olivos, el gran macizo del Hermon en Cesarea de Filipo, la cordillera de Jerusalén y la montaña de hoy, el Tabor, que domina toda la llanura Jezrael. En su cima (590 metros) se encuentra la gran Basílica de la Transfiguración y los restos de un Monasterio Benedictino antiquísimo (s. VII).

En el Evangelio que hoy hemos escuchado al Señor que invita a subir y a rezar en la montaña a tres de sus discípulos de mayor confianza: San Pedro y los Hijos de Zebedeo, Santiago el Mayor y su hermano Juan, el discípulo amado. San Pablo los reconoce como columnas de la Iglesia (Gal 2:9) y son los mismos que velarán en el huerto de Getsemaní en la noche de su Pasión (Mt.26: 36ss.).

Jesús subió a la montaña para rezar y fue en oración que se volvió su vestido blanco como la nieve, y su rostro resplandeciente y luminoso como “Aquel Sol que viene del Cielo”. La Transfiguración nos invita a contemplar, en adelante, la Gloria y la Majestad de Jesús Resucitado Viviente y Glorioso para siempre. Él es nuestro Redentor y nuestra Salvación. Como nos dice San Pablo, en la segunda lectura de hoy: «Jesucristo, el Señor, transformará nuestro pobre cuerpo para configurarlo en su cuerpo glorioso» (Fl.3.17ss).

Nuestra vida terrenal es como una montaña muy alta, que hay que coronarla… Que no significa allanarla, que no quiere decir destruirla, porque nuestra vida humana tiene siempre mucho VALOR, desde el primer momento hasta el final. A medida que vivimos, en el día a día, nos transformamos físicamente con el paso de los años. Un paso del tiempo a lo largo del cual no hay que desfallecer en el camino de subida, de la vida creciente. Debemos tener los ojos renovados para contemplar como un niño, un niño, la salida del Sol que siempre es gratis, diferente y esplendorosa. Necesitamos ahora, más que nunca, en este tiempo de guerra y de pandemia, subir de nuevo a la montaña de la vida con más Amor y salir de la Ciudad, de la Tierra Baja, de nuestro personalismo, de nuestro Yo y del nuestro Tener… Preguntarnos ahora, sinceramente: en nuestro corazón, ¿hay lugar para hacer una pequeña Transfiguración, -Configuración con Jesús, ahora y aquí? Pero, con sinceridad, vivimos demasiado acelerados. Demasiado estresados. Las redes sociales piden movimiento, rapidez, fotos, tuits y mensajes. Si interactúas existes; sino, no eres nada. ¿Somos realmente felices con tanta tecnología? La conversión, seguir a Jesús, es como escalar una montaña alta, que supone mucho esfuerzo subirla, pero, sí, ahora más que nunca, vale la pena construir una casa en la cima, para estar cerca de Dios y rezar con Él, Moisés y Elías, que son testimonios vivos que conversan y hablan con Jesús, representan la Ley y los Profetas, son la Palabra de Dios hecha letra y norma de Vida.

La Teofanía, la Voz del Padre, de la nube, es como en el bautismo de Jesús en el río Jordán (Lc.3:21ss) o en la montaña Santa del Sinaí, es una Manifestación que ratifica la Palabra Dios: “Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadlo”. San Benito dice a los monjes: “Escucha, hijo, las prescripciones del Maestro, inclina el oído de tu Corazón” (Prólogo a la suya de Regla).

Cada uno de nosotros debe valorar, dentro de su Corazón, si permanece demasiado en el valle, sin nunca subir a la montaña, y no ver nunca la salida del Sol que viene del Cielo, o bien, si permanece siempre arriba, en la cima, como quería San Pedro. Nosotros hoy nos encontramos en lo alto de la Montaña de Montserrat, celebrando la Eucaristía. Sobre la cima del Altar, Cristo estará presente en su Cuerpo y su Sangre, Transfigurado para todos nosotros cristianos. Digamos como San Pedro: “Maestro, que bien estamos aquí arriba”, bajo los pies de Santa María.

Abadia de MontserratDomingo II de Cuaresma (13 de marzo de 2022)

Domingo I de Cuaresma (6 de marzo de 2022)

Homilía del P. Bernat Juliol, Prior de Montserrat (6 de marzo de 2022)

Deuteronomio 26:4-10 / Romanos 10:8-13 / Lucas 4:1-13

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

La semana pasada, con la celebración del Miércoles de Ceniza, iniciamos una nueva Cuaresma. Un período de cuarenta días en que Dios nos llama a la conversión y con el que nos preparamos para la celebración de la Pascua de la Resurrección de Cristo. La Cuaresma es imagen tanto de los cuarenta años de travesía del desierto por parte del pueblo judío, como de los cuarenta días en los que Jesús estuvo en el desierto y fue tentado por el diablo.

La primera lectura, correspondiente al libro del Deuteronomio, nos evoca la fuga de Egipto por parte de los israelitas. El pueblo de Israel vivía oprimido y esclavizado hasta que un hombre, Moisés, fue capaz de liberarlo, de cruzar el Mar Rojo y de conducirlo durante cuarenta años por el desierto camino de la Tierra prometida que mana leche y miel. Allí en el desierto, el pueblo tuvo que sufrir pruebas y tribulaciones, pero la ayuda de Dios nunca les faltó.

La lectura del evangelio según san Lucas que nos ha sido proclamada, nos evoca la segunda prefiguración de la Cuaresma: las tentaciones de Jesús en el desierto después de su bautismo. Allí, en el desierto, Jesús fue tentado por el diablo durante cuarenta días. Sin embargo, Jesús resultó triunfante de las maquinaciones del enemigo y, tras superar las dificultades, fue servido por los ángeles.

De acuerdo con lo dicho hasta ahora, podemos decir que la Cuaresma queda configurada por cuatro elementos: el desierto, la prueba, la conversión y el triunfo.

El desierto. Tanto los israelitas al salir de Egipto, como Jesús después del bautismo del Jordán, se van al desierto. El desierto puede evocarnos una cierta desesperación, pero la verdad es que se convierte en el lugar propicio para la reflexión. En el desierto no podemos llevarnos cosas superfluas, sólo lo estrictamente necesario. Si no lo hacemos así, el peso de la mochila nos va a impedir avanzar. Es por eso que la Cuaresma debe servirnos para revisar los fundamentos de nuestra vida, aquello sin lo cual nuestra existencia no tiene sentido.

La prueba. En el desierto se encuentran las pruebas. Los israelitas tuvieron que poner a prueba, una y otra vez, su confianza en el Señor. ¿Por qué –se preguntaban– el Señor les había conducido a los sufrimientos del desierto? ¿Era ésta la libertad prometida? Igualmente, Jesús, el Hijo de Dios, se vio tentado por el diablo. Nuestra vida, y nuestra vida como cristianos, no siempre es fácil. Las dificultades de todo tipo están a la orden del día. Desde hace dos semanas estamos presenciando en Ucrania una guerra fratricida y totalmente injusta, que también puede hacernos preguntar: ¿por qué Dios permite todo esto? En medio del desierto no oímos la voz Dios.

La conversión. Pero a pesar de todo, Dios está; Dios nunca nos abandona. Pero debemos convertirnos y perseverar. Quien persevere hasta el fin se salvará, nos dice el Señor. Aquí está uno de los puntos centrales de la Cuaresma: la conversión. Nunca oiremos la voz de Dios si no somos capaces de mirar hacia donde está él. Dios pasa por nuestras vidas, no podemos tener ninguna duda. El problema no es que ocurra o no pase, sino que el problema es si somos capaces de reconocerlo cuando ocurre. Debemos convertirnos para saber mirar al mundo no sólo con la mirada natural sino con los ojos de la fe.

El triunfo. La experiencia del desierto del pueblo judío termina con la llegada a la Tierra prometida, esa tierra que Dios había prometido a Abraham y que sería donde el pueblo se haría más numeroso que los granos de arena del mar o que las estrellas del cielo. Por otra parte, las tentaciones de Jesús en el desierto también terminan con el triunfo del Señor. Después de que Jesús no cayó en ninguna de las trampas, el diablo agotó las diversas tentaciones y se alejó del Señor.

El camino que Jesús nos propone es un camino que nos lleva hacia la cruz, sí, pero no se detiene aquí, sino que llega hasta la victoria final de la resurrección. El desierto, las pruebas y la conversión no son instrumentos espirituales que nos conducen a la cruz, sino que la traspasan. Nuestro camino como cristianos no nos lleva a la oscuridad sino a la luz. La última palabra nunca la tienen la oscuridad, la muerte o la cruz, sino que siempre la tienen y la tendrán la luz, la vida y la resurrección.

Hermanos y hermanas, el libro del Deuteronomio nos hablaba de una cesta con las primicias de los frutos de la tierra. La Eucaristía que estamos celebrando es esta cesta de los frutos de vida eterna que estamos buscando. Que el pan y el vino nos sean alimento en este camino cuaresmal.

 

Abadia de MontserratDomingo I de Cuaresma (6 de marzo de 2022)

Sábado después de ceniza (5 de marzo de 2022)

Homilía del Cardenal Cristóbal López, Arzobispo de Rabat (5 de marzo de 2022)

Isaïes 58:9b-14 / Lluc 5:27-32

 

En este tiempo de Cuaresma, la Palabra de Dios se dirige a nosotros como se dirigió a Leví, que después fue el apóstol Mateo. Jesús nos dice también a nosotros: «Sígueme». Y a nosotros nos toca hacer las tres cosas que hizo Mateo: dejarlo todo, levantarnos y seguirle. Este llamamiento y esta respuesta es para todos, aunque cada uno deba vivirlos de acuerdo con su situación personal. Muchos de los que estamos aquí lo hemos hecho en la vida religiosa, pero otros lo han hecho en el matrimonio y en la familia.

Todos somos invitados a dejarlo todo, como quien encuentra un tesoro en un campo y lo vende todo para quedarse con el campo. Todos estamos llamados a levantarnos: sí, a levantarnos de nuestra mediocridad, de nuestra postración y de nuestro desánimo, a levantarnos de nuestra comodidad y de nuestro egoísmo. Levantarse es resucitar, es vivir de nuevo, y vivir en plenitud. Todos estamos llamados a seguir a Jesús. Y seguirle implica imitarle, vivir como Él, identificarnos con él, amarle.

Hoy Jesús, a través del profeta Isaías, nos arroja un desafío muy concreto y nos dice:

“Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y satisfagas el hambre del indigente, se llenará de luz tu oscuridad, y tu atardecer será claro como el mediodía”. En este mundo donde desgraciadamente la violencia y la guerra, la opresión y las amenazas, el hambre y la pobreza están demasiado presentes, el Señor nos pide que reaccionemos, que hagamos algo: partir el pan con el hambriento, desterrar de nosotros el gesto amenazante y la maledicencia.

La Cuaresma es tiempo de conversión. La Palabra de Dios nos da hoy pautas concretas para convertirnos. ¿Cómo debemos hacerlo para que nuestra luz brille en las tinieblas y nuestra oscuridad se vuelva mediodía?

Podemos entenderlo con una pequeña historia. Un hombre sabio, que tenía muchos discípulos, quiso transmitirles una enseñanza poniéndoles la siguiente cuestión: ¿Cuándo se puede decir que la noche ya ha terminado y el día ya ha comenzado? ¿Cuál es la línea divisoria entre la noche y el día? Un primer discípulo aventuró una respuesta diciendo: Cuando de lejos veo un árbol, y puedo distinguir si se trata de un manzano o de una higuera, significa que ya es de día. El maestro no dio la respuesta por válida.

Otro joven se lanzó diciendo: Cuando de lejos veo a un animal de cuatro patas y puedo distinguir si se trata de un burro o de un caballo, entonces podemos considerar que ya es de día y que la noche ya ha terminado. Tampoco el profesor validó la respuesta. Dinos, pues, oh sabio, ¿cuál es la buena respuesta? Cuando de lejos ves venir hacia ti un ser humano y no descubres a un hermano y no lo recibes como tal, es de noche en tu corazón, aunque el reloj marque mediodía y el sol brille en todo su esplendor. Pero si reconoces en todo aquél que se te acerca a un hermano, entonces el día ya ha empezado en tu vida, aunque sea medianoche.

El camino para que el día de la felicidad reine en nosotros y en toda la humanidad, es el camino de la fraternidad universal. Todos hermanos, hijos de un mismo Padre que es Dios, hacemos del mundo una sola familia donde Jesús sea nuestro hermano mayor, nuestro Señor, nuestro Salvador.

Yo os deseo a todos un buen camino cuaresmal, pero os deseo aún más una Pascua de Resurrección que sea de verdad Pascua de paz, de fraternidad y de amor.

 

Abadia de MontserratSábado después de ceniza (5 de marzo de 2022)

Miércoles de ceniza (2 de marzo de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (2 de marzo de 2022)

Joel 2:12-18 / 2 Corintios 5:20-6:2 / Mateo 6:1-6.16-18

 

Convertíos. Ésta es la palabra que escuchamos por encima de todas las demás en la liturgia de hoy. Convertíos con todo tu corazón, convertíos al Señor, convertíos y creed en el Evangelio, por citar sólo aquellas que literalmente contienen el verbo convertir porque la idea todavía aparece más veces.

Convertir en su significado más normal significa transformar una cosa en otra, darle la vuelta. Su significado más antiguo y básico sería cambiar. Este es el grito del miércoles de Ceniza, éste es el grito de toda la Cuaresma: ¡cambiad! Transformaos, giraos. Para que todos estos verbos tengan sentido necesitamos evidentemente saber de qué a qué debemos cambiar. Éste es en el fondo, el camino que debemos recorrer durante todas estas semanas, quizás durante toda nuestra vida de creyentes: tomar conciencia de dónde estamos y adónde vamos. No avanzaremos sólo en este itinerario. Sabemos que caminamos siempre bajo la mirada de Dios. En el evangelio, hemos escuchado cuatro veces el verbo ver, mirar, dos referidas a Dios y dos referidas a la gente. Permítanme que utilice la imagen de esta mirada para explicarme.

Para averiguar de dónde somos y adónde vamos necesitamos primero una mirada sobre nosotros mismos. La liturgia de hoy no es muy optimista. Pone de relieve más bien toda la oscuridad, todo el pecado, todo lo que no hacemos bien y nos invita a ser conscientes de ello, ya que éste es el primer paso para transformarlo. Esto lo digo pensando sobre todo en los escolanes: hace años, antes de que nacierais vosotros, un predicador hizo una homilía un miércoles de Ceniza y habló mucho de ordenadores, de sistemas operativos y de informática. Durante algunos años, a este predicador que no es ningún monje de nuestra comunidad pero que viene de vez en cuando, los escolanes le decían el antivirus, porque de su homilía del miércoles de Ceniza, que queda claro que escuchasteis muy atentamente, recordasteis esta idea. No escuché la homilía porque ese año yo estaba en Roma, y ​​no sé si repetiré lo que él dijo, pero en todo caso me ha parecido que podéis entender bien qué es la cuaresma con este ejemplo. Cuando nos miramos a nosotros mismos -es como si miráramos nuestro ordenador, nuestro ipad, el móvil y viéramos que no funciona perfectamente. ¿Quizás un virus, quizás alguna aplicación no actualizada? Primero debemos pasar uno de esos programas que te dicen que lo limpian y luego seguramente deberemos instalar un antivirus o descargarnos algunas actualizaciones. Esto es lo que quiere Dios. Que miremos qué no funciona, es decir dónde estamos, y a base de algunas prácticas, la oración, la ayuda a los demás y renunciar a algunas cosas que nos gustan, que tendrán que hacer de antivirus, intentamos ser mejores, intentamos ir hacia donde Dios quiere que vayamos. Es decir que nuestro ordenador funcione perfectamente, que nosotros como personas, también amemos y trabajemos por los demás al cien por cien. Ya os aviso que todo esto a veces es más lento que simplemente instalarse un programa o descargarse una aplicación. ¡Quienes no sois escolanes, estoy seguro de que también lo habéis entendido perfectamente!

La ceniza en la cabeza era un signo de estar de luto. De estar tristes. Nos la ponemos hoy en este sentido de mirarnos a nosotros mismos y reconocer que no podemos estar del todo satisfechos con nosotros mismos y que necesitamos transformarnos en el camino del Evangelio, que es el camino señalado por Jesús y por todas sus enseñanzas.

Esta mirada individual es la que domina más hoy, ya que cada uno es responsable de su vida y de sus acciones y la llamada que oímos hoy va muy dirigida a cada uno en concreto, de una manera muy personal. Pero también existe una mirada colectiva. Todos somos solidarios. La Guerra de Ucrania, por su proximidad, nos hace realmente reflexionar sobre la humanidad, sobre cómo es posible todo esto que hemos visto y escuchado estos días. Si miramos, ya no a nosotros mismos, sino con una mirada colectiva a Europa y al mundo, no nos gusta dónde estamos, no nos gusta nada. Naturalmente no nos gusta la invasión, y tampoco vemos tan clara tan limpia y tan libre de intereses las respuestas. ¿Nos queda claro que las personas y las vidas son lo más importante? Aquí es donde deberíamos ir y no es ciertamente dónde estamos. El Papa Francisco ha llamado a solidarizarnos todos por la paz, con las prácticas cuaresmales de siempre: la oración, el ayuno y la ayuda. Los sacerdotes de la primera lectura lloraban entre el vestíbulo y el altar, como cantaremos ahora en el motete del ofertorio: Inter vestibulum et altare plorabunt sacerdotes…, ¿por qué lloraban? Por el pueblo, por el mundo. Qué buen ejemplo para nosotros. La situación de Ucrania puede ser un toque de atención a tantas otras situaciones mundiales donde las personas no están en el centro. Llorar es el fruto de ver dónde estamos con preocupación, pero de ahí debe venir la fuerza de conformarnos, no el mundo tal y como está, sino querer cambiarlo, darle la vuelta incluso. Nuestra transformación colectiva debería ir en esa dirección, poner a los seres humanos y la preservación de la tierra en el centro.

¿Cómo debe ser esa mirada individual y colectiva? Deberíamos mirar cómo mira Dios. Dios no mira ni se queda dónde estamos, Dios mira adónde vamos. Mejor aún: Dios ve allá donde podemos llegar. Dios es benigno y entrañable, lento para el castigo, rico en el amor. Dios abre siempre la perspectiva de un futuro mejor. Y además esa mirada de Dios es auténtica como nos dice el Evangelio. Ve la realidad de nuestros corazones. No mira cómo mira la gente. Dios nos dice muy claramente que esta transformación a la que nos invita cada Cuaresma no es para exhibirla, es para que sea real, en el corazón y en la vida de cada uno y de todos. Pongámonos a ello con toda la sinceridad.

 

 

Abadia de MontserratMiércoles de ceniza (2 de marzo de 2022)

Domingo VIII del tiempo ordinario (27 de febrero de 2022)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (27 de febrero de 2022)

Sirácida 27:4-7 / 1 Corintios 15:54-58 / Lucas 6:39-45

 

Estimados hermanos y hermanas,

El texto del evangelio que nos acaba de proclamar el diácono es la continuación del fragmento que leímos el pasado domingo. Si lo recordáis, Jesús explicitaba que el alcance del amor llega hasta amar a los enemigos, al tiempo que espoleaba a sus discípulos a ser compasivos como lo es el Padre del cielo, ya que el juicio de Dios será en función de la medida que cada uno haya hecho a sus hermanos.

El texto de hoy, en cambio, no contiene, como en otras ocasiones, ninguna alusión ni a la fidelidad espiritual ni a la recompensa o el juicio en el mundo futuro. Se trata de un texto empapado de sensibilidad humana, de experiencia vivida, de valoración «desde el corazón». Un texto que nos hace dar cuenta de que, en nuestra historia, tanto la personal, como la colectiva, el corazón, y el amor que se deriva, es el único espacio, el único lugar desde el que podemos hacer la experiencia de nuestra filiación divina y nuestra experiencia de fraternidad.

Siguiendo los tres apartados del texto: el ciego que es guiado por otro ciego, la astilla y la viga y el árbol que da buenos o malos frutos, hay tres palabras que nos pueden guiar en nuestra reflexión: discípulo-maestro, como una unidad; hermano y bondad.

¿Quién es un discípulo? El discípulo es aquel hombre y aquella mujer, que, habiendo oído la llamada de Jesús, se adhieren, desde el corazón, a su persona ya su mensaje. El discípulo es aquél que quiere hacer el camino de Jesús, para identificarse con él y darse a los demás hasta donde sea necesario. La imagen gráfica de un ciego guiando a otro ciego, nos da la clave para entenderlo. Las instrucciones de Jesús, las instrucciones del maestro, van dirigidas al corazón y no a la cabeza. Por eso es necesario que el discípulo se conozca antes a sí mismo, ya que la tendencia natural del hombre es dejarse llevar para juzgar a los demás, es decir, ver la paja que está en el ojo del hermano y no ser consciente de la viga que empaña nuestra mirada y nuestro obrar. El propio conocimiento, el aprendizaje del seguimiento de Jesús, nunca da lugar a autoritarismo alguno. El seguimiento de Jesús, el aprendizaje de las bienaventuranzas, dan siempre paso a la misericordia ya la bondad.

El criterio para discernir el propio corazón, primero, y el de los demás, después, son los frutos que produce nuestra conducta. La calidad del fruto nos hace saber el valor del árbol, el tipo de fruto, su procedencia. La calidad y el tipo de nuestra conducta nos hará saber el valor y la auténtica raíz de nuestra vida cristiana. Toda persona tiene impresa en su corazón la posibilidad de hacer de su vida un proyecto fundamentado en el amor. La fuerza del Evangelio es la que dinamiza el proyecto y le lleva a su plenitud. Cuando se ama desde el tesoro que llevamos dentro de nosotros y sobre lo que el Evangelio empuja, las palabras resultan sanadoras y fraternas. Así, el corazón y la boca se unifican dando lugar al fruto maduro de la persona que sabe amar.

En la oración colecta de este domingo hemos pedido a Dios que guíe el curso del mundo por los caminos de la paz según sus designios. Estas palabras resuenan hoy con mucha fuerza ante la barbarie bélica entre Rusia y Ucrania, que como toda guerra no tiene ningún sentido. La paz es un don que Dios nos concede. A nosotros, a todos, nos corresponde acogerlo para que sea realidad, en todos los niveles y situaciones, a través de gestos, palabras, acciones que alejen las actitudes violentas que son siempre una forma bélica.

Con el obispo poeta roguemos: Señora de Montserrat, que tienes su santa montaña rodeada de olivos, signo de paz, conseguid para todos los pueblos una paz cristiana y perpetua.

Finalmente, el próximo miércoles iniciaremos la Cuaresma. Será un tiempo favorable para iniciar de nuevo el proceso de nuestra conversión, injertándonos de la Cepa que es Jesucristo. Unidos con Él, nos reconoceremos hermanos unos de otros, hijos de un mismo Padre. Y esto es lo que ahora celebramos en la Eucaristía.

 

 

Abadia de MontserratDomingo VIII del tiempo ordinario (27 de febrero de 2022)

Domingo VII del tiempo ordinario (20 de febrero de 2022)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (20 de febrero de 2022)

1 Samuel 26:2.7-9.12-13.22-23 / 1 Corintios 15:45-49 / Lucas 6:27-39

 

Estimados hermanos y hermanas, llamados a amar sin límites,

«Amad a los enemigos», nos ha dicho Jesús. Nos lo ha dicho con mucha insistencia: «Vosotros debéis amar a los enemigos, debéis hacer bien y prestar sin esperar nada a cambio». Todo el texto que acabamos de escuchar ha ido desglosando esa idea central.

Una idea que nos parece imposible. Y no nos excusa creer que no tengamos enemigos sino, en todo caso, adversarios. Aunque así fuera, quizás seríamos una excepción si tuviéramos sólo adversarios, rivales, concurrentes. La insistencia de Jesús es comprensible porque, cercanos o lejanos, todos tenemos enemigos. Donde hay odio vengativo allí hay enemigo, como “donde hay verdadero amor allí está Dios”.

El mundo es muy grande. Y si tenemos la suerte de pensar que no tenemos enemigos es porque quizás no somos suficientemente solidarios de nuestra humanidad, llena de rivalidades y agresiones. Por tanto, debemos partir de la base de que, si no tenemos enemigos personales, en algún sitio u otro hay gente que se odia y se hace la vida imposible. Es válido, pues, el precepto de Jesús «Amad a los enemigos».

Dejando ambiguas apreciaciones, debemos trabajar por amar a los enemigos. A este ideal casi inalcanzable podemos llegar, debemos llegar, pero por etapas, a pasos. Intentemos describirlo:

El primer paso es más bien de cariz humanitario. Para poder amar a los demás –y, pues, también, a los enemigos– debemos empezar amándonos nosotros mismos. No, de acuerdo con aquella declaración del egoísmo más sutil que dice: «La caridad bien entendida comienza por uno mismo». Esto sólo es aceptable si lo entendemos como base de poder amar a los demás. Una verdadera caridad bien entendida comienza, por supuesto, por la autoestima. Y esto significa que debemos aceptarnos tal y como somos, no para ir tirando de la mediocridad, sino para asumir con agradecimiento la vida como un don de Dios. Aceptar la propia vida como don divino permite asumir la propia historia personal, nuestro pasado dulce o triste, nuestro presente a menudo difícil, nuestro futuro ciertamente incierto. De lo contrario no sólo no podremos amar a los demás, sino que caeremos en el egoísmo sutil que sólo crea insatisfacción, desidia, esa falta de interés y de gusto hacia las cosas espirituales, la acidia que decían los antiguos.

Asumido el primer grado, nos será fácil el segundo, que ya encontramos como mandamiento en la Biblia: “Ama a los demás como a ti mismo” (Lv 19,18). Escribe san Pablo: “Nunca ha habido nadie que no amase el propio cuerpo; al contrario, todo el mundo le alimenta y lo viste” (Ef 5,29). El amor de sí mismo es evidente. ¿Quién de nosotros no se ama? Quizás ante ciertos sufrimientos…, pero en principio todo el mundo se quiere a sí mismo. Yo me quiero. La mayoría de la gente que conozco tiene esta profunda autoestima. Ya es mucho si lo decimos con espíritu de acción de gracias por todos aquellos que han contribuido a ser lo que somos: Dios en primer lugar, pero también los padres, los abuelos, los hermanos, los amigos… aquellos que lo han dado todo para que seamos felices y llevemos a cabo nuestros ideales, el despliegue de nuestra libertad. En muchas iglesias cantan: “Gracias por esta aurora encendida, gracias por este nuevo día claro, gracias, porque las inquietudes en Ti las puedo abandonar”.

Pero todo esto es aún insuficiente. Pensemos que la meta es “amar a los enemigos”. Debemos ensanchar el amor a aquellos que están más lejos, que quizás no conocemos, pero que han sido creados y amados por Dios como nosotros. Más aún: la meta consiste en amar a los enemigos como lo hizo Jesús.

“Ante el misterio del mal y del odio, ante nuestras incomprensiones, la cólera de las injusticias, no hay otro remedio, ningún otro remedio, […] que pedir a Dios con todas las fuerzas, amar como hizo Jesús, que amó a sus enemigos. Si no, es que no le seguimos” (M. Aupetit, Homilía de despedida de la diócesis de París, 10.12.21).

En la eucaristía, actualización de la muerte y de la resurrección de Jesucristo, es donde encontramos la fuerza para llegar a la meta de amar a los enemigos. Dios ha venido al mundo, y en el mundo lo descubrimos. «En el corazón de los más débiles, de las personas, vulnerables, de los pobres» debemos reconocer la presencia del Señor. “Le reconozco en cada uno de vosotros que abrís los corazones a la presencia de Dios. Aquí, ahora. Que podamos vivirlo de verdad y ayudarnos unos a otros a vivirlo juntos” (ibid.).

 

Abadia de MontserratDomingo VII del tiempo ordinario (20 de febrero de 2022)

Domingo VI del tiempo ordinario (13 de febrero de 2022)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (13 de febrero de 2022)

Jeremías 17:5-8 / 1 Corintios 15:12.16-20 / Lucas 6:17.20-26

 

En el evangelio de las Bienaventuranzas según san Lucas, Jesús proclama felices a los pobres, a los que ahora pasan hambre, ya los que lloran. En el evangelio según san Mateo, Jesús proclama felices a los pobres en el espíritu, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los compasivos, a los limpios de corazón, a los que ponen paz. Ambas versiones nos dan una visión muy amplia de la predicación de Jesús.

En el origen de la predicación del Evangelio, Jesús solía hacer unas breves y concisas afirmaciones, fáciles de memorizar. A menudo, varias personas acostumbraban a hacerle preguntas y Jesús mismo, o sus primeros discípulos, podían explicar y complementar estas Bienaventuranzas.

Hoy, sin embargo, lo importante es tratar de entender hacia dónde apuntan las Bienaventuranzas. Desde el principio, nos sugieren una manera de hacer camino siguiendo la propuesta de Jesús, que comporta, ante todo, fiarse totalmente del amor incondicional del Padre celestial. Jesús mismo lo vivió a fondo, dándose del todo en el anuncio del Reino de Dios. En el día a día, compartía su visión de la vida con los discípulos y otras personas, pero a menudo se dirigía a toda la gente que le seguía para escucharle. De hecho, Jesús les orientaba sobre cómo Dios, el Padre del Cielo, ama a cada persona, y cómo el Espíritu Santo nos da la fuerza para tratar bien a todos y crear un mundo auténticamente humano y respetuoso.

Pero si nos encontramos reunidos aquí es para proclamar la esperanza que Jesús nos ofrece, para que las lágrimas se conviertan en risas, que el hambre sea saciada, que puedan ser ayudados quienes se encuentran con necesidades y que consigan, en medio de la vida, una esperanza dentro del corazón que nos ofrece el reino de Dios.

Nos lo decía la segunda lectura que hemos escuchado: «Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad. Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto». Al respecto, San Pablo nos dice que si Cristo no hubiese resucitado nuestra fe no tendría sentido y nosotros seguiríamos sumergidos en una muerte sin salida.

Nos encontramos hoy, pues, con el deseo de acoger y compartir la buena nueva que Jesús dirige: que su vida, muerte y resurrección nos abre las puertas para vivir con la mayor esperanza que podíamos soñar. No sólo para vencer a la muerte que debemos sufrir y no tiene remedio, sino porque podemos esperar la resurrección en el cielo, una realidad que Dios ofrece a cada persona. Gracias a las buenas obras podemos admirar más la muerte de Jesucristo con la esperanza de participar en la resurrección que Él nos ha abierto.

Si recordamos la última cena de Jesús, podemos constatar que Jesús lavó los pies a sus discípulos para dejar bien claro hasta qué punto los amaba y nos ama hoy a nosotros. Fue cuando Jesús, con humildad, hizo este gesto para dar a entender cómo serán acogidos y ayudados todos los que creen en Él, tal y como nos lo dice: «Os he dado un ejemplo porque, tal y como os lo he hecho yo, lo hagáis también vosotros. Ahora que habéis entendido esto, felices vosotros si lo ponéis en práctica».

Con las palabras de Jesús podemos constatar cuánta gente hay en el mundo que obra el bien y que merece ser amado por el bien que hacen. Así podemos comprender cómo Dios ampara a todas las personas que obran el bien, tal y como nos ha enseñado Jesús. Como cristianos, nosotros tenemos la suerte de acoger con agradecimiento las palabras de Jesús. Ojalá las entendamos bien y las pongamos en práctica con sinceridad. Qué el evangelio de hoy sea, pues, para cada persona un ánimo para vivir el día a día con solidaridad y respeto, al tiempo que vamos creciendo en la fe, en la esperanza y en la caridad. ¡Qué así sea!

 

 

Abadia de MontserratDomingo VI del tiempo ordinario (13 de febrero de 2022)

Domingo V del tiempo ordinario (6 de febrero de 2022)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje y Rector del Santuario de Montserrat (6 de febrero de 2022)

Isaías 6:1-2a. 3-8 / 1 Corintios 15:1-11 / Lucas 5:1-11

 

La celebración comunitaria de la fe siempre nos trae la alegría del evangelio. San Pablo nos recordaba, en la segunda lectura, lo esencial de este evangelio que acogimos al recibir el bautismo y que es la encarnación, la muerte y la resurrección del Señor por nosotros y por nuestra salvación.

Jesús, obediente al designio de salvación del Padre, con su doctrina nos eleva el espíritu con palabras sencillas, fáciles de comprender, que llegan al corazón de las cuestiones más esenciales.

Jesús, por amor nuestro, ha compartido nuestra condición mortal, nuestras ilusiones, amores y aflicciones, para poder hacerse en verdad uno con nosotros, compañero de este camino de regreso a la casa del Padre que todos emprendemos desde nuestro nacimiento.

El Señor con su amor fiel, en medio del sufrimiento y de la muerte, y muerte de cruz, ha hecho morir en Él el pecado de todos porque, siendo tentado igual que nosotros, no ha caído en el pecado sinó que nos ha liberado a todos de su trampa mortal. Jesús resucitado, dándonos su Espíritu, nos brinda la posibilidad real de un nuevo comienzo.

Ésta es la vida que nos trae el evangelio. El evangelio es comparable a una red de pescar, pero con una finalidad diferente a la que tienen las redes de los hombres y las mujeres de mar, ya que no se trata de pescar peces sino personas como hemos oído hoy en el evangelio. La comparación, como todas las de Jesús, es sencilla y comprensible para quien quiera entenderla: los peces una vez sacados del agua mueren, en cambio, los hombres sacados del agua, son salvados de la muerte.

Desde el punto de vista de la fe todos somos pescados y pescadores de alguna forma. Pescados por el atractivo y la veracidad de la Palabra de Dios que nos da vida y esperanza, pescadores en tanto que la misma Palabra, transformando nuestra manera de vivir y de convivir, nos hace comunicadores de esta «vida con mayúsculas».

La fe se comunica de corazón a corazón, en familia, en las penas y alegrías de cada día, en el luto y en la esperanza, en la asamblea de los creyentes, en el silencio de la amistad y del buen compañerismo. Hoy todas estas realidades también se difunden a través de las redes sociales. Si tomamos la red como una metáfora, vemos que no todas las redes pescan para la vida, las hay que simplemente atrapan y no te dejan salir a flote. Extender la red del evangelio en el ámbito de la tecnología de la comunicación no es sólo poner contenidos religiosos, sino dar un testimonio coherente en el mismo perfil digital y en la forma de dar referencias, opiniones o emitir juicios, que han de concordar inequívocamente con los valores del evangelio, incluso cuando no se habla explícitamente de él.

La red de Jesús es totalmente diferente a las demás. Está tejida de palabras limpias y de compromiso coherente, es una red ancha, abierta a la luz y al gozo de la vida que viene de Dios.

También el sistema de pescar de Jesús es diferente. La hora de pescar no es la hora acostumbrada en la pesca marina, que habitualmente se hace por la noche, sino, como hemos visto en el evangelio, la pesca de Jesús se hace a la luz del día, después de escuchar la Palabra de Dios, después de ponerse en su presencia como cuando queremos sentir a primera hora de la mañana ese calor del sol en la cara que nos da energía positiva y buen humor.

El espectáculo de la salida del sol iluminando el cielo y la tierra siempre nos maravilla y al mismo tiempo nos hace caer en la cuenta de nuestra pequeñez. Algo parecido y mejor ocurre cuando nos ponemos conscientemente en la presencia de Dios sintiéndonos felizmente pequeños, pero inmensamente queridos, sintiendo el impulso de vivirlo todo con agradecimiento y generosidad, compartiendo el don de la fe en familia o en comunidad como lo estamos haciendo ahora mismo en la celebración de esta eucaristía, con el deseo de dejar en las redes un plus de consuelo, de gozo, de esperanza y de Espíritu.

 

 

Abadia de MontserratDomingo V del tiempo ordinario (6 de febrero de 2022)

La Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (3 de febrero de 2022)

Isaías 56:1.6-7 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Lucas 19:1-10

 

Para comprender mejor lo que querría comunicaros con estas palabras, os propongo que empecemos haciendo cada uno un ejercicio de memoria personal y recordemos aquellos momentos de nuestra vida en los que nos hemos encontrado con una ermita en medio del campo, o una capilla en lo alto de una colina, o una iglesia en la ciudad o hemos entrado en cualquier lugar de oración. Seguramente era un edificio antiguo como la mayoría de lugares de culto de nuestro país, probablemente artístico, más o menos bonito; quizás significaba personalmente algo para nosotros porque era conocido: esto significa que nos traía recuerdos, o quizás era totalmente nuevo. Sea como fuere, la primera sensación, viendo todavía el edificio por fuera es que estábamos ante un testimonio de la presencia de la fe en aquel lugar, de quienes lo hicieron, de todos los que lo han visto antes nuestro y cómo nos sentimos unidos en esa fe, ver iglesias nos hace sentir un poco como en casa. Esta sensación se hace seguramente más intensa al entrar. Entrar en un templo es muy diferente a entrar en un Museo. Puede estar también lleno de obras de arte, como ocurre en una exposición, pero hay algo más, hay una vida espiritual que a menudo se respira. Una parte de esta experiencia es compartida incluso por personas sensibles espiritualmente, sean de la confesión o de la religión que sean. Quizá sea un poco de deformación profesional, pero nunca dejo de mirar si la puerta de una iglesia está abierta y de entrar, habiendo repetido esta experiencia sin cansarme.

La solemnidad de hoy da un valor especial a este aspecto tan material, tan físico del espacio en el que nos encontramos. Dedicar una iglesia es orar a Dios para que entre estas paredes cada uno pueda repetir este encuentro con el Señor, que intentaba recordar hace un momento, esto se hace por la celebración de los sacramentos y de la oración personal y colectiva. Y esta dedicación es tan importante que celebramos cada año su aniversario. La fiesta de hoy no se queda en la alabanza de las piedras que forman las paredes. Constantemente, no sólo en la misa sino también en los maravillosos himnos que cantamos en Vísperas y Laudas, de los mejores de todo el repertorio gregoriano, se nos recuerda que el edificio de una Iglesia es símbolo de una realidad diferente, significa en primer lugar la posibilidad para cada uno de encontrarse con Dios y así lo hemos cantado con en el salmo responsorial: éste es el tabernáculo donde Dios se encontrará con los hombres.

Jerusalén es la ciudad donde los judíos iban a encontrarse con Dios y allí, en su templo, estaban seguros de que Dios les escuchaba. Ésta es la tradición que de la Jerusalén de la geografía y la historia ha pasado en una dimensión espiritual a la Iglesia toda entera y en todos los edificios que la hacen concreta y real, como lugares de encuentro de cada una de las comunidades con Jesucristo. Por eso, sí, esta Iglesia nuestra de Montserrat puede ser llamada, Ciudad Santa de Jerusalén, llamada visión de paz, Urbes Ierusalén Beata, dicta pacis visio, como todos vosotros habéis leído en la fachada del monasterio y cómo cantaremos en el himno de vísperas. Una Iglesia que pasa así de ser de piedras a ser de personas, de piedras vivías.

Esta piedra será testigo. Esta piedra puede ser exactamente este altar, centro de esta iglesia. Y esta piedra es testigo del encuentro con Dios: Para nosotros esto no es nada abstracto: para los monjes nuestra basílica de Montserrat es naturalmente muy querida. Es aquí que ocurre lo principal de nuestra vida, la oración comunitaria que compartimos con tantos peregrinos presentes y ausentes, el día a día pero también algunos de los momentos fuertes, nuestras profesiones, las ordenaciones, la despedida última de nuestros hermanos difuntos. Esta piedra nos es testigo de que en cada una de estas ocasiones Dios nos ofrece su comunión, la posibilidad de encontrarnos con Él. También me gustaría que vosotros escolanes pensarais en todas las cosas de las que os es testigo esta piedra: de cada Salve, de cada Virolai, de vuestra vestición, de vuestra despedida de la Escolanía, para algunos del bautizo, de la confirmación, de la primera comunión y que pensarais que Jesús os invita a tenerlo siempre presente en vuestras vidas: a hacer el bien y a amar. Lo mismo podríamos decir de los oblatos y de los cofrades que estáis aquí. También esta basílica de Montserrat, construida en el siglo decimosexto y desde el primer momento destinada más allá de ser Iglesia monástica, a poder acoger a los peregrinos que no cabían en la antigua iglesia románica de Montserrat, es un lugar de encuentro con Dios para tantas personas que vienen. Un sitio de memorias y recuerdos arraigados del propio camino de cada uno con el Señor. Que Dios haga que siga siendo esto y que colaboremos en hacer más intensa la vida espiritual de todos los que la visitan.

El evangelio de hoy es un buen ejemplo del fundamento de ese encuentro. Sólo la fe, sólo el deseo de Dios nos permite vivir el encuentro con Jesucristo a quien queremos permanentemente en nuestras vidas. ¿Quién es Zaqueo? Zaqueo era un hombre que a pesar de sus límites quería ver a Jesús. Que había entendido, o sentido, o intuido, quizás sin poder poner estas palabras, que en Jesús había una santidad que curaba. ¡Qué alegría cuando le invita a su casa y cuántas consecuencias para su vida poder acoger a Jesús en casa! Ayer también nosotros celebrábamos que Jesús como luz entraba en esta Iglesia y sencillamente recordábamos lo que todos sabemos: que Él se hace presente aquí todos los días y de tantas maneras. Qué esto también tenga consecuencias para nosotros, los hombres y las mujeres que Dios llama a rezar aquí o reza desde lejos con nosotros.

Seamos agradecidos por el don que Dios nos hace en sus iglesias, por su poder de hacer santas todas las cosas, incluso los edificios. Porque una cosa santa, una persona santa, es aquella que nos hace a Dios cercano. Por eso Jesús es el más santo de todos, porque nadie nos ha hecho a Dios tan cercano como Él y nada nos hace tan cercano a Jesucristo como participar de su cuerpo y de su sangre, que nos dejó como memoria suya. Este Jesucristo que como rezaremos en el prefacio, simboliza admirablemente nuestra comunión con Dios y la realiza en esta casa visible que nos ha permitido levantar.

Acto seguido, querido hermano Jordi, con una breve oración recibirás la bendición que te instituye como ministro de la palabra y del altar. Son dos servicios litúrgicos que hace años que cumples en nuestra comunidad, pero no lo des todo por hecho y por aprendido. Recibe la bendición de Dios como una nueva oportunidad para hacerte consciente de que, con la lectura de la Palabra, acercas a tanta gente que te escucha a Dios, pones voz a la Revelación, al testimonio milenario de la comunidad cristiana. Nunca te cierres a la acción de esta palabra que además como monje estás llamado a meditar y a rezar para que te conforme a Jesucristo, Dios hecho hombre, la Palabra, la fuente de toda la Revelación.

Recibe también la bendición del servicio de acólito, con conciencia de que la proximidad del altar debería llevarnos siempre a la humildad. Humildad por nuestra pequeñez, indignidad, distancia en la santidad, entre lo que aportamos nosotros y lo que nos da Dios, pero también oportunidad de comunión profunda y de servicio a la Eucaristía, que es servicio en el encuentro más fuerte que Jesús ofrece a su pueblo y que nosotros acogemos y recibimos en esta casa de Nuestra Señora, fieles a nuestra misión secular.

Que en estos servicios tengas siempre presente que Él, Cristo, es el protagonista y que todo lo hacemos para que en todo sea glorificado, servido y amado.

Abadia de MontserratLa Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2022)

Domingo IV del tiempo ordinario (30 de enero de 2022)

Homilía del P. Ignasi M. Fossas, monje de Montserrat (30 de enero de 2022)

Jeremías 1:4-5.17-19 / 1 Corintios 12:31-13:13 / Lucas 4:21-30

 

Queridos hermanos y hermanas:

La moderna teoría de la comunicación identifica tres componentes en cualquier acto comunicativo. Todos lo hemos oído alguna vez. Se trata del emisor o mensajero, del mensaje propiamente dicho y del receptor. A partir de esta estructura básica, el análisis se puede ir profundizando y complicando, a base de estudiar las características y posibles variantes de cada uno de estos tres elementos.

Os propongo leer las lecturas de este domingo a partir de este esquema.

La primera lectura habla claramente del emisor o del mensajero. El profeta Jeremías explica el comienzo de su vocación. El Señor Dios le hizo oír su palabra para decirle, precisamente, que ya lo había escogido desde antes de nacer. Su papel de mensajero, de transmisor de un mensaje que no era suyo, sino que venía de Dios, estaba ya establecido en el designio de Dios mismo. Aquí encontramos una característica de la comunicación que estamos considerando: el emisor es llamado por Dios a hacer este trabajo, su libertad no consiste tanto en escoger lo que quiere hacer como en aceptar de corazón el designio de Dios sobre él. La palabra que escuchó el profeta le anunciaba, aún, otra característica: el suyo sería un trabajo controvertido, difícil y a menudo mal recibido. La razón es fácil de adivinar: el mensaje que debería transmitir no sería halagador ni sencillo; más bien sería un lenguaje duro, de denuncia y acusación a diferentes instancias del pueblo de Israel. Por otros fragmentos del libro del profeta Jeremías sabemos que se jugó la vida en esta tarea. Pero el Señor no le abandonó nunca: Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte – oráculo del Señor. El salmo responsorial es como un comentario poético sobre la actitud de confianza del profeta en la protección por parte de Dios: A ti, Señor, me acojo… tú, Dios mío, fuiste mi esperanza… En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías.

En la segunda lectura hemos oído el himno extraordinario de san Pablo al amor, que con la fe y la esperanza forman las tres virtudes teologales. Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles…si tuviera el don de profecía… Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados…pero no amase no me serviría de nada. El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, … no se irrita; no lleva cuentas del mal… Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Nos podríamos quedar con la afirmación central del texto, que es el núcleo del mensaje cristiano: el amor no pasa nunca, porque llegará un momento en el que la fe y la esperanza ya no harán falta porque veremos a Dios cara a cara. La más grande es el amor porque es el que nos hace entrar más a fondo en la comunión con Jesucristo.

Si recordamos los tres elementos del principio: emisor, mensaje y receptor, nos queda por considerar el tercero. El evangelio de hoy nos sitúa en la sinagoga de Nazaret, en un sábado, cuando Jesús había terminado de proclamar un fragmento del libro del profeta Isaías, se había sentado y se disponía a hacer su explicación. En ese caso, los receptores eran los judíos que le escuchaban. Hoy, aquí, los receptores somos todos y cada uno de nosotros, que es a quien se dirige el mensaje de salvación. El evangelio nos explica que la reacción de los judíos de Nazaret no fue favorable a Jesús. Es evidente el paralelismo con el profeta Jeremías. A Jesús le pasará lo mismo, y aún peor porque él acabará dando la vida por lo que predicaba. ¿Y nosotros? ¿Cómo recibimos a los mensajeros del evangelio?

¿Cuál es nuestra reacción cuando oímos anunciar que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, que ha venido para salvarnos? Y también podríamos preguntarnos cómo nos comportamos cuando nos toca hacer de mensajeros o de emisores: ¿tenemos claro cuál es el mensaje? ¿Nos da miedo anunciarlo? ¿Lo hacemos con la confianza de que el Señor Dios está a nuestro lado?

Quisiera hacer todavía una última consideración. En el caso de Jesús, el mensajero y el mensaje se identifican. Esto no ocurre en el caso del profeta Jeremías, y en el de todos los demás enviados para anunciar el plan de salvación de Dios. En ellos siempre se distingue claramente entre el emisor o el mensajero y el mensaje. Y conviene que así sea para que quede bien claro que la salvación anunciada viene de Dios, no se obra humana. En cambio, en Jesús, como él es Dios mismo que se ha hecho Hombre como nosotros, el mensajero y el mensaje coinciden. Hemos visto que el núcleo del mensaje es el amor teologal. En Jesús de Nazaret, el Mesías, es el mismo amor, que es Dios, quien viene a encontrarnos. Sólo él puede concederse esta coincidencia.

Gracias a ello, la comunicación que Dios establece con su pueblo, con toda la humanidad y con cada uno de nosotros, llega a su punto más elevado, consistente en la transformación del receptor. Ahora ya no se trata sólo de hacer llegar una determinada información a los destinatarios, ni de provocar en ellos emociones o comportamientos regidos desde fuera, sino de cambiar el corazón del receptor para que lata en sintonía con Dios mismo, para que el designio de Dios se convierta en el proyecto de vida de quien recibe el mensaje.

Dejémonos involucrar del todo, por obra del Espíritu Santo, en el acto de comunicación de Dios, siendo mensajeros y receptores agradecidos, gozosos, libres y plenamente disponibles.

 

 

Abadia de MontserratDomingo IV del tiempo ordinario (30 de enero de 2022)

Domingo III del tiempo ordinario (23 de enero de 2022)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (23 de enero de 2022)

Nehemías 8:1-4a.5-6.8-10 / 1 Corintios 12:12-30 / Lucas 1:1-4; 4:14-21

 

El Pueblo de Israel siempre ha vivido de la palabra de Dios trasmitida por los patriarcas, legisladores, sabios y profetas. En las sinagogas se siguen leyendo todavía hoy estos textos, con la esperanza constante de que un día se cumplirá lo que Dios tiene prometido en su pueblo: un Mesías liberador.

A nosotros, cristianos, ya se nos ha dicho, como nos lo afirmaba San Lucas en su prólogo al Evangelio, que esta esperanza ya ha estado cumplida en Jesucristo, la Palabra definitiva de Dios. Y nos lo ha transmitido recogiendo los testimonios de quienes lo vieron y transmitieron de palabra: los Apóstoles. Lucas, por su parte, lo “escribe detalladamente en una narración seguida para que el destinatario, Teófilo, conozca la solidez de la enseñanza recibida”. Tenemos, pues, unas bases seguras de testigos que han visto y oído lo que Jesús, la Palabra de Dios, dijo e hizo en el período corto de su acción predicadora. Son palabras de la tradición oral 40 años después de los hechos.

Nosotros también, que hemos recibido el bautismo y hemos sido incorporados a Cristo formando un solo cuerpo, hemos recibido estas enseñanzas en la catequesis, en la familia, en la escucha de la predicación en la Iglesia, y ojalá también, en la lectura frecuente del Nuevo Testamento, sobre todo.

El texto del Evangelio leído hoy, nos lleva a la sinagoga de Nazaret, el pueblo en el que Jesús había crecido. Antes, San Lucas ya nos ha presentado a Jesús en el Bautismo donde recibió el Espíritu Santo y el testimonio del Padre: “Este es mi Hijo”. A continuación pasó por las tentaciones de Satanás, superadas, y un exitoso recorrido por los pueblecitos de Galilea predicando en las sinagogas. Los conciudadanos, pues, conocen bien la fama que le rodeaba.

Jesús recibe, pues, el volumen de Isaías, y lee el fragmento: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; para proclamar el año de gracia del Señor». (es decir, el año del perdón de las deudas). Jesús dice a continuación: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Y provocó admiración y extrañeza. Porque, ¿Qué garantía da Jesús de lo que afirma? Ya que lo dice de sí mismo. ¿Qué credibilidad tiene? Todos los que le escuchaban le conocen de siempre, porque había crecido entre ellos. Pero lo conocían sólo exteriormente, y no podían conocer su verdadera personalidad. Jesús apoya lo que afirman los profetas, certifica que sigue las predicciones de Isaías, y, además, lo confirma todo con lo que él ha hecho y predicado, que responde a lo que dice Isaías. Jesús nunca afirmó nada de sí mismo que no lo confirmara con los hechos. Cierto, que era hijo de María y José, pero también Hijo de Dios en el que se cumplía la Escritura. De ahí la importancia que dan los Evangelios al desempeño de las Escrituras en los hechos y enseñanzas de Jesús. En el comportamiento de Jesús nunca hay discrepancias entre lo que dice y lo que confirman sus actos. Jesús no necesitaba llevar un letrero que dijera ‘soy el Mesías’. «Si no me cree a mí, cree las obras que yo hago» afirma. Y ante Pilato dice: “no me preguntes a mí, pregunta a quienes me han oído y han visto lo que yo he hecho”. Él no necesitaba dar explicaciones. Lo remachaba con palabras de la Escritura. ¡Era coherente!

Ojalá nosotros pudiéramos confirmar siempre nuestro nombre cristiano con nuestros hechos creíbles. Que nuestro sí, sea siempre sí, para gloria de Dios Padre.

 

Abadia de MontserratDomingo III del tiempo ordinario (23 de enero de 2022)

Domingo II del tiempo ordinario (16 de enero de 2022)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (16 de enero de 2022)

Isaías 62:1-5 / 1 Corintios 12:4-11 / Juan 2:1-12

 

Por aquel entonces, se celebró una boda en Caná de Galilea. Así comienza el relato evangélico de uno de los episodios más conocidos de la vida de Jesús. La liturgia de la Iglesia, en la festividad de la Epifanía, ve en Jesús una triple manifestación de la gloria de Dios: en la adoración de los Magos, en el bautismo en el Jordán y en el primer milagro de Jesús en Caná de Galilea donde, invitado a una boda con su madre y sus discípulos, «manifestó su gloria».

El evangelio de Juan nos dice que fue en medio de aquella boda en la que Jesús hizo el “primer signo”, el signo que nos ofrece la clave para entender toda su actuación y el sentido profundo de su misión salvadora.

Todo ocurre en el marco de una boda, la fiesta humana por excelencia, el símbolo más expresivo del amor, la mejor imagen de la tradición bíblica para evocar la Alianza de Dios con la humanidad. La salvación de Jesucristo es vivida y ofrecida para sus seguidores como una fiesta que da plenitud a las fiestas humanas cuando quedan vacías, «sin vino» y sin capacidad de llenar nuestro deseo de felicidad total.

Las bodas eran en Galilea la fiesta más esperada y querida entre la gente del campo. Durante unos días, familiares y amigos acompañaban a los novios comiendo y bebiendo con ellos, bailando danzas de boda y cantando canciones de amor. Y he aquí que de repente, en plena fiesta, María, le hace notar a Jesús algo inesperado y grave: «No tienen vino», indispensable en una boda y más para aquella gente donde el vino era, además, el símbolo más expresivo para celebrar el amor y la alegría. Pero Jesús le responde como si se hiciera el desentendido: «Madre, ¿por qué me lo dices a mí? Aún no ha llegado mi hora». María, sin discutir, ni siquiera pedir a Jesús que utilice su poder para hacer un milagro, deja que decida él mismo lo que conviene hacer.

Es precisamente en una boda, en un contexto muy humano de fiesta y alegría, donde Jesús no tiene inconveniente en obrar un signo de su divinidad, manifestando en el agua convertida en vino, la novedad del Reino que predicaba, parecido a un banquete de boda donde se celebra el amor de unos esposos; donde el vino es signo del amor esponsal de una nueva Alianza entre Dios y la humanidad que culminará en su Pascua; donde la gratitud, la fidelidad, la compasión, el servicio y el don de sí mismo son generadores de fraternidad y de fiesta y hacen posible entrar en comunión unos a otros y con Dios mismo. Así pues, María obtiene de su hijo que “la hora” de la salvación sea anticipada de algún modo en aquella boda, manifestando su gloria, y sin “aguar” la fiesta ni las expectativas de los invitados, guarda para el final el vino mejor.

Además de esto, también podemos encontrar en la actitud de María y de Jesús, un ejemplo práctico para nosotros. Hay una sabiduría de vida que consiste en esto: el «estar», el estar en el «lugar exacto» donde deberíamos estar y en el «momento oportuno», haciendo «lo que conviene hacer». El evangelio de hace unos domingos nos transmitía la respuesta que dio Jesús a la extrañada María: «¿No sabías que tengo que estar en la casa de mi Padre?» Es como si dijera: «Estaba allí: dónde debía estar». En otra página evangélica, mucho más adelante, el evangelista Juan nos dirá de María: «Junto a la cruz de Jesús estaba su madre». La lectura es la misma: «Era dónde debía estar». Se trata de «saber estar». Incluso en los asuntos más humildes solemos alabar a quien actúa así. Mirando la trayectoria de algún futbolista famoso, más de una vez hemos oído emitir el juicio siguiente: «No es que fuera un gran goleador, un “crack” lo llamaríamos hoy, pero en los momentos claves siempre estaba». Pues bien, en el evangelio de hoy, María y Jesús también «estaban», y este saber «estar atentos» a las necesidades de los demás salvó una situación que hubiera podido ser bastante desagradable por aquellos novios.

«Dichosos quienes en las tareas que les corresponde hacer, aunque sean humildes, se esfuerzan por «estar»» porque cuántas veces (por no decir nosotros) hemos visto verdaderos especialistas de “la evasión” o del “escaqueo”? O cuántas veces hemos constatado cómo el activismo que nos agobia, la falta de tiempo que nos acosa, el vivir inquietos por tantas cosas olvidándonos de atender las más necesarias, hace que a menudo queramos estar presentes en todas partes y resulta que estamos ausentes de dónde deberíamos estar.

El difícil arte de la convivencia no se reduce exclusivamente a una correlación de derechos y obligaciones, ni la comunidad cristiana es ninguna asociación de individuos, donde cualquiera puede ser secuestrado e instrumentalizado al servicio de intereses ocultos. La dignidad y el amor con que Jesús nos ha amado y que merece cada persona, está en la base de la comunión fraterna que estamos llamados a vivir. Como en la boda de Caná, esta fraternidad no es más que el comienzo de una nueva familia. No es más que una promesa de vida en plenitud que nos reclama “estar” para ir construyéndola en lo concreto de nuestro día a día.

Jesús quiere transformar en un “vino mejor” nuestra vida, animándonos a hacer que nuestros valores, gestos y actitudes nos acercan más a la fraternidad de los hijos de Dios, donde todos nos reconoceremos como hermanos y hermanas reunidos en la mesa del banquete del Reino y que la Eucaristía que estamos celebrando es sacramento. Allí el vino no faltará nunca porque tendrá en Jesucristo su denominación de origen que sabe a plenitud, fiesta y alegría. ¡Que sepamos agradecerlo y celebrarlo!

Abadia de MontserratDomingo II del tiempo ordinario (16 de enero de 2022)

Fiesta del Bautismo del Señor (9 de enero de 2022)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (9 de enero de 2022)

Isaías 40:1-5.9-11 / Tito 2:11-14;3:4-7 / Lucas 3:15-16.21-22

 

Hoy domingo celebramos la fiesta del bautismo de Jesús, con la que finaliza el tiempo litúrgico de Navidad y comienza el tiempo litúrgico ordinario. Hoy es un buen día para recordar y meditar sobre nuestro propio bautismo.

La liturgia nos propone el relato del bautismo de Jesús en el Jordán según la redacción de san Lucas. El evangelista narra que, mientras Jesús estaba en oración, después de recibir el bautismo entre las numerosas personas atraídas por la predicación de Juan, el Precursor, entonces se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él (Jesús) con apariencia corporal semejante a una paloma. En ese momento dijo una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco».

El Hijo, para llevar a cabo su misión, se coloca en la fila para ser bautizado por Juan. Jesús –lo sabemos bien–, no necesitaba el bautismo de conversión que Juan practicaba. Pero con ese gesto reconoce que necesita la acción del Espíritu en su humanidad. Éste debe ser el resumen de la vida de cada bautizado, ya que toda nuestra vida se desarrolla bajo el influjo del Espíritu Santo: cuando trabajamos, en el descanso, al sonreír o cuando prestamos uno de los innumerables servicios que comporta la vida familiar o profesional.

Esta fiesta de hoy nos enseña la necesidad que tenemos todos del Espíritu Santo. Si el Hijo de Dios, segunda persona de la Trinidad, fue ungido por el Espíritu a su humanidad, cuanto más nosotros, criaturas, necesitamos ser ungidos por el Espíritu. Sin la acción del Espíritu, no podemos generar comunión, no podemos crear unidad. Ni siquiera podremos glorificar a Dios. Por eso debemos pedir la asistencia del Espíritu.

Hoy, nuestro propio bautismo nos hace ser conscientes de que somos los hijos queridos en quienes Dios se complace. Somos amados y predilectos de Dios. No podemos pretender que Dios se desentienda de nosotros, ni nosotros alejarnos de Él. Así es Dios con nosotros.

Pero a veces tratamos a Dios como si fuera un buen vecino. Lo visitamos un rato, quizá merendamos en su casa y después marchamos a nuestra casa, cerrando bien la puerta al llegar. Así, tristemente, vivimos a veces nuestro bautismo. Como hijos emancipados, es más, como completos desconocedores de Dios. Al visitamos un rato al día, a veces semanalmente ya veces ni eso, y nos olvidemos de Él. Queremos que Dios se quede en su casa y nosotros en la nuestra.

Hay una íntima correlación entre el bautismo de Cristo y nuestro bautismo, que no debemos ver como si hubiera sido algo que ocurrió hace más o menos tiempo pero que hoy nos implica poco. La fiesta de hoy se nos invita a tomar conciencia renovada de los compromisos adquiridos por nuestros padres o padrinos, en nuestro nombre, el día de nuestro Bautismo; deberíamos reafirmar nuestra ferviente adhesión a Cristo y la voluntad de luchar por estar cada día más cerca de Él, separándonos de todo pecado, incluso venial, puesto que al recibir este sacramento fuimos llamados a la santidad, a participar de la misma vida divina.

San Lucas nos ha dejado escrito en su Evangelio que Jesús, después de haber sido bautizado, estaba en oración. Nosotros seremos fieles en la medida en que nuestra vida esté edificada sobre el fundamento firme y seguro de la oración.

Que María, la Madre del Hijo predilecto de Dios, nos ayude a ser siempre fieles a nuestro bautismo.

Abadia de MontserratFiesta del Bautismo del Señor (9 de enero de 2022)

Solemnidad de la solemnidad de la Epifanía del Señor (6 de enero de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (6 de enero de 2022)

Isaías 60:1-6 / Efesios 3:2-3a.5-6 / Mateo 2:1-12

 

Aunque hoy todavía no cerramos litúrgicamente este tiempo de Navidad, tenemos suficiente perspectiva, queridas hermanas y hermanos, para mirar atrás y ver qué hemos ido contemplando desde el principio del Adviento. Miremos cómo lo miremos, el protagonista siempre es Jesucristo, siempre es el misterio de la Encarnación, de un Dios que se ha querido hacer humano. Alguna vez tenemos la sensación de que siempre predicamos lo mismo, pero mientras sea sobre Él, sobre Cristo, uno tiene menos miedo a repetirse, pero al menos siempre estaremos hablando del centro, de lo principal de nuestra fe.

Haciendo pues este recorrido hacia atrás, leyendo al profeta Isaías durante las primeras semanas de Adviento imaginábamos primero a este Cristo, a este Mesías como el que debía venir. Él mismo aparecía identificado con la Sabiduría de Dios. Cerca de Navidad, ya en el momento de la Encarnación, era la Palabra que venía al seno de María, que finalmente se hacía hombre, y que nacía en Belén, acompañado de efectos especiales, llamaríamos hoy, como las apariciones a los pastores, y otros eventos celestiales que le proclamaban definitivamente Mesías. La liturgia, todavía nos ha deslocalizado cuando entre Navidad y Epifanía, ha continuado la pedagógica revelación de la esencia del niño, explicándonos lo esperado que era en el templo para los ancianos Simeón y Ana, en un relato que se ubica después del nacimiento y fuera de Belén. Y finalmente hoy, recuperando la localización de Belén, celebramos todavía en torno a la cueva el último homenaje hecho al niño Jesús: la peregrinación de los Reyes con sus dones, que son, aún más, la afirmación de la naturaleza de Cristo: Oro porque es rey, incienso porque es Dios, mirra porque es hombre. Todo es una contemplación y una invitación a mirar con más y más profundidad a este Jesús de Nazaret niño, que contiene ya toda la potencia de su identidad y de su mensaje en el momento de su nacimiento.

Esta manifestación, que es lo que significa Epifanía, concluye un proceso que si nos fijamos bien ha ido del secreto y de la intimidad a convertirse en totalmente conocido, público, notorio. La expectación mesiánica del Antiguo Testamento era una promesa, era una esperanza. Más que secreta o íntima, estaba todavía en el reino de lo futuro. La anunciación a María, en cambio, toma ya el carácter de un hecho, de un acontecimiento histórico que ocurrirá, pero todavía está en lo más íntimo de una sola persona. San José comparte el secreto con la Virgen, después en el momento del nacimiento de Jesús podríamos decir que es el entorno, el kilómetro 0, los pastores quienes participan. Digo todo esto, para poner un contexto en la celebración de hoy y para intentar explicar que con la manifestación a los Reyes, a los reyes de Oriente, el relato evangélico nos quiere decir que Jesucristo se ha hecho universal, que su destino ya es ser conocido en todo el mundo y que esa intuición, esa promesa hecha en Israel, ese anuncio dicho a María se han cumplido por el bien del mundo, de todo el mundo.

El cristianismo ha sabido ser fiel a la vocación universal de la persona y del mensaje de Jesucristo que la fiesta de la Epifanía proclama. Ha sabido ser fiel en el sentido de que realmente el evangelio ha sido proclamado en todo el mundo. San Pablo como nos ha dicho la segunda lectura fue el primero de los apóstoles en comprender esta vocación universal. En comprender que la tradición de Israel quedaba realizada en el cristianismo y que la vocación universal no miraba sólo a la evangelización futura del mundo, sino que necesitaba integrar también la fe precedente que lo había hecho nacer todo. De dos pueblos ha hecho uno solo. La expansión rápida y fecunda de los primeros siglos, nos hace caer en cuenta de que realmente somos hijos de esta Epifanía de Cristo que ha ido reproduciéndose en la historia del pueblo de Dios. Por todas estas razones, la liturgia de la fiesta de hoy es casi eufórica: la alegría se respira por todas partes.

También nos es lícito preguntarnos, si esta extensión geográfica del cristianismo, concuerda con la profundidad con la que creemos y actuamos como cristianos. Un monje hermano nuestro difunto cuestionaba el discurso sobre la descristianización contemporánea haciéndose la pregunta de si realmente habíamos sido cristianizados alguna vez. La intención profunda de esta cuestión me parece que es ponernos ante la evidencia de que somos cristianos pero no somos perfectos, no hemos terminado todo lo que hay que hacer, porque evidentemente nuestra vida es seguimiento imperfecto y especialmente creo que tenemos siempre el reto de comprender que celebrar la Epifanía, celebrar que lo de Cristo es Universal, debería tener algún efecto más importante de los que tiene.

No quisiera amargarle a nadie una de las fiestas más entrañables del año, muy especialmente en la sociedad, pero la conciencia de lo que ocurre en el mundo es la primera condición para preguntarnos si hacemos suficientemente presente el evangelio de ese Jesús de Nazaret, manifestado a todos los pueblos. La primera página de un diario reciente decía que más de 4.000 personas, entre ellas más de 200 niños, han muerto intentando llegar a España durante el 2021. No es desgraciadamente la única mala noticia de estos días, pero impacta. Especialmente cuando en un día como hoy nos habla de niños. Y nos repetimos la pregunta: ¿realmente nuestro mundo está cristianizado y pasan estas cosas? ¿La Epifanía ha llegado a todo el mundo? ¿O es que Cristo se manifiesta y muchos no le hacen o no le hacemos suficiente caso?

No debemos desanimarnos si los caminos del seguimiento y de la conversión del mundo a una justicia y a una paz mayor, como la que propone el Evangelio son lentos. Lo que no nos está permitido es no ser conscientes de ello, no ocuparnos cada uno desde sus posibilidades, dicho en una palabra de hoy: No podemos pasar de todo esto. Nuestra vocación, el hecho mismo de que nosotros que éramos, a los ojos de Israel, paganos, hayamos recibido el evangelio y Cristo por la gracia de esta epifanía global, debería hacernos por vocación, preocupados de todo el mundo y de todas sus injusticias.

Quizás además de toda la conciencia de la realidad que vivimos, podríamos preguntarnos si no deberíamos recapitular el camino de la Epifanía que hemos contemplado tal y como os lo he intentado describir, y, empezando por el final, por la conciencia de que sí, que Cristo se ha manifestado en todo el mundo, ir atrás hasta recuperar una experiencia como la de Santa María, que yo me atrevería a llamar una Epifanía interior, una manifestación de Jesús en nuestro corazón. Quizás podemos entender su manifestación a todas las naciones como la condición que hace posible que cada hombre y cada mujer puedan vivir esta epifanía interior, y desde ella una conversión a Dios y a su Reino: Un compromiso personal y definitivo a hacer su voluntad. Porque quizás en el fondo todo comienza en un corazón sencillo y dispuesto a amar más allá de todo los límites. Y quién sabe, si eso quizás sí que cambie el mundo.

Abadia de MontserratSolemnidad de la solemnidad de la Epifanía del Señor (6 de enero de 2022)

Domingo II después de Navidad (2 de enero de 2022)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (2 de enero de 2022)

Sirácida 24:1-2.8-12 / Efesios 1:3-6.15-18 / Juan 1:29-34.

 

Estimados Hermanos y Hermanas:

En este domingo segundo del tiempo de Navidad y primero de este año 2022, la Iglesia nos invita a escuchar al gran himno del Verbo encarnado, que abre con toda solemnidad, las páginas del prólogo del cuarto Evangelio. San Juan nos ofrece una profunda reflexión sobre la gran Humanidad del Belén con tres palabras claves: Cristo, Luz y Palabra.

El Cristo. Todos nosotros podemos contemplar a Dios en el rostro del niño Jesús en Belén. Él es la Palabra manifestada del Padre. Por Él creó todas las cosas. Él dio a todo el mundo su vida. Él, Cristo, es la Luz que resplandece en la oscuridad. Él es desde siempre y para siempre. Él es lo mismo que Juan Bautista, el nuevo Elías; “¡La voz que gritó en el desierto!” y que nos dio su testimonio real: “Mirad al Cordero de Dios. Yo no soy digno de desatarle las Sandalias”. (Juan 1: 19-34)

La Luz. A pesar de nuestra pequeñez, una nueva Luz estalla en la oscuridad y nos abre los ojos, es la Luz de Cristo que ilumina nuestra Sociedad: «del Dinero, del Tener, del Físico, de la Pandemia desgraciadamente»… Esta Luz surge dentro de lo más profundo de nuestro pequeño corazón Humano. Jesús es la Luz Verdadera que nace nuevamente en Navidad y para todos nosotros. Él está presente y activo en toda nuestra vida Cristiana Sacramental. En nuestro Bautismo recibimos la Luz de Cristo en el cirio de los Padrinos. En la alegría de la vigilia Pascual, tomamos la nueva Luz de la llama de la gran acha bendecida con el fuego nuevo. En la fiesta de la Presentación del Señor, (el dos de febrero, la Candelaria), acompañamos con nuestras luminarias a Cristo en su entrada triunfante y solemne en el Templo del Presbiterio para celebrar el Memorial del Señor. Todos los días y todos los domingos del año, los cirios encendidos sobre el Altar, nos recuerdan nuestra Luz, nuestra fe presente y actuando en la Eucaristía celebrada a diario y mundialmente… Y el día de nuestro funeral, seremos iluminados, (rompiendo la oscuridad y el duelo), con la claridad de la columna de cera Pascual, señal de Resurrección y de Vida Eterna, colocada a nuestros pies frente al altar mayor. Todos nosotros debemos encender nuestro cirio de la fe en Jesús, que es la Luz verdadera, y es necesario unir nuestra Luz a tantas otras llamas Cristianas para así irradiar esperanza y alegría en un mundo Pandémico. Hay personas que llevan su llama como: “Debilitada por el desánimo, la angustia del trabajo, el virus del Covid 19 o de indiferencia general”. En la parte de la oscuridad que pueda haber en nosotros, dejemos que brille de nuevo la Luz de la esperanza de quien es la Palabra Eterna y acojámosla dentro de nuestro pequeño corazón Humano. La Nueva Luz es el nacimiento de Jesús; Él es la Estrella de Belén que brilla para todos; buenos y malos con un diálogo constante de cariño, de Amor y Paz. 

La Palabra… Como dice el Apóstol San Pablo: “La Palabra, fuente de consuelo, paciencia y esperanza”. (Carta los Romanos, 15, 1- 4). Ella es siempre comunión y comunicación, silencio y contemplación. La Palabra divina nos muestra el camino de la Vida y del Amor. En el Hablar; que es el Don precioso con que nos Comunicamos y Cantamos unos a otros, es también un diálogo tranquilo, o conversación que muchas veces debe hacerse rápidamente porque sencillamente no hay tiempo de escuchar al otro, y decimos: “ ¡No tengo tiempo, dime!” Hoy en día, prestar atención y escuchar es muy caro. Con la Palabra manifestamos nuestra alegría, nuestra admiración, nuestro amor, nuestra alegría. Pero, también, desgraciadamente, nuestro mayor desprecio y odio. Con una simple palabra podemos mandar: Construir, destruir o interrumpir una buena conversación con la palabra todavía en la boca para contestar al teléfono móvil; ¡que acerca a los lejanos y aparta a los próximos! El Insulto, el desprecio gratuito y repetitivo, tiene un precio muy alto, es una descalificación chapucera de la dignidad de toda persona humana. Hoy en día, ¿sabemos encontrar las palabras adecuadas, apropiadas y respetuosas para hacer revivir la fuerza viva de la Palabra que es Amor? En el mundo de la Política ¡seguro que NO! ¡Desgraciadamente!

Hermanos y Hermanas. En el tranquilo silencio de Navidad, es ya un Nuevo Año. Cristo está con nosotros, ¡está dentro de nuestro pequeño corazón Humano! Él es la Luz y la Palabra viva del Amor total. Ahora, Aquí y Siempre.

 Amén.

Abadia de MontserratDomingo II después de Navidad (2 de enero de 2022)

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (1 de enero de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (1 de enero de 2022)

Números 6:22-27 / Gálatas 4:4-7 / Lucas 2:16-21

 

En las eucaristías solemnes de estos días, la historia del nacimiento de Jesús nos va pasando por delante como las escenas de un Belén: En la Nochebuena contemplábamos la Anunciación a los pastores, el mensaje de los ángeles y el establo con el nacimiento del niño. El próximo jueves, fiesta de la Epifanía, leeremos el evangelio de la peregrinación y de la adoración de los Reyes. Uno se da cuenta de la pedagogía catequética que tienen precisamente los pesebres, que se convierten en expresiones materiales de los evangelios, escenificaciones del relato literario del nacimiento de Jesús.

El Evangelio de hoy nos llevaría a otra escena típica de los belenes: los pastores adorando al niño, los pastores yendo y viniendo de la cueva. Unos pastores que vienen de una experiencia fuerte como ha sido la de haber escuchado la proclamación de la Gloria de Dios en el cielo y la Paz en la tierra. Los pastores escucharon esto en medio de su hábitat corriente, es decir un campo al raso, en una noche de invierno, mientras hacían su trabajo, que ya se entiende por estas condiciones, que era un trabajo humilde, un momento y una ocupación poco inclinada a emociones fuertes o a eventos extravagantes. Después de esto y de decirse ellos mismos: Vamos a ver lo que ha pasado, los pastores llegan al pesebre, ven, se cuentan, escuchan y se vuelven alabando a Dios, después de comprobar que todo en conjunto no ha sido una alucinación. Si sólo tomáramos este evangelio, nos quedaríamos bastante vacíos: ¿qué cuentan los pastores y a quién, quiénes son estos otros, este todo el mundo, que tanto se maravilla de eso que les cuentan? Hay algo de misterio en todas estas alusiones, como si de algún modo nos invitaran a preguntar, a buscar qué es todo esto tan importante que está en el ambiente, on the air. Una lectura continuada del evangelio y de todas las escenas del pesebre nos ayuda a comprender, ya que nos lleva a tener muy presente que el mensaje a los pastores, y que leímos en Nochebuena decía:

 “No temáis, os anuncio una gran alegría que es para todo el pueblo: 11 Os ha nacido hoy un Salvador, que es el Cristo Señor, en la ciudad de David. 12 Esto tendréis por señal: encontraréis al Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. 13 Al instante se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, alabando a Dios, diciendo: 14 “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.(Lc 2,10-12)»

La brevedad no resta importancia al contenido: Este niño es el Mesías, el Señor, y esto provoca euforia, hasta en unos pastores medio dormidos. A partir de esta proclamación, la teología no ha hecho mucho más que intentar comprender qué quería decir que Jesús de Nazaret fuera el Mesías. Sólo el don de la fe nos hace capaces de ver a Dios presente en un hombre. La historia, las cosas que van pasando podrían tener interpretaciones mucho más realistas o pragmáticas, pero la fe nos permite decir que este niño en pañales es realmente el ser nuevo, el punto radical de conversión y cambio en la historia de la humanidad, aquél al que estos días cantamos como príncipe, como primero, desde Oriente, el lugar donde sale el sol, hasta poniente, en el límite de la tierra. Por el reconocimiento de su divinidad, contenida en su mesianidad y tan maravillosamente cantada al principio del evangelio según San Juan que leíamos el día de Navidad y repetíamos ayer, podremos reconocer a Dios presente en tantas y tantas personas. La fe nos ayudará a captar el amor entre los hombres y las mujeres como algo que viene de Dios, a comprender los progresos humanos como inspirados por Dios, a volvernos hacia él en los momentos difíciles para encontrar esa fuerza especial que viene de su Espíritu Santo y que tanto necesitamos.

Los momentos que marcan fuertemente el devenir del tiempo, como hoy, primer día del año nuevo civil, me parecen momentos indicados casi por naturaleza para recordarnos aquellas cosas que no pasan, aquellas que han marcado la historia y que permanecen: entre todas la Encarnación del Señor. También es un momento para reconocer la acción de Dios en el mundo, estos días tan inclinados a hacer resúmenes y estadísticas de tantos tipos.

Me gustó que un programa de la BBC del día de Navidad se titulara las noticias felices del 2021. Y se subtitulase, las historias más edificantes y estimulantes del año: Y hablara como primera noticia feliz de la vacuna, pero no la del Covid…, sino la de la malaria. Me gustó porque de alguna manera no ponía el centro en nosotros, los “occidentales” y nuestro gran problema, sino en un problema que afecta a muchos países pobres, especialmente en África. Un año nuevo civil es un momento en el que tenemos la sensación de que el libro está en blanco y querríamos poner muchas noticias de éstas y muy pocas de las demás. Me parece que no debemos perder la esperanza y que es muy sana la ilusión del progreso personal y comunitario que nos proponemos todos al empezar un año. Pero hay que pedírselo a Dios.

El breve mensaje transmitido a los pastores, tenía un solo deseo para la tierra: Paz. 

En este año que empezamos hoy, queridos hermanos y hermanas, celebrando la solemnidad de Santa María Madre de Dios, celebramos también la Jornada Mundial de la Paz, instituida por San Pablo VI en 1968, con el deseo de que fuera una conmemoración continuada, como así ha sido, y que fuese más allá del ámbito eclesial. Es todo un símbolo, un compromiso dedicar el primer día del año a la paz y hacerlo en medio de estas fiestas de Navidad, de la noche y del día, en que escuchamos que el nacimiento de Jesús era proclamado como ¡la gloria de Dios en el cielo y la paz en la tierra para los hombres y mujeres de buena voluntad!

En la tradición bíblica, la paz tiene la hondura de la palabra Shalom, de algo que no es quietismo, ni siquiera ausencia de conflictos, sino plenitud de Dios. Como algo que tiene que ser construido en profundidad, no sorprende que ya San Pablo VI hablara de la Paz como del desarrollo integral y que en el mensaje del Papa Francisco por el día de hoy nos proponga el diálogo entre generaciones, la educación y el trabajo como los instrumentos necesarios para construir una sociedad pacífica, que se apoye en la justicia, la única garantía de una paz verdadera. Los objetivos son ambiciosos, pero nos colocan en la línea de nuestra mayor ambición, la única válida: promover ahora y aquí la construcción del Reino de Dios, del Reino de Cristo, del Reino del Evangelio con todas nuestras fuerzas. Nuestra oración hoy es pedir fuerza para renovar nuestro compromiso personal y comunitario con el Reino de Dios para este año 2022 que empezamos y confiar en los “tempi” de su realización definitiva al único que tiene el poder de hacerlo: al Señor que nos espera al final de la historia.

Abadia de MontserratSolemnidad de Santa María, Madre de Dios (1 de enero de 2022)

Misa del dia de Navidad (25 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (25 de diciembre de 2021)

Isaías 52:7-10 / Hebreos 1:1-6 / Juan:1-18

 

“A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”. Lo acabamos de escuchar. Era la última frase de este fragmento inicial del evangelio de San Juan. Permitidme un apunte referente a la traducción. El verbo final utilizado en catalán, revelar traduce un verbo original griego exegésato que en la versión latina tradujeron por enarravit. Los dos verbos significan explicar detalladamente, narrar…, esta traducción, algo distinta a la litúrgica, nos permitiría decir que la última frase que he citado nos proclama sencillamente que Jesucristo nos ha explicado con detalle quién es Dios: ipse enarravit.

Lo primero que nos explica Jesucristo de Dios es su voluntad de servirse de la humanidad. Demasiado resplandeciente para ser visto, Dios quiso hacerse hombre en Jesucristo para que no tuviéramos más confusiones, ni errores sobre quién era él: un Dios capaz de amar más allá de las categorías humanas, más allá de la reciprocidad, más allá de todo. En toda la tradición del Antiguo Testamento, Dios apuntaba ya a la humanidad como un instrumento de su salvación, pero finalmente como nos decía la lectura de la Carta a los Hebreos, después de haber hablado de muchas maneras, ha hablado definitivamente en Jesucristo. Admira, hace pensar que la humildad de lo que contemplamos en cada pesebre, un paisaje, unas personas, un niño recién nacido, es exactamente lo que San Juan nos explica en el inicio de su Evangelio, El que es la Palabra se ha hecho hombre y ha habitado entre nosotros. Hombre en el sentido de humano, sin distinción alguna de género. Humano y suficiente. Sin adjetivos. No humano europeo, o humano rico o pobre, ni siquiera humano cristiano, sino humano. ¡Qué exigencia de fraternidad universal no debería provocarnos un Dios hecho hombre de este modo radicalmente transversal!

Jesucristo nos explicará a Dios a partir de aquí por su vida humana. No celebramos el nacimiento de las personas ni sus cumpleaños por su nacimiento sino por todas sus vidas. También Jesús, más allá del significado inevitable de la Encarnación, contenido desde el primer momento de su concepción, en su nacimiento proyecta de algún modo todo lo que vendrá después. Porque a pesar de cumplir la promesa mesiánica del Antiguo Testamento y proclamarlo Rey, Príncipe de la paz, mensajero del designio de Dios y tantas otras categorías con las que la liturgia de Navidad nos invita a alabarle, es el hijo de María y José, será conocido como Jesús de Nazaret y nos dejará por encima de todo un evangelio, fuente para conocerlo y ley para seguirle como cristianos. En este evangelio, leeremos que su mesianismo es amar. Estimar especialmente lo que más necesita ser amado: los pobres, los enfermos, las viudas, los leprosos. Nos explicará a un Dios que ha querido salir al mundo a buscar estas situaciones, que nos manda que no nos desentendamos de las situaciones de pobreza.

Siempre me ha sorprendido la validez del lenguaje del Evangelio, después de casi dos mil años de su redacción. Cuántos pobres, cuántos enfermos, cuántas personas solas a imagen de las viudas del Antiguo Testamento, no tenemos hoy en nuestras sociedades. ¿Cuántos desequilibrios territoriales en el mundo. Jesucristo ha venido a explicarnos que Dios quiere otra cosa. Quiere su Reino: si no lo tuviéramos claro en todo el Antiguo Testamento, que también lo decía, ahora no podemos dudar de ello. Su nacimiento casi como un sin techo nos exige ser solidarios con estas realidades que ha querido habitar. Nos estremece escuchar y leer algunos casos de familias sin techo, a quienes vemos caer a veces en manos de mafias que negocian incluso con habitáculos infrahumanos, aprovechándose de la miseria y de la desesperación. Con el propósito de colaborar y tener presente el drama de tantas personas sin techo, os proponemos colaborar con Caritas, que nos advierte de las graves consecuencias sociales de la Covid y que presta especial atención a los problemas de vivienda.

Pero a pesar de su enseñanza, a pesar de su intervención directa en el mundo con hechos y palabras, Jesucristo también nos ha explicado que ni siquiera Él, mientras estuvo en la tierra, consiguió la conversión de la humanidad a los ideales de Dios y del Reino. Es más: acabó víctima de la misma dolencia humana, y sólo en el ámbito pascual de su resurrección, su mensaje empezó a impregnar el mundo y lo sigue haciendo hasta la fecha. La Navidad que hoy celebramos también avanza la Pascua: la divinidad entra en la humanidad, para que un día la humanidad pueda entrar en la divinidad, como su destino y su desempeño final. No nos desesperemos pues, si nos cuesta ver avanzar a este Reino. Lo único que podemos hacer es seguir luchando por hacerlo real.

Jesucristo nos explica de Dios su generosidad y gratuidad como también dice el evangelio de hoy: y a nosotros nos ha hecho el don de poder acogerla. Pero fijaos: poder acogerla. Ninguna obligación, ninguna exigencia. Dios admite de nuevo los límites humanos y nos deja la libertad de seguirle. ¿Podría ser de otro modo si hablamos de un Dios manifestado en un niño, en humildad y debilidad? Gracia y libertad son también los dones de Navidad. Gracia porque todo es gratis: Porque sí: porque podemos decirnos cómo decía San Agustín hablando de la Encarnación, en el final de uno de sus sermones de Navidad: Pregunta qué mérito, pregunta qué causa, pregunta qué justicia, y verás que sólo encuentras gracia: gratuito. Quaere meritum, quaere causam, quaere iustitiam; et vide utrum invenias nisi gratiam.

Y por si aún no lo hubiéramos entendido del todo, finalmente Jesucristo nos ha explicado un Dios que ha ido hasta el extremo del amor, que no sólo ha querido hacerse hombre sino que ha querido todavía abajarse más, hasta la misma materia de cada día y quedarse con nosotros en el pan y el vino de la eucaristía, en su cuerpo y su sangre: gratuitos, ofrecidos a todos, signo de un Reino que empezó ciertamente en un Pesebre de Belén, en la primera Navidad, y que continuaremos celebrando hasta su regreso glorioso.

Es él quien nos lo explicó. Ipse enarravit. Creo que Dios en Jesucristo y su Evangelio nos lo ha dejado bastante claro.

 

Abadia de MontserratMisa del dia de Navidad (25 de diciembre de 2021)

Misa de la noche de Navidad, Misa del Gallo (24 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (24 de diciembre de 2021)

Isaías 9:1-6 / Tito 2:11-14 / Lucas 2:1-14

 

Celebramos Navidad en medio de la noche. El nacimiento de Jesucristo ocurre en la oscuridad. En la oscuridad física de las horas en las que no hay luz, en un momento del año en el que en nuestras latitudes las noches son especialmente largas, en una familia, que a pesar de ser de la Casa de David, no tenía lo que hoy llamaríamos “glamour”, en la improvisación de un alojamiento precario, en un momento de la historia de Israel, donde prevalecía más la sensación de derrota y de fracaso que la del triunfo y del éxito. Por otra parte, sin embargo, no era un nacimiento inesperado ya que toda la tradición de Israel preparaba ese momento. La historia del pueblo de Israel es más una historia de éxodos, de exilios, de derrotas que la de una nación favorecida por el bienestar material y la estabilidad política en la tierra. Israel elabora en toda su teología, muy especialmente en la de los profetas, la esperanza de una liberación, de un redentor, de un Mesías. Da mucho que pensar que el pueblo que llamamos escogido por Dios, sea este tipo de pueblo, sometido a tantas pruebas. Quizá hacía falta que la salvación arraigara en quien fuera capaz de entenderla a fondo. Sí. El mensaje de la redención no viene en un contexto fácil y, sin embargo, Dios promete venir y hacerse presente. La promesa, y la esperanza en el cumplimiento de esta promesa, han sido siempre temas característicos del pueblo judío, nuestros hermanos mayores en la fe.

Y es aún más sorprendente que esta promesa tan trascendental, anunciada a los patriarcas, contada por los profetas sea explicada en el Evangelio de una manera tan sencilla: el nacimiento de un niño en un establo, en plena noche, cuando no se ha encontrado sitio, ¡en ninguna parte! Naturalmente que tenemos la perspectiva para afirmar que este nacimiento es extraordinario, es sin embargo el cumplimiento de la misma promesa histórica hecha en Israel y por Israel para toda la humanidad: la promesa de El Salvador. Aún más extraordinario, la promesa se cumple en el anonimato más profundo y sólo algunas circunstancias privadas nos lo dicen, como las revelaciones a la Virgen, a San José, a Zacarías y a Isabel, padres de Juan Bautista, tal y como son explicadas en los evangelios llamados de la Infancia y con los que hemos ido preparando esa solemnidad.

Por eso cantamos esta noche en todo el mundo:

¡Santa noche!, ¡plácida noche!

Jesus, tan pequeño,

es el Dios, Ser Supremo poderoso,

en humilde pequeñez recluido

para salvar a todo el mundo,

Situados en esta noche de la historia, entendemos mejor lo que es Navidad. Y que gran parte de su mensaje ha sido captado en la frase del villancico que nos dice que ese Dios tan grande ha sido “En humilde pequeñez recluido”.

¿Cómo podemos comprender desde nuestra situación actual el significado de la Navidad? En el diálogo que debemos tener y que tenemos con nuestros hermanos y hermanas, ¿a menudo nos encontramos con la pregunta fundamental sobre la salvación? ¿De qué debemos ser salvados hoy? ¿Qué sentido puede tener la Navidad si no somos capaces de arraigarlo en una promesa y en una esperanza de salvación real, existencial, que quiera decir algo para el mundo de hoy? Podríamos responder naturalmente con el catecismo, con la antropología de la Iglesia que nos dice que todos somos pecadores y por tanto todos celebramos con la Navidad, el nacimiento de Jesucristo que nos ha devuelto la inocencia que como humanidad habíamos perdido y nos ha perdonado los pecados. Pero si en vez de quedarnos a este nivel teórico, queremos ir un poco más allá, hacer que esta verdad de salvación personal y colectiva realmente se entienda y se viva en el mundo, ¿cómo podemos explicarlo?

Hace dos años que vivimos la pandemia del cóvid19. ¿Podría ser que este hecho nos acercara a una especie de conciencia universal de salvación? La pandemia es global como lo es la situación de la que Dios viene a salvarnos a todos. Hacía muchos decenios que no sentíamos tan cercana, tan real una amenaza colectiva por la humanidad. Tratemos de ser conscientes de ello porque puede nacer un valor de solidaridad real, más allá de las fronteras, de las culturas, de las divisiones que a los ojos de los cristianos deberían ser escandalosas entre diversos tipos de mundo: primero, tercero, cuarto… ¿Es que Dios ha creado mundos diferentes? ¿Es que se ha encarnado quizás en humanidades distintas?

La pandemia nos ha vuelto a colocar en la inseguridad. Hay cierto desconcierto ante tanta y tanta información. Nos ha desinstalado de nuestras fes y confianzas ciegas en el progreso y la ciencia. Quizás nos ha vuelto a manifestar aquella situación que tantas veces encontramos en la Biblia, por la que el mayor pecado es la autosuficiencia humana, prescindiendo de Dios. No cabe duda de que saldremos adelante gracias a los esfuerzos de los científicos, pero el contexto extraordinario que vivimos podría ayudarnos a reflexionar sobre nuestros límites, a dejar entrar un poco lo inesperado, lo imprevisible, lo inefable a las nuestras vidas.

¿Qué significa celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret, de Cristo, la encarnación de Dios en medio de este mundo? No creo que quiera decir confiar en una intervención directa por parte de Dios. Jesús no nace este año en Belén con una vacuna, o una píldora, o directamente con anticuerpos por todo ser humano. Ya nos ha demostrado que la intervención directa no es su estilo habitual. Pero Navidad debe ser recordarle a Él y a su evangelio y saber que en primer lugar, da sentido por su sola presencia a la vida, el dolor y la muerte de todos los hombres y mujeres. La Iglesia tiene ejemplos constantes de ese sentido concedido como un don de Dios en Jesucristo a la humanidad. Esto es salvación. Y hace falta sentirla como necesaria, a poco que salgamos de la anestesia colectiva en la que nos encontrábamos, no sé si nos encontramos todavía, y a la que, tengo a menudo la impresión estos días, de que muchos tienen prisa para volver rápidamente, cuando todo esto pase.

Esto que estamos haciendo esta noche, rezar, velar, renovar el sentimiento de la esperanza de Israel en la promesa y celebrar que en Jesús se cumplió por completo, por su condición de ser el Mesías esperado, da sentido al mundo. Pero todavía nos falta un paso más: necesitamos humanizar el mundo. De la misma manera que Dios, por su Palabra, tal y como hemos cantado, quiso elevar a la humanidad, cuando la asumió en la persona del Hijo, también nosotros debemos trabajar para dar al mundo esta humildad que le haga sentir necesidad de ser salvado, predispuesto a acoger a Jesús y confianza de haberlo sido realmente.

Compartir es un signo de solidaridad. Por eso os proponemos esta noche colaborar con la colecta que haremos a favor de Caritas, que nos advierte de los peligros de exclusión y pobreza que ha provocado la pandemia.

Celebramos Navidad. Celebramos el nacimiento de Jesucristo. ¿Por qué? Para continuar la obra de su evangelio que es hacer un mundo más habitable, más sostenible, más justo y más fraterno. Nadie negará que de esto, se le llame Salvación u otro nombre, tenemos hoy, toda la necesidad.

 

Abadia de MontserratMisa de la noche de Navidad, Misa del Gallo (24 de diciembre de 2021)

Domingo IV de Adviento (19 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (19 de diciembre de 2021)

Miquees 5:1-4a / Hebreus 10:5-10 / Lluc 1:39-45

 

Estimados hermanos y hermanas,

Acabamos de escuchar el texto evangélico conocido con el nombre de “la visitación”, que en el conjunto del evangelio según san Lucas está precedido por el relato del anuncio del ángel Gabriel a María de su maternidad por obra del Espíritu Santo. Subrayo esto, al inicio de esta reflexión, porque es importante no desligar ambos textos.

En la anunciación, Gabriel, el mensajero de Dios, es enviado a una joven de Nazaret, llamada María, para hacerle saber que ha encontrado gracia a los ojos de Dios y que Éste la ha escogido para ser madre del Hijo del Altísimo. La disposición de María para acoger esta llamada nos la hace ver como una mujer que vive abierta y atenta de forma incondicional a la Palabra de Dios, que en esta ocasión le está dirigida directamente.

Una vez el ángel se retira para que el misterio de la presencia del Espíritu en María se realice en el silencio y en la intimidad, María se levanta decidida y se va a la montaña de Judá, a casa de su prima Isabel, una mujer ya muy mayor, que también como ella esperaba un hijo.

Dicho esto, conviene que nos fijemos en un primer aspecto muy importante: siempre que escuchemos la Palabra de Dios, siempre que hagamos un rato de oración, siempre que participemos en la celebración de la Eucaristía o de otros sacramentos, no podemos quedarnos parados, impasibles, en nuestra casa o encerrados en las propias seguridades o miedos. La Palabra de Dios, que es Buena Noticia en toda ocasión, nos empuja a serlo también nosotros para aquellos que viven marcados por la necesidad o por la tragedia. María dejando a un lado su seguridad y no contemplándose a sí misma, sale decidida hacia Judea para tratar de ser una ayuda y una compañía para su prima. María nos aparece como la mujer de la caridad, la mujer misionera. Por eso no es de extrañar, que al encontrarse las dos madres, estalle por parte de ambas un canto de acción de gracias, que hace saltar de entusiasmo al niño que Isabel lleva en las entrañas.

“en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre», gritó Isabel llena de gozo. La presencia de Dios en nuestra vida, tal y como María la llevaba en su seno, y también en la vida de los demás es fuente de gozo, ya que Dios es el verdadero origen y la plenitud de nuestra alegría. Por eso os invito a preguntarnos: ¿Qué irradio a mi entorno: paz, alegría, serenidad, confianza o, por el contrario, desbarajuste, mal humor, desconfianza, desazón, etc.?

Para irradiar alegría verdadera, tal y como nos invitaba la liturgia del pasado domingo, es necesario que seamos capaces, como María, de acoger con fe al Señor, en nuestro corazón, no olvidando nunca, que la alegría verdadera va íntimamente ligada al espíritu de servicio. María era plenamente feliz, como toda madre que espera un hijo, pero esto no le fue ningún obstáculo, ni durante el embarazo ni después, para hacer felices a quienes le rodeaban. Entre ellos también estamos cada uno de nosotros, ya que Ella se ha convertido en la madre de todos los creyentes.

» ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!… Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá», continuó diciendo Isabel haciendo un elogio de la fe de María, que sin duda fue muy mayor.

La grandeza de fe de María no excluye que viviera con desconcierto y sin entender muchas de las cosas que le sucedieron a sí misma o a su Hijo Jesús. Sin embargo María confió siempre en el Señor y ésta fue la clave de bóveda de su fe, de su disponibilidad, de su sí incondicional y para siempre. Por eso, todo lo que el Señor le prometió se cumplió. Promesa que tuvo su plenitud al pie de la cruz y en el amanecer luminoso de la mañana de Pascua.

Hermanos y hermanas, la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de Jesús, es para nosotros el cumplimiento de la promesa que Dios nos ha hecho a cada uno de nosotros y que nos ha renovado, como cada año, en este Adviento, que ya toca en su final.

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Adviento (19 de diciembre de 2021)

Domingo III de Adviento (12 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (12 de diciembre de 2021)

Sofonías 3:14-18a / Filipenses 4:4-7 / Lucas 3:10-18

 

Queridos hermanos y hermanas,

El domingo III de Adviento recibe el nombre de “Gaudete” por las palabras que hemos cantado al comienzo de la celebración: “Alegraos”. Forman parte del capítulo de advertencias de la carta de san Pablo a los Filipenses que hemos escuchado como segunda lectura.

Este colofón del escrito del Apóstol contiene, en su brevedad, unas recomendaciones de permanente actualidad. Si hacemos una disección para entender mejor su alcance, nos encontramos en cinco afirmaciones que podríamos imaginar colocadas en un podio con dos escalones a cada lado.

El lugar central, el del campeón, lo ocuparía una afirmación de fe: «El Señor está cerca».

Para subir encontraríamos al principio la conocida afirmación que da nombre a este domingo: “Alegraos siempre en el Señor”. Y san Pablo insiste: “Lo repito: alegraos”.

A continuación, un escalón más arriba, una invitación a la coherencia cristiana: “Que todo el mundo os conozca como gente de buen trato”.

Y la afirmación central de la proximidad del Señor es la consecuencia: «El Señor está cerca».

Se derivan dos consecuencias, los dos escalones de bajada: Primero, “No os inquietéis por nada”. Y segundo: “Acudid a la oración y a la súplica con acción de gracias”.

Así tenemos, en pocos versículos, cinco advertencias que podemos resumir con estas cinco expresiones: Alegría – Coherencia – Proximidad del Señor – Serenidad – Oración. Son intercambiables. Si queréis empezar por la última –la oración con acción de gracias–, iremos a parar a la alegría.

Pero me gustaría insistir en la que pasa más desapercibida, la serenidad: “No os inquietéis por nada”. Da pie a ello la profecía de Sofonías, con su constante invitación a la alegría. Este mensaje destinado a Israel –originariamente llamado aquí hija de Sión– nos hace pensar en nosotros, en nuestra Iglesia. Estamos inquietos, y por muchas razones. No quisiera pasar por alto que actualmente goza de poca credibilidad en la sociedad en general. No es el momento de describir sus causas, ni hacer constataciones estadísticas, ni, menos aún, bajar a noticias contemporáneas. Ocurre con la Iglesia como con las vidrieras de una catedral (piense en las de la Sagrada Familia, de Barcelona, ​​o en el rosetón mismo de nuestra basílica). “Si uno mira las ventanas desde el exterior, sólo ve trozos de cristal oscuro unidos por tiras de plomo igualmente oscuras. Pero si se entra dentro y se miran esas mismas vidrieras a contraluz, ¡qué esplendor de colores, de historias y de significados ante nuestros ojos! Se trata, pues, de mirar a la Iglesia desde dentro, en el sentido más fuerte de la palabra, a la luz del misterio del que es portadora” (Card. R. Cantalesa, I Predicación de Adviento, 3.12.21).

Quedémonos en el hecho de que a esta “hija de Sión” el profeta le recuerda dos veces que “tienes dentro de ti al Señor” y que él, Dios, “por ti se ha transportado de alegría, te renueva su amor ”. En una palabra: le anima a gritar de gozo. La expresión “hija de Sión” ha emparentado la Iglesia con María, y la doctrina de nuestros días es que la Virgen María “sobresale entre los pequeños y los pobres del Señor, que confiadamente esperan y reciben la salvación” (Conc. Vat. II, LG 55). Esta afirmación contundente da sentido a la forma en que debemos contemplar a María en este Adviento. Da sentido, además, a la forma en que debemos asumir, desde el interior de la comunidad cristiana, la pobreza de desnudarnos de hipocresías y trabajar para ser cada vez más coherentes.

Alegría – Coherencia – Proximidad del Señor – Serenidad – Oración. Por tanto, vamos hoy a comulgar con el mensaje profético que la Iglesia nos canta: “Decid a los corazones inquietos: ¡animaos no temáis!”. Si superamos la inquietud que nos atrapa, recuperaremos, en caso de que las hayamos perdido, no sólo la serenidad, sino también la coherencia y la alegría, porque sabemos que el Señor está cerca.

 

 

Abadia de MontserratDomingo III de Adviento (12 de diciembre de 2021)

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (8 de diciembre de 2021)

Génesis 3:9-15.20 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:26-38

 

Cuando algo más joven que ahora estudié la asignatura que en teología habla de la Virgen María, la mariología, el profesor asoció esta solemnidad de la Inmaculada Concepción a la vocación de Santa María. Inmaculada Concepción significa, queridas hermanas y hermanos, completamente limpia desde el principio de la vida, sin haber cometido ninguna falta ni tener la posibilidad de cometerla y eso es una circunstancia que sólo la Virgen comparte, ella y ningún otro ser humano, con Jesucristo. Por esa cualidad tan especial, Dios la preparó para su vocación, para la llamada que le haría y que hemos leído en el Evangelio a ser la Madre de Jesucristo. Al poner juntas la solemnidad de hoy y la vocación podemos también hacer una lectura existencial de lo que le ocurrió y que nos afecte a todos. Porque a pesar de las diferencias entre nosotros y ella, todos tenemos o tendremos una vocación, una llamada de Dios a hacer algo en la vida. Y sobre este punto quisiera compartir algunas ideas. 

La primera nos dice que, a pesar de la dificultad recurrente de nuestra fe en creerlo, Dios es capaz de comunicarse con nosotros. Esta idea tan simple es la base de la primera lectura y del evangelio que hemos leído. Dios quería decir algo a Eva y quería decir algo a María. Una de las formas que las tradiciones judías y cristianas tienen de representar este mensaje de Dios a los hombres y mujeres son los ángeles, como hemos leído en el Evangelio. También encontramos otras formas de cómo Dios se comunica: por ejemplo en la primera lectura sale a hablar y a preguntar directamente a Adán y a Eva, les pregunta: ¿Dónde estás? ¿Qué has hecho? En otros pasajes Dios habla utilizando experiencias interiores, el silencio, la luz… La situación más normal en nuestra vida no es que se nos aparezcan ángeles con un mensaje muy claro o que oigamos a Dios hablarnos y haciéndonos preguntas, sino que normalmente debemos buscar la voluntad de Dios en nuestra realidad de cada día, en lo que nos dicen los padres o los maestros, los amigos, los hermanos de comunidad, algún maestro o director espiritual, también en las cosas que pasan a nuestro alrededor, en las necesidades que vemos que existen. Sea como fuere, lo que quiero decir es que podemos comprender de muchas formas diferentes qué quiere Dios de nosotros. Esta voluntad de Dios será distinta también en las etapas de la vida. ¡Qué diferente para María la voluntad de Dios en el momento de la anunciación o al pie de la Cruz! Pero siempre fue fidelidad a Jesucristo. También una misma llamada puede tomar en nuestras vidas momentos muy distintos. Lo puedo decir por experiencia. El Evangelio de hoy nos habla, en primer lugar, sobre todo de la posibilidad real de una vocación.

La segunda idea de hoy es la de la preparación para hacer lo que nos piden. Las vocaciones nunca pueden venir si no existen las posibilidades de desarrollarlas. Dios no juega con nosotros. Dios no pide lo imposible. En el caso de la Virgen María, esta preparación fue toda una disposición personal dada gratuitamente para poder recibir el misterio de la encarnación de Jesucristo. Y para ella fue inesperada, incierta, con horizontes insospechados en el momento de producirse. Pero ciertamente estaba preparada, Pre Parata, es decir dispuesta por adelantado para cumplir su llamada. ¿Y nosotros? Nosotros deberíamos tener también la confianza en que Dios nos dará los medios para cumplir las vocaciones que vamos a recibir. En la mayoría de los casos nuestras capacidades ya serán un punto de partida: todo lo que somos es don de Dios y por tanto todo lo que nos proponemos en la vida lo hacemos a partir de lo que somos, y reconocerlo debería ser el primer paso para averiguar qué quiere Dios de nosotros. Creo que ésta fue la actitud de la Virgen, a pesar del miedo, la duda, la sensación, también a menudo tan nuestra, de no ser capaces de hacer lo que nos piden. Pero es todo lo contrario. Si es de Dios podremos hacerlo. ¿Fácil? No. Como no lo fue para Santa María, ni lo fue especialmente para Jesús, pero su fidelidad demostró que Dios nunca se equivocaba.

Todavía existe una tercera idea en este evangelio. A María no le preguntaron explícitamente si aceptaba o no esa situación de ser Madre de Dios. Pero, en cambio, el relato nos reporta su actitud de aceptarlo. Las más que célebres frases: Soy la sierva del Señor, que se haga en mí según tu Palabra, nos ayudan a entender que nosotros y nuestra actitud ante lo que nos pide Dios serán muy importantes. La respuesta de María, paradigma de toda la disponibilidad cristiana en ponerse en el camino del evangelio y de la obediencia interior a Dios, será siempre el ejemplo de la respuesta auténtica, aunque a veces no seamos plenamente conscientes de hasta dónde nos puede llevar. Y después de esto el ángel se retiró, como confirmando que ya no era necesario, que el mensaje se había entendido.

En el fondo, la solemnidad de hoy, nos recuerda que Dios pide nuestra colaboración en su proyecto para la humanidad que es el de que todo el mundo viva y se salve.

Desde tantos lugares y desde tantas capacidades personales, podemos y debemos trabajar para conseguir que todo el mundo viva y se salve. Pensemos si no, en la amenaza a la vida, a la integridad, a la salud de tantas personas. Pensamos en un mundo que se ha cerrado sobre un cierto egoísmo a causa del Covid, pensamos en tantos países que se llaman de tradición cristiana y parecen tan indiferentes a la situación de la vacunación de los más pobres, tal y como insistentemente denuncia el Papa Francisco… Menos mal que Dios es perseverante, insistente en sus llamamientos y firme en su plan salvador que continúa hasta cuando miramos hacia otro lado.

Que nos sirva esta celebración para disponernos a cumplir siempre con la voluntad de Dios.

 

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2021)

Domingo II de Adviento (5 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat y Rector del Santuario (5 de diciembre de 2021)

Baruc 5:1-9 / Filipenses 1:4-6.8-11 / Lucas 3:1-6

 

Esta mañana, en la oración de Laudes, San Pablo nos recordaba que hoy tenemos la salvación está ahora más cerca que cuando abrazamos la fe. Y esta proximidad siempre es motivo de alegría, porque tal y como en la primera venida nos trajo la paz del cielo que los ángeles cantaron en Nochebuena, cuando venga a buscarnos a finales de nuestros días, la alcanzaremos plenamente, cuando Cristo resucitado nos llevará allí donde Él está con el Padre y el Espíritu Santo desde siempre. En cada eucaristía expresamos este deseo tan grande cuando proclamamos con fe lo de: ¡Ven, Señor Jesús!

El Adviento litúrgico nos recuerda, preparando la Navidad, esta realidad de todo el año. Y para todo el año el evangelio nos recuerda la actitud dinámica de la conversión que nos mantiene activos en esta tensión entre el presente y la eternidad.

Hay dos imágenes del evangelio de hoy que nos ayudan a entender la dinámica de la conversión: El desierto y el Jordán. El desierto, lugar donde se escucha la palabra de Dios que habita en el silencio del corazón, y el Jordán, umbral que fue de la entrada a la tierra prometida, ahora símbolo del lugar donde se comparte el mensaje que hace posible la entrada al Reino de Dios prometido para todos.

La ruta que Juan Bautista abre en el desierto lleva al Jordán, al agua de la Tierra Prometida. El Precursor del Señor nos hace ver que hay que entrar en el desierto e ir al Jordán, que hay que buscar la soledad, no tener miedo al silencio que hace posible escuchar los latidos del espíritu, para poder discernir entre tantas voces la voz que es capaz de renovarnos de verdad. Una palabra no un eslogan, quizás más un interrogante que cuatro frases de auto ayuda, mejor aún una palabra de contradicción capaz de convertir la inercia de los comportamientos políticamente correctos en nuevas motivaciones humanamente mejores. La palabra que viene del desierto es una «palabra semilla» capaz de hacer germinar algo bueno, de reciclar tantos intentos fallidos de vida para recrear una posibilidad real de futuro.

El desierto nos lleva a encontrarnos con lo esencial. Casi siempre lo esencial consiste en pocas cosas, sólo las imprescindibles: afrontar la fragilidad y la grandeza de la misma vida humana con sinceridad y verdad. Éste es en definitiva el mensaje del hijo de Zacarías: Conviértete. Pon ante Dios tu miseria, quédate delante de Él esperando el don del fuego de su Espíritu, fuego que purifica del pecado, fuego que es estallido de vida nueva.

La conversión, tal y como nos recuerda el Catecismo, «es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que recibe en su propio sí los pecadores y, siendo santa a la vez que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación (LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Su fuerza radica en el deseo de la pureza de corazón que, atraído y movido por la gracia, corresponde al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.

El amor que nos tenemos unos a otros, en tanto que viene de Dios, es la semilla que, persistiendo en medio de las dificultades, debe cultivarse para que vaya enriqueciéndose y creciendo más y más, la semilla que lleva la penetración y la sensibilidad de espíritu que nos lleva a respetar, valorar y amar a todas las personas. La convivencia vivida como don de la gracia y trabajo de conversión, nos ayuda pedagógicamente a saber apreciar y movernos en los valores auténticos para poder llegar limpios e irreprochables sin obstáculos al día de Cristo, cargados de aquellos frutos de justicia que se dan por Jesucristo, a gloria y alabanza de Dios, como nos decía el apóstol.

La palabra recibida en el desierto es para comunicarla en el Jordán, a esa orilla de la tierra prometida que todos deseamos, este Cielo nuevo y esta Tierra nueva a la que todos nos dirigimos. En este camino, debemos saber compartir con todos, el mensaje positivo que encierra todo el evangelio de Jesús, porque la salvación que lleva incoada en él es para todos y está destinada a penetrar con fuerza humanizadora los problemas, las crisis, los miedos y las esperanzas que son de todos.

El evangelio de Jesús no es fantasía de un mundo imposible, tampoco es resignación que sublime el luto y la aflicción, sino realidad con esperanza. Con la ayuda del Señor, debemos persistir en la siembra de la Palabra de Dios, a pesar de que tengamos lágrimas en los ojos, para que pueda haber una siega que convierta el luto y la aflicción en cantos de alegría, unos cantos, los de Navidad, que ya son parte de esa cosecha.

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo II de Adviento (5 de diciembre de 2021)

Domingo I de Adviento (28 de noviembre de 2021)

Homilía del P. Bernat Juliol, prior de Montserrat (28 de noviembre de 2021)

Jeremías 33:14-16 / 1 Tesalonicenses 3:12-4:2 / Lucas 21:25-28.34-36

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

Para mucha gente, uno de los recuerdos más entrañables de nuestra infancia es cuando la noche de Reyes íbamos a esperar la cabalgata con la solemne llegada de Sus Majestades: Melchor, Gaspar y Baltasar. Año tras año, los niños y niñas, llenos de sorpresa, de ilusión y de gozo cantan la canción de bienvenida y levantan bien alto los farolillos para que Sus Majestades no pasen de largo sin verlos y darles algún caramelo.

La Iglesia nos propone que con esos mismos sentimientos con los que vamos a «esperar a los Reyes que vienen» también salgamos a «esperar al Señor que viene». Éste es el mensaje del Adviento que hoy empezamos: debemos prepararnos para recibir al Señor, Cristo que sale a nuestro encuentro. Aquel que hemos proclamado Rey, aquel que es descendiente de David, está a punto de entrar en el mundo al igual que un día entró en Jerusalén aclamado por la gente con palmas.

El Adviento nos pone delante el misterio de las dos venidas de Cristo: la primera en su nacimiento como hombre en el portal de Belén; la segunda en su venida al final de los tiempos, cuando va a hacer todas las cosas nuevas y entonces lo seremos todo en todos. A la primera venida hacía referencia el libro de Jeremías cuando decía: «suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra». Y de la segunda venida nos hablaba el evangelio de Lucas: «Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria».

En Belén, contemplaremos la gloria del Dios hecho hombre, el gran misterio de la encarnación divina. Quien es la Sabiduría divina, quien ya estaba presente en la creación del mundo, ahora se ha hecho un niño, ha querido compartir nuestra naturaleza humana. El que era Dios invisible ahora se ha hecho visible en una persona concreta. El profundo abismo que existía entre la divinidad y la humanidad ha quedado superado. La gloria eterna se muestra de forma sublime en un débil niño.

La encarnación de Dios nos enseña el camino de la salvación, nos muestra que Dios ha venido a compartir nuestra vida humana para que nosotros podamos compartir su vida divina. Así, Cristo se convierte en el nuevo Adán, el nuevo origen de la humanidad, el modelo perfecto de Hijo de Dios. Con la encarnación Dios nos dice que el mundo no salva pero sin el mundo no hay salvación. Esto debe hacernos responsables de nuestra vida, de nuestras decisiones: debemos vivir según la dignidad que hemos recibido como hijos de Dios.

Por otra parte, la segunda venida de Cristo, la que le hará volver al final de los tiempos, es la que nos debe mantener en vela: «porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra». Será aquí donde se pondrá de manifiesto cómo hemos vivido en el mundo, cuál ha sido nuestra responsabilidad hacia Dios y hacia los demás. No sabemos exactamente cómo será esta venida final, pero no debemos vivir con miedo o atemorizados. La espera de esta segunda venida debe ser también gozosa, como los niños esperan a los Reyes. Cristo vendrá a salvarnos.

Los primeros cristianos, esperaban la última venida de Cristo de forma inminente. Con el tiempo, aprendieron que la esencia del cristiano era vivir con esperanza. Como peregrinos en un mundo que pasa, la esperanza nos enseña a caminar hacia delante, a buscar siempre el encuentro con Cristo. Con la esperanza superamos los obstáculos que siempre nos encontraremos por el camino. Esta virtud nos dice que el pecado, el sufrimiento y la muerte no son nunca el final, sino que en Cristo Resucitado la última palabra siempre la tienen la misericordia, el gozo y la vida.

Las dos venidas del mismo Cristo nos invitan a vivir en nuestro mundo con esperanza. A la hora de iniciar el último viaje, como buenos peregrinos que somos, sabemos que no podremos llevarnos absolutamente nada. Sólo quedará en nosotros el amor con el que hemos amado y nos hemos dejado amar. He aquí la fuente de nuestra esperanza, porque nuestro Dios es amor. Y «cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación».

 

 

Abadia de MontserratDomingo I de Adviento (28 de noviembre de 2021)