Domingo XI del tiempo ordinario (13 de junio de 2021)

Homilía del G. Anton Gordillo, monje de Montserrat (13 de junio de 2021)

Ezequiel 17:22-24 / 2 Corintios 5:6-10 / Marcos 4:26-34

 

Queridos hermanos y hermanas:

Confianza y esperanza. Estas palabras son las palabras que me han suscitado las lecturas que hemos oído hoy: confianza y esperanza.

Esperanza en un mundo mejor. Un mundo semejante a un cedro magnífico que crece de un esqueje pequeño por la fuerza que le da el Señor, como nos acaba de decir el profeta Zacarías. Un mundo en el que vivimos como emigrantes lejos de los nuestros y quizás con una fe temblorosa y llena de miedos, pero destinados a intentar cambiar el mundo ya ahora, para reunir a todos los hombres y mujeres en un mundo mejor (el Reino de Dios) como hemos oído en la segunda lectura, a pesar de tener también la mirada puesta en el mundo futuro donde disfrutaremos del Amor de Dios. Esta es nuestra esperanza, poder cambiar el mundo ahora, no por nuestros méritos, no porque seamos los mejores, sino porque confiamos en Dios: en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo.

Hermanos y hermanas. No me gusta el mundo en que vivimos. No me gusta la violencia, el hambre, la pobreza, el individualismo, las adicciones, el dolor de tantos inocentes, la indiferencia de los ricos y de los poderosos (los perros mudos como los llamaba San Antonio de Padua, mi patrono). .. Me duele el mundo actual: lo quiero cambiar y quiero instaurar el Reino de Dios: ahora.

Hermanos y hermanas, ¿queréis ayudarme a cambiar el mundo? Pues podemos hacer lo que decía el Papa San Gregorio hace casi mil quinientos años: «cuando formulamos buenos deseos, plantamos la semilla en la tierra; cuando empezamos a obrar bien, somos una brizna de hierba; cuando crecemos, llegamos a ser espigas y cuando ya estamos firmes en el buen obrar con perfección, la espiga se llena de grano maduro » (San Gregorio, Homilías sobre la profecía de Ezequiel, libro 2,3,5). Y sí, a pesar de todo esto, somos conscientes de nuestra poca cosa, de nuestras fragilidades e incoherencias, de nuestros miedos…

Pero, hermanos y hermanas, somos cristianos y podemos tener confianza en Dios-Bondad que nos ama: «¿qué diremos, pues, ante esto? si tenemos a Dios con nosotros, ¿quién estará en contra? « (Romanos 8:31). El mal no tiene la última palabra, porque gracias a la pasión, muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo, el mal ha sido vencido. Porque creemos que la bondad y el amor de Dios nos acompañan toda la vida (cf. Salmo 22).

Pero Dios (que nos ama), Dios (que nos ha hecho hijos suyos), respeta muchísimo nuestra libertad, pero espera que nosotros colaboremos en intentar cambiar el mundo y en la instauración de su Reino. Dios no quiere imponer el bien sin contar con nosotros: contigo, contigo, contigo… y conmigo. Dios desea que participemos en la instauración de su Reino.

Por ello, no importan los achaques de la edad o de la enfermedad, no importan nuestras fragilidades o nuestros miedos. Todos, independientemente de nuestra edad (seamos viejos o jóvenes inexpertos) o de nuestra condición (con más conocimientos o menos, con más habilidades o menos), todos podemos orar. Y la oración es muy poderosa: porque todo lo que pedimos al Padre en nombre de Jesús nos lo concederá (cf. Juan 14:13). Esta puede ser nuestra principal forma de cambiar el mundo, de mover los corazones de las personas, porque «por la oración, todo bautizado trabaja para la Venida del Reino» (CEC n. 2632). Después, cada uno según sus posibilidades, intentaremos poner también nuestra cabeza y nuestras manos, nuestra inteligencia y nuestro obrar para conseguir cambiar el mundo.

Eso sí: conscientes de que sin Dios no puede nada nuestra debilidad (colecta del domingo XI B), conscientes de que, quien hace crecer la semilla es el Señor, confiados en nuestro Padre Dios. Como decía Juliana de Norwich, mística inglesa de comienzos del siglo XIV:

«Dios mira con compasión y no con reproche el dolor del alma. No hacemos más que pecar. Somos protegidos en el consuelo y el temor, porque quiere que nos volvamos hacia él y nos adhiramos prontamente a su amor, viendo que es nuestro remedio. Así hemos de amar en el deseo y en la alegría. Todo lo que es contrario a esta actitud no viene de Dios sino del enemigo» (Juliana de Norwich. Libro de las Revelaciones del Amor Divino. Introducción al capítulo 82).

Nosotros podemos anunciar el Evangelio, es decir, alegres de comunicar una buena nueva (que esto significa Evangelio). Una pequeña aportación de nuestra parte, y Dios hará salir el resto: hará crecer la planta, convertirá aquella semilla y aquel esqueje en un árbol. Esperanzados porque sabemos que podemos cambiar el mundo y porque nos espera un mundo mejor. Confiados porque somos hijos de Dios.

Hermanos y hermanas. Podemos estar seguros de que nuestra fe y de nuestra esperanza no son inútiles: roguemos por la venida del Reino y anunciémoslo a los demás hombres y mujeres para que participen también de esta buena nueva. Que colaboren con nosotros a instaurar el Reino de Dios, seguros y confiados de que Dios, Bondad infinita, está a nuestro lado porque nos ama. Intentemos amarle a Él y a los hermanos, y después de muertos y resucitados, conseguiremos disfrutar de la vida eterna en Dios.

Confianza y esperanza. Esta es nuestra fe, esta es nuestra esperanza. Este es nuestro amor, por Dios y por los hermanos. Porque: «todo acabará bien; todas las cosas, sean cuales sean, acabarán bien» (Juliana de Norwich, Op. Cit. cap. 27).

Abadia de MontserratDomingo XI del tiempo ordinario (13 de junio de 2021)