Domingo IV del tiempo ordinario (29 de enero de 2023)

Homilía del P. Bonifaci, monje de Montserrat (29 de enero de 2023)

Sofonías 2:3; 3:12-13 / 1 Corintios 1:16-31 / Mateo 5:1-12

 

Hoy, en nuestra celebración dominical, todavía resuena aquella manifestación de pobreza y humildad del misterio de Navidad. Porque Navidad no podía ser sino la puerta de entrada de Cristo que venía a instalar el Reino de Dios, Reino de pobreza y de humildad, porque es esto lo que nos revela cómo es Dios. Dios es amor, y el amor es humilde y no busca su provecho, sino el de aquél que ama. Y el Hijo de Dios se rebajó, se hizo hombre y murió pobre, de la manera más ignominiosa, en manos de los poderosos, por nuestro amor. Pero el Padre confirmó su mensaje y su vida sentándolo a su derecha.

No es, pues, nada extraño que el fundamento del mensaje del Reino sean las Bienaventuranzas, que resumen la forma de vida que Dios quiere que vivamos los hombres. Una forma de vida totalmente contraria al ideal de vida que los hombres siempre han querido construir y proponer.

Hoy tenemos un texto profético que nos predice: Buscad al Señor los humildes.  Y San Pablo dice a los cristianos de Corinto: Dios ha escogido lo que no cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en la presencia del Señor. El que se gloríe, que se gloríe en el Señor. 

Las bienaventuranzas nos hablan de pobreza, de humildad, de bondad, de pasar hambre, de estar tristes, de ser compasivos, de tener el corazón limpio, de poner paz y de ser perseguidos por el nombre de Cristo. Valores que el mundo desestima.

¿Por qué esa insistencia de la Palabra de Dios? Sencillamente, porque es lo que nos ha venido a revelar a Cristo que nos trae la voluntad de Dios. Él no hacía sino revelar al Padre. Quien me ve a mí, ve al Padre. Yo no hago sino lo que me dice el Padre. Y, de hecho, la trayectoria de la vida de Cristo está marcada por el camino de la pobreza y de la humildad: empieza a predicar, no en grandes ciudades, sino en las aldeas de Galilea, elige a colaboradores de entre la gente sencilla, ignorante, pobre. Él mismo fue un trabajador hasta que inició el ministerio de la predicación del Reino. Nunca quiso hacerse de ningún movimiento social o político, ni ser proclamado profeta, o rey. Venía sólo a dar testimonio de la verdad, de la voluntad del Padre de salvar a los hombres. Su poder era hacer el bien a los desamparados, perdonar pecados, liberar de demonios, conducir al Padre. Fue la imagen del Padre, reveló el Reino del Padre.

El Dios que nos hemos formado los hombres, en cambio, es un Dios sublime, separado, que impone temor, juez supremo, Ser perfecto, pero que nos hace ver a nosotros imperfectos. Pero el Dios que nos revela Jesús no tiene esta imagen. Es todo lo contrario: es en Jesús que Dios se manifiesta y se revela. Quien ve a Jesús ve cómo es el Padre. Y Jesús nos invita: ‘Venid a mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro reposo’. ‘Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva’. ‘He venido a salvar, no a condenar’. ‘No tengáis miedo, el Padre quiere daros el Reino’. “Cree en mí y cree también en el Padre, y donde yo estoy estaréis vosotros”. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo’.

Si queremos ser discípulos de Cristo, sigamos, pues, sus huellas: Porque el que ama la vida, la perderá, y el que la pierde por mí, la recobrará. ¿Qué ganaríamos de tener todos los bienes del mundo si perdiéramos la vida? Sigamos, pues, la pobreza, la humildad, la bondad, el amor desinteresado, busquemos servir a los demás. Y, quien quiera ser mayor, que se haga servidor de todos. No existe un camino más seguro. Dios nos lo recompensará. Nos dirá: ”Venid, bendecidos de mi Padre, entrad en el Reino que os estaba preparado desde la creación del mundo”.

 

Abadia de MontserratDomingo IV del tiempo ordinario (29 de enero de 2023)

Domingo XXX del tiempo ordinario (23 de octubre de 2022)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (23 de octubre de 2022)

Sirácida 35:12-14.16-18 / 2 Timoteo 4:6-8.16-18 / Lucas 18:9-14

 

Si echamos un vistazo a la Historia de la humanidad, ¿qué vemos?: En el orden internacional: rivalidades, guerras, disputas, opresiones dictatoriales, esclavitud de un pueblo sobre otro. ¿Y en las relaciones personales?: dominio de los inteligentes sobre los menos inteligentes, de los ricos sobre los pobres, de quienes tienen algún poder cívico, de justicia, o de poder, sobre el resto del pueblo. En el fondo sólo constatamos el hecho de ser uno más que otro, dominar y no ser dominado.

Y Dios ¿qué es lo que quiere? Lo hemos escuchado en la primera lectura: quiere hacer justicia, apiadarse de los pobres que claman a Él, y no tardará en salir a favor de ellos. Y esto es lo que suplicaba el pueblo siempre que se veía sometido al dominio de otro pueblo: de los asirios, de los babilonios, de los griegos, de los romanos. Esta justicia era lo que deseaban que hiciera el Mesías que vendría a salvarles. Querían la libertad, que es lo más innato del ser humano.

Y, al llegar la plenitud de los tiempos se cumplió ese deseo, cuando Dios envió a su Hijo hecho hombre para salvar a los hombres. Pero, ¿convocó algún tribunal? ¿Llamó a la revolución social? ¿Reunió algún ejército?

Jesús, sí vino a salvar, a hacer justicia, a liberar a toda la humanidad. Pero, ¿cómo? Esto es lo que nos dice, hoy, el Evangelio. Vinieron al templo un hombre que se tenía por justo porque cumplía al pie de la letra los preceptos de la Ley, y hasta con creces. Y se comparaba con un pobre pecador, cobrador de impuestos, que no hacía más que golpearse en el pecho y repetir: Dios mío, sedme propicio, que soy un pecador. Y Dios hizo justicia a éste y no al cumplidor orgulloso de la Ley.

Y, ¿Jesús quería salvar a Israel, con ese criterio, con esa actitud benevolente y misericordiosa hacia uno que se confesaba pecador? Pues sí. Porque él había venido a salvar y no a castigar. Y esto lo constatamos en toda su actividad durante su predicación del Reino: cuida enfermos, libra de demonios, acoge pecadores, resucita muertos, no respeta el sábado (día sagrado para los judíos). Predica contra la injusticia, contra la opresión de la mujer, que, según la Ley de Moisés, podía ser despedida por el marido, fustiga el cumplimiento estricto de la Ley antes que auxiliar a los enfermos. En fin, va contra las prácticas y costumbres establecidas en esa sociedad religiosa.

Y ahora, yo me pregunto: ¿Este comportamiento puede solucionar todos los problemas del mundo? La respuesta es evidente: es la solución divina a los problemas que afectan a la humanidad. Si todos tuviésemos algo de compasión por el que sufre, si quienes tienen poder se preocuparan de hacer justicia, si todos pensáramos más en el bien de los demás en lugar de despreocuparnos, si en el matrimonio hubiera un verdadero amor para el consorte y no un deseo dominador, si entre capitalista y trabajador hubiera propósito de hacer justicia en lugar de hacer riqueza, si todo el mundo viviera respetando el bien del otro, ¿no es verdad que el mundo cambiaría? Pero Dios no se impone con amenazas, Dios respeta nuestra libertad, porque así nos ha creado para poder ser felices, y por eso no podemos esperar a que haya un hecho milagroso que cambie la situación. Somos los hombres los únicos responsables. Jesús nos ha dejado ejemplo de cómo debemos actuar. Y ahora, también, el mismo cambio climático nos lo está diciendo: somos responsables. Pero Jesús habla al corazón. Abrámosle él nuestro, sincera y totalmente.

Abadia de MontserratDomingo XXX del tiempo ordinario (23 de octubre de 2022)

Domingo XX del tiempo ordinario (14 de agosto de 2022)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (14 de agosto de 2022)

Jeremías 38:4-6.8-10 / Hebreos 12:1-4 / Lucas 12:49-53

 

Las tres lecturas de la Liturgia de hoy nos traen el mismo mensaje: el pecado de la confrontación, de la oposición be-mal.

¿De dónde vienen las oposiciones, a veces tan violentas? ¿No sólo en el campo internacional, sino también entre religiones, entre ciudades, entre familias, entre ideologías? En cualquier lugar donde haya convivencia.

Hemos escuchado en la primera lectura cómo Jeremías anunciaba guerras y derrotas en Israel. No eran palabras halagadoras. Y le sale un falso profeta que le contrapone un mensaje triunfal. Jeremías es castigado y metido en un pozo fangoso. El problema fue no querer atender a las amenazas evidentes que anunciaba Jeremías. Fue el preferir el engaño del bienestar engañoso. Esto nos exhorta a tener coraje para abrir los ojos a la realidad y no al deseo engañoso y ficticio del bienestar.

Ésta, también, es la enseñanza que nos ofrece la carta a los Hebreos. Nos pone el ejemplo de los cristianos que han dado la vida por la fe y nos han dejado el ejemplo de una vida santa. Han luchado y han vencido, por su constancia. Han sabido posponer el bienestar ficticio, asumiendo la contrariedad al igual que Cristo, el modelo por excelencia, que ha llegado al trono de Dios a través de la cruz. Él no se avergonzó de aguantar los escarnios y el martirio, porque la verdad no se puede jugar a los dados. Resistió hasta la muerte, que él puso en manos del Padre, Juez justo que premia el bien, y lo resucitó. Él es nuestro modelo de comportamiento cristiano. Como cristianos también seremos criticados e incluso burlados. Pero nuestra fe tiene el sello de la inmortalidad. Y la verdad no puede desmentirla nadie, aunque le cueste triunfar. ¡Creamos!

La contrariedad de Jesús se resume en su mensaje: “amaos unos a otros tal y como yo os he amado”. Éste es el fuego que Jesús quería que quemara la tierra. Y éste es el fuego que quisieron apagar con su crucifixión. Él predicaba un fuego que quema el mal de la división, del egoísmo, del dominio del fuerte sobre el débil, del rico sobre el pobre, del sabio sobre el ignorante, del sano sobre el enfermo, de la injusticia sobre la justicia. Anunciaba la era del amor, de la comunión, del perdón, del respeto, de la solidaridad, de la compasión. Pero los hombres de la Ley judía no quisieron hacerle caso.

Y parece que sus seguidores no hemos sabido practicarlo durante todos los siglos de cristianismo: porque, ya durante la época apostólica hubo divisiones: si era necesario o no seguir la observancia de la circuncisión y los preceptos del judaísmo. También, en las preferencias de las viudas judías sobre las de origen griego. Y no hablemos de la lucha de San Pablo con los judaizantes. Y, en el s. II, y siglos posteriores, las diversas interpretaciones de la figura de Jesús. Y la división actual de los cristianos, que tanto dificulta la predicación del Evangelio.

Jesús nos reveló quién es Dios, y que en él no hay división alguna, y quiere que los hombres seamos uno, con comunión, en comprensión por las diferencias; que cada uno trate de abrirse a lo que dice el otro, que se abra a los avances de la civilización, que haya adaptación a las novedades positivas de los hombres. Es lo que predica tan insistentemente el Papa Francisco: No encerrarse, no anquilosarse en ideas pasadas, saber acoger lo bueno que nos aporta la nueva cultura, saber cambiar de estilo pastoral y de lenguaje. Superar el clericalismo. El amor sabe acomodarse a todo lo bueno y noble, y las potencia.

A nivel personal tratemos de poner comunión donde hay división, perdón donde existe enemistad, bondad donde existe rigidez, paciencia donde hay dificultad en cambiar. Es decir, intentar hacer la comunión y poner comprensión en las diferencias inevitables que hay entre los hombres. Pero sabiendo que quien pule una piedra, colabora en la cohesión del edificio de la Iglesia.

El amor jamás destruye, siempre edifica. El amor es Dios en nosotros.

Dejémoslo actuar.

 

Abadia de MontserratDomingo XX del tiempo ordinario (14 de agosto de 2022)

Domingo III de Pascua (1 de mayo de 2022)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (1 de mayo de 2022)

Hechos de los Apóstoles 5:27b-32.40b-41 / Apocalipsis 5:11-14 / Juan 21:1-19

 

El misterio de la Pascua que estamos viviendo es el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo que ahora ha sido glorificado a la derecha de Dios. Y porque los apóstoles lo proclamaban, por eso son juzgados ante el Sanedrín. Los apóstoles no podían dejar de predicar a Cristo glorificado, era un fuego que les quemaba las entrañas, un impulso del Espíritu en ellos que les hacía anunciarlo por todas partes. Por más que se lo prohibían, no podían dejar de obedecer a Dios antes que a los hombres. No podían callar lo que habían visto y escuchado, y palpado con sus manos. Habían comido con él después de resucitar.

Este testimonio, hermanos, nos espolea a nosotros que nos decimos cristianos, que debemos proclamar con nuestra vida este misterio de salvación. Si creemos que Cristo ha resucitado, que nosotros hemos estado unidos con él por el bautismo, y nos alimentamos de la Eucaristía, significa que nuestra vida ha quedado transformada por el Espíritu Santo que Cristo nos ha comunicado. Y esto nos hace capaces de poder dar testimonio. ¿Cómo? Como lo hicieron los primeros cristianos que hacían decir a los paganos “mirad cómo se quieren”. El amor es lo único que puede cambiar el mundo. Y el amor supone autenticidad, sencillez, humildad, generosidad, perdón, acogida, unidad. No hace falta hacer grandes prodigios. El mayor prodigio es el amor. ¿Pero resplandecemos en el amor en nuestra conducta? Ésta es la pregunta. ¿No espera esto de nosotros el mundo?

Si vivimos en el amor, en la concordia, en la comunión, en la unidad, ya estamos imitando aquí en la tierra aquella glorificación en el cielo, que nos describe la página del Apocalipsis: Ángeles, ancianos y vivientes rodeaban el trono donde se sienta el Padre y el Cordero degollado, Cristo, que conserva las señales de su obediencia y su amor a los hombres; es decir, de la entrega de su vida hasta la muerte. Y todos los seres del cielo y de la tierra les dan gloria, honor y poder por los siglos de los siglos.

Por último, el Evangelio nos describe, en imágenes, la fecundidad desbordante de la misión de la Iglesia. De la sola palabra de Cristo que dice a los pescadores ‘echad la red a la derecha’, sale una pesca inimaginable, que no habían podido hacer en toda la noche los pescadores. Esto ya predice el cambio del mundo conocido en su tiempo, dominado por los ídolos, las religiones falsas y sus templos, el despotismo sobre los esclavos, y la inmoralidad de las costumbres, en un mundo cristianizado por la predicación de 12 pobres pescadores sin mucha cultura, pero con una palabra inflamada por el Espíritu, y el testimonio de su sangre.

Se repitió a nivel universal la acción de Jesucristo en Palestina: predicación del Reino de Dios y testimonio martirial. Palabra sellada con la sangre. Jesús cuidó también de dejar a un representante suyo que fuera pastor de su rebaño. Precisamente, Pedro, quien le negó tres veces, pero después le confesó, también, tres veces, su amor sincero: ‘tú sabes que te quiero’. Este pobre ser humano recibió, pues, el encargo de mantener unido el rebaño: ‘apacienta mis ovejas’. Pero no te vas a escapar de seguirme a mí. No sólo en el martirio, sino también hasta la gloria.

Nosotros somos estas ovejas que seguimos al Pastor universal, conducidos por hombres débiles, pero asistidos por la acción del Espíritu. Quienes son ovejas auténticas conocen la voz de este Pastor que las ha amado hasta dar su vida. Y le siguen a las fuentes de la vida eterna. Demos gloria a Dios que nos ha dado una roca firme de la fe en el sucesor de Pedro.

Abadia de MontserratDomingo III de Pascua (1 de mayo de 2022)

Domingo III del tiempo ordinario (23 de enero de 2022)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (23 de enero de 2022)

Nehemías 8:1-4a.5-6.8-10 / 1 Corintios 12:12-30 / Lucas 1:1-4; 4:14-21

 

El Pueblo de Israel siempre ha vivido de la palabra de Dios trasmitida por los patriarcas, legisladores, sabios y profetas. En las sinagogas se siguen leyendo todavía hoy estos textos, con la esperanza constante de que un día se cumplirá lo que Dios tiene prometido en su pueblo: un Mesías liberador.

A nosotros, cristianos, ya se nos ha dicho, como nos lo afirmaba San Lucas en su prólogo al Evangelio, que esta esperanza ya ha estado cumplida en Jesucristo, la Palabra definitiva de Dios. Y nos lo ha transmitido recogiendo los testimonios de quienes lo vieron y transmitieron de palabra: los Apóstoles. Lucas, por su parte, lo “escribe detalladamente en una narración seguida para que el destinatario, Teófilo, conozca la solidez de la enseñanza recibida”. Tenemos, pues, unas bases seguras de testigos que han visto y oído lo que Jesús, la Palabra de Dios, dijo e hizo en el período corto de su acción predicadora. Son palabras de la tradición oral 40 años después de los hechos.

Nosotros también, que hemos recibido el bautismo y hemos sido incorporados a Cristo formando un solo cuerpo, hemos recibido estas enseñanzas en la catequesis, en la familia, en la escucha de la predicación en la Iglesia, y ojalá también, en la lectura frecuente del Nuevo Testamento, sobre todo.

El texto del Evangelio leído hoy, nos lleva a la sinagoga de Nazaret, el pueblo en el que Jesús había crecido. Antes, San Lucas ya nos ha presentado a Jesús en el Bautismo donde recibió el Espíritu Santo y el testimonio del Padre: “Este es mi Hijo”. A continuación pasó por las tentaciones de Satanás, superadas, y un exitoso recorrido por los pueblecitos de Galilea predicando en las sinagogas. Los conciudadanos, pues, conocen bien la fama que le rodeaba.

Jesús recibe, pues, el volumen de Isaías, y lee el fragmento: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; para proclamar el año de gracia del Señor». (es decir, el año del perdón de las deudas). Jesús dice a continuación: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Y provocó admiración y extrañeza. Porque, ¿Qué garantía da Jesús de lo que afirma? Ya que lo dice de sí mismo. ¿Qué credibilidad tiene? Todos los que le escuchaban le conocen de siempre, porque había crecido entre ellos. Pero lo conocían sólo exteriormente, y no podían conocer su verdadera personalidad. Jesús apoya lo que afirman los profetas, certifica que sigue las predicciones de Isaías, y, además, lo confirma todo con lo que él ha hecho y predicado, que responde a lo que dice Isaías. Jesús nunca afirmó nada de sí mismo que no lo confirmara con los hechos. Cierto, que era hijo de María y José, pero también Hijo de Dios en el que se cumplía la Escritura. De ahí la importancia que dan los Evangelios al desempeño de las Escrituras en los hechos y enseñanzas de Jesús. En el comportamiento de Jesús nunca hay discrepancias entre lo que dice y lo que confirman sus actos. Jesús no necesitaba llevar un letrero que dijera ‘soy el Mesías’. «Si no me cree a mí, cree las obras que yo hago» afirma. Y ante Pilato dice: “no me preguntes a mí, pregunta a quienes me han oído y han visto lo que yo he hecho”. Él no necesitaba dar explicaciones. Lo remachaba con palabras de la Escritura. ¡Era coherente!

Ojalá nosotros pudiéramos confirmar siempre nuestro nombre cristiano con nuestros hechos creíbles. Que nuestro sí, sea siempre sí, para gloria de Dios Padre.

 

Abadia de MontserratDomingo III del tiempo ordinario (23 de enero de 2022)

Domingo VI de Pascua (9 de mayo de 2021)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (9 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 10:25-26.34-35.44-48 / 1 Juan 4:7-10 / Juan 15:9-17

 

Vamos terminando la celebración del tiempo Pascual. Hemos participado sacramentalmente de los misterios salvadores. ¿Podríamos explicar la vida de Jesús en pocas palabras? Ya que el final de la vida responde a todo lo que ha sido la experiencia anterior: “Como vives, morirás”.

Hay una frase en el interrogatorio de Pilato que creo puede resumir el porqué de la existencia de Jesús. Pilato le pregunta: «¿Tú eres rey?». Y Jesús responde: «Sí, pero mi reino no es de este mundo. Yo he nacido y he venido al mundo para dar testimonio de la verdad”. Esta respuesta contiene la explicación de todo lo que Jesús ha hecho y cómo lo ha hecho.

Jesús nunca quiso hacer signos maravillosos para deslumbrar a los hombres. Cuando le pidieron una señal del cielo se negó. Él no venía a entusiasmar a la gente, su actuar fue siempre discreto. Hasta pedía que no se hiciera propaganda. Jesús enseñaba y actuaba según veía que hacía el Padre. Y la actuación de Dios es discreta. Apunta al corazón, no a los sentimientos. Él vino a enseñar la verdad, y la verdad absoluta, y ésta no se puede discutir. Simplemente: es. Por eso, cuando el Bautista envía a sus discípulos a preguntarle si era él al que esperaban, les dijo: «Id a decir a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos recobran la vista, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Nueva. Y feliz el que no se escandaliza de mí». Jesús no daba otros argumentos de lo que decía y hacía. Y así afirmó ante Anás: «Id y pregunta lo que yo he dicho y hecho a los que me escuchaban». Él no necesitaba defenderse, sino que le apoyaba el Padre que lo había enviado, porque él hacía lo que le indicaba: «Yo no hago nada que no vea hacer al Padre». «Si no me creéis a mí, creed las obras». De ahí que, al final de su vida dijo: «todo ha sido cumplido. Y expiró”.

De todo ello podemos extraer el contenido de la respuesta: «He venido a dar testimonio de la verdad». Porque la VERDAD es única, la Verdad es Dios: Amor. Y Jesús muestra a Dios: «El que me ve a mí ve al Padre». Ve como Dios ama el mundo. ¿Podríamos dudar que lo resucitara?

Nos dice hoy el discípulo de Jesús: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene cuando nos envió a su Hijo único…, él ha sido el primero en amarnos, no que nosotros nos hayamos avanzado a amar a Dios». Esto es: Dios es Amor. Y el amor ¿qué respuesta pide?: Amor. “El amor saca amor”, dice Santa Teresa. Esto lo podemos comprobar cuando el amor es verdaderamente humano. No es ninguna teoría, es la realidad. Comprendemos, pues, claramente lo que se deriva. «Yo os quiero tal y como el Padre me ama. Manteneros en el amor que os tengo. Mi mandamiento es que os améis unos a otros, como yo os he amado». Ahora sois mis amigos, y no hay secretos entre amigos. Por eso os he hecho saber lo que he oído a mi Padre. Yo os he elegido para ser mis testigos. Y el Padre os concederá todo lo que le pidáis en mi nombre. Esto os mando: que os améis unos a otros. Este es, pues, el testamento de Jesús.

El amor no puede ser egoísta. Jesús nos ha enseñado la verdad: ha dado la propia vida por todos nosotros. También nosotros debemos darla por los hermanos. Esto supone abnegación, renuncia, mortificación. Pero es el esfuerzo lo que da fruto y no el egoísmo. Basta mirar a nuestro alrededor y constatar lo lejos que estamos, para que se pueda decir: ‘mirad cómo se aman’. Pero sólo en eso se podrá conocer que somos discípulos de Cristo. Y el mundo lo espera. Ya que el amor que el mundo practica es sólo el carnal que, sin el espiritual, se consume. Porque sólo perdura el espiritual, que es el verdadero que nos ha dejado el Cristo resucitado con su vida.

 

Abadia de MontserratDomingo VI de Pascua (9 de mayo de 2021)

Domingo IV de Adviento (20 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (20 de diciembre de 2020)

2 Samuel 7:1-5.8b-11.16 / Romans 16:25-27 / Lluc 1:26-38

 

Seguro que habréis tenido esta experiencia: mirando fotografías de la infancia y de la juventud de personajes importantes, os admiráis de que aquellos niños o jóvenes llegasen allí donde llegaron. Por ejemplo, el Papa Juan XXIII, que siendo un humilde hijo de agricultores vemos en las fotografías de joven aquel anciano que causó un tsunami eclesial anunciando el Concilio Vaticano II. Pues bien, eso es lo que pretende la página que Lucas nos presenta: nos proyecta, en el momento del anuncio a María, lo que sería Jesús; es decir, sobrepone una fotografía del Jesús grande sobre la del niño Jesús. Y nos dice que sobre aquel niño reposaba ya la mano de Dios que le conduciría hasta dar la vida por todos los hombres. Esto no se podía haber supuesto a lo largo del recorrido de su vida hasta que no hubiera llegado el momento final. Pero ya estaba definido por Dios.

Pero esto es lo que nos cuenta el ángel Gabriel, embajador de Dios, enviado por Dios como uno de los seres que conocen los planes de Dios: María, aquella joven desconocida, de un pueblecito desconocido de entre los 200 pueblos de Galilea, Nazaret, -un nombre nunca mencionado en la Biblia- será madre por intervención del poder de Dios sobre ella, madre de un niño que no será fruto de unión matrimonial, sino engendrado por obra del Espíritu Santo, exclusivamente. Y cumplirá la profecía hecha a David: será el Mesías anhelado por todos los siglos y anunciado antes por los oráculos divinos. La realización del plan de Dios, sin embargo, no se impuso de golpe: se fue preparando lentamente a lo largo de los siglos y por fin ¡hace nacer a su Hijo, virginalmente, pero como un hombre cualquiera! No nace en ningún palacio real, ni en ninguna casa sacerdotal o rica, sino en el lugar más pobre y desconocido. María, jovencita, toda pura y humilde, no lo comprende paso -ya que esto no se comprende racionalmente-, pero lo acepta con fe obediente: «que se haga en mí según tu palabra». Y aquí comienza la redención. El cielo se une con la tierra. La voluntad divina se une a la voluntad humana. Y en la noche de ese día del nacimiento el cielo se llenó de luz y los ángeles anunciaron la venida del Redentor del mundo. Dios se abajó para hacerse hermano nuestro y elevarnos a hijos de Dios. ¿Lo comprendemos esto? No. Pero lo creemos por todo lo que Jesús dijo e hizo en su vida. Nos dijo que «el Padre y él son uno», que «el que cree en mí, aunque muera, vivirá», porque él ha venido a dar la vida abundantemente. Que resucitó y fue a prepararnos un lugar en el cielo.

Ante este derroche de amor, no sólo sobre María, sino sobre toda la humanidad, ¿cómo no podía ella entonar aquel himno de alabanza al Padre que tiene unos planes tan inexplicables, -como nos decía san Pablo-, y que nos ama sin límite: Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador? Ha mirado mi pequeñez y la de toda la humanidad. Porque su nombre es santo, y todo lo que se propone queda santificado. Desde aquel momento todo el mundo quedó iluminado por el don de Dios. Los ángeles lo anuncian y glorifican a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres que Dios ama».

Esto lo revivimos cada vez que celebramos los santos misterios. Porque cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía se hacen presentes todos los actos salvadores de la vida de Cristo. Nosotros no podemos celebrar más que un misterio cada vez, pero la presencia siempre es total. No venimos, pues, a «oír misa», como quien escucha un concierto, sino a participar y compartir el don inmenso que Dios ha hecho a los hombres: el don de su Hijo, que se ha hecho hermano y Salvador nuestro; y unidos a él nos ha hecho hijos de Dios de verdad. Demos gloria a Dios, con María.

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Adviento (20 de diciembre de 2020)

Domingo de la XX semana de durante el año (16 agosto 2020)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (16 de agosto de 2020)

Isaías 56:,1.6-7 / Romanos 11:13-15.29-32 / Mateo 15:21-28

 

Los problemas de convivencia en las comunidades cristianas no son de hoy. Empezaron muy pronto después de la Resurrección. El problema fundamental estaba entre la fidelidad a las exigencias de la Ley de Moisés o bien la independencia de estas exigencias. El Evangelio de Mateo se hace hoy eco de ello. ¿Podía un pagano acogerse a la misericordia de Jesús? El resultado de la escena apuntaba ya a las posibles discordias que habría en la comunidad para la que escribía el Evangelio, donde los cristianos procedentes del judaísmo se creían superiores a los provenientes del paganismo. Y quizás algunos paganos también lo creían. De estos problemas están llenos los escritos inspirados. San Pablo fue uno de los más afectados. Jesús lo había elegido para ser testigo del Evangelio a las naciones. Pero tuvo que personarse «en Jerusalén para hablar con los líderes de la comunidad que le reconocieron su misión entre los incircuncisos, no judíos, y a Pedro la de los circuncisos, los judíos». Y antes Isaías lo predijo: «Todos los pueblos llamarán a mi templo casa de oración».

El Evangelio nos da la respuesta a la pregunta de si ‘las ovejas descarriadas’ de Israel eran las únicas en recibir la acción salvadora de Jesús. La mujer cananea que pedía la curación de su hija endemoniada es la clave de la respuesta. Pero Jesús, ya antes, había aceptado hacer el favor de salvar el criado muy enfermo de un centurión pagano, y de quien dijo que «no había encontrado tanta fe en Israel». Y ahora, también, después de haberse negado primero a escuchar la mujer y de decirle que «no está bien tomar el pan de los hijos para echarlo a los cachorros», la mujer, arrodillada, le acepta el reto y responde: «Es verdad, Señor, pero también los cachorros comen las migajas que caen de la mesa de los amos». A Jesús se le debieron conmover las entrañas, como en otras ocasiones, porque dijo: «Mujer, qué grande es tu fe. Que se cumpla lo que deseas». Y, la oración sincera y confiada, hizo el milagro. Ya que también entre los paganos puede haber fe.

Esto también se repetiría en la predicación apostólica. Los Hechos de los Apóstoles 2 lo repiten varias veces. San Pedro fue testigo de cómo el Espíritu Santo bajó sobre el centurión y los de la casa, que la había hecho llamar para que bajara a su casa a pesar de ser él un pagano; pero, mientras Pedro les hablaba de Jesús, el Espíritu Santo se adelantó a manifestar su benevolencia descendiendo sobre todos los presentes. ¿Quién podía resistir a bautizarlos? Y San Pablo que, ante todo, se dirigía a las sinagogas para anunciar el Evangelio, se vio rechazado por los judíos y tuvo que dirigirse a los paganos con mucho éxito. Y el Evangelio de Mateo termina con estas palabras de Jesús resucitado: «Id a todos los pueblos y haced discípulos míos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado «.

El Espíritu de Jesús, pues, es quien guía a la Iglesia y le señala el camino que debe seguir. También hoy trabaja en la comunidad de los creyentes para abrir nuevas vías de evangelización. Los cristianos no debemos tener miedo de las novedades que nos encontraremos con la gente de tantas religiones y razas que conviven en nuestra sociedad. Es necesario que sepamos tener una fe firme, abierta y acogedora para todos aquellos que nos pidan razón de nuestra esperanza. Pero es necesario que, como una levadura, seamos testigos con nuestra vida para que se sientan atraídos. Y también podamos conducir hacia la fe en Cristo a mucha gente, como los cristianos de los primeros siglos, de los que decían: «Mirad cómo se aman».

Abadia de MontserratDomingo de la XX semana de durante el año (16 agosto 2020)