Misa de la noche de Navidad, Misa del Gallo (24 de diciembre de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (24 de diciembre de 2022)

Isaías 9:1-6 / Tito 2:11-14 / Lucas 2:1-14

 

Es Navidad. Lo hemos cantado al empezar las Vísperas. No hacemos fiesta por haber ganado ningún mundial o ninguna otra competición deportiva, cosas que sólo se celebran una vez, cuando pasan, ni nos hemos vuelto medio locos como poseídos de un arrebato colectivo parecido al que hemos visto en Argentina.

Nosotros, queridos hermanos y hermanas, repetimos serenamente las celebraciones, especialmente las de estas fiestas que conocemos tan bien, que nos dicen y recuerdan acontecimientos que tenemos por fundamentales de nuestras vidas y de nuestra fe. Conmemoramos cada año el nacimiento de Jesús de Nazaret, Cristo, porque queremos revivir personal y colectivamente todo lo que Él significa, todo aquello que su nacimiento cumplió en la historia de Israel y todo lo que, a raíz de su vida y de su Palabra, ha acontecido después de Él.

Y Él provoca que le recordemos después de dos mil años y Él justifica que nos interesamos por la expectación que creó en el contexto de su cultura. Por eso leemos el Antiguo Testamento, en el que se esconde Cristo, como decía San Agustín.

En la primera lectura del profeta Isaías, hemos escuchado cuál era la expectación, qué se decía, aproximadamente 500 años antes del nacimiento de Cristo, una expectación que puede volverse interesante para nosotros porque nos puede ayudar a comprender más y mejor quién fue Jesucristo, aquel que en las palabras del profeta Isaías fue la luz para el pueblo que avanzaba a oscuras.

La expectación del Antiguo Testamento nacía de una situación difícil: de oscuridad, de tinieblas, de cargas pesadas, (las barras y los yugos), de las botas militares y de los mantos manchados de sangre, hoy podríamos decir de los uniformes. No otra era la realidad del Pueblo de Israel. ¿Puede ser esta situación significativa para nosotros? En nuestras casas confortables, en los países pacificados de Occidente, donde a muchos no les falta nada, en nuestras calles llenas de luz, desafiando toda crisis, y con la abundancia de todo, paradójicamente tan presente cada año en Navidad, ¿cuál es nuestra oscuridad? ¿nuestra tiniebla? ¿Nuestras cargas? Si las buscáramos, también las encontraríamos, pero quisiera proponeros una mirada un poco más amplia, que no se quedara sólo con el “nosotros”.

Porque, ¿es que sólo cuento yo? ¿tan sólo yo soy importante, o la Palabra de Dios sólo puede ser significativa si me afecta directamente a mí? Si así fuera, creo que dejaríamos de ser cristianos. La comunión con las dificultades del mundo nos hace comprender mejor lo que esperamos. Podemos buscarla todos. Estoy seguro de que también vosotros en la Escolanía habéis trabajado los problemas y las dificultades del mundo y habéis escuchado los problemas que tienen los jóvenes de vuestra edad. Precisamente si celebramos la Navidad no podemos hacerlo olvidándonos de los demás, de todos aquellos lugares donde la esperanza de tener luz no es una metáfora teológica sino un deseo real, ya sea porque un bombardeo la ha saboteado o porque los propios recursos económicos no pueden permitírsela. Tampoco podemos olvidar los lugares donde las botas y uniformes de los soldados son el recuerdo diario de una tiniebla que tampoco tiene nada teórico. O aquellos otros lugares donde la luz del conocimiento, un tema tan querido en la tradición cristiana antigua, se prohíbe a las niñas y a las mujeres jóvenes. Todos habréis adivinado que tengo muy presente la situación en lugares del mundo que sufren la guerra en modalidades muy diversas, y que también pienso en las víctimas de la pobreza en nuestro país. Y todavía quisiera hacer presente en este contexto en el que esperamos en la tiniebla, los miles de personas que muy cerca de nosotros sufren problemas y enfermedades mentales, tal y como nos advierten tantos expertos de San Juan de Dios, de los servicios asistenciales, de otras organizaciones y de Cáritas, a cuyo favor haremos hoy una colecta para apoyar su labor solidaria.

Algunos me diréis: ¡qué poca Navidad hace todo esto! Pues creo que no, que la conciencia de que colectivamente necesitamos luz y salvación, nos hace mucho más sensibles a la Navidad de verdad, a lo que sencillamente celebra el nacimiento del Mesías esperado de Israel.

¿Pero cómo respondemos a una expectativa tan grande?

Esperamos, decimos y confesamos que este niño es la luz y que esta luz es vencedora.

El profeta Isaías ya calificó esta luz, esperaban un gran personaje: Dios-héroe, Consejero prodigioso, padre para siempre, príncipe de paz. Tenemos la sensación de que agotó todos los calificativos que tenía disponibles para describir ese que tenía que llegar.

Y en lugar del gran personaje nació un niño: por un lado, sólo Jesús, hijo de una familia humilde, de Nazaret, expulsado de todas partes, muerto como un delincuente. Si buscáramos también una comunión con el gran personaje, con el Príncipe y rey de la casa de David, quizás esperaríamos hoy un gran anuncio como que han inventado la solución definitiva de la enfermedad, de la pobreza… no sé, cualquier solución rápida, automática y eficiente a todos nuestros problemas. Quizás para vosotros escolanes, el personaje sería un héroe de una serie, o de un vídeo juego, de esos que hacen de todo y son capaces de todo o un músico tan importante como Mozart o Bach. No sé. Piense vosotros cuál sería el personaje más grande que podríais esperar. Y ciertamente ante tanta expectativa, que entonces y ahora sólo tengamos al niño de Belén, podría ser una decepción.

Pero Dios ha querido hacerlo de esta manera. La esperanza es la propia humanidad. La promesa es un niño, uno que debe convertirse en hombre adulto. La luz y la salvación vienen de su vida y de su palabra. Él es quien promueve un reino de derecho, de justicia y de paz. Y sólo después de haber dejado claro que este Reino tiene sus caminos de sencillez y de humildad, los cristianos lo confesamos el Mesías, Cristo, el Hijo de Dios, el mismo Dios hecho hombre por nosotros, y superamos de largo todo lo que el Profeta Isaías había dicho. Pero todo esto viene después de haber reconocido que todo pasa por ser y actuar como un hombre.

Me parece muy importante y muy significativo en estas Navidades recuperar esta humanidad concreta de Jesús, en la que Dios se lo ha jugado todo. Contemplando el Pesebre me pregunto, qué podemos haber hecho mal para que un mensaje tan claro, tan positivo, tan humano, tan solidario, que pone la debilidad de un niño en el centro, sea tan poco aceptado, hasta el punto de sacar su memoria de los edificios públicos con la excusa de la sociedad laica. No es una crítica. Es una pregunta hecha a nosotros mismos como cristianos. ¿Por qué la neutralidad institucional aparta el Pesebre, la representación tradicional de la historia real que hay detrás de la fiesta de Navidad, una historia que es la mayor exaltación que se puede hacer de la humanidad? ¿Por qué no se ve algo de verdad en Jesucristo y su Evangelio, digno de ser al menos recordado? Nuestro Parlamento prefiere significar la Navidad con un árbol con luces y bolas de colores, ajeno a nuestra cultura hasta hace poco. Tengo todo el respeto a la legitimidad de las instituciones, pero es necesario que como cristianos seamos conscientes de ello y nos preguntemos si hemos hecho poco creíble la vida y el evangelio de Jesucristo.

Espero que los miles de personas que estarán siguiendo esta celebración, a pesar de la hora de la noche, y a los que siempre os tenemos muy presentes desde Montserrat, no pierdan nunca la fe en Jesús, y que en Él, conserven también la fe en una humanidad capaz de promover un Reino de Dios concreto, de justicia y de paz.

El Belén nos hace tener los pies en el suelo. Podemos tener expectativas parecidas a las de Isaías, pero Jesús y la Navidad siempre nos devuelve a la única manera segura y posible de hacer las cosas: a través de la humanidad, con sus problemas y sus límites, pero también con su grandeza.

Esperamos, decimos y confesamos cómo os decía que este niño es la luz y que esta luz es vencedora. Nos acercamos quizás también esta noche a la noche pascual que celebraremos dentro de tres meses para continuar diciendo que Dios, en Navidad ha entrado en nuestra casa para que nosotros con Jesucristo resucitado, en Pascua, podamos entrar en la casa de Dios.

 

Abadia de MontserratMisa de la noche de Navidad, Misa del Gallo (24 de diciembre de 2022)

Domingo IV de Adviento (18 de diciembre de 2022)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (18 de diciembre de 2022)

Isaïes 7:10-14 / Romans 1:1-7 / Mateu 1:18-24

Queridos hermanos y hermanas,

Nos encontramos cerca de la Navidad y en este último domingo de Adviento las lecturas que la liturgia nos propone evocan una notable sorpresa ante la forma en que Dios actúa. La gran lección de la Navidad es que Dios responde muy en serio, muy profundamente a las esperanzas, expectativas y anhelos humanos. Pero su manera de hacerlo, el camino que elige, siempre nos sorprende, como sorprendió a José y María el proyecto que Dios tenía para ellos.

El fragmento evangélico que nos propone la liturgia dominical nos explica el nacimiento del Mesías. Se trata de un relato breve, que no se pierde en detalles innecesarios y su objetivo es narrarnos la intervención definitiva de Dios en la historia de la humanidad en la persona de Jesús, es decir, Dios se ha hecho uno de nosotros. Una vez más su intervención huye de lo que es «normal» para nosotros. María, su madre, que tenía una promesa de matrimonio con José, un descendiente de la familia real de David, lo había concebido por obra del Espíritu Santo.

José y María, por razón de la promesa de matrimonio, eran ante sus contemporáneos y ante Dios marido y mujer, por lo que no es difícil imaginar la sorpresa y el estado de ánimo de aquel joven que esperaba con ilusión el momento de compartir con su esposa un hogar y una familia. Ante esta situación incomprensible para él, José, que era un hombre bueno, pensaba cómo podía resolver la situación sin que tuviera ninguna consecuencia desfavorable para aquella que él amaba de todo corazón.

Una vez tomada la decisión de separarse de María, Dios se revela a José en el silencio de la noche para revelarle el significado de lo que ha sucedido. En el sueño, el ángel se dirige a José de forma solemne y lo llama hijo de David. Salvo este caso, sólo a Jesús se le atribuye este tratamiento. ¿Por qué el ángel le llama hijo de David? Porque todo lo que le debe comunicar sólo puede oírlo como hijo del rey David, ya que esta será la clave que le aclarará el sentido de todos los hechos y de todas las palabras que vendrán. Contrariamente a lo que se podría pensar, el Mesías descendiente David no aparecerá en medio de las instituciones de Jerusalén, sino que surgirá del renuevo más débil del gran rey, porque la fuerza de la salvación no se encuentra en los grandes palacios sino en el amor sencillo y pleno que se puede vivir en la casa de un carpintero.

El mensajero de Dios habla claramente: María, su esposa ha concebido un hijo por obra del Espíritu Santo y es necesario que José la tome en su casa y cuando nazca el niño le tiene que poner el nombre de Jesús. La imposición del nombre era un derecho del padre que indicaba claramente el reconocimiento de su paternidad sobre el niño recién nacido.

En la Biblia, cuando se nos habla de sueños y de ángeles que llevan mensajes, suelen querer hablarnos de descubrimientos profundos, de encuentro interior con Dios que muestra su camino, lo que espera de cada uno. José, en la oscuridad, en la perplejidad y la tristeza de aquella situación que nunca hubiera imaginado, entiende la llamada que Dios le hace. Por eso, una vez despierto, cumpliendo lo que el ángel del Señor le había mandado, tomó a María en su casa con todo el misterio de su maternidad, la toma junto con el hijo que llegará al mundo demostrando así su disponibilidad a lo que Dios le pedía.

La propuesta que Dios le hace cambia radicalmente su vida como hombre y como creyente. De ahora en adelante su existencia ya no será como él la había podido presentir. Su vida será como Dios la quería. La vida entera de José, el justo, quedó desestabilizada a partir de este momento porque, al igual que Moisés ante la zarza ardiente, ha sido invitado a acercarse al misterio de Dios hecho hombre.

Hermanos, como os decía la inicio de esta reflexión estamos a punto de terminar el tiempo de Adviento, pero aún hoy, Dios nos ha dirigido a cada uno de nosotros su anuncio, a cada uno nos envía su ángel, bajo signos y mediaciones bien diversas e inesperadas. También a nosotros, hoy, nos dice que con la fuerza del Espíritu Santo son posibles aquellas cosas que tenemos por imposibles. Por ello, nos podríamos preguntar: ¿sé crear en mi interior y en el ambiente donde vivo el clima adecuado para que Dios se pueda hacer presente? ¿Confío lo suficiente en el Señor? ¿Dónde pongo mi confianza?

La rutina y la misma experiencia de lo que nos cuesta amar a los demás, de perdonar, de recomenzar una relación débil, de dialogar, de ser magnánimos, de trabajar por la paz, de movernos por quienes lo necesitan, … nos pueden hacer desconfiar de nosotros mismos y de la posibilidad de cambio. Sin embargo, las palabras claves para no caer en la desconfianza son: “No tengas miedo”. La Eucaristía es el memorial de la confianza de Dios en nosotros.

Abadia de MontserratDomingo IV de Adviento (18 de diciembre de 2022)

Domingo III de Adviento (11 de diciembre de 2022)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad emérito de Montserrat (11 de diciembre de 2022)

Isaías 35:1-6a.10 / Santiago 5:7-10 / Mateo 11:2-11

 

Alegraos siempre en el Señor (Fil 4,4). Éste es, hermanos y hermanas queridos, el mensaje central de la liturgia de hoy, tercer domingo de adviento: Alegraos.

Alegraos porque el Hijo de Dios se hizo hombre, nacido de la Virgen María y su incorporación a la humanidad ha cambiado su suerte existencial y le ha abierto un horizonte lleno de esperanza y de amor que responde al deseo ardiente del corazón humano. Alegraos, pues, porque la fiesta de Navidad, en la que hacemos memoria de este nacimiento y nos es renovada la gracia, está cerca. Dios sigue comprometido a favor de la humanidad. 

Alegraos porque al final de la historia volverá como juez y como salvador. El profeta Isaías, en la primera lectura, anunciaba ya una forma de hacer del Mesías que el evangelio de hoy concreta. Juan Bautista había predicado a la gente que se convirtieran ante la inminencia de la venida del Reino de los Cielos en la persona del Mesías. E insistía en la justicia vindicativa que pondría en práctica. Y decía: ¡Cría de víboras! ¿quién os ha enseñado que se escapará del juicio que se avecina? Ahora el hacha ya está clavada en la raíz de los árboles, y ya sabéis que el árbol que no da frutos es cortado y arrojado al fuego (Mt 3, 7.10). La imagen que presentaba era la de un Mesías rigorista, intransigente con los pecadores. Muy probablemente por eso, estando ya en prisión, y oyendo decir lo que hacía Cristo, que curaba a los enfermos, acogía a los pecadores y comía con ellos, envió –tal y como nos ha dicho el evangelio- sus discípulos a preguntar a Jesús si era él el Mesías. Y Jesús les responde que es el Mesías que viene a curar, a manifestar el amor de Dios por cada hombre y mujer cargándose sobre sí el pecado de todos. Esta es la señal, tal como habían dicho los profetas, que el Reino está cerca, que Jesús es el Mesías, porque hace que los ciegos vean, los inválidos caminen, los leprosos queden puros, los sordos sientan y los muertos resuciten. Hace que todos los que eran excluidos de la comunidad creyente y de la sociedad (como lo eran todos los que ha mencionado en su respuesta) sean curados y restituidos en su dignidad y festejen de gozo por la gracia obtenida. Juan esperaba la justicia de Dios y, en cambio, en Jesús encuentra al Dios que es amor. Ya lo había anunciado Isaías, como hemos oído, cuando decía: aquí tenéis a vuestro Dios que viene a hacer justicia […], su justicia es él mismo que os viene a salvar.

Alegrémonos, pues, porque Jesús es el Mesías enviado por Dios y es benévolo y humilde de corazón (Mt 11, 29), que no acaba de romper la caña cascada de quien no logra hacer el bien o de tener un corazón sincero ni apaga el pábilo que humea de quien tiene una fe vacilante (cf. Mt 12, 20). Sino que lleva el amor tierno de Dios, e invita a reponer a los cansados y agobiados (cf. Mt, 11, 28)

De todas formas, aunque Jesús ofrezca una imagen del Mesías algo diferente a la que presentaba Juan Bautista en su predicación, el Señor elogia al Precursor ante la gente y dice que es el mayor de toda la humanidad que ha vivido hasta aquél momento y el mayor de los profetas. Pero añade a continuación que el más pequeño de los cristianos que sigue las huellas de Jesús es mayor que Juan Bautista, porque Juan se queda en el umbral del Reino que inaugura Jesucristo y, en cambio, los discípulos de Jesús tienen, ¡tenemos!, acceso a los dones de la nueva alianza.

Alegrémonos, pues, de la dignidad de hijos e hijas de Dios que nos es otorgada por Jesucristo y de la salvación que traerá su segunda venida al final de los tiempos. Entonces, como decía el profeta Isaías en la primera lectura, veremos la gloria del Señor, la majestad de nuestro Dios. La hemos empezado a ver por la fe en la primera venida humilde del Hijo de Dios nacido de la Virgen María. Pero vendrá en gloria y majestad a establecer su reinado sin fin, en la justicia, en el amor y en la paz. Y responderá a los anhelos más nobles y profundos del corazón humano, transformando todas las cosas según sus designios de bien y verdad. Entonces, una alegría eterna coronará a los jefes de los redimidos Esta esperanza no es una ilusión vacía y sin fundamento alguno, no es una utopía. La resurrección de Jesucristo garantiza su autenticidad.

Mientras llega ese día, debemos tener paciencia y afianzar nuestros corazones, tal y como recomendaba Santiago en la segunda lectura. Y según Isaías, debemos robustecer las manos débiles, afianzar las rodillas vacilantes, invitar a los desesperanzados y afligidos a no tener miedo, porque el Señor volverá.

Volverá de una manera gloriosa y visible, porque, de una manera escondida a nuestros sentidos, pero reconocida por la fe, desde su primera venida a la tierra no ha dejado nunca de ser el Dios con nosotros (cf. Mt 28, 20) que ama, cura, invita a la conversión, perdona y salva. Y se da como alimento de nuestra esperanza en la eucaristía.

Sí, alegrémonos siempre en el Señor que está cerca.

Abadia de MontserratDomingo III de Adviento (11 de diciembre de 2022)

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (8 de diciembre de 2022)

Génesis 3:9-15.20 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:26-38

 

En el corazón de la Palabra de Dios siempre está, lógicamente, Dios mismo. A veces esto puede ser más fácil de identificar o más difícil, pero siempre está ahí. En los primeros capítulos del Génesis, de los que hoy hemos leído un fragmento, no hace falta interpretar demasiado para darse cuenta de que Dios es quien va conduciendo el relato. Crea, completa la creación con el hombre y la mujer, les deja bien instalados y libres en el paraíso, aunque con alguna instrucción básica de comportamiento. Hasta aquí la historia sigue un hilo estable y lógico, pero cuando Dios deja de conducir activamente las cosas, comienzan los problemas: en el uso de su libertad, el hombre y la mujer no hacen caso al único mandamiento que tenían. ¿Un momento de inconsciencia? ¿De olvido? ¿Una voluntad rebelde? El caso es que Dios vuelve a aparecer, porque él no se desentiende de su creación y entonces a Adán y Eva también les devuelve la conciencia de lo que son, de lo que han hecho, y tienen la peor de las reacciones: el miedo a uno mismo y el miedo a Dios.

La primera lectura de hoy retoma la conocidísima historia del Génesis justo aquí y reproduce como en una revisión de vida, el diálogo en el que Dios y Adán y Eva repasan todos los hechos, empezando por el final: Te has escondido. ¿Por qué? Porque iba desnudo. ¿Y cómo lo has sabido? ¿Has comido el fruto? Es que la mujer… ¡Pobre Adán! Está hecho un lío. Busca las excusas más extrañas para justificarse, entre ellas la más típica, la de echarle la culpa a otro. Eva hace lo mismo. También se justifica y se la carga la serpiente.

Fijaos, queridos hermanos y hermanas, que la primera idea que podemos sacar de la lectura de hoy es la importancia que Dios tiene en nuestras vidas para tomar conciencia de lo que nos pasa. Lo entendió muy bien San Benito cuando puso esta idea como primer escalón de la humildad en el capítulo séptimo de la Regla: tener presente que Dios siempre nos mira. Él no se desentiende, aunque parezca que no esté. Adán y Eva ya habían comido el fruto, ya se habían dado cuenta de quiénes eran y lo habían intentado disimular con unos vestidos muy primitivos, pero cuando realmente tratan de esconderse es cuando se presenta Dios, para quien no valen ni vestidos ni escondrijos. Nuestra realidad la conoce perfectamente. Es con Dios con quien podemos seguir nuestras vidas en todo lo bueno y en todo lo malo que tienen.

La segunda idea interesante, al menos a mí me lo parece, es el retrato tan afinado de la psicología humana que nos presenta la lectura, por la que nos cuesta asumir quienes somos y aceptar nuestras ambigüedades, nuestra posibilidad de equivocarnos. En cambio, ¡qué rapidez en justificarnos, especialmente cargando la culpa a otro! El relato de hoy nos alerta al respecto. Sobre el ridículo que podemos realizar cuando pretendemos no tener responsabilidad en nada.

Es verdad que este texto nos pone delante el problema más importante de la filosofía, de la teología, de la moral…de todo. Que sería: ¿Por qué existe una serpiente que induce los comportamientos equivocados? ¿Cómo puede ser también una criatura de Dios? En el fondo, ¿porque existe el mal y de dónde viene? Pero a esto no hemos podido responder hasta ahora. Nadie. La primera lectura de hoy sólo nos dice que Dios maldice a esta serpiente como origen de la tentación y la destina a estar enfrentada a Eva por siempre. Dios se separó de ese principio malo, a pesar de no evitar sus consecuencias, que también hicieron que la vida cambiara para Adán y Eva y para toda la humanidad. El mensaje final es hacernos conscientes de nuestra libertad. Sabemos que éramos libres para hacerlo diferente y todavía lo somos ahora, como veremos enseguida. En el fondo, la lección que sí podemos aprender hoy es la de la responsabilidad.

A los escolanes, que no sé si me han seguido hasta aquí, les diré que la historia que hemos leído tendría muchas aplicaciones y que no es una antigualla pasada de moda. En el fondo lo que Dios hace a Adán en este fragmento es «una pillada». Me han dicho que lo decís así ahora. En otro tiempo en la Escolanía se había utilizado la palabra pilla, de pillar. Dios “pilla” a Adán y a Eva haciendo lo que no tocaba, lo que les había dicho que no debían hacer. ¿Y qué hacen ellos? Nada muy diferente de lo que podríais hacer vosotros normalmente: Responder cosas como, por ejemplo: el prefecto nos ha dicho que sí se puede hacer. Aquí sí que podemos estar… ¡Seguro! O El prefecto dice que no pero este educador sí que nos deja, seguro que sí… A ver si cuela. Ni el prefecto ni los educadores son Dios, pero normalmente tampoco se les engaña fácilmente. Somos capaces de decirlo todo antes de reconocer que nos han pillado haciendo lo que no tocaba y que podríamos reconocerlo y acabaríamos antes. Lo que os decía. No sois muy originales, hacéis lo mismo que hizo Adán, lo mismo que muchas veces hacemos todos. ¡Justificarnos!

¿Pero nos quedaremos aquí? ¿No hay alternativa? Os decía que somos libres. Sabemos que podemos hacer el bien o el mal. Hoy celebramos esta solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María que nos propone precisamente el ejemplo de una persona, de una mujer muy especial que no tuvo estas ambigüedades, que no se despistó en ningún momento de la mirada de Dios, que no necesitó excusas porque no la pillaron en falso, ni necesitó esconderse. Sencillamente, celebramos la solemnidad de una mujer escogida y preservada de todo esto tan humano, del pecado, para ser la madre de Cristo, la Virgen María. María nos adelanta a Jesucristo. Existe por causa de Él, el Dios hecho hombre, el que queda libre de todo pecado y el que es uno con una comunión de Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y Jesucristo hace que podamos volver al punto cero, donde estaban Adán y Eva antes de comer el fruto prohibido. Hace que haya otras posibilidades distintas a la de amargarse y justificarse. Es más, hace que podamos vivir una vida plena haciendo su voluntad, con comunión, sabiendo que podremos volver un día a ese momento del paraíso, cuando todavía Adán y Eva eran inocentes y se paseaban tranquilamente.

Pero mientras estamos en el mundo, nos toca vivir sensatamente, siguiendo el Evangelio, imitando a María, que sencillamente se mostró disponible para hacer la voluntad de Dios, que parecía imposible, y ante la que tantas excusas pudo poner, pero no, sin saber nada de las consecuencias que tendría, aceptó lo que le pedían.

Ella nos enseña que existen alternativas a las actitudes de Adán y Eva. Podemos rechazar todas las tentaciones que disfrazadas de serpientes u otras formas nos saldrán al paso. Como bautizados y seguidores del Evangelio, podemos hacerlo mucho más intensamente porque también tenemos al Espíritu Santo como María, que Cristo ha puesto en nuestros corazones para asegurar su presencia en nosotros.

Después de la comunión, rezaremos una oración que dice que esta eucaristía pueda servir para curarnos de esta herida de la culpa -podemos entender: de esta manera de ser y de hacer, hipócrita, de la que María fue preservada.

Tener fe es reconocer a Dios en la Palabra, en la vida, en los hermanos y hermanas, pero siendo siempre conscientes de que no somos Dios. La eucaristía es el mejor momento para ponernos humildemente ante Jesucristo y reconocer que nos corresponde esperarle como don, el don de su venida a la tierra como hombre, el don de su venida en el corazón de cada uno, el don de su venida al final de la historia, tres formas de ser don de salvación, de las cuales el pan y el vino transformados en su cuerpo y su sangre, son un memorial especialmente intenso en este tiempo de adviento que estamos viviendo.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2022)

Domingo II de Adviento (4 de diciembre de 2022)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (4 de diciembre de 2022)

Isaías 11:1-10 / Romanos 15:4-9 / Mateo 3:1-12

 

Hoy, el profeta Isaías nos decía que el Espíritu del Señor reposa sobre quienes abren su corazón a los demás y de este modo puede llegar la justicia a los desvalidos. Por su parte, san Pablo nos comenta que la Palabra de Dios nos ayuda a mantener nuestra esperanza, una esperanza que abre sus puertas, y que quiere compartir con todo el mundo la alegría de la fe. Uno de los primeros cristianos, el Pastor de Hermas, aseguraba que «todo hombre alegre obra el bien, piensa el bien y desprecia la tristeza. Vivirán en Dios quienes alejan la tristeza y se revisten de alegría». Es una cita que el papa Francisco recuerda, en una Carta Apostólica sobre la Misericordia, para que no nos dejemos agobiar por las dificultades y para que sepamos alejarnos de la tristeza: cuando experimentamos la misericordia, dice, sentimos renacer la alegría dentro de nosotros. Por eso, no permitimos que las aflicciones y preocupaciones nos quiten la alegría, sino que la alegría se mantenga bien arraigada en nuestro corazón y nos ayude a mirar siempre con serenidad la vida de cada día.

Precisamente con una actitud abierta a la alegría podremos deshacer aquellas quimeras que prometen una felicidad fácil en paraísos artificiales y reconocer la alegría que se revela en el corazón cuando ha sido tocado por la misericordia. Por eso, necesitamos vivamente la esperanza que proviene de la fe en el Señor resucitado. Es cierto, que a menudo pasamos por pruebas de todo tipo, pero nunca debemos dudar de la certeza de que Nuestro Señor nos ama. Su misericordia se expresa también en el cariño y en el apoyo que, a menudo, hermanos, hermanas, familiares y amigos nos ofrecen cuando vienen días más duros y difíciles.

Si queremos acercarnos a Jesús tratemos -tal y como decía nuestro actual Santo Padre Francisco- de hacernos cercanos a los demás, porque nada es más agradable al Padre que un detalle concreto de misericordia, un signo visible y tangible que sea concreto y práctico. Así podemos experimentar la verdad de nuestra fe y no conviene volver atrás: por eso, tratemos de abrir los ojos para que sepamos ayudar a las personas más necesitadas.

Por suerte, encontramos a personas que tratan de ayudar continuamente por solidaridad a los más pobres e infelices. Agradecemos el don valioso de estas personas que, ante la debilidad de la humanidad, son como una invitación a descubrir la alegría de hacernos cercanos a los demás. Así abrimos paso a una auténtica misericordia, y así experimentamos lo bueno que es la firmeza y la bondad de la solidaridad.

Tal y como propone el Papa Francisco, es muy importante que formemos siempre una cultura de misericordia, una cultura en la que nadie mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando ve la necesidad que tienen quienes son también, a fin de cuentas, hermanos y hermanas. El mismo San Pablo, en la carta a los Gálatas, decía que «nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, cosa que hemos procurado cumplir» (Ga 2,10).

Es necesario, pues, un tiempo de misericordia para todos y todas, teniendo en cuenta que Dios mismo y Nuestra Señora nos hacen sentir su ternura. Podemos decir que participamos en un tiempo de misericordia, para que también los más débiles e indefensos puedan ser hermanos y hermanas que también tienen sus necesidades. Formemos siempre, pues, un tiempo de misericordia, tal y como lo propone el Papa Francisco, cuando desea que los pobres sientan una mirada respetuosa y atenta. Para eso, necesitamos vencer la indiferencia, y debemos ayudarnos para conseguir para todos lo esencial en la vida.

Tal y como vivimos ahora, la celebración de la misericordia de Dios culmina en el sacrificio eucarístico, memorial del misterio pascual de Cristo, del que brota la salvación para cada persona, y para el mundo entero. Por eso cada momento de la celebración de la eucaristía nos acerca a la misericordia de Dios. También pedimos que la presencia de la Virgen María llegue a todo el mundo, tal y como lo propone el Santo Padre Francisco, que desea que la Virgen María, con su Misericordia dé a todo el mundo su ayuda y nos ayude a seguir a Jesús, que es para todos un testimonio constante de la misericordia de Dios. Que así sea.

 

Abadia de MontserratDomingo II de Adviento (4 de diciembre de 2022)

Domingo I de Adviento (27 de noviembre de 2022)

Homilía del P. Bernat Juliol, prior de Montserrat (27 de noviembre de 2022)

Isaías 2:1-5 / Romanos 13:11-14a / Mateo 24:37-44

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

San Atanasio de Alejandría, un gran padre de la Iglesia del siglo IV, nos habla de Cristo como de «la Palabra que viene del silencio». Así pues, si queremos ponernos a la espera del Señor, debemos hacerlo desde el silencio. Ésta es la primera invitación que la Iglesia nos hace hoy domingo, en la que empezamos el Adviento e iniciamos nuestra preparación para contemplar el gran misterio de la Encarnación del Verbo. El silencio. Pero, ¿qué es el silencio? ¿Cómo debemos entenderlo?

Para profundizar algo más, podemos ver que los grandes momentos de la historia de la salvación ocurren en silencio. Había aquel silencio de antes de la creación, cuando las tinieblas cubrían la superficie del océano y el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas. En el momento del nacimiento de Cristo, cuando un silencio tranquilo envolvía el universo y la noche estaba en medio de su carrera. El silencio en el Gólgota en el momento de la muerte de Jesús, cuando se extendió una gran oscuridad. Y el gran silencio del sepulcro vacío en el que fue depositado el cuerpo de Jesús después de ser crucificado.

Es un silencio, pues, que no está vacío, sino que es fértil y fecundo. Es el silencio que prepara la obra de Dios, que envuelve la actuación de Dios en el mundo. También es el silencio de nuestro tiempo. Podríamos pensar que Dios no nos habla, que el Señor no está. ¿Cuántas veces quisiéramos oír más claramente la voz de Dios? ¿Cuántas veces creemos que nuestra oración queda sin respuesta? ¿Cuántas veces pensamos que el Señor ya no está con nosotros? Pero nada más lejos de la realidad: el silencio de Dios muestra su presencia y nos prepara para una nueva creación, una nueva vida en la que ya no habrá más sufrimiento, ni llantos, ni lágrimas.

El silencio de Dios, en el que debemos entrar para esperar su venida no es pasividad o inacción. Las lecturas de hoy nos previenen de ese peligro. La carta a los Romanos nos dice de forma clara: «ya es hora de despertaros del sueño». No se refiere aquí al sueño del cansancio, sino que nos advierte de no dormirnos en la vida, porque mientras dormimos, la vida pasa, se filtra y se nos escapa de las manos. Es lo mismo que significa el evangelio de san Lucas que se nos ha proclamado: «cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos». No se habían dado cuenta de nada. ¿Es así como queremos pasar la vida? ¿Queremos llegar al final de nuestros días y darnos cuenta de que no nos habíamos dado cuenta de nada?

Nuestro mundo contemporáneo no nos ayuda demasiado a adentrarnos en ese silencio de Dios. Vivimos a gran velocidad y el tiempo de pensar y orar se desvanece como el humo. Pasamos horas y horas enganchados a los distintos tipos de pantallas que la sociedad tecnificada nos ofrece y cuando levantamos la vista vemos que el mundo ya ha cambiado. Víktor Frankl, psiquiatra vienés superviviente de Auschwitz, decía con ironía hablando del mundo moderno: «No tienen ni idea de adónde van, pero mira cómo corren». No se trata de renunciar a nuestra época, ésta es tan buena o mala como lo han sido todas las demás. Se trata de no dormirnos, levantarnos, darnos cuenta de lo que nos pasa por delante.

El silencio de Dios tampoco es una simple ausencia de palabras. El silencio de Dios nos trae, precisamente, aquél que es la Palabra, Cristo. El Adviento debe ser el tiempo propicio para velar a la espera de esta Palabra, para prepararnos para la venida del Señor que se ha hecho uno como nosotros. Dios-es-con-nosotros, éste es el gran título cristológico de la Navidad. Empezamos ahora a vislumbrar que no estamos solos, que Dios ha querido hacerse hombre para solidarizarse con nosotros y caminar a nuestro lado. Es la gran esperanza con la que debemos vivir el Adviento: el Señor viene a nuestro encuentro, el Señor viene a buscarnos. Y no debemos tener miedo. No suframos si somos la oveja que se ha perdido: por más lejos que esté, será ésta la primera que rescatará.

Cristo es la Palabra que viene del silencio. Todos nosotros también venimos del silencio y vamos hacia el silencio. El silencio de lo que venimos nos es desconocido, pero no será igual que el silencio hacia el que peregrinamos. Gracias a Cristo, caminamos hacia el gran misterio de la vida, de la felicidad, de la alegría. Nos dirigimos hacia la eterna presencia del Dios que es amor. Nuestra patria es aquella en la que el silencio se convierte en un canto radiante de alegría perenne.

«Ya es hora de despertaros del sueño». Despertémonos y levantémonos ya, abramos bien los ojos para ver a Cristo que pasa por nuestra vida. Adentrémonos en el misterio del Adviento y empezamos a pregustar ya la vida que nos da aquel que es la Palabra y el Amor eterno. ¡Santo Adviento a todos!

 

 

Abadia de MontserratDomingo I de Adviento (27 de noviembre de 2022)

Solemnidad de Cristo Rey (20 de noviembre de 2022)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (20 de noviembre de 2022)

2 Samuel 5:1-3 / Colosenses 1:12-20 / Lucas 23:35-43

 

El último domingo del año litúrgico está dedicado a la contemplación del misterio de Cristo, Rey del Universo. Esta solemnidad es el compendio de todo el camino espiritual realizado a lo largo del año litúrgico a través de los diferentes momentos, tiempos, celebraciones, fiestas y aniversarios. Todo ello converge hacia un punto luminoso y claro para todos los que nos reconocemos como cristianos. Este punto es la gloria y la luz de la Cruz de Jesús.

Celebrar a Cristo Rey contemplándole en el momento en que es clavado en una cruz, insultado, moribundo, privado de su dignidad suscita sorpresa y perplejidad, no sólo a los antiguos sino también a nosotros hoy. ¡Qué rey tan absurdo! ¿Será éste el reino del cielo y éste el estilo del Reino de Dios?

Una realeza, pues, verdaderamente distinta a la que nos propone el mundo, hecha de interés y protagonismo. Una realeza que, en cambio, se convierte en servicio, porque como dice el mismo Jesús: estoy en medio de vosotros como el que sirve. En el fondo esperamos otro tipo de rey. Un rey que sea una proyección de nuestro afán de poder y grandeza. Si Dios fuera así, estaría permitido intentarlo. Pero Dios es exactamente lo contrario.

En la cruz, vemos quién es realmente Dios, y debemos elegir: seguir proyectando nuestros propios esquemas y expectativas en Dios, esperando que sea y haga lo que nosotros queremos que haga (como ha hecho casi todo el mundo, incluido el mal ladrón); o dejar purificar nuestras ideas y el corazón por su crucifixión, haciendo un acto de reconocimiento y confianza como el buen ladrón: encomendándonos a Él, abriéndonos a su gracia.

El mal ladrón que recuerda a Jesús que si fuera rey debería salvarse a sí mismo –y salvarlos a ellos– no es tan distinto de nosotros cuando nos vemos abrumados por las dificultades de la vida, incluso las más duras, y rogamos a Dios que nos cure, que nos ayude a aprobar un examen, que evite que perdamos el trabajo. Sí, nosotros también, en el fondo, pensamos como este criminal y entendemos que quizás no sea tan malo como muchas veces lo consideramos. En cambio, la realeza de Jesús es proclamada por el otro ladrón que reconoce su inocencia: es esa misma inocencia la que le declara rey y manifiesta la realeza de Cristo.

El buen ladrón no pide que Jesús le libere, que le vengue o que resuelva “mágicamente” sus problemas. No. Sabe que merece esa condena. Acepta este sufrimiento, confiándose serenamente a Jesús. El ladrón ve en este hombre manso, injustamente sacrificado, que sigue rezando al Padre e intercediendo por sus verdugos, el verdadero Rey.

¿Qué transforma la cruz del ladrón en salvación? Abrirse a Cristo. La cruz se convierte en un camino hacia el cielo cuando la llevamos con Él, entregándonos a Él y a los demás. Jesús no quita la cruz, sino que la transforma en un instrumento de amor; no da soluciones fáciles al sufrimiento, sino que se hace presente en el sufrimiento convirtiéndolo en camino hacia el Reino. Sólo este Rey sabe transformar nuestra vida, sólo este Rey abre de par en par la puerta al Padre, sólo este Rey es capaz de transformar nuestra vida en un regalo de amor.

Sí, confesemos que Jesús es el Rey. «Rey» con mayúsculas. Nadie puede estar a la altura de su realeza. El Reino de Jesús no es de ese mundo. Es un Reino en el que se entra por la conversión y el reconocimiento. Un Reino de verdad y vida, un Reino de santidad y gracia, un Reino de justicia, amor y paz. Un Reino que sale de la sangre y el agua que brotaron del costado de Jesucristo.

Hermanas y hermanos, hoy celebramos Cristo Rey y podemos decir que Jesús sí fue rey: tiene un Reino. Pero su Reino está totalmente en desacuerdo con cualquier muestra de poder en ese mundo. El poder de la realeza de Jesús es el poder de amar y, por tanto, de salvar, porque el amor salva al amado si se deja amar. Amar es dar, y el dolor y la muerte cercana no impiden que Jesús ejerza su realeza dando el paraíso al hombre que está a su lado y también a todos nosotros si nos abrimos a Él.

Sus discípulos tenemos la gran oportunidad de recibir el mismo poder de amar como Dios ama. Experimentemos ya el Reino con santidad, y demos testimonio de Él con la caridad que autentifica la fe y la esperanza.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de Cristo Rey (20 de noviembre de 2022)

Domingo XXXII del tiempo ordinario (6 de noviembre de 2022)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat (6 de noviembre de 2022)

2 Macabeos 7:1-14 / 2 Tesalonicenses 2:16-3:5 / Lucas 20:27-38

 

Afortunadamente, al deseo vital de la sed corresponde la generosidad del agua, cuando tenemos hambre existe aquello que nos puede ser alimento, y el sueño no es un estado definitivo sino un regenerar el cuerpo para seguir adelante; al deseo de ser amados el amor fraterno o el de pareja son posibles. Todos los deseos vitales esenciales de la persona tienen una respuesta. Toda la creación, de cual forma parte, responde a una lógica benéfica gracias que hace posible la existencia de la humanidad. Con esta lógica también podemos abordar la inquietud vital del corazón humano que anhela una plenitud de vida que para nada es un absurdo. La inquietud surge siempre cuando la realidad no se puede controlar, cuando es más lo que ignoramos que lo que sabemos de lo que tenemos entre manos. Y ciertamente, de la muerte es más lo que ignoramos que lo que creemos saber.

La pregunta por la Vida no es ningún lujo, permanece en nuestro interior por encima de todas las demás. Se puede rehuir, se puede hacer de ella una caricatura y ridiculizarla como pretendían hacerlo los saduceos con aquel hipotético caso presentado a Jesús de la mujer que estuvo casada con siete varones. Pero quizás, más que dar respuestas a quien dice no tener fe es preguntarle por lo que desea.

Lo que nos toca hoy, a los cristianos que creemos como Jesús en la resurrección, es ayudar a despertar esa dormida sed por el sentido, para que una vez se despierte, aunque sea a tientas, sea capaz de llegar a saciarse en la frescura de esta fuente ansiada. Quizás sólo la poesía, como la de San Juan de la Cruz, se atreve a balbucear, sin vergüenza pero humildemente, la experiencia humana de esta sed de infinito. De noche, iremos de noche que, para encontrar la fuente, sólo la sed nos alumbra. Qué bien se yo la fuente que brota y corre, aunque es de noche. Su claridad nunca es oscurecida y sé que toda la luz de ella es venida, aunque es de noche. El Señor no nos ha enviado a convencer a nadie a la fuerza, sino a anunciar con gozo lo que hemos visto y oído para que quien lo llegue a ver y sentir descubra esta Vida, este murmullo interior al que no se sabe muy bien qué nombre ponerle. No se trata de convencer como quien vende un producto estrella, sólo la propia experiencia engendra convencimiento, por eso la experiencia de la carencia puede abrirnos a la abundancia que se esconde en ella.

La fe en el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo nos revela el sentido de nuestra vida que, asociada a Jesucristo por el bautismo, participa ya, en esperanza, de la vida eterna que nos ha ganado la muerte y la resurrección del Señor.

La fe en la resurrección de Cristo, y la nuestra cuando llegue su hora, no comporta un despreocuparse de este mundo y de las personas sino todo lo contrario, es el estímulo más potente para vivir y persistir en la fortaleza del amor, a pesar del sufrimiento o incluso de la muerte que pueda comportar vivir el evangelio tal y como hemos visto en el relato de los siete hermanos macabeos y su madre. Ellos dieron su vida para no renegar de la Ley de Moisés en la que vivían, nosotros debemos hacerlo para mantenernos en el mandamiento nuevo de Jesús de amarnos los unos a los otros tal como Él nos ha amado. Y esto tiene muchas implicaciones éticas, sociales, políticas y económicas más cerca de los pobres y de quienes tienen autoridad moral que de quienes sólo tienen dinero o poder. Proyecto hermoso en su anunciado, pero a menudo difícil de llevar a cabo en este tiempo que vivimos marcado por la violencia, la miseria y la injusticia, que parecen ahogar la honradez, la generosidad y la bondad del ser humano.

El mensaje de Jesucristo alimenta la bondad, la generosidad y la honradez humanas. Él nos mandó celebrar el Memorial de su muerte y de su resurrección en la celebración de la eucaristía para que tuviéramos en nosotros la fuerza de su Espíritu, y lo hacemos agradecidos a su amor, fiados en su palabra, pero, a pesar de todo, lo hacemos en la oscuridad de la fe, porque sobre el altar sólo vemos un poco de pan y un poco de vino, pero al recibirlos como pan y vino consagrados tocamos esta fuente que buscamos. Vuelve a ser san Juan de Cruz, que ha llegado antes que nosotros, quien nos recuerde la experiencia:

De noche, iremos de noche a encontrar la fuente.

Esta eterna fuente está escondida en este Vivo Pan por darnos vida, aunque es de noche.

Esta viva fuente que deseo en este Pan de Vida yo la veo, aunque es de noche.

Todas las necesidades esenciales del hombre tienen una respuesta oportuna: la sed tiene la frescura del agua, el hambre tiene la fortaleza que da el alimento, el cansancio el responso reconfortante del sueño. A la necesidad espiritual, el amor de Dios ha respondido sobrepasando infinitamente todo lo que podríamos desear.

Abadia de MontserratDomingo XXXII del tiempo ordinario (6 de noviembre de 2022)

Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (1 de noviembre de 2022)

Apocalipsis 7:2-4.9-14 / 1 Juan 3:1-3 / Mateo 5:1-12a

 

Hemos cantado amados hermanos y hermanas, dos versículos del salmo 23 que dicen:

él la fundó sobre los mares,

él la afianzó sobre los ríos. (salmo 23, 2)

Ambos nos trasladan una idea de orden. Dios empezó por el principio, poniendo los cimientos de la Creación de una manera ordenada, para que el resto que vendría después se apoyara de forma segura en algo sólido. Es una idea que encontraremos en muchos pasajes de la Biblia y que también fue muy querida por las tradiciones de sabiduría y pensamiento antiguas, reflejando una especie de necesidad natural de ordenar nuestro entorno. La palabra cosmos se opone a la palabra caos, porque incluye el orden querido por Dios. Es curioso. Cuántas veces hablamos de caos y decimos “esto es un caos” o “esto es caótico” y que rara vez hablamos de cosmos o decimos “esto es cósmico”. En cambio, la Creación de Dios explicada en el Génesis y en algunos salmos es una especie de descripción de este orden cósmico: una explicación por etapas. En cada una de ellas, se crea ordenando: dando una función: el sol y la luna para separar el día de la noche; las aguas para separar el cielo y los océanos, y así hasta llegar al final.

Y la última etapa de la creación, como todos sabemos, es la de crear al hombre y a la mujer también con un orden que incluye ser conscientes de sus posibilidades, de su lugar ante Dios, del lugar personal de cada uno y de aquél que le corresponde ante los demás. En una palabra: de nuestra responsabilidad, del correcto ejercicio de la propia libertad. Alguien podría preguntarse: ¿Y esto, que tiene que ver con la solemnidad de hoy, de Todos los Santos? La santidad es uno de los nombres que podemos dar a ese orden querido por Dios, en su dimensión más humana. La propia liturgia de hoy nos dará la definición más simple y mejor de santidad. La rezaremos en la oración de después de la comunión que pide a Dios la gracia para que: «quienes caminamos hacia la santidad que es la plenitud de tu amor, podamos pasar de esta mesa de peregrinos al convite de la patria celestial”.

Desde esa idea es fácil y bonito contemplar en primer lugar el salmo responsorial que también nos decía:

¿Quién puede subir al monte del Señor?

¿Quién puede estar en el recinto sacro?

Estamos en el deseo. Nos dice adónde debemos ir, antes de decirnos cómo.

Y ese mismo lugar al que vamos, también nos lo describe la primera lectura de hoy del libro del Apocalipsis, en la perspectiva final que le es propia, nos da un cuadro de la humanidad cósmica, ordenada, santa en el amor. Nos intenta transmitir cómo será esta comunión de los hombres y mujeres en la santidad: una multitud que permanece en presencia de Dios. En la plenitud de su amor.

El amor es el destino y es también el camino. Y para hacer un camino, hace falta tiempo. Dios se toma un tiempo para marcar. Dios manda que el bien prime de entrada sobre todo mal, para darnos tiempo. Y muchos responden. ¿No es bonito pensar que en este mundo nuestro, tan acelerado, Dios prevea un tiempo para hacernos santos? A los monjes y otras personas que tienen una familiaridad con la Regla de san Benito, esta idea no podrá dejar de resonarnos a la cita que el Prólogo hace sobre la paciencia de Dios, que nos ayuda a la conversión, que no es nada más que uno de los nombres de ese camino de amor y santidad.

Tener tiempo para vivir la plenitud del amor de Dios.

Sabemos a dónde vamos, sabemos que Dios nos da tiempo para ir allí, nos falta saber cómo. ¿Cuántas formas no tenemos de avanzar en este camino de santidad? Todavía el salmo responsorial nos proponía algunas de estas formas básicas:

El hombre de manos inocentes y puro corazón,

que no confía en los ídolos.

Sólo esta última frase podría darnos todas las pistas necesarias. ¡Qué actual! ¡No confiar en los dioses falsos! Decía un escritor católico inglés: Charles Keith Chesterton, que quien no creía en Dios podía creer en cualquier otra cosa. Aunque la frase fue dicha hace cien años, está plenamente vigente. ¿Con cuántas infinitas cosas no nos apartamos hoy de vivir intensamente el amor a los hermanos, el amor a Dios, hasta me atrevería a decir el amor a un mismo bien entendido, no aquella alimentación continua del ego infantil y adolescente a base de dioses falsos, con que la sociedad procura tenernos siempre ocupados y despistados? Nosotros, con el salmo, queremos andar y creer en el Dios que salva, al que nos acercamos con las manos limpias y sin culpa, en aquél de quien recibiremos las bendiciones.

Ésta es la propuesta de Dios. Siempre en beneficio del crecimiento de la persona humana.

¿Y quién responde? En primer lugar, responden las tribus de Israel, estos 144.000. La lectura tiene un fragmento que no hemos leído, donde después de hablar de estos 144.000 da los detalles: Esto es doce mil por cada tribu. Podría pensarse: Todo muy ordenado. Muy perfecto. Pero Dios se supera y en la siguiente escena, los santos son ya una multitud incontable, universal, plurilingüe, multirracial: Luego vi a una multitud tan grande que nadie habría podido contarla. Eran gente de toda nacionalidad, de todas las razas, y de todos los pueblos y lenguas.

En unos momentos, los escolanes cantarán un ofertorio con música de Tomás de Luis de Vitoria que explica de una manera más sencilla este texto del apocalipsis. Dice precisamente que toda esa multitud forma el

Glorioso Reino de Dios, en el que Todos los Santos se alegran con Cristo.

Oh quam gloriosum est Regnum, in quo cum Christo gaudent omnes sancti.

Y Vestidos de blanco, siguen al cordero, donde va

Amicti stolis albis, sequuntur agnum, quocumque ierit.

En catalán lo cantaremos otra vez en las vísperas de hoy, como la antífona en el Magnificat.

La santidad de Dios es inclusiva. No cabe duda. Quiere a todo el mundo. Y eso hace una santidad anónima. Hoy celebramos, queridos hermanos y hermanas, esa santidad anónima. La de todos los santos. La de todos aquellos que no han sido declarados oficialmente santos por la Iglesia. Pero ¡cuidado!: Anónima, quizá porque no está incluida en los santorales oficiales, pero nunca desconocida ni por Dios, ni a menudo por el entorno de cada uno, ¿Cuántas veces hemos dicho u oído: “¡Es un santo!”, cuando una persona es ejemplar. La mayor recompensa que podemos tener cuando seguimos este camino de la plenitud del amor será nuestra conciencia reconciliada con Dios. En el anonimato de esta santidad también existe un aspecto muy interesante: sólo es finalmente Dios quien conoce nuestra santidad y nuestros intentos exitosos o no. Él tiene la última palabra para hacer que cualquiera de nosotros, con nuestra fe y con nuestro amor siempre imperfectos, nos unamos a la multitud de quienes lo alaban en el cielo. Y naturalmente esto sólo lo hacemos imitando a Jesucristo y su Evangelio.

A todos los que nos han pasado delante en ese camino. A Todos los Santos, los tenemos presentes hoy, cuando celebramos esta eucaristía que une como siempre el cielo y la tierra.

Abadia de MontserratSolemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2022)

Domingo XXXI del tiempo ordinario (30 de octubre de 2022)

Homilía de Mns. Francesc Conesa, Bisbe de Solsona (30 de octubre de 2022)

Sabiduría 11:23-12:2 / 2 Tesalonicenses 1:11-2:2 / Lucas 19:1-10

 

De camino hacia Jerusalén, Jesús llega a la ciudad de Jericó, donde se encuentra con Zaqueo, el jefe de los publicanos de esa ciudad. Meditar en este encuentro nos ayuda a comprender cuál es la misión de Jesús y también la nuestra como comunidad de discípulos suyos, como Iglesia.

1.- Jesús busca al pecador

La narración del Evangelio pone el acento en que Jesús busca a aquellos que sienten la necesidad de ser salvados. No puede ofrecer la salvación a quienes ya se consideran buenos y justos, sino a quienes, como Zaqueo, saben que obran mal y necesitan, por tanto, su misericordia y amor.

Con mucha frecuencia vemos en los Evangelios a Jesús acercarse a todos los que eran considerados malos, pecadores, herejes, impuros para ofrecerles el mensaje del amor incondicional del Padre. Por eso le vemos tratar con los cobradores de impuestos, las prostitutas, con una adúltera o con la mujer de Samaria. Él «ha venido a buscar y salvar lo perdido». En cambio, Jesús no puede soportar la actitud de quienes, como los fariseos y los maestros de la ley, creen que ya son buenos y no necesitan a Dios.

Zaqueo era un hombre que tenía una conducta equivocada y que se sentía insatisfecho por ello. Como publicano, extorsionaba con impuestos al pueblo, cobrando muchas veces de más y oprimiendo a los más pobres. Por eso tenía muy mala fama en el pueblo. Ninguna persona honrada de Jericó se habría atrevido a conversar con él en público. Pero ese hombre no estaba a gusto con la vida; tenía deseo de algo más. Un día oyó decir que el Maestro de Galilea venía a su pueblo y, a pesar de la multitud que se reunió y las dificultades, encontró un sitio para ver a Jesús.

Lo más sorprendente es que es Jesús quien se adelanta. Es Él, el Maestro, quien quiere encontrarse con Zaqueo, con sus búsquedas, sus inquietudes y deseos. Y se invita a comer en su casa. En la época de Jesús, sentarse a comer con alguien era algo especial: expresaba deseos de comunión con esa persona, su voluntad de compartir con ella no sólo la comida, sino también la amistad. Por eso Jesús es criticado con dureza por la gente del pueblo. No comprenden que una persona santa, un Rabbí, se sentara en la mesa de un indeseable y sinvergüenza como Zaqueo.

Pero esa comida supuso para Zaqueo un cambio radical. Nadie puede entrar en comunión con Jesús sin ser transformado. Comer con el Profeta de Nazaret, acogerlo en casa, compartir la comida con Él, tiene consecuencias. Zaqueo fue transformado y, por eso, decidió repartir sus bienes y restituir especialmente a aquellas personas a las que había estafado.

Entonces Jesús puede decir lleno de gozo que la salvación de Dios ha llegado. Me imagino el aspecto de Jesús ante las palabras de Zaqueo. Aquel hombre había encontrado lo que buscaba, que no eran bienes materiales, sino claves para vivir y ser feliz. Había sentido, sobre todo, el amor inmenso de Jesús y, por eso, no tuvo reparos en cambiar su conducta equivocada. Jesús debió mirarle con un cariño extraordinario cuando dijo fuerte, para que todos se enteraran: este hombre también es hijo de Abraham; es decir, también Zaqueo es un hombre que se ha dejado llevar por la fe.

2.- La Iglesia, en busca del hombre perdido

Nosotros, los discípulos de Jesús, debemos mantener la misma actitud de nuestro Maestro. Él nos dejó el encargo de prolongar su misión. Para eso está la Iglesia; éste es el sentido de cada comunidad cristiana: ser signo de Jesucristo y hacer posible su presencia en el mundo.

Por eso, nuestra actitud debe ser la de Jesús. Existimos para traer la buena noticia de la salvación al hombre perdido. Hay muchas personas muy seguras de sí mismas, que piensan haber logrado la salvación a través de la ciencia, la medicina o los bienes que han acumulado. Es muy difícil hablarles de un Salvador. Pero también hay muchas personas que, como Zaqueo, son buscadores. Algunos tienen bienes, pero quieren algo más. Otros tienen necesidades básicas de alimento, cariño o amistad. Para todos ellos existimos como comunidad.

Somos nosotros los que debemos tomar la iniciativa. No debemos esperar a que estas personas vengan a nosotros, sino salir nosotros a buscarlas, y levantar los ojos como Jesús para encontrarlas sobre una higuera o allá donde les haya llevado la vida. Al igual que hizo Jesús, debemos ponernos en camino para llamar a la salvación, para ofrecer a estos hombres y mujeres un sentido para su vida.

Nuestra meta es conducirlos al encuentro con Jesucristo; ayudarles a que Jesús mismo entre en su casa y se siente a la mesa con ellos. No somos nosotros quienes transformamos a las personas; no es la Iglesia quien puede curar. La Iglesia -nuestras comunidades- son el espacio para facilitar el encuentro con el único Salvador; la Iglesia es la sala donde el hombre de hoy puede encontrar a Jesucristo, si quiere. Lo primero es amarlos, como Jesús; hacerles sentir que son amados por el Padre celestial.

Nosotros no debemos tener miedo a invitar a todos a entrar en la sala. No tengamos miedo de ser criticados por dejar que todos entren, para facilitar a todo el mundo el encuentro con el Maestro.

Es Él, Jesús de Nazaret, el que quiere seguir encontrándose con los hombres y mujeres de hoy. Nosotros sólo somos sus siervos, sus criados. Jesús quiere compartir su amistad con todos los hombres y nosotros, como su comunidad, somos el lugar para facilitar este encuentro, que transforma completamente a la persona.

Como Iglesia debemos oír la llamada a ponernos en salida, para buscar a los Zaqueos de nuestros días, todos aquellos que buscan en la oscuridad, para conducirlos a Cristo. Ojalá podamos repetir muchas personas: también tú eres hijo de Abraham; también tú eres amado por Dios y has sido salvado.

Abadia de MontserratDomingo XXXI del tiempo ordinario (30 de octubre de 2022)

Domingo XXX del tiempo ordinario (23 de octubre de 2022)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (23 de octubre de 2022)

Sirácida 35:12-14.16-18 / 2 Timoteo 4:6-8.16-18 / Lucas 18:9-14

 

Si echamos un vistazo a la Historia de la humanidad, ¿qué vemos?: En el orden internacional: rivalidades, guerras, disputas, opresiones dictatoriales, esclavitud de un pueblo sobre otro. ¿Y en las relaciones personales?: dominio de los inteligentes sobre los menos inteligentes, de los ricos sobre los pobres, de quienes tienen algún poder cívico, de justicia, o de poder, sobre el resto del pueblo. En el fondo sólo constatamos el hecho de ser uno más que otro, dominar y no ser dominado.

Y Dios ¿qué es lo que quiere? Lo hemos escuchado en la primera lectura: quiere hacer justicia, apiadarse de los pobres que claman a Él, y no tardará en salir a favor de ellos. Y esto es lo que suplicaba el pueblo siempre que se veía sometido al dominio de otro pueblo: de los asirios, de los babilonios, de los griegos, de los romanos. Esta justicia era lo que deseaban que hiciera el Mesías que vendría a salvarles. Querían la libertad, que es lo más innato del ser humano.

Y, al llegar la plenitud de los tiempos se cumplió ese deseo, cuando Dios envió a su Hijo hecho hombre para salvar a los hombres. Pero, ¿convocó algún tribunal? ¿Llamó a la revolución social? ¿Reunió algún ejército?

Jesús, sí vino a salvar, a hacer justicia, a liberar a toda la humanidad. Pero, ¿cómo? Esto es lo que nos dice, hoy, el Evangelio. Vinieron al templo un hombre que se tenía por justo porque cumplía al pie de la letra los preceptos de la Ley, y hasta con creces. Y se comparaba con un pobre pecador, cobrador de impuestos, que no hacía más que golpearse en el pecho y repetir: Dios mío, sedme propicio, que soy un pecador. Y Dios hizo justicia a éste y no al cumplidor orgulloso de la Ley.

Y, ¿Jesús quería salvar a Israel, con ese criterio, con esa actitud benevolente y misericordiosa hacia uno que se confesaba pecador? Pues sí. Porque él había venido a salvar y no a castigar. Y esto lo constatamos en toda su actividad durante su predicación del Reino: cuida enfermos, libra de demonios, acoge pecadores, resucita muertos, no respeta el sábado (día sagrado para los judíos). Predica contra la injusticia, contra la opresión de la mujer, que, según la Ley de Moisés, podía ser despedida por el marido, fustiga el cumplimiento estricto de la Ley antes que auxiliar a los enfermos. En fin, va contra las prácticas y costumbres establecidas en esa sociedad religiosa.

Y ahora, yo me pregunto: ¿Este comportamiento puede solucionar todos los problemas del mundo? La respuesta es evidente: es la solución divina a los problemas que afectan a la humanidad. Si todos tuviésemos algo de compasión por el que sufre, si quienes tienen poder se preocuparan de hacer justicia, si todos pensáramos más en el bien de los demás en lugar de despreocuparnos, si en el matrimonio hubiera un verdadero amor para el consorte y no un deseo dominador, si entre capitalista y trabajador hubiera propósito de hacer justicia en lugar de hacer riqueza, si todo el mundo viviera respetando el bien del otro, ¿no es verdad que el mundo cambiaría? Pero Dios no se impone con amenazas, Dios respeta nuestra libertad, porque así nos ha creado para poder ser felices, y por eso no podemos esperar a que haya un hecho milagroso que cambie la situación. Somos los hombres los únicos responsables. Jesús nos ha dejado ejemplo de cómo debemos actuar. Y ahora, también, el mismo cambio climático nos lo está diciendo: somos responsables. Pero Jesús habla al corazón. Abrámosle él nuestro, sincera y totalmente.

Abadia de MontserratDomingo XXX del tiempo ordinario (23 de octubre de 2022)

Beatos Mártires de Montserrat (13 de octubre de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (13 de octubre de 2022)

Primer aniversario de la Bendición Abacial

Isaías 25:6a.7-9 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Juan 15:18-21

 

Aunque no nos guste demasiado, los conflictos, queridas hermanas y hermanos, están presentes en nuestro entorno, en nuestra vida, en nuestro mundo. Debemos creer que todos preferiríamos un escenario donde todo se arreglara pacíficamente, con diálogo, donde prevalecieran los intereses que incluyen el mayor bien para el mayor número de personas y donde no hiciera falta recurrir a ningún tipo de violencia para solucionar los dilemas y las opciones que se nos van proponiendo. Este panorama, aunque utópico, ha sido un constante anhelo humano que ha recibido muchos nombres. En la tradición cristiana, esta utopía podríamos decir que es una suerte de aplicación social del Reino de Dios, del cielo o del paraíso, de ese estado donde Dios será todo en todos.

Pero la realidad se impone de otra manera. La Sagrada Escritura con su pedagogía ya nos habla de los primeros conflictos en cuanto están el primer y el segundo ser humano en la tierra, Adán y Eva. Estos conflictos se convierten en violentos y mortales entre el tercero y el cuarto hombre; Caín y Abel. Estaríamos un poco tentados de decir: y desde entonces hasta hoy… ¿qué ha cambiado? Han cambiado los sistemas de dañar, cada vez más refinados; quizás incluso ha cambiado la valoración de la vida humana que tantas veces nos parece que cuente tan poco, siempre que la vida en cuestión no pertenezca a nuestro primer mundo y tenga un cierto status, donde entonces puede llegar a ser venerada.

Pero el Antiguo Testamento no empieza con este pesimismo. El libro del Génesis habla de una creación armónica, querida por Dios y que se mantiene siempre como una posibilidad de regreso a ese Reino del que nos alejamos tantas veces personal y colectivamente. Podríamos pensar que la paz que emana de la creación de Dios y la guerra que viene de nosotros caminan paralelamente, al mismo nivel. Nunca lo han hecho. Dios siempre ha sido más fuerte que el mal, aunque cueste verlo. Muy especialmente nos lo ha dicho definitivamente en Jesucristo de quien decimos que es, príncipe de Paz, y que ha vencido al mal, al pecado y a la muerte.

Este esquema sencillo que intento explicar se repite a menudo en la historia y es triste que hoy tengamos que constatarlo todavía en muchos conflictos bélicos, pero también en tantas peleas internas de cada casa. ¿Os imagináis un mundo sin guerras, una Escolanía sin ninguna pelea? ¡Qué tranquilidad! Para conseguirlo, la primera lucha que debemos emprender es la propia: la de cada uno consigo mismo, con su fidelidad al bien, a la paz, a Dios. Cuántas cosas empiezan por la tozuda inmadurez que se rebela en nuestro interior contra los mejores deseos.

Y esta es la pregunta que las lecturas y la Fiesta de hoy, de los Santos Mártires de Montserrat nos hacen de forma intensa: ¿cómo nos situamos personalmente ante los conflictos? ¿Cuál puede ser la enseñanza de los mártires para nosotros?

Ante todo, la cordura. Utilizando todas nuestras capacidades que son reflejo de la bondad y sabiduría de Dios en su Creación, que nos incluye a nosotros. Somos conscientes de la complejidad del mundo en el que vivimos. La mayoría de los monjes de Montserrat en 1936 lo hicieron e intentaron salvar su vida. Muchos lo consiguieron y por eso estamos nosotros aquí. Es nuestra responsabilidad comprender bien los porqués de las situaciones, ya que así nos será más fácil encontrar en el ámbito de cada uno soluciones sencillas que preparen el Reino de Dios. Sí, porque el Reino de Dios se prepara a menudo con actitudes simples.

A los escolanes le diría que miraseis a vuestro alrededor y no acabarais siempre con las excusas de que la culpa es de los demás o que esto siempre se ha hecho así, aunque esté mal. Debéis ser capaces de poder cambiar cosas. Si lo podéis hacer ahora, puede que os preparéis para cambiar otras más importantes en la vida.

En segundo lugar, a menudo los horizontes racionales, históricos, todos los que pertenecen a las visiones humanas se agotan. Nos queda entonces la fe. La fe como fundamento, sabiendo que Dios es mayor que nosotros. Nosotros nos hemos acercado a la montaña que es Jesucristo. Entendamos todos, también vosotros escolanes, qué significa amar a Dios y a los hermanos. La fe nos hace confesar que Dios prevalece sobre el resto. Que hay un horizonte trascendente en el que todo es posible.

Las lecturas de hoy hablan de ese horizonte del más allá, de ese Reino de Dios, como de una montaña donde todos estamos llamados. La fiesta de hoy, que hace sólo ocho años que se celebra, desde el año siguiente a la beatificación de los mártires, el 13 de octubre del año 2013, recuerda a los monjes que fueron muertos durante los primeros meses de la Guerra, llamada Civil, en 1936 y 1937. Al elegir las lecturas, se quiso que las montañas bíblicas que aparecen nos evocaran nuestra montaña de Montserrat en la que ellos, estos monjes mártires, fueron llamados para vivir una vida monástica, que quería ser fiel a ese Reino de Dios. Una vida que no podía imaginar los conflictos que debería enfrentarse. El evangelio de San Juan que hemos leído se entiende por completo si pensamos en aquellos que, llevados por el odio estructural del momento histórico, que se apoderó de tantas mentes y de tantas voluntades, no dudaron en perseguir y en matar a otros hombres por pertenecer a la Iglesia, ser monjes, ser cristianos.

Mártir significa testigo, significa proclamar la verdad. El testimonio más importante que debemos dar los cristianos es el de nuestra fe. El de afirmar que creemos en Dios, en el Padre, en Jesucristo en el Espíritu Santo. Nuestros hermanos mártires atestiguaron de una forma muy sencilla, sin grandes confesiones, siendo lo que eran, fortalecidos por una situación que les acercó aún más a Jesús y a la donación de sus vidas que habían hecho con la profesión monástica. En ese momento tuvieron seguramente la convicción que expresó el P. Robert Grau, prior del monasterio:

Debemos creer que el poder y la sabiduría de nuestro Padre celestial nunca son tan manifiestos como cuando saca bien del mal. (…) Así lo hará Él en estas horas terribles de prueba, ciertamente, pero al fin (horas) de misericordia suya, si vivimos nuestra fe y nuestra confianza absoluta en Él (…).

En tercer lugar, recordemos que lo de los mártires no es sólo historia. Aún lo tenemos cerca. Incluso los escolanes de cuarto estuvisteis hace cuatro años, justo cuando llegasteis, al funeral del P. Alexandre Olivar, que había entrado en el monasterio antes de la guerra y que era compañero de algunos monjes muertos mártires a los dieciocho años. También hoy muchas personas siguen dando su vida porque son cristianos. Fui este año a una celebración donde se recordaba a personas fallecidas recientemente por causa de la fe, aún no reconocidas como beatos o santos de la Iglesia. Me sorprendió que había muchos testimonios diferentes, desde los asesinatos sin más razón que el odio al cristianismo, a aquellos a quienes se les consideraba testigos de la caridad porque habían arriesgado la vida cuidando a enfermos o pobres y necesitados.

Los mártires de la historia nos enseñan el camino que debemos tomar hoy ante la injusticia, la guerra, la pobreza, fieles siempre al Evangelio de Jesucristo con todas sus consecuencias. Sólo Jesucristo y este Evangelio pueden pedirnos un testimonio total y radical. Veneraremos a nuestros hermanos mártires de Montserrat, sus reliquias, en este relicario que como una gavilla nos los recuerda intensamente en esta eucaristía, porque ellos fueron testigos en sus circunstancias tan especiales y les pedimos su intercesión para poder serlo también nosotros.

 

Abadia de MontserratBeatos Mártires de Montserrat (13 de octubre de 2022)

Domingo XXIX del tiempo ordinario (16 de octubre de 2022)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat (16 de octubre de 2022)

Éxodo 17:8-13 / 2 Timoteo 3:14-4:2 / Lucas 18:1-8

 

Argue, obsecra, increpa, son tres palabras extraídas de la traducción latina de la segunda carta a Timoteo que hoy hemos leído y que están incrustadas en el nervio vertical de mármol del ambón desde donde os estoy dirigiendo estas palabras. Argue, obsecra, increpa: arguye, reprocha y exhorta. Argumenta, alerta y anima, podríamos traducir con un lenguaje más dinámico. Argumentar, alertar y animar por medio de la vitalidad que posee la Palabra de Dios. Esta Palabra va dirigida a toda la persona, a la mente y al corazón que deciden, a las manos que concretan; son palabras inspiradas e inspiradoras, no tanto por lo que literalmente dicen sino por lo que interiormente provocan.

Las lecturas de este domingo se mueven en estas tres dimensiones profundamente humanas que representan la mente, el corazón y las manos: nos hacen razonable la confianza en Dios, desvelan el sentido de la oración y nos animan a vivir en una esperanza activa.

El evangelista san Lucas introduce la parábola del juez injusto y la viuda, para recordarnos la necesidad de orar siempre sin desfallecer. La oración es sencilla pero insistente y perseverante. La viuda pone su vida en manos del juez, y, finalmente, contra todo pronóstico, ante un juez que no teme a Dios y no tiene ningún respeto por los hombres, obtiene justicia. El acento aquí recae sobre la actitud insistente y perseverante de la viuda que acaba venciendo a la desidia del juez. Jesús toma el ejemplo de este personaje negativo, que finalmente acaba obrando bien, para hacer ver con mayor claridad que Dios, que es bueno por naturaleza, más aún: que es el único bueno, como no va estar siempre y con mucha más generosidad a la oración de quienes le invocan.

Pero el Señor ve en la viuda al pueblo de Israel que en su pobreza clama de Dios noche y día la salvación y afirma que Dios hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche muy pronto. Jesús está anticipando veladamente la hora de su pasión y de su resurrección de entre los muertos que será la respuesta de Dios al Pueblo de Israel y a la humanidad entera, una respuesta que Israel no esperaba, pero que es la respuesta que el mundo necesitaba, porque Cristo resucitado es la respuesta más bella a los interrogantes más oscuros y a las mayores preguntas de la humanidad.

La respuesta de Dios a la oración del Pueblo escogido es Jesucristo resucitado y, a partir de él, todas las cosas toman un sentido nuevo. Ya no se trata de levantar las manos para ganar una guerra sino de formar parte de la construcción de la paz que beneficia a todos. Y sin dejar el tema de la oración, podemos ver cómo el propio evangelista, que nos narra la parábola del juez y la viuda en el evangelio, en su segundo libro, Los Hechos de los Apóstoles, nos explica cómo entendieron los primeros cristianos ese «orar siempre sin desfallecer» a partir de la resurrección del Señor. Lo hicieron con unanimidad, entre la alabanza y el discernimiento. El día de Pentecostés, nos dice San Lucas, que oraban todos juntos en un mismo lugar y que se reunían siempre para la oración. La oración, como alabanza, no es evasión sino anticipación del mundo nuevo para no olvidar hacia dónde deben converger todos nuestros esfuerzos.

Más adelante, en el capítulo IV del mismo libro de los Hechos de los Apóstoles, reflejando los momentos de tribulación que vivía la comunidad, la oración se convierte en camino de discernimiento. Lo primero que los discípulos piden en la oración, sorprendentemente, no es protección, no piden ni siquiera el fin de las persecuciones que empiezan a surgir, se pide discernimiento para ver y comprender el momento presente más allá de los esfuerzos y precauciones humanas que seguramente tomaron. Esta interpretación del momento presente se realiza a partir del conocimiento orante de la Escritura. Lo primero que se tiene presente es la trascendencia de Dios, su soberanía sobre el mundo, su acción en la historia de Israel y, a partir de ahí, se lee el hoy de la tribulación en clave de identificación con la vida y la pasión redentoras de Jesús, una vida que, gracias al Espíritu, continua en la comunidad cristiana. De esta oración de discernimiento de los primeros cristianos, ¿no os parece que tenemos mucho que aprender todavía?

A menudo nuestra oración es más de petición que de alabanza o de agradecimiento, más interesada en cosas materiales que en las del espíritu. Pedimos y nos desanimamos cuando no obtenemos inmediatamente lo que hemos pedido. Pero la oración de petición, según los Hechos de los Apóstoles, es objetivamente distinta. La comunidad pide una sola cosa: poder seguir viviendo y anunciando con coraje la Palabra de Dios de modo que se manifieste la fuerza transformadora del Espíritu del Señor en lo concreto de la vida para que el mundo pueda ir transformándose en parte del Reino de Dios, o para que el estilo de vida de todos esté más acorde con la dignidad humana y en armonía con la creación diríamos hoy nosotros. Rezan para que quienes se odian lleguen a amarse como hermanos, en una palabra, rezan con sus propias palabras, pero según el sentido de la oración del Señor: el Padrenuestro; ésta es la base de toda oración cristiana. El cristiano que orando así pone el alma y la vida, forma parte, como Jesús, de la respuesta de Dios al mundo.

El evangelio de hoy termina utilizando el registro de la provocación para desvelar en nosotros la sana inquietud de una esperanza de que nos mantenga despiertos para percibir su paso entre nosotros. Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

El Señor vendrá al final de los tiempos, y para cada uno de nosotros, ciertamente, en la hora de pasar de este mundo al Padre, pero también llega ahora y aquí en cada persona y en cada acontecimiento.

¿Encontrará, pues, suficiente fe en nuestros corazones ahora que se nos volverá a dar en la Eucarística?

¿Hay en nosotros una fe y una voluntad suficientemente dispuestas, ahora, a dejarse trabajar por los valores del Reino?

¿Puede encontrar hoy el Señor, en nosotros, una fe suficientemente comprometida y gozosa como para que el mundo pueda ver en ella la belleza de su rostro?

Abadia de MontserratDomingo XXIX del tiempo ordinario (16 de octubre de 2022)

Domingo XXVIII del tiempo ordinario (9 de octubre de 2022)

Homilía de Mns. Salvador Giménez, Obispo de Lleida (9 de octubre de 2022)

40 aniversario de la Missa de TVE a Catalunya

2 Reyes 5:14-17 / 2 Timoteo 2:8-13 / Lucas 17:11-19

 

Abadia de MontserratDomingo XXVIII del tiempo ordinario (9 de octubre de 2022)

Domingo XXVII del tiempo ordinario (2 de octubre de 2022)

Homilía del P. Carles M Gri, monje de Montserrat (2 de octubre de 2022)

Jubileo Sacerdotal de loss PP. Bernabé M Dalmau y Carles M Gri

Habacuc 1:2-3; 2:2-4 / 2 Timoteo 1:6-8.13-14 / Lucas 17:5-10

 

Queridos hermanos, queridas hermanas: Los textos de la liturgia nos hablan hoy de la fe que encuentra su plenitud en la caridad.

El profeta Habacuc, en la primera lectura, contempla la invasión de los ejércitos babilónicos. El Pueblo escogido sufre el castigo por sus infidelidades. Por otra parte, el mal también está presente entre las filas del pueblo invasor. La justicia y la rectitud han sido molidas. En medio de esta desolación, se hace oír la Palabra de Dios: el justo por su fe vivirá. La fe traerá la salvación. He aquí la palabra de esperanza siempre válida para todos: para el israelita y para nosotros. triturar 

La segunda lectura nos lleva a fijarnos en la necesidad de que nuestra fe sea vigorosa, fuerte y decidida. San Pablo, el hombre probado por el sufrimiento, puede afirmar con autoridad a su discípulo Timoteo: Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza.

Teniendo presente lo que acabamos de decir, nace espontáneo el ruego dirigido a Jesús en el evangelio: Auméntanos la fe. En efecto, por ser hombres evangélicos en medio de nuestro mundo, para ser luz y sal para los hombres de nuestro tiempo demasiado a menudo saturados por un consumo egoísta, envueltos por la malévola dictadura de un relativismo demoledor de todo sentido, de toda fidelidad y de todo ideal, necesitamos una fe robusta, sólida, lúcidamente convencida. Una fe que debemos pedir con oración insistente y confiada porque solo puede ser concedida por el propio Padre de las Luces.

Así pues, que el fruto de esta eucaristía dominical, en la que damos gracias por el don del sacerdocio recibido hace cincuenta años por el P. Bernabé Dalmau, por el P. Salvador Plans, ya traspasado, y por un servidor, sea el mismo fruto que en la segunda lectura pedía Pablo por su discípulo, el obispo Timoteo: en la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús.

Que María, la Virgen fiel, bendecida porque ha creído y amado, nos obtenga esta gracia por su maternal intercesión.

https://youtube.com/watch?v=952VbY-l7WM

Abadia de MontserratDomingo XXVII del tiempo ordinario (2 de octubre de 2022)

Domingo XXVI del tiempo ordinario (25 de septiembre de 2022)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (25 de septiembre de 2022)

Amós 6:1a.4-7 / 1 Timoteo 6:11-16 / Lucas 16:19-31

 

Estimados hermanos y hermanas,

La parábola que acaba de proclamar el diácono nos sitúa ante una escena que nos trastorna porque concentra en una imagen la realidad presente de nuestro mundo: el abismo entre los ricos y los pobres. Como bien sabemos existen y coexisten la humillación y la indiferencia hacia los menos favorecidos y existe también el despilfarro desproporcionado ante la miseria de los demás.

La parábola de hoy comienza presentando a los dos personajes principales, pero el pobre es el que es descrito con mayor precisión. Se trata de un hombre llamado Lázaro que se encuentra en una situación desesperada. Es un pobre mendigo que además está enfermo, es decir, que tenía sobre él todas las desgracias. No es un personaje anónimo, sino que tiene rasgos precisos y que es presentado con una historia personal de pobreza y enfermedad. Su presencia junto al portal era como si fuera invisible para ese hombre rico.

La parábola nos muestra de forma muy cruda las contradicciones con las que se encuentra el hombre rico. Al contrario de Lázaro ni siquiera tiene nombre, es calificado o conocido como un hombre rico, que iba vestido de púrpura y de lino finísimo, y cada día celebraba fiestas espléndidas. Su vestir y sus banquetes ponen en evidencia su afán por el dinero, por la vanidad y por la soberbia que le oscurecían la vista hasta el punto de no darse cuenta de que un pobre estaba sentado a sus pies.

Los dos personajes están en unas condiciones diametralmente opuestas cuyo relato los pone en relación. Por un lado, el pobre pide ayuda al rico, y no lo obtiene. Por otro lado, al final de sus días, tras haberlo menospreciado, es el hombre rico que pide que Lázaro le moje la lengua con la punta de su dedo.

Sin embargo, el problema que plantea la parábola va mucho más allá de la gran riqueza o la extrema miseria, porque hay hombres y mujeres que viven de manera ejemplar y solidaria las ventajas de su situación económica y también hay hombres y mujeres que con muy pocos recursos viven atentos a la realidad de otros pobres como ellos.

¿Cuál es el significado de esta parábola? En primer lugar, debemos decir que el relato no pretende decir cómo será la vida después de la muerte, como tampoco es una promesa–sedante para los pobres de todo tipo, de tener un final feliz a una vida desdichada y llena de dificultades, como compensación de las desgracias vividas y ni mucho menos una invitación a la resignación de los pobres en beneficio del status quo de los ricos.

De forma plástica, el evangelista san Lucas nos dice que el pobre murió y fue llevado por los ángeles llevado por los ángeles hasta el seno de Abraham, mientras que el rico sencillamente fue sepultado. Ambas situaciones podrían llevarnos a una conclusión apresurada, contraponiendo el bien al mal. El problema no son las riquezas sino el vacío del corazón del rico, ya que como he dicho hace un momento hay hombres y mujeres, muchos de ellos les llamamos santos y santas que han vivido su seguimiento de Jesús compartiendo sus bienes, como también sabemos que hay hombres y mujeres que pese a disponer de grandes o pocas riquezas viven con el corazón endurecido y encerrados en cualquier realidad de sufrimiento.

La parábola, como toda enseñanza de Jesús, es para el tiempo presente, que es lo único que tenemos para vivir y realizar la experiencia de hijos de Dios. Por eso, como conclusión de esta reflexión y consciente de que la Palabra de Dios debe ser leída y vivida siempre en primera persona del singular, es necesario que no nos quedemos solo en el tema de las riquezas, de si tenemos más o menos llenos los bolsillos, sino que debemos ir hasta al fondo del corazón y contemplar el vacío que hay cuando éste no está habitado por el amor y la donación por más o menos bienes materiales que podamos tener.

El hombre sin nombre y Lázaro nos hacen dar cuenta de que la vida sólo tiene sentido cuando es dada, y no caigamos en la trampa de justificar nuestros cierres diciendo que no podemos dar nada porque no tenemos nada, ya que tenemos la mayor riqueza que pueda haber y que es la posibilidad de amar como Dios nos ama, conscientes de que amar es siempre un camino, un proceso a construir a lo largo de toda la vida.

Finalmente, la parábola nos ofrece una gran enseñanza y es hacernos caer en la cuenta de que el otro es un don para mí. La verdadera y justa relación con las personas consiste en reconocer con agradecimiento su valor. El otro, que a menudo se presenta lleno de llagas o enfermedades, tanto si tiene dinero como si no, es siempre un llamamiento a la conversión. Por eso la parábola que hoy nos ha sido proclamada es una invitación a abrir la puerta de nuestro corazón al otro, puesto que cada persona es siempre un don.

También hoy, nosotros podemos caer en el mismo pecado de ese hombre rico y que consiste en olvidarnos de quien nos necesita. Nuestro alejamiento o nuestra proximidad con Dios sólo se miden en cómo nos acercamos o alejamos de los demás.

La Palabra que hoy nos ha sido proclamada es una fuerza viva capaz de suscitar en nosotros la conversión del corazón hacia los demás y hacia Dios.

 

https://youtube.com/watch?v=KVcAuWEJkqg

Abadia de MontserratDomingo XXVI del tiempo ordinario (25 de septiembre de 2022)

Domingo XXV del tiempo ordinario (18 de septiembre de 2022)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (18 de septiembre de 2022)

Amós 8:4-7 / 1 Timoteo 2:1-8 / Lucas 16:1-13

 

Con mayor o menor frecuencia, todos hemos pedido al Señor que haga más viva y más operativa nuestra fe católica. En el sorprendente evangelio de hoy podemos encontrar alguna luz. El Señor hace una observación bien arraigada en el sentido común. Dice: El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho: y el que en lo poco es infiel, también es infiel en lo mucho. ¿Cuáles son estos bienes de valen poco y cuáles son los bienes de mucho valor?

Denomina el evangelio bienes de poco valor a los bienes de esta vida, como serían los subsidios corporales, el alimento, el vestido, la salud y cosas por el estilo, que Dios prometió dar a quienes creen en él, pero pidiendo que no estemos abrumados por estas cosas, sino que esperamos confiadamente en él, ya que Dios es la providencia de quienes se acogen, providencia segura y total.

Los bienes de mucho valor son los dones de la vida eterna e incorruptible, que Dios prometió conceder a todos aquellos que crean en él y conservan una fe sana en estos bienes eternos, pidiéndoselos al Señor, como dijo en otra ocasión: Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura.

En la relación con lo pequeño y lo temporal se demuestra si se cree en Dios, se pone a prueba la solidez de la fe. Cosas que Dios nos prometió concedérnoslas, a condición de que no estemos abrumados por ellas, sino que esencialmente nos preocupamos de las realidades futuras y eternas, propias del Reino de Dios.

Ahora bien, la única forma de hacer que fructifiquen para la eternidad nuestras cualidades y capacidades personales, así como las riquezas que poseemos, es compartirlas con nuestros hermanos. Así seremos buenos administradores de lo que Dios nos concede.

Narrando la parábola de un administrador astuto, por su clarividencia al ser previsor para el futuro, Cristo enseña a sus discípulos cuál es la mejor manera de utilizar el dinero y las riquezas materiales, es decir, compartirlas con los pobres, ganándose su amistad con vistas al reino del cielo. Así nos lo ha dicho el Señor: «Ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas». Se trata, pues, de imitar a Cristo mismo, el cual, como escribe san Pablo, «siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza». Parece una paradoja. Cristo no nos ha enriquecido con su riqueza, sino con su pobreza, es decir, con su amor, que le impulsó a entregarse totalmente a nosotros.

Hoy, como antes, la vida del cristiano exige valentía para ir contra corriente, para amar como Jesús, que llegó incluso al sacrificio de sí mismo en la cruz. Así, podríamos decir que por medio de las riquezas terrenas debemos conseguir las verdaderas y eternas riquezas. No es extraño ver el esfuerzo y los incontables sacrificios que muchos hacen para obtener más dinero, para subir en la escala social, para obtener un bienestar material, siempre incierto. ¡Cuanto más nosotros, los cristianos, deberíamos preocuparnos de proveer nuestra felicidad eterna con los bienes de esta tierra!

María santísima, que en el Magníficat proclama que el Señor «llena de bienes a los pobres, y los ricos se vuelven sin nada», nos ayude a todos a utilizar, con sabiduría evangélica, es decir, con generosa solidaridad, los bienes que valen poco.

 

Abadia de MontserratDomingo XXV del tiempo ordinario (18 de septiembre de 2022)

Domingo XXIV del tiempo ordinario (11 de septiembre de 2022)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (11 de septiembre de 2022)

Éxodo 32:7-11.13-14 / 1 Timoteo 1:12-17 / Lucas 15:1-32

 

Acabamos de escuchar lo que se conoce como las tres parábolas de la misericordia. Tres parábolas que van juntas, que no deben separarse. Dos son cortas: la oveja perdida y hallada, y la de la moneda de plata perdida y hallada; una tercera, más larga y muy conocida, la del hijo perdido y hallado. Aquí tenemos todo el capítulo 15 del Evangelio de Lucas, compuesto únicamente por estas tres parábolas, y cada una podría resumirse en dos palabras: misericordia y alegría.

En la primera, un hombre tiene cien ovejas, pero pierde una. Deja las otras 99 y va a buscar a la oveja perdida. Cuando la encuentra, corre a anunciarlo y hay una fiesta. Entonces Jesús dice esta frase sorprendente: Habrá más alegría en el cielo por un pecador que se convierta que por 99 justos que no necesiten convertirse.

Lo mismo ocurre con la parábola de la moneda de plata. Una mujer tiene sólo diez monedas de plata y pierde una. Rápidamente enciende una luz, barre la casa y, cuando encuentra la moneda, su alegría estalla. Jesús termina esta parábola como la anterior: Hay una alegría igual ante los ángeles de Dios por un pecador que se convierte.

Lo mismo ocurre con la parábola del hijo perdido y encontrado, que todos conocemos como la parábola del hijo pródigo, pero que debería llamarse más bien la parábola del padre misericordioso. El padre espera a este hijo que le ha abandonado y se ha ido con su herencia a llevar una vida muy decepcionante. Cuando le ve venir por el camino, a su padre le invade la compasión y corre a encontrarlo. E inmediatamente hay una fiesta.

Tres parábolas sobre la misericordia de Dios hacia los pecadores. Las tres terminan con las mismas palabras, un poco como un estribillo: Alegraos conmigo, porque he encontrado lo que había perdido. Y en la tercera, este estribillo se refuerza con las palabras dichas dos veces: “Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida. … Este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida”. Y fijémonos en que, para Dios, Padre de Misericordia, todo pecador que vuelve a casa es su hijo, pero también es nuestro hermano.

Tres parábolas a través de las cuales Jesús nos presenta el verdadero rostro de Dios. El pastor que encuentra a su oveja, la mujer que recupera la moneda y el padre que ve volver al hijo, no sólo muestran su alegría, sino que nos invitan a compartirla. Esta llamada a la alegría también puede verse como una llamada dirigida a nosotros, una llamada a la conversión, una llamada a pasar de una preocupación excesivamente centrada en uno mismo, de una búsqueda excesivamente centrada en la felicidad propia, a un auténtico deseo de compartirla con los demás. La reacción del hijo mayor nos muestra que esto no es tan fácil. Sin embargo, cabe señalar que, aunque se niega a alegrarse de la felicidad de su padre, a compartir su alegría, no es rechazado. Su padre sale de la fiesta para hablar con él, al igual que Cristo salió de su condición divina para compartir nuestra angustia, como escribe San Pablo en su carta a Filipenses.

Así es Dios, como padre que no se reconoce. Con demasiada frecuencia se ve a Dios como un adversario, un competidor. Algunos se dicen: si Dios está ahí no puedo sacar de mí lo que soy, no puedo desarrollar todo mi potencial. Así que pido mi herencia y pongo una distancia infinita entre él y yo… para darme cuenta después de que nadie está interesado en mí. Pero Jesús da la vuelta a nuestras creencias. Dios es un padre, sí, que te deja libre, que no te obliga a quedarte, que te espera y te acoge sin pedirte razón de tus tonterías, que te devuelve la dignidad, que sale a convencerte si te ofende su benevolencia desbordante, que todavía afirma con rotundidad: debemos celebrar a cada hijo dado por perdido y recuperado por la infinita ternura de Dios.

Hermanos y Hermanas, las tres parábolas de hoy expresan este corazón de Dios que quiere encontrar a quienes se han alejado y hace todo lo posible para encontrarlos. A través de estos relatos, Jesús nos habla de un Dios que está dispuesto a revolver su casa para encontrar algo importante, un Dios que está dispuesto a recorrer kilómetros para encontrar a la oveja perdida, un Dios Padre que corre a encontrar a su hijo e invita a su primogénito a unirse a la fiesta, ya que el perdido ha sido hallado.

Estas parábolas son una llamada a la conversión, una llamada a volvernos más hacia Dios nuestro Padre, ese Dios cuyo nombre es misericordia, ese Dios que nos espera y nos acoge a todos con tanta alegría.

 

Abadia de MontserratDomingo XXIV del tiempo ordinario (11 de septiembre de 2022)

La Natividad de la Virgen (8 de septiembre de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (8 de septiembre de 2022)

Miqueas 5:1-4a / Romanos 8:28-30 / Mateo 1:1-16.18-23

 

Seguro que todos os babéis dado cuenta, queridos hermanos y hermanas, queridos escolanes, que las lecturas de hoy suenan a Navidad. Celebramos el nacimiento de la Virgen María, de Santa María, pero lo hacemos hablando de Navidad, es decir del nacimiento de Jesucristo. Todas las fiestas litúrgicas de la Virgen María que, durante el año, conmemoran su Natividad, hoy ocho de septiembre; la Inmaculada Concepción, el ocho de diciembre; su Maternidad sobre toda la Iglesia, el primero de enero; y, finalmente, su asunción al cielo, que celebrábamos hace tres semanas el quince de agosto, son todas ellas fiestas que sólo se comprenden si las ponemos en relación con Jesucristo.

Mostrarnos a Jesucristo debería ser siempre el fin de una fiesta mariana. Cada día en la Salve rezamos que la Virgen María nos muestre a Jesucristo. Quizás por eso no es tan extraño que, para celebrar a Santa María, hablemos de Cristo, del Señor. Casualmente, mientras preparaba esta homilía recibí un wassupp de un amigo que vive en Dallas, en Texas, en Estados Unidos. Allí son mucho más normales que aquí los mensajes cristianos en público: en carteles por las calles, detrás de los camiones… Aquí sorprenderían un poco. Este amigo me los envía muy a menudo. Lo que recibí mientras preparaba esta homilía era un cartel junto a una carretera que decía It’s all about Jesus. Todo va sobre Jesús. En nuestra fe, finalmente todo debe ir sobre Jesús y su evangelio. También el recuerdo de la Virgen María.

Hoy celebramos la natividad de la Virgen María. Celebrar un nacimiento es algo muy humano. El nacimiento nos coloca en una familia, en una tradición, llevamos un nombre que nos ponen cuando nacemos y que nos identifica. Y que normalmente no lo cambiamos y si lo hacemos, como algunos monjes, es para significar precisamente un gran cambio en la vida. En el caso de Santa María su nacimiento la identifica como una hija de Israel, su pueblo, una fiel sencilla, sin apariencia exterior alguna de ser destinada a la misión que cumplió. Tenemos, pues, en la solemnidad de hoy, una primera realidad muy concreta. La memoria de la mujer, de María de Nazaret.

Esta misma fiesta de la Natividad de la Virgen María, también nos revela otra realidad. Del día de hoy también decimos al menos aquí que es la fiesta de las vírgenes encontradas. Hoy es la fiesta de aquellas advocaciones en las que la tradición habla de una imagen encontrada como Núria, Meritxell, Queralt, Claustro, Cinta y muchas de las que encontrará en nuestro camino de los Degotalls. También era la fiesta de la Virgen de Montserrat, hasta que en 1881 se instituyó la solemnidad propia del 27 de abril.

De la hija de Israel, de María de Nazaret pasamos pues a la Madre que cada tierra se hace suya, que tantos y tantos lugares acogen. Casi diría que la tierra se ofrece a Dios para acoger a Santa María. Fijaos que la Virgen María lleva el nombre del lugar. Es realmente la geografía concreta que queda tomada por Dios, para recordar la encarnación de su Hijo. Recuerdo que una vez en Navidad cuando hacíamos el Pesebre, no pusimos ninguna cueva y un monje me dijo, falta la cueva porque es el signo de la tierra que, como María, acoge la Palabra de Dios y hace nacer al Salvador. La explicación de que Santa María tome un nombre en cada lugar es precisamente el de la fe cristiana extendida y arraigada en cada rincón de la tierra. Pero ella no es que se multiplica. Es el Cristo único de la que es madre que la hace tan universal y tan católica, que, siendo siempre la única Madre de Dios, se convierte en un fruto de cada lugar, por la evangelización que ha llevado el nombre de Dios a todas partes. Esta dinámica es doble. No sólo ofrecemos nosotros a Dios la tierra y el lugar, que de hecho ya hemos recibido de él, sino que Dios también viene por esta presencia de Santa María a querer estar en toda cultura, en toda lengua y en darles el valor mayor que puedan tener. Quizás los catalanes y las catalanas podríamos tener muy presente y dar gracias por el don de la presencia de Dios en tantos santuarios, que, desde el punto de vista de la fe, son signo de su amor por nosotros.

Y si todo va sobre Jesús, se entiende que la primera lectura y el evangelio de hoy sean evangelios de tema navideño, que hablan de la expectación del Mesías, Cristo y del cumplimiento de su venida al mundo que tuvo lugar por su Encarnación. La primera lectura del profeta Miqueas nos pone ante la expectación de un rey y pastor llamado a gobernar en nombre de Dios, con su majestad y su gloria. Esto significa el modo como Dios gobernaría si estuviera él presente. Qué actual y bonito que el fruto de esta manera de gobernar sea la paz: Y vivirán en paz porque Él será la paz (Mi 5,3-4). Qué actual por contraste, porque ciertamente no constatamos que la forma de gobernar general en el mundo nos lleve precisamente la paz. Todo lo contrario. Nunca nos cansamos como cristianos de tener presente esta frase corta de Miqueas: y vivirán en paz porque el Señor se hará grande hasta el confín de la tierra. Él mismo será la paz». La oración colecta de hoy pide que el fruto de esta fiesta sea la paz. ¡Deseémoslo intensamente!

Y el evangelio nos dice que esa expectativa se realizó en la historia porque Dios vino. Aquel Salvador que Miqueas nos decía que sus orígenes son de antaño, de tiempos inmemoriales (Mi 5,1), el evangelio nos dice que ese es Jesús, hijo de María, que sí, que realmente viene de lejos, por eso es hijo de todas las generaciones que forman su pueblo, por eso las nombra a todas desde Abraham. Dios vino para eso. Jesucristo es Emmanuel: Dios con nosotros nos decía el evangelio, en la última frase, como si nos hubiera contado toda la historia para prepararnos para ello, para este punto final, para ésta confesión.

Todo va sobre Jesús. Pensad, especialmente vosotros los escolanes, que esta iglesia de Montserrat, tan importante para tanta gente y también para vosotros, junto con la imagen de la Moreneta, con sus cantos, con la oración de los monjes, sólo quiere una cosa: recordar a todo el mundo que Dios está con nosotros. La misma Virgen María con el niño en el regazo nos dice que Dios está con nosotros. Y si Dios está con nosotros, deberíamos amarnos más, de procurar hacer un mundo mejor, de tomarnos más en serio la injusticia, la pobreza, la desigualdad, las amenazas del cambio climático…, porque Dios no quiere ninguna de estas cosas, pero nos deja la libertad para hacerlas y para arreglarlas. Todo depende de cómo utilicemos nuestra libertad. Santa María la utilizó para colaborar plenamente con Dios, encomendémonos a ella como cantamos en el himno de hoy

es luz de amanecer,

que anuncia el Redentor,

ya de tiempo predestinada,

a ser Madre del Señor

Abadia de MontserratLa Natividad de la Virgen (8 de septiembre de 2022)

Domingo XXII del tiempo ordinario (28 de agosto de 2022)

Homilía del P. Ignasi M Fossas, monje de Montserrat (28 de agosto de 2022)

Sirácida 3:19-21.30-31 66:18-21 / Hebreos 12:18-19.22-24a / Lucas 14:1a.7-14

 

Queridos hermanos y hermanas:

La primera lectura de hoy, tomada de uno de los libros sapienciales del AT, nos ofrece algunas máximas de sabiduría práctica y de prudencia en el propio comportamiento. Cuanto mayor eres más humilde debes ser. Estate atento a los consejos de los sensatos y tu corazón se alegrará. En el evangelio, Jesús ilustra estos consejos con una parábola sacada de la vida cotidiana, muy sencilla en apariencia. Cuando alguien te invita a un banquete de boda, no te pongas en el primer lugar…más bien cuando te invitan ve a ocupar el lugar último… porque todo el que se enaltece será humillado, pero el que se humilla será enaltecido.

Hasta aquí podríamos hacer, fácilmente, una aplicación moral de estas enseñanzas en nuestra vida, en el sentido de decir: aquí Jesús, el Señor, nos presenta una serie de consejos útiles para llevar una vida digna, sencilla, recta, propia de una persona humilde, con un corazón limpio.

Todo esto es verdad, y está muy bien, pero resulta exterior a nosotros mismos. Vendría a ser como un ejemplo de vida que estamos llamados a seguir y a imitar, pero que siempre queda fuera de nosotros mismos. Jesús mismo también quedaría fuera nuestro, como un maestro de sabiduría, si se quiere, pero que a lo sumo nos propondría una doctrina de perfección desde el exterior, pero no tendría la fuerza para cambiarnos desde dentro.

La realidad de la vida cristiana, sin embargo, no es así. Jesús no es un maestro eminente que nos enseña unos modelos de vida que deberíamos seguir, como si nos enseñara a conducir unos coches espléndidos, pero después nos dejara solos al volante. No. La persona viva de Jesús forma parte de su propia enseñanza. Él es el camino, la verdad y la vida, y Él penetra en nuestro interior, nos transforma desde el interior y nos da la fuerza de su Espíritu Santo para que podamos vivir la vida nueva que Él nos ha dado.

Fijaos cómo cambia la perspectiva de las lecturas de hoy, si consideramos que Jesús es el protagonista. Así, Él, que es muy rico –pues es Uno con Dios, lleno de sabiduría y de amor– se ha humillado hasta hacerse hombre como nosotros y morir en la cruz. Él, que es el mayor de todos los hombres, –porque es plenamente Dios y plenamente hombre– se ha hecho el más pequeño hasta decir con el salmista yo soy un gusano, no un hombre, befa de la gente y despreciado del pueblo (Salmo 21,7). Cuando Él entró en el banquete de boda con la humanidad, Él que era de condición divina, no guardó celosamente su igualdad con Dios, no se puso en el primer lugar, sino que se hizo nada, hasta tomar la condición de esclavo...y tenido por un hombre cualquiera, se abajó y se hizo obediente hasta aceptar la muerte y una muerte de cruz (cf. Fl 2,6-11). Y precisamente entonces, después de esta humillación, el Padre le ha ensalzado, lo ha tomado y le ha dicho Hijo mío, sube más arriba, es decir, le ha resucitado y ahora se sienta a su derecha.

Este camino que Jesucristo ha hecho el primero, ahora lo sigue realizando en cada uno de nosotros. Jesús vive en nosotros y con nosotros ese abajamiento, esa humillación; se hace suyos todos nuestros dolores, angustias y sufrimientos hasta el punto de máximo aniquilamiento que es la muerte. Jesús se pone con nosotros en el último lugar, nos da la fuerza de su Espíritu para vivir en este lugar que es el nuestro, precisamente con la absoluta confianza que el Padre, que invita a su banquete del Reino pobres e inválidos, cojos y ciegos, esto es, los más humillados, quienes lo esperan todo de los demás, nos tomará también a nosotros y nos dirá Amigo, sube más arriba.

Este camino de nuestra vida, que va desde nuestra pobreza hasta la comunión con Dios, se repite cada vez que, en la Misa, vamos a comulgar. En el momento de la comunión se produce un doble movimiento, se encuentran dos caminos: el nuestro, expresado en levantarnos del lugar donde nos sentamos y caminar en procesión hacia el pie del presbiterio, y el de Jesucristo que viene a encontrarnos, que nos sale al encuentro para incorporarnos a Él, para hacerse Uno con nosotros, y que encontramos por la fe en el pan de la eucaristía recibida de manos del presbítero. Un obispo de Jerusalén del s. IV explicaba que, justo en ese momento, debemos poner la mano izquierda bajo la derecha y ofrecerlas como un trono al Señor, al Rey de la gloria que vamos a recibir. Éste es el sentido del gesto que seguimos haciendo hoy. Recibamos la comunión en la mano, o en la boca, con fe y devoción, no la tomamos con los dedos, banalmente. Ofrecemos nuestras manos como signo de nuestra pobreza, de nuestra humanidad débil y necesitada de salvación, deseando por la fe que el Señor mismo nos incorpore a Él y nos diga: amigo, sube más arriba, ven hasta el corazón del mi corazón donde serás plenamente hombre y participarás del todo en la condición de hijo de Dios. 

Y es que nosotros, hermanas y hermanos, gracias al bautismo y a la confirmación, no nos acercamos a una montaña de fuego ardiente, oscuridad, negra nube y tormenta… sino que nos acercamos a la Jerusalén celestial, a la ciudad del Dios vivo, en el encuentro festivo…de los ciudadanos del cielo; nos acercamos a Dios que nos invita al banquete de la boda del Cordero, a la fiesta de la unión de Cristo y la Iglesia, de Dios y la humanidad; nos acercamos, para continuar con la cita de la carta a los Hebreos que hemos oído, a Jesús, el mediador de la nueva alianza. A Él sea dada la gloria y el honor por los siglos de los siglos. Amén.

Abadia de MontserratDomingo XXII del tiempo ordinario (28 de agosto de 2022)

Domingo XXI del tiempo ordinario (21 de agosto de 2022)

Homilía del P. Lluís Planas, monje de Montserrat (21 de agosto de 2022)

Isaías 66:18-21 / Hebreos 12:5-7.11-13 / Lucas 13:22-30

El comienzo del evangelio que hoy nos ha proclamado el diácono, nos sitúa en contexto: «Jesús, pasaba por ciudades y aldeas enseñando y se encaminaba hacia Jerusalén». Los detalles tienen a menudo su importancia porque nos ayudan a situarnos y a dar más valor a las preguntas y respuestas de Jesús. El evangelio de San Lucas ya nos hizo saber que Jesús se proponía ir a Jerusalén, es una peregrinación que, para quienes le seguían y para quienes lo queremos seguir, se convierte en un camino de aprendizaje de la voluntad de Dios. Jesús a través de sus palabras va haciendo una catequesis para la vida para todos los que deseamos seguirle para que, en su seguimiento, Jesús nos lleve al Reino de Dios. Es un camino para ir profundizando en el sentido que debe tener nuestra vida, y cuál debe ser nuestro compromiso y las consecuencias de este compromiso.

La pregunta que se le hace a Jesús puede parecer muy bien intencionada y esclarecedora. De hecho, no se ve quién en concreto le hace la pregunta, quizás un apóstol, otro discípulo que no estaba en la lista de los doce y que iba escuchando lo que decía y hacía… Pero el tono como se formula la pregunta parece que quien se la hace no tenga nada que ver con él. Fijémonos, le dice: «¿son pocos los que se salvan?» Es práctica: hacemos cuentas. Esta cuestión quizá nos la hemos hecho más de una vez y quizás no nos hemos atrevido a decirla en voz alta, pero, sin embargo, la respuesta nos interesa, porque quiero saber si yo puedo ser uno de esos pocos que se salvarán. Y sobre todo cuando oigo que la respuesta nos habla de la puerta estrecha. Y sigue diciendo: «os digo que muchos intentarán entrar y no podrán». Vamos, no parece que sea fácil. ¿Cuáles son los sentimientos que nos suscita?

El mensaje que ha querido dar es que no se trata sólo de escuchar, sino de poner en práctica lo que Jesús ha ido enseñando en el camino hacia Jerusalén. Pero no es suficiente que haya un grado de conocimiento personal como el de quienes no se les abre la puerta, y argumentan: «Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas» Y la respuesta es: «Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad”» Aquí está el punto importante. ¿Qué debemos entender por obrar el mal? Seguramente es simplificar mucho la respuesta si sólo decimos: cuando no hemos hecho nada para que la justicia de Dios se abra camino en nuestro mundo. Parece que vienen tiempos especialmente difíciles que, en cierto modo, estamos viviendo, ya ahora, situaciones extremadamente aterradoras en forma de guerra, sin olvidar las situaciones de hambre que van creciendo más y más, o las migraciones que se están repeliendo con violencia, o tantos y tantos permisos de trabajo denegados que dejan a las personas en el limbo más absoluto durante años y años. La indiferencia en el trato, que abandona a las personas en una auténtica soledad y desamparo, también es profundamente injusta. En el camino hacia Jerusalén, lo que enseña y practica Jesús es la atención al otro; una atención que debe vestirse con amor. Lo malo es la indiferencia y el desamor en todos los campos de la vida.

En el evangelio de hoy existe otra parte. La pregunta que le hacían a Jesús era si serían pocos quienes se salvarían. Parece que ahora responde Jesús, como si dijera: ¿pocos? E invita a levantar la mirada y no quedarse mirando a un círculo más bien reducido. Las miradas egóicas son siempre de horizontes con poco alcance. Pero la perspectiva de Dios es la eternidad de la historia de la fe. Es la experiencia de vida de Abraham, Isaac y Jacob, con todos los que se han comprometido a fondo en esta historia de fe como son los profetas. En el Reino de Dios todo el mundo puede tener su sitio en la mesa, gente de oriente y de occidente, del norte y del sur. De todas partes. ¿Y cómo podemos entenderlo? Viviendo a fondo lo que hemos podido saborear en el corazón: la respuesta al salmo que hemos cantado: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio. Y lo haremos desde nuestra experiencia de sentirnos salvados. Porque como decía el salmo: Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre. Si te miras a ti, verás tu pobreza; si miras su amor y su fidelidad encontrarás su gracia, su amor, su deseo de que participes en su mesa. La mesa del Reino donde todos estamos invitados.

 

Abadia de MontserratDomingo XXI del tiempo ordinario (21 de agosto de 2022)

Asunción de la Virgen (15 de agosto de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (15 de agosto de 2022)

Apocalipsis 11:19a,12:1-6.10 / 1 Corintios 15:20-27 / Lucas 1:39-56

 

¡Feliz tú que has creído! Las lecturas de esta solemnidad de la Asunción de la Virgen, día que nos marca siempre la cima del verano, son, amadas hermanas y hermanos, más allá del clima festivo que rodea nuestra eucaristía, un gran testimonio de fe.

La fe es reconocer, aceptar, asentir a Dios, a su verdad y a su realidad en el mundo. Quizás hace unos años era más frecuente la pregunta: ¿Eres creyente? La pregunta no quería decir normalmente si creías en algo, sino si eras cristiano, si reconocías a este Dios Padre, con el Hijo Jesucristo y el Espíritu Santo, como viviente, como real, como rector del mundo y de la historia.

El evangelio de hoy, podría ser muy bien la respuesta de Santa María a esta pregunta: ¿Eres creyente? La vida de la Madre de Jesucristo, Madre de Dios, está marcada por la fe. Su ejemplo para con todos nosotros es precisamente el reconocimiento que ella hace de Dios en la historia: en su pequeña historia personal y en la historia del Pueblo de Israel.

Uno de los rasgos más fascinantes de la manifestación de Dios es su humildad, su capacidad de hacerse presente en lo cotidiano. En este sentido, digo que las lecturas de hoy son un testimonio de fe porque a partir de hechos muy normales, nos muestran una verdadera confesión de fe.

¿O no es normal que una chica joven, en estado, vaya a visitar a una prima de más edad, también embarazada, para ayudarla? ¿O no es normal que las dos estén llenas de alegría por los hijos que esperan? Pero sobre esta línea de “normalidad” se produce el acto de fe, el reconocimiento de que la vida es un don de Dios y ya muy concretamente en María, que la Vida que espera, Jesucristo, sólo ha sido posible porque ella ha reconocido y ha creído en las posibilidades infinitas de que Dios es capaz de abrir y cumplir. Por tanto, en el reconocimiento de que Dios efectivamente está ahí y actúa.

Esta escena de la visitación, que releemos bastantes veces durante el año en nuestra liturgia en Montserrat, nos habla de una mujer, Isabel, que tiene esa misión tan importante de convertirse en acompañante en los procesos de fe, reconocedora de la realidad espiritual, instrumento de Dios para la revelación de la verdad de María. A nosotros nos ayuda contemplar las palabras llenas de sentido de Isabel a María porque son revelación del plan de Dios: en su alegría; en la del niño, Juan el Bautista, que espera; en el reconocimiento también de la distancia, de la diferencia inmensa que existe entre uno y otro nacimiento; en el saludo inspirado: eres bendecida entre todas las mujeres y finalmente en la frase: ¡Feliz tú que has creído! Isabel capta el momento de Dios que se produce entre ella y Santa María en esta entrañable escena de la Visitación.

En este año del setenta y quinto aniversario del ofrecimiento que el pueblo de Cataluña hizo de un nuevo trono a la Virgen de Montserrat y de la correspondiente entronización de la Santa imagen en 1947, nuestro Santuario ha elegido como lema pastoral precisamente las palabras de Isabel a María en esta escena: ¡Feliz tú que has creído! Aparte de reconocer la fe de la Virgen María, querríamos proponer a todos los peregrinos seguir su ejemplo y dar gracias por el camino que ella abre para que también nosotros podamos creer más, más sincera y más profundamente, en Dios.

¿Y cuál es la respuesta de Santa María? Cuando Isabel pone de relieve de forma tan clara la fe de la Virgen, la respuesta de ella es este canto del Magníficat, un canto que lo contiene casi todo. La iglesia le ha dado el espacio privilegiado de ser rezado cada día en el oficio de vísperas, invitándonos a una identificación personal con las actitudes de la Virgen. El lenguaje sencillo nos ayuda aún más a hacer de este texto una posibilidad de oración, unas palabras que, a pesar de tener veinte siglos, no han perdido ni actualidad ni frescura. Permitidme por tanto que hable del Magníficat en primera persona del plural, como unas palabras dirigidas a nosotros:

María nos invita al reconocimiento de la humildad personal, que hace más fuerte por contraste, la salvación y toda la acción de Dios. Él es quien actúa. Él es quien actúa en nuestra pequeñez. Ante él sólo podemos reconocerlo y reconocer sus maravillas en todos nosotros, alabarlo es ya confesarlo, quizás es la confesión más fuerte que podemos hacer de él. Alabar a Dios nos descentra. ¡Qué actual y qué nuevo es esta actitud en un mundo a menudo ególatra y egocéntrico!

También en el Magníficat, hablamos del Dios que ama de generación en generación, del Dios que protege a Israel, que se acuerda del amor a Abraham y a nuestros padres. A Dios no nos inventamos los teólogos, los obispos, las monjas o los abades y los curas, ni nadie más. A Dios le reconocemos cada uno personalmente por todo lo que Él ha hecho en la historia, la personal y la general. Ni María en su grandeza se inventó a Dios, hasta el mismo Señor y Salvador Jesucristo, sino que reconoció en su vida encarnada en una persona humana, al Dios de Israel como su Padre y como el Señor del Universo y de la historia. Qué antídoto para nuestra sociedad que se piensa tan autónoma respecto al pasado, tan autosuficiente.

Encontramos finalmente a un Dios que María reconoce como quien da la vuelta al orden social y avanzando tantas afirmaciones que después encontraremos en el evangelio, se pone junto a quienes pasan hambre, de los pobres y de los humildes, con un lenguaje bastante fuerte, radical. El evangelio nos lleva siempre al hermano necesitado. Ahora y siempre. Necesitamos convertirnos a esto.

Digamos pues que la escena y el diálogo entre Isabel y María no es inocente. Es un himno profundo a la fe, a reconocer a un Dios implicado en la historia y que nos pide a nosotros la misma actitud de fe activa y comprometida que ellas tienen y cantan.

Contamos hoy con todos los que participáis especialmente con vuestro canto para que podamos celebrar más solemnemente este día. A quienes han avanzado un día el inicio de los Encuentros de animadores de canto como a los que han venido sólo para la misa, quisiera deciros que la escena que hemos leído hoy desprende una joya casi musical. ¡Cuánta música no ha inspirado a la Virgen! ¿Cuántas versiones no tenemos del Magnifict? He encontrado una página muy interesante en internet, una entrada de la Wikipedia que en inglés se llama lista de los compositores de Magníficats. Desde el gregoriano a Penderecki o Arvo Part, muchos han querido transmitirnos la alegría de María por las obras admirables de Dios. También los cantores de la coral Tirychae que nos acompañan, revivirán hoy esta tradición que canta a María con cantos antiguos y nuevos. Estoy seguro de que con Mariam Matrem canto medieval del Llibre Vermell y con una obra de hace pocos años de Josep Ollé, L’Ave Maris Stella, que ya es tradicional en esta celebración, nos ayudará a alabar a Dios cantando, como María, y espero que os acerquéis a las palabras que cantáis y al espíritu de fe que sus compositores seguramente tuvieron al componerlas.

¡Dichosos también nosotros que queremos creer! Vivir la fe como María, es tener la esperanza de que podremos asociarnos como ella, a la Pascua de Jesucristo. Su asunción al cielo, representada por la pintura de este presbiterio, por el gran rosetón de la fachada de la Basílica y por el mármol que hay encima de la Escalera que sube al camarín, es el cumplimiento de su fe, es la realidad de su felicidad con Cristo por haber creído, es su Pascua, es la llamada más sencilla que nos hace a todos y cada uno de nosotros: aceptar que Jesucristo nos ha prometido la plena comunión con Dios, una comunión que ahora anticiparemos en la eucaristía, participando del cuerpo y de sangre de Cristo y que nos invita como ella a creer, a alabar y a amar a todos.

Abadia de MontserratAsunción de la Virgen (15 de agosto de 2022)

Domingo XX del tiempo ordinario (14 de agosto de 2022)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (14 de agosto de 2022)

Jeremías 38:4-6.8-10 / Hebreos 12:1-4 / Lucas 12:49-53

 

Las tres lecturas de la Liturgia de hoy nos traen el mismo mensaje: el pecado de la confrontación, de la oposición be-mal.

¿De dónde vienen las oposiciones, a veces tan violentas? ¿No sólo en el campo internacional, sino también entre religiones, entre ciudades, entre familias, entre ideologías? En cualquier lugar donde haya convivencia.

Hemos escuchado en la primera lectura cómo Jeremías anunciaba guerras y derrotas en Israel. No eran palabras halagadoras. Y le sale un falso profeta que le contrapone un mensaje triunfal. Jeremías es castigado y metido en un pozo fangoso. El problema fue no querer atender a las amenazas evidentes que anunciaba Jeremías. Fue el preferir el engaño del bienestar engañoso. Esto nos exhorta a tener coraje para abrir los ojos a la realidad y no al deseo engañoso y ficticio del bienestar.

Ésta, también, es la enseñanza que nos ofrece la carta a los Hebreos. Nos pone el ejemplo de los cristianos que han dado la vida por la fe y nos han dejado el ejemplo de una vida santa. Han luchado y han vencido, por su constancia. Han sabido posponer el bienestar ficticio, asumiendo la contrariedad al igual que Cristo, el modelo por excelencia, que ha llegado al trono de Dios a través de la cruz. Él no se avergonzó de aguantar los escarnios y el martirio, porque la verdad no se puede jugar a los dados. Resistió hasta la muerte, que él puso en manos del Padre, Juez justo que premia el bien, y lo resucitó. Él es nuestro modelo de comportamiento cristiano. Como cristianos también seremos criticados e incluso burlados. Pero nuestra fe tiene el sello de la inmortalidad. Y la verdad no puede desmentirla nadie, aunque le cueste triunfar. ¡Creamos!

La contrariedad de Jesús se resume en su mensaje: “amaos unos a otros tal y como yo os he amado”. Éste es el fuego que Jesús quería que quemara la tierra. Y éste es el fuego que quisieron apagar con su crucifixión. Él predicaba un fuego que quema el mal de la división, del egoísmo, del dominio del fuerte sobre el débil, del rico sobre el pobre, del sabio sobre el ignorante, del sano sobre el enfermo, de la injusticia sobre la justicia. Anunciaba la era del amor, de la comunión, del perdón, del respeto, de la solidaridad, de la compasión. Pero los hombres de la Ley judía no quisieron hacerle caso.

Y parece que sus seguidores no hemos sabido practicarlo durante todos los siglos de cristianismo: porque, ya durante la época apostólica hubo divisiones: si era necesario o no seguir la observancia de la circuncisión y los preceptos del judaísmo. También, en las preferencias de las viudas judías sobre las de origen griego. Y no hablemos de la lucha de San Pablo con los judaizantes. Y, en el s. II, y siglos posteriores, las diversas interpretaciones de la figura de Jesús. Y la división actual de los cristianos, que tanto dificulta la predicación del Evangelio.

Jesús nos reveló quién es Dios, y que en él no hay división alguna, y quiere que los hombres seamos uno, con comunión, en comprensión por las diferencias; que cada uno trate de abrirse a lo que dice el otro, que se abra a los avances de la civilización, que haya adaptación a las novedades positivas de los hombres. Es lo que predica tan insistentemente el Papa Francisco: No encerrarse, no anquilosarse en ideas pasadas, saber acoger lo bueno que nos aporta la nueva cultura, saber cambiar de estilo pastoral y de lenguaje. Superar el clericalismo. El amor sabe acomodarse a todo lo bueno y noble, y las potencia.

A nivel personal tratemos de poner comunión donde hay división, perdón donde existe enemistad, bondad donde existe rigidez, paciencia donde hay dificultad en cambiar. Es decir, intentar hacer la comunión y poner comprensión en las diferencias inevitables que hay entre los hombres. Pero sabiendo que quien pule una piedra, colabora en la cohesión del edificio de la Iglesia.

El amor jamás destruye, siempre edifica. El amor es Dios en nosotros.

Dejémoslo actuar.

 

Abadia de MontserratDomingo XX del tiempo ordinario (14 de agosto de 2022)

Domingo XIX del tiempo ordinario (7 de agosto de 2022)

Homilía del P. Jordi-Agustí Piqué, monje de Montserrat (7 de agosto de 2022)

Sabiduría 18:6-9 / Hebreos 11:1-2.8-19 / Lucas 12:32-48

 

Estimados hermanos y hermanas en Cristo:

El tiempo ordinario, los domingos que siguen a Pentecostés, nos permiten detenernos en las palabras y los actos de Jesús durante su predicación. El hecho de que este domingo tengan relación con Pentecostés – incluso el color verde de los ornamentos hace referencia al antiguo origen de la solemnidad- no es sólo casual. Si el Espíritu Santo prometido debe permitirnos entender todas las cosas, la liturgia nos presenta pedagógicamente las parábolas y los milagros de Jesús para que a la luz del Espíritu Santo recibido en el Bautismo podamos entender de verdad el sentido de las Escrituras. La Eucaristía de cada domingo es, para el cristiano, el contexto imprescindible para entender en la propia vida y en la propia historia lo que dijo y qué nos dice cada día el Señor resucitado.

Tres parábolas se nos presentan hoy: “donde tengáis el tesoro, tendréis vuestro corazón”; “esté a punto y velad”; y la parábola del administrador fiel. La propia liturgia post-conciliar nos da ya una clave de lectura: el tesoro del cristiano es la fe. Una fe que el Pueblo de Israel experimentó en la Pascua de la salida de Egipto y en el paso del Mara Rojo, como nos recordaba la Sabiduría; la fe de Abraham es el paradigma del creyente, como nos recordaba el texto de Herederos. La fe en Cristo es el tesoro del cristiano.

Esta fe debe ser semilla de vida, de gozo, de esperanza y de caridad en medio de nuestro mundo.

No nos precipitemos al hacer falsas interpretaciones o lecturas reductivas del Evangelio de hoy y del tema de las riquezas: ya se perdió mucho tiempo intentando averiguar si Jesús tuvo o no bolsa y sandalias, o convirtiéndolo en un liberador político de los años sesenta. Sólo con la clave de la fe podremos examinar nuestro corazón – y no pensar en el de los demás – y preguntarnos dónde tenemos el centro de nuestra vida, dónde está centrado nuestro corazón, dónde fundamentamos nuestras acciones y omisiones. Igualmente, podremos mirar, a la luz de la fe en Cristo, nuestro mundo, nuestra sociedad, la cultura, los conflictos y nuestras relaciones. Aquí estará nuestro corazón y así podremos usar bien incluso las «riquezas» que Dios nos da. Sin ese fundamento y la luz que viene de Cristo, podemos acabar siendo también nosotros profetas de desgracias.

Los que hemos tenido la suerte de ir a Misa toda la semana hemos escuchado la profecía del profeta Jeremías (Jeremías 28: 1-17): “el profeta de paz y bienaventuranza sólo es creído cuando se cumple su profecía”. Cristo predicó el reino con signos de paz y bienaventuranza que ponen todas las cosas en su sitio. Ratificó su predicación con la muerte y Dios le coronó con la resurrección. Santa María, los mártires y los santos vivieron el seguimiento de Cristo con fidelidad y radicalidad.

Vistamos las nobles armas de la fe, hermanos y hermanas, y difundamos el buen olor de Cristo y de su Palabra, exudemos la luz del Espíritu Santo que hemos recibido y vivamos en la caridad como norma de vida. Por eso, en la fe, al Padre, al Hijo y al Santo Espíritu, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos. AMEN

https://youtube.com/watch?v=XCjY4DUe3hc

 

Abadia de MontserratDomingo XIX del tiempo ordinario (7 de agosto de 2022)