Domingo XIX del tiempo ordinario (7 de agosto de 2022)

Homilía del P. Jordi-Agustí Piqué, monje de Montserrat (7 de agosto de 2022)

Sabiduría 18:6-9 / Hebreos 11:1-2.8-19 / Lucas 12:32-48

 

Estimados hermanos y hermanas en Cristo:

El tiempo ordinario, los domingos que siguen a Pentecostés, nos permiten detenernos en las palabras y los actos de Jesús durante su predicación. El hecho de que este domingo tengan relación con Pentecostés – incluso el color verde de los ornamentos hace referencia al antiguo origen de la solemnidad- no es sólo casual. Si el Espíritu Santo prometido debe permitirnos entender todas las cosas, la liturgia nos presenta pedagógicamente las parábolas y los milagros de Jesús para que a la luz del Espíritu Santo recibido en el Bautismo podamos entender de verdad el sentido de las Escrituras. La Eucaristía de cada domingo es, para el cristiano, el contexto imprescindible para entender en la propia vida y en la propia historia lo que dijo y qué nos dice cada día el Señor resucitado.

Tres parábolas se nos presentan hoy: “donde tengáis el tesoro, tendréis vuestro corazón”; “esté a punto y velad”; y la parábola del administrador fiel. La propia liturgia post-conciliar nos da ya una clave de lectura: el tesoro del cristiano es la fe. Una fe que el Pueblo de Israel experimentó en la Pascua de la salida de Egipto y en el paso del Mara Rojo, como nos recordaba la Sabiduría; la fe de Abraham es el paradigma del creyente, como nos recordaba el texto de Herederos. La fe en Cristo es el tesoro del cristiano.

Esta fe debe ser semilla de vida, de gozo, de esperanza y de caridad en medio de nuestro mundo.

No nos precipitemos al hacer falsas interpretaciones o lecturas reductivas del Evangelio de hoy y del tema de las riquezas: ya se perdió mucho tiempo intentando averiguar si Jesús tuvo o no bolsa y sandalias, o convirtiéndolo en un liberador político de los años sesenta. Sólo con la clave de la fe podremos examinar nuestro corazón – y no pensar en el de los demás – y preguntarnos dónde tenemos el centro de nuestra vida, dónde está centrado nuestro corazón, dónde fundamentamos nuestras acciones y omisiones. Igualmente, podremos mirar, a la luz de la fe en Cristo, nuestro mundo, nuestra sociedad, la cultura, los conflictos y nuestras relaciones. Aquí estará nuestro corazón y así podremos usar bien incluso las «riquezas» que Dios nos da. Sin ese fundamento y la luz que viene de Cristo, podemos acabar siendo también nosotros profetas de desgracias.

Los que hemos tenido la suerte de ir a Misa toda la semana hemos escuchado la profecía del profeta Jeremías (Jeremías 28: 1-17): “el profeta de paz y bienaventuranza sólo es creído cuando se cumple su profecía”. Cristo predicó el reino con signos de paz y bienaventuranza que ponen todas las cosas en su sitio. Ratificó su predicación con la muerte y Dios le coronó con la resurrección. Santa María, los mártires y los santos vivieron el seguimiento de Cristo con fidelidad y radicalidad.

Vistamos las nobles armas de la fe, hermanos y hermanas, y difundamos el buen olor de Cristo y de su Palabra, exudemos la luz del Espíritu Santo que hemos recibido y vivamos en la caridad como norma de vida. Por eso, en la fe, al Padre, al Hijo y al Santo Espíritu, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos. AMEN

https://youtube.com/watch?v=XCjY4DUe3hc

 

Abadia de MontserratDomingo XIX del tiempo ordinario (7 de agosto de 2022)

Domingo XVIII del tiempo ordinario (31 de julio de 2022)

Homilía del P. Ignasi Fossas, monje de Montserrat (31 de julio de 2022)

Eclesiastés 1:2: 2:21-23 / Colosenses 3:1-5.9-11 / Lucas 12:13-21

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

El 31 de julio el calendario romano registra la memoria de St. Ignacio de Loyola. Este año celebramos 500 años de su peregrinación a Montserrat y de su estancia en Manresa, y también coincide con los 400 años de su canonización, con motivo de la cual le fue dedicado un altar lateral en nuestra Basílica.

Pero hoy también es domingo, y la celebración de la Pascua semanal pasa por delante, como es natural, de la memoria de San Ignacio. O si se quiere, dicho positivamente, la mejor manera de honrar la memoria de San Ignacio, este gran peregrino de Montserrat, es celebrando la pasión-muerte-resurrección y ascensión de Nuestro Señor Jesucristo. Jesús de Nazaret, Hijo de Dios e Hijo del Hombre, sedujo y cautivó al corazón de Ignacio hasta hacerle cambiar la vida. Jesucristo se convirtió en el principal objetivo del conocimiento y de la vida de Ignacio.

Y es que una de las características del ser humano es la obsesión por conocer mejor el mundo, los demás y uno mismo. Podríamos añadir, también, el conocimiento de Dios.

El hombre se plantea el cómo y el porqué de todo. Y esa búsqueda incansable distingue la historia de la humanidad. La búsqueda del conocimiento exige poner en práctica diferentes cualidades humanas, como por ejemplo la capacidad de observación y el análisis de la realidad, el razonamiento, la experimentación, la discusión, etc. Enseguida nos damos cuenta de que, en ocasiones, los sentidos nos engañan y que nuestra percepción de la realidad es equivocada. Parece que es el sol que se mueve de oriente a occidente, o que el horizonte del mar es más alto que la tierra firme. Parece que alguien quiere ayudarnos, y en cambio tiene intención de robarnos. Y podríamos ir multiplicando los ejemplos.

La Palabra de Dios nos enseña a percibir y medir mejor la realidad, tanto la realidad personal como la realidad que nos rodea. A primera vista puede parecer que el trabajo, el esfuerzo o la inquietud, el poder, el dinero o el dominio sobre los demás, nos pueden asegurar la vida y la felicidad; y así le ocurrió a San Ignacio durante la primera parte de su vida. Es decir, nos parece que todo esto forma parte de la realidad más fundamental y determinante. Y en cambio no es así, lo oíamos en la primera lectura: Todo esto es en vano. ¿Dónde está el camino para descubrir la realidad auténtica?

El salmo responsorial nos enseñaba que también nuestra percepción del tiempo puede ser sesgada. Todos hemos experimentado que el tiempo nos puede parecer muy corto o muy largo, que puede pasar muy rápido o muy despacio, dependiendo de cuál sea nuestro estado de ánimo, o de si hacemos algo más o menos a gusto, o de si estamos bien de salud o estamos enfermos. Para acabar de complicarlo, el tiempo no es igual para Dios que para nosotros: Mil años en tu presencia son un ayer que pasó; una vela nocturna. Incluso la vida de los hombres es una nada: como hierba que se renueva que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca. Por eso el salmista exclama ante Dios: Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato.

San Pablo, en la segunda lectura, nos hace dar un paso más en la búsqueda del conocimiento. Y lo hace señalando a la persona de Cristo resucitado. La conversión a la fe comporta una adhesión plena a la persona viva de Jesucristo, lo que hace cambiar radicalmente nuestra vida. Por el bautismo morimos con Cristo y resucitamos junto a Él. Por eso, os habéis despojado del hombre viejo, con sus obras, y os habéis revestido de la nueva condición que, mediante el conocimiento, se va renovando a imagen de su Creador. Eso mismo es lo que quiso exteriorizar San Ignacio cuando se quitó sus vestidos de caballero y de soldado, aquí en Montserrat, se los dio a un pobre, y se puso él mismo una saya mucho más sencilla y mucho más simple que había comprado antes de llegar. Este conocimiento pleno del Señor se encuentra en los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Conocer, además para los cristianos, significa amar, y por eso debemos aspirar a los bienes de arriba, no a los de la tierra. El conocimiento consiste, por tanto, en la identificación con Cristo. A medida que, por la acción del Espíritu, nos hacemos similares a Él avanzamos hacia el pleno conocimiento. En esto consiste la riqueza verdadera, la felicidad plena, la alegría profunda. En Cristo descubrimos la verdadera dimensión de la realidad. Él renueva nuestros sentidos, por los que podemos captar las cosas y las personas tal y como son realmente, sin engaños ni falsas ilusiones. Pedimos con el salmista que Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos. Que vuestro amor, Señor, no tarde más en saciarnos y lo celebraremos con gozo toda la vida.

Abadia de MontserratDomingo XVIII del tiempo ordinario (31 de julio de 2022)

Domingo XVII del tiempo ordinario (24 de julio de 2022)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (24 de julio de 2022)

Génesis 18:20-32 / Colosenses 2:12-14 / Lucas 11:1-13

 

En cierta ocasión, un joven al que se le había muerto de forma prematura un familiar muy cercano se enojó con Dios, y decidió que a partir de entonces sería ateo: así lo afirmó, y así vivió durante un tiempo. Pero un buen día, mientras se preparaba para realizar una actividad que tenía cierto riesgo, se dio cuenta de que, de repente, estaba rezando el Padrenuestro para encomendarse a Dios. Esta oración que Jesús nos enseñaba hoy en el evangelio le brotó espontáneamente del corazón cuando se encontraba en un momento límite, y entonces se preguntó: ¿Qué tipo de ateo soy, pues? Veámoslo.

¿Podemos imaginarnos dos personas que se quieran, pero no se lo digan nunca? ¿O dos personas que se quieran y no se hablen? Es difícil… Pues lo mismo ocurre entre Dios y nosotros: si amamos a Dios, si Dios nos ama, no puede ser que no nos hablemos nunca. Y ese diálogo mutuo entre Dios y nosotros es la oración. Y fijémonos en que decimos “diálogo” y no “monólogo”, aunque nos parezca que en la oración del Padrenuestro sólo somos nosotros quienes hablamos y Dios nos escucha. No es exactamente así. De hecho, en esta oración le pedimos que él hable, que intervenga en nuestras vidas: “hágase su voluntad”, “venga a nosotros tu Reino” … ¿Cómo podemos saber cuál es la voluntad de Dios, y cómo podemos reconocer qué es de su Reino, si no le escuchamos? En la primera lectura Dios y Abraham dialogaban de tú a tú, como podríamos hacer con cualquier persona conocida que encontramos en nuestro día a día. Y es cierto que este diálogo entre Dios y nosotros no se produce de la misma manera, aunque podría parecernos muy práctico… Pero, aunque nos parezca que Dios no nos dice nada y queda siempre en silencio, Dios no deja nunca de hablarnos: pero lo hace de manera sutil, que hay que ir descubriendo. Dios nos habla sobre todo a través de la persona de Jesús, pero también nos habla a través de otras personas, y de las cosas que nos pasan. Lo que ocurre es que, si no tenemos el Espíritu Santo con nosotros, se nos hace difícil comprender y descubrir qué es lo que nos quiere decir. Y por eso Jesús dijo a los discípulos que el Espíritu Santo era su don más preciado, lo que Dios nos da realmente en la oración, y lo que realmente debemos aspirar a tener: «Si vosotros que sois malos sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, mucho más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden».

Los apóstoles con la Virgen recibieron el Espíritu Santo el día de Pentecostés. Nosotros lo recibimos el día de nuestra Confirmación. Pero lo seguimos recibiendo en cada celebración eucarística: hoy, ahora y aquí que estamos celebrando la Pascua semanal hemos recibido una vez más su Palabra, recibiremos los dones de la Eucaristía, y con ellos recibimos una vez más el Espíritu Santo que es el que, a través de sus dones, nos irá ayudando a descubrir qué es lo que Dios nos quiere decir, qué es lo que espera de nosotros en cada momento, y qué es lo que necesitamos para ir siguiendo adelante en nuestro camino por la vida. Y hoy que es domingo y celebramos la resurrección del Señor, recordamos una vez más que justamente esta resurrección de Jesús es el destino al que todos estamos llamados y hacia el que todos caminamos. Es el mejor regalo que Dios puede hacernos.

Si somos conscientes de todo esto, toda nuestra vida puede convertirse en una oración. Y como un ejemplo vale más que mil palabras, podemos leer ahora un texto anónimo muy ilustrativo, y que al parecer proviene de una placa que hay en un centro de recuperación en Nueva York. Dice así: “Yo había pedido a Dios la fuerza para conseguir el éxito; Él me ha hecho débil para que aprenda humildemente a obedecer. Yo había pedido la salud para hacer grandes cosas; Él me ha dado la enfermedad para que haga cosas mejores. Yo había pedido la riqueza para poder ser feliz; Él me ha dado la pobreza para que pueda ser sensato. Yo había pedido el poder para ser apreciado por los hombres; Él me ha dado la debilidad para que sienta la necesidad de Dios. Yo había pedido un compañero para no vivir solo; Él me ha dado un corazón para que pueda amar a todos mis hermanos. Yo había pedido cosas que puedan alegrar mi vida; Él me ha dado la vida para que pueda alegrarme de todas las cosas. No he tenido nada de lo que había pedido, pero he recibido todo lo esperado. Sin embargo, mis oraciones no formuladas han sido escuchadas. Yo soy de entre los hombres el más abundantemente satisfecho”. Hasta aquí el texto. Quien lo escribió, es seguro que había recibido ese don del Espíritu Santo que le permitía leer todos los acontecimientos de su vida en clave de oración. De todo lo que le pasó, tanto si de entrada lo clasificamos como “bueno” o como “malo”, él sacó la conclusión de que era lo que Dios quería decirle en cada momento. Porque Dios no puede dar nada malo, como un padre no daría una serpiente a su hijo en vez de un pez, o un escorpión en vez de un huevo.

Volviendo a aquel joven que decíamos al principio, pues, ya podemos entender qué le pasaba: aunque él se hubiera rebelado contra Dios, Dios nunca le había dejado. Y se dio cuenta de ello en ese momento límite, cuando la oración brotó espontáneamente de su corazón. La fuerza del Espíritu Santo no le había dejado del todo, y era él quien le ayudaba en ese momento de debilidad, de limitación, de contrariedad… Y después tuvo el éxito que no había pedido, y supo superar contrariedades mucho peores que le vinieron, sin perder la felicidad. Ésta es la finalidad de la oración: no es para obtener lo que nos parece que necesitamos en cada momento, sino para tener con nosotros a Aquel que nos puede ayudar a superarlo todo. Pidamos a Dios su Espíritu Santo con toda la fuerza, y estemos seguros de que el Señor nos escuchará.

Abadia de MontserratDomingo XVII del tiempo ordinario (24 de julio de 2022)

Domingo XVI del tiempo ordinario (17 de julio de 2022)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (17 de julio de 2022)

Génesis 18:1-10a / Colosenses 1:24-28 / Lucas 10:38-42

 

Estimados hermanos y hermanas,

Tiempos convulsos son los nuestros. Nuestra humanidad está triste, en nuestro país hay desbarajuste. Nos encontramos con un mundo que presenta signos de cansancio más que de impulso; de vacilación más que de entusiasmo; abrumado por una ráfaga de recuperación resentida, más que atraído por una promesa alentadora.

Salíamos de una pandemia y nos encontramos con una guerra que empezamos a olvidar. Y la violencia contra los inmigrantes, atrapados entre la miseria y la muerte, deja un rastro de sangre, como acaba de suceder en la frontera de Melilla. Muchos piensan que estamos perdiendo el alma y que por el mundo se extiende una mancha de deshumanización que llega a hacernos extraños a nosotros mismos. ¿Cómo será posible mantener la alegría en los días turbulentos de la historia de la humanidad? ¿Cómo nos será posible cansados soportar el desgaste de los tiempos sin perder la esperanza? ¿Qué caminos hay que seguir para andar juntos, decidir juntos, vivir en comunión con personas, historias, culturas tan distintas?

Mientras meditamos esta situación, nos llega el reto: “Marta, Marta, estás preocupada y nerviosa por muchas cosas…”. Reconocemos respetuosa la voz del Señor, pero nos dan ganas de decir con el salmista: “¡Despierta, Señor! ¿Por qué duermes? Desvela, no nos rechaces para siempre. ¿Por qué nos escondes la mirada y olvidas el dolor que nos oprime?… ¡Levántate, ven a ayudarnos! ¡Libéranos por el amor que nos tienes!” (Sal 44, 24-27).

Como cuando los apóstoles veían que se hundía la barca, el salmo nos viene al pensamiento; pero el oído oye el eco: “Marta, Marta, estás preocupada y nerviosa por muchas cosas…”. Y san Bernardo nos avisa de que “demasiadas ocupaciones, una vida frenética, a menudo acaban por endurecer el corazón y hace sufrir el espíritu” (De consideratione II,3).

¿Cómo saldremos del callejón sin salida? La liturgia de hoy, con el bello pasaje de la hospitalidad que Abraham ofrece y el salmo que nos hablaba de vivir en la casa de Dios, en la montaña sagrada, parece que haga hincapié en la hospitalidad, y que, por tanto, Dios bendice la caridad de la actividad diaria. En una palabra, la liturgia toma partido por Marta, no por María. Pero en realidad la enseñanza de Jesús que “María [de Betania] ha escogido la parte mejor” nos viene a decir sintéticamente algo: que no debemos condenar la actividad a favor de los demás, sino que debemos subrayar que debe estar penetrada interiormente también por el espíritu de la contemplación. No debemos perdernos en el activismo puro, sino que siempre debemos dejarnos penetrar en nuestra actividad por la luz de la Palabra de Dios.

En consonancia con esta Palabra divina podremos entender aquella afirmación central de la predicación de Jesús: “Buscad el Reino de Dios, y esto [es decir, las cosas necesarias] se os dará por añadidura” (Lc 12,31). El Reino de Dios significa que Dios está presente y actúa. Y esta fe que lo ha de empapar todo, tal y como llenaba la vida entera de Jesús, nos hará comprender todos los contrastes del Evangelio: tanto los que encontramos en las parábolas, como los de las explicaciones con las que él acompañaba sus gestos.

Visto así, el contraste entre la inquietud de Marta, que también es la nuestra, y la serenidad de María, que también debe ser la nuestra, nos hace comprender el mensaje de Jesús. Los deberes que la Iglesia nos asigna hoy en el primer cuaderno de este verano tan caluroso es éste: fijarnos en los ejemplos que a nuestro alrededor podemos encontrar de personas llenas de generosidad porque han hecho caso a la Palabra de Dios.

Tiempos convulsos, los nuestros. Pero cuanto más oscuro es el horizonte, más destaca la estrella que da luz a nuestros pasos y nos ilumina el camino.

Abadia de MontserratDomingo XVI del tiempo ordinario (17 de julio de 2022)

San Benito (11 de julio de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (11 de julio de 2022)

Proverbios 2:1-9 / Colosenses 3:12-17 / Mateo 19:27-29

 

Pienso, queridos hermanos y hermanas, que la relación y el conocimiento personal con San Benito de Nursia de todos los que estáis escuchando aquí o por medio de internet, debe ser muy diferente.

Quizás algunos de vosotros sin idea alguna que hoy había esta celebración, se la han encontrado; otros conocedores del calendario litúrgico, la han identificado enseguida, los oblatos y los monjes benedictinos esperábamos la fecha y tenemos claro que hoy recordamos la proclamación como Patrón de Europa, del autor de la Regla, el texto que nos identifica y da sentido a nuestras vidas. La vida benedictina es un tesoro de sabiduría espiritual llena de consejos e intuiciones capaces de enriquecer la vida incluso fuera de los monasterios y sin necesidad de ser monjes. Por eso, al hablar de San Benito y de la espiritualidad de la Regla quisiera que todo el mundo se sintiera incluido.

¿Cómo se hace presente en el mundo esta sabiduría espiritual? ¿Tiene que ver con los edificios románicos, góticos o más modernos que los monjes fueron edificando y que hoy son en tantos lugares patrimonio histórico? Un poco sí, pero no creo que los edificios hagan justicia a la sabiduría de san Benito.

¿Quizás esta sabiduría se ha concretado en cultura? Es interesante que la etimología amplia de la palabra cultura está cercana al significado de la palabra catalana cultivo (conreu). San Pablo VI dijo que los benedictinos fuimos importantes en la creación de Europa occidental, la creamos con el libro y con el arado: esto es con todo tipo de cultura. Sí. El impacto cultural en sentido amplio ha sido fuerte y esperamos que lo siga siendo, pero tampoco agota el significado profundo de la aportación que creo que nos hace la Regla benedictina.

El núcleo, lo imprescindible de nuestro texto venerable, radica en el ámbito de la persona y de su dimensión espiritual: es tomar al hombre o a la mujer y enfocarlos hacia Dios. Éste es el fundamento. Queda claro que uno de los momentos en los que cualquier institución debe ser clara con lo que quiere, es el momento en el que es necesario incorporar nuevos miembros, nuevos trabajadores, nuevos socios. En este momento no podemos engañarnos sencillamente porque nos va en ello la identidad y la continuidad. La Regla de Sant Benet establece el criterio definitivo del discernimiento de las vocaciones al establecer que es necesario que «busquen a Dios de verdad». Es por esta razón que me atrevo a decir, no inventándomelo, sino apoyado por toda la tradición monástica, que el núcleo de nuestra vida es ponerse de cara a Dios, para empezar un camino sostenido por la fe, con plena conciencia de la fragilidad personal, pero avanzando hacia Dios, que nos ha creado y ha puesto el deseo de buscarlo en nuestro interior. Este principio tiene algunos rasgos interesantes:

Es universal. No puedo proponeros honestamente a todos los que me estáis escuchando que viváis la comunión de bienes, la estabilidad en una comunidad, la obediencia a un superior. Sin embargo, proponeros que busquéis a Dios de verdad es totalmente posible Quizás por esta razón afirmamos que, hablando hoy de temas monásticos, podemos hablar a todo el mundo.

Buscar a Dios de verdad es una proposición sencilla. Sólo tres palabras en el latín original. Las cosas importantes no deben ser largas ni complicadas. La propuesta será sencilla, pero toca el fondo humano de cada uno: buscamos, por tanto, estamos en movimiento, la espiritualidad benedictina nos comprende como hombres y mujeres de deseo, no perfectas.

Naturalmente es una propuesta creyente. No buscamos cualquier cosa. Buscamos a Dios. El Dios de Jesucristo. Y desde la fe, no podría pensarse una vida sin Dios. Por tanto, profundizamos lo que somos y lo que creemos como cristianos. Nada más, nada menos. Cualquier propuesta cristiana debería responder plenamente a aquellas palabras de Jesús: he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.

También es una propuesta estable. En la espiritualidad de la Regla benedictina, el buscar a Dios de verdad no está pensado como algo puntual. Es lo suficientemente serio como para implicar toda la vida. Es una propuesta que no es necesario cambiar constantemente. En nuestro contexto actual, incluso me atrevería a decir que esta idea de la estabilidad en las opciones, tanto cristiana como benedictina es nueva, es alternativa. La practica poca gente. Pero está comprobado que da felicidad y sentido. Quizá esta estabilidad sea una de las cosas que podríamos predicar más como monjes, sin olvidar que debemos vivirlo primero nosotros para predicarlo con algo de dignidad.

Por último, Buscar Dios de verdad es una propuesta personalizada. Es necesario que cada uno se ponga en camino. Por mucho que parezca abstracto, Sant Benet nos concreta bastante cómo hacerlo: Habrá que orar y habrá que amar. Los monjes lo haremos en comunidad y cada uno que haya incorporado este rasgo espiritual a su vida o lo quiera incorporar, podrá ver cómo reza y cómo ama a su alrededor. Tampoco es difícil de entender. Orar y amar para hacer bien concreto vivir, creer y buscar a Dios es una propuesta para una vida tomada en serio. De vida sólo hay una y estaría bien que no nos pasara lo que tan bien expresaba el poeta castellano Jorge Manrique,

Este mundo es el camino / para el otro, que se morada / sin pesar; / pero cumple tener buen tino / para andar esta jornada / sin errar. (V)

No mirando a nuestro daño, / corremos a rienda suelta / sin parar; / desde que veamos el engaño / y queremos dar la vuelta, / no hay lugar. (XII)

(Coplas a la Muerte de su padre)

Estas intuiciones frente a la vida y la muerte, no son lejanas de la Regla de San Benito, y nos demuestran con esta proximidad que más allá del carisma estamos ante verdaderos enfoques creyentes y humanistas. La sabiduría espiritual es en el fondo un patrimonio de la humanidad, y Dios la reparte como quiere y al que quiere, generosamente.

Habiéndonos centrado en este leiv motiv, buscar a Dios de verdad, la Regla nos dice que, viviendo así, orando y amando, la sabiduría espiritual impregnará nuestra vida, todas nuestras relaciones e incluso nuestras actitudes corporales.

Ésta es la raíz del árbol benedictino, cuyos frutos y cuya fecundidad han sido tan grandes. Procuramos que el crecimiento y los frutos del árbol estén siempre en relación con la raíz, esto es en la verdadera búsqueda de Dios, en la oración, en el amor. Para una propuesta así, que no hace más que replicar la llamada de Jesucristo a seguirle, entendemos que el evangelio de hoy justifique que podamos dejarlo todo.

Pongámonos siempre en disposición de escuchar y acoger la voz del Señor que nos llama, lo hace siempre, y lo hace en cada eucaristía, abrámosle pues el corazón.

Abadia de MontserratSan Benito (11 de julio de 2022)

Domingo XV del tiempo ordinario (10 de julio de 2022)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (10 de julio de 2022)

Deuteronomio 30:10-14 / Colosenses 1:15-20 / Lucas 10:25-37

 

Estimados hermanos y hermanas,

La liturgia de la Palabra de este domingo nos ofrece para nuestra contemplación y oración la parábola del Buen samaritano, que como toda parábola tiene una ambientación dramática, en este caso evidente, y un núcleo central, que es lo más importante: Dios mismo y su Reino.

En el relato de hoy, nos encontramos, en primer lugar, con un maestro de la Ley cuya intención es poner a Jesús a prueba con una pregunta sobre lo que debe hacer para tener la vida eterna. Tratándose de una pregunta trampa, Jesús se limita a pedirle qué está escrito en la Ley, ya que siendo un maestro lo sabía perfectamente. Le dice: en la Ley está escrito “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y “a tu prójimo como a ti mismo”. La respuesta gusta a Jesús y le pide ir más allá: “Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida”.

La invitación a poner en práctica lo que está escrito en la Ley no debió de convencerle demasiado ya que o no sabía cómo hacerlo o intuía que se trataba de algo serio que le obligaba a un cambio radical en su vida. Por eso, el mismo evangelista nos dice que con ganas de justificarse, preguntó de nuevo: «¿Y quién es mi prójimo?»

Jesús ante esta insistencia le explica una parábola que cambia el significado de sus preguntas, como iremos viendo a lo largo de esta reflexión.

En la respuesta parabólica de Jesús vemos cómo un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, un trayecto no fácil en aquel tiempo y más si se hacía solo. En un momento determinado del trayecto este hombre, de quien no se nos dice en ningún momento ni el nombre, ni si era judío, pagano o samaritano, cayó en manos de ladrones, que le desnudaron, le apalearon y se fueron dejándolo medio muerto, es decir, le abandonaron a su desdicha.

Sin introducción alguna aparecen casualmente, bajando por el mismo camino, un sacerdote que lo vio, pero pasó de largo por el otro lado. Igualmente, un levita que también pasó de largo por el otro lado.

La actitud del sacerdote y del levita hacen nacer la indignación en los lectores de la parábola. Y es normal. Ante la injusticia o actitudes poco nobles nos indignamos. Y hacemos bien en hacerlo. Pero al contemplar un texto evangélico no debemos olvidar que la Escritura no habla nunca en tercera persona del singular, sino que cada uno de nosotros puede poner su nombre encima o debajo de las actitudes de todos y cada uno de los personajes que aparecen, también en el de los anónimos sacerdote y levita de ese relato. En este punto, cada uno debe tratar de ver cómo su nombre, su historia, encuentra un reflejo en la misma Palabra de Dios que es la Escritura, sabiendo que Dios es el único que conoce con nitidez la vida de cada uno, es decir, tal y como Él la ha creado. Y esto nos da confianza en el desfallecimiento.

Continuando con la reflexión de la parábola, un samaritano que viajaba por aquel lugar, supongamos que casualmente al igual que lo hacían el sacerdote y el levita, cuando llegó lo vio, se compadeció y se acercó a él.

Verle, compadecerse, acercársele, tres realidades rebosantes de humanidad. Por eso, creo que podemos decir que no hay humanidad sin compasión, siendo ésta la menos “sentimental” de los sentimientos, ya que detenerse y acercarse a la realidad que se ha visto del otro pide un proceso para ir creando en el propio corazón unas actitudes que hacen estar atentos a la realidad de quienes sufren. Seguro que aquel anónimo samaritano hijo de un pueblo considerado por los judíos como personas hostiles, despreciables, que no participaban del culto del templo de Jerusalén, donde precisamente el sacerdote y el levita ejercían su oficio, había ido trabajando en su interior actitudes profundas que se desprenden de la Ley, es decir, amar al Señor, con todo el corazón y a los demás como a uno mismo.

El samaritano va aún más allá. No sabiendo si estaba vivo o muerto le toca, vendándole las heridas después de haberlas curado. Si el herido ya estaba muerto, el samaritano tocándolo se convertía en un hombre impuro. Por eso impresiona cómo el evangelista no esquiva la pregunta del maestro de la Ley, como tampoco la esquivó Jesús, sino que le ofrece y nos ofrece a nosotros la concreción fáctica y práctica del Decálogo indicando, uno tras otro, diez verbos para describir el plan de amor de Dios: ver, compadecerse, acercarse, calmar, vendar, cargar, llevar, cuidar y volver, por si todavía se necesita algo.

Jesús cambia la pregunta del maestro de la Ley: quién es mi prójimo. La pregunta de Jesús es otra: quien se hizo prójimo. Por eso, los seguidores de Jesús se preguntan: ¿quién me necesita? En principio el prójimo no lo elegimos, muy a menudo se nos impone, nos lo encontramos en los múltiples caminos de la vida. Ciertamente, podemos cerrar los ojos para no verlo, pero no por eso su pobreza, su miseria, sus heridas dejarán de mirarnos.

Al empezar esta reflexión decía que toda parábola contiene un núcleo central, imperceptible a veces, que es Dios mismo y su Reino. ¿No os parece que ese Dios que sólo puede amar es el que constantemente nos ve, se compadece, se acerca, amorosamente, venda nuestras llagas, se nos carga en el hombro como el buen pastor, nos lleva, cuida de nosotros y vuelve, siempre, insistentemente, indefectiblemente, por si todavía nos conviene algo para que no nos apartemos de Él?

Abadia de MontserratDomingo XV del tiempo ordinario (10 de julio de 2022)

Domingo XIV del tiempo ordinario (3 de julio de 2022)

Homilía del P. Lluís Planas, monje de Montserrat (3 de julio de 2022)

Isaías 66:10-14c / Gálatas 6:14-18 / Lucas 10:1-12.17-20

 

Cada domingo nos encontramos para escuchar la palabra de Dios y compartir la fe, celebrando el memorial del Señor; es decir, recordemos y revivimos la donación profunda y auténtica de Jesús hasta dar su vida. En el fondo estamos poniendo en práctica lo mismo que hacían los seguidores de Jesús en su tiempo. Escuchaban las enseñanzas de Jesús, como nosotros tenemos oportunidad de escucharlas de la voz del diácono. Aprendían y aprendemos cuáles eran los objetivos de Jesús, cuál era su enseñanza y a qué daba valor.

El relato que hoy hemos escuchado es la continuación de la narración del pasado domingo, en que oímos que el evangelio nos decía que Jesús «resolvió decididamente encaminarse a Jerusalén». Durante su camino hacia Jerusalén Jesús no dejará de enseñar y enseñarnos, pero sabemos que encaminarse a Jerusalén significa que, al final de su camino a Jerusalén, Jesús sufrirá la muerte en cruz y que los discípulos se dispersarán.

El evangelio nos dice que Jesús tuvo la iniciativa de escoger a 72 para pedirles que se adelantaran, de dos en dos, hacia cada pueblo. Cuando el evangelista ha puesto el número de 72 lo ha hecho para subrayar que fueron a todas partes y que eran muchos. ¿Qué debían hacer? Nos ha dicho: decidles: «El reino de Dios ha llegado a vosotros». Nada distinto de lo que habían visto hacer a Jesús. Seguramente nos encontramos ante la misión clave de los discípulos de Jesús. Hacer lo que hacía Jesús y como lo hacía Jesús.

El evangelista nos lo ha ido explicando, muy pedagógicamente: cuál es el núcleo de la predicación de Jesús, pero también ha añadido la actitud con la que debe hacerse. Iría muy bien que nos paráramos y nos fijáramos uno por uno en todos los detalles que especifica la narración que hemos escuchado. Seguramente que nos alargaríamos mucho, y quizás ahora no es el momento más adecuado; pero sí conviene hacer unas breves reflexiones…

Cuando acogemos el evangelio no estamos mirando unos hechos pasados, sino que, para nosotros que somos discípulos, también deben servirnos para hoy, para ahora. Porque nuestra misión como discípulos es decir a todo el mundo que el Reino de Dios está muy cerca. Por eso debemos preguntarnos si es éste, cuando nos identificamos como cristianos, el mensaje que damos. El testimonio debe ser de esperanza, y no desesperanzado por el pesimismo de una situación como la actual, llena de incertidumbre y de violencia, enterrada y explícita como la guerra de Ucrania y sus consecuencias, morales y materiales. Lo tenemos que hacer con nuestra vida y nuestra autenticidad, es decir con elementos que no distorsionen el mensaje, «No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino». Porque puede que nos paremos comentando aspectos de la vida, pero que no vamos a fondo y nos olvidemos de la necesidad de dar un mensaje alentador y comprometido.

Cuando nos dice que los envía como «corderos en medio de lobos» no nos está diciendo que la misión sea fácil; los resentimientos personales y colectivos son muy desgarradores y destructores de la propia integridad. Y Jesús nos dice que primero saludemos: «Paz a esta casa». La paz de Jesús no es ausencia de conflicto, sino que está empapada de justicia y de amor. Fijémonos en que hoy las tensiones económicas y políticas van haciendo aún mayores las diferencias entre los hombres. La paz de Jesús es la que permite quedarse en la casa donde se luche por una verdadera vida en la que se comparta «comiendo y bebiendo de lo que tengan». Compartir, ¡qué palabra más maravillosa si la practicamos! Pero la enseñanza de Jesús no se impone por la fuerza, propone, por eso no se trata de forzar, sino que pide que quede claro el mensaje, de ahí que recomiende que se proclame, en caso de no ser acogidos: «El reino de Dios. ha llegado a vosotros». Toda una forma de hacer, toda una forma de ser. Ésta es la manera de hacer y de ser de Jesús.

Debemos ser conscientes de que la última etapa de Jesús será la cruz. Seguramente para muchos, yo me incluyo, la cruz nos da miedo. Tenemos a Pablo que es un discípulo privilegiado que profundiza en su vida el significado de la cruz y con él podemos atrevernos a decir: «Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo». Porque sabemos que la cruz es el portal de la resurrección, del Reino de Dios. Sí, podemos terminar como ha terminado hoy San Pablo diciendo: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu, hermanos. Amén»

Abadia de MontserratDomingo XIV del tiempo ordinario (3 de julio de 2022)

San Pedro y San Pablo (29 de junio de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (29 de junio de 2022)

Hechos de los Apóstoles 12:1-11 / 2 Timoteo 4:6-8.17-18 / Mateo 16:13-19

 

La solemnidad de hoy, de San Pedro y San Pablo, queridos hermanos y hermanas, como la de todas las celebraciones y memorias de santos, nos ayuda a centrarnos en dos mediaciones fundamentales entre Dios y la humanidad: el testimonio, porque estamos frente a dos grandes testigos, y la de la comunidad, la Iglesia de la cual son sus columnas. En la historia espiritual de casi cada uno, los testigos y la comunidad nos han llevado hacia la fe en Dios, al seguimiento de Jesucristo, a recibir el Espíritu Santo y las que nos permiten avanzar en ese camino de confianza.

Si hablamos de testigos, hoy vamos a los verdaderos orígenes del cristianismo. En el diálogo del Evangelio que hemos leído, el propio Jesús busca con sus preguntas provocar la reflexión y la formulación de un testimonio sobre él: ¿Quién dice la gente que soy yo? No es de extrañar que, en el aprendizaje de la fe, tantas veces, en catequesis, en grupos de jóvenes, nos hayan repetido la pregunta de Jesús: ¿quién es Jesús para ti? La pregunta hecha por sí mismo a los apóstoles, en un momento tranquilo, en la tranquilad de las fuentes del Jordán, en Cesarea de Filipo, como nos dice el evangelio de Marcos, paralelo al que hemos leído, provocó la respuesta de fe de Pedro, una de las confesiones más fundamentales del evangelio: tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Tú, Jesús de Nazaret, rompes la lógica de un Dios lejano, invisible, inefable y lo haces cercano. Tú te conviertes en una esperanza por una humanidad que se salva porque es visitada en su esencia por Dios y un Dios que se humilla hasta la muerte para no dejar nada sin redimir.

Un testimonio es legítimo si lo que dice es verdadero, si puede dar fe por conocimiento y experiencia propia, si el resto de su vida es coherente con lo que ha proclamado.

El apóstol Pedro cumple con creces estas tres condiciones: La primera es la verdad de todo lo que ha anunciado. Incluso Jesús le reconoce que está inspirado por el mismo Dios como nos señala el evangelio: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. San Pedro entendió que Jesús era Cristo, el Mesías y su comprensión cambió la historia, cambió la relación de los hombres y las mujeres con Dios.

La segunda condición de legitimidad de un testigo es la proximidad a la fuente. Y evidentemente también se cumple en aquél que, desde el momento de dejar las redes, siguió de cerca a Jesús y después de la Pasión, fue un testimonio de su resurrección. Imagino la vida de San Pedro hasta su martirio en el Vaticano, como una larga experiencia de comprensión que quizás nunca completó, de aquellas palabras: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo y de todas las demás que va escuchar decir a Jesús.

Y, por último, un testigo debe tener coherencia al proclamar la fe. Algunos diréis: ¿coherente san Pedro? ¿Y las negaciones? Pero ¿le tendremos en cuenta nosotros las negaciones cuando el mismo Jesús las perdonó y no dudó en hacer de él la piedra y el cimiento de su comunidad? Coherencia a pesar de alguna debilidad. Las debilidades de Pedro nos ayudan precisamente a tenerlo por testimonio de la fe y de Cristo. No es necesario ser perfecto para ser discípulo. Basta con saber pedir perdón cuando te equivocas y niegas al Señor.

¿Quién dudará de que la fe de San Pedro nos ha ayudado?

El evangelio de hoy no nos habla de ello, pero casi cada domingo y otros muchos días durante el año encontramos también el testimonio de Pablo. ¿Quién dudará de que algunas de las páginas más profundas, del testimonio más íntimo de la relación posible de una persona con Jesucristo y de su significado nos vienen de San Pablo? Un discípulo que es testigo porque quedó tocado y se dedicó con cuerpo y alma a reflexionar, a compartir, a dejarnos escrita la que personalmente me atrevo a llamar madre de toda la teología.

Pese a que podamos hablar de experiencia directa de Dios, no nos queda ninguna duda de que para insertarnos en la tradición cristiana hacían falta los santos Pedro y Pablo, y detrás de ellos, como cantamos en el Te Deum, el ejército radiante de los mártires, palabra que en griego significa testigo.

La solemnidad de hoy nos lleva naturalmente a otra mediación: la Iglesia, que es el primer fruto de la fe de los apóstoles. En la confesión de Pedro, sigue el mandamiento de Jesucristo: Sobre ti, edificaré mi Iglesia. Y el encargo más importante que el Señor le hizo fue la de confirmar en la fe a todos los que vendríamos después. Precisamente porque la fe contenida en su confesión es también el fundamento de cualquier comunidad que se reúne en torno a Jesucristo. Desde la unidad del primer grupo de seguidores de Jesús, la comunidad se ha extendido hasta cumplir el mismo mandamiento de Jesús: Id y predicad el Evangelio en todo el mundo. No podemos negar que, en estos dos mil años de historia, la comunidad cristiana, a pesar de no perder nunca la referencia a los apóstoles Pedro y Pablo, no ha logrado mantenerse formalmente unida. Sin embargo, sí me parece digno de decir que al menos la gran comunidad católica se mantiene una, siendo uno de los fenómenos más numeroso, más antiguo, más activo de toda la historia de la humanidad. San Pedro y el ministerio de sus sucesores, los obispos de Roma, los Papas, son su vínculo de comunión, y la ansiada unidad cristiana, debería tener siempre en cuenta su servicio.

Sería bueno ver a la Iglesia como la que nos ha dado la posibilidad de nuestro conocimiento de Jesucristo y la que nos ayuda a mantenernos en la fe. La que vivimos en cada eucaristía, como estamos haciendo ahora. Quizás demasiado a menudo perdamos de vista esta esencia y nos perdemos en críticas colaterales que no sé si llevan a ninguna parte. Sé que la crítica expresa a menudo amor y preocupación por la Iglesia. Procuremos que no sea otra cosa. El ejemplo y la enseñanza de San Pedro y San Pablo no fue otro que Jesucristo. Aferrémonos a Jesucristo, como el Señor que nos ama más allá de todo y nos lo demuestra constantemente como hace ahora en esta celebración, haciéndonos participar de su cuerpo y su sangre.

Abadia de MontserratSan Pedro y San Pablo (29 de junio de 2022)

Domingo XIII del tiempo ordinario (26 de junio de 2022)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (26 de junio de 2022)

1 Reyes 19:16b.19-21 / Gálatas 5:1.13-18 / Lucas 9:51-62

 

Puede haber alguna persona que le parezca que hace un favor a Dios no cometiendo pecados. Les basta simplemente con ser buenas personas, pero sin interesarse por la santidad de vida. Sin embargo, el evangelio de hoy nos propone aspirar a ser aptos para el Reino de Dios. Dios, el que nos ha creado, que nos cuida y salva, espera de nosotros agradecimiento y homenaje, que podemos llevar a cabo con el trato, el seguimiento de Jesús. Pero la amistad con Jesús, nos dice el evangelio, lleva consigo unas exigencias personales.

Después de haber sido rechazado por los samaritanos de un pueblecito, Cristo sigue su camino hacia Jerusalén, durante el cual invitó a varios hombres, probablemente jóvenes, a seguirle, a la vez que les declaraba las exigencias requeridas.

Quiere el Señor que nos demos cuenta de que hemos sido comprados a gran precio, que es Dios quien se está volcando con nosotros cada vez que celebramos la Santa Misa, que recibimos la absolución, que nos ponemos ante el Sagrario, que elevamos nuestra oración a Dios por la mañana al empezar el día.

Seguir a Cristo no es un “capricho” para algunos escogidos. Es un llamamiento universal para toda la humanidad. Decía san Agustín: «Dios, que te ha creado sin ti, no te salvará sin ti».

Las palabras del Evangelio de hoy nos interesan a todos porque todos hemos recibido una vocación, es decir, una llamada a conocer a Dios, a reconocerle como fuente de vida; una invitación a entrar en la intimidad divina, en el trato personal, en la oración; una llamada a hacer de Cristo el centro de la propia existencia, a seguirle, a tomar decisiones teniendo siempre presente su querer; una llamada a conocer a los demás hombres como personas e hijos de Dios, y, por tanto, una llamada a superar de forma radical el egoísmo para vivir la fraternidad, para llevar a cabo un apostolado fecundo y hacer que conozcan a Dios; un llamamiento para entender que esto debe hacerse en la propia vida, según las condiciones en que Dios ha colocado a cada uno y según la misión que personalmente le corresponda desarrollar.

La fidelidad a la propia vocación conlleva responder a las llamadas que Dios hace a lo largo de su vida. Habitualmente se trata de una fidelidad en lo pequeño de cada jornada, de amar a Dios en el trabajo, en las alegrías y penas que comporta toda existencia, de rechazar con firmeza lo que de alguna manera signifique mirar dónde no podemos encontrar a Cristo.

El Señor no es intolerante, pero sí exigente. Él conoce muy bien el corazón de los hombres y sabe lo que puede pedirnos. Él quiere generosidad, decisión, totalidad en el amor. Por eso, en el evangelio, el Señor advierte claramente a quienes llama, y ​​les da a conocer las exigencias de su seguimiento. Quien renuncia a todo, incluso a sí mismo, para seguir a Jesús, entra en una nueva dimensión de la libertad, que san Pablo define como «caminar según el Espíritu». Estas exigencias pueden parecer demasiado radicales, pero en realidad expresan la novedad y prioridad absoluta del reino de Dios, que se hace presente en la Persona misma de Jesucristo.

El Señor quiere que nos demos cuenta de la cantidad de Gracia que derrama sobre nosotros cada día para que vivamos como hijos suyos. Que Dios no nos acusa, quiere salvarnos, si nos dejamos. Pero a Dios no le gusta que le pongamos excusas para no abandonar nuestra antigua vida, como si Cristo no se hubiera encarnado.

Miremos a la Virgen; que ella, que correspondió sin reserva alguna a la llamada divina, ruegue por nosotros.

Abadia de MontserratDomingo XIII del tiempo ordinario (26 de junio de 2022)

Ordenación diaconal del G. Jordi Puigdevall (24 de junio de 2022)

Homilía de Mns. Sergi Gordo, Obispo auxiliar de Barcelona y rito de ordenación diaconal del G. Jordi Puigdevall (24 de junio de 2022)

Ezequiel 34:11-16 / Romanos 5:5-11 / Lucas 15:3-7

 

Saludo

Queridos padre Abad y comunidad de monjes benedictinos de Santa Maria de Montserrat; querido Jordi, padres, familiares y amigos venidos de Mata, Banyoles; queridos chicos y jóvenes de la Escolanía -que hoy iniciáis vuestras merecidas vacaciones de verano-; queridos hermanas y hermanos en Cristo, también quienes siguen esta solemne eucaristía a través del canal YouTube de Montserrat:

Me apetece mucho, en esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, subir a Montserrat, como un peregrino más, para la ordenación diaconal de Jordi Puigdevall Roca, OSB, monje de esta comunidad benedictina. Gracias P. Abad por su invitación para que un servidor presidiera hoy esta eucaristía en la que oramos para que este buen monje, elegido para el diaconado, sea “activo y diligente en la acción, bueno en el servicio y constante en la oración” (cf. oración colecta de la ordenación de diáconos).

Dentro de la brevedad obligada de una reflexión homilética, permitidme, sin embargo, hacer tres aproximaciones: desde la Palabra de Dios proclamada, desde las enseñanzas del papa Francisco y desde la Regla de san Benito, padre de los monjes de la Iglesia latina, cuyo magisterio inspira toda la vida de este nuevo diácono.

1. Desde la Palabra de Dios

Desde la Palabra de Dios, se nos recuerda hoy que Dios nunca se queda corto en amor y ternura. Por encima del pecado y de la infidelidad humanas, la misericordia de Dios ya se manifestaba como una fuerza especial. Consistía en unos lazos de amor que se estiraban y estiraban sin llegarse nunca a romper. A la larga, este diálogo iba a parar en la llamada a vivir en una intimidad de amistad con el Señor.

En materia de amor, Dios tiene siempre las de ganar, porque desde que empezó la obra de la creación no ha aburrido nada de lo que ha creado. Por el contrario, el misterio de la creación está vinculado al misterio de la elección: “Te quiero con un amor eterno, por eso te he atraído con misericordia” (1) (Jr 31,3).

Encarnado y elevado a la cruz, Jesucristo ha atraído todo hacia él, y los lazos de amor que hay entre el Padre y la humanidad los ha convertido en una nueva y eterna alianza en su sangre.

El prefacio de la solemnidad de hoy dice: “Él, elevado al árbol de la Cruz, se entregó a sí mismo por nosotros con un amor admirable, y de su costado traspasado, fuente de los sacramentos de la Iglesia, del que salió sangre y agua, para que todos, atraídos a su Corazón abierto, pudiéramos beber con gozo en las fuentes de la salvación”.

Las lecturas de la celebración de hoy expresan esta verdad con una imagen de gran presencia en la Biblia, la imagen del Bon Pastor. Tú, Jordi, que estás estudiando en Roma, has visto esta imagen, ahí en las catacumbas. El profeta Ezequiel pone en labios del Señor esta promesa que será real en Cristo. “Yo mismo haré apacentar a mis ovejas y yo mismo las llevaré a reponer”. Es Cristo quien realizará esta promesa profética.

En el evangelio, Cristo, nuestro Buen Pastor, nos invita a celebrar con gozo que ha encontrado la oveja perdida. Esta oveja perdida somos todos y cada uno de nosotros, yo el primero, tú también, cada uno de los que estamos aquí. “En el cielo habrá más alegría por un solo pecador convertido, que, por noventa y nueve justos, que no necesitan convertirse”. El Señor lo decía ante los fariseos y los maestros de la ley. Y hoy también nos advierte a todos nosotros. Es maravilloso el lenguaje que utiliza para hacernos comprender «la inmensidad de su amor», como hemos rogado en la oración colecta al inicio de la eucaristía. Es maravilloso. Él siempre viene a nuestro encuentro, él siempre nos acoge. Como diría el papa Francisco, «él nunca se cansa de perdonar». Contemplamos hoy su amor hasta el extremo. Dejémonos tomar por Cristo. Su amor, su corazón, es inmenso. ¡Él es único!

Estimado Jordi, te pido que no olvides nunca este salmo que cantamos, el salmo responsorial de hoy, el Salmo 22, el del Bon Pastor. Que siempre puedas decir con tu corazón y con tus actos: “El Señor es mi pastor, nada me falta (…). Me guía por caminos seguros por el amor de su nombre.” Y esos caminos son los caminos, desde hoy, de la diaconía, el camino del servicio.

2. Desde la enseñanza del papa Francisco

Desde la enseñanza del papa Francisco, querido Jordi, te comparto un sencillo pensamiento a raíz de su exhortación apostólica Gaudete et exsultate (GE). En virtud del bautismo recibido, todos los bautizados tenemos la vocación a la santidad. Por tanto, esto no es una experiencia extraordinaria reservada sólo a una élite, a unos cuantos escogidos. Todos estamos llamados a esa santidad. Y así como existe «la santidad de la puerta del lado de casa» (GE, 6-9) -de quienes son vecinos nuestros, que pasan desapercibidos, pero que a los ojos de Dios han dejado que su gracia trabaje en ellos, no le han sido un estorbo- también, por gracia de Dios, hay, en esta comunidad monástica, la santidad del vecino de la celda de al lado, del compañero de comunidad, del hermano de mesa, que se convierte, aunque sea sin palabras, en un estímulo para todos los hermanos de vocación a “buscar Dios de verdad” ya adorarlo “en espíritu y en verdad”.

Vive, pues, desde hoy tu vocación a la santidad «sirviendo al Señor -¡y a los hermanos!- con alegría», como dice el salmista (salmo 99,2), siendo desde hoy un verdadero monje-diácono. Es decir, sobre todo un servidor de la Palabra de Dios, un servidor del altar, un servidor de los hermanos, un servidor de los más pobres y necesitados y un servidor -no lo olvidemos- de la evangelización en este santuario de Montserrat la función pastoral del cual, especialmente en el ámbito de las diócesis de Cataluña, es de una especial trascendencia. Es un gran servicio, es una gran “diaconía”, que los obispos de la Conferencia Episcopal Tarraconense sabes que valoramos especialmente, y ésta es la razón que lo recuerde en el día de tu ordenación.

3. Desde la espiritualidad y la Regla de san Benito

Desde la espiritualidad benedictina, desde la Regla de san Benito, te pido de antemano, que me disculpes por recordar eso que sigue a quien sin duda tiene un conocimiento mucho más amplio y mucho más profundo que el que pueda tener un servidor.

Sin embargo, me atrevo a sugerirte que hoy escuches especialmente en el interior de tu corazón estas palabras de san Benito: “Mirad cómo el Señor, con su bondad, nos muestra el camino de la vida. Ceñidos, pues, nuestros lomos con la fe y con la observancia de las buenas obras, hacemos sus caminos siguiendo la guía del Evangelio, para que merezcamos de ver a Aquel que nos ha llamado a su reino. Si queremos habitar en el tabernáculo de su reino, miremos que no se llega si no es corriendo con las buenas obras” (Regla de san Benito, Prólogo, 20-22).

En la escuela de tu padre en el espíritu, sé muy humilde, y si ves basura en el ojo de un hermano tuyo, no dejes de ver la viga en el tuyo (cf. Mt 7,3-5). Y esto todos nosotros también, tratamos de vivirlo así. No dudes en ir subiendo, ayudado por la gracia de Dios, en esos escalones de la humildad, los escalones de la escalera de la virtud, de los que trata el capítulo VII de la Regla. Recuerda lo que dice, al hablar de cuáles son los instrumentos de las buenas obras, “antes de todo, amar al Señor Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Después, el prójimo como a sí mismo”” y sobre todo y en todo momento “no anteponer nada al amor de Cristo” (Regla de San Benito, cap. IV, 1-2 y 21) y “no desesperar nunca de la misericordia de Dios” (Ibídem, 74). Es providencial que seas ordenado precisamente en esta solemnidad donde disfrutamos de la inmensidad de la misericordia de Dios, de la inmensidad del amor del Señor.

Recordando el clásico consejo que da san Benito cuando pide: «que no se anteponga nada al oficio divino» (ningún XLIII), te sugiero, si quieres tenerlo en cuenta, que tu oración, desde ahora, sea ​​para ti un servicio, una diaconía, orando especialmente por la paz en Ucrania y en muchos otros países en guerra -como nos recuerda constantemente el papa Francisco que dice que estamos viviendo una tercera guerra mundial pero “a trozos”-, y que reces también por las necesidades del mundo y de la Iglesia, y concretamente por los frutos del “camino sinodal”, ese camino valiente al que nos ha convocado el Santo Padre, esta aventura del Espíritu. Ruega, sí, por los frutos del camino sinodal que el buen papa Francisco nos ha pedido realizar a todos los bautizados, “caminando juntos”, discerniendo, escuchando al Espíritu.

Conclusión

Querido nuevo diácono, a los pies de la Virgen de Montserrat, nuestra entrañable Moreneta, patrona de las diócesis catalanas, admiramos el gran corazón y sentimos el amor inmenso de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, que no vino a hacerse servir sino a servir. Como cantamos en el Virolai, “Cedro gentil del Líbano sois corona, árbol de incienso, palmera de Sión, el fruto sagrado que vuestro amor nos da es Jesucristo -iba a decir, “¡el gran Diácono”!-, el Redentor del mundo ”.

Amén

(1)  La misericordia ha ocupado en los últimos tiempos de forma muy fuerte la conciencia y también –así lo esperamos- la praxis pastoral de la Iglesia. San Juan Pablo II en los inicios de su pontificado dedicó una encíclica a Dios Padre centrada en su amor hecho misericordia. Fue la carta Dives in misericordia, de 1980. El papa emérito Benedicto XVI, en 2005, primer año de su pontificado, en su encíclica Deus caritas est, afirmó que Jesucristo es “el amor de Dios encarnado”. Y el papa Francisco en 2016 invitó a toda la Iglesia a celebrar el Jubileo de la misericordia, con un documento titulado Misericordiae vultus, presentándonos a Cristo como “el verdadero rostro de la misericordia de Dios Padre”.

Abadia de MontserratOrdenación diaconal del G. Jordi Puigdevall (24 de junio de 2022)

El Cuerpo y la Sangre de Cristo (19 de junio de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (19 de junio de 2022)

Génesis 14:18-20 / 1 Corintios 11:23-26 / Lucas 9:11b-17

 

Con el sacramento de la eucaristía, podría llegar a pasarnos, queridos hermanos y hermanas, que nos acostumbráramos tanto, que no fuéramos conscientes de todo su valor. Es un gozo y un privilegio, quizás cada vez más privilegio en nuestra Iglesia, poder celebrar diariamente o semanalmente la eucaristía y participar con la comunión del cuerpo de Cristo.

La Solemnidad del Corpus, concluido ya el tiempo pascual, tiene sin embargo ecos de su inicio, el Jueves Santo, cuando celebrábamos la institución de la eucaristía. Quizás el día tradicional de celebración del Corpus, en jueves, dejaba más clara esta relación. Celebrábamos entonces y celebramos hoy que Dios no tuvo ningún límite para hacerse presente entre los hombres y las mujeres y por eso se encarnó en Jesucristo y que, de igual modo, Jesucristo tampoco se limitó para continuar presente en toda la historia que acontecería detrás de Él y por eso quiso que el pan y el vino fueran su presencia privilegiada, porque en la sencillez de los elementos más básicos y tan sólo con la invocación del Espíritu Santo y con las palabras breves que él dijo, pudiéramos hacerlo presente.

Toda la historia de la humanidad está marcada por Jesucristo, por su Encarnación, por su muerte y resurrección. Por eso es el punto final de un tiempo y el inicio del otro, por eso en la mayoría de sociedades cristianas y en muchas otras, el tiempo se señala a partir de él. La eucaristía es la memoria perenne de Jesucristo en este segundo tiempo de la historia que debe perdurar hasta el final. La celebramos hasta que vuelva como decía el final la segunda lectura de hoy, cuando su revelación absoluta hará innecesaria su memoria. Pero mientras esto no llega, tenemos como decía el privilegio de su presencia en el sacramento de su cuerpo y de su sangre, en el pan y el vino eucarístico.

Resuena en las oraciones de la misa de hoy esta dinámica histórica entre memoria de Jesús, de su Pasión, y esperanza en el futuro, en esta vida eterna, que podemos imaginar y anticipar cuando sentimos o nos hacemos conscientes de la presencia de Dios en nosotros, de su comunión con el mundo, que es lo que nos lleva de forma intensa e insustituible el sacramento de la eucaristía. El motete eucarístico (es también la antífona del Magnificat de las II Vísperas de hoy) Oh sagrado convite, de Santo Tomás de Aquino, tantas veces cantado por nuestra Escolanía, que hoy está en Alemania invitada para un concierto, nos lo dice: Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura.

A veces estoy tentado a pensar como si con la Encarnación de Dios en la humanidad no hubiera bastado, que había que bajar más, tan humilde es nuestro Dios y tan fácil nos lo quería poner que no tuvo por menos de estar presente Jesucristo en el pan y en el vino, en la simplicidad de los alimentos más corrientes de la cultura Mediterránea.

El evangelio de hoy nos sugiere que la institución de la eucaristía en la última cena, sólo fue la conclusión final de una vida toda dada por amor. Me gusta contemplar la escena de la multiplicación de los panes y de los peces, no tanto como un milagro material, sino como la escena de la preocupación y la acción eficaz de Jesús, para que nadie pase más hambre.

Ante las amenazas de escasez directa de alimentos y del encarecimiento de los disponibles, amenazas que la Guerra de Ucrania parece no poder acabar rápidamente sino acentuar cada día más, pienso en cómo podríamos nosotros hacernos conscientes de que la eucaristía va ligada también a la preocupación de Jesús para que no haya hambre en el mundo. Jesús sació a sus discípulos en medio de la cotidianidad mientras predicaba y curaba. Parece que nuestro día a día nos ha llevado también a encontrarnos en situaciones de necesidad similares a las que hemos escuchado. La Iglesia hace mucho: Cáritas, las Misiones, el anonimato de tantas personas que ayudan, son los verdaderos efectos de tener presente y recordar a Jesús y el evangelio en cada una de nuestras celebraciones eucarísticas. Nunca lo separamos. Diremos hoy que éste es el sacramento de la unidad y de la paz. Pero Dios no nos impone la unidad y la paz como una consigna, como una ideología como han utilizado regímenes totalitarios de todos los signos que han pervertido estas palabras. La transformación social cristiana que tiene sus raíces en el evangelio nace de la fe y la comunión con Jesús. De una relación personal y libre que nunca puede ser impuesta, que nace de la primera llamada a ser discípulos de Jesucristo.

La fiesta de hoy tiene sus orígenes en la necesidad de intensificar con oración y alabanza ese privilegio de presencia personal que Dios nos hace con su cuerpo y su sangre y que nos ayuda a profundizar e intensificar nuestra intimidad con Él. Pero tampoco podemos caer en un intimismo excluyente y en esta relación espiritual olvidarnos de que la eucaristía es pan roto y repartido. Que la unidad eclesial entera está siempre presente y que toda eucaristía es una oración y una afirmación de la paz querida por el Señor, como decimos al final de la oración eucarística antes de darnos la paz simbólicamente: conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad. Es imposible en esta unidad no tener muy presentes a quienes lo pasan peor, es difícil pensar que pueda haber paz donde no hay ni siquiera los alimentos necesarios para vivir.

Cada eucaristía nos recuerda que tenemos el deber de seguir firmes en esta lucha por los necesitados. Por eso, uniéndonos a tantas comunidades, haremos hoy una colecta a favor de caritas, que vela por tantas y tantas situaciones extremas.

La tradición católica latina nos ha legado el culto eucarístico, esto es la adoración al cuerpo y la Sangre de Cristo no sólo en el momento propio de celebrar el memorial del Señor en cada eucaristía y de comulgar, sino también en la posibilidad silenciosa de rezar en presencia de Él. Hoy nos uniremos a esta veneración llevando solemnemente la reserva eucarística a la capilla del santísimo, de la misma manera que lo hacemos el Jueves Santo, y dejaremos expuesto el sacramento para todos los que durante el día quieran orar en silencio. Es el Señor mismo presente por el memorial de su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo, que nos exhorta a vivir intensamente nuestra comunión con él y los hermanos y hermanas de todas partes.

Abadia de MontserratEl Cuerpo y la Sangre de Cristo (19 de junio de 2022)

Solemnidad de la Santísima Trinidad (12 de junio de 2022)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad Emérito de Montserrat (12 de junio de 2022)

Proverbios 8:22-31 / Romanos 5:1-5 / Juan 16:12-15

 

Queridos Hermanos y hermanas:

Hemos empezado nuestra celebración «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Más aún, desde el momento del bautismo toda nuestra vida de cristianos está puesta bajo ese nombre de las Tres Personas divinas. Nacimos a la vida cristiana con la invocación del “Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. No “en los nombres” de ellos, como si fueran tres nombres diferentes, sino en un solo nombre porque sólo hay un solo Dios que es la Santísima Trinidad: el Padre todopoderoso y su Hijo único y el Espíritu Santo (cf. CEC 233).

Ésta es la realidad central de la fe y de la vida cristiana. Ésta es la realidad central de nuestra vida de discípulos de Jesús. Lo que podría parecer un misterio alejado de nuestra existencia, es una realidad íntima. Efectivamente, cuando fuimos incorporados a Jesucristo por el bautismo, también entramos en el corazón de la Santísima Trinidad. Esta realidad nos la ha revelado Jesús a partir de su experiencia de la vida divina. Él sabe que Dios le es Padre, lo experimenta en lo más íntimo de sí mismo y disfruta, consciente de que él es su Hijo eterno. Y sabe también, y lo experimenta y disfruta, que entre él y el Padre hay un Amor recíproco infinito. A este Amor, Jesús nos ha enseñado a llamarlo Espíritu Santo (cf. I. Gomà, Reflexiones en torno a los textos bíblicos dominicales. PAM, 1988, p.829).

Nosotros al ser incorporados a Cristo por el bautismo hemos entrado en relación íntima con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y podemos, por tanto, gozar por la fe y la oración de la realidad íntima del Dios que es Amor. Lo decía san Pablo, en la segunda lectura: Dios, dándonos el Espíritu Santo, ha derramado en nuestros corazones su amor (Rm 5, 5). Y ese mismo Espíritu nos hace gritar de lo más íntimo de nosotros mismos: ¡Abba, Padre! (Ga 4, 6), mientras nos ayuda a vivir llenos de confianza la vida de hijos suyos y nos va guiando hacia la verdad entera, como decía Jesús en el evangelio que hemos escuchado.

Sí. El Espíritu nos adentra en la familiaridad con Dios porque sólo podemos realizar en plenitud nuestra vida amando al Dios Trinidad y sabiéndonos amados por él. Y a la vez amando a los demás y acogiendo su amor.

Por otra parte, el Espíritu, el Defensor prometido por Jesús en el evangelio de hoy, nos conforta en nuestras fatigas y en nuestras dificultades, y nos da la esperanza de la salvación para siempre cuando participemos eternamente del amor Trinitario.

Por último, os invito a detenernos en unas palabras de san Pablo en la carta a los Gálatas, que nos hablan de nuestra relación con la Santa Trinidad. Las cantaremos en el canto de comunión. Dice Pablo: Sabemos que somos hijos de Dios porque el Espíritu de su Hijo, que él ha enviado, grita en nuestros corazones: ¡Abba, Padre! (Ga 4, 6). En otras palabras, es como si el Apóstol dijera: ¿no sabes qué prueba tenemos de que somos hijos de Dios? Y responde apelando a la realidad más profunda y más simple de nuestro ser cristianos. ¿No se da cuenta de que cuando se pone delante de Dios sale de su interior la invocación “Padre”? ¿No os dais cuenta de que cada vez que oráis a Dios con la oración que Jesús nos enseñó empezamos diciendo “Padre nuestro!”? Pues bien; es el Espíritu que ha puesto en vuestro interior esta invocación que nos hermana con Jesucristo. Sí. En lo más profundo de nuestro ser, el Espíritu confirma nuestra condición de hijos. Aunque quizá estemos medio distraídos, el Espíritu clama en el corazón de los bautizados para invocar a Dios como Padre y adentrarnos en la vida de hijos.

No busquemos, pues, al Dios Trinidad cielo arriba, allá del firmamento. Busquémoslo en la profundidad de nuestro corazón donde el Espíritu Santo nos hace invocar al Padre unidos a Jesucristo; busquémoslo, también, en los sacramentos de la Iglesia, en el amor a todos los hermanos y hermanas en humanidad.

Hoy, de modo particular, adoramos y glorificamos el misterio del Dios tres veces santo. Del único Dios verdadero inalcanzable a nuestra comprensión en su grandeza y al mismo tiempo presente en lo más íntimo de nosotros mismos para ser la vida de nuestra vida.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Santísima Trinidad (12 de junio de 2022)

Domingo de Pentecostés (5 de junio de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (5 de junio de 2022)

Hechos de los Apóstoles 2:1-11 / Romanos 8:8-17 / Juan 14:15-16.23b-26

 

¿Podría ser que, con el Espíritu Santo, Dios se hubiera superado a sí mismo?

Con esta expresión: te has superado, expresamos, queridas hermanas y hermanos, esa acción que nos ha sorprendido porque va más allá de las expectativas. Alguna vez, irónicamente, te ha superado, lo decimos en sentido negativo, cuando has hecho algo mal más allá de lo esperado.

¿Por qué me pregunto si Dios se ha superado enviando al Espíritu Santo? Quizás porque es el aspecto, la persona, más imprevisible de Dios.

En la celebración de nuestra fe fácilmente seguimos los hechos de Dios-Padre, autor de cuya Creación encontramos huellas en la belleza de la naturaleza y de las personas, confesamos también Dios- Hijo, autor de la redención, Jesucristo, de quien tenemos la historia de su persona y de su vida y el testimonio de la comunidad que le reconoció mesías y salvador. Pero ¿y del Espíritu Santo? Naturalmente también lo confesamos en el Credo y en cada invocación a la Trinidad, pero ¿somos conscientes de que el Dios-Espíritu Santo es el actualizador? ¿Aquél a través del cual actúan y obran en nosotros el Padre y el Hijo, renovando la creación, haciendo que la redención de Jesucristo sea creída y tenga efectos reales en nuestra vida?

Enviar el Espíritu Santo fue una superación de una historia de Dios que hubiera podido quedar como un relato antiguo, como una mitología con su sabiduría religiosa y humana, pero desconectada de cada persona desde los inicios de los tiempos hasta hoy, en el siglo XXI.

El Espíritu Santo es la intimidad del padre con su hijo, con Jesús. Él mismo, Jesucristo, quiso que su presencia entre nosotros fuera mucho más que el recuerdo de un magisterio excepcional y de un testimonio coherente entre vida, palabra y muerte. Quiso una conexión diferente y por eso como nos ha dicho el Evangelio, el mismo día de Pascua, quiso quedarse con los apóstoles y lo hizo con su Espíritu, que después sería enviado a toda la comunidad, y que desde entonces no ha dejado de ser protagonista de la vida del mundo, de la Iglesia, de cada sacramento, de cada vida espiritual, de cada discernimiento. Con razón de las pocas cosas que confesamos del Espíritu Santo en el Credo, una de las más importantes dice que infunde la vida: Señor y dador de vida.

He leído recientemente un libro que dice que el mundo lleva unos cuarenta años sometido a una doctrina llamada TINA. No es un diminutivo de un nombre, sino las siglas en inglés de la frase There Is No Alternative; es decir, no hay alternativa. La frase viene a decir que existe una doctrina económica, antropológica, social presentada como inevitable. El autor critica esta doctrina y es favorable a defender que sí existen alternativas.

Cuando ponemos juntos el Espíritu Santo y el mundo en el que vivimos, podemos decir que para los cristianos esta TINA es inaceptable y que el Espíritu Santo es precisamente la superación de un mundo sin alternativas. ¿Cuántas razones prueban esto:

Dios se supera en la historia porque el motor inmediato que mueve al mundo es la acción del hombre y la mujer. Esta acción puede ser inspirada por muchas causas, pero es el Espíritu Santo quien asegura la presencia de Dios en cada persona. Afirmar que no hay alternativas es realizar un análisis pobre de nuestro mundo y de nuestra humanidad, renunciando al protagonismo de dirigir y controlar la Creación guiados por este Santo Espíritu, del que decimos en el himno Veni Creator Spiritus que es el guía que nos va delante. (ductore sic te praevio).

¿Dónde viene a encontrarnos el Espíritu de Dios? ¿Dónde está presente? Dios se supera también siempre en la persona humana. Es muy significativo que utilicemos la misma palabra, espíritu, para hablar de esa parte de nuestra humanidad que permanece abierta a la trascendencia, a la mística, a todo lo que no podemos tocar pero que podemos sentir desde nuestra sensibilidad. Hay una especie de zona 0, de zona de encuentro previo, íntimo, en toda persona que necesitamos afirmar. Los más jóvenes, los niños, muy especialmente los escolanes, la cultivan constantemente con la música, para vosotros y para tantos que os escuchan.

Una de las grandes propuestas del cristianismo hoy es la de la afirmación radical de que la espiritualidad forma parte de la persona humana y la enriquece. Quizás para alguien sea muy obvio, pero yo cuando miro a mi alrededor y veo tanta dependencia de la tecnología, de las plataformas, de los móviles, del bombardeo constante de información y de entretenimiento, me pregunto qué espacio dejamos al espíritu. Ojalá esta solemnidad de Pentecostés fuera una reivindicación de la espiritualidad. Me parece que recordarlo es una de las misiones de la vida monástica hoy. Este espíritu humano es el que naturalmente nos permite también permanecer abiertos a la propuesta cristiana, a la que nos viene del Espíritu Santo, del Espíritu de Dios, del Espíritu con mayúscula: de permanecer abiertos en definitiva a la fe. El espíritu es el actualizador de todo. Aunque no seamos a veces conscientes, somos colaboradores del Espíritu cuando cantamos, cuando celebramos, lo sois los escolanes cuando facilitáis que la gente descubra la belleza. Porque las cosas del Espíritu son las que más pueden acercarnos a todos, son nuestra gran oportunidad pastoral.

Si nos creemos esta conexión espiritual entre Dios y nosotros por el Espíritu Santo, más que de la TINA, (del no hay alternativa) deberíamos hacernos seguidores de la TIA, There is Alternative y defender que naturalmente sí hay alternativas.

Dios se supera con el Espíritu Santo porque permite que la persona, tal y como he dicho que la entendemos, y la historia se combinen correctamente, en una acción que busca siempre la mejor opción, y por tanto llenarnos de confianza en el futuro.

Esta correcta combinación es la alternativa cristiana fundamentada en la conversión personal, obra del Espíritu Santo. La conversión de un solo hombre o una sola mujer ha tenido efectos multiplicadores en tantos momentos de la historia. De la capacidad del Espíritu Santo para convertirnos hablaba hoy también la secuencia, ese fragmento que hemos cantado en gregoriano después de la segunda lectura y que tenía tres frases llenas de sentido que traducidas al -castellano- dicen:

Doblegad nuestro orgullo, calentad nuestra frialdad, enderezad lo que está desviado.

¡Creer que el Espíritu es capaz de todo esto es realmente creer que Dios se ha superado y que nos propone un verdadero camino a cada uno de nosotros y a todos colectivamente de superación!

En cambio, la pretendida conversión de estructuras, olvidando a las personas, se ha acabado ahogando siempre bajo su mismo peso, carente de ese dinamismo que permite respirar, adaptarse, carente de la fluidez tan propia del Espíritu, de quien decimos que es viento, fuego y agua: fijaos, elementos que nos cuesta mucho controlar.

La influencia del Espíritu Santo en la historia por la acción de las personas provoca que la propuesta cristiana sea socialmente transformadora. Me atrevería a decir que es en términos históricos la que más lo ha transformado todo, pero el camino siempre comienza en Dios, de Él pasa al espíritu de los hombres y de las mujeres que actúan para cambiar las cosas.

Y la superación de Dios en el Espíritu no ha terminado. Su gran característica es que se actualiza, cada día, como los programas y las aplicaciones y por tanto queda siempre abierta a versiones mejores de nosotros mismos y del mundo, y con esta actualización el Espíritu nos da finalmente una especie de actualización diaria en el don de la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino de la eucaristía. ¿Qué más podríamos pedir?

Abadia de MontserratDomingo de Pentecostés (5 de junio de 2022)

La Ascensión del Señor (29 de mayo de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (29 de mayo de 2022)

Hechos de los Apóstoles 1:1-11 / Hebreos 9:24-28; 10:19-23 / Lucas 24:46-53

 

Todos hemos hecho la experiencia de desear intensamente que ocurra algo, que algún momento llegue: un encuentro con un familiar o amigo, para vosotros escolanes quizás un concierto, o una gira en el extranjero. También hemos vivido aquellos momentos de nervios ante un examen, una entrevista de trabajo, … La importancia de lo que esperamos siempre marca la intensidad de cómo vivimos los momentos previos. A menudo también, si estos hechos son normales ya no los esperamos con la misma ilusión o no los esperamos en absoluto. Estas ideas sobre cómo vivimos y esperamos me ayudan a entender la solemnidad de hoy, la de la Ascensión del Señor, un momento muy preciso de aquel tiempo esencial que llegó después de la muerte de Jesucristo.

En la euforia de la Resurrección del Señor, podríamos pensar que los apóstoles y los discípulos y todos los que gozaron personalmente de la experiencia de saber que Jesús estaba vivo, que el crucificado había resucitado, ya lo tenían todo hecho y aprendido. Y que todos, incluso el dudoso Tomás cuando ya estaba seguro personalmente de todo lo ocurrido, se quedarían en la seguridad de la presencia entre ellos de Jesús, que ese tiempo quizá se prolongaría. A pesar del impacto de la resurrección en los discípulos, las solemnidades de hoy y la de Pentecostés, que está íntimamente relacionada, nos vienen a decir que no, que todavía faltaba algún paso.

Hace muchos años en los cines había un descanso en las películas muy largas. Como todos sabéis, los escritos de San Lucas en el Nuevo Testamento tienen dos partes, el evangelio y los Hechos de los Apóstoles. Puede que algunos hayan encontrado que la primera lectura y el evangelio de hoy eran algo repetitivos y explicaban la misma historia. No es raro. Aunque de forma inversa, hoy hemos leído el fin del Evangelio y el principio de los Hechos de los Apóstoles. Los dos textos nos explicaban La Ascensión del Señor, que podríamos decir que marca la media parte, y que al empezar de nuevo el relato, en la segunda parte, se recuerda un poco donde lo habíamos dejado. La Ascensión marca el punto en el que la historia dejar de ser la historia de la vida de Jesús para pasar a ser la historia del Espíritu Santo, que hace a la comunidad, a la Iglesia.

La Ascensión nos dice que no podemos controlar nosotros a Jesús resucitado. Nosotros sólo podemos acoger alguna de sus maneras de estar allí. Quizás para estimularnos, quizás para que no nos quedáramos demasiado en la resurrección palpable, como en la transfiguración del Tabor, quizás para seguir mostrándonos aquel destino definitivo, aquella comunión con Él que nos tiene preparada, cambió al cabo de cuarenta días de haber resucitado, la forma de estar presente en el mundo. Y lo primero que hizo fue desaparecer. Litúrgicamente lo representaremos el próximo domingo retirando de la Iglesia el cirio pascual, que ha presidido nuestras celebraciones desde el domingo de Pascua.

La Ascensión del Señor nos enseña tres cosas importantes. La primera, tal como os decía al principio, es que nos hace vivir un vacío, y de este modo nos hace vivir la intensidad frente a algo que debe pasar. El mismo Jesús se refiere a esto: Vendrá el Espíritu Santo. Es necesario que yo me vaya, dirá incluso el evangelio de San Juan. Era necesario que los discípulos, y nosotros por extensión, se pusieran en situación. Subrayo un detalle curioso y bonito: Jesús dice: esperad al Espíritu Santo juntos y en Jerusalén. La expectación compartida seguro que es más intensa. Esta espera pertenece al ámbito más sagrado, más espiritual, el ámbito que para los judíos representaba Jerusalén. Es necesario que hagamos y demos al Espíritu Santo el lugar interior que le corresponde. Tengamos siempre en cuenta que es el vínculo entre Dios, Cristo y nosotros.

El segundo mensaje en la fiesta de la Ascensión es que Jesucristo se mantiene fiel a sí mismo. Se mantiene siempre. Diría que aprovecha incluso el hecho de irse para seguir insistiendo en su mesianismo diferente y activo. Y lo hace sin dar por perdidos a los apóstoles y discípulos que parecen no ser capaces de salir de sus esquemas. Parece difícil de comprender que después de todo lo que habían vivido, aún estuvieran como desorientados y le preguntaran: Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel? La pregunta a mí me sigue sonando demasiado dependiente de una manera de ser Mesías antigua, impropia de uno que ya ha pasado por la Cruz, ha resucitado y se ha hecho Señor del tiempo y del espacio, como Dios mismo que es. Es en este sentido que él responde: cuándo va a suceder esto no es importante. Lo que cuenta es ser testigos ahora y extenderse a toda la tierra. El libro de los Hechos de los Apóstoles es la historia de una comunidad que nace en Jerusalén fruto del don del Espíritu y que se extiende en todo el mundo. Y si finalmente podemos afirmar que sí, que Jesucristo restablece la realeza de Israel, debemos decir que lo hace de una manera totalmente diferente.

Y después de subir al cielo: todavía se oye una voz que nos devuelve a la tierra: Hombres de Galilea, (referencia al origen para personalizar, para dirigirse muy directamente a los íntimos):, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo, pero es necesario que la historia mientras tanto continúe, y ciertamente el Libro de los Hechos de los apóstoles continúa, con una gran cantidad de aventuras apostólicas. Jesús sube al cielo bendiciendo. Bendiciendo todo lo que va a pasar.

Y la tercera cosa que nos marca la Ascensión es un camino personal. Nuestra vida de cristianos se hace siempre a imitación de Cristo: en el seguimiento de su enseñanza espiritual, de su compasión, incluso al intentar vivir pascualmente como resucitados, no dejándonos llevar por las fuerzas que nos llevarían a la muerte y siempre con la aspiración de la plena comunión con Él. La Ascensión que marca, si cabía todavía, un paso más en la ya irreversible comunión entre el Padre y el Hijo, nos enseña que nosotros vamos hacia Dios y donde tenemos la esperanza de llegar, como nos ha dicho la oración colecta: la Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria, y adonde ya se ha adelantado gloriosamente nuestra Cabeza, esperamos llegar también los miembros de su cuerpo. Y también nos dirá la oración de la poscomunión: Dios todopoderoso y eterno, que, mientras vivimos aún en la tierra, nos concedes gustar los divinos misterios, te rogamos que el afecto de nuestra piedad cristiana se dirija allí donde nuestra condición humana está contigo.

(En francés) Muy brevemente, he tratado de resaltar tres mensajes que la solemnidad de hoy tiene para todos nosotros. El primero es la espera del Espíritu Santo, el don que Dios nos da y que celebraremos el próximo domingo. La segunda es la fidelidad de Jesús a un modo de ser Rey y Mesías que nos hace estar siempre en la tierra, para ser sus testigos. La tercera es la invitación a seguirlo.

Pensadlo todavía un poco los escolanes: los que se confirmaron en Pascua, los que se confirmaron el pasado domingo. Nos comprometimos juntos a promover en nuestros corazones la conciencia del Espíritu Santo que hemos recibido, pero que seguimos pidiendo, nos comprometimos a la fidelidad al mesianismo de Jesucristo, que es Rey, pero en el servicio, en la ayuda, en la compasión a los más necesitados, por tanto, fiel a sí mismo, y también nos comprometimos al reto de su seguimiento, a nuestra identificación en todos los aspectos inagotables de la personalidad y el mensaje de Jesús de Nazaret. Un reto que tiene en sí mismo la prueba del éxito. Imaginad que fácil: Un desafío de la vida que la puedes encarar sabiendo que lo vas a lograr y no sólo tú, sino todos los que se atrevan a aceptar el reto de ser cristianos hoy. En el fondo, lo que habéis hecho ha sido aceptar el reto que Jesús resucitado nos vuelve a proponer hoy: tenerlo a Él por referente principal de vuestras vidas, anhelando la comunión con Dios. Éstos son los mensajes que nos deja la solemnidad de hoy.

Abadia de MontserratLa Ascensión del Señor (29 de mayo de 2022)

Domingo V de Pascua (15 de mayo de 2022)

Homilía del P. Ignasi M Fossas, monjo de Montserrat (15 de mayo de 2022)

Hechos de los Apóstoles 14:21b-27 / Apocalipsis 14:1.8-13 / Juan 13:31:35

 

En la visión del Apocalipsis que hemos leído en la segunda lectura, existe una frase clave que ilumina las otras lecturas y la celebración de todo este domingo quinto de Pascua del ciclo C. El texto dice que Juan tuvo una visión donde todo era nuevo: el cielo, la tierra, la ciudad de Jerusalén y en el lugar del trono quien se sentaba afirmó: «Yo haré que todo sea nuevo». Ésta es la buena noticia: «Yo haré que todo sea nuevo».

La novedad es una de las realidades más fascinantes para el corazón humano. Quizás es porque experimentamos la caducidad de la vida, o la decadencia de las cosas, o el envejecimiento de las personas y de las instituciones en contraste con nuestro deseo de plenitud y de eternidad, quizás por eso nos atrae tanto la idea de una vida nueva, de un nuevo comienzo, de una realidad nueva que nos ayude a superar el destino ineludible de la muerte. Todo esto queda bien reflejado en el diálogo entre Jesús y un fariseo llamado Nicodemo (Jn 3,1-10). En una conversación llena de sinceridad, de confianza, de encuentro profundo con lo esencial, Jesús le dice a Nicodemo que nadie podrá ver el Reino de Dios sin haber nacido de arriba. La respuesta de Nicodemo expresa bien la experiencia cotidiana: ¿Cómo puede nacer un hombre viejo? ¿Tiene que volver a entrar en las entrañas de la madre para poder nacer? Nicodemo, y con él también nosotros, intuye perfectamente el deseo de empezar una vida nueva, pero no entiende qué significa nacer de arriba o nacer de nuevo. Sabe bien, como lo sabemos también nosotros, que podemos ilusionarnos fácilmente con novedades efímeras, que nos ilusionan pero que no nos satisfacen. Lo vivimos cada vez que estrenamos algo nuevo, cuando empezamos el año o si cambiamos de casa, de coche, de trabajo. Querríamos empezar de nuevo para empezar, de una vez, la vida verdadera.

La respuesta definitiva se encuentra en la persona viva de Jesús, en Jesucristo resucitado. Jesús contesta a Nicodemo que nadie podrá entrar en el Reino de Dios sin haber nacido del agua y del Espíritu. Nacer del agua y del Espíritu es la forma en que el evangelio según san Juan expresa la realidad definitiva de nuestra vida: participar en la muerte y en la resurrección de Jesús por obra del Espíritu Santo. La Iglesia, siguiendo el mandamiento del Señor Jesús, ha entendido que este nuevo nacimiento en el agua y el Espíritu se produce por el bautismo, la confirmación y la eucaristía.

El que se sienta en el trono de la nueva Jerusalén y dice: «Yo haré que todo sea nuevo» es Jesús resucitado, triunfando sobre el pecado y la muerte. Para vivir realmente la novedad que buscamos debemos ser sumergidos en la vida, la muerte y la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Sólo así empezaremos, por la acción del Espíritu Santo, la vida nueva que tanto deseamos y que nos permitirá participar de la novedad absoluta inaugurada con la resurrección de Jesús.

Hemos visto que es una novedad que afecta también a la creación: un cielo nuevo y una tierra nueva. Que incluye también la ciudad santa, la nueva Jerusalén y el tabernáculo donde Dios se encontrará con los hombres. El lugar de esta íntima comunión entre Dios y la humanidad, que es la fuente de la vida nueva, ya no es un lugar de la geografía terrestre, sino que es la persona de Jesús, plenamente Dios y plenamente Hombre. Él es el sacerdote, el altar, la víctima y el tabernáculo. Y como hemos sido creados a su imagen, cada uno participa, en la medida en que sólo Dios conoce, de estos atributos del Señor Jesucristo. El cielo nuevo y la tierra nueva son, en nuestra vida, la novedad del otro y, en definitiva, la novedad de Dios.

Por eso Jesús nos puede dar un mandamiento que también es nuevo: que nos amemos unos a otros, tal y como él nos ha amado. Y cuando se ama, todo se convierte en novedad.

El nuevo nacimiento por el agua y el Espíritu se verifica también en el núcleo de nuestro ser: el corazón y el espíritu. Creemos que, por la participación en el misterio pascual de Jesucristo, se cumple en nosotros la profecía de Ezequiel (Ez 36, 26-28), que leíamos en la Vigilia Pascual: Os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros. A partir de esta novedad interior empezamos una vida nueva, que es como un nuevo Éxodo, con la particularidad de que, si vivimos personalmente en Cristo resucitado, este nuevo éxodo es una peregrinación de amor, hecho con Él como compañero de camino, que nos conduce a la tierra prometida, el Reino, donde le veremos cara a cara. Entonces podremos hacer como Pablo y Bernabé cuando volvieran a Antioquía, podremos anunciar todo lo que Dios ha hecho junto a nosotros, cómo la gracia de Dios nos ha permitido llevar a cabo el anuncio del evangelio, de Cristo resucitado. Amén.

https://youtube.com/watch?v=X_KvfZJiD5A

Abadia de MontserratDomingo V de Pascua (15 de mayo de 2022)

Domingo IV de Pascua (8 de mayo de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (8 de mayo de 2022)

Hechos de los Apóstoles 13:14.43-52 / Apocalipsis 7:9.14-17 / Juan 10:27-30

 

La globalización es hoy una palabra muy extendida. Seguramente todos asociamos globalización con actualidad. Cuando yo tenía la edad que tenéis vosotros, escolanes, no sabíamos ni que existiera esta palabra y a vosotros que habéis crecido en medio de ella, quizá la tengáis tan asimilada que tampoco le hagáis mucho caso. Una definición dice ser un proceso histórico de integración mundial en los ámbitos económico, político, tecnológico, social y cultural. ¿Y esto es bueno o es malo?

Será bueno si permite una humanidad que avance junta hacia unas mejores condiciones de vida para todos, que pueda asegurar la paz, la preservación del medio ambiente. No será bueno si anula la riqueza cultural, lingüística… si nos hace pasar a todos por el mismo agujero.

La fe cristiana es una de las respuestas personales más globales de la historia de la humanidad y no es porque sí. Lo es porque nuestro Dios, que es el Dios de Jesucristo, ha querido ser Dios para toda la humanidad. Así lo hemos leído en la primera lectura. Cuando Pablo y Bernabé se enfrentan a la resistencia a predicar la buena nueva de Jesucristo en Antioquía de Pisidia, encuentran enseguida una frase de los profetas que les empuja más allá, hacia la globalización de la fe en el mundo, una frase del profeta Isaías hablando del Mesías: Te he hecho luz de las naciones, para que lleves la salvación hasta los límites de la tierra (Is 49,6). Y la fe se hizo global porque el nombre de Jesús alcanzó los límites de la tierra. Y llegó mucho antes de que la tecnología hiciera muy fácil comunicarse, hiciera más fácil esta globalización, llegó porque Pablo y Bernabé quisieron llevar el evangelio a todo el mundo. Me considero afortunado de haber vivido esa universalidad de la fe desde muy joven. De haber conocido a cristianos de todo el mundo, de saber también que con nosotros rezan tantos hermanos y hermanas diferentes, como veis en Salve cada día.

La fuerza extensiva de la fe cristiana de esos inicios me consuela. Me pregunto cómo podríamos ahora recuperar esa fuerza para seguir diciendo que Jesús y su evangelio son la luz y la salvación hasta los límites de la tierra, unos límites que no son geográficos, sino que ¡quizás tenemos que empezar a buscar en nuestro alrededor!

Somos un pueblo de elegidos. Lo podemos decir desde muchos puntos de vista. Somos elegidos en tanto que humanos, porque hubo una elección de Dios al crearnos, somos elegidos como personas porque cada uno de nosotros es alguien querido y llamado por Dios en la vida, somos elegidos, por encima de todo, en tanto que cristianos.

¿De dónde nos viene la elección? De una voz que nos llama y que nosotros reconocemos. Como el pastor llama a las ovejas, nosotros somos llamados por Jesucristo y reunidos en su rebaño, el rebaño del buen pastor.

Nuestro reto es convertirse en capaces de escuchar la voz del buen pastor y de entrar como ovejas en este rebaño. Responder con nuestra vida a la llamada y especialmente mantenernos en ella. ¿Dónde escucharemos hoy esa voz? La Iglesia nos propone su oración, reflejo de la misma Palabra de Dios ordenada pedagógicamente para ser orada y nos pide que participemos. El buen pastor también nos llama a través de tantas otras situaciones de la vida: en el testimonio de quienes le han escuchado, en las situaciones que nos presenta la historia, en las necesidades sociales y personales de tantos hermanos y hermanas. El rebaño de Jesucristo tiene vocación de ser universal, de estar abierto. La Iglesia no es una secta, tiene las puertas abiertas a todos y no aísla nunca a sus hijos e hijas de las demás voces del mundo, sino que promueve su madurez para ser capaces de discernir el llamamiento de Jesucristo de las demás voces. Estas otras voces nos llevarían a rebaños que no son de Dios y no nos conservarían en esa unidad que es donde Él nos quiere.

¿Y a dónde nos lleva esta elección? En la vida eterna. Nos lo promete la primera lectura, aunque no lo diga expresamente, porque la predicación de la primera iglesia apostólica tuvo su punto fundamental en la afirmación de un resucitado, Jesucristo que abría las puertas de la vida eterna, de la vida de Dios, a todos los que creían en Él. También el evangelio nos dice claramente: Yo os doy la vida eterna y la lectura del apocalipsis nos describe de una manera simbólica cómo será esta eternidad: estaremos con Dios, todo el dolor y el sufrimiento habrán pasado, ¡viviremos! La promesa de la vida eterna no es abstracción o ausencia, sino que es compromiso en el mundo para promover esta vida de Dios que se nos promete.

Somos un pueblo de elegidos. Dentro de la elección cristiana y dentro del rebaño, Jesucristo nos vuelve a llamar a cada uno para seguirle en una vocación más específica. De este modo mediante la llamada a la vida monástica, nos ha reunido a los monjes y monjas a formar otro rebaño dentro del rebaño, una familia que se siente elegida para este servicio de oración, de trabajo y de acogida. Si no viniera de Dios, esta llamada, contracultural al mundo en tantos aspectos, no podría sostenerse. Como la llamada a la fe, también la vocación monástica trabaja día a día en el discernimiento de la voz de la fidelidad de tantas voces seductoras. Es por esta razón que siempre que celebramos un aniversario de vida monástica tal y como hacemos hoy, celebramos la fidelidad de Dios de habernos llamado y de haberse mantenido fiel a su gracia, en uno de nuestros hermanos de comunidad. Muchos de los que estáis aquí os podéis hacer una idea de lo que significan cincuenta años de fidelidad. Quienes celebren un aniversario de boda, comparten, seguro, muchas de las reflexiones que podemos hacer sobre la fidelidad. A otros, como a los escolanes, cincuenta años de vida le puede parecer algo inimaginable, ¡que multiplica por cinco los que habéis vivido! ¡Puedo aseguraros que son bastantes años! ¡Preguntadlo a vuestros abuelos y os lo explicarán!

En el aniversario de los cincuenta años de profesión monástica del P. Abad Josep M. Soler, no podemos dejar de recordar que, en todas las llamadas señaladas, Jesucristo le llamó a ser pastor a imagen de él de un rebaño aún más concreto, que es el de nuestra comunidad. Por casualidades litúrgicas, este domingo IV de Pascua, es llamado del Buen Pastor y fue el mismo domingo que inició la semana de su elección, hace veintidós años, en mayo del año 2020. En el recordatorio de la bendición estaba la imagen del buen pastor de Josep Obiols cargando una oveja en los hombros y la frase Animam pono pro ovibus: Doy mi vida por las ovejas. En todos estos años ha cargado muchas ovejas en los hombros y otras muchas circunstancias de las ovejas y del rebaño. La exigencia de lo que pide la Regla de San Benito al Abad del monasterio, sólo se puede afrontar con una humildad que nos haga conscientes de que los llamamientos de nuestra vida vienen de Jesucristo y con una confianza que Él se mantiene siempre fiel en lo que pide.

No podemos dejar de dar gracias por el ejemplo de vida monástica y de fidelidad del P. Abad Josep M. Creemos que a la fidelidad de Dios también es necesario que responda nuestra libertad que, movida por la gracia, debe colaborar en el plan de Dios sobre sus hijos, que en toda vida monástica pasa por un día a día de oración, de lectura espiritual, de vida fraterna, de acogida. Cuando durante una vida esto se va haciendo realidad y lo vemos en un hermano nuestro, en un monje, no podemos dejar de sentirnos motivados y confirmados que esta vida concreta nos dice que todos los demás que participamos avanzamos hacia un ideal personal posible y realizable. Y más allá de nuestra opción concreta, todo el que honestamente vive su llamada cristiana a cualquier tipo de vida con amor y fidelidad es ejemplo para la Iglesia y el mundo porque logra un cumplimiento personal y cristiano que la encamina hacia Dios mismo.

Un cumplimiento que, en cada eucaristía, ese momento de transfiguración personal y comunitaria, quisiéramos saborear por la gracia que Dios nos hace de compartir el cuerpo y la sangre de Cristo.

Abadia de MontserratDomingo IV de Pascua (8 de mayo de 2022)

Misa Exequial del G. Martí M. Sas (2 de mayo de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (2 de mayo de 2022)

Apocalipsis 21:1-5a.6b-7 / Romanos 6:3-9 / Mateo 25:31-46

 

Los cristianos de Oriente, queridos hermanos y hermanas, siguiendo una tradición muy antigua, tienen la costumbre de felicitarse la Pascua, ese tiempo que estamos celebrando, diciéndose: Cristo ha resucitado y respondiendo: Realmente ha resucitado. El tiempo pascual está totalmente centrado en la resurrección de Jesucristo, ese acontecimiento que confirmó el valor absoluto de su persona, de su vida y el sentido de su muerte. Antes de Jesucristo, en la fe de Israel estaba la percepción de que más allá de la muerte se entraba en una comunión con Dios y se iba a reunir con los seres que nos habían precedido, pero esta percepción, no exenta de dudas tal y como nos muestran los evangelios en las polémicas con los saduceos, que no creían en la resurrección, esta percepción, digo, se convierte en certeza y en el fundamento de la fe cristiana, que nace de la afirmación que Jesucristo ha resucitado. Los apóstoles y los discípulos no llegaron aquí fruto de una reflexión interna o de la necesidad de superar un fracaso que exigía una sublimación en un futuro que diera una salida válida a todo lo vivido con Jesús. No. Llegaron porque el Señor resucitó, se hizo presente en sus vidas después de muerto y entendieron que aquel hecho era lo que cambiaba todo, porque daba una respuesta a la pregunta eterna: ¿Y después qué? Contestando con sencillez: luego está la vida eterna, porque Dios no deja en medio de la muerte a los difuntos.

Jesucristo, el Hijo de Dios, habiendo querido compartir nuestra condición humana hasta la muerte, se levanta (éste es el sentido literal del verbo resucitar en griego), para continuar presente, con una forma ciertamente que no es la misma que la de antes de la muerte en cruz, pero que se nos explica como presencia real, histórica y viva entre nosotros. De este modo Dios no se traiciona a sí mismo. Hay una imagen que me gusta mucho, es de un teólogo castellano que murió bastante joven, que dice que Dios fija una cuerda en el momento de la Creación que es el hilo de la historia y la mantiene tensada hasta el final. Alguna vez la cuerda se destensa, pero siempre se recupera y tira de todo hacia el cumplimiento definitivo. Todos estamos en esa cuerda mientras vivimos. Jesucristo, como hombre, también estuvo en la cuerda, pero como Dios, también la estiraba y nosotros esperamos que después de muertos por la resurrección ayudaremos a estirar esta cuerda y a mantenerla tensada con Dios Padre, en Jesucristo, con el Espíritu Santo, y todos los santos y santas de Dios.

La resurrección de Jesucristo provocó una llamada universal a su seguimiento, una llamada a ser una Iglesia que se identifica como la de los cristianos, los de Él, los de Cristo. A esta Iglesia nos incorporamos por el bautismo. Por esta razón en la teología más cercana a la de la resurrección del Señor, que es la del apóstol San Pablo, aparece tantas veces el bautismo como nuestro vínculo con Jesús. Nos hace participar de su vida porque él también se bautizó y para que participemos de su vida, asumimos todas las consecuencias que esta participación tiene: que resumidas quieren decir: seguir su Evangelio hasta compartir su misma muerte. Pero también el vínculo que establecemos es el que nos permite tener la esperanza de que un día resucitaremos con él. Lo hemos leído en la carta a los Romanos, Por el bautismo hemos muerto y hemos sido sepultados con él, porque, así como Cristo, por la acción poderosa del Padre, resucitó de entre los muertos, nosotros también emprendemos una nueva vida. (Romanos 6:4).

El hermano Martí Sas quiso emprender realmente una nueva vida cuando entró en nuestro monasterio de Montserrat en 1958. Nacido en 1926 en Palma de Ebro, en la diócesis de Tortosa, tenía, el pasado sábado, cuando murió, 95 años y era el monje más anciano de nuestra comunidad. De hecho, el hermano Martí era el último monje de nuestra comunidad que entró en el noviciado como hermano, separado de lo que hacían los monjes destinados al presbiterado y que, tras las reformas de la vida monástica que siguió al Concilio Vaticano II, hizo la profesión solemne en 1964, con todos los demás hermanos, haciendo que todos los monjes compartiéramos desde ese momento una misma profesión.

Subrayo el hecho de que quiso emprender una nueva vida cuando entró en el monasterio porque la vocación monástica le significó un redescubrimiento personal y fuerte de la fe cristiana con más de treinta años, una edad algo avanzada para entrar en el monasterio según las costumbres de ese momento. Mantuvo siempre una actitud fuerte como creyente y como monje que alimentaba de ese tipo de conversión que le había llevado de una vida profesional como sastre en el monasterio. Le gustaba recordar y compartir con nosotros y con gente de fuera los cimientos, aquellos que podíamos intuir que estaban en el corazón de su fe y de su espiritualidad.

Iba desnudo y me vestiste. Si os decía que la fe nos lleva a identificarnos con Jesucristo y con su evangelio, y que esto exige y encuentra formas muy concretas de realizarse como nos narra el evangelio de San Mateo que hemos leído, no podemos tener ninguna duda que este versículo: Iba desnudo y me vestiste resume bien todo el servicio monástico del hermano Martí, e incluso más allá incluso. Su calidad de primer nivel como sastre fuera del monasterio, también quedó dentro de esta transformación espiritual cuando, colaborando primero y encargándose después de la sastrería del monasterio e hizo un ministerio y un servicio, especialmente en confección de toda la ropa litúrgica del monasterio, nunca fruto de la improvisación sino con una visión que Dios también debía ser glorificado en la dignidad y el buen gusto de las albas, las túnicas, las casullas, los hábitos y las cogullas con una visión de la armonía que todo el conjunto debía dar al corazón de los monjes que celebraba y oraba, muy fiel al precepto de la Regla de San Benito que pide dignidad en el vestir de los hermanos. Quizás incluso inspirado por la visión de esta ciudad santa de Jerusalén que quiere anticipar la asamblea litúrgica y que él quiso engalanar como una novia que se prepara para su esposo.

La nueva vida abrazada después de su entrada en el monasterio, también tuvo una dimensión de soledad y de acogida. Durante muchos años, cuidó y buscó ratos de soledad y silencio en la ermita de San Dimas, lugar que amaba con predilección y el cual todavía visitó cumplidos los 90 años, hasta que no le fue físicamente posible continuar yendo. Desde san Dimas también acogió a amigos y algunos grupos que se acercaban para compartir ratos de oración y celebración.

Siendo un monje que ocupaba todas las horas del día y buena parte de las de la noche practicando el ora et labora hasta una edad muy avanzada, tuvo que emprender una nueva vida y convertirse y prepararse para esta hora final. Durante los últimos años, en la enfermería del monasterio, el Señor le fue desnudando de sus capacidades físicas y mentales, hasta llamarlo a compartir por la muerte, su resurrección. Nos quedan de estos últimos años su alegría, casi infantil, cuando veía a un hermano de comunidad, y los intentos difíciles pero entrañables de procurar comprender lo que quería comunicar. Pero hasta en estos momentos, me atrevería a decir, que no perdió aquella fortaleza ante la vida que le venía de la fe y de las convicciones profundas.

Los cristianos de lengua siria tienen la tradición de que las almas de los difuntos cuando llegan a la puerta del paraíso no encuentran a San Pedro sino a San Dimas, el buen ladrón, salvado por la cruz de Cristo, que es la clave para entrar en el cielo, donde él es el primero en haber llegado. A pesar de no ser sirios, permitámonos hoy pensar que San Dimas ha recibido al G. Martí en la puerta del cielo para decirle que sí, que la promesa de Jesucristo de que un día nos encontraremos con él, compartiendo su resurrección, es verdad. Y que así vivamos la novedad, la plenitud y la comunión con Jesucristo, con el Alfa y la Omega, con el Señor de la vida, cuya victoria sobre la muerte celebramos en cada eucaristía.

https://youtube.com/watch?v=cDSjhBZJ4xI

Abadia de MontserratMisa Exequial del G. Martí M. Sas (2 de mayo de 2022)

Domingo III de Pascua (1 de mayo de 2022)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (1 de mayo de 2022)

Hechos de los Apóstoles 5:27b-32.40b-41 / Apocalipsis 5:11-14 / Juan 21:1-19

 

El misterio de la Pascua que estamos viviendo es el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo que ahora ha sido glorificado a la derecha de Dios. Y porque los apóstoles lo proclamaban, por eso son juzgados ante el Sanedrín. Los apóstoles no podían dejar de predicar a Cristo glorificado, era un fuego que les quemaba las entrañas, un impulso del Espíritu en ellos que les hacía anunciarlo por todas partes. Por más que se lo prohibían, no podían dejar de obedecer a Dios antes que a los hombres. No podían callar lo que habían visto y escuchado, y palpado con sus manos. Habían comido con él después de resucitar.

Este testimonio, hermanos, nos espolea a nosotros que nos decimos cristianos, que debemos proclamar con nuestra vida este misterio de salvación. Si creemos que Cristo ha resucitado, que nosotros hemos estado unidos con él por el bautismo, y nos alimentamos de la Eucaristía, significa que nuestra vida ha quedado transformada por el Espíritu Santo que Cristo nos ha comunicado. Y esto nos hace capaces de poder dar testimonio. ¿Cómo? Como lo hicieron los primeros cristianos que hacían decir a los paganos “mirad cómo se quieren”. El amor es lo único que puede cambiar el mundo. Y el amor supone autenticidad, sencillez, humildad, generosidad, perdón, acogida, unidad. No hace falta hacer grandes prodigios. El mayor prodigio es el amor. ¿Pero resplandecemos en el amor en nuestra conducta? Ésta es la pregunta. ¿No espera esto de nosotros el mundo?

Si vivimos en el amor, en la concordia, en la comunión, en la unidad, ya estamos imitando aquí en la tierra aquella glorificación en el cielo, que nos describe la página del Apocalipsis: Ángeles, ancianos y vivientes rodeaban el trono donde se sienta el Padre y el Cordero degollado, Cristo, que conserva las señales de su obediencia y su amor a los hombres; es decir, de la entrega de su vida hasta la muerte. Y todos los seres del cielo y de la tierra les dan gloria, honor y poder por los siglos de los siglos.

Por último, el Evangelio nos describe, en imágenes, la fecundidad desbordante de la misión de la Iglesia. De la sola palabra de Cristo que dice a los pescadores ‘echad la red a la derecha’, sale una pesca inimaginable, que no habían podido hacer en toda la noche los pescadores. Esto ya predice el cambio del mundo conocido en su tiempo, dominado por los ídolos, las religiones falsas y sus templos, el despotismo sobre los esclavos, y la inmoralidad de las costumbres, en un mundo cristianizado por la predicación de 12 pobres pescadores sin mucha cultura, pero con una palabra inflamada por el Espíritu, y el testimonio de su sangre.

Se repitió a nivel universal la acción de Jesucristo en Palestina: predicación del Reino de Dios y testimonio martirial. Palabra sellada con la sangre. Jesús cuidó también de dejar a un representante suyo que fuera pastor de su rebaño. Precisamente, Pedro, quien le negó tres veces, pero después le confesó, también, tres veces, su amor sincero: ‘tú sabes que te quiero’. Este pobre ser humano recibió, pues, el encargo de mantener unido el rebaño: ‘apacienta mis ovejas’. Pero no te vas a escapar de seguirme a mí. No sólo en el martirio, sino también hasta la gloria.

Nosotros somos estas ovejas que seguimos al Pastor universal, conducidos por hombres débiles, pero asistidos por la acción del Espíritu. Quienes son ovejas auténticas conocen la voz de este Pastor que las ha amado hasta dar su vida. Y le siguen a las fuentes de la vida eterna. Demos gloria a Dios que nos ha dado una roca firme de la fe en el sucesor de Pedro.

Abadia de MontserratDomingo III de Pascua (1 de mayo de 2022)

Vigília de Santa Maria (26 de abril de 2022)

Homilía del P. Bernat Juliol, Prior de Montserrat (26 de abril de 2022)

(…) / Juan 19:25-27

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

La Virgen, cuando oía gemir a su hijo, se aferraba a la madera. Ciertamente, en el nacimiento de Jesús en Belén, el niño fue puesto en un pesebre y su madre, cuando lo oía llorar, se cogía a la madera y lo acunaba para tranquilizarlo. Igualmente, muchos años después, en el Calvario, María también se abrazaba a la cruz cuando oía los gritos agónicos de su hijo a punto de expirar el último aliento y deseaba estar con él en esos momentos trascendentales.

En la gruta de Belén, María engendró a un hijo. El Hijo eterno del Padre, que existía desde el principio y existirá eternamente, se quiso hacer uno como nosotros. Aquella que lo trajo al mundo, no podía ser otra que la única pura e inmaculada. De este modo, en Nochebuena, María dio al mundo a su hijo, el Hijo de Dios. En la cruz, en cambio, cuando Jesús vio que estaba a punto de expirar y contagiar al Padre su último aliento mortal, decidió que era el momento apropiado para dar al mundo una madre, María. Aquí sus palabras, dirigidas al discípulo, pero dirigidas también a toda la humanidad: «Aquí tienes a tu madre».

En Belén, María cuidaba a un niño recién nacido pero que estaba marcado ya con los signos de la pasión. Era un niño fajado, como un muerto; puesto dentro de un pesebre, símbolo del sepulcro en el que sería depositado después de descender de la cruz. Y al recibir la visita de los tres magos, Jesús es obsequiado con mirra, producto utilizado por embalsamar. La cruz estaba plantada ya en el pesebre. En cambio, en el Calvario, María contemplaba cómo Jesús era coronado con la corona de espinas, símbolo de aquella gloria que cantaban los ángeles en su nacimiento. Y sobre él estaba el rótulo que lo proclamaba rey, aquella realeza que le fue otorgada con el oro de los magos que le dieron en la gruta de Belén.

Entre el misterio de la encarnación, el nacimiento de Jesús, y el misterio de la Pascua, el de la muerte y resurrección, hay un camino trazado por el que transita toda la historia de la salvación. Jesús nació para morir en la cruz y resucitar por nosotros y por nuestra salvación. Y en un momento y en el otro María, su madre, está presente. No es sólo un simple testigo silencioso, sino que su misión es ir tejiendo la humanidad de Jesús para que en ella se manifieste el estallido glorioso de su divinidad. De este modo, las palabras de Cristo en la cruz, sus últimas palabras, encuentran su perfecta síntesis en lo que hemos oído en el libro del Apocalipsis: «Entonces, el que se sentaba en el trono, afirmó: “Yo haré que todo sea nuevo”».

María es, pues, aquella que no sólo nos muestra a Cristo, sino que nos muestra quién es Cristo: en su encarnación se manifestó sublimemente su humanidad, en su pasión y resurrección se manifestó de manera excelsa su divinidad. Cristo es, pues, el auténtico Dios y el auténtico hombre. El único que ha podido superar el abismo que existía entre Dios y la humanidad. Cristo es aquél que nos ha hecho partícipes de la vida divina para que a través de nuestra pobre humanidad seamos conducidos hacia la vida eterna que no tiene fin.

Ya hemos referido antes que el libro del Apocalipsis nos hablaba de «el que se sentaba en el trono»: ¿quién es el que se sienta en el trono sino Jesús? ¿Y quién es el auténtico trono sino María? María es la Sede de la Sabiduría, en su regazo se aposenta aquel que ya estaba presente en el momento de la creación del mundo. Este año se cumplen 75 años de la entronización de la Virgen de Montserrat, en 1947. Fue ésta una fiesta en la que se intentaron superar las consecuencias de los difíciles años de la Guerra Civil y se quiso caminar decididamente hacia el futuro. El trono construido para la Virgen María no es sino un homenaje a la que constantemente nos hace presente a su hijo Jesucristo.

Nos acercamos a la gran celebración del Milenario de Montserrat, en 2025. Recordamos la decisión que tomó el Abad Oliba de Ripoll de enviar un grupo de monjes a fundar un monasterio aquí arriba, en esta montaña. Y no lo fundaron en cualquier sitio, sino que lo hicieron allí donde ya desde el siglo IX había una capilla dedicada a la Virgen. La devoción a la Virgen María en esta santa montaña, proviene ya de los orígenes más profundos de nuestra historia. Desde entonces, la Moreneta también ha ido tejiendo nuestra humanidad para que pudiéramos llegar a Jesucristo.

«Aquí tienes a tu madre». Aquí tenemos a nuestra madre. Hagámosle sitio en nuestra vida y en nuestro corazón. Contemplemos aquella que estuvo llena de gracia y nos muestra el camino de la santidad. Pongámonos delante de ella, que es Madre de la Iglesia, y presentémosle nuestras alegrías y nuestras esperanzas, nuestras angustias y nuestras tristezas. Al igual que cuidó de su hijo en la gruta de Belén y al pie de la cruz, también cuidará de nosotros en todo momento.

 

Abadia de MontserratVigília de Santa Maria (26 de abril de 2022)

Solemnidad de la Virgen de Montserrat (27 de abril de 2022)

Homilía del P. Manel Nin, Exarca apostólico para los católicos de rito bizantino de Grecia (27 de abril de 2022)

Hechos 1:12-14 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:39-47

 

¡Cristo ha resucitado! ¡Realmente ha resucitado!

Estimado P. Abad Manel, querida comunidad de monjes y escolanes, queridos hermanos en Cristo.

Alrededor de la Pascua, que para vosotros en Occidente fue hace diez días y para nosotros en Oriente hace sólo tres días, el Señor nos hace el don de celebrar hoy la solemnidad de la Virgen. Doy gracias al Señor que, a través de la fraterna invitación del P. Abad, me da el don de poder celebrar esta fiesta con todos vosotros, hermanos monjes, presbíteros concelebrantes, oblatos, escolanes y peregrinos.

Celebramos, además, este año, los 75 años de la Entronización de la Santa Imagen en el nuevo trono que la fe y el amor del pueblo quiso renovar y ofrecer a la Virgen, aquel 27 de abril de 1947, como un testimonio de devoción filial en un período no fácil de nuestra historia.

Celebrar la Pascua / celebrar la solemnidad de la Virgen. María al pie de la cruz, María al abrigo de la Pascua. María -y con ella la Iglesia- sufriente con Cristo. María -y con ella la Iglesia- testigo de la resurrección. San Efrem, un Padre de la Iglesia siríaca del siglo IV, hace una lectura y una interpretación de la Escritura -alguien quizás dirá un poco atrevida-, diciendo que María, en Navidad es la primera en ver a Cristo recién nacido, y ahora en Pascua es el primer testigo de la resurrección. María / la Iglesia testigo y anuncio de la encarnación, María / la Iglesia testigo y anuncio de la resurrección. De este misterio nos han hablado las lecturas que acabamos de escuchar.

Y las tres nos han hablado del misterio, de la presencia de María, la Virgen María, en la vida de la Iglesia. La lectura de los Hechos de los apóstoles nos ha pintado como si fuera un icono, la imagen de la Iglesia naciente: una Iglesia testigo de la resurrección, con los apóstoles -y fijaos que la lectura los ha llamado todos, no nos ha dado una referencia anónima e impersonal, sino que de algún modo la Palabra de Dios ha querido mostrarnos el rostro de cada uno de ellos: Pedro, Juan, Santiago, Andrés…-, y el texto ha continuado: con algunas mujeres, con María la Madre de Jesús y los hermanos de él. Con un común denominador: después de la Resurrección y de la Ascensión del Señor todos ellos eran constantes y unánimes en la oración. Aquellos hombres que pocos días antes le negaron, huyeron atemorizados, ahora son presentados unánimes y constantes en la oración, con María, la Madre de Jesús. Éste es el icono de la Iglesia, el icono de cada uno de nosotros que tantas veces quizás hemos hecho la experiencia de la negación, de la traición incluso, o del simple -y no por ello más justificable- huir atemorizados, pero que con confianza volvemos a subir a la cámara alta -como decía la lectura que hemos escuchado-, para reencontrar juntos, nunca solos ni aislados, la concordia y la unanimidad en la oración con Pedro, con Santiago, con Juan… con María la Madre de Jesús…. La Iglesia de Jesucristo no es nunca una realidad anónima, sin rostro. Todos tenemos un sitio y un nombre. Nombre que hemos recibido en el bautismo, lugar aquél al que el Señor nos ha llamado.

¿Y podemos preguntarnos cuál es esta oración unánime y constante de ellos y nuestra? ¿Quién y qué la fundamenta? Nos da una respuesta y se convierte en un ejemplo y un modelo la segunda lectura que hemos escuchado. Y hago sólo una breve paráfrasis: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo..., …nosotros que desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza”. Es Cristo y únicamente él es el origen y el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza, y por tanto también de nuestra oración. En Él, Dios nos ha bendecido y sigue bendiciéndonos, a nosotros hombres y mujeres débiles y pecadores, que quizá tantas y tantas veces sigamos y sigamos huyendo atemorizados, como los apóstoles en la pasión de Cristo. A pesar de eso, aseguramos «que desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza«.

El Evangelio nos ha narrado el episodio de la Visitación de María a Isabel. El evangelio de la Visitación, junto con el precedente de la Anunciación del mismo evangelista san Lucas, siempre me ha dado la impresión de una narración rápida, como si el evangelista tuviera prisa por hacernos llegar a algo importante. Son dos fragmentos del evangelio sin frases quizá demasiado largas que puedan ralentizar su narración: en uno y otro de los episodios -Anunciación y Visitación-, san Lucas nos quiere llevar de una manera rápida y directa al centro del anuncio evangélico, en el centro de nuestra fe: la encarnación del Verbo de Dios. Fijaos en el texto de hoy: “…María se fue deprisa a la Montaña…, entró en casa …y saludó a Isabel… En cuanto Isabel oyó el saludo. … el niño saltó en sus entrañas, y Isabel quedó llena del Espíritu Santo…”. Volveremos todavía a la Visitación.

Las tres lecturas de hoy, queridos hermanos, nos han hablado de la vida de la Iglesia -naciente y actual-, de la oración de la Iglesia -naciente y actual-, y de la fe de la Iglesia -naciente y actual. Tres lecturas que nos hablan hoy a nosotros de una manera especial que las escuchamos, las acogemos, las hacemos nuestras en esta celebración de la fiesta de la Virgen en Montserrat. En este lugar santo, en este santuario, en este monasterio que de tantas maneras desde dentro de los que vivís, o desde lugares cercanos o incluso lejanos, todos nos sentimos como en casa de la Madre y en nuestra casa, siempre en la concordia y la unanimidad en la oración, porque “…desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza”.

Este año esta celebración toma un relieve especial porque celebramos el setenta y cinco aniversario de la Entronización de la Santa Imagen de la Virgen. Algunos de los presentes quizás se acuerden personalmente de aquel 27 de abril de 1947. Algunos de los monjes venerables en edad de nuestro monasterio estabais presentes como escolanes. Quizás algunos de los fieles también estuvieran presentes. Y eso, para quienes de años no hemos acumulado todavía tantos, nos hace sentir miembros vivos de la Iglesia y de la gran tradición de Montserrat que reúne a monjes, escolanes, oblatos, peregrinos… Os digo esto, porque celebrar el setenta y cinco aniversario de la entronización de la Santa Imagen de la Virgen no debe ser el celebrar un hecho lejano de hace muchos años. Por el contrario, quiere decir para todos y cada uno de nosotros un hacer memoria viva, un celebrar, un vivir hoy la presencia, la intercesión, la mirada amorosa de la Madre que, desde ese lugar alto, desde esta cámara alta y hermosa y preciosa, sigue mirando nuestro mundo, nuestra tierra, nuestras familias, a cada uno de nosotros.

Hace 75 años los monjes, los obispos, el pueblo fiel, ofrecieron este trono, bello, hecho con la plata de tantas ofrendas ricas o sencillas que fueran, y también con la plata de tantas lágrimas y de tantas esperanzas en un momento, aquel de hace 75 años, que como el nuestro, estaba marcado por el sufrimiento, por la incertidumbre, por el miedo, por el desánimo. Pero también sostenidos -entonces y ahora- por una gran esperanza. Porque “…desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza”.

Cuando subimos al camarín de Montserrat, nos encontramos con la imagen de la Virgen puesta en un trono bello, de plata, luminoso. Quisiera proponeros, ahora brevemente, que miréis, que miremos, el trono. En el centro está la Imagen de la Virgen, una imagen, un icono de una belleza asombrosa, serena, con una mirada que cuando vienes de lejos y de tiempo de estar fuera de casa te toca profundamente esa mirada; una imagen, un icono que te hace volver al versículo de los Hechos de los apóstoles: “…constantes y unánimes en la oración, con María…”. Por eso, rezar a los pies de la Virgen en nuestro trono de Montserrat y desde Montserrat, es siempre rezar como Iglesia y por la Iglesia, en la que están Pedro, Juan, Santiago… con la Madre de Jesús, y cada uno de nosotros… Una Iglesia -y no nos tiene que dar miedo a decirlo- también ella con una mirada de una belleza estremecedora, serena, que nos reúne siempre como madre, a pesar de nuestras negaciones, nuestras huidas asustados. «…Constantes y unánimes en la oración, con María…», porque «…desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza«.

Si seguimos mirando el trono, en el icono de nuestra izquierda vemos representado el Nacimiento de la Virgen que como fiesta litúrgica celebramos el 8 de septiembre, y que es la fiesta titular de nuestra basílica. Vemos a María, recién nacida y también a santa Ana tumbada en la cama del parto. El panel tiene un texto en latín que traducido dice: “Los monjes cumpliendo con los votos piadosos del pueblo, te ponen solemnemente en este trono de belleza, por las manos del abad Aurelio y del abad Antonio. Acéptalo con complacencia oh Virgen, e intercede por nosotros”. Dos cosas querría subrayar: los monjes se hacen suyos los deseos, los votos, los anhelos, los sufrimientos y las esperanzas del pueblo -que en aquel 1947 acababa de salir, pueblo y monjes, de un descalabro bélico que hirió profundamente el corazón de todos-; y -los monjes- ponen la Santa Imagen, podríamos decir dan a la Virgen, ese trono de belleza como dice el texto, forjado con los deseos, los votos, los anhelos, los sufrimientos y las esperanzas del pueblo. Segunda cosa de este texto: “…te ponen solemnemente en este trono de belleza, por las manos del abad Aurelio y del abad Antonio…”. No es un texto anónimo e impreciso, sino que como los Hechos de los apóstoles que hemos escuchado, también aquí vemos nombres concretos, de los dos abades Antonio y Aurelio que en aquellos años había guiado el uno y guiaba el otro a nuestra comunidad. Con esto quiero subrayar que la nuestra no es una celebración anónima o desarraigada, sino que debe ser y lo es bien fundamentada en nuestra historia, la de este nuestro monasterio -¡casi casi milenario!-, la de tantos y tantos monjes -y ahí recuerdo sólo un nombre: el P. Adalbert M. Franquesa que de la Entronización fue el alma y el p. Josep Massot que ha sido el historiador y ahora ya la voz, la historia, a la luz de la eternidad-, la historia de nuestro pueblo, la de tantos y tantos peregrinos y turistas, hombres y mujeres de buena voluntad, piedras vivas de la historia de este sitio santo.

Os hablaba de una Iglesia concreta con nombres y rostros muy reales. También me atrevo a decir lo mismo de nuestra comunidad de monjes, arraigados en una historia, con unos nombres y unos rostros bien concretos a los que no queremos ni renunciar ni olvidar, que “cumpliendo los votos piadosos del pueblo, han puesto y ponen cada día la Madre de Dios en ese trono de belleza”.

El segundo panel, el de nuestra derecha, contiene la escena de la Visitación, la escena evangélica que hemos escuchado hoy en nuestra celebración. Vemos a Isabel inclinada ante la Virgen, ambas en un abrazo casi sosteniendo una en los brazos de la otra. Encontramos también otro texto en latín que traducido dice: “Bendito el pueblo que te reconoce por patrona, vestido ya de púrpura de tanta sangre de los mártires, devotísimo, entrega sus dones, con la bendición de sus obispos, para que tengas un trono digno y bello”. El evangelio de la Visitación sigue haciéndose presente en la vida de cada peregrino que sube a Montserrat, y la prisa, el correr de María, de la que os hablaba hace poco, sigue en el encuentro de cada uno de nosotros con la Madre de Dios que nos presenta, nos da a su Hijo, a nosotros que “…desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza”. El trono es bello, porque refleja la belleza de un pueblo, de una Iglesia vestida y embellecida, hace setenta y cinco años y ahora con la esperanza, el sufrimiento y la oración de un pueblo, con la bendición de los obispos, de los pastores de esa Iglesia, y con la sangre de los mártires. Esto me hace pensar en los primeros siglos de la Iglesia: nunca los obispos sin los mártires, nunca los mártires sin los obispos.

Cuando subís al camarín a venerar a Santa María descubrís un trono hermoso, un lugar luminoso -la plata resplandece, las oraciones y las lágrimas presentes en este lugar resplandecen también. Encontraréis un lugar de serenidad, de oración. Un trono hermoso, hecho, forjado por la generosidad y el amor de tantos y tantos hombres y mujeres ricos o pobres, firmes en la fe o quizás también huyendo atemorizados en los momentos de dificultad. Hombres y mujeres que hace setenta y cinco años, hace cincuenta años, hoy siguen -seguimos- subiendo a Montserrat para presentar -por la voz y la oración de los monjes y de los escolanes- los deseos, los votos, los anhelos, los sufrimientos y las esperanzas de que como Iglesia, como humanidad tantas veces probada y herida, llenan nuestro corazón.

Hace 75 años los monjes, los obispos, el pueblo fiel, ofrecieron este trono, bello, hecho con la plata de tantas ofrendas ricas o sencillas, con la plata también de tantas lágrimas y tantas esperanzas… Porque, hermanos y hermanas, -y permitidme también un poco de osadía exegética como hizo san Efrem!-, el trono de la Virgen somos también cada uno de nosotros, lo es nuestro corazón hecho cristiano por el bautismo, y lo es, lo ha ser nuestro vivir hecho cristiano por el evangelio. Por eso somos/devenimos trono de la Virgen cuando dejamos que María, con su Hijo en su regazo, nazca en el corazón de cada uno de nosotros, a través de la Iglesia que como madre nos da cada día el Pan de la Palabra de Dios, los Santos dones del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, nos da los sacramentos y nos da a los hermanos. Somos trono de la Virgen cuando dejamos que María nos visite, corra y nos empuje para llevarnos a Cristo. Somos trono de la Virgen todos nosotros, obispos, monjes y escolanes, peregrinos, hombres y mujeres de buena voluntad cuando en Montserrat y desde Montserrat intercedemos, hacemos oración y ofrenda, hacemos trono de la Virgen la plata de las lágrimas, de los sufrimientos y de las esperanzas de nuestro pueblo, de nuestra Iglesia, de nuestra humanidad probada. Un trono, el de nuestro corazón cristiano que lleva forjado como escrito aquél: “…desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza”. En Él la gloria, con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amen.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la Virgen de Montserrat (27 de abril de 2022)

Misa Exequial del P. Josep Massot (26 de abril de 2022)

Homilía del P. Bernat Juliol, Prior de Montserrat (26 de abril de 2022)

Apocalipsis 14:13 / 1 Corintios 15:20-24a.25-28 / Lucas 23:44-46.50.52-53; 24:1-6a

 

Queridas hermanas y hermanos:

¿Quién ha nacido que no tenga que morir? La muerte es inexorable: es una de las pocas seguridades que tenemos en nuestra existencia. Vivir comporta necesariamente morir. Sin embargo, a pesar de saber que tarde o temprano deberemos afrontar este momento de nuestra vida, tenemos miedo. Simbólicamente, el temor del momento era descrito así por el evangelio que hemos leído hoy: «Ya era hacia el mediodía cuando se extendió por toda la tierra una oscuridad hasta media tarde: el sol se había eclipsado». ¡El miedo a la muerte es tan humano! Nos asusta lo ignoto, nos apura no saber qué hay detrás de la última cortina. Nos preguntamos: ¿La muerte es el fin de nuestra existencia? ¿O hay algo después de cruzar el umbral?

Desde lo más profundo de las entrañas de la humanidad surge un gran anhelo de justicia, un anhelo que nos hace intuir que las injusticias de este mundo no pueden ser definitivas. La vida es tan bonita, pero, al mismo tiempo, hay tantas cosas que no entendemos. Constantemente hacemos experiencias impresionantes que nos hacen gritar: ¿por qué, Señor? Hay tanta gente que sufre. Hay tantos inocentes que son víctimas de la maldad. Hay tanto dolor inmerecido. Es entonces cuando nuestro sentido de la justicia, inscrito en el corazón de todos los hombres y mujeres de este mundo, nos dice que esto no puede ser el final. La justicia clama para que después de la muerte podamos encontrar la paz.

La fe cristiana hace suyo ese sentimiento de justicia y la persona de Jesús nos enseña que, realmente, la muerte no es el final. Estos días, que estamos celebrando la Pascua, la resurrección del Señor, resuenan en todas las iglesias las palabras de la alegría eterna: «¿Por qué buscáis entre los muertos a aquel que vive? No está aquí: ha resucitado». De esta forma, nos muestra que el camino que Jesús siguió es el camino al que todos nosotros estamos llamados. Nos dice la carta a los Corintios: «Cristo ha resucitado de entre los muertos, el primero de todos los que han muerto. Ya que la muerte vino por un hombre, también por un hombre vendrá la resurrección de los muertos: todos son de Adán y por eso todos mueren, pero todos vivirán gracias a Cristo». Por fin, la muerte ha vencido: una nueva esperanza se ha abierto camino en nuestras vidas. La última palabra ya no la tienen la oscuridad, el dolor o la muerte, sino que la última palabra la tiene la luz, el gozo y la vida.

Esta concepción de la existencia que tenemos los cristianos puede entenderse de forma errónea. Podríamos pensar que, dado que lo importante y definitivo es la vida que nos encontraremos en el más allá, nuestra existencia terrenal no tiene ningún tipo de importancia. Pero nada más lejos de la realidad. Nuestra fe, efectivamente, nos dice que hay un más allá, pero también nos dice que sólo hay una forma de llegar: vivir intensamente el presente, vivir con pasión todos y cada uno de los momentos de nuestra vida, amar con todas nuestras fuerzas la belleza de nuestro mundo. La fe cristiana es un gran canto a la vida.

El P. Josep Massot i Muntaner ha sido un gran testimonio de este canto a la vida que representa la fe. Vivió con gozo y felicidad su vocación cristiana y monástica. Trabajó incansablemente por la expresión más sublime del alma de un pueblo: su lengua y su literatura. Estudió en profundidad nuestra historia para saber de dónde veníamos y para poder intuir los senderos que el futuro nos deparaba. Pero una cosa fue la que unificó todas estas dimensiones de su vida: Montserrat. Ser monje de este monasterio no fue algo más en su vida y su obra, sino que fue el eje que dio sentido y que inspiró todo su legado ingente.

El 3 de noviembre de 1941 nació en Palma, ciudad e islas que siempre llevó como joyas en su corazón. De mayor, estudió filología románica en la Universidad de Barcelona, ​​centro del cual también fue profesor. En 1962 entra como monje en nuestro monasterio de Montserrat: en 1964 hizo la profesión simple, en 1969 hizo la profesión solemne y en 1971 fue ordenado de presbítero. El mismo año, el P. Abat Cassià M. Just le nombró director de la que sería la niña de sus ojos: las Publicaciones de la Abadía de Montserrat, la editorial más antigua de Europa. Hasta el momento de su muerte siguió siendo el responsable, casi durante 51 años. En 1995 se convierte también en director de la revista Serra d’Or. Dirigió otras revistas y fue un escritor incansable. Fue un apasionado y un gran defensor de la lengua catalana y de la cultura de los Països Catalans.

Fue miembro de diversas instituciones académicas como la Sociedad Catalana de Lengua y Literatura, el Instituto Menorquín de Estudios, el Instituto de Estudios Catalanes o la Real Academia de Buenas Letras. Toda su labor también fue reconocida con multitud de premios y homenajes: la Cruz de Sant Jordi, el doctorado honoris causa por la Universidad de las Islas Baleares, la Medalla de Honor y Gratitud de la Isla de Mallorca, el Premio de ‘Honor de las Letras Catalanas, el doctorado honoris causa por la Universidad de Valencia, la Medalla de Honor de la Red Vives de Universidades o la Medalla de Oro de la Comunidad Autónoma de las Islas Baleares.

En su discurso durante la entrega del Premio de Honor de las Letras Catalanas dijo que había que vivir fortiter in re suaviter in modo (con convicciones fuertes, pero con formas suaves). Él vivió así. Vivió y murió así porque se marchó discretamente, sin apenas preaviso; pero con la convicción de que al otro lado le estaba esperando aquel que es el Amor. Como Cristo colgado en la cruz pudo decir: «Padre, confío mi aliento en vuestras manos».

Podemos decir que el P. Josep Massot fue un amante de la palabra: sí, un amante de la palabra humana, pero sobre todo un amante de la Palabra divina. Ya desde la antigüedad, Cristo es llamado Logos (palabra), o Verbum en latín. Bien conocido es el principio del evangelio según san Juan: «Al principio existía quien es la Palabra. La Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios». Porque la fe cristiana está íntimamente relacionada con la razón, con el logos. El cristiano debe vivir siempre como si volara con dos alas: la fe y la razón. La fe sin la razón se convierte en fundamentalismo y barbarie. La razón sin la fe se convierte en miope, incapaz de llegar a las alturas de la verdadera verdad. Ambas se necesitan, ambas se fecundan mutuamente. La Palabra divina y la palabra humana siguen la misma relación: se reclaman una a otra para poder alcanzar la plenitud.

El evangelista Marcos nos narra que: «Uno de aquellos días, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: “Crucemos a la otra orilla”» (Mc 4, 35). La madrugada de sábado a domingo, el Señor visitó al P. Josep Massot y le invitó a pasar a la otra orilla. También todos nosotros, un día, al atardecer de nuestra vida, Jesús nos dirá: «Amigo, no tengas miedo, ven conmigo, crucemos a la otra orilla». Cuando esto ocurra, no lo dudamos ni un momento, en la otra orilla nos esperan.

Abadia de MontserratMisa Exequial del P. Josep Massot (26 de abril de 2022)

Domingo II de Pascua (24 de abril de 2022)

Homilía del P. Bernat Juliol, Prior de Montserrat (24 de abril de 2022)

Hechos 5:12-16 / Apocalipsis 1:9-11a.12-13.17-19 / Juan 20:19-31

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

La mañana del domingo, cuando las mujeres fueron hacia el sepulcro con los aceites aromáticos, vieron que la piedra había sido movida y que el cuerpo de Jesús no estaba allí donde lo habían depositado. Dos ángeles se les aparecieron y les dijeron: «No está aquí: ha resucitado». Con este pasaje pascual, las Sagradas Escrituras nos muestran el gran testimonio de la resurrección de Jesús: el sepulcro vacío. Efectivamente, el sepulcro vacío ha cambiado la historia del mundo. Si aquella mañana del domingo las mujeres lo hubiesen encontrado todo tal y como lo dejaron, el destino de la humanidad sería el más triste que nunca pudiéramos imaginar. Pero afortunadamente no fue así: el sepulcro estaba vacío.

Cuando, después de la muerte de Jesús, hicieron rodar la piedra y sellaron el sepulcro, una gran oscuridad y un silencio absoluto reinaron en el interior de la tumba. Se cumplió entonces lo que oímos durante la lectura de la pasión del Domingo de Ramos: «Ahora las tinieblas tienen el poder». Jesús debía morir, no de forma ficticia o simbólica, sino realmente, en toda su crudeza. Entonces, por un instante, sólo por un instante, sentimos cuál es la frialdad de una vida sin Dios, una vida sin esperanza. El mundo experimentó lo descrito por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche: «¿Qué ha pasado cuando hemos liberado la tierra de su sol? ¿No estamos cayendo? ¿No vagamos a través de lo infinito? ¿No sentimos el espacio vacío? ¿No hace más frío? ¿No se oscurece todo cada vez más?».

Hacía falta que la oscuridad ahogara la luz, era necesario que el silencio destruyera la palabra. Sólo así la esperanza podía regresar al mundo. ¿Qué ocurrió esa noche? Sólo ella lo sabe. Así lo cantábamos en el pregón pascual: «¡Oh noche bienaventurada! Sólo tú supiste la hora en que Cristo resucitó de entre los muertos». El gran misterio quedó en el secreto del interior de esa tumba. Pero sí sabemos una cosa: cuando todo era caótico y desolado, y las tinieblas cubrían el sepulcro, Dios dijo: «Que exista la luz». Y la luz existió. Y así como al principio de los tiempos Dios nos había creado para la vida en ese mundo; dentro del sepulcro, Dios nos recrea para la vida eterna.

Efectivamente, nos cuenta el libro del Génesis, que Dios cogió barro y lo transformó en el primer hombre, Adán. Ahora, dentro del sepulcro, Dios toma el cuerpo humano de Jesús y lo transforma para la resurrección. Cristo, el nuevo Adán, abría así el camino para toda la humanidad. Desde ese momento, todos nosotros estamos llamados a formar parte de ese cuerpo glorioso de Cristo. Nuestra pobre existencia está llamada ahora a compartir la vida eterna y divina de Dios. Cuando el cuerpo inerte de Jesús entraba por el umbral del sepulcro, Adán y Eva salían del paraíso; cuando el cuerpo glorioso de Cristo entraba triunfante en el paraíso, Adán y Eva salían de sus sepulcros para vivir eternamente.

Los ángeles que estaban cerca de la tumba vacía dijeron: «No está aquí: ha resucitado». Y, al mismo tiempo, aquellos otros ángeles que estaban junto a las puertas del Edén y vieron cómo nuestros primeros padres fueron expulsados, ahora ven venir hacia ellos el Cristo triunfante que lleva en la mano la cruz, que es la única llave que puede abrir de nuevo las puertas del paraíso. Es aquel Cristo de quien nos hablaba el libro del Apocalipsis: «No tengas miedo. Yo soy el primero y el último. Soy el que vive: Yo que estaba muerto, ahora vivo para siempre y tengo las llaves de la muerte y de su reino».

Queridos hermanos y hermanas, alegrémonos, ¡la tumba está vacía! ¡Cristo ha resucitado! ¡El Señor ha vencido su muerte! ¡El Señor ha vencido nuestra muerte! No seamos incrédulos como Tomás, seamos creyentes. ¡Confiemos en el Señor!

Abadia de MontserratDomingo II de Pascua (24 de abril de 2022)

Vigilia Pascual (16 de abril de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (16 de abril de 2022)

(…) / Romanos 6: 3-11 / Lucas 24:1-12

 

Algunas veces, queridas hermanas y hermanos, cuando tienes que hacer una homilía, cuesta encontrar temas o que la liturgia que corresponde comentar, te inspire alguna palabra. Esta noche es todo lo contrario: la riqueza de signos y de textos con la que celebramos esta vigilia Pascual, hacen más bien que personalmente oscile entre la duda de explicar tanto como sea posible o de decirme: ¿puedo realmente añadir alguna cosa a lo que la misma celebración ya explica extensamente tan admirablemente, tan insuperablemente?

Una cosa sorprendente de esta noche es que la llenamos de significado para explicar la resurrección de Jesucristo, que aconteció de hecho en el silencio, en la soledad, casi diría yo en aquel anonimato que el Pregón Pascual expresa tan bien cuando canta: Oh noche bienaventurada, sólo tú supiste la hora en que Cristo resucitó de entre los muertos. Aquel quedarse esperando en la puerta del sepulcro, el silencio del viernes santo, el silencio aún más profundo del sábado se adentra en la noche de Pascua hasta que, como una explosión, con el fuego, el cirio pascual y la luz que no mengua cuando la repartimos, sino que se multiplica, confesamos que sí, que, en el corazón de esta noche Santa, Jesús, crucificado, muerto y enterrado, ha vuelto a la vida.

Casi entramos en cierto vértigo si nos detenemos a pensar cómo un hecho concreto de una noche de la historia ha tenido tantas consecuencias: la más sencilla es que: si Jesucristo no hubiera resucitado no estaríamos aquí. Y todo lo que celebramos no es más que la vida venciendo a la muerte. Algunos de los hermanos de los escolanes y otros niños lo han trabajado hoy cuando ha observado que una bellota, el fruto de la encina que parecía muerto, era capaz de tener vida y de convertirse en un árbol pequeño. Y después, dentro de poco, traerán al altar estas pequeñas macetas plantadas con una esperanza y se las volverán a llevar como recuerdo de que esta noche, es una noche para la vida. De hecho, este es un experimento que recuerdo que los escolanes siempre hacían en cuarto y veías las macetas con las plantas por el suelo en su aula. Jesucristo es como el grano, como la bellota enterrada que vuelve a la vida, que resucita en una planta nueva.

Todas las lecturas de hoy nos hablan de esta vida, nos hablan de muchas formas con muchas palabras e historias diferentes: la creación de la naturaleza con todos sus elementos, la libertad, la fe, pero en el fondo el mensaje es siempre lo mismo: Dios opta decididamente por la vida. Por eso no podía dejar a Jesucristo en la muerte. Y Él ha querido compartir su vida de resucitado con nosotros, la suya es también nuestra vida, puesto que como nos ha dicho San Pablo – y volvemos a las plantas-; si nosotros hemos estado plantados junto a él por esta muerte parecida a la suya, también debemos serlo por la resurrección.

Me dirijo especialmente a vosotros que hoy os bautizáis, confirmáis y hacéis la primera comunión, y a los que sólo se bauticen, representados por sus padres y padrinos, es decir a los escolanes Pedro y Tomás, y a los niños: María y a los hermanos Caterina, Isabel e Isaac y también a David que hace la primera comunión. La vida de la que estamos hablando ahora y aquí no es sólo levantarnos, comer y dormir. Nosotros creemos que todos, los hombres, las mujeres y también vosotros sean chicos un poco mayores o niños, tienen la posibilidad de una vida del espíritu, de una vida interior, totalmente importante y esencial para la persona humana. Una vida que queremos infundir, estimular y hacer crecer en todos vosotros con los sacramentos, que por eso mismo llamamos de la iniciación. Por eso es tan bonito que en esta noche que celebremos la vida, podamos comunicar, como pueblo de Dios y comunidad cristiana, esta vida a todos vosotros y podamos hacer real aquella otra frase del pregón pascual: noche en la que el hombre reencuentra a Dios. Esto es lo que confesamos: que el hombre reencuentra a Dios en Jesús y que nada debería ser como antes. Lo encontramos en el bautismo, intensificamos aún más este encuentro con la confirmación porque recibimos su espíritu y tenemos la comunión para poder recibirlo en cada eucaristía.

Ahora os contaré una anécdota especialmente para vosotros Tomás y Pedro, relacionada con estos sacramentos que recibiréis esta noche, especialmente con la confirmación, y que tiene que ver con un buen amigo mío y de muchísima gente, el obispo Antoni Vadell, que quizás recordareis (sobre todo los escolanes mayores) porque alguna vez había estado en la Escolanía y había presidido una misa conventual a principio de curso, y que murió muy joven a los 49 años hace dos meses. Los teólogos, que nos dedicamos a estudiar todas estas cosas relacionadas con la fe y las celebraciones, discutimos si es mejor confirmarse a vuestra edad, a los nueve o diez años, especialmente si coincide con el bautismo o hacerlo de más mayores. Cuando con el Padre Efrem hablábamos de todo esto, a principios de diciembre, llamé al obispo Toni, que era bastante especialista en esto y le pregunté: ¿Qué te parece? ¿Confirmamos o no confirmamos a los escolanes de cuarto que se van a bautizar? Y él me dijo, sí. Porque en la Escolanía tendrán la posibilidad de vivir a fondo una vida cristiana y está muy bien que la vivan con la confirmación hecha. Fue la última vez que hablé con él. Y por tanto os dejo esta reflexión a vosotros dos, a todos los escolanes y a todos, porque todos recordaremos hoy nuestro bautismo, nuestra confirmación y participaremos de la eucaristía: los sacramentos son la posibilidad de vivir a fondo la vida cristiana. Todos pueden hacerlo o intentar que sus hijos la vivan en la medida de sus posibilidades. Y es que Cristo no nos quita nada de la vida, sólo nos la da y nos la hace más feliz.

Estos días he hablado de la identidad de Jesús de Nazaret en cada homilía. La noche de Pascua une tres momentos que nos ayudan a comprenderlo mejor:

  • su vida, con el entusiasmo por su mensaje y por su persona, que los testigos que convivieron con él nos han dejado en los evangelios;
  • su pasión y su muerte, solidaria con tantos sufrimientos humanos y ante la que y de los que, a menudo lo más adecuado es el silencio y la oración;
  • y finalmente su resurrección, que se manifestó como experiencia a sus discípulos, empezando por las mujeres que fueron al sepulcro y recibieron aquel mensaje sorprendente: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Dios se sirve de la humanidad de Jesús de Nazaret para estar presente en el mundo, y Jesús de Nazaret se sirve de la humanidad de todos los hombres y mujeres para comunicarse en su vida, en su muerte y en la su vida de resucitado. Desde aquella noche de Pascua, en el testimonio que proclama la sencilla frase: ¡El Señor ha resucitado! Realmente ha resucitado, transmitido de generación en generación de cristianos, no hemos dejado de creer en él, el viviente, el Señor de la vida:

la estrella de la mañana, aquella estrella, quiero decir que nunca se oculta, Cristo que volviendo de entre los muertos, se apareció glorioso a las mujeres y a los hombres como el sol en día sereno. Él, que vive y reina por los siglos. Amén.

Abadia de MontserratVigilia Pascual (16 de abril de 2022)