Conmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (2 de noviembre 2020)

Isaías 25:6-9 / 1 Tesalonicenses 4:13-18 / Marcos 15:33-39; 16:1-6

 

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Este versículo del salmo 21 que Jesús gritó con toda la fuerza en la cruz expresa de una manera profunda el desgarro radical del ser humano ante la muerte. Sintetiza, hermanos y hermanas, la experiencia humana de Jesús en el momento de la máxima derrota. Vive su adhesión al Padre, porque el grito es una invocación, pero no siente la proximidad -él, el mayor de los místicos- ni ve la salvación. La oscuridad que, según el evangelista, envolvía la tierra a pesar de ser a primera hora de la tarde, era aún más oscura en la intimidad de Jesús. La muerte le llega inexorablemente. Y la naturaleza humana se horroriza. Jesús, dando un fuerte grito, expiró. Después, viene el descendimiento de la cruz, la mortaja, y la gran piedra que cierra la entrada del sepulcro. Para siempre, según los ojos de la mayoría de quienes lo contemplaron.

El porqué de Jesús en la cruz sintetiza todos los porqués humanos ante la muerte. Ante la propia muerte. Ante la muerte de los seres queridos. Ante las víctimas mortales de la enfermedad, del hambre, de los accidentes, de la violencia y de la guerra. Ante el hecho mismo de la muerte insoslayable. El porqué de Jesús en la cruz sintetiza tantos porqués que se han pronunciado -y se pronuncian todavía- en las UCI, en las residencias de ancianos, en las familias,… ante la muerte de personas, estimadas o desconocidas, a lo largo de la pandemia que nos acosa. Puede que alguien estoicamente puede decir que ve la muerte como un proceso biológico natural, que hay que ser realistas y aceptarla elegantemente; que es, como dice el poeta, un «aspiración gradual del humano desencanto» (J. Carner, Nabi, 8). Pero el deseo infinito de plenitud, de vida y de felicidad que hay en el corazón humano topa con la finitud de la muerte, y en la razón del que piensa surge una y otra vez la pregunta: ¿por qué?

La liturgia de hoy, con su tono contenido, grave, quiere ayudarnos vivir todo el drama humano que supone la muerte. Y a vivirlo con esperanza. Con su muerte, Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, se hace solidario de la muerte de todos. Pero ésta no es la única palabra que, en la liturgia de hoy, el Dios de la vida nos ofrece sobre la muerte.

Aquel día, el Señor del universo preparará para todos los pueblos un convite. El profeta Isaías nos hablaba, en la primera lectura, de los últimos tiempos. Utilizaba la imagen de un convite para referirse al bienestar, a la felicidad, a la alegría, a la plenitud, a la comunión con Dios y los unos con los otros. Esto será -dice- en el monte del Señor. Es decir, en la vida futura, en la vida eterna, de la que la muerte es la puerta. Entonces, decía el profeta, las lágrimas de todos los hombres se secaran, desaparecerá el velo de luto que cubre todos los pueblos, el paño que tapa las naciones y la Muerte será tragada para siempre.

La Muerte será tragada para siempre. Viendo la muerte que cada día hace estragos, cabe preguntarse si no es una visión ilusoria, sin ningún contacto con la realidad, la del profeta.¿ Es un consuelo fácil para adormecernos intelectualmente y no experimentar el drama de la muerte? Lo podría ser si aquella gran piedra hubiera dejado cerrada la puerta del sepulcro de Jesús. Pero, tal como hemos oído en la segunda lectura, Jesús murió y resucitó. Con él se empezó a hacer realidad la palabra del profeta: la Muerte ha sido vencida y, por tanto, es sólo un paso -aunque sea doloroso- y no una realidad definitiva.

Por eso, en este día en que pensamos en nuestros difuntos, acojamos el mensaje de esperanza y de consuelo que nos viene de la Palabra de Dios. Los que nos han dejado confiando en Cristo o, quizás sin haberlo conocido tal como es, pero que buscaron hacer el bien según su conciencia, viven con él. Por eso, la liturgia de hoy, a pesar de su tono grave, tiene también un tono de esperanza; domina la Pascua del Señor. Hagamos nuestras, pues, las palabras del Apóstol, que hemos escuchado: no quisiéramos que os entristezcáis, como lo hacen los que no tienen esperanza: Dios se ha llevado con Jesús los que han muerto en él. Y en cuanto a nosotros, si hemos procurado vivir según la Palabra de Jesús, en el momento de nuestra muerte, también nos será dado encontrarnos con el Señor y vivir cerca de él en la plenitud de la felicidad, en el convite del Reino. Consolémonos, pues, unos a otros con esta realidad admirable, mientras hacemos memoria de nuestros padres, madres, hermanos, familiares y amigos difuntos; mientras nuestra comunidad recuerda de una manera particular los PP. Just M. Llorenç e Hilari Raguer fallecidos durante este año.

En esta vida, se entrelazan el porqué que nos cuestiona y la fe en el convite inaugurado por la resurrección de Jesucristo. Para ayudarnos a vivir con esperanza en la vida futura y para nutrirnos espiritualmente, el Señor, como cantábamos en el salmo, ahora pone la mesa ante nosotros y nos guía por el sendero justo por el amor de su nombre. Así su bondad y su amor nos acompañan toda la vida hasta el momento de ser llamados a vivir por siempre en la casa del Señor, en la vida sin fin.

 

Abadia de MontserratConmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2020)

Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (1 de noviembre 2020)

Apocalipsi 7:2-4.9-14 / 1 Joan 3:1-3 / Mateu 5:1-12a

 

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy con alegría la solemnidad de todos los santos. Los alabamos, los invocamos, los contemplamos con la esperanza de poder ser un día como ellos. Pero sobre todo celebramos, alabamos y contemplamos la obra que Jesucristo ha hecho en cada uno de ellos, hombres y mujeres de todo el mundo de todas las edades y condiciones que vivieron con sinceridad de corazón y a los que el Espíritu Santo transformó para insertarlos plenamente el misterio pascual de Jesucristo. Son hermanos y hermanas nuestros en los que la gracia de Dios ha hecho maravillas. Por eso hoy veneramos con alegría su memoria gloriosa y alabamos, unidos a ellos, la Trinidad Santa que ha llevado a cabo plenamente en ellos su obra y los ha llevado a participar de la gloria pascual del Señor.

En la segunda lectura, tomada de la primera carta de san Juan, se nos hablaba precisamente de esta obra de Dios en los creyentes. El Padre nos ama y nos reconoce como hijos, decía. Y por eso, por medio del Espíritu Santo, nos quiere ir transformando en la imagen de su Hijo Jesucristo. La lectura marcaba dos etapas en este camino. La etapa inicial de la filiación divina que se inaugura en el bautismo y se vive por la fe y por el amor y que dura mientras estamos en este mundo; es, por tanto, la etapa que nosotros tenemos que vivir ahora. La otra etapa de la que hablaba la lectura es de plenitud, de realización plena de la filiación divina que se da en la vida futura, una vez traspasado el umbral de la muerte. Ahora ya somos hijos de Dios, afirmaba el texto; esto quiere decir que somos profundamente amados por él, el Padre que tiene entrañas de misericordia, que nos conoce y nos reconoce individualmente, con todo el bagaje de nuestra historia. Y para vivir esta filiación tenemos como hoja de ruta las bienaventuranzas: la humildad, la compasión, la sencillez, el amor generoso como núcleo de nuestra existencia, el anhelo de tener un corazón limpio y de la justicia, la paciencia ante las incomprensiones y la persecución. Ahora ya somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. […] seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.. Verle y parecerse a Dios. Esta es la segunda y definitiva etapa, de la que ya disfrutan la gran multitud de los santos que hoy celebramos. Esta segunda etapa se caracteriza por la identificación con Jesucristo que hace participar eternamente de su pascua, por la contemplación de la gloria de Dios y por una hermandad gozosa y sin merma toda empapada del Espíritu Santo.

Contemplando hoy «el encuentro festivo de los santos, hermanos nuestros» (cf. Prefacio) que ya viven en la plenitud, nos sentimos llamados a vivir intensamente la primera etapa del camino de la filiación divina. Ahora ya somos hijos de Dios, decía la segunda lectura. Esto significa que Dios Padre nos ama, nos conoce y nos da la vida a través de la Palabra divina y de los sacramentos. Pero también que nosotros tenemos que acoger con agradecimiento esta filiación y vivirla de una manera coherente. Por eso debemos estar ante Dios con la confianza de hijos y a la vez con la conciencia de nuestra pobreza personal, maravillados por tanta condescendencia para con nosotros que somos tan pequeños y tan pobres. Vivir la filiación divina significa procurar seguir el ejemplo de Jesucristo reflejado en las bienaventuranzas y hecho de un corazón sencillo y de un amor incondicional a todos. La vivencia actual de la filiación nos debe llevar, como enseña la primera carta de san Juan, a purificar cada día nuestro corazón y nuestro comportamiento para hacerlos semejantes a Jesucristo, caminando a la luz de su palabra y practicando su mandamiento del amor (cf. 1Jn 1, 5-2, 11). En las dificultades que podamos encontrar, nos ayuda pensar en la segunda etapa de la que ya disfrutan los santos sabiéndose como decía Juan- que participaremos de esa etapa si no nos desviamos del camino del Evangelio. El apóstol, con sus palabras quiere que tengamos la certeza de que los creyentes en Cristo ya poseemos la vida eterna, de una manera inicial ahora y de una manera plena más adelante.

Este año celebramos la solemnidad de Todos los Santos con la preocupación por la pandemia que sigue activa con los contagios, las limitaciones de movimientos y las repercusiones económicas que afectan a tanta gente, también familiares y conocidos nuestros incluso a nosotros mismos, la crisis social que comienza a manifestarse. Pensar que somos hijos de Dios nos conforta y nos hace confiar en el amor del Padre, manifestado máxime en la cruz de su Hijo Jesucristo. Sabemos que nos pase lo que nos pase, todo entra en el plan de salvación que Dios tiene para cada uno de nosotros. La lógica humana tiene dificultades para entenderlo. Pero a la luz de la cruz y de la pascua de Jesucristo encontramos unas perspectivas nuevas. Dios nos llama a confiar en él, en su amor por cada persona. Nos sigue repitiendo la palabra de Jesús: no tengáis miedo, la mar encrespada y la oscuridad en el horizonte pasarán (cf. Jn 6, 18-20). Por otro lado, constatar la fragilidad que supone la realidad humana y la condición mortal que es inherente nos estimula a poner nuestra confianza en la etapa definitiva de plenitud de la que ya disfrutan los santos, porque todavía no se ha manifestado como seremos. […] Seremos semejantes a él porque lo veremos tal como es. La esperanza cristiana en la vida futura no es una evasión de la realidad presente, sino un estímulo para continuar trabajando a favor de los demás, según nuestras posibilidades.

La celebración de la eucaristía nos hace profundizar nuestra condición de hijos de Dios unidos a Jesucristo por el Espíritu Santo. Nos la hace profundizar y nos la hace agradecer, conscientes de que somos hijos junto con una multitud incontable de otros hijos, hermanos y hermanas nuestros que peregrinan en este mundo y al que debemos amar. Y al mismo tiempo la celebración de la eucaristía nos anticipa la comunión con la Iglesia de los santos que viven para siempre en Dios. Nos hermana la misma filiación divina, la participación en la gracia de Dios, y que, en el don eucarístico, recibamos la prenda de la gloria futura.

Los santos y las santas que hoy celebramos nos esperan y nos ayudan con su oración. Santa María, la Virgen, es la primera de todos ellos; también nos espera porque después de esta vida mortal quiere mostrarnos a Jesús, el fruto bendito de su vientre (cf. Salve Regina), para que podamos disfrutar de verlo tal como es y participar para siempre de la alegría y la comunión fraterna de su Reino.

Abadia de MontserratSolemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2020)

Domingo de la XXIX semana de durante el año (18 de octubre de 2020)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (18 d’octubre de 2020)

Isaías 45:1.4-6 / 1 Tesalonicenses 1:1-5b / Mateo 22:15-21

 

Estimados hermanos.

El Evangelio de hoy nos ha dicho que los fariseos y herodianos quisieron sorprenderle con una trampa comprometedora. Le preguntaron si era lícito pagar impuesto al César, es decir, al emperador romano. Si contestaba que no era lícito el tributo, mostraría rebeldía frente al emperador, que podía ser denunciada y castigada por los magistrados romanos. Si, en cambio, respondía que había que pagar este impuesto, estaba reconociendo la potestad del César. En este caso, serían los judíos los que reaccionarían, movidos por motivos muy poderosos. Hay que tener en cuenta que el tributo es señal de sumisión a la autoridad que gobierna; el pueblo de Israel tenía un origen divino, por la promesa hecha a Abraham. Por lo tanto, confesaba que no tenía otro señor más que Dios, lo que impedía que aceptara ningún tipo de esclavitud. Pues bien, la sabiduría de Jesucristo neutralizó fácilmente la malicia de los adversarios. Pide que le enseñen una moneda del impuesto que llevaba grabada la imagen y la inscripción del César y responde con esta frase que todos conocemos: «Dad al César lo que es del César, ya Dios lo que es de Dios».

Dejando de lado las dos alternativas, Jesús se puso en un plano superior, y respondió distinguiendo el orden natural representado por César y el orden sobrenatural que corresponde a Dios. No sólo se escapa de la trampa, sino que además los hace ver a sus interlocutores su superficialidad. La riqueza hay que darla al emperador en su justa medida, pero el hombre es imagen de Dios y por eso le pertenece a Dios, que es su Creador, su Amo y Señor. Es como decir: vosotros pertenecéis a Dios; debéis obedecerle, siguiendo su voluntad.

La formación católica nos ha enseñado a reconocer que el hombre fue creado para este fin: glorificar al Señor, honrarle y servirle según la voluntad divina, y salvar así su alma, porque todo en este mundo no tiene otra razón de ser que ayudar al hombre a alcanzar este fin sobrenatural, la verdadera felicidad. Es necesario que la vida presente sea una preparación para la vida futura. Hay que subordinar los bienes temporales a los eternos. Por ello, hoy quizás nos puede dar más luz la segunda parte de la frase de Jesus que nos invita a tener la mirada puesta en Dios para vivir en su presencia, que es algo esencial en la vida de toda persona para vencer cualquier miedo.

Pero Dios es generoso con nosotros, nos ofrece su amistad, sus dones, su alegría, aunque a menudo nosotros no escuchemos sus palabras, mostremos más interés por otras cosas, poniendo en primer lugar nuestras preocupaciones materiales, nuestros intereses. Todos y cada uno de nosotros, hemos sido llamados a la vida nueva en Cristo, que se desarrolla en el seno de la Iglesia. Es formando parte de ella, de una manera activa, consciente y fructuosa, como el hombre puede experimentar la renovación integral de su ser, que nos ha regalado Dios en el misterio de la Encarnación redentora.

Nuestra Madre la Virgen supo dar a Dios lo que es de Dios, consagrándole su vida. Que ella nos ayude a vivir cada día con Él, por Él y en Él. Así también nosotros sabremos dar a Dios lo que es de Dios.

Abadia de MontserratDomingo de la XXIX semana de durante el año (18 de octubre de 2020)

Fiesta de los Beatos Mártires de Montserrat (13 de octubre de 2020)

Homilía del P. Josep M. Soler, Abad de Montserrat (13 de octubre 2020)

Isaías 25:6.7-9 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Juan 15:18-21

 

Hoy, queridos hermanos y hermanas, celebramos con alegría la fiesta de nuestros mártires, los monjes más ilustres de nuestra comunidad en toda su historia casi milenaria. Son los que dieron la vida por Cristo entre el verano de 1936 y el invierno de 1937.

La liturgia de este día rezuma una alegría serena, porque estos hermanos nuestros, por el bautismo y por la profesión monástica, se fueron identificando con Jesucristo, el Señor, de quien eran siervos, para decirlo con palabras del evangelio que acabamos de escuchar. Y como, tal como hemos oído, el siervo no es más que el dueño, ellos también la imitaron con el don cruento de la vida y ahora participan de su gloria. La suya, como toda sangre martirial, da fecundidad a la madre Iglesia, la hace resplandecer con una luz más pura y la llena de alegría al ver la donación radical a Jesucristo de estos hijos. Porque morir por Cristo -como enseña Tertuliano- no significa limitarse a la aceptación del dolor con la constancia de los estoicos, sino que es el testimonio más auténtico de la fe, del coraje, del amor por Cristo (cf. Ad Martyras, cap.1).

Por ello, ya en la oración que iniciaba esta nuestra celebración eucarística, pedíamos que «los mártires de Montserrat» nos fueran motivo de alegría. Y no sólo porque vivieron hasta el fondo su vida de bautizados y de monjes, sino también por «la corona fraterna» que forman. Aunque no fueron todos sacrificados conjuntamente, los lazos fraternos que los unían eran muy profundos. Habían formado una «corona fraterna» en el monasterio, unidos, tal como pide San Benito, en el combate cristiano y monástico (cf. RB 1, 5) para progresar en las virtudes y en la hermandad. Y, en el momento, supremo -cuando no antepusieron ni la propia vida al amor de Cristo (cf. RB 4, 21) – supieron seguir manteniendo esta fraternidad. El martirio selló su hermandad. Ahora juntos forman una corona victoriosa. Una corona ofrecida a Jesucristo, el Rey de los mártires que, a su tiempo los corona a ellos con la aureola del martirio y de la gloria. Son una corona, también, para la Iglesia que se alegra -tal como he dicho- de su fidelidad a Cristo y los muestra como verdaderos discípulos del Evangelio. Son todavía una corona para nuestra comunidad. Honran a Montserrat con su victoria martirial, ellos que llevaron hasta las últimas consecuencias la enseñanza de san Benito cuando habla de participar «de los sufrimientos de Cristo, con la paciencia», «hasta la muerte» en «la dulzura del amor «(cf. RB Prólogo, 49-50).

La liturgia de hoy, sin embargo, no sólo nos lleva a pedir que nuestros mártires nos sean motivo de alegría. También pedimos «que aumente el vigor de nuestra fe». Nuestra fe debe ser fuerte para poder perseverar en la adhesión a Jesucristo en el contexto social actual. Y quizás no siempre lo es, porque forma parte del itinerario cristiano y de nuestro proceso de creyentes, puede que a veces se debilite nuestra creencia, que nos encontremos en medio de la niebla o de la oscuridad. Por eso recurrimos a la oración y pedimos que el Señor nos dé más fe (cf. Lc 15, 5), que nos la vigorice. El ejemplo y la intercesión de los mártires nos ayudan a creer más profundamente -que significa fiarnos más totalmente de Dios- y a profundizar los contenidos de la fe y de la esperanza cristiana para saber dar razón de ella a nosotros mismos y a todo el que nos la pida (cf. 1 P, 3, 15). Es más, en la oración sobre las ofrendas, pediremos que el sacramento eucarístico que celebramos nos inflame el corazón en el amor a Dios. Porque la solidez de la fe va estrechamente unida a la firmeza del amor. De este modo, como dice todavía la oración sobre las ofrendas, podremos perseverar cada día en la vida de seguimiento de Cristo y llegar a disfrutar, con los mártires y los santos, del premio dado a los que se han mantenido fieles hasta el final.

Esta perseverancia, la liturgia de hoy la pide en la oración después de la comunión. Pide que perseveremos unidos a Dios por el amor abnegado, de tal forma que cada día vivamos de él y nos dedicamos por completo, sin dejar fuera ningún componente de la vida, al servicio de Dios, que es siempre inseparablemente al servicio a los demás.

Hay, todavía, finalmente, otra petición en la oración colecta que he comentado. Pide que el Señor nos «dé consuelo» por la intercesión de los mártires de Montserrat. Siempre lo necesitamos este consuelo, este bálsamo en las penas, en los dolores, en las oscuridades, mientras caminamos hacia el término avanzando en medio de alegrías y de dificultades. En los interrogantes ante la fe, en la falta de horizonte, en la enfermedad, en los contratiempos que puede presentar la convivencia, etc., necesitamos el bálsamo que suaviza las heridas del corazón. Pero, hoy, pedimos particularmente por intercesión de los mártires de Montserrat obtener consuelo en el contexto de la epidemia que padecemos y que continúa creando situaciones difíciles a varios niveles. No un consuelo esterilizante. Sino el consuelo, el confort, que permite superar el miedo, que permite continuar trabajando a favor de los demás, de ser solidarios no sólo tomando las medidas para evitar la difusión del virus, sino también para atender según nuestras posibilidades a tantas personas necesitadas debido a la crisis económica creciente que provoca. Y pedimos, también, el consuelo que viene de la resurrección de Jesucristo y que nos asegura que la muerte, por cruda que sea, es siempre el umbral de una vida nueva.

Que esta fiesta nos sea, pues, una invitación a vivir más intensamente la comunión fraterna en las comunidades cristianas, en toda la Iglesia. Que nos sea una invitación a progresar en la profundización de la fe y del amor a Dios y a los demás. Que por la gracia de la Eucaristía crezca en nosotros la esperanza de la victoria final iniciada en la Pascua de Jesucristo.

Abadia de MontserratFiesta de los Beatos Mártires de Montserrat (13 de octubre de 2020)

Domingo de la XXVII semana de durante el año (4 de octubre de 2020)

Homilía del P. Sergi d’Assís Gelpí, monje de Montserrat (4 d’octubre de 2020)

Isaías 5:1-7 / Filipenses 4:6-9 / Mateo 21:33-43

 

Queridos hermanos y hermanas,

En la antigua Roma, cuando un general desfilaba triunfalmente por las calles de Roma tras una victoria, tenía tras de sí un esclavo que le iba diciendo: «Memento mori» ( «recuerda que tienes que morir»). Tertuliano nos dice que le decían: «¡Recuerda que eres un hombre!».

Estos días me ha venido a la memoria esta tradición antigua viendo la pandemia. ¿No podríamos decir que todo esto que estamos viviendo a nivel mundial es como aquella vocecita que nos dice: recuerda tu limitación, la contingencia más cruda, que no todo lo puedes controlar ni prever? La pandemia nos ha cogido a todos desarmados.

Ahora mismo, además de todos los que os encontráis en la basílica de Montserrat, hay miles de personas que nos seguís a través de los medios de comunicación. Y seguro que, entre todos vosotros, también habrá que no se sienta creyentes, pero que está siguiendo esta celebración haciendo compañía a alguien de casa, o bien sencillamente porque haciendo zapping se han quedado mirando la Misa sin saber demasiado por qué. Me gustaría que estas palabras que voy a decir sean también significativas para vosotros.

El Evangelio de hoy es duro, Jesús provoca a quienes le escuchan. Y lo hace con un cuento lleno de mensaje. Habla de unos hombres a los que se les ha confiado una viña para que la hagan fructificar. Al cabo de un tiempo, cuando ya la habrían podido hacer rendir, van recibiendo visitas de unos enviados que les preguntan como han aprovechado este regalo. Y en lugar de interpretarlo como llamadas a la responsabilidad, a ser conscientes del don que han recibido, no lo saben encajar y rechazan absolutamente todas estas visitas. Eran llamadas que les podían hacer valorar más lo que se les había confiado, aquel tesoro que era la viña. Pero no lo hacen, al contrario.

Este Evangelio me ha hecho pensar en una historia que me ha acompañado desde hace años. Todos leemos el Evangelio y la vida misma a partir de nuestra biografía, de lo que hemos vivido y que hemos recibido. En mi casa, desde pequeño he oído hablar de Joan Alsina, un cura que mis padres conocieron cuando eran jóvenes y que todavía mucha gente lo recuerda en mi pueblo Malgrat, donde dejó una buena huella los pocos años que estuvo como vicario.

El caso es que Joan fue a misiones, concretamente en Chile. Allí, estuvo muy comprometido con la gente más sencilla. Cuando hubo el golpe de estado del año 73, él era el jefe de personal de un hospital de la capital. Se vivieron días de mucha confusión, violencia e injusticia. Le llegó a través de amigos que, por su implicación social, corría peligro si volvía al hospital. Él dijo que no tenía nada que ocultar, y que no dejaría de servir a quienes lo necesitaban, y más aquellos días tan complicados. El caso es que fue al hospital y ya no volvió.

Días después, encontraron en su mesilla de noche un escrito impresionante donde, entre sus palabras y palabras bíblicas, expresa su dolor, un sufrimiento muy grande la noche antes de volver al hospital. Pero acaba este escrito con confianza, con letras más grandes escribe: «Adiós. Él nos acompaña siempre, dondequiera que estemos”.

Tiene miedo, pero es mayor su confianza en que el Amor es más fuerte. Y que por eso vale la pena seguir adelante.

Se hizo correr la versión que Juan había muerto en un tiroteo. «Fake news», que diríamos ahora. Pero todos los que lo conocían sabían que él no habría cogido un arma. Entonces un cura catalán decidió buscar a su asesino, y aclarar los hechos. Su búsqueda duró años. ¡Y al cabo de 17 años, lo encontró!

El chico que lo había asesinado, entonces ya mayor, se puso a llorar. Aquellos días del golpe de estado habían matado a muchos, pero recordaba perfectamente a Joan y como había ido todo. Y es que en el momento de irlo a fusilar, se le acercó para ponerle una venda en los ojos como hacían habitualmente, y Joan le dijo: «Por favor, no me pongas la venta, mátame de frente porque quiero verte para darte el perdón». Aquel hombre, pasados tantos años, aún conservaba una esquela de Joan que miraba de vez en cuando. Y guardaba como un recuerdo imborrable de que aquel hombre lo había perdonado de todo corazón.

Nosotros, evidentemente, estamos viviendo momentos muy diferentes de lo que él vivió. Entonces, ¿por qué he contado esta historia hoy? Y ¿qué relación tiene con el Evangelio que hemos escuchado y con lo que vivimos? Pues porque Joan habría podido esconderse, habría podido pensar que todo lo que sucedía no iba con él, habría podido vivir todos aquellos acontecimientos como obstáculos en su camino de entrega a los demás. Y en cambio, leyó los hechos de aquellos días como oportunidades para darse más, para estar más comprometido, para ser más coherente con sus principios de hacer un mundo mejor.

En el Evangelio, aquellos hombres que han recibido la viña no interpretan bien las visitas que les preguntan cómo han hecho fructificar la viña. Nosotros también recibimos visitas de este estilo en nuestra vida, situaciones que nos pueden hacer pensar en cómo estamos cuidando todo lo que nos ha sido confiado y de nuestra propia vida.

Para cada uno, estas situaciones (que pueden ser desagradables y generarnos rechazo) serán diferentes. Pero es verdad que también hay hechos que nos afectan colectivamente: la pandemia con todas sus consecuencias, la situación política, y con una mirada más larga, este mundo tan mal repartido que provoca que mucha gente de los países del Sur se vaya de su país para buscar una vida mejor en el Norte.

¿De qué manera podríamos dejarnos interpelar por estas situaciones, y responder según nuestros valores y principios? ¿De qué manera podríamos vivirlas como llamadas a ser más auténticos?

No hay una sola manera, cada uno debe encontrar la suya sinceramente. Pero Jesús nos llama a estar atentos: hemos recibido una viña, y debemos cuidarla.

Que Él nos ayude a acertar los caminos para responder a sus llamadas constantes.

 

Abadia de MontserratDomingo de la XXVII semana de durante el año (4 de octubre de 2020)

Homilia de la Misa Exequial por el P. Hilari Raguer (3 octubre de 2020)

Homilía del P. Josep M. Soler, Abad de Montserrat (3 de octubre de 2020)

Job 19:1.23-27 / Romanos 8:14-23 / Juan 17:24-26

 

Estimados Sr. Arzobispo, hermanos monjes y concelebrantes, autoridades, hermana y familiares del P. Hilari, hermanos y hermanas en Cristo:

En el libro de Job que hemos leído en la primera lectura, hemos encontrado un testimonio de fe que a la luz de Jesucristo toma todo su significado. Y que en estos momentos de separación de un ser querido nos ofrece un consuelo y una esperanza sólidos. Estas palabras de Job, leídas desde la perspectiva evangélica, expresan, también, la convicción profunda que ha empapado toda la vida del P. Hilari.

Recordémoslo. Job decía: Yo sé que mi defensor vive y que él será mi abogado aquí en la tierra. Y aunque la piel se me caiga a pedazos, yo, en persona, veré a Dios. Con mis propios ojos he de verlo yo mismo. En último término, al final de la vida terrena de una persona, lo que cuenta es saber que tenemos un defensor, que nos protege de lo que pueda haber de menos acertado en la vida y que nos protege del poder de la muerte misma. Este defensor, tal como dice Job, nos llevará a contemplar a Dios, nos llevará a la vida para siempre.

Este defensor vivo es Jesucristo, que vive tras haber experimentar las angustias de la muerte. Él puede atestiguar a favor nuestro porque ha clavado en la cruz el documento donde constaban todas nuestras negligencias y nuestros pecados (Ef 1, 7). Puede atestiguar a favor nuestro porque él ha pagado nuestra deuda y nos ha liberado (cf. Rm 5, 5-8). Uniendo nuestro sufrimiento y nuestra muerte a los suyos, nos apoya también en el momento del traspaso y nos anuncia la buena nueva de la vida para siempre y de la glorificación cerca de él en su Reino.

Por eso podíamos cantar en el salmo: los que esperan en ti no quedan defraudados. El Señor, en el amor que nos guarda desde siempre, se compadece, mira nuestra aflicción y nuestras penas, ensancha nuestro corazón oprimido, nos perdona y nos saca de la desgracia de la muerte. Porque es nuestro defensor, que fue muerto y ahora vive para siempre y tiene las llaves de la muerte y del abismo (Ap 1, 18). Para ser defendidos por él, simplemente basta con no cerrarse a su obra de amor.

Este mismo mensaje intuido en la primera alianza, lo encontrábamos, ya desde la luz pascual, en la carta de San Pablo a los cristianos de Roma. El apóstol daba un paso más de lo que podíamos deducir de una lectura cristiana del texto de Job y del salmo, y nos hablaba de nuestra filiación divina. Somos hijos de Dios por don, gracias a Jesucristo y al Espíritu Santo, que es el otro defensor que el Padre nos ha dado (cf. Jn 16, 7-11). Y Pablo decía, todavía, los sufrimientos de esta vida, y la muerte misma, son como unos dolores de parto de la vida nueva que nos es otorgada. Por eso podemos vivir siempre en la esperanza de ser redimidos y glorificados una vez hayamos sido liberados de todo lo que nos esclaviza, del dolor y de la muerte. Esta es nuestra esperanza empapada de fe y de oración en la muerte del P. Hilari.

Él, había nacido en Madrid en 1928, de padres ripolleses, que el año siguiente se trasladaron a Barcelona. Educado en los escolapios de Balmes, de joven había pertenecido al grupo de universitarios católicos catalanistas «Torras y Bages». Se licenció en Derecho en la Universidad de Barcelona. En 1951, fue detenido, procesado y encarcelado en el Castillo de Montjuic por su antifranquismo activo y por sus actividades a favor de Cataluña y de sus derechos. En 1954 ingresó en nuestro monasterio. Él solía explicar que en ese momento no sabía demasiado en qué consistía la vida monástica, pero que veía que en Montserrat podría servir a Dios y Cataluña. Profesó un año después y en 1960 fue ordenado sacerdote. Empezó entonces una larga trayectoria de estudios y de servicios pastorales difícil de resumir. En la Sorbona de París, en 1960 se licenció en Sociología y obtuvo en el Instituto de Estudios Sociales, también de París, el Diploma en Estudios Superiores en Ciencias Sociales y Políticas. En 1975 obtuvo el Doctorado en Derecho en la Universidad de Barcelona y en 1979, después de hacer unos cursos en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, se licenció en Teología bíblica en el Pontificio Ateneo de San Anselmo también de Roma. Del 1962 al 1965 y de 1968 a 1972 formó parte de la comunidad benedictina de Medellín, fundada por nuestro monasterio en Colombia. Allí fue maestro de novicios, profesor en el Instituto de Liturgia del CELAM, en el seminario mayor de Medellín en la Universidad Bolivariana, además de formar parte del Secretariado Nacional de Liturgia de Colombia. Antes de ir a Colombia había fundado la revista «Documents d’Església «.

Vuelto a Montserrat en 1975, fue profesor en el Centro de estudios teológicos del monasterio, en la Facultad de Teología de Barcelona y al CEVRE. También col laboró activamente en la pastoral del santuario e hizo acompañamiento espiritual de muchas personas. Su trabajo de investigación en el ámbito de la historia, particularmente en la época de la guerra civil de 1936 y también de cómo esta implicó a la Iglesia, ha sido muy extenso; y merecen ser destacados los cinco volúmenes del Archivo de la Iglesia catalana durante la guerra civil. También son notables, por su capacidad pedagógica y divulgativa, sus publicaciones sobre los salmos y sobre la Liturgia de las Horas. El P. Hilari fue miembro del equipo internacional del Istituto por le Scienze Religiose de Bologna, que, dirigido por el profesor Giuseppe Alberigo, publicó la Historia del Concilio Vaticano II. Últimamente había publicado algunos textos de reflexión bíblica y cristiana a cuatro manos con Oriol Junqueres. Su labor investigadora fue premiada, entre otros galardones, con la Cruz de Sant Jordi y con la Medalla de Oro de la Universidad de Barcelona.

Valga este resumen para ver como el P. Hilari, en su vida de monje, ha servido a Dios, a la Iglesia y a Cataluña. Una Iglesia y una Cataluña que quería libres de toda servidumbre injusta. Era un hombre de fuertes convicciones y muy recto, que sabía unir a un gran sentido del humor. Mantenía fuertemente sus posiciones y sabía defenderlas con pericia de abogado. Esto en algunos momentos de su vida le supuso encontrarse en situaciones difíciles. Sus profundas convicciones cristianas, en cambio, lo llevaban de una manera u otra a procurar superarlas desde la caridad fraterna.

Job decía que contemplaría a Dios. Y Jesús en el evangelio pedía que aquellos que el Padre le ha dado puedan estar con él, el Señor y Defensor, y así vean su gloria. Ahora, todos unidos -los monjes, los concelebrantes, su hermana Isabel, sus familiares y amigos– ofrecemos la Eucaristía para que el Señor, en su amor, lo purifique de las faltas que haya podido tener y le conceda contemplarlo en su gloria.

Así se cumplirá el deseo profundo del P. Hilari, tal como lo expresaba en 2014, cuando decía: «estoy a punto de cumplir ochenta y seis años y miro atrás, como lo hacía Juan XXIII cuando, en sus postrimerías contemplaba «la ‘umile arco della mia vita», [es decir] la parábola que describe mi vida, ya en la parte descendente cerca de su término. Veo una trayectoria muy diferente de la de Roncalli – Juan XXIII, pero como él contemplo cómo Dios me ha acompañado siempre con su providencia amorosa, y eso me hace esperar confiado el final y el más allá «(cf. D. Pagès , ¿Qué te ha enseñado la vida ?. 2019, p. 144)

Abadia de MontserratHomilia de la Misa Exequial por el P. Hilari Raguer (3 octubre de 2020)

Domingo de la XXVI semana de durante el año (27 de septiembre de 2020)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (27 de septiembre de 2020)

Ezequiel 18:25-28 / Filipenses 2:1-11 / Mateo 21:28-32

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

El conjunto de las lecturas bíblicas de este domingo nos ponen ante el tema de la responsabilidad moral que tenemos los cristianos. Por un lado, el cristianismo es el heredero de la gran tradición del mundo griego antiguo: la vida virtuosa, la honradez, la justicia, la grandeza de espíritu. Pero Jesucristo nos muestra que seguirlo va mucho más allá de este sustrato histórico, él mismo nos enseña que la fe sin obras es estéril y que las obras sin la fe son inútiles.

En realidad, la primera gran enseñanza cristiana sobre la moral es la radical libertad que tenemos como seres humanos. Somos hijos de Dios, creados a su propia imagen y semejanza; y por tanto, hemos sido hechos partícipes de la misma libertad de Dios. A menudo se habla mucho de la libertad pero no se comprende cuál es su sentido más profundo. La libertad no es la capacidad de hacer lo que queramos y cuando queramos, sino que es la radical capacidad de buscar la verdad y de hacer el bien. Dios no quiere que lo busquemos desde la esclavitud sino desde la libertad.

Pero esto conlleva una gran exigencia: tenemos el derecho y el deber de elegir, cada día, en cada actividad, en cada acción, en cada pensamiento: forma parte del don que Dios nos ha dado. Debemos ser conscientes de que lo que hacemos aquí y ahora tiene consecuencias eternas. Debemos ser valientes para asumir esta responsabilidad. De lo contrario caeríamos en la tentación del discurso que hizo el Gran Inquisidor en un célebre capítulo del libro Los hermanos Karamazov, de Fiodor Dostoyevski. Decía este Gran Inquisidor que Cristo nos había cargado con el peso insoportable de la libertad, por lo que la humanidad había sido incapaz de llevar esta carga y había optado, en su lugar, por la felicidad, una felicidad ficticia.

El evangelio de hoy nos presenta, pues, a dos hijos que hacen uso de su libertad. Cuando el padre les manda que vayan a trabajar en la viña, el primero dice que no pero finalmente va a la viña; en cambio, el segundo dice que sí pero en realidad no va. Sorprende, en primer lugar, que Cristo no ponga el ejemplo de un hijo perfecto, del hijo que dice que sí y lo hace. Quizá es que el cristiano perfecto no existe: todos y cada uno de nosotros somos pecadores, todos y cada uno de nosotros hemos sido marcados por el pecado original.

Al contrario, Cristo nos pone como ejemplo a seguir el del hijo que dice que no a su padre, pero finalmente va a trabajar en la viña. El camino a seguir es el del arrepentimiento y el de la conversión. El arrepentimiento y la conversión nos liberan y nos ayudan a actuar correctamente. La moral cristiana no es un camino de esclavitud sino un camino de liberación. Nuestro Dios no es un Dios vengativo que pasa lista de nuestros errores sino que es el Dios del amor, que perdona y se compadece de nosotros hasta setenta veces siete. Es el Dios que nunca manifiesta tanto su omnipotencia como cuando perdona y se compadece.

En cambio, el segundo hijo, es el que dice: «No va bien encaminada la manera de obrar del Señor». Es aquel que se encadena con los grilletes de la hipocresía y de la vanidad, que no son sino los fundamentos de la soberbia. El segundo hijo no sabe utilizar correctamente su libertad y vive en la esclavitud.

La fe cristiana nos pide, pues, una coherencia de vida en nuestro decir y nuestro hacer. Pero para que la moral no se convierta en un conjunto de normas estériles y

opresoras deben tener siempre a Cristo por referente. Aquel Cristo a quien Dios exaltó y le dio el nombre que está sobre todo nombre. Otro autor ruso, el filósofo Vladimir Soloviov, escribió a finales del siglo XIX un pequeño cuento titulado El Anticristo. Hablaba de un personaje que en medio de las calamidades del mundo se erigía como gran político y como gran servidor del pueblo, era un personaje brillante, sabio y moralmente irreprensible. Pero tenía un defecto: se puso él en el lugar de Cristo. La conclusión es fácil: «¿De qué sirve entonces ganar el mundo si perdemos el alma?» (Mateo 16, 26).

Estimados hermanos y hermanas, un poeta griego llamado Arquíloc escribió: «El zorro sabe muchas cosas; el erizo sólo sabe una pero es muy grande». Los cristianos somos como un erizo, puede que no sepamos muchas cosas pero sí sabemos una de muy grande: nuestra vida no es nada sin Cristo y, con Cristo, lo es todo.

 

 

Abadia de MontserratDomingo de la XXVI semana de durante el año (27 de septiembre de 2020)

Domingo de la XXV semana de durante el año (20 de septiembre de 2020)

Homilía del P. Manel Gasch, monje de Montserrat (20 de septiembre de 2020)

Isaías 55:6-9 / Filipenses 1:20c-24.27a / Mateo 20:1-16a

 

Algunos evangelios son, queridos hermanos y hermanas, difíciles de aceptar por la rareza de lo que cuentan de Dios. La discriminación positiva que el propietario, representando a Dios Padre, hace de los trabajadores que han trabajado menos y que cobran lo mismo, nos rompe demasiado los esquemas. Rompe uno de los principios de nuestra sociedad occidental fundamentada en el derecho romano que tenía como una de sus tres máximas la frase: Suum quique tribuere: es decir dar a cada uno lo que le toca. Entendemos así la justicia. ¿Quién acepta hoy trabajar igual y ganar menos? ¿Qué sindicato lo aceptaría o qué empresario se atrevería a hacerlo?

¿Qué significa esta generosidad de Dios independiente de nuestro esfuerzo? ¿Nos escaparemos de buscar todo el sentido?

¿Diremos que el mismo evangelio nos dice que estas ideas sirven para describir el Reino del Cielo, por lo tanto algo que se mueve en otro ambiente distinto al nuestro de cada día?

Diremos que Dios puede ser así de generoso porque conoce la verdad de cada persona, de cada situación pero que nosotros en la vida de cada día, tenemos que encontrar el equilibrio porque todo es muy ambiguo…, que ya lo decía el mismo Isaías, Como el cielo es más alto que la tierra,

mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes.

Diremos que la frase final: ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos?, es ingenua y quizás servía para los propietarios de antes del contrato social que hace que nos demos infinidad de leyes y reglas que precisamente no nos dejan hacer lo que queremos ni en nuestra casa?

Todas estas razones pueden ser instrumentos de supervivencia, pero me parece que Dios y la realidad del Reino tal como nos lo presenta el Evangelio, son para iluminar este mundo y no otro de paralelo y que podemos dar excusas y perdernos en justificaciones infinitas, pero no le vamos a sacar nada a la radicalidad del evangelio por mucho que nos cueste.

El evangelio de hoy nos presenta primero un Dios que llama a todo el mundo. Hasta los ociosos. Este julio cuando escuchaba hablar de cómo en los pueblos del Segrià de madrugada se contrata a los temporeros, mirando sus cualidades, pensaba en este Evangelio y me decía: Dios los querría a todos.

Pero además, nos presenta un Dios gratuito. No nos dice nada de méritos especiales, de necesidades extras de los trabajadores de última hora favorecidos con una paga igual que los de la primera. Me parece que lo hace así, para centrarse totalmente en Dios: para explicar una generosidad y una naturaleza de Dios que escapa a cualquier cálculo, a cualquier reciprocidad, a cualquier justicia humana…

¿Qué sentido tiene esto en nuestras vidas? A veces tengo la impresión de que nos cuesta mucho aceptar las ideas radicales del evangelio aplicadas a Dios y en cambio aceptamos utopías y heroicidades tanto o más grandes con mucha más facilidad… parece que nos creamos, de los hombres y de las mujeres, posibilidades que no nos creemos de Dios ni de nosotros mismos.

¿O, es que quizá no hay en nuestro mundo, muchos ejemplos de amor fuera de cálculos, dentro y fuera de la Iglesia?

La idea de un Reino de los cielos donde el mínimo es la justicia, para que el propietario en el evangelio de hoy no rompe ninguna palabra ni ningún pacto, y el máximo es la generosidad fuera de toda medida, es una utopía, la utopía de Dios. Para los cristianos, la más grande que existe. Todas las utopías, como las estrellas, son inalcanzables pero sirven para iluminar, guiar e inspirar nuestra vida y por lo tanto, la generosidad de Dios también debe servir para eso. Para inspirar nuestra acción un poco más allá de los cálculos, para no contar siempre lo que nos han hecho y lo que devolveremos nosotros… una tendencia muy humana y muy poco evangélica.

Pero la radicalidad del Evangelio, la radicalidad del amor practicado con la misma medida de Dios no es un idealismo que nos ha de angustiar porque siempre tenemos delante su imposibilidad. No es un idealismo paralizador, un idealismo inalcanzable. En su sabiduría infinita, Dios sabe de qué somos capaces y no piensa en superhombres o supermujeres. Sabe que sus caminos no son nuestros, pero nos invita siempre a la conversión, con una paciencia infinita, rico en perdón. Nada de parálisis: estímulo a amar en toda situación, en el horizonte del cumplimiento final del amor en la vida eterna.

Las situaciones difíciles han sido siempre personalmente y colectivamente momentos de cambio, de gracia, de crecimiento si las hemos vivido con el espíritu de la conversión y de vuelta a un mundo justo, y más que justo. Ojalá la pandemia y todas sus consecuencias que nos traiga, con su sufrimiento real e innegable para tanta gente en esta conversión.

Dar, amar, perdonar son las muestras más grandes de la generosidad y de la libertad de Dios. Que la eucaristía de hoy sea una llamada a de Dios a ser libres y estimar con una libertad y un amor igual a los suyos.

 

Abadia de MontserratDomingo de la XXV semana de durante el año (20 de septiembre de 2020)

Solemnidad de la Natividad de la Virgen (8 septiembre 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (8 septiembre 2020)

Miqueas 5:1-4a / Romanos 8:28-30 / Mateo 1:1-16.18-23

 

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza, decía el salmista. Era, hermanas y hermanos, un salmo responsorial muy corto, pero de una gran profundidad y de un contenido que abarca muchos siglos de historia. El salmista manifiesta su confianza en el amor de Dios, y esa confianza se transforma en alegría por la salvación que le es prometida y, también, en alabanza a Dios por sus beneficios.

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza. Era la confianza que alimentaba la esperanza del resto fiel del pueblo del Antiguo Testamento y le infundía alegría por la salvación que el Señor enviaría. Se sabía depositaria de las promesas mesiánicas que esperaba. Detrás de cada nombre que hemos escuchado de la genealogía, hay una historia que parte de Abraham, y en medio de luces y de sombras, quizás más de sombras que de luces-, llega hasta Jesús, nacido de María. Es una historia tejida de fidelidades, de debilidades y de pecados, pero sobre todo de fidelidad por parte de Dios a sus promesas. Durante siglos, no se veía el cumplimiento. Pero los hombres y mujeres de fe tenían plena confianza en que Dios no les dejaría confundidos. Esperaban que llegaría el día en el que se cumplirían aquellas palabras del profeta: consolad a mi pueblo … decidle que se ha acabado su servidumbre, que ha sido perdonada su culpa (Is 40, 1-2). Esperaban que se harían realidad lo que Dios había dicho a David: pondré en tu sitio uno de tu linaje […]; tu casa y tu realeza se perpetuarán […]; tu trono permanecerá por siempre (2Sa 7, 12-16). Lo esperaban incluso cuando, debido a la deportación a Babilonia (que era el periodo que comprendía el último tramo de la genealogía que hemos escuchado), la dinastía de David parecía extinguida para siempre y humanamente no había ninguna esperanza de que fuera restablecida. El resto fiel del pueblo, sin embargo, continuaba confiando y creyendo en la palabra divina y esperaba que llegara el momento en el que se cumpliría la profecía que decía: la virgen tendrá un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel (Is 7, 14).

En medio de la larga noche de siglos que desde Abraham hasta José, el carpintero de Nazaret, hubo hombres y mujeres fieles que vivían con esperanza, hasta que llegó el momento de gracia esperado y nació Santa María, la que sería esposa de José y de la cual nació Jesús, llamado Cristo, como decía el final de la genealogía. Ella es la madre de la que hablaba, también, la profecía de Miqueas que hemos escuchado en la primera lectura. En ella se hace realidad, como hemos escuchado en el evangelio, lo de que la virgen tendrá un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros. En María, pues, comienzan a cumplirse las promesas. Las hechas a Abraham sobre la descendencia que tendría y que sería bendición para todos (cf. Gn 12, 1-3.7). Y las hechas a David diciendo que su trono perduraría para siempre (cf. Sal 131, 11-12). Ambas se cumplen plenamente en Jesucristo hijo de María.

Por eso la Iglesia, extendida de oriente a occidente, celebra con tanto gozo la solemnidad de hoy. El nacimiento de Santa María anuncia el de Jesús. Ella, pequeño niño en pañales, es como la aurora que precede la venida del sol, de aquel Sol, Jesucristo, venido del cielo para iluminar, curar y salvar a todos. (Lc 1, 78).

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza. Estas palabras expresan, también, la vivencia espiritual de María a lo largo de su vida. Como vemos en el Magníficat y cantábamos en el salmo, ella aclamó al Señor, llena de gozo (Is 61, 10); su corazón se alegraba porque se veía salvada al considerar las maravillas que Dios obraba en ella y a través de ella a favor de todo el pueblo creyente, a favor de toda la humanidad (cf. Lc 1, 47-55). La mayor de las cuales era la encarnación del Hijo de Dios en sus entrañas para ser el salvador del mundo. No todo fueron momentos de luz en la vida de la Virgen María; hubo situaciones de dolor y de oscuridad en los que una espada le traspasaba el alma (Lc 2, 35), pero como el resto fiel de Israel y de una manera aún mayor, ella seguía creyendo, continuaba esperando, continuaba fiándose de las promesas de Dios, continuaba amando y sirviendo. Así se daba generosamente al Dios que la había escogido y la quería tiernamente, y se entregaba a los otros a imitación de Dios que se daba y se da a la humanidad. María nos enseña a ver la historia humana, también la nuestra, toda traspasada por el amor de Dios, de generación en generación y nos hace entender la fidelidad de Dios a la promesa hecha a Abraham y a su descendencia para siempre (cf. Lc 1, 50.55).

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza. Los cristianos sabemos cómo la humanidad entera es amada por Dios porque Jesucristo, el Hijo de María, nos lo ha mostrado. Y por eso aclamamos al Señor llenos de gozo. Sabemos, también, que el período de la historia que nos toca vivir es continuación de la historia de salvación que ya atravesaba invisiblemente las generaciones de las que nos ha hablado del evangelio de la genealogía. Las promesas hechas a los patriarcas y a David se cumplen en Cristo y en la Iglesia, que es el gran pueblo en que Dios había dicho que se convertiría la descendencia de Abraham y que sería portador de bendición para toda la humanidad (cf. Gn 12, 2). Vivimos en continuidad con la historia de la primera alianza, sin embargo, con una particularidad muy grande: Jesucristo, el resucitado, hace camino a nuestro lado, es cada día el Emmanuel, el Dios con nosotros (Mt 28, 20). Esto nos debe infundir confianza en todas las circunstancias de nuestra vida y nos ha de acompañar siempre. Dios continúa con su proyecto a favor de la humanidad, de una manera imperceptible pero eficaz, siempre según su plan de amor. Con todo, para llevarlo a cabo, este proyecto cuenta con la colaboración de todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Por ello, nos toca aportar esperanza y compromiso en la tarea de construir cada día la sociedad. Vivimos tiempos difíciles debido a la pandemia y de sus consecuencias negativas a nivel de salud, sanitario, social y económico. Situaciones difíciles también debido a otros problemas a nivel mundial, estatal y a nivel de Cataluña. Y no debemos olvidar que en el mundo sigue el drama de los refugiados, de la violencia, los odios, del hambre.

Como cristianos nos toca ser «hospital de campaña», según la expresión tan significativa del Francisco. Es decir, debemos acoger, de apoyar, de ayudar a curar heridas, de ser solidarios a nivel social y económico. Y nos toca ser constructores de puentes, para superar enfrentamientos e incomprensiones y favorecer un diálogo respetuoso de la manera de pensar de cada uno, que sea constructivo para favorecer el bien común en los grandes retos que tenemos planteados. Estamos en vísperas del 11 de Septiembre, Diada Nacional de Cataluña, y debemos orar y trabajar para que se encuentre una salida justa a la situación actual de nuestro País. Ayudaría el poder revisar la situación de los políticos y líderes sociales que están en la cárcel o en el extranjero.

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza. La Eucaristía nos renueva el amor que Dios nos tiene y nos infunde confianza para seguir trabajando en bien de los demás construyendo el Reino de Jesucristo, como lo hizo la Virgen. Los cristianos sabemos que las dificultades y los sufrimientos actuales son dolores de parto para el alumbramiento del mundo nuevo en el reinado de Jesucristo (cf. Rm 8, 18-23). Con Maria aclamemos al Señor llenos de gozo y agradezcamos sus favores.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la Natividad de la Virgen (8 septiembre 2020)

Domingo de la XXIII semana de durante el año (6 de septiembre de 2020)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (6 de septiembre de 2020)

Ezequiel 33:7-9 / Romanos 13:8-10 / Mateo 18:15-20

 

Queridos hermanos y hermanas,

¿Habéis pensado alguna vez en el bien inmenso que representa para nosotros el hecho de que la Iglesia esté formada también por pecadores, o mejor aún: que la formamos personas en las que el bien coexiste con el mal, el pecado con la gracia, la generosidad con el egoísmo, la limpieza con la suciedad? ¿No os daría miedo una Iglesia que en la tierra pretendiera ser no la comunidad de los creyentes sino la peña de los creídos, el rincón de los buenos, de los puros, donde no habría ni que perdonar ni recibir el perdón, donde Dios debería entrar de puntillas cuando quisiera demostrar que ama infinitamente? Pero no: Por suerte, la Iglesia no es ni el redil de los perfectos ni un coro de ángeles adormecidos. Es una familia, en la que hoy caigo yo y tú mañana, donde hoy yo te apoyo y tú pasado mañana me tendrás que dar la mano, donde gracias a Dios las caídas no son irreparables ni los hundimientos catastróficos. La grandeza de la Iglesia, el fundamento de la alegría de los que formamos parte de ella radica en la misericordia incorregible de Dios, para el que siempre hay algo que hacer -y mucho- en bien de los que ama.

No todo acaba aquí. Supongamos que la Iglesia fuera un espacio de perdón y de concordia, donde, sin embargo, para no restar ociosos, cada uno de nosotros debería observar si la bondad de Dios se derrama primero antes al vecino que a mí, o al revés; en este caso, como mucho, podríamos comunicarnos las vivencias de pecado y de perdón, pero siempre, ante la infinidad de Dios, quedaríamos en la incertidumbre de saber si ya hemos hecho toda la experiencia de la bondad de Dios o si aún tenemos que superar una etapa más. Evidentemente, en este mundo nunca podremos captar toda la riqueza del amor de Dios; pero basta haberla notado una sola vez para adivinar cuál puede ser el destino que nos tiene preparado. ¿Nos atrae este destino?

Volvamos a nuestro mundo y escuchemos otra vez las palabras de Jesús: «todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo». Es decir: en familia, todos los problemas los arreglamos en casa, y no debemos esperar que nos los solucione el vecino, ni tampoco debemos anhelar que nos venga de Dios lo que precisamente quiere que resolvamos entre nosotros. Tan extraño resulta ello a la miopía humana que el día que Jesús perdonó los pecados al paralítico la gente se maravillaba del poder que Dios había dado a los hombres. Pero entonces se trataba de la primera vez; la humanidad no conocía la enseñanza de Jesús sobre el perdón.

Si los cristianos no tenemos o no queremos tener entre nosotros los medios para hacer presente la bondad del Señor para con los hombres -en esto consiste la experiencia de ser perdonado por Dios-, ya no sé francamente donde debemos buscarlos. Si Cristo no ha resucitado nos recuerda san Pablo-, somos los más desgraciados de todos los hombres. Si la resurrección suya no tiene efectos visibles en nuestras relaciones de hermano a hermano, ya no es necesario que recemos el Padrenuestro. Si no hacemos de la Iglesia un lugar de reencuentro entre nosotros y todos los hombres, entre nosotros y Dios, la historia de la salvación se habría podido detenerse en la torre de Babel.

Y, desgraciadamente, a veces parece que sea así. Preferimos caminar agachados antes que con la cabeza erguida, escogemos la jaula en vez del campo abierto, y cuando resuena la palabra liberadora de Cristo, buscamos chivos expiatorios a quien cargar nuestras excusas para que se las lleve lejos y bien lejos. Si Jesús nos dice «Todo lo que atéis en la tierra…», le respondemos que estas palabras ya hay alguien que las tiene demasiado aprendidas. Si el Señor nos insinúa «Cuando tu hermano peque, ve a buscarlo…», le replicamos con lo de Caín «Es que soy el guardián de mi hermano?». Si Jesús nos sugiere al oído que hablemos a la comunidad reunida, le demostramos que de comunidades vivas no hay. Y lanzamos la criatura junto con el agua sucia, o, como decía Jesús mismo, dejamos colar el mosquito y nos tragamos el camello.

¿Nuestra insatisfacción no proviene muchas veces de no haber entrado en la pedagogía del perdón cristiano? Si tenemos de camino a correr! Necesitamos acabar con la visión que divide los

hombres en buenos y malos y olvida que en toda persona hay una parte de bien y una parte de mal. Necesitamos estimar tanto a los hermanos que seamos capaces de practicar la exigencia evangélica de la corrección fraterna. Necesitamos sentir en la propia carne nuestra miseria y la de los demás para que seamos capaces de implorar el perdón de Dios. Necesitamos experimentar este perdón para aprender, a través del único camino posible, que Dios es amor. Necesitamos saber perdonar a los que nos han ofendido para poder recibir el perdón que Dios nos ofrece. Necesitamos tener presente que cuando Dios perdona no sólo borra el pecado sino que derrama a manos llenas su bondad sin límites. Necesitamos saber recomenzar cada día nuestra vida -en esto consiste la conversión- para no caer en la desesperación ni en el sopor. Necesitamos… Necesitamos tantas cosas que sólo en la Eucaristía encontramos la fuerza para obtenerlas.

Abadia de MontserratDomingo de la XXIII semana de durante el año (6 de septiembre de 2020)

Domingo de la XXII semana de durante el año (30 agosto 2020)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (30 de agosto de 2020)

Jeremías 20:7-9 / Romanos 12:1-2 / Mateo 16:21-27

 

Estimados hermanos. En el Evangelio que acabamos de escuchar destaca la figura del Apóstol San Pedro. Pero, mientras que el domingo pasado lo admirábamos por su fe sincera en Jesús, a quien proclamó Mesías e Hijo de Dios, en el episodio de hoy muestra una fe aún inmadura y demasiado vinculada a la mentalidad de » este mundo», como decía san Pablo.

Cuando empezó Jesús a explicar a sus discípulos el plan del Padre sobre su propia vida, que tenía que padecer mucho y que debía ser ejecutado, Pedro se rebela y se pone a increpar a Jesús; se escandaliza de la forma en que Dios actúa, y se pone a decir que esto no puede pasar. Una rebeldía, o alejamiento de Dios que a veces experimentamos nosotros cuando la cruz se presenta en nuestra vida. Pero fijémonos en la respuesta de Jesús a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás». La expresión es tremendamente dura, ya que Jesús llama Pedro «Satanás». Y ¿por qué? Porque tú piensas como los hombres, no como Dios.

San Pablo, que piensa como Dios, en la segunda lectura, nos exhorta a unirnos a Dios con estas palabras: «Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios». Hace referencia a la idea de un sacrificio, es decir, separar para darle a Dios lo mejor de nosotros mismos y separarlo de este mundo. No quiere decir evadirnos del mundo en que vivimos sino, en palabras de la segunda lectura, «no os amoldéis a este mundo», de tal manera que sus máximas, sus costumbres, sus ideales, sus ídolos, sean nuestros, lo que nos llevaría a separarnos de Dios.

Nosotros queremos pensar como Dios. Muchas veces procuramos seguir a Cristo, ser mejores católicos, pero a la menor contradicción, cuando nos cuesta la virtud, o tropezamos con alguna tribulación, entonces interpelamos a Dios con un rotundo ¿Por qué a mí? O pensamos: Dios me ha abandonado, como exigiendo que -dada nuestra buena intención de serle fieles- el Señor nos ha de llevar volando sobre todas estas cruces y dificultades. Al mirar las cosas así -con ojos meramente humanos- perdemos el fruto que Dios tenía preparado a través de esta prueba, de esta lucha. Renunciar a uno mismo no es una actitud meramente negativa y pesimista. Es el fruto de una elección, brota de un querer. Y de un querer lo que es más amable de todo: Jesucristo, él que ha dicho. «Si alguien quiere venir conmigo, que se niegue a sí mismo». Justamente cuando el discípulo dice si a Cristo, está diciendo no a todo lo que le puede alejar del Cristo. Aquí late un amor de preferencia: porque quiero a Cristo puedo dejar de lado la mentalidad del mundo presente.

En la actualidad, en el que parecen dominar las fuerzas que dividen y destruyen, Cristo no deja de proponer a todos su clara invitación: quien quiera ser mi discípulo, que renuncie a su egoísmo. Es decir, hay que evitar que por mirarte a ti mismo no sepas ver el amor de Dios. Invoquemos la ayuda de la Virgen, la primera que siguió a Jesús por el camino de la cruz, hasta el final. Que ella nos ayude a seguir con decisión al Señor, que es el verdadero alimento para la vida eterna.

Abadia de MontserratDomingo de la XXII semana de durante el año (30 agosto 2020)

Domingo de la XXI semana de durante el año (23 agosto 2020)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (23 de agosto de 2020)

Isaías 22:19-23 / Romanos 11:33-36 / Mateo 16:13-20

 

Estimados hermanos y hermanas,

En la primera lectura que hoy hemos oído del profeta Isaías nos muestra la llamada de Eliacín hijo de Elquías, como nuevo mayordomo del Palacio de David, en Jerusalén. Él recibirá sobre sus hombros las insignias de su poder: la gran llave y los vestidos sagrados. Cuando él haya abierto, nadie cerrará, y cuando haya cerrado, nadie podrá abrir.

En el Evangelio de hoy encontramos a Jesús en un desplazamiento por el norte de Israel en los confines del actual Líbano. En la ciudad de Cesarea de Filipo, región montañosa y verde, poco habitada por judíos y de mayoría pagana, a los pies de la gran monte Hermón y en uno de los afluentes del río Jordán. En este lugar apacible y tranquilo, Jesús, serio, como si explorara la fe de sus seguidores y de los Apóstoles, hace la triple pregunta de interpelación: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» ¿Quién dicen que es? Las respuestas son muy diferentes, pero todas de grandes personajes de Israel: «Juan Bautista, Elías, Jeremías». La tercera pregunta es la más primordial, es la definitiva: «Y vosotros, los doce, ¿quién decís que soy yo?». Entonces, Simón Pedro le contestó con firmeza su profesión de Fe, en nombre de todos los Apóstoles y también en nombre todos los cristianos de ayer, hoy, y siempre: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Jesús le responde con su gran elogio a Pedro, comunicándole la primera realidad: «¡ Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está los cielos. Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Cabe destacar las palabras: «Yo y Mi». Es Jesucristo personalmente quien, sobre el débil hombro de «Pedro-piedra-roca firme», construye el fundamento del nuevo edificio de su propia Iglesia. No sobre la base del viejo Templo de Jerusalén. Jesús es la clave de bóveda que sostiene firme toda la Iglesia y nosotros los Cristianos somos las piedras vivas y bien cortadas que formamos las paredes de la Iglesia, que es hoy, que es ahora, y será siempre en la Tierra. No podemos nunca claudicar por pequeños terremotos, porque el cemento que une nuestras piedras es el Espíritu Santo que vive y está presente en todos nosotros.

La segunda realidad es más contundente: «Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». No es la llave terrenal, del templo de Jerusalén en los hombros del joven sirviente Eliacín. ¡Es, ni más ni menos, la Llave del Cielo y la Tierra!

La entrega de las llaves es siempre un ritual, un pacto, un trato estipulado entre dos personas. Unas llaves pueden servir también para significar la delegación de un poder de cara a una misión especial: Dar las llaves de casa a unos amigos, la llave de un nuevo hogar familiar o dar la llave de oro de una ciudad.

Todos hemos sufrido el infortunio de perder las Llaves de casa o del coche, con su inquietud y ansiedad por reencontrarlas. Y siempre es una gran tranquilidad y alegría recordar el lugar donde estaban o la persona que nos abre la puerta. Pero, ¡atención! No perdamos las llaves espirituales, aquellas que abren el corazón de las personas y las hacen más Humanas, más Cristianas, más Espirituales y abren las puertas del Cielo.

El poder de las llaves, hoy, nos es una expresión normal y cotidiana. Vivimos totalmente sumergidos con mil llaves, contraseñas, códigos y números de acceso, que abren y cierran relaciones personales, puertas de propiedad, dinero o información. Pero sólo hay una llave de paso, un pivote, una llave maestra, que es Jesucristo y su única cláusula que nos pone en nuestro contrato estipulado es ésta: «Reconocerlo como Mesías, el Hijo del Dios Vivo». Y como dice San Pablo, en la segunda lectura de hoy: «de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén».

 

Abadia de MontserratDomingo de la XXI semana de durante el año (23 agosto 2020)

Domingo de la XX semana de durante el año (16 agosto 2020)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (16 de agosto de 2020)

Isaías 56:,1.6-7 / Romanos 11:13-15.29-32 / Mateo 15:21-28

 

Los problemas de convivencia en las comunidades cristianas no son de hoy. Empezaron muy pronto después de la Resurrección. El problema fundamental estaba entre la fidelidad a las exigencias de la Ley de Moisés o bien la independencia de estas exigencias. El Evangelio de Mateo se hace hoy eco de ello. ¿Podía un pagano acogerse a la misericordia de Jesús? El resultado de la escena apuntaba ya a las posibles discordias que habría en la comunidad para la que escribía el Evangelio, donde los cristianos procedentes del judaísmo se creían superiores a los provenientes del paganismo. Y quizás algunos paganos también lo creían. De estos problemas están llenos los escritos inspirados. San Pablo fue uno de los más afectados. Jesús lo había elegido para ser testigo del Evangelio a las naciones. Pero tuvo que personarse «en Jerusalén para hablar con los líderes de la comunidad que le reconocieron su misión entre los incircuncisos, no judíos, y a Pedro la de los circuncisos, los judíos». Y antes Isaías lo predijo: «Todos los pueblos llamarán a mi templo casa de oración».

El Evangelio nos da la respuesta a la pregunta de si ‘las ovejas descarriadas’ de Israel eran las únicas en recibir la acción salvadora de Jesús. La mujer cananea que pedía la curación de su hija endemoniada es la clave de la respuesta. Pero Jesús, ya antes, había aceptado hacer el favor de salvar el criado muy enfermo de un centurión pagano, y de quien dijo que «no había encontrado tanta fe en Israel». Y ahora, también, después de haberse negado primero a escuchar la mujer y de decirle que «no está bien tomar el pan de los hijos para echarlo a los cachorros», la mujer, arrodillada, le acepta el reto y responde: «Es verdad, Señor, pero también los cachorros comen las migajas que caen de la mesa de los amos». A Jesús se le debieron conmover las entrañas, como en otras ocasiones, porque dijo: «Mujer, qué grande es tu fe. Que se cumpla lo que deseas». Y, la oración sincera y confiada, hizo el milagro. Ya que también entre los paganos puede haber fe.

Esto también se repetiría en la predicación apostólica. Los Hechos de los Apóstoles 2 lo repiten varias veces. San Pedro fue testigo de cómo el Espíritu Santo bajó sobre el centurión y los de la casa, que la había hecho llamar para que bajara a su casa a pesar de ser él un pagano; pero, mientras Pedro les hablaba de Jesús, el Espíritu Santo se adelantó a manifestar su benevolencia descendiendo sobre todos los presentes. ¿Quién podía resistir a bautizarlos? Y San Pablo que, ante todo, se dirigía a las sinagogas para anunciar el Evangelio, se vio rechazado por los judíos y tuvo que dirigirse a los paganos con mucho éxito. Y el Evangelio de Mateo termina con estas palabras de Jesús resucitado: «Id a todos los pueblos y haced discípulos míos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado «.

El Espíritu de Jesús, pues, es quien guía a la Iglesia y le señala el camino que debe seguir. También hoy trabaja en la comunidad de los creyentes para abrir nuevas vías de evangelización. Los cristianos no debemos tener miedo de las novedades que nos encontraremos con la gente de tantas religiones y razas que conviven en nuestra sociedad. Es necesario que sepamos tener una fe firme, abierta y acogedora para todos aquellos que nos pidan razón de nuestra esperanza. Pero es necesario que, como una levadura, seamos testigos con nuestra vida para que se sientan atraídos. Y también podamos conducir hacia la fe en Cristo a mucha gente, como los cristianos de los primeros siglos, de los que decían: «Mirad cómo se aman».

Abadia de MontserratDomingo de la XX semana de durante el año (16 agosto 2020)

Solemnidad de la Asunción de la Virgen (15 agosto 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (15 agosto 2020)

Apocalipsis 11:19;12:1-6.10 / 1 Corintios 15:20-26 / Lucas 1:39-5

 

La Iglesia hoy se llena de alegría porque Santa María ha entrado toda radiante en la gloria del Señor. Ha entrado, hermanos y hermanas, no en virtud de su impulso sino llevada por un don de Dios. La iconografía de esta solemnidad se puede resumir en dos grandes tradiciones. La que proviene del oriente cristiano y que representa a Jesucristo que viene a buscar a su Madre. Y la más propia de occidente, que muestra un grupo de ángeles portando a la Virgen al cielo. En ambos casos, María es llevada al cielo. Esta basílica tiene las dos representaciones. La primera, orientalizante, sobre el tímpano de una de las puertas laterales de ingreso. Y la segunda, en un cuadro del ábside de este presbiterio. Ambas significan que María ha sido asunta, asumida, en el cielo. Hay, además, una tercera manera de representar la glorificación de la Virgen que celebra la solemnidad de hoy; no tanto el hecho de la asunción al cielo, como la participación en la gloria pascual de Jesucristo. Es la coronación de Santa María. También es representada en esta basílica, en el gran rosetón de la fachada y en el mosaico del ábside del camarín. Así mismo, san Juan Pablo II, en su peregrinación a Montserrat en 1982, nos invitaba a ver la solemnidad de hoy representada en la Santa Imagen de nuestra Moreneta. El Papa hablando de que no tenemos una estancia permanente en la tierra, mortales como somos, y de cómo debemos aspirar a la estancia de la vida futura, decía: «a ello nos invita la actitud de la Señora, que es Madre y, por tanto, Maestra. Sentada en su trono de gloria y en actitud hierática, tal como corresponde a la Reina de cielos y tierra, con el Dios Niño en su regazo, la Virgen Morena descubre ante nuestros ojos la visión exacta «de la gloria de la Virgen María como Reina y Señora, madre y abogada nuestra (cf. Doc. de Esgl. 17 (1982) 1284).

Hoy alabamos a Dios porque María ha sido asunta al cielo y, al contemplar la gloria que le ha sido dada, la proclamamos bienaventurada. Pero, el evangelio que acabamos de escuchar nos presentaba a María, no en la gloria, sino bien arraigada en la tierra, visitando a su prima Isabel que, a pesar de ser ya mayor, espera un hijo, el futuro Juan Bautista. María, que lleva en su seno el Hijo de Dios hecho hombre, la va a ayudar en los últimos meses de su embarazo y en el parto. La liturgia, que hoy contempla la gloria más excelsa de Santa María, nos indica el camino que la ha llevado a esta gloria porque también nosotros lo recorremos. Tal como decía Juan Pablo II, citando a san Pablo, en la homilía aquí en Montserrat que acabo de mencionar, no tenemos en este mundo una estancia permanente, nuestro cuerpo se deshará, pero tenemos el cielo otra casa eterna que es obra de Dios (cf. 2C 5, 1-2) . Aunque la perspectiva de la muerte nos pueda entristecer, la asunción de María nos da consuelo y esperanza porque nosotros también estamos llamados a participar de la gloria pascual de Jesucristo. El evangelio de hoy, además de alabar la fe, la maternidad divina y la solicitud servicial de María, nos indica cuál es el camino para llegar a la vida para siempre, donde ella ya ha llegado.

Fundamentalmente, este camino está formado por tres elementos: la fe en Dios, la acogida del otro, el servicio generoso y abnegado.

La fe que lleva a creer en el Dios que actúa en la historia, más allá de lo que nos puede parecer razonable. Y por eso pide que nos fiemos de él, como hizo María al serle anunciada la encarnación del Hijo de Dios en su seno. La fe nos hace descubrir cómo Dios ama entrañablemente y que su amor es nuevo cada día, tal como nos ha demostrado en Jesucristo. La fe se nutre de la oración y se ilumina por la Palabra de Dios acogida al fondo del corazón. Pero, no queda reducía a la relación personal con Dios sino que nos responsabiliza y nos hace descubrir la propia misión al servicio de los demás.

El segundo elemento a vivir según el evangelio de hoy es la acogida del otro con alegría. Como María e Isabel se acogieron en la narración evangélica que hemos escuchado. Es una acogida cuyo centro es Cristo. Y por eso pide que sea una acogida empapada de amor. La persona que acogemos, sea quien sea, siempre es imagen de Cristo. Por ello, tal como nos enseña (cf. Mt 25, 40.45), todo lo que hacemos a los demás, se lo hacemos a él y todo lo que dejamos de hacer a los demás se lo dejamos de hacer en él.

Este es el tercer elemento a vivir para seguir el camino de María: traducir la acogida en servicio a los demás saliendo de nosotros mismos, como ella hizo en la Visitación. Esto nos hace evitar lo que el Francisco llama «autorreferencialidad» y que consiste en no salir del propio pequeño mundo o del círculo de amigos. El Evangelio nos pide estar abiertos a amar y ayudar todos.

Viviendo, pues, la fe nutrida por la oración y meditando y guardando en el corazón la Palabra evangélica referente a Jesús (cf. Lc 2, 19:51); estimando a los demás y poniéndonos a su servicio, particularmente de quienes más lo necesitan, que es lo que hizo Santa María, podremos seguirla a la gloria de la que ya goza y que a nosotros nos llena de alegría.

También el obispo Pedro Casaldáliga, que nos ha dejado hace pocos días, procuró seguir este camino viviendo a fondo en la oración y en el compromiso a favor de los pobres, indígenas y campesinos, gente a la que los latifundistas habían tomado las tierras. En esta solemnidad de la Asunción de la Virgen, a quien él tanto estimó, y en el contexto social actual, es bueno recordar y hacer nuestros dos de las oraciones de su Visita Espiritual a la Virgen de Montserrat : «Madre afortunada que ha creído dócilmente en la Palabra […], Santuario de la Nueva Alianza […], Sinaí nuestro de Montserrat: […] salvad la unidad de Cataluña por encima de los partidismos, hermanando en una gran familia a los catalanes de raíz y a los otros catalanes, y haga de nuestro Pueblo, acostumbrado a la Mar abierta, una comunidad de diálogo y de colaboración, España adentro, Europa allá y en orden a todas las tierras hasta los Pueblos despreciados del Tercer Mundo. […] Estrella del alba de la Pascua florida, primera testigo de la Resurrección, estrella de Montserrat que alumbra nuestras noches: fortalece en nosotros aquella Esperanza que ni en las desventuras de la Patria, ni en las infidelidades del Iglesia, nunca se desanima y nunca se escandaliza; que sabe forjar la venida de los Tiempos Nuevos aquí en la tierra y rebasa, con tu Hijo resucitado, oscuras de la Muerte, hacia la vida plena”.

Amén

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la Asunción de la Virgen (15 agosto 2020)

XX Aniversario de la Bendición Abacial (13 agosto 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (13 agosto 2020)

Ezequiel 12:1-12 / Mateo 18:21-19:1

 

Os propongo, queridos hermanos y hermanas, de fijar brevemente nuestra atención primero en la lectura del profeta Ezequiel que hemos escuchado y luego en el evangelio que nos ha proclamado el diácono.

La primera lectura era muy sorprendente. Hemos escuchado una acción simbólica y profética que Dios pedía que hiciera Ezequiel. A la vista de todo el pueblo y en pleno día, el profeta tenía que hacer un fardo con las pertenencias necesarias para irse de viaje y sacarlo por un agujero que tenía que hacer en el muro de su casa. Era un comportamiento extraño que por fuerza había de suscitar, por parte de los vecinos y de los viandantes, la curiosidad y la pregunta sobre porqué lo hacía. Además, después, de noche, a oscuras, tenía que irse con el fardo al hombro como si fuera un deportado, con la cara tapada debido a la tristeza. Triste por dejar la casa y la patria y por tener que ser conducido a una tierra extranjera, fuera del país que Dios había dado a su pueblo, con las penurias que ello comportaba.

Dios quería que con esta forma de hacer llamara la atención de la gente y se preguntara el motivo de todo esto. De este modo quería provocar la conversión del pueblo, que era ciego y sordo a su Palabra, que era rebelde hacia el Señor que lo quería entrañablemente. Tal como decía el salmo responsorial, no guardaban la alianza, habían dejado a Dios de lado (cf. Sal 77, 56). Pero, a pesar de todo, Dios en su amor quería que el gesto de Ezequiel hiciera reflexionar a la gente, le hiciera abrir los ojos a la realidad y los oídos a la palabra. Y de esta manera cambiar de actitud, de vida, para corresponder al camino de plenitud y de felicidad que Dios le proponía y el pueblo no quería seguir. Ciertamente, la gente preguntó al profeta Ezequiel para saber el significado de lo que hacía pero sin intención de cambiar de vida. El aviso de Dios a través del gesto del profeta, pues, no fue escuchado. Y aquella acción dramatizada se convirtió en un anuncio de la deportación a Babilonia que un tiempo después debería sufrir todo el pueblo de Israel con su rey delante. Y, también, en un anuncio de la destrucción de Jerusalén, la ciudad Santa.

Ezequiel es un signo, también, para nosotros, de cómo Dios interviene en la historia humana. De entrada, podemos sacar una primera constatación: Dios ama, quiere el bien de las personas y sale al paso una y otra vez para que dejemos el camino del mal y avancemos por el camino de la felicidad. Siempre con voluntad liberadora, salvadora.

Y podemos sacar, también, una segunda constatación: debemos estar atentos a los signos que nos ofrecen los tiempos que vivimos para ver qué palabra nos dicen de parte de Dios. Desde hace meses una pandemia hace estragos en todo el mundo. Y cabe preguntarse qué mensajes de fondo nos trae. Por un lado, nos hace ver la fragilidad de la existencia humana y nuestra condición mortal; un virus microscópico provoca enfermedades, muerte, dolor y trastoca todas las expectativas económicas y sociales. Y, por otro lado, nos hace preguntarnos sobre el sentido de la vida y de la muerte, sobre si los anhelos de plenitud, de felicidad, de justicia, de inmortalidad que hay en nuestro corazón son una quimera. La pandemia nos invita, también, a levantar la mirada hacia Jesucristo, muerto y resucitado, médico de nuestras heridas, sanador de nuestros miedos y de nuestras angustias. Jesucristo nos llama a confiar en su palabra portadora de esperanza y nos promete la vida para siempre una vez traspasado el umbral de la muerte. Y, por tanto, nos invita a escucharlo para aprender cómo debemos vivir para poder estar eternamente con él. La pandemia nos ha mostrado, además, otro aspecto que está muy en sintonía con las palabras de Jesús: la solidaridad de muchas personas dispuestas a sacrificarse, incluso en algunos casos poniendo en peligro su vida, para ayudar a los otros. Esto nos invita a tener una actitud generosa de amor y de servicio según nuestras posibilidades con los demás, ahora que todavía hay infectados por el virus, personas que viven el duelo y ya empiezan a sentirse efectos económicos y sociales de la crisis que la pandemia provoca. Jesús se identifica con los que pasan un tipo u otra de necesidad. Todo esto que he dicho es un inicio de reflexión que deberíamos continuar haciendo desde nuestra situación concreta si queremos estar atentos a los signos de nuestro tiempo y acoger la palabra de Dios que nos transmiten.

La referencia que haré al evangelio será breve. Hemos escuchado como Jesús llamaba apremiante al perdón. Y lo hacía de una manera muy comprensible con la parábola del siervo sin compasión a pesar de haber recibido un perdón inmensamente generoso de su señor. Con esto Jesús nos enseña que Dios nos perdona cualquiera que sea la medida de nuestra deuda, siempre que le pidamos perdón y que nosotros estemos dispuestos a perdonar a los demás sin límites, porque nunca llegaremos a la medida que Dios emplea con nosotros, que es mucho más que setenta veces siete.

Antes de la comunión, cantaremos todos juntos el Padre Nuestro; hermanados en la fe invocaremos a una sola voz a nuestro Padre del cielo, unidos a Jesucristo, el Hijo único, en el que hemos sido hechos hijos de Dios. Lo cantaremos a una sola voz, pero debe ser también con un solo corazón, unidos todos en el amor fraterno. Y conscientes de nuestra fragilidad y de nuestro pecado, pediremos, siguiendo la divina enseñanza de Jesús, que el Padre perdone «nuestras culpas como nosotros perdonamos a nuestros deudores»; es decir, se le pedirá que emplee con nosotros la medida de perdón que nosotros empleamos con los demás. Es una oración, pues, que sólo nos puede dejar tranquilos si procuramos perdonar a los demás con la medida generosa que Dios nos perdona.

La acogida del perdón de Dios y nuestra disponibilidad total al perdón nos hacen aptos para recibir la Eucaristía, que es el sacramento del amor y de la paz.

Abadia de MontserratXX Aniversario de la Bendición Abacial (13 agosto 2020)

Domingo de la XIX semana de durante el año (9 agosto 2020)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (9 de agosto de 2020)

1 Reyes 19:9a,11a – Romanos 9:1-5 – Mateo 14:22-33

 

El evangelio de este domingo es continuación del pasado domingo, donde Jesús ante la multitud necesitada, siente compasión, cura los enfermos y antes de despedirlos, pide a sus discípulos que les den de comer con sólo cinco panes y dos peces.

En la escena de hoy, después de despedir a la gente, Jesús pide a sus discípulos que cojan la barca y se adelanten hacia la otra orilla mientras él se queda solo orando hasta altas horas de la madrugada; los discípulos están en la barca en medio del lago, donde deberán afrontar grandes dificultades y, además, Jesús no está con ellos. Tienen miedo. Sin embargo, no los abandona y se les aparece durante la noche pero ellos no lo reconocen. Jesús espera de sus discípulos una fe confiada, se acerca caminando sobre el agua y les dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». Pedro confía en la palabra de Jesús, va a su encuentro y camina hacia él sobre el agua por indicación del maestro, pero empieza a hundirse en el momento en que desconfía. Entonces gritó: «Señor, sálvame». Y Jesús le dio la mano diciéndole: «¿Por qué has dudado?»

Este pasaje, si lo miramos bien, nos muestra dos maneras de afrontar nuestra relación con Jesús: ¡o confiamos o perecemos! Jesús nos pide confianza ante las situaciones de la vida y nosotros le pedimos pruebas. Como Pedro exigimos signos, milagros, y quisiéramos caminar sobre el agua para asegurarnos en quien ponemos la confianza.

Como en el caso de Elías, quisiéramos que Dios se manifestara con hechos extraordinarios, grandiosos y tan evidentes que nos ahorraran la fe, ya que como Pedro, no nos es fácil reconocer a Jesús en medio del temporal o las dificultades de la vida y nos preguntamos: ¿no será una fantasma caminando sobre el agua? ¿No será todo un espejismo, un engaño? ¿No será Jesús y su Evangelio una ilusión bella y efímera, sin consistencia real?

No es difícil ver en la barca de los discípulos de Jesús, sacudida por las olas y desbordada por el fuerte viento en contra, una evocación de la Iglesia. Como aquellos discípulos amedrentados, también nosotros estamos en la barca donde, en medio de las contrariedades y dudas, necesitamos purificar nuestra mirada, necesitamos reconocer a Jesús que nos viene al encuentro discretamente, sin evidencias espectaculares, y quien sabe si nuestra poca fe, la desconfianza o el desconcierto que podamos experimentar en nuestra vida de cristianos, nos hace ver su mano salvadora como una realidad que no acabamos de ver claramente, angustiados por las crisis, las dudas, los temores y la sensación de ausencia de Dios que a veces se apodera de nuestras vidas. Entonces es cuando vemos puesta a prueba nuestra fe y como Pedro nos acobardamos y empezamos a hundirnos.

Es en estos momentos cuando podemos sentir en nuestro interior la voz alentadora de Jesús, que nos dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». Y si hacemos nuestra esta palabra, podremos revivir también la experiencia de Pedro: caminar sobre el agua, es decir, caminar hacia Jesús a pesar de la inconsistencia de nuestra fe, sabiendo que más allá de la fuerza del viento y la inestabilidad que podamos sentir, siempre podemos gritar como Pedro: «¡Señor, sálvame»! Será entonces cuando percibiremos a Jesús como quien sostiene nuestra vida y no nos deja a merced de nuestros miedos y nuestras inseguridades.

El evangelio de hoy, hermanos, nos invita a subir a la barca; a sentirnos comunidad de creyentes e ir mar adentro para lanzarnos a la aventura de la vida desde esta realidad acogedora ya la vez frágil que es la Iglesia.

Es también esta la experiencia de vida del obispo Pere Casaldáliga. Su testimonio nos es un estímulo y un ejemplo de libertad evangélica y reconocimiento de Jesús y de su Reino en la presencia y la lucha a favor de los más vulnerables y excluidos por los poderosos de este mundo.

Como dice en uno de sus poemas:

» Al acecho del Reino diferente,

voy amando las cosas y la gente,

ciudadano de todo y extranjero.

Y me llama Tu paz como un abismo

mientras cruzo las sombras, guerrillero

del Mundo, de la Iglesia y de mí mismo «.

(En Exodo. Pedro Casaldáliga)

Si estamos atentos a la llamada de Jesús veremos como más allá de las inclemencias, sombras y dudas que experimentamos, se nos hace cercano el murmullo de su palabra y nos da la mano, a pesar de nuestra poca fe para acercarnos a Él que nos viene al encuentro y podamos decir como aquellos discípulos: «Realmente eres Hijo de Dios» (Mt 14,33).

Que esta Eucaristía que celebramos fortalezca nuestra fe y también podamos decir como el apóstol y tantos otros seguidores de Jesús: «sé bien en quién he creído» (2 Tm 1,12).

Abadia de MontserratDomingo de la XIX semana de durante el año (9 agosto 2020)

Fiesta de la Transfiguración del Señor. Profesión Temporal del G. Frederic Fosalba (6 agosto 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (6 agosto 2020)

2 Pedro 1:16-19 – Mateo 17:1-9

 

Jesús deja ver a los discípulos que lo acompañarán en su anonadamiento en Getsemaní, su filiación divina en el estallido glorioso de la transfiguración. De esta manera, hermanos y hermanas, los discípulos, en la cima de aquella montaña alta, experimentan una anticipación de la bienaventuranza futura. Sienten tal plenitud que quieren alargar ese momento de felicidad: Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas, dice Pedro expresando el sentimiento de los otros dos.

Y, ¡qué cristiano no querría estar con Jesús, y alargar el encuentro contemplando su rostro resplandeciente, que es transparencia de su divinidad! Pero esto no les es dado, a los discípulos que lo acompañan. Aquella experiencia duró poco: cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo, con el rostro al que estaban acostumbrados a ver, a veces sudoroso, a veces agobiado por el cansancio, y con los vestidos empolvados de cada día. Alargar aquellos momentos no se dado a los tres discípulos.

La cara brillante como el sol y los vestidos blancos como la luz manifiestan su divinidad y significan que Jesús es plenitud, transparencia y comunicación de la divinidad, amor sin límites, luz de la humanidad, bondad infinita, portador de salvación, de curación, de felicidad. Sabiendo esto, pero sin ver nada más que la realidad que los rodea y encaminándose hacia la pasión inminente, los discípulos tendrán que aprender a escuchar la voz de Jesús sin ver su gloria, pero creyendo en su condición divina y esperando con fe vacilante el poder participar. Es lo que tenemos que hacer, también, nosotros. Escuchar su palabra, tal como dice la voz del Padre, y recorrer un camino espiritual que, a pesar de las dificultades que podamos encontrar, por la fe nos una a Jesucristo, el Hijo amado del Padre y el objeto de sus complacencias. Así nuestra vida podrá ir convirtiéndose en transparencia del Evangelio. Y al término de este camino, lo podremos contemplar glorioso y podremos recibir el don de participar de su vida divina.

Los monjes y las monjas, tanto del oriente como del occidente cristiano, tenemos una veneración espiritual por esta fiesta de la Transfiguración en la que se nos propone contemplar en la fe la gloria de Jesucristo, de poder estar con él intensamente escuchando, acogiendo y haciendo vida su Palabra, y así ir dejando que la vida divina vaya penetrando nuestro interior. Por este motivo, hemos escogido esta fiesta para la primera profesión del G. Frederic. San Benito mismo presenta el itinerario de la vida monástica de una manera que nos remite al episodio de la Transfiguración y a la experiencia espiritual que conlleva para los que son discípulos del Señor.

Ya en los inicios de la Regla, San Benito pregunta «¿quién puede […] descansar en tu monte santo?» (RB Prólogo, 23) e invita a abrir «los ojos a la luz deifica» y a escuchar «atónitos […] la voz de Dios» (RB Prólogo, 9). Cuando San Benito habla de la «montaña santa» se refiere al lugar del encuentro con Dios que comienza en esta vida en la Iglesia, y para los monjes también en la comunidad monástica, pero que termina en el cielo, el lugar definitivo del reposo, de la felicidad y de la plenitud existencial; el lugar de la comunión plena con Dios y de la contemplación del rostro glorioso de Jesucristo. Para poder llegar allí, san Benito, enseña un proceso de transformación espiritual -de «transfiguración», podemos decir-, consistente en dejarse iluminar por la luz que viene de Jesucristo ya escuchar su voz para acoger su palabra en lo más íntimo de uno mismo y dejar que vaya arraigando para irla poniendo en práctica y ser testigo ante los demás, más con la vida que con la palabra.

Por eso, san Benito pone la persona de Jesucristo resucitado, glorioso, en el centro de la vida del monje y el centro de la vida de la comunidad, para que quede bien claro cuál es el objetivo de la vida monástica y más en general de la vida cristiana: ser transformado según la imagen de Jesucristo y llegar a participar de su gloria, después de haber participado, también, de sussufrimientos en la vida de cada día (cf. RB Prólogo, 50). Jesucristo es el Señor y el compañero de ruta, es el testimonio íntimo de la propia existencia y el vínculo de la comunión fraterna entre los hermanos; él es la causa de la alegría espiritual que experimenta el monje mientras se va trabajando para reproducir en él la imagen de Jesucristo; él, el Cristo, es el término hacia el cual se encamina la vida del monje cuando nos reunirá a todos en la vida eterna (cf. RB 72, 12). Abriendo, pues, los ojos de la fe a la luz que nos ofrece Jesucristo y acogiendo y poniendo en práctica su palabra podremos encontrar el reposo, la paz y la alegría y llegar al término feliz de nuestra vida participando de la gloria de Jesucristo. Este proceso no es sólo propio de los monjes, todos los bautizados están llamados a seguirlo. Este es el camino que hoy el H. Frederic Fosalba se compromete a recorrer en el seno de nuestra comunidad, compartiendo la ruta con los hermanos, dejándose iluminar por el Evangelio. Después de una buena experiencia de trabajo, de actividades solidarias para ayudar a los demás, de servicio a la parroquia, hace tres años comenzó la iniciación monástica en nuestro monasterio, en un proceso de discernimiento mediante el cual escuchar la voz del Señor, de la guía espiritual y de convivir con los hermanos. Hoy, terminada la segunda parte de la iniciación monástica y aceptado por la comunidad, toma en la Iglesia el compromiso de vivir como monje en espera del momento de hacer la profesión definitiva. Ahora le acompañamos con nuestra oración y lo ponemos bajo la protección de la Virgen para que sea siempre fiel escuchando la Palabra de Jesucristo y ponerla en práctica en bien de los hermanos de comunidad y de todos los que se acercan a Montserrat.

Abadia de MontserratFiesta de la Transfiguración del Señor. Profesión Temporal del G. Frederic Fosalba (6 agosto 2020)

Domingo de la XVIII semana de durante el año (2 agosto 2020)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje y Rector del Santuario de Montserrat (2 de agosto de 2020)

Isaías 55:1-3 – Romanos 8:35.37-39 – Mateo 15:1-2.10-14

 

Cuando Jesús hablaba del Reino del cielo no se refería a palacios y a castillos, a grandes paradas militares o ruas espléndidas, ni siquiera a manifestaciones multitudinarias de la fe. Hablaba de algo que pasa dentro del corazón humano cuando este hace del evangelio su tesoro más preciado y se da cuenta de que este tesoro vale más que todo.

La multitud que escuchaba Jesús, esto, se lo creyó y acogieron por unos momentos la palabra de Dios que se les dirigía como un verdadero tesoro que valía más que todo, tanto, que, escuchando al Señor, se les hizo oscuro y no habían pensado ni en la comida. Sólo los discípulos se habían provisto de algunos panes y peces. Quizás querían comer tranquilos comentando la jornada y compartiendo impresiones con Jesús, pero el caso es que se encontraron desbordados. La gente no se iba, se hacía tarde y los discípulos querían comer. ¡Jesús ya había curado suficientemente enfermos, que querían más! Pero el Señor, viendo la situación que se daba encontró la ocasión perfecta para hacer visible este Reino del cielo que Él predicaba. Así, junto con la salvación expresada en las curaciones, el compartir el pan anunciaría la redención, porque la misión de Jesús no era sólo de liberar al hombre de la esclavitud del pecado sino la de devolverlo a su semejanza original de comunión con Dios y con los hermanos, y lo anticipó con el signo de compartir la abundancia de lo poco que tenían, de compartirlo dando gracias a Dios y bendiciéndolo.

Y esto es el reino de Dios: dar gracias a Dios, bendecir su nombre y compartir el pan que recibimos de su generosidad y que es fruto de la tierra y del trabajo del hombre tal como decimos en el ofertorio. ¿Os imagináis a Jesús alzando los ojos al cielo como llevando la humanidad hacia el Padre, uniéndola toda en una oración de acción de gracias y de bendición? ¿Os imagináis la alegría que puede suponer para una familia que valora el Evangelio como el tesoro más grande, dar gracias y bendecir a Dios en torno a la mesa, compartiendo la humanidad y la vida que genera una comida de fiesta? Bendecir la mesa es más que una costumbre de los abuelos, es una forma de vivir el sacerdocio común de los fieles que ofrece a Dios una oblación espiritual y da gracias por el don de la vida y crea fraternidad. Es una manera de entender y comunicar la vida similar a la de Jesús, una manera de hacer presente el Reino de los cielos que pedimos cada día en el Padre nuestro. No se necesita gran cosa, basta una conciencia gozosa de la presencia de Dios en lo cotidiano de nuestra vida, la conciencia de saber que el pan que da vida no es el que se come sino el que se comparte.

El peligro de nuestro ritmo de vida es el de vivir una tragedia similar a la tragedia del rey Midas que, en su afán de poder llegó a convertir todo lo que tocaba en oro, incluso la comida, y naturalmente acabó muerto de hambre. Nosotros tenemos el peligro de gastar nuestra vida en lo que deslumbra nuestros ojos, pero no ilumina nuestro espíritu, perdernos por lo que satisface nuestros cinco sentidos, pero no el sentido de la vida. Aquí resuenan aquellas palabras del profeta: ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que no da hartura?

El mundo puede que no espere grandes milagros, pero necesita signos como los de Jesús, signos desde el compromiso en el día a día, signos de empatía y de compasión que, sin palabras, hablan de ese Dios que en Jesús continúa mostrando su amor hacia los hombres y mujeres de hoy. El lenguaje de la compasión no es ideología, es evangelio compartido. Ante la injusticia, el sufrimiento y la muerte no necesitamos palabras sino compromiso, cercanía y cariño como signos que ponen en valor la dignidad responsable de la persona e iluminan el sentido trascendente de la vida.

¿Os imagináis a Jesús, en medio de la multitud, medio devota medio escéptica, no importa, pero en medio de ella, compartiendo sus sufrimientos, curando sus heridas, partiendo el pan,

dando gracias y bendiciendo a Dios, alzando los ojos al cielo como haciéndola participar de este Reino que Él trae consigo? Esto es lo que hace en cada eucaristía. Como no celebrarlo, y agradecerlo, pero, sobre todo: ¡vivirlo y compartirlo!

Abadia de MontserratDomingo de la XVIII semana de durante el año (2 agosto 2020)

Domingo de la XVII semana de durante el año (26 julio 2020)

Homilía del P. Lluís Planas, monje de Montserrat (26 de julio 2020)

1 Reyes 3:5.7-12 – Romanos 8:28-30 – Mateo 13:44-52

 

Hoy, en la primera lectura, hemos visto como a Salomón, que lo tenía todo, juventud, poder, cultura y riqueza, Dios le ha pedido qué deseaba, y él respondió: «Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal». Si nos fijamos bien, en el evangelio, Jesús ha dicho que el reino de Dios viene a ser como un tesoro o como una perla fina, es decir, algo que es tan valioso que lo da todo a cambio. Así pues, ¿qué es el reino de los cielos? Quizás podemos decir que es la forma que tiene Dios de invitarnos a vivir a su manera, siguiendo su estilo de vida. De acuerdo con Salomón podríamos decir que el reino de los cielos es ser justos, a la manera de Dios, o bien como el salmo que hemos cantado, el Reino es vivir con el amor de Dios que conforta, y con la capacidad de discernir el bien del mal.

¿Y quién es capaz de vivir a la manera de Dios? De hecho, el evangelista nos ha informado de que Jesús, al inicio de su predicación, se compadeció de la multitud que lo seguía porque eran como ovejas sin pastor. Como muchos recordamos, comenzó a proclamar una manera nueva de ver y vivir la vida: lo primero que hizo fue anunciar que aquellos que nadie valoraba, estos son precisamente los que Dios valora: bienaventurados los pobres, los humildes, los que desean que haya justicia, los que sufren … hoy quizás diríamos los perdedores; pero para entender a fondo este anuncio, pide a los discípulos que empiecen un camino en el que será importante conocer el propio interior, y darse cuenta de que hay que hacer una transformación, en la que no es solamente importante conocerse, y aceptar las propias limitaciones, sino que hay que poner en práctica lo que se ha visto que Jesús hace, que es poner la atención en los demás. Y los otros son como tú, con sus limitaciones. Y nos invita a fijarnos bien. Ellos son imagen de Dios y tienes que saberlo ver en el pobre, en el humilde, en el que pasa hambre y sed, en el encarcelado… Todos ellos son imagen de Dios. Y en este proceso de acercamiento a los demás, tú, para ellos, eres imagen de Dios. Así nos lo ha recordado San Pablo cuando hemos oído: «los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo». Quizás no se trata tanto de vivirlo como una responsabilidad, sino como un don, un regalo, un tesoro. El mejor. Y con María también podemos decir: ¿quién soy yo? Si me miro a mí mismo constato mi debilidad. María lo entendió y se hizo discípulo de su Hijo, es decir, lo escuchó; por eso decimos que María es la primera creyente. Cabe preguntarse si vale la pena vivir así. Porque nos damos cuenta de que el camino de Jesús no es llano. Y sin embargo hoy nos ha dicho que vivir con Dios y para Dios, en su Reino, vale tanto la pena que es necesario que se convierta en lo más importante, lo prioritario. Porque el campo que compras es donde está el tesoro, este campo eres tú y yo, y nosotros, en él se sembrará, como veíamos el pasado domingo la mejor semilla de trigo, pero también aparecerá la cizaña. Cabe preguntarse, sin embargo, ¿deseo comprar este campo?

La parábola aún nos ha dicho que «contento del hallazgo, se va a vender todo lo que tiene…». Y nos podemos volver a preguntar, y ¿por qué contento? Porque el verdadera hallazgo es el amor. Este es el valor supremo, porque como nos ha dicho San Pablo: «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien». Efectivamente, el Reino de los cielos es el encuentro del Amor y por el Amor. Amar, y dejarse querer. El campo es la propia vida que tiene que crecer, pero antes hay que sepa acoger la buena semilla de la Palabra y del Amor. Y si tiene sentido la existencia del campo, la existencia de la vida, es porque el campo, empapado de amor, dará el fruto para que otros puedan alimentarse de esta experiencia tan extraordinaria. ¿Y la compartiremos, verdad, esta experiencia?

Dejémonos coger por Dios, y hagamos nuestra la oración de Salomón: «Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal».

 

Abadia de MontserratDomingo de la XVII semana de durante el año (26 julio 2020)

Domingo de la XVI semana de durante el año (19 julio 2020)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (19 de julio 2020)

Sabiduría 12:13.16-19 – Romanos 8:26-27 – Mateo 13:24-43

 

Una de las grandes preguntas de la humanidad es el porqué de la existencia del mal. Si Dios es un Padre todopoderoso, que ha creado cosas tan buenas… ¿Cómo es que existe el mal? ¿No podría haber creado un mundo tan perfecto en donde ya no existiera el mal? Y sin embargo, es evidente que en nuestro mundo conviven el bien y el mal, el trigo y la cizaña crecen juntos. Efectivamente, Dios podría haber hecho un mundo completamente acabado y perfecto. Y lo ha hecho. Pero aún no es éste. El mundo en que vivimos no está acabado del todo. Y no lo estará hasta la bienaventuranza eterna, hasta nuestro destino final, que Dios «Enjugará las lágrimas de [nuestros] ojos, y no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor» (Cf. Ap 21). Si en el mundo conviven el bien y el mal, pues, es porque muchas veces nos equivocamos. Y, de hecho, no conviven sólo en el mundo: en realidad, el bien y el mal pueden convivir en el interior de cada uno de nosotros. Por eso el sembrador no tiene prisa en cortar la cizaña: porque sabe que -a diferencia de las plantas, las personas pueden cambiar de cizaña en trigo, y de trigo en cizaña. Y a menudo, muchas veces, a lo largo de la vida.

Este tiempo que el sembrador nos da de margen antes de la siega, es la Eucaristía. Es aquí donde el buen Jesús nos va hablando al corazón de cada uno domingo tras domingo, con paciencia, para que su palabra vaya penetrando en nuestro corazón y lo transforme en buen trigo. Escuchándolo y dialogando con él, tenemos la oportunidad de volver nuestro corazón hacia el Señor, dejar de lado el mal, y dedicar todos nuestros esfuerzos a hacer el bien, como él nos enseña de tantas maneras en el evangelio. Basta con un pequeño gesto, como ocurre con el grano de mostaza, que es «la más pequeña de todas las semillas, pero, a medida que crece, se hace más grande que todas las hortalizas y llega a ser como un árbol». Y tampoco pasa nada si lo que hacemos pasa desapercibido a los ojos de la mayoría: también la levadura escondida que «una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente», acaba haciendo un efecto extraordinario. Lo más importante es que estemos abiertos a dejarnos transformar por su palabra. Como él que transformó el dolor de la muerte en cruz, en el bien de la resurrección a la vida eterna. Y como él transforma el trigo, en el pan de la palabra que nos da fuerzas para hacer el camino.

Las necesitamos, las fuerzas. Porque en el camino tenemos que luchar contra el mal, y si no vigilamos puede que caigamos alguna vez. Pero eso es un trabajo largo que necesita constancia y esfuerzo. Y del evangelio de hoy se desprenden dos enseñanzas que nos pueden ayudar. En primer lugar, que no debemos juzgar a los demás: en la parábola del trigo y la cizaña queda claro que el juicio corresponde sólo a Dios, y al final de los tiempos. Estamos haciendo camino, y por eso todos podemos tener momentos buenos y malos. Y afortunadamente, como decía el Salmo, el Señor es « bueno y clemente, rico en misericordia […] lento a la cólera, rico en piedad y leal». Y nos llena de esperanza ver que da «la ocasión de arrepentirse de los pecados», como decía la primera lectura. Aprovechemos esto. La segunda enseñanza que podemos sacar del evangelio, es que Dios cuenta con nuestra implicación: justamente por eso nos ha hecho a su imagen y semejanza y nos ha dado la libertad; aunque con el riesgo de que, ejerciéndola, podamos caer en el pecado. Por eso, cuando pasamos por momentos difíciles como este tiempo de pandemia que estamos viviendo, más que quedarnos con las preguntas que nos hacíamos al principio tal vez haríamos mejor preguntarnos: «Y ante esta realidad, yo, ¿qué puedo hacer?». Dios cuenta con el esfuerzo de cada uno de nosotros. Y de este esfuerzo personal de cada uno depende de que caminemos en la buena dirección.

Abadia de MontserratDomingo de la XVI semana de durante el año (19 julio 2020)

Domingo de la XV semana de durante el año (12 julio 2020)

Homilía del P. Carles M Gri, monje de Montserrat (12 julio 2020)

Isaías 55:10-11 – Romanos 8:18-23 – Mateo 13:1-23

 

Estimados hermanos, estimadas hermanas:

El hombre abre su interioridad por la palabra. El lenguaje lo pone en comunicación de vida y de amor con los demás. Sin palabra el hombre estaría enclaustrado en la soledad. De manera similar, Dios, cuando ha querido comunicarse, ha roto su lejanía por la palabra.

Esta palabra de Dios es una palabra viva, omnipotente, eterna. Es ella la que en el origen del tiempo ha hecho brotar el mundo de la nada. Y es ella misma quien en la plenitud del tiempo ha obrado nuestra redención. Y es todavía ella la que nos encamina en la Iglesia hacia el encuentro definitivo con el Padre en la gloria de la Jerusalén celestial.

Esta palabra omnipotente, sin embargo, es máximamente respetuosa. La palabra nace espontáneamente con un deseo de benevolencia del corazón de Dios y cae suavemente en el corazón del hombre. Buscar una alianza, un intercambio de amor, un diálogo amistoso y libre. Pero nosotros tenemos, por sorprendente que sea, el poder de rechazarla, de cerrarle la puerta, de despreciarla. Podemos acorazarnos de piedras, cardos, espinas y preocupaciones mundanas, tal como el Maestro nos ha advertido en el evangelio. La palabra omnipotente se ha hecho débil a fin de resguardar intacto el misterio de nuestra libertad. Es lo que nos recuerda la conocida sentencia de Péguy: Dios no quiere ser servido por esclavos, sino que quiere ser amado por hombres libres.

Así pues, hermanas y hermanos, nos encontramos ante la gran oferta gratuita del amor de Dios. Viene para llenarnos de gracia, de luz, de vida y de felicidad. Recibiremos en la medida de nuestra apertura a su palabra. El gran modelo será siempre María, la Virgen fiel. Se dio con generosidad ilimitada a la Palabra. Por eso esta Palabra pudo tomar carne y sangre en sus entrañas virginales y ser oferta para la salvación del mundo.

Ahora, vamos a recibir también nosotros, como María, el Verbo de vida en los dones eucarísticos del pan y del vino. Seamos, pues, generosos en nuestra ofrenda. Entonces, el Señor podrá volver a obrar maravillas en nosotros como hizo en la Madre Virgen y, nuestro mundo, gravemente herido por la pandemia y la crisis económica, podrá encontrar la salvación eficaz de Dios que se da a través de nuestras palabras, obras y actitudes de hombres y mujeres nuevos, regenerados en Cristo Palabra de vida. ¡Que así sea!

Abadia de MontserratDomingo de la XV semana de durante el año (12 julio 2020)

Solemnidad San Benito. Profesiones Solemnes (11 julio 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (11 julio 2020)

Proverbios 2:1-9 – Colosences 3:12-17 – Mateo 19:27-29

 

Que la palabra de Cristo habite entre vosotros con toda su riqueza, escribía el Apóstol a los cristianos de la ciudad de Colosas.

En aquella comunidad, hermanos y hermanas, había tensiones. Algunos creían que con el Evangelio no era suficiente y que había que completar la fe en Cristo con la creencia en unos poderes invisibles, procedentes de ángeles y de astros, que según decían intervenían en el gobierno del universo y en el ámbito religioso. Además, proponían también, como complemento de la fe en Cristo, el retorno a algunas observancias de la Ley de Moisés.

Ante esto, San Pablo les recuerda la libertad que les ha otorgado el bautismo que ha renovado sus vidas y cómo Jesucristo, resucitado y sentado a la derecha de Dios, está por encima de todo y todo está sometido a él, sin que haya ningún poder que esté por encima (Col 3, 1; 2, 6-10). Por eso los exhorta a perseverar viviendo según la palabra de Cristo tal como les fue anunciada cuando llegaron a la fe. Porque Cristo no es un ser mítico sino el Crucificado y el Resucitado que los apóstoles han predicado como único salvador. Si viven así, dejando que Cristo viva en ellos y su palabra se difunda en sus corazones, corresponderán a la elección que Dios ha hecho de sus personas, acogerán su perdón y vivirán unas relaciones fraternas llenas de alegría y de enriquecimiento mutuo.

Que la palabra de Cristo habite entre vosotros con toda su riqueza. San Benito hizo suya esta exhortación del Apóstol y la puso en el centro de su vida. Siguiendo el ejemplo que encontró en los apóstoles, la palabra de Cristolo llevó a dejarlo todo para seguirlo y poder estar siempre con él. Por fidelidad esta palabra, fue a la soledad de Subiaco y allí, dócil a la acción del Espíritu, interiorizó la Palabra de Dios, luchó contra la adversidad y la tentación, aprendió a conocer su corazón, a encarrilar sus sentimientos, a vivir según el Evangelio y, al constatar las debilidades y las dificultades, a «no desesperar nunca de la misericordia de Dios» (RB 4, 74). Esto lo preparó para acoger a los que lo iban a buscar para pedirle consejo y quienes querían compartir la vida con él haciendo comunidad. Tanto en el principio en Subiaco como en la plenitud de Montecassino, vivió e inculcó a los discípulos las recomendaciones del Apóstol que hemos oído en la segunda lectura, haciendo que la palabra de Cristohabitara cada día en él y en los hermanos con toda su riqueza. Sabía que «habitar» significa acogerla en el corazón, dejar que arraigue, perseverar en profundizarla, rumiarla; significa hacerla vida cada día más intensamente hasta que la imagen de Jesucristo se vaya reproduciendo en cada uno por obra del Espíritu Santo. De esta manera se llega a tener, como dice el Apóstol, los sentimientos que corresponden a los escogidos de Dios que él ama y quiere llevar a la santificación. San Benito fue creciendo en el amor a Dios y a los hermanos y llegó a la cumbre de la santidad. Por eso hoy celebramos que haya recibido el que Jesús, como hemos oído en el evangelio, prometió a todo el que por su nombre lo dejara todo: poseer la vida eterna y participar de su gloria. Como testamento, san Benito dejó escrita una Regla para monjes, en la que pone la palabra de Cristo, que en un sentido amplio es toda la Palabra bíblica, como centro de la vida de la comunidad, como base de la oración, como luz que guía el proceso personal de crecimiento, como sabiduría de vida que orienta las relaciones fraternas y las actividades de cara al exterior del conjunto de la comunidad y de cada monje en particular. Toda la Regla encamina hacia la identificación con Jesucristo, hacia hacer vida la Palabra de Dios, hacia el logro de la libertad interior y del amor auténtico.

Los seguidores de san Benito nos alegramos de su glorificación y queremos dejarnos guiar por el magisterio que nos ha dejado en su Regla, sabiendo que si seguimos el camino que nos indica, podremos llegar al lugar glorioso donde él ha llegado. Así lo han hecho miles y miles de hombres y mujeres a lo largo de los siglos y en diversos lugares geográficos, gozosos de «no anteponer nada al amor de Cristo» (RB 4, 21) y de vivir en comunidad sostenidos por los hermanos (cf. RB 1, 4-5) para servir así a la Iglesia y la humanidad. Desde hace casi mil años esto se procura vivir también en esta Casa de la Virgen en Montserrat.Que la palabra de Cristo habite entre vosotros con toda su riqueza. Es lo que deseamos a los dos monjes, los HH. Xavier y Jordi, que hoy hacen la profesión solemne, se vinculan a nuestra comunidad y reciben de Dios y de la Iglesia la consagración monástica. Si guardan la palabra de Cristo en el corazón, como han ido aprendiendo a hacer durante el tiempo de la iniciación monástica, verán que su vida va cambiando; que si se dejan guiar por la Palabra y sostener por el Espíritu Santo, si se dejan llevar por el amor de Cristo, lo que antes les costaba, va siendo más fácil (cf. RB 7, 68-70). La palabra de Cristo les enseñará a crecer en la humildad, en la paz, en la paciencia, en la compasión, en el amor hacia los demás y en el servicio monástico a la misión de Montserrat; y podrán ayudar a los demás con la sabiduría que viene de la palabra de Cristo interiorizada en su vida de monjes. Por ello, una vez hayan manifestado su compromiso de vivir para siempre como monjes en nuestra comunidad, todos nosotros rezaremos intensamente por ellos, para que «conformen su vida a la doctrina del Evangelio, que sean firmes en la fe, que tengan el gusto de las Escrituras, que sean hombres de oración, que estén llenos de sabiduría y sean humildes» (cf. Ritual). Dicho de otro modo, rezaremos intensamente para que la palabra de Cristo habite en ellos con toda su riqueza.

Alabemos a Dios por el don de estos dos hermanos monjes que hace a nuestra comunidad, que es también un don para la gran familia montserratina de los escolanes, de los oblatos, los cofrades, de los amigos de nuestro monasterio, de todos los que subís a Montserrat. Que es, de modo similar, un don para toda la Iglesia extendida de oriente a occidente y para toda la humanidad, que el corazón del monje debe llevar siempre en la oración y en su solicitud.

Abadia de MontserratSolemnidad San Benito. Profesiones Solemnes (11 julio 2020)

Domingo de la XIV semana de durante el año (5 julio 2020)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (5 julio 2020)

Zacarías 9:9-10 – Romanos 8:9.11-13 – Mateo 11:25-30

 

Estimados hermanos y hermanas,

El evangelio que acabamos de proclamar toca de lleno el misterio de la revelación de Jesús. Al contrario de lo que se podría esperar en la lógica humana, Dios se revela en lo pequeño, en todo lo que a los ojos de los hombres no tiene valor ni es eficaz. Y aun, ante tantas formas de cansancio que viven los hombres de todos los tiempos, Jesús ofrece una alternativa liberadora.

Dejándonos invadir por la simplicidad y la belleza del texto encontramos a Jesús manifestando sus sentimientos más íntimos, es decir, aquellas pequeñas cosas que son la razón de su vivir y de su ser. Se trata de sentimientos pequeños, que expresan su entusiasmo por la revelación de que el Padre hace al corazón de los sencillos, a la gente iletrada o personas que, a pesar de ser ilustradas, viven con el corazón atento a Dios. Jesús se entusiasmó también porque el Padre le ha revelado a él mismo todos los secretos de su corazón.

Cuando alguien nos abre su corazón, lo recordamos siempre como un momento denso, importante en nuestra relación con esa persona. Jesús, al manifestarnos sus sentimientos, nos permite adentrarnos no sólo en el camino de su seguimiento sino en su propia vida. Acoger la confidencia del amigo nos compromete y nos desinstala de nuestras seguridades.

¿Cómo podemos ser discípulos de Jesús, en la vida de cada día, entrelazada por tantas obligaciones, con fatigas de todo tipo, con urgencias que no tienen nada que ver, a primera vista, con lo que Jesús nos pide?

Ser discípulos de Jesús, pide, por nuestra parte, un corazón agradecido y maravillado, a fin de poder captar con ojos nuevos cómo en las pequeñas cosas de nuestra vida, cargada de menudencias y limitaciones, se revela el misterio siempre inefable de Dios. Aun siéndolo por naturaleza, necesitamos no tener miedo de ser pequeños ante Dios. Necesitamos reconocer nuestra pequeñez para darnos cuenta que podemos y tenemos necesidad de descansar en Él nuestras angustias, ya que Él nos enseñará a ser pacíficos con nosotros mismos, a no crisparnos cuando no se realizan nuestros deseos, a comprender que las relaciones humanas necesitan siempre y en todo momento un plus de ternura y de comprensión.

Para seguir a Jesús, necesitamos confiar en su palabra, una palabra que es capaz de devolver al corazón de los hombres la paz y la serenidad. «Venid a mí, todos los que estáis cansados ​​y agobiados». Todos sabemos sobradamente qué significa estar cansado. Jesús nos dice que él nos hará reposar. ¿Cómo? «Tomad mi yugo». La promesa que nos hace no es de quitarnos el trabajo ni la carga, sino que nos dice que su yugo es suave y su carga ligera. Jesús nos llama una vez más a asumir con responsabilidad nuestra propia condición personal y también las múltiples y complejas situaciones de nuestro tiempo. No de forma estoica, sino desde la experiencia del amor y del agradecimiento. El amor vuelve suaves las cosas duras, y ligeras las pesadas; el amor hace que sintamos a medida lo que sin amor nos estorba muchísimo.

Esta invitación de Jesús a reposar en él es para nosotros de una gran actualidad, ya que si habitualmente el cansancio está presente en nuestra vida, hoy, dondequiera que miramos constatamos mucho cansancio provocado por la pandemia que aún vivimos. Un cansancio que toma formas muy diversas: el personal sanitario y el personal esencial de todo tipo que han trabajado hasta el agotamiento, y no siempre debidamente reconocidos; las personas de todas las edades que han sufrido maltrato, falta de recursos y vejación debido al confinamiento; quienes lo han perdido todo; y aun, todas las víctimas de las pandemias del hambre, de la exclusión social, los desplazados…

Quienes queremos ser seguidores de Jesús tenemos que hacer como él, ofrecer a los que nos rodean, a quienes están cansados ​​de nuestro entorno, unas actitudes y unos gestos que aligeran su sufrimiento. Si se puede y lo permite la situación que vivimos, no se trata de hacer cosas grandes,  sino que se trata simplemente de que los demás se encuentren bien bajo nuestra mirada para poder abrir el corazón y exteriorizar su sufrimiento, que sepan que cualquiera que sea su situación personal no serán juzgados, ya que sólo Dios conoce el fondo del corazón humano.

Se trata aún, si se quiere, de dar un poco de nuestro tiempo a fin de ayudar a que los demás no vayan tan agobiados: en casa, el trabajo, en las familias, en las comunidades,… Se trata, en definitiva, de ser iconos de la ternura de Dios, que se ha revelado en Jesús y en todo lo que es pequeño. Seguro que estos pequeños gestos no serán noticia, pero hoy y siempre, hermanos y hermanas, somos invitados a hacerlos, ya que las consecuencias de la Covid-19 nos empujan a estar muy atentos a las personas y a las situaciones que nos rodean, también a las que cada uno ha vivido a nivel personal para no tener miedo de pedir ayuda. Cierto, los pequeños gestos no serán nunca noticia, pero también es cierto que una vez más manifestarán las maravillas que Dios lleva a cabo a través nuestro. Estemos seguros: todos, absolutamente todos, necesitamos dar y recibir pequeños gestos que hagan más humana y llevadera la vida y en concreto este tiempo.

La pequeñez del pan, que a muchos todavía falta, y del vino de la Eucaristía que estamos celebrando son la prenda.

 

Abadia de MontserratDomingo de la XIV semana de durante el año (5 julio 2020)

Solemnidad de Sant Pedro y San Pablo (29 junio 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (29 junio 2020)

Hechos de los Apóstoles 12:1-11 – 2 Timoteo 4:6-8.8-11 – Mateo 16:13-19

 

Estimados hermanos y hermanas: Hoy celebramos el martirio de los dos grandes apóstoles San Pedro y San Pablo. Es el día en el que sellaron con la sangre su adhesión a Jesucristo.

San Pedro había dicho a Jesús resucitado, cerca del lago de Galilea: Señor, tú sabes que te quiero (Jn 21, 15-17). Pero es en el momento del martirio que este amor es total y definitivo. San Pablo tenía una convicción profunda: Cristo, el Hijo de Dios, me amó y se entregó a sí mismo por mí, por eso vivo mi vida en la fe en el Hijo de Dios (Ga 2, 20), porque el amor del Cristo nos apremia (2C 5, 14). Pero, es, también, en el momento del martirio cuando corresponde plenamente al amor que Jesucristo le ha tenido y que expresa de una manera radical el amor que él ha tenido a Cristo.

El martirio de estos dos grandes apóstoles constituye el inicio de su participación plena en el misterio pascual de Jesucristo, constituido por su muerte y su resurrección.

La primera lectura, tomada de los Hechos, nos narró uno de los encarcelamientos que sufrió San Pedro. Este fue por orden del rey Herodes que lo quería condenar a muerte. Pero, tal como hemos oído, el Señor lo liberó. La narración tiene como trasfondo la pascua del pueblo de Israel, en la que fue liberado de Egipto, y la pascua de Jesucristo. Incluso cronológicamente nos decía que Pedro fue encarcelado en las fiestas de la Pascua judía, entorno, pues, de las mismas fechas de la muerte y la resurrección de Jesús. Pedro estaba atado fuertemente y bien custodiado por soldados en el lugar más seguro de la prisión, rodeado por la oscuridad de la noche, lo que nos recuerda a Jesús en la oscuridad del sepulcro bien cerrado y custodiado, también, por soldados. Pero una intervención divina llena de luz el espacio oscuro y libera a Pedro. El ángel le dijo levántate con una palabra que en griego equivale a «resucita». Este hecho de alguna manera anticipa simbólicamente la participación de Pedro en la Pascua de Jesucristo. Ciertamente, es una salvación de la muerte sólo temporal, pero muestra la solicitud que Dios tiene por quienes se han hecho discípulos de Jesucristo y la gloria futura que les es promesa.

También más adelante San Pablo vivió un episodio similar, según el mismo libro de los Hechos. El encarcelamiento de Pedro que hemos leído, tuvo lugar en Jerusalén, Pablo junto con Silas, compañero suyo de evangelización, fue encarcelado una de las veces en la ciudad de Filipos, capital de la Macedonia romana. De manera similar ellos dos fueron encerrados en el lugar más seguro de la prisión, bien atados con cadenas y custodiados por guardas. También por la noche, mientras todo estaba oscuro, una intervención divina les desata las cadenas y los liberó, anticipando como en el caso de Pedro, su participación definitiva en la pascua de Jesucristo (cf. Hch 16, 25-34).

Los apóstoles, vigorizados con el don del Espíritu Santo, vivían estas situaciones por amor a Cristo, para difundir el Evangelio. Y las vivían con alegría. En el caso de Pedro, el Libro de los hechos de los apóstoles nos dice que él y los otros apóstoles se alegraban de ser ultrajados y de sufrir a causa del nombre de Jesús (cf. Hch 5, 41); les alegraba poder participar de los sufrimientos de Cristo para que así, cuando él revelara su gloria podrían alegrarse, también, llenos de alegría (cf. 1 P 4, 14). De igual manera Pablo, que se sentía espoleado por el amor de Cristo (2C 5, 14), se complacía en las persecuciones y en las angustias por Cristo (2C 12, 10), y podía escribir: yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús (Gal 6, 17), en referencia a las cicatrices de las flagelación y de los bastonazos que había sufrido varias veces.

San Pedro y San Pablo vivieron de un modo eminente, como correspondía también al ministerio eminente que habían recibido en la Iglesia, lo que había anunciado Jesús: os detendrán y os perseguirán, os arrestarán en las cárceles, y os harán comparecer  ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre. Esto os servirá para dar testimonio (Lc 21, 12-13). Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía.  Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en el cielo (Mt 5, 11-12). Es que el discípulo de Jesús debe recorrer el mismo itinerario espiritual de su Maestro y debe vivir el misterio de muerte y de resurrección en su vida través de las vicisitudes de la existencia, de las incomprensiones y del sufrimiento que le puede venir de tantas maneras. Así el discípulo de Jesús podrá llegar a participar para siempre de su pascua. San Pedro y San Pablo son para nosotros unos testigos de cómo la fe y el seguimiento de Jesucristo comportan una dimensión de cruz, y de cómo el amor y la esperanza permiten que sea vivida en paz y con alegría. Esto nos anima a ir a fondo en nuestra vivencia del Evangelio y no desfallecer en el testimonio a pesar de las dificultades y las incomprensiones.

También en nuestras vidas vivimos una anticipación de la pascua cada vez que vencemos el mal con el bien, cada vez que ayudamos a los demás, cada vez que hagamos las paces, cada vez que, por gracia, superamos el pecado que nos asedia, cada vez que perseveremos en la fidelidad a pesar de las dificultades, cada vez que sufrimos por causa del Evangelio y no desfallecemos en el amor …

Por otra parte y de acuerdo con la palabra de Jesús, no podemos soñar con un mundo en el que los cristianos podremos vivir siempre con tranquilidad. Esto puede ser posible por un tiempo, en un lugar concreto, porque las dificultades no son siempre iguales en todas partes. También ahora hay lugares de la geografía donde los cristianos son perseguidos o se encuentran en graves dificultades, porque siempre habrá poderes políticos, económicos o mediáticos para los que el cristianismo será un estorbo y lo querrán eliminar o al menos debilitar y ridiculizar. Pero sabemos que en las dificultades el Espíritu Santo es la fuerza del cristiano (cf. Lc 12, 11-12). Y esto nos alienta a dar testimonio sin desfallecer.

Hemos sentido que, mientras Pedro estaba en la cárcel, la comunidad eclesial oraba por él. Hoy, en la solemnidad de los dos grandes mártires de Roma, la Iglesia católica extendida de Oriente a Occidente (cf. Pasión de los Sts. Fructuoso, Augurio y Eulogio) ruega por el sucesor de Pedro, el Papa Francisco. Desde hace tiempo, es atacado desde varios sectores incluso dentro de la Iglesia. Se puede sintonizar más o menos con su forma concreta de hacer y de decir; también San Pedro y San Pablo experimentaron tensiones entre ellos por su manera diferente de ver las cosas (cf. Ga 2, 11-16). Pero la Iglesia de Roma es la Iglesia que, como afirma, ya en el s. II, San Ignacio de Antioquía, «preside todas las demás en la caridad»; y como dice, también en el mismo s. II, San Ireneo, «es necesario que todas las Iglesias estén en armonía con esta Iglesia» (cf. Comisión internacional católico-ortodoxa, Documento de Rávena, 41). Por eso el obispo de Roma es vínculo de unidad, de comunión y de paz entre todas las Iglesias. Y la comunión con su persona y con su misión pastoral es un elemento integrante de la vida eclesial y, por tanto, de nuestra vivencia como miembros de la Iglesia (cf. CEC 881-882). Debemos rezar por Francisco, tal como lo pide constantemente él mismo, y debemos acogerlo con espíritu de fe.

Que por la gracia de esta eucaristía nos sea dado perseverar en la fe de los apóstoles hasta el día que podremos participar plenamente, también nosotros, de la pascua de Jesucristo.

Abadia de MontserratSolemnidad de Sant Pedro y San Pablo (29 junio 2020)

Domingo de la XIII semana de durante el año (28 junio 2020)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (28 junio 2020)

2 Reyes 4:8-11.14-16a – Romanos 6:3-4.8-11 – Mateo 10:37-42

Hemos oído en el evangelio de hoy como Jesús hablaba con los doce discípulos que lo seguían, después de haber explicado su mensaje a mucha gente y que habían visto las obras que Jesús mismo hacía a favor de la gente más necesitada (Mt 8- 9). Después de esto Jesús envió a los discípulos, dándoles su propia autoridad, para continuar en la línea que él había empezado: Jesús les había dicho que tenían que hacer que oyera todo el mundo cómo Dios ama a cada persona, y que lo hicieran con libertad de espíritu, con un estilo de vida sencillo y con una confianza plena en Dios. Es así como podrían transmitir lo que Jesús deseaba para todos.

La misión recibida en nombre de Jesús -en la práctica- era lo que Jesús les había enseñado que, si sabían transmitirlo bien, seguro que muchas personas acogerían su mensaje. Era importante, también, la manera amable de tratar a la gente para ayudarnos a comprender lo que significa una vida abierta a la voluntad de Dios.

Este es, pues, el ambiente del evangelio de hoy: Jesús propone unas indicaciones muy útiles que también nos ayudan a nosotros. Podemos estar seguros de que si mantenemos un buen trato y procuramos comprender a las personas con las que convivimos, lograremos una vida más plena. Si nos ayudamos mutuamente, y trabajamos a conciencia, no hay duda de que encontraremos una plenitud real y concreta en nuestra vida.

El que acoge a los demás, dice Jesús, es como si le acogiéramos a él mismo y también al que lo ha enviado, que es nuestro padre del cielo, que quiere el bien para todos. Es muy entrañable oír a Jesús que «El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

Es con esta normalidad y con esta atención hacia el bien de todos que se hace presente una parte, al menos, del Reino de Dios. No tanto por los resultados obtenidos como por el buen sentido de humanidad, que encontramos en lo que nos dice Jesús: «El que os recibe a vosotros me recibe a mí».

Todo lo que estamos comentando nos sitúa en el momento presente de nuestra vida. Jesús confiaba no sólo en sus discípulos sino también en los que hoy seguimos y compartimos esta celebración. Jesús nos invita a confiar en Dios y sentirnos bien apoyados para velar no sólo para nuestro bien sino también para el bien de todos y de los que más lo necesitan. Jesús confía en nosotros y nos hace capaces de hacer nuestra su enseñanza, que nos facilita un camino a seguir, que puede mejorar mucho la calidad de vida de todo el mundo.

El Papa Juan XXIII escribía en una ocasión: «Mi fuerza es la calma de espíritu frente a las dificultades». Y es que su confianza en Cristo, le ayudaba a encontrar en sí mismo la firmeza y la fuerza tranquila para afrontar los problemas de cada día. Decía también que «todos los que creen en Cristo deben ser, en este nuestro mundo, una chispa de luz, un centro de amor, un fermento que vivifique la masa: y lo serán tanto más, cuanto más, en la intimidad de ellos mismos, vivan en comunión con Dios. De hecho, no se da paz entre los hombres, si no hay paz en cada uno de ellos, es decir, si cada uno de nosotros no instaura en sí mismo el orden querido por Dios».

Para ayudar a que sea así, busquemos sembrar semillas de esperanza que ayuden a devolver la ilusión a este nuestro mundo, a veces atormentado. Pero podemos decir también que: Allí donde no veas esperanza, siembra allí semillas de esperanza, y sacarás esperanza. Que podamos ser, pues, testigos del amor de Dios y disfrutemos de la paz que siempre necesitamos. Una paz que pedimos a Dios pero que entre todos debemos saber construir. Sintámonos, pues, hijos con una perspectiva de eternidad.

Si nos fijamos también en la segunda lectura que hemos escuchado, San Pablo nos recordaba que, por estar bautizados como cristianos, participamos de la muerte y de la resurrección de Cristo. Gracias al poder admirable de Dios Padre, Cristo resucitó de entre los muertos. Y, como nos decía San Pablo, Dios nos da a nosotros poder emprender una vida nueva.

Es cierto, pues, que la vida de cada persona, de los que estamos aquí y de los que nos seguís desde lejos, recibe un apoyo inmenso que nosotros podemos acoger y que vale la pena que queramos acogerla. Así, con la ayuda de nuestro Señor, podemos continuar o emprender una vida siempre abierta y renovada. San Pablo concluía: «consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús».

Que así sea.

 

Abadia de MontserratDomingo de la XIII semana de durante el año (28 junio 2020)