Domingo II de Pascua (16 de abril de 2023)

Homilía del P. Lluís Juanós, Monje de Montserrat (16 de abril de 2023)

Hechos de los Apóstoles 2:42-47 / 1 Pedro 1:3-9 / Juan 20:19-31

 

Creer en Jesús, llegar a ser testigos de su resurrección no fue fácil y menos para aquellos primeros discípulos que compartieron la vida con él y vieron como su Maestro, aquel en quien habían puesto sus ilusiones y su confianza, era condenado a morir en cruz como un blasfemo y malhechor.

De hecho, ésta ha sido la primera reacción de muchísima gente a lo largo de la historia ante el mensaje cristiano y más en concreto ante la resurrección de Jesús. Y no es de extrañar si tenemos en cuenta lo que se afirma en los relatos de las apariciones del Resucitado: Jesús se apareció a María Magdalena; ella fue a comunicarlo a los discípulos, pero no la creyeron. Después se apareció a dos discípulos que caminaban y también fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron.

Poco creían los discípulos reunidos con las puertas cerradas por miedo a los judíos. La derrota del Maestro les hace pensar que quizás ellos sean los siguientes en perder la vida, y de repente, Jesús entra, y se pone en medio de ellos para deshacer cualquier sombra de duda, para abrir sus ojos a una fe más grande que todas las evidencias, para infundir en sus corazones que la Pascua es la novedad que es preciso proclamar a todos los pueblos, la respuesta definitiva de Dios al sentido de la vida y de la historia.

Y es que el amor ha sido más fuerte que la muerte; un mensaje que a los ojos de muchos puede parecer optimista, excesivo, irreal, por no decir sospechoso de un cierto triunfalismo que nada tiene que ver con la situación de nuestro mundo, asediado por conflictos internacionales, laborales o familiares, y tantas otras situaciones de sufrimiento, de injusticia o precariedad que no hacen más que reforzar la legitimidad de la duda, o de pensar que el mensaje de Pascua no es más que una preocupación de cuatro iluminados o una evasión espiritualista y desencarnada de la realidad que nos envuelve.

Sin embargo, hay que decir que hay una duda cerrada en sí misma que puede llegar a ser tanto o más conservadora que la más dogmática de las certezas. Hay agnósticos que militan sin lugar a dudas en la duda más indudable. Profesan ciegamente el principio «dudo, ergo existo», es decir, hago de la duda mi fe, alrededor de la cual construyo todo un sistema cerrado, un sistema pseudoreligioso hecho sólo de certezas inapelables. En cambio, hay una duda abierta a nuevas posibilidades, que no se cierra en las propias certezas, sino que queda abierta a una realidad mayor que lo que podemos constatar.

En efecto, ocho días después de aquel primer domingo de Pascua, los discípulos estaban de nuevo encerrados, y con ellos Tomás. Tomás estaba seguro de no volver a ver nunca más a Jesús. Se negó a dar alas a sus esperanzas por no verlas deshechas a pedazos una vez más y su escepticismo acaba siendo la oportunidad para que Cristo se manifieste de nuevo en medio de ellos, y acepte hacerse experiencia sensible también para Tomás.

Como a los demás discípulos, también necesita hacer el proceso que le llevará a creer; necesita morir en su incredulidad, en sus certezas y dudas para nacer en la fe y abrir su corazón a una realidad mayor que todas las evidencias. Cuántas veces quisiéramos reducir nuestra fe a los criterios de una verificación palpable, audible, visible, como si la percepción de los sentidos fuera el único camino para acceder a la realidad de Cristo Resucitado y cuántas veces también habremos podido constatar en nuestra vida testimonio de hombres y mujeres que quizás sin proclamarlo con palabras y discursos nos han manifestado con el lenguaje del amor y la generosidad que también «han visto al Señor». Jesús acepta el juego de dar señales de su presencia entre nosotros, y por la fe nos abre a la experiencia de “ver” y “sentir” cómo sigue vivo y operando en medio del mundo.

Hermanas y hermanos, el evangelio de hoy pone a nuestra consideración una realidad que no podemos olvidar: la fe de Tomás es el reconocimiento de que Cristo resucitado no se reduce a un hecho, patrimonio del pasado, sino a alguien que continúa presente y viviente en nuestra vida y en nuestra Iglesia y no se ha desentendido de nosotros, a pesar de nuestras dudas o nuestra poca fe, y si aun así nos cuesta verlo, Jesús nos pide como Tomás que «metamos los dedos en sus heridas y la mano en su costado» porque no se ha alejado de nuestra realidad humana sino que se hace «palpable» en su Palabra, en los sacramentos y en las heridas de aquellos hombres y mujeres que sufren y que perpetúan su cuerpo entre nosotros, ese cuerpo de humanidad que anhela de nuevo participar de su redención y su Pascua. En este sentido, la experiencia de Tomás es la expresión más realista del itinerario de la fe de todo creyente que busca el rostro amoroso de su Señor y esta búsqueda nos invita a hacer nuestra la experiencia de aquellos discípulos, de aquel apóstol que pese a su escepticismo supo reconocer en Jesús a su Señor.

En los pueblos de labradores, al menos cuando yo era pequeño, durante el día las puertas de las casas se encontraban abiertas. Esta costumbre era un signo de confianza y de hospitalidad; no había ningún temor. A cualquier hora podías entrar en cualquier casa como si estuvieras en la tuya. No tenían miedo a nada ni a nadie. Como los discípulos, ocho días después de Pascua, también nosotros, con nuestras dudas y certezas, nos encontramos reunidos en nombre del Señor, en esta casa, sabiendo que Él está en medio de nosotros. No tengamos miedo de abrir puertas y ventanas para que nos entre la luz del Resucitado y el aire fresco de su Espíritu. Felices nosotros si hacemos nuestra la fe de Tomás y sabemos mantenerla viva a pesar de las claridades y sombras de nuestra Iglesia y de nuestro mundo.

Abadia de MontserratDomingo II de Pascua (16 de abril de 2023)

Domingo de Pascua (9 de abril de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (9 de abril de 2023)

Hechos de los Apóstoles 10:34a.37-43 / Colosenses 3:1-4 / Juan 20:1-9

 

Después de haber pasado una noche en vigilia nos volvemos a reunir para celebrar la eucaristía en esta fiesta de las fiestas que es la Pascua. Parece que no nos cansamos de rezar y es que no encontramos otra manera de seguir contemplando y agradeciendo lo que cantábamos en el canto de entrada, en las palabras que hoy son las palabras de Jesús: que después de una vida entera de amor a Dios, y de esta muerte en Cruz, puede volverse hacia Dios y decirle: “He resucitado, me he reencontrado contigo, ¡no me has dejado de tu mano!”

“No me has dejado de tu mano”. Una frase sencilla que nos revela los rasgos más tiernos de Dios que como padre o madre, no dejan de la mano a su hijo, frágil. O que nos revela un gesto típico de las parejas que se quieren. Una de las oraciones típicas de la divina liturgia bizantina ha captado esta naturaleza de Dios y utiliza una expresión que explica muy bien esa frase. Dice que Dios es “bueno y amigo de los hombres” αγαθός και φιλάνθροπος. En la palabra original, filanthropos se incluye a cualquier persona humana sin distinciones, empezando por la de ser hombre o mujer. Por eso algunos prefieren traducirla como amigo de la humanidad.

Jesucristo es el primero en volver por su resurrección al Padre. Si este retorno tenía una razón teológica muy clara, “porque de Dios venía y a Dios volvía”, esto ocurre en la historia, hay testigos, afecta a aquel que, siendo Dios encarnado, vivió, caminó y murió como hombre en la tierra: a Jesús de Nazaret. Precisamente por eso, podemos pensar que su historia será un día la nuestra y que, desde el momento de su resurrección, Dios es más que nunca bueno y amigo de la humanidad y “nunca nos deja de su mano”.

Si bien él lo es de todos, Amigo de los hombres sin distinciones, nosotros hemos llenado nuestro mundo de categorías humanas, de primeros, segundos, terceros y cuartos mundos. Medimos por Productos Interiores Brutos de los países, por rentas per cápita, por tantos otros factores que en el fondo no hacen sino medir lo que Dios seguramente no hubiera querido nunca: las enormes diferencias dentro de una misma humanidad. Él ha resucitado por todos.

Una de nuestras primeras obligaciones como cristianos sería hacer como Dios, por tanto, ser también nosotros amigos de la humanidad y mirar cómo no podemos dejar a nadie de nuestra mano. Aunque sea un granito de arena en esta labor utópica que no deja de ser eso que llamamos construcción y venida del Reino de Dios a la tierra, muchas instituciones se hacen conscientes de las desigualdades y quieren ayudar a corregirlas. Haciéndonos solidarios haremos, en la misa de hoy una colecta a favor de la comunidad de San Egidio que tiene una sensibilidad especial por los pobres y necesitados.

La forma en que Jesucristo se hace amigo de la humanidad en la Resurrección es en el fondo muy discreta. Nos han explicado que cuando los escolanes estuvieron en Australia, hace un mes, fuisteis un día a ver los canguros a un lugar llamado Clealand Wildlife Park y le dijeron que debían acercarse poco a poco. Si estabais tranquilos, los canguros vendrían solos. El evangelio está lleno de momentos en los que nosotros hombres y mujeres tenemos miedo a Dios, a sus apariciones, incluso miedo a Jesucristo cuando hace cosas demasiado extraordinarias. Pero él nos dice que no tengamos miedo. Si vosotros, escolanes, erais capaces de entender el miedo de los canguros, y por tanto de acercaros poco a poco, ¿cómo Jesús resucitado no será capaz de entender nuestro miedo y de acercarse a nosotros poco a poco, diciéndonos que no tengamos miedo? Nos lo dice incluso cuando resucita. Por eso digo que es discreto. Tan discreto que incluso no le reconocemos muchas de las veces que se aparece resucitado. Como si dejara tiempo a cada uno para realizar su proceso de comprensión, de acercamiento. En esta comparación nosotros somos los canguros que tenemos miedo y él es como vosotros escolanes que quiere acercarse. Jesucristo resucitado también quiere acercarse de una forma muy discreta pero muy eficaz y muy directa a vosotros, a todos.

De una manera muy especial, hoy Jesucristo se acerca a vosotros cuatro, los dos Orioles, Lluc y Martí, escolanes de cuarto que haréis la primera comunión. En el pan y el vino, aunque son elementos muy sencillos, confesamos la presencia de Jesús, la presencia de Cristo resucitado. Vosotros vivís una vida de fe porque la Escolanía os la facilita, participáis en la oración de Salve, ahora ya de lleno, activos en el coro y vivís en Montserrat, desde donde podéis uniros y ayudar en la oración de tantos peregrinos. Pero con la primera comunión, y con todas las que vendrán desde ahora, Jesús os pide también que personalmente creáis en esto que he estado diciendo antes, que él es amigo de la humanidad, y por tanto amigo vuestro. Cada vez que comulguéis, pensad en ello. Pensad en este Jesús que quiere que seáis felices y que estará a vuestro lado siempre, incluso en aquellos momentos que no lo sintáis. Para algunas personas, el momento de la primera comunión, ha sido un recuerdo importante para su fe, durante toda su vida. Y no sólo vosotros, sino todos los escolanes, pensad en este Dios que no deja de ir de vuestra mano.

La Resurrección de Cristo es el testimonio definitivo de que Dios es el Amigo de los hombres. Porque si se había encarnado en él devolviéndonos aquella dignidad con la que nos creó, ahora da definitivamente a la humanidad un sitio a su lado. No podríamos imaginar una prueba de amistad mayor que ésta.

Queridos hermanos y Hermanas, que estáis aquí en Montserrat o que os unís a nuestra celebración, el mensaje central que quiero transmitir esta hermosa mañana de Pascua, está resumido en las palabras del canto de entrada: He resucitado y estoy aun y siempre contigo. Dios como reza la liturgia oriental es bueno y amigo de la humanidad, se nos acerca en humildad y discreción, como discreta es la Iglesia que nace de la resurrección de Cristo y sirve al mundo como amiga de las mujeres y de los Hombres, mostrándonos el camino para ser discípulos de Cristo en el mundo.

Dear brothers and sisters. It may be that some of you have joined us from abroad this blessed Easter morning in Montserrat or are following us through electronic media, in some part of the world. I would like to give a very short message using the words we said at the beginning: I have risen, and I am with you still, You have laid your hand upon me. These words express a deep insight about God who the Eastern Liturgy named as Friend of Humanity. In his Resurrection Christ calls us to be part of a living community of Faith, Love and service, to be part of a Church that wants to be a true friend of every man and woman.

Y, además, Dios es bueno y amigo de los hombres porque de todo esto nace la Iglesia, que es también amiga de la humanidad. Con sus defectos, que siempre tenemos que querer corregir, porque somos hombres y mujeres quienes la formamos, el cariño y el servicio que la gran comunidad cristiana ha hecho y da son inmensamente mayores que estos defectos. Tantas veces con esta misma discreción que Cristo hecho eucaristía y que Cristo resucitado, poniéndose en cada una de las situaciones sociales que la necesitan, dejándose clavar en la cruz con tantos crucificados.

Es necesario que seamos conscientes, como decía San León de la dignidad que tenemos por el hecho de ser cristianos, es una dignidad que nos viene de Dios, que nos viene de Cristo. Hoy domingo de Pascua, es el día de recordar y repetir:

He resucitado, me he reencontrado contigo

No me has dejado de tu mano

 

Abadia de MontserratDomingo de Pascua (9 de abril de 2023)

Vigilia Pascual (8 de abril de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (8 de abril de 2023)

(…) / Romanos 6: 3-11 / Mateo 28:1-10

 

Una vez, un amigo me explicó que participando en una vigilia pascual con una persona no cristiana, ésta le preguntó: ¿Realmente toda esa gente cree que alguien puede resucitar?

Tal como está propuesta, incluso yo compartiría algo, queridas hermanas y hermanos, de la pregunta porque tiene algo de trampa. Puesto que la cuestión no es si alguien puede resucitar, sino que Jesucristo ha resucitado, esto es lo que nosotros creemos y con nosotros muchos millones de hermanos y hermanas en todo el mundo.

Esta noche la reservamos a esto, a celebrar que Jesucristo ha resucitado. La separamos de las otras noches, la alargamos, durmiendo un poco menos. ¡Y si fuéramos monjes orientales no dormiríamos nada! Nuestra fe tiene su centro en esta Vigilia y todo lo que nosotros creemos hoy: el ser de la persona de Jesús de Nazaret, su evangelio, la Iglesia, la belleza de la liturgia que hemos ido enriqueciendo durante los siglos, pero no hablar de la música y el arte cristiano y de la influencia de nuestra fe en toda la cultura y el pensamiento contemporáneo; todo, todo comienza en esta noche, en una resurrección que transforma la vida de un predicador y profeta, que a pesar de las interesantísimas cosas que dijo, las curaciones y los milagros que hizo, probablemente habría acabado como un perfecto desconocido si no hubiera resucitado.

Hoy, esta noche de Pascua del año 2023, después de tantos siglos de tradición, podría parecernos que todo es algo apoteósico, pero si volvemos a los orígenes, veremos que este camino de la fe en la Resurrección de Jesucristo no fue tan fácil. Empezó con el testimonio de una mujer, de dos mujeres, de dos discípulos…, un testigo que en el primer momento costaba mucho creer; ¡más o menos como ahora! ¡Había que ir y verlo! Y fueron.

Menos mal que el Señor es perseverante y no sólo resucitó, sino que se apareció bastantes veces para acabar convenciendo a una comunidad de discípulos suficiente para asegurar esta fe, que se nos ha transmitido hasta el día de hoy. Una fe que, a pesar de nuestra percepción europea, nunca ha parado de crecer.

Como le decía al principio. La resurrección que celebramos no es la de alguien cualquiera que resucita. Es la del Hijo de Dios que en Navidad celebrábamos como la Palabra de Dios venida al mundo. Que ese Dios venido a la tierra no podía morir parece lógico. Forma parte de un plan que comienza en la Creación y va avanzando abriéndose paso en multitud de circunstancias humanas e históricas. Pero que la resurrección sea parte de la historia y no una idea teológica, es lo que la hace fuerte, real, que da a Jesús la atracción para ser seguido.

La celebración de hoy reúne presente, pasado y futuro.

Pasado porque hemos escuchado algunos momentos de ese plan de Dios que siempre apunta a la vida, en la Creación, en el sacrificio de Isaac, en el paso del Mar Rojo, en las profecías…, el mensaje siempre es que Dios vence y que la libertad, y la vida no pueden deshacerse. No podía ser pues de otra manera por este Hijo amado, Jesucristo, que como Palabra de Dios ya estaba presente en todos estos momentos de vida, lucha y esperanza del Pueblo de Israel.

Presente, por la misma resurrección de Cristo, que hemos significado con el encendido del cirio Pascual, la entrada en la Iglesia en medio de la oscuridad y el canto del Exultet. Sí, esto siempre está presente porque hoy es el día en que ha obrado el Señor. Sólo afirmando que quien resucita no es alguien anónimo, puede entonces la resurrección convertirse en la esperanza para todos los que nos hemos unido a Jesucristo por el bautismo. En Jesucristo resucitado Dios nos está esperando. Desde toda la eternidad, durante toda la historia, Dios nos espera a cada uno de nosotros.

Todos estamos llamados a revivir la fe de aquellas mujeres que vieron al resucitado y tuvieron miedo y quizás alguna duda sobre qué ocurría. Quisiera que nos hiciéramos conscientes de que el núcleo de nuestra fe, en tanto que acto humano, comienza a menudo en esta duda y ese miedo a aquellas mujeres humildes. La gran celebración de esta noche llega para ayudarnos a fortalecer nuestra fe, para centrarla en lo esencial: Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero nunca se puede quedar encerrada en sí misma como un vigilia bonita y suficiente.

Futuro porque Dios os está esperando a vosotros David y Cinto. Vosotros habéis hecho, como corresponde a chicos de vuestra edad, el camino hacia la fe en Jesucristo resucitado. Y estáis en el corazón de esta noche, la proyección más importante que podríamos hacer hacia el futuro, porque representáis con todos los más jóvenes que estáis aquí, el mañana de nuestra Iglesia. Os incorporaréis a la familia de los bautizados, recibiréis el Espíritu Santo y participaréis por primera vez de la Eucaristía. Seréis llamados a vivir como cristianos en la Escolanía, donde todos sus compañeros también participan de la fe. Todos los escolanes añadís a la vocación de quienes se bautizan, la de compartir una vida de escuela, de amistad y de preparación para la vida en medio de un grupo de chicos que como vosotros, sus padres y madres han querido que estuvierais unos años aquí, en Montserrat. Montserrat es un lugar de fe, donde muchos peregrinos vienen a celebrar cada día la Pascua, que recordamos en nuestra misa y otros vienen a rezar o quizás acaban orando gracias a vosotros, aunque venían para otra cosa.

Aunque no os lo parezca todos vosotros, no sólo David y Cinto, sois como aquellas dos mujeres, como aquellos dos discípulos de Emaús que decían: El Señor ha resucitado y sabemos, porque tenemos testimonios de ello, que vuestro canto ha sido a veces el principio de la fe de algunas personas. 

Sé que los más pequeños habéis trabajado hoy una cruz, que al principio no significaba mucho, pero que habéis ido pintando, y pegando flores, la habéis llenado de vida. Muchos caminamos ayer juntos detrás de la Cruz, acompañando a Jesús crucificado. La verdad es que él os acompaña a vosotros y puede hacer si confiáis, que algunas dificultades que os encontraréis en la vida, que son estas cruces vacías y frías, se vuelvan cruces llenas de vida si sois capaces de mirarlas y de transformarlas como habéis hecho en la actividad de hoy que ahora presentaréis. Esta noche celebramos esto: que esa Cruz donde estaba Jesús muerto, ahora representa a Jesús vivo y vencedor de la muerte.

A vosotros, pues los más jóvenes, y a todos, Cristo nos llama hoy a comprometernos en su seguimiento. Por eso renovamos en medio de esta noche nuestras promesas bautismales y hacemos una apuesta por el futuro. Por un futuro más evangélico. Necesitamos creer en Dios y en la Paz. Ayer y hoy el mundo se ha levantado con otras dos amenazas de guerras: Una en la frontera entre Israel y el Líbano, muy cerca de Nazaret, de las fuentes del Jordán, donde Jesús fue reconocido como Mesías por sus discípulos, y otros lugares tan importantes para la fe y aún otra amenaza en los límites entre China y Taiwán. ¡Porque al Reino de Dios le cuesta mucho avanzar en la historia! ¿Y qué podemos hacer nosotros? Intentar ser constructores de paz. Intentar ser solidarios. Hoy volveremos a hacer una colecta a favor de Caritas, conscientes de que los conflictos comienzan tantas veces en las dificultades y en las exclusiones más básicas, y que también es importante que procuremos equilibrar un poco todas las diferencias que el mundo genera automáticamente pero que son tan contrarias a la voluntad de Dios.

Continuemos esta celebración con fe agradecida porque creemos en Jesucristo resucitado, y en todo lo recibido, con esperanza renovada porque esta resurrección del Señor nos abre las puertas de un futuro mejor, tanto personal como colectivamente y roguémosle que en esta eucaristía nos renueve en nuestra capacidad de amarle cada día más a Él y a todos nuestros hermanos y hermanas.

 

 

Abadia de MontserratVigilia Pascual (8 de abril de 2023)

Viernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (7 de abril de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (7 de abril de 2023)

Isaías 52:13-53:12 / Hebreos 4:14-16; 5:7-9 / Juan 18:1-19:42

 

Silencio.

Desde el final de la celebración de ayer, el jueves Santo y el inicio de la adoración al santísimo, nos ha acompañado el silencio. Decíamos ayer que quedaban veinticuatro horas. Ahora no. Ahora ha terminado. Ésta es una de las impresiones emocionales fuertes del viernes Santo.

Hemos comenzado esta conmemoración en silencio.

Hemos acompañado la muerte de Jesucristo en la Cruz callando y arrodillándonos, los que habéis podido, o con otro signo corporal que quería hacer más fuerte y significativo este momento.

Ha dejado de tocar el órgano. Y aunque seguimos cantando porque la música no puede faltar nunca, queremos que el silencio acompañe también nuestra oración quizás más que en ninguna otra celebración del año.

Pienso que en días como hoy, cuando habla la Palabra, quizá deberíamos callar.

La humildad nos hace conscientes de que ninguna palabra puede igualar a las de Jesús en el relato de la Pasión, cuando habla casi sin decir nada, con palabras medidas. Qué silencios más llenos. ¿Cuántos ecos no tienen?

Más que hablar, trato de hacer como la pared de los ecos de nuestra montaña, que devuelve algunos de los sonidos que le llegan, un sonido que para nosotros son las lecturas y la liturgia de hoy. En el centro del silencio del viernes santo está la cruz de Jesucristo. Y si recuperamos la pregunta que os propuse y que nos ha acompañado desde el domingo de Ramos: ¿Quién es éste? Nada nos lo revelará tanto como la cruz, donde fue crucificado y ejecutado Jesús de Nazaret. Sin embargo, hasta en la cruz y en la muerte, la Pasión según San Juan, nos transmite la serenidad, el control que un rey o, mejor, alguien como Dios tiene sobre la realidad y la historia. Por eso, sin embargo, y porque somos hijos de la resurrección incluso el viernes santo, hoy, no callamos, y celebramos y adoramos una cruz que confesamos como portadora de vida.

Seguramente los más jóvenes y pequeños habéis hecho alguna vez una cruz. Es sencillo. Basta con atar dos travesaños, dos ramas, lo que se tenga, y cruzarlas, en ángulos más o menos rectos. El travesaño vertical está destinado a hundirse en el suelo y levantarse hacia arriba, hacia el cielo, hacia donde siempre, infantilmente hemos colocado a Dios, al menos en nuestra lengua, en la que utilizamos la misma palabra para el cielo físico y para el cielo teológico. El otro travesaño es el horizontal, el que se extiende hacia los demás, el que abarca la realidad.

En medio de los dos travesaños de la cruz, en el centro, está siempre Jesucristo crucificado. En su muerte en cruz, podemos ver la verticalidad de su cuerpo que prolonga el travesaño clavado en la tierra, en la tierra de su vida, de los caminos de Galilea, en esta vida que pasó queriendo explicar quién era realmente el Dios de Israel, hacia quien apunta ese mismo travesaño vertical y quien era él mismo, Jesús de Nazaret, su Hijo amado.

Y eso sólo lo explica el otro travesaño de la cruz, el horizontal. Lo que abraza al mundo, el de los encuentros con todos los marginados de la sociedad, desde los leprosos y las prostitutas, con los enfermos, con los excluidos por motivos religiosos, con las viudas pobres e incluso con los ricos como Leví que estaban al margen por ser estafadores y explotadores.

La cruz nos explica de verdad la realidad. Si ayer decíamos que la eucaristía era más que un recuerdo, porque Dios estaba realmente presente, hoy lo volvemos a decir.

La cruz también pone en tensión a Dios y al mundo, en esta relación de amor por parte del Padre y de odio inexplicable por nuestra parte, la humanidad, una tensión que la Cruz misma manifiesta mejor que ningún otro signo.

Odio de una parte del mundo, de una parte, de nosotros mismos, de cada uno de nosotros, que rechaza a Dios y al evangelio, que se mantiene cerrado. El odio que prefiere indultar a un culpable que perdonar a un inocente, odio que nos hace a veces tan manipulables como los que gritaban: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. El odio que no aceptó la bondad y la palabra de Jesús y pensó que haciéndole desaparecer le liquidaba para siempre. Pero la cruz también nos manifiesta amor, amor sobre todo de Jesucristo. Porque no huyó ni se desdijo de sus palabras, porque se mantuvo fiel. Porque no negoció con lo que no era negociable.

Los improperios que cantaremos adorando la Cruz son reflejo de esta bondad de Dios y de esta respuesta inexplicable. En cada estrofa existe esta dinámica: ¿Qué te he hecho? ¿En qué te he entristecido? Yo te amé y tú me has crucificado.

Naturalmente que esta tensión produce sufrimiento, un sufrimiento que puede llegar a triturar a quienes se ponen en medio, como leíamos en la primera lectura. La fidelidad tiene muchas veces esa dureza. Pero un sufrimiento que nos hace fuertes y nos hace mayores. Nos hace como personas y sufrimos porque amamos y de nuestro amor siempre hay alguien que se beneficia directa o indirectamente.

Entendiéndola de este modo, podemos acercarnos a la naturaleza salvadora de la Cruz y del sufrimiento de Jesucristo, que son en el fondo un misterio, por el que necesitamos tanta fe como la que reclamábamos ayer para la eucaristía.

¡Y hoy, si volvemos a pensar en los improperios, nos acercamos incluso al sufrimiento de Dios por nosotros, que parece que no entienda porqué hemos preparado una cruz a nuestro salvador!

El viernes santo es un día de recuerdo, de catolicidad, esto es de universalidad. Un día en el que los brazos de la cruz se extienden a todos y lo recordamos en la oración de los fieles, llamada precisamente universal. Lo que rememoramos nos hace tener presente Tierra Santa, las dificultades de los cristianos que viven en ella y que cada vez se reducen más. Por eso, la Iglesia nos llama hoy a acordarnos de aquellas tierras en una colecta, como ya hizo San Pablo, en los inicios de la evangelización.

Pensemos también en nosotros, en cómo la idea de los dos travesaños de la cruz nos coloca como Jesús delante de Dios y delante del mundo. Nos coloca en la tensión del servicio a los demás y de la fe, con sus dificultades y sufrimientos. Podría ser una buena idea cuando vayamos a adorar la Cruz. Pensar en un Dios que se ha hecho hombre y se ha hundido en la tierra como el travesaño vertical para abrazar a toda la humanidad, con el travesaño horizontal, y llevarla hacia el cielo.

 

Abadia de MontserratViernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (7 de abril de 2023)

Missa de la Cena del Señor (6 de abril de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (6 de abril de 2023)

Éxodo 12:1-8.11-14 / 1 Corintios 11:23-26 / Juan 13:1-15

 

¿Qué ha cambiado, queridas hermanas y hermanos, desde el domingo? Observábamos la tensión que se producía entre la entrada de Jesús en Jerusalén como rey y la narración de su muerte, como delincuente. Estos días de Semana Santa han sido un seguimiento, una profundización más tranquila de la historia de los últimos días del Señor y de los discípulos, pero ahora, al iniciar el Tríduum pascual, tenemos la sensación de que el tiempo se acelera, que el tiempo se termina y que todo se resolverá en breve.

Todos hemos hecho la experiencia o alguna vez nos han preguntado lo que haríamos si nos quedara poco tiempo para vivir. Es decir, todos hemos sido a veces puestos ante aquella situación en la que el tiempo se acelera. Nuestra sociedad lo hace casi por defecto y nos hace vivir con el tiempo normalmente siempre acelerado, forzándonos así a tomar rápidamente decisiones que las fuerzas que más o menos lo manejan todo quieren que tomemos.

Pero la aceleración del tiempo en el fin de la vida de Jesús que hoy queremos tener presente, no es una pregunta retórica para estimular nuestra imaginación ni una estrategia comercial, sino algo muy real. Es el fin. Tiene veinticuatro horas. Entonces decide concentrar el sentido de todo en el gesto más significativo que encuentra o imagina.

Este gesto es la eucaristía. En la línea de la tensión hacia el final pone la semilla del futuro.

Si el domingo de Ramos nos encontrábamos ante la pregunta sobre ¿quién es Éste? Hoy me atrevería a decir que este jueves Santo es la participación en la intimidad de Jesús y de sus discípulos. En la víspera de su muerte, reúne al grupo más cercano. No hace una gran performance o un show, en el sentido de que nosotros estamos acostumbrados hoy por los medios. Aprovecha un elemento de la tradición, la cena pascual judía, que hemos escuchado explicar en la primera lectura y nos dice que él es quien se sacrificará en lugar del cordero o el cabrito, que la sangre derramada será su sangre. Todo esto lo hace en comunidad, con un grupo reducido, hace una opción por la comunidad. Prepara a los discípulos. Los hace testigos directos para que puedan desde ese mismo momento imitar y reunir a la comunidad para recordarlo. «Estando con ellos en la mesa» decía el evangelio y «Aquella noche de la cena, el último con los hermanos, sentado con ellos…», dirá el himno que cantaremos al final de la celebración, en la procesión al santísimo.

En esta preparación para el futuro vemos reflejada la llamada a los presbíteros a ser servidores de las comunidades, estimulando dentro de las posibilidades humanas de cada uno, el recuerdo de Jesucristo, por la predicación de la Palabra, por la celebración de los sacramentos, por el ejemplo. Por eso hoy celebramos que el Señor nos haya llamado a servir de esta forma a las comunidades. Nos obliga y nos impresiona tener que promover realmente el recuerdo del Jesucristo en el ahora y aquí de la historia. Él, Jesús de Nazaret y su evangelio, es el criterio de nuestro servicio y normalmente la intuición de los fieles es más que suficiente para ver si vamos por el buen camino. Necesitamos escucharla.

Pero no sólo celebramos un recuerdo de Jesús como personaje histórico o un gesto. Su identificación con el pan y el vino de la eucaristía conecta con la realidad de Dios, de ahí su fuerza. Él está siempre presente. Por la eucaristía nos ha dado el sacramento más fuerte, más central, la fuente y la cima de la vida de la Iglesia. La reserva del cuerpo y de la sangre de Cristo ilumina las Iglesias con esta realidad de Jesucristo resucitado que se nos ofrece a nuestro nivel más básico, el de la comida cotidiana y que desde ese primer jueves Santo se ha quedado para siempre en el centro de cada comunidad cristiana. Creerlo así nos pide fe.

La música de lo que cantamos es muy importante. Yo os animo a vosotros escolanes que estáis tan abocados a la música y que cantáis tanto esta semana a fijaros y tratar de comprender lo que cantáis. Por ejemplo, para entender esta fe podemos decir que hoy la hacemos muy explícita y los cantos nos ayudan. Si retomamos las palabras que Santo Tomás de Aquino escribió en el himno Canta lengua el santo misterio, que ya he citado encontraremos dos frases muy cortas que nos enseñan que la profundidad de los gestos de Jesús, la comprendemos con la fe: “aunque el sentido no alcanza, para afirmarlo al sincero corazón con la sola fe le basta”. ¡En ningún caso estamos diciendo que los sentidos no nos ayuden, sino que necesitamos ir un poco más allá! Lo cantaréis vosotros y lo cantaremos todos, adorando precisamente el pan, convertido en el cuerpo de Cristo que reservamos solemnemente para poder seguir adorándolo hoy, sintiéndonos cerca de esta intimidad tan propia del Jueves Santo.

El evangelio de hoy nos habla también de servicio. Recordamos el lavatorio de los pies.

Este amor y este servicio de Jesús nos salva porque vienen de él, pero también nos obliga. ¿A quién debemos lavar los pies nosotros, para quien repetimos los gestos y la oración de la eucaristía cada vez que la celebramos?

Lo hacemos a quienes sufren más. Aunque es difícil identificar colectivamente quiénes son estos más necesitados, cada jueves santo hacemos el signo de recordarlos y de confiar a Cáritas el fruto de la colecta a la que os invitamos a participar junto con nuestra comunidad. Caritas nos recuerda constantemente aquellos sectores en los que hace falta ayuda. La salud mental de los jóvenes y adolescentes, los problemas de vivienda, los sin techo.

En el ámbito de la exclusión social, todos estamos algo aterrorizados cuando escuchamos noticias de violaciones cometidas por menores de edad, que normalmente proceden de situaciones sociales difíciles. ¿Han pasado siempre y no lo sabíamos? ¿Son una novedad fruto de modelos perversos accesibles cada vez más pronto y más fácilmente? ¿Qué parte existe de responsabilidad personal y qué parte de no ser capaces de crear los entornos saludables? Ver cómo extender a todos los que necesitan el amor y el servicio de la Iglesia es también un reto de cada eucaristía.

Pero todavía podemos ensanchar la mirada y el sentido. Quisiéramos orar y amar a todo el mundo, porque servir y celebrar nos hace Iglesia, y la Iglesia está llamada en este mundo a ser signo de la unidad de toda la familia humana. Por eso cantaremos también durante el lavatorio de los pies “buscando unidad nos reúne el amor de Cristo”.

Yo diría que además la Iglesia está destinada hoy a ser signo de que existe esperanza en una vida diferente para todos. Una vida humana, una vida de plenitud, el modelo para una sociedad que no deje a nadie a un lado, desde el punto de vista material pero también desde el punto de vista espiritual. Nosotros sólo podríamos decir que tenemos la fuerza que tenemos, que ciertamente no sería suficiente para nada, pero tantos siglos de eucaristía nos refuerzan en la convicción de Dios que ayuda.

Jesucristo quiso que la cena fuera el inicio de su Pascua y quiso aparecerse como resucitado en más de una comida de los discípulos, desde entonces no hemos dejado de recordarle ni un solo día en la larga historia de la comunidad cristiana.

Da devoción cuando escuchas todavía hoy en Grecia, por doquier, la palabra gracias, euxaristoso, que se parece tanto a la Palabra eucaristía. Se te hace evidente que debemos dar gracias por el don de Jesucristo que nos reúne como hermanos y hermanas. Ojalá que él, el Señor, nos mantenga fieles al espíritu de servicio y de donación que emanan de este jueves Santo.

Abadia de MontserratMissa de la Cena del Señor (6 de abril de 2023)

Domingo de Ramos y de Pasión (2 de abril de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (2 de abril de 2023)

Isaías 50:4-7 / Filipenses 2:6-11 / Mateu 26:14-27.66

 

¿Quién es éste? Una vez más, queridas hermanas y hermanos, hemos visto que la forma de hacer de Jesús de Nazaret, provocaba la pregunta “¿Quién es éste?” que cerraba la descripción de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, que hemos leído en el evangelio fuera en la plaza, antes de empezar la procesión.

Los evangelios nos han dejado el testimonio de la admiración, del interés, de la curiosidad de los primeros discípulos y de otros contemporáneos, que ante hechos extraordinarios se preguntaban cómo encajaba aquel “profeta, Jesús de Nazaret” en las categorías con las cuales ellos solían calificar a los hombres, los rabinos e incluso los propios profetas. La respuesta es muy fácil: sencillamente, no encajaba: Jesús no encajaba en ningún sitio. Había que buscar y preguntarse más, era necesario ir un poco más allá, forzar la tradición. La pregunta: “¿Quién es éste?” surge sobre todo cuando Jesucristo hace cosas que corresponden a Dios: perdona los pecados, se manifiesta con poder sobre el viento y el mal mar, o como hoy, toma el lugar de aquel salvador esperado y predicho por el profeta Zacarías: “Digan a la ciudad de Sión: Mira, tu rey hace humildemente su entrada, montado, en un pollino, hijo de un animal de carga”, un salvador al que el pueblo recibe con estos “Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en lo alto del cielo»

Parecía que finalmente la categoría de ese Mesías salvador era la buena. Lo leíamos durante la Cuaresma en la boca de la mujer Samaritana: “¿No será el Mesías que esperábamos?” No nos hacemos ilusiones: Él mismo nos lo ha dicho en la lectura de la Pasión: “Esta noche todos tendrán de mí un desengaño”. Él es el Rey que entra en Jerusalén y es el delincuente que fallecido crucificado. Si el nombre de Mesías le iba bien, no es en el sentido en que lo esperaba el pueblo de Israel. Ni siquiera este nombre, tal y como era tradicionalmente entendido le corresponde, por eso San Pablo podrá decir después con acierto: «Nosotros predicamos un Mesías crucificado, que es un escándalo para los judíos».

No creo que encontráramos una mejor entrada en esta Semana Santa que hacernos la pregunta “¿Quién es éste?” como una invitación a profundizar en nuestro conocimiento de Jesucristo. A todos, los que estáis aquí, y seguramente participarán en todas las celebraciones, a todos los que nos sigan desde casa, a los que quizás sólo asistan o se conecten por la misa de hoy, domingo de Ramos, les invito a preguntaros desde vuestra vida, desde vuestra experiencia cristiana, en el estado en el que esté, incluso si está en los márgenes de la fe, a preguntaros: «¿Quién es éste?», y a intentar escuchar la palabra y la liturgia de esta Semana Santa y Pascua. El testimonio cristiano tiene su origen en la narración de lo que empezamos a conmemorar hoy, la pasión, la muerte y la resurrección de Jesucristo. Si éste es el núcleo de nuestra fe, deberá ser también aquel que mejor nos responda sobre la identidad de quien está en el centro.

Intentaré acercarme a Jesús y a los distintos escenarios de estos días, viendo lo que nos dice la tensión que se palpa en todo lo que va pasando. En catalán, uno de los significados de la palabra tensión es el de expectación.

Un primer testimonio muy básico de esta tensión lo encontramos en el uso de la palabra deprisa, a continuación, al instante. Algunas cosas ocurren enseguida, deprisa. Los discípulos van enseguida a buscar la burra y el pollino y también prometen que lo devolverán enseguida. El gallo también canta enseguida, al instante. A Jesús en la cruz le traen también enseguida el vinagre para beber. Todo esto que ocurre nos afecta ya, hoy, no podemos dejarlo para mañana, no podemos relativizarlo.

En el relato de la Pasión y en todo el Evangelio, una de las formas en las que Jesucristo se revela es precisamente mediante la tensión y la expectación que se crea en torno a él. Es una tensión que se produce entre los dos extremos que hoy nos han relatado: ser Rey, ser Mesías, tener un dominio de la situación similar al de Dios y al mismo tiempo manifestársenos como totalmente sometido a la realidad, a una realidad que puede ser tan adversa que le lleve a ser ejecutado.

Esta tensión se va manifestando: entre Él y el Padre de forma extrema en el huerto de Getsemaní, en el interrogatorio de Pilato, en lo alto de la Cruz. La humanidad es llevada al extremo. ¿Cómo podría ser de otra forma, si esta humanidad de Jesús de Nazaret contiene sin embargo la divinidad de Dios con toda su exigencia?

Pensando en los más jóvenes, me gustó un detalle que vi hace unos días en un icono que representaba la entrada de Jesús en Jerusalén: había un niño pequeño que le daba una hoja al burro que montaba Jesús. Pensé, es una forma de hacer participar a todo el mundo.

Todo esto que estoy diciendo lo podéis entender bien también vosotros escolanes si comparamos los dos cantos de hoy. El de la procesión, en el que todo era alegría “Hosanna, bendito el que viene” y lo que cantaremos en el canto de comunión: Mis manos y mis pies han agujereado, puedo contar todos mis huesos”. ¿No veis clara la diferencia? ¿Incluso musicalmente? ¡y no ha pasado ni una hora de celebración! La diferencia entre estos dos momentos y todo lo que significan es lo que mantiene viva toda la historia de los últimos días de Jesús de Nazaret. La historia de la Pasión es para todos.

La tensión se nos manifiesta más real cuando no sólo la vemos como algo propio y que define a Jesús, sino que también afecta a sus relaciones con los discípulos. Pensamos en la tensión entre la buena voluntad de permanecer fieles y orando junto al maestro y el sueño de los discípulos en el huerto de Getsemaní y cómo finalmente se impone el sueño. Pensamos en la tensión de las contradicciones de San Pedro durante las negaciones que también se imponen y pensamos en la tensión terrible en el corazón de Judas que le lleva al suicidio. Si algo tiene todo esto de consolador es que tanto los discípulos como Judas, que también fue un discípulo, no aparecen como héroes sino como humanos muy frágiles. Uno de ellos tan frágil que no pudo superar el peso de su propia realidad, porque es incapaz de perdonarse y de dejarse perdonar.

También nosotros como los discípulos vivimos la tensión de seguir a Jesucristo en nuestro día a día. Por un lado, nos llama Dios como si nos estirara, por el otro debemos aceptar nuestros límites, las dificultades. Tantas veces nos llegan testimonios y noticias de personas que como Judas caen en los pozos de la depresión, del malestar personal respecto a la propia identidad cada vez más influida por modelos totalmente ficticios impuestos por estereotipos que persiguen hacer a todos dependientes de las modas y del consumo que siempre tiene asociado. Las enfermedades mentales, los intentos de suicidios de menores, hasta cuatro diarios en Catalunya según algún estudio, no pueden dejarnos indiferentes. Colocados en la tensión de este mundo que produce tantas barbaridades, deberíamos situarnos en el lado de Dios y estirar con Él hacia esta cultura de la atracción de Dios por la vida, por la felicidad y por el amor a cada uno tal y como es. No es fácil, pero lo tenemos al lado y de ejemplo.

Porque: ¿Cómo persistió Jesucristo? Confiando en Dios. Con la fe de que, detrás de todo, Dios siempre tiene la última palabra. La actitud del profeta Isaías que hemos leído en la primera lectura avanzaba la actitud de Jesús, pero también nos ayuda a nosotros y en cuatro frases, nos hace evidente que, en la tensión de la vida, escuchar al Señor es siempre la mejor garantía:

«Dios Me abre el oído para que escuche como un discípulo»

«Dios me ha dado una lengua de maestro para sostener a los cansados»

«No he escondido la cara ante las ofensas»

«El Señor Dios me ayuda por eso no me doy por vencido.»

Ojalá pudiéramos reproducirlas en cada una de nuestras vidas.

En la celebración de este domingo de Ramos, domingo de Pasión, pese al contraste entre apoteosis y tragedia, celebramos la eucaristía, el recuerdo de la resurrección, el fin de la historia, la resolución de la tensión. Teniéndolo bien presente, no desperdiciemos la pedagogía con la que la liturgia en esta Semana Santa nos va acercando hacia el momento del que brota todo el sentido de nuestra fe y que nos revelará del todo Quién es ese que celebramos.

Abadia de MontserratDomingo de Ramos y de Pasión (2 de abril de 2023)

Domingo V de Cuaresma (26 de marzo de 2023)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad emérito de Montserrat (26 de marzo de 2023)

Ezequiel 37:12-14 / Romanos 8:8-11 / Juan 11:1-45

 

Esta larga narración evangélica, típica de la cuaresma ya en la Iglesia de los Padres, puede dividirse fundamentalmente en tres partes: una introducción y dos cuadros.

En la introducción, queridos hermanos y hermanas, está la presentación de los tres hermanos de Betania, que eran amigos de Jesús, y la notificación de la muerte de Lázaro, uno de los tres. Jesús se encuentra fuera de la región de Judea y al recibir la noticia, espera dos días antes de ponerse en camino para ir a Betania. Los discípulos, que saben que esto puede poner en peligro la vida de Jesús, quieren disuadirle. Pero él afronta el peligro conscientemente y con toda libertad se pone en camino. Y les dice que el verdadero peligro no es ir a Judea sino andar sin la luz que él aporta; una luz que ilumina interiormente a las personas, para que puedan avanzar con seguridad por los caminos de la vida. Él debe cumplir su misión hasta que llegue la hora de las tinieblas, la hora de la pasión.

Tras la introducción encontrábamos el primer cuadro, centrado en el diálogo con Marta, una de las hermanas del difunto, que le sale a recibir un poco antes de llegar al pueblo de Betania. Este diálogo, a partir de unas palabras de Marta, se centra en la revelación de Jesús: Yo soy la resurrección y la vida. Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mi, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mi, no morirá para siempre. Es una revelación doble. Por un lado, sobre la identidad de Jesús; él se pone en el mismo plano de Dios, que en el éxodo se había revelado a Moisés como “Yo soy” (cf. Ex 3, 14). Y, por otra parte, es una revelación sobre quienes creen en él: la muerte no pondrá punto y final a su existencia. Él les llamará a una nueva vida en plenitud, conservando su identidad personal.

Ante la revelación que Jesús ha hecho de su divinidad, Marta responde con una profesión de fe: tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo. Es una profesión de fe que, de una u otra forma, todos los cristianos hemos hecho en el bautismo y que nosotros renovaremos solemnemente en la próxima noche de Pascua.

Y, finalmente, encontrábamos el segundo cuadro, que nos describía una impresionante escena. Jesús de pie ante la piedra que cerraba la entrada a la tumba excavada en la roca, conmovido profundamente. La muerte de su amigo Lázaro era muy real. Hacía cuatro días que estaba en el sepulcro y, según las creencias rabínicas, al cuarto día Dios ya había llamado hacia él el aliento de vida que había dado a la persona y el cuerpo empezaba a descomponerse para volver al polvo.

Ante la tumba, Jesús ruega dando gracias al Padre porque siempre le escucha a causa de la comunión íntima que existe entre el Padre y él, y dice a los presentes que es el enviado del Padre. Y después gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera».  Y el muerto salió. La enfermedad, la muerte y la resurrección de Lázaro son el punto de partida de un proceso que conducirá a la muerte y a la resurrección de Jesús, y a la manifestación de su gloria. Y, aunque la resurrección de Lázaro sea para volver a la vida temporal y, por tanto, para volver a morir, es un signo de que la muerte no es un término definitivo sino una etapa de la vida. Tras la resurrección de Jesús, es ofrecida a todos los creyentes la posibilidad de participar, después de la muerte, de su resurrección y de su gloria. Por eso, creer en Jesús no es sólo reconocer su potestad de dar la vida, sino también reconocer el nuevo significado de la muerte y de la vida humanas; reconocer la muerte –pese a su seriedad y la gravedad de la enfermedad que la puede preceder- como un paso a otra forma de vida más plena, como un “mayor nacimiento” (Maragall, Canto espiritual). Lo que conlleva procurar vivir de manera consecuente con el destino eterno que nos es ofrecido.

Este horizonte último de la existencia humana, que es la vida eterna, actualmente queda muy en segundo plano, incluso en personas que se llaman cristianas. La realidad de la supervivencia personal más allá de la muerte es algo que choca con el pensamiento de matriz científica que es lo que actualmente domina en nuestra sociedad. Pero se trata de una afirmación fundamental de la fe cristiana, por eso en el credo decimos: «espero la resurrección de los muertos y la vida perdurable».

Este “sal afuera” es la palabra inaudible que Jesucristo dice en la fuente bautismal a cada creyente cuando le hace pasar sacramentalmente de muerte a vida, de una vida de oscuridad interior (la propia de quien vive según las miras naturales, de las que hablaba san Pablo) a una nueva existencia (aquella que es según el Espíritu). Pero no siempre vivimos como es propio de esta nueva existencia de luz. Por eso, en la cuaresma, la Iglesia ruega por nuestra conversión en sintonía con las palabras de las hermanas de Lázaro: Señor, el que tú amas está enfermo, confiando en que él con el perdón nos renueva la vida.

“sal afuera”, será, todavía, la palabra que Jesucristo nos dirá al final de nuestra vida en la tierra, traspasado el umbral de la muerte. Porque la resurrección de Jesucristo es prenda y primicia de la nuestra.

Abadia de MontserratDomingo V de Cuaresma (26 de marzo de 2023)

Fiesta del Tránsito de Sant Benito (21 de marzo de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (21 de marzo de 2023)

Génesis 12:1-4 / Filipenses 4:4-9 / Juan 17:20-26

 

Ya que a San Benito lo llamamos con razón, queridas hermanas y hermanos, que es padre de monjes, no debe sorprendernos que la primera lectura de hoy nos evoque Abraham, tenido por padre de la fe de los judíos y por tanto también de los cristianos. Los padres, en el sentido inclusivo de padre y madre, son quienes nos dan la vida, nos educan, nos dejan su ejemplo. Un padre en la fe como Abraham es quien nos da el ejemplo de una vida creyente, más con hechos que con teorías o discursos según el testimonio que nos ha llegado en el libro del Génesis. De él decimos Patriarca que quiere decir gran padre.

¿Y qué nos enseña Abraham en ese pequeño fragmento que hemos leído en la primera lectura? ¿Cómo ilumina la figura de Nuestro Padre San Benito y la vida de todos los que estamos aquí: monjes, escolanes, oblatos, presbíteros amigos y peregrinos presentes o virtuales?

Ante todo, nos enseña a escuchar a Dios: “En aquellos días, Dios le dijo” y queda claro que Abraham escuchó. El otro Patriarca que celebramos hoy, nuestro Padre San Benito también nos enseña a escuchar a Dios. Su vida, escrita por el Papa Gregorio I, nos lo presenta como un joven que se marchó de Roma para huir del ruido buscando un lugar donde pudiera escuchar tranquilamente la voz de Dios, viviendo únicamente bajo su mirada. A los benedictinos nos gusta peregrinar aún hoy a este lugar apartado, al Sacro Specco, o Santa Cova, en la villa de Subiaco, en el centro de Italia, para recordar ese inicio. No debe extrañarnos pues que al escribir muchos años más tarde la Regla para monjes que todavía hoy es el texto fundamental de todas las familias benedictinas, lo empezara con la palabra “escucha”. Escuchar ha sido siempre el centro de la vida monástica y en el monasterio aprendemos muchas maneras de escuchar a Dios, principalmente en la Palabra de la Escritura y en la vida de los hermanos, de los huéspedes, de los peregrinos, de vosotros escolanes: aunque os parezca extraño, también escuchamos a Dios cuando os escuchamos a vosotros. Ojalá supiéramos hacerlo bien y supiéramos transmitir al mundo este valor fundamental. Como todos sabéis, el Papa Francisco también ha querido que la Iglesia entrara en un proceso de escuchar a Dios que habla a través de todos y ha convocado un sínodo, digamos una reunión a la que todo el mundo está convocado. Como he dicho en un principio, estamos contentos de acoger hoy a una de las principales responsables de este sínodo.

Abraham no sólo escuchó, sino que comprendió lo que le decían. Normalmente si escuchamos entendemos, aunque alguna vez, nos dicen cosas tan complicadas que ni escuchando las entendemos, pero tengamos claro que entonces no es culpa nuestra. Abraham comprendió que Dios le pedía que se marchara, que dejara su país, su familia y que se pusiera en camino, hacia un lugar que Él, el Señor le diría. ¡NO sabía adónde iba! Hace gracia pensar que hoy en día si no nos han enviado la ubicación al móvil y no tenemos un navegador y no nos dicen exactamente dónde vamos, ¡ya nos parece que no podremos llegar! Algo diferente del caso de Abraham, que empezó una aventura que, al principio de todo, era sencillamente de confianza en Dios. Sólo sabía lo que dejaba atrás. Todo lo que quedaba delante era un interrogante, una pregunta. No fue la última vez de su vida que tuvo que confiar en Dios.

Aunque parece que San Benito quizá sabía algo mejor geográficamente adónde iba, su huida de Roma también era un viaje a una experiencia totalmente nueva y desconocida para él. Como a Abraham, Dios, a través también de otras personas le enseñó el camino.

Ni la vida de los monjes ni la de la mayoría de la gente se entiende como una aventura, aunque existen excepciones como la del P. Bonaventura Ubach y sus viajes, que son verdaderas aventuras de novela. Nosotros hoy, como decía, tenemos una especie de seguridad total que llegaremos al lugar al que vamos, siempre que no nos quedemos sin cobertura o batería en el móvil, pero la vida de la fe, la que queremos vivir con Dios sí es una aventura que sólo Él, el Señor nos va enseñando. Algunas veces pensamos saber tan bien y con tanta seguridad adónde vamos que esto mismo nos hace poco capaces para escuchar, para comprender, para ampliar la visión, para vivir la aventura de la vida. La vida monástica geográficamente es tan estable, tanto que ha hecho de esta estabilidad un voto que nos ata al lugar y al monasterio, tan estable que por ejemplo nosotros hace casi mil años que estamos aquí mismo, querría ser capaz de aportar esta apertura a Dios y a todas las novedades que Él quiera inspirar. Esta apertura sería lo contrario a lo que dice un sociólogo contemporáneo cuando afirma que el mayor daño del mundo es decir que no hay alternativas a todas las situaciones contrarias a las personas y a sus derechos. Éste no hay alternativas deberíamos tenerlo prohibido. ¡No hay nada más contrario al Evangelio!

A Abraham le movió una promesa de Dios. La de un país para vivir, la de ser padre de un gran pueblo y sobre todo la de ser bendición y motivo de bendición. Bendecir significa “decir bien”, o hacer mayor y poderoso. Que te Dios te bendiga es importante, significa que estás en el buen camino. Que nosotros podamos bendecir también es bonito, y en algunos países la gente pide muy a menudo que la bendigas, pero que tu nombre se utilice para bendecir es mucho más. Quiere decir casi que quedas ligado a lo bueno de la vida, junto a Dios. La promesa hecha a Abraham con estas palabras era realmente importante. ¿Y qué significa el nombre de San Benito? Benedictus con latín: bendito. Como dice la primera frase de su vida: “Fuit vir vitae venerabilis, gratia Benedictus et nomine”; «. Hubo un hombre de vida venerable, Benito de nombre y bendito de Dios». Con él la bendición de Dios se hizo también persona y don para la Iglesia y para el mundo. Dios le bendijo durante su vida y también ha quedado unido a las grandes obras de Dios. Él nos señala a todos nosotros el camino para sentir siempre que Dios está listo para hacer mayor y proteger todo lo que haremos en su nombre y para ser bendición para los demás. No es tan difícil. Sólo hay que amar todos los días. Y a esto llegamos todos.

Y finalmente Abraham también obedeció. Dice la lectura del Génesis: Se marchó tal y como el Señor le había dicho. Escuchar y entender quedarían incumplidos si al final no hiciéramos. El Señor nos pide que hagamos, que actuemos. Aunque a nosotros se nos ha dicho a veces que éramos monjes contemplativos, también San Benito nos pide que hagamos. Orar también es hacer y la Regla nos organiza el día para que nuestra oración sea ordenada; hoy incluso, mucha gente se fía de nuestro orden y en nuestro horario para unirse a nosotros por los medios de comunicación. Además, si miramos la historia y las obras de los monasterios benedictinos en el mundo, veremos que “hacer” siempre ha sido muy importante y esperamos continuar fieles con su ayuda.

También Dios os llama a todos vosotros a hacer lo que habéis escuchado y entendido, sea lo que sea. Seguro que, en su palabra, en los relatos que leemos, en vuestra lectura, incluso observando la realidad, encontraréis, escucharéis, comprenderéis y veréis que puede “salir” de vosotros mismos y hacer algo por los demás, por quienes tenéis tan cerca. Pensad que esto os está acercando a Abraham, os está acercando a San Benito, os está acercando a quien sucedió y superó a Abraham y precedió e inspiró a Benito, a Jesucristo, al Señor, que apoyando toda intuición espiritual y toda obra buena nos mantiene en la perseverancia de todo lo que empezamos. Celebremos con fe su memorial en la eucaristía.

Abadia de MontserratFiesta del Tránsito de Sant Benito (21 de marzo de 2023)

Domingo IV de Cuaresma (19 de marzo de 2023)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (19 de marzo de 2023)

1 Samuel 16:1.6-7.10-13a / Efesios 5:8-14 / Juan 9:1-41

 

Estimados hermanos y hermanas,

En la Palabra de Dios de este domingo encontramos tres temas comunes a las tres lecturas y que son: la mirada atenta o el saber ver, la luz y el aprender a mirar.

El primero, sobre la mirada atenta o el saber ver, podemos traducirlo con la experiencia de no vivir distraídos a lo que ocurre en nuestro entorno y especialmente a las personas que hay alrededor. Si lo recordáis el texto evangélico empezaba diciéndonos que Jesús, pasando vio a un ciego de nacimiento, es decir, alguien que tenía que mendigar para poder subsistir. Se trataba de alguien que era invisible para muchos, como hoy lo son tantos y tantos en nuestra sociedad. Seguro que aquel hombre estaba habituado a que todo el mundo pasase de largo ante su persona y su situación. Jesús, no, se detiene, y sin ni siquiera gritarle, actúa poniéndole barro sobre los ojos y enviándolo a la piscina de Siloé a lavarse de donde volvió viendo. Merece la pena remarcar que el ciego se fía de la palabra de un desconocido, se fía cuando el milagro aún no se había realizado.

Es importante darnos cuenta de que Jesús le ve y lo acoge tal y como es y esto también vale para nosotros, en este tiempo. Jesús nos encuentra tal y como somos, por rotos que estemos, ya que, en el Evangelio, en un primer momento, la mirada de Jesús no se fija nunca sobre el pecado, sino siempre el sufrimiento y debilidad de la persona (Johannes Baptista Metz).

El segundo tema es el de la luz. Los hombres de todos los tiempos buscan luces que iluminen su camino y que se conviertan en ellos guías. Por eso la pregunta surge inevitable: ¿dónde encontrar la luz que ilumine verdaderamente, profundamente? Para encontrar la respuesta no necesitamos ir demasiado lejos. En el evangelio de este domingo encontramos la respuesta radical y absoluta de Jesucristo: Yo soy la luz. No una luz, sino la luz. Y más aún: Yo doy la luz.

Ser cristiano es creer en esa absoluta pretensión de Jesucristo. Ser cristiano no es saber todas las respuestas, tener la solución de todo, pero sí creer que de Jesucristo hemos recibido la luz para avanzar por un camino que no deja de ser difícil y oscuro, pero que sin duda con él y por él lleva a la vida.

La luz de Jesús no sólo ilumina nuestras vidas, sino que nos convierte en personas “luminosas”, es decir, en hombres y mujeres capaces de ir eliminando la tiniebla del mundo sembrando esperanza, cariño y ganas de vivir por todo por donde pasamos. Pero esta luz es muy frágil, en el tiempo presente, ya que no siempre podemos hablar de luz, sino que sólo podemos ofrecer gratuitamente la calidez y la lealtad de un amor que no nos pertenece, pero que nos habita. No siempre lo tenemos todo claro, pero podemos estar disponibles y cercanos, para andar con los demás apuntalándonos mutua y fraternalmente en la esperanza, que es también luz para el corazón humano.

Finalmente, el tercer tema, y permitidme que la dirija a nuestros escolanes, a los chicos y chicas que estáis aquí y evidentemente a todos vosotros, y que es el aprender a mirar o si queréis, dejarnos enseñar a mirar. Y lo ilustraré con una experiencia que viví hace años, siendo párroco del santuario y fue bendecir un matrimonio, o dicho como lo hacemos habitualmente casé a una pareja que ambos eran ciegos de nacimiento. Lo que para la gran mayoría es evidente a nivel de espacios, lugares, para ellos no lo era. Por eso, en el último encuentro de preparación de la celebración me pidieron algunas cosas que habitualmente no nos piden.

La primera era realizar el recorrido que hay desde la puerta hasta el presbiterio. La mayoría de nosotros al entrar en la basílica sea por la puerta central o por las laterales nos damos cuenta de la grandiosidad y de la belleza de la nave. Ellos al entrar, únicamente me dijeron: ¡qué grande es! Ese día aprendí que el espacio siempre tiene sonidos y que ellos sabían distinguir un espacio pequeño de un espacio grande a pesar de ser invidentes. De ahí las grandes dificultades que tienen los que son ciegos y al mismo tiempo sordo mudos. Hicimos todo el recorrido, él del brazo de su madre y ella del brazo de su padre que les habían acompañado para su preparación. Al llegar al pie del presbiterio, subimos los escalones que hay aquí delante y también tocaron los dos asientos que utilizamos para los novios y se sentaron para saber cómo eran. A continuación, me preguntaron, ¿y aquí delante qué hay? Les expliqué que estaba el altar, que era una gran piedra de la montaña con un antipendio de plata y esmaltes. Me pidieron poder tocarlo. Su comentario fue único y repetitivo: qué grande es y añadieron y la plata tiene figuras que habían descubierto gracias al tacto.

Al terminar este ensayo me dijeron que saldrían solos de la basílica, cogidos de la mano, y que, en todo caso, que alguien fuera delante de ellos, porque ya habían aprendido, remarco ya habían aprendido, el recorrido que les habíamos enseñado.

Antes de marcharme me dijeron que no me extrañara que el día de la boda cuando se encontraran al pie del altar y para saber cómo iban vestidos que se tocarían por encima de la ropa, como hacen los responsables de seguridad del control de entrada de los aeropuertos cuando salta la alarma.

El día de la boda, fue todo según lo previsto. Una vez al pie del presbiterio, donde les esperábamos con el monje que ayudaba a la celebración, tal y como me habían dicho se tocaron con gran delicadeza por encima del vestido respectivo. Él le dijo, es bonito y tiene bordados, y así era el traje que llevaba la novia. Cuando fue ella en lugar de hacer ningún comentario sobre la ropa le preguntó de qué color llevas el vestido, él le respondió: gris perla y ciertamente, era de ese color y puedo pensar que al ir a comprar se lo dijeron. Lo que más me sorprendió fue que ella al saber el color le dijo: sabes, siempre había pensado que me gustaría que el día de nuestra boda trajeras un vestido de ese color. Personalmente quedé sin palabras y me pareció que no era el momento de preguntar.

La celebración fue muy emotiva al final de la cual quisieron decir unas breves palabras. Fue un parlamento muy breve en el que fundamentalmente agradecieron a sus padres, hermanos, familia y a los amigos que les acompañaban entre los que había invidentes como ellos, que les hubiesen enseñado a mirar y conocer las cosas, ya que sin los demás la vida les hubiera sido mucho más difícil de lo que ya lo era a veces debido a su ceguera.

Al llegar al despacho para las firmas le pregunté a la novia, ¿por qué había pensado en el color gris perla? Sin dudarme dijo porque las perlas tienen un tacto suave y siempre cuando me han hablado del color gris perla pensaba que éste era un buen color para nuestro matrimonio para que la vida y las situaciones que vivimos nos fueran suaves.

No es un cuento, es una realidad que he resumido mucho, ya que la preparación y celebración de esta boda comportó varios encuentros. Esta experiencia vivida me lleva a pensar que no sólo vosotros, los escolanes, los más jóvenes, sino todos, necesitamos de los padres, de los educadores, de los maestros que nos ayuden a curar o corregir nuestras cegueras, que son muchas y que nos hacen vivir distraídos o deslumbrados por falsas luces.

Necesitamos encontrar el multiforme color del amor que nos ayuda a hacer más suaves nuestras vidas y las relaciones con los demás. Nos hace falta dejarnos guiar por Jesús, que se nos acerca tal y como nos encontramos, para saber mirar a los demás, al mundo, con los mismos ojos que Dios mira.

Abadia de MontserratDomingo IV de Cuaresma (19 de marzo de 2023)

Domingo III de Cuaresma (12 de marzo de 2023)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (12 de marzo de 2023)

Éxodo 17:3-7 / Romanos 5:1-2 / Juan 4:5-42

 

«¡Si supieras qué quiere darte Dios!», le decía Jesús a la samaritana. Es una frase que nos podemos hacer nuestra: “¡Si supiéramos qué nos quiere dar Dios!” … ¿Qué haríamos? Y, ¿qué podemos hacer para saberlo? ¿Cómo saber qué es lo que Dios tiene reservado por nosotros? El evangelio de hoy nos mostraba el camino: podemos saberlo dialogando con Dios, como hoy hacía la samaritana con Jesús.

En el evangelio que nos acaba de ser proclamado, Jesús representaría a Dios. La samaritana podríamos ser cada uno de nosotros, o mejor dicho: sería una imagen de la Iglesia que está formada por muchas personas de muchos pueblos distintos que tienen sed, que buscan a Dios. La sed, por tanto, sería el deseo de Dios, la necesidad de tener fe. Y el pozo sería el lugar al que vamos cuando queremos apagar nuestro deseo, allí donde esperamos encontrar el agua que calme nuestro deseo. Y el agua finalmente sería lo que Dios tiene para darnos: su Espíritu Santo y su palabra que está viva, y que no deja de fluir para que bebamos tanto como queramos. Pero además de esta lectura, en el evangelio de hoy también encontramos una imagen concreta de Dios: es la imagen de un Dios que quiere encontrarse con nosotros, que se nos hace cercano. De un Dios que dialoga con la humanidad, sea con quien sea. De un Dios que pisa el terreno y no se desentiende de nuestras necesidades, aunque nos ha dado libertad y somos nosotros quienes decidimos si queremos acercarnos a él, o no.

Y este diálogo entre Dios y la humanidad que aconteció al borde del pozo al encontrarse Jesús con la samaritana, nosotros lo hacemos aquí, en cada celebración. Cuando venimos a Misa estamos en ese pozo donde nos encontramos con Jesús que nos habla: nos habla a través de su palabra proclamada en la asamblea, nos da su Espíritu a través de los sacramentos, y se nos hace presente en el camino. También se nos hace presente en la misma asamblea porque nos habla también a través de otras personas. Su palabra es esa agua viva que Jesús explicó a la samaritana, esa agua que nunca ha dejado de correr aquí en la celebración atravesando los siglos, y nos permite dialogar con Dios, porque siempre hay algo que se refiere a nosotros y nos interpela. Y a través de este diálogo podemos avanzar, caminar, crecer y transformarnos. «¡Si supieras qué quiere darte Dios!», decía Jesús a la samaritana. Lo que Dios nos quiere dar seguramente es demasiado grande incluso para imaginarlo. Pero nos preparamos a lo largo de toda la vida. Lo que Dios nos quiere dar en realidad es la plenitud que llegará un día cuando resucitemos, cuando entremos en su presencia y vivamos con él para siempre. Y mientras hacemos camino, cada año pasamos por la Cuaresma que nos da una oportunidad para revisar cómo vamos, oportunidad de reponer fuerzas y convertirnos de nuevo: de volvernos una vez más hacia aquél que quiere lo mejor para nosotros, que nos tiene preparada la mejor agua que nunca podamos beber.

Porque, al fin y al cabo, todos nosotros tenemos sed; toda la humanidad la tiene. Y como los hebreos de la primera lectura, en el desierto de este mundo todos podemos tener la tentación de dudar de la presencia de Dios: «El Señor, ¿está con nosotros o no está?», decían. Pero al igual que cuando Jesús pide agua a la samaritana ya había hecho nacer en ella el don de la fe, el simple hecho de sentir necesidad de Dios nos indica que Dios también la ha hecho nacer en nosotros. La fe es nuestra respuesta al amor que Dios nos ha dirigido ya. Porque nunca debemos olvidar que Dios también tiene sed: tiene sed de nuestra fe; tiene sed de nuestra respuesta. Y para apagar nuestra sed —y la de Él, al final, donde debemos ir a parar es poder hacer la misma afirmación que hicieron los samaritanos después de escuchar el testimonio de la mujer: «nosotros mismos lo hemos oído, y sabemos que éste es de verdad el Salvador del mundo». Si reconocemos a Jesús como aquél que ha venido para salvarnos, lo que Jesús nos dice cada domingo tendrá autoridad para nosotros y hará un efecto real en nuestras vidas. Si lo que creemos se transforma en nuestros actos seremos presencia de Dios en el mundo, sea cual sea el lugar que ocupemos. Y cuando hablemos, también dialogaremos con nuestros contemporáneos como Jesús lo hizo con la samaritana.

“Si supiéramos qué nos quiere dar Dios!” … ¿Qué haríamos?, empezábamos diciendo. Seguramente, nada especial: simplemente, servir a nuestro prójimo, ayudar a los que tenemos cerca, hablar con ellos buscando su bien… Haciéndolo, les haremos llegar el amor de Dios, nos convertiremos en una fuente de agua viva que brota siempre. Y podremos llegar a saber qué es lo que Dios nos quiere dar: de lo que nosotros damos, del amor con el que nosotros amamos, nos devolverá el cien por uno.

Abadia de MontserratDomingo III de Cuaresma (12 de marzo de 2023)

Misa Exequial del P. Martí M. Roig (9 de marzo de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (9 de marzo de 2023)

Lamentaciones 3:17-26 / 2 Corintios 4:14-5:1 / Lucas 24:13-35

 

«Es bueno esperar silenciosamente la salvación del Señor». Estas palabras del libro de las Lamentaciones con las que terminaba la primera lectura describen bien nuestra actitud en este tiempo de Cuaresma que estamos viviendo. Colectivamente esperamos la Pascua. La esperamos austeramente, en el silencio que se va extendiendo durante las semanas de este tiempo centrado en la conversión, que es un proceso que nos ayuda a reflexionar sobre nuestra condición mientras estamos en el mundo, con la voluntad puesta, sin embargo, siempre, en otra realidad, la de Dios, la del Señor, la de Jesucristo resucitado.

Nuestra vida de cristianos es una vida de conversión, de girarse desde una realidad a otra. Casi diría que la vida de cualquier persona humana es una vida de conversión, en tanto que es o querría ser una vida de progreso personal, de eso que ahora en las escuelas llaman progresar adecuadamente. De modo especial los monjes llamamos a nuestra opción monástica: conversión: una vida llamada a convertirnos. Esto es, ir de un sitio a otro.

El momento de la muerte es el único en el que podemos ser conscientes del todo de cómo nos hemos convertido, pero el conocimiento de esto ya es o será entonces privilegio de Dios, puesto que las dimensiones más profundas de la persona le pertenecen, tal y como reza la cuarta oración eucarística que al orar por los difuntos dice: “cuya fe sólo Dios ha conocido”.

La muerte sorprendió a nuestro hermano el Padre Martí Roig y Coromina la noche del pasado domingo, después de haber pasado un día totalmente normal. Un aneurisma le provocó una muerte inmediata. Le faltaba un mes justo para cumplir ochenta y seis años, hacía sesenta y dos que era monje y cincuenta y cinco que era sacerdote. Murió silenciosamente, sin hacer ruido, sin avisar siquiera. Como hermanos tenemos el pesar de no haberlo podido acompañar en este último momento final, que es con todo tan entrañable en la vida de la comunidad, y seguro que compartimos ese sentimiento con la familia y los amigos que estáis aquí, o os unís a la celebración desde lejos, o estáis espiritualmente en comunión con todos nosotros.

Todas las lecturas de hoy tienen en cuenta esta idea de la distancia que existe en nuestras vidas entre la realidad en la que vivimos y aquella que anhelamos. Pero también tenemos claro que no están separadas, aisladas, sino que existe un recorrido que nos da la posibilidad de caminar hacia ese lugar y estado diferente, movidos por un deseo. Hablo de posibilidad porque podríamos quedarnos encerrados en nuestros límites, que nos llevarían sin duda alguna al pesimismo con el que empezaba la primera lectura, la del libro de las Lamentaciones: “Mi alma vive lejos del bienestar (…) el recuerdo de mis penas y de mi abandono me amarga y envenena (Lm 3, 17-26)”; un pesimismo que también compartían los discípulos de Emaús en un camino en el que parecía que sólo el fracaso y la derrota estuvieran presentes. Pero ser cristianos es no quedarnos nunca en esta realidad, sino avanzar, andar. Ser capaces de decir con el libro de las Lamentaciones: «Pero ahora quiero revivir otros pensamientos que me mantendrán la esperanza»; ser cristianos significa poder acoger como los discípulos lo desconocido en el camino, aunque parezca que venga del huerto, porque quizá sea precisamente él, quien nos aclare el sentido de nuestra realidad, aparentemente oscura e insípida.

Pero naturalmente quien nos coge la mano en este camino, como el buen pastor y nos conduce durante toda la vida, en la muerte y después de la muerte es Jesucristo, que nos confirma que toda la esperanza que tenemos puesta en los favores de Dios, en su nueva piedad cada mañana, en su fidelidad inmensa y en nuestra capacidad de decirle: “mi parte es el Señor”, no cae en el vacío, sino que es confirmada en su resurrección, que compartimos todos los bautizados.

Sé que el P. Martí, porque él mismo me lo había comentado, aconsejaba mantenerse en esa esperanza de la fe a personas que se encontraban ante dificultades. Seguro que también la esperanza silenciosa de la salvación le fue guiando. El P. Martí Roig Coromina nació en Barcelona en 1937 en una familia cristiana y fue bautizado con el nombre de Juan. Tuvo la juventud normal de un joven católico de esa época hasta llegar a estudiar algunos cursos de medicina en la Universidad de Barcelona. Entró en el monasterio en 1958, vistió el hábito de novicio en 1959 y hizo su primera profesión en 1960, para continuar los estudios en nuestro monasterio hasta la ordenación de presbítero en 1967. En su vida de monje, vivió de cerca y amó y sirvió tanto la realidad de las personas humanas como la de la naturaleza, las dos expresiones de las maravillas que nos revela la Creación de Dios. Sólo hablando de sus principales servicios a la comunidad, en el primer gran ámbito, el de las personas, cabe destacar que fue el enfermero del monasterio durante veinticuatro años y el último consiliario de los trabajadores de Montserrat, y vio por tanto la transformación que el Santuario experimentó entre 1970 y 1987, cuando poco a poco, dejó de ser el lugar de residencia habitual de nuestros trabajadores. También fue el encargado del orden y la seguridad del santuario y acompañó también a una comunidad de religiosas carmelitas. Todos estos servicios le llevaron a tener relaciones con mucha gente. Algunos de ellos nos acompañan hoy, testimoniando la estima que le tenían. En el ámbito de la naturaleza fue el encargado del jardín, del trabajo en las tierras y en la granja del Miracle y últimamente en las fincas de Can Castells y Can Martorell al pie de la montaña, lo conectaron a la tierra y al oficio de payés y se sentía bien haciéndolo. Una tarea que conecta directamente con la bondad que Dios nos manifiesta con los frutos de la tierra y la dureza de un trabajo que siempre se encuentra con dificultades. Personalmente compartimos muchos ratos hablando de las posibilidades y el futuro de la tierra. Estos últimos años, con algunos problemas de movilidad, quiso ser útil a la comunidad y en la que hacía presente en los días de fiesta hasta casi el último día de su vida.

Durante nuestra vida se nos hace el don de reconocer a Jesucristo en muchos momentos concretos y anhelamos que al final le veremos cara a cara, directamente y que entonces se cumplirá del todo nuestra esperanza. Caminar con esta fe el camino de la vida, hace que mientras nos envejecemos en el cuerpo y en la vida exterior, nos renovemos en el espíritu y en la vida interior como decía San Pablo en la segunda lectura, porque “no apuntamos a esto que vemos sino a lo que no vemos”.

Ésta es nuestra oración hoy por el Padre Martí, conscientes de que sólo Dios conoce la profundidad, la auténtica vivencia personal que, a través de tantos servicios, de tantos contactos, de tantas personas, formaron su camino monástico, su oración, su vida de conversión. Al final de toda vida humana, nos encontramos en el fondo con el misterio de una persona, que aún muy cercana y hermana, sólo podemos encomendar a aquel que penetra los corazones de todos, a Dios, Señor de la vida, que en la resurrección de Jesús se ha afirmado precisamente vencedor de la muerte y nos ha abierto la esperanza de un futuro de plenitud, de una meta y un destino. Él es también, como en Emaús, el único capaz de interpretar el sentido de nuestra vida con Dios, el significado de nuestra vida de fe para los demás.

Caminemos cada uno de nosotros hacia la Pascua donde, aparte de vivir del todo la realidad del Espíritu, confiamos hacerlo juntos, en la comunión de los santos y reencontrarnos con todos nuestros seres queridos. Para los monjes más concretamente, de reencontrarnos también con lo que familiarmente decimos el Montserrat del Cielo, donde nos esperan todos los que nos han precedido, con Santa María que vela por esta casa y con todo el Pueblo santo y glorificado de Dios.

Y sabemos que el camino es Jesús que se hace prójimo y por eso hoy tomaremos sus mismas palabras y acompañaremos el cuerpo de nuestro hermano Martí, mientras cantamos: “Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mí, aunque muera vivirá, y todo aquel que vive y cree en mí no morirá eternamente”.

Abadia de MontserratMisa Exequial del P. Martí M. Roig (9 de marzo de 2023)

Domingo II de Cuaresma (5 de marzo de 2023)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (5 de marzo de 2023)

Génesis 12:1-4a / 2 Timoteo 1:8b-10 / Mateo 17:1-9

 

A veces asociamos la Cuaresma a un tiempo de tristeza o de mortificación. La liturgia de hoy, en cambio, nos muestra lo contrario, nos lleva a la montaña del Tabor, nos hace caer en la cuenta de que el verdadero sentido de la Cuaresma no se reduce a realizar una serie de pequeños esfuerzos ascéticos, sino que también nos da la posibilidad de saborear la belleza del encuentro con el Señor.

El evento de la Transfiguración es, pues, una cita obligada en este tiempo de Cuaresma para todos nosotros. Tras la experiencia del pasado domingo en el desierto de la tentación, estamos llamados a subir a la montaña con los tres discípulos elegidos por Jesús: Pedro, Santiago y Juan. Los mismos que más tarde elegirá para que le acompañen en el huerto de Getsemaní y permanezcan un poco más cerca de él, mientras que el resto permanecerán más alejados del lugar donde orará en su agonía. La escena de la transfiguración y la escena del sufrimiento de Jesús en Getsemaní contrastan entre sí: una, feliz esplendor y la otra, angustioso sufrimiento en la que Pedro, Santiago y Juan le hacen compañía, pero al mismo tiempo están relacionadas entre sí. Porque no hay gloria sin cruz.

La experiencia de los discípulos es muy significativa. Ellos, acostumbrados a las aguas del lago, están llamados a subir a la montaña alta, el lugar de la revelación, y Dios les hace protagonistas de algo fuera de su alcance. Son iluminados por una luz deslumbrante y ven a Moisés y Elías junto a Jesús, y quedan fascinados por esta visión. Y escucharán la Voz de Dios Padre diciendo: “Éste es mi hijo amado, en quien me he complacido. Escuchadlo”.

Por eso Cristo ordena a los tres discípulos que no hablen con nadie de esa misteriosa visión, antes de su muerte. Porque el misterio de la Transfiguración es para los discípulos una preparación para el misterio de la “Desfiguración”. Jesús que sube al Tabor subirá un día, no muy lejano, al Calvario. Al lado de Él ya no estarán Moisés ni Elías, sino dos ladrones. Ya no habrá Luz, sino tinieblas. Ya no estará la Voz del Padre, sino Su silencio. Y cuando llegue el momento de su éxodo en Jerusalén, de la cruz, los discípulos continuarán sin comprender. De los tres sólo quedará uno, Juan. Todos necesitarán una nueva Luz, una nueva aurora, el nuevo Día de la Resurrección. Y entonces lo comprenderán todo, aunque sea despacio.

¿Y nosotros? A veces vivimos momentos de Tabor… Cuando, por ejemplo, vivimos un tiempo de desierto, oración, retiro. Nos parece estar en la montaña, contemplar la Luz, escuchar la Voz. Y decimos -o pensamos- «es bueno estar aquí». Pero la mayoría de las veces estamos llamados a bajar de la montaña, a estar a ras del suelo, a chocarnos con las dificultades y la oscuridad de la vida cotidiana. Una oscuridad que se encuentra fuera y, a menudo, también en nuestro interior. Y es aquí donde estamos llamados a dar un salto de fe: a ver lo Transfigurado en lo Desfigurado, es decir, a transfigurar nuestra realidad, a observar bien, con los ojos de Dios, la Luz que siempre está ahí. Quizá oculta, atenuada, pero está ahí. Incluso en el dolor más absurdo e incomprensible.

Y esa Luz tiene un nombre: Su Palabra. Escuchémosla. Escuchar nos invita a dar luz, a iluminarnos. Escuchar nos invita a bajar de la montaña para servir al hermano en el llano. Pedro no debe quedarse allí, aunque fuera bueno estar. Debe bajar y ponerse a servir. Y nosotros con él. 

Aquí y ahora no vemos esta Luz, pero podemos vislumbrarla, verla dentro de nuestra realidad, a nuestro alrededor. Podemos vislumbrarla a los ojos de tantos enfermos, incluso gravemente enfermos, pero fuertes en la fe. Lo vemos en tantas personas comprometidas con el bien de los demás, sin querer obtener nada a cambio. Lo vemos en comunidades y familias en las que se respira la belleza de creer en Jesús.

Hermanos y hermanas. En medio de la sucesión de acontecimientos que parecen dar poca esperanza y mucha desesperación, Jesús mismo nos ofrece el camino: volver la mirada hacia Él. La transfiguración es un adelanto de la resurrección. En medio de las dificultades de la vida tenemos un hito. Subimos, pues, también nosotros al monte Tabor para escuchar la voz del Señor y contemplar a Cristo que se transfigura ante nosotros y nos invita a experimentar el cielo, porque esta experiencia hará menos fatigoso nuestro camino en la tierra, en medio de tantos problemas, y nos ayudará a avanzar hacia la meta final que es la Pascua de Cristo, que también será la nuestra.

Abadia de MontserratDomingo II de Cuaresma (5 de marzo de 2023)

Domingo I de Cuaresma (26 de febrero de 2023)

Homilía del P. Bernat Juliol, Prior de Montserrat (26 de febrero de 2023)

Génesis 2:7-9; 3:1-7a / Romanos 5:12-19 / Mateo 4:1-11

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

Si nos dijeran que mañana debemos iniciar un largo viaje, al otro extremo del mundo, seguramente nos pasaríamos todo el fin de semana haciendo las maletas. Lo más probable es que intentáramos llenarlas al máximo: alguna muda más por si llueve, un calzado de repuesto por si hace falta, el jersey grueso por si hace frío, el bañador por si hay piscina y así un largo etcétera. Al final de todo, deberíamos pesar la maleta para evitar que a la hora de embarcar en el aeropuerto tuviéramos que pagar un recargo por sobrepeso. Nuestro empeño habría sido, seguramente, el de llenar la maleta con tantas cosas como pudiéramos.

Ahora imaginémonos que nos dicen que también mañana iniciamos un viaje, pero esta vez para realizar una travesía a pie por el desierto (que, por cierto, dicen que es una experiencia única). A la hora de realizar la maleta también nos preocuparíamos. Pero ahora no para poner el máximo de cosas posible, sino al revés: deberíamos intentar poner poquísimas cosas, sólo las imprescindibles. El objetivo es ahora que la mochila sea lo más ligera posible para hacer más fácil las caminatas. En la maleta, pues, sólo tendremos que poner lo más importante, sin lo cual no podemos sobrevivir.

Esto es lo que nos intenta decir Jesús hoy en el evangelio que nos ha sido proclamado hace un momento. El Señor se retiró al desierto donde ayunó durante cuarenta días, símbolo aquí de los cuarenta días de la Cuaresma que acabamos de iniciar. Allí el tentador intentó derribarle con sus trampas. Pero Jesús superó todas las pruebas, no tomando el camino fácil sino indicándonos qué es lo importante en la vida del cristiano, cuáles son los cimientos de la existencia de un seguidor de Jesucristo.

En cada una de las tres tentaciones, Jesús responde con un texto extraído del Antiguo Testamento. En la primera tentación dice: «El hombre no vive sólo de pan; vive de toda palabra que sale de la boca de Dios». En la segunda: «No tientes al Señor, tu Dios». Y finalmente, en la tercera: «Adora al Señor, tu Dios, da culto a él solo». Si nos fijamos, el común denominador de todas estas expresiones utilizadas por Jesús es que ponen a Dios en el centro de su vida.

Para intentar entenderlo, debemos intentar captar cuál es la estrategia del tentador. Podríamos ilustrarlo con una película. Es una película americana del año 1997 que aquí se tradujo por Pactar con el diablo. El argumento es una especie de historia de la salvación a la inversa. En ese caso es el diablo que se encarna en un rico y brillante abogado de Manhattan. Los abogados siempre han tenido una inmerecida mala fama. En un discurso memorable, el diablo, interpretado por Al Pacino, critica a Dios porque no interviene en el mundo, porque no salva a la humanidad de las desgracias y penurias por las que debe pasar. Porque es un Dios lejano que nos ha dejado solos.

En cambio, él dice: «Yo tengo los pies en el mundo desde que empezó. Siempre me he preocupado de lo que el hombre quería. Soy un devoto del hombre. Soy un humanista, quizá el último humanista. Ahora ha llegado mi momento». Se muestra aquí cuál es su estrategia. Es la misma que en el fragmento evangélico que hemos oído hoy. El diablo intenta sacar a Dios de la vida del hombre. Intenta que el centro ya no sea Dios sino el propio hombre. Es lo que ocurre también en la escena del libro del Génesis de la primera lectura. Es como si la serpiente dijera: «No haga caso de Dios y de lo que él le dice».

Con todo lo que hemos dicho, podemos ya entender qué es lo más importante de nuestra vida, lo que Jesús en el desierto nos indica con su resiliencia: que fundamentemos nuestra vida en Dios, que no caigamos en la tentación de apartarlo o eliminarlo. Ahora podríamos preguntarnos: ¿por qué? Porque sin Dios nosotros no seríamos nosotros mismos, porque sin Dios nunca podríamos llegar a la auténtica libertad, a la auténtica plenitud, a la auténtica humanidad. Y lo más importante de todo, porque sin Dios nunca podríamos llegar al auténtico amor.

Es que nuestro Dios es el Dios-Amor, como nos dice la primera carta de san Juan. Y es por eso que el mandamiento nuevo que Jesús deja antes de su pasión es: «amaos unos a otros tal y como yo os he amado». Hemos llegado, pues, al final de la calle: el mensaje que nos deja Jesús en el desierto es el de poner el amor en el centro de nuestra vida, de no olvidarnos nunca de Dios porque Dios es Amor.

Hermanos y hermanas, todos nosotros, un día, deberemos emprender el último viaje hacia el precioso jardín del Edén. A lo largo de nuestra vida, algunos han ido llenando las maletas sin cesar. Pero al final se darán cuenta de que no podrán llevarse nada de lo que han puesto. Otros, en cambio, se han pasado la vida vaciando las maletas para quedarse sólo con lo necesario e imprescindible. Y al final, han entendido que lo único que podremos llevarnos es el amor.

Abadia de MontserratDomingo I de Cuaresma (26 de febrero de 2023)

Miércoles de ceniza (22 de febrero de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (22 de febrero de 2023)

Joel 2:12-18 / 2 Corintios 5:20-6:2 / Mateo 6:1-6.16-18

 

Queridos hermanos y hermanas, queridos escolanes, me gustaría explicaros la Cuaresma como si fuera una excursión, como una caminata que empezamos hoy. Será larga, cuarenta días hasta el domingo de Ramos. Es un camino en el que necesitamos las piernas y el cuerpo, pero sobre todo necesitamos la voluntad, la motivación y el sentido que debe hacernos avanzar.

Nuestro itinerario es algo especial. No se trata de recorrer kilómetros, sino de vivir y avanzar hacia una fecha determinada, de llegar a la Pascua, la fiesta de la Resurrección de Jesucristo. Para no perdernos, casi todos los días, empezando por hoy, la liturgia nos lo recordará en un momento u otro que precisamente avanzamos hacia la Pascua. La invitación del camino cuaresmal no es la de movernos mucho, a pesar de los más de 32.000 kms. que haréis los escolanes la próxima semana en el viaje a Adelaide en Australia, sino la de vivir más intensamente nuestro día a día, con un objetivo de mejora personal y colectiva. La Cuaresma es como un tráiler de la vida. Intentamos (en poco tiempo) que nuestra vida sea clara y tenga sentido, verla entera y darnos cuenta de dónde estamos. Darnos cuenta, sobre todo, que en lo que es más fundamental que nada, amar, estamos lejos de la propuesta que Dios nos ha hecho. Nosotros, todos los bautizados, y ya también los que se preparan, hemos aceptado este amor como la propuesta fundamental de nuestra vida. Una propuesta muy antigua que dice: Amar a Dios con todo el corazón, con todo el cuerpo, con todo el espíritu.

Hoy es el día en que empezamos esta excursión. Nadie está preparado al cien por cien para andarla. ¿Por qué? Porque si el objetivo de todos estos días es llegar a amar sin límites, sólo Jesucristo y Nuestra Señora son totalmente buenos, sin ninguna falta, sin ningún pecado. Una de las cosas más importantes que debemos hacer hoy es darnos cuenta de todo aquello que no nos deja andar, que no nos permite ser más cristianos y por tanto amar mejor.

Empezamos un camino porque se nos pide que nos convirtamos: esto es, que nos volvamos, que nos orientemos hacia un destino, que no puede ser otro que Jesucristo. En el gesto de girarse hacia él, existe también el gesto de apartarse, el de dejar de mirar hacia un lado y empezar a mirar hacia otro. Hoy que es el día en que empezamos, tenemos la ilusión y la fuerza. Hacemos unos estiramientos para tener la musculatura preparada, especialmente los que tenemos cierta edad. Estos estiramientos son el ayuno, los ejercicios espirituales de estos días para los monjes, hacer más oración, ayudar más a la gente…etc. También vosotros podéis pensar en algún estiramiento espiritual que os ayude en esta cuaresma. Pero hoy estamos motivados y creemos que podemos hacerlo bien. La sabiduría de la liturgia nos hace celebrar días fuertes, días en los que se concentra el sentido de la vida y en los que parece más eficaz la bendición de Dios.

La primera lectura a pesar de los siglos que tiene, nos ha hablado también de un momento en el que el Pueblo de Israel hacía lo mismo que hacemos hoy: escuchar cómo le convocaban a convertirse y a girarse hacia Dios. El profeta Joel, en nombre de Dios mismo, llamaba a todos: Viejos, niños de leche y esposos. También nosotros estamos llamados a realizar este camino cuaresmal de recuperar el amor. Las oraciones de hoy son todas colectivas. Cada uno debe examinarse a sí mismo, pero quizás todos juntos podemos también descubrir algunas cosas que podríamos cambiar y, sobre todo, juntos, nos hacemos más conscientes de que Dios es ese Dios bueno, benigno y entrañable, lento para el castigo y rico en el amor, que se desdice de hacer el mal. Alguna vez necesitamos una mirada ancha y larga para ver que Dios es así, y no fijarnos en una desgracia concreta, como por ejemplo este último terremoto terrible en Turquía y en Siria, que nos hace preguntar ¿por qué Dios parece a veces que no está? ¡Una mirada ancha y larga, que tome la historia y muchas más situaciones, nos ayuda a ver tantos signos de ese Dios bueno!

Recuperar el amor es una buena expresión, un buen propósito para el miércoles de Ceniza. Se nos pide un equilibrio entre una actitud espiritual: debemos rasgarnos el corazón y no los vestidos, debemos orar, y también una actitud concreta y real: un ayuno y una ayuda a quienes más lo necesitan. El mundo está lleno de situaciones de grandes necesidades. Los periódicos hablan de las más mediáticas, las guerras como la de Ucrania, que dura ya un año, y sobre la que sólo vemos la escalada militar, y muy pocos esfuerzos de diálogo y de paz, pero quizás las que me impresionan más son aquellas que me cuentan testigos directos y de las que nunca había oído hablar. Me ha pasado recientemente con una explicación sobre los slums de Kampala en Uganda, de una capital africana.

Como cristianos sería hoy el día de los buenos propósitos. Y lo representamos con este signo de la ceniza, que nos ponemos en la cabeza como signo de que somos conscientes de nuestra debilidad pero que confiamos en que Dios nos da la fuerza y la vida para convertirnos.

Pero el reto es que no sólo tendremos que hacerlo hoy. Debemos ser conscientes de que, durante todos estos días de camino, las mismas cosas que hoy nos parecemos más prescindibles y nos sentimos con ánimos de prescindir de ellas se volverán a presentar invitándonos a pararnos, a perder tiempo mientras caminamos. Dicen que hay mucha gente que hace buenos propósitos en fin de año y que normalmente el tercer lunes de enero, ya han desistido. Nosotros, confiando en Dios, esperamos no desistir de nuestros buenos propósitos de Cuaresma.

Algunos dirán que es ridículo y que no sirve para nada hacer ese camino de Cuaresma. Nosotros decimos que es importante. Los monjes decimos que es esencial, que es el ejemplo de cómo deberíamos vivir siempre. En el fondo, haciendo ese camino estamos dando un testimonio de fe y de esperanza. Lo estamos dando incluso cuando parece que fuera las cosas van mal y alguien podría dudar de que Dios nos esté acompañando. Quizás algunos serán como aquellos pueblos de la primera lectura que se burlaban del pueblo de Israel.

La fidelidad a Dios, que queremos ir reencontrando todos estos días y viviéndola intensamente, nos llevará a comprobar que esa promesa de la primera lectura: que él se enciende de celos por el buen nombre de su país, esto con lenguaje popular significa que Él no nos deja tirados, Dios no nos deja tirados…, Dios no permite que los demás digan: Dónde está su Dios, Dios se compadece de todos nosotros.

Iniciamos pues este camino hacia la Pascua, cada uno desde su lugar, consciente de que necesitamos cambiar algo si queremos acoger mejor el amor de Dios y también ser capaces de amar mejor, girándonos siempre hacia Jesucristo, que nos acompaña, antes, durante y al final de la ruta y teniendo el evangelio y la liturgia por mapa. Avancemos juntos, nosotros y quienes fielmente también harán esta cuaresma conectándose a menudo desde casa. Todos nos acompañamos mutuamente con la oración y la caridad fraterna. Y sabemos que el testimonio de fe de todos apoya la fe de cada uno y que nos hace creer que aun siendo polvo y tener que volver un día al polvo, en esta vida es posible convertirse y creer en el evangelio.

 

 

Abadia de MontserratMiércoles de ceniza (22 de febrero de 2023)

Domingo VII del tiempo ordinario (19 de febrero de 2023)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (19 de febrero de 2023)

Levítico 19:1-2.17-18 / 1 Corintios 3:16-23 / Mateo 5:38-48

 

Estimados hermanos y hermanas,

Permítanme que inicie esta homilía, recordándome a mí mismo y compartiéndolo con vosotros dos breves afirmaciones. La primera, que a pesar de ser obvia la olvidamos a menudo, y es que la Palabra de Dios no podemos leerla ni meditarla nunca en tercera persona del singular, dicho de otro modo, olvidando que siempre se me dirige de manera personal. La segunda es que cada domingo el anuncio de la tercera lectura se hace por parte del diácono como lectura del Evangelio, que es lo mismo que decir, lectura de la Buena noticia ya que éste es el significado del concepto griego εὐαγγέλιον. Por tanto, hoy, en esta celebración, Dios nos habla personalmente a cada uno de nosotros y también comunitariamente para hacernos llegar una Buena Noticia.

Dicho esto, el fragmento evangélico que acabamos de proclamar cierra el capítulo 5 del evangelio según san Mateo que empezamos a leer el domingo día 29 de enero, con el texto de las Bienaventuranzas. Tanto en este texto como en todo el capítulo el evangelista utiliza un lenguaje fuerte, paradójico y escandaloso tanto para su tiempo como para el nuestro.

El texto de hoy no es una excepción y su estructura es la del cumplimiento de la Ley antigua, según el esquema “ya sabéis que, a los antiguos, les dijeron… pero yo os digo”. La enseñanza de Jesús dirigida a sus contemporáneos y por tanto también a nosotros, lejos de dar simples reglas de comportamiento, tiene como objetivo las relaciones interpersonales y especialmente las que son hostiles o violentas

La llamada de la Torá (Ex 21,26, Lv 24,20), en referencia a la llamada ley de la represalia o ley del Talión, es para Jesús el punto de partida para proponer otra vía, la suya, la de Jesús, y que es respuesta a la violencia sea en forma de bofetada, de robo o de opresión. La vía que propone Jesús va más allá del sentido común del derecho, encaminado a contener la invasión de la violencia y los mecanismos de la venganza.

¿En qué consiste la vía de Jesús? Jesús nos muestra una actitud de donación sin reservas y que la vivirá hasta la Cruz. No se trata de sufrir pasivamente, sino que revela algo más profundo. Son gestos aparentemente incomprensibles y llenos de libertad, contrarios al mecanismo de acción-reacción. Representan un camino que confunde al malvado y puede desarmarlo. Nos pasa igual a nosotros cuando hacemos una acción incorrecta y que duele y nos desama ver cómo el que hemos herido nos ofrece la mano. Este «plus» del amor no es algo de lo que seamos capaces espontáneamente, ni puede resultar del esfuerzo personal, sino que reclama por parte de cada uno, un camino, un itinerario para vivir y madurar según los sentimientos de Jesús, que no son otros que los que están en el corazón de Dios. Por eso no seamos fáciles en juzgar las reacciones de los demás.

En esta lógica no es extraño que Jesús exprese de forma contundente la revolucionaria proclama que es el centro del relato que hemos proclamado: “Ya sabéis que dijeron: “ama a los demás”, pero no a los enemigos. Pues yo os digo: Amad a los enemigos, rogad por aquellos que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre celestial: él hace salir el sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos e injustos”.

La paradoja de este Evangelio sólo es posible si ha habido un encuentro con Jesús y una renovada idea de Dios como Padre. El encuentro con Jesús nos pide un amor desproporcionado; el amor es siempre desproporcionado y choca con la forma de hacer y de ser del corazón humano, que puede llegar a confundir el amor a uno mismo con el vivir centrado y encerrado en el propio corazón, ya que el amor siempre es apertura al otro, posibilidad de ser para uno mismo y para los demás.

Retomando las dos afirmaciones con las que he empezado esta reflexión me doy cuenta de que hoy las palabras de Jesús nos tocan directamente a cada uno de nosotros, pero no como una acusación sino como posibilidad para reconocer que a veces no estamos muy lejos de las situaciones que nos descrito el evangelista. Pero también, hoy hemos recibido una buena noticia y es que, aunque no nos sea fácil vivir y ser como Jesús, sólo con que lo intentemos seremos prefectos como lo es el Padre celestial.

No quisiera terminar esta reflexión sin un recuerdo con gran respeto y una oración por todos los que son víctimas de tantas formas de violencia. Y todavía una oración para pedir a Jesús que nos ayude a mirar con su mirada a quienes obran el mal y el mal que nosotros obramos.

La Eucaristía que estamos celebrando es fuerza y viático en nuestro itinerario para poder ser perfectos como lo es el Padre celestial. Que así sea.

Abadia de MontserratDomingo VII del tiempo ordinario (19 de febrero de 2023)

Domingo VI del tiempo ordinario (12 de febrero de 2023)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (12 de febrero de 2023)

Sirácida 15:15-20 / 1 Corintios 2:6-10 / Mateo 5:17-37

 

Ley y libertad: dos palabras no siempre bien avenidas, no siempre entendidas por igual y que a lo largo del tiempo no han dejado de coexistir sin duras controversias. Jesús mismo se enfrentó varias veces con los escribas y fariseos sobre la forma de interpretar la ley. Con una autoridad sorprendente a los ojos de sus detractores afirma: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud» (Mt 5, 17). Jesús, por tanto, no quiere suprimir los mandamientos que Dios dio a su pueblo por medio de Moisés, sino que quiere darles plenitud. No se contenta con repetir la tradición ni en consolidar un legalismo minucioso y sin alma, sino que intenta liberar el corazón del hombre del peso fastidioso de la Ley para mostrar que esta «plenitud» que le da, requiere una mayor justicia, una observancia más auténtica. Dice, en efecto, a sus discípulos: «si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5, 20); un Reino que ya se hace presente en medio del mundo por el espíritu de las Bienaventuranzas, por la novedad radical de una Ley que tiene su cumplimiento en la justicia y en un amor sin límites, sin exclusiones de ningún tipo.

La primera lectura que hemos escuchado nos muestra una reflexión hecha por la persona que, a partir de la experiencia de los años, ya sabe lo que es la vida y las contradicciones de la misma e intenta inculcar una orientación importante para vivir. El consejo vendría a ser éste: “Sé libre, elige con libertad, no te sientas obligado, no dejes que otros decidan por ti, pero, aún así, elige lo mejor”.

La pregunta que nos viene y que va a seguir viniendo a la mente de todos es: ¿Y qué es lo mejor? ¿Dónde encontrarlo?… esta pregunta no deja de inquietarnos también hoy frente a la diversidad de respuestas y posibilidades que nos ofrece el mundo.

Los sabios de aquella época, se remitían a lo que ellos llamaban los mandatos: Un conjunto de reglas sobre cómo comportarse para tener éxito en la vida. Lo que nosotros llamamos mandamientos son fruto de un proceso muy largo de reflexión en el que se reflejan las situaciones humanas con sus problemas, sus contradicciones, inquietudes, dudas o necesidades y que se concluye expresando lo más conveniente para que la vida se ordene de cara a hacer el bien y ser mejores. El hombre que a través de los años ha adquirido sabiduría y experiencia de vida, da sus consejos: “cuidado con lo que haces, no te dejes engañar, vigila con quien vas, no te pierdas” … Este conjunto de normas y de enseñanzas prácticas ha tenido etapas más o menos exitosas a lo largo de la historia, tanto si lo valoramos desde tiempos pasados, donde se exageró su rigidez, o era incuestionable la autoridad de los padres y maestros respecto a los hijos o alumnos, como si lo valoramos ahora en que a menudo vemos cómo el menosprecio de las normas puede ser el cultivo más idóneo para cultivar el desbarajuste, la desorientación, o la falta de valores o puntos de referencia que nos ayuden a encontrar el sentido de lo que somos y que hacemos, y vemos cómo lo que tiene éxito en nombre de la libertad es decir: “haz lo que quieras, que nada ponga freno a lo que deseas y disfruta de la vida que son cuatro días,” ¡siempre que el bolsillo y el salud lo permitan, por supuesto!

A lo largo del tiempo ha habido personas y teorías que defienden que la creencia y la vivencia religiosa son incompatibles con la libertad individual. Parece como si la voluntad de Dios fuera sinónimo de pérdida de libertad, de dejar de ser nosotros mismos. Esto se debe, por un lado, a una falsa imagen de Dios como alguien tirano y egoísta, abrumador, y por otro, pensar que la voluntad de Dios nos parece totalmente arbitraria. Si observamos la forma de actuar de Jesús nos daremos cuenta de que la libertad no es un fin en sí mismo sino un medio para algo mayor que para él es hacer la voluntad de Dios; la que nos hace verdaderamente libres. Nuestro Dios no es un Dios caprichoso ni egoísta, ni celoso de nuestra libertad, sino que, como buen padre, quiere lo mejor para nosotros. Lo que ocurre es que quizá no nos acabamos de fiar.

En tiempos de Jesús los escribas y fariseos exageraban tanto la importancia de la Ley que cualquier mínima crítica o resbalón era interpretado como un ataque frontal a su totalidad. Por eso se enfrentan y atacan a Jesús directamente y sin reparos porque, más que un estricto cumplimiento de la letra, nos pide una exigencia y una adhesión libre que no siempre es fácil de asumir. Jesús dice que no ha venido a abolir la Ley sino a darle plenitud, es decir, ha venido a decirnos, por ejemplo, que lo importante no es que yo dé una limosna, que en un momento concreto puede tener su importancia, sino que lo que importa es que yo esté pendiente de atender a quien tiene necesidad; que si trato de no ser un criminal, un crápula o un estafador, que ya es mucho, lo importante es liberarme de la codicia, la avidez, o del deseo de venganza y violencia que a menudo está en nuestro corazón.

Jesús nos pide que cumplimos sus mandamientos no como una obligación pesada, sino como un deseo profundo y personal por descubrirlos como algo fundamental para mí; como una ayuda y una guía para hacer nuestros sentimientos y finalmente lograr la libertad de los hijos de Dios que no es más que vivir en aquel amor que nos acerca más a Dios y a los demás.

¿Que Jesús nos pide demasiado? Puede ser, pero nunca nos deja de su mano y nos dice: “Venid a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo os haré reposar porque mi yugo es suave, y mi carga, ligera.” (Mt 11, 28.30). Pidamos al Señor que nos haga descubrir qué es lo mejor para nosotros, a pesar de que nos cueste llevarlo a cabo, y abrámonos a su novedad y a su perdón. No tengamos miedo al Evangelio.

Abadia de MontserratDomingo VI del tiempo ordinario (12 de febrero de 2023)

Domingo V del tiempo ordinario (5 de febrero de 2023)

Homilía del P. Lluís Planas, monje de Montserrat (5 de febrero de 2023)

Isaías 58:7-10 / 1 Corintios 2:1-5 / Mateo 5:13-16

 

El pasado domingo oímos proclamar cómo Jesús viendo a las multitudes, observando la sociedad, subió a la montaña, y empezó a instruir a sus discípulos: el mensaje, bien mirado era sorprendente, y todavía lo puede ser para nosotros si reconocemos que Jesús es nuestra referencia y, por tanto, todo lo que dijo a sus discípulos, nos lo dice, hoy, a nosotros. Nos hace descubrir que Dios valora a las personas de una manera muy diferente a cómo son valoradas en nuestro entorno social. En nuestra sociedad se valora el éxito, los ganadores. También en tiempos de Jesús se creía que quienes eran ricos, por ejemplo, es que Dios les había bendecido. Pero la instrucción de Jesús es muy distinta; nos dice que Dios valora a aquellos que, precisamente, no son socialmente admirados, como los pobres en el espíritu, los que están de luto, los humildes, los que tienen hambre y sed de ser justos, etc. Y a estos Dios les da la posibilidad de ser felices, bienaventurados, santos, porque ellos poseerán el Reino, serán consolados, poseerán la tierra, serán saciados.

Hoy ha continuado su instrucción pidiendo que los discípulos hagamos lo mismo: proclamar por todas partes cómo Dios valora la vida, especialmente a aquellos que parece que la vida se les ha dado la espalda. Pero no se trata de dar una buena dosis de optimismo a perdedores, sino dar sentido a su itinerario personal. Para realizar bien esta proclamación nos ha propuesto dos actitudes. Ser sal. Ser luz.

¿Cuál es el sentido que tiene en ese contexto la sal? Por un lado, la sal es la que da sabor a los alimentos. Debemos entender que la misión de los discípulos, la de la Iglesia, la de cada uno de nosotros, si tenemos conciencia de ser discípulos, es que debemos introducirnos en la entraña de la sociedad para descubrir el sentido de la vida en un mundo en el que se banaliza cada vez más. También la sal, en tiempos de Jesús, tenía la función de conservar e impedir que los alimentos se estropearan y se corrompieran. Por tanto, se trata de luchar para que la práctica de la justicia proteja la dignidad de todos aquellos a quienes Jesús ha anunciado las bienaventuranzas, como los humildes, los compasivos, los limpios de corazón, los que ponen paz, los perseguidos por el hecho de ser justos…y aquí podemos recordar todas las demás bienaventuranzas. Para ser coherentes en este sentido, es necesario coraje personal, de lo contrario seremos como la sal que no sirve para nada, y podemos caer en la indiferencia de todos y que en la calle seamos pisados.

Cuando afirma: «Vosotros sois luz del mundo». No nos está diciendo que debemos serlo, sino que lo somos. Tomar conciencia, pues, de nuestra misión y responsabilidad. La Iglesia, nosotros, debemos ser referentes para quienes están en busca del vacío interior. No se trata de afán de protagonismo. San Pablo, en la segunda lectura, explicaba a la comunidad de Corinto su actitud personal cuando les escribía: «mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu» Este ser luz puede tener muchas expresiones, pero es indudable que debe iluminar, y difícilmente se ilumina si nuestro interior no vive liberado porque se sabe acogido por el amor de Dios. Podemos constatar que quien hace la experiencia de sentirse amado tiene la fuerza del amor en su mismo rostro. A veces tenemos poco presente que, cuando queremos dar testimonio de la propia experiencia, lo decimos como un reproche. Cuanto más nos dejemos atrapar por las bienaventuranzas más sencilla y a la vez más profunda será nuestra vida.

Irradiamos lo que vivimos, lo que somos, lo que hacemos. Es lo que nos ha dicho el salmo cuando nos recordaba: «El hombre justo, compasivo y benigno, es luz que apunta en la oscuridad…Tiene el corazón inconmovible, nada teme, reparte lo que tiene, lo da a los pobres, su bondad consta para siempre» Es lo mismo que Isaías nos ha recordado en la primera lectura cuando ponía en boca de Dios: «Comparte tu pan… si alguien no tiene ropa, vístelo; no les rehúyas que son hermanos tuyos. Entonces estallará en tu vida una luz como la de la mañana, y se cerrarán al instante tus heridas». Esto es lo maravilloso: cuanto más nos comprometemos para iluminar, tanto más la claridad de Dios iluminará y curará nuestra propia vida.

 

Abadia de MontserratDomingo V del tiempo ordinario (5 de febrero de 2023)

La Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (3 de febrero de 2023)

Isaías 56:1.6-7 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Lucas 19:1-10

 

Todos los monjes y monjas benedictinos amamos las iglesias de nuestros monasterios. Nosotros amamos nuestra basílica, aquí en Montserrat. Estimamos estas paredes, las piedras materiales, que durante tantos siglos han protegido nuestra oración del frío (aunque sólo un poco), del calor, del ruido y nos han permitido rezar y avanzar en la dimensión más profunda y espiritual de la nuestra vida, la búsqueda de Dios, que en buena parte pasa por las horas en las que todos juntos alabamos a Dios, y celebramos la eucaristía que nos asegura la comunión real con Jesucristo todos los días.

Me parece que también los escolanes aman esta Iglesia. Quizás ahora no lo percibáis tanto, pero sé que después de dejar la Escolanía, si alguna vez los antiguos escolanes vuelven, tienen una sensación fuerte cuando salen a cantar aquí, porque también esta nave, este lugar, es una parte importante de la vuestra vida. Ante este altar os vestís de escolanes y os despedís de la Escolanía.

También los peregrinos, los oblatos, los cofrades aman este templo y lo recuerdan desde casa. Hoy en día, con un recuerdo que es muy fuerte porque la tecnología permite estar aquí dentro de una manera virtual, durante casi todo el día y unirse a todo lo que ocurre dentro de este edificio. Incluso diría que quienes no la conocen, están llamados a amar algún día a esta Iglesia. Como si los estuviéramos esperando.

No es la belleza del edificio lo que hace que le amemos sino nuestra historia personal, porque aquí todos hemos vivido algo que tiene que ver con Jesucristo. Celebrar la Dedicación de una Iglesia es celebrar que nuestros antepasados construyeron con fe y devoción a Santa María este lugar y lo reservaron para que, en él, durante todo el tiempo futuro, a partir de aquel 1592, todo el mundo pudiera vivir su historia personal de comunión con Jesucristo. Por eso cantaremos en el canto de comunión con palabras de San Pablo que “Somos un templo de Dios, que el Espíritu de Dios reposa en nosotros y que ese templo de Dios que es sagrado somos nosotros”. (1 Co 3, 16-17)

Pero la basílica nos permite también vivir juntos esta historia, como comunidad de monjes, como parroquia o movimiento que peregrina hacia el Señor. La liturgia de hoy toma esta idea que nos pone a nosotros, los fieles, en el centro de la solemnidad de la dedicación y quiere transmitir la idea de que lo que el templo significa es la comunidad que se reúne. Pero no como quien celebra una asamblea para decidir algo, sino como una comunidad que camina hacia Dios, esto es una comunidad que sigue a Jesucristo, el Señor, del que decimos que es la cabeza del cuerpo que todos formamos y la piedra fundamental de esta edificación. La Iglesia nace del mismo Jesús de Nazaret y de sus discípulos, de su predicación, de las primeras comunidades que celebraban la fe a escondidas y clandestinamente, y desde entonces se ha reunido siempre mientras espera que Él mismo, Jesucristo, vuelva glorioso. Esto es también lo que nos hace comparar esta y cualquier otra iglesia con Jerusalén, con Sión, con una idea que sólo quiere significar aquella realidad en la que, sin ambigüedad, sin pecado, estaremos todos felices en la paz de Dios.

Si levantáramos el mantel del altar, veríamos una inscripción -espero que algún día también os las enseñen a los escolanes- grabadas en esta gran piedra de Montserrat, que dice “Petra autem erat Christus”, “La piedra era Cristo”. Quiere recordar que este altar, en el que celebramos la eucaristía y ante el que se celebran también otros sacramentos, como ordenaciones, matrimonios y bautizos y confirmaciones, nos recuerda a Jesús que se hace presente cada día por su generosidad entre nosotros.

La solemnidad de la Dedicación de nuestra basílica de Montserrat también nos permite vivir otra dimensión muy presente en los textos que hemos ido rezando desde ayer, que es la llamada a ser un lugar de acogida universal. La comunidad cristiana recibe ya del Antiguo Testamento cómo leíamos en la primera lectura la vocación a acoger a todos los pueblos: “Los extranjeros que se han adherido al Señor les dejaré entrar en la montaña sagrada” y “todos los pueblos llamarán a mi templo casa de oración”. Cómo esto se hace realidad aquí, donde la montaña, el santuario y el monasterio, todos bajo la protección de la Virgen María, atraen a tantos peregrinos que son bienvenidos a entrar en esta alianza con el Señor. Los monjes y monjas, los benedictinos especialmente, nos reconocemos en esta acogedora dimensión de nuestras iglesias monásticas, que tan bien enlazan con el carisma de recibir a todo el mundo como a Cristo que nos propone nuestra Regla.

En el himno de maitines, la primera oración del día de hoy rezábamos,

“Este sitio se llama el aula del rey,
La puerta de un cielo brillante e inmenso 
que acoge a todos los que piden la patria de la vida”

“Hic locus nempe vocitatur aula
Regios inmensi nitidique caeli
Puerta, quae vitae patriam petentes
Accipido omnes”

La estrofa resume las ideas que he intentado decir en estas palabras. Me gusta que quienes deben ser acogidos no sean definidos en este versículo por su ciencia, ni siquiera por su fe o su caridad, sino tan sólo por su deseo “vitae patriam petentes”, quienes piden la patria de la vida. El deseo es lo que nos lleva hacia Dios y que nos hace entrar en comunión con tantos hermanos y hermanas. Podemos sacar una buena lección para seguir acogiendo, como hacemos normalmente ya que la Iglesia es en general, a pesar de todo lo que dicen, muy acogedora y muy poco sectaria.

Por su belleza, las iglesias cristianas quisieran ser esta aula del Rey, Jesucristo, y la puerta de ese cielo inmenso y brillante, como el de hoy. Sería bonito que nuestra oración fuera también la puerta hacia Dios, hacia Jesucristo y su Evangelio, proclamado de Oriente a Occidente, como dice otra de las inscripciones del lateral del altar. Decía San Juan Pablo II en su visita a Montserrat, de la que celebramos el cuarenta aniversario el pasado 7 de noviembre, que esta basílica es uno de esos lugares que son signos del misterio de la Encarnación y de la Redención. La presencia constante de Santa María de Montserrat nos ayuda aquí a intensificar en todos nuestra vida cristiana, nuestra conciencia de haber sido salvados por Jesucristo y la esperanza de la plena redención nuestra y de toda la humanidad.

Mantengámonos fieles a la propia historia de salvación que el Señor quiere para nosotros y que nos propone cada día, en la novedad perenne de la eucaristía, porque es desde este testimonio personal que vamos edificando, como piedras vivas aquí en la tierra, aquella iglesia que está llamada a ser la Jerusalén del Cielo.

 

 

Abadia de MontserratLa Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2023)

Domingo IV del tiempo ordinario (29 de enero de 2023)

Homilía del P. Bonifaci, monje de Montserrat (29 de enero de 2023)

Sofonías 2:3; 3:12-13 / 1 Corintios 1:16-31 / Mateo 5:1-12

 

Hoy, en nuestra celebración dominical, todavía resuena aquella manifestación de pobreza y humildad del misterio de Navidad. Porque Navidad no podía ser sino la puerta de entrada de Cristo que venía a instalar el Reino de Dios, Reino de pobreza y de humildad, porque es esto lo que nos revela cómo es Dios. Dios es amor, y el amor es humilde y no busca su provecho, sino el de aquél que ama. Y el Hijo de Dios se rebajó, se hizo hombre y murió pobre, de la manera más ignominiosa, en manos de los poderosos, por nuestro amor. Pero el Padre confirmó su mensaje y su vida sentándolo a su derecha.

No es, pues, nada extraño que el fundamento del mensaje del Reino sean las Bienaventuranzas, que resumen la forma de vida que Dios quiere que vivamos los hombres. Una forma de vida totalmente contraria al ideal de vida que los hombres siempre han querido construir y proponer.

Hoy tenemos un texto profético que nos predice: Buscad al Señor los humildes.  Y San Pablo dice a los cristianos de Corinto: Dios ha escogido lo que no cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en la presencia del Señor. El que se gloríe, que se gloríe en el Señor. 

Las bienaventuranzas nos hablan de pobreza, de humildad, de bondad, de pasar hambre, de estar tristes, de ser compasivos, de tener el corazón limpio, de poner paz y de ser perseguidos por el nombre de Cristo. Valores que el mundo desestima.

¿Por qué esa insistencia de la Palabra de Dios? Sencillamente, porque es lo que nos ha venido a revelar a Cristo que nos trae la voluntad de Dios. Él no hacía sino revelar al Padre. Quien me ve a mí, ve al Padre. Yo no hago sino lo que me dice el Padre. Y, de hecho, la trayectoria de la vida de Cristo está marcada por el camino de la pobreza y de la humildad: empieza a predicar, no en grandes ciudades, sino en las aldeas de Galilea, elige a colaboradores de entre la gente sencilla, ignorante, pobre. Él mismo fue un trabajador hasta que inició el ministerio de la predicación del Reino. Nunca quiso hacerse de ningún movimiento social o político, ni ser proclamado profeta, o rey. Venía sólo a dar testimonio de la verdad, de la voluntad del Padre de salvar a los hombres. Su poder era hacer el bien a los desamparados, perdonar pecados, liberar de demonios, conducir al Padre. Fue la imagen del Padre, reveló el Reino del Padre.

El Dios que nos hemos formado los hombres, en cambio, es un Dios sublime, separado, que impone temor, juez supremo, Ser perfecto, pero que nos hace ver a nosotros imperfectos. Pero el Dios que nos revela Jesús no tiene esta imagen. Es todo lo contrario: es en Jesús que Dios se manifiesta y se revela. Quien ve a Jesús ve cómo es el Padre. Y Jesús nos invita: ‘Venid a mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro reposo’. ‘Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva’. ‘He venido a salvar, no a condenar’. ‘No tengáis miedo, el Padre quiere daros el Reino’. “Cree en mí y cree también en el Padre, y donde yo estoy estaréis vosotros”. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo’.

Si queremos ser discípulos de Cristo, sigamos, pues, sus huellas: Porque el que ama la vida, la perderá, y el que la pierde por mí, la recobrará. ¿Qué ganaríamos de tener todos los bienes del mundo si perdiéramos la vida? Sigamos, pues, la pobreza, la humildad, la bondad, el amor desinteresado, busquemos servir a los demás. Y, quien quiera ser mayor, que se haga servidor de todos. No existe un camino más seguro. Dios nos lo recompensará. Nos dirá: ”Venid, bendecidos de mi Padre, entrad en el Reino que os estaba preparado desde la creación del mundo”.

 

Abadia de MontserratDomingo IV del tiempo ordinario (29 de enero de 2023)

Domingo III del tiempo ordinario (22 de enero de 2023)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (22 de enero de 2023)

Isaías 8:23b-9:3 / 1 Corintios 1:10-13 / Mateo 4: 12-23

 

Estimados hermanos y hermanas,

En las primeras palabras del Evangelio de hoy nos encontramos con dos grandes personajes del Nuevo y del Antiguo Testamento. El primero es San Juan Bautista, el nuevo profeta Elías, y con su misión concreta y específica: “De preparar el camino de quien iba a venir”. El Bautista era el precursor, el manifestador para reconocer al Elegido, al Mesías, Jesús, Luz del mundo, al Cordero de Dios y bautizarlo. El rey Herodes Antipas encarceló y decapitó a Juan, en la fortaleza de Maqueronte, por instigación de su ilegítima mujer Herodías, madre de Salomé. Jesús, al saberlo, no volvió a Nazaret, sino que se exilió a la ciudad de Cafarnaún, lugar de confluencia de caminos del mar y la montaña, cerca del gran lago de Tiberíades, región conocida popularmente como “País de Zabulón y de Neftalí, Galilea de los Gentiles o de los Paganos”.

El segundo personaje que hemos oído en la primera lectura es el Profeta Isaías (podemos ver su imagen en el centro de la nave de la Basílica, a vuestra derecha). Él profetizó 800 años A.C. todos los oráculos del Siervo de Yahvé y la venida del Mesías el Salvador. Hoy nos dice: “El pueblo que avanzaba a oscuras ha visto una gran luz, una luz resplandece para quienes vivían en el país tenebroso”. Jesús es la Luz del mundo para quienes lo buscan y lo buscan de todo corazón. Todo cristiano normal es llama, espejo de luz, de alegría, persona de gozo y libertad. Dice el cardenal de Barcelona, Joan Josep Omella, que “toda pequeña comunidad o parroquia, tanto de la ciudad como de los pueblos, son sencillas llamas de Luz, son presencia Cristiana viva, concreta, simple y vacilante, ¡pero llama! que brilla y da Luz en nuestra difícil sociedad actual”. No podemos decir, en modo alguno, y tranquilamente: “durante muchos años me he reservado mi fe para mi intimidad privada”.

Jesús nos dice: “Convertíos, que el Reino del Cielo está cerca”. Es una invitación, una llamada a darnos la vuelta hacia Dios. No se trata sólo de convertirse en buenas personas de golpe, sino de volver a aquel Yo que es bueno dentro de nosotros mismos. Por eso, la conversión no es triste, es el descubrimiento de la verdadera alegría que gotea dentro de la profundidad de nuestro pequeñísimo corazón humano. Convertirse es simplemente dar un vaso de agua, hablar con esa persona mayor desconocida en el rellano o en el ascensor de tu casa; decir buenos días, buenas noches, adiós, ¿cómo estáis…? consolar a quienes lloran. Compasivos con quienes pasan hambre, dolor o guerra. Pacificadores en todo evento y en todo lugar; limpios de corazón, para decir siempre una palabra de vida, una palabra adecuada, de Buena Nueva, de gozo, de amor, de paz. Y, sobre todo, firmes ante el mal, que en todo momento está siempre presente y actuando, desgraciadamente.

En el río Jordán Jesús revela su filiación Divina. Hoy, en el lago de Galilea, comienza su manifestación, su Misión. Él, bordeándolo, ve a dos hermanos, Simón-Pedro y Andrés, que estaban tirando las redes. Les llama y les dice: “Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres”. Un poco más adelante hace lo mismo con otros dos hermanos, Jaume y Joan, que estaban en la barca, reparando las redes. Todos, rápidamente, dejando familia y trabajo siguen la voz del Maestro. Jesús no les prometió nada, no les aseguró la vida, una casa o dinero. No, simplemente les llamó y ellos respondieron: “¡Aquí me tenéis! ¡Estoy aquí!”. Mensaje, llamada, respuesta y seguimiento. San Benito nos dice: “Escucha, hijo, los preceptos de un maestro e inclina el oído de tu corazón y acoge con gusto la exhortación de un padre bondadoso y ponla en práctica”.

El Evangelio de este domingo finaliza con Jesús en misión. Él predica en las sinagogas, enseña la Palabra, la Buena Nueva y cura a la gente de toda enfermedad. Todo esto, mientras viajaba por la Galilea, País de Zabulón, de Neftalí, tierra de paganos, que ahora ven personalmente una gran Luz, que es Jesús de Nazaret, el Señor. Triple Misión de Cristo, y Triple misión de la Iglesia: «Enseñar, anunciar y curar». Ser pescadores de hombres.

Hermanos y hermanas: en este Domingo de la Palabra es Jesús mismo quien nos habla y nos invita a construir nuestra vida sobre sus Palabras de Vida. San Jerónimo nos dice: «Desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo». Oremos, hoy, especialmente, por aquellos países donde, por tener simplemente un pequeño Nuevo Testamento puede significar muchos meses de cárcel; o distribuir Biblias, o ser cristiano públicamente puede acarrear penas de muerte, con el silencio de todo el continente europeo.

 

Abadia de MontserratDomingo III del tiempo ordinario (22 de enero de 2023)

Domingo II del tiempo ordinario (15 de enero de 2023)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (15 de enero de 2023)

Isaías 49:3.5-6 / 1 Corintis 1:1-3 / Joan 1:29-34

 

Poco antes de la pandemia, con la Escolanía fuimos a cantar a Moscú. Fue justamente esta semana, después de que se nos proclamara ese mismo evangelio. Y una de las visitas culturales que hicimos fue en la galería Tretyakov, el museo de pintura más importante de la ciudad. El museo lleva el nombre de Pavel Tretyakov, un comerciante que después de hacerse millonario gastó su fortuna comprando arte, pero no para él: quiso que su colección fuera pública, y que quedara instalada en un museo de acceso gratuito para los moscovitas, para que todo el mundo pudiera estar en contacto con el arte. Y visitando el museo, entramos en una gran sala en la que había un cuadro de 7 metros por 5 que ocupaba toda la pared. La guía se entretuvo bastante porque era interesante; y para nuestra sorpresa, la temática del cuadro era —justamente, la del evangelio del domingo (es decir, el de hoy).

El cuadro en cuestión era de Alexander Ivanov, pintor naturalista ruso del S.XIX, que se esforzó por plasmar la trascendencia del momento: el encuentro con Jesús, que puede transformar la vida de las personas porque nos perdona el pecado. En el cuadro se veía a Jesús a lo lejos, acercándose. Era la figura más pequeña pero la que más se veía. Y en primer plano había unas 25 o 30 personas, con Juan Bautista en el centro señalando a Jesús en el momento de decir «Mirad el Cordero de Dios». El artista había sabido captar uno de los mensajes profundos de esta escena, y por eso había pintado a personas muy diferentes. Estaban los discípulos de Jesús con sus virtudes y defectos: Pedro, que recibiría el encargo de liderar el grupo; Tomás que dudaría… Había gente rica y pobre, gente joven y vieja, gente letrada e inculto, hombres y mujeres, niños y niñas… La guía nos fue explicando que algunas de las caras eran conocidas de quienes vieron el cuadro por primera vez: había algún escritor reconocido del momento, e incluso uno de los personajes era un autorretrato del artista. Y lo que tenían en común todos ellos era que se encontrarían con Jesús, lo que supondría un antes y un después en sus vidas. Porque Jesús había venido para hacer presente a Dios en medio de nosotros y para salvarnos, a todos: independientemente de nuestra posición social, de nuestro oficio, de nuestra riqueza, de nuestra edad, e incluso de nuestra fe, Dios nos perdona y nos salva. Y mientras nos íbamos adentrando en el misterio y nos íbamos sorprendiendo de todo lo que se podía decir sin palabras, aún hubo otro detalle destacado: nos hizo notar que en un extremo había un espacio en el que todavía habría cabido una figura más, un personaje que no estaba. ¿Por qué había dejado un espacio desperdiciado, donde se veía la vegetación al fondo? Uno de los escolanes acertó la respuesta, pero la dejamos para el final.

«Mirad al Cordero de Dios, mirad al que quita el pecado del mundo» es una frase que ha pasado a la liturgia. La oiremos del celebrante justo antes de hacer la comunión. Este Jesús que bautizó en el río Jordán y que vino para salvarnos a todos, ahora se nos hará presente a través de los dones eucarísticos, y recibiéndolos nos uniremos a él. Ya estábamos unidos: por el sacramento del Bautismo todos nosotros nacimos como hijos de Dios. Y por el sacramento de la Confirmación recibimos el Espíritu Santo y lo llevamos con nosotros. Pero cada vez que nos sentamos en la mesa del Señor renovamos esta presencia de Dios en nuestro interior; por eso el celebrante añade “dichosos los invitados a su mesa”, y por eso este evangelio trae el eco de las fiestas de Navidad: porque Jesús no sólo vino al mundo una vez, sino que sigue vivo y presente a través nuestro: cada vez que escuchamos su palabra con voluntad de hacerla nuestra y cumplirla, cada vez que como hoy haremos la comunión, tenemos y hacemos presente a Dios en el mundo. Y esto es todo un privilegio, que debe tener continuidad en nuestras vidas.

Todos nosotros, cuando salgamos de esta celebración habremos renovado la presencia de Dios en nuestro interior. Todos iremos con la misión de hacer presente a Cristo en el mundo. Lejos de venir a Misa como una obligación o una rutina, sintiendo la palabra de Dios y recibiendo el cuerpo de Cristo, llevaremos a Dios en nuestro interior y con nuestras palabras y obras lo haremos presente allá donde vayamos. Y por eso podemos proponernos un doble ejercicio. En primer lugar, a imitación del Bautista que mirando a Jesús dijo «Mirad al Cordero de Dios», nosotros también deberíamos esforzarnos en ver la presencia de Dios en todas y cada una de las personas que tratamos, y perdonarlas. Seguramente es más fácil de hacer con quienes amamos o con quienes nos caen mejor, pero se trata de hacerlo con todo el mundo, incluso con los que más nos cuesta. Porque todo el mundo puede llevar la presencia de Dios, y si nos esforzamos por verla los amaremos más fácilmente. Y en segundo lugar, deberíamos vivir conscientes de que cada uno de nosotros también puede hacer presente a Dios a los demás. Y aquí ya podemos responder a la pregunta que había quedado abierta sobre el espacio que quedaba libre en el cuadro: el pintor dejó un espacio vacío para que cada uno se imaginara a sí mismo en aquella escena. Dios también ha venido para cada uno de nosotros. Y Dios también se hace presente en cada uno de nosotros. Aparte de tratar de reconocer la presencia de Dios en los demás, debemos ser conscientes de que también somos presencia de Dios. Y esto nos condiciona positivamente, porque nos invita a hacer el bien y aportar cosas buenas a la sociedad. Como Tretyakov, que pudo vivir tranquilo con su fortuna pero que prefirió gastarla para dar una oportunidad a los más humildes que no habían tenido su suerte. O como tantas y tantas acciones anónimas que encontraríamos a nuestro alrededor si nos fijáramos bien en todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Contribuir con lo que podamos a la edificación del Reino de Dios, siendo conscientes de que llevamos a Dios con nosotros y tratando de verlo también en los demás, es un buen fruto de la celebración de la Navidad que hemos pasado, y un buen propósito para al año que comienza.

 

 

Abadia de MontserratDomingo II del tiempo ordinario (15 de enero de 2023)

Fiesta del Bautismo del Señor (8 de enero de 2023)

Homilía del P. Ignasi M Fossas, monje de Montserrat (8 de enero de 2023)

Isaías 42:1-4.6-7 / Hechos de los Apóstoles 10:34-38 / Mateo 3:13-17

 

Queridos hermanos y hermanas: me permito empezar esta homilía reproduciendo un fragmento de la que, predicó el papa Benedicto XVI en la fiesta de hoy en 2008. Merece la pena recordar sus palabras porque expresan con profunda claridad el misterio que hoy celebramos. Decía Benedicto XVI: 

Acabamos de oír el relato del bautismo de Jesús en el Jordán. Fue un bautismo diverso del que estos niños van a recibir, pero tiene una profunda relación con él. En el fondo, todo el misterio de Cristo en el mundo se puede resumir con esta palabra: «bautismo», que en griego significa «inmersión». El Hijo de Dios, que desde la eternidad comparte con el Padre y con el Espíritu Santo la plenitud de la vida, se «sumergió» en nuestra realidad de pecadores para hacernos participar en su misma vida: se encarnó, nació como nosotros, creció como nosotros y, al llegar a la edad adulta, manifestó su misión iniciándola precisamente con el «bautismo de conversión», que recibió de Juan el Bautista. Su primer acto público, como acabamos de escuchar, fue bajar al Jordán, entre los pecadores penitentes, para recibir aquel bautismo. Naturalmente, Juan no quería, pero Jesús insistió, porque esa era la voluntad del Padre: “Soy yo quien necesito que tú me bautices. ¿Cómo es que tú vienes a mí?”, pero Jesús insistió, porque aquélla era la voluntad del Padre: “Accede por ahora a bautizarme. Conviene que cumplamos así todo lo bueno de hacer”. 

¿Por qué el Padre quiso eso? ¿Por qué mandó a su Hijo unigénito al mundo como Cordero para que tomara sobre sí el pecado del mundo? (cf. Jn 1, 29). El evangelista narra que, cuando Jesús salió del agua, se posó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma, mientras la voz del Padre desde el cielo lo proclamaba «Hijo predilecto» (Mt 3, 17). Por tanto, desde aquel momento Jesús fue revelado como aquel que venía para bautizar a la humanidad en el Espíritu Santo: venía a traer a los hombres la vida en abundancia (cf. Jn 10, 10), la vida eterna, que resucita al ser humano y lo sana en su totalidad, cuerpo y espíritu, restituyéndolo al proyecto originario para el cual fue creado.

El fin de la existencia de Cristo fue precisamente dar a la humanidad la vida de Dios, su Espíritu de amor, para que todo hombre pueda acudir a este manantial inagotable de salvación. Por eso san Pablo escribe a los Romanos que hemos sido bautizados en la muerte de Cristo para tener su misma vida de resucitado (cf. Rm 6, 3-4). Y por eso mismo los padres cristianos, como hoy vosotros, tan pronto como les es posible, llevan a sus hijos a la pila bautismal, sabiendo que la vida que les han transmitido invoca una plenitud, una salvación que sólo Dios puede dar. De este modo los padres se convierten en colaboradores de Dios no sólo en la transmisión de la vida física sino también de la vida espiritual a sus hijos. Hasta aquí las palabras de Joseph Ratzinger.

Otro elemento a considerar del Bautismo del Señor es su dimensión cósmica. La «inmersión» de Cristo en las aguas del Jordán ha santificado todas las cosas creadas. La redención que ha llevado a Jesucristo por su pasión, muerte y resurrección afecta no sólo a los hombres y mujeres de todos los tiempos, sino también a la creación entera. Precisamente tratando este tema, el propio Benedicto XVI decía también: El bautismo no es sólo una palabra; no es sólo algo espiritual; implica también la materia. Toda la realidad de la tierra queda involucrada. El bautismo no atañe sólo al alma. La espiritualidad del hombre afecta al hombre en su totalidad, cuerpo y alma. La acción de Dios en Jesucristo es una acción de eficacia universal. Cristo asume la carne y esto continúa en los sacramentos, en los que la materia es asumida y entra a formar parte de la acción divina. (homilía por la fiesta del bautismo del Señor de 2007).

Por eso también la creación es susceptible de la salvación que nos viene de Cristo. Como dice también una antífona de la fiesta de hoy, Dios purifica, en Cristo, todas las cosas creadas con el Espíritu y el fuego (Laudes). Esta realidad llega a su punto culminante en la celebración de la Eucaristía. En el sacramento del pan y del vino, estos elementos que forman parte de la creación caída son santificados por el Espíritu Santo y se convierten en el cuerpo y sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Con la comunión nosotros también participamos de esa corriente de vida y de gracia que brota del lado abierto del Señor. Que Él nos llene con su luz y nos haga el don de adorarle todos los días de nuestra vida. Dad al Señor gloria y honor, honrad al Señor, honrad su nombre, adorad al Señor, aparece su santidad.

Abadia de MontserratFiesta del Bautismo del Señor (8 de enero de 2023)

Solemnidad de la solemnidad de la Epifanía del Señor (6 de enero de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (6 de enero de 2023)

Isaías 60:1-6 / Efesios 3:2-3a.5-6 / Mateo 2:1-12

 

Hemos escuchado muy a menudo, queridas hermanas y hermanos, durante estas fiestas de Navidad, la referencia a la gloria de Dios, por ejemplo, en el mismo momento del nacimiento del Señor, el canto de los ángeles frente al Belén, ante Jesucristo niño, era un canto a la gloria de Dios, y tantas otras veces, la palabra se ha ido repitiendo, también hoy en la primera lectura o en la oración colecta.

La solemnidad de la Epifanía es como el punto de inflexión que nos proyecta hacia delante. Durante estos días nos hemos llenado, «hemos contemplado su gloria», como cantábamos en Nochebuena. Lo hemos hecho meditando lo incomprensible de que Dios haya querido bajar a la tierra, tomar la condición humana hasta sus últimas consecuencias y elevarla hacia Dios. Habiendo sido testigos de todo esto, ahora nos tocará llenar el año y todas sus celebraciones con esa misma gloria. Lo hemos cantado en el anuncio del año litúrgico, que empezaba con estas palabras: La gloria del Señor se ha manifestado en Belén y seguirá manifestándose entre nosotros, hasta el día de su regreso glorioso.

Pero, ¿qué es esa gloria, de la que hablamos tanto?

Gloria es una palabra que en hebreo tiene el sentido común de peso, algo que pesa, incluso de carga. Desde este significado pasa a ser en el lenguaje teológico una característica tan propia de Dios, que incluso alguna lengua como el alemán, la componen a partir del mismo nombre de «Señor». La gloria es como la divinidad de Dios. Algo que pesa y por tanto el reto es ¿cómo hacer que Dios pese realmente en nuestras vidas y en nuestra Iglesia? ¿Cómo hacernos capaces de dejar ver en nosotros mismos algo de la gloria de Dios?

La primera lectura de hoy habla precisamente de la gloria colectiva. No habla de individuos. El Señor viene a la comunidad reunida, en Jerusalén, lugar de la reunión de los creyentes judíos, lugar en el que la inmediatez de Dios estaba asegurada. Esta realidad lo convierte en un lugar atrayente, un lugar que por encima de todo lleva luz, que es radiante, es decir que ilumina. Podríamos mirarlo como algo fantástico, utópico, pero no: era y es una realidad y al mismo tiempo una vocación y un reto: Avanzar hacia hacer de nuestras comunidades lugares parecidos a la descripción del profeta Isaías. Comunidades de abundancia, por todo lo que reciben y por todo lo que dan de lo que reciben. El primero de los retos es creer con fe firme que podemos ser así y animarnos a convertirnos en cristianos radiantes y comunidad iluminadoras. Sabemos que la luz viene mientras las tinieblas envuelven la tierra y oscuras nubes cubren las naciones, pero también hemos leído estos días que la luz resplandece en la oscuridad y la oscuridad no ha podido ahogarla. No necesitamos magia alguna, sólo creer y abrirse a la acción de Cristo que es la luz del mundo.

Esta gloria de Dios nos viene gratuitamente: Ya lo decía San Agustín en uno de sus sermones de Navidad: pregunta qué mérito, qué razón, qué causa y verás que sólo encuentras gracia, es decir gratuidad. Quizás si buscáramos o si creyéramos que podemos de alguna manera dominar esta gloria de Dios se nos escaparía.

Don que recibimos en comunidad y por voluntad de Dios, sin embargo, Él nos llama a ser testigos e incluso administradores, porque nuestra vocación es devolver al mundo lo que recibimos de Dios. Esto lo incluye todo:

Empezando por la oración: ¿O no es nuestra liturgia como lugar privilegiado de encontrarse con la Palabra y con el mismo Jesucristo en la eucaristía, momento privilegiado para vivir la gloria de Dios y para comunicarla, especialmente en nuestra celebración abierta por naturaleza? Quizás siendo algo conscientes de ello ya nos habremos puesto en camino.

Pero también incluye obedecer a la Palabra y al Evangelio y un compromiso personal por la justicia, por la persona humana, por la paz. Jesús niño es la Palabra, la luz, porque es Dios hecho hombre y esto sólo puede ser luz y vida, pero en su camino entre nosotros, de la gloria de Dios antes de la Encarnación al regreso a la gloria después de la ascensión, Jesús es también el hombre que, como decía el Papa Francisco en Nochebuena, ha nacido en un pesebre, ha vivido itinerante y ha muerto en una cruz. Éste es también su trono. No nos costará demasiado encontrar situaciones en las que nuestro testimonio de la gloria de Dios será como Jesucristo, acercarnos a los pesebres de quienes nacen pobres o de quienes mueren en las cruces.

Con todo esto sólo queremos recibir y testimoniar la gloria, el peso de Dios en nuestra vida. Lo que pesa siempre ha sido una manera de decir lo importante. En muchas culturas las balanzas son un instrumento de medir y valorar simbólicamente el peso de nuestras vidas. En algunos frescos románicos, San Miguel pesa a las almas cristianas con una balanza frente a la fuerza del mal. Quizás podríamos decir que, si hay Dios, nuestra vida siempre pesará más, siempre estará más llena de ese amor y de aquella bondad que nos ayudan a amar, intercediendo por el mundo, siendo testigos de Dios y ayudando con caridad.

La fiesta de hoy es la fiesta de la proyección de la fe cristiana en el mundo, de la manifestación en las naciones, esto es el significado de Epifanía y en el fondo incluye además de la adoración de los Reyes, otros dos momentos de la vida de Jesús que iremos siguiendo las próximas semanas: el bautismo y la boda de Canaán, cuyo evangelio termina con la afirmación: Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él, Jn 2, 11. Una vez más, la escritura nos lleva a ver en otras situaciones de la vida de Jesús, cómo su persona es la verdadera revelación de ese Dios, demasiado resplandeciente para ser visto, pero absolutamente decidido a hacerse visible en Jesucristo, y presente en la Iglesia y en todos nosotros por participación, que se convierten así en signos radiantes de luz y de paz para toda la humanidad.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la solemnidad de la Epifanía del Señor (6 de enero de 2023)

Funeral por el Papa Emérito Benedicto XVI (2 de enero de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (2 de enero de 2023)

1 Joan 2:22-28 / Joan 1:19-28

 

La primera lectura de hoy queridos hermanos y hermanas, que no está escogida expresamente para esta misa funeral por el Papa emérito Benedicto XVI, sino que es la que corresponde leer, es un resumen de un aspecto de la vida de Joseph Ratzinger: un creyente que se ha afanado para mantenerse en la fe recibida, sostenido por la unción del Espíritu Santo, resistiendo todo lo que se oponía a su adhesión a Jesucristo. Leíamos:

La unción del Hijo le alecciona sobre todo lo que necesita saber; dice la verdad y no enseña ningún error; por tanto, manténeos en el Hijo, siguiendo la doctrina que os enseña la unción del Espíritu. 1 Jn 27

La misma lectura promete la vida eterna y la confianza ante Dios en el momento de encontrarse con él. Una confianza que Benedicto XVI mantuvo hasta el final, confesando que Jesucristo era juez y amigo, y diciendo como últimas palabras: te quiero, Señor.

La importancia de la fe en un Papa no es un tema menor, naturalmente, puesto que pertenece al mismo núcleo de su misión. En el Evangelio según San Lucas, precisamente en un momento que podríamos decir que no es nada glorioso, justo antes de que el apóstol san Pedro niegue a Jesús, éste le dice una frase muy profunda:

pero yo he rogado por ti, para que no desfallezca tu fe. Y tú, cuando te habrás arrepentido, fortalece a tus hermanos. (Lc 22.32)

Este fortalecer a los hermanos, me parece una segunda expresión adecuada para calificar la continuidad entre el teólogo, el pensador, y el pastor universal, que, como Papa, recibió la misión de confirmar y sostener la fe de la Iglesia.

Una fe, que es un acto personal. Benedicto XVI nos deja, citando a San Anselmo, el testimonio del discípulo que se distingue por ser: “aquel que conoció, porque tuvo experiencia, y tuvo experiencia porque creyó”: nam qui non crediderit, non experietur; et qui expertus non fuerit, non cognoscet (ANSELM DE CANTERBURY, Epistola de Incarnatione Verbi, I.)

Una fe que además de acto personal es también contenido teórico, dimensiones inseparables, que él vivió y desarrolló, en tres grandes áreas.

Como dogmático, su pensamiento se imposta teológicamente en la relectura dinámica del dato bíblico, siempre leída a partir de los métodos de la narración, muy novedosos cuando él empezó a aplicarlos. Esta dimensión la reanudó en su “Jesús” cuando era ya Papa.

Como teólogo fundamental, labor que inició con su docencia de juventud, las grandes aportaciones se encuentran en obras de diálogo con los grandes pensadores de la segunda mitad de los siglos pasados. Esta forma dialogal de hacer teología dio lugar al “atrio de los gentiles” que caracterizó a su pontificado como lugar de encuentro con el pensamiento moderno y post-post-moderno.

Como teólogo de la liturgia escribió numerosas obras que querían también ponerse en diálogo con los grandes autores y las grandes intuiciones de los Movimiento Litúrgico que marcaron su juventud. En este campo no rehuyó tratar temas que podían resultar problemáticos, especialmente aquellos que se habían suscitado en torno a la renovación conciliar de la liturgia. Su cimentación es siempre patrística, pero con gran consideración a los autores medievales. Este aspecto lo reanudó con gran éxito en las catequesis de las audiencias públicas de los miércoles, donde catequizó a millones de personas exponiéndoles el pensamiento de santos y autores del pensamiento cristiano.

Pero quizás la dimensión menos conocida fue su dimensión de teólogo de la cultura. Preocupado en su juventud por el descalabro de la II Guerra Mundial, angustiado por los acontecimientos de Mayo del 68, atento a las dificultades del pensamiento europeo, fascinado con la emergencia del mundo latinoamericano, entusiasmado con la vitalidad del cristianismo en África y en Asia, quiso dialogar con la cultura, con la música, con el arte y con los artistas. En ese campo se encontraba como en casa. Conocía Montserrat por su Escolanía, y eligió el nombre de Benet porque fue San Benito el que construyó y regeneró Europa con la agricultura y el arado. Pensaba que, a partir del crecimiento cultural sano, se podía llegar a Dios.

Su etapa como Papa fue un desarrollo de su pensamiento teológico. Su trayectoria le llevó a ser considerado primero un teólogo avanzado y después un conservador, y a no rehuir nunca todas las controversias asociadas a esta valoración. Él, alguna vez, con sentido del humor decía: pero yo no me he movido. En todo caso ha cambiado el contexto, lo que es naturalmente cierto si tomamos el ámbito de su trayectoria intelectual desde 1950 en pleno tomismo a la actualidad. Y como ocurre a menudo con los grandes pensadores, resultaba demasiado avanzado para unos y muy controvertido para otros.

Al recordar y rezar por Benedicto XVI, en medio de este tiempo Navideño que celebra la encarnación del Verbo de Dios, nos aferramos a su idea, que expresó con una vehemencia algo más acentuada de su normal hablar sereno en la misa de inicio del pontificado: Hoy yo quisiera, con gran fuerza y con gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, deciros, (queridos jóvenes), No tengais miedo de Cristo. Él no quita nada y lo da todo, (Così oggi io vorrei con grande forza e con grande convinzione, a partire dalla esperienza di una lunga vita personale, dire a voi cari giovani, Non abbiate paura di Cristo. Egli non toglie nulla e donna tutto), acentuando la consecuencia natural del misterio de la Encarnación: la elevación de la naturaleza humana, de sus capacidades de pensar, de amar y de elegir a la máxima potencia por el contacto de la humanidad con la divinidad, producida en Jesucristo. Así, la razón, el amor y la libertad regidas por la fe y alimentadas por la amistad personal con Jesucristo, son la base de todo crecimiento y de todo desarrollo en cada hombre y en cada mujer. 

En el núcleo de su fe puso pues a la persona de Jesucristo, el juez amigo a quien se confió desde siempre y muy especialmente en estos últimos años, a su misericordia encomendamos su alma, en comunión con su sucesor y con toda la Iglesia.

Abadia de MontserratFuneral por el Papa Emérito Benedicto XVI (2 de enero de 2023)