Domingo XXX del tiempo ordinario (24 de octubre de 2021)

Homilía del P. LLuís Planas, monje de Montserrat (24 de octubre de 2021)

Jeremías 31:7-9 / Hebreos 5:1-6 / Marcos 10:46-52

 

La iglesia nos invita cada domingo a escuchar el evangelio; este año, sobre todo, durante este curso litúrgico que conocemos por ciclo B especialmente hemos escuchado al evangelista Marcos. De hecho, si lo hemos ido siguiendo atentamente, nos ha propuesto realizar un itinerario para ir profundizando nuestra realidad espiritual. La escucha del evangelio nos ha llevado a hacernos interrogantes, a intentar dar unas respuestas, a aprender a configurarnos con Jesús. Un trabajo, que seguro debemos seguir haciendo. Ahora ya estamos muy cerca del fin de toda esta enseñanza. Y yo mismo he de preguntarme qué he hecho de mi vida.

El evangelio de hoy, aparentemente no tiene mucho que subrayar: un ciego ha recobrado la vista. Pero si empezamos a fijarnos en un grupo de detalles nos damos cuenta de que esto ocurre a la salida de Jericó y en dirección a Jerusalén. Cabe decir que entre Jericó y Jerusalén hay un desnivel de 1200 metros y unos 30 Km de distancia. La costumbre era que si se iba a Jerusalén para vivir unos momentos especialmente importantes desde la perspectiva espiritual, se descansaba en Jericó (el día de descanso para los judíos era en sábado), y al día siguiente se retomaba el trayecto hasta Jerusalén. Sabemos que ésta era la decisión de Jesús: subir a Jerusalén, ésta sería la última y definitiva vez.

Hace un momento decía que el itinerario que hemos ido escuchando a lo largo de este ciclo litúrgico es para ir profundizando, siguiendo el mensaje de Jesús. ¿Qué he hecho de mi vida y qué sentido tiene? Y aquí el ciego Bartimeo hace que resuenen en mí mismo algunas cosas. Por mi parte no puedo decir que soy ciego, pero quizás en algunos aspectos de mi vida no acabo de ver en profundidad la realidad de quién soy. No soy un ciego desde el punto de vista físico, pero he sido llamado por el evangelio a abrir los ojos de la fe para ver qué me pide Jesús. Creo que no soy ciego, pero como Bartimeo estoy en la salida de Jericó para emprender el camino hacia Jerusalén, pero estoy al borde del camino, parado. De alguna manera me identifico con Bartimeo. Jesús emprende el camino a Jerusalén, el ciego Bartimeo se da cuenta, y de su alma sólo le sale un grito: «Hijo de David, Jesús, compadécete de mí» Y me pregunto a mí mismo, yo que estoy parado, ¿soy capaz de gritar lo mismo que el ciego? Porque llamándole reconozco que al ser Hijo de David, le reconozco como Mesías, lo reconozco como aquel que da sentido a mi vida, lo que me hace ver por qué estoy aquí. Quizás lo que sería más prudente sería callar y no hacer un revuelo que puede molestar. Los que acompañaban a Jesús querían que se callara. No sabemos quiénes son éstos, pero quizá estaban aquellos que escucharon el pasado domingo, que quien quiere ir con Jesús debe aprender a servir y no a mandar. A pesar de todo, ahora todavía le mandan que se calle. Y no digo que quienes ahora me acompañáis me pidáis que no haga alboroto, ¡pero es tan sencillo seguir tal y como estamos!

Con Bartimeo es Jesús quien me llama; yo sólo pido compasión, limosna para ir tirando; en cambio Él me llama para ser discípulo, para desinstalarme espiritualmente, por eso debo dejar aquellas cosas que parecían protegerme: el manto y el bastón. Para un ciego es como ir desnudo, para mí es desprenderme de mis comodidades. Y entonces, ante él, Jesús me hace la pregunta decisiva para mí: ¿qué quiero de Él?, y con Bartimeo ya no pido la compasión por ir tirando, ¡sino que vea! ¿Pero qué significa ver? La respuesta que le ha dado Jesús a Bartimeo es doble. Es necesario que la fe sea clave en mi comportamiento, porque creer es fiarme radicalmente de Él, y por tanto ser capaz de lanzar lejos de mí las seguridades que sólo me agobian y me condicionan (el manto y el bastón) para tomar las decisiones que orienten mi vida hacia una nueva manera de vivir y sentir y que llamaremos el Reino de Dios; y porque es esto, la fe, es lo que salva: «¡tu fe te ha salvado!» ¡Ahora mi vida puede tener sentido!

Pero el evangelio de hoy no ha terminado aquí. Nos ha dicho: «Al instante vio, y le seguía por el camino» Efectivamente hablamos de lucidez, por eso podemos hablar de ver pero con una connotación que explica la interioridad del hombre en una comprensión nueva, quizá desquiciada, renovada. Ahora bien, recordemos que era la última etapa para subir a Jerusalén, seguir camino adelante significa que con Bartimeo yo también soy invitado a andar y participar intensamente de lo que significa Jerusalén: la pasión, la muerte y la resurrección. ¡La Pascua! La lucidez de ver es penetrar en el misterio de Jesús y seguirle hasta el fin. A veces me pregunto si Bartimeo y yo tendremos el coraje de seguir a Jesús hasta la cruz. Yo pienso, lo confieso, que será la fortaleza de uno y otro, de la comunidad de discípulos, la que nos hará fieles, y así la experiencia de la resurrección se convierta en la fuerza que nos dé a todos la energía y el coraje de decir: Dios nos ama tanto que nos ha dado la vida para siempre a todo el mundo.

Abadia de MontserratDomingo XXX del tiempo ordinario (24 de octubre de 2021)

Domingo de la XXX semana de durante el año (25 de octubre de 2020)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (25 d’octubre de 2020)

Éxodo 22:20-26 / 1 Tesalonicenses 1:5c-10 / Mateo 22:34-40

 

Cualquiera de nosotros habría podido hacerse la pregunta que hemos oído en el Evangelio: «¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?». Quizás nosotros la habríamos formulado de otra manera, y habríamos preguntado, por ejemplo, de qué manera podemos llegar a vivir con plenitud como personas, en relación con Dios y con todos.

En su respuesta, Jesús mismo no da ningún precepto, sino que va directo a la raíz de la cuestión, y lo resume así: lo más importante de todo es amar: amar a Dios con todo el corazón y amar a los demás como nosotros mismos. Nos dice, pues, que la plenitud la conseguimos por una única corriente de relación y de amor. Así pues, nuestra vida de cristianos consiste en mantener bien unidos estos dos ejes: el amor a Dios, agradeciéndole el hecho de que podamos relacionarnos con Él, descubriendo cómo nos ama. Y en segundo lugar, la capacidad de compartir este buen trato con los demás y con todo el mundo. Debido a que nos ama, Jesús nos urge a actuar de una manera lo más humana y generosa posible.

Por experiencia sabemos que la mayoría de la gente busca la paz interior y la armonía con ellos mismos, con los demás y con el universo. Por eso tratamos de encontrar aquella sabiduría que nos ayuda a vivir felizmente. El hecho de ser cristianos nos ayuda mucho en esta investigación. Nos ayuda a tratar de ver y vivir el mundo en positivo a lo largo de la vida. Es cierto que, a veces, debemos asumir responsabilidades difíciles, pero si amamos de corazón y no cerramos la puerta a las personas con las que compartimos la vida, nos abrimos el camino hacia una paz interior, y una alegría más honda.

Si somos cristianos, es importante y necesario que descubramos cómo Jesús nos ofrece cada día, tal como lo encontramos en los evangelios, muchos elementos que, si los leemos o los escuchamos, nos ayudan a ponerlo en práctica para nuestro bien. Vemos cómo Jesús integra plenamente -y junta de verdad- el amor a Dios y el amor a los demás y a todos, incluso en cuestiones muy concretas y cotidianas. Si lo seguimos podremos vivir con una libertad mayor.

Precisamente las otras lecturas de la misa de hoy nos dan pistas sobre ello. Por ejemplo el libro del Éxodo nos decía: «No maltratarás ni oprimirás al emigrante, No explotarás a viudas ni a huérfanos». Abriendo los ojos, vemos que hay grupos de personas que son mucho más vulnerables y discriminadas. Por ello es alentador oír como continuaba este pasaje del libro del Éxodo: «A estas personas yo las escucharé», «yo las escucharé nos dice el Señor- porque soy misericordioso». Jesús sabía hacerlo bien esto de escuchar con misericordia, y nos abre así un camino que, si lo seguimos, nos puede ayudar a crear un ambiente de vida más positivo y más abierto, para el bien de todos.

San Pablo, en la segunda lectura, nos explica cómo el Evangelio se iba extendiendo por las tierras de Grecia: «Vosotros -decía a los de Tesalónica- seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la Palabra en medio de una gran tribulación, con la alegría del Espíritu Santo.». Y remarcaba que la palabra del Señor nos habla, nos ilumina y nos apoya en cualquier circunstancia, sea cual sea nuestra situación. Si lo vivimos a fondo, quizá tendremos -de una manera o de otra- un sentimiento dentro de nosotros que nos hará capaces de acoger lo que Jesús decía a sus amigos, y podremos compartirlo mejor entre nosotros y con todos.

Así pues, hoy es un día para agradecer a los que nos han transmitido nuestra fe y nos han enseñado a transmitirla, de camino juntos hacia un mundo sin discriminaciones ni fronteras. Si lo hacemos tanto como podamos, podremos constatar que nuestra fe se fortalece cuando la compartimos y la transmitimos. Es el «milagro» del Evangelio para los cristianos, que nos empuja y nos ayuda a compartir las actitudes que nos propone Jesús. Él nos enseña a respetar culturas muy diversas, y nos empuja a trabajar por un mundo que sea siempre digno de la humanidad. Busquemos, pues, crear y mantener una esperanza firme, que, en medio de las dificultades y necesidades, nos ayude a vivir con solidaridad y con alegría.

 

Abadia de MontserratDomingo de la XXX semana de durante el año (25 de octubre de 2020)