Vigília de Santa Maria (26 de abril de 2022)

Homilía del P. Bernat Juliol, Prior de Montserrat (26 de abril de 2022)

(…) / Juan 19:25-27

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

La Virgen, cuando oía gemir a su hijo, se aferraba a la madera. Ciertamente, en el nacimiento de Jesús en Belén, el niño fue puesto en un pesebre y su madre, cuando lo oía llorar, se cogía a la madera y lo acunaba para tranquilizarlo. Igualmente, muchos años después, en el Calvario, María también se abrazaba a la cruz cuando oía los gritos agónicos de su hijo a punto de expirar el último aliento y deseaba estar con él en esos momentos trascendentales.

En la gruta de Belén, María engendró a un hijo. El Hijo eterno del Padre, que existía desde el principio y existirá eternamente, se quiso hacer uno como nosotros. Aquella que lo trajo al mundo, no podía ser otra que la única pura e inmaculada. De este modo, en Nochebuena, María dio al mundo a su hijo, el Hijo de Dios. En la cruz, en cambio, cuando Jesús vio que estaba a punto de expirar y contagiar al Padre su último aliento mortal, decidió que era el momento apropiado para dar al mundo una madre, María. Aquí sus palabras, dirigidas al discípulo, pero dirigidas también a toda la humanidad: «Aquí tienes a tu madre».

En Belén, María cuidaba a un niño recién nacido pero que estaba marcado ya con los signos de la pasión. Era un niño fajado, como un muerto; puesto dentro de un pesebre, símbolo del sepulcro en el que sería depositado después de descender de la cruz. Y al recibir la visita de los tres magos, Jesús es obsequiado con mirra, producto utilizado por embalsamar. La cruz estaba plantada ya en el pesebre. En cambio, en el Calvario, María contemplaba cómo Jesús era coronado con la corona de espinas, símbolo de aquella gloria que cantaban los ángeles en su nacimiento. Y sobre él estaba el rótulo que lo proclamaba rey, aquella realeza que le fue otorgada con el oro de los magos que le dieron en la gruta de Belén.

Entre el misterio de la encarnación, el nacimiento de Jesús, y el misterio de la Pascua, el de la muerte y resurrección, hay un camino trazado por el que transita toda la historia de la salvación. Jesús nació para morir en la cruz y resucitar por nosotros y por nuestra salvación. Y en un momento y en el otro María, su madre, está presente. No es sólo un simple testigo silencioso, sino que su misión es ir tejiendo la humanidad de Jesús para que en ella se manifieste el estallido glorioso de su divinidad. De este modo, las palabras de Cristo en la cruz, sus últimas palabras, encuentran su perfecta síntesis en lo que hemos oído en el libro del Apocalipsis: «Entonces, el que se sentaba en el trono, afirmó: “Yo haré que todo sea nuevo”».

María es, pues, aquella que no sólo nos muestra a Cristo, sino que nos muestra quién es Cristo: en su encarnación se manifestó sublimemente su humanidad, en su pasión y resurrección se manifestó de manera excelsa su divinidad. Cristo es, pues, el auténtico Dios y el auténtico hombre. El único que ha podido superar el abismo que existía entre Dios y la humanidad. Cristo es aquél que nos ha hecho partícipes de la vida divina para que a través de nuestra pobre humanidad seamos conducidos hacia la vida eterna que no tiene fin.

Ya hemos referido antes que el libro del Apocalipsis nos hablaba de «el que se sentaba en el trono»: ¿quién es el que se sienta en el trono sino Jesús? ¿Y quién es el auténtico trono sino María? María es la Sede de la Sabiduría, en su regazo se aposenta aquel que ya estaba presente en el momento de la creación del mundo. Este año se cumplen 75 años de la entronización de la Virgen de Montserrat, en 1947. Fue ésta una fiesta en la que se intentaron superar las consecuencias de los difíciles años de la Guerra Civil y se quiso caminar decididamente hacia el futuro. El trono construido para la Virgen María no es sino un homenaje a la que constantemente nos hace presente a su hijo Jesucristo.

Nos acercamos a la gran celebración del Milenario de Montserrat, en 2025. Recordamos la decisión que tomó el Abad Oliba de Ripoll de enviar un grupo de monjes a fundar un monasterio aquí arriba, en esta montaña. Y no lo fundaron en cualquier sitio, sino que lo hicieron allí donde ya desde el siglo IX había una capilla dedicada a la Virgen. La devoción a la Virgen María en esta santa montaña, proviene ya de los orígenes más profundos de nuestra historia. Desde entonces, la Moreneta también ha ido tejiendo nuestra humanidad para que pudiéramos llegar a Jesucristo.

«Aquí tienes a tu madre». Aquí tenemos a nuestra madre. Hagámosle sitio en nuestra vida y en nuestro corazón. Contemplemos aquella que estuvo llena de gracia y nos muestra el camino de la santidad. Pongámonos delante de ella, que es Madre de la Iglesia, y presentémosle nuestras alegrías y nuestras esperanzas, nuestras angustias y nuestras tristezas. Al igual que cuidó de su hijo en la gruta de Belén y al pie de la cruz, también cuidará de nosotros en todo momento.

 

Abadia de MontserratVigília de Santa Maria (26 de abril de 2022)

Misa Exequial del P. Josep Massot (26 de abril de 2022)

Homilía del P. Bernat Juliol, Prior de Montserrat (26 de abril de 2022)

Apocalipsis 14:13 / 1 Corintios 15:20-24a.25-28 / Lucas 23:44-46.50.52-53; 24:1-6a

 

Queridas hermanas y hermanos:

¿Quién ha nacido que no tenga que morir? La muerte es inexorable: es una de las pocas seguridades que tenemos en nuestra existencia. Vivir comporta necesariamente morir. Sin embargo, a pesar de saber que tarde o temprano deberemos afrontar este momento de nuestra vida, tenemos miedo. Simbólicamente, el temor del momento era descrito así por el evangelio que hemos leído hoy: «Ya era hacia el mediodía cuando se extendió por toda la tierra una oscuridad hasta media tarde: el sol se había eclipsado». ¡El miedo a la muerte es tan humano! Nos asusta lo ignoto, nos apura no saber qué hay detrás de la última cortina. Nos preguntamos: ¿La muerte es el fin de nuestra existencia? ¿O hay algo después de cruzar el umbral?

Desde lo más profundo de las entrañas de la humanidad surge un gran anhelo de justicia, un anhelo que nos hace intuir que las injusticias de este mundo no pueden ser definitivas. La vida es tan bonita, pero, al mismo tiempo, hay tantas cosas que no entendemos. Constantemente hacemos experiencias impresionantes que nos hacen gritar: ¿por qué, Señor? Hay tanta gente que sufre. Hay tantos inocentes que son víctimas de la maldad. Hay tanto dolor inmerecido. Es entonces cuando nuestro sentido de la justicia, inscrito en el corazón de todos los hombres y mujeres de este mundo, nos dice que esto no puede ser el final. La justicia clama para que después de la muerte podamos encontrar la paz.

La fe cristiana hace suyo ese sentimiento de justicia y la persona de Jesús nos enseña que, realmente, la muerte no es el final. Estos días, que estamos celebrando la Pascua, la resurrección del Señor, resuenan en todas las iglesias las palabras de la alegría eterna: «¿Por qué buscáis entre los muertos a aquel que vive? No está aquí: ha resucitado». De esta forma, nos muestra que el camino que Jesús siguió es el camino al que todos nosotros estamos llamados. Nos dice la carta a los Corintios: «Cristo ha resucitado de entre los muertos, el primero de todos los que han muerto. Ya que la muerte vino por un hombre, también por un hombre vendrá la resurrección de los muertos: todos son de Adán y por eso todos mueren, pero todos vivirán gracias a Cristo». Por fin, la muerte ha vencido: una nueva esperanza se ha abierto camino en nuestras vidas. La última palabra ya no la tienen la oscuridad, el dolor o la muerte, sino que la última palabra la tiene la luz, el gozo y la vida.

Esta concepción de la existencia que tenemos los cristianos puede entenderse de forma errónea. Podríamos pensar que, dado que lo importante y definitivo es la vida que nos encontraremos en el más allá, nuestra existencia terrenal no tiene ningún tipo de importancia. Pero nada más lejos de la realidad. Nuestra fe, efectivamente, nos dice que hay un más allá, pero también nos dice que sólo hay una forma de llegar: vivir intensamente el presente, vivir con pasión todos y cada uno de los momentos de nuestra vida, amar con todas nuestras fuerzas la belleza de nuestro mundo. La fe cristiana es un gran canto a la vida.

El P. Josep Massot i Muntaner ha sido un gran testimonio de este canto a la vida que representa la fe. Vivió con gozo y felicidad su vocación cristiana y monástica. Trabajó incansablemente por la expresión más sublime del alma de un pueblo: su lengua y su literatura. Estudió en profundidad nuestra historia para saber de dónde veníamos y para poder intuir los senderos que el futuro nos deparaba. Pero una cosa fue la que unificó todas estas dimensiones de su vida: Montserrat. Ser monje de este monasterio no fue algo más en su vida y su obra, sino que fue el eje que dio sentido y que inspiró todo su legado ingente.

El 3 de noviembre de 1941 nació en Palma, ciudad e islas que siempre llevó como joyas en su corazón. De mayor, estudió filología románica en la Universidad de Barcelona, ​​centro del cual también fue profesor. En 1962 entra como monje en nuestro monasterio de Montserrat: en 1964 hizo la profesión simple, en 1969 hizo la profesión solemne y en 1971 fue ordenado de presbítero. El mismo año, el P. Abat Cassià M. Just le nombró director de la que sería la niña de sus ojos: las Publicaciones de la Abadía de Montserrat, la editorial más antigua de Europa. Hasta el momento de su muerte siguió siendo el responsable, casi durante 51 años. En 1995 se convierte también en director de la revista Serra d’Or. Dirigió otras revistas y fue un escritor incansable. Fue un apasionado y un gran defensor de la lengua catalana y de la cultura de los Països Catalans.

Fue miembro de diversas instituciones académicas como la Sociedad Catalana de Lengua y Literatura, el Instituto Menorquín de Estudios, el Instituto de Estudios Catalanes o la Real Academia de Buenas Letras. Toda su labor también fue reconocida con multitud de premios y homenajes: la Cruz de Sant Jordi, el doctorado honoris causa por la Universidad de las Islas Baleares, la Medalla de Honor y Gratitud de la Isla de Mallorca, el Premio de ‘Honor de las Letras Catalanas, el doctorado honoris causa por la Universidad de Valencia, la Medalla de Honor de la Red Vives de Universidades o la Medalla de Oro de la Comunidad Autónoma de las Islas Baleares.

En su discurso durante la entrega del Premio de Honor de las Letras Catalanas dijo que había que vivir fortiter in re suaviter in modo (con convicciones fuertes, pero con formas suaves). Él vivió así. Vivió y murió así porque se marchó discretamente, sin apenas preaviso; pero con la convicción de que al otro lado le estaba esperando aquel que es el Amor. Como Cristo colgado en la cruz pudo decir: «Padre, confío mi aliento en vuestras manos».

Podemos decir que el P. Josep Massot fue un amante de la palabra: sí, un amante de la palabra humana, pero sobre todo un amante de la Palabra divina. Ya desde la antigüedad, Cristo es llamado Logos (palabra), o Verbum en latín. Bien conocido es el principio del evangelio según san Juan: «Al principio existía quien es la Palabra. La Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios». Porque la fe cristiana está íntimamente relacionada con la razón, con el logos. El cristiano debe vivir siempre como si volara con dos alas: la fe y la razón. La fe sin la razón se convierte en fundamentalismo y barbarie. La razón sin la fe se convierte en miope, incapaz de llegar a las alturas de la verdadera verdad. Ambas se necesitan, ambas se fecundan mutuamente. La Palabra divina y la palabra humana siguen la misma relación: se reclaman una a otra para poder alcanzar la plenitud.

El evangelista Marcos nos narra que: «Uno de aquellos días, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: “Crucemos a la otra orilla”» (Mc 4, 35). La madrugada de sábado a domingo, el Señor visitó al P. Josep Massot y le invitó a pasar a la otra orilla. También todos nosotros, un día, al atardecer de nuestra vida, Jesús nos dirá: «Amigo, no tengas miedo, ven conmigo, crucemos a la otra orilla». Cuando esto ocurra, no lo dudamos ni un momento, en la otra orilla nos esperan.

Abadia de MontserratMisa Exequial del P. Josep Massot (26 de abril de 2022)

Domingo II de Pascua (24 de abril de 2022)

Homilía del P. Bernat Juliol, Prior de Montserrat (24 de abril de 2022)

Hechos 5:12-16 / Apocalipsis 1:9-11a.12-13.17-19 / Juan 20:19-31

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

La mañana del domingo, cuando las mujeres fueron hacia el sepulcro con los aceites aromáticos, vieron que la piedra había sido movida y que el cuerpo de Jesús no estaba allí donde lo habían depositado. Dos ángeles se les aparecieron y les dijeron: «No está aquí: ha resucitado». Con este pasaje pascual, las Sagradas Escrituras nos muestran el gran testimonio de la resurrección de Jesús: el sepulcro vacío. Efectivamente, el sepulcro vacío ha cambiado la historia del mundo. Si aquella mañana del domingo las mujeres lo hubiesen encontrado todo tal y como lo dejaron, el destino de la humanidad sería el más triste que nunca pudiéramos imaginar. Pero afortunadamente no fue así: el sepulcro estaba vacío.

Cuando, después de la muerte de Jesús, hicieron rodar la piedra y sellaron el sepulcro, una gran oscuridad y un silencio absoluto reinaron en el interior de la tumba. Se cumplió entonces lo que oímos durante la lectura de la pasión del Domingo de Ramos: «Ahora las tinieblas tienen el poder». Jesús debía morir, no de forma ficticia o simbólica, sino realmente, en toda su crudeza. Entonces, por un instante, sólo por un instante, sentimos cuál es la frialdad de una vida sin Dios, una vida sin esperanza. El mundo experimentó lo descrito por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche: «¿Qué ha pasado cuando hemos liberado la tierra de su sol? ¿No estamos cayendo? ¿No vagamos a través de lo infinito? ¿No sentimos el espacio vacío? ¿No hace más frío? ¿No se oscurece todo cada vez más?».

Hacía falta que la oscuridad ahogara la luz, era necesario que el silencio destruyera la palabra. Sólo así la esperanza podía regresar al mundo. ¿Qué ocurrió esa noche? Sólo ella lo sabe. Así lo cantábamos en el pregón pascual: «¡Oh noche bienaventurada! Sólo tú supiste la hora en que Cristo resucitó de entre los muertos». El gran misterio quedó en el secreto del interior de esa tumba. Pero sí sabemos una cosa: cuando todo era caótico y desolado, y las tinieblas cubrían el sepulcro, Dios dijo: «Que exista la luz». Y la luz existió. Y así como al principio de los tiempos Dios nos había creado para la vida en ese mundo; dentro del sepulcro, Dios nos recrea para la vida eterna.

Efectivamente, nos cuenta el libro del Génesis, que Dios cogió barro y lo transformó en el primer hombre, Adán. Ahora, dentro del sepulcro, Dios toma el cuerpo humano de Jesús y lo transforma para la resurrección. Cristo, el nuevo Adán, abría así el camino para toda la humanidad. Desde ese momento, todos nosotros estamos llamados a formar parte de ese cuerpo glorioso de Cristo. Nuestra pobre existencia está llamada ahora a compartir la vida eterna y divina de Dios. Cuando el cuerpo inerte de Jesús entraba por el umbral del sepulcro, Adán y Eva salían del paraíso; cuando el cuerpo glorioso de Cristo entraba triunfante en el paraíso, Adán y Eva salían de sus sepulcros para vivir eternamente.

Los ángeles que estaban cerca de la tumba vacía dijeron: «No está aquí: ha resucitado». Y, al mismo tiempo, aquellos otros ángeles que estaban junto a las puertas del Edén y vieron cómo nuestros primeros padres fueron expulsados, ahora ven venir hacia ellos el Cristo triunfante que lleva en la mano la cruz, que es la única llave que puede abrir de nuevo las puertas del paraíso. Es aquel Cristo de quien nos hablaba el libro del Apocalipsis: «No tengas miedo. Yo soy el primero y el último. Soy el que vive: Yo que estaba muerto, ahora vivo para siempre y tengo las llaves de la muerte y de su reino».

Queridos hermanos y hermanas, alegrémonos, ¡la tumba está vacía! ¡Cristo ha resucitado! ¡El Señor ha vencido su muerte! ¡El Señor ha vencido nuestra muerte! No seamos incrédulos como Tomás, seamos creyentes. ¡Confiemos en el Señor!

Abadia de MontserratDomingo II de Pascua (24 de abril de 2022)

Domingo I de Cuaresma (6 de marzo de 2022)

Homilía del P. Bernat Juliol, Prior de Montserrat (6 de marzo de 2022)

Deuteronomio 26:4-10 / Romanos 10:8-13 / Lucas 4:1-13

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

La semana pasada, con la celebración del Miércoles de Ceniza, iniciamos una nueva Cuaresma. Un período de cuarenta días en que Dios nos llama a la conversión y con el que nos preparamos para la celebración de la Pascua de la Resurrección de Cristo. La Cuaresma es imagen tanto de los cuarenta años de travesía del desierto por parte del pueblo judío, como de los cuarenta días en los que Jesús estuvo en el desierto y fue tentado por el diablo.

La primera lectura, correspondiente al libro del Deuteronomio, nos evoca la fuga de Egipto por parte de los israelitas. El pueblo de Israel vivía oprimido y esclavizado hasta que un hombre, Moisés, fue capaz de liberarlo, de cruzar el Mar Rojo y de conducirlo durante cuarenta años por el desierto camino de la Tierra prometida que mana leche y miel. Allí en el desierto, el pueblo tuvo que sufrir pruebas y tribulaciones, pero la ayuda de Dios nunca les faltó.

La lectura del evangelio según san Lucas que nos ha sido proclamada, nos evoca la segunda prefiguración de la Cuaresma: las tentaciones de Jesús en el desierto después de su bautismo. Allí, en el desierto, Jesús fue tentado por el diablo durante cuarenta días. Sin embargo, Jesús resultó triunfante de las maquinaciones del enemigo y, tras superar las dificultades, fue servido por los ángeles.

De acuerdo con lo dicho hasta ahora, podemos decir que la Cuaresma queda configurada por cuatro elementos: el desierto, la prueba, la conversión y el triunfo.

El desierto. Tanto los israelitas al salir de Egipto, como Jesús después del bautismo del Jordán, se van al desierto. El desierto puede evocarnos una cierta desesperación, pero la verdad es que se convierte en el lugar propicio para la reflexión. En el desierto no podemos llevarnos cosas superfluas, sólo lo estrictamente necesario. Si no lo hacemos así, el peso de la mochila nos va a impedir avanzar. Es por eso que la Cuaresma debe servirnos para revisar los fundamentos de nuestra vida, aquello sin lo cual nuestra existencia no tiene sentido.

La prueba. En el desierto se encuentran las pruebas. Los israelitas tuvieron que poner a prueba, una y otra vez, su confianza en el Señor. ¿Por qué –se preguntaban– el Señor les había conducido a los sufrimientos del desierto? ¿Era ésta la libertad prometida? Igualmente, Jesús, el Hijo de Dios, se vio tentado por el diablo. Nuestra vida, y nuestra vida como cristianos, no siempre es fácil. Las dificultades de todo tipo están a la orden del día. Desde hace dos semanas estamos presenciando en Ucrania una guerra fratricida y totalmente injusta, que también puede hacernos preguntar: ¿por qué Dios permite todo esto? En medio del desierto no oímos la voz Dios.

La conversión. Pero a pesar de todo, Dios está; Dios nunca nos abandona. Pero debemos convertirnos y perseverar. Quien persevere hasta el fin se salvará, nos dice el Señor. Aquí está uno de los puntos centrales de la Cuaresma: la conversión. Nunca oiremos la voz de Dios si no somos capaces de mirar hacia donde está él. Dios pasa por nuestras vidas, no podemos tener ninguna duda. El problema no es que ocurra o no pase, sino que el problema es si somos capaces de reconocerlo cuando ocurre. Debemos convertirnos para saber mirar al mundo no sólo con la mirada natural sino con los ojos de la fe.

El triunfo. La experiencia del desierto del pueblo judío termina con la llegada a la Tierra prometida, esa tierra que Dios había prometido a Abraham y que sería donde el pueblo se haría más numeroso que los granos de arena del mar o que las estrellas del cielo. Por otra parte, las tentaciones de Jesús en el desierto también terminan con el triunfo del Señor. Después de que Jesús no cayó en ninguna de las trampas, el diablo agotó las diversas tentaciones y se alejó del Señor.

El camino que Jesús nos propone es un camino que nos lleva hacia la cruz, sí, pero no se detiene aquí, sino que llega hasta la victoria final de la resurrección. El desierto, las pruebas y la conversión no son instrumentos espirituales que nos conducen a la cruz, sino que la traspasan. Nuestro camino como cristianos no nos lleva a la oscuridad sino a la luz. La última palabra nunca la tienen la oscuridad, la muerte o la cruz, sino que siempre la tienen y la tendrán la luz, la vida y la resurrección.

Hermanos y hermanas, el libro del Deuteronomio nos hablaba de una cesta con las primicias de los frutos de la tierra. La Eucaristía que estamos celebrando es esta cesta de los frutos de vida eterna que estamos buscando. Que el pan y el vino nos sean alimento en este camino cuaresmal.

 

Abadia de MontserratDomingo I de Cuaresma (6 de marzo de 2022)

Domingo I de Adviento (28 de noviembre de 2021)

Homilía del P. Bernat Juliol, prior de Montserrat (28 de noviembre de 2021)

Jeremías 33:14-16 / 1 Tesalonicenses 3:12-4:2 / Lucas 21:25-28.34-36

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

Para mucha gente, uno de los recuerdos más entrañables de nuestra infancia es cuando la noche de Reyes íbamos a esperar la cabalgata con la solemne llegada de Sus Majestades: Melchor, Gaspar y Baltasar. Año tras año, los niños y niñas, llenos de sorpresa, de ilusión y de gozo cantan la canción de bienvenida y levantan bien alto los farolillos para que Sus Majestades no pasen de largo sin verlos y darles algún caramelo.

La Iglesia nos propone que con esos mismos sentimientos con los que vamos a «esperar a los Reyes que vienen» también salgamos a «esperar al Señor que viene». Éste es el mensaje del Adviento que hoy empezamos: debemos prepararnos para recibir al Señor, Cristo que sale a nuestro encuentro. Aquel que hemos proclamado Rey, aquel que es descendiente de David, está a punto de entrar en el mundo al igual que un día entró en Jerusalén aclamado por la gente con palmas.

El Adviento nos pone delante el misterio de las dos venidas de Cristo: la primera en su nacimiento como hombre en el portal de Belén; la segunda en su venida al final de los tiempos, cuando va a hacer todas las cosas nuevas y entonces lo seremos todo en todos. A la primera venida hacía referencia el libro de Jeremías cuando decía: «suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra». Y de la segunda venida nos hablaba el evangelio de Lucas: «Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria».

En Belén, contemplaremos la gloria del Dios hecho hombre, el gran misterio de la encarnación divina. Quien es la Sabiduría divina, quien ya estaba presente en la creación del mundo, ahora se ha hecho un niño, ha querido compartir nuestra naturaleza humana. El que era Dios invisible ahora se ha hecho visible en una persona concreta. El profundo abismo que existía entre la divinidad y la humanidad ha quedado superado. La gloria eterna se muestra de forma sublime en un débil niño.

La encarnación de Dios nos enseña el camino de la salvación, nos muestra que Dios ha venido a compartir nuestra vida humana para que nosotros podamos compartir su vida divina. Así, Cristo se convierte en el nuevo Adán, el nuevo origen de la humanidad, el modelo perfecto de Hijo de Dios. Con la encarnación Dios nos dice que el mundo no salva pero sin el mundo no hay salvación. Esto debe hacernos responsables de nuestra vida, de nuestras decisiones: debemos vivir según la dignidad que hemos recibido como hijos de Dios.

Por otra parte, la segunda venida de Cristo, la que le hará volver al final de los tiempos, es la que nos debe mantener en vela: «porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra». Será aquí donde se pondrá de manifiesto cómo hemos vivido en el mundo, cuál ha sido nuestra responsabilidad hacia Dios y hacia los demás. No sabemos exactamente cómo será esta venida final, pero no debemos vivir con miedo o atemorizados. La espera de esta segunda venida debe ser también gozosa, como los niños esperan a los Reyes. Cristo vendrá a salvarnos.

Los primeros cristianos, esperaban la última venida de Cristo de forma inminente. Con el tiempo, aprendieron que la esencia del cristiano era vivir con esperanza. Como peregrinos en un mundo que pasa, la esperanza nos enseña a caminar hacia delante, a buscar siempre el encuentro con Cristo. Con la esperanza superamos los obstáculos que siempre nos encontraremos por el camino. Esta virtud nos dice que el pecado, el sufrimiento y la muerte no son nunca el final, sino que en Cristo Resucitado la última palabra siempre la tienen la misericordia, el gozo y la vida.

Las dos venidas del mismo Cristo nos invitan a vivir en nuestro mundo con esperanza. A la hora de iniciar el último viaje, como buenos peregrinos que somos, sabemos que no podremos llevarnos absolutamente nada. Sólo quedará en nosotros el amor con el que hemos amado y nos hemos dejado amar. He aquí la fuente de nuestra esperanza, porque nuestro Dios es amor. Y «cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación».

 

 

Abadia de MontserratDomingo I de Adviento (28 de noviembre de 2021)

Domingo I de Adviento (29 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Ignasi M Fossas, Prior de Montserrat (29 de noviembre de 2020)

Isaías 63:16b-17.19b; 64:2b-7 / 1 Corintios 1:3-9 / Marcos 13:33-37

 

Las lecturas de este primer domingo de Adviento del ciclo B nos sitúan muy bien en la triple perspectiva de la vida cristiana. Hay como tres realidades capitales en la historia de la salvación, que se repiten también en la vida de cada uno de los creyentes y que desearíamos ver reproducidas en la existencia de muchos de nuestros contemporáneos que se sienten, más o menos conscientemente, lejos de Jesucristo .

He hablado de una triple perspectiva para referirme a tres realidades que señalan el camino de la Iglesia y, como decía, de cada uno de los discípulos de Cristo. La primera se puede resumir en la pregunta del profeta Isaías: ¿Por qué nos extravías, Señor, de tus caminos, y endureces nuestro corazón para que no te tema? No nos de miedo, hermanas y hermanos, reconocer nuestra dificultad para creer y aceptar que, incluso eso que nos puede parecer tan extraño, también forma parte del plan de Dios para salvarnos. Y es que creer lo que profesaremos a continuación, después de esta homilía, es decir que existe un Dios personal que lo ha creado todo, que quiere el bien de sus criaturas, que ama la vida, que es el Amor con mayúscula, que nos ha amado tanto que nos ha dado a su Hijo hecho hombre para salvarnos del pecado y de la muerte, que nos ha dado su Espíritu para que seamos un solo cuerpo y una sola alma y que renueva en nosotros su Espíritu Santo, siempre que se lo pedimos, creer todo esto no es fácil, ni es espontáneo, ni es cómodo. Incluso, más de una vez parece que los acontecimientos cotidianos quieran desmentir tercamente nuestra pobre fe. El misterio del mal y de la muerte, que es tan habitual por desgracia en buena parte de la humanidad y que nos ha aparecido como una novedad inesperada en nuestras sociedades occidentales con la Covidien-19, este misterio de tantas y tantas personas inocentes que sufren y que mueren, así como también el misterio de nuestra propia muerte ineludible, todo ello no nos resulta fácil de afrontarlo desde la fe. Si añadimos un entorno social y comunicativo contrario o que, sencillamente, ignora esta dimensión del ser humano, tendremos un cuadro bastante completo de la situación. Y para acabarlo de complicar, el profeta atribuye a Dios por lo menos una parte de nuestra falta de fe: Señor, ¿Por qué nos extravías, Señor, de tus caminos, y endureces nuestro corazón para que no te tema? Es que Dios, hermanas y hermanos, no nos quiere hacer creer en Él por fuerza, sino que espera que nuestra fe sea el resultado de un acto libre, movido por el amor a Jesucristo Salvador nuestro.

La segunda perspectiva ya la anunciaba, también, el profeta Isaías y la encontramos explicitada en el fragmento de la primera carta de San Pablo a los Corintios. Decía el profeta: tu nombre de siempre es «nuestro Liberador […] Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano. Dios no rechaza su obra, porque la ama y porque nos ha creado a imagen y semejanza de su Hijo. En Jesucristo encontramos la razón, el fundamento y la fuerza de nuestra fe en Dios. Él es nuestra esperanza. Por eso san Pablo comienza la primera carta a los Corintios bendiciendo Dios pensando en la gracia de Dios que se os ha dado en Cristo Jesús. Y eso que Pablo decía a los cristianos de Corinto también nos lo dice a nosotros: bendito sea Dios porque nos ha enriquecido en Cristo en toda palabra y en toda ciencia. Pablo saluda a sus destinatarios deseándoles la gracia y la paz de Dios. Estos dos términos sintetizan lo mejor de la cultura griega y de la sabiduría judía, que han dado forma a nuestra fe y han modelado en buena parte, aunque no exclusivamente, nuestra cultura. La gracia, la Xaris griega, es el favor de Dios, su benevolencia, el don de sí mismo que Dios ha depositado en nosotros, es también la fuerza de su Espíritu. La paz, shalom judío, ya se adivina que no es sólo la ausencia de guerras o de conflictos, que ya sería mucho, claro, sino que expresa aquella manera de vivir en la que se lleva a cabo nuestra relación con Dios y con nuestro prójimo. La paz es también el fruto de la sabiduría que viene de Dios y que nos permite ver y comprender la realidad tal como es a los ojos de su Creador, que es al mismo tiempo el Salvador. Fiel es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor..

La tercera perspectiva también la anunciaban el profeta Isaías y San Pablo y es más explícita en el Evangelio. Isaías gritaba: ¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses! En tu presencia se estremecerían las montañas. Y San Pablo recordaba con toda la fuerza a los Corintios que no carecéis de ningún don gratuito, mientras aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Pero en el evangelio es Jesús mismo quien nos desvela con su palabra: Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento […] no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa […] no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.. Es decir, la salvación que Jesucristo vino a traer y a anunciar con su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo, ya empieza a estar presente y efectiva mientras vivimos en este mundo, pero nos damos cuenta que no es perfecta, que no está completa del todo. El Reino de Dios que Jesús anunciaba como un Reino cercano, aún no ha llegado a su plenitud. Cuando llegue todo será nuevo, todo será claro y diáfano, entonces triunfarán definitivamente el amor y la vida sobre el pecado, el mal y la muerte.

Jesús exhortaba a sus contemporáneos a velar para que el fin del mundo no los encontrara dormidos, pero también para que fueran capaces de captar y de vivir aquellos momentos en los que el Reino ya se hace presente en la vida de las personas y de las comunidades. Y eso que les decía a ellos, lo dice a todo el mundo, nos lo dice también a nosotros. Se trata de velar, hermanas y hermanos, para darnos cuenta de que la victoria de Cristo sobre el mal y la muerte ya se empieza a manifestar ahora, en nuestra historia que es un tejido de pecado y de gracia, de luz y de tinieblas. Jesucristo resucitado, nuestra gran esperanza, sigue presente entre nosotros y nos empuja a desear con todo nuestro ser su manifestación definitiva. Por eso le podemos dirigir con gozo la aclamación del salmo responsorial: Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve. Amén.

Abadia de MontserratDomingo I de Adviento (29 de noviembre de 2020)