Bendición de l’Abat Manel Gasch i Hurios – Homilía (13 de octubre de 2021)

Homilía del P. Manel Nin, Exarca Apostólico para los católicos de tradición bizantina a Grècia con motivo de la bendición abacial del P. Abat Manel Gasch i Hurios (13 d’octubre de 2021)

Isaías 25:6a.7-9 / Hebreos 12:18-19.22-24  / Juan 15:18-21

 

Bendito sea nuestro Dios ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Estimado P. Abad Manel, queridos hermanos. La celebración litúrgica de hoy, como veis quienes estáis presentes personalmente u os unís a través de los diversos medios de comunicación, tiene un algo que la hace siquiera un poco especial. Hay, veis, muchos obispos, abades y sacerdotes concelebrantes, y muchos monjes. También es especial la presidencia de la celebración por parte de un obispo católico de rito bizantino que quizás para muchos es desconocido. Pero para otros seguramente no lo es tanto. Agradezco al p. Abad Manel la invitación paterna y fraterna a presidir esta celebración litúrgica en Montserrat. Celebrar en Montserrat es, para vosotros monjes y para mí que he formado parte de esta comunidad durante muchos años, y me siento todavía parte de ella, es celebrar «en casa».

Hay dos aspectos que son fundamentales en nuestra celebración y que quisiera subrayar. El primer aspecto: la memoria de los beatos monjes mártires, de los que celebramos hoy la fiesta, y a la liturgia de los cuales pertenecen las lecturas de la Palabra de Dios que hemos escuchado. El segundo aspecto: la presencia del p. Abad Manel Gasch, sentado aquí en el centro de nuestra celebración, para recibir la bendición como abad, como padre y pastor de este monasterio de Santa María de Montserrat.

El profeta Isaías nos ha presentado, sirviéndose de un lenguaje muy vivo y muy bello, la imagen del banquete preparado para todos los pueblos. A menudo los profetas, con imágenes festivas, casi de vida familiar, nos presentan la relación de Dios con los hombres, con su pueblo. Y con estas imágenes de vida familiar el profeta afirma: «Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. Todo el AT prepara el encuentro definitivo, en Jesucristo, de Dios con el hombre; lo hace, podríamos decir, con imágenes que llevan de una manera o de otra al Emmanuel, el Dios con nosotros. «Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. Un Dios con nosotros, un Dios en medio de nosotros, que no nos ahorra el encuentro con la contradicción, con el sufrimiento, con la muerte. Este encuentro con el sufrimiento, con la cruz lo vivimos siempre pero seguros de que «… En Él hemos puesto nuestra esperanza …». Esta podría ser la frase que encierra la vida y la muerte de tantos y tantos hermanos nuestros cristianos que han dado y dan la vida por Cristo, como lo hicieron nuestros hermanos monjes mártires, las reliquias de algunos de ellos que veneramos en la cripta de esta basílica.

En el evangelio de San Juan, en el fragmento que hemos escuchado tomado de su largo discurso de despedida, el Señor nos ha dejado su Palabra siempre viva, siempre presente en nuestro camino cristiano: «Yo os elegí del mundo .. . Todo esto os lo harán a causa de mi nombre … «. Os encontraréis con contradicciones, con persecuciones, con sufrimientos. Siempre «… a causa de mi nombre…», bien seguros, sin embargo, que «En Él hemos puesto nuestra esperanza …». Vivir el Evangelio, ayer, hoy y siempre, no es nunca un camino llano, al contrario es un camino donde la cruz, la del Cristo y la nuestra, se hace presente. Es un camino donde un mundo, a veces hostil y a veces indiferente, nos pedirá razón de nuestra fe. La palabra del Señor: «Yo os elegí del mundo …», nos infunde la fuerza y el coraje para anunciar y vivir siempre el Evangelio, que es nuestra respuesta, nuestro testimonio en medio de los hombres.

Las lecturas de la liturgia de hoy tienen una fuerza especial precisamente porque son proclamadas en la fiesta de nuestros monjes mártires, de aquellos hermanos nuestros que, fieles a Jesucristo y a la profesión monástica que un día hicieron como monjes en este monasterio, derramaron su sangre como mártires, como testigos de aquel amor al único Señor de sus y de nuestras vidas aún hoy, Jesucristo el Señor, el único Salvador, el único Redentor. «Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. En la larga historia de nuestro monasterio-santuario, siempre a los pies de la Virgen, una historia milenaria, encontramos un gran número de santos monjes, anónimos ciertamente pero que han sido y siguen siendo piedras vivas en este edificio viviente que es Montserrat, cuyo símbolo es esta basílica que nos acoge. Y como corona de este primer milenio de nuestra historia, el Señor nos ha hecho el don de añadir, a la larga hilera de monjes santos y pecadores, fieles y débiles, jóvenes y viejos …, el Señor ha añadido la corona, la piedra preciosa de los mártires, de estos hermanos nuestros generosos y fieles, débiles y pecadores también seguramente, pero firmes en el amor de Cristo, que han hecho suya, como hacemos ahora nuestra, aquella estrofa que cantaremos dentro de unos días el primero de noviembre: «Chori … monachorumque omnium, simul cum sanctis omnibus, consortes Christi facite» / «los corazones … de todos los monjes, junto con todos los santos, háganoslo familiares del Cristo «. Ellos, los mártires, por su testimonio y su martirio, junto con tantos y tantos que nos han precedido, interceden para que, también nosotros, seamos «familiares… de Cristo».

En este «corazón de todos los monjes, familiares del Cristo» te añades tú hoy, querido p. Abad Manel, con un nuevo ministerio como abad, como padre de este monasterio. Los griegos diríamos: «con esta nueva diaconía, este nuevo servicio». ¿Qué significa para ti, para los monjes, para los escolanes y para los peregrinos que hoy estamos en Montserrat, ser bendecido abad de este monasterio? Os propongo que sea ahora la misma celebración litúrgica la que nos guíe pedagógicamente en lo que significa para ti, para tu comunidad y para nosotros esta celebración.

Siguiendo el ritual, y ahora cuando termine esta mi homilía, te haré una serie de preguntas, a las que, con tu respuesta, manifestarás delante de Dios y de los hermanos, delante de la Iglesia, tu voluntad de llevar a cabo esta diaconía de que hablábamos.

Se te preguntará si quieres: «instruir a tus hermanos, guiarlos y enseñarles… llevarlos hacia Dios». A partir del día que la comunidad te eligió, no eres un administrador -o si quieres no eres «sólo» un administrador-, sino que eres alguien, que con la grandeza y la fragilidad de cada ser humano, desde tu condición humana -¡que Cristo ha asumido en su encarnación! -, «… has sido elegido para regir las almas haciendo las veces de Cristo». Instruir, guiar, enseñar, llevar hacia Dios. Una enseñanza, una guía, un acompañamiento, siempre «haciendo las veces de Cristo». A través de ti Cristo continuará enseñando, guiando, llevando hacia Dios. «Haciendo las veces de Cristo».

No temas cuantas veces leyendo la Regla de San Benito, o en tantos otros textos de los Padres de la Iglesia, se habla del abad o del obispo como «el que hace las veces de Cristo», como «vicario del Cristo”. ¡No renuncies, no renunciemos nunca a este título! Digo título pero quizás debería decir ¡sacramento! Creo que es el título / ministerio más precioso y más «de peso» que los obispos y los abades tenemos y que debemos custodiar. Es un «título / ministerio» que «pesa», te lo puedo asegurar, pero también es un título, una diaconía, que tantas y tantas veces te dará fuerza y consuelo.

Siguiendo el ritual de la bendición, invocaremos a la Virgen y a todos los santos. Las letanías manifestarán nuestra confianza como Iglesia en la intercesión y la comunión de todos aquellos hombres y mujeres que se han configurado a Cristo: María, los apóstoles… hasta nuestros hermanos monjes mártires que hoy celebramos.

Después vendrá la oración de bendición como abad: una epíclesis, una invocación del Espíritu Santo sobre ti y también de alguna manera sobre la comunidad que te ha sido encomendada. Lo que se pide para ti, también directamente toca la comunidad de los monjes. El texto nos resume algunos aspectos fundamentales de esta tu nueva diaconía:

Que con su enseñanza penetre el corazón de sus discípulos. Enseñar, por tu parte, acoger tu enseñanza por parte de los hermanos.

Que sepa la cosa difícil y ardua que ha aceptado: gobernar almas y acomodarse a muchas formas de ser … En cada monje encontrarás el alma dócil y el alma a veces terca … El corazón generoso y el corazón endurecido … ¡No desesperes nunca de la misericordia de Dios!

Más servir que mandar… Un servicio, una palabra, una enseñanza que a veces penetrará el corazón de los discípulos como una lluvia suave, y a veces tendrás la impresión de que pasa como un torrente que te parecerá que no deja huella. No te desanimes y ten paciencia.

No perder ninguna de las ovejas que tiene encomendadas: Ninguna oveja es despreciable, ninguna. Somos, siempre, ovejas que a veces cojean y a veces caminan con firmeza … Ninguna es despreciable, ni la oveja perdida, que tendrás que cargar una y otra vez sobre tus hombros, ni la oveja fuerte quien, te lo aseguro, le hará bien una buena palabra amistosa y animadora de vez en cuando.

Llenarlo de los dones del Espíritu Santo… Todo lo que harás, lo que enseñarás, será para ti y para los hermanos, un don del Espíritu Santo.

Que no anteponga nada que Cristo y que enseñe que nada le debe serle antepuesto. El Cristo, único mediador de quien nos hablaba la carta a los Hebreos, es Aquel que deberás anunciar siempre a tus hermanos monjes, a los escolanes, a los trabajadores de Montserrat, a los miles y miles de peregrinos que, pasada esta borrasca de la pandemia, el Señor continuará llamando a la santa montaña de Montserrat. Hombres y mujeres que subirán a Montserrat a buscar una palabra amiga, una palabra de consuelo, el sacramento del perdón, un lugar de silencio.

Acabaremos la bendición con la entrega de las insignias, de estos símbolos que harán presente, de manera comunitaria y litúrgica lo que eres y que tienes que ser para tus hermanos: se te dará la Santa Regla, el anillo, la mitra y el báculo, que manifestarán simbólicamente tu enseñanza, tu amor esponsal por la comunidad, tu magisterio y tu pastoreo, es decir tu plena configuración con Cristo. Símbolos que harán evidente, para ti mismo en primer lugar, y para los hermanos, esta nueva diaconía a la que el Señor te ha llamado.

Estimado P. Abad Manel: los Padres de la Iglesia han dado al obispo y al abad una serie de títulos a través de los que han querido indicar aquel que en cada Iglesia, y en cada monasterio, hace las veces de Cristo: padre, pastor, maestro, guía, timonel, médico -médico de las almas ciertamente, pero también médico de los cuerpos: ama, cuida, visita a los enfermos.

A estos títulos me permito añadir otro, no te asustes: ¡el abad es también «mártir»!. En el sentido más fuerte del término: mártir / testigo de Cristo en la comunidad, en la Iglesia, en el mundo que nos toca vivir.

Estimados hermanos, después de la bendición, celebraremos los Santos Misterios. Invocaremos al Espíritu Santo sobre el pan y el vino para que haga el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y para que nos haga también, a ti padre abad Manel y a todos nosotros, mártires de su Evangelio, testigos de su palabra de vida que acogemos cada día como monjes, como peregrinos en un mundo a veces sordo pero siempre sediento de una palabra viva, de consuelo, de misericordia, de esperanza.

En la Divina Liturgia bizantina, después de la narración de la institución de la eucaristía y de la epíclesis sobre el pan y el vino, después de que el Espíritu Santo ha hecho el Cuerpo y la Sangre de Cristo, invocamos a la Madre de Dios, aquella en el seno de la cual la Palabra se hizo hombre, se encarnó. También en esta celebración invocamos para ti y para Montserrat la intercesión de Santa María, la Virgen, para que sea ella siempre para ti y para la comunidad aquella guía que te muestre y te lleve al Cristo, el único mediador, Señor y pastor de nuestras vidas.

Retomo, con un añadido, la estrofa del himno de Todos los Santos de la que hablaba al principio: «Chori … abbatum monachorumque omnium, simul cum sanctis omnibus, consortes Christi facite». Que los santos abades y monjes de la historia de este monasterio te y nos hagan «consortes Christi familiares del Cristo».

«Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. Que nos fortalezca siempre esta esperanza el Cristo Señor, que reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos.

Amén.

 

 

Abadia de MontserratBendición de l’Abat Manel Gasch i Hurios – Homilía (13 de octubre de 2021)

Solemnidad de Sant Pedro y San Pablo (29 junio 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (29 junio 2020)

Hechos de los Apóstoles 12:1-11 – 2 Timoteo 4:6-8.8-11 – Mateo 16:13-19

 

Estimados hermanos y hermanas: Hoy celebramos el martirio de los dos grandes apóstoles San Pedro y San Pablo. Es el día en el que sellaron con la sangre su adhesión a Jesucristo.

San Pedro había dicho a Jesús resucitado, cerca del lago de Galilea: Señor, tú sabes que te quiero (Jn 21, 15-17). Pero es en el momento del martirio que este amor es total y definitivo. San Pablo tenía una convicción profunda: Cristo, el Hijo de Dios, me amó y se entregó a sí mismo por mí, por eso vivo mi vida en la fe en el Hijo de Dios (Ga 2, 20), porque el amor del Cristo nos apremia (2C 5, 14). Pero, es, también, en el momento del martirio cuando corresponde plenamente al amor que Jesucristo le ha tenido y que expresa de una manera radical el amor que él ha tenido a Cristo.

El martirio de estos dos grandes apóstoles constituye el inicio de su participación plena en el misterio pascual de Jesucristo, constituido por su muerte y su resurrección.

La primera lectura, tomada de los Hechos, nos narró uno de los encarcelamientos que sufrió San Pedro. Este fue por orden del rey Herodes que lo quería condenar a muerte. Pero, tal como hemos oído, el Señor lo liberó. La narración tiene como trasfondo la pascua del pueblo de Israel, en la que fue liberado de Egipto, y la pascua de Jesucristo. Incluso cronológicamente nos decía que Pedro fue encarcelado en las fiestas de la Pascua judía, entorno, pues, de las mismas fechas de la muerte y la resurrección de Jesús. Pedro estaba atado fuertemente y bien custodiado por soldados en el lugar más seguro de la prisión, rodeado por la oscuridad de la noche, lo que nos recuerda a Jesús en la oscuridad del sepulcro bien cerrado y custodiado, también, por soldados. Pero una intervención divina llena de luz el espacio oscuro y libera a Pedro. El ángel le dijo levántate con una palabra que en griego equivale a «resucita». Este hecho de alguna manera anticipa simbólicamente la participación de Pedro en la Pascua de Jesucristo. Ciertamente, es una salvación de la muerte sólo temporal, pero muestra la solicitud que Dios tiene por quienes se han hecho discípulos de Jesucristo y la gloria futura que les es promesa.

También más adelante San Pablo vivió un episodio similar, según el mismo libro de los Hechos. El encarcelamiento de Pedro que hemos leído, tuvo lugar en Jerusalén, Pablo junto con Silas, compañero suyo de evangelización, fue encarcelado una de las veces en la ciudad de Filipos, capital de la Macedonia romana. De manera similar ellos dos fueron encerrados en el lugar más seguro de la prisión, bien atados con cadenas y custodiados por guardas. También por la noche, mientras todo estaba oscuro, una intervención divina les desata las cadenas y los liberó, anticipando como en el caso de Pedro, su participación definitiva en la pascua de Jesucristo (cf. Hch 16, 25-34).

Los apóstoles, vigorizados con el don del Espíritu Santo, vivían estas situaciones por amor a Cristo, para difundir el Evangelio. Y las vivían con alegría. En el caso de Pedro, el Libro de los hechos de los apóstoles nos dice que él y los otros apóstoles se alegraban de ser ultrajados y de sufrir a causa del nombre de Jesús (cf. Hch 5, 41); les alegraba poder participar de los sufrimientos de Cristo para que así, cuando él revelara su gloria podrían alegrarse, también, llenos de alegría (cf. 1 P 4, 14). De igual manera Pablo, que se sentía espoleado por el amor de Cristo (2C 5, 14), se complacía en las persecuciones y en las angustias por Cristo (2C 12, 10), y podía escribir: yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús (Gal 6, 17), en referencia a las cicatrices de las flagelación y de los bastonazos que había sufrido varias veces.

San Pedro y San Pablo vivieron de un modo eminente, como correspondía también al ministerio eminente que habían recibido en la Iglesia, lo que había anunciado Jesús: os detendrán y os perseguirán, os arrestarán en las cárceles, y os harán comparecer  ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre. Esto os servirá para dar testimonio (Lc 21, 12-13). Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía.  Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en el cielo (Mt 5, 11-12). Es que el discípulo de Jesús debe recorrer el mismo itinerario espiritual de su Maestro y debe vivir el misterio de muerte y de resurrección en su vida través de las vicisitudes de la existencia, de las incomprensiones y del sufrimiento que le puede venir de tantas maneras. Así el discípulo de Jesús podrá llegar a participar para siempre de su pascua. San Pedro y San Pablo son para nosotros unos testigos de cómo la fe y el seguimiento de Jesucristo comportan una dimensión de cruz, y de cómo el amor y la esperanza permiten que sea vivida en paz y con alegría. Esto nos anima a ir a fondo en nuestra vivencia del Evangelio y no desfallecer en el testimonio a pesar de las dificultades y las incomprensiones.

También en nuestras vidas vivimos una anticipación de la pascua cada vez que vencemos el mal con el bien, cada vez que ayudamos a los demás, cada vez que hagamos las paces, cada vez que, por gracia, superamos el pecado que nos asedia, cada vez que perseveremos en la fidelidad a pesar de las dificultades, cada vez que sufrimos por causa del Evangelio y no desfallecemos en el amor …

Por otra parte y de acuerdo con la palabra de Jesús, no podemos soñar con un mundo en el que los cristianos podremos vivir siempre con tranquilidad. Esto puede ser posible por un tiempo, en un lugar concreto, porque las dificultades no son siempre iguales en todas partes. También ahora hay lugares de la geografía donde los cristianos son perseguidos o se encuentran en graves dificultades, porque siempre habrá poderes políticos, económicos o mediáticos para los que el cristianismo será un estorbo y lo querrán eliminar o al menos debilitar y ridiculizar. Pero sabemos que en las dificultades el Espíritu Santo es la fuerza del cristiano (cf. Lc 12, 11-12). Y esto nos alienta a dar testimonio sin desfallecer.

Hemos sentido que, mientras Pedro estaba en la cárcel, la comunidad eclesial oraba por él. Hoy, en la solemnidad de los dos grandes mártires de Roma, la Iglesia católica extendida de Oriente a Occidente (cf. Pasión de los Sts. Fructuoso, Augurio y Eulogio) ruega por el sucesor de Pedro, el Papa Francisco. Desde hace tiempo, es atacado desde varios sectores incluso dentro de la Iglesia. Se puede sintonizar más o menos con su forma concreta de hacer y de decir; también San Pedro y San Pablo experimentaron tensiones entre ellos por su manera diferente de ver las cosas (cf. Ga 2, 11-16). Pero la Iglesia de Roma es la Iglesia que, como afirma, ya en el s. II, San Ignacio de Antioquía, «preside todas las demás en la caridad»; y como dice, también en el mismo s. II, San Ireneo, «es necesario que todas las Iglesias estén en armonía con esta Iglesia» (cf. Comisión internacional católico-ortodoxa, Documento de Rávena, 41). Por eso el obispo de Roma es vínculo de unidad, de comunión y de paz entre todas las Iglesias. Y la comunión con su persona y con su misión pastoral es un elemento integrante de la vida eclesial y, por tanto, de nuestra vivencia como miembros de la Iglesia (cf. CEC 881-882). Debemos rezar por Francisco, tal como lo pide constantemente él mismo, y debemos acogerlo con espíritu de fe.

Que por la gracia de esta eucaristía nos sea dado perseverar en la fe de los apóstoles hasta el día que podremos participar plenamente, también nosotros, de la pascua de Jesucristo.

Abadia de MontserratSolemnidad de Sant Pedro y San Pablo (29 junio 2020)