Domingo de la XIX semana de durante el año (9 agosto 2020)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (9 de agosto de 2020)

1 Reyes 19:9a,11a – Romanos 9:1-5 – Mateo 14:22-33

 

El evangelio de este domingo es continuación del pasado domingo, donde Jesús ante la multitud necesitada, siente compasión, cura los enfermos y antes de despedirlos, pide a sus discípulos que les den de comer con sólo cinco panes y dos peces.

En la escena de hoy, después de despedir a la gente, Jesús pide a sus discípulos que cojan la barca y se adelanten hacia la otra orilla mientras él se queda solo orando hasta altas horas de la madrugada; los discípulos están en la barca en medio del lago, donde deberán afrontar grandes dificultades y, además, Jesús no está con ellos. Tienen miedo. Sin embargo, no los abandona y se les aparece durante la noche pero ellos no lo reconocen. Jesús espera de sus discípulos una fe confiada, se acerca caminando sobre el agua y les dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». Pedro confía en la palabra de Jesús, va a su encuentro y camina hacia él sobre el agua por indicación del maestro, pero empieza a hundirse en el momento en que desconfía. Entonces gritó: «Señor, sálvame». Y Jesús le dio la mano diciéndole: «¿Por qué has dudado?»

Este pasaje, si lo miramos bien, nos muestra dos maneras de afrontar nuestra relación con Jesús: ¡o confiamos o perecemos! Jesús nos pide confianza ante las situaciones de la vida y nosotros le pedimos pruebas. Como Pedro exigimos signos, milagros, y quisiéramos caminar sobre el agua para asegurarnos en quien ponemos la confianza.

Como en el caso de Elías, quisiéramos que Dios se manifestara con hechos extraordinarios, grandiosos y tan evidentes que nos ahorraran la fe, ya que como Pedro, no nos es fácil reconocer a Jesús en medio del temporal o las dificultades de la vida y nos preguntamos: ¿no será una fantasma caminando sobre el agua? ¿No será todo un espejismo, un engaño? ¿No será Jesús y su Evangelio una ilusión bella y efímera, sin consistencia real?

No es difícil ver en la barca de los discípulos de Jesús, sacudida por las olas y desbordada por el fuerte viento en contra, una evocación de la Iglesia. Como aquellos discípulos amedrentados, también nosotros estamos en la barca donde, en medio de las contrariedades y dudas, necesitamos purificar nuestra mirada, necesitamos reconocer a Jesús que nos viene al encuentro discretamente, sin evidencias espectaculares, y quien sabe si nuestra poca fe, la desconfianza o el desconcierto que podamos experimentar en nuestra vida de cristianos, nos hace ver su mano salvadora como una realidad que no acabamos de ver claramente, angustiados por las crisis, las dudas, los temores y la sensación de ausencia de Dios que a veces se apodera de nuestras vidas. Entonces es cuando vemos puesta a prueba nuestra fe y como Pedro nos acobardamos y empezamos a hundirnos.

Es en estos momentos cuando podemos sentir en nuestro interior la voz alentadora de Jesús, que nos dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». Y si hacemos nuestra esta palabra, podremos revivir también la experiencia de Pedro: caminar sobre el agua, es decir, caminar hacia Jesús a pesar de la inconsistencia de nuestra fe, sabiendo que más allá de la fuerza del viento y la inestabilidad que podamos sentir, siempre podemos gritar como Pedro: «¡Señor, sálvame»! Será entonces cuando percibiremos a Jesús como quien sostiene nuestra vida y no nos deja a merced de nuestros miedos y nuestras inseguridades.

El evangelio de hoy, hermanos, nos invita a subir a la barca; a sentirnos comunidad de creyentes e ir mar adentro para lanzarnos a la aventura de la vida desde esta realidad acogedora ya la vez frágil que es la Iglesia.

Es también esta la experiencia de vida del obispo Pere Casaldáliga. Su testimonio nos es un estímulo y un ejemplo de libertad evangélica y reconocimiento de Jesús y de su Reino en la presencia y la lucha a favor de los más vulnerables y excluidos por los poderosos de este mundo.

Como dice en uno de sus poemas:

» Al acecho del Reino diferente,

voy amando las cosas y la gente,

ciudadano de todo y extranjero.

Y me llama Tu paz como un abismo

mientras cruzo las sombras, guerrillero

del Mundo, de la Iglesia y de mí mismo «.

(En Exodo. Pedro Casaldáliga)

Si estamos atentos a la llamada de Jesús veremos como más allá de las inclemencias, sombras y dudas que experimentamos, se nos hace cercano el murmullo de su palabra y nos da la mano, a pesar de nuestra poca fe para acercarnos a Él que nos viene al encuentro y podamos decir como aquellos discípulos: «Realmente eres Hijo de Dios» (Mt 14,33).

Que esta Eucaristía que celebramos fortalezca nuestra fe y también podamos decir como el apóstol y tantos otros seguidores de Jesús: «sé bien en quién he creído» (2 Tm 1,12).

Abadia de MontserratDomingo de la XIX semana de durante el año (9 agosto 2020)

Fiesta de la Transfiguración del Señor. Profesión Temporal del G. Frederic Fosalba (6 agosto 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (6 agosto 2020)

2 Pedro 1:16-19 – Mateo 17:1-9

 

Jesús deja ver a los discípulos que lo acompañarán en su anonadamiento en Getsemaní, su filiación divina en el estallido glorioso de la transfiguración. De esta manera, hermanos y hermanas, los discípulos, en la cima de aquella montaña alta, experimentan una anticipación de la bienaventuranza futura. Sienten tal plenitud que quieren alargar ese momento de felicidad: Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas, dice Pedro expresando el sentimiento de los otros dos.

Y, ¡qué cristiano no querría estar con Jesús, y alargar el encuentro contemplando su rostro resplandeciente, que es transparencia de su divinidad! Pero esto no les es dado, a los discípulos que lo acompañan. Aquella experiencia duró poco: cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo, con el rostro al que estaban acostumbrados a ver, a veces sudoroso, a veces agobiado por el cansancio, y con los vestidos empolvados de cada día. Alargar aquellos momentos no se dado a los tres discípulos.

La cara brillante como el sol y los vestidos blancos como la luz manifiestan su divinidad y significan que Jesús es plenitud, transparencia y comunicación de la divinidad, amor sin límites, luz de la humanidad, bondad infinita, portador de salvación, de curación, de felicidad. Sabiendo esto, pero sin ver nada más que la realidad que los rodea y encaminándose hacia la pasión inminente, los discípulos tendrán que aprender a escuchar la voz de Jesús sin ver su gloria, pero creyendo en su condición divina y esperando con fe vacilante el poder participar. Es lo que tenemos que hacer, también, nosotros. Escuchar su palabra, tal como dice la voz del Padre, y recorrer un camino espiritual que, a pesar de las dificultades que podamos encontrar, por la fe nos una a Jesucristo, el Hijo amado del Padre y el objeto de sus complacencias. Así nuestra vida podrá ir convirtiéndose en transparencia del Evangelio. Y al término de este camino, lo podremos contemplar glorioso y podremos recibir el don de participar de su vida divina.

Los monjes y las monjas, tanto del oriente como del occidente cristiano, tenemos una veneración espiritual por esta fiesta de la Transfiguración en la que se nos propone contemplar en la fe la gloria de Jesucristo, de poder estar con él intensamente escuchando, acogiendo y haciendo vida su Palabra, y así ir dejando que la vida divina vaya penetrando nuestro interior. Por este motivo, hemos escogido esta fiesta para la primera profesión del G. Frederic. San Benito mismo presenta el itinerario de la vida monástica de una manera que nos remite al episodio de la Transfiguración y a la experiencia espiritual que conlleva para los que son discípulos del Señor.

Ya en los inicios de la Regla, San Benito pregunta «¿quién puede […] descansar en tu monte santo?» (RB Prólogo, 23) e invita a abrir «los ojos a la luz deifica» y a escuchar «atónitos […] la voz de Dios» (RB Prólogo, 9). Cuando San Benito habla de la «montaña santa» se refiere al lugar del encuentro con Dios que comienza en esta vida en la Iglesia, y para los monjes también en la comunidad monástica, pero que termina en el cielo, el lugar definitivo del reposo, de la felicidad y de la plenitud existencial; el lugar de la comunión plena con Dios y de la contemplación del rostro glorioso de Jesucristo. Para poder llegar allí, san Benito, enseña un proceso de transformación espiritual -de «transfiguración», podemos decir-, consistente en dejarse iluminar por la luz que viene de Jesucristo ya escuchar su voz para acoger su palabra en lo más íntimo de uno mismo y dejar que vaya arraigando para irla poniendo en práctica y ser testigo ante los demás, más con la vida que con la palabra.

Por eso, san Benito pone la persona de Jesucristo resucitado, glorioso, en el centro de la vida del monje y el centro de la vida de la comunidad, para que quede bien claro cuál es el objetivo de la vida monástica y más en general de la vida cristiana: ser transformado según la imagen de Jesucristo y llegar a participar de su gloria, después de haber participado, también, de sussufrimientos en la vida de cada día (cf. RB Prólogo, 50). Jesucristo es el Señor y el compañero de ruta, es el testimonio íntimo de la propia existencia y el vínculo de la comunión fraterna entre los hermanos; él es la causa de la alegría espiritual que experimenta el monje mientras se va trabajando para reproducir en él la imagen de Jesucristo; él, el Cristo, es el término hacia el cual se encamina la vida del monje cuando nos reunirá a todos en la vida eterna (cf. RB 72, 12). Abriendo, pues, los ojos de la fe a la luz que nos ofrece Jesucristo y acogiendo y poniendo en práctica su palabra podremos encontrar el reposo, la paz y la alegría y llegar al término feliz de nuestra vida participando de la gloria de Jesucristo. Este proceso no es sólo propio de los monjes, todos los bautizados están llamados a seguirlo. Este es el camino que hoy el H. Frederic Fosalba se compromete a recorrer en el seno de nuestra comunidad, compartiendo la ruta con los hermanos, dejándose iluminar por el Evangelio. Después de una buena experiencia de trabajo, de actividades solidarias para ayudar a los demás, de servicio a la parroquia, hace tres años comenzó la iniciación monástica en nuestro monasterio, en un proceso de discernimiento mediante el cual escuchar la voz del Señor, de la guía espiritual y de convivir con los hermanos. Hoy, terminada la segunda parte de la iniciación monástica y aceptado por la comunidad, toma en la Iglesia el compromiso de vivir como monje en espera del momento de hacer la profesión definitiva. Ahora le acompañamos con nuestra oración y lo ponemos bajo la protección de la Virgen para que sea siempre fiel escuchando la Palabra de Jesucristo y ponerla en práctica en bien de los hermanos de comunidad y de todos los que se acercan a Montserrat.

Abadia de MontserratFiesta de la Transfiguración del Señor. Profesión Temporal del G. Frederic Fosalba (6 agosto 2020)

Domingo de la XVIII semana de durante el año (2 agosto 2020)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje y Rector del Santuario de Montserrat (2 de agosto de 2020)

Isaías 55:1-3 – Romanos 8:35.37-39 – Mateo 15:1-2.10-14

 

Cuando Jesús hablaba del Reino del cielo no se refería a palacios y a castillos, a grandes paradas militares o ruas espléndidas, ni siquiera a manifestaciones multitudinarias de la fe. Hablaba de algo que pasa dentro del corazón humano cuando este hace del evangelio su tesoro más preciado y se da cuenta de que este tesoro vale más que todo.

La multitud que escuchaba Jesús, esto, se lo creyó y acogieron por unos momentos la palabra de Dios que se les dirigía como un verdadero tesoro que valía más que todo, tanto, que, escuchando al Señor, se les hizo oscuro y no habían pensado ni en la comida. Sólo los discípulos se habían provisto de algunos panes y peces. Quizás querían comer tranquilos comentando la jornada y compartiendo impresiones con Jesús, pero el caso es que se encontraron desbordados. La gente no se iba, se hacía tarde y los discípulos querían comer. ¡Jesús ya había curado suficientemente enfermos, que querían más! Pero el Señor, viendo la situación que se daba encontró la ocasión perfecta para hacer visible este Reino del cielo que Él predicaba. Así, junto con la salvación expresada en las curaciones, el compartir el pan anunciaría la redención, porque la misión de Jesús no era sólo de liberar al hombre de la esclavitud del pecado sino la de devolverlo a su semejanza original de comunión con Dios y con los hermanos, y lo anticipó con el signo de compartir la abundancia de lo poco que tenían, de compartirlo dando gracias a Dios y bendiciéndolo.

Y esto es el reino de Dios: dar gracias a Dios, bendecir su nombre y compartir el pan que recibimos de su generosidad y que es fruto de la tierra y del trabajo del hombre tal como decimos en el ofertorio. ¿Os imagináis a Jesús alzando los ojos al cielo como llevando la humanidad hacia el Padre, uniéndola toda en una oración de acción de gracias y de bendición? ¿Os imagináis la alegría que puede suponer para una familia que valora el Evangelio como el tesoro más grande, dar gracias y bendecir a Dios en torno a la mesa, compartiendo la humanidad y la vida que genera una comida de fiesta? Bendecir la mesa es más que una costumbre de los abuelos, es una forma de vivir el sacerdocio común de los fieles que ofrece a Dios una oblación espiritual y da gracias por el don de la vida y crea fraternidad. Es una manera de entender y comunicar la vida similar a la de Jesús, una manera de hacer presente el Reino de los cielos que pedimos cada día en el Padre nuestro. No se necesita gran cosa, basta una conciencia gozosa de la presencia de Dios en lo cotidiano de nuestra vida, la conciencia de saber que el pan que da vida no es el que se come sino el que se comparte.

El peligro de nuestro ritmo de vida es el de vivir una tragedia similar a la tragedia del rey Midas que, en su afán de poder llegó a convertir todo lo que tocaba en oro, incluso la comida, y naturalmente acabó muerto de hambre. Nosotros tenemos el peligro de gastar nuestra vida en lo que deslumbra nuestros ojos, pero no ilumina nuestro espíritu, perdernos por lo que satisface nuestros cinco sentidos, pero no el sentido de la vida. Aquí resuenan aquellas palabras del profeta: ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que no da hartura?

El mundo puede que no espere grandes milagros, pero necesita signos como los de Jesús, signos desde el compromiso en el día a día, signos de empatía y de compasión que, sin palabras, hablan de ese Dios que en Jesús continúa mostrando su amor hacia los hombres y mujeres de hoy. El lenguaje de la compasión no es ideología, es evangelio compartido. Ante la injusticia, el sufrimiento y la muerte no necesitamos palabras sino compromiso, cercanía y cariño como signos que ponen en valor la dignidad responsable de la persona e iluminan el sentido trascendente de la vida.

¿Os imagináis a Jesús, en medio de la multitud, medio devota medio escéptica, no importa, pero en medio de ella, compartiendo sus sufrimientos, curando sus heridas, partiendo el pan,

dando gracias y bendiciendo a Dios, alzando los ojos al cielo como haciéndola participar de este Reino que Él trae consigo? Esto es lo que hace en cada eucaristía. Como no celebrarlo, y agradecerlo, pero, sobre todo: ¡vivirlo y compartirlo!

Abadia de MontserratDomingo de la XVIII semana de durante el año (2 agosto 2020)

Domingo de la XVII semana de durante el año (26 julio 2020)

Homilía del P. Lluís Planas, monje de Montserrat (26 de julio 2020)

1 Reyes 3:5.7-12 – Romanos 8:28-30 – Mateo 13:44-52

 

Hoy, en la primera lectura, hemos visto como a Salomón, que lo tenía todo, juventud, poder, cultura y riqueza, Dios le ha pedido qué deseaba, y él respondió: «Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal». Si nos fijamos bien, en el evangelio, Jesús ha dicho que el reino de Dios viene a ser como un tesoro o como una perla fina, es decir, algo que es tan valioso que lo da todo a cambio. Así pues, ¿qué es el reino de los cielos? Quizás podemos decir que es la forma que tiene Dios de invitarnos a vivir a su manera, siguiendo su estilo de vida. De acuerdo con Salomón podríamos decir que el reino de los cielos es ser justos, a la manera de Dios, o bien como el salmo que hemos cantado, el Reino es vivir con el amor de Dios que conforta, y con la capacidad de discernir el bien del mal.

¿Y quién es capaz de vivir a la manera de Dios? De hecho, el evangelista nos ha informado de que Jesús, al inicio de su predicación, se compadeció de la multitud que lo seguía porque eran como ovejas sin pastor. Como muchos recordamos, comenzó a proclamar una manera nueva de ver y vivir la vida: lo primero que hizo fue anunciar que aquellos que nadie valoraba, estos son precisamente los que Dios valora: bienaventurados los pobres, los humildes, los que desean que haya justicia, los que sufren … hoy quizás diríamos los perdedores; pero para entender a fondo este anuncio, pide a los discípulos que empiecen un camino en el que será importante conocer el propio interior, y darse cuenta de que hay que hacer una transformación, en la que no es solamente importante conocerse, y aceptar las propias limitaciones, sino que hay que poner en práctica lo que se ha visto que Jesús hace, que es poner la atención en los demás. Y los otros son como tú, con sus limitaciones. Y nos invita a fijarnos bien. Ellos son imagen de Dios y tienes que saberlo ver en el pobre, en el humilde, en el que pasa hambre y sed, en el encarcelado… Todos ellos son imagen de Dios. Y en este proceso de acercamiento a los demás, tú, para ellos, eres imagen de Dios. Así nos lo ha recordado San Pablo cuando hemos oído: «los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo». Quizás no se trata tanto de vivirlo como una responsabilidad, sino como un don, un regalo, un tesoro. El mejor. Y con María también podemos decir: ¿quién soy yo? Si me miro a mí mismo constato mi debilidad. María lo entendió y se hizo discípulo de su Hijo, es decir, lo escuchó; por eso decimos que María es la primera creyente. Cabe preguntarse si vale la pena vivir así. Porque nos damos cuenta de que el camino de Jesús no es llano. Y sin embargo hoy nos ha dicho que vivir con Dios y para Dios, en su Reino, vale tanto la pena que es necesario que se convierta en lo más importante, lo prioritario. Porque el campo que compras es donde está el tesoro, este campo eres tú y yo, y nosotros, en él se sembrará, como veíamos el pasado domingo la mejor semilla de trigo, pero también aparecerá la cizaña. Cabe preguntarse, sin embargo, ¿deseo comprar este campo?

La parábola aún nos ha dicho que «contento del hallazgo, se va a vender todo lo que tiene…». Y nos podemos volver a preguntar, y ¿por qué contento? Porque el verdadera hallazgo es el amor. Este es el valor supremo, porque como nos ha dicho San Pablo: «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien». Efectivamente, el Reino de los cielos es el encuentro del Amor y por el Amor. Amar, y dejarse querer. El campo es la propia vida que tiene que crecer, pero antes hay que sepa acoger la buena semilla de la Palabra y del Amor. Y si tiene sentido la existencia del campo, la existencia de la vida, es porque el campo, empapado de amor, dará el fruto para que otros puedan alimentarse de esta experiencia tan extraordinaria. ¿Y la compartiremos, verdad, esta experiencia?

Dejémonos coger por Dios, y hagamos nuestra la oración de Salomón: «Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal».

 

Abadia de MontserratDomingo de la XVII semana de durante el año (26 julio 2020)

Domingo de la XVI semana de durante el año (19 julio 2020)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (19 de julio 2020)

Sabiduría 12:13.16-19 – Romanos 8:26-27 – Mateo 13:24-43

 

Una de las grandes preguntas de la humanidad es el porqué de la existencia del mal. Si Dios es un Padre todopoderoso, que ha creado cosas tan buenas… ¿Cómo es que existe el mal? ¿No podría haber creado un mundo tan perfecto en donde ya no existiera el mal? Y sin embargo, es evidente que en nuestro mundo conviven el bien y el mal, el trigo y la cizaña crecen juntos. Efectivamente, Dios podría haber hecho un mundo completamente acabado y perfecto. Y lo ha hecho. Pero aún no es éste. El mundo en que vivimos no está acabado del todo. Y no lo estará hasta la bienaventuranza eterna, hasta nuestro destino final, que Dios «Enjugará las lágrimas de [nuestros] ojos, y no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor» (Cf. Ap 21). Si en el mundo conviven el bien y el mal, pues, es porque muchas veces nos equivocamos. Y, de hecho, no conviven sólo en el mundo: en realidad, el bien y el mal pueden convivir en el interior de cada uno de nosotros. Por eso el sembrador no tiene prisa en cortar la cizaña: porque sabe que -a diferencia de las plantas, las personas pueden cambiar de cizaña en trigo, y de trigo en cizaña. Y a menudo, muchas veces, a lo largo de la vida.

Este tiempo que el sembrador nos da de margen antes de la siega, es la Eucaristía. Es aquí donde el buen Jesús nos va hablando al corazón de cada uno domingo tras domingo, con paciencia, para que su palabra vaya penetrando en nuestro corazón y lo transforme en buen trigo. Escuchándolo y dialogando con él, tenemos la oportunidad de volver nuestro corazón hacia el Señor, dejar de lado el mal, y dedicar todos nuestros esfuerzos a hacer el bien, como él nos enseña de tantas maneras en el evangelio. Basta con un pequeño gesto, como ocurre con el grano de mostaza, que es «la más pequeña de todas las semillas, pero, a medida que crece, se hace más grande que todas las hortalizas y llega a ser como un árbol». Y tampoco pasa nada si lo que hacemos pasa desapercibido a los ojos de la mayoría: también la levadura escondida que «una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente», acaba haciendo un efecto extraordinario. Lo más importante es que estemos abiertos a dejarnos transformar por su palabra. Como él que transformó el dolor de la muerte en cruz, en el bien de la resurrección a la vida eterna. Y como él transforma el trigo, en el pan de la palabra que nos da fuerzas para hacer el camino.

Las necesitamos, las fuerzas. Porque en el camino tenemos que luchar contra el mal, y si no vigilamos puede que caigamos alguna vez. Pero eso es un trabajo largo que necesita constancia y esfuerzo. Y del evangelio de hoy se desprenden dos enseñanzas que nos pueden ayudar. En primer lugar, que no debemos juzgar a los demás: en la parábola del trigo y la cizaña queda claro que el juicio corresponde sólo a Dios, y al final de los tiempos. Estamos haciendo camino, y por eso todos podemos tener momentos buenos y malos. Y afortunadamente, como decía el Salmo, el Señor es « bueno y clemente, rico en misericordia […] lento a la cólera, rico en piedad y leal». Y nos llena de esperanza ver que da «la ocasión de arrepentirse de los pecados», como decía la primera lectura. Aprovechemos esto. La segunda enseñanza que podemos sacar del evangelio, es que Dios cuenta con nuestra implicación: justamente por eso nos ha hecho a su imagen y semejanza y nos ha dado la libertad; aunque con el riesgo de que, ejerciéndola, podamos caer en el pecado. Por eso, cuando pasamos por momentos difíciles como este tiempo de pandemia que estamos viviendo, más que quedarnos con las preguntas que nos hacíamos al principio tal vez haríamos mejor preguntarnos: «Y ante esta realidad, yo, ¿qué puedo hacer?». Dios cuenta con el esfuerzo de cada uno de nosotros. Y de este esfuerzo personal de cada uno depende de que caminemos en la buena dirección.

Abadia de MontserratDomingo de la XVI semana de durante el año (19 julio 2020)

Domingo de la XV semana de durante el año (12 julio 2020)

Homilía del P. Carles M Gri, monje de Montserrat (12 julio 2020)

Isaías 55:10-11 – Romanos 8:18-23 – Mateo 13:1-23

 

Estimados hermanos, estimadas hermanas:

El hombre abre su interioridad por la palabra. El lenguaje lo pone en comunicación de vida y de amor con los demás. Sin palabra el hombre estaría enclaustrado en la soledad. De manera similar, Dios, cuando ha querido comunicarse, ha roto su lejanía por la palabra.

Esta palabra de Dios es una palabra viva, omnipotente, eterna. Es ella la que en el origen del tiempo ha hecho brotar el mundo de la nada. Y es ella misma quien en la plenitud del tiempo ha obrado nuestra redención. Y es todavía ella la que nos encamina en la Iglesia hacia el encuentro definitivo con el Padre en la gloria de la Jerusalén celestial.

Esta palabra omnipotente, sin embargo, es máximamente respetuosa. La palabra nace espontáneamente con un deseo de benevolencia del corazón de Dios y cae suavemente en el corazón del hombre. Buscar una alianza, un intercambio de amor, un diálogo amistoso y libre. Pero nosotros tenemos, por sorprendente que sea, el poder de rechazarla, de cerrarle la puerta, de despreciarla. Podemos acorazarnos de piedras, cardos, espinas y preocupaciones mundanas, tal como el Maestro nos ha advertido en el evangelio. La palabra omnipotente se ha hecho débil a fin de resguardar intacto el misterio de nuestra libertad. Es lo que nos recuerda la conocida sentencia de Péguy: Dios no quiere ser servido por esclavos, sino que quiere ser amado por hombres libres.

Así pues, hermanas y hermanos, nos encontramos ante la gran oferta gratuita del amor de Dios. Viene para llenarnos de gracia, de luz, de vida y de felicidad. Recibiremos en la medida de nuestra apertura a su palabra. El gran modelo será siempre María, la Virgen fiel. Se dio con generosidad ilimitada a la Palabra. Por eso esta Palabra pudo tomar carne y sangre en sus entrañas virginales y ser oferta para la salvación del mundo.

Ahora, vamos a recibir también nosotros, como María, el Verbo de vida en los dones eucarísticos del pan y del vino. Seamos, pues, generosos en nuestra ofrenda. Entonces, el Señor podrá volver a obrar maravillas en nosotros como hizo en la Madre Virgen y, nuestro mundo, gravemente herido por la pandemia y la crisis económica, podrá encontrar la salvación eficaz de Dios que se da a través de nuestras palabras, obras y actitudes de hombres y mujeres nuevos, regenerados en Cristo Palabra de vida. ¡Que así sea!

Abadia de MontserratDomingo de la XV semana de durante el año (12 julio 2020)

Solemnidad San Benito. Profesiones Solemnes (11 julio 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (11 julio 2020)

Proverbios 2:1-9 – Colosences 3:12-17 – Mateo 19:27-29

 

Que la palabra de Cristo habite entre vosotros con toda su riqueza, escribía el Apóstol a los cristianos de la ciudad de Colosas.

En aquella comunidad, hermanos y hermanas, había tensiones. Algunos creían que con el Evangelio no era suficiente y que había que completar la fe en Cristo con la creencia en unos poderes invisibles, procedentes de ángeles y de astros, que según decían intervenían en el gobierno del universo y en el ámbito religioso. Además, proponían también, como complemento de la fe en Cristo, el retorno a algunas observancias de la Ley de Moisés.

Ante esto, San Pablo les recuerda la libertad que les ha otorgado el bautismo que ha renovado sus vidas y cómo Jesucristo, resucitado y sentado a la derecha de Dios, está por encima de todo y todo está sometido a él, sin que haya ningún poder que esté por encima (Col 3, 1; 2, 6-10). Por eso los exhorta a perseverar viviendo según la palabra de Cristo tal como les fue anunciada cuando llegaron a la fe. Porque Cristo no es un ser mítico sino el Crucificado y el Resucitado que los apóstoles han predicado como único salvador. Si viven así, dejando que Cristo viva en ellos y su palabra se difunda en sus corazones, corresponderán a la elección que Dios ha hecho de sus personas, acogerán su perdón y vivirán unas relaciones fraternas llenas de alegría y de enriquecimiento mutuo.

Que la palabra de Cristo habite entre vosotros con toda su riqueza. San Benito hizo suya esta exhortación del Apóstol y la puso en el centro de su vida. Siguiendo el ejemplo que encontró en los apóstoles, la palabra de Cristolo llevó a dejarlo todo para seguirlo y poder estar siempre con él. Por fidelidad esta palabra, fue a la soledad de Subiaco y allí, dócil a la acción del Espíritu, interiorizó la Palabra de Dios, luchó contra la adversidad y la tentación, aprendió a conocer su corazón, a encarrilar sus sentimientos, a vivir según el Evangelio y, al constatar las debilidades y las dificultades, a «no desesperar nunca de la misericordia de Dios» (RB 4, 74). Esto lo preparó para acoger a los que lo iban a buscar para pedirle consejo y quienes querían compartir la vida con él haciendo comunidad. Tanto en el principio en Subiaco como en la plenitud de Montecassino, vivió e inculcó a los discípulos las recomendaciones del Apóstol que hemos oído en la segunda lectura, haciendo que la palabra de Cristohabitara cada día en él y en los hermanos con toda su riqueza. Sabía que «habitar» significa acogerla en el corazón, dejar que arraigue, perseverar en profundizarla, rumiarla; significa hacerla vida cada día más intensamente hasta que la imagen de Jesucristo se vaya reproduciendo en cada uno por obra del Espíritu Santo. De esta manera se llega a tener, como dice el Apóstol, los sentimientos que corresponden a los escogidos de Dios que él ama y quiere llevar a la santificación. San Benito fue creciendo en el amor a Dios y a los hermanos y llegó a la cumbre de la santidad. Por eso hoy celebramos que haya recibido el que Jesús, como hemos oído en el evangelio, prometió a todo el que por su nombre lo dejara todo: poseer la vida eterna y participar de su gloria. Como testamento, san Benito dejó escrita una Regla para monjes, en la que pone la palabra de Cristo, que en un sentido amplio es toda la Palabra bíblica, como centro de la vida de la comunidad, como base de la oración, como luz que guía el proceso personal de crecimiento, como sabiduría de vida que orienta las relaciones fraternas y las actividades de cara al exterior del conjunto de la comunidad y de cada monje en particular. Toda la Regla encamina hacia la identificación con Jesucristo, hacia hacer vida la Palabra de Dios, hacia el logro de la libertad interior y del amor auténtico.

Los seguidores de san Benito nos alegramos de su glorificación y queremos dejarnos guiar por el magisterio que nos ha dejado en su Regla, sabiendo que si seguimos el camino que nos indica, podremos llegar al lugar glorioso donde él ha llegado. Así lo han hecho miles y miles de hombres y mujeres a lo largo de los siglos y en diversos lugares geográficos, gozosos de «no anteponer nada al amor de Cristo» (RB 4, 21) y de vivir en comunidad sostenidos por los hermanos (cf. RB 1, 4-5) para servir así a la Iglesia y la humanidad. Desde hace casi mil años esto se procura vivir también en esta Casa de la Virgen en Montserrat.Que la palabra de Cristo habite entre vosotros con toda su riqueza. Es lo que deseamos a los dos monjes, los HH. Xavier y Jordi, que hoy hacen la profesión solemne, se vinculan a nuestra comunidad y reciben de Dios y de la Iglesia la consagración monástica. Si guardan la palabra de Cristo en el corazón, como han ido aprendiendo a hacer durante el tiempo de la iniciación monástica, verán que su vida va cambiando; que si se dejan guiar por la Palabra y sostener por el Espíritu Santo, si se dejan llevar por el amor de Cristo, lo que antes les costaba, va siendo más fácil (cf. RB 7, 68-70). La palabra de Cristo les enseñará a crecer en la humildad, en la paz, en la paciencia, en la compasión, en el amor hacia los demás y en el servicio monástico a la misión de Montserrat; y podrán ayudar a los demás con la sabiduría que viene de la palabra de Cristo interiorizada en su vida de monjes. Por ello, una vez hayan manifestado su compromiso de vivir para siempre como monjes en nuestra comunidad, todos nosotros rezaremos intensamente por ellos, para que «conformen su vida a la doctrina del Evangelio, que sean firmes en la fe, que tengan el gusto de las Escrituras, que sean hombres de oración, que estén llenos de sabiduría y sean humildes» (cf. Ritual). Dicho de otro modo, rezaremos intensamente para que la palabra de Cristo habite en ellos con toda su riqueza.

Alabemos a Dios por el don de estos dos hermanos monjes que hace a nuestra comunidad, que es también un don para la gran familia montserratina de los escolanes, de los oblatos, los cofrades, de los amigos de nuestro monasterio, de todos los que subís a Montserrat. Que es, de modo similar, un don para toda la Iglesia extendida de oriente a occidente y para toda la humanidad, que el corazón del monje debe llevar siempre en la oración y en su solicitud.

Abadia de MontserratSolemnidad San Benito. Profesiones Solemnes (11 julio 2020)

Domingo de la XIV semana de durante el año (5 julio 2020)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (5 julio 2020)

Zacarías 9:9-10 – Romanos 8:9.11-13 – Mateo 11:25-30

 

Estimados hermanos y hermanas,

El evangelio que acabamos de proclamar toca de lleno el misterio de la revelación de Jesús. Al contrario de lo que se podría esperar en la lógica humana, Dios se revela en lo pequeño, en todo lo que a los ojos de los hombres no tiene valor ni es eficaz. Y aun, ante tantas formas de cansancio que viven los hombres de todos los tiempos, Jesús ofrece una alternativa liberadora.

Dejándonos invadir por la simplicidad y la belleza del texto encontramos a Jesús manifestando sus sentimientos más íntimos, es decir, aquellas pequeñas cosas que son la razón de su vivir y de su ser. Se trata de sentimientos pequeños, que expresan su entusiasmo por la revelación de que el Padre hace al corazón de los sencillos, a la gente iletrada o personas que, a pesar de ser ilustradas, viven con el corazón atento a Dios. Jesús se entusiasmó también porque el Padre le ha revelado a él mismo todos los secretos de su corazón.

Cuando alguien nos abre su corazón, lo recordamos siempre como un momento denso, importante en nuestra relación con esa persona. Jesús, al manifestarnos sus sentimientos, nos permite adentrarnos no sólo en el camino de su seguimiento sino en su propia vida. Acoger la confidencia del amigo nos compromete y nos desinstala de nuestras seguridades.

¿Cómo podemos ser discípulos de Jesús, en la vida de cada día, entrelazada por tantas obligaciones, con fatigas de todo tipo, con urgencias que no tienen nada que ver, a primera vista, con lo que Jesús nos pide?

Ser discípulos de Jesús, pide, por nuestra parte, un corazón agradecido y maravillado, a fin de poder captar con ojos nuevos cómo en las pequeñas cosas de nuestra vida, cargada de menudencias y limitaciones, se revela el misterio siempre inefable de Dios. Aun siéndolo por naturaleza, necesitamos no tener miedo de ser pequeños ante Dios. Necesitamos reconocer nuestra pequeñez para darnos cuenta que podemos y tenemos necesidad de descansar en Él nuestras angustias, ya que Él nos enseñará a ser pacíficos con nosotros mismos, a no crisparnos cuando no se realizan nuestros deseos, a comprender que las relaciones humanas necesitan siempre y en todo momento un plus de ternura y de comprensión.

Para seguir a Jesús, necesitamos confiar en su palabra, una palabra que es capaz de devolver al corazón de los hombres la paz y la serenidad. «Venid a mí, todos los que estáis cansados ​​y agobiados». Todos sabemos sobradamente qué significa estar cansado. Jesús nos dice que él nos hará reposar. ¿Cómo? «Tomad mi yugo». La promesa que nos hace no es de quitarnos el trabajo ni la carga, sino que nos dice que su yugo es suave y su carga ligera. Jesús nos llama una vez más a asumir con responsabilidad nuestra propia condición personal y también las múltiples y complejas situaciones de nuestro tiempo. No de forma estoica, sino desde la experiencia del amor y del agradecimiento. El amor vuelve suaves las cosas duras, y ligeras las pesadas; el amor hace que sintamos a medida lo que sin amor nos estorba muchísimo.

Esta invitación de Jesús a reposar en él es para nosotros de una gran actualidad, ya que si habitualmente el cansancio está presente en nuestra vida, hoy, dondequiera que miramos constatamos mucho cansancio provocado por la pandemia que aún vivimos. Un cansancio que toma formas muy diversas: el personal sanitario y el personal esencial de todo tipo que han trabajado hasta el agotamiento, y no siempre debidamente reconocidos; las personas de todas las edades que han sufrido maltrato, falta de recursos y vejación debido al confinamiento; quienes lo han perdido todo; y aun, todas las víctimas de las pandemias del hambre, de la exclusión social, los desplazados…

Quienes queremos ser seguidores de Jesús tenemos que hacer como él, ofrecer a los que nos rodean, a quienes están cansados ​​de nuestro entorno, unas actitudes y unos gestos que aligeran su sufrimiento. Si se puede y lo permite la situación que vivimos, no se trata de hacer cosas grandes,  sino que se trata simplemente de que los demás se encuentren bien bajo nuestra mirada para poder abrir el corazón y exteriorizar su sufrimiento, que sepan que cualquiera que sea su situación personal no serán juzgados, ya que sólo Dios conoce el fondo del corazón humano.

Se trata aún, si se quiere, de dar un poco de nuestro tiempo a fin de ayudar a que los demás no vayan tan agobiados: en casa, el trabajo, en las familias, en las comunidades,… Se trata, en definitiva, de ser iconos de la ternura de Dios, que se ha revelado en Jesús y en todo lo que es pequeño. Seguro que estos pequeños gestos no serán noticia, pero hoy y siempre, hermanos y hermanas, somos invitados a hacerlos, ya que las consecuencias de la Covid-19 nos empujan a estar muy atentos a las personas y a las situaciones que nos rodean, también a las que cada uno ha vivido a nivel personal para no tener miedo de pedir ayuda. Cierto, los pequeños gestos no serán nunca noticia, pero también es cierto que una vez más manifestarán las maravillas que Dios lleva a cabo a través nuestro. Estemos seguros: todos, absolutamente todos, necesitamos dar y recibir pequeños gestos que hagan más humana y llevadera la vida y en concreto este tiempo.

La pequeñez del pan, que a muchos todavía falta, y del vino de la Eucaristía que estamos celebrando son la prenda.

 

Abadia de MontserratDomingo de la XIV semana de durante el año (5 julio 2020)

Solemnidad de Sant Pedro y San Pablo (29 junio 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (29 junio 2020)

Hechos de los Apóstoles 12:1-11 – 2 Timoteo 4:6-8.8-11 – Mateo 16:13-19

 

Estimados hermanos y hermanas: Hoy celebramos el martirio de los dos grandes apóstoles San Pedro y San Pablo. Es el día en el que sellaron con la sangre su adhesión a Jesucristo.

San Pedro había dicho a Jesús resucitado, cerca del lago de Galilea: Señor, tú sabes que te quiero (Jn 21, 15-17). Pero es en el momento del martirio que este amor es total y definitivo. San Pablo tenía una convicción profunda: Cristo, el Hijo de Dios, me amó y se entregó a sí mismo por mí, por eso vivo mi vida en la fe en el Hijo de Dios (Ga 2, 20), porque el amor del Cristo nos apremia (2C 5, 14). Pero, es, también, en el momento del martirio cuando corresponde plenamente al amor que Jesucristo le ha tenido y que expresa de una manera radical el amor que él ha tenido a Cristo.

El martirio de estos dos grandes apóstoles constituye el inicio de su participación plena en el misterio pascual de Jesucristo, constituido por su muerte y su resurrección.

La primera lectura, tomada de los Hechos, nos narró uno de los encarcelamientos que sufrió San Pedro. Este fue por orden del rey Herodes que lo quería condenar a muerte. Pero, tal como hemos oído, el Señor lo liberó. La narración tiene como trasfondo la pascua del pueblo de Israel, en la que fue liberado de Egipto, y la pascua de Jesucristo. Incluso cronológicamente nos decía que Pedro fue encarcelado en las fiestas de la Pascua judía, entorno, pues, de las mismas fechas de la muerte y la resurrección de Jesús. Pedro estaba atado fuertemente y bien custodiado por soldados en el lugar más seguro de la prisión, rodeado por la oscuridad de la noche, lo que nos recuerda a Jesús en la oscuridad del sepulcro bien cerrado y custodiado, también, por soldados. Pero una intervención divina llena de luz el espacio oscuro y libera a Pedro. El ángel le dijo levántate con una palabra que en griego equivale a «resucita». Este hecho de alguna manera anticipa simbólicamente la participación de Pedro en la Pascua de Jesucristo. Ciertamente, es una salvación de la muerte sólo temporal, pero muestra la solicitud que Dios tiene por quienes se han hecho discípulos de Jesucristo y la gloria futura que les es promesa.

También más adelante San Pablo vivió un episodio similar, según el mismo libro de los Hechos. El encarcelamiento de Pedro que hemos leído, tuvo lugar en Jerusalén, Pablo junto con Silas, compañero suyo de evangelización, fue encarcelado una de las veces en la ciudad de Filipos, capital de la Macedonia romana. De manera similar ellos dos fueron encerrados en el lugar más seguro de la prisión, bien atados con cadenas y custodiados por guardas. También por la noche, mientras todo estaba oscuro, una intervención divina les desata las cadenas y los liberó, anticipando como en el caso de Pedro, su participación definitiva en la pascua de Jesucristo (cf. Hch 16, 25-34).

Los apóstoles, vigorizados con el don del Espíritu Santo, vivían estas situaciones por amor a Cristo, para difundir el Evangelio. Y las vivían con alegría. En el caso de Pedro, el Libro de los hechos de los apóstoles nos dice que él y los otros apóstoles se alegraban de ser ultrajados y de sufrir a causa del nombre de Jesús (cf. Hch 5, 41); les alegraba poder participar de los sufrimientos de Cristo para que así, cuando él revelara su gloria podrían alegrarse, también, llenos de alegría (cf. 1 P 4, 14). De igual manera Pablo, que se sentía espoleado por el amor de Cristo (2C 5, 14), se complacía en las persecuciones y en las angustias por Cristo (2C 12, 10), y podía escribir: yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús (Gal 6, 17), en referencia a las cicatrices de las flagelación y de los bastonazos que había sufrido varias veces.

San Pedro y San Pablo vivieron de un modo eminente, como correspondía también al ministerio eminente que habían recibido en la Iglesia, lo que había anunciado Jesús: os detendrán y os perseguirán, os arrestarán en las cárceles, y os harán comparecer  ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre. Esto os servirá para dar testimonio (Lc 21, 12-13). Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía.  Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en el cielo (Mt 5, 11-12). Es que el discípulo de Jesús debe recorrer el mismo itinerario espiritual de su Maestro y debe vivir el misterio de muerte y de resurrección en su vida través de las vicisitudes de la existencia, de las incomprensiones y del sufrimiento que le puede venir de tantas maneras. Así el discípulo de Jesús podrá llegar a participar para siempre de su pascua. San Pedro y San Pablo son para nosotros unos testigos de cómo la fe y el seguimiento de Jesucristo comportan una dimensión de cruz, y de cómo el amor y la esperanza permiten que sea vivida en paz y con alegría. Esto nos anima a ir a fondo en nuestra vivencia del Evangelio y no desfallecer en el testimonio a pesar de las dificultades y las incomprensiones.

También en nuestras vidas vivimos una anticipación de la pascua cada vez que vencemos el mal con el bien, cada vez que ayudamos a los demás, cada vez que hagamos las paces, cada vez que, por gracia, superamos el pecado que nos asedia, cada vez que perseveremos en la fidelidad a pesar de las dificultades, cada vez que sufrimos por causa del Evangelio y no desfallecemos en el amor …

Por otra parte y de acuerdo con la palabra de Jesús, no podemos soñar con un mundo en el que los cristianos podremos vivir siempre con tranquilidad. Esto puede ser posible por un tiempo, en un lugar concreto, porque las dificultades no son siempre iguales en todas partes. También ahora hay lugares de la geografía donde los cristianos son perseguidos o se encuentran en graves dificultades, porque siempre habrá poderes políticos, económicos o mediáticos para los que el cristianismo será un estorbo y lo querrán eliminar o al menos debilitar y ridiculizar. Pero sabemos que en las dificultades el Espíritu Santo es la fuerza del cristiano (cf. Lc 12, 11-12). Y esto nos alienta a dar testimonio sin desfallecer.

Hemos sentido que, mientras Pedro estaba en la cárcel, la comunidad eclesial oraba por él. Hoy, en la solemnidad de los dos grandes mártires de Roma, la Iglesia católica extendida de Oriente a Occidente (cf. Pasión de los Sts. Fructuoso, Augurio y Eulogio) ruega por el sucesor de Pedro, el Papa Francisco. Desde hace tiempo, es atacado desde varios sectores incluso dentro de la Iglesia. Se puede sintonizar más o menos con su forma concreta de hacer y de decir; también San Pedro y San Pablo experimentaron tensiones entre ellos por su manera diferente de ver las cosas (cf. Ga 2, 11-16). Pero la Iglesia de Roma es la Iglesia que, como afirma, ya en el s. II, San Ignacio de Antioquía, «preside todas las demás en la caridad»; y como dice, también en el mismo s. II, San Ireneo, «es necesario que todas las Iglesias estén en armonía con esta Iglesia» (cf. Comisión internacional católico-ortodoxa, Documento de Rávena, 41). Por eso el obispo de Roma es vínculo de unidad, de comunión y de paz entre todas las Iglesias. Y la comunión con su persona y con su misión pastoral es un elemento integrante de la vida eclesial y, por tanto, de nuestra vivencia como miembros de la Iglesia (cf. CEC 881-882). Debemos rezar por Francisco, tal como lo pide constantemente él mismo, y debemos acogerlo con espíritu de fe.

Que por la gracia de esta eucaristía nos sea dado perseverar en la fe de los apóstoles hasta el día que podremos participar plenamente, también nosotros, de la pascua de Jesucristo.

Abadia de MontserratSolemnidad de Sant Pedro y San Pablo (29 junio 2020)

Domingo de la XIII semana de durante el año (28 junio 2020)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (28 junio 2020)

2 Reyes 4:8-11.14-16a – Romanos 6:3-4.8-11 – Mateo 10:37-42

Hemos oído en el evangelio de hoy como Jesús hablaba con los doce discípulos que lo seguían, después de haber explicado su mensaje a mucha gente y que habían visto las obras que Jesús mismo hacía a favor de la gente más necesitada (Mt 8- 9). Después de esto Jesús envió a los discípulos, dándoles su propia autoridad, para continuar en la línea que él había empezado: Jesús les había dicho que tenían que hacer que oyera todo el mundo cómo Dios ama a cada persona, y que lo hicieran con libertad de espíritu, con un estilo de vida sencillo y con una confianza plena en Dios. Es así como podrían transmitir lo que Jesús deseaba para todos.

La misión recibida en nombre de Jesús -en la práctica- era lo que Jesús les había enseñado que, si sabían transmitirlo bien, seguro que muchas personas acogerían su mensaje. Era importante, también, la manera amable de tratar a la gente para ayudarnos a comprender lo que significa una vida abierta a la voluntad de Dios.

Este es, pues, el ambiente del evangelio de hoy: Jesús propone unas indicaciones muy útiles que también nos ayudan a nosotros. Podemos estar seguros de que si mantenemos un buen trato y procuramos comprender a las personas con las que convivimos, lograremos una vida más plena. Si nos ayudamos mutuamente, y trabajamos a conciencia, no hay duda de que encontraremos una plenitud real y concreta en nuestra vida.

El que acoge a los demás, dice Jesús, es como si le acogiéramos a él mismo y también al que lo ha enviado, que es nuestro padre del cielo, que quiere el bien para todos. Es muy entrañable oír a Jesús que «El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

Es con esta normalidad y con esta atención hacia el bien de todos que se hace presente una parte, al menos, del Reino de Dios. No tanto por los resultados obtenidos como por el buen sentido de humanidad, que encontramos en lo que nos dice Jesús: «El que os recibe a vosotros me recibe a mí».

Todo lo que estamos comentando nos sitúa en el momento presente de nuestra vida. Jesús confiaba no sólo en sus discípulos sino también en los que hoy seguimos y compartimos esta celebración. Jesús nos invita a confiar en Dios y sentirnos bien apoyados para velar no sólo para nuestro bien sino también para el bien de todos y de los que más lo necesitan. Jesús confía en nosotros y nos hace capaces de hacer nuestra su enseñanza, que nos facilita un camino a seguir, que puede mejorar mucho la calidad de vida de todo el mundo.

El Papa Juan XXIII escribía en una ocasión: «Mi fuerza es la calma de espíritu frente a las dificultades». Y es que su confianza en Cristo, le ayudaba a encontrar en sí mismo la firmeza y la fuerza tranquila para afrontar los problemas de cada día. Decía también que «todos los que creen en Cristo deben ser, en este nuestro mundo, una chispa de luz, un centro de amor, un fermento que vivifique la masa: y lo serán tanto más, cuanto más, en la intimidad de ellos mismos, vivan en comunión con Dios. De hecho, no se da paz entre los hombres, si no hay paz en cada uno de ellos, es decir, si cada uno de nosotros no instaura en sí mismo el orden querido por Dios».

Para ayudar a que sea así, busquemos sembrar semillas de esperanza que ayuden a devolver la ilusión a este nuestro mundo, a veces atormentado. Pero podemos decir también que: Allí donde no veas esperanza, siembra allí semillas de esperanza, y sacarás esperanza. Que podamos ser, pues, testigos del amor de Dios y disfrutemos de la paz que siempre necesitamos. Una paz que pedimos a Dios pero que entre todos debemos saber construir. Sintámonos, pues, hijos con una perspectiva de eternidad.

Si nos fijamos también en la segunda lectura que hemos escuchado, San Pablo nos recordaba que, por estar bautizados como cristianos, participamos de la muerte y de la resurrección de Cristo. Gracias al poder admirable de Dios Padre, Cristo resucitó de entre los muertos. Y, como nos decía San Pablo, Dios nos da a nosotros poder emprender una vida nueva.

Es cierto, pues, que la vida de cada persona, de los que estamos aquí y de los que nos seguís desde lejos, recibe un apoyo inmenso que nosotros podemos acoger y que vale la pena que queramos acogerla. Así, con la ayuda de nuestro Señor, podemos continuar o emprender una vida siempre abierta y renovada. San Pablo concluía: «consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús».

Que así sea.

 

Abadia de MontserratDomingo de la XIII semana de durante el año (28 junio 2020)

Domingo de la XII semana de durante el año (21 junio 2020)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (21 de junio de 2020)

Jeremias 20:10-13 – Romanos 5:12-15 – Mateo 10:26-33

Hay una emoción inherente a la misma naturaleza humana que nos acompaña desde el nacimiento hasta la muerte: el miedo. Jesús habla de ello en el evangelio. «No tengáis miedo» repite en varias ocasiones y en el breve fragmento que hemos leído hoy lo cita cuatro veces. Desde el libro del Génesis, donde Adán se esconde porque va desnudo y tiene miedo de Dios, hasta nuestros días, el miedo ha estado presente en la historia de la humanidad; incluso ha sido reproducido en los cuentos populares para niños con referencias a personajes malévolos que sembraban la semilla de los terrores infantiles: el hombre del saco, el lobo de Caperucita, el de los tres cerditos, la madrastra … Mitos, supersticiones, leyendas, relatos de ficción, religiones, han alimentado todo tipo de miedos en el sensible mapa de las emociones humanas. ¡Hay tantas de miedos!

Hoy proliferan muchos métodos que quieren ayudarnos a gestionar positivamente nuestro miedo: técnicas orientales de autodominio, relajación y autoconciencia,… Algunas son muy saludables, otros no tanto, pero todas ellas ponen el centro en el individuo y su capacidad de autocontrol: «la paz está en ti, busca tu centro vital, tú tienes la llave de tu felicidad, etc». No digo que no sean efectivas, pero estas técnicas pueden ayudarnos como mucho a vencer la inseguridad, la timidez, la ansiedad… pero no el miedo. El miedo a fracasar, a la incertidumbre por el futuro, a la pérdida de un ser querido, a la enfermedad, al sufrimiento, a la muerte, a lo que nos es desconocido, al inmigrante, al pobre, a ver invadido nuestro espacio, a ver alterada nuestra rutina, el miedo al cambio, el miedo al qué dirán … la lista es interminable pero aun así, el miedo también nos protege de actitudes temerarias y nos hace ser más prudentes y cautelosos, pero también nos limita, nos quita la capacidad de arriesgarnos para progresar y avanzar en nuestra vida, paralizando iniciativas y posibilidades que nos podrían ayudar a crecer y mejorar.

Tras la II Guerra Mundial tuvo gran popularidad la obra de Erich Fromm, un psicólogo norteamericano, de origen judeo-alemán, especialmente por dos libros que llevan por título «El miedo a la libertad» y «El arte de amar”. Este autor estudió a fondo las condiciones psicosociales que permitieron la emergencia del nazismo y las transformaciones que experimentó la sociedad alemana durante este periodo. Encontró en ella un verdadero laboratorio social donde pudo constatar el enorme poder del miedo colectivo como arma de dominación social, debido a la trágica experiencia del régimen nazi, y sus consecuencias. Esto hizo que Erich Fromm llegara a una conclusión muy sutil pero que es avalada por la experiencia histórica: el miedo que subyace bajo el temor social inducido no es un miedo cualquiera sino que en última instancia es un miedo a la libertad. El hallazgo de Fromm fue tan grande que aún hoy su importancia es muy actual y nos viene a decir que las personas, tomadas en grupo y organizadas socialmente, son capaces de renunciar a su libertad si son impulsadas a sentirse amenazadas en la su seguridad. Basta con introducir una percepción de inseguridad o de riesgo real o imaginario en el cuerpo social, para que así sea.

Por poner un ejemplo muy actual, el miedo al coronavirus nos demuestra no sólo que somos frágiles biológicamente sino cómo podemos llegar a ser débiles socialmente y aceptar amenazas progresivas a nuestra libertad que alteren nuestra privacidad de datos, nuestra movilidad, asumiendo un distanciamiento, cambios en nuestros comportamientos, que queramos o no, afectan a la calidad de nuestras relaciones interpersonales. Es así como descubrimos que el miedo no es únicamente una cuestión personal sino que tiene una dimensión colectiva enormemente importante. No se trata ya de saber qué nos asusta, sino que seamos asustados sin que se vea la mano que mueve el espanto; no es que reaccionamos de manera lógica a una amenaza sino que las amenazas, reales o imaginarias, inminentes o potenciales, sean utilizadas en detrimento de nuestros intereses para convertirnos en víctimas, no ya de lo que se supone que nos asusta, sino de los que organizan el miedo colectivo para sacar provecho de nosotros y hacerlo en perjuicio de nuestro bienestar, nuestra paz y nuestra libertad.

Sin embargo, no podemos olvidar como creyentes que Jesús no nos pide renunciar a nuestra libertad y hoy nos vuelve a decir «no tengáis miedo» ni viváis atemorizados vuestra fe en un mundo y una sociedad alejada de los referentes cristianos. Jesús nos invita, como a sus discípulos, a la confianza, más que a la valentía, ya que sólo podemos confiar cuando nos sentimos queridos y como dice el apóstol, «quien nos podrá separar del amor de Cristo? La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la muerte? » (Rm 8,35).

Jeremías también hace de alguna manera esta experiencia. Es muy consciente del peligro, ha probado el sabor amargo de la traición, de la calumnia, del falso testimonio y de la corrupción; pero todo esto ha contribuido a hacer más firme su confianza, y gracias a la prueba, ha conocido la fidelidad de aquel a quien ha confiado su causa.

Las pruebas y contrariedades son para el creyente, como una depuradora de la confianza, es decir, de aquella fe que nos da la certeza de saber de quién nos hemos fiado. Y eso no nos hace vivir bajo el dominio del miedo, sino que, más allá de las aflicciones de la vida, nos hace sentir valientes para anunciar y vivir el Evangelio a plena luz, gracias a la fuerza de Aquel en quien tenemos puesta nuestra esperanza y nos da la libertad de los hijos de Dios.

Abadia de MontserratDomingo de la XII semana de durante el año (21 junio 2020)

Solemnidad de la Santísima Trinidad (7 junio 2020)

Homilía del P. Joan M Mayol, Rector del Santuario (7 juny 2020)

Éxodo 34:4b-6.8-9 – 2 Corintios 13:11-13 – Juan 3:16-18

 

Este pequeño fragmento del evangelio de san Juan, hermanos y hermanas, da para mucho. Es como un gran epílogo a todo lo que hemos estado celebrando a través del año litúrgico hasta ahora, marcándonos las líneas de fondo que deben orientar tanto nuestra vida interior como nuestro testimonio de la fe. Es un texto fino que nos deja intuir la intimidad del misterio de la vida de Dios que es también para todos los hombres de hoy gracia humanizadora, amor liberador y don vivificante del espíritu.

Dios, en Jesús, continúa ofreciendo a todos, el camino, la verdad y la vida. Jesús ha vivido de tal manera la vida humana que se ha convertido para todos los tiempos en el referente universal. Jesús, llevado por el Espíritu Santo, ha vivido con una total libertad la obediencia al Padre y lo ha hecho para que perdure eternamente en nosotros, como en Él, la calidad de vida, una calidad de vida que, si nos descuidamos, el pecado puede marchitar y sumir en la tristeza del sin sentido. El evangelio es una clara alerta positiva para preservar y potenciar la calidad de la vida divina que todos llevamos en nuestro corazón, una alerta a no banalizar el hecho de la fe, porque creer o no creer no es indiferente.

Si creemos en Jesús, y aquí creer no significa tener por sabido quién es y qué dice sino más bien hacer caso de sus palabras, hacemos ya de la vida presente, a pesar de sus limitaciones, un comienzo de plenitud parecido a como el Señor mismo comenzó a hacer sembrando, en su momento histórico nada fácil el bien, la paz y la esperanza. Creer, en este sentido, es ya empezar a participar de la salvación.

No creer, nos ha dicho el evangelio, es estar condenado. Ciertamente, no querer creer en el Hijo único de Dios, es decir: no hacer caso deliberadamente de sus palabras dirigidas a todos supone, para todos y todas, condenarse a no llegar nunca a reconocernos como hermanos sino más bien a tratarnos como rivales sino enemigos. En este sentido, ¿cómo no unirse a la protesta generalizada por la detención brutal y el homicidio impune del afroamericano George Floyd? Es un caso concreto, pero puede ejemplificar lo que la manera occidental globalizada de vivir lleva a tantas personas que quedan al margen del sistema: a no poder respirar, a no poder vivir dignamente. Este es el mundo del que se excluye a Dios. ¿Es este el mundo que queremos? Es parte del mundo que ahora mismo estamos construyendo, un mundo, lo sabemos, donde demasiado a menudo la legalidad se impone por encima de los derechos más fundamentales. Volviéndose de espaldas a Dios, despreciando sus palabras, es mucho lo que nos jugamos.

Creer, admitir la palabra de Jesús, no será vivir como sin problemas, pero no olvidar el ideal hacia el que esta palabra nos dirige, nos ayudará a no aceptar como normales conductas y actitudes que terminan haciéndonos daño a todos y perjudican siempre, más, a los más pobres. Cuando la fe contempla la belleza de Dios y la de su proyecto de amor sobre los hombres y ve en que la estamos convirtiendo ahora mismo, siendo propuesta no puede dejar de convertirse en denuncia, es gemido pero no amargura; supone una lucha, pero descartando toda violencia; urge a la solidaridad pero rechaza todo paternalismo.

Nadie está libre de culpa. Creer, implica para uno mismo, una constante conversión a este Dios que, por el Espíritu, en Jesús, se nos ha revelado como amor, perdón y acogida. El misterio de la Trinidad, sorprendentemente, se nos revela como el icono de nuestra realidad más profunda.

Creada a imagen del Padre, la persona está hecha para amar. No encontrará la paz cerrándose en sí misma prescindiendo de los demás, sólo hará experiencia de paz y de alegría compartiendo con los demás lo mejor que lleva en las entrañas.

El hombre y la mujer, creados a imagen de Jesús, están llamados a vivir, como Él, en la reciprocidad, acogiendo el amor de Dios y dándose a Él. ¿Tanto individualismo, no nos está convirtiendo, incluso entre abuelos, padres, hijos y hermanos, en extraños, desligados de todo, forasteros unos de otros, condenados a un confinamiento individual perpetuo? Una convivencia sin conflicto es imposible, pero negarse a vivir el perdón es matar la esperanza de una convivencia verdaderamente humana. Sin el perdón no puede haber gozo, ni paz ni alegría.

Porque como bautizados llevamos el Espíritu del Padre y del Hijo, estamos llamados a vivir creando unidad, viviendo, como servidores humildes, el misterio de la comunión divina que eleva la calidad espiritual y ennoblece la convivencia humana.

El apóstol nos proponía con el saludo litúrgico de la segunda lectura tres actitudes básicas para vivir así en paz y bien avenidos: dejar actuar la gracia de la palabra de Cristo en nosotros, acercarnos con agradecimiento al amor fiel de Dios, y aceptar de vivir según el Espíritu, no como una imposición sino como un don reiterado, como un regalo para la misma vida que experimenta el gozo de Dios dentro y fuera de sí.

Creer en Jesús no es una cuestión personal menor o socialmente marginal, creer o no creer afecta a la convivencia humana o bien abriéndola a la libertad comprometida del amor o bien condenándola a la servidumbre del propio egoísmo.

Como hemos visto en el fragmento proclamado del libro del Éxodo, Dios no nos abandona en nuestras miserias; Dios no quiere la muerte del pecador, lo que quiere es manifestar su amor de una manera aún más profunda y sorprendente precisamente ante la misma situación de pecado en que vivimos para ofrecernos siempre la posibilidad real de la conversión y del perdón que renuevan la vida. También hoy, en medio de nuestras infidelidades, Dios, en Jesús, su Hijo único, mediante el Espíritu Santo, continúa haciéndose presente como amor compasivo y misericordioso, lento a la ira, fiel en el amor. Es soberanamente libre, mucho más terco en el amor que nosotros en el pecado, incomprensiblemente fiel, adorablemente sorprendente: no nos queda otra: adorar, agradecer y amar.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Santísima Trinidad (7 junio 2020)

Jubileo monástico del P. Ramon Ribera (1 juny 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (1 junio 2020)

Memoria de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia.

Génesis 3:9-15 – Juan 19:25-34

Mujer, ahí tienes a tu hijo. Esta frase, hermanos y hermanas, es la base de la celebración de Santa María como Madre de la Iglesia. El Papa Francisco, desde hace tres años, estableció que el lunes después de Pentecostés se hiciera memoria de la maternidad espiritual de la Virgen sobre todos los discípulos de Jesús. Es una consecuencia de un hecho anterior. El Papa Pablo VI, al final de la tercera sesión del Concilio Vaticano II, declaró María «Madre de la Iglesia», es decir, de todo el pueblo cristiano, fieles y pastores.

Recordemos brevemente este pasaje de la escena evangélica que hemos escuchado. Jesús, antes de morir, desde la cruz deja un testamento de amor a su madre y al discípulo amado. Pide a María que acoja en su solicitud maternal a este discípulo y a este discípulo le da María por madre y con ello le pide que tenga una actitud filial hacia ella. Pero la comprensión de la Iglesia ve un alcance más amplio en este testamento de Jesús. Se da cuenta de que este discípulo personifica a todos los discípulos de Jesús, los de la primera hora y todos los que lo serán a lo largo de los siglos. Este discípulo personifica, por tanto, la Iglesia, que es la comunidad que reúne a todos los discípulos de Jesús. Y, con una perspectiva más amplia, personifica a la humanidad entera. A todos nos ha sido dada María como Madre. Y ella nos recibe como hijos y acoge la misión de cuidar de todos los que Jesucristo ha engendrado en la cruz entregándoles el Espíritu Santo. María se convierte así, cerca del nuevo árbol del nuevo paraíso, que es la cruz (Gn 2, 17), en la nueva Eva, la madre de todos los que viven (cf. Gn 2, 20). Esta misión maternal, María la empezó a ejercer desde los primeros inicios de la comunidad cristiana, cuando ella junto con los apóstoles y otros discípulos de Jesús perseveraban en la oración en espera del don del Espíritu Santo. María ejerció esta nueva misión de la maternidad confiada por su Hijo, orando, haciendo comunidad, amando y sirviendo, testimoniando la vida de Jesús en medio de los que estaban reunidos en aquella casa de Jerusalén (Hch 1, 12-14). Adán dijo a Dios, según hemos escuchado en la primera lectura: La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí (Gn 3, 12). María, en cambio, la mujer puesta al lado de Jesús, y enemistada radicalmente con el poder del Mal, en su misión maternal nos guía hacia la vida nueva que brota del costado abierto de Jesús. Esta maternidad espiritual de María se hace presente cada día en esta casa de Montserrat, ella acoge y consola a todos quienes la invocan para llevarlos a Jesús.

El testamento de Jesús en la cruz, encarga una nueva misión a su Madre que abarca a todos los discípulos, a todo el pueblo cristiano. Y esta misión de María continúa después de su Asunción al cielo, desde donde sostiene el pueblo cristiano que peregrina en la tierra y a toda la humanidad con su oración de intercesión y con su solicitud llena de misericordia y portadora de esperanza. Es Virgen y Madre de la Iglesia.

Ahí tienes a tu madre. Pero el testamento de Jesús también encarga una nueva misión al discípulo amado. En un signo de confianza, le es dada María porque con amor filial la acoja, no sólo físicamente en su casa, sino también y sobre todo en lo más íntimo de sí mismo. Tal como he dicho antes, este discípulo representa a todos los discípulos de Jesucristo, a toda la Iglesia. En él, pues, Jesús nos da su madre como madre nuestra y nos llama a acogerla en lo más íntimo de nuestra vida interior. Y esto quiere decir imitarla en el modo de acoger la Palabra de Dios llena de apertura del corazón y de amor agradecido, significa poner toda nuestra existencia al servicio de la voluntad de Dios, dejar que Jesucristo crezca en el nuestro interior para identificarnos cada vez más con él, significa servir a los demás con amor, ver la historia con los ojos de la fe en el Dios que la lleva, testimoniar la esperanza de la plenitud futura. Y, para poder hacerlo a pesar de nuestra poca cosa, significa invocar María y confiar en su solicitud maternal.

Le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. A Jesús, después de haber cumplido todo lo que decía la Escritura y de haber entregado el Espíritu, la lanzada de un soldado le abrió el costado y en brotó sangre y agua.Más allá de la explicación natural que esto puede tener, la mirada contemplativa del evangelista ve una realidad más profunda. A partir de la enseñanza de Jesús, el agua evoca el don del Espíritu Santo (cf. Jn 7, 37-38) y la sangre, la vida eterna otorgada, también según la palabra de Jesús, a quienes la beben (Jn 6, 53-55). Espíritu y vida que son comunicados a los creyentes a través de los sacramentos, sobre todo a través del bautismo y la confirmación y de la Eucaristía, que son los que dan vida a la Iglesia. La muerte de Jesús no es el final de una existencia. Es el nacimiento de una vida nueva. Por ello podemos hacer un paralelo con el libro del Génesis; allí Eva, la esposa, sale del costado de Adán dormido (cf. Gn 2, 21-22). Aquí, la Iglesia, esposa de Jesucristo, el nuevo Adán, nace, gracias a los sacramentos, de su costado abierto mientras duerme en la cruz. Los nuevos discípulos estimados dados a María como hijos nacemos, pues, a la vida cristiana del costado abierto de Jesús.

La memoria de Santa María, Madre de la Iglesia, nos hace entender que la vida cristiana debe estar arraigada en el misterio de la cruz, unida a la oblación que Jesucristo hace de sí mismo al Padre y ayudada por la oración de Santa María, que se unió a la ofrenda de su Hijo; y, por ello, a la misión de ser la madre del Redentor, le fue confiada la de ser madre de los redimidos.

Hoy, lunes después de Pentecostés, se cumplen los cincuenta años de profesión de nuestro P. Ramon Ribera Mariné. Damos gracias junto con él por todos los dones que el Señor le ha hecho durante estos años de vida monástica y por todo el bien que ha hecho a través de él a favor de tantas personas, particularmente a través de la difusión de la Palabra de Dios y del anuncio de Jesús, el Mesías de Israel y Salvador de toda la humanidad. Ahora que renovará su compromiso monástico en el seno de nuestra comunidad, rogamos que cada día más se puedan hacer realidad en él aquellas palabras del salterio: Feliz […] el que ama de corazón la ley del Señor y la repasa de noche y de día (Sal 1, 2); el Señor será su pastor, el hará descansar en verdes praderas junto al agua, y, ni que pase por cañadas oscuras, no tendrá miedo de ningún daño, porque la bondad y el amor del Señor le acompañan y le prometen que vivirá por años en la casa del Señor (Sal 22, 1-4.6).

 

Abadia de MontserratJubileo monástico del P. Ramon Ribera (1 juny 2020)

Solemnidad de Pentecostés (31 mayo 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (31 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 2:1-11 – 1 Corintios 12:3-7.12-13 – Juan 20:19-23

Queridos hermanos y hermanas: ¡es la Pascua granada! Rebosante de los frutos del Espíritu otorgados a la Iglesia en beneficio de toda la humanidad. Todos estos dones son fruto de la Pascua de Jesucristo, por eso el Evangelio que acabamos de escuchar nos ha llevado a la tarde del día de Pascua, el primer domingo de la historia. El día en que el Señor se alegró contemplando lo que había hecho, la hazaña que había obrado (cf. Sal responsorial).

Jesús se pone en medio de los discípulos y les dice por dos veces: Paz a vosotros. Que lo diga dos veces indica que se trata de algo importante. Efectivamente, la paz, como plenitud de vida, es el don mesiánico por excelencia, el don que el Dios de la paz hace a la humanidad como uno de los frutos del Espíritu que el Señor, en la cruz, va entregar al momento de morir (cf. Jn 19, 30). La paz que da Jesucristo no es tanto ausencia de tensiones y de conflictos como una serenidad interior, en el fondo del corazón, nacida de la fe de sabernos perdonados y amados entrañablemente por Dios; y es fruto, también, de la confianza que Jesucristo trae a la historia de las personas y a la historia de la humanidad hacia caminos de liberación, de salvación y de plenitud. La paz de Jesús, que es don del Espíritu, hace entrar su Luz en nuestro interior para vernos a nosotros mismos, para ver los demás y todo lo que nos rodea desde la perspectiva de la victoria pascual de Jesucristo. Y, al mismo tiempo, este don nos abre a los demás para ser portadores y artesanos de paz (Mt 5, 9). Esta paz hay que nutrirla, sin embargo, con la oración y con el amor a todos. Por ello, la paz de Jesucristo puede persistir a pesar de las dificultades; tal como dice en el Evangelio según San Juan: en mí encontrareis la paz. En el mundo tendréis tribulaciones, pero confiad: yo he vencido al mundo (cf. Jn 16, 33). Al hacernos el don de la paz, el Señor se alegra contemplando lo que ha hecho.

Después de darles la paz, Jesús -tal como se hemos oído- sopló sobre los discípulos para significar que hacía una nueva creación y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Dios, según el relato del libro del Génesis, había alentado para infundir el espíritu de vida al primer hombre (cf. Gn 2, 7) y ahora el Cristo resucitado sopla sobre los discípulos para comunicarles la vida del Espíritu. Y este don hecho a los discípulos la tarde de Pascua, tiene un estallido de vida y de gracia en el día de Pentecostés que llega a todos los que creen en Cristo, tal como hemos escuchado en la primera lectura. Jesús comunica el Espíritu Santo para perdonar los pecados, para perdonar nuestras opciones contrarias a la voluntad amorosa de Dios, nuestros comportamientos malos. Jesús les confiere el ministerio de perdón que él había ejercido durante toda su existencia mortal (cf. Mt 9, 1-8.), Lo hace como fruto del don de su vida hasta la muerte y de su sangre derramada en la cruz. Gracias a Jesucristo y al Espíritu, los cristianos nos sabemos perdonados y reconciliados con Dios Padre; nos sabemos animados por la vida del Espíritu que nos infunde coraje, nos consuela, nos protege ante el mal, nos lleva hacia el conocimiento de la verdad (cf. Jn 14, 15-17.26; 16, 13). Y esto nos es fuente de alegría, de riqueza espiritual y de compromiso a imitar Dios perdonando siempre que sea necesario y favoreciendo la vida y el bien de los demás. Si lo hacemos así, el Señor se podrá alegrar contemplado lo que ha hecho.

Vigorizados ya por su paz y llevados por el Espíritu Santo, Jesús confía una misión a los discípulos y a todos los que por el bautismo serán sus continuadores, también a nosotros, pues. Dice: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Son, y somos, enviados a testimoniar a Jesús y continuar su obra. Por eso, como decía San Pablo, en la primera lectura, el Espíritu distribuye en la Iglesia dones diversos a cada uno de los bautizados para que sirvan al bien de todos. La misión que Jesucristo encarga a sus discípulos y a toda la Iglesia, prolonga la misión que el Padre le ha confiado a él. El Espíritu será la fuerza que, a través del testimonio y de la acción de los cristianos, transformará los corazones en orden a transformar el mundo según las enseñanzas de Jesús. Así el designio divino de amor hacia toda la humanidad se podrá ir haciendo realidad. Ser enviados por Jesucristo con la fuerza del Espíritu es nuestra grandeza y nuestra responsabilidad. Dios confía en nosotros para la difusión de su mensaje radicalmente liberador y salvador. Si nos dejamos llevar por el Espíritu en esta tarea, puede que constatemos que se crea una sintonía entre nuestro anuncio y los deseos más profundos del corazón de quienes nos vean o nos escuchen, como ocurrió a la gente que fue testigo del primer Pentecostés. Así, el Señor se podrá alegrar contemplando lo que ha hecho.

Jesús resucitado, como la noche de Pascua de la que nos ha hablado el evangelio, no cesa de venir en medio de los suyos. Fruto de la acción del Espíritu Santo sobre el pan y el vino, estará presente en el sacramento eucarístico para darnos vida. Y, por la participación del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Espíritu actúa para unir en un solo cuerpo todos los que formamos esta asamblea y toda la Iglesia extendida de oriente a occidente (cf. plegaria eucarística II). Es la consecuencia de lo que oíamos de San Pablo en la segunda lectura: todos nosotros, seamos del linaje que seamos, hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo. Y, además, todos los bautizados estamos habitados por el mismo Espíritu; su presencia en nuestro interior satisface nuestra sed existencial más profunda.

El evangelio nos decía que los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Nosotros nos alegramos de tenerlo entre nosotros por la acción del Espíritu. Ojalá que también el Señor pueda alegrarse, tal como decía el salmo, contemplando lo que ha hecho. Lo que ha hecho por medio del Espíritu en la Iglesia, en nuestra asamblea y en cada uno de nosotros. Gloria a Dios por siempre, en esta Pascua granada, por todas sus obras. Que le sean agradables nuestros cantos de júbilo y de agradecimiento.

Abadia de MontserratSolemnidad de Pentecostés (31 mayo 2020)

Solemnidad de la Ascensión del Senyor (24 mayo 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (24 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 1:1-11 –  Efesios 1:17-23 –  Mateo 28:16-20

 

No, hermanos y hermanas. No hay contradicción entre la primera lectura y el Evangelio que acabamos de escuchar. La primera lectura, del libro de los Hechos, decía que Jesús lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Y, en cambio, el evangelio decía: yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.Parece que pueda haber una contradicción, porque por un lado se nos dice que una nube se lo quitó de la vista y, por otro, que continuaría en medio de ellos y que continuará están con sus discípulos a lo largo de la historia, todos los días hasta el fin del mundo.

La nube y el hecho de perderlo de vista, es una manera de decir que Jesús entra en una nueva realidad. Como decimos en el Credo, «por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo […] y se hizo hombre», él estaba con Dios desde el principio (Jn 1, 2). Ahora, en la Ascensión, retorna a Dios; lo decimos, también en el Credo: «subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre». Sentarse a la derecha es una expresión, que también hemos encontrado en la segunda lectura, y que significa que Jesús participa plenamente del señorío de Dios; de la gloria, del honor, de la autoridad, del amor infinito del Padre, en un ámbito divino que no es visible a nuestros ojos humanos. Jesús vuelve a la realidad de antes de hacerse hombre, pero llevando su cuerpo humano y sus heridas gloriosas, porque desde la encarnación ha quedado indisolublemente unido a nuestra naturaleza humana. En el seno de Dios, en lo más íntimo de la esencia divina, tenemos un hermano nuestro en humanidad.

La ascensión, sin embargo, no aleja Jesús de nosotros. Deja de ser perceptible a nuestros sentidos, pero sigue presente en medio de los suyos. De ahí la gran alegría de los discípulos después de la ascensión (cf. Lc 24, 52) y la de la Iglesia (cf. colecta) al celebrarla. La causa de esta alegría es doble. Por un lado porque el Señor y el Maestro ha vuelto a la gloria que le corresponde como Hijo de Dios; y, por otra parte, también porque no nos abandona sino que sigue estando en medio de los discípulos. Y no con una presencia estática. Sino con una presencia activa, curativa, salvadora, portadora de gracia y de vida. Él mismo había dicho antes: no os dejaré huérfanos (Jn 114, 18). Y ahora les dice: yo estoy con vosotros todos los días, haciendo camino a vuestro lado.

Tal como decía el Apóstol en la segunda lectura, Jesucristo actúa en nosotros con su poder, nos comunica la fuerza de la vida nueva que viene de la resurrección, nos  ilumina los ojos de nuestro corazón para que vivamos con la esperanza que también nosotros podremos participar de la riqueza de gloria que nos tiene reservada cuando entremos a participar de la herencia que él nos quiere dar a los santos en la gloria donde él ha vuelto. Así Jesucristo, a lo largo de la historia, va conduciendo su cuerpo que es la Iglesia y a cada uno de los miembros de este cuerpo que somos los bautizados, hacia la plena participación de su vida.

La solemnidad de la ascensión nos hace comprender que la salvación está ya en nuestro interior de bautizados y que se desplegará en plenitud una vez traspasado el umbral de la muerte. Todo por don de Dios gracias a la muerte y la resurrección de Jesucristo. Ser conscientes de ello nos hace vivir con alegría. Pero no nos lo podemos guardar para nosotros solos. Los dones que ya hemos recibido y que recibimos en virtud de la fe y de la gracia de los sacramentos, y la esperanza de la participación futura de la gloria de Jesucristo, deben traducirse en amor a los demás, sobre todo a los que sufren, a los que están tristes, a los que no tienen esperanza. Los dones recibidos y la esperanza que anida en nuestro interior deben traducirse, también, como contribución a construir la sociedad particularmente ahora que la pandemia va disminuyendo entre nosotros y nos encontramos con una crisis económica muy fuerte que tiene numerosas consecuencias a nivel social: crecen los que pasan hambre, los que han perdido el trabajo, los que no pueden llegar a fin de mes, quienes experimentan de un modo u otro la precariedad. Entre todos –agentes institucionales, políticos, económicos, sociales, etc.- tenemos que encontrar la manera de crear una nueva realidad económica y social justa y solidaria. También la Iglesia –que es «experta en humanidad», como dijo San Pablo VI en la ONU-, debe aportar su reflexión sobre temas sociales y económicos y su experiencia, particularmente la vivida en los lugares de mayor pobreza y de más marginación del mundo. Si, como parece, la crisis nos empobrecerá a todos, tenemos que trabajar desde ahora para que no crezcan más las desigualdades.

La ascensión, pues, lejos de evadirnos de la realidad humana, nos inserta plenamente en ella. Desde el bautismo, hemos recibido la llamada a ser continuadores de la misión que Jesús confió a sus discípulos: ser testigos de él con la fuerza del Espíritu Santo, anunciar el Evangelio de la misericordia y de la curación de los corazones, colaborar en construir un mundo justo donde la dignidad de cada persona y de cada pueblo sea respetada y valorada, trabajar para que todos los pueblos conozcan y acojan la persona de Jesucristo y su Palabra. Esta misión la hemos recibido desde el bautismo, pero la tenemos que ejercer toda la vida a nivel individual, hasta donde llegue nuestra irradiación, y a nivel comunitario, eclesial. La presencia de Jesús en nuestro interior de bautizados unida a la vivencia espiritual de la oración nos da luz y fuerza para llevar a cabo la misión recibida. La llamada que nos hace ir hacia la gloria donde él ha llegado, es un estímulo que nos da esperanza.

Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. En la Eucaristía tenemos el momento más intenso de la presencia de Jesucristo resucitado en medio de nosotros. Está presente en la Palabra que hemos proclamado. Está presente en el sacramento de la Eucaristía que nos disponemos a celebrar y recibir. Está presente en cada hermano de nuestra asamblea o que se une a nosotros a través de los medios de comunicación. Acojámoslo, pues, en cada una de estas presencias, con amor y con agradecimiento. Y hagámonos heraldos de su persona y de su Evangelio.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Ascensión del Senyor (24 mayo 2020)

Domingo VI de Pascua (17 mayo 2020)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (17 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 8:5-8.14-17 –  1 Pedro 3:15-18  –  Juan 14:15-21

 

Estimados hermanos y hermanas,

El fragmento del Evangelio que acabamos de escuchar, hay que situarlo en el discurso que Jesús hace en la última cena. Sus discípulos intuyen que al cabo de muy poco tiempo les será tomado y Jesús les habla con una ternura especial. Antes de dejarlos, les quiere hacer ver cómo podrán vivir unidos a Él, incluso después de su muerte. Por eso les asegura que «no les dejará huérfanos ni desamparados». Les enviará su Espíritu y Él mismo, Cristo Jesús, no los abandonará: «Vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo».

No deben sentirse solos. Jesús les habla de una presencia nueva que los rodeará y los hará vivir, ya que les llegará hasta lo más íntimo de su ser. No los olvidará. Vendrá y estará con ellos. Jesús ya no podrá ser visto con la luz de este mundo, pero podrá ser captado por sus seguidores con los ojos de la fe.

Sí, el Espíritu Santo nos hace ver y sentir a Jesús vivo donde el mundo no puede verle ni entenderle. Nos da la fuerza para perseverar, el coraje y la audacia de creer en las palabras de Cristo, y sobre todo, la apertura interior para descubrir que en lo más profundo de nuestro corazón, el Padre mismo, atraído por el Hijo, viene a hacer de nosotros su hogar.

Pero en este discurso Jesús también les pide que lo quieran y que cumplan sus enseñanzas, su estilo de obrar: «si me amáis, guardaréis mis mandamientos», dice. Celebrar la Pascua es algo más que alegrarnos por la Resurrección de Jesús. La Pascua la celebraremos bien si se nota que vamos entrando en esta comunión de mentalidad, de estilo de actuación con Cristo, el Resucitado. Y esto no sólo en la Eucaristía, en nuestra oración, sino también en nuestra vida cotidiana.

La Pascua debe notarse en nuestra conducta, en nuestra forma de actuar en el mundo. Sin embargo las dificultades, la tristeza, el desánimo, nos pueden abrumar y hacernos olvidar la presencia de Dios en nuestra vida personal o comunitaria. Necesitamos paz, ánimos y alegría, pero sólo desde la convicción de la presencia viva de Cristo Resucitado y de su Espíritu podremos encontrar la llave de la serenidad interior para seguir caminando y trabajando.

En la oración colecta de hoy hemos pedido a Dios que «Los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten siempre en nuestras obras». En la poscomunión, de nuevo, pediremos que, ya que «la resurrección de Cristo nos ha hecho renacer a la vida eterna», Dios nos ayude a que se note en nuestra vida que estamos llenos de esta Pascua.

Jesús conoce bien nuestras dificultades y nuestros límites en el amor; también sabe bien que nuestros corazones no pueden encontrar paz y alegría sin querer y ser queridos. Nos basta con ser fieles a su palabra para que podamos ser introducidos en un torrente de amor infinitamente más grande que nosotros mismos. Nosotros que no sabemos amar, somos hechos partícipes del Dios del amor, capaces de amar como Dios ama, es decir, ¡entregando y desbordando de alegría!

Por ello, en la segunda lectura, San Pedro nos insta a estar siempre preparados para «dar cuenta de la esperanza que hay en nosotros». Esta esperanza es la vida misma de Dios Trino, es la seguridad de que el Padre que habita en nosotros por la gracia del Espíritu Santo continúa incesantemente enviándonos a su Hijo para transformarnos a su imagen.

Hermanos y hermanas,

Hoy, especialmente en estos tiempos difíciles, como en los tiempos de los apóstoles, se nos pide ser testigos de esperanza y de solidaridad para incidir eficazmente en muchas situaciones complejas que cada día se nos presentan. Darán razón de nuestra esperanza una palabra de aliento, un gesto de proximidad, una ayuda puntual o permanente. Encontrar el equilibrio entre la vida interior y la acción caritativa, entre la contemplación y el compromiso social, puede ayudar a los demás a vivir con la misma confianza que nos mueve a hacerlo nosotros. Serán, sobre todo, razón de la esperanza que hemos puesto en Dios y que nos proyecta hacia la Vida que nos promete.

Que esta Eucaristía nos ayude a hacernos conscientes de que Jesús nos acompaña en nuestro camino, nos hace participar de la Vida que es Él mismo y nos invita a ser sus testigos.

 

Abadia de MontserratDomingo VI de Pascua (17 mayo 2020)

Domingo V de Pascua (10 mayo 2020)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (10 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 6:1-7 –  1 Pedro 2:4-9  –  Juan 14:1-12

 

Estimados hermanos y hermanas,

En este quinto domingo de Pascua, el contexto del evangelio de san Juan que acabamos de proclamar es el discurso de despedida de Jesús al terminar la cena pascual con sus discípulos. El ambiente en el final de la comida era de inquietud ya que el Maestro había anunciado que uno de los que comía con él a la mesa lo traicionaría, y que otro, lo negaría tres veces antes de que cantara el gallo. Más aún, Jesús les había hablado claramente de su partida y de su final como nunca lo había hecho hasta ese momento.

La tensión que se palpaba comportaba para los once que habían quedado en la sala, cuando Judas hubo salido, un desasosiego que llevó a Jesús a decirles que sus corazones se serenasen y por eso les pide que den un paso importante que seguro no esperaban, para poder desprenderse o para vivir de manera diferente la angustia que tenían: les pide que crean en Dios, que crean en él, es decir, les pide un gesto de confianza. Y no es fácil hacer estos gestos de confianza en situaciones similares.

Por eso no es de extrañar la reacción de los discípulos que se expresa por medio de las intervenciones de Tomás y de Felipe.

Por lo que nos dice el evangelio de hoy como el del relato de la aparición de Jesús resucitado, es fácil imaginar que Tomás era un hombre práctico, realista, que quería ver y tocar para creer. Por eso ve poco claro, poco concreto y preciso lo que Jesús dice sobre dónde va y el camino que conduce allí. Y por eso confiesa claramente su desconcierto: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?

La pregunta de Tomás es de gran actualidad para nosotros, para la sociedad de nuestro tiempo, un tiempo y unos hombres y mujeres marcados, más de lo que pensamos, por el realismo y la concreción. Dicho en otras palabras, desconfiamos de lo que no se puede experimentar y comprobar. Pero ha sido necesaria la pandemia del Covidien-19 para darnos cuenta de que las previsiones se han derrumbado y que ha sido necesario un cambio de registro tanto a nivel personal como a nivel social y también a nivel creyente. Son muchos los que hoy se preguntan qué caminos se abrirán o habrá que abrir de cara a recuperar, si es que tiene que ser así, el ritmo que hemos vivido hasta la aparición del coronavirus. O quizás tendremos que decir como Tomás: no sabemos a dónde vamos.

No sería justo pensar que la pregunta de Tomás ¿cuál es el camino? es una pregunta retórica. Todo lo contrario, es una pregunta importante que como he dicho nace del desconcierto que él vivía en su interior, al igual que los demás. Y si la pregunta es importante mucho más lo es la respuesta porque no puede ser más concreta y precisa: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Se trata de un camino bien definido: una persona, un hombre, Jesús de Nazaret. Un camino, sin embargo, que tiene como únicas señales de guía: la fe, la esperanza, el amor y la confianza. Un camino que tiene un objetivo: la vida. Y aún, se trata de un camino que nace del coraje de ponerse en marcha caminando hacia un futuro, que hoy y aquí empezamos a crear.

Y eso es lo que precisamente proclamamos y celebramos tozudamente durante este tiempo de Pascua rodeados de sufrimiento y de incertidumbres. A lo largo de estos días y con palabras o actitudes similares a las del apóstol Tomás nos hemos preguntado a menudo qué camino de salida hay a todo lo que estamos viviendo. Y al igual que los discípulos hemos ido escuchando de palabra o a través de tantos y tantos servicios generosos y desinteresados, que Jesús no es un personaje admirable pero muerto, sino que es vida porque sigue siendo para nosotros el camino que se manifiesta a través de unos rostros concretos. «Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre». Y son tantos, hermanos y hermanas, quienes en este tiempo han hecho obras como las de Jesús.

En el mismo contexto del final de la comida al apóstol Felipe le pide: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». La respuesta de Jesús vuelve a ser clara y precisa: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?».¿Quién me ha visto a mí ha visto al Padre».

Jesús no nos ha dejado un catálogo de respuestas que nos permitan definir exactamente cómo es Dios, ni cómo será la casa del Padre (este lugar donde él va). «A Dios no lo ha visto nunca nadie». Porque Dios es más de lo que nunca nosotros podremos decir o pensar. No lo podemos reducir a ninguna imaginación, concepto o sentimiento. Pero Jesús mismo nos recuerda, y es lo que creemos, que lo hemos visto en él mismo. Sus palabras y sus obras son las palabras y las obras de Dios. «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». Si es verdad que Dios sigue siendo indefinible, también es verdad que lo conocemos, lo escuchamos, lo vemos y lo amamos en un hombre concreto. Haciendo de Jesucristo la norma de vida (el camino), vivimos de Dios, vivimos con Dios, y nos encaminamos hacia Dios.

Hermanas y hermanos, Jesús afirma que su intimidad con el Padre no es únicamente un privilegio suyo, sino que es posible para todos nosotros que creemos en Él. A través suyo podemos llegar a hacer las mismas cosas que él hacía por los hombres y mujeres de su tiempo. Y esta es una verdadera buena noticia: con nuestras vidas podemos ser presencia de Dios para todos los que nos rodean, haciendo las mismas obras que él hacía.

Abadia de MontserratDomingo V de Pascua (10 mayo 2020)

Domingo IV de Pascua (3 mayo 2020)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (26 abril 2020)

Hechos de los Apóstoles 2:14a.36-41 –  1 Pedro 2:20b-25  –  Juan 10:1-10

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

El Concilio Vaticano II nos dice estas bellas palabras sobre la Iglesia: «El misterio de la santa Iglesia se manifiesta en su fundación. Pues, nuestro Señor Jesús dio comienzo a la Iglesia predicando la buena nueva, es decir, la llegada del reino de Dios prometido desde siglos en la Escritura: “Porque el tiempo está cumplido, y se acercó el reino de Dios” Ahora bien, este reino brilla ante los hombres en la palabra, en las obras y en la presencia de Cristo». (Lumen Gentium 5).

Si queremos acercarnos, pues, al misterio de la Iglesia, tenemos que ir a su origen, a su fundación. Este origen no es un momento concreto, es un camino, el camino que va desde la Pascua hasta Pentecostés. Es el mismo camino que conduce desde la lanzada junto a Jesús cuando estaba en la cruz hasta la unción de los discípulos con el Espíritu Santo en el Cenáculo. Para comprender las lecturas de hoy, hay que colocarse en este contexto eclesial.

Y la única manera que tenemos de entrar en este misterio es la puerta, es decir, el mismo Jesús. Los textos litúrgicos de hoy son ricos en atribuir títulos a Jesús: Señor, Mesías, Cristo, pastor, guarda y puerta. Sin embargo, en el evangelio de Juan que nos ha sido proclamado se esconde todavía otro título de Jesús quizás no tan evidente. En dos ocasiones dice «Yo soy». Esta expresión no es accidental sino que remite a aquel «Yo soy el que soy» con que Dios se designó en el desierto del Sinaí. Jesús es pues el mismo Dios que había en el Antiguo Testamento y, por tanto, Jesús es aquel-que-es, aquel-que-está-presente.

 

La presencia de Jesús es un elemento fundamental. Cristo es uno con el Padre y ha estado presente con él desde toda la eternidad. Es este mismo Cristo que en la creación fue la mano del Padre como decía san Ireneo de Lyon, o la Sabiduría que le asistió, o el modelo a partir del cual y en el que todo fue creado. Es este mismo Cristo que llegada la plenitud de los tiempos plantó su tienda entre nosotros y se hizo hombre y vivió en este mundo como cualquier otro mortal. Y es este mismo Cristo que después de la resurrección envía su Espíritu y continúa presente entre nosotros en la comunidad de los discípulos, en la Iglesia.

 

Podemos ir aún más a fondo en el significado de esta presencia de Cristo en su Iglesia. La palabra «presencia», que proviene del latín, tiene su paralelo en lengua griega en la palabra παρουσία que teológicamente designa la venida gloriosa del Señor. En otras palabras, la venida de Cristo se hace presente ahora y aquí en la Iglesia. La Iglesia se convierte en el lugar donde Dios viene a encontrarse con su pueblo y la Iglesia es también el lugar donde el pueblo espera el encuentro definitivo con Dios.

Es por este motivo que Iglesia y Eucaristía están íntimamente unidas. En la Eucaristía se realiza en esencia lo que la Iglesia es en esencia: el Cristo que viene al encuentro de cada uno de nosotros.

Esta presencia es, finalmente, una presencia salvadora. El Cristo viene y vendrá al final de los tiempos a salvarnos. Como decía el libro de los Hechos, «Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el Espíritu Santo». O también nos lo recordaba Pedro en la segunda lectura: «sus heridas os han curado». Y el mismo Jesús en el evangelio nos decía: « yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante». Jesús es nuestro Salvador y es por este motivo que su presencia en la Iglesia ha hecho que esta sea sacramento universal de salvación (Lumen Gentium 48).

Queridos hermanos y hermanas, aprendamos a escuchar y estimar la voz del Pastor que nos llama en su Iglesia. Si lo hacemos así, no tendremos miedo cuando oigamos que su voz que nos invita a cruzar a la otra orilla del río de la vida. Entonces le seguiremos esperanzados hacia las praderas eternas y luminosas de su Reino.

Abadia de MontserratDomingo IV de Pascua (3 mayo 2020)

Domingo III de Pascua (26 abril 2020)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (26 abril 2020)

Hechos de los Apóstoles 2:14.22-33 – 1 Pedro 1:17-21 – Lucas 24:13-35

 

Queridos hermanos y hermanas:

No sé si alguna vez habéis tenido esta experiencia realizando un viaje en coche: si la compañía es alegre, el trayecto es corto y rápido, pero… si los conocidos son gente triste y socarrona, el recorrido es largo y pesado. Hoy encontramos, de camino, a los dos discípulos del pueblo de Emaús situada en los alrededores de la capital de Jerusalén. Desalentados, tristes y desmotivados, discuten entre ellos dos sobre los hechos ocurridos en los últimos días en la Ciudad Santa. El Evangelista San Lucas nos dice el nombre de uno de ellos: se llamaba Cleofás, muy probablemente de la familia de Jesús, pero no perteneciente al grupo de los once Apóstoles. Desgraciadamente, no nos dice el nombre del segundo seguidor. Los Santos Padres de la Iglesia nos invitan a todos nosotros Cristianos a inscribir nuestro propio nombre en el lugar del peregrino desconocido: «Cleofás y María, Cleofás y Juan o Cleofás y Simeón». Todos, todos nosotros somos el segundo discípulo, que hacemos el camino de la Vida con Jesús al lado y, desgraciadamente, no lo reconocemos presente en el día a día de nuestra Vida.

En estas horas bajas de largo confinamiento por el Covid-19 Jesús nos habla al oído y nos dice palabras de amor, de esperanza, de compañía, de presencia; sólo nos falta colocarnos a su frecuencia, en su dial de la fraternidad y de la estimación. Él está realmente a nuestra derecha. Él es nuestra compañía en el camino. Desmontemos todo tipo de soledades, miremos los ojos de los vecinos, tengamos una charla larga con los niños, con nuestros abuelos, colaboremos con pequeños gestos con la sociedad, con la Iglesia, con Cáritas. Si todos aportamos nuestro granito de arena, entre todos hacemos una playa, porque Tú, seas quien seas, eres el segundo discípulo amado.

Jesús se les hace encontradizo y se pone a andar su lado. No les hace ningún reproche por su deserción, por su fuga, ni por su poca fidelidad. Solos les hace una breve pregunta: «¿Qué conversación es ésa que traéis mientras vais de camino?». La respuesta transmite una experiencia de abatimiento, de derrota, de retirada general por lo que había ocurrido días atrás en Jerusalén. El simple diálogo deja entrever su pequeña Fe: «Jesús, un profeta poderoso en obras y palabras, liberador de Israel, muerto crucificado hace tres días». Habían oído rumores de que unas mujeres asustadas decían que estaba vivo, pero no las hemos creídas -su palabra no era válida socialmente-. Algunos de los discípulos han visto el sepulcro vacío, pero a Él no lo vieron. Haciendo un camino de conversión, con la buena compañía del Señor que hacía arder de alegría sus corazones, Jesús les exponía el sentido de todas las escrituras que se referían a Él. Mientras tanto, el día ya declinaba y los dos discípulos invitan con insistencia a cenar el buen amigo de viaje. Jesús entró en la casa, se sentó a la mesa y tomó el lugar reservado de la presidencia: Él es el Maestro y Señor, Él es el dueño de casa, el mayor de la familia, que ha de bendecir, partir y repartir el pan de comunión. Jesús pasó de ser invitado en un segundo plano a invitar Él al banquete a sus queridos discípulos de camino. Es en este preciso momento, de la fracción del pan, que a los dos discípulos se les abren los ojos y reconocen al Cristo Resucitado. Llenos de gozo y de alegría, salen de la casa y rehacen rápidamente el camino de vuelta a Jerusalén. Ellos son ahora los nuevos misioneros de la Buena Noticia en la comunidad Apostólica de los once: «Realmente, al Señor Resucitado lo hemos reconocido al partir el pan».

El Evangelio de Emaús es, en definitiva, una gran Eucaristía digna de atención: la escucha de la Palabra en el camino. Explicar el sentido de las Escrituras, la homilía. Una casa y sentarse a la mesa en comunidad. Consagración, partir y repartir el pan, y finalmente salir a misionar la Buena Nueva de que Jesús está vivo y que se hace compañero nuestro en el camino de la Vida Terrenal.

Decía San Agustín: «Cuando partimos el pan en la Eucaristía Dominical y reconocemos todos al Señor: tú que crees en Él, tú que llevas el nombre de Cristiano, tú que escuchas las Palabras Divinas encontrarás al fraccionar el pan su presencia real, porque Él no está nunca ausente «, está siempre presente a tu lado.

Hermanos y hermanas: hoy por la noche celebraremos la Vigilia de Santa María y mañana su gran Solemnidad. Ella, que es Señora de Montserrat, Patrona y Princesa de Cataluña, convierta este doloroso camino del Coronavirus en «vía lucis», camino de luz, curación y normalidad social bajo el abrigo de su manto azul. Virgen Morena: imploramos tu protección sobre todas las necesidades hospitalarias. Rosa de abril, Virgen Moreneta de la Sierra, gloriosa y siempre bendita, ruega por todos nosotros. Amén.

Abadia de MontserratDomingo III de Pascua (26 abril 2020)

Domingo II de Pascua (19 abril 2020)

Homilía del P. Joan Recasens, subprior de Montserrat

Hechos de los Apóstoles 2:42-47 – 1 Pedro 1:3-9 –  Juan 20:19-31

Queridos hermanos y hermanas,

Después de haber vivido en la intimidad, pero solemnemente, las fiestas pascuales en las que hemos hecho presente el gran misterio del amor de Dios por la humanidad, acompañando a Jesús en los momentos trascendentales de su vida, los de su pasión y muerte en la cruz, y el de su resurrección, hoy en este segundo domingo de Pascua la liturgia nos quiere hacer vivir algunas de las apariciones de Cristo Resucitado a sus discípulos.

Según el fragmento del Evangelio que se nos ha proclamado, en la tarde del mismo día de Pascua Jesús se aparece a sus discípulos y les dice: «Paz a vosotros». Les enseñó las manos y el costado para dar testimonio de que era él mismo, y les vuelve a decir: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo», y alentando sobre ellos les dice:» Recibid el Espíritu Santo”.

Según el relato evangélico, en esta primera aparición de Jesús a sus discípulos, el apóstol Tomás no estaba en casa con todos los demás y es por eso que no quiere creer nada de lo que los otros discípulos le dicen de la aparición de Cristo resucitado .

Al cabo de ocho días de la primera aparición, Jesús se aparece de nuevo a sus discípulos estando las puertas cerradas, estando presente esta vez también el apóstol Tomás, y les dice de nuevo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado”. No seas incrédulo, sino creyente. ¿Por qué me has visto has creído?, y añade: «Dichosos los que crean sin haber visto». Hasta aquí el relato evangélico.

Hermanos, me parece que la lección que podemos sacar de las enseñanzas del evangelio de hoy es clara: por nuestro bautismo hemos sido hechos hijos de Dios y como otro Cristo en medio del mundo que nos ha tocado vivir, tenemos que mirar de imitar a Jesucristo en nuestro comportamiento y debemos ser portadores de paz, de esperanza y de amor a todos aquellos hermanos nuestros que esperan de nosotros un gesto de estimación, de comprensión y de ayuda, sobre todo hoy que el mundo está tan carente del sentido de respeto, de hermandad y de colaboración de los unos por los otros. Es muy triste constatar que, muchas veces, muchos de los que deberían ser guías y comportarse como buenos samaritanos se dejan llevar por la envidia, por el resentimiento y por el castigo, haciendo la vida imposible a todos aquellos que no piensan como ellos y que tienen otros ideales de libertad y de respeto. Ciertamente no se puede poner la Ley como excusa, ya que la Ley está hecha para los hombres y no los hombres para la Ley. Roguemos para que el Señor nos ayude a ser más comprensivos y respetuosos con todos nuestros hermanos, para poder crear una sociedad donde reine el amor, la esperanza y la comprensión de los unos por los otros, tal como Cristo ha venido a proponernos.

Abramos nuestros corazones y dejemos que penetre el aire fresco y la luz que viene de Dios para poder ser cada día más imitadores de Jesucristo. Que así sea.

Abadia de MontserratDomingo II de Pascua (19 abril 2020)