Epifanía del señor Homilía del P. Abad Josep M. Soler

6 de enero de 2020
Is 60, 1-6; Ef 3, 2-3.5-6; Mt 2, 1-12

Vieron al niño con María, su madre. Los magos, hermanos y hermanas, tal como dice la narración evangélica, habían venido de lejos buscando el rey de los judíos recién nacido. El camino no les había sido exento de dificultades, pero en su tierra habían visto un signo, la estrella, y querían ir a presentar su homenaje al recién nacido. No es extraño, pues, que cuando llegan al lugar donde estaba el niño, tuvieran una alegría inmensa. Con su gesto de postrarse en el suelo y con los presentes que le ofrecieron, expresaban su fe en Jesús. Y, según lo interpretará después la tradición eclesial, con el oro reconocen su condición de rey de los judíos y de Señor universal; con el incienso adoran la condición divina de aquel niño y con la mirra expresan su condición humana y mortal. No se dejan escandalizar por la simplicidad que rodea el rey de los judíos que buscaban, no dudan de postrarse ante él en señal de homenaje y de adoración. Ante aquel niño -dice el Papa Francisco- «comprenden que Dios, al igual que regula con soberana sabiduría el curso de las estrellas, guía el curso de la historia, derribando a los poderosos y ensalzando a los humildes» (CF. Carta sobre el Pesebre, 01/12/2019, n. 9).

Esta escena de los magos expresa muy adecuadamente lo que enseña el Apóstol a los Efesios, y que hemos escuchado en la segunda lectura: ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio. En otras palabras: gracias a Jesús, el Señor, todo el mundo, sea de la etnia que sea es llamado a formar el nuevo pueblo de Israel y manifestar la unidad del Cuerpo eclesial de Cristo. Jesucristo, pues, no ha venido sólo como Mesías de Israel sino como mensajero de la Buena Nueva para todos los pueblos y naciones del mundo. Para hacerles conocer su palabra de verdad y de vida, y para reunirlos en la nueva familia de los hijos e hijas de Dios. Este es el plan que Dios, en su designio de amor, tenía establecido desde los inicios y que ha sido revelado en Cristo. El Apóstol, además, expresaba su admiración y su alegría al ver como los paganos buscaban y encontraban la paz en Jesucristo, el Mesías rey de los judíos. Es lo que habían experimentado los magos, cuando -según el relato evangélico- el Señor se les había manifestado como primicia de los pueblos no judíos. Primicia, por tanto, de nuestra invitación a la fe.

El itinerario de encuentro con Jesucristo vivido por los magos es parecido al que, muchos de nosotros hemos vivido para llegar a una fe adulta. Como ellos hemos profundizado el conocimiento de Jesús que teníamos cuando éramos pequeños y después de un camino de fe, quizá largo y con horas oscuras en las que no veíamos ninguna luz de estrella, hemos encontrado al Señor y le hemos ofrecido el homenaje de nuestra fe, de nuestro amor y de nuestra disponibilidad a ser dóciles a su Evangelio. Este encuentro personal con Jesucristo, cuando es en plenitud, se da en la Iglesia. Del mismo modo que los magos encontraron a Jesús en la casa, con María, su madre. También nosotros lo encontramos de una manera plena dentro de la comunidad eclesial. Es la Iglesia quien nos ayuda a conocer la persona de Jesucristo, quien nos da su palabra, que nos da fuerzas con sus sacramentos, quien nos hace sentir unidos en el amor con los demás hermanos que viven la misma fe.

El Apóstol decía a los cristianos de Éfeso, que él y los otros apóstoles y profetas de la nueva alianza habían recibido la revelación de este misterio de la llamada a todos los pueblos, no sólo al pueblo judío, a entrar en el pueblo de Dios. Sin embargo la misión de hacer conocer esta llamada la hemos recibido todos los que hemos sido bautizados y hemos recibido el Espíritu Santo, porque el anuncio de Jesús y su Evangelio es tarea de cada uno de los miembros del Pueblo de Dios, que se realizará con alegría, con paciencia, con oportunidad. Dios quiere que todos conozcan su amor entrañable y misericordioso manifestado en Jesucristo. Por ello, «no puede haber auténtica evangelización sin la proclamación explícita que Jesús es el Señor» (Francisco, La alegría del Evangelio, 110). Dios quiere unirse a cada uno de los seres humanos de todos los tiempos, de todas las lenguas y de todas las culturas; quiere convocarlos como pueblo y no como seres aislados, para favorecer el amor entre ellos, para que se ayuden, para que construyan una sociedad fraterna (cf. o. c., 112-113). Esta tarea requiere que cada uno de nosotros lleve, de una manera respetuosa y amable, con oportunidad y sin imposiciones, el Evangelio de Jesús a las personas que tratamos para conducirlas a descubrir el amor personal que Jesucristo les tiene. Esto supondrá hacerlo de palabra o a través del testimonio personal, dejando que el Espíritu suscite el deseo del encuentro.

La solemnidad de la Epifanía, de la manifestación de Jesucristo a todos los pueblos, debe renovar nuestro compromiso de dar testimonio de Jesús y de su Evangelio, que es Buena Nueva para todos. Para poder ser evangelizadores, sin embargo, debemos nutrirnos de la Palabra de Dios y de la oración, debemos vivir la liturgia de la Iglesia que nos actualiza la vida y la gracia santificadora de Jesucristo, que nos hace experimentar la comunión fraterna con los otros hermanos y hermanas en la fe. Porque el testigo, el evangelizador, sólo puede ser convincente si habla a partir de la experiencia espiritual que tiene de Jesucristo y de su palabra.

Que Santa María, en cuyos brazos los magos encontraron al niño Jesús, nos ayude a conocer y a meditar todo lo que hace referencia a su Hijo para profundizarlo y hacerlo vida, para testimoniar la alegría de haber encontrado a Jesús, su amor y su luz.

Así, al ir a recibir el don de la Eucaristía, podremos cantar en verdad: «Hemos visto en Oriente su estrella y venimos con presentes a adorar al Señor» (cf. canto de comunión). Venimos a encontrarnos con él y hacerle ofrenda de nuestra fe, de nuestro trabajo, de nuestra vida.

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