Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (1 de noviembre de 2021)

Apocalipsis 7:2-4.9-14 / 1 Juan 3:1-3 / Mateo 5:1-12a

 

La solemnidad de Todos los Santos que estamos celebrando nos coloca, queridos hermanos y hermanas, en lo que podríamos llamar una perspectiva final. Utilizando la imagen contemporánea del “pasar pantalla”, sería como si se nos permitiera ir a la última pantalla y ver lo que hay. No es extraño que sea el último libro de la Biblia, el Apocalipsis el que mejor describe esta pantalla final y todo lo que pasará, por eso también se le ha llamado libro de la Revelación. En varios pasajes del Apocalipsis se habla de los santos, de una multitud de personas que alaban a Dios. ¿Quiénes son? Son muchos hombres y mujeres que han vivido antes que nosotros y que han llegado ya a la pantalla final, la que aparece no en esta vida sino cuando precisamente esta vida se termina. De muchos de ellos, de todos los santos, de todos los que hoy conmemoramos, sabemos que en esta pantalla han encontrado a Dios, han encontrado la plenitud del amor de Dios. Esa plenitud es lo que habían intentado vivir mientras vivían en la tierra, con las debilidades y defectos que ellos mismos tenían y que ahora han cesado, porque allí donde está la plena comunión con Dios, cesan las carencias de este mundo.

Estas expresiones como plenitud del amor o de la comunión con Dios, son formas de explicar la realización de la vida, muy especialmente de la vida cristiana. En la liturgia de la Palabra de hoy, todavía hemos leído otra expresión similar: Ver a Dios. La primera carta de San Juan nos lo decía: Cuando Dios se manifestará: esto es en la última pantalla, veremos a Dios tal y como es. También una de las bienaventuranzas que hemos leído en el Evangelio habla especialmente de esto: Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.

Aunque lo de ver a Dios pueda parecer algo muy abstracto, muy teórico, ver a Dios debería ser una aspiración de cada día para todos. La solemnidad de hoy recuerda vidas concretas de hermanos y hermanas nuestras que han vivido queriendo ver a Dios. Aquellos que llamamos santos, son esos hermanos y hermanas nuestras que han caminado por la vida siguiendo a Jesucristo y su Evangelio. La Iglesia, consciente de que sólo puede reconocer de forma oficial y pública la santidad a algunos de los que han hecho este camino, incluye en la solemnidad de hoy a los santos anónimos, aquellos que Dios reconoce y que quizás nunca serán conocidos. Siempre me ha impresionado que estos santos anónimos se incluyan en una celebración más solemne que la de algunas figuras eminentes y destacadas de la historia eclesial. Tan importante es para Dios esa vida escondida, esa santidad que Él sí conoce.

¿Pero qué nos dice a nosotros hoy esta realidad tan grande de personas que han vivido haciendo el bien? Nos enseñan que es posible vivir como cristianos y realizarse plenamente. Muy a menudo he intentado explicar la vida cristiana como un camino:

En este camino, Dios nos pone un objetivo difícil, casi imposible: la santidad: La oración de después de la comunión de hoy nos dice que la santidad es la plenitud del amor de Dios, por tanto que la santidad es lo que estas expresiones: plenitud, comunión y visión de Dios, significan.

En este camino, Dios, a veces hace que nos demos cuenta de dónde estamos nosotros y dónde está el objetivo. Y si bien podríamos caer en un cierto desánimo por la distancia entre una cosa y otra, lo importante es hacernos en este preciso momento conscientes de la misericordia de Dios, porque buena parte del camino hacia la plenitud empieza en el realismo de lo que somos. Cuando nos ponemos con esta sinceridad ante Dios, Él mismo nos da la fuerza para continuar y seguramente nos hace más claro y más presente el objetivo hacia el que avanzamos. Los hombres y mujeres santos lo son porque han hecho este camino, en el fondo tan humano, que es el camino del crecimiento y de la maduración cristiana.

La solemnidad de hoy debería ser compromiso en ese camino personal. ¿Qué puede ser hoy ese camino que nos propone Dios? El camino de Jesucristo en las bienaventuranzas, que dijo que seríamos felices hasta en condiciones extrañas y adversas: en el llanto, en la pobreza, en la persecución… Pero todas estas situaciones no tienen la última palabra, no son lo que sale en la última pantalla, al igual que nuestras debilidades, nuestros errores, todo lo que llamamos pecado tampoco tiene la última palabra en nuestra vida. Los santos no son quienes no tienen pecados sino quienes han sabido reconocerlos y por eso nos son un ejemplo cercano.

El horizonte que nos abre la solemnidad de hoy es un horizonte con Dios, pero como decía, antes de la pantalla final, deben pasarse unas cuantas. Es necesario pasar las pantallas de la vida. Las bienaventuranzas también nos invitan a ser muy sensibles con las realidades que describen. Nos invitan a ser parte de la “solución” o de la resolución que en cada una de las bienaventuranzas aparece como un segundo término, especialmente en aquellas bienaventuranzas que describen situaciones de los demás, situaciones sociales. No podemos recitar las bienaventuranzas y decirnos: ¡si los pobres son felices no hace falta hacer nada! Allí donde Dios nos quiere es en la resolución: esto es, a hacer algo por los pobres, a ser consuelo para quienes lloran, a colaborar en saciar el hambre y sed de justicia, en ser constructores de paz. Y atrevámonos a extender alguna bienaventuranza, pensemos que justicia y paz también es cuidar la tierra, nuestro planeta, estos días que todo el mundo está pendiente de los pasos que hay que dar para proteger la Creación. Si seguir las bienaventuranzas nos trajera algún problema, que nos consuele saber que sólo estamos siguiendo el camino del Evangelio y que el horizonte que nos espera es el de ver a Dios. Y no somos los primeros, ni seremos los últimos. Siendo los cristianos de hoy, nos toca ser el eslabón en la cadena de santidad de la Iglesia. ¡Qué reto! Siempre nos ayudará la comunión que formamos cuando recordamos a Jesús en la eucaristía, como estamos haciendo.

Abadia de MontserratSolemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2021)

Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (1 de noviembre 2020)

Apocalipsi 7:2-4.9-14 / 1 Joan 3:1-3 / Mateu 5:1-12a

 

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy con alegría la solemnidad de todos los santos. Los alabamos, los invocamos, los contemplamos con la esperanza de poder ser un día como ellos. Pero sobre todo celebramos, alabamos y contemplamos la obra que Jesucristo ha hecho en cada uno de ellos, hombres y mujeres de todo el mundo de todas las edades y condiciones que vivieron con sinceridad de corazón y a los que el Espíritu Santo transformó para insertarlos plenamente el misterio pascual de Jesucristo. Son hermanos y hermanas nuestros en los que la gracia de Dios ha hecho maravillas. Por eso hoy veneramos con alegría su memoria gloriosa y alabamos, unidos a ellos, la Trinidad Santa que ha llevado a cabo plenamente en ellos su obra y los ha llevado a participar de la gloria pascual del Señor.

En la segunda lectura, tomada de la primera carta de san Juan, se nos hablaba precisamente de esta obra de Dios en los creyentes. El Padre nos ama y nos reconoce como hijos, decía. Y por eso, por medio del Espíritu Santo, nos quiere ir transformando en la imagen de su Hijo Jesucristo. La lectura marcaba dos etapas en este camino. La etapa inicial de la filiación divina que se inaugura en el bautismo y se vive por la fe y por el amor y que dura mientras estamos en este mundo; es, por tanto, la etapa que nosotros tenemos que vivir ahora. La otra etapa de la que hablaba la lectura es de plenitud, de realización plena de la filiación divina que se da en la vida futura, una vez traspasado el umbral de la muerte. Ahora ya somos hijos de Dios, afirmaba el texto; esto quiere decir que somos profundamente amados por él, el Padre que tiene entrañas de misericordia, que nos conoce y nos reconoce individualmente, con todo el bagaje de nuestra historia. Y para vivir esta filiación tenemos como hoja de ruta las bienaventuranzas: la humildad, la compasión, la sencillez, el amor generoso como núcleo de nuestra existencia, el anhelo de tener un corazón limpio y de la justicia, la paciencia ante las incomprensiones y la persecución. Ahora ya somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. […] seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.. Verle y parecerse a Dios. Esta es la segunda y definitiva etapa, de la que ya disfrutan la gran multitud de los santos que hoy celebramos. Esta segunda etapa se caracteriza por la identificación con Jesucristo que hace participar eternamente de su pascua, por la contemplación de la gloria de Dios y por una hermandad gozosa y sin merma toda empapada del Espíritu Santo.

Contemplando hoy «el encuentro festivo de los santos, hermanos nuestros» (cf. Prefacio) que ya viven en la plenitud, nos sentimos llamados a vivir intensamente la primera etapa del camino de la filiación divina. Ahora ya somos hijos de Dios, decía la segunda lectura. Esto significa que Dios Padre nos ama, nos conoce y nos da la vida a través de la Palabra divina y de los sacramentos. Pero también que nosotros tenemos que acoger con agradecimiento esta filiación y vivirla de una manera coherente. Por eso debemos estar ante Dios con la confianza de hijos y a la vez con la conciencia de nuestra pobreza personal, maravillados por tanta condescendencia para con nosotros que somos tan pequeños y tan pobres. Vivir la filiación divina significa procurar seguir el ejemplo de Jesucristo reflejado en las bienaventuranzas y hecho de un corazón sencillo y de un amor incondicional a todos. La vivencia actual de la filiación nos debe llevar, como enseña la primera carta de san Juan, a purificar cada día nuestro corazón y nuestro comportamiento para hacerlos semejantes a Jesucristo, caminando a la luz de su palabra y practicando su mandamiento del amor (cf. 1Jn 1, 5-2, 11). En las dificultades que podamos encontrar, nos ayuda pensar en la segunda etapa de la que ya disfrutan los santos sabiéndose como decía Juan- que participaremos de esa etapa si no nos desviamos del camino del Evangelio. El apóstol, con sus palabras quiere que tengamos la certeza de que los creyentes en Cristo ya poseemos la vida eterna, de una manera inicial ahora y de una manera plena más adelante.

Este año celebramos la solemnidad de Todos los Santos con la preocupación por la pandemia que sigue activa con los contagios, las limitaciones de movimientos y las repercusiones económicas que afectan a tanta gente, también familiares y conocidos nuestros incluso a nosotros mismos, la crisis social que comienza a manifestarse. Pensar que somos hijos de Dios nos conforta y nos hace confiar en el amor del Padre, manifestado máxime en la cruz de su Hijo Jesucristo. Sabemos que nos pase lo que nos pase, todo entra en el plan de salvación que Dios tiene para cada uno de nosotros. La lógica humana tiene dificultades para entenderlo. Pero a la luz de la cruz y de la pascua de Jesucristo encontramos unas perspectivas nuevas. Dios nos llama a confiar en él, en su amor por cada persona. Nos sigue repitiendo la palabra de Jesús: no tengáis miedo, la mar encrespada y la oscuridad en el horizonte pasarán (cf. Jn 6, 18-20). Por otro lado, constatar la fragilidad que supone la realidad humana y la condición mortal que es inherente nos estimula a poner nuestra confianza en la etapa definitiva de plenitud de la que ya disfrutan los santos, porque todavía no se ha manifestado como seremos. […] Seremos semejantes a él porque lo veremos tal como es. La esperanza cristiana en la vida futura no es una evasión de la realidad presente, sino un estímulo para continuar trabajando a favor de los demás, según nuestras posibilidades.

La celebración de la eucaristía nos hace profundizar nuestra condición de hijos de Dios unidos a Jesucristo por el Espíritu Santo. Nos la hace profundizar y nos la hace agradecer, conscientes de que somos hijos junto con una multitud incontable de otros hijos, hermanos y hermanas nuestros que peregrinan en este mundo y al que debemos amar. Y al mismo tiempo la celebración de la eucaristía nos anticipa la comunión con la Iglesia de los santos que viven para siempre en Dios. Nos hermana la misma filiación divina, la participación en la gracia de Dios, y que, en el don eucarístico, recibamos la prenda de la gloria futura.

Los santos y las santas que hoy celebramos nos esperan y nos ayudan con su oración. Santa María, la Virgen, es la primera de todos ellos; también nos espera porque después de esta vida mortal quiere mostrarnos a Jesús, el fruto bendito de su vientre (cf. Salve Regina), para que podamos disfrutar de verlo tal como es y participar para siempre de la alegría y la comunión fraterna de su Reino.

Abadia de MontserratSolemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2020)