Solemnidad de Cristo Rey (26 de noviembre de 2023)

Homilía del P. Anton Gordillo, monje de Montserrat (26 de noviembre de 2023)

Ezequiel 34:11-12.15-17 / 1 Tesalonicenses 5:1-6 / Mateo 23:14-301-12

 

Gloria y alabanza a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador

Estimados hermanos y hermanas:

Hoy, justo cuando termina el año litúrgico, recapitulamos todo el año celebrando la fiesta de Cristo Rey. Hoy es un día para darnos cuenta de que Jesucristo, nuestro Señor, es el máximo gobernante de todas las cosas, de todo el mundo, de todo el universo. Dios no es el propietario de unas acciones en una empresa y que sólo espera los beneficios a finales de año. No, Dios gobierna y cuida todo lo creado. Porque, hermanos y hermanas, nos ha creado para que al final seamos felices en Dios, y no nos ha abandonado en un mundo inhóspito, aunque a veces lo parezca con tantas guerras y sufrimientos.

Tanto en la primera lectura, en el salmo responsorial y en la proclamación del Evangelio se nos muestra a Dios bajo la figura de pastor: un pastor que cuida de sus ovejas y las conoce por su nombre. Un pastor que busca la oveja que se ha perdido, la que está alejada, que cura a la que se ha hecho daño o puesto enferma. Un pastor que cuida de las fuertes y de las débiles, de toda raza y condición. Sí, hermanos y hermanas, también de las fuertes porque no son perfectas y todos tenemos nuestras debilidades. Las lecturas de hoy nos hablan de que no estamos abandonados en un mundo de caos o sin sentido, en un mundo que parece que sólo prospera el más fuerte o el más violento. No, tenemos un Dios/pastor que cuida de nosotros, que nos conoce, que está a nuestro lado, que cura nuestras heridas y nos ayuda en nuestras debilidades y carencias.

Gloria y alabanza a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador

Jesucristo es Rey y Señor de todo, es el Juez supremo: en definitiva, es Dios y es digno de alabanza y de respeto. Y todo está sometido a Él, incluso la muerte. Tanto es así que la muerte no es el fin de todo, sino que Dios nos llama a una nueva vida con Él después de la muerte. Nos llama a la resurrección y a la vida eterna.

Y los textos nos hablan también de que al final hará justicia y separará a los buenos de los malos, a las ovejas de las cabras. Y el criterio que utilizará para juzgar si uno es oveja o cabra está en nuestra mirada hacia la necesidad. No bastan sólo las buenas palabras o las buenas intenciones. Hermanos y hermanas: No es indiferente que nosotros hagamos el bien o dejemos de hacerlo. Por eso, no podemos ser indiferentes a lo que ocurre a nuestro alrededor, encerrados en nosotros mismos, aislados e individualistas. Lo hemos oído proclamar en el evangelio de hoy (cf. Mateo 25:31-46): venid benditos de mi Padre, cuando yo tenía necesidad me disteis de comer, de beber, me acogisteis, vestisteis, visitaseis y vinisteis a verme en prisión. Se nos juzgará, por si nuestra mirada es capaz de consolar, de aligerar, de acoger (al igual que hace el pastor con las ovejas, si somos capaces de seguir el ejemplo de Jesucristo). Se nos juzgará por si somos capaces de amar a los demás, si somos capaces de intentar aliviar el sufrimiento de quienes nos rodean, de si somos capaces de intentar dejar el mundo un poco mejor de lo que lo hemos encontrado. Es necesario que pongamos nuestro grano de arena para cambiar el mundo en un mundo mejor. Se nos juzgará por si somos capaces de salir de nosotros mismos, si somos capaces de dejar de ser como hikikomori espirituales que rechazamos interactuar con otras personas, a quienes el miedo, la incertidumbre o la pereza que les impide salir de su parcela de confort.

Pero insisto, no estamos solos en esa empresa. Dios está a nuestro lado, es el buen pastor que cuida de nosotros, si no lo rechazamos, si no somos indiferentes a su amor. Jesucristo nos muestra el camino para ser felices, que no es otro que el de amar y servir a quienes tenemos al lado, especialmente a los más pobres y necesitados. Jesucristo intenta enseñarnos el camino del amor para que nosotros podamos amar a los demás, a los necesitados, a los pequeños de este mundo. Y así podremos vencer definitivamente a la muerte y ganar la vida en Dios. Porque hoy también celebramos que Jesucristo es nuestro Salvador: sufrió y murió por justicia, porque había que reparar de algún modo el mal que nosotros hemos hecho, hacemos y haremos; pero a la vez Jesucristo, resucitando, nos coge de la mano, nos mira a los ojos y nos dice: venid conmigo y ayudadme a cambiar el mundo, ayudando y acogiendo a los necesitados, a los pequeños y despreciados del mundo tal y como yo voy hacer.

Hermanos y hermanas: No es casualidad que sea Cristo crucificado quien preside nuestra asamblea, en esta magnífica talla colgada sobre el altar. Cristo, el mismo que está colgado en la cruz, Cristo sufrió, murió y resucitó por nosotros, por amor a nosotros, para enseñarnos el camino de salvación, de la vida eterna, que no es otro que el de amar: amar a Dios que es digno de alabanza y de agradecimiento, amar al prójimo, a todos aquellos que nos rodean como a nosotros mismos. El criterio del juez será si hemos sido capaces de amar con obras, no sólo de palabra; eso sí, cada uno según sus posibilidades y capacidades.

Gloria y alabanza a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador

Cristo es el máximo gobernante. Pero lo hace de forma diferente, a través del camino del amor, a través del camino del servicio al prójimo. Y a menudo lo hace mediante el esfuerzo de tantas personas que trabajan por el bien de los demás, especialmente de aquellos más pobres, marginados y pequeños.

Ojalá que nuestra vida pueda concretarse en obras de servicio a los más necesitados. Y así, podremos cantar con el salmista: “el Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar (…) Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida,”. (Salmo 22:1-2a.5)

Que así sea.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de Cristo Rey (26 de noviembre de 2023)

Domingo XXXIV, Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey de todo el universo (22 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Joan M. Mayol, Rector del Santuario de Montserrat (22 de noviembre de 2020)

Ezequiel 34:11-12.15-17 / 1 Corintios 15:20-26.28 / Mateo 25:31-46

 

Las lecturas de la eucaristía de esta solemnidad de Cristo Rey, nos hablan de Jesús, como Pastor solícito, Rey misericordioso y Juez justo. Jesús es el Gran Pastor del Pueblo de Dios porque ha dado la vida por sus ovejas, es verdaderamente Rey universal porque ha sido el único hombre que ha realizado incomparablemente mejor el oficio de ser persona. Dios ya había hecho al hombre “rey de lo que había creado» pero la historia nos dice que este ha hecho de sí mismo un tirano y se ha comportado con la naturaleza de idéntica manera.

La imagen que hoy sobresale más en esta escena del juicio final, sin embargo, es la de Jesús como Juez justo. El Padre ha dado a él el juicio porque él, abrazando la condición humana, ha vivido todos sus límites, ha sufrido sus tentaciones, pero no ha caído en ningún momento en la maldad del pecado porque ha confiado siempre en Dios y se ha mantenido humilde y respetuoso ante él. Jesucristo ha demostrado al género humano que ser persona, de acuerdo con el plan amoroso de Dios, es posible, no es fácil pero tampoco difícil, todo es ponerse; y en su providencia, conociendo nuestra debilidad, nos ha dejado como remedio a este mal radical del egoísmo que nos domina, el don de la misericordia. ¿Por qué la misericordia y no otro don? Porque la misericordia nos hace humildes, más personas. Ejerciendo la misericordia tenemos una oportunidad muy personal de experimentar, de alguna manera, el amor viviente que es Dios mismo. Y este amor es lo que puede ir transformando nuestro ego pagado de sí mismo en un yo liberado y liberador, en un yo en comunión fraterna con todos los demás.

La misericordia nos lleva a compartir más que a acumular, a cuidar más que a devorar, con lo cual la naturaleza sale beneficiada y por ende nosotros mismos. La misericordia nos empuja más a ser creativos que ser violentos.

Hablar de misericordia no es hablar de conmiseración paternalista, sino de empatía y de autenticidad humana, de gozo por el valor útil y eficaz de la propia existencia. La capacidad de ser misericordiosos es el gran don que la Providencia ha puesto en nuestras entrañas. Ser misericordiosos, empático, comprometido con el bien, es lo que nos hace benditos de Dios, la falta de todo esto o su contrario es lo que arruina la propia vida y la convivencia que se deriva. Misericordia no es ir con lirio en la mano, es más bien tener el coraje de renunciar a toda violencia para estrechar con fuerza las manos solidariamente tanto con los de cerca como con los de lejos, y ponerse juntos a abrir camino.

Las palabras de Jesús nos invitan a estar atentos a nuestras decisiones para no acabar condenando nuestra vida y nuestra historia, ya ahora, a un suplicio eterno debido al egoísmo o al amor inactivo. Los condenados que están a la izquierda y los salvados que están a la derecha del Señor, no están ahí por haber ignorado o conocido Jesús y su Evangelio, no se cuestiona aquí su religiosidad, la cuestión esencial que se debate es el ejercicio o no ejercicio de la misericordia con los que les son iguales en humanidad.

La argumentación de Jesús sopla sobre el incienso de piedad que podría ocultar los problemas que nos afectan a todos y que está en nuestras manos resolverlos: el hambre, la falta de agua, la miseria, la inmigración, problemas todos ellos que mal resueltos o resueltos sólo para unos pocos acaban generando para todos violencia, lágrimas y resentimientos.

Jesús no nos pide un imposible, él mismo no hizo más que lo que estaba a su alcance natural; pero no quiere que, por desidia o por miedo, acabemos mirando a otro lado cuando el Cristo necesitado lo tenemos en frente; su evangelio nos hace mirar con la empatía de Dios la realidad humana que tenemos a nuestro alcance para así, contribuir, entre todos, eficazmente, en el todo inalcanzable del mundo. Joan Maragall, poeta de alma rebelde y de espíritu inquieto, en su «Elogio del vivir», expresa esta responsabilidad evangélica que todos y todas tenemos, con una belleza sobria y así de acertadamente.

Ama tu oficio,

tu vocación,

tu estrella,

aquello para lo que sirves,

aquello en que realmente,

eres uno entre los hombres,

esfuérzate en tu quehacer

como si de cada detalle que piensas,

de cada palabra que dices,

de cada pieza que colocas,

de cada martillazo que das,

dependiese la salvación de la humanidad.

Porque depende, créeme.

Si olvidándote de ti mismo

haces todo lo que puedes en tu trabajo,

haces más que el emperador

que rige automáticamente sus estados;

haces más que el que inventa teorías universales

sólo para satisfacer su vanidad,

haces más que el político,

que el agitador, que el que gobierna.

Puedes desdeñar todo esto

y el arreglo del mundo.

El mundo se arreglaría bien el solo,

sólo con que cada uno

cumpliera su deber con amor, en su casa.

 

 

Abadia de MontserratDomingo XXXIV, Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey de todo el universo (22 de noviembre de 2020)