Domingo de Pentecostés (5 de junio de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (5 de junio de 2022)

Hechos de los Apóstoles 2:1-11 / Romanos 8:8-17 / Juan 14:15-16.23b-26

 

¿Podría ser que, con el Espíritu Santo, Dios se hubiera superado a sí mismo?

Con esta expresión: te has superado, expresamos, queridas hermanas y hermanos, esa acción que nos ha sorprendido porque va más allá de las expectativas. Alguna vez, irónicamente, te ha superado, lo decimos en sentido negativo, cuando has hecho algo mal más allá de lo esperado.

¿Por qué me pregunto si Dios se ha superado enviando al Espíritu Santo? Quizás porque es el aspecto, la persona, más imprevisible de Dios.

En la celebración de nuestra fe fácilmente seguimos los hechos de Dios-Padre, autor de cuya Creación encontramos huellas en la belleza de la naturaleza y de las personas, confesamos también Dios- Hijo, autor de la redención, Jesucristo, de quien tenemos la historia de su persona y de su vida y el testimonio de la comunidad que le reconoció mesías y salvador. Pero ¿y del Espíritu Santo? Naturalmente también lo confesamos en el Credo y en cada invocación a la Trinidad, pero ¿somos conscientes de que el Dios-Espíritu Santo es el actualizador? ¿Aquél a través del cual actúan y obran en nosotros el Padre y el Hijo, renovando la creación, haciendo que la redención de Jesucristo sea creída y tenga efectos reales en nuestra vida?

Enviar el Espíritu Santo fue una superación de una historia de Dios que hubiera podido quedar como un relato antiguo, como una mitología con su sabiduría religiosa y humana, pero desconectada de cada persona desde los inicios de los tiempos hasta hoy, en el siglo XXI.

El Espíritu Santo es la intimidad del padre con su hijo, con Jesús. Él mismo, Jesucristo, quiso que su presencia entre nosotros fuera mucho más que el recuerdo de un magisterio excepcional y de un testimonio coherente entre vida, palabra y muerte. Quiso una conexión diferente y por eso como nos ha dicho el Evangelio, el mismo día de Pascua, quiso quedarse con los apóstoles y lo hizo con su Espíritu, que después sería enviado a toda la comunidad, y que desde entonces no ha dejado de ser protagonista de la vida del mundo, de la Iglesia, de cada sacramento, de cada vida espiritual, de cada discernimiento. Con razón de las pocas cosas que confesamos del Espíritu Santo en el Credo, una de las más importantes dice que infunde la vida: Señor y dador de vida.

He leído recientemente un libro que dice que el mundo lleva unos cuarenta años sometido a una doctrina llamada TINA. No es un diminutivo de un nombre, sino las siglas en inglés de la frase There Is No Alternative; es decir, no hay alternativa. La frase viene a decir que existe una doctrina económica, antropológica, social presentada como inevitable. El autor critica esta doctrina y es favorable a defender que sí existen alternativas.

Cuando ponemos juntos el Espíritu Santo y el mundo en el que vivimos, podemos decir que para los cristianos esta TINA es inaceptable y que el Espíritu Santo es precisamente la superación de un mundo sin alternativas. ¿Cuántas razones prueban esto:

Dios se supera en la historia porque el motor inmediato que mueve al mundo es la acción del hombre y la mujer. Esta acción puede ser inspirada por muchas causas, pero es el Espíritu Santo quien asegura la presencia de Dios en cada persona. Afirmar que no hay alternativas es realizar un análisis pobre de nuestro mundo y de nuestra humanidad, renunciando al protagonismo de dirigir y controlar la Creación guiados por este Santo Espíritu, del que decimos en el himno Veni Creator Spiritus que es el guía que nos va delante. (ductore sic te praevio).

¿Dónde viene a encontrarnos el Espíritu de Dios? ¿Dónde está presente? Dios se supera también siempre en la persona humana. Es muy significativo que utilicemos la misma palabra, espíritu, para hablar de esa parte de nuestra humanidad que permanece abierta a la trascendencia, a la mística, a todo lo que no podemos tocar pero que podemos sentir desde nuestra sensibilidad. Hay una especie de zona 0, de zona de encuentro previo, íntimo, en toda persona que necesitamos afirmar. Los más jóvenes, los niños, muy especialmente los escolanes, la cultivan constantemente con la música, para vosotros y para tantos que os escuchan.

Una de las grandes propuestas del cristianismo hoy es la de la afirmación radical de que la espiritualidad forma parte de la persona humana y la enriquece. Quizás para alguien sea muy obvio, pero yo cuando miro a mi alrededor y veo tanta dependencia de la tecnología, de las plataformas, de los móviles, del bombardeo constante de información y de entretenimiento, me pregunto qué espacio dejamos al espíritu. Ojalá esta solemnidad de Pentecostés fuera una reivindicación de la espiritualidad. Me parece que recordarlo es una de las misiones de la vida monástica hoy. Este espíritu humano es el que naturalmente nos permite también permanecer abiertos a la propuesta cristiana, a la que nos viene del Espíritu Santo, del Espíritu de Dios, del Espíritu con mayúscula: de permanecer abiertos en definitiva a la fe. El espíritu es el actualizador de todo. Aunque no seamos a veces conscientes, somos colaboradores del Espíritu cuando cantamos, cuando celebramos, lo sois los escolanes cuando facilitáis que la gente descubra la belleza. Porque las cosas del Espíritu son las que más pueden acercarnos a todos, son nuestra gran oportunidad pastoral.

Si nos creemos esta conexión espiritual entre Dios y nosotros por el Espíritu Santo, más que de la TINA, (del no hay alternativa) deberíamos hacernos seguidores de la TIA, There is Alternative y defender que naturalmente sí hay alternativas.

Dios se supera con el Espíritu Santo porque permite que la persona, tal y como he dicho que la entendemos, y la historia se combinen correctamente, en una acción que busca siempre la mejor opción, y por tanto llenarnos de confianza en el futuro.

Esta correcta combinación es la alternativa cristiana fundamentada en la conversión personal, obra del Espíritu Santo. La conversión de un solo hombre o una sola mujer ha tenido efectos multiplicadores en tantos momentos de la historia. De la capacidad del Espíritu Santo para convertirnos hablaba hoy también la secuencia, ese fragmento que hemos cantado en gregoriano después de la segunda lectura y que tenía tres frases llenas de sentido que traducidas al -castellano- dicen:

Doblegad nuestro orgullo, calentad nuestra frialdad, enderezad lo que está desviado.

¡Creer que el Espíritu es capaz de todo esto es realmente creer que Dios se ha superado y que nos propone un verdadero camino a cada uno de nosotros y a todos colectivamente de superación!

En cambio, la pretendida conversión de estructuras, olvidando a las personas, se ha acabado ahogando siempre bajo su mismo peso, carente de ese dinamismo que permite respirar, adaptarse, carente de la fluidez tan propia del Espíritu, de quien decimos que es viento, fuego y agua: fijaos, elementos que nos cuesta mucho controlar.

La influencia del Espíritu Santo en la historia por la acción de las personas provoca que la propuesta cristiana sea socialmente transformadora. Me atrevería a decir que es en términos históricos la que más lo ha transformado todo, pero el camino siempre comienza en Dios, de Él pasa al espíritu de los hombres y de las mujeres que actúan para cambiar las cosas.

Y la superación de Dios en el Espíritu no ha terminado. Su gran característica es que se actualiza, cada día, como los programas y las aplicaciones y por tanto queda siempre abierta a versiones mejores de nosotros mismos y del mundo, y con esta actualización el Espíritu nos da finalmente una especie de actualización diaria en el don de la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino de la eucaristía. ¿Qué más podríamos pedir?

Abadia de MontserratDomingo de Pentecostés (5 de junio de 2022)

La Ascensión del Señor (29 de mayo de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (29 de mayo de 2022)

Hechos de los Apóstoles 1:1-11 / Hebreos 9:24-28; 10:19-23 / Lucas 24:46-53

 

Todos hemos hecho la experiencia de desear intensamente que ocurra algo, que algún momento llegue: un encuentro con un familiar o amigo, para vosotros escolanes quizás un concierto, o una gira en el extranjero. También hemos vivido aquellos momentos de nervios ante un examen, una entrevista de trabajo, … La importancia de lo que esperamos siempre marca la intensidad de cómo vivimos los momentos previos. A menudo también, si estos hechos son normales ya no los esperamos con la misma ilusión o no los esperamos en absoluto. Estas ideas sobre cómo vivimos y esperamos me ayudan a entender la solemnidad de hoy, la de la Ascensión del Señor, un momento muy preciso de aquel tiempo esencial que llegó después de la muerte de Jesucristo.

En la euforia de la Resurrección del Señor, podríamos pensar que los apóstoles y los discípulos y todos los que gozaron personalmente de la experiencia de saber que Jesús estaba vivo, que el crucificado había resucitado, ya lo tenían todo hecho y aprendido. Y que todos, incluso el dudoso Tomás cuando ya estaba seguro personalmente de todo lo ocurrido, se quedarían en la seguridad de la presencia entre ellos de Jesús, que ese tiempo quizá se prolongaría. A pesar del impacto de la resurrección en los discípulos, las solemnidades de hoy y la de Pentecostés, que está íntimamente relacionada, nos vienen a decir que no, que todavía faltaba algún paso.

Hace muchos años en los cines había un descanso en las películas muy largas. Como todos sabéis, los escritos de San Lucas en el Nuevo Testamento tienen dos partes, el evangelio y los Hechos de los Apóstoles. Puede que algunos hayan encontrado que la primera lectura y el evangelio de hoy eran algo repetitivos y explicaban la misma historia. No es raro. Aunque de forma inversa, hoy hemos leído el fin del Evangelio y el principio de los Hechos de los Apóstoles. Los dos textos nos explicaban La Ascensión del Señor, que podríamos decir que marca la media parte, y que al empezar de nuevo el relato, en la segunda parte, se recuerda un poco donde lo habíamos dejado. La Ascensión marca el punto en el que la historia dejar de ser la historia de la vida de Jesús para pasar a ser la historia del Espíritu Santo, que hace a la comunidad, a la Iglesia.

La Ascensión nos dice que no podemos controlar nosotros a Jesús resucitado. Nosotros sólo podemos acoger alguna de sus maneras de estar allí. Quizás para estimularnos, quizás para que no nos quedáramos demasiado en la resurrección palpable, como en la transfiguración del Tabor, quizás para seguir mostrándonos aquel destino definitivo, aquella comunión con Él que nos tiene preparada, cambió al cabo de cuarenta días de haber resucitado, la forma de estar presente en el mundo. Y lo primero que hizo fue desaparecer. Litúrgicamente lo representaremos el próximo domingo retirando de la Iglesia el cirio pascual, que ha presidido nuestras celebraciones desde el domingo de Pascua.

La Ascensión del Señor nos enseña tres cosas importantes. La primera, tal como os decía al principio, es que nos hace vivir un vacío, y de este modo nos hace vivir la intensidad frente a algo que debe pasar. El mismo Jesús se refiere a esto: Vendrá el Espíritu Santo. Es necesario que yo me vaya, dirá incluso el evangelio de San Juan. Era necesario que los discípulos, y nosotros por extensión, se pusieran en situación. Subrayo un detalle curioso y bonito: Jesús dice: esperad al Espíritu Santo juntos y en Jerusalén. La expectación compartida seguro que es más intensa. Esta espera pertenece al ámbito más sagrado, más espiritual, el ámbito que para los judíos representaba Jerusalén. Es necesario que hagamos y demos al Espíritu Santo el lugar interior que le corresponde. Tengamos siempre en cuenta que es el vínculo entre Dios, Cristo y nosotros.

El segundo mensaje en la fiesta de la Ascensión es que Jesucristo se mantiene fiel a sí mismo. Se mantiene siempre. Diría que aprovecha incluso el hecho de irse para seguir insistiendo en su mesianismo diferente y activo. Y lo hace sin dar por perdidos a los apóstoles y discípulos que parecen no ser capaces de salir de sus esquemas. Parece difícil de comprender que después de todo lo que habían vivido, aún estuvieran como desorientados y le preguntaran: Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel? La pregunta a mí me sigue sonando demasiado dependiente de una manera de ser Mesías antigua, impropia de uno que ya ha pasado por la Cruz, ha resucitado y se ha hecho Señor del tiempo y del espacio, como Dios mismo que es. Es en este sentido que él responde: cuándo va a suceder esto no es importante. Lo que cuenta es ser testigos ahora y extenderse a toda la tierra. El libro de los Hechos de los Apóstoles es la historia de una comunidad que nace en Jerusalén fruto del don del Espíritu y que se extiende en todo el mundo. Y si finalmente podemos afirmar que sí, que Jesucristo restablece la realeza de Israel, debemos decir que lo hace de una manera totalmente diferente.

Y después de subir al cielo: todavía se oye una voz que nos devuelve a la tierra: Hombres de Galilea, (referencia al origen para personalizar, para dirigirse muy directamente a los íntimos):, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo, pero es necesario que la historia mientras tanto continúe, y ciertamente el Libro de los Hechos de los apóstoles continúa, con una gran cantidad de aventuras apostólicas. Jesús sube al cielo bendiciendo. Bendiciendo todo lo que va a pasar.

Y la tercera cosa que nos marca la Ascensión es un camino personal. Nuestra vida de cristianos se hace siempre a imitación de Cristo: en el seguimiento de su enseñanza espiritual, de su compasión, incluso al intentar vivir pascualmente como resucitados, no dejándonos llevar por las fuerzas que nos llevarían a la muerte y siempre con la aspiración de la plena comunión con Él. La Ascensión que marca, si cabía todavía, un paso más en la ya irreversible comunión entre el Padre y el Hijo, nos enseña que nosotros vamos hacia Dios y donde tenemos la esperanza de llegar, como nos ha dicho la oración colecta: la Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria, y adonde ya se ha adelantado gloriosamente nuestra Cabeza, esperamos llegar también los miembros de su cuerpo. Y también nos dirá la oración de la poscomunión: Dios todopoderoso y eterno, que, mientras vivimos aún en la tierra, nos concedes gustar los divinos misterios, te rogamos que el afecto de nuestra piedad cristiana se dirija allí donde nuestra condición humana está contigo.

(En francés) Muy brevemente, he tratado de resaltar tres mensajes que la solemnidad de hoy tiene para todos nosotros. El primero es la espera del Espíritu Santo, el don que Dios nos da y que celebraremos el próximo domingo. La segunda es la fidelidad de Jesús a un modo de ser Rey y Mesías que nos hace estar siempre en la tierra, para ser sus testigos. La tercera es la invitación a seguirlo.

Pensadlo todavía un poco los escolanes: los que se confirmaron en Pascua, los que se confirmaron el pasado domingo. Nos comprometimos juntos a promover en nuestros corazones la conciencia del Espíritu Santo que hemos recibido, pero que seguimos pidiendo, nos comprometimos a la fidelidad al mesianismo de Jesucristo, que es Rey, pero en el servicio, en la ayuda, en la compasión a los más necesitados, por tanto, fiel a sí mismo, y también nos comprometimos al reto de su seguimiento, a nuestra identificación en todos los aspectos inagotables de la personalidad y el mensaje de Jesús de Nazaret. Un reto que tiene en sí mismo la prueba del éxito. Imaginad que fácil: Un desafío de la vida que la puedes encarar sabiendo que lo vas a lograr y no sólo tú, sino todos los que se atrevan a aceptar el reto de ser cristianos hoy. En el fondo, lo que habéis hecho ha sido aceptar el reto que Jesús resucitado nos vuelve a proponer hoy: tenerlo a Él por referente principal de vuestras vidas, anhelando la comunión con Dios. Éstos son los mensajes que nos deja la solemnidad de hoy.

Abadia de MontserratLa Ascensión del Señor (29 de mayo de 2022)

Domingo V de Pascua (15 de mayo de 2022)

Homilía del P. Ignasi M Fossas, monjo de Montserrat (15 de mayo de 2022)

Hechos de los Apóstoles 14:21b-27 / Apocalipsis 14:1.8-13 / Juan 13:31:35

 

En la visión del Apocalipsis que hemos leído en la segunda lectura, existe una frase clave que ilumina las otras lecturas y la celebración de todo este domingo quinto de Pascua del ciclo C. El texto dice que Juan tuvo una visión donde todo era nuevo: el cielo, la tierra, la ciudad de Jerusalén y en el lugar del trono quien se sentaba afirmó: «Yo haré que todo sea nuevo». Ésta es la buena noticia: «Yo haré que todo sea nuevo».

La novedad es una de las realidades más fascinantes para el corazón humano. Quizás es porque experimentamos la caducidad de la vida, o la decadencia de las cosas, o el envejecimiento de las personas y de las instituciones en contraste con nuestro deseo de plenitud y de eternidad, quizás por eso nos atrae tanto la idea de una vida nueva, de un nuevo comienzo, de una realidad nueva que nos ayude a superar el destino ineludible de la muerte. Todo esto queda bien reflejado en el diálogo entre Jesús y un fariseo llamado Nicodemo (Jn 3,1-10). En una conversación llena de sinceridad, de confianza, de encuentro profundo con lo esencial, Jesús le dice a Nicodemo que nadie podrá ver el Reino de Dios sin haber nacido de arriba. La respuesta de Nicodemo expresa bien la experiencia cotidiana: ¿Cómo puede nacer un hombre viejo? ¿Tiene que volver a entrar en las entrañas de la madre para poder nacer? Nicodemo, y con él también nosotros, intuye perfectamente el deseo de empezar una vida nueva, pero no entiende qué significa nacer de arriba o nacer de nuevo. Sabe bien, como lo sabemos también nosotros, que podemos ilusionarnos fácilmente con novedades efímeras, que nos ilusionan pero que no nos satisfacen. Lo vivimos cada vez que estrenamos algo nuevo, cuando empezamos el año o si cambiamos de casa, de coche, de trabajo. Querríamos empezar de nuevo para empezar, de una vez, la vida verdadera.

La respuesta definitiva se encuentra en la persona viva de Jesús, en Jesucristo resucitado. Jesús contesta a Nicodemo que nadie podrá entrar en el Reino de Dios sin haber nacido del agua y del Espíritu. Nacer del agua y del Espíritu es la forma en que el evangelio según san Juan expresa la realidad definitiva de nuestra vida: participar en la muerte y en la resurrección de Jesús por obra del Espíritu Santo. La Iglesia, siguiendo el mandamiento del Señor Jesús, ha entendido que este nuevo nacimiento en el agua y el Espíritu se produce por el bautismo, la confirmación y la eucaristía.

El que se sienta en el trono de la nueva Jerusalén y dice: «Yo haré que todo sea nuevo» es Jesús resucitado, triunfando sobre el pecado y la muerte. Para vivir realmente la novedad que buscamos debemos ser sumergidos en la vida, la muerte y la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Sólo así empezaremos, por la acción del Espíritu Santo, la vida nueva que tanto deseamos y que nos permitirá participar de la novedad absoluta inaugurada con la resurrección de Jesús.

Hemos visto que es una novedad que afecta también a la creación: un cielo nuevo y una tierra nueva. Que incluye también la ciudad santa, la nueva Jerusalén y el tabernáculo donde Dios se encontrará con los hombres. El lugar de esta íntima comunión entre Dios y la humanidad, que es la fuente de la vida nueva, ya no es un lugar de la geografía terrestre, sino que es la persona de Jesús, plenamente Dios y plenamente Hombre. Él es el sacerdote, el altar, la víctima y el tabernáculo. Y como hemos sido creados a su imagen, cada uno participa, en la medida en que sólo Dios conoce, de estos atributos del Señor Jesucristo. El cielo nuevo y la tierra nueva son, en nuestra vida, la novedad del otro y, en definitiva, la novedad de Dios.

Por eso Jesús nos puede dar un mandamiento que también es nuevo: que nos amemos unos a otros, tal y como él nos ha amado. Y cuando se ama, todo se convierte en novedad.

El nuevo nacimiento por el agua y el Espíritu se verifica también en el núcleo de nuestro ser: el corazón y el espíritu. Creemos que, por la participación en el misterio pascual de Jesucristo, se cumple en nosotros la profecía de Ezequiel (Ez 36, 26-28), que leíamos en la Vigilia Pascual: Os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros. A partir de esta novedad interior empezamos una vida nueva, que es como un nuevo Éxodo, con la particularidad de que, si vivimos personalmente en Cristo resucitado, este nuevo éxodo es una peregrinación de amor, hecho con Él como compañero de camino, que nos conduce a la tierra prometida, el Reino, donde le veremos cara a cara. Entonces podremos hacer como Pablo y Bernabé cuando volvieran a Antioquía, podremos anunciar todo lo que Dios ha hecho junto a nosotros, cómo la gracia de Dios nos ha permitido llevar a cabo el anuncio del evangelio, de Cristo resucitado. Amén.

Abadia de MontserratDomingo V de Pascua (15 de mayo de 2022)

Domingo IV de Pascua (8 de mayo de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (8 de mayo de 2022)

Hechos de los Apóstoles 13:14.43-52 / Apocalipsis 7:9.14-17 / Juan 10:27-30

 

La globalización es hoy una palabra muy extendida. Seguramente todos asociamos globalización con actualidad. Cuando yo tenía la edad que tenéis vosotros, escolanes, no sabíamos ni que existiera esta palabra y a vosotros que habéis crecido en medio de ella, quizá la tengáis tan asimilada que tampoco le hagáis mucho caso. Una definición dice ser un proceso histórico de integración mundial en los ámbitos económico, político, tecnológico, social y cultural. ¿Y esto es bueno o es malo?

Será bueno si permite una humanidad que avance junta hacia unas mejores condiciones de vida para todos, que pueda asegurar la paz, la preservación del medio ambiente. No será bueno si anula la riqueza cultural, lingüística… si nos hace pasar a todos por el mismo agujero.

La fe cristiana es una de las respuestas personales más globales de la historia de la humanidad y no es porque sí. Lo es porque nuestro Dios, que es el Dios de Jesucristo, ha querido ser Dios para toda la humanidad. Así lo hemos leído en la primera lectura. Cuando Pablo y Bernabé se enfrentan a la resistencia a predicar la buena nueva de Jesucristo en Antioquía de Pisidia, encuentran enseguida una frase de los profetas que les empuja más allá, hacia la globalización de la fe en el mundo, una frase del profeta Isaías hablando del Mesías: Te he hecho luz de las naciones, para que lleves la salvación hasta los límites de la tierra (Is 49,6). Y la fe se hizo global porque el nombre de Jesús alcanzó los límites de la tierra. Y llegó mucho antes de que la tecnología hiciera muy fácil comunicarse, hiciera más fácil esta globalización, llegó porque Pablo y Bernabé quisieron llevar el evangelio a todo el mundo. Me considero afortunado de haber vivido esa universalidad de la fe desde muy joven. De haber conocido a cristianos de todo el mundo, de saber también que con nosotros rezan tantos hermanos y hermanas diferentes, como veis en Salve cada día.

La fuerza extensiva de la fe cristiana de esos inicios me consuela. Me pregunto cómo podríamos ahora recuperar esa fuerza para seguir diciendo que Jesús y su evangelio son la luz y la salvación hasta los límites de la tierra, unos límites que no son geográficos, sino que ¡quizás tenemos que empezar a buscar en nuestro alrededor!

Somos un pueblo de elegidos. Lo podemos decir desde muchos puntos de vista. Somos elegidos en tanto que humanos, porque hubo una elección de Dios al crearnos, somos elegidos como personas porque cada uno de nosotros es alguien querido y llamado por Dios en la vida, somos elegidos, por encima de todo, en tanto que cristianos.

¿De dónde nos viene la elección? De una voz que nos llama y que nosotros reconocemos. Como el pastor llama a las ovejas, nosotros somos llamados por Jesucristo y reunidos en su rebaño, el rebaño del buen pastor.

Nuestro reto es convertirse en capaces de escuchar la voz del buen pastor y de entrar como ovejas en este rebaño. Responder con nuestra vida a la llamada y especialmente mantenernos en ella. ¿Dónde escucharemos hoy esa voz? La Iglesia nos propone su oración, reflejo de la misma Palabra de Dios ordenada pedagógicamente para ser orada y nos pide que participemos. El buen pastor también nos llama a través de tantas otras situaciones de la vida: en el testimonio de quienes le han escuchado, en las situaciones que nos presenta la historia, en las necesidades sociales y personales de tantos hermanos y hermanas. El rebaño de Jesucristo tiene vocación de ser universal, de estar abierto. La Iglesia no es una secta, tiene las puertas abiertas a todos y no aísla nunca a sus hijos e hijas de las demás voces del mundo, sino que promueve su madurez para ser capaces de discernir el llamamiento de Jesucristo de las demás voces. Estas otras voces nos llevarían a rebaños que no son de Dios y no nos conservarían en esa unidad que es donde Él nos quiere.

¿Y a dónde nos lleva esta elección? En la vida eterna. Nos lo promete la primera lectura, aunque no lo diga expresamente, porque la predicación de la primera iglesia apostólica tuvo su punto fundamental en la afirmación de un resucitado, Jesucristo que abría las puertas de la vida eterna, de la vida de Dios, a todos los que creían en Él. También el evangelio nos dice claramente: Yo os doy la vida eterna y la lectura del apocalipsis nos describe de una manera simbólica cómo será esta eternidad: estaremos con Dios, todo el dolor y el sufrimiento habrán pasado, ¡viviremos! La promesa de la vida eterna no es abstracción o ausencia, sino que es compromiso en el mundo para promover esta vida de Dios que se nos promete.

Somos un pueblo de elegidos. Dentro de la elección cristiana y dentro del rebaño, Jesucristo nos vuelve a llamar a cada uno para seguirle en una vocación más específica. De este modo mediante la llamada a la vida monástica, nos ha reunido a los monjes y monjas a formar otro rebaño dentro del rebaño, una familia que se siente elegida para este servicio de oración, de trabajo y de acogida. Si no viniera de Dios, esta llamada, contracultural al mundo en tantos aspectos, no podría sostenerse. Como la llamada a la fe, también la vocación monástica trabaja día a día en el discernimiento de la voz de la fidelidad de tantas voces seductoras. Es por esta razón que siempre que celebramos un aniversario de vida monástica tal y como hacemos hoy, celebramos la fidelidad de Dios de habernos llamado y de haberse mantenido fiel a su gracia, en uno de nuestros hermanos de comunidad. Muchos de los que estáis aquí os podéis hacer una idea de lo que significan cincuenta años de fidelidad. Quienes celebren un aniversario de boda, comparten, seguro, muchas de las reflexiones que podemos hacer sobre la fidelidad. A otros, como a los escolanes, cincuenta años de vida le puede parecer algo inimaginable, ¡que multiplica por cinco los que habéis vivido! ¡Puedo aseguraros que son bastantes años! ¡Preguntadlo a vuestros abuelos y os lo explicarán!

En el aniversario de los cincuenta años de profesión monástica del P. Abad Josep M. Soler, no podemos dejar de recordar que, en todas las llamadas señaladas, Jesucristo le llamó a ser pastor a imagen de él de un rebaño aún más concreto, que es el de nuestra comunidad. Por casualidades litúrgicas, este domingo IV de Pascua, es llamado del Buen Pastor y fue el mismo domingo que inició la semana de su elección, hace veintidós años, en mayo del año 2020. En el recordatorio de la bendición estaba la imagen del buen pastor de Josep Obiols cargando una oveja en los hombros y la frase Animam pono pro ovibus: Doy mi vida por las ovejas. En todos estos años ha cargado muchas ovejas en los hombros y otras muchas circunstancias de las ovejas y del rebaño. La exigencia de lo que pide la Regla de San Benito al Abad del monasterio, sólo se puede afrontar con una humildad que nos haga conscientes de que los llamamientos de nuestra vida vienen de Jesucristo y con una confianza que Él se mantiene siempre fiel en lo que pide.

No podemos dejar de dar gracias por el ejemplo de vida monástica y de fidelidad del P. Abad Josep M. Creemos que a la fidelidad de Dios también es necesario que responda nuestra libertad que, movida por la gracia, debe colaborar en el plan de Dios sobre sus hijos, que en toda vida monástica pasa por un día a día de oración, de lectura espiritual, de vida fraterna, de acogida. Cuando durante una vida esto se va haciendo realidad y lo vemos en un hermano nuestro, en un monje, no podemos dejar de sentirnos motivados y confirmados que esta vida concreta nos dice que todos los demás que participamos avanzamos hacia un ideal personal posible y realizable. Y más allá de nuestra opción concreta, todo el que honestamente vive su llamada cristiana a cualquier tipo de vida con amor y fidelidad es ejemplo para la Iglesia y el mundo porque logra un cumplimiento personal y cristiano que la encamina hacia Dios mismo.

Un cumplimiento que, en cada eucaristía, ese momento de transfiguración personal y comunitaria, quisiéramos saborear por la gracia que Dios nos hace de compartir el cuerpo y la sangre de Cristo.

Abadia de MontserratDomingo IV de Pascua (8 de mayo de 2022)

Misa Exequial del G. Martí M. Sas (2 de mayo de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (2 de mayo de 2022)

Apocalipsis 21:1-5a.6b-7 / Romanos 6:3-9 / Mateo 25:31-46

 

Los cristianos de Oriente, queridos hermanos y hermanas, siguiendo una tradición muy antigua, tienen la costumbre de felicitarse la Pascua, ese tiempo que estamos celebrando, diciéndose: Cristo ha resucitado y respondiendo: Realmente ha resucitado. El tiempo pascual está totalmente centrado en la resurrección de Jesucristo, ese acontecimiento que confirmó el valor absoluto de su persona, de su vida y el sentido de su muerte. Antes de Jesucristo, en la fe de Israel estaba la percepción de que más allá de la muerte se entraba en una comunión con Dios y se iba a reunir con los seres que nos habían precedido, pero esta percepción, no exenta de dudas tal y como nos muestran los evangelios en las polémicas con los saduceos, que no creían en la resurrección, esta percepción, digo, se convierte en certeza y en el fundamento de la fe cristiana, que nace de la afirmación que Jesucristo ha resucitado. Los apóstoles y los discípulos no llegaron aquí fruto de una reflexión interna o de la necesidad de superar un fracaso que exigía una sublimación en un futuro que diera una salida válida a todo lo vivido con Jesús. No. Llegaron porque el Señor resucitó, se hizo presente en sus vidas después de muerto y entendieron que aquel hecho era lo que cambiaba todo, porque daba una respuesta a la pregunta eterna: ¿Y después qué? Contestando con sencillez: luego está la vida eterna, porque Dios no deja en medio de la muerte a los difuntos.

Jesucristo, el Hijo de Dios, habiendo querido compartir nuestra condición humana hasta la muerte, se levanta (éste es el sentido literal del verbo resucitar en griego), para continuar presente, con una forma ciertamente que no es la misma que la de antes de la muerte en cruz, pero que se nos explica como presencia real, histórica y viva entre nosotros. De este modo Dios no se traiciona a sí mismo. Hay una imagen que me gusta mucho, es de un teólogo castellano que murió bastante joven, que dice que Dios fija una cuerda en el momento de la Creación que es el hilo de la historia y la mantiene tensada hasta el final. Alguna vez la cuerda se destensa, pero siempre se recupera y tira de todo hacia el cumplimiento definitivo. Todos estamos en esa cuerda mientras vivimos. Jesucristo, como hombre, también estuvo en la cuerda, pero como Dios, también la estiraba y nosotros esperamos que después de muertos por la resurrección ayudaremos a estirar esta cuerda y a mantenerla tensada con Dios Padre, en Jesucristo, con el Espíritu Santo, y todos los santos y santas de Dios.

La resurrección de Jesucristo provocó una llamada universal a su seguimiento, una llamada a ser una Iglesia que se identifica como la de los cristianos, los de Él, los de Cristo. A esta Iglesia nos incorporamos por el bautismo. Por esta razón en la teología más cercana a la de la resurrección del Señor, que es la del apóstol San Pablo, aparece tantas veces el bautismo como nuestro vínculo con Jesús. Nos hace participar de su vida porque él también se bautizó y para que participemos de su vida, asumimos todas las consecuencias que esta participación tiene: que resumidas quieren decir: seguir su Evangelio hasta compartir su misma muerte. Pero también el vínculo que establecemos es el que nos permite tener la esperanza de que un día resucitaremos con él. Lo hemos leído en la carta a los Romanos, Por el bautismo hemos muerto y hemos sido sepultados con él, porque, así como Cristo, por la acción poderosa del Padre, resucitó de entre los muertos, nosotros también emprendemos una nueva vida. (Romanos 6:4).

El hermano Martí Sas quiso emprender realmente una nueva vida cuando entró en nuestro monasterio de Montserrat en 1958. Nacido en 1926 en Palma de Ebro, en la diócesis de Tortosa, tenía, el pasado sábado, cuando murió, 95 años y era el monje más anciano de nuestra comunidad. De hecho, el hermano Martí era el último monje de nuestra comunidad que entró en el noviciado como hermano, separado de lo que hacían los monjes destinados al presbiterado y que, tras las reformas de la vida monástica que siguió al Concilio Vaticano II, hizo la profesión solemne en 1964, con todos los demás hermanos, haciendo que todos los monjes compartiéramos desde ese momento una misma profesión.

Subrayo el hecho de que quiso emprender una nueva vida cuando entró en el monasterio porque la vocación monástica le significó un redescubrimiento personal y fuerte de la fe cristiana con más de treinta años, una edad algo avanzada para entrar en el monasterio según las costumbres de ese momento. Mantuvo siempre una actitud fuerte como creyente y como monje que alimentaba de ese tipo de conversión que le había llevado de una vida profesional como sastre en el monasterio. Le gustaba recordar y compartir con nosotros y con gente de fuera los cimientos, aquellos que podíamos intuir que estaban en el corazón de su fe y de su espiritualidad.

Iba desnudo y me vestiste. Si os decía que la fe nos lleva a identificarnos con Jesucristo y con su evangelio, y que esto exige y encuentra formas muy concretas de realizarse como nos narra el evangelio de San Mateo que hemos leído, no podemos tener ninguna duda que este versículo: Iba desnudo y me vestiste resume bien todo el servicio monástico del hermano Martí, e incluso más allá incluso. Su calidad de primer nivel como sastre fuera del monasterio, también quedó dentro de esta transformación espiritual cuando, colaborando primero y encargándose después de la sastrería del monasterio e hizo un ministerio y un servicio, especialmente en confección de toda la ropa litúrgica del monasterio, nunca fruto de la improvisación sino con una visión que Dios también debía ser glorificado en la dignidad y el buen gusto de las albas, las túnicas, las casullas, los hábitos y las cogullas con una visión de la armonía que todo el conjunto debía dar al corazón de los monjes que celebraba y oraba, muy fiel al precepto de la Regla de San Benito que pide dignidad en el vestir de los hermanos. Quizás incluso inspirado por la visión de esta ciudad santa de Jerusalén que quiere anticipar la asamblea litúrgica y que él quiso engalanar como una novia que se prepara para su esposo.

La nueva vida abrazada después de su entrada en el monasterio, también tuvo una dimensión de soledad y de acogida. Durante muchos años, cuidó y buscó ratos de soledad y silencio en la ermita de San Dimas, lugar que amaba con predilección y el cual todavía visitó cumplidos los 90 años, hasta que no le fue físicamente posible continuar yendo. Desde san Dimas también acogió a amigos y algunos grupos que se acercaban para compartir ratos de oración y celebración.

Siendo un monje que ocupaba todas las horas del día y buena parte de las de la noche practicando el ora et labora hasta una edad muy avanzada, tuvo que emprender una nueva vida y convertirse y prepararse para esta hora final. Durante los últimos años, en la enfermería del monasterio, el Señor le fue desnudando de sus capacidades físicas y mentales, hasta llamarlo a compartir por la muerte, su resurrección. Nos quedan de estos últimos años su alegría, casi infantil, cuando veía a un hermano de comunidad, y los intentos difíciles pero entrañables de procurar comprender lo que quería comunicar. Pero hasta en estos momentos, me atrevería a decir, que no perdió aquella fortaleza ante la vida que le venía de la fe y de las convicciones profundas.

Los cristianos de lengua siria tienen la tradición de que las almas de los difuntos cuando llegan a la puerta del paraíso no encuentran a San Pedro sino a San Dimas, el buen ladrón, salvado por la cruz de Cristo, que es la clave para entrar en el cielo, donde él es el primero en haber llegado. A pesar de no ser sirios, permitámonos hoy pensar que San Dimas ha recibido al G. Martí en la puerta del cielo para decirle que sí, que la promesa de Jesucristo de que un día nos encontraremos con él, compartiendo su resurrección, es verdad. Y que así vivamos la novedad, la plenitud y la comunión con Jesucristo, con el Alfa y la Omega, con el Señor de la vida, cuya victoria sobre la muerte celebramos en cada eucaristía.

Abadia de MontserratMisa Exequial del G. Martí M. Sas (2 de mayo de 2022)

Domingo III de Pascua (1 de mayo de 2022)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (1 de mayo de 2022)

Hechos de los Apóstoles 5:27b-32.40b-41 / Apocalipsis 5:11-14 / Juan 21:1-19

 

El misterio de la Pascua que estamos viviendo es el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo que ahora ha sido glorificado a la derecha de Dios. Y porque los apóstoles lo proclamaban, por eso son juzgados ante el Sanedrín. Los apóstoles no podían dejar de predicar a Cristo glorificado, era un fuego que les quemaba las entrañas, un impulso del Espíritu en ellos que les hacía anunciarlo por todas partes. Por más que se lo prohibían, no podían dejar de obedecer a Dios antes que a los hombres. No podían callar lo que habían visto y escuchado, y palpado con sus manos. Habían comido con él después de resucitar.

Este testimonio, hermanos, nos espolea a nosotros que nos decimos cristianos, que debemos proclamar con nuestra vida este misterio de salvación. Si creemos que Cristo ha resucitado, que nosotros hemos estado unidos con él por el bautismo, y nos alimentamos de la Eucaristía, significa que nuestra vida ha quedado transformada por el Espíritu Santo que Cristo nos ha comunicado. Y esto nos hace capaces de poder dar testimonio. ¿Cómo? Como lo hicieron los primeros cristianos que hacían decir a los paganos “mirad cómo se quieren”. El amor es lo único que puede cambiar el mundo. Y el amor supone autenticidad, sencillez, humildad, generosidad, perdón, acogida, unidad. No hace falta hacer grandes prodigios. El mayor prodigio es el amor. ¿Pero resplandecemos en el amor en nuestra conducta? Ésta es la pregunta. ¿No espera esto de nosotros el mundo?

Si vivimos en el amor, en la concordia, en la comunión, en la unidad, ya estamos imitando aquí en la tierra aquella glorificación en el cielo, que nos describe la página del Apocalipsis: Ángeles, ancianos y vivientes rodeaban el trono donde se sienta el Padre y el Cordero degollado, Cristo, que conserva las señales de su obediencia y su amor a los hombres; es decir, de la entrega de su vida hasta la muerte. Y todos los seres del cielo y de la tierra les dan gloria, honor y poder por los siglos de los siglos.

Por último, el Evangelio nos describe, en imágenes, la fecundidad desbordante de la misión de la Iglesia. De la sola palabra de Cristo que dice a los pescadores ‘echad la red a la derecha’, sale una pesca inimaginable, que no habían podido hacer en toda la noche los pescadores. Esto ya predice el cambio del mundo conocido en su tiempo, dominado por los ídolos, las religiones falsas y sus templos, el despotismo sobre los esclavos, y la inmoralidad de las costumbres, en un mundo cristianizado por la predicación de 12 pobres pescadores sin mucha cultura, pero con una palabra inflamada por el Espíritu, y el testimonio de su sangre.

Se repitió a nivel universal la acción de Jesucristo en Palestina: predicación del Reino de Dios y testimonio martirial. Palabra sellada con la sangre. Jesús cuidó también de dejar a un representante suyo que fuera pastor de su rebaño. Precisamente, Pedro, quien le negó tres veces, pero después le confesó, también, tres veces, su amor sincero: ‘tú sabes que te quiero’. Este pobre ser humano recibió, pues, el encargo de mantener unido el rebaño: ‘apacienta mis ovejas’. Pero no te vas a escapar de seguirme a mí. No sólo en el martirio, sino también hasta la gloria.

Nosotros somos estas ovejas que seguimos al Pastor universal, conducidos por hombres débiles, pero asistidos por la acción del Espíritu. Quienes son ovejas auténticas conocen la voz de este Pastor que las ha amado hasta dar su vida. Y le siguen a las fuentes de la vida eterna. Demos gloria a Dios que nos ha dado una roca firme de la fe en el sucesor de Pedro.

Abadia de MontserratDomingo III de Pascua (1 de mayo de 2022)

Vigília de Santa Maria (26 de abril de 2022)

Homilía del P. Bernat Juliol, Prior de Montserrat (26 de abril de 2022)

(…) / Juan 19:25-27

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

La Virgen, cuando oía gemir a su hijo, se aferraba a la madera. Ciertamente, en el nacimiento de Jesús en Belén, el niño fue puesto en un pesebre y su madre, cuando lo oía llorar, se cogía a la madera y lo acunaba para tranquilizarlo. Igualmente, muchos años después, en el Calvario, María también se abrazaba a la cruz cuando oía los gritos agónicos de su hijo a punto de expirar el último aliento y deseaba estar con él en esos momentos trascendentales.

En la gruta de Belén, María engendró a un hijo. El Hijo eterno del Padre, que existía desde el principio y existirá eternamente, se quiso hacer uno como nosotros. Aquella que lo trajo al mundo, no podía ser otra que la única pura e inmaculada. De este modo, en Nochebuena, María dio al mundo a su hijo, el Hijo de Dios. En la cruz, en cambio, cuando Jesús vio que estaba a punto de expirar y contagiar al Padre su último aliento mortal, decidió que era el momento apropiado para dar al mundo una madre, María. Aquí sus palabras, dirigidas al discípulo, pero dirigidas también a toda la humanidad: «Aquí tienes a tu madre».

En Belén, María cuidaba a un niño recién nacido pero que estaba marcado ya con los signos de la pasión. Era un niño fajado, como un muerto; puesto dentro de un pesebre, símbolo del sepulcro en el que sería depositado después de descender de la cruz. Y al recibir la visita de los tres magos, Jesús es obsequiado con mirra, producto utilizado por embalsamar. La cruz estaba plantada ya en el pesebre. En cambio, en el Calvario, María contemplaba cómo Jesús era coronado con la corona de espinas, símbolo de aquella gloria que cantaban los ángeles en su nacimiento. Y sobre él estaba el rótulo que lo proclamaba rey, aquella realeza que le fue otorgada con el oro de los magos que le dieron en la gruta de Belén.

Entre el misterio de la encarnación, el nacimiento de Jesús, y el misterio de la Pascua, el de la muerte y resurrección, hay un camino trazado por el que transita toda la historia de la salvación. Jesús nació para morir en la cruz y resucitar por nosotros y por nuestra salvación. Y en un momento y en el otro María, su madre, está presente. No es sólo un simple testigo silencioso, sino que su misión es ir tejiendo la humanidad de Jesús para que en ella se manifieste el estallido glorioso de su divinidad. De este modo, las palabras de Cristo en la cruz, sus últimas palabras, encuentran su perfecta síntesis en lo que hemos oído en el libro del Apocalipsis: «Entonces, el que se sentaba en el trono, afirmó: “Yo haré que todo sea nuevo”».

María es, pues, aquella que no sólo nos muestra a Cristo, sino que nos muestra quién es Cristo: en su encarnación se manifestó sublimemente su humanidad, en su pasión y resurrección se manifestó de manera excelsa su divinidad. Cristo es, pues, el auténtico Dios y el auténtico hombre. El único que ha podido superar el abismo que existía entre Dios y la humanidad. Cristo es aquél que nos ha hecho partícipes de la vida divina para que a través de nuestra pobre humanidad seamos conducidos hacia la vida eterna que no tiene fin.

Ya hemos referido antes que el libro del Apocalipsis nos hablaba de «el que se sentaba en el trono»: ¿quién es el que se sienta en el trono sino Jesús? ¿Y quién es el auténtico trono sino María? María es la Sede de la Sabiduría, en su regazo se aposenta aquel que ya estaba presente en el momento de la creación del mundo. Este año se cumplen 75 años de la entronización de la Virgen de Montserrat, en 1947. Fue ésta una fiesta en la que se intentaron superar las consecuencias de los difíciles años de la Guerra Civil y se quiso caminar decididamente hacia el futuro. El trono construido para la Virgen María no es sino un homenaje a la que constantemente nos hace presente a su hijo Jesucristo.

Nos acercamos a la gran celebración del Milenario de Montserrat, en 2025. Recordamos la decisión que tomó el Abad Oliba de Ripoll de enviar un grupo de monjes a fundar un monasterio aquí arriba, en esta montaña. Y no lo fundaron en cualquier sitio, sino que lo hicieron allí donde ya desde el siglo IX había una capilla dedicada a la Virgen. La devoción a la Virgen María en esta santa montaña, proviene ya de los orígenes más profundos de nuestra historia. Desde entonces, la Moreneta también ha ido tejiendo nuestra humanidad para que pudiéramos llegar a Jesucristo.

«Aquí tienes a tu madre». Aquí tenemos a nuestra madre. Hagámosle sitio en nuestra vida y en nuestro corazón. Contemplemos aquella que estuvo llena de gracia y nos muestra el camino de la santidad. Pongámonos delante de ella, que es Madre de la Iglesia, y presentémosle nuestras alegrías y nuestras esperanzas, nuestras angustias y nuestras tristezas. Al igual que cuidó de su hijo en la gruta de Belén y al pie de la cruz, también cuidará de nosotros en todo momento.

 

Abadia de MontserratVigília de Santa Maria (26 de abril de 2022)

Solemnidad de la Virgen de Montserrat (27 de abril de 2022)

Homilía del P. Manel Nin, Exarca apostólico para los católicos de rito bizantino de Grecia (27 de abril de 2022)

Hechos 1:12-14 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:39-47

 

¡Cristo ha resucitado! ¡Realmente ha resucitado!

Estimado P. Abad Manel, querida comunidad de monjes y escolanes, queridos hermanos en Cristo.

Alrededor de la Pascua, que para vosotros en Occidente fue hace diez días y para nosotros en Oriente hace sólo tres días, el Señor nos hace el don de celebrar hoy la solemnidad de la Virgen. Doy gracias al Señor que, a través de la fraterna invitación del P. Abad, me da el don de poder celebrar esta fiesta con todos vosotros, hermanos monjes, presbíteros concelebrantes, oblatos, escolanes y peregrinos.

Celebramos, además, este año, los 75 años de la Entronización de la Santa Imagen en el nuevo trono que la fe y el amor del pueblo quiso renovar y ofrecer a la Virgen, aquel 27 de abril de 1947, como un testimonio de devoción filial en un período no fácil de nuestra historia.

Celebrar la Pascua / celebrar la solemnidad de la Virgen. María al pie de la cruz, María al abrigo de la Pascua. María -y con ella la Iglesia- sufriente con Cristo. María -y con ella la Iglesia- testigo de la resurrección. San Efrem, un Padre de la Iglesia siríaca del siglo IV, hace una lectura y una interpretación de la Escritura -alguien quizás dirá un poco atrevida-, diciendo que María, en Navidad es la primera en ver a Cristo recién nacido, y ahora en Pascua es el primer testigo de la resurrección. María / la Iglesia testigo y anuncio de la encarnación, María / la Iglesia testigo y anuncio de la resurrección. De este misterio nos han hablado las lecturas que acabamos de escuchar.

Y las tres nos han hablado del misterio, de la presencia de María, la Virgen María, en la vida de la Iglesia. La lectura de los Hechos de los apóstoles nos ha pintado como si fuera un icono, la imagen de la Iglesia naciente: una Iglesia testigo de la resurrección, con los apóstoles -y fijaos que la lectura los ha llamado todos, no nos ha dado una referencia anónima e impersonal, sino que de algún modo la Palabra de Dios ha querido mostrarnos el rostro de cada uno de ellos: Pedro, Juan, Santiago, Andrés…-, y el texto ha continuado: con algunas mujeres, con María la Madre de Jesús y los hermanos de él. Con un común denominador: después de la Resurrección y de la Ascensión del Señor todos ellos eran constantes y unánimes en la oración. Aquellos hombres que pocos días antes le negaron, huyeron atemorizados, ahora son presentados unánimes y constantes en la oración, con María, la Madre de Jesús. Éste es el icono de la Iglesia, el icono de cada uno de nosotros que tantas veces quizás hemos hecho la experiencia de la negación, de la traición incluso, o del simple -y no por ello más justificable- huir atemorizados, pero que con confianza volvemos a subir a la cámara alta -como decía la lectura que hemos escuchado-, para reencontrar juntos, nunca solos ni aislados, la concordia y la unanimidad en la oración con Pedro, con Santiago, con Juan… con María la Madre de Jesús…. La Iglesia de Jesucristo no es nunca una realidad anónima, sin rostro. Todos tenemos un sitio y un nombre. Nombre que hemos recibido en el bautismo, lugar aquél al que el Señor nos ha llamado.

¿Y podemos preguntarnos cuál es esta oración unánime y constante de ellos y nuestra? ¿Quién y qué la fundamenta? Nos da una respuesta y se convierte en un ejemplo y un modelo la segunda lectura que hemos escuchado. Y hago sólo una breve paráfrasis: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo..., …nosotros que desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza”. Es Cristo y únicamente él es el origen y el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza, y por tanto también de nuestra oración. En Él, Dios nos ha bendecido y sigue bendiciéndonos, a nosotros hombres y mujeres débiles y pecadores, que quizá tantas y tantas veces sigamos y sigamos huyendo atemorizados, como los apóstoles en la pasión de Cristo. A pesar de eso, aseguramos «que desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza«.

El Evangelio nos ha narrado el episodio de la Visitación de María a Isabel. El evangelio de la Visitación, junto con el precedente de la Anunciación del mismo evangelista san Lucas, siempre me ha dado la impresión de una narración rápida, como si el evangelista tuviera prisa por hacernos llegar a algo importante. Son dos fragmentos del evangelio sin frases quizá demasiado largas que puedan ralentizar su narración: en uno y otro de los episodios -Anunciación y Visitación-, san Lucas nos quiere llevar de una manera rápida y directa al centro del anuncio evangélico, en el centro de nuestra fe: la encarnación del Verbo de Dios. Fijaos en el texto de hoy: “…María se fue deprisa a la Montaña…, entró en casa …y saludó a Isabel… En cuanto Isabel oyó el saludo. … el niño saltó en sus entrañas, y Isabel quedó llena del Espíritu Santo…”. Volveremos todavía a la Visitación.

Las tres lecturas de hoy, queridos hermanos, nos han hablado de la vida de la Iglesia -naciente y actual-, de la oración de la Iglesia -naciente y actual-, y de la fe de la Iglesia -naciente y actual. Tres lecturas que nos hablan hoy a nosotros de una manera especial que las escuchamos, las acogemos, las hacemos nuestras en esta celebración de la fiesta de la Virgen en Montserrat. En este lugar santo, en este santuario, en este monasterio que de tantas maneras desde dentro de los que vivís, o desde lugares cercanos o incluso lejanos, todos nos sentimos como en casa de la Madre y en nuestra casa, siempre en la concordia y la unanimidad en la oración, porque “…desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza”.

Este año esta celebración toma un relieve especial porque celebramos el setenta y cinco aniversario de la Entronización de la Santa Imagen de la Virgen. Algunos de los presentes quizás se acuerden personalmente de aquel 27 de abril de 1947. Algunos de los monjes venerables en edad de nuestro monasterio estabais presentes como escolanes. Quizás algunos de los fieles también estuvieran presentes. Y eso, para quienes de años no hemos acumulado todavía tantos, nos hace sentir miembros vivos de la Iglesia y de la gran tradición de Montserrat que reúne a monjes, escolanes, oblatos, peregrinos… Os digo esto, porque celebrar el setenta y cinco aniversario de la entronización de la Santa Imagen de la Virgen no debe ser el celebrar un hecho lejano de hace muchos años. Por el contrario, quiere decir para todos y cada uno de nosotros un hacer memoria viva, un celebrar, un vivir hoy la presencia, la intercesión, la mirada amorosa de la Madre que, desde ese lugar alto, desde esta cámara alta y hermosa y preciosa, sigue mirando nuestro mundo, nuestra tierra, nuestras familias, a cada uno de nosotros.

Hace 75 años los monjes, los obispos, el pueblo fiel, ofrecieron este trono, bello, hecho con la plata de tantas ofrendas ricas o sencillas que fueran, y también con la plata de tantas lágrimas y de tantas esperanzas en un momento, aquel de hace 75 años, que como el nuestro, estaba marcado por el sufrimiento, por la incertidumbre, por el miedo, por el desánimo. Pero también sostenidos -entonces y ahora- por una gran esperanza. Porque “…desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza”.

Cuando subimos al camarín de Montserrat, nos encontramos con la imagen de la Virgen puesta en un trono bello, de plata, luminoso. Quisiera proponeros, ahora brevemente, que miréis, que miremos, el trono. En el centro está la Imagen de la Virgen, una imagen, un icono de una belleza asombrosa, serena, con una mirada que cuando vienes de lejos y de tiempo de estar fuera de casa te toca profundamente esa mirada; una imagen, un icono que te hace volver al versículo de los Hechos de los apóstoles: “…constantes y unánimes en la oración, con María…”. Por eso, rezar a los pies de la Virgen en nuestro trono de Montserrat y desde Montserrat, es siempre rezar como Iglesia y por la Iglesia, en la que están Pedro, Juan, Santiago… con la Madre de Jesús, y cada uno de nosotros… Una Iglesia -y no nos tiene que dar miedo a decirlo- también ella con una mirada de una belleza estremecedora, serena, que nos reúne siempre como madre, a pesar de nuestras negaciones, nuestras huidas asustados. «…Constantes y unánimes en la oración, con María…», porque «…desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza«.

Si seguimos mirando el trono, en el icono de nuestra izquierda vemos representado el Nacimiento de la Virgen que como fiesta litúrgica celebramos el 8 de septiembre, y que es la fiesta titular de nuestra basílica. Vemos a María, recién nacida y también a santa Ana tumbada en la cama del parto. El panel tiene un texto en latín que traducido dice: “Los monjes cumpliendo con los votos piadosos del pueblo, te ponen solemnemente en este trono de belleza, por las manos del abad Aurelio y del abad Antonio. Acéptalo con complacencia oh Virgen, e intercede por nosotros”. Dos cosas querría subrayar: los monjes se hacen suyos los deseos, los votos, los anhelos, los sufrimientos y las esperanzas del pueblo -que en aquel 1947 acababa de salir, pueblo y monjes, de un descalabro bélico que hirió profundamente el corazón de todos-; y -los monjes- ponen la Santa Imagen, podríamos decir dan a la Virgen, ese trono de belleza como dice el texto, forjado con los deseos, los votos, los anhelos, los sufrimientos y las esperanzas del pueblo. Segunda cosa de este texto: “…te ponen solemnemente en este trono de belleza, por las manos del abad Aurelio y del abad Antonio…”. No es un texto anónimo e impreciso, sino que como los Hechos de los apóstoles que hemos escuchado, también aquí vemos nombres concretos, de los dos abades Antonio y Aurelio que en aquellos años había guiado el uno y guiaba el otro a nuestra comunidad. Con esto quiero subrayar que la nuestra no es una celebración anónima o desarraigada, sino que debe ser y lo es bien fundamentada en nuestra historia, la de este nuestro monasterio -¡casi casi milenario!-, la de tantos y tantos monjes -y ahí recuerdo sólo un nombre: el P. Adalbert M. Franquesa que de la Entronización fue el alma y el p. Josep Massot que ha sido el historiador y ahora ya la voz, la historia, a la luz de la eternidad-, la historia de nuestro pueblo, la de tantos y tantos peregrinos y turistas, hombres y mujeres de buena voluntad, piedras vivas de la historia de este sitio santo.

Os hablaba de una Iglesia concreta con nombres y rostros muy reales. También me atrevo a decir lo mismo de nuestra comunidad de monjes, arraigados en una historia, con unos nombres y unos rostros bien concretos a los que no queremos ni renunciar ni olvidar, que “cumpliendo los votos piadosos del pueblo, han puesto y ponen cada día la Madre de Dios en ese trono de belleza”.

El segundo panel, el de nuestra derecha, contiene la escena de la Visitación, la escena evangélica que hemos escuchado hoy en nuestra celebración. Vemos a Isabel inclinada ante la Virgen, ambas en un abrazo casi sosteniendo una en los brazos de la otra. Encontramos también otro texto en latín que traducido dice: “Bendito el pueblo que te reconoce por patrona, vestido ya de púrpura de tanta sangre de los mártires, devotísimo, entrega sus dones, con la bendición de sus obispos, para que tengas un trono digno y bello”. El evangelio de la Visitación sigue haciéndose presente en la vida de cada peregrino que sube a Montserrat, y la prisa, el correr de María, de la que os hablaba hace poco, sigue en el encuentro de cada uno de nosotros con la Madre de Dios que nos presenta, nos da a su Hijo, a nosotros que “…desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza”. El trono es bello, porque refleja la belleza de un pueblo, de una Iglesia vestida y embellecida, hace setenta y cinco años y ahora con la esperanza, el sufrimiento y la oración de un pueblo, con la bendición de los obispos, de los pastores de esa Iglesia, y con la sangre de los mártires. Esto me hace pensar en los primeros siglos de la Iglesia: nunca los obispos sin los mártires, nunca los mártires sin los obispos.

Cuando subís al camarín a venerar a Santa María descubrís un trono hermoso, un lugar luminoso -la plata resplandece, las oraciones y las lágrimas presentes en este lugar resplandecen también. Encontraréis un lugar de serenidad, de oración. Un trono hermoso, hecho, forjado por la generosidad y el amor de tantos y tantos hombres y mujeres ricos o pobres, firmes en la fe o quizás también huyendo atemorizados en los momentos de dificultad. Hombres y mujeres que hace setenta y cinco años, hace cincuenta años, hoy siguen -seguimos- subiendo a Montserrat para presentar -por la voz y la oración de los monjes y de los escolanes- los deseos, los votos, los anhelos, los sufrimientos y las esperanzas de que como Iglesia, como humanidad tantas veces probada y herida, llenan nuestro corazón.

Hace 75 años los monjes, los obispos, el pueblo fiel, ofrecieron este trono, bello, hecho con la plata de tantas ofrendas ricas o sencillas, con la plata también de tantas lágrimas y tantas esperanzas… Porque, hermanos y hermanas, -y permitidme también un poco de osadía exegética como hizo san Efrem!-, el trono de la Virgen somos también cada uno de nosotros, lo es nuestro corazón hecho cristiano por el bautismo, y lo es, lo ha ser nuestro vivir hecho cristiano por el evangelio. Por eso somos/devenimos trono de la Virgen cuando dejamos que María, con su Hijo en su regazo, nazca en el corazón de cada uno de nosotros, a través de la Iglesia que como madre nos da cada día el Pan de la Palabra de Dios, los Santos dones del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, nos da los sacramentos y nos da a los hermanos. Somos trono de la Virgen cuando dejamos que María nos visite, corra y nos empuje para llevarnos a Cristo. Somos trono de la Virgen todos nosotros, obispos, monjes y escolanes, peregrinos, hombres y mujeres de buena voluntad cuando en Montserrat y desde Montserrat intercedemos, hacemos oración y ofrenda, hacemos trono de la Virgen la plata de las lágrimas, de los sufrimientos y de las esperanzas de nuestro pueblo, de nuestra Iglesia, de nuestra humanidad probada. Un trono, el de nuestro corazón cristiano que lleva forjado como escrito aquél: “…desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza”. En Él la gloria, con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amen.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la Virgen de Montserrat (27 de abril de 2022)

Misa Exequial del P. Josep Massot (26 de abril de 2022)

Homilía del P. Bernat Juliol, Prior de Montserrat (26 de abril de 2022)

Apocalipsis 14:13 / 1 Corintios 15:20-24a.25-28 / Lucas 23:44-46.50.52-53; 24:1-6a

 

Queridas hermanas y hermanos:

¿Quién ha nacido que no tenga que morir? La muerte es inexorable: es una de las pocas seguridades que tenemos en nuestra existencia. Vivir comporta necesariamente morir. Sin embargo, a pesar de saber que tarde o temprano deberemos afrontar este momento de nuestra vida, tenemos miedo. Simbólicamente, el temor del momento era descrito así por el evangelio que hemos leído hoy: «Ya era hacia el mediodía cuando se extendió por toda la tierra una oscuridad hasta media tarde: el sol se había eclipsado». ¡El miedo a la muerte es tan humano! Nos asusta lo ignoto, nos apura no saber qué hay detrás de la última cortina. Nos preguntamos: ¿La muerte es el fin de nuestra existencia? ¿O hay algo después de cruzar el umbral?

Desde lo más profundo de las entrañas de la humanidad surge un gran anhelo de justicia, un anhelo que nos hace intuir que las injusticias de este mundo no pueden ser definitivas. La vida es tan bonita, pero, al mismo tiempo, hay tantas cosas que no entendemos. Constantemente hacemos experiencias impresionantes que nos hacen gritar: ¿por qué, Señor? Hay tanta gente que sufre. Hay tantos inocentes que son víctimas de la maldad. Hay tanto dolor inmerecido. Es entonces cuando nuestro sentido de la justicia, inscrito en el corazón de todos los hombres y mujeres de este mundo, nos dice que esto no puede ser el final. La justicia clama para que después de la muerte podamos encontrar la paz.

La fe cristiana hace suyo ese sentimiento de justicia y la persona de Jesús nos enseña que, realmente, la muerte no es el final. Estos días, que estamos celebrando la Pascua, la resurrección del Señor, resuenan en todas las iglesias las palabras de la alegría eterna: «¿Por qué buscáis entre los muertos a aquel que vive? No está aquí: ha resucitado». De esta forma, nos muestra que el camino que Jesús siguió es el camino al que todos nosotros estamos llamados. Nos dice la carta a los Corintios: «Cristo ha resucitado de entre los muertos, el primero de todos los que han muerto. Ya que la muerte vino por un hombre, también por un hombre vendrá la resurrección de los muertos: todos son de Adán y por eso todos mueren, pero todos vivirán gracias a Cristo». Por fin, la muerte ha vencido: una nueva esperanza se ha abierto camino en nuestras vidas. La última palabra ya no la tienen la oscuridad, el dolor o la muerte, sino que la última palabra la tiene la luz, el gozo y la vida.

Esta concepción de la existencia que tenemos los cristianos puede entenderse de forma errónea. Podríamos pensar que, dado que lo importante y definitivo es la vida que nos encontraremos en el más allá, nuestra existencia terrenal no tiene ningún tipo de importancia. Pero nada más lejos de la realidad. Nuestra fe, efectivamente, nos dice que hay un más allá, pero también nos dice que sólo hay una forma de llegar: vivir intensamente el presente, vivir con pasión todos y cada uno de los momentos de nuestra vida, amar con todas nuestras fuerzas la belleza de nuestro mundo. La fe cristiana es un gran canto a la vida.

El P. Josep Massot i Muntaner ha sido un gran testimonio de este canto a la vida que representa la fe. Vivió con gozo y felicidad su vocación cristiana y monástica. Trabajó incansablemente por la expresión más sublime del alma de un pueblo: su lengua y su literatura. Estudió en profundidad nuestra historia para saber de dónde veníamos y para poder intuir los senderos que el futuro nos deparaba. Pero una cosa fue la que unificó todas estas dimensiones de su vida: Montserrat. Ser monje de este monasterio no fue algo más en su vida y su obra, sino que fue el eje que dio sentido y que inspiró todo su legado ingente.

El 3 de noviembre de 1941 nació en Palma, ciudad e islas que siempre llevó como joyas en su corazón. De mayor, estudió filología románica en la Universidad de Barcelona, ​​centro del cual también fue profesor. En 1962 entra como monje en nuestro monasterio de Montserrat: en 1964 hizo la profesión simple, en 1969 hizo la profesión solemne y en 1971 fue ordenado de presbítero. El mismo año, el P. Abat Cassià M. Just le nombró director de la que sería la niña de sus ojos: las Publicaciones de la Abadía de Montserrat, la editorial más antigua de Europa. Hasta el momento de su muerte siguió siendo el responsable, casi durante 51 años. En 1995 se convierte también en director de la revista Serra d’Or. Dirigió otras revistas y fue un escritor incansable. Fue un apasionado y un gran defensor de la lengua catalana y de la cultura de los Països Catalans.

Fue miembro de diversas instituciones académicas como la Sociedad Catalana de Lengua y Literatura, el Instituto Menorquín de Estudios, el Instituto de Estudios Catalanes o la Real Academia de Buenas Letras. Toda su labor también fue reconocida con multitud de premios y homenajes: la Cruz de Sant Jordi, el doctorado honoris causa por la Universidad de las Islas Baleares, la Medalla de Honor y Gratitud de la Isla de Mallorca, el Premio de ‘Honor de las Letras Catalanas, el doctorado honoris causa por la Universidad de Valencia, la Medalla de Honor de la Red Vives de Universidades o la Medalla de Oro de la Comunidad Autónoma de las Islas Baleares.

En su discurso durante la entrega del Premio de Honor de las Letras Catalanas dijo que había que vivir fortiter in re suaviter in modo (con convicciones fuertes, pero con formas suaves). Él vivió así. Vivió y murió así porque se marchó discretamente, sin apenas preaviso; pero con la convicción de que al otro lado le estaba esperando aquel que es el Amor. Como Cristo colgado en la cruz pudo decir: «Padre, confío mi aliento en vuestras manos».

Podemos decir que el P. Josep Massot fue un amante de la palabra: sí, un amante de la palabra humana, pero sobre todo un amante de la Palabra divina. Ya desde la antigüedad, Cristo es llamado Logos (palabra), o Verbum en latín. Bien conocido es el principio del evangelio según san Juan: «Al principio existía quien es la Palabra. La Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios». Porque la fe cristiana está íntimamente relacionada con la razón, con el logos. El cristiano debe vivir siempre como si volara con dos alas: la fe y la razón. La fe sin la razón se convierte en fundamentalismo y barbarie. La razón sin la fe se convierte en miope, incapaz de llegar a las alturas de la verdadera verdad. Ambas se necesitan, ambas se fecundan mutuamente. La Palabra divina y la palabra humana siguen la misma relación: se reclaman una a otra para poder alcanzar la plenitud.

El evangelista Marcos nos narra que: «Uno de aquellos días, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: “Crucemos a la otra orilla”» (Mc 4, 35). La madrugada de sábado a domingo, el Señor visitó al P. Josep Massot y le invitó a pasar a la otra orilla. También todos nosotros, un día, al atardecer de nuestra vida, Jesús nos dirá: «Amigo, no tengas miedo, ven conmigo, crucemos a la otra orilla». Cuando esto ocurra, no lo dudamos ni un momento, en la otra orilla nos esperan.

Abadia de MontserratMisa Exequial del P. Josep Massot (26 de abril de 2022)

Domingo II de Pascua (24 de abril de 2022)

Homilía del P. Bernat Juliol, Prior de Montserrat (24 de abril de 2022)

Hechos 5:12-16 / Apocalipsis 1:9-11a.12-13.17-19 / Juan 20:19-31

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

La mañana del domingo, cuando las mujeres fueron hacia el sepulcro con los aceites aromáticos, vieron que la piedra había sido movida y que el cuerpo de Jesús no estaba allí donde lo habían depositado. Dos ángeles se les aparecieron y les dijeron: «No está aquí: ha resucitado». Con este pasaje pascual, las Sagradas Escrituras nos muestran el gran testimonio de la resurrección de Jesús: el sepulcro vacío. Efectivamente, el sepulcro vacío ha cambiado la historia del mundo. Si aquella mañana del domingo las mujeres lo hubiesen encontrado todo tal y como lo dejaron, el destino de la humanidad sería el más triste que nunca pudiéramos imaginar. Pero afortunadamente no fue así: el sepulcro estaba vacío.

Cuando, después de la muerte de Jesús, hicieron rodar la piedra y sellaron el sepulcro, una gran oscuridad y un silencio absoluto reinaron en el interior de la tumba. Se cumplió entonces lo que oímos durante la lectura de la pasión del Domingo de Ramos: «Ahora las tinieblas tienen el poder». Jesús debía morir, no de forma ficticia o simbólica, sino realmente, en toda su crudeza. Entonces, por un instante, sólo por un instante, sentimos cuál es la frialdad de una vida sin Dios, una vida sin esperanza. El mundo experimentó lo descrito por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche: «¿Qué ha pasado cuando hemos liberado la tierra de su sol? ¿No estamos cayendo? ¿No vagamos a través de lo infinito? ¿No sentimos el espacio vacío? ¿No hace más frío? ¿No se oscurece todo cada vez más?».

Hacía falta que la oscuridad ahogara la luz, era necesario que el silencio destruyera la palabra. Sólo así la esperanza podía regresar al mundo. ¿Qué ocurrió esa noche? Sólo ella lo sabe. Así lo cantábamos en el pregón pascual: «¡Oh noche bienaventurada! Sólo tú supiste la hora en que Cristo resucitó de entre los muertos». El gran misterio quedó en el secreto del interior de esa tumba. Pero sí sabemos una cosa: cuando todo era caótico y desolado, y las tinieblas cubrían el sepulcro, Dios dijo: «Que exista la luz». Y la luz existió. Y así como al principio de los tiempos Dios nos había creado para la vida en ese mundo; dentro del sepulcro, Dios nos recrea para la vida eterna.

Efectivamente, nos cuenta el libro del Génesis, que Dios cogió barro y lo transformó en el primer hombre, Adán. Ahora, dentro del sepulcro, Dios toma el cuerpo humano de Jesús y lo transforma para la resurrección. Cristo, el nuevo Adán, abría así el camino para toda la humanidad. Desde ese momento, todos nosotros estamos llamados a formar parte de ese cuerpo glorioso de Cristo. Nuestra pobre existencia está llamada ahora a compartir la vida eterna y divina de Dios. Cuando el cuerpo inerte de Jesús entraba por el umbral del sepulcro, Adán y Eva salían del paraíso; cuando el cuerpo glorioso de Cristo entraba triunfante en el paraíso, Adán y Eva salían de sus sepulcros para vivir eternamente.

Los ángeles que estaban cerca de la tumba vacía dijeron: «No está aquí: ha resucitado». Y, al mismo tiempo, aquellos otros ángeles que estaban junto a las puertas del Edén y vieron cómo nuestros primeros padres fueron expulsados, ahora ven venir hacia ellos el Cristo triunfante que lleva en la mano la cruz, que es la única llave que puede abrir de nuevo las puertas del paraíso. Es aquel Cristo de quien nos hablaba el libro del Apocalipsis: «No tengas miedo. Yo soy el primero y el último. Soy el que vive: Yo que estaba muerto, ahora vivo para siempre y tengo las llaves de la muerte y de su reino».

Queridos hermanos y hermanas, alegrémonos, ¡la tumba está vacía! ¡Cristo ha resucitado! ¡El Señor ha vencido su muerte! ¡El Señor ha vencido nuestra muerte! No seamos incrédulos como Tomás, seamos creyentes. ¡Confiemos en el Señor!

Abadia de MontserratDomingo II de Pascua (24 de abril de 2022)

Vigilia Pascual (16 de abril de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (16 de abril de 2022)

(…) / Romanos 6: 3-11 / Lucas 24:1-12

 

Algunas veces, queridas hermanas y hermanos, cuando tienes que hacer una homilía, cuesta encontrar temas o que la liturgia que corresponde comentar, te inspire alguna palabra. Esta noche es todo lo contrario: la riqueza de signos y de textos con la que celebramos esta vigilia Pascual, hacen más bien que personalmente oscile entre la duda de explicar tanto como sea posible o de decirme: ¿puedo realmente añadir alguna cosa a lo que la misma celebración ya explica extensamente tan admirablemente, tan insuperablemente?

Una cosa sorprendente de esta noche es que la llenamos de significado para explicar la resurrección de Jesucristo, que aconteció de hecho en el silencio, en la soledad, casi diría yo en aquel anonimato que el Pregón Pascual expresa tan bien cuando canta: Oh noche bienaventurada, sólo tú supiste la hora en que Cristo resucitó de entre los muertos. Aquel quedarse esperando en la puerta del sepulcro, el silencio del viernes santo, el silencio aún más profundo del sábado se adentra en la noche de Pascua hasta que, como una explosión, con el fuego, el cirio pascual y la luz que no mengua cuando la repartimos, sino que se multiplica, confesamos que sí, que, en el corazón de esta noche Santa, Jesús, crucificado, muerto y enterrado, ha vuelto a la vida.

Casi entramos en cierto vértigo si nos detenemos a pensar cómo un hecho concreto de una noche de la historia ha tenido tantas consecuencias: la más sencilla es que: si Jesucristo no hubiera resucitado no estaríamos aquí. Y todo lo que celebramos no es más que la vida venciendo a la muerte. Algunos de los hermanos de los escolanes y otros niños lo han trabajado hoy cuando ha observado que una bellota, el fruto de la encina que parecía muerto, era capaz de tener vida y de convertirse en un árbol pequeño. Y después, dentro de poco, traerán al altar estas pequeñas macetas plantadas con una esperanza y se las volverán a llevar como recuerdo de que esta noche, es una noche para la vida. De hecho, este es un experimento que recuerdo que los escolanes siempre hacían en cuarto y veías las macetas con las plantas por el suelo en su aula. Jesucristo es como el grano, como la bellota enterrada que vuelve a la vida, que resucita en una planta nueva.

Todas las lecturas de hoy nos hablan de esta vida, nos hablan de muchas formas con muchas palabras e historias diferentes: la creación de la naturaleza con todos sus elementos, la libertad, la fe, pero en el fondo el mensaje es siempre lo mismo: Dios opta decididamente por la vida. Por eso no podía dejar a Jesucristo en la muerte. Y Él ha querido compartir su vida de resucitado con nosotros, la suya es también nuestra vida, puesto que como nos ha dicho San Pablo – y volvemos a las plantas-; si nosotros hemos estado plantados junto a él por esta muerte parecida a la suya, también debemos serlo por la resurrección.

Me dirijo especialmente a vosotros que hoy os bautizáis, confirmáis y hacéis la primera comunión, y a los que sólo se bauticen, representados por sus padres y padrinos, es decir a los escolanes Pedro y Tomás, y a los niños: María y a los hermanos Caterina, Isabel e Isaac y también a David que hace la primera comunión. La vida de la que estamos hablando ahora y aquí no es sólo levantarnos, comer y dormir. Nosotros creemos que todos, los hombres, las mujeres y también vosotros sean chicos un poco mayores o niños, tienen la posibilidad de una vida del espíritu, de una vida interior, totalmente importante y esencial para la persona humana. Una vida que queremos infundir, estimular y hacer crecer en todos vosotros con los sacramentos, que por eso mismo llamamos de la iniciación. Por eso es tan bonito que en esta noche que celebremos la vida, podamos comunicar, como pueblo de Dios y comunidad cristiana, esta vida a todos vosotros y podamos hacer real aquella otra frase del pregón pascual: noche en la que el hombre reencuentra a Dios. Esto es lo que confesamos: que el hombre reencuentra a Dios en Jesús y que nada debería ser como antes. Lo encontramos en el bautismo, intensificamos aún más este encuentro con la confirmación porque recibimos su espíritu y tenemos la comunión para poder recibirlo en cada eucaristía.

Ahora os contaré una anécdota especialmente para vosotros Tomás y Pedro, relacionada con estos sacramentos que recibiréis esta noche, especialmente con la confirmación, y que tiene que ver con un buen amigo mío y de muchísima gente, el obispo Antoni Vadell, que quizás recordareis (sobre todo los escolanes mayores) porque alguna vez había estado en la Escolanía y había presidido una misa conventual a principio de curso, y que murió muy joven a los 49 años hace dos meses. Los teólogos, que nos dedicamos a estudiar todas estas cosas relacionadas con la fe y las celebraciones, discutimos si es mejor confirmarse a vuestra edad, a los nueve o diez años, especialmente si coincide con el bautismo o hacerlo de más mayores. Cuando con el Padre Efrem hablábamos de todo esto, a principios de diciembre, llamé al obispo Toni, que era bastante especialista en esto y le pregunté: ¿Qué te parece? ¿Confirmamos o no confirmamos a los escolanes de cuarto que se van a bautizar? Y él me dijo, sí. Porque en la Escolanía tendrán la posibilidad de vivir a fondo una vida cristiana y está muy bien que la vivan con la confirmación hecha. Fue la última vez que hablé con él. Y por tanto os dejo esta reflexión a vosotros dos, a todos los escolanes y a todos, porque todos recordaremos hoy nuestro bautismo, nuestra confirmación y participaremos de la eucaristía: los sacramentos son la posibilidad de vivir a fondo la vida cristiana. Todos pueden hacerlo o intentar que sus hijos la vivan en la medida de sus posibilidades. Y es que Cristo no nos quita nada de la vida, sólo nos la da y nos la hace más feliz.

Estos días he hablado de la identidad de Jesús de Nazaret en cada homilía. La noche de Pascua une tres momentos que nos ayudan a comprenderlo mejor:

  • su vida, con el entusiasmo por su mensaje y por su persona, que los testigos que convivieron con él nos han dejado en los evangelios;
  • su pasión y su muerte, solidaria con tantos sufrimientos humanos y ante la que y de los que, a menudo lo más adecuado es el silencio y la oración;
  • y finalmente su resurrección, que se manifestó como experiencia a sus discípulos, empezando por las mujeres que fueron al sepulcro y recibieron aquel mensaje sorprendente: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Dios se sirve de la humanidad de Jesús de Nazaret para estar presente en el mundo, y Jesús de Nazaret se sirve de la humanidad de todos los hombres y mujeres para comunicarse en su vida, en su muerte y en la su vida de resucitado. Desde aquella noche de Pascua, en el testimonio que proclama la sencilla frase: ¡El Señor ha resucitado! Realmente ha resucitado, transmitido de generación en generación de cristianos, no hemos dejado de creer en él, el viviente, el Señor de la vida:

la estrella de la mañana, aquella estrella, quiero decir que nunca se oculta, Cristo que volviendo de entre los muertos, se apareció glorioso a las mujeres y a los hombres como el sol en día sereno. Él, que vive y reina por los siglos. Amén.

Abadia de MontserratVigilia Pascual (16 de abril de 2022)

Domingo de Pascua (17 de abril de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (17 de abril de 2022)

(…) / Hechos de los Apóstoles 10:34a.37-43 / Colosenses 3:1-4 / Juan 20:1-9

 

¡Si Jesucristo no hubiera resucitado no estaríamos aquí! No estaríamos aquí porque no celebraríamos el día de Pascua, ni hoy en la alegría de la fiesta de las fiestas, ni en cada una de nuestras eucaristías. El mensaje insistente de las lecturas, las oraciones y los cantos de esta misa de la mañana del domingo de Pascua no es otro que éste: ¡Cristo ha resucitado! Y añadimos el canto de gozo más sencillo de la Iglesia: Aleluya, aleluya, que no habíamos cantado durante toda la cuaresma.

Si Jesucristo no hubiera resucitado, su vida se habría perdido en el anonimato del tiempo, y no estaríamos aquí porque seguramente no tendríamos ningún testigo de él, ni de su persona, ni de su mensaje liberador, inteligente, profundo, conocedor de la persona hasta las dimensiones más profundas, inspirador de tantos y tantas que han venido después de él y han enriquecido nuestra cultura y nuestra espiritualidad cristianas.

Si Jesucristo no hubiera resucitado, no estaríamos aquí porque no formaríamos ninguna comunidad de bautizados, porque nuestro sentido de ser hijos de un mismo Padre Dios y de ser hermanos y hermanas unos de otros, no encontraría su fundamento en Jesús de Nazaret, y como la historia nos demuestra, sólo Dios es capaz de reunir a la humanidad en una familia realmente global y permanente en el tiempo. Pero como sabemos bien, Pascua no es una celebración cerrada de los discípulos consigo mismos, contentos de reencontrar aquella intimidad de amigos y compañeros que habían tenido en la vida de Jesús, sino que fue un impulso hacia delante y hacia afuera. Y en este impulso hacia fuera tenemos la alegría de acoger nuevos bautizados como hemos hecho esta noche, y de acoger también a la plena comunión de la eucaristía a vosotros, los escolanes Francesc, Josep y los dos Guillems, i también Isona, Berta y Teresa que hoy hará la primera comunión. Esta comunidad de monjes, escolanes y peregrinos, que celebra la eucaristía aquí en Montserrat, con vosotros cada domingo, os acoge con alegría en la mesa del Señor en nombre de toda la Iglesia.

Si Jesucristo no hubiera resucitado, no estaríamos aquí porque no confiaríamos en que su amor es capaz de hacernos mejores, y eso también os lo digo a vosotros que hacéis la primera comunión. En el canto de entrada decíamos: he resucitado, me he reencontrado con vosotros, y los escolanes volverán a cantarlo en el ofertorio en latín. Resurrexi et adhuc tecum sum. Con la resurrección Jesús pudo encontrarse con Dios y como nosotros siempre vamos detrás de lo que él hace, de las posibilidades que nos abre, todos podemos encontrarnos con Dios en Jesucristo resucitado. Y la mejor forma de hacerlo es la de participar en la comunión del pan y el vino, que es su sacramento, la forma que Él mismo nos dejó para permanecer entre nosotros siempre. Este encuentro frecuente puede y debe tener consecuencias: debería ayudaros a vosotros y a todos a superar nuestros defectos, a amar más y mejor, a no tener vergüenza de ser cristianos, Jesucristo fue capaz de cambiar en fidelidad la negación de Pedro. Como cristianos estamos llamados a vivir la misma conversión de Pedro, que es una conversión pascual.

La conversión pascual se hace concreta en algún gesto a favor de los demás. Tal y como hicimos el Jueves Santo, os proponemos que participéis en la colecta que haremos a favor de Caritas. Ellos conocen las necesidades de nuestra sociedad y han tenido también un papel activo, a través de Cáritas internacional, en la ayuda a refugiados de la guerra y otros lugares. Nos hablaban recientemente, por ejemplo, de la labor increíble que Cáritas de Polonia ha hecho en la frontera con Ucrania.

Si Jesucristo no hubiera resucitado, no sé dónde estaríamos. Algunos sabéis que me gusta hacer comparaciones con la informática. Un biblista muy conocido escribió que Dios se dio cuenta de que su Creación y su historia eran como un programa informático que fallaba y con Jesucristo volvió a instalarlo o al menos a ejecutarlo. To run the program again, dice él en inglés. ¿Os imagináis un programa o una aplicación que no se puede actualizar ni ejecutar? Seguramente va funcionando cada vez peor hasta que ya ni se abre, y si es un software importante, hace que colapse incluso el ordenador. El miércoles de ceniza os decía que la Cuaresma era como un antivirus que evita que los programas se estropeen, hoy es mejor, hoy todo es nuevo, porque desde la resurrección de Jesús el programa funciona, porque siempre está actualizado. La resurrección celebrada en cada eucaristía es esta actualización constante del programa, y ​​que el programa funcione significa que los objetivos de su creación se han confirmado en la redención que Jesucristo ha llevado al mundo y todo nos conduce a su voluntad de salvar de ser felices, de ser capaces de amar siempre más y mejor. Y si algo no funciona, será por nuestra culpa, que no conocemos bien el programa, y ​​no culpa de él, tal y como tenemos costumbre de pensar a menudo.

Si Jesucristo no hubiera resucitado no estaríamos aquí, porque somos hijos e hijas de la resurrección del Señor. En el monasterio he oído a veces la expresión muy bonita: ¡somos hijos de la Resurrección! Se utiliza cuando es necesario continuar adelante alguna actividad o incluso una celebración y ha habido algún evento triste. Con mucha sencillez, nos transmite nuestra visión de la vida y de la muerte, profundamente impregnada de la esperanza pascual de una vida eterna, plena, en la comunión de Cristo Resucitado, pero perfectamente consciente de que la vida se vive aquí en el día a día.

En esta mañana radiante del domingo, ponemos nuestras vidas bajo la luz del resucitado que nos ilumina, la llama un poco débil de este cirio que arde desde ayer, ha resistido y ha iluminado la oscuridad de toda la noche. Con él podemos decir, hemos resucitado y nos hemos reencontrado con él para siempre.

¡Celebramos la Pascua viviendo con sinceridad y verdad, Aleluya, aleluya!

Abadia de MontserratDomingo de Pascua (17 de abril de 2022)