Solemnidad de la Virgen de Montserrat (27 de abril de 2022)

Homilía del P. Manel Nin, Exarca apostólico para los católicos de rito bizantino de Grecia (27 de abril de 2022)

Hechos 1:12-14 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:39-47

 

¡Cristo ha resucitado! ¡Realmente ha resucitado!

Estimado P. Abad Manel, querida comunidad de monjes y escolanes, queridos hermanos en Cristo.

Alrededor de la Pascua, que para vosotros en Occidente fue hace diez días y para nosotros en Oriente hace sólo tres días, el Señor nos hace el don de celebrar hoy la solemnidad de la Virgen. Doy gracias al Señor que, a través de la fraterna invitación del P. Abad, me da el don de poder celebrar esta fiesta con todos vosotros, hermanos monjes, presbíteros concelebrantes, oblatos, escolanes y peregrinos.

Celebramos, además, este año, los 75 años de la Entronización de la Santa Imagen en el nuevo trono que la fe y el amor del pueblo quiso renovar y ofrecer a la Virgen, aquel 27 de abril de 1947, como un testimonio de devoción filial en un período no fácil de nuestra historia.

Celebrar la Pascua / celebrar la solemnidad de la Virgen. María al pie de la cruz, María al abrigo de la Pascua. María -y con ella la Iglesia- sufriente con Cristo. María -y con ella la Iglesia- testigo de la resurrección. San Efrem, un Padre de la Iglesia siríaca del siglo IV, hace una lectura y una interpretación de la Escritura -alguien quizás dirá un poco atrevida-, diciendo que María, en Navidad es la primera en ver a Cristo recién nacido, y ahora en Pascua es el primer testigo de la resurrección. María / la Iglesia testigo y anuncio de la encarnación, María / la Iglesia testigo y anuncio de la resurrección. De este misterio nos han hablado las lecturas que acabamos de escuchar.

Y las tres nos han hablado del misterio, de la presencia de María, la Virgen María, en la vida de la Iglesia. La lectura de los Hechos de los apóstoles nos ha pintado como si fuera un icono, la imagen de la Iglesia naciente: una Iglesia testigo de la resurrección, con los apóstoles -y fijaos que la lectura los ha llamado todos, no nos ha dado una referencia anónima e impersonal, sino que de algún modo la Palabra de Dios ha querido mostrarnos el rostro de cada uno de ellos: Pedro, Juan, Santiago, Andrés…-, y el texto ha continuado: con algunas mujeres, con María la Madre de Jesús y los hermanos de él. Con un común denominador: después de la Resurrección y de la Ascensión del Señor todos ellos eran constantes y unánimes en la oración. Aquellos hombres que pocos días antes le negaron, huyeron atemorizados, ahora son presentados unánimes y constantes en la oración, con María, la Madre de Jesús. Éste es el icono de la Iglesia, el icono de cada uno de nosotros que tantas veces quizás hemos hecho la experiencia de la negación, de la traición incluso, o del simple -y no por ello más justificable- huir atemorizados, pero que con confianza volvemos a subir a la cámara alta -como decía la lectura que hemos escuchado-, para reencontrar juntos, nunca solos ni aislados, la concordia y la unanimidad en la oración con Pedro, con Santiago, con Juan… con María la Madre de Jesús…. La Iglesia de Jesucristo no es nunca una realidad anónima, sin rostro. Todos tenemos un sitio y un nombre. Nombre que hemos recibido en el bautismo, lugar aquél al que el Señor nos ha llamado.

¿Y podemos preguntarnos cuál es esta oración unánime y constante de ellos y nuestra? ¿Quién y qué la fundamenta? Nos da una respuesta y se convierte en un ejemplo y un modelo la segunda lectura que hemos escuchado. Y hago sólo una breve paráfrasis: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo..., …nosotros que desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza”. Es Cristo y únicamente él es el origen y el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza, y por tanto también de nuestra oración. En Él, Dios nos ha bendecido y sigue bendiciéndonos, a nosotros hombres y mujeres débiles y pecadores, que quizá tantas y tantas veces sigamos y sigamos huyendo atemorizados, como los apóstoles en la pasión de Cristo. A pesar de eso, aseguramos «que desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza«.

El Evangelio nos ha narrado el episodio de la Visitación de María a Isabel. El evangelio de la Visitación, junto con el precedente de la Anunciación del mismo evangelista san Lucas, siempre me ha dado la impresión de una narración rápida, como si el evangelista tuviera prisa por hacernos llegar a algo importante. Son dos fragmentos del evangelio sin frases quizá demasiado largas que puedan ralentizar su narración: en uno y otro de los episodios -Anunciación y Visitación-, san Lucas nos quiere llevar de una manera rápida y directa al centro del anuncio evangélico, en el centro de nuestra fe: la encarnación del Verbo de Dios. Fijaos en el texto de hoy: “…María se fue deprisa a la Montaña…, entró en casa …y saludó a Isabel… En cuanto Isabel oyó el saludo. … el niño saltó en sus entrañas, y Isabel quedó llena del Espíritu Santo…”. Volveremos todavía a la Visitación.

Las tres lecturas de hoy, queridos hermanos, nos han hablado de la vida de la Iglesia -naciente y actual-, de la oración de la Iglesia -naciente y actual-, y de la fe de la Iglesia -naciente y actual. Tres lecturas que nos hablan hoy a nosotros de una manera especial que las escuchamos, las acogemos, las hacemos nuestras en esta celebración de la fiesta de la Virgen en Montserrat. En este lugar santo, en este santuario, en este monasterio que de tantas maneras desde dentro de los que vivís, o desde lugares cercanos o incluso lejanos, todos nos sentimos como en casa de la Madre y en nuestra casa, siempre en la concordia y la unanimidad en la oración, porque “…desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza”.

Este año esta celebración toma un relieve especial porque celebramos el setenta y cinco aniversario de la Entronización de la Santa Imagen de la Virgen. Algunos de los presentes quizás se acuerden personalmente de aquel 27 de abril de 1947. Algunos de los monjes venerables en edad de nuestro monasterio estabais presentes como escolanes. Quizás algunos de los fieles también estuvieran presentes. Y eso, para quienes de años no hemos acumulado todavía tantos, nos hace sentir miembros vivos de la Iglesia y de la gran tradición de Montserrat que reúne a monjes, escolanes, oblatos, peregrinos… Os digo esto, porque celebrar el setenta y cinco aniversario de la entronización de la Santa Imagen de la Virgen no debe ser el celebrar un hecho lejano de hace muchos años. Por el contrario, quiere decir para todos y cada uno de nosotros un hacer memoria viva, un celebrar, un vivir hoy la presencia, la intercesión, la mirada amorosa de la Madre que, desde ese lugar alto, desde esta cámara alta y hermosa y preciosa, sigue mirando nuestro mundo, nuestra tierra, nuestras familias, a cada uno de nosotros.

Hace 75 años los monjes, los obispos, el pueblo fiel, ofrecieron este trono, bello, hecho con la plata de tantas ofrendas ricas o sencillas que fueran, y también con la plata de tantas lágrimas y de tantas esperanzas en un momento, aquel de hace 75 años, que como el nuestro, estaba marcado por el sufrimiento, por la incertidumbre, por el miedo, por el desánimo. Pero también sostenidos -entonces y ahora- por una gran esperanza. Porque “…desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza”.

Cuando subimos al camarín de Montserrat, nos encontramos con la imagen de la Virgen puesta en un trono bello, de plata, luminoso. Quisiera proponeros, ahora brevemente, que miréis, que miremos, el trono. En el centro está la Imagen de la Virgen, una imagen, un icono de una belleza asombrosa, serena, con una mirada que cuando vienes de lejos y de tiempo de estar fuera de casa te toca profundamente esa mirada; una imagen, un icono que te hace volver al versículo de los Hechos de los apóstoles: “…constantes y unánimes en la oración, con María…”. Por eso, rezar a los pies de la Virgen en nuestro trono de Montserrat y desde Montserrat, es siempre rezar como Iglesia y por la Iglesia, en la que están Pedro, Juan, Santiago… con la Madre de Jesús, y cada uno de nosotros… Una Iglesia -y no nos tiene que dar miedo a decirlo- también ella con una mirada de una belleza estremecedora, serena, que nos reúne siempre como madre, a pesar de nuestras negaciones, nuestras huidas asustados. «…Constantes y unánimes en la oración, con María…», porque «…desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza«.

Si seguimos mirando el trono, en el icono de nuestra izquierda vemos representado el Nacimiento de la Virgen que como fiesta litúrgica celebramos el 8 de septiembre, y que es la fiesta titular de nuestra basílica. Vemos a María, recién nacida y también a santa Ana tumbada en la cama del parto. El panel tiene un texto en latín que traducido dice: “Los monjes cumpliendo con los votos piadosos del pueblo, te ponen solemnemente en este trono de belleza, por las manos del abad Aurelio y del abad Antonio. Acéptalo con complacencia oh Virgen, e intercede por nosotros”. Dos cosas querría subrayar: los monjes se hacen suyos los deseos, los votos, los anhelos, los sufrimientos y las esperanzas del pueblo -que en aquel 1947 acababa de salir, pueblo y monjes, de un descalabro bélico que hirió profundamente el corazón de todos-; y -los monjes- ponen la Santa Imagen, podríamos decir dan a la Virgen, ese trono de belleza como dice el texto, forjado con los deseos, los votos, los anhelos, los sufrimientos y las esperanzas del pueblo. Segunda cosa de este texto: “…te ponen solemnemente en este trono de belleza, por las manos del abad Aurelio y del abad Antonio…”. No es un texto anónimo e impreciso, sino que como los Hechos de los apóstoles que hemos escuchado, también aquí vemos nombres concretos, de los dos abades Antonio y Aurelio que en aquellos años había guiado el uno y guiaba el otro a nuestra comunidad. Con esto quiero subrayar que la nuestra no es una celebración anónima o desarraigada, sino que debe ser y lo es bien fundamentada en nuestra historia, la de este nuestro monasterio -¡casi casi milenario!-, la de tantos y tantos monjes -y ahí recuerdo sólo un nombre: el P. Adalbert M. Franquesa que de la Entronización fue el alma y el p. Josep Massot que ha sido el historiador y ahora ya la voz, la historia, a la luz de la eternidad-, la historia de nuestro pueblo, la de tantos y tantos peregrinos y turistas, hombres y mujeres de buena voluntad, piedras vivas de la historia de este sitio santo.

Os hablaba de una Iglesia concreta con nombres y rostros muy reales. También me atrevo a decir lo mismo de nuestra comunidad de monjes, arraigados en una historia, con unos nombres y unos rostros bien concretos a los que no queremos ni renunciar ni olvidar, que “cumpliendo los votos piadosos del pueblo, han puesto y ponen cada día la Madre de Dios en ese trono de belleza”.

El segundo panel, el de nuestra derecha, contiene la escena de la Visitación, la escena evangélica que hemos escuchado hoy en nuestra celebración. Vemos a Isabel inclinada ante la Virgen, ambas en un abrazo casi sosteniendo una en los brazos de la otra. Encontramos también otro texto en latín que traducido dice: “Bendito el pueblo que te reconoce por patrona, vestido ya de púrpura de tanta sangre de los mártires, devotísimo, entrega sus dones, con la bendición de sus obispos, para que tengas un trono digno y bello”. El evangelio de la Visitación sigue haciéndose presente en la vida de cada peregrino que sube a Montserrat, y la prisa, el correr de María, de la que os hablaba hace poco, sigue en el encuentro de cada uno de nosotros con la Madre de Dios que nos presenta, nos da a su Hijo, a nosotros que “…desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza”. El trono es bello, porque refleja la belleza de un pueblo, de una Iglesia vestida y embellecida, hace setenta y cinco años y ahora con la esperanza, el sufrimiento y la oración de un pueblo, con la bendición de los obispos, de los pastores de esa Iglesia, y con la sangre de los mártires. Esto me hace pensar en los primeros siglos de la Iglesia: nunca los obispos sin los mártires, nunca los mártires sin los obispos.

Cuando subís al camarín a venerar a Santa María descubrís un trono hermoso, un lugar luminoso -la plata resplandece, las oraciones y las lágrimas presentes en este lugar resplandecen también. Encontraréis un lugar de serenidad, de oración. Un trono hermoso, hecho, forjado por la generosidad y el amor de tantos y tantos hombres y mujeres ricos o pobres, firmes en la fe o quizás también huyendo atemorizados en los momentos de dificultad. Hombres y mujeres que hace setenta y cinco años, hace cincuenta años, hoy siguen -seguimos- subiendo a Montserrat para presentar -por la voz y la oración de los monjes y de los escolanes- los deseos, los votos, los anhelos, los sufrimientos y las esperanzas de que como Iglesia, como humanidad tantas veces probada y herida, llenan nuestro corazón.

Hace 75 años los monjes, los obispos, el pueblo fiel, ofrecieron este trono, bello, hecho con la plata de tantas ofrendas ricas o sencillas, con la plata también de tantas lágrimas y tantas esperanzas… Porque, hermanos y hermanas, -y permitidme también un poco de osadía exegética como hizo san Efrem!-, el trono de la Virgen somos también cada uno de nosotros, lo es nuestro corazón hecho cristiano por el bautismo, y lo es, lo ha ser nuestro vivir hecho cristiano por el evangelio. Por eso somos/devenimos trono de la Virgen cuando dejamos que María, con su Hijo en su regazo, nazca en el corazón de cada uno de nosotros, a través de la Iglesia que como madre nos da cada día el Pan de la Palabra de Dios, los Santos dones del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, nos da los sacramentos y nos da a los hermanos. Somos trono de la Virgen cuando dejamos que María nos visite, corra y nos empuje para llevarnos a Cristo. Somos trono de la Virgen todos nosotros, obispos, monjes y escolanes, peregrinos, hombres y mujeres de buena voluntad cuando en Montserrat y desde Montserrat intercedemos, hacemos oración y ofrenda, hacemos trono de la Virgen la plata de las lágrimas, de los sufrimientos y de las esperanzas de nuestro pueblo, de nuestra Iglesia, de nuestra humanidad probada. Un trono, el de nuestro corazón cristiano que lleva forjado como escrito aquél: “…desde el principio tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza”. En Él la gloria, con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amen.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la Virgen de Montserrat (27 de abril de 2022)

Bendición de l’Abat Manel Gasch i Hurios – Homilía (13 de octubre de 2021)

Homilía del P. Manel Nin, Exarca Apostólico para los católicos de tradición bizantina a Grècia con motivo de la bendición abacial del P. Abat Manel Gasch i Hurios (13 d’octubre de 2021)

Isaías 25:6a.7-9 / Hebreos 12:18-19.22-24  / Juan 15:18-21

 

Bendito sea nuestro Dios ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Estimado P. Abad Manel, queridos hermanos. La celebración litúrgica de hoy, como veis quienes estáis presentes personalmente u os unís a través de los diversos medios de comunicación, tiene un algo que la hace siquiera un poco especial. Hay, veis, muchos obispos, abades y sacerdotes concelebrantes, y muchos monjes. También es especial la presidencia de la celebración por parte de un obispo católico de rito bizantino que quizás para muchos es desconocido. Pero para otros seguramente no lo es tanto. Agradezco al p. Abad Manel la invitación paterna y fraterna a presidir esta celebración litúrgica en Montserrat. Celebrar en Montserrat es, para vosotros monjes y para mí que he formado parte de esta comunidad durante muchos años, y me siento todavía parte de ella, es celebrar «en casa».

Hay dos aspectos que son fundamentales en nuestra celebración y que quisiera subrayar. El primer aspecto: la memoria de los beatos monjes mártires, de los que celebramos hoy la fiesta, y a la liturgia de los cuales pertenecen las lecturas de la Palabra de Dios que hemos escuchado. El segundo aspecto: la presencia del p. Abad Manel Gasch, sentado aquí en el centro de nuestra celebración, para recibir la bendición como abad, como padre y pastor de este monasterio de Santa María de Montserrat.

El profeta Isaías nos ha presentado, sirviéndose de un lenguaje muy vivo y muy bello, la imagen del banquete preparado para todos los pueblos. A menudo los profetas, con imágenes festivas, casi de vida familiar, nos presentan la relación de Dios con los hombres, con su pueblo. Y con estas imágenes de vida familiar el profeta afirma: «Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. Todo el AT prepara el encuentro definitivo, en Jesucristo, de Dios con el hombre; lo hace, podríamos decir, con imágenes que llevan de una manera o de otra al Emmanuel, el Dios con nosotros. «Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. Un Dios con nosotros, un Dios en medio de nosotros, que no nos ahorra el encuentro con la contradicción, con el sufrimiento, con la muerte. Este encuentro con el sufrimiento, con la cruz lo vivimos siempre pero seguros de que «… En Él hemos puesto nuestra esperanza …». Esta podría ser la frase que encierra la vida y la muerte de tantos y tantos hermanos nuestros cristianos que han dado y dan la vida por Cristo, como lo hicieron nuestros hermanos monjes mártires, las reliquias de algunos de ellos que veneramos en la cripta de esta basílica.

En el evangelio de San Juan, en el fragmento que hemos escuchado tomado de su largo discurso de despedida, el Señor nos ha dejado su Palabra siempre viva, siempre presente en nuestro camino cristiano: «Yo os elegí del mundo .. . Todo esto os lo harán a causa de mi nombre … «. Os encontraréis con contradicciones, con persecuciones, con sufrimientos. Siempre «… a causa de mi nombre…», bien seguros, sin embargo, que «En Él hemos puesto nuestra esperanza …». Vivir el Evangelio, ayer, hoy y siempre, no es nunca un camino llano, al contrario es un camino donde la cruz, la del Cristo y la nuestra, se hace presente. Es un camino donde un mundo, a veces hostil y a veces indiferente, nos pedirá razón de nuestra fe. La palabra del Señor: «Yo os elegí del mundo …», nos infunde la fuerza y el coraje para anunciar y vivir siempre el Evangelio, que es nuestra respuesta, nuestro testimonio en medio de los hombres.

Las lecturas de la liturgia de hoy tienen una fuerza especial precisamente porque son proclamadas en la fiesta de nuestros monjes mártires, de aquellos hermanos nuestros que, fieles a Jesucristo y a la profesión monástica que un día hicieron como monjes en este monasterio, derramaron su sangre como mártires, como testigos de aquel amor al único Señor de sus y de nuestras vidas aún hoy, Jesucristo el Señor, el único Salvador, el único Redentor. «Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. En la larga historia de nuestro monasterio-santuario, siempre a los pies de la Virgen, una historia milenaria, encontramos un gran número de santos monjes, anónimos ciertamente pero que han sido y siguen siendo piedras vivas en este edificio viviente que es Montserrat, cuyo símbolo es esta basílica que nos acoge. Y como corona de este primer milenio de nuestra historia, el Señor nos ha hecho el don de añadir, a la larga hilera de monjes santos y pecadores, fieles y débiles, jóvenes y viejos …, el Señor ha añadido la corona, la piedra preciosa de los mártires, de estos hermanos nuestros generosos y fieles, débiles y pecadores también seguramente, pero firmes en el amor de Cristo, que han hecho suya, como hacemos ahora nuestra, aquella estrofa que cantaremos dentro de unos días el primero de noviembre: «Chori … monachorumque omnium, simul cum sanctis omnibus, consortes Christi facite» / «los corazones … de todos los monjes, junto con todos los santos, háganoslo familiares del Cristo «. Ellos, los mártires, por su testimonio y su martirio, junto con tantos y tantos que nos han precedido, interceden para que, también nosotros, seamos «familiares… de Cristo».

En este «corazón de todos los monjes, familiares del Cristo» te añades tú hoy, querido p. Abad Manel, con un nuevo ministerio como abad, como padre de este monasterio. Los griegos diríamos: «con esta nueva diaconía, este nuevo servicio». ¿Qué significa para ti, para los monjes, para los escolanes y para los peregrinos que hoy estamos en Montserrat, ser bendecido abad de este monasterio? Os propongo que sea ahora la misma celebración litúrgica la que nos guíe pedagógicamente en lo que significa para ti, para tu comunidad y para nosotros esta celebración.

Siguiendo el ritual, y ahora cuando termine esta mi homilía, te haré una serie de preguntas, a las que, con tu respuesta, manifestarás delante de Dios y de los hermanos, delante de la Iglesia, tu voluntad de llevar a cabo esta diaconía de que hablábamos.

Se te preguntará si quieres: «instruir a tus hermanos, guiarlos y enseñarles… llevarlos hacia Dios». A partir del día que la comunidad te eligió, no eres un administrador -o si quieres no eres «sólo» un administrador-, sino que eres alguien, que con la grandeza y la fragilidad de cada ser humano, desde tu condición humana -¡que Cristo ha asumido en su encarnación! -, «… has sido elegido para regir las almas haciendo las veces de Cristo». Instruir, guiar, enseñar, llevar hacia Dios. Una enseñanza, una guía, un acompañamiento, siempre «haciendo las veces de Cristo». A través de ti Cristo continuará enseñando, guiando, llevando hacia Dios. «Haciendo las veces de Cristo».

No temas cuantas veces leyendo la Regla de San Benito, o en tantos otros textos de los Padres de la Iglesia, se habla del abad o del obispo como «el que hace las veces de Cristo», como «vicario del Cristo”. ¡No renuncies, no renunciemos nunca a este título! Digo título pero quizás debería decir ¡sacramento! Creo que es el título / ministerio más precioso y más «de peso» que los obispos y los abades tenemos y que debemos custodiar. Es un «título / ministerio» que «pesa», te lo puedo asegurar, pero también es un título, una diaconía, que tantas y tantas veces te dará fuerza y consuelo.

Siguiendo el ritual de la bendición, invocaremos a la Virgen y a todos los santos. Las letanías manifestarán nuestra confianza como Iglesia en la intercesión y la comunión de todos aquellos hombres y mujeres que se han configurado a Cristo: María, los apóstoles… hasta nuestros hermanos monjes mártires que hoy celebramos.

Después vendrá la oración de bendición como abad: una epíclesis, una invocación del Espíritu Santo sobre ti y también de alguna manera sobre la comunidad que te ha sido encomendada. Lo que se pide para ti, también directamente toca la comunidad de los monjes. El texto nos resume algunos aspectos fundamentales de esta tu nueva diaconía:

Que con su enseñanza penetre el corazón de sus discípulos. Enseñar, por tu parte, acoger tu enseñanza por parte de los hermanos.

Que sepa la cosa difícil y ardua que ha aceptado: gobernar almas y acomodarse a muchas formas de ser … En cada monje encontrarás el alma dócil y el alma a veces terca … El corazón generoso y el corazón endurecido … ¡No desesperes nunca de la misericordia de Dios!

Más servir que mandar… Un servicio, una palabra, una enseñanza que a veces penetrará el corazón de los discípulos como una lluvia suave, y a veces tendrás la impresión de que pasa como un torrente que te parecerá que no deja huella. No te desanimes y ten paciencia.

No perder ninguna de las ovejas que tiene encomendadas: Ninguna oveja es despreciable, ninguna. Somos, siempre, ovejas que a veces cojean y a veces caminan con firmeza … Ninguna es despreciable, ni la oveja perdida, que tendrás que cargar una y otra vez sobre tus hombros, ni la oveja fuerte quien, te lo aseguro, le hará bien una buena palabra amistosa y animadora de vez en cuando.

Llenarlo de los dones del Espíritu Santo… Todo lo que harás, lo que enseñarás, será para ti y para los hermanos, un don del Espíritu Santo.

Que no anteponga nada que Cristo y que enseñe que nada le debe serle antepuesto. El Cristo, único mediador de quien nos hablaba la carta a los Hebreos, es Aquel que deberás anunciar siempre a tus hermanos monjes, a los escolanes, a los trabajadores de Montserrat, a los miles y miles de peregrinos que, pasada esta borrasca de la pandemia, el Señor continuará llamando a la santa montaña de Montserrat. Hombres y mujeres que subirán a Montserrat a buscar una palabra amiga, una palabra de consuelo, el sacramento del perdón, un lugar de silencio.

Acabaremos la bendición con la entrega de las insignias, de estos símbolos que harán presente, de manera comunitaria y litúrgica lo que eres y que tienes que ser para tus hermanos: se te dará la Santa Regla, el anillo, la mitra y el báculo, que manifestarán simbólicamente tu enseñanza, tu amor esponsal por la comunidad, tu magisterio y tu pastoreo, es decir tu plena configuración con Cristo. Símbolos que harán evidente, para ti mismo en primer lugar, y para los hermanos, esta nueva diaconía a la que el Señor te ha llamado.

Estimado P. Abad Manel: los Padres de la Iglesia han dado al obispo y al abad una serie de títulos a través de los que han querido indicar aquel que en cada Iglesia, y en cada monasterio, hace las veces de Cristo: padre, pastor, maestro, guía, timonel, médico -médico de las almas ciertamente, pero también médico de los cuerpos: ama, cuida, visita a los enfermos.

A estos títulos me permito añadir otro, no te asustes: ¡el abad es también «mártir»!. En el sentido más fuerte del término: mártir / testigo de Cristo en la comunidad, en la Iglesia, en el mundo que nos toca vivir.

Estimados hermanos, después de la bendición, celebraremos los Santos Misterios. Invocaremos al Espíritu Santo sobre el pan y el vino para que haga el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y para que nos haga también, a ti padre abad Manel y a todos nosotros, mártires de su Evangelio, testigos de su palabra de vida que acogemos cada día como monjes, como peregrinos en un mundo a veces sordo pero siempre sediento de una palabra viva, de consuelo, de misericordia, de esperanza.

En la Divina Liturgia bizantina, después de la narración de la institución de la eucaristía y de la epíclesis sobre el pan y el vino, después de que el Espíritu Santo ha hecho el Cuerpo y la Sangre de Cristo, invocamos a la Madre de Dios, aquella en el seno de la cual la Palabra se hizo hombre, se encarnó. También en esta celebración invocamos para ti y para Montserrat la intercesión de Santa María, la Virgen, para que sea ella siempre para ti y para la comunidad aquella guía que te muestre y te lleve al Cristo, el único mediador, Señor y pastor de nuestras vidas.

Retomo, con un añadido, la estrofa del himno de Todos los Santos de la que hablaba al principio: «Chori … abbatum monachorumque omnium, simul cum sanctis omnibus, consortes Christi facite». Que los santos abades y monjes de la historia de este monasterio te y nos hagan «consortes Christi familiares del Cristo».

«Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. Que nos fortalezca siempre esta esperanza el Cristo Señor, que reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos.

Amén.

 

 

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