Domingo II de Cuaresma (28 de febrero de 2021)

Homilía del P. Lluís Planas, monje de Montserrat (28 de febrero de 2021)

Génesis 22:1-2.9a.10-13.15-18 / Romanos 8:31b-34 / Marcos 9:2-10

 

¿Qué significado tiene que hoy se nos haya proclamado el evangelio de la transfiguración cuando ya hace unos días hemos iniciado un camino que nos invita a transformar nuestra vida para ponerla en sintonía con el deseo de Dios? Y muchos de nosotros tenemos la sensación de que es una llamada a la conversión personal. Cada uno debe transformar su vida, cada uno debe convertirse. Pero el fragmento de la carta a los romanos que hemos escuchado no nos hablaba como si se tratara de un mensaje particular, individualizado, sino que nos ha hablado como si todos formáramos parte de un colectivo; no nos ha dicho, «si tienes Dios a tu favor, ¿quién tendrás en contra?», sino que hemos podido escuchar: «si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? ». Pienso que es importante esto, porque la experiencia que vamos haciendo en esta cuaresma no es un asunto puramente particular, sino que contiene ese sentido profundo que como creyentes, como iglesia, como grupo, debemos avanzar juntos.

Nosotros, como Pedro, Santiago y Juan, fuimos llamados. El evangelio de San Marcos nos hace ver que la experiencia que relata, es la experiencia de quienes han ido siguiendo a Jesús. En nuestro descubrimiento de la fe nos hemos dado cuenta de las obras maravillosas que hizo Jesús, así como ellos (Pedro, Santiago y Juan) lo fueron descubriendo. El éxito de Jesús prometía un futuro maravilloso. Eso sí que parecía que era el Reino de Dios; y Pedro, llevado por el entusiasmo había proclamado: «Tú eres el Cristo», pero también hay que recordar que a Jesús no le gustaba este modo de sentir y de expresarse, más bien él pedía lo que hoy llamaríamos discreción; por eso Jesús «les mandó enérgicamente que lo dijeran a nadie.» Había que ir madurando el sentido del camino de la fe. Y Jesús empezó a instruirlos. Les anunció que aquel camino tan espléndido, lleno de aciertos, acabaría en un derrumbe, que parecía era la derrota del proyecto. Efectivamente, Jesús había anunciado su pasión y muerte en manos de quienes más se oponían a su acción. Pero también es cierto que les decía que a los tres días resucitaría. De eso hacía seis días. Y ahora toma Pedro, Santiago y Juan; y con Pedro, Santiago y Juan, también nos toma a nosotros.

Si pues, de alguna manera, nos identificamos con estos discípulos, teniendo en cuenta que también hemos sido llamados a ser discípulos, Jesús nos lleva a una montaña alta, un lugar donde por excelencia la tradición nos dice que Dios se manifiesta profundamente e intensamente. Con muy pocas palabras el evangelista nos describe una experiencia que sólo puede ver el que cree. Los vestidos de Jesús son propios del cielo, porque ningún tintorero nos dice, es capaz de dejarlos tan blancos. Y es aquí, en este contexto, que descubrimos a Elías y Moisés, aquellos de quienes la Historia Sagrada nos ha enseñado la profunda intimidad que habían tenido con Dios. Y conversan con Jesús. Impactante. Para el que cree, eso sólo revela la gloria de Dios. Y Pedro se quiere quedar en este cielo. Y nosotros también nos quedaríamos, olvidando la lucha, las contradicciones, los sufrimientos y la muerte; ¡y añadiríamos la pobreza y la pandemia! El evangelista nos abre los ojos de sentido de la fe. La nube es el signo de la presencia de Dios, lo sabían los israelitas cuando atravesaron la prueba del desierto. Sienten la voz de los que ven en la fe. Descubren dos cosas que son fundamentales: ¡Jesús es Hijo de Dios, y es amado! ¿Qué significa para mí esto? Y un mandamiento para toda la vida: Escuchadle. Seguir la voz es nuestra guía.

Pienso que vivir esta escena como protagonistas con Pedro, Santiago y Juan, con la Iglesia de los creyentes con la que hacemos camino, guardarla en el fondo del corazón, conservar esta experiencia como lo hizo María, es luz en la oscuridad.

El evangelio de hoy nos invita a pisar la realidad. La lucha por la causa que Jesús proclama no se abandona, todo lo contrario, continuará más y más sobrecogedora. Las perspectivas humanas son duras. El sufrimiento y la muerte estarán y están presentes. Ahora, después de la experiencia en la montaña, escuchar a Jesús es el alimento en esta lucha encarnizada que debemos llevar a cabo, como él la llevó a cabo. No son sólo sus palabras, sino su vida, su acción, el sentirse amado, el sentirnos queridos. Quizás tenemos la sensación de debilidad (la pandemia es uno de los puntos que nos la hace sentir… pero en muchos otros aspectos cada uno puede ir descubriendo, esta debilidad), también la pobreza, el egoísmo (¿sólo miro por mí y por los míos?) ¿Y los otros que necesitan que se les trate justamente? Que viven cerca o muy allá.

Fijémonos bien en el evangelio de hoy, la mirada y la palabra de Jesús no es una causa perdida. Él les dijo a Pedro, Santiago y Juan, nos lo ha dicho a nosotros, a la comunidad que deseamos seguirlo, que el Hijo amado resucitará. Nos puede pasar lo mismo que ocurrió a los primeros discípulos y que reflexionemos y nos preguntamos: ¿qué significa resucitar de entre los muertos? En el camino hacia la Pascua encontraremos la respuesta, ¡pero hay que caminar!

 

Abadia de MontserratDomingo II de Cuaresma (28 de febrero de 2021)

Domingo de la XVII semana de durante el año (26 julio 2020)

Homilía del P. Lluís Planas, monje de Montserrat (26 de julio 2020)

1 Reyes 3:5.7-12 – Romanos 8:28-30 – Mateo 13:44-52

 

Hoy, en la primera lectura, hemos visto como a Salomón, que lo tenía todo, juventud, poder, cultura y riqueza, Dios le ha pedido qué deseaba, y él respondió: «Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal». Si nos fijamos bien, en el evangelio, Jesús ha dicho que el reino de Dios viene a ser como un tesoro o como una perla fina, es decir, algo que es tan valioso que lo da todo a cambio. Así pues, ¿qué es el reino de los cielos? Quizás podemos decir que es la forma que tiene Dios de invitarnos a vivir a su manera, siguiendo su estilo de vida. De acuerdo con Salomón podríamos decir que el reino de los cielos es ser justos, a la manera de Dios, o bien como el salmo que hemos cantado, el Reino es vivir con el amor de Dios que conforta, y con la capacidad de discernir el bien del mal.

¿Y quién es capaz de vivir a la manera de Dios? De hecho, el evangelista nos ha informado de que Jesús, al inicio de su predicación, se compadeció de la multitud que lo seguía porque eran como ovejas sin pastor. Como muchos recordamos, comenzó a proclamar una manera nueva de ver y vivir la vida: lo primero que hizo fue anunciar que aquellos que nadie valoraba, estos son precisamente los que Dios valora: bienaventurados los pobres, los humildes, los que desean que haya justicia, los que sufren … hoy quizás diríamos los perdedores; pero para entender a fondo este anuncio, pide a los discípulos que empiecen un camino en el que será importante conocer el propio interior, y darse cuenta de que hay que hacer una transformación, en la que no es solamente importante conocerse, y aceptar las propias limitaciones, sino que hay que poner en práctica lo que se ha visto que Jesús hace, que es poner la atención en los demás. Y los otros son como tú, con sus limitaciones. Y nos invita a fijarnos bien. Ellos son imagen de Dios y tienes que saberlo ver en el pobre, en el humilde, en el que pasa hambre y sed, en el encarcelado… Todos ellos son imagen de Dios. Y en este proceso de acercamiento a los demás, tú, para ellos, eres imagen de Dios. Así nos lo ha recordado San Pablo cuando hemos oído: «los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo». Quizás no se trata tanto de vivirlo como una responsabilidad, sino como un don, un regalo, un tesoro. El mejor. Y con María también podemos decir: ¿quién soy yo? Si me miro a mí mismo constato mi debilidad. María lo entendió y se hizo discípulo de su Hijo, es decir, lo escuchó; por eso decimos que María es la primera creyente. Cabe preguntarse si vale la pena vivir así. Porque nos damos cuenta de que el camino de Jesús no es llano. Y sin embargo hoy nos ha dicho que vivir con Dios y para Dios, en su Reino, vale tanto la pena que es necesario que se convierta en lo más importante, lo prioritario. Porque el campo que compras es donde está el tesoro, este campo eres tú y yo, y nosotros, en él se sembrará, como veíamos el pasado domingo la mejor semilla de trigo, pero también aparecerá la cizaña. Cabe preguntarse, sin embargo, ¿deseo comprar este campo?

La parábola aún nos ha dicho que «contento del hallazgo, se va a vender todo lo que tiene…». Y nos podemos volver a preguntar, y ¿por qué contento? Porque el verdadera hallazgo es el amor. Este es el valor supremo, porque como nos ha dicho San Pablo: «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien». Efectivamente, el Reino de los cielos es el encuentro del Amor y por el Amor. Amar, y dejarse querer. El campo es la propia vida que tiene que crecer, pero antes hay que sepa acoger la buena semilla de la Palabra y del Amor. Y si tiene sentido la existencia del campo, la existencia de la vida, es porque el campo, empapado de amor, dará el fruto para que otros puedan alimentarse de esta experiencia tan extraordinaria. ¿Y la compartiremos, verdad, esta experiencia?

Dejémonos coger por Dios, y hagamos nuestra la oración de Salomón: «Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal».

 

Abadia de MontserratDomingo de la XVII semana de durante el año (26 julio 2020)