Domingo XXVI del tiempo ordinario (1 de octubre de 2023)

Homilía del P. Ignasi Fossas, monje de Montserrat (1 de octubre de 2023)

Ezequiel 18:25-28 / Filipenses 2:1-11 / Mateo 21:28-32

 

Queridos hermanos y hermanas:

Las oraciones propias de este domingo presentan algunas verdades fundamentales de la fe cristiana. Lo hacen con la concisión y la brevedad que es propia de estos textos de oración, tan típicos de la liturgia romana. A los autores de estas oraciones les gustaba ser sintéticos, decir las cosas con pocas palabras.

El primer punto que destaca en dos de las oraciones es la fe en la vida eterna. En la oración colecta, que hemos rezado al principio de la misa, pedíamos a Dios que nos llene con su gracia para que, aspirando a tus promesas, nos hagas participar de los bienes del cielo. El término prometido es el cielo, y los bienes celestiales son sinónimo de la vida eterna en la presencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, de la Virgen María, de los ángeles y de todos los santos. El texto nos recuerda que el fin que nos espera, el término prometido, no es la derrota inexorable de la muerte y del aniquilamiento, sino que es la vida sin fin, en una condición de gozo, de luz, y de plenitud del amor que no somos capaces de imaginar, pues como decía San Pablo hablando de los bienes celestiales: ningún ojo ha visto nunca, ni ninguna oreja ha oído, ni el corazón del hombre sueña lo que Dios tiene preparado para los quien lo aman (1 Co 2,9).

La oración de postcomunión, que rezaremos al final de la misa pide a Dios Padre que el sacramento que acabamos de celebrar, el sacramento del cielo dice, renueve nuestro cuerpo y espíritu, para que seamos coherederos en la gloria de aquel cuya muerte hemos anunciado y compartido. La gloria del Hijo es sinónimo de la vida eterna, y como explica Jesús mismo en el evangelio de san Juan (Jn 17, 2-3), la vida eterna es un don que Él concede a quien quiere: según el poder que le diste (al Hijo) sobre toda carne, para que a todos los que tú les diste les de Él la vida eterna. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Heredar la gloria del Hijo de Dios querrá decir, por tanto, entrar en plena comunión con Dios Uno y Trino, y por tanto conocerlo tal y como es, tal y como lo revelará plenamente el Espíritu Santo.

La fe en la vida eterna, hermanas y hermanos, nos lleva a situar la vida en este mundo en el lugar y en la perspectiva que le corresponde. Debemos amar nuestra vida en la Tierra, debemos aprovecharla para crecer como personas y como discípulos de Cristo, pero teniendo presente que es sólo como el pórtico, como la ante-sala de la vida verdadera, que es la vida eterna. Y procurando, también, no perder ni despreciar por nuestra libertad mal utilizada, ese regalo que Jesucristo nos ha hecho con su muerte, su resurrección y el don del Espíritu Santo. 

En la oración colecta de hoy existe otro punto a destacar. Se trata de una verdad sobre Dios que conviene tener siempre presente y que nos ayudará a no confundirnos sobre quién es y cómo es Él. La encontramos al comienzo de la oración, cuando dice: Oh Dios, que manifiestas tu poder sobre todo con el perdón y la misericordia. (Deus, qui omnipotentiam tuam parcendo maxime et miserando manifestas). Es un tema recurrente afirmar que Dios es todopoderoso, que es omnipotente; por eso es Dios. Éste sería un elemento común al pensamiento humano sobre Dios. Pero la fe cristiana le añade un matiz muy importante. La Iglesia afirma, siguiendo la enseñanza de Jesús, que Dios nunca manifiesta tanto su omnipotencia como cuando perdona y se compadece. Podríamos decir que la manifestación más sublime de la omnipotencia divina no se expresa con grandes acontecimientos cósmicos, ni con milagros atronadores, ni con el aniquilamiento de sus enemigos.

La omnipotencia de Dios se expresa en la cruz, cuando Cristo muere perdonando a sus verdugos y compadeciéndose de toda la humanidad. ¿No os parece que, si es así, tiene todo el sentido hablar de la omnipotencia de Dios? Y precisamente por eso, porque nos perdona y se compadece de nosotros, podemos suplicarle que nos llene con los dones de su gracia, o que nos abra las fuentes de toda bendición. Pidamos al Señor que nos dé a conocer en qué consiste su poder, y nos ayude por el don del Espíritu a compartir la pasión y la muerte de Cristo para poder participar así de la vida eterna.

Abadia de MontserratDomingo XXVI del tiempo ordinario (1 de octubre de 2023)

Domingo VI de Pascua (14 de mayo de 2023)

Homilía del P. Ignasi M. Fossas (14 de mayo de 2023)

Hechos de los Apóstoles 8:5-8.14-17 / 1 Pedro 3:15-18 / Juan 14:15-21

 

Oración colecta: Dios todopoderoso, concédenos continuar celebrando con intenso fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado, de manera que prolonguemos en nuestra vida el misterio de fe que recordamos.

El texto de la oración colecta de este domingo apunta a un aspecto central de ser cristianos: me refiero a la manifestación en nuestra vida de la fe que profesamos. Pedimos a Dios que nos conceda celebrar con fervor el tiempo pascual, estos días de alegría en honor de Cristo resucitado, para que eso que es el contenido de la fe se manifieste en nuestra manera de vivir, de manera que prolonguemos en nuestra vida el misterio de fe que recordamos.

Hay que tener presente que el verbo recordar remite a un verbo que en hebreo significa que lo que se recuerda también se hace presente, es decir que no se trata de un recuerdo pasado, de la evocación de un hecho que ya no volverá más, sino que se refiere a hacer memoria de un hecho, en este caso de la pasión, muerte, resurrección y ascensión del Señor Jesús, que por la acción del Espíritu Santo se vuelve presente y eficaz hoy y aquí, por a cada uno de nosotros.

La participación en la redención que nos viene de Jesucristo por obra del Espíritu, comporta el comienzo de una nueva vida. En la resurrección de Cristo, Dios, nos ha creado de nuevo para la vida eterna, leíamos en la oración colecta del pasado martes (V del tiempo pascual).

Llegamos así al elemento central que comentaba al principio: la manifestación en nuestra vida de la fe que profesamos. La oración dice: que prolonguemos en nuestra vida el misterio de fe que recordamos.

Por tanto, lo que debe expresarse en nuestra manera de vivir, lo que debemos predicar con las obras, es el misterio pascual de Nuestro Señor Jesucristo, o sea, su pasión, muerte, resurrección y ascensión, con el don del Espíritu Santo asociado a él, para nuestra salvación y la de toda la humanidad.

En la primera lectura veíamos un ejemplo de ello en la persona del diácono Felipe, uno de los primeros discípulos. El libro de los Hechos de los Apóstoles dice que Felipe predicaba y hacía prodigios: los espíritus malignos salían de muchos poseídos (…) muchos inválidos o paralíticos recobraban la salud, y la gente de aquella región se alegró mucho. Podemos identificar ya algunos rasgos característicos del vivir cristiano: la predicación con la palabra, es decir: anunciar a Jesús de Nazaret Dios y Hombre, salvador y redentor, Hijo de Dios e Hijo de María; el restablecimiento, la curación, el llevar la salud a quienes están enfermos, y finalmente la alegría, la alegría verdadera.

En la segunda lectura, san Pedro exhorta a los primeros cristianos a estar dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, Es una forma de concretar la predicación con la palabra. Pero con delicadeza y con respeto. En otro fragmento que también podría leerse hoy, el propio autor de la primera carta de san Pedro hace referencia a otro aspecto de la vida cristiana: se trata del sufrimiento. Dice: Queridos, alegraos de poder compartir los sufrimientos de Cristo (…) Felices vosotros si alguien os reprocha el nombre de cristianos. Tener que afrontar dificultades y contradicciones por el hecho de ser cristianos, como ocurre hoy todavía a muchos de nuestros hermanos en la fe en todo el mundo, no debe avergonzarnos ni de desanimar ni de entristecer, al contrario, porque cuando ocurre esto significa que el Espíritu de la gloria que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros (son palabras de la 1ª carta de St. Pedro).

En el evangelio según san Juan, Jesús mismo hace referencia a dos realidades más que manifiestan en nuestra vida su misterio de salvación. Uno consiste en guardar o tener los mandamientos de Cristo, que son los mandamientos del Decálogo perfeccionados con las Bienaventuranzas, vividos por amor a Cristo presente en el prójimo. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama El otro se refiere a la gloria de Dios. Ellos (sus discípulos, dice Jesús) son mi gloria. Y por eso, cuando vivimos la vida nueva que nos viene por la resurrección de Cristo, damos gloria a Dios.

Toda la vida cristiana se convierte, por obra del Espíritu Santo, en un canto de alabanza al Creador y Redentor de la humanidad. Cuando nos reunimos en la iglesia para celebrar los sacramentos o para orar juntos el Oficio Divino, cuando predicamos a Jesús resucitado, cuando hacemos el bien, llevando vida, consuelo, ayuda y salud a los demás, cuando nos toque sufrir porque somos cristianos, cuando vivimos todo esto, glorificamos a Dios junto con Cristo, y nos preparamos para recibir el don de la vida eterna. Y la vida eterna es que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y aquel que tu has enviado, Jesús, el Mesías.

 

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo VI de Pascua (14 de mayo de 2023)

Domingo XVIII del tiempo ordinario (31 de julio de 2022)

Homilía del P. Ignasi Fossas, monje de Montserrat (31 de julio de 2022)

Eclesiastés 1:2: 2:21-23 / Colosenses 3:1-5.9-11 / Lucas 12:13-21

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

El 31 de julio el calendario romano registra la memoria de St. Ignacio de Loyola. Este año celebramos 500 años de su peregrinación a Montserrat y de su estancia en Manresa, y también coincide con los 400 años de su canonización, con motivo de la cual le fue dedicado un altar lateral en nuestra Basílica.

Pero hoy también es domingo, y la celebración de la Pascua semanal pasa por delante, como es natural, de la memoria de San Ignacio. O si se quiere, dicho positivamente, la mejor manera de honrar la memoria de San Ignacio, este gran peregrino de Montserrat, es celebrando la pasión-muerte-resurrección y ascensión de Nuestro Señor Jesucristo. Jesús de Nazaret, Hijo de Dios e Hijo del Hombre, sedujo y cautivó al corazón de Ignacio hasta hacerle cambiar la vida. Jesucristo se convirtió en el principal objetivo del conocimiento y de la vida de Ignacio.

Y es que una de las características del ser humano es la obsesión por conocer mejor el mundo, los demás y uno mismo. Podríamos añadir, también, el conocimiento de Dios.

El hombre se plantea el cómo y el porqué de todo. Y esa búsqueda incansable distingue la historia de la humanidad. La búsqueda del conocimiento exige poner en práctica diferentes cualidades humanas, como por ejemplo la capacidad de observación y el análisis de la realidad, el razonamiento, la experimentación, la discusión, etc. Enseguida nos damos cuenta de que, en ocasiones, los sentidos nos engañan y que nuestra percepción de la realidad es equivocada. Parece que es el sol que se mueve de oriente a occidente, o que el horizonte del mar es más alto que la tierra firme. Parece que alguien quiere ayudarnos, y en cambio tiene intención de robarnos. Y podríamos ir multiplicando los ejemplos.

La Palabra de Dios nos enseña a percibir y medir mejor la realidad, tanto la realidad personal como la realidad que nos rodea. A primera vista puede parecer que el trabajo, el esfuerzo o la inquietud, el poder, el dinero o el dominio sobre los demás, nos pueden asegurar la vida y la felicidad; y así le ocurrió a San Ignacio durante la primera parte de su vida. Es decir, nos parece que todo esto forma parte de la realidad más fundamental y determinante. Y en cambio no es así, lo oíamos en la primera lectura: Todo esto es en vano. ¿Dónde está el camino para descubrir la realidad auténtica?

El salmo responsorial nos enseñaba que también nuestra percepción del tiempo puede ser sesgada. Todos hemos experimentado que el tiempo nos puede parecer muy corto o muy largo, que puede pasar muy rápido o muy despacio, dependiendo de cuál sea nuestro estado de ánimo, o de si hacemos algo más o menos a gusto, o de si estamos bien de salud o estamos enfermos. Para acabar de complicarlo, el tiempo no es igual para Dios que para nosotros: Mil años en tu presencia son un ayer que pasó; una vela nocturna. Incluso la vida de los hombres es una nada: como hierba que se renueva que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca. Por eso el salmista exclama ante Dios: Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato.

San Pablo, en la segunda lectura, nos hace dar un paso más en la búsqueda del conocimiento. Y lo hace señalando a la persona de Cristo resucitado. La conversión a la fe comporta una adhesión plena a la persona viva de Jesucristo, lo que hace cambiar radicalmente nuestra vida. Por el bautismo morimos con Cristo y resucitamos junto a Él. Por eso, os habéis despojado del hombre viejo, con sus obras, y os habéis revestido de la nueva condición que, mediante el conocimiento, se va renovando a imagen de su Creador. Eso mismo es lo que quiso exteriorizar San Ignacio cuando se quitó sus vestidos de caballero y de soldado, aquí en Montserrat, se los dio a un pobre, y se puso él mismo una saya mucho más sencilla y mucho más simple que había comprado antes de llegar. Este conocimiento pleno del Señor se encuentra en los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Conocer, además para los cristianos, significa amar, y por eso debemos aspirar a los bienes de arriba, no a los de la tierra. El conocimiento consiste, por tanto, en la identificación con Cristo. A medida que, por la acción del Espíritu, nos hacemos similares a Él avanzamos hacia el pleno conocimiento. En esto consiste la riqueza verdadera, la felicidad plena, la alegría profunda. En Cristo descubrimos la verdadera dimensión de la realidad. Él renueva nuestros sentidos, por los que podemos captar las cosas y las personas tal y como son realmente, sin engaños ni falsas ilusiones. Pedimos con el salmista que Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos. Que vuestro amor, Señor, no tarde más en saciarnos y lo celebraremos con gozo toda la vida.

Abadia de MontserratDomingo XVIII del tiempo ordinario (31 de julio de 2022)