Solemnidad de la Natividad de la Virgen (8 septiembre 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (8 septiembre 2020)

Miqueas 5:1-4a / Romanos 8:28-30 / Mateo 1:1-16.18-23

 

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza, decía el salmista. Era, hermanas y hermanos, un salmo responsorial muy corto, pero de una gran profundidad y de un contenido que abarca muchos siglos de historia. El salmista manifiesta su confianza en el amor de Dios, y esa confianza se transforma en alegría por la salvación que le es prometida y, también, en alabanza a Dios por sus beneficios.

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza. Era la confianza que alimentaba la esperanza del resto fiel del pueblo del Antiguo Testamento y le infundía alegría por la salvación que el Señor enviaría. Se sabía depositaria de las promesas mesiánicas que esperaba. Detrás de cada nombre que hemos escuchado de la genealogía, hay una historia que parte de Abraham, y en medio de luces y de sombras, quizás más de sombras que de luces-, llega hasta Jesús, nacido de María. Es una historia tejida de fidelidades, de debilidades y de pecados, pero sobre todo de fidelidad por parte de Dios a sus promesas. Durante siglos, no se veía el cumplimiento. Pero los hombres y mujeres de fe tenían plena confianza en que Dios no les dejaría confundidos. Esperaban que llegaría el día en el que se cumplirían aquellas palabras del profeta: consolad a mi pueblo … decidle que se ha acabado su servidumbre, que ha sido perdonada su culpa (Is 40, 1-2). Esperaban que se harían realidad lo que Dios había dicho a David: pondré en tu sitio uno de tu linaje […]; tu casa y tu realeza se perpetuarán […]; tu trono permanecerá por siempre (2Sa 7, 12-16). Lo esperaban incluso cuando, debido a la deportación a Babilonia (que era el periodo que comprendía el último tramo de la genealogía que hemos escuchado), la dinastía de David parecía extinguida para siempre y humanamente no había ninguna esperanza de que fuera restablecida. El resto fiel del pueblo, sin embargo, continuaba confiando y creyendo en la palabra divina y esperaba que llegara el momento en el que se cumpliría la profecía que decía: la virgen tendrá un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel (Is 7, 14).

En medio de la larga noche de siglos que desde Abraham hasta José, el carpintero de Nazaret, hubo hombres y mujeres fieles que vivían con esperanza, hasta que llegó el momento de gracia esperado y nació Santa María, la que sería esposa de José y de la cual nació Jesús, llamado Cristo, como decía el final de la genealogía. Ella es la madre de la que hablaba, también, la profecía de Miqueas que hemos escuchado en la primera lectura. En ella se hace realidad, como hemos escuchado en el evangelio, lo de que la virgen tendrá un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros. En María, pues, comienzan a cumplirse las promesas. Las hechas a Abraham sobre la descendencia que tendría y que sería bendición para todos (cf. Gn 12, 1-3.7). Y las hechas a David diciendo que su trono perduraría para siempre (cf. Sal 131, 11-12). Ambas se cumplen plenamente en Jesucristo hijo de María.

Por eso la Iglesia, extendida de oriente a occidente, celebra con tanto gozo la solemnidad de hoy. El nacimiento de Santa María anuncia el de Jesús. Ella, pequeño niño en pañales, es como la aurora que precede la venida del sol, de aquel Sol, Jesucristo, venido del cielo para iluminar, curar y salvar a todos. (Lc 1, 78).

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza. Estas palabras expresan, también, la vivencia espiritual de María a lo largo de su vida. Como vemos en el Magníficat y cantábamos en el salmo, ella aclamó al Señor, llena de gozo (Is 61, 10); su corazón se alegraba porque se veía salvada al considerar las maravillas que Dios obraba en ella y a través de ella a favor de todo el pueblo creyente, a favor de toda la humanidad (cf. Lc 1, 47-55). La mayor de las cuales era la encarnación del Hijo de Dios en sus entrañas para ser el salvador del mundo. No todo fueron momentos de luz en la vida de la Virgen María; hubo situaciones de dolor y de oscuridad en los que una espada le traspasaba el alma (Lc 2, 35), pero como el resto fiel de Israel y de una manera aún mayor, ella seguía creyendo, continuaba esperando, continuaba fiándose de las promesas de Dios, continuaba amando y sirviendo. Así se daba generosamente al Dios que la había escogido y la quería tiernamente, y se entregaba a los otros a imitación de Dios que se daba y se da a la humanidad. María nos enseña a ver la historia humana, también la nuestra, toda traspasada por el amor de Dios, de generación en generación y nos hace entender la fidelidad de Dios a la promesa hecha a Abraham y a su descendencia para siempre (cf. Lc 1, 50.55).

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza. Los cristianos sabemos cómo la humanidad entera es amada por Dios porque Jesucristo, el Hijo de María, nos lo ha mostrado. Y por eso aclamamos al Señor llenos de gozo. Sabemos, también, que el período de la historia que nos toca vivir es continuación de la historia de salvación que ya atravesaba invisiblemente las generaciones de las que nos ha hablado del evangelio de la genealogía. Las promesas hechas a los patriarcas y a David se cumplen en Cristo y en la Iglesia, que es el gran pueblo en que Dios había dicho que se convertiría la descendencia de Abraham y que sería portador de bendición para toda la humanidad (cf. Gn 12, 2). Vivimos en continuidad con la historia de la primera alianza, sin embargo, con una particularidad muy grande: Jesucristo, el resucitado, hace camino a nuestro lado, es cada día el Emmanuel, el Dios con nosotros (Mt 28, 20). Esto nos debe infundir confianza en todas las circunstancias de nuestra vida y nos ha de acompañar siempre. Dios continúa con su proyecto a favor de la humanidad, de una manera imperceptible pero eficaz, siempre según su plan de amor. Con todo, para llevarlo a cabo, este proyecto cuenta con la colaboración de todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Por ello, nos toca aportar esperanza y compromiso en la tarea de construir cada día la sociedad. Vivimos tiempos difíciles debido a la pandemia y de sus consecuencias negativas a nivel de salud, sanitario, social y económico. Situaciones difíciles también debido a otros problemas a nivel mundial, estatal y a nivel de Cataluña. Y no debemos olvidar que en el mundo sigue el drama de los refugiados, de la violencia, los odios, del hambre.

Como cristianos nos toca ser «hospital de campaña», según la expresión tan significativa del Francisco. Es decir, debemos acoger, de apoyar, de ayudar a curar heridas, de ser solidarios a nivel social y económico. Y nos toca ser constructores de puentes, para superar enfrentamientos e incomprensiones y favorecer un diálogo respetuoso de la manera de pensar de cada uno, que sea constructivo para favorecer el bien común en los grandes retos que tenemos planteados. Estamos en vísperas del 11 de Septiembre, Diada Nacional de Cataluña, y debemos orar y trabajar para que se encuentre una salida justa a la situación actual de nuestro País. Ayudaría el poder revisar la situación de los políticos y líderes sociales que están en la cárcel o en el extranjero.

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza. La Eucaristía nos renueva el amor que Dios nos tiene y nos infunde confianza para seguir trabajando en bien de los demás construyendo el Reino de Jesucristo, como lo hizo la Virgen. Los cristianos sabemos que las dificultades y los sufrimientos actuales son dolores de parto para el alumbramiento del mundo nuevo en el reinado de Jesucristo (cf. Rm 8, 18-23). Con Maria aclamemos al Señor llenos de gozo y agradezcamos sus favores.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la Natividad de la Virgen (8 septiembre 2020)

Solemnidad de la Asunción de la Virgen (15 agosto 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (15 agosto 2020)

Apocalipsis 11:19;12:1-6.10 / 1 Corintios 15:20-26 / Lucas 1:39-5

 

La Iglesia hoy se llena de alegría porque Santa María ha entrado toda radiante en la gloria del Señor. Ha entrado, hermanos y hermanas, no en virtud de su impulso sino llevada por un don de Dios. La iconografía de esta solemnidad se puede resumir en dos grandes tradiciones. La que proviene del oriente cristiano y que representa a Jesucristo que viene a buscar a su Madre. Y la más propia de occidente, que muestra un grupo de ángeles portando a la Virgen al cielo. En ambos casos, María es llevada al cielo. Esta basílica tiene las dos representaciones. La primera, orientalizante, sobre el tímpano de una de las puertas laterales de ingreso. Y la segunda, en un cuadro del ábside de este presbiterio. Ambas significan que María ha sido asunta, asumida, en el cielo. Hay, además, una tercera manera de representar la glorificación de la Virgen que celebra la solemnidad de hoy; no tanto el hecho de la asunción al cielo, como la participación en la gloria pascual de Jesucristo. Es la coronación de Santa María. También es representada en esta basílica, en el gran rosetón de la fachada y en el mosaico del ábside del camarín. Así mismo, san Juan Pablo II, en su peregrinación a Montserrat en 1982, nos invitaba a ver la solemnidad de hoy representada en la Santa Imagen de nuestra Moreneta. El Papa hablando de que no tenemos una estancia permanente en la tierra, mortales como somos, y de cómo debemos aspirar a la estancia de la vida futura, decía: «a ello nos invita la actitud de la Señora, que es Madre y, por tanto, Maestra. Sentada en su trono de gloria y en actitud hierática, tal como corresponde a la Reina de cielos y tierra, con el Dios Niño en su regazo, la Virgen Morena descubre ante nuestros ojos la visión exacta «de la gloria de la Virgen María como Reina y Señora, madre y abogada nuestra (cf. Doc. de Esgl. 17 (1982) 1284).

Hoy alabamos a Dios porque María ha sido asunta al cielo y, al contemplar la gloria que le ha sido dada, la proclamamos bienaventurada. Pero, el evangelio que acabamos de escuchar nos presentaba a María, no en la gloria, sino bien arraigada en la tierra, visitando a su prima Isabel que, a pesar de ser ya mayor, espera un hijo, el futuro Juan Bautista. María, que lleva en su seno el Hijo de Dios hecho hombre, la va a ayudar en los últimos meses de su embarazo y en el parto. La liturgia, que hoy contempla la gloria más excelsa de Santa María, nos indica el camino que la ha llevado a esta gloria porque también nosotros lo recorremos. Tal como decía Juan Pablo II, citando a san Pablo, en la homilía aquí en Montserrat que acabo de mencionar, no tenemos en este mundo una estancia permanente, nuestro cuerpo se deshará, pero tenemos el cielo otra casa eterna que es obra de Dios (cf. 2C 5, 1-2) . Aunque la perspectiva de la muerte nos pueda entristecer, la asunción de María nos da consuelo y esperanza porque nosotros también estamos llamados a participar de la gloria pascual de Jesucristo. El evangelio de hoy, además de alabar la fe, la maternidad divina y la solicitud servicial de María, nos indica cuál es el camino para llegar a la vida para siempre, donde ella ya ha llegado.

Fundamentalmente, este camino está formado por tres elementos: la fe en Dios, la acogida del otro, el servicio generoso y abnegado.

La fe que lleva a creer en el Dios que actúa en la historia, más allá de lo que nos puede parecer razonable. Y por eso pide que nos fiemos de él, como hizo María al serle anunciada la encarnación del Hijo de Dios en su seno. La fe nos hace descubrir cómo Dios ama entrañablemente y que su amor es nuevo cada día, tal como nos ha demostrado en Jesucristo. La fe se nutre de la oración y se ilumina por la Palabra de Dios acogida al fondo del corazón. Pero, no queda reducía a la relación personal con Dios sino que nos responsabiliza y nos hace descubrir la propia misión al servicio de los demás.

El segundo elemento a vivir según el evangelio de hoy es la acogida del otro con alegría. Como María e Isabel se acogieron en la narración evangélica que hemos escuchado. Es una acogida cuyo centro es Cristo. Y por eso pide que sea una acogida empapada de amor. La persona que acogemos, sea quien sea, siempre es imagen de Cristo. Por ello, tal como nos enseña (cf. Mt 25, 40.45), todo lo que hacemos a los demás, se lo hacemos a él y todo lo que dejamos de hacer a los demás se lo dejamos de hacer en él.

Este es el tercer elemento a vivir para seguir el camino de María: traducir la acogida en servicio a los demás saliendo de nosotros mismos, como ella hizo en la Visitación. Esto nos hace evitar lo que el Francisco llama «autorreferencialidad» y que consiste en no salir del propio pequeño mundo o del círculo de amigos. El Evangelio nos pide estar abiertos a amar y ayudar todos.

Viviendo, pues, la fe nutrida por la oración y meditando y guardando en el corazón la Palabra evangélica referente a Jesús (cf. Lc 2, 19:51); estimando a los demás y poniéndonos a su servicio, particularmente de quienes más lo necesitan, que es lo que hizo Santa María, podremos seguirla a la gloria de la que ya goza y que a nosotros nos llena de alegría.

También el obispo Pedro Casaldáliga, que nos ha dejado hace pocos días, procuró seguir este camino viviendo a fondo en la oración y en el compromiso a favor de los pobres, indígenas y campesinos, gente a la que los latifundistas habían tomado las tierras. En esta solemnidad de la Asunción de la Virgen, a quien él tanto estimó, y en el contexto social actual, es bueno recordar y hacer nuestros dos de las oraciones de su Visita Espiritual a la Virgen de Montserrat : «Madre afortunada que ha creído dócilmente en la Palabra […], Santuario de la Nueva Alianza […], Sinaí nuestro de Montserrat: […] salvad la unidad de Cataluña por encima de los partidismos, hermanando en una gran familia a los catalanes de raíz y a los otros catalanes, y haga de nuestro Pueblo, acostumbrado a la Mar abierta, una comunidad de diálogo y de colaboración, España adentro, Europa allá y en orden a todas las tierras hasta los Pueblos despreciados del Tercer Mundo. […] Estrella del alba de la Pascua florida, primera testigo de la Resurrección, estrella de Montserrat que alumbra nuestras noches: fortalece en nosotros aquella Esperanza que ni en las desventuras de la Patria, ni en las infidelidades del Iglesia, nunca se desanima y nunca se escandaliza; que sabe forjar la venida de los Tiempos Nuevos aquí en la tierra y rebasa, con tu Hijo resucitado, oscuras de la Muerte, hacia la vida plena”.

Amén

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la Asunción de la Virgen (15 agosto 2020)

XX Aniversario de la Bendición Abacial (13 agosto 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (13 agosto 2020)

Ezequiel 12:1-12 / Mateo 18:21-19:1

 

Os propongo, queridos hermanos y hermanas, de fijar brevemente nuestra atención primero en la lectura del profeta Ezequiel que hemos escuchado y luego en el evangelio que nos ha proclamado el diácono.

La primera lectura era muy sorprendente. Hemos escuchado una acción simbólica y profética que Dios pedía que hiciera Ezequiel. A la vista de todo el pueblo y en pleno día, el profeta tenía que hacer un fardo con las pertenencias necesarias para irse de viaje y sacarlo por un agujero que tenía que hacer en el muro de su casa. Era un comportamiento extraño que por fuerza había de suscitar, por parte de los vecinos y de los viandantes, la curiosidad y la pregunta sobre porqué lo hacía. Además, después, de noche, a oscuras, tenía que irse con el fardo al hombro como si fuera un deportado, con la cara tapada debido a la tristeza. Triste por dejar la casa y la patria y por tener que ser conducido a una tierra extranjera, fuera del país que Dios había dado a su pueblo, con las penurias que ello comportaba.

Dios quería que con esta forma de hacer llamara la atención de la gente y se preguntara el motivo de todo esto. De este modo quería provocar la conversión del pueblo, que era ciego y sordo a su Palabra, que era rebelde hacia el Señor que lo quería entrañablemente. Tal como decía el salmo responsorial, no guardaban la alianza, habían dejado a Dios de lado (cf. Sal 77, 56). Pero, a pesar de todo, Dios en su amor quería que el gesto de Ezequiel hiciera reflexionar a la gente, le hiciera abrir los ojos a la realidad y los oídos a la palabra. Y de esta manera cambiar de actitud, de vida, para corresponder al camino de plenitud y de felicidad que Dios le proponía y el pueblo no quería seguir. Ciertamente, la gente preguntó al profeta Ezequiel para saber el significado de lo que hacía pero sin intención de cambiar de vida. El aviso de Dios a través del gesto del profeta, pues, no fue escuchado. Y aquella acción dramatizada se convirtió en un anuncio de la deportación a Babilonia que un tiempo después debería sufrir todo el pueblo de Israel con su rey delante. Y, también, en un anuncio de la destrucción de Jerusalén, la ciudad Santa.

Ezequiel es un signo, también, para nosotros, de cómo Dios interviene en la historia humana. De entrada, podemos sacar una primera constatación: Dios ama, quiere el bien de las personas y sale al paso una y otra vez para que dejemos el camino del mal y avancemos por el camino de la felicidad. Siempre con voluntad liberadora, salvadora.

Y podemos sacar, también, una segunda constatación: debemos estar atentos a los signos que nos ofrecen los tiempos que vivimos para ver qué palabra nos dicen de parte de Dios. Desde hace meses una pandemia hace estragos en todo el mundo. Y cabe preguntarse qué mensajes de fondo nos trae. Por un lado, nos hace ver la fragilidad de la existencia humana y nuestra condición mortal; un virus microscópico provoca enfermedades, muerte, dolor y trastoca todas las expectativas económicas y sociales. Y, por otro lado, nos hace preguntarnos sobre el sentido de la vida y de la muerte, sobre si los anhelos de plenitud, de felicidad, de justicia, de inmortalidad que hay en nuestro corazón son una quimera. La pandemia nos invita, también, a levantar la mirada hacia Jesucristo, muerto y resucitado, médico de nuestras heridas, sanador de nuestros miedos y de nuestras angustias. Jesucristo nos llama a confiar en su palabra portadora de esperanza y nos promete la vida para siempre una vez traspasado el umbral de la muerte. Y, por tanto, nos invita a escucharlo para aprender cómo debemos vivir para poder estar eternamente con él. La pandemia nos ha mostrado, además, otro aspecto que está muy en sintonía con las palabras de Jesús: la solidaridad de muchas personas dispuestas a sacrificarse, incluso en algunos casos poniendo en peligro su vida, para ayudar a los otros. Esto nos invita a tener una actitud generosa de amor y de servicio según nuestras posibilidades con los demás, ahora que todavía hay infectados por el virus, personas que viven el duelo y ya empiezan a sentirse efectos económicos y sociales de la crisis que la pandemia provoca. Jesús se identifica con los que pasan un tipo u otra de necesidad. Todo esto que he dicho es un inicio de reflexión que deberíamos continuar haciendo desde nuestra situación concreta si queremos estar atentos a los signos de nuestro tiempo y acoger la palabra de Dios que nos transmiten.

La referencia que haré al evangelio será breve. Hemos escuchado como Jesús llamaba apremiante al perdón. Y lo hacía de una manera muy comprensible con la parábola del siervo sin compasión a pesar de haber recibido un perdón inmensamente generoso de su señor. Con esto Jesús nos enseña que Dios nos perdona cualquiera que sea la medida de nuestra deuda, siempre que le pidamos perdón y que nosotros estemos dispuestos a perdonar a los demás sin límites, porque nunca llegaremos a la medida que Dios emplea con nosotros, que es mucho más que setenta veces siete.

Antes de la comunión, cantaremos todos juntos el Padre Nuestro; hermanados en la fe invocaremos a una sola voz a nuestro Padre del cielo, unidos a Jesucristo, el Hijo único, en el que hemos sido hechos hijos de Dios. Lo cantaremos a una sola voz, pero debe ser también con un solo corazón, unidos todos en el amor fraterno. Y conscientes de nuestra fragilidad y de nuestro pecado, pediremos, siguiendo la divina enseñanza de Jesús, que el Padre perdone «nuestras culpas como nosotros perdonamos a nuestros deudores»; es decir, se le pedirá que emplee con nosotros la medida de perdón que nosotros empleamos con los demás. Es una oración, pues, que sólo nos puede dejar tranquilos si procuramos perdonar a los demás con la medida generosa que Dios nos perdona.

La acogida del perdón de Dios y nuestra disponibilidad total al perdón nos hacen aptos para recibir la Eucaristía, que es el sacramento del amor y de la paz.

Abadia de MontserratXX Aniversario de la Bendición Abacial (13 agosto 2020)

Fiesta de la Transfiguración del Señor. Profesión Temporal del G. Frederic Fosalba (6 agosto 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (6 agosto 2020)

2 Pedro 1:16-19 – Mateo 17:1-9

 

Jesús deja ver a los discípulos que lo acompañarán en su anonadamiento en Getsemaní, su filiación divina en el estallido glorioso de la transfiguración. De esta manera, hermanos y hermanas, los discípulos, en la cima de aquella montaña alta, experimentan una anticipación de la bienaventuranza futura. Sienten tal plenitud que quieren alargar ese momento de felicidad: Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas, dice Pedro expresando el sentimiento de los otros dos.

Y, ¡qué cristiano no querría estar con Jesús, y alargar el encuentro contemplando su rostro resplandeciente, que es transparencia de su divinidad! Pero esto no les es dado, a los discípulos que lo acompañan. Aquella experiencia duró poco: cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo, con el rostro al que estaban acostumbrados a ver, a veces sudoroso, a veces agobiado por el cansancio, y con los vestidos empolvados de cada día. Alargar aquellos momentos no se dado a los tres discípulos.

La cara brillante como el sol y los vestidos blancos como la luz manifiestan su divinidad y significan que Jesús es plenitud, transparencia y comunicación de la divinidad, amor sin límites, luz de la humanidad, bondad infinita, portador de salvación, de curación, de felicidad. Sabiendo esto, pero sin ver nada más que la realidad que los rodea y encaminándose hacia la pasión inminente, los discípulos tendrán que aprender a escuchar la voz de Jesús sin ver su gloria, pero creyendo en su condición divina y esperando con fe vacilante el poder participar. Es lo que tenemos que hacer, también, nosotros. Escuchar su palabra, tal como dice la voz del Padre, y recorrer un camino espiritual que, a pesar de las dificultades que podamos encontrar, por la fe nos una a Jesucristo, el Hijo amado del Padre y el objeto de sus complacencias. Así nuestra vida podrá ir convirtiéndose en transparencia del Evangelio. Y al término de este camino, lo podremos contemplar glorioso y podremos recibir el don de participar de su vida divina.

Los monjes y las monjas, tanto del oriente como del occidente cristiano, tenemos una veneración espiritual por esta fiesta de la Transfiguración en la que se nos propone contemplar en la fe la gloria de Jesucristo, de poder estar con él intensamente escuchando, acogiendo y haciendo vida su Palabra, y así ir dejando que la vida divina vaya penetrando nuestro interior. Por este motivo, hemos escogido esta fiesta para la primera profesión del G. Frederic. San Benito mismo presenta el itinerario de la vida monástica de una manera que nos remite al episodio de la Transfiguración y a la experiencia espiritual que conlleva para los que son discípulos del Señor.

Ya en los inicios de la Regla, San Benito pregunta «¿quién puede […] descansar en tu monte santo?» (RB Prólogo, 23) e invita a abrir «los ojos a la luz deifica» y a escuchar «atónitos […] la voz de Dios» (RB Prólogo, 9). Cuando San Benito habla de la «montaña santa» se refiere al lugar del encuentro con Dios que comienza en esta vida en la Iglesia, y para los monjes también en la comunidad monástica, pero que termina en el cielo, el lugar definitivo del reposo, de la felicidad y de la plenitud existencial; el lugar de la comunión plena con Dios y de la contemplación del rostro glorioso de Jesucristo. Para poder llegar allí, san Benito, enseña un proceso de transformación espiritual -de «transfiguración», podemos decir-, consistente en dejarse iluminar por la luz que viene de Jesucristo ya escuchar su voz para acoger su palabra en lo más íntimo de uno mismo y dejar que vaya arraigando para irla poniendo en práctica y ser testigo ante los demás, más con la vida que con la palabra.

Por eso, san Benito pone la persona de Jesucristo resucitado, glorioso, en el centro de la vida del monje y el centro de la vida de la comunidad, para que quede bien claro cuál es el objetivo de la vida monástica y más en general de la vida cristiana: ser transformado según la imagen de Jesucristo y llegar a participar de su gloria, después de haber participado, también, de sussufrimientos en la vida de cada día (cf. RB Prólogo, 50). Jesucristo es el Señor y el compañero de ruta, es el testimonio íntimo de la propia existencia y el vínculo de la comunión fraterna entre los hermanos; él es la causa de la alegría espiritual que experimenta el monje mientras se va trabajando para reproducir en él la imagen de Jesucristo; él, el Cristo, es el término hacia el cual se encamina la vida del monje cuando nos reunirá a todos en la vida eterna (cf. RB 72, 12). Abriendo, pues, los ojos de la fe a la luz que nos ofrece Jesucristo y acogiendo y poniendo en práctica su palabra podremos encontrar el reposo, la paz y la alegría y llegar al término feliz de nuestra vida participando de la gloria de Jesucristo. Este proceso no es sólo propio de los monjes, todos los bautizados están llamados a seguirlo. Este es el camino que hoy el H. Frederic Fosalba se compromete a recorrer en el seno de nuestra comunidad, compartiendo la ruta con los hermanos, dejándose iluminar por el Evangelio. Después de una buena experiencia de trabajo, de actividades solidarias para ayudar a los demás, de servicio a la parroquia, hace tres años comenzó la iniciación monástica en nuestro monasterio, en un proceso de discernimiento mediante el cual escuchar la voz del Señor, de la guía espiritual y de convivir con los hermanos. Hoy, terminada la segunda parte de la iniciación monástica y aceptado por la comunidad, toma en la Iglesia el compromiso de vivir como monje en espera del momento de hacer la profesión definitiva. Ahora le acompañamos con nuestra oración y lo ponemos bajo la protección de la Virgen para que sea siempre fiel escuchando la Palabra de Jesucristo y ponerla en práctica en bien de los hermanos de comunidad y de todos los que se acercan a Montserrat.

Abadia de MontserratFiesta de la Transfiguración del Señor. Profesión Temporal del G. Frederic Fosalba (6 agosto 2020)

Solemnidad San Benito. Profesiones Solemnes (11 julio 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (11 julio 2020)

Proverbios 2:1-9 – Colosences 3:12-17 – Mateo 19:27-29

 

Que la palabra de Cristo habite entre vosotros con toda su riqueza, escribía el Apóstol a los cristianos de la ciudad de Colosas.

En aquella comunidad, hermanos y hermanas, había tensiones. Algunos creían que con el Evangelio no era suficiente y que había que completar la fe en Cristo con la creencia en unos poderes invisibles, procedentes de ángeles y de astros, que según decían intervenían en el gobierno del universo y en el ámbito religioso. Además, proponían también, como complemento de la fe en Cristo, el retorno a algunas observancias de la Ley de Moisés.

Ante esto, San Pablo les recuerda la libertad que les ha otorgado el bautismo que ha renovado sus vidas y cómo Jesucristo, resucitado y sentado a la derecha de Dios, está por encima de todo y todo está sometido a él, sin que haya ningún poder que esté por encima (Col 3, 1; 2, 6-10). Por eso los exhorta a perseverar viviendo según la palabra de Cristo tal como les fue anunciada cuando llegaron a la fe. Porque Cristo no es un ser mítico sino el Crucificado y el Resucitado que los apóstoles han predicado como único salvador. Si viven así, dejando que Cristo viva en ellos y su palabra se difunda en sus corazones, corresponderán a la elección que Dios ha hecho de sus personas, acogerán su perdón y vivirán unas relaciones fraternas llenas de alegría y de enriquecimiento mutuo.

Que la palabra de Cristo habite entre vosotros con toda su riqueza. San Benito hizo suya esta exhortación del Apóstol y la puso en el centro de su vida. Siguiendo el ejemplo que encontró en los apóstoles, la palabra de Cristolo llevó a dejarlo todo para seguirlo y poder estar siempre con él. Por fidelidad esta palabra, fue a la soledad de Subiaco y allí, dócil a la acción del Espíritu, interiorizó la Palabra de Dios, luchó contra la adversidad y la tentación, aprendió a conocer su corazón, a encarrilar sus sentimientos, a vivir según el Evangelio y, al constatar las debilidades y las dificultades, a «no desesperar nunca de la misericordia de Dios» (RB 4, 74). Esto lo preparó para acoger a los que lo iban a buscar para pedirle consejo y quienes querían compartir la vida con él haciendo comunidad. Tanto en el principio en Subiaco como en la plenitud de Montecassino, vivió e inculcó a los discípulos las recomendaciones del Apóstol que hemos oído en la segunda lectura, haciendo que la palabra de Cristohabitara cada día en él y en los hermanos con toda su riqueza. Sabía que «habitar» significa acogerla en el corazón, dejar que arraigue, perseverar en profundizarla, rumiarla; significa hacerla vida cada día más intensamente hasta que la imagen de Jesucristo se vaya reproduciendo en cada uno por obra del Espíritu Santo. De esta manera se llega a tener, como dice el Apóstol, los sentimientos que corresponden a los escogidos de Dios que él ama y quiere llevar a la santificación. San Benito fue creciendo en el amor a Dios y a los hermanos y llegó a la cumbre de la santidad. Por eso hoy celebramos que haya recibido el que Jesús, como hemos oído en el evangelio, prometió a todo el que por su nombre lo dejara todo: poseer la vida eterna y participar de su gloria. Como testamento, san Benito dejó escrita una Regla para monjes, en la que pone la palabra de Cristo, que en un sentido amplio es toda la Palabra bíblica, como centro de la vida de la comunidad, como base de la oración, como luz que guía el proceso personal de crecimiento, como sabiduría de vida que orienta las relaciones fraternas y las actividades de cara al exterior del conjunto de la comunidad y de cada monje en particular. Toda la Regla encamina hacia la identificación con Jesucristo, hacia hacer vida la Palabra de Dios, hacia el logro de la libertad interior y del amor auténtico.

Los seguidores de san Benito nos alegramos de su glorificación y queremos dejarnos guiar por el magisterio que nos ha dejado en su Regla, sabiendo que si seguimos el camino que nos indica, podremos llegar al lugar glorioso donde él ha llegado. Así lo han hecho miles y miles de hombres y mujeres a lo largo de los siglos y en diversos lugares geográficos, gozosos de «no anteponer nada al amor de Cristo» (RB 4, 21) y de vivir en comunidad sostenidos por los hermanos (cf. RB 1, 4-5) para servir así a la Iglesia y la humanidad. Desde hace casi mil años esto se procura vivir también en esta Casa de la Virgen en Montserrat.Que la palabra de Cristo habite entre vosotros con toda su riqueza. Es lo que deseamos a los dos monjes, los HH. Xavier y Jordi, que hoy hacen la profesión solemne, se vinculan a nuestra comunidad y reciben de Dios y de la Iglesia la consagración monástica. Si guardan la palabra de Cristo en el corazón, como han ido aprendiendo a hacer durante el tiempo de la iniciación monástica, verán que su vida va cambiando; que si se dejan guiar por la Palabra y sostener por el Espíritu Santo, si se dejan llevar por el amor de Cristo, lo que antes les costaba, va siendo más fácil (cf. RB 7, 68-70). La palabra de Cristo les enseñará a crecer en la humildad, en la paz, en la paciencia, en la compasión, en el amor hacia los demás y en el servicio monástico a la misión de Montserrat; y podrán ayudar a los demás con la sabiduría que viene de la palabra de Cristo interiorizada en su vida de monjes. Por ello, una vez hayan manifestado su compromiso de vivir para siempre como monjes en nuestra comunidad, todos nosotros rezaremos intensamente por ellos, para que «conformen su vida a la doctrina del Evangelio, que sean firmes en la fe, que tengan el gusto de las Escrituras, que sean hombres de oración, que estén llenos de sabiduría y sean humildes» (cf. Ritual). Dicho de otro modo, rezaremos intensamente para que la palabra de Cristo habite en ellos con toda su riqueza.

Alabemos a Dios por el don de estos dos hermanos monjes que hace a nuestra comunidad, que es también un don para la gran familia montserratina de los escolanes, de los oblatos, los cofrades, de los amigos de nuestro monasterio, de todos los que subís a Montserrat. Que es, de modo similar, un don para toda la Iglesia extendida de oriente a occidente y para toda la humanidad, que el corazón del monje debe llevar siempre en la oración y en su solicitud.

Abadia de MontserratSolemnidad San Benito. Profesiones Solemnes (11 julio 2020)

Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (14 junio 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (14 junio 2020)

Deuteronomio 8:2-3.14-16 – 1 Corintios 10:16-17 – Juan 6, 51-58

 

La solemnidad de Corpus, hermanos y hermanas, es un día en el que agradecemos el don de la Eucaristía, que en la cena de la noche antes de su pasión, el Señor dejó a la Iglesia como prenda de su amor. La tradición de siglos ha hecho que en esta solemnidad se tendiera a poner el acento en la adoración del Cuerpo de Cristo glorificado junto al Padre y presente en el pan y el vino eucarísticos. Y está bien que agradezcamos este don que hace que Jesucristo esté perennemente presente entre nosotros y que adoremos con humildad y con admiración esta presencia del Señor Jesús en el sacramento de la Eucaristía. Cuando somos conscientes de que él se queda con nosotros y se nos da por amor, no podemos hacer otra cosa que inclinarnos ante él, glorificarlo y adorarlo. Esto significa no sólo hacer un gesto externo, como puede ser arrodillarnos o inclinarnos profundamente ante el sacramento eucarístico, sino también, y sobre todo, vivir de corazón la obediencia a su Palabra.

Sabemos que esta adoración humilde no se dirige a un ser poderoso lejano, sino a aquel que se ha arrodillado primero ante nosotros para lavarnos los pies, como gesto de servicio, de purificación y de salvación (cf. Jn 13, 1,17). Nuestra adoración al Señor y Siervo de la humanidad presente en la Eucaristía, pues, conlleva adentrarnos en su amor, un amor que no nos disminuye ni nos esclaviza sino que nos transforma y nos hace crecer espiritualmente.

Pero la liturgia de la Palabra que hemos escuchado, nos invitaba, además de la adoración de una presencia, a encontrar alimento espiritual en este sacramento. A comer y beber la carne y la sangre del Señor para estar unidos a Jesucristo y participar de su vida divina ya ahora y, después, poder vivir para siempre una vez traspasado el umbral de la muerte. Además, pues, de adorar y agradecer, es necesario que nos dejemos transformar, que favorezcamos con nuestra disponibilidad y nuestra apertura de corazón la relación de comunión personal con el Señor que se nos da en la Eucaristía, tal como escuchábamos en el evangelio que nos ha sido proclamado.

En continuidad con esta palabra evangélica, San Pablo, en la segunda lectura, decía que el pan que partimos es comunión con el cuerpo de Cristo y que el cáliz que bendecimos es comunión con la sangre de Cristo. Es decir, comunión con su persona de resucitado y con su don en la cruz. El hecho de partir el pan consagrado nos recuerda que el cuerpo fue entregado, sacrificado. Y el hecho de separar sacramentalmente el cuerpo y la sangre nos indica que su sangre fue derramada, salida del cuerpo, y, por tanto, su muerte cruenta para dar vida eterna. Por eso al recibir la Eucaristía, entramos en comunión con su sacrificio, con su ofrenda al Padre y la humanidad en la cruz. Y entrar en comunión significa participar con amor de lo que él nos ofrece, estar abiertos, dejarse transformar, tener sus mismos sentimientos para con el Padre y con los hermanos y hermanas en la fe y en humanidad.

Pero San Pablo hacía, aún, un paso más. Decía que la participación del mismo pan crea un vínculo entre todos los que participamos de ese pan, por lo que todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan y -podemos añadir- del mismo cáliz. La Eucaristía es fermento de unidad entre todos los que participan. Y, por tanto, es fundamento de la unidad de la Iglesia. No podemos, pues, vivir la Eucaristía e ir a comulgar como algo sólo personal. Debemos procurar poner toda la atención y recibir personalmente todos los frutos, pero tenemos que estar abiertos a la obra que el Señor, a través, del sacramento eucarístico, hace a favor de los demás y del vínculo que crea entre todos los bautizados. Por ello, la celebración de la eucaristía pide primero la reconciliación con los demás. Parecido a lo que dijo Jesús, fijándose en ese momento en el altar del templo de Jerusalén, también vale en el ámbito cristiano aquello de ni que te encuentres ya en el altar a punto de presentar la ofrenda, si allí te acuerdas que un hermano tiene algo contra ti, deja allí mismo tu ofrenda, y ve primero a reconciliarte con él (Mt 5, 23-24).

La Eucaristía no es, pues, cuestión privada, a nivel personal, ni una celebración de un círculo de amigos o de un grupo de personas que comparten unas convicciones similares o una misión determinada. La Eucaristía, aunque sea celebrada por una asamblea concreta, implica a todos los hermanos y hermanas que el Señor ha llamado a la fe, con todas las diversidades que ello conlleva: de diferentes estratos sociales, de diferentes edades, de diferentes maneras de pensar, de diferentes opciones políticas, de diferentes pueblos, razas y culturas, etc. para conducir a todos a la unidad fundamental de los hijos e hijas de Dios en torno al Señor resucitado. Por eso, la Eucaristía trasciende todas las fronteras y todas las divisiones. Todos somos reunidos como hermanos por la Palabra y por el amor de Jesucristo que se nos da. Celebrar y compartir juntos la Eucaristía nos lleva a ser un organismo viviente, de modo que los diversos miembros que lo formamos constituimos el cuerpo eclesial del Señor (cf. 1C 12, 27). Por eso hemos de abrirnos unos a otros y vivir la unidad de la fe en la pluralidad de culturas, de apreciaciones y de modos de ser para poder hacer realidad la voluntad de Jesucristo, que seamos en él un solo cuerpo y un solo espíritu (cf. Plegaria eucarística III), un solo pueblo de Dios apasionado por hacer el bien (cf. Tt 2, 14). Cada vez que celebramos la Eucaristía tenemos que tener presente la Iglesia extendida de oriente a occidente y toda la humanidad.

Contemplando el don de Jesucristo en la cruz y en la Eucaristía, nos damos cuenta de que la adoración y el agradecimiento por este don piden apertura de corazón, docilidad al amor que nos es dado y fidelidad a la Palabra que nos da vida. Y, además, comunión, solidaridad afectiva y efectiva con todos los demás que aquí y en todo el mundo participan del mismo pan y el mismo cáliz y por extensión a todos hermanos y hermanas en humanidad estimados también entrañablemente por Dios. Por eso el día de Corpus es el día de la Caridad, que nos pide traducir en aportaciones concretas el amor a todos, particularmente a los que se encuentran en la necesidad sobre todo ahora que la pandemia ha hecho tantos estragos.

Que en esta solemnidad de Corpus, como canta Santo Tomás de Aquino, «la alabanza sea plena y sonora», que «sea alegre y puro el fervor de nuestros corazones» (cf. Secuencia de Corpus).

Abadia de MontserratSolemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (14 junio 2020)

Solemnidad de Pentecostés (31 mayo 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (31 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 2:1-11 – 1 Corintios 12:3-7.12-13 – Juan 20:19-23

Queridos hermanos y hermanas: ¡es la Pascua granada! Rebosante de los frutos del Espíritu otorgados a la Iglesia en beneficio de toda la humanidad. Todos estos dones son fruto de la Pascua de Jesucristo, por eso el Evangelio que acabamos de escuchar nos ha llevado a la tarde del día de Pascua, el primer domingo de la historia. El día en que el Señor se alegró contemplando lo que había hecho, la hazaña que había obrado (cf. Sal responsorial).

Jesús se pone en medio de los discípulos y les dice por dos veces: Paz a vosotros. Que lo diga dos veces indica que se trata de algo importante. Efectivamente, la paz, como plenitud de vida, es el don mesiánico por excelencia, el don que el Dios de la paz hace a la humanidad como uno de los frutos del Espíritu que el Señor, en la cruz, va entregar al momento de morir (cf. Jn 19, 30). La paz que da Jesucristo no es tanto ausencia de tensiones y de conflictos como una serenidad interior, en el fondo del corazón, nacida de la fe de sabernos perdonados y amados entrañablemente por Dios; y es fruto, también, de la confianza que Jesucristo trae a la historia de las personas y a la historia de la humanidad hacia caminos de liberación, de salvación y de plenitud. La paz de Jesús, que es don del Espíritu, hace entrar su Luz en nuestro interior para vernos a nosotros mismos, para ver los demás y todo lo que nos rodea desde la perspectiva de la victoria pascual de Jesucristo. Y, al mismo tiempo, este don nos abre a los demás para ser portadores y artesanos de paz (Mt 5, 9). Esta paz hay que nutrirla, sin embargo, con la oración y con el amor a todos. Por ello, la paz de Jesucristo puede persistir a pesar de las dificultades; tal como dice en el Evangelio según San Juan: en mí encontrareis la paz. En el mundo tendréis tribulaciones, pero confiad: yo he vencido al mundo (cf. Jn 16, 33). Al hacernos el don de la paz, el Señor se alegra contemplando lo que ha hecho.

Después de darles la paz, Jesús -tal como se hemos oído- sopló sobre los discípulos para significar que hacía una nueva creación y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Dios, según el relato del libro del Génesis, había alentado para infundir el espíritu de vida al primer hombre (cf. Gn 2, 7) y ahora el Cristo resucitado sopla sobre los discípulos para comunicarles la vida del Espíritu. Y este don hecho a los discípulos la tarde de Pascua, tiene un estallido de vida y de gracia en el día de Pentecostés que llega a todos los que creen en Cristo, tal como hemos escuchado en la primera lectura. Jesús comunica el Espíritu Santo para perdonar los pecados, para perdonar nuestras opciones contrarias a la voluntad amorosa de Dios, nuestros comportamientos malos. Jesús les confiere el ministerio de perdón que él había ejercido durante toda su existencia mortal (cf. Mt 9, 1-8.), Lo hace como fruto del don de su vida hasta la muerte y de su sangre derramada en la cruz. Gracias a Jesucristo y al Espíritu, los cristianos nos sabemos perdonados y reconciliados con Dios Padre; nos sabemos animados por la vida del Espíritu que nos infunde coraje, nos consuela, nos protege ante el mal, nos lleva hacia el conocimiento de la verdad (cf. Jn 14, 15-17.26; 16, 13). Y esto nos es fuente de alegría, de riqueza espiritual y de compromiso a imitar Dios perdonando siempre que sea necesario y favoreciendo la vida y el bien de los demás. Si lo hacemos así, el Señor se podrá alegrar contemplado lo que ha hecho.

Vigorizados ya por su paz y llevados por el Espíritu Santo, Jesús confía una misión a los discípulos y a todos los que por el bautismo serán sus continuadores, también a nosotros, pues. Dice: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Son, y somos, enviados a testimoniar a Jesús y continuar su obra. Por eso, como decía San Pablo, en la primera lectura, el Espíritu distribuye en la Iglesia dones diversos a cada uno de los bautizados para que sirvan al bien de todos. La misión que Jesucristo encarga a sus discípulos y a toda la Iglesia, prolonga la misión que el Padre le ha confiado a él. El Espíritu será la fuerza que, a través del testimonio y de la acción de los cristianos, transformará los corazones en orden a transformar el mundo según las enseñanzas de Jesús. Así el designio divino de amor hacia toda la humanidad se podrá ir haciendo realidad. Ser enviados por Jesucristo con la fuerza del Espíritu es nuestra grandeza y nuestra responsabilidad. Dios confía en nosotros para la difusión de su mensaje radicalmente liberador y salvador. Si nos dejamos llevar por el Espíritu en esta tarea, puede que constatemos que se crea una sintonía entre nuestro anuncio y los deseos más profundos del corazón de quienes nos vean o nos escuchen, como ocurrió a la gente que fue testigo del primer Pentecostés. Así, el Señor se podrá alegrar contemplando lo que ha hecho.

Jesús resucitado, como la noche de Pascua de la que nos ha hablado el evangelio, no cesa de venir en medio de los suyos. Fruto de la acción del Espíritu Santo sobre el pan y el vino, estará presente en el sacramento eucarístico para darnos vida. Y, por la participación del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Espíritu actúa para unir en un solo cuerpo todos los que formamos esta asamblea y toda la Iglesia extendida de oriente a occidente (cf. plegaria eucarística II). Es la consecuencia de lo que oíamos de San Pablo en la segunda lectura: todos nosotros, seamos del linaje que seamos, hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo. Y, además, todos los bautizados estamos habitados por el mismo Espíritu; su presencia en nuestro interior satisface nuestra sed existencial más profunda.

El evangelio nos decía que los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Nosotros nos alegramos de tenerlo entre nosotros por la acción del Espíritu. Ojalá que también el Señor pueda alegrarse, tal como decía el salmo, contemplando lo que ha hecho. Lo que ha hecho por medio del Espíritu en la Iglesia, en nuestra asamblea y en cada uno de nosotros. Gloria a Dios por siempre, en esta Pascua granada, por todas sus obras. Que le sean agradables nuestros cantos de júbilo y de agradecimiento.

Abadia de MontserratSolemnidad de Pentecostés (31 mayo 2020)

Solemnidad de la Ascensión del Senyor (24 mayo 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (24 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 1:1-11 –  Efesios 1:17-23 –  Mateo 28:16-20

 

No, hermanos y hermanas. No hay contradicción entre la primera lectura y el Evangelio que acabamos de escuchar. La primera lectura, del libro de los Hechos, decía que Jesús lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Y, en cambio, el evangelio decía: yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.Parece que pueda haber una contradicción, porque por un lado se nos dice que una nube se lo quitó de la vista y, por otro, que continuaría en medio de ellos y que continuará están con sus discípulos a lo largo de la historia, todos los días hasta el fin del mundo.

La nube y el hecho de perderlo de vista, es una manera de decir que Jesús entra en una nueva realidad. Como decimos en el Credo, «por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo […] y se hizo hombre», él estaba con Dios desde el principio (Jn 1, 2). Ahora, en la Ascensión, retorna a Dios; lo decimos, también en el Credo: «subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre». Sentarse a la derecha es una expresión, que también hemos encontrado en la segunda lectura, y que significa que Jesús participa plenamente del señorío de Dios; de la gloria, del honor, de la autoridad, del amor infinito del Padre, en un ámbito divino que no es visible a nuestros ojos humanos. Jesús vuelve a la realidad de antes de hacerse hombre, pero llevando su cuerpo humano y sus heridas gloriosas, porque desde la encarnación ha quedado indisolublemente unido a nuestra naturaleza humana. En el seno de Dios, en lo más íntimo de la esencia divina, tenemos un hermano nuestro en humanidad.

La ascensión, sin embargo, no aleja Jesús de nosotros. Deja de ser perceptible a nuestros sentidos, pero sigue presente en medio de los suyos. De ahí la gran alegría de los discípulos después de la ascensión (cf. Lc 24, 52) y la de la Iglesia (cf. colecta) al celebrarla. La causa de esta alegría es doble. Por un lado porque el Señor y el Maestro ha vuelto a la gloria que le corresponde como Hijo de Dios; y, por otra parte, también porque no nos abandona sino que sigue estando en medio de los discípulos. Y no con una presencia estática. Sino con una presencia activa, curativa, salvadora, portadora de gracia y de vida. Él mismo había dicho antes: no os dejaré huérfanos (Jn 114, 18). Y ahora les dice: yo estoy con vosotros todos los días, haciendo camino a vuestro lado.

Tal como decía el Apóstol en la segunda lectura, Jesucristo actúa en nosotros con su poder, nos comunica la fuerza de la vida nueva que viene de la resurrección, nos  ilumina los ojos de nuestro corazón para que vivamos con la esperanza que también nosotros podremos participar de la riqueza de gloria que nos tiene reservada cuando entremos a participar de la herencia que él nos quiere dar a los santos en la gloria donde él ha vuelto. Así Jesucristo, a lo largo de la historia, va conduciendo su cuerpo que es la Iglesia y a cada uno de los miembros de este cuerpo que somos los bautizados, hacia la plena participación de su vida.

La solemnidad de la ascensión nos hace comprender que la salvación está ya en nuestro interior de bautizados y que se desplegará en plenitud una vez traspasado el umbral de la muerte. Todo por don de Dios gracias a la muerte y la resurrección de Jesucristo. Ser conscientes de ello nos hace vivir con alegría. Pero no nos lo podemos guardar para nosotros solos. Los dones que ya hemos recibido y que recibimos en virtud de la fe y de la gracia de los sacramentos, y la esperanza de la participación futura de la gloria de Jesucristo, deben traducirse en amor a los demás, sobre todo a los que sufren, a los que están tristes, a los que no tienen esperanza. Los dones recibidos y la esperanza que anida en nuestro interior deben traducirse, también, como contribución a construir la sociedad particularmente ahora que la pandemia va disminuyendo entre nosotros y nos encontramos con una crisis económica muy fuerte que tiene numerosas consecuencias a nivel social: crecen los que pasan hambre, los que han perdido el trabajo, los que no pueden llegar a fin de mes, quienes experimentan de un modo u otro la precariedad. Entre todos –agentes institucionales, políticos, económicos, sociales, etc.- tenemos que encontrar la manera de crear una nueva realidad económica y social justa y solidaria. También la Iglesia –que es «experta en humanidad», como dijo San Pablo VI en la ONU-, debe aportar su reflexión sobre temas sociales y económicos y su experiencia, particularmente la vivida en los lugares de mayor pobreza y de más marginación del mundo. Si, como parece, la crisis nos empobrecerá a todos, tenemos que trabajar desde ahora para que no crezcan más las desigualdades.

La ascensión, pues, lejos de evadirnos de la realidad humana, nos inserta plenamente en ella. Desde el bautismo, hemos recibido la llamada a ser continuadores de la misión que Jesús confió a sus discípulos: ser testigos de él con la fuerza del Espíritu Santo, anunciar el Evangelio de la misericordia y de la curación de los corazones, colaborar en construir un mundo justo donde la dignidad de cada persona y de cada pueblo sea respetada y valorada, trabajar para que todos los pueblos conozcan y acojan la persona de Jesucristo y su Palabra. Esta misión la hemos recibido desde el bautismo, pero la tenemos que ejercer toda la vida a nivel individual, hasta donde llegue nuestra irradiación, y a nivel comunitario, eclesial. La presencia de Jesús en nuestro interior de bautizados unida a la vivencia espiritual de la oración nos da luz y fuerza para llevar a cabo la misión recibida. La llamada que nos hace ir hacia la gloria donde él ha llegado, es un estímulo que nos da esperanza.

Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. En la Eucaristía tenemos el momento más intenso de la presencia de Jesucristo resucitado en medio de nosotros. Está presente en la Palabra que hemos proclamado. Está presente en el sacramento de la Eucaristía que nos disponemos a celebrar y recibir. Está presente en cada hermano de nuestra asamblea o que se une a nosotros a través de los medios de comunicación. Acojámoslo, pues, en cada una de estas presencias, con amor y con agradecimiento. Y hagámonos heraldos de su persona y de su Evangelio.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Ascensión del Senyor (24 mayo 2020)