Asunción de la Virgen (15 de agosto de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (15 de agosto de 2023)

Apocalipsis 11:19a,12:1-6.10 / 1 Corintios 15:20-27 / Lucas 1:39-56

 

“Y oí una gran voz en el cielo que decía: «Ahora se ha establecido la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo».(Ap 11, 10,a-b).

Este último versículo de la primera lectura, nos coloca queridos hermanos y hermanas, en la dinámica de hoy, de esta solemnidad, de esta Pascua de María, que celebramos con alegría, y con una voz que no grita, si no que canta la victoria de Dios, que ha magnificado la pequeñez de su sirvienta, la ha hecho mayor, la ha puesto junto a Jesucristo que reina para siempre, en una hora que es el momento de Dios.

Diría que hoy hemos querido imitar esta alabanza que describe el libro del Apocalipsis que quiere hacernos llegar el ambiente del cielo. Sí, aunque nos parezca extraño, inalcanzable, el libro del Apocalipsis quiere precisamente transmitirnos algo del más allá, por eso se llama Libro de la Revelación.

Un ambiente, donde según unos fragmentos del mismo libro, no faltan las trompetas para anunciar que estamos ante Dios: “Después vi que los siete ángeles que están de pie ante Dios recibían siete trompetas y entonces los siete ángeles que tenían las siete trompetas se prepararon para tocar, (Ap 8, 2.6)”.

No tenemos siete y no todo son trompetas, pero la intención es ésta: que en estos momentos todos alabamos a Dios con la música. No estamos en Babilonia, donde según el mismo libro del Apocalipsis, no sonarán las trompetas, sino que estamos con la intención en la Jerusalén del Cielo, por eso esta celebración es solemne, y en ella hay derramado el talento, el gusto y el esfuerzo, porque los hombres y las mujeres intentamos con nuestro trabajo acercarnos a Dios también en la oración y la música siempre tiene un gran papel. Queridos cantores y músicos que hoy nos acompañáis en este día, y todos, hacemos real lo que canta el himno de ese día:

Del cielo Reina se os corona.
Y al honor que Dios os da
Juntamos nuestros cantos

Pero ¿quién es esa Reina, esa que vemos hasta en cuatro lugares de nuestra basílica asunta el cielo o coronada?

Es María de Nazaret, la Virgen María que ha llegado a la gloria del Cielo, porque puso su humanidad al servicio del Reino. Por eso no es una figura inalcanzable, sino un modelo y un ejemplo para todos.

¿Cómo responder hoy nosotros a Dios? Nos lo enseñan las lecturas que hemos escuchado. Sorprende si pensamos en el momento histórico y cultural, el papel que toman las mujeres en el evangelio. El de hoy es un buen ejemplo porque nos permite acercarnos a la fe de dos mujeres, sí de dos mujeres fundamentales en la historia cristiana: Naturalmente María, la Virgen María e Isabel la madre de Juan Bautista. ¿Qué nos enseñan?

Isabel nos enseña en primer lugar la confianza. Dios puede cambiar las situaciones más complicadas, casi imposibles.

Nos enseña la acogida, por eso este evangelio es tan importante en los santuarios marianos y muy especialmente aquí en Montserrat donde lo leemos muchas veces durante el año. Isabel nos enseña que es importante acoger y que es importante dejarse ayudar: ¡Cuántas veces no reconocemos por orgullo, diciendo que “no queremos molestar”, que necesitamos ayuda!

¿Y que nos enseña María, la Virgen María?

El espíritu peregrino. El Evangelio de la visitación es el relato de Nuestra Señora peregrina que es acogida desde el principio al final, ya que se quedó tres meses con Isabel. ¡En su caso una peregrinación totalmente gratuita! ¿Dónde debía peregrinar a la Madre del Señor? ¿La madre de Jesucristo? ¿La que llevaba a Dios en las entrañas? Ella da ejemplo de servicio y peregrina. Quizás porque ese hijo que lleva dentro le es una exigencia para con los más necesitados. Ella va a encontrar a una mujer bastante anciana, que ha quedado embarazada. Alegría y trasiegos por la situación totalmente inesperada.

Santa María nos enseña a aceptar lo que somos humildemente. Su respuesta al “Feliz tú que has creído” de Isabel no es decir: ¡No, no.…si yo no creo tanto! O ¡Qué dices! ¡Este niño es normal! Su respuesta es volverse a Dios, a su Dios de Israel, y reconocer que todo viene de Él. Él es quien obra, Él es quien lo hace todo. Un Dios preocupado por la felicidad de sus hijos. Un Dios muy concreto que llena de bienes a los pobres y ensalza a los humildes.

Santa Isabel y María, la Virgen María, también nos enseñan la sensibilidad espiritual. Intentaré decirlo con un símil musical: Hay que estar afinado. Cuando estamos afinados entendemos la música, entendemos la distancia entre los sonidos, captamos su belleza. Podemos hablar de una suerte de afinación interior que nos permite captar la justeza de la realidad.

¿Quién, que no estuviera afinado, entonado, en línea con el Espíritu Santo podría captar que con esa prima jovencita llegaba Cristo, como lo hizo Isabel? ¿Quién, si no Dios mismo presente en sus entrañas puede inspirar una respuesta como el Magnificado que canta la Virgen María?

La primera sensibilidad espiritual es la que nos permite conectar con nosotros mismos. No sé si nunca el evangelio de hoy ha comentado las actitudes de Isabel y de Santa María como la actitud de la mujer que interpreta lo que le dicen sus entrañas, lo que representan sus hijos. Las que sois madres seguramente podrían enseñarnos muchas cosas de esta capacidad de empatía con nosotros mismos.

La sensibilidad de las dos primas va más allá, es capaz de ver y captar la presencia de Dios. Isabel la capta en la persona de María y por eso le dice: “¡Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo!” Y también le hace el mejor elogio: “¡Dichosa la que ha creído!” Y también capta que Dios se hace presente en el evento: «se cumplirá todo lo que el Señor te ha hecho saber».

Y Santa María tiene una comprensión más cósmica, más global y por eso recapitula la historia de Dios en ella y no se olvida de quienes sufren, de los pobres, de los destituidos, de los humildes. El Magnificat une el cielo y la tierra. Cuesta pensar si los momentos que vivimos son más complicados que hace unos años. Sí que es verdad que nuestra fe nos invita a tener siempre presentes a todos aquellos que el canto de la Virgen María identifica como pequeños y a tenerlos por los preferidos de Dios. Ésta es la exigencia de nuestra fe. La promesa de alcanzar el Reino de Dios, siguiendo el ejemplo de María, no nos dispensa de la solidaridad con el mundo en el que vivimos. Al revés nos obliga. Cada uno desde dónde es y desde donde pueda. Intentando cada uno unir en su vida el cielo y la tierra, esto es la alabanza a Dios con la exigencia de amor del Evangelio, que es lo que nos ha traído Jesucristo, ante el que saltaba ya el que nacería como Juan, el Bautista.

Sí, hermanos y hermanas queridos, Dios está ahí y las cosas van aconteciendo por su capacidad de cumplirlas. La fe nos pide y nos ayuda a desarrollar esa sensibilidad por las cosas de Dios arraigada en nuestro interior. Disfrutemos del “cielo” de hoy pero no olvidemos de volver siempre a la tierra.

Y volvió a su casa. Parece queridos hermanos y hermanas, que Santa María, la Virgen María, cuando ya ha terminado el trabajo se vuelve a casa, desaparece. Nos lo explica el evangelio de hoy de la visita. Después de haber visitado a Isabel y de haberla ayudado todo lo necesario, se va. Se vuelve a su casa. La primera lectura nos decía que Dios le ha preparado un sitio en el desierto. De hecho, este lugar es el suyo, con su Hijo Jesucristo, el Padre y el Espíritu Santo. Desde la gloria de Dios siempre la encontraremos en estos lugares como son los santuarios, que ella llena con su presencia y en todos los demás lugares donde se hace presente: en las capillas, en las ermitas, en las cofradías, como la nuestra de la Virgen de Montserrat que celebra sus 800 años.

Pidámosle pues que en nuestro regreso a “casa”, en nuestro regreso a Dios, sea nuestra ayuda y nuestra intercesora, como canta el final de la estrofa del himno de hoy que he citado antes:

Sed siempre, Virgen pía,
Dulce consuelo y nuestra guía
Hasta veros triunfantes

 

Abadia de MontserratAsunción de la Virgen (15 de agosto de 2023)

Domingo XIX del tiempo ordinario (13 de agosto de 2023)

Homilía del P. Josep M Soler, Abat emèrit de Montserrat (13 de agosto de 2023)

1 Reyes 19:9a.11-13a / Romanos 9:1-5 / Mateo 14:22-23

La lectura de este evangelio, queridos hermanos y hermanas, me sugiere un tríptico. Tres escenas ofrecidas para la contemplación y la meditación de quienes participamos en la celebración eucarística de este domingo.

La primera escena es la de Jesús en el monte a solas para orar noche. Acababa de curar a muchos enfermos y de multiplicar los panes para dar de comer a quienes se habían reunido para escucharle. Los discípulos y la gente estaban entusiasmados de lo que había hecho. En cambio, Jesús busca un tiempo para estar solo. Los evangelios nos muestran cómo, después de la actividad evangelizadora y sanadora, busca ratos de intimidad con el Padre. Normalmente en soledad y por la noche. Es una oración filial, llena de amor, confiada, agradecida, que dispone su voluntad humana a la obediencia libre a la voluntad amorosa del Padre. Y en esta oración, Jesús lleva a toda la humanidad, intercede a favor de todos, pasados, presentes y futuros. Con esto nos enseña que nosotros también debemos rezar confiadamente según el modelo del padrenuestro que él nos enseñó.

La segunda escena del tríptico que me sugiere el evangelio de hoy es la de la tormenta. El Señor, dice el evangelista, había apremiado a los discípulos a subirse a la barca y a marchar solos en medio de la oscuridad, como si quisiera provocar una situación que fuera aleccionadora para ellos y para la Iglesia de todos los tiempos. Y es con una finalidad catequética que el evangelista san Mateo describe la escena. Mientras siguiendo el mandamiento de Jesús, los discípulos van con la barca hacia la otra orilla, encuentran en medio de la oscuridad de la noche una tormenta. El viento -como muchas veces ocurre en el lago de Galilea- sopla fuerte y les es contrario, se levantan las olas y estorban la barca para avanzar. Es atacada por el viento y las olas y está en peligro. Están lejos de tierra. Los discípulos tienen miedo. Y el Señor está ausente. Esta barca, con los discípulos dentro, es figura de la Iglesia en el mundo, que debe trabajar para avanzar hacia el Reino de los cielos y debe hacer frente a dificultades, resistencias, persecuciones. La escena representa, también, todos los desalientos, todas las noches interiores personales, todas las incertidumbres colectivas, todas las situaciones en las que la fe es puesta a prueba y Dios parece que no existe.

La tercera escena del tríptico es la central. Ya está cerca el amanecer, la primera luz del día, y Jesús camina sobre el agua. Sin embargo, los discípulos no lo reconocen; creen que es un fantasma y todavía se sobrecogían más. Pero, enseguida, Jesús les dice: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! Este hecho de andar sobre el agua y las palabras que les dice, tienen todo un trasfondo bíblico, que aquí se vuelve revelación sobre Jesucristo. El libro de los salmos habla ya de cómo el Señor se abrió camino en medio del mar y el océano se convirtió en lugar de paso por sus huellas invisibles (cf. Ps 76, 20). Y, aún, de cómo el Señor es más potente que el bramido de los océanos, más potente que las olas del mar (cf. Ps 92, 4). Jesús, pues, es el Señor que se abre camino en medio del mar y hace callar el bramido de las olas. Y la afirmación de Jesús soy yo, es un eco del nombre divino revelado a Moisés en la zarza incandescente del Sinaí. Cuando Moisés pregunta a Dios cuál es su nombre, Dios le responde: Yo soy el que soy (cf. Ex 3, 14). Con esta expresión, Jesús manifiesta a los discípulos sobrecogidos su autoridad sobre los elementos y los serena mostrando su identidad de Hijo de Dios.

Entonces, Pedro, ardiente e impulsivo como siempre, quiere ir hacia el Señor y le pide que le haga andar también a él sobre el agua. Mientras confía en Jesús es capaz de hacerlo a pesar de la tormenta del viento y de las olas. Pero inmediatamente duda y tiene miedo, y entonces comienza a hundirse. Pero la mano de Jesús le sostiene y le da seguridad. La debilidad de Pedro se apoya en la fuerza del Señor. Para el evangelista, la poca fe de Pedro personifica la de todos los que en un momento u otro de su vida dudan, y enseña que, apoyados en Jesucristo, que es más potente que el bramido de los océanos, más potente que las olas del mar, podemos levantarnos en nuestras vacilaciones de fe mientras hacemos camino hacia la otra orilla de la existencia. Como en la escena evangélica, parece que Jesús está ausente, pero en su oración velaba por los discípulos y al ver su situación desesperada les sale al encuentro con su poder de Hijo de Dios. En la pedagogía divina, las noches espirituales, las pruebas en las que nos encontramos a lo largo de la vida, las vacilaciones, la confrontación con la incredulidad imperante en nuestras sociedades, son ocasiones en las que, si no nos apoyamos en nosotros mismos, podemos fortalecer la fe y la confianza en el Señor resucitado.

Después, Jesús y Pedro suben a la barca y termina la tormenta. Como he dicho, en el pensamiento del evangelista, la barca simboliza a la Iglesia que debe hacer frente a tantas dificultades para ir adelante. Jesucristo está en la barca y da fortaleza a la debilidad de todos los discípulos pasados, presentes y futuros. Nos da fortaleza, también, a nosotros, para que no desfallezcamos en los contratiempos que nos encontramos.

Una vez subidos a la barca, el grupo de los discípulos recibe al Señor con el gesto litúrgico de prosternarse y con una profesión de fe: Realmente eres Hijo de Dios. Una actitud de adoración y una profesión de fe que deben empapar nuestra celebración litúrgica. Él está presente y nos da fuerza por nuestra travesía en medio de las dificultades hasta que llegaremos al puerto, a la tierra firme de la vida eterna.

Abadia de MontserratDomingo XIX del tiempo ordinario (13 de agosto de 2023)

Domingo XVII del tiempo ordinario 30 de julio de 2023)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (30 de julio de 2023)

1 Reyes 3:5.7-12 / Romanos 8:28-30 / Mateo 13:44-52

 

Estimados hermanos y hermanas,

Las lecturas que hemos proclamado este domingo, nos proponen una reflexión sobre los valores más importantes de la vida de las personas. La primera lectura nos ha hablado de la sabiduría práctica para la vida, que consiste en el conocimiento de la voluntad de Dios, conforme a la que necesitamos ordenar y organizar la propia existencia. San Pablo, por su parte, en la segunda lectura, nos ha hablado del amor de Dios. En el evangelio Jesús nos ha propuesto como valor supremo el Reino de los cielos a partir de diversas comparaciones para darnos cuenta del valor que tiene por encima de todos los demás bienes de este mundo.

Jesús empezó su vida pública predicando el Reino de los Cielos y proclamando su llegada. El Reino no sólo fue el tema central de su predicación, sino también el punto de referencia de la mayoría de las parábolas, además de ser el contenido de sus acciones simbólicas que formaban una parte importante de su ministerio.

Pero, ¿en qué consiste concretamente ese reinado? En primer lugar, cabe decir que Jesús nunca ofreció una definición exacta del Reino, ya que en su predicación esta realidad adquiría varios matices de significado. En el evangelio de este domingo vemos que se sirve de tres imágenes tomadas de lo cotidiano y adaptadas a la realidad de sus oyentes para desvelar el misterio del Reino de los Cielos.

En segundo lugar, debemos decir todavía, que es un anuncio pero que a la vez es una realidad para los hombres y mujeres de todos los tiempos, como veremos más adelante en esta reflexión.

En tercer lugar, y aquí encontramos el punto central del contenido y del mensaje del anuncio del Reino de los cielos, es que Jesús vivió y dio su vida a causa del Reino. Por tanto, cuando Jesús habla del Reino de Cielos no habla de algo que le es externo, sino que habla de Dios mismo y de las motivaciones profundas de su vida y de su mensaje para que nosotros también participemos de este Reino.

Por eso, vivir la experiencia del Reino de los cielos significará ser introducidos en la intimidad de Dios. Se trata de vivir atentos para acoger la invitación personal que nos hace a cada uno de nosotros para formar parte de este reino, no aisladamente, sino solidariamente con todos los hombres. El Reino es siempre un ámbito de gracia y salvación.

Por tanto, se trata de un reino que no se impone por la fuerza, sino que se ofrece a hombres y mujeres, de los que se reclama la responsabilidad para buscarlo, como el que encuentra el tesoro o encuentra la perla fina. Surge, sin embargo, una pregunta ineludible: ¿dónde está hoy ese tesoro?

Sin ningún tipo de pretensión por mi parte, me parece que este tesoro lo encontramos en dos ámbitos que tenemos muy cerca de nosotros, es decir, lo encontramos en el campo de lo cotidiano. Así, ese tesoro lo encontramos en los hermanos, en la humanidad que lleva inscrita en su corazón el rostro, la imagen de Dios. Lo encontramos en el día a día, junto a quienes hacen o hacemos camino unos junto a otros, bien sea por razón de vínculos familiares, laborales, de amistad, …

El tesoro del Reino, es decir, Dios, se encuentra también escondido en quien sufre o llora en el interior de su corazón, en el emigrante que está sin saber adónde ir, en los desheredados de la fortuna, a los marginados. Si el Calvario fue la manifestación más explícita de quien es Jesús, es en el corazón de todo tipo de sufrimiento donde aparece claramente la presencia de Dios y de su Reino.

Como ven, no necesitamos ir demasiado lejos para encontrar el tesoro o la perla fina que son Dios mismo vivo y operando en el corazón de la humanidad y también en el propio corazón. Lo tenemos muy cerca, junto a la mano. Nos hace falta estar atentos para no buscar lo que no encontraremos.

Es impresionante como san Mateo nos ha dado cuenta de que quien encuentra el tesoro se llena de alegría. Por eso cuando descubrimos que Jesús es el verdadero tesoro de nuestras vidas y con él lo son los demás, nos damos cuenta de que el Evangelio, el Reino de Dios, no es una carga pesada que nos limita, sino que nos invita a ayudar a los demás a encontrar su perla, su tesoro escondido.

Quien ha descubierto a Dios así, ha encontrado un tesoro y es lo único que da sentido a la vida y, en comparación, todo lo de este mundo… es tenido en nada.

Entrar en el corazón del evangelio es como entrar en un río de alegría, de felicidad y de realismo, que nos permite coger la vida con las dos manos, y hacer una ofrenda a Dios y a los demás desde su inicio hasta su fin.

Entrar en el corazón del Evangelio es como entrar en un rio de gozo, de felicidad y de realismo, que nos permite coger la vida con las dos manos, y ofrecerla a Dios y a los otros, desde su principio hasta su final.

Abadia de MontserratDomingo XVII del tiempo ordinario 30 de julio de 2023)

Domingo XVI del tiempo ordinario i 800 años de la Cofradía (23 de julio de 2023)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat (23 de julio de 2023)

Sabiduría 12:13.16-19 / Romanos 8:26-273 / Mateo 13:24-43

 

Las lecturas de este domingo nos hablan de la paciencia de Dios, son un himno al amor que el Señor tiene a todos los hombres y que se manifiesta en la historia de cada persona bajo la forma de paciencia y bondad.

La parábola del trigo y de la cizaña sitúa el drama de la historia humana, que se debate entre el bien y el mal, bajo la mirada de Dios, que concede a todo el mundo el tiempo de la vida presente como un espacio de crecimiento, y por tanto de conversión, a fin de que nadie se quede fuera del gozo de la vida eterna.

El Señor dice que son ciudadanos del Reino son todos aquellos que obren el bien; en este abanico caben todos los colores del mundo. Y afirma sin tapujos que son del maligno, todos los corruptos y quienes obran el mal.

Jesús precisamente ha venido, trayéndonos el evangelio, para levantarnos del cautiverio del mal que tan a menudo nos tienta y domina. El evangelio de Dios tiene el poder de arrancarnos de esa esclavitud, pero no es magia. Jesús nos ha abierto un camino. Con la parábola de la levadura y con la del grano de mostaza nos alienta, desde el realismo de la pequeñez humana, a confiar en la fuerza del bien que hay en nosotros y que lleva ya en sí mismo la huella de Dios.

Trigo y cizaña siempre convivirán en este campo que simboliza la vida presente. El peligro está en que el trigo se vuelva tóxico como la cizaña, pero la esperanza es que la cizaña se convierta en grano saludable. Por eso es importante que a la virtud del bien le acompañe la firmeza de la paciencia. ¿Qué hubiera sido de san Pablo sin la paciencia de Dios? ¿Aquel joven vividor y aventurero de Asís, ¿habría llegado a ser el san Francisco que hemos conocido, sin la paciencia de Dios? ¿A dónde hubiera llegado el despropósito de la vida de Ignacio de Loyola sin aquella providencial vigilia de oración a los pies de nuestra Virgen Morena? ¡Aquella noche fue para él un nuevo comienzo! Dios es paciente. Dios es paciente porque es justo. Conoce como nadie la fragilidad del corazón del hombre, porque lo ha creado, y sabe que, si quiere ser justo con él, debe ser paciente.

Viendo el drama del mundo y la tragedia que supone para tantos la injusticia humana, la justicia de Dios en el final del tiempo, que nos decía el evangelio, puede parecernos injusta, y lo sería si no fuera que Jesús no habla del fin del tiempo como un fin de todo, sino como el gran comienzo de un mundo nuevo que no tendrá fin. De nuevo, las parábolas apuntan al gran valor eterno que tiene la vida humana. Quizás no tenemos suficiente conciencia del valor trascendente de la vida, y eso nos haga miopes y no nos deje vislumbrar la realidad del mundo futuro que empieza ya ahora.

Dios quiere la salvación de todos. ¿Cómo no va a quererla, si por todos ha dado su vida en Jesucristo? Su infinito amor vence su justa indignación por los pecados de escándalo, de injusticia y de tantas barbaridades como vemos que se cometen y que siempre pesan sobre los más pobres. Dios odia estas acciones, ama preferencialmente a las personas que sufren, pero no deja de amar también a las personas que obran el mal y las llama a la conversión. Dios no juzga y podría hacerlo perfectamente; nosotros condenamos sin saber todo lo que hay detrás, y lo que deberíamos hacer es estar más atentos al propio comportamiento para que no sea que, creyéndonos trigo fuéramos cizaña, y que así, creyéndonos nosotros buenos sin serlo, los corruptos y los malvados se convirtieran, hicieran el bien y nos pasaran delante en el Reino del Cielo.

El salmo responsorial de hoy tiene toda la razón: El Señor es bueno y clemente; y lo es con todo el mundo. Nuestra justicia llega a dónde llega. Nosotros somos muy celosos de nuestra libertad, pero Dios lo es también de la suya. Y es paciente, no porque no pueda hacer nada más, sino porque es justo, y es justo porque es inteligente; el amor no es obtuso; cuando lo es, no es amor, es otra cosa.

La paciencia de Dios, en este santuario de Montserrat, se ha valido siempre de la mediación de la Virgen, y en esta «cámara angélica» así era llamada por los antiguos la primitiva iglesia, sigue suscitando las conversiones y gracias de las que son testigo los numerosos exvotos y velas ofrecidos por los peregrinos. El monasterio, y con él la Cofradía de la Virgen, siguen uniendo sentimiento de país, devoción y piedad popular, y sentido renovador de Iglesia, esforzándose por hacer del evangelio de Jesús una realidad de vida.

Trigo y cizaña podrán estar sembrados en el mismo campo, pero el pequeño grano de mostaza que fue en su día nuestro monasterio, que pronto cumplirá 1.000 años, sigue siendo cobijo de todos los que buscan un receso para el espíritu. Y a levadura que nuestra “Moreneta” ha escondido con amor en el corazón de los catalanes y de todos los peregrinos seguirá haciendo su curso, esperando que, por la misericordia de Dios, en el tiempo presente dé frutos tempranos de conversión y de vida, y al tiempo de la cosecha pueda ofrecer a Dios un fruto maduro muy generoso.

Abadia de MontserratDomingo XVI del tiempo ordinario i 800 años de la Cofradía (23 de julio de 2023)

Domingo XV del tiempo ordinario 16 de julio de 2023)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (16 de julio de 2023)

Isaías 55:10-11 / Romanos 8:18-23 / Mateo 13:1-23

 

Isaías nos afirmaba en la primera lectura que «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mí boca: no volverá a mi vacía». Pero en el Evangelio Jesús matiza estos efectos.

Jesús, en la parábola, supone que Dios siembra generosamente, desde el comienzo de la existencia, su Palabra por todo el mundo. Pero, es necesaria una condición: que el hombre escuche, la acoja. Y con esto, aquí estamos chocando con la libertad del hombre. Y lo explica, distinguiendo los distintos terrenos donde cae esta palabra: 1º en el camino, donde no puede arraigar porque es tierra pisada y endurecida. Los pájaros, – el Maligno -, le arrebatan la semilla. 2º También cae en terreno rocoso, donde la tierra no tiene profundidad. Aquí se acoge la semilla, pero, al no tener raíces profundas, la seca el sol. Estos son los oyentes que han escuchado gozosamente la palabra, pero superficialmente, sin demasiada convicción, y sucumben a las pruebas y exigencias. 3º La tercera tierra acoge la semilla, sí, pero cae entre cardos y espinas, y éstas la ahogan. Los oyentes son quienes desfallecen por los atractivos terrenales y las riquezas, que los esclavizan. La Palabra exige libertad, pulcritud, buen corazón para ser acogida. Y por eso, sólo hay la tierra propiamente tierra, buena, bien dispuesta, que recibe con agrado la semilla, porque se ha trabajado, se ha quitado las hierbas y limpiado de piedras y terrones, y produce el 30, el 60 y el 100×100.

Yo aún añadiría dos tipos de tierras más, constatando lo que hoy ocurre en nuestra sociedad: a) los terrenos abandonados por falta de campesinos, donde sólo crece la hierba y el bosque. Yo diría que estos son los gnósticos que han escuchado, pero como han oído otras opiniones y no las han resuelto, abandonan la fe, por incomprensible o fabulosa. b) Por último, existen otras tierras donde hoy se han construido urbanizaciones o barrios periféricos. Aquí ya no hay tierra fértil, el urbanismo la ha ocupado. Quienes pueden caracterizar, religiosamente, esta tierra son los ateos que se han hecho plenamente sordos en la Palabra revelada. (Según una encuesta son ya el 43%). Éstos dicen tener razones filosóficas para vivir, tienen argumentos racionales para rebatir la fe, califican de fábula inaceptable las verdades reveladas. Sin embargo, se encuentran rodeados en un callejón sin salida. Leía, hace poco, que uno se expresaba afirmando que el mundo es frágil y hay que aceptar la fragilidad, porque nada es seguro. Hasta el amor puede fallar. Y yo creo que esto es equivocado, ya que tenemos muchos ejemplos que lo niegan. Y también decía que lo único que nos consuela y hace feliz, es la amistad. Sin hacer ninguna referencia a Dios, hermanos, no puede haber sentido en la vida, ni salida a la existencia, nos encontramos en un mundo que no responde a la exigencia de vida plena. Ni responde a la pregunta: ¿qué hacemos en este mundo? ¿por qué hacerlo crecer, poblarlo y dominarlo? Los hombres seríamos como las bestias enjauladas. Toparíamos contra la pared como en una cárcel. O bien, seríamos como comediantes, ¿para qué espectadores?

Esto no es la esperanza que nos trae la Palabra del Padre. Cristo nos dice que el Padre nos ama porque creemos en él, y que el que guarda su palabra, el Padre le amará, y vendremos a permanecer en él. ¿Qué garantía nos da? “Yo he resucitado, y todo el que me acoge a mí, tiene vida eterna. Yo he vencido al mundo y me he sentado a la derecha en el trono de Dios”. Y San Pablo nos asegura que «todos los que hemos sido bautizados en Cristo, somos hijos de Dios, herederos de Dios, coherederos con Cristo, y resucitaremos con él para la vida eterna».

«Esta es la Palabra que hemos recibido desde el principio: nosotros la hemos visto, la hemos palpada y os aseguramos la vida eterna que se nos ha revelado». Pero no podemos dejar morir esta Palabra, hay que trabajarla a diario para que no sea ahogada por el ruido del mundo, enemigo de Dios, que quiere atraernos. Cada uno sabe qué debe hacer: quedarse a oscuras o aceptar esa luz.

Abadia de MontserratDomingo XV del tiempo ordinario 16 de julio de 2023)

San Benito (11 de julio de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (11 de julio de 2023)

Proverbios 2:1-9 / Colosenses 3:12-17 / Mateo 19:27-29

 

San Agustín comienza el libro de las Confesiones, diciendo: “Nos habéis creado para Vos, Señor y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en Vos”. Esta célebre y citada frase lo que quiere es que nos acordemos de nuestra capacidad de Dios y de la inclinación de todo nuestro ser hacia Él.

Los hombres y mujeres como capaces de Dios. La tradición cristiana nos enseña que esta relación espiritual entre persona y trascendente es posible y que para los discípulos de Jesucristo toma forma en una participación de nuestra humanidad en la vida de Dios, a través del Espíritu Santo y en comunión con Jesucristo. Por eso la fe bien entendida nunca destruye la humanidad, sino que la potencia. Existe una verdadera colaboración entre el crecimiento de los dones personales y la fe.

Esta idea es propia de la humanidad creyente y por eso la encontramos ya en los libros del Antiguo Testamento, como el Libro de los Proverbios al que pertenece la primera lectura.

El texto nos invita a fortalecer, elevar a la máxima potencia todas nuestras cualidades personales. Y es precisamente porque en ellas encontramos la huella de Dios, que nos ha creado, que lo encontramos a Él cuando buscamos, acogemos y cultivamos la virtud de la inteligencia. Nada nos pone tan a su nivel como eso. La lectura nos invita a reconocer en Dios la fuente y el origen de la sabiduría. Y después la lectura da un giro: si comprendemos y conocemos, nuestra vida cambia: aparecen la honradez, la rectitud en los caminos, la justicia y la bondad. Parece que pasamos a una dimensión más vital, más activa. Conocer a Dios por el uso de la sabiduría y de la inteligencia tiene efectos reales en nuestras vidas.

Para algunos es más que sabido que hoy, 11 de julio, celebramos la memoria de San Benito de Nursia como Patrón de Europa. Otros, tal vez, se hayan encontrado con esta celebración un poco más solemne de lo que se puede esperar los días de cada día en Montserrat. Celebramos al fundador de nuestra orden benedictina, la memoria de quien escribió la Regla para monjes que desde hace quince siglos y todavía hoy inspira la vida de miles de hombres y mujeres en el mundo, monjes y monjas y también laicos.

No es de extrañar que la liturgia proponga este fragmento del libro de los proverbios como primera lectura de hoy, solemnidad de nuestro Padre San Benito. Aunque literalmente no encontramos las palabras de la primera lectura en la Regla, el libro de los Proverbios es uno de los más citados, por tanto, un libro querido para San Benito. El estilo es similar. El maestro habla al discípulo y procura decirle palabras de sabiduría vital, palabras que le enfoquen hacia sí mismo y hacia Dios. Este maestro participa de esta dinámica bíblica que, cuanto más se preocupa de buscar a Dios, más ve también cómo crecen las cualidades humanas.

La Regla de San Benito es un instrumento de crecimiento personal, un plan de vida centrado, por la fe, en Jesucristo y en su imitación. Esta identificación se hace sobre todo por la obediencia y el reconocimiento de la capacidad personal de cambiar, que en el lenguaje monástico y eclesial lo llamamos conversión, una palabra que se ha hecho sinónima de vida monástica. El conocimiento de Dios, de cuya inteligencia del mundo y de cuya sabiduría nos hablaba el Libro de los proverbios, se adquieren en el propósito de la vida monástica viviendo en un espíritu obediente y de conversión.

Vivir en espíritu de cambio y de obediencia es muy extensible y proponible a todos, también a vosotros que hoy me escucháis. Más de una vez he escuchado a personas que no han hecho profesión monástica decir que la vida familiar y matrimonial les obliga también a ser muy obedientes, no en el sentido de sumisión de uno a otro, sino en el de trabajar y vivir en un espíritu que necesita una fidelidad a unos compromisos, renunciando muchas veces a muchas cosas. Estoy convencido.

Desde el espíritu de conversión, del cambio, los monjes y los cristianos quisiéramos ser ejemplo de hombres que en primer lugar se reconocen imperfectos, no terminados, pecadores también. ¡Qué contracultural es esto en el mundo de hoy en día, en el que todos los modelos que se nos presentan son perfectos! ¿Habéis oído alguna vez a un jugador de fútbol o una estrella del espectáculo reconocer algún defecto personal? No. No está de moda. Espero que no lo digan pero que al menos se los reconozcan. Es la única forma de avanzar en la vida.

San Benito nos pone a menudo delante de nosotros mismos para que avancemos en la conversión. No lo hace con grandes interiorizaciones, reflexiones o meditaciones. Me atrevería a decir que la Espiritualidad de San Benito es una espiritualidad práctica, de las que propone crecer, por la sencilla obediencia de la vida de cada día, referida siempre a Dios. En esta espiritualidad, la humildad es la virtud esencial y no nos pide que la practiquemos con heroicidades sin sentido, sino aceptando lo que vamos encontrando cada día.

Lo hace de una manera muy concreta para los monjes en la vida de cada día del monasterio, en la comida, en el hablar, en el vestir, en el silencio, pero lo describe en un marco que sería perfectamente proponible a cualquier persona que quiera vivir centrada.

San Pablo VI, en una famosa homilía pronunciada en 1964 en el monasterio de Montecassino, que podría ser perfectamente un programa para la vida monástica de hoy, utiliza la expresión “el hombre recuperado para Él mismo” como un modelo que la vida monástica que quiere proponer a todo el mundo. Esta recuperación para uno mismo se hace por la fe, por la oración, por el silencio, por la paz. Como el propio Papa decía, «en una palabra, por el Evangelio».

Vivir recuperado para uno mismo, aceptado con todas las fragilidades personales, es una dinámica, es un camino. También la Regla tiene clara esta característica de ir avanzando por un camino. Si se va adelante de forma equilibrada, la obediencia a la realidad y la humildad para aceptarla te hace capaz de una comprensión muy grande del mundo y te das cuenta de que Dios con su perfección y omnipotencia se sirve de medios muy sencillos y se abren posibilidades de cambiar siguiendo el Evangelio.

Ojalá viviéramos siempre así las diversas dimensiones de nuestra existencia: nuestra oración, nuestras ideas y actitudes morales y nuestro hacer, movidos por esta conciencia de Dios. Qué descanso encontrar en la historia de la Iglesia hombres y mujeres que han vivido de esta manera y nos han dejado testimonio.

San Benito es uno de esos hombres que ilumina el mundo y nos propone el reto de continuar su carisma y transmitir el tesoro de virtudes a todos los hombres y mujeres del mundo.

 

Abadia de MontserratSan Benito (11 de julio de 2023)

Domingo XIV del tiempo ordinario (9 de julio de 2023)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (9 de julio de 2023)

Zacarías 9:9-10; 13:1 / Romanos 8:9.11-13 / Mateo 11,25-30

 

¿Cómo es, Dios? ¿Qué sabemos de Él? ¿Cómo hacerlo para conocerlo mejor? Son preguntas, hermanas y hermanos, que se pueden responder de muchas formas, y que en las lecturas de hoy podemos encontrar pistas que nos ayuden a hacerlo.

En el evangelio, Jesús decía que «nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Jesús, pues, es el único que sabe cómo es el Padre. Y desde este conocimiento, nos ha dicho todavía otras dos cosas: que ha querido abrir esta revelación a los “sencillos” más que a los “sabios” y a los “entendidos”, y que son “los cansados” y “los agobiados” quienes pueden encontrar el reposo —podríamos entender: quienes pueden encontrar más fácilmente una respuesta. Jesús dijo todo esto porque en su tiempo las clases dirigentes se habían «apropiado» de algún modo de todo lo que hacía referencia al conocimiento de Dios, y lo habían traducido en una serie de innumerables preceptos y mandamientos que obligaban a cumplir a la gente más sencilla. Habían convertido la supuesta voluntad de Dios en un yugo muy pesado de llevar para los humildes, que no era lo que Dios realmente quería para su pueblo. Por eso Jesús se esforzó por transmitir otra imagen de Dios diciendo que él tenía “otro yugo”: era “un yugo suave”, una “carga ligera” más sencilla y fácil de llevar. Y de esta otra manera más fácil de entender cómo era Dios, dio ejemplo con su forma de hacer: en la primera lectura el profeta Zacarías profetizaba que Jesús entraría en Jerusalén «montado en un borrico, en un pollino de asna». Continuando con esta profecía, Jesús fue un Mesías que dirigió «palabras de paz» y no mandamientos pesados. Fue un Señor «clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos», como definía también el salmista. Y no nos dejó una ley pesada y difícil de cumplir, sino que nos envió su Espíritu para que «habitara en nosotros» y se convirtiera en una ley viva que pudiéramos llevar siempre en el corazón, como leíamos en la carta a los Romanos. Todos estos elementos contenidos en las lecturas de hoy, pueden ayudarnos a comprender un poco la imagen de Dios que Jesús nos quiso transmitir.

Y todo ese conocimiento que el Señor quiso revelar a los sencillos, hoy nos lo revela a nosotros. Su llamada a los “cansados y agobiados” de su tiempo puede hacerse perfectamente extensiva a nosotros, que hoy hemos venido un domingo más a la Eucaristía para acercarnos a él. Porque todos llevamos una carga u otra, todos llevamos en los hombros nuestra cruz, y todos necesitamos una palabra de paz y de felicidad que nos ayude a recobrar la alegría interior que sería deseable nunca haber perdido. La celebración dominical es el mejor lugar para salir de nuestro día a día y acercarnos a Dios para escucharle, dejando que su palabra pacifique y transforme nuestro interior. La Eucaristía es el lugar donde Cristo resucitado se nos hace presente y nos habla; pero para entender lo que nos quiere decir, es necesario que nos acerquemos con sencillez, con humildad, y con voluntad de dejarnos guiar por él.

Empezábamos esta homilía preguntándonos cómo sería Dios, y qué podíamos hacer para conocerlo mejor. Pero Jesús, que es quien mejor le conoce, no nos ha instruido con un conocimiento técnico, sino que nos ha invitado simplemente a acercarnos a él y dejarnos llevar. Y por eso nos ha dicho: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré […] aprended de mí». Porque más importante que hablar de Dios, es hablar con Dios. Para lograr nuestras vidas no se trata tanto de conseguir un conocimiento escondido o profundizar en unos conceptos teóricos, sino de establecer una relación personal con él, una amistad, y dejarnos conducir por él. Es una amistad que se debe ir forjando todos los días a través del diálogo con él, un diálogo que podemos encontrar en la oración, escuchando cada domingo su palabra. Es un diálogo que nos irá conduciendo poco a poco, porque Dios no es un padre autoritario que busque una obediencia ciega, sino que es un padre que quiere que crezcamos, que nos impliquemos en su proyecto, que avancemos con él. Y esa imagen que nos da Jesús de un Dios cercano, “bueno y salvador”, amable y sencillo, no nos la da porque saciamos nuestra curiosidad, sino porque, dando un paso más, la reproduzcamos en nuestras vidas: todos estamos llamados a vivir en primera persona estas cualidades de Dios que las lecturas de hoy nos transmitían.

No sabemos si es casualidad o no que esta invitación de Jesús a acercarnos a él para encontrar reposo nos sea proclamada justamente en un tiempo en que la mayoría comienzan unos días de vacaciones, o al menos pueden tener unos días diferentes. En cualquier caso, es bueno que estos días en los que no sentimos tan fuerte la presión de lo cotidiano, dediquemos ratos a reflexionar sobre esta imagen de Dios que Jesús nos ha dado, la de un Dios que quiere lo mejor para nosotros, que quiere que nos impliquemos en su proyecto, y que nos invita a reproducir en nosotros sus cualidades para que le ayudemos a hacer crecer su Reino, cada uno desde donde esté. Que esta Eucaristía nos ayude.

Abadia de MontserratDomingo XIV del tiempo ordinario (9 de julio de 2023)

Domingo XIII del tiempo ordinario (2 de julio de 2023)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (2 de julio de 2023)

2 Reyes 4:4-11.14-16a / Romanos 6:3-4.8-11 / Mateo 10:37-42

 

Estimados Hermanos y Hermanas:

El monje profesor de Sagrada Escritura de Montserrat, nos remarcaba siempre el controlar, mirar y subrayar las palabras que se repetían en un texto Bíblico y así distinguir sus diferentes significados, los protagonistas, y sus bloques, para estudiarlos en su estructura y en un sentido general de toda la obra del autor Bíblico.

Personalmente, el Evangelio de hoy es relativamente fácil porque tenemos dos palabras claves repetitivas, la primera: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí… la Familia, los hijos…el que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí. Y la segunda: “el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo… o El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca… no perderá su recompensa”. Vocación, de tomar la Cruz, de ser cristiano firme, aquí y hoy. Acogida de todo corazón a los demás, sin distinción, ni condición. Un pequeño gesto de amor vale como un gran tesoro. «Los pequeños cambios que son muy poderosos«.

Nuestro Padre san Benito, en el capítulo 53, de su Regla, nos dice a los monjes Benedictinos: “Que se muestre la máxima solicitud en la acogida de los pobres y de los peregrinos, porque es en ellos que se acoge más Cristo”. Jesús pone en práctica los dos mandamientos más grandes de la Ley de Moisés: “Amar al Señor, a tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma. Y amar al prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:34-40).

Seguir a Cristo es una cosa muy exigente, y hoy en día es muy difícil seguirle, con una sociedad en contra, a la que se adora, desgraciadamente: El tener, el dinero, el físico y el currículum vitae. Pero nosotros necesitamos quererle a Él más que nadie, más que tus familiares, más que la propia Vida, más que nuestras pequeñas seguridades personales.

Los discípulos son enviados a llevar la Buena Nueva y todos debemos acogerlos con mayor caridad, con más amor, porque un vaso de agua no quedará nunca sin una recompensa justa del Maestro y Señor Nuestro Jesucristo.

Todos tenemos grandes preocupaciones y problemas, personales, familiares, monetarios y domésticos. ¡Todos llevamos una Cruz, grande o pequeña! Pero la llevamos con una gran diferencia, porque ahora Jesús, con su mano derecha nos sostiene el palo travesaño, Él, es nuestro José de Arimatea personal, que nos dice: “Estoy aquí, contigo, ahora y siempre, el tu lado, discípulo mío, hoy, más que nunca, estoy aquí presente, seas quien seas”.

Jesús nos invita a seguirle, con nuestra pequeña Cruz, en el día a día de la Vida Humana Terrenal y Mortal. Y ser discípulo Suyo, quiere decir, sencillamente dos simples palabras: «Radicalidad y Confianza». Estar dispuesto a darlo todo, y así encontrarlo todo, con la ilusión del niño pequeño que espera con ansia un regalo deseado. Los cristianos no podemos aislarnos de las necesidades consumistas de quienes nos rodean, sin embargo, es necesario estar abiertos a compartir y acoger. Quien ama de verdad a los suyos, sabe respetar y amar a la sociedad que nos pide a gritos, más amor, más paz y más justicia en toda la tierra. El cerrarse en uno mismo, el aislamiento y el pasotismo en general, son formas desgraciadas de anti testimonio cristiano en la sociedad actual.

Acoger, cualquiera, “por pequeño que sea”, reconociendo con Él a Cristo que en la pequeñez está la suprema grandeza.

Dar un pequeño vaso de agua fresca, puede parecer, nada de nada, a los ojos humanos, y parecer un gran tesoro los Ojos de Dios que es Amor total.

Para ser discípulo de Jesús no se requiere ninguna aptitud personal y especial, ningún Máster, ningún Doctorado, sólo hace falta corresponder con más humildad, más perdón y sobre todo con más aprecio unos a otros. Llevar tu pequeña Cruz al cuello.

Como dice San Ignacio de Loyola, gran peregrino de nuestro Santuario de Montserrat: “Confiar… y en todo servir y amar”.

En todo amar y acoger más, y en todo servir más a los demás. Palabras repetitivas que hoy nos traen el núcleo más profundo de todo el mensaje cristiano.

 

Abadia de MontserratDomingo XIII del tiempo ordinario (2 de julio de 2023)

San Pedro y San Pablo (29 de junio de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (29 de junio de 2023)

Hechos de los Apóstoles 12:1-11 / 2 Timoteo 4:6-8.17-18 / Mateo 16:13-19

 

«sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.» (Mt 16,18)

Dios lo puede todo. Confesar a Dios es confesar que la vida tiene más poder que la muerte, que el bien vence al mal. La vida y el testimonio del apóstol San Pedro nos lo confirman. En su biografía, en todo lo que le alcanza directamente, este poder de Dios se manifiesta tanto en acontecimientos extraordinarios como en la cotidianidad de la vida, en la curación y resurrección de enfermos y muertos, como en su transformación interior, todo son signos de la capacidad de la vida para resistir la muerte que él atestigua. Simón, el hijo de Juan, Pedro, es el resistente frente a estas puertas del reino de la muerte que ceden ante Dios. Por eso nos es un modelo inspirador, del que podemos aprender mucho. Y creo que una buena perspectiva para acercarnos a San Pedro es precisamente la de observar sus luchas personales, esas resistencias que tuvo que practicar frente a las puertas del reino de la muerte.

Si empezáramos cronológicamente al revés, por el final de su vida, encontraríamos la resistencia frente a un Imperio Romano, al que molestaba profundamente aquella secta cristiana que proclamaba que había un solo Dios, que un hombre crucificado era su Hijo y el Mesías, cuyas palabras defendían unos valores que ponían a los seres humanos al mismo nivel, con una misma dignidad, que decía que había que perdonar, poner la otra mejilla cuando te pegaban, que las riquezas eras efímeras y todas estas cosas tan antipáticas para los que siempre se han beneficiado de los comportamientos violentos, explotadores y egoístas. La estructura de poder de Roma, podía ser todo esto, pero no era ingenua y por tanto no hay ninguna duda de que intuyó que todos aquellos predicadores no eran ni inocentes ni inofensivos y que por tanto más valía terminarlo rápido, eliminándolos. Y lo hicieron.

La resistencia al evangelio que seguimos viviendo hoy en el mundo, nos hace evidente que el mensaje cristiano es válido y que el ejemplo de la opción de San Pedro, para resistir la presión y con su palabra mantenerse fiel a Jesucristo, aceptando todas sus consecuencias, abre un verdadero camino de transformación en el mundo, que dura desde entonces. A pesar de no haber eliminado el mal y todas sus manifestaciones sociales, lo ha resistido y transformado en miles de ocasiones. Lección para hoy: Las resistencias al evangelio del inicio, no están tan lejos de las de ahora, pero las puertas del reino de la muerte no nos han superado nunca: Dios puede todo y lo vemos en la historia de la humanidad.

Si avanzamos deshaciendo su vida, veremos cómo San Pedro también encontró la resistencia de una tradición religiosa y política en el judaísmo que no podía permitir todo ese mensaje tan provocativo. Primero porque venía de fuentes no autorizadas: esto es de hombres sencillos, no formados, que se apoyaban en el testimonio de un rabino muy alternativo al que reconocían sin embargo como el propio Mesías. Es muy interesante ver cómo hay una lectura de la fe cristiana capaz de recuperar todo el núcleo de la tradición judía anterior y llevarla a cumplimiento, y que por tanto no debemos olvidar la capacidad del judaísmo para abrirse al mensaje de Jesús y de los apóstoles. Éste fue el primer gran ámbito de predicación de San Pedro. En esta tradición, todo se centra en reconocer la centralidad de Jesucristo. Qué duda tenemos que la referencia vital de Pedro fue Jesús de Nazaret: vivo, muerto y resucitado. Simón, no sin errores ni negaciones, siempre volvió a Él. Qué biografía espiritual no podríamos escribir a partir de los diálogos de Jesucristo y de San Pedro:

Empezando por el primer encuentro y citando breves fragmentos de diversos evangelios, en los que Jesús pregunta y Pedro responde, encontramos estos momentos:

“Echa las Redes (Lc 5,4)”.

“Apartaos de mí que soy un pecador (Lc 5,8)”.

“¿Quién decís que soy yo?”

“Vos sois el Mesías el Hijo de Dios vivo (Mt 16,15-16)”.

“¿Vosotros también queréis dejarme? (Jn 6,66)”

“Señor a donde iríamos, sólo Vos tenéis palabras de vida eterna (Jn 6,68)”.

O cuando Pedro pregunta y Jesús responde:

“Señor, ¿quiere lavarme los pies? (Jn 13,6)”

«Si no te lavo, no tienes parte conmigo (Jn 13,8)»

“Señor. ¿Por qué no puedo seguiros ahora mismo? Daré por Vos mi vida (Jn 13,37).”

  “¿Tú quieres dar la vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo que no me hayas negado tres veces (Jn 13, 38)”.

Hasta llegar a la pregunta final,

“Simón Hijo de Juan, ¿me amas?”

“Señor, lo sabéis todo. Sabéis que os amo (Jn 21,17)”

.

No puede sorprendernos que, con este fondo, con esta relación personal, Pedro resistiera cualquier inmovilización religiosa y se convirtiera en fundamento de la nueva fe en Cristo. La lección para hoy: volver a Jesucristo. Dios puede todo y siempre encuentra su camino en los hombres y las mujeres.

Pero finalmente y estos breves diálogos que he citado son una buena muestra, en San Pedro, las resistencias más iluminadoras son las interiores. Todas las que los evangelios nos cuentan y que acompañan a su relación personal con Jesús de Nazaret. La resistencia que nace de la conciencia de estar muy lejos de aquél que con una sola palabra le hace cambiar de idea. Estaban pescando: ¿qué sabía un carpintero de pescar? Pero por algo, Pedro confía y aparece el pescado donde no había. Y de eso nace un sentimiento de superación, de querer alejarse, de miedo. Pero en ese momento aparece siempre la llamada de Jesucristo, de volver, de mantenerse fiel. Quizás esta misma conciencia de indignidad superada siempre por la Palabra del Señor nos da una clave para entender la vida de Pedro, y tendrá su momento último en la negación durante la pasión, cuando la fuerza de querer alejarse de todo, pasa por delante de todas las declaraciones de fidelidad, y donde definitivamente ya no hace falta otra palabra que su propia conciencia recordándole que ha traicionado al maestro y amigo. Porque después de la negación en la noche de la pasión, las palabras que escuchará San Pedro serán ya las del resucitado, que no cambiarán, que continuarán siendo las palabras que confirman aquella llamada que hemos leído en el Evangelio: tú eres Pedro. Pero en cambio, en el momento de la resurrección, junto al Lago de Genesaret, en el evangelio que la solemnidad de hoy propone para la misa de la víspera, el Señor le preguntará tres veces a Pedro: ¿me quieres? Y la respuesta será la abandonarse totalmente en Cristo, sin ninguna resistencia, diciendo finalmente: Vos lo sabéis todo, Vos sabéis que os amo. Leo por hoy: Dios lo puede todo, porque perdona lo que ni nosotros nos osaríamos perdonarnos a nosotros mismos.

De esta forma la misión de San Pedro en la historia se apoya en la confesión que hace de Jesucristo como Señor y Mesías y en el amor que finalmente le demuestra incondicionalmente, en la piedra y en el corazón. Por su vida, nos demuestra que él es la piedra contra la que se estrellan todas las luchas sociales, religiosas y personales, pero que esto sólo puede ser así si la referencia de su corazón es Jesucristo. Petra autem era Christus. La piedra realmente es Cristo. Es una frase escrita en ese altar. Y la Iglesia se mantiene unida en Cristo y en aquellos que participan con amor y con fe, como san Pedro, de Cristo. El cimiento y la piedra no podía ser otro. Todos nosotros también estamos invitados hoy a participar como el primero de los apóstoles en la fe y en el amor, en la eucaristía que ha sido siempre el sacramento de la unidad.

 

 

Abadia de MontserratSan Pedro y San Pablo (29 de junio de 2023)

Domingo XII del tiempo ordinario (25 de junio de 2023)

Homilía del P. Anton Gordillo, monje de Montserrat (25 de junio de 2023)

Jeremías 20:10-13 / Romanos 5:12-15 / Mateo 10:26-33

 

No tengáis miedo

Estimados hermanos y hermanas:

En el Evangelio que acaba de proclamar el diácono, hemos oído las palabras de Jesús que nos decían a cada uno y cada una de nosotros: “Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; valéis más vosotros que muchos gorriones”.

Miedos. Todos llevamos nuestros miedos, nuestras angustias, nuestros fantasmas. Todos nos podemos ver abrumados por estos miedos que hacen vivir a medias, miedos que nos impiden disfrutar de la vida, y que hacen que todo lo vemos de color gris o negro, o sin sabor. Y podríamos encontrarnos en situaciones que nos lleven a decir como el salmo 42 (Vg 41): “las lágrimas son el pan de noche y de día, y en todo momento me dicen: ¿Dónde está tu Dios”, y podemos preguntarnos nos con el salmista: “¿por qué esta tristeza alma mía? ¿Por qué esa turbación?” E incluso podríamos gritar con Jesús en la Cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me habéis abandonado?».

Miedos. Todos llevamos nuestra mochila más o menos pesada. Pero es necesario enfrentar los miedos con la respuesta que propone el mismo salmo: “Que el Señor confirme cada día el amor que me tiene. Y cada noche dirigiré mi canto, haré una oración al Dios que me es vida”. No se trata de acudir con una actitud infantil a orar a un Dios que soluciona todos los problemas, esperando en un Dios que actúe a nuestro gusto cuando nosotros le invocamos con unas palabras mágicas en forma de oración, o cuando nosotros intentamos comprar a Dios con un cierto intercambio comercial: yo hago esto y Tú, Dios, haces esto. Este dios no es Dios, sino una fantasía; ese dios comerciante, no es Dios, es una quimera. Esto no quiere decir que la oración no sea eficaz: es como un niño que pide dulces o chocolate a su madre y su madre no siempre se los da, sino que le dará lo que más le conviene.

Dios es otra cosa: Dios es un Dios-Amor. Y de lo que se trata es tener confianza en Dios y de ser conscientes de su Amor que nunca falla. Así, para poder vivir el “no tengáis miedo”, es necesario que seamos conscientes de que Dios nos ama, que tiene contado cada uno de los cabellos, no porque tenga que actuar a nuestro capricho, cuando decimos unas palabras mágicas o hagamos una determinada invocación. Dios nos ama y quiere nuestro bien y el de toda la humanidad. Y eso significa que a veces debe permitir cierto daño para sacar un bien mayor. Como cuando un niño que empieza a andar, se le debe dejar libertad para que pueda empezar a dar algunos pasos solos, aunque pueda caer. Y si uno ama de verdad, es necesario que respete la libertad del otro, aunque a veces esté equivocado. Si no existe libertad, no hay amor.

Dios nos ama, no es un dios que nos amó en un pasado y nos ha dejado abandonados en un mundo vacío y sin ningún orden, sino que es un Dios que nos sigue amando aquí y ahora, y lo seguirá haciendo en el futuro, porque «perdura eternamente su amor».

Hermanos y hermanas: No tengáis miedo: podemos estar seguros de que perdura eternamente su amor, su misericordia, su hesed, con un amor leal y fiel. Sí, es un Dios que ama, que nos acoge, que está a nuestro lado, que quiere nuestro bien y nuestra felicidad. Éste es el Dios de verdad, que ahora y siempre estará cerca de nosotros porque perdura eternamente su amor.

Y para ser conscientes de ello no hay otro camino que frecuentar el trato con Dios e ir conociendo: a través de la oración que siempre es eficaz para mover los corazones de las personas, a través de la participación en el Eucaristía, a través de leer y hacer nuestra la buena nueva de su Evangelio. Así, podrán resonar en nuestro interior las palabras de Jeremías en la primera lectura: “el Señor me apoya como un guerrero invencible. (…) Cantad al Señor, alabad al Señor: él salva la vida del pobre de las manos de quienes quieren hacerle daño” o también lo que hemos cantado en el salmo responsorial: “El Señor escucha siempre a los desvalidos, no tiene abandonados sus cautivos”.

Si confiamos en Dios no nos paralizará el miedo, a pesar de nuestras debilidades, a pesar de lo que puedan decir, a pesar de las persecuciones o la muerte. No tengáis miedo porque podemos confiar en un Dios-Amor, que está a nuestro lado, que nos comprende, que nos ama y respeta nuestra libertad. Sólo hace falta que nos sintamos amados por Dios y que seamos conscientes de nuestro valor incalculable, mayor que todos los pájaros juntos, no por nuestros méritos sino porque somos hijos e hijas de Dios.

No es un, «no tengáis miedo» y nos olvidemos porque ya lo hará todo Dios, sino que es necesario que seamos responsables, sino que también hace falta nuestro esfuerzo como nos decía el mismo Jesús en el Evangelio de hoy: “A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos»”. Libertad significa responsabilidad, si no es infantilismo.

Hermanos y hermanas. Somos libres para corresponder o no el amor de Dios. Amor con obras, no sólo de palabras. Si queréis ser felices: no tengáis miedo y elegid el amor de Dios, que perdura eternamente… y actuad en consecuencia.

Que así sea.

 

Abadia de MontserratDomingo XII del tiempo ordinario (25 de junio de 2023)

San Juan Bautista y Primera Misa (24 de junio de 2023)

Homilía del P. Anton Gordillo, monje de Montserrat (24 de junio de 2023)

Isaías 49:1-6 / Hechos 13:22-26 / Lucas 1:57-66.80

 

Alegría, alegría, alegría

Estimados hermanos y hermanas:

Hoy es un día que invita al gozo y la alegría. Los textos que nos propone hoy la liturgia de esta Eucaristía nos hablan de gozo y luz, celebrando un nacimiento: el de Juan Bautista, el profeta que anunció la inminencia de la venida de Jesucristo, nuestro Salvador como nos recordaba hace un momento san Pablo en la lectura de los Hechos de los Apóstoles. Un nacimiento siempre es motivo de alegría, y en esta ocasión especialmente. La oración del final de la Misa, la oración de postcomunión pide a Dios que «la Iglesia, gozosa por el nacimiento de Juan Bautista, reconozca que aquel que el Precursor anunció, es lo que la ha regenerado«.

También es motivo de alegría el hecho de que estamos en las inmediaciones del solsticio de verano, cuando los días son más largos y las noches más cortas. Especialmente hoy en que tenemos muy presentes todavía los fuegos de San Juan que ayer iluminaban la noche y fueron motivo de fiesta, luz y ruido. Esta noche tan corta (sólo 7 segundos más larga que la más corta del año, la del 21 de junio como leía el otro día en un diario digital). Esta noche tan corta pero querida en el imaginario colectivo mediterráneo y también de la tradición cristiana.

Por el evangelista Lucas sabemos que Zacarías celebra el nacimiento de su hijo Juan, quien señala la línea de una nueva época: se trata de una frontera que separa el Antiguo Testamento del Nuevo, como dice San Agustín. Es el nacimiento del precursor que hace de bisagra entre las promesas escondidas del Antiguo Testamento (mudas como el padre Zacarías), con las del Nuevo (donde a la luz de Jesucristo, los escritos antiguos se abren a un nuevo significado, a una nueva dimensión más llena).

Zacarías, que se alegra del nacimiento de Juan y es plenamente consciente de la intervención divina, estalla de gozo en su cántico, tan amado por los monjes y que se canta en la Liturgia de las horas, estalla en alabanza a Dios anunciando la inminencia del nacimiento de Jesucristo. Y dice: “nos visitará un sol que viene del cielo, para iluminar a quienes viven en la oscuridad, en las sombras de la muerte, y guiar nuestros pasos por caminos de paz”. Un solo que viene del cielo. Si el solsticio de invierno está tocando el nacimiento de Cristo, en el solsticio de verano se sitúa otro nacimiento: el de Juan Bautista.

Hemos oído en el evangelio cómo Isabel y Zacarías dijeron que su hijo debía llamarse Juan, que significa “Dios ha hecho gran misericordia”. Lucas nos recuerda que Dios ha hecho una gran misericordia a unos padres sin descendencia, cosa mal vista en la sociedad judía de aquella época, pero también podemos afirmar que Dios también ha hecho una gran misericordia para con nosotros. Dios no se olvida de nosotros y ya desde los tiempos antiguos va preparando la salvación de la humanidad, de todos los hombres y mujeres, preparando la venida de El Salvador; con el nacimiento de Juan que nos dice que algo grande está a punto de pasar, nos está anunciando y apuntando el significado de la venida de El Salvador, nuestro Salvador. Así, es motivo de alegría que Dios sigue estando junto a todo hombre y toda mujer, para acompañarnos, para amarnos y para que seamos felices. Juan anuncia a este Jesús que ha venido al mundo, no para imponernos una carga pesada, sino para que podamos llegar a ser felices en Dios.

Juanes, Josés y asnos, hay en todas las casas, dice un dicho antiguo catalán (con la variante de Juanes, Antones y asnos). Así es: en todas las casas cristianas existe la posibilidad de que Dios nos haga misericordia, de que nos ayude a cada uno y cada una de nosotros. Pero también es motivo de que nosotros se convierta en un nuevo Juan, una nueva Juana. Y existe la posibilidad de que seamos, como el Bautista, mensajeros de la alegría de lo que significa la Buena Nueva del Evangelio, de que seamos repartidores de sonrisas a nuestro alrededor y de alegría auténtica, porque nace del fondo de nuestro corazón porque nos sentimos amados por Dios y repartimos de este cariño: ésta es la manera de identificarnos como auténticos cristianos, con el mandamiento nuevo que nos dio Jesús: “Tal y como yo os he amado, amaos también vosotros. Por el amor que os tendréis entre vosotros todo el mundo conocerá si sois discípulos míos”. Ciertamente que hay dificultades en la vida, ciertamente que la felicidad está arraigada en la cruz y que debemos poner nuestro esfuerzo, pero nuestra vida tiene un sentido pleno y un sentido de alegría y felicidad si, a pesar de los obstáculos, nuestras debilidades e incoherencias, si somos capaces de intentar amar al modo de Dios.

Para los escolanes también es motivo de alegría: esta semana termina el curso escolar en Cataluña, y al final de esta mañana empezarán sus vacaciones de verano hasta su regreso finales de agosto donde podrán disfrutar de la familia y los amigos. Al finalizar esta celebración tendrá lugar la ceremonia de despedida de los escolanes de segundo: a ellos y a sus familias agradecemos su estancia y el servicio que han hecho aquí en Montserrat.

Y finalmente creo que estos días son también motivo de alegría para la Comunidad de monjes y para la Iglesia en Cataluña por mi ordenación sacerdotal. Y no puedo dejar de agradecer públicamente el apoyo de tantas personas que han hecho posible lo que soy en mi largo itinerario vital: primero mis padres (con mi madre aquí presente), a toda mi familia, a los monjes y también tantos otros amigos y amigas que he tenido el privilegio de conocer y compartir a lo largo de los años, muchos de ellos que se han hecho presentes estos días de diferentes maneras: GRACIAS.

Qué Dios, que siempre va actualizando su misericordia, nos haga avanzar en el sentido auténtico de la felicidad y de la alegría, bien arraigados en Cristo, y que esta alegría exuda por nuestra piel hacia los demás, para intentar construir un mundo mejor tanto para nosotros como para toda la humanidad: porque los cristianos sabemos que “nos visitará un sol que viene del cielo, para iluminar a quienes viven en la oscuridad, en las sombras de la muerte, y guiar nuestros pasos por caminos de paz”.

Que así sea.

 

Abadia de MontserratSan Juan Bautista y Primera Misa (24 de junio de 2023)

Ordenación presbiteral del P. Anton Gordillo (23 de junio de 2023)

Homilía del Cardenal Joan Josep Omella, Arzobispo de Barcelona (23 de junio de 2023)

Jeremías 1:4-10 / 1 Pedro 1:8-12 / Lucas 1:5-17

 

Estimado P. Abat,

Estimados monjes de este monasterio,

Estimados familiares y amigos del Hermano Anton,

Estimados hermanos y hermanas en el Señor,

Querido Hermano Antón, si miras atrás, contemplas en primer lugar, con gratitud y emoción, haber recibido el don de la vida humana. La vida es un don maravilloso, un regalo de Dios y en ese regalo están directamente implicados tus padres. Y hoy es un buen momento para agradecer a Dios y a tus padres el don de la vida y todo lo que han hecho por ti a lo largo de tu existencia.

Y en esa mirada atrás, contemplas también, con mayor emoción y gratitud, tu nacimiento a la vida divina por medio del Bautismo. A través de este magnífico sacramento, recibiste la semilla de la fe y fuiste sumergido en Cristo Muerto y Resucitado, nuestro Salvador. Por su Muerte y Resurrección estás ya salvado. Y la vida de cada bautizado se inserta para siempre en la vida de Cristo, en su forma de ser y de actuar. Luego recibiste la primera comunión, la confirmación, la entrada en la vida monástica… y la ordenación diaconal. ¡Cuántos y qué inmensos dones te ha concedido el Señor!

Recuérdelos, contémplalos hoy, lleno de emoción y agradecimiento. Hagamos nuestras las palabras de santa Clara de Asís: «¡Gracias, Señor, porque me pensaste, porque me creaste, gracias!». Nuestra alma, llena de alegría, proclama con María: «El Todopoderoso obra en mí maravillas».

Y hoy el Señor, que ya te eligió en el seno materno, te concede un nuevo y bellísimo regalo, que ninguno de nosotros merecemos. A través del sacramento del orden sacerdotal, el Señor comparte contigo su más profunda identidad, su eterno sacerdocio a favor de todos los hombres. Hoy el Señor te concede participar en lo más entrañable y radical de la misión que Él recibió del Padre. Por la imposición de mis manos y por la unción del Espíritu Santo, que se derramará sobre ti, serás verdaderamente sacerdote de Jesucristo, participarás de su único y eterno Sacerdocio.

¿Qué implica esta participación en la misión sacerdotal de Cristo, ese precioso don, carisma y ministerio?

Sacerdote.

El sacerdocio ministerial exige una relación íntima y profunda con el Señor, sacerdote, víctima y altar. Él nos dice: «Ya no os digo siervos […] A vosotros os he dicho amigos porque os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre». El presbítero, por el don de la lectio divina, debe llegar a vivir la alegría de Jesús con los sencillos, los pequeños, los últimos, los pecadores. Debe meditar incansablemente el camino de las Bienaventuranzas y entrar con frecuencia en la alegría del Espíritu Santo con la que nos quiere llenar Jesucristo. El sacerdote debe ser alguien que trata y conoce íntimamente el corazón de Jesucristo y, como Él, debe ser sensible a la alegría y a los sufrimientos de quienes le rodean, como nos exhorta san Pedro: «Yo, presbítero como ellos y testigo de los sufrimientos de Cristo».

El sacerdote vive con especial intensidad el camino que va de Getsemaní al Calvario. Es el Evangelio de su amor más allá de todo, de su Pasión «voluntariamente aceptada», de su vida entregada en la Cruz por nosotros y por todos los hombres, de su gloriosa Resurrección y Ascensión a los cielos. Estas escenas contempladas asiduamente y con amor marcan la carne y el espíritu del sacerdote con una marca indeleble. El sacerdote dice, cada día y cada noche, con el salmista:

«El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano: me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad.». De ahí que el sacerdote debe ser hombre de oración, un hombre verdaderamente «religioso», en palabras del papa Benedicto XVI. Es entonces cuando podemos decir, como san Pablo: «Sé bien de quien me he fiado» (Cf. 2Tm 1,12).

Victima.

Compartir la misma misión sacerdotal que Jesucristo implica una nueva valoración de las cosas, un ir creciendo en sensibilidad ante la dimensión victimal y reparadora de nuestro ministerio. Tal y como nos enseña Cristo en el Evangelio, lo que cuenta en la vida no es la autorrealización ni el éxito; no es construirse una existencia interesante o una vida bella, ni alimentar a una comunidad de admiradores. El objetivo final de la vida de un seguidor de Cristo es obrar en obediencia al Padre y en favor de los demás, en obediencia de amor, un amor a la medida de la Cruz; en obediencia sufriente y, al mismo tiempo, decidida, rápida; en obediencia, muchas veces oscura e ignorada, siempre próxima a las víctimas de este mundo, a los maltratados, singularmente a las víctimas del pecado, la desgracia más profunda de todo ser humano.

Vamos al sacerdocio a ser víctimas con Cristo, a incorporar nuestros sufrimientos a su Pasión. Vamos al sacerdocio con la ofrenda de nuestro propio cuerpo, para ponerlo con Cristo en el altar por la salvación de la humanidad, porque nos duele el pecado del mundo, de cada hombre, de cada mujer; porque nos duele la vida sin Dios de tantos hermanos nuestros, nos duele tanto sufrimiento y tanta muerte sin Dios. Ser sacerdotes y víctimas con Jesucristo es gastarse y desvivirse por los demás, a su ejemplo; es vivir una vida de constante olvido de sí mismo para darse a Cristo y a los demás, para gloria del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. El sacerdote ofrece y entrega su vida a Dios por la salvación de la humanidad.

Podemos decir, en palabras del papa Benedicto XVI, que “si hoy los sacerdotes se sienten estresados, cansados y frustrados [y esto vale también para los monjes], se debe a una búsqueda exasperada de rendimientos. La fe se convierte en un pesado fardo que apenas se arrastra, cuando debería ser un ala por la que dejarse llevar” (La Iglesia. Una comunidad siempre en camino. Edit. San Pablo, pág.119). Dice el salmista: «¡Quién me diera alas de paloma para volar y posarme! 8 Emigraría lejos, habitaría en el desierto».

Ojalá sepas, querido hermano Antón, ojalá sepamos siempre, todos nosotros, volar con las alas de la fe, volar al desierto, a la soledad con Dios, solo con su amor, sin que lo impida nada ni nadie, sin que la fe se nos convierta en un fardo pesado.

Roguemos a Dios con confianza que nos conceda volar ligeros, trabajar con total generosidad, sin perder la alegría, no mirando los resultados, sino siendo fieles al amor primero, al amor divino que ha hecho con nosotros Alianza nueva y eterna, al amor que te ha llevado al desierto para hablarte en el corazón y para que le hables de los hombres y de sus soledades y necesidades. Y en el desierto, que Dios te convierta en un oasis capaz de dar los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí.

Lo importante, pues, es ser amigos fuertes de Dios, transformados por el Espíritu en ofrenda que se inmola escondida en Cristo para alabanza de su gloria, ofrenda permanente de la Iglesia extendida por todas las naciones.

Altar.

Compartir la misión de Cristo implica también participar en el amor que Él tiene por toda la humanidad, y en su voluntad de salvarla y ayudarla. Por eso, serás, por Cristo, con Él y en Él, no sólo sacerdote y víctima, sino también altar. En ti, en tu corazón, tendrán un sitio las ofrendas de toda la humanidad, sus vidas y sus trabajos, sus alegrías y esperanzas, sus tristezas y angustias.

Compartir el sacerdocio de Jesucristo nos hace altar del universo, único altar donde el hombre pone la ofrenda de su pobreza y donde el fuego del Espíritu lo purifica todo, lo “cristifica” todo, para la gloria de la Santísima Trinidad, consustancial, indivisible, vivificadora.

Sólo en el altar de esta gozosa comunión con Cristo puede llegar a plenitud la alegría de toda la creación y de toda la humanidad. Por eso, no podemos guardar para nosotros la medicina de la fe que hemos descubierto, que nos ha curado a nosotros de tantos males y que nos ha proporcionado tantos bienes. El fuego misionero, la pasión por los demás, «pro eis», debe llenar de ofrendas el altar: la ofrenda de quienes no conocen todavía a Dios, de quienes viven como ovejas sin pastor, de quienes, como aquellos que le crucificaron entonces, ahora mismo, en nuestro tiempo, no saben lo que hacen.

San Gregorio Magno dice bellamente: «¿Qué otra cosa son los hombres santos sino ríos… que riegan la tierra seca? Sin embargo… se secarían si… no volvieran al lugar del que han brotado. Porque si no se recogieran en el interior del corazón y no encadenaran su anhelo de amor al Creador… su lengua se secaría.».

Le pido al Señor que te conceda vivir así: estando en cualquier sitio o en cualquier servicio al Monasterio. Sí, da igual un lugar como otro, da igual estar con muchos que con pocos hermanos. Lo importante es estar donde nos pone el Señor. Y allí ser altar, ser río que brota cada día del altar, del lado derecho, río que brota de la brecha de su lado, río que riega la tierra seca, aunque nunca veas los frutos.

Como dice san Benito practica el buen celo, como lo hacen los buenos monjes: honra a los demás, soporta con paciencia sus debilidades, no busques el provecho propio, sino el bien común, practica desinteresadamente la caridad fraterna, ama a tu abad con un cariño sincero y humilde, no antepongas nada a Cristo, cuida de los enfermos, preocúpate con toda solicitud de los niños, de los huéspedes, de los peregrinos y de los pobres. Reconforta a los desvalidos (Regla de Sant Benet).

Que Santa María, Virgen de Montserrat, la Moreneta, presente en cuerpo y alma en el cielo, desde la Asunción, madre de todos los sacerdotes, dulzura de vida, te ayude a permanecer en la alegría espiritual. Nunca lo dudes: Ella, madre y maestra, te ayudará cada día en tu vocación, para que seas fiel al ministerio recibido. Ella, la Virgen María, te consolará en todos tus dolores y obtendrá del Padre la fuerza y los dones del Espíritu, para que seas sacerdote, víctima y altar con Jesucristo. Amén.

 

Abadia de MontserratOrdenación presbiteral del P. Anton Gordillo (23 de junio de 2023)

Domingo XI del tiempo ordinario (18 de junio de 2023)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad emérito de Montserrat (18 de junio de 2023)

Éxodo 19:2-6a / Romanos 5:6-11 / Mateo 9:36-10:8

 

El evangelio de hoy, hermanos y hermanas, nos presenta los inicios de la misión evangelizadora de Jesús. Podemos distinguir tres momentos. Primero nos dice cuál es su razón. Jesús ve ante sí a las muchedumbres y se da cuenta de que están extenuadas y abandonadas. Que no tiene horizontes claros ni dirigentes capaces de guiarla positivamente. Y esto lleva a las personas a la desesperanza y a la postración. Compara esta situación de la multitud a las ovejas que no tienen pastor, que están abandonadas a su suerte, que no saben adónde ir, que se dispersan para encontrar pastos y bebederos que satisfagan sus necesidades vitales. Jesús ve este panorama y se compadece, y decide enviar a unas personas que atiendan las carencias de la gente y les ayuden a salir de la falta de esperanza.

La misión cristiana es, por tanto, fruto del amor compasivo de Jesús ante las necesidades de las personas. Las necesidades del espíritu y las del cuerpo. Él quiere llevar a todos a la plenitud personal, según el don que cada uno ha recibido al ser llamado por Dios a la existencia.

Después, el evangelista nos habla del segundo momento de los inicios de la evangelización. Es el envío de los doce discípulos; un grupo muy variado por su formación, por su cultura, por su profesión, por sus ideas políticas. Sin embargo, todos ellos reciben la confianza de Jesús y están llamados a compartir su misión de atender a las personas y de apoyar a la gente en nombre de Jesús y según su manera de hacer. Estos doce son los primeros de una gran multitud de obreros enviados al campo del mundo a lo largo de los siglos. Siempre para continuar la misión de Jesús que es de amor, servicio y liberación. Él mismo nos dice que debemos orar para que al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Es decir, que Dios encienda en la intimidad de las conciencias el deseo de ser colaborador de la misión de Jesucristo en favor de los hermanos y hermanas en la fe y en favor de toda la humanidad para ofrecerle la Palabra de vida, llamar -la esperanza, y ayudarla a superar los problemas que le afectan.

Por fin, en un tercer momento, el evangelista nos decía cuál es la tarea concreta de estos enviados. Tanto los doce primeros como todos los demás, deben anunciar el Reino de los cielos y, por tanto, deben dar vida y esperanza, deben liberar del mal que oprime a las personas y curar las enfermedades del cuerpo y del espíritu. Al principio, Jesús envía sólo a ejercer esta misión dentro del pueblo de Israel. Después se extenderá a todo el mundo, porque todos los hombres y mujeres son hijos de Dios y tienen un destino eterno; el Padre celestial los ama todos individualmente y quiere que vivan sin opresiones ni angustias. En su origen, pues, la misión evangelizadora de la Iglesia está -como ya hemos visto- el amor misericordioso y compasivo de Jesucristo, que hace visible el amor misericordioso y compasivo de Dios. Esta misión evangelizadora, que empezó con los doce en torno a Jesús, en los tiempos de la Iglesia tiene una gran diversidad de funciones, de servicios, de carismas (1C 12, 4-6). Y no es exclusiva de los obispos, presbíteros y diáconos. Todo cristiano es enviado a contribuir a la misión de Jesucristo en favor de la humanidad. Todo bautizado está llamado a anunciar el Reino de Dios y a irlo haciendo presente aquí en la tierra para que transforme las realidades humanas, para hacer un mundo más solidario, pacífico y fraterno.

También nosotros estamos llamados. También nosotros somos enviados en misión por Jesús, y la tarea debe empezar en nuestro entorno para llegar hasta donde podamos. Y esto gratuitamente, generosamente, según el modelo de Jesús. La tarea es inmensa, basta tener presentes las noticias de cada día: emigrantes que salen de sus países en busca de mejores condiciones y muchos mueren por el camino y otros son rechazados, violencia en las familias, agresividad en muchas de las relaciones familiares y sociales, depresiones y suicidios, guerras y torturas en diversos puntos de la geografía, pobreza y marginación en crecimiento, y tantas otras situaciones. El diagnóstico que hacía Jesús en el evangelio sigue siendo muy actual en el año 2023: las muchedumbres, …, extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Y él sigue apiadándose y llamándonos a la responsabilidad de ser colaboradores suyos para transformar estas situaciones en bien de las personas.

Sin embargo, los cristianos no podemos limitarnos a la acción social, como una ONG humanitaria. Debemos hacerlo desde la fe y el amor, viendo a Cristo presente en el otro. Y esto en una doble dimensión, pero de forma simultánea e inseparablemente unida. Por un lado, debemos darles a conocer el amor que Dios les tiene con los horizontes de esperanza que ello conlleva. Y, por otra parte, debemos trabajar para resolver los problemas personales y sociales que hacen sufrir a las personas. Y debemos favorecer que tengan un encuentro personal con Jesucristo, que da esperanza y transforma la vida. Además, siguiendo la palabra de Jesús, oremos para que seamos muchos los que nos dediquemos a trabajar en su campo del mundo y a comunicar el gozo del Evangelio.

El amor compasivo de Jesucristo, que es reflejo del del Padre celestial, le ha llevado a quedarse entre nosotros para ayudar a nuestra misión en el mundo. En la eucaristía él nos cura y nos da esperanza, él hace eficaz nuestra acción misionera y evangelizadora.

 

Abadia de MontserratDomingo XI del tiempo ordinario (18 de junio de 2023)

El Cuerpo y la Sangre de Cristo (11 de junio de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (11 de junio de 2023)

Deuteronomio 8:2-3.14b-16a / 1 Corintios 10:16-17 / Juan 6:51-58

 

Hoy, queridos hermanos y hermanas, en este domingo de Corpus, Jesucristo nos pide lo que nos ha pedido siempre: que creamos en Él, que no nos quedemos en la superficie, en la anécdota, o en los hechos de la historia, sino que lo reconozcamos viviente y presente en el mundo.

Honestamente podemos preguntarnos si nuestras vidas son tanto, más o menos complicadas que la del pueblo de Israel atravesando el desierto del Sinaí, pero de lo que no dudamos es que todos somos peregrinos y que nuestra vida es andar en medio de uno ambiente en el que hay alegrías, pero también problemas y dificultades.

El libro del Deuteronomio es el quinto de la Ley judía, la Torah y en buena parte es una reflexión sobre los hechos fundamentales de la fe de Israel, en la que la peregrinación es muy importante. En todos estos primeros libros de la Biblia está claro que el pueblo tenía tres elementos importantes:

  • un destino prometido por Dios, una tierra, a la que había que llegar y esto no era fácil,
  • tenía sobre todo la ayuda de Dios.
  • Además, había alguien que era capaz de interpretar el sentido de la historia, los acontecimientos que ocurrían, la vigencia de la promesa y sobre todo alguien que sabía explicar el sentido que Dios daba a todo esto, por lo que las dificultades nunca podían destruir la esperanza que emana de la promesa de Dios.

En la primera lectura, ese alguien es Moisés, que se sitúa ya al final de la peregrinación por el desierto y en la visión que le da la historia, interpreta el camino como el lugar donde Dios ayuda siempre y donde la sed, el hambre y el peligro de las serpientes venenosas y los escorpiones, son contrarrestadas con el agua de la roca y el pan del cielo, el maná. Pero, además, Moisés también defiende el valor pedagógico de esta experiencia de dificultad, porque es aquí donde referirnos a Dios nos hace conscientes de que somos probados, que somos capaces de conocer nuestros sentimientos y yo además me atrevo a decir que el texto también pide a los israelitas si son lo suficientemente honestos para reconocer que como dice el salmo: la ayuda nos viene del Señor, del Señor que ha hecho el cielo y la tierra.

El inicio de este camino fue la Pascua, el paso del Señor en la noche antes de empezar la liberación de Egipto. Una liberación curiosa si pensamos en la historia inmediata que siguió esa noche y todo el resto de la historia, una historia de muchos desiertos, de exilios, de genocidios y de dramas personales como los que sufre cualquier hombre o mujer desde que el mundo es el mundo. La liberación no fue ni mágica ni inmediata. Pero la memoria de ese momento es el fundamento de toda la identidad colectiva de la tradición judía, a la que perteneció el propio Jesús de Nazaret.

Precisamente Jesucristo, celebrando esta memoria en la Pascua también quiso marcar una continuidad y una ruptura.

La continuidad del plan de liberación de Dios que pasaba por un Mesías, que él afirmó ser, tal y como nos dicen los evangelios. Dios seguía ayudando, seguía prometiendo, seguía presente en la historia y nos exhortaba a hacernos colaboradores de Él, confesándolo y actuando en consecuencia.

La ruptura porque el mismo Jesucristo, culminando la lógica de su Encarnación, la de un Dios trascendente que se hace hombre, quiso poner su humanidad, su cuerpo y su sangre, como el fundamento de otra Pascua, como el inicio de un pueblo nuevo, de otra alianza y de una peregrinación que debería pasar necesariamente por él. Con esto, Cristo instituyó la necesidad de otra memoria y transformó los tres elementos que marcaban la vida del pueblo:

Una nueva promesa: la liberación ya no es la de Egipto, la promesa no es sólo la tierra que nos da la vida material. La unión irrenunciable del momento de la Santa cena con la de la Pasión y la resurrección, nos hacen presente que la nueva promesa es su vida, vencer a la muerte y entrar en la plena comunión con Dios y con Cristo por la participación dada por el bautismo y renovada por los demás sacramentos.

Una nueva ayuda por el don de poder compartir su humanidad en sus elementos más básicos, el cuerpo y la sangre, que nos ha dejado como eucaristía, como acción de gracias.

Y una mediación que hace que cualquiera que pretenda ser intérprete de la voluntad de Dios, deberá referirse siempre a Jesucristo y al Evangelio.

Todo esto que estoy diciendo, aunque os parezca extraño, los escolanes os lo sabéis todos de memoria: estoy seguro de que podríais cantar y recitar sin partitura más de una versión del motete Oh Sacrum Convivium, que cantáis a menudo y que también cantareis hoy. La letra nos dice que esta eucaristía contiene los elementos de la memoria del mesías, del que nos interpreta la vida: passionis eius recolitur; recordamos su pasión; también contiene el elemento de la ayuda que nos da Dios, esto significa mens impletur gratia; nos llenamos de su gracia y finalmente también nos deja clara cuál es la promesa: futurae gloriae nobis pignus datur, se nos da la prenda de la gloria que esperamos.

Como decía al principio de estas palabras, hoy sólo necesitamos seguir creyendo y confesando que Él, Jesús de Nazaret, Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre está en el centro de la memoria, de la promesa y de la ayuda. Recordadlo cuando cantéis este motete. Muchos de vosotros habéis recibido sacramentos importantes en esta Pascua, especialmente la confirmación. Hace sólo dos semanas: ¡espero que os acordéis, todavía! Recordad siempre que Jesús es el centro de los sacramentos y con él está siempre el evangelio y sus exigencias.

Quizá ahora sería el momento de preguntarnos si en cada eucaristía: ¿somos nosotros suficientemente conscientes de que estamos en la mayor posibilidad de comunión, de memoria, de ayuda y de esperanza que nos haya podido dar nunca Dios? ¿Nos quedamos como os decía al empezar en la superficie de la fe? Pero lo importante no es donde estamos o donde nos quedamos sino donde nos invita Cristo a ir que es a la profundidad de la fe y del don. Un don que en la eucaristía incluye a todo el mundo, no lo olvidemos nunca y que por tanto nos obliga a la acogida incondicional.

El recordado y querido por tantos, obispo Antoni Vadell, me decía unos diez años después de ser ordenado presbítero, que, de toda su experiencia, se quedaba con la celebración de la eucaristía. Todos los que lo conocéis sabéis perfectamente que si algo no le faltaba eran capacidades pastorales y empatía con todo tipo de personas, pero la fuente y la cima de su vida estaba en la comunión con Cristo presente en el pan y el vino de la eucaristía, en esta fe que como un tesoro hemos recibido durante generaciones y generaciones y que agradecemos a Dios, procurando volver amor con amor a Él y a todos los hermanos y hermanas.

 

Abadia de MontserratEl Cuerpo y la Sangre de Cristo (11 de junio de 2023)

La Santísima Trinidad (4 de junio de 2023)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (4 de junio de 2023)

Éxodo 34:4b-6.8-9 / 2 Corintios 13:11-13 / Juan 3:16-18

 

Una tradición medieval explica la siguiente anécdota: Un día San Agustín paseaba por la orilla del mar, profundizando muchas de las doctrinas sobre la realidad de Dios, una de ellas la doctrina de la Trinidad. De repente, levanta la vista y ve a un niño, que está jugando en la arena, a orillas del mar. Lo observa más de cerca y ve que el niño corre hacia el mar, llena el cubo de agua del mar, y vuelve donde estaba antes y vacía el agua en un agujero.

Así el niño lo hace una y otra vez. Hasta que ya San Agustín, sumido en gran curiosidad se acerca y le pregunta: «Oye, niño, ¿qué haces?» Y éste le responde: “Estoy sacando toda el agua del mar y la pondré en ese agujero”. Y San Agustín dice: «Pero esto es imposible». Y el niño responde: «Si esto es imposible, más imposible todavía es que tú entiendas el misterio de Dios…»

En la misma línea, como bien saben los estudiantes de teología, el propio san Agustín dice en uno de sus comentarios: «Si lo entiendes, no es Dios». Ante estos precedentes, hacer una homilía el día que celebremos la Santísima Trinidad es todo un reto. La Trinidad es un gran misterio y cada palabra no hace más que cerrar lo abierto, poner un límite, aunque sea involuntario y sólo lingüístico, a lo que es en sí mismo el infinito por excelencia.

Por eso, la mejor manera de considerar este gran misterio es el silencio. Pero esto no es posible en una homilía, aunque ya sabemos que es mejor hablar con Dios, que hablar de Dios. Por tanto, os propongo celebrar la Trinidad tomándonos tiempo para contemplar su presencia entre nosotros, sus maravillas, su obra. ¿Y cómo podemos contemplar las obras que Dios -Padre, Hijo y Espíritu Santo- realiza? Empecemos por las lecturas que acabamos de escuchar.

En la primera, en el libro del Éxodo, el Señor se presenta a Moisés, y lo hace llamándose por su nombre: «Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad». Éste es su nombre. En la segunda lectura, San Pablo, escribiendo a los Corintios, no tiene dudas y habla de un Dios de amor y de paz, de un Dios que, en la gracia ofrecida por el Hijo, en el amor compartido del Padre y en la comunión otorgada por el Espíritu se convierte en bendición. Finalmente, el Evangelio pone un punto definitivo, por si quedaba alguna duda: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito”.

Dios envió a su Hijo para que la humanidad dejara de creer en un Dios inalcanzable y terrible y empezara a creer en ese Dios que, desde el primer momento, cuando nada era, nada existía, quiso que la vida fuera y estuviera en eterno acontecer, nunca igual, nunca repetitiva, nunca estancada. Dios envió a su Hijo para que recordáramos que su nombre y su rostro son misericordia, amor, ternura, fidelidad.

Porque el Dios de la Biblia es un Dios cercano, no sólo filosófico y “todo Otro”. Es un Dios que es Padre, que ha querido acercarse a nosotros y ha entrado en nuestra historia, que nos conoce y que nos ama. Un Dios que es Hijo, que se ha hecho nuestro hermano, ha querido recorrer nuestro camino y se ha entregado por nuestra salvación. Un Dios que es Espíritu y quiere llenarnos en todo momento de su fuerza y su vida.

A la luz de la Palabra que la liturgia nos ha ofrecido hoy, ¿cómo contemplar, pues, su presencia entre nosotros, sus maravillas, su obra? Dios tiene que ver con el amor, con la belleza, con la fidelidad, con la vida en todas sus transformaciones, con lo inacabado, lo indeterminado, lo dinámico.

Así que hoy tomémonos un tiempo para contemplar lo que tiene que ver en nuestras vidas con todo esto. Porque donde hay amor, belleza, vida, fidelidad, autenticidad, ahí está Dios. Y no un Dios monolítico, sino un Dios plural; no un Dios lejano, sino un Dios cercano; no un Dios inamovible, sino un Dios en movimiento eterno, porque esto es el amor.

Hermanos y hermanas, hoy no es un día para intentar explicar el misterio de la Trinidad, sino de recordar cómo Dios ha actuado y sigue actuando en nuestro bien, y cómo toda nuestra vida está marcada y orientada por su amor. Hemos sido bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y así tenemos la posibilidad concreta de realizar entre nosotros la santa y bella comunión que hace de nuestra vida una fiesta.

San Pablo nos exhorta a vivir y manifestar esta alegría: “Hermanos, alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros”. Éste debe ser nuestro testimonio del Dios Trinidad, que nos ama y nos llena de su propio amor, para que lo vivamos en este mundo tan necesitado de Dios.

Abadia de MontserratLa Santísima Trinidad (4 de junio de 2023)

Domingo de Pentecostés (28 de mayo de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (28 de mayo de 2023)

Hechos de los Apóstoles 2:1-11 / 1 Corintios 12:3b-7.12-13 / Juan 20:19-23

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡el Espíritu Santo tiene una lógica que se nos escapa! Observamos cómo va apareciendo siempre y por todas partes: Desde la Creación del mundo hasta la Encarnación. Jesús mismo lo promete en la última cena, en el Evangelio de hoy hemos leído cómo es dado a los discípulos el mismo día de Pascua, y cómo después vuelve a venir sobre un grupo mucho mayor y más internacional en el día de Pentecostés. Decimos que está en el Padre y en el Hijo, y también en nosotros, decimos que hoy vendrá especialmente sobre quienes se confirmen. San León lo llamaba abundancia de manifestaciones. ¡Pero quizás ya está bien que del misterio de Dios haya algo, que nos cueste sistematizar, poner en un esquema y definir! Ésta es la gran riqueza del Espíritu Santo, ser la libertad de Dios, esa libertad que se nos escapa.

Como veis, he empezado diciendo muchas cosas. Quizá sea uno de nuestros defectos con el Espíritu Santo: hablar mucho y escuchar poco. Expresar esto al empezar una homilía cuando de hecho tendré que hablar unos diez minutos seguidos no es que sea lo más coherente… Espero que él, el Espíritu haga más que yo y os hable e inspire a cada uno de vosotros.

Cuando la comunidad cristiana se reúne para celebrar la eucaristía siempre hace memoria, siempre recuerda. Todos tenemos presente que, en el corazón de la misa, en el momento de la consagración repetimos las palabras de Jesús «Haced esto, para celebrar mi memorial». En otros muchos momentos también recordamos los hechos y las ideas importantes de nuestra fe. Lo hacemos especialmente en las lecturas. El Espíritu Santo en esta libertad nos recuerda que lo que celebramos no es sólo un ejercicio de memoria de nuestras raíces creyentes, de identidad colectiva, una exhortación moral del predicador, con una música muy bonita, sino que estamos realmente confesando y creyendo que Dios está aquí con nosotros, esta mañana de primavera.

Y como celebramos un sacramento, decimos que estamos haciendo algo que no sólo recuerda, sino que es eficaz, que significa que tiene efecto, que cambia, que transforma. Si esto siempre es verdad en cada eucaristía, al celebrar hoy también el sacramento de la confirmación por algunos escolanes y hermanas de escolanes, todavía lo podemos vivir mucho más intensamente. La confirmación es el sacramento del Espíritu Santo, por eso es tan adecuado y nos ayuda a vivir la fiesta de Pentecostés pudiendo celebrarlo en esta misa conventual.

Las lecturas de hoy nos hablan de Espíritu Santo enviado por Dios y por Jesucristo. Quisiera comentar tres puntos sobre el Espíritu: su discreción, su capacidad de transformación y su libertad.

El Espíritu Santo es normalmente la discreción de Dios. No sabemos que realmente haya vuelto a pasar algo como lo que leíamos en los Hechos de los Apóstoles, que de discreto no tuvo nada. No debería ser una reunión muy distinta a la nuestra. Por la cantidad de personas de sitios diferentes, por las lenguas que hablaban podemos deducir que eran muchos y diversos, como nosotros hoy. En nuestras celebraciones, El Espíritu Santo, que puede hacer lo que quiera, viene normalmente con discreción, en medio de nuestra liturgia, en nuestros corazones, no como ese día de Pentecostés. Pero el efecto es el mismo: Nos constituye en una única comunidad y nos da la fuerza del Señor resucitado. Ese momento inicial, nos ha dejado de hecho la seguridad de que cuando le invocamos como Iglesia creyente, viene a ayudarnos. Por eso hoy, delegado por el sr. Obispo de San Feliu, que es a quien correspondería esta invocación del Espíritu sobre quienes se confirman, reunidos en comunidad tal y como se reunían los discípulos en los primeros días después de la muerte y la resurrección de Jesús, podemos orar y estar ciertos que el Santo Espíritu de Dios viene sobre vosotros: Bet, Isona, Rita, Arnau, Quim, Jacob, Miquel, Oriol, Blai, Gerard, Eric, Jan, Jaume, Roger, Xavier, David i Albert Y también lo hace con discreción, gestos y palabras que la tradición nos ha ido transmitiendo. Esta discreción no significa ni poca importancia ni poca efectividad… Al revés: entramos aquí en el ámbito de lo eficaz aunque no se ve, ¡cómo son la gran mayoría de las cosas y de los cambios, tranquilos y lentos! 

Las lecturas de hoy también nos hablan de la capacidad que tiene el Espíritu de transformar, cambiar, convertir. Los discípulos de la primera lectura se convierten. Podemos pensar que estaban en una celebración algo triste, donde muchos no entendían lo que se decía. Eran judíos piadosos, había fe y convencimiento, pero quizá carecían de comprensión, alegría y comunión. La irrupción de este viento violento, de estas lenguas de fuego, da de inmediato un sentido mucho más fuerte de unidad, a pesar del respeto a cada uno. Todo el mundo se entiende. Y de ahí nace todo de lo que carecían, especialmente la alegría de cantar las maravillas de Dios y una gran fuerza para proclamar el evangelio y la buena nueva de Jesucristo, resucitado.

¿Qué nos enseña hoy ese poder transformador del Espíritu Santo? Nos dice que todos somos capaces de cambiar. Que la realidad a pesar de parecernos a veces triste, apagada, vacía, puede reavivarse. Nos dice que esta conversión personal es el fundamento de cualquier otra transformación social que quiera acercar el mundo a la realidad de la paz y de la justicia que es el Reino de Dios. Una realidad colectiva que nunca podemos olvidar. En este texto que hemos cantado y que se llama la Secuencia le pedíamos que lavara lo que está sucio y que curara todo lo que está enfermo. ¡Incluso le pedimos que riegue lo que está seco! ¿Qué actual, no?

A vosotros que os confirmáis, el Espíritu Santo puede realmente transformaros y ayudaros a vivir mejor como cristianos. Acabada la homilía responderéis a unas preguntas y haréis unos compromisos que no son ninguna broma. Todos los que nos hemos confirmado sabemos que son el principio de un camino personal de transformación que dura toda la vida. Es el camino que va de las dudas a la fe y del egoísmo al amor. Y la experiencia nos hace conscientes de que recibimos el Espíritu Santo para poder seguir caminando siempre en la confianza que avanzaremos en el sentido de lo que prometemos. Pero necesitaréis recordarlo y esforzaros. Por eso ser testigos de esta confirmación hoy es para todos nosotros recuerdo agradecido y comprometido del don del Espíritu Santo.

Por último, he dicho que el Espíritu Santo es la libertad de Dios. Sabiendo algo de historia del pensamiento cristiano, encontraríamos que siempre ha sido el inspirador de cambios y reformas. Nos hace falta dejar que nos guíe para saber qué debemos hacer, una tarea que sólo podemos hacer cada uno de nosotros. La libertad del Espíritu Santo sólo podía hacernos libres también a nosotros. Fijaos que, en el Evangelio de hoy, el día de su misma resurrección, Jesús dio el Espíritu Santo y justo después dio a los discípulos la posibilidad, pero también la libertad de perdonar los pecados: “a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. El Espíritu Santo no es un algoritmo que nos programa como la Inteligencia Artificial para que todo funcione automáticamente. El Espíritu Santo respeta profundamente lo que nosotros decidimos hacer, entendiendo bien que no todo le da igual. Por eso hoy, todos los que se confirmen, recibirán el Espíritu de libertad y libremente se comprometerán en este camino de fe, que vosotros mismos o vuestros padres y madres escogieron para vosotros en el bautismo y diréis dos cosas especialmente bonitas e interesantes: que deseáis ser imitadores de Jesús y que confiaréis en Dios en cualquier circunstancia de la vida. Ojalá que el recuerdo de este día os ayude siempre. Y que todos los demás escolanes que han hecho la confirmación o la hará algún día viváis siempre con este buen propósito.

La eucaristía es para todos un don del Espíritu Santo que transforma los dones en el cuerpo y sangre de Cristo para alimentarnos y hacernos vivir en cada celebración el gozo de la unidad. En esta unidad eucarística estamos contentos de acoger a Joan (Esteban Galmés) que participará por primera vez. Joan, que también tú, puedas avanzar por el camino de la fe junto a Jesús, de quien estarás a partir de ahora mucho más cerca, como todos nosotros, cada vez que lo recibas en su cuerpo y su sangre.

Abadia de MontserratDomingo de Pentecostés (28 de mayo de 2023)

Domingo VI de Pascua (14 de mayo de 2023)

Homilía del P. Ignasi M. Fossas (14 de mayo de 2023)

Hechos de los Apóstoles 8:5-8.14-17 / 1 Pedro 3:15-18 / Juan 14:15-21

 

Oración colecta: Dios todopoderoso, concédenos continuar celebrando con intenso fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado, de manera que prolonguemos en nuestra vida el misterio de fe que recordamos.

El texto de la oración colecta de este domingo apunta a un aspecto central de ser cristianos: me refiero a la manifestación en nuestra vida de la fe que profesamos. Pedimos a Dios que nos conceda celebrar con fervor el tiempo pascual, estos días de alegría en honor de Cristo resucitado, para que eso que es el contenido de la fe se manifieste en nuestra manera de vivir, de manera que prolonguemos en nuestra vida el misterio de fe que recordamos.

Hay que tener presente que el verbo recordar remite a un verbo que en hebreo significa que lo que se recuerda también se hace presente, es decir que no se trata de un recuerdo pasado, de la evocación de un hecho que ya no volverá más, sino que se refiere a hacer memoria de un hecho, en este caso de la pasión, muerte, resurrección y ascensión del Señor Jesús, que por la acción del Espíritu Santo se vuelve presente y eficaz hoy y aquí, por a cada uno de nosotros.

La participación en la redención que nos viene de Jesucristo por obra del Espíritu, comporta el comienzo de una nueva vida. En la resurrección de Cristo, Dios, nos ha creado de nuevo para la vida eterna, leíamos en la oración colecta del pasado martes (V del tiempo pascual).

Llegamos así al elemento central que comentaba al principio: la manifestación en nuestra vida de la fe que profesamos. La oración dice: que prolonguemos en nuestra vida el misterio de fe que recordamos.

Por tanto, lo que debe expresarse en nuestra manera de vivir, lo que debemos predicar con las obras, es el misterio pascual de Nuestro Señor Jesucristo, o sea, su pasión, muerte, resurrección y ascensión, con el don del Espíritu Santo asociado a él, para nuestra salvación y la de toda la humanidad.

En la primera lectura veíamos un ejemplo de ello en la persona del diácono Felipe, uno de los primeros discípulos. El libro de los Hechos de los Apóstoles dice que Felipe predicaba y hacía prodigios: los espíritus malignos salían de muchos poseídos (…) muchos inválidos o paralíticos recobraban la salud, y la gente de aquella región se alegró mucho. Podemos identificar ya algunos rasgos característicos del vivir cristiano: la predicación con la palabra, es decir: anunciar a Jesús de Nazaret Dios y Hombre, salvador y redentor, Hijo de Dios e Hijo de María; el restablecimiento, la curación, el llevar la salud a quienes están enfermos, y finalmente la alegría, la alegría verdadera.

En la segunda lectura, san Pedro exhorta a los primeros cristianos a estar dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, Es una forma de concretar la predicación con la palabra. Pero con delicadeza y con respeto. En otro fragmento que también podría leerse hoy, el propio autor de la primera carta de san Pedro hace referencia a otro aspecto de la vida cristiana: se trata del sufrimiento. Dice: Queridos, alegraos de poder compartir los sufrimientos de Cristo (…) Felices vosotros si alguien os reprocha el nombre de cristianos. Tener que afrontar dificultades y contradicciones por el hecho de ser cristianos, como ocurre hoy todavía a muchos de nuestros hermanos en la fe en todo el mundo, no debe avergonzarnos ni de desanimar ni de entristecer, al contrario, porque cuando ocurre esto significa que el Espíritu de la gloria que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros (son palabras de la 1ª carta de St. Pedro).

En el evangelio según san Juan, Jesús mismo hace referencia a dos realidades más que manifiestan en nuestra vida su misterio de salvación. Uno consiste en guardar o tener los mandamientos de Cristo, que son los mandamientos del Decálogo perfeccionados con las Bienaventuranzas, vividos por amor a Cristo presente en el prójimo. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama El otro se refiere a la gloria de Dios. Ellos (sus discípulos, dice Jesús) son mi gloria. Y por eso, cuando vivimos la vida nueva que nos viene por la resurrección de Cristo, damos gloria a Dios.

Toda la vida cristiana se convierte, por obra del Espíritu Santo, en un canto de alabanza al Creador y Redentor de la humanidad. Cuando nos reunimos en la iglesia para celebrar los sacramentos o para orar juntos el Oficio Divino, cuando predicamos a Jesús resucitado, cuando hacemos el bien, llevando vida, consuelo, ayuda y salud a los demás, cuando nos toque sufrir porque somos cristianos, cuando vivimos todo esto, glorificamos a Dios junto con Cristo, y nos preparamos para recibir el don de la vida eterna. Y la vida eterna es que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y aquel que tu has enviado, Jesús, el Mesías.

 

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo VI de Pascua (14 de mayo de 2023)

Domingo V de Pascua (7 de mayo de 2023)

Homilía del P. Lluís Planas (7 de mayo de 2023)

Hechos dels Apóstoles 6:1-7 / 1 Pedro 2:4-9 / Juan 14:1-12

 

Desde el domingo de Pascua en el que celebrábamos con gozo que Jesús está vivo, hemos ido, descubriendo cada domingo que el mensaje de Jesús que dieron a sus discípulos, también es un mensaje para cada uno de nosotros. Por tanto, no es mirar un pasado, sino escuchar el evangelio como el hecho que nos afecta a todos ahora. Por eso, cuando hemos escuchado el evangelio de hoy, no hemos escuchado unas palabras que el evangelista Juan nos las sitúan en la última cena, sino que son unas palabras que, escuchadas desde la perspectiva de la pascua, hoy están vigentes.

Si miramos a nuestro entorno, cuando la experiencia religiosa está cada vez más ausente, podemos tener la sensación de que estamos muy solos, y de que Jesús nos dice adiós. Todo un trastorno. Pero también Él nos ha transmitido, desde el bautismo que recibió de Juan, sintió que era profundamente amado por el Padre: «Éste es mi Hijo, el amado». Y hemos aprendido de Él que también cada uno de nosotros es amado por Dios. Y hoy cuando nos ha dicho: «Que vuestros corazones se serenen» debemos escucharle, desde esta perspectiva, con amor incondicional. Quiere que su experiencia en el amor sea la nuestra. A pesar de que quizás nuestro entorno vive muy alejado de esta profunda experiencia, también nos ha dicho que no nos desanimemos en la experiencia de soledad y de incomprensión: «Confiad en Dios, confiad también en mi». Cuán importante debía ser, ya en los primeros tiempos de la Iglesia, recordar profundamente estas palabras; sobre todo cuando algunos ya habían experimentado el desprecio de la persecución, y ahora quizás experimentamos la indiferencia o la bromita, o la burla, sobre lo que creemos y los valores que consideramos importantes. Nosotros debemos vivir intensamente este sentirnos queridos, hasta el final. Porque nos ha dicho que: «en casa mi Padre hay sitio para todos» y Jesús nos prepara la estancia con Él. Mejor dicho, con Él y el Padre. Así, con qué fuerza ahora resuena en nuestro interior escuchar: «os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros». 

Tomás y Felipe le hacen dos preguntas, y fijémonos que se las han hecho en este contexto de comunión como es compartiendo la comida de la última cena impregnada de la comunión de amor; como nosotros lo podemos vivir. Porque la eucaristía que celebramos hacemos memoria de la última cena. Tomás que ha oído que Jesús utilizaba la imagen del camino, le pregunta por el itinerario, ¿cómo se va? La respuesta de Jesús cuando le dice: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» no se refiere a un itinerario, sino a una identificación; no es algo fuera de mí, sino que «yo soy el camino». Es la misma persona, es la experiencia transmitida de sentirse amado, y aún de poder vivir: yo soy el amor. Éste es el camino-experiencia que Jesús se esfuerza por transmitir a los primeros discípulos y es el que nos transmite ahora a nosotros.

También ha utilizado la palabra «verdad». En el mundo bíblico, el concepto verdad no es una idea, sino una realidad que se hace, que se realiza, que se pone en práctica. Cuando dice que es verdad, significa que es presencia. De ahí que la experiencia del amor, es la experiencia de Dios. Algunos utilizan, en vez de la palabra verdad, la palabra fidelidad en el sentido de que el amor de Dios hacia los hombres y las mujeres es desde siempre y para siempre. Y esto es lo que pudieron vivir los discípulos en comunión con Jesús.

Parece que la pregunta de Felipe es más práctica: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Pero haciendo esta pregunta desviaba el sentido central e indispensable que tiene Jesús para los discípulos. Por eso la respuesta de Jesús es: «Quien me ve a mí, ha visto al Padre». Este ver no es algo externo a la persona, sino que la palabra “ver” la podemos sustituir por creer, que significa fiarte, confiar radicalmente. En el evangelio de San Juan nos demuestra que no hay cosa más real, más verdadera y más fiel, que el amor, porque el amor pide una estrecha relación que toma toda vida, una comunión profunda, un vínculo inquebrantable. No hay prejuicios, sino incondicionalidad. Ésta es la relación de Jesús con el Padre. E insiste Jesús con una respuesta que no se dirige a Felipe, sino a todos los discípulos, cuando dice: «Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí».

También estamos; con este plural: creedme, estamos incluidos todos nosotros en la experiencia del amor de Dios. Digámoslo una vez más: somos amados por Dios. Jesús es nuestro maestro. Y ésta debe ser nuestra verdad, nuestra fidelidad. Seguramente que si miramos nuestro interior sentiremos que estamos lejos, a veces, de vivirlo así. Es nuestra limitación, nuestra pobreza. Y, sin embargo, el amor incondicional de Dios, por Jesucristo nos dice: yo creo en ti, me fío de ti. Te quiero vivo, porque no deja de decirnos: «Quien cree en mí, también hará las obras que yo hago» Un reto, un compromiso, la propuesta para ser feliz y hacer feliz. ¡Qué gozo, qué consuelo, qué maravilla podemos vivir!

 

Abadia de MontserratDomingo V de Pascua (7 de mayo de 2023)

800 años Cofradía de la Virgen de Montserrat (6 de mayo de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (6 de mayo de 2023)

Hechos de los Apóstoles 1:12-14 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:39-56

 

Decíamos, queridos hermanos y hermanas, en una de las antífonas de laudes de esta semana, con palabras de San Juan, “Vosotros, pues, ahora tenéis tristeza; pero de nuevo os veré, y se alegrará vuestro corazón,” (Jn 16,22), y yo pensaba: “Qué bien reflejan estas palabras el corazón de nuestra devoción a la Virgen de Montserrat”, porque es en la mirada perenne, constante, e inmutable de nuestra querida Moreneta que todos y cada uno de nosotros hemos vivido el gozo del reencuentro.

“Vosotros, pues, ahora tenéis tristeza; pero de nuevo os veré, y se alegrará vuestro corazón,” es de hecho unas palabras de Jesucristo en ese momento pascual de la última cena, del discurso de despedida a sus amigos íntimos, pero me permito hoy, ya que siempre María es intermedia del amor de Jesucristo y por tanto su mirada es la de su hijo, decir que ahora es la Virgen María que nos dice que nos alegramos porque la volvamos a ver.

Santa María continúa en medio de nuestra Iglesia tal y como lo estuvo al principio en medio de los apóstoles. La primera lectura de hoy empezaba con la frase: “Después de ver cómo Jesús era llevado al cielo…” Ciertamente la visión de la ascensión es la última de los discípulos, es la que cierra las muchas veces que Jesús miró, habló y que los discípulos vieron, incluso después de resucitar. El tiempo pascual que estamos celebrando es el tiempo de la visión. Es el momento de tener los ojos abiertos. Debemos abrir los ojos y en esto María nos es maestra como lo ha sido siempre.

No se trata sólo de mirar, sino que hay que ver algo más allá. Quizá necesitamos extender nuestros ojos a otros sentidos, y hacernos discípulos de Cristo con todo el corazón, con toda el alma con todas las fuerzas, y en eso tenemos en la Virgen un modelo a seguir.

Ella nos es maestra para que abramos los ojos de la fe. Por la fe María fue capaz de confiar en medio de las situaciones más desesperadas. Por la fe fue capaz de comprender lo que racionalmente no podía ser, debemos creer que por la fe pudo pasar de la oscuridad del sepulcro donde habían puesto a su hijo, a la luz de la noche y de la mañana de Pascua que este cirio nos recuerda durante todo ese tiempo. ¡Qué reto, qué estímulo, qué gracia tener Santa María por ejemplo!

Ella nos es maestra para que abramos también los ojos a las necesidades de los demás. El Evangelio de la visitación que hemos leído es el evangelio en primer lugar de la conciencia de las necesidades de los demás, de la prima Isabel que espera un hijo. Qué ejemplo tan poco complicado, tan cercano. Qué bien comprenderéis tantas de vosotros que en un momento de la vida habéis ayudado y/o habéis sido ayudadas por una hermana, una amiga, una madre en el momento del embarazo. El evangelio de hoy nos dice en primer lugar que en esta sencillez de la ayuda está el primer reconocimiento de un Dios, que se hace muy cercano a Jesucristo.

El evangelio de la Visitación está profundamente arraigado en la historia de nuestro santuario. Lo leemos el día de la solemnidad titular de la Basílica, el día 8 de septiembre, lo leemos el día de la Visitación naturalmente, a finales de este mes de mayo, el día de San Juan, el día 21 de diciembre. En todas estas ocasiones, el evangelio nos recuerda que somos como María peregrinos, pero que es también a ella a la que venimos a visitar, para ser en el fondo visitados y acogidos por su amor, por su gracia, por su mirada. Es Dios, en todo caso, quien da a todos nuestros sentimientos de piedad una intensidad diferente aquí, en Montserrat, donde a veces, al menos a mí me pasaba de niño y joven, parece más fácil creer, más fácil amar, más fácil ser feliz.

Los ojos de la imagen de la Moreneta están abiertos desde siempre, acogiendo las plegarias, alegrías y esperanzas de todos los pueblos, y muy especialmente de nuestra gente catalana que le dice “Vos sois el honor de Nuestro Pueblo” y hace de esa frase el lema de Montserrat. Es la fuerza de su mirada que nos cautiva y os hace volver, y os hace quererla tener también presente en vuestras parroquias e instituciones, en cada lugar donde arraiga esa fraternidad de amor y de cariño mariano y montserratino que es nuestra cofradía, y de la que hoy celebramos estos ochocientos años.

Desde su trono de Montserrat ella nos dice: “vuestro corazón se alegrará porque os volveré a ver, y vuestra alegría nadie os la quitará”. La promesa de Santa María de Montserrat es siempre la promesa de la vuelta aquí, a casa. De la añoranza de este lugar que nuestros poetas y músicos han cantado: como Mossèn Cinto Verdaguer cuando escribió en el Emigrant: “donde encontraré tus cimas Bello Montserrat”; O el “Recuerda Madre divina, recuerda a quien se aleja, con el corazón en Cataluña, orando mientras camina” de Pau Casals que nuestra escolanía sigue cantando a menudo.

Vuestras delegaciones mantienen vivo este noble sentimiento que primero os vincula a Jesucristo, Dios hecho hombre, y a su madre, en el desafío personal de la fe cristiana y del seguimiento del evangelio, después os une a la comunidad que ruega en Montserrat, monjes, escolanes y peregrinos, y por estas dos razones también os hermana entre vosotros.

El monasterio, promotor desde el inicio hace ochocientos años de la Cofradía ha querido estos últimos años animar una vez más a esta hermandad y muy especialmente con la dedicación del P. Joan M. Mayol, rector del santuario, la ha visto reflorecer, llamear las brasas todavía bien rojas de una devoción que ha ayudado a encender otras hogueras nuevas, en pueblos y parroquias a las que no había llegado antes.

Pero desde siempre, Dios nos ha hecho la gracia de que la advocación de Montserrat vaya más allá de Cataluña, y la Cofradía también se ha hecho ejemplo de ello. La Cofradía hermanada de Sevilla, hoy presente, las delegaciones de Caspe, y las más lejanas de Chile y Brasil son la muestra de que hemos tenido la gran alegría de ver ampliar la cofradía hasta los extremos de la tierra. Y aún podríamos añadir muchos más lugares donde veneramos la memoria y la imagen de la Virgen de Montserrat. Juntos estamos convocados a ir a celebrar este aniversario en el corazón de la Iglesia, para presentar al Papa Francisco esta realidad de fe, de piedad popular y que también quisiéramos que fuera de solidaridad.

Debemos tener los ojos abiertos, los de la fe y los de la caridad, como ya he comentado, pero también los de la esperanza. La alegría que nadie nos va a quitar, tiene algo divino, eterno. La esperanza de que somos capaces de transformar la tierra y de luchar por el amor, pero que finalmente todo pertenece a Dios. La mirada de la Moreneta nos hace pensar que ella hace realidad la oración del Canto Espiritual de Joan Maragall: “Y cuando venga la hora temible en que se cierren estos ojos humanos, dame otros mayores para contemplar vuestra faz inmensa”. Éste es nuestro deseo más profundo, el que millones de veces confiamos a la Moreneta cuando en el Virolai le decimos con fe, guiadnos hacia el Cielo, que Ella, la Estrella de Montserrat nos conduzca allí mientras caminamos por esta vida.

https://youtube.com/watch?v=3JmI2K0htOs

 

Abadia de Montserrat800 años Cofradía de la Virgen de Montserrat (6 de mayo de 2023)

Domingo IV de Pascua (30 de abril de 2023)

Homilía del P. Bonifaci Tordera (30 de abril de 2023)

Hechos dels Apòstols 2:14a.36-41 / 1 Pedro 2:20b-25 / Juan 10:1-10

 

Ante el asombro de los judíos presentes en Jerusalén, al oír que los discípulos de Cristo hablaban en diversas lenguas, Pedro les explica lo que significaba aquel fenómeno. Y lo hace, citando salmos de la Escritura, que ya predecían lo que estaban viendo.

Y, para animarlos a la conversión, afirma que ya lo anunciaba el Salmo 109: “Dice el Señor a mi Señor, siéntate a mi derecha”, y también el Salmo 16, que dice:” No dejarás que el tu santo conozca la corrupción”. Y es esto lo que sucedió a Jesús, que Dios le ensalzó a su derecha, y ahora, no hay otro nombre en el que exista la salvación. Y ahora nos ha derramado su Espíritu.

En estas palabras tenemos resumida toda la argumentación de la predicación apostólica, apoyada en la Escritura. Y esto puede sorprendernos a nosotros, acostumbrados a usar argumentos racionales. Pero es necesario saber que, para la tradición judía, en las afirmaciones de la fe tienen prioridad los argumentos de la tradición revelada, aceptada como Palabra de Dios. Y así lo encontraremos en todas las páginas del Evangelio, donde el mismo Jesús argumenta siempre con textos de la Escritura, sea en las tentaciones en el desierto, o en respuesta a la sinagoga de Nazaret, y en las argumentaciones en las polémicas con los judíos.

Hoy encontramos un tema, que sirve de base a la predicación: La puerta del corral. Primero dice que, quien entra por la puerta es el pastor, mientras que quien entra por otro lugar, es ladrón o bandolero. Las ovejas sólo reconocen la voz del pastor, porque éste les habla un lenguaje conocido: las Escrituras. Y, todavía, hace Jesús una afirmación más atrevida: «Yo soy la puerta».

Es decir, yo soy la verdadera interpretación de la Escritura. Los predicadores anteriores, no lo eran. Sólo he venido a completar la Ley, a descubrir toda la profundidad y la verdad, que no es otra que la voluntad de Dios. Antes de mí habían cosificado la Ley, se habían quedado en la corteza. Habían cargado pesos pesados que nadie podía soportar. Yo, en cambio, he venido a liberaros. Vengo a deciros que mi carga es ligera y os hace libres. Porque el amor, que es el corazón de la Ley, os hace actuar libremente, no os hace siervos, sino hijos. Y esto es agradable, pero mucho más exigente que cumplir unas normas. De ahí que, los anteriores que os predicaban antes, eran ladrones y bandoleros, a los que no importaban las ovejas, y les arrebataban la vida, las hacían esclavas. Yo, en cambio, os hago libres, porque os llevo a prados deliciosos, y al reposo junto al agua, donde yo os doy la vida. Porque sólo el que ama tiene vida plena, y ésta es la que yo le doy. Pero, así como yo he dado la vida por amor, libremente, así también, el que me siga debe estar dispuesto a cargar su cruz ya dar también la vida por mí, para que la salve. Tal como yo he dado la vida, y el Padre me ha resucitado, y me ha ensalzado a su derecha, y me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. He entregado mi cuerpo mortal, pero he recibido uno inmortal, he dejado la tierra, pero he ganado el cielo, era como huérfano en este mundo, y ahora he recibido el título de Hijo amado, y me he sentado en el trono, a su derecha.

Ahora, he sido constituido la piedra fundamental de un edificio, y todo aquel que se una a mí, formará un edificio espiritual, un templo del Espíritu, la morada de Dios, donde Dios será glorificado.

Felices, pues, quienes siguen la voz del Buen Pastor, porque él los conducirá a las fuentes del agua de la vida eterna.

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Pascua (30 de abril de 2023)

Domingo III Pascua. 25 años de ordenación sacerdotal del P. Manuel Nin (23 de abril de 2023)

Homilía del Excm. y Rvm. P. Manuel Nin, Exarca apostólico para los católicos de tradición bizantina de Grècia. Obispo titular de Carcabia (23 de abril de 2023)

Hechos dels Apòstols 2:14.22b-33 / 1 Pedro 1:17-21 / Lucas 24:13-35

 

¡Cristo ha resucitado! ¡Realmente ha resucitado!

Χριστός Ανέστη! Αληθώς ανέστη!

Querido padre abad Manel, hermanos monjes y presbíteros concelebrantes, patera Petro e patera Igor de Atenas, escolanes, queridos hermanos y hermanas. 

La celebración dominical nos reúne para celebrar la Santa y Gloriosa Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Una celebración que vosotros en Occidente celebrasteis y vivisteis de manera litúrgicamente plena hace dos domingos y que nosotros en Oriente la celebramos y la vivimos hace apenas una semana. Juntos o con una semana, o dos o hasta cinco de diferencia, celebramos la resurrección del único Señor de nuestra vida, el único Señor de nuestra historia. Celebramos Aquel que fue traicionado, muerto, sepultado, y que resucitó el tercer día y ahora se sienta a la derecha del Padre.

Y en esta celebración, hemos escuchado y acogido tres lecturas de la Sagrada Escritura, las que corresponden a este tercer domingo del tiempo Pascual, que nos han hablado de ese misterio, que es el misterio central de nuestra fe. Escuchando y haciendo nuestra la Palabra de Dios, hemos sido llevados de la mano de Pedro en la primera y segunda lectura, y haciendo camino hacia Emaús en el evangelio, hemos sido llevados al encuentro con el Señor que está vivo y que hace camino con nosotros o, mejor dicho, somos nosotros que hacemos camino con Él.

En los Hechos de los Apóstoles hemos escuchado la catequesis de Pedro, una catequesis muy sencilla y clara: Cristo traicionado, muerto y resucitado. Y fijaos que Pedro, su anuncio, su profesión de fe, la justifica o mejor dicho la cuenta con un salmo, el 15, un salmo ya cantado proféticamente por el propio David. ¿Y cómo termina la catequesis de Pedro? Jesús resucitado, que se sienta a la derecha del Padre y recibe el Espíritu Santo que Él mismo da, envía, derrama sobre cada uno de nosotros, sobre toda la Iglesia. La predicación, la catequesis de Pedro es muy sencilla y clara: Cristo sufriente, muerto y resucitado, que se sienta a la derecha del Padre y que envía al Espíritu Santo sobre la Iglesia.

El salmo responsorial, el salmo 15, es casi una profesión de fe por nuestra parte que lo cantamos, un salmo que nos remueve cantándolo, el anuncio de Pedro y la profecía de David: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano… Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.”. Y sigue casi un anuncio de lo que hemos vivido y vivimos como Iglesia el Sábado Santo, y el salmo se convierte en voz del mismo Cristo: “Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa esperanzada. Porque no me abandonarás en la región de los muertos, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción”. El salmo responsorial, fijaos, siempre en las celebraciones dominicales, no es una nota musical que nos “entretiene” entre una lectura y otra, sino que se convierte siempre en una respuesta orante en forma poética a lo que nos anuncia la Palabra de Dios.

La voz del apóstol Pedro ha vuelto además en la segunda lectura cuando, con voz firme nos ha recordado otro aspecto fundamental de nuestra fe cristiana: rescatados, redimidos, salvados “…con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha”. El sacrificio de Cristo, su muerte, no es el fruto de algo casual, o si desea la consecuencia de la palabra valiente de un profeta cualquiera que fue más allá de lo que podría ser “políticamente correcto”, sino que el sacrificio del Cristo, su pasión fue voluntariamente aceptada por Él mismo, por cumplir la voluntad del Padre que le ha resucitado de entre los muertos.

La lectura del Evangelio de san Lucas nos ha llevado hacia Emaús, este pueblo a once kilómetros de Jerusalén, hacia donde se encaminan dos de los discípulos después de lo que para ellos en ese momento ha sido el descalabro de la muerte del Maestro. Fijémonos en algún detalle del texto de san Lucas que, siendo buen médico y buen iconógrafo como era, hace unos análisis y una descripción gráfica, un diagnóstico casi pictórico de las situaciones, muy detalladas. Os propongo ver el texto evangélico como un icono. Del que subrayo cinco pinceladas.

Primera pincelada de san Lucas: Jesús va al encuentro de los dos caminantes; no un encuentro casual, sino un encuentro cuya iniciativa la toma el Señor mismo. Nunca y nunca nos encontramos con el Señor de manera casual, fijaos, sino que es siempre Él que de tantas maneras nos viene al encuentro, en momentos buenos y en momentos de duda, cuando caminamos o cuando sin fuerzas nos sentamos junto al camino. Tantas veces lo vivimos esto en nuestro camino como cristianos.

Segunda pincelada de san Lucas: Este hacerse presente por parte de Jesús se vuelve contacto, sacramental podríamos decir, con su pregunta -fijaos que Él siempre toma la iniciativa: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?«. Les hace una pregunta que casi les desvela de la monotonía del andar.

Sigue el tercer momento, la tercera pincelada del evangelista: el diálogo entre Jesús y los dos caminantes. Mirad: los dos viajeros narran los hechos acaecidos con todo detalle, hasta los rumores y el susto de las mujeres que hasta hablan de aparición de ángeles, del sepulcro vacío…, “pero a él, no le han visto”. Y aquí descubrimos, encontramos un aspecto fundamental de nuestra vida de fe: no se trata de verle, de ver un fantasma, sino que se trata de que Él se nos muestre, se nos haga presente. O si queréis sí que se trata de verlo, pero ¿dónde? ¿Cómo? En la comunidad cristiana, en la Iglesia que le celebra y lo vive, que nos lo da en los sacramentos, que nos lo hace encontrar anunciando y proclamando su Evangelio, que nos lo hace encontrar viviente en los Santos Dones, en los hermanos.

La cuarta pincelada del evangelista iconógrafo: la respuesta de Jesús, casi el reproche que el Señor hace a aquellos dos caminantes que pese al cansancio de los once kilómetros que deben hacer entre Jerusalén y Emaús, han intentado hacerle un resumen de lo que han vivido aquellas ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?”. No les reprocha que no hayan creído en los rumores de apariciones angélicas o en el relato de las mujeres; los reprocha y recuerda, nos reprocha y recuerda, que tienen y tenemos los profetas, la Sagrada Escritura que nos anuncian… ¿Qué? ¿Quién? Todo lo que se refería a Él.

Finalmente, la conclusión del icono de san Lucas: la manifestación, la plena manifestación de Cristo resucitado, la manifestación de su divina humanidad gloriosa. ¿Dónde? ¿Cómo? Cuando parte el pan, cuando desaparece de la vista de los discípulos y deja que sea ese pan partido y ese vino derramado que sigan haciéndolo presente. Que siga siendo su encarnación en la vida de la Iglesia que nos lo haga vivo y presente.

¿Qué ha hecho el Señor en el evangelio de hoy? Nos viene al encuentro, nos explica la Escritura, parte el pan… ¿Y? A nosotros se nos abren los ojos de la fe, a partir de nuestro bautismo, del don y la fuerza del Espíritu Santo y de la comunión en los Santos dones, a partir de todos los sacramentos que a lo largo de nuestra vida nos van configurando al mismo Cristo. ¿Y Él, el Señor? Habiendo partido el pan, ¿desaparece? ¡No! Sigue caminando con nosotros o, mejor dicho, nosotros caminamos con Él, escuchándole en la Sagrada Escritura, acogiéndolo en el Pan partido y en el Vino derramado, que nos son dados y que son y nos hacen realmente y plenamente su Cuerpo y su Sangre, y también acogiéndolo en el hermano necesitado, pobre, enfermo, que nos lo hacen presente. Sólo así comprenderemos que nuestra vida como Iglesia, todo lo que hacemos, que predicamos, que damos, tiene un único referente: Cristo traicionado, sufridor, muerto y resucitado, retomando todavía las palabras de Pedro, que son para nosotros una mistagogía en la que Pedro nos coge por la mano y nos lleva a comprender un poco más, a celebrar y a vivir nuestra fe.

Hermanos, dando siempre gracias al Señor por sus dones, por su amor fiel, permítanme hacer memoria de aquel 18 de abril de 1998, hace XXV años, cuando el P. Lluis Juanós y yo mismo, con otros hermanos en ese momento de nuestra comunidad, por don y gracia del Espíritu Santo y por la imposición de manos y la oración del entonces arzobispo metropolitano y primado de Tarragona, mons.Lluis Martínez Sistach, fuimos ordenados algunos diáconos y otros presbíteros en esta nuestra basílica de Montserrat. Después de haber recibido, unos meses antes, el don y la gracia del diaconado, el Señor, por el querer y la llamada del padre abad Sebastià M. Bardolet, nos quiso presbíteros y diáconos al servicio de nuestro monasterio y al servicio de la Iglesia, un servicio que para mí se hizo concreto durante casi 18 años en el Pontificio Colegio Griego de Roma. Una gracia sacramental que el P. Lluis ha vivido y vive generosamente en nuestro monasterio al servicio de la comunidad, de los escolanes y de los peregrinos; una gracia sacramental que, a mí, indignamente, me ha tocado y me toca vivir, con la plenitud de la ordenación episcopal recibida en 2016, con una dimensión fuerte y claramente esponsal, con mi Iglesia, al servicio de mi Iglesia que se encuentra en Grecia.

XXV años por los que dar gracias a Dios. XXV años por los que pedir perdón al Señor. Dar gracias y pedir perdón, confesar siempre su misericordia. A lo largo de estos años y de los que todavía Él quiera, el Señor ha caminado y sigue caminando a nuestro lado, y cuando la pesadumbre del camino nos agobia, Él se nos carga, como buen pastor que es, a sus espaldas y nos lleva a los prados abundantes que están, ¿dónde? En el aprisco de la Iglesia que nos pone la mesa de la Palabra y de los Santos Dones.

En este momento la alegría de quienes ahora estáis aquí presentes y el recuerdo de quienes estuvieron presentes hace XXV años y que están presentes en la memoria y en la fe, Cristo nos hace miembros de su único cuerpo, de su Iglesia extendida de Oriente a Occidente, una Iglesia Santa, Católica y Apostólica, que la anuncia en todo el mundo.

Hermanos, el III domingo de Pascua en la tradición bizantina celebramos a José de Arimatea, Nicodemo y las mujeres piadosas, las “mirróforas” -las que llevan la mirra, el perfume para ungir el cuerpo del Señor. Recordamos, celebramos aquéllos que cuidaron el cuerpo del Señor. Todos nosotros estamos llamados ciertamente a ungir el cuerpo del Señor que sigue vivo y presente en el pobre, en el enfermo, ungirlo con una palabra, un gesto de ayuda y de consuelo. Pero sobre todo estamos llamados a convertirnos todos nosotros, por el don de los sacramentos que hemos recibido y recibimos, portadores del Ungüento, del mismo Cristo Señor, y con nuestra vida ser buen perfume de Cristo para nuestros hermanos.

Confiando en la intercesión de la Virgen María, presente en Montserrat y en Pammakaristos en Atenas, con el salmista, con el mismo Cristo también nosotros decimos: “Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”, en aquel Reino donde Cristo, con el Padre y el Espíritu Santo, reina para siempre. Amen.

Χριστός Ανέστη! Αληθώς ανέστη!

 

Abadia de MontserratDomingo III Pascua. 25 años de ordenación sacerdotal del P. Manuel Nin (23 de abril de 2023)

Domingo II de Pascua (16 de abril de 2023)

Homilía del P. Lluís Juanós, Monje de Montserrat (16 de abril de 2023)

Hechos de los Apóstoles 2:42-47 / 1 Pedro 1:3-9 / Juan 20:19-31

 

Creer en Jesús, llegar a ser testigos de su resurrección no fue fácil y menos para aquellos primeros discípulos que compartieron la vida con él y vieron como su Maestro, aquel en quien habían puesto sus ilusiones y su confianza, era condenado a morir en cruz como un blasfemo y malhechor.

De hecho, ésta ha sido la primera reacción de muchísima gente a lo largo de la historia ante el mensaje cristiano y más en concreto ante la resurrección de Jesús. Y no es de extrañar si tenemos en cuenta lo que se afirma en los relatos de las apariciones del Resucitado: Jesús se apareció a María Magdalena; ella fue a comunicarlo a los discípulos, pero no la creyeron. Después se apareció a dos discípulos que caminaban y también fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron.

Poco creían los discípulos reunidos con las puertas cerradas por miedo a los judíos. La derrota del Maestro les hace pensar que quizás ellos sean los siguientes en perder la vida, y de repente, Jesús entra, y se pone en medio de ellos para deshacer cualquier sombra de duda, para abrir sus ojos a una fe más grande que todas las evidencias, para infundir en sus corazones que la Pascua es la novedad que es preciso proclamar a todos los pueblos, la respuesta definitiva de Dios al sentido de la vida y de la historia.

Y es que el amor ha sido más fuerte que la muerte; un mensaje que a los ojos de muchos puede parecer optimista, excesivo, irreal, por no decir sospechoso de un cierto triunfalismo que nada tiene que ver con la situación de nuestro mundo, asediado por conflictos internacionales, laborales o familiares, y tantas otras situaciones de sufrimiento, de injusticia o precariedad que no hacen más que reforzar la legitimidad de la duda, o de pensar que el mensaje de Pascua no es más que una preocupación de cuatro iluminados o una evasión espiritualista y desencarnada de la realidad que nos envuelve.

Sin embargo, hay que decir que hay una duda cerrada en sí misma que puede llegar a ser tanto o más conservadora que la más dogmática de las certezas. Hay agnósticos que militan sin lugar a dudas en la duda más indudable. Profesan ciegamente el principio «dudo, ergo existo», es decir, hago de la duda mi fe, alrededor de la cual construyo todo un sistema cerrado, un sistema pseudoreligioso hecho sólo de certezas inapelables. En cambio, hay una duda abierta a nuevas posibilidades, que no se cierra en las propias certezas, sino que queda abierta a una realidad mayor que lo que podemos constatar.

En efecto, ocho días después de aquel primer domingo de Pascua, los discípulos estaban de nuevo encerrados, y con ellos Tomás. Tomás estaba seguro de no volver a ver nunca más a Jesús. Se negó a dar alas a sus esperanzas por no verlas deshechas a pedazos una vez más y su escepticismo acaba siendo la oportunidad para que Cristo se manifieste de nuevo en medio de ellos, y acepte hacerse experiencia sensible también para Tomás.

Como a los demás discípulos, también necesita hacer el proceso que le llevará a creer; necesita morir en su incredulidad, en sus certezas y dudas para nacer en la fe y abrir su corazón a una realidad mayor que todas las evidencias. Cuántas veces quisiéramos reducir nuestra fe a los criterios de una verificación palpable, audible, visible, como si la percepción de los sentidos fuera el único camino para acceder a la realidad de Cristo Resucitado y cuántas veces también habremos podido constatar en nuestra vida testimonio de hombres y mujeres que quizás sin proclamarlo con palabras y discursos nos han manifestado con el lenguaje del amor y la generosidad que también «han visto al Señor». Jesús acepta el juego de dar señales de su presencia entre nosotros, y por la fe nos abre a la experiencia de “ver” y “sentir” cómo sigue vivo y operando en medio del mundo.

Hermanas y hermanos, el evangelio de hoy pone a nuestra consideración una realidad que no podemos olvidar: la fe de Tomás es el reconocimiento de que Cristo resucitado no se reduce a un hecho, patrimonio del pasado, sino a alguien que continúa presente y viviente en nuestra vida y en nuestra Iglesia y no se ha desentendido de nosotros, a pesar de nuestras dudas o nuestra poca fe, y si aun así nos cuesta verlo, Jesús nos pide como Tomás que «metamos los dedos en sus heridas y la mano en su costado» porque no se ha alejado de nuestra realidad humana sino que se hace «palpable» en su Palabra, en los sacramentos y en las heridas de aquellos hombres y mujeres que sufren y que perpetúan su cuerpo entre nosotros, ese cuerpo de humanidad que anhela de nuevo participar de su redención y su Pascua. En este sentido, la experiencia de Tomás es la expresión más realista del itinerario de la fe de todo creyente que busca el rostro amoroso de su Señor y esta búsqueda nos invita a hacer nuestra la experiencia de aquellos discípulos, de aquel apóstol que pese a su escepticismo supo reconocer en Jesús a su Señor.

En los pueblos de labradores, al menos cuando yo era pequeño, durante el día las puertas de las casas se encontraban abiertas. Esta costumbre era un signo de confianza y de hospitalidad; no había ningún temor. A cualquier hora podías entrar en cualquier casa como si estuvieras en la tuya. No tenían miedo a nada ni a nadie. Como los discípulos, ocho días después de Pascua, también nosotros, con nuestras dudas y certezas, nos encontramos reunidos en nombre del Señor, en esta casa, sabiendo que Él está en medio de nosotros. No tengamos miedo de abrir puertas y ventanas para que nos entre la luz del Resucitado y el aire fresco de su Espíritu. Felices nosotros si hacemos nuestra la fe de Tomás y sabemos mantenerla viva a pesar de las claridades y sombras de nuestra Iglesia y de nuestro mundo.

Abadia de MontserratDomingo II de Pascua (16 de abril de 2023)

Domingo de Pascua (9 de abril de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (9 de abril de 2023)

Hechos de los Apóstoles 10:34a.37-43 / Colosenses 3:1-4 / Juan 20:1-9

 

Después de haber pasado una noche en vigilia nos volvemos a reunir para celebrar la eucaristía en esta fiesta de las fiestas que es la Pascua. Parece que no nos cansamos de rezar y es que no encontramos otra manera de seguir contemplando y agradeciendo lo que cantábamos en el canto de entrada, en las palabras que hoy son las palabras de Jesús: que después de una vida entera de amor a Dios, y de esta muerte en Cruz, puede volverse hacia Dios y decirle: “He resucitado, me he reencontrado contigo, ¡no me has dejado de tu mano!”

“No me has dejado de tu mano”. Una frase sencilla que nos revela los rasgos más tiernos de Dios que como padre o madre, no dejan de la mano a su hijo, frágil. O que nos revela un gesto típico de las parejas que se quieren. Una de las oraciones típicas de la divina liturgia bizantina ha captado esta naturaleza de Dios y utiliza una expresión que explica muy bien esa frase. Dice que Dios es “bueno y amigo de los hombres” αγαθός και φιλάνθροπος. En la palabra original, filanthropos se incluye a cualquier persona humana sin distinciones, empezando por la de ser hombre o mujer. Por eso algunos prefieren traducirla como amigo de la humanidad.

Jesucristo es el primero en volver por su resurrección al Padre. Si este retorno tenía una razón teológica muy clara, “porque de Dios venía y a Dios volvía”, esto ocurre en la historia, hay testigos, afecta a aquel que, siendo Dios encarnado, vivió, caminó y murió como hombre en la tierra: a Jesús de Nazaret. Precisamente por eso, podemos pensar que su historia será un día la nuestra y que, desde el momento de su resurrección, Dios es más que nunca bueno y amigo de la humanidad y “nunca nos deja de su mano”.

Si bien él lo es de todos, Amigo de los hombres sin distinciones, nosotros hemos llenado nuestro mundo de categorías humanas, de primeros, segundos, terceros y cuartos mundos. Medimos por Productos Interiores Brutos de los países, por rentas per cápita, por tantos otros factores que en el fondo no hacen sino medir lo que Dios seguramente no hubiera querido nunca: las enormes diferencias dentro de una misma humanidad. Él ha resucitado por todos.

Una de nuestras primeras obligaciones como cristianos sería hacer como Dios, por tanto, ser también nosotros amigos de la humanidad y mirar cómo no podemos dejar a nadie de nuestra mano. Aunque sea un granito de arena en esta labor utópica que no deja de ser eso que llamamos construcción y venida del Reino de Dios a la tierra, muchas instituciones se hacen conscientes de las desigualdades y quieren ayudar a corregirlas. Haciéndonos solidarios haremos, en la misa de hoy una colecta a favor de la comunidad de San Egidio que tiene una sensibilidad especial por los pobres y necesitados.

La forma en que Jesucristo se hace amigo de la humanidad en la Resurrección es en el fondo muy discreta. Nos han explicado que cuando los escolanes estuvieron en Australia, hace un mes, fuisteis un día a ver los canguros a un lugar llamado Clealand Wildlife Park y le dijeron que debían acercarse poco a poco. Si estabais tranquilos, los canguros vendrían solos. El evangelio está lleno de momentos en los que nosotros hombres y mujeres tenemos miedo a Dios, a sus apariciones, incluso miedo a Jesucristo cuando hace cosas demasiado extraordinarias. Pero él nos dice que no tengamos miedo. Si vosotros, escolanes, erais capaces de entender el miedo de los canguros, y por tanto de acercaros poco a poco, ¿cómo Jesús resucitado no será capaz de entender nuestro miedo y de acercarse a nosotros poco a poco, diciéndonos que no tengamos miedo? Nos lo dice incluso cuando resucita. Por eso digo que es discreto. Tan discreto que incluso no le reconocemos muchas de las veces que se aparece resucitado. Como si dejara tiempo a cada uno para realizar su proceso de comprensión, de acercamiento. En esta comparación nosotros somos los canguros que tenemos miedo y él es como vosotros escolanes que quiere acercarse. Jesucristo resucitado también quiere acercarse de una forma muy discreta pero muy eficaz y muy directa a vosotros, a todos.

De una manera muy especial, hoy Jesucristo se acerca a vosotros cuatro, los dos Orioles, Lluc y Martí, escolanes de cuarto que haréis la primera comunión. En el pan y el vino, aunque son elementos muy sencillos, confesamos la presencia de Jesús, la presencia de Cristo resucitado. Vosotros vivís una vida de fe porque la Escolanía os la facilita, participáis en la oración de Salve, ahora ya de lleno, activos en el coro y vivís en Montserrat, desde donde podéis uniros y ayudar en la oración de tantos peregrinos. Pero con la primera comunión, y con todas las que vendrán desde ahora, Jesús os pide también que personalmente creáis en esto que he estado diciendo antes, que él es amigo de la humanidad, y por tanto amigo vuestro. Cada vez que comulguéis, pensad en ello. Pensad en este Jesús que quiere que seáis felices y que estará a vuestro lado siempre, incluso en aquellos momentos que no lo sintáis. Para algunas personas, el momento de la primera comunión, ha sido un recuerdo importante para su fe, durante toda su vida. Y no sólo vosotros, sino todos los escolanes, pensad en este Dios que no deja de ir de vuestra mano.

La Resurrección de Cristo es el testimonio definitivo de que Dios es el Amigo de los hombres. Porque si se había encarnado en él devolviéndonos aquella dignidad con la que nos creó, ahora da definitivamente a la humanidad un sitio a su lado. No podríamos imaginar una prueba de amistad mayor que ésta.

Queridos hermanos y Hermanas, que estáis aquí en Montserrat o que os unís a nuestra celebración, el mensaje central que quiero transmitir esta hermosa mañana de Pascua, está resumido en las palabras del canto de entrada: He resucitado y estoy aun y siempre contigo. Dios como reza la liturgia oriental es bueno y amigo de la humanidad, se nos acerca en humildad y discreción, como discreta es la Iglesia que nace de la resurrección de Cristo y sirve al mundo como amiga de las mujeres y de los Hombres, mostrándonos el camino para ser discípulos de Cristo en el mundo.

Dear brothers and sisters. It may be that some of you have joined us from abroad this blessed Easter morning in Montserrat or are following us through electronic media, in some part of the world. I would like to give a very short message using the words we said at the beginning: I have risen, and I am with you still, You have laid your hand upon me. These words express a deep insight about God who the Eastern Liturgy named as Friend of Humanity. In his Resurrection Christ calls us to be part of a living community of Faith, Love and service, to be part of a Church that wants to be a true friend of every man and woman.

Y, además, Dios es bueno y amigo de los hombres porque de todo esto nace la Iglesia, que es también amiga de la humanidad. Con sus defectos, que siempre tenemos que querer corregir, porque somos hombres y mujeres quienes la formamos, el cariño y el servicio que la gran comunidad cristiana ha hecho y da son inmensamente mayores que estos defectos. Tantas veces con esta misma discreción que Cristo hecho eucaristía y que Cristo resucitado, poniéndose en cada una de las situaciones sociales que la necesitan, dejándose clavar en la cruz con tantos crucificados.

Es necesario que seamos conscientes, como decía San León de la dignidad que tenemos por el hecho de ser cristianos, es una dignidad que nos viene de Dios, que nos viene de Cristo. Hoy domingo de Pascua, es el día de recordar y repetir:

He resucitado, me he reencontrado contigo

No me has dejado de tu mano

 

Abadia de MontserratDomingo de Pascua (9 de abril de 2023)

Vigilia Pascual (8 de abril de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (8 de abril de 2023)

(…) / Romanos 6: 3-11 / Mateo 28:1-10

 

Una vez, un amigo me explicó que participando en una vigilia pascual con una persona no cristiana, ésta le preguntó: ¿Realmente toda esa gente cree que alguien puede resucitar?

Tal como está propuesta, incluso yo compartiría algo, queridas hermanas y hermanos, de la pregunta porque tiene algo de trampa. Puesto que la cuestión no es si alguien puede resucitar, sino que Jesucristo ha resucitado, esto es lo que nosotros creemos y con nosotros muchos millones de hermanos y hermanas en todo el mundo.

Esta noche la reservamos a esto, a celebrar que Jesucristo ha resucitado. La separamos de las otras noches, la alargamos, durmiendo un poco menos. ¡Y si fuéramos monjes orientales no dormiríamos nada! Nuestra fe tiene su centro en esta Vigilia y todo lo que nosotros creemos hoy: el ser de la persona de Jesús de Nazaret, su evangelio, la Iglesia, la belleza de la liturgia que hemos ido enriqueciendo durante los siglos, pero no hablar de la música y el arte cristiano y de la influencia de nuestra fe en toda la cultura y el pensamiento contemporáneo; todo, todo comienza en esta noche, en una resurrección que transforma la vida de un predicador y profeta, que a pesar de las interesantísimas cosas que dijo, las curaciones y los milagros que hizo, probablemente habría acabado como un perfecto desconocido si no hubiera resucitado.

Hoy, esta noche de Pascua del año 2023, después de tantos siglos de tradición, podría parecernos que todo es algo apoteósico, pero si volvemos a los orígenes, veremos que este camino de la fe en la Resurrección de Jesucristo no fue tan fácil. Empezó con el testimonio de una mujer, de dos mujeres, de dos discípulos…, un testigo que en el primer momento costaba mucho creer; ¡más o menos como ahora! ¡Había que ir y verlo! Y fueron.

Menos mal que el Señor es perseverante y no sólo resucitó, sino que se apareció bastantes veces para acabar convenciendo a una comunidad de discípulos suficiente para asegurar esta fe, que se nos ha transmitido hasta el día de hoy. Una fe que, a pesar de nuestra percepción europea, nunca ha parado de crecer.

Como le decía al principio. La resurrección que celebramos no es la de alguien cualquiera que resucita. Es la del Hijo de Dios que en Navidad celebrábamos como la Palabra de Dios venida al mundo. Que ese Dios venido a la tierra no podía morir parece lógico. Forma parte de un plan que comienza en la Creación y va avanzando abriéndose paso en multitud de circunstancias humanas e históricas. Pero que la resurrección sea parte de la historia y no una idea teológica, es lo que la hace fuerte, real, que da a Jesús la atracción para ser seguido.

La celebración de hoy reúne presente, pasado y futuro.

Pasado porque hemos escuchado algunos momentos de ese plan de Dios que siempre apunta a la vida, en la Creación, en el sacrificio de Isaac, en el paso del Mar Rojo, en las profecías…, el mensaje siempre es que Dios vence y que la libertad, y la vida no pueden deshacerse. No podía ser pues de otra manera por este Hijo amado, Jesucristo, que como Palabra de Dios ya estaba presente en todos estos momentos de vida, lucha y esperanza del Pueblo de Israel.

Presente, por la misma resurrección de Cristo, que hemos significado con el encendido del cirio Pascual, la entrada en la Iglesia en medio de la oscuridad y el canto del Exultet. Sí, esto siempre está presente porque hoy es el día en que ha obrado el Señor. Sólo afirmando que quien resucita no es alguien anónimo, puede entonces la resurrección convertirse en la esperanza para todos los que nos hemos unido a Jesucristo por el bautismo. En Jesucristo resucitado Dios nos está esperando. Desde toda la eternidad, durante toda la historia, Dios nos espera a cada uno de nosotros.

Todos estamos llamados a revivir la fe de aquellas mujeres que vieron al resucitado y tuvieron miedo y quizás alguna duda sobre qué ocurría. Quisiera que nos hiciéramos conscientes de que el núcleo de nuestra fe, en tanto que acto humano, comienza a menudo en esta duda y ese miedo a aquellas mujeres humildes. La gran celebración de esta noche llega para ayudarnos a fortalecer nuestra fe, para centrarla en lo esencial: Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero nunca se puede quedar encerrada en sí misma como un vigilia bonita y suficiente.

Futuro porque Dios os está esperando a vosotros David y Cinto. Vosotros habéis hecho, como corresponde a chicos de vuestra edad, el camino hacia la fe en Jesucristo resucitado. Y estáis en el corazón de esta noche, la proyección más importante que podríamos hacer hacia el futuro, porque representáis con todos los más jóvenes que estáis aquí, el mañana de nuestra Iglesia. Os incorporaréis a la familia de los bautizados, recibiréis el Espíritu Santo y participaréis por primera vez de la Eucaristía. Seréis llamados a vivir como cristianos en la Escolanía, donde todos sus compañeros también participan de la fe. Todos los escolanes añadís a la vocación de quienes se bautizan, la de compartir una vida de escuela, de amistad y de preparación para la vida en medio de un grupo de chicos que como vosotros, sus padres y madres han querido que estuvierais unos años aquí, en Montserrat. Montserrat es un lugar de fe, donde muchos peregrinos vienen a celebrar cada día la Pascua, que recordamos en nuestra misa y otros vienen a rezar o quizás acaban orando gracias a vosotros, aunque venían para otra cosa.

Aunque no os lo parezca todos vosotros, no sólo David y Cinto, sois como aquellas dos mujeres, como aquellos dos discípulos de Emaús que decían: El Señor ha resucitado y sabemos, porque tenemos testimonios de ello, que vuestro canto ha sido a veces el principio de la fe de algunas personas. 

Sé que los más pequeños habéis trabajado hoy una cruz, que al principio no significaba mucho, pero que habéis ido pintando, y pegando flores, la habéis llenado de vida. Muchos caminamos ayer juntos detrás de la Cruz, acompañando a Jesús crucificado. La verdad es que él os acompaña a vosotros y puede hacer si confiáis, que algunas dificultades que os encontraréis en la vida, que son estas cruces vacías y frías, se vuelvan cruces llenas de vida si sois capaces de mirarlas y de transformarlas como habéis hecho en la actividad de hoy que ahora presentaréis. Esta noche celebramos esto: que esa Cruz donde estaba Jesús muerto, ahora representa a Jesús vivo y vencedor de la muerte.

A vosotros, pues los más jóvenes, y a todos, Cristo nos llama hoy a comprometernos en su seguimiento. Por eso renovamos en medio de esta noche nuestras promesas bautismales y hacemos una apuesta por el futuro. Por un futuro más evangélico. Necesitamos creer en Dios y en la Paz. Ayer y hoy el mundo se ha levantado con otras dos amenazas de guerras: Una en la frontera entre Israel y el Líbano, muy cerca de Nazaret, de las fuentes del Jordán, donde Jesús fue reconocido como Mesías por sus discípulos, y otros lugares tan importantes para la fe y aún otra amenaza en los límites entre China y Taiwán. ¡Porque al Reino de Dios le cuesta mucho avanzar en la historia! ¿Y qué podemos hacer nosotros? Intentar ser constructores de paz. Intentar ser solidarios. Hoy volveremos a hacer una colecta a favor de Caritas, conscientes de que los conflictos comienzan tantas veces en las dificultades y en las exclusiones más básicas, y que también es importante que procuremos equilibrar un poco todas las diferencias que el mundo genera automáticamente pero que son tan contrarias a la voluntad de Dios.

Continuemos esta celebración con fe agradecida porque creemos en Jesucristo resucitado, y en todo lo recibido, con esperanza renovada porque esta resurrección del Señor nos abre las puertas de un futuro mejor, tanto personal como colectivamente y roguémosle que en esta eucaristía nos renueve en nuestra capacidad de amarle cada día más a Él y a todos nuestros hermanos y hermanas.

 

 

Abadia de MontserratVigilia Pascual (8 de abril de 2023)