Domingo II de Navidad (3 de enero de 2021)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monjo de Montserrat (3 enero 2021)

Siràcida 24:1-4.12-16 / Efesis 1:3-6 / Joan 1:1-18

 

Estimados hermanos y hermanas,

Celebramos el segundo domingo de Navidad y se nos ofrece, en las lecturas de hoy, una página del Evangelio que ya hemos escuchado en días precedentes. Concretamente en la misa del día de Navidad y el pasado jueves, 31 de diciembre. Así pues, si la Iglesia nos presenta el mismo pasaje tres veces en un corto espacio de tiempo, quiere decir que esto es realmente importante.

Y en verdad lo es. Este inicio conforma el prólogo del Evangelio de San Juan, del que quiere ser una especie de introducción y resumen. En estos 18 versículos, el evangelista es capaz de introducir todos los conceptos que luego desarrollará en el curso de su narración: Palabra, Vida, Luz, Gracia, Filiación… Es fundamentalmente un himno, denso en teología, que canta la gloria de la creación y redención.

Un pasaje largo y también un poco complejo. Mucho se ha escrito sobre este prólogo y mucho se podría decir. Yo sólo comentaré un par de frases. La primera, en mi opinión, es realmente hermosa y esperanzadora, especialmente en los tiempos que estamos viviendo: «La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió».

Esta es verdaderamente una Buena Noticia. La oscuridad, toda la oscuridad, no supera la Luz de Dios. Lo que Juan quiere decirnos es que la Luz que Dios envía es una luz segura, una luz en la que podemos confiar, porque es más fuerte que las tinieblas, capaz de brillar incluso en la oscuridad, y superarla. Esta Luz, como bien sabemos, es Jesús. En este mismo Evangelio dirá: «Yo soy la luz del mundo, el que me siga tendrá la luz de la vida».

¿Qué significa tener la luz de la vida? Quiere decir que nuestra vida brilla. Pero no porque nosotros producimos esta luz, por méritos propios, sino que la reflejamos como la luna refleja la luz del sol por la noche o los vitrales tiñen de colores el ambiente dejando pasar los rayos de luz. Esta es la verdad, si estamos unidos a Dios, a su hijo Jesús, si escuchamos su palabra y la ponemos en práctica, seremos resplandecientes, porque estaremos continuamente iluminados por una luz que nadie nos podrá quitar, ninguna maldad ni arrogancia. Si entendemos que esto es importante debemos permanecer anclados en la luz, porque sólo así podremos brillar.

Y escuchamos también otra expresión importante de este pasaje: «Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre». Así es, unos reciben a esta persona que es la palabra de Dios, y otros, no. Pero todos necesitamos la luz de esta palabra. Todos necesitamos, para descubrir el sentido de nuestra vida, esta sabiduría que nos ayuda a ver las cosas desde los ojos de Dios, que es la «Luz de quienes en él creen» (Colecta). Si no recibimos a este Cristo como la Palabra definitiva de Dios no nos extrañemos del desconcierto y la confusión que reina en este mundo.

Los cristianos no creemos en un Dios aislado e inaccesible, encerrado en su Misterio impenetrable. Nos podemos encontrar con él en un ser humano como nosotros. Para relacionarnos con él, no tenemos que salir de nuestro mundo. No debemos buscarlo fuera de nuestra vida. Lo encontramos hecho carne en Jesús. Esto nos hace vivir la relación con él con una profundidad única e inconfundible. Jesús es para nosotros el rostro humano de Dios. En sus gestos de bondad nos va revelando de manera humana cómo es y cómo nos quiere Dios. En sus palabras vamos escuchando su voz, sus llamadas y sus promesas. En su proyecto descubrimos el proyecto del Padre.

Todo esto lo hemos de entender de manera viva y concreta. La sensibilidad de Jesús para acercarse a los enfermos, curar sus males y aliviar su sufrimiento, nos descubre cómo nos mira Dios cuando nos ve sufrir, y como nos quiere ver actuar con los que sufren. La acogida amistosa de Jesús a pecadores y marginados nos manifiesta como nos comprende y perdona, y como nos quiere ver perdonar a los que nos ofenden.

Por eso dice Juan que Jesús está «lleno de gracia y de verdad». En él nos encontramos con el amor gratuito y desbordante de Dios. En él acogemos su amor verdadero, firme y fiel. En estos tiempos en que no pocos creyentes viven su fe de manera perpleja, sin saber qué creer ni en quien confiar, no hay nada más importante que poner en el centro de nuestra vida a Jesús como rostro humano de Dios.

Hermanos y hermanas, esta es la grandeza de la Navidad: Dios se hace hombre, se hace pequeño para hacernos como Él, para hacernos partícipes de Él, uno con Él. No hay necesidad de añadir nada más. Esta es la grandeza a la que estamos llamados y de la que somos partícipes. De nosotros depende.

 

Abadia de MontserratDomingo II de Navidad (3 de enero de 2021)

Fiesta de la Sagrada Familia (27 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (27 de diciembre de 2020)

1 Samuel 1:20-22.24-28 / 1 Juan 3:1-2.21-24 / Lucas 2:41-52

 

Queridos hermanos y hermanas:

En medio de las grandes solemnidades de Navidad, fin de año y Reyes encontramos, dentro de la octava, la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José, que este año cae en domingo, memoria de San Juan Evangelista.

San José Manyanet, peregrino y devoto de Montserrat, decía: «Hacer del mundo una familia, y cada Familia un Nazaret». La fiesta de hoy nos invita a todos nosotros a contemplar la vida interior, doméstica y casera, de la pequeña y gran Familia de Jesús, que vivía en Nazaret, en una sencilla aldea, un lugar pequeñísimo, de la región de Galilea, totalmente desconocido en el Antiguo Testamento, ignorado en el Talmud Judío, y que el historiador romano Flavio Josefo desconocía totalmente. Una localidad remota que el mismo Apóstol Natanael (conocido como Bartolomé) dijo: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46). O como decían los fariseos: «De Galilea no sale ninguno de los Profetas!» (Jn 7,52). Es en este pequeño pueblo donde Jesús vivía, con sus padres, una vida retirada, normal, de trabajo, estudio, alegría y fiesta, de contemplación y silencio. Nos dice el evangelista san Lucas que hemos oído hoy: «Jesús y sus padres volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría». «Les era obediente, progresaba en sabiduría y aumentaba en gracia tanto ante Dios como ante los hombres». (Lc 2, 39-52). Jesús era reconocido como Nazareno por su origen familiar, para que así se cumpliera el oráculo de los profetas: «llamado nazareno» (Mt 2,23). Es sobre estas venerables ruinas, bien fundamentadas, de esta pequeña casa-cueva, que los primeros cristianos construyeron rápidamente una primitiva Iglesia, que destruida, derribada, reedificada y restaurada más de seis veces es hoy en día la gran Basílica de la Anunciación de Nazaret.

El Papa San Pablo VI en su determinante viaje a Tierra Santa de 1964, una visita histórica que todavía hoy permanece viva y actual, decía: «Nazaret es la escuela donde se empieza a entender la vida de Jesús, es la (casa) donde se inicia el conocimiento del Evangelio. Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde, y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí en Nazaret se aprende, incluso, tal vez de una manera casi insensible, a imitar su vida Familiar”.

Estamos viviendo un tiempo marcado por la dolorosa pandemia, que desgraciadamente se resiste a marchar de nuestro pequeño planeta y, por desgracia, hemos tenido que aprender a convivir con ella desde el comienzo de la Cuaresma pasada. Mascarillas que no nos dejan ver la expresividad del rostro, obligados a mantener las distancias sociales, los líquidos desinfectantes, aislamiento total, burbuja familiar, aforo, nuevos gestos para saludarnos, teletrabajo, y la llamada nueva normalidad … Sufrimos unas restricciones laborales muy fuertes motivadas sobre todo por Coronavirus, falta de movimientos, de trabajo, de relaciones interpersonales y sociales, así como la pérdida de familiares queridos sin poder acompañarlos y hacer un duelo cristiano; pensamos ahora, sobre todo, en las residencias y hospitales. Todo esto nos era totalmente impensable… ¡y no hace, ni siquiera, un año!

El confinamiento general o parcial, motivado por Covidien-19, ha supuesto un ritmo de vida familiar mucho más interior, más doméstico. Una forma diferente de vivir: las horas, los días y las semanas reducidos dentro un pequeño hogar o residencia. Para muchas casas ha sido un tiempo de fortalecimiento de los vínculos matrimoniales y familiares, de vivir un período de comunión, de obligación familiar y de libertad. Una Escuela de perdón que no es fácil, donde cada miembro de la familia tiene su responsabilidad. Una presencia de amor cristiano generoso, gratuito y vivo. Una pequeña Iglesia doméstica con las virtudes de la casa de Nazaret.

Desgraciadamente, para muchos otros hogares ha sido un tiempo de ruptura definitiva y como siempre los más perjudicados son los hijos pequeños que con su silencio manifiestan, calladamente, su triste dolor. Todo matrimonio es dar, pero también es recibir y compartir, en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad todos los días de la vida.

Hay, sin embargo, otro grupo, muy grande, de familias que viven uno: «Statu quo» de facto; un aislamiento personal, con unas fronteras invisibles, pero palpables. Un poderoso individualismo de mi «yo personal». Un silencio significativo, fomentado sobre todo con las nuevas tecnologías. Un soportemos y te soportaré. Todos recordamos perfectamente los días negros, de niebla, de mal, pero ¿nos cuesta mucho revivir, repensar los días de alegría y de alegría? La fiesta de hoy es una pequeña invitación a romper el hielo, a hablar y fomentar lo que nos une y no lo que nos divide, a vivir con dignidad según el modelo de la familia de Nazaret. Como nos dice San Benito: «Hacer las paces antes de la puesta del sol con quien se haya reñido» y «lo que no quieras para ti, no lo hagas a nadie» (capítulos IV y LXX).

Como decía el Papa en la dedicación de la Basílica de la Sagrada Familia en Barcelona: «Todos necesitamos volver a Nazaret para contemplar siempre de nuevo el silencio y el amor de la Sagrada Familia, modelo de toda vida familiar cristiana» (7 -11-2010). «Hacer del mundo una familia, y cada familia un Nazaret» (San José Manyanet). Permitidme, para terminar, esta pequeña oración de Navidad:

Señor Jesús, ¡qué grandes son todas tus obras! Danos un espíritu silencioso como San José, y un corazón abierto, contemplativo, acogedor como Santa María, para que nos saciemos siempre mirando su presencia dentro del pequeño pesebre de nuestro corazón. Amén. ¡Felices Fiestas!

 

Abadia de MontserratFiesta de la Sagrada Familia (27 de diciembre de 2020)

Misa del día de Nadal (25 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (25 de diciembre 2020)

Isaías 52:7-10 / Hebreos 1:1-6 / Juan 1:1-18

 

Y la Palabra se hizo hombre. Este es, hermanos y hermanas, el anuncio que nos hace el Evangelio de esta mañana radiante, ayudándonos a penetrar más y más el sentido del nacimiento del hijo de María que hemos contemplado esta noche.

Y la Palabra se hizo hombre. Plantó entre nosotros su tienda, para ser uno de nosotros. Por eso es en la Navidad que toman toda su fuerza las palabras de Isaías que escuchábamos en la primera lectura: qué hermosos son […] los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae el Evangelio.

Es el anuncio definitivo; es la Palabra por excelencia que Dios nos comunica. En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, decía la segunda lectura.

La Palabra todopoderosa y eterna, creadora, que estaba junto al Padre y por la que todo ha venido a la existencia, ahora nos ha sido enviada, hecha hombre para comunicarnos la Vida que hay en ella. Sí: ¡Qué hermoso es sentir la presencia de aquel que es la Palabra y trae la buena nueva, el Evangelio!

El mensajero anunciado por el profeta, el hijo de María, nos es presentado hoy en el evangelio como aquel que es la Palabra eterna. Fijémonos qué implica esta afirmación del evangelio: Palabra significa comunicación personal, revelación de la intimidad, hacer transparente el pensamiento y el corazón, invitación al diálogo. El Dios inalcanzable debido a su grandeza, por tanto, en Jesucristo nos revela su intimidad, nos hace transparente su pensamiento y su corazón, desde el momento que Jesús es la expresión más auténtica de la gloria de Dios y la impronta de su ser, según nos decía, también, la segunda lectura. Todo porque Dios quiere darse a conocer como horno de luz y de amor para establecer un diálogo con la humanidad, con cada persona concreta. Si Dios, en Jesucristo, se da del todo en el diálogo personal, nosotros no podemos rechazar escucharlo, hablarle de corazón a corazón, darle una respuesta generosa viendo su generosidad. El que tiene la gloria de Hijo único del Padre se ha hecho compañero nuestro de ruta; ha asumido nuestra pobreza radical para llevarnos a la comunión con Dios, para que podamos establecer con él un diálogo cordial, de amigo a amigo.

El niño del pesebre habla de una manera elocuente, pues, también con su silencio, al igual que lo hará en la cruz. En el silencio es también la Palabra la que nos habla de humildad, de compartir nuestra experiencia humana, con la debilidad y el llanto que le es inherente. Por eso es muy instructivo leer el prólogo del evangelio de san Juan, que nos acaba de ser proclamado, pensando en la escena tan humana y tan pobre del nacimiento de Belén tal como nos era narrada por san Lucas en el evangelio de la noche.

Y ya antes de hacerse hombre, el Verbo y la Luz del mundo había establecido una relación profunda con la humanidad. El evangelista nos ha dicho que por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él, pues, hemos sido creados; él es el secreto de nuestra vida y de nuestro destino, él nos mantiene en la existencia, él nos proyecta hacia nuestro futuro. En él nos encontramos a nosotros mismos en plenitud, él es la raíz y la explicación última de quien somos. No sólo de nosotros, los cristianos. Sino de toda persona creada. Esta realidad está en sintonía con el hecho de que él es la luz verdadera, la que […] ilumina a todos los hombres. Lo cual nos abre unas perspectivas nuevas en nuestro diálogo con las religiones y con los que no creen, pero se quieren fieles a su conciencia. También ellos participan, de alguna manera, de la Luz que desde los orígenes del mundo ha iluminado e ilumina el corazón humano. «Antes de encarnarse en Jesús, el que es la Palabra se ofrecía ya a la humanidad como luz, como sentido de la vida; se le ofrecía indicando cómo cada persona es llamada a amar, a darse, a superarse a sí misma, a despegar hacia el misterio de Dios «(cf. Carlo M. Martini, Il caso serio della fede, pp. 42.44).

Esto explica, por otra parte, porqué el cristiano no puede permanecer indiferente ante ningún ser humano ni ante ninguna situación de injusticia o de sufrimiento. Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance a favor de nuestros hermanos de humanidad. Se ha visto en la forma en que la Iglesia, en sus miembros, se ha hecho presente para ayudar, para consolar y curar en la pandemia que nos afecta; en la forma en que la Iglesia, en sus miembros, contribuye a paliar las nuevas situaciones de pobreza que se han creado y que cada día van creciendo. Cada uno debe ver cómo puede ayudar a los demás de cerca o de lejos.

¡Qué alegría tener entre nosotros al que es la Palabra! ¡Qué alegría conocerlo por la fe tal como él se nos manifiesta «hoy» que ha plantado entre nosotros su tienda! La liturgia, en sus textos, subraya fuertemente esta expresión: «hoy». Porque la celebración de la Navidad, como la de Pascua, no es un simple recuerdo, sino una irrupción de Dios en nuestra historia, en nuestro «hoy». Hoy se nos renueva la comunicación del don concedido a la humanidad en el nacimiento de Jesús. Hoy es, pues, día de memorial; día de recuerdo y de don de la gracia. Una gracia que se concreta en nuestra adopción como hijos de Dios y en la llamada a toda la humanidad para que participe. Cuando el tiempo llegó a su plenitud, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, […] para que recibiéramos la condición de hijos (cf. Ga 4, 4-5; Jn 1, 12), enseña San Pablo en unísono con el evangelio de san Juan.

La Navidad nos sumerge más y más en nuestra filiación divina, en nuestra incorporación a Jesucristo. Y, por tanto, nos adentra en la comunión con el Padre por obra del Espíritu. La intimidad con el que es la Palabra nos hace crecer, nos va transformando íntimamente. Acojamos, hoy, este Don, entremos en diálogo de fe, de revelación y de amor con el que es la Palabra hecha hombre. Y estallemos en cantos y en gritos de alegría, en adoración y en acción de gracias ahora que él se hará presente en los Santos Dones eucarísticos.

 

Abadia de MontserratMisa del día de Nadal (25 de diciembre de 2020)

Misa de la Vigilia de Navidad (24 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (25 de diciembre 2020)

Isaïes 9:1-6 / Titus 2:11-14 / Lluc 2:1-14

 

La luz que viene de Belén ilumina la noche del mundo. Ilumina la tiniebla de la humanidad en esta etapa de la historia marcada por la pandemia que siega tantas vidas, causa tanto dolor, provoca en muchos un miedo paralizante, afecta gravemente a la economía y deja a tanta gente sin trabajo. La luz de Belén ilumina la tiniebla humana porque todo toma una dimensión nueva desde el niño que María ha puesto en el mundo. También el momento que estamos viviendo.

En esta noche, hermanos y hermanas, que es noche de ternura pero sobre todo de contemplación, quisiera fijarme en tres frases del evangelio que nos ha proclamado el diácono.

La primera es: nació su hijo. Es el hecho central de la Navidad. Es la razón de nuestra fiesta. El recién nacido no es un niño más. María ha puesto al mundo aquel que le había sido anunciado como Hijo de Dios, como rey para siempre, un rey pacífico y salvador (cf. Lc 1, 31-33.35). El reino de este niño no es como los de este mundo (cf. Jn 18, 36), no es brillante ni dominador. Es humilde como una pequeña semilla depositada por Dios en el corazón de los creyentes que, como María y José, acogen a Jesús con fe y con esperanza. Es como una pequeña semilla, pero que tiene una fuerza maravillosa para reunir a toda la humanidad (cf. Mt 13, 31). El Hijo de Dios se ha hecho hombre en el seno de la Virgen María. Ella acaricia y nutre a su Hijo con amor maternal. Pero Jesús ha nacido para todos nosotros, para cada hombre y cada mujer del mundo. Lo tiene María porque Dios lo da a todo el mundo. Por eso en la liturgia cantamos estos días «nos ha nacido Cristo». No ha nacido sólo para ella sino por «por nosotros los hombres y por nuestra salvación», como diremos en unos momentos en el credo. Jesús es un don, un regalo, de Dios para cada uno de nosotros. Hoy lo celebramos, lo agradecemos, y nos sentimos comprometidos a corresponder con generosidad a este regalo que Dios nos hace en su amor gratuito.

La segunda frase del evangelio que quisiera destacar es: os ha nacido un Salvador. La dice el ángel a los pastores. Pero, no es sólo un anuncio para ellos. Es un anuncio para todos. Es un anuncio universal, que lleva una gran alegría. Acogiendo este anuncio, repetíamos en la respuesta al salmo responsorial: nos ha nacido un Salvador. Al hacer el anuncio, el ángel da tres títulos a Jesús para explicar su identidad y que son la causa de esta alegría: Salvador, Mesías, Señor. Es como un crescendo. Primero dice que es salvador. Jesús es el único que nos puede salvar de una manera plena y radical. Y aquí puede surgir una pregunta: ¿de qué debemos ser salvados? Antes de la pandemia nos sentíamos fuertes. Habíamos desarrollado una serie de seguridades que parecía que nos protegían, que lo teníamos todo controlado, incluso había quien con un orgullo indecible pensaba que un día no muy lejano la ciencia nos permitiría superar la muerte. Ahora nos sentimos desconcertados, débiles y vulnerables porque un microbio microscópico acosa a la humanidad entera y siega la vida de muchas personas. No sabemos dónde lo podemos encontrar, ni cuando nos podemos infectar. Y, además, el microbio crea una crisis económica que genera graves problemas sociales. Por otro lado, por si fuera poco, estamos rodeados de otras crisis políticas, sociales, de valores. En el mundo, hay amenazas, crueldades, venganzas, mentiras, orgullos que pisan a los pequeños y a los marginados, injusticias hechas en nombre de la justicia. Y eso suscita mucha preocupación y hasta miedo en mucha gente. De todo esto y más debemos ser salvados. Y también de nuestras faltas y pecados. Y no vamos a salir si lo queremos hacer con nuestras solas fuerzas humanas. En este contexto, en esta noche resuena nuevamente aquel grito que

atraviesa todo el Evangelio: ¡no temáis! Jesús nos cura las heridas y nos enseña a curar las de los demás. Jesús nos libera del mal y nos enseña a liberar a los otros. Jesús comparte el dolor y la muerte para desactivarlos desde dentro y abrirnos las puertas de una vida feliz para siempre. De ahí el título de Mesías; el liberador definitivo objeto de las esperanzas seculares del Pueblo de Israel. Jesús es enviado a la humanidad entera para liberar y salvar, para curar los corazones y para curar las relaciones humanas; para ayudarnos a superar lo que es imposible para nuestras solas fuerzas.

Y llegamos a la cumbre de los tres títulos que el ángel revela a los pastores. Jesús es el Señor. Este título en la Sagrada Escritura es propio de Dios. Proclamar que Jesús es el Señor, según la fe de la Iglesia, es afirmar su divinidad. Pero, la imagen de Dios que nos da el hijo de María, envuelto en pañales, que ríe y llora, y que necesita de los cuidados de los demás, rompe todos los esquemas que la inteligencia humana se puede hacer de la divinidad. No es un Dios que con su autoridad quiere dominar al ser humano y privarle de su libertad. Es un Dios cercano que sabe comprender qué hay en el corazón humano, que quiere servir a cada persona para ayudarla a crecer y desarrollarse según lo mejor que hay en ella; un Dios que enseña a poner la propia vida al servicio de los demás para hacer de la humanidad una comunidad de hermanos. El Hijo de Dios se hace hombre para curar las heridas de cada ser humano, para perdonar sus faltas, para darle la vida después de la muerte. Se hace hombre para iluminar la historia humana y guiarla con sabiduría y con amor hacia su final de plenitud. Todo esto lo reconocíamos agradecidos cuando cantábamos: «hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (cf. respuesta al salmo responsorial).

Está, además, la tercera frase del evangelio que quisiera destacar, aunque sea muy brevemente: gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Es lo que brota en el corazón al contemplar el don que nos es hecho esta noche: glorificar y agradecer a Dios su amor inmenso a favor de la humanidad, y desear que la paz, de la que el nacimiento de Jesús es portador, penetre en el corazón de cada hombre y de cada mujer del mundo y lo abra al amor hacia Dios.

Vayamos espiritualmente a Belén como peregrinos admirados y agradecidos. Vayamos a Belén que es el altar de nuestra celebración. Encontraremos a Jesús, el Salvador, el Señor en el Pan y el Vino de la eucaristía. Vayamos con todo el bagaje que llevamos en el corazón; con lo que hay de bueno y con lo que nos agobia, con las alegrías y con las penas, solidarios del dolor de tanta gente. Adoremos humildemente a Cristo Señor que se manifiesta, también, bajo los signos humildes del pan y del vino, sacramento de su cuerpo nacido de Santa María. Él nos enseñará a pacificar nuestro corazón y ser artesanos de paz, a extinguir el odio y el mal que pueden anidar en nuestro interior, a abrir caminos de fraternidad y de amor. Nos hará sentir, a cada uno según sus circunstancias, perdonados y enviados a ser testigos de su amor. Nos toca trabajar -como dice el Papa Francisco en la encíclica «Fratelli tutti», porque «la música del Evangelio» no deje «de sonar en nuestra casa, en nuestras plazas, en los lugares de trabajo, en la política y en la economía «, porque es la manera de» luchar por la dignidad de todo hombre y toda mujer» (n. 277).

Abadia de MontserratMisa de la Vigilia de Navidad (24 de diciembre de 2020)

Domingo IV de Adviento (20 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (20 de diciembre de 2020)

2 Samuel 7:1-5.8b-11.16 / Romans 16:25-27 / Lluc 1:26-38

 

Seguro que habréis tenido esta experiencia: mirando fotografías de la infancia y de la juventud de personajes importantes, os admiráis de que aquellos niños o jóvenes llegasen allí donde llegaron. Por ejemplo, el Papa Juan XXIII, que siendo un humilde hijo de agricultores vemos en las fotografías de joven aquel anciano que causó un tsunami eclesial anunciando el Concilio Vaticano II. Pues bien, eso es lo que pretende la página que Lucas nos presenta: nos proyecta, en el momento del anuncio a María, lo que sería Jesús; es decir, sobrepone una fotografía del Jesús grande sobre la del niño Jesús. Y nos dice que sobre aquel niño reposaba ya la mano de Dios que le conduciría hasta dar la vida por todos los hombres. Esto no se podía haber supuesto a lo largo del recorrido de su vida hasta que no hubiera llegado el momento final. Pero ya estaba definido por Dios.

Pero esto es lo que nos cuenta el ángel Gabriel, embajador de Dios, enviado por Dios como uno de los seres que conocen los planes de Dios: María, aquella joven desconocida, de un pueblecito desconocido de entre los 200 pueblos de Galilea, Nazaret, -un nombre nunca mencionado en la Biblia- será madre por intervención del poder de Dios sobre ella, madre de un niño que no será fruto de unión matrimonial, sino engendrado por obra del Espíritu Santo, exclusivamente. Y cumplirá la profecía hecha a David: será el Mesías anhelado por todos los siglos y anunciado antes por los oráculos divinos. La realización del plan de Dios, sin embargo, no se impuso de golpe: se fue preparando lentamente a lo largo de los siglos y por fin ¡hace nacer a su Hijo, virginalmente, pero como un hombre cualquiera! No nace en ningún palacio real, ni en ninguna casa sacerdotal o rica, sino en el lugar más pobre y desconocido. María, jovencita, toda pura y humilde, no lo comprende paso -ya que esto no se comprende racionalmente-, pero lo acepta con fe obediente: «que se haga en mí según tu palabra». Y aquí comienza la redención. El cielo se une con la tierra. La voluntad divina se une a la voluntad humana. Y en la noche de ese día del nacimiento el cielo se llenó de luz y los ángeles anunciaron la venida del Redentor del mundo. Dios se abajó para hacerse hermano nuestro y elevarnos a hijos de Dios. ¿Lo comprendemos esto? No. Pero lo creemos por todo lo que Jesús dijo e hizo en su vida. Nos dijo que «el Padre y él son uno», que «el que cree en mí, aunque muera, vivirá», porque él ha venido a dar la vida abundantemente. Que resucitó y fue a prepararnos un lugar en el cielo.

Ante este derroche de amor, no sólo sobre María, sino sobre toda la humanidad, ¿cómo no podía ella entonar aquel himno de alabanza al Padre que tiene unos planes tan inexplicables, -como nos decía san Pablo-, y que nos ama sin límite: Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador? Ha mirado mi pequeñez y la de toda la humanidad. Porque su nombre es santo, y todo lo que se propone queda santificado. Desde aquel momento todo el mundo quedó iluminado por el don de Dios. Los ángeles lo anuncian y glorifican a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres que Dios ama».

Esto lo revivimos cada vez que celebramos los santos misterios. Porque cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía se hacen presentes todos los actos salvadores de la vida de Cristo. Nosotros no podemos celebrar más que un misterio cada vez, pero la presencia siempre es total. No venimos, pues, a «oír misa», como quien escucha un concierto, sino a participar y compartir el don inmenso que Dios ha hecho a los hombres: el don de su Hijo, que se ha hecho hermano y Salvador nuestro; y unidos a él nos ha hecho hijos de Dios de verdad. Demos gloria a Dios, con María.

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Adviento (20 de diciembre de 2020)

Domingo III de Adviento (13 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Manel Gasch, monje de Montserrat (13 de diciembre de 2020)

Isaías 61:1-2a.10-11 / 1 Tesalonicenses 5:16-24 / Juan 1:6-8.19-28

 

Nos podríamos preguntar queridos hermanos y hermanas qué sentido tiene que la Iglesia proponga tiempo intensos para preparar y vivir las grandes fiestas del año. Nosotros hacemos a menudo lo mismo en nuestra vida cotidiana: ¿o tal vez no hemos escuchado nunca esa pregunta retórica: tú qué harías si sólo te quedaran unos cuantos meses de vida? ¿O qué tres cosas te llevarías a una isla desierta? Con esta pregunta, en un contexto normalmente muy diferente del religioso, lo que pretendemos es concentrar el tiempo o el espacio, tener una percepción diferente, no tan extensa o infinita como la que tenemos habitualmente, y de esta manera, darle mucha más importancia a las cosas que pasan en este tiempo o en este espacio, porque lo creemos limitado.

Los tiempos litúrgicos fuertes que nos propone la Iglesia también pretenden intensificar el tiempo y eso pasa de una manera muy especial en el Adviento, con su importante contenido de reflexión histórica. El Adviento quiere que nos concentremos en el nacimiento de Jesús y en su regreso al final del tiempo. Un evento en la historia pasada y otro en la historia que está por venir y que tendríamos la tentación de pensar que nunca sucederá.

Y si el mundo nos pregunta a veces cuáles son las tres cosas importantes que haríamos si tuviéramos poco tiempo, yo me he atrevido preguntarme y preguntar a las lecturas de hoy qué tres palabras nos dicen que son importantes. Y me han salido tres, que empiezan todas por la letra jota.

La primera jota es la de Jesucristo. No hay más centro, no hay más fundamento, no hay más piedra angular que Él. Las lecturas de hoy nos dan tres perspectivas de Cristo: Ya sea recuperando la esperanza histórica de Israel en el nacimiento de su Mesías, como encontramos en el profeta Isaías; ya sea compartiendo la espera inminente de los dos grandes personajes del Adviento, Santa María y San Juan Bautista, cuya vida no tiene más sentido que la de reflejar la importancia del Mesías-Hijo de Dios que viene, o ya sea también a partir de la primera reflexión que San Juan y San Pablo nos transmitieron después de la vida, la muerte y la resurrección de Jesús de Nazaret, una vida y una muerte y una resurrección que son luz que ha venido al mundo y mensaje para impactar la vida de cada uno de nosotros, desde la primera generación cristiana hasta hoy. ¡Qué tipo de misterio, que palabras que tienen 2000 años! – Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros. No apaguéis el espíritu, no despreciéis las profecías. Examinadlo todo, quedaos con lo bueno. Guardaos de toda forma de mal. ¡Qué misterio, digo, que estas palabras sean tan actuales, tan aplicables a nuestra vida hoy mismo! Ni el contexto, ni el cambio de mentalidad, ni el estilo, que hacen que todo caduque a velocidades vertiginosas han podido descalificar ninguna de esas palabras que hemos escuchado en la 2ª lectura.

La segunda jota que acompaña siempre a la de Jesucristo es la de Justicia. La justicia bíblica que no es un equilibrio de valores, o una ecuación legal que se resuelve en una sentencia, sino que es la restauración en la tierra del orden querido por Dios. Las lecturas de hoy nos hablan de ella; la curación de los enfermos, la liberación de los cautivos, el cambio radical de pobres por ricos, y de poderosos por humildes del Magnificat, que hemos cantado como salmo responsorial. Los profetas acompañan siempre la venida del Mesías con la justicia del Reino. Y hoy el mensaje sigue tan o más válido que siempre, en un mundo y en una sociedad tan lejos aún del proyecto de Dios. Hay que destacar un matiz: cuantas veces los hombres y las

mujeres nos hemos puesto en el centro en la búsqueda de una justicia de este mundo, una búsqueda desarraigada de Dios, desarraigada de un fundamento, una búsqueda que poniendo sólo las ideas en el centro, ha acabado olvidando y despreciando a las personas concretas. Todos estos intentos han fracasado. La verdadera búsqueda cristiana de la justicia perdura después de 2000 años, capaz de luchar con la voluntad de no sacrificar a nadie en el camino.

La tercera jota que nos acompaña este domingo es la jota de alegría. La alegría del profeta Isaías cuando canta: Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios, la alegría de Santa María cuando canta: Proclama mi alma la grandeza del Señor. Alegría a pesar de todo. A pesar de la Covid19 que nos pone socialmente ante la Navidad más extraña que hayamos vivido la inmensa mayoría de nosotros, alegría a pesar de los muertos cercanos en tantas familias, alegría quizás imposible en algunas familias porque la situación no lo permitirá, pero vivida aunque sólo sea como un deseo para el futuro. Porque sí: la alegría de este domingo Gaudete, domingo de la alegría, es tan absolutamente actual este año porque no es alegría por algo que haya pasado sino por lo que esperamos que pase. Quizás nunca nos habían colocado colectivamente en una situación de esperanza tan grande en el futuro. Los monjes rogamos con todo el mundo a menudo para que pase la pandemia, se lo pedimos a Dios: compartimos desde nuestra fe el deseo gozoso y alegre de otro escenario y en esta espera nos encontramos con la celebración del nacimiento de Jesús, del Navidad, un año más, un año diferente. Y tenemos la ocasión perfecta de asociar todo el sufrimiento que hemos testimoniado y que vivimos, a la esperanza cumplida de Israel por el nacimiento del Mesías, y recordar con consuelo el testimonio del pueblo cristiano que ha sufrido y pasado tantas cosas en su larga historia confiando en el Señor y que siempre ha reencontrado la paz y la alegría.

Si pensáramos, en la mitad de este de Adviento, en aquella pregunta que os recordaba al principio: ¿qué haríamos si tuviéramos poco tiempo? Responder que vivir en la alegría, en la justicia y en la fe en Jesucristo, sería una respuesta muy alternativa y muy poco esperada, pero que nos daría más felicidad que todas las enajenaciones que en el fondo nos alejan de Dios y de las alegrías y esperanzas del mundo. Pidamos a Dios que nos ayude mientras celebramos el memorial que el mismo Jesucristo nos dejó.

 

Abadia de MontserratDomingo III de Adviento (13 de diciembre de 2020)

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (8 de diciembre 2020)

Génesis 3:9-15.20 / Romanos 15:4-9 / Lucas 1:26-38

 

La liturgia del tiempo de adviento, queridos hermanos y hermanas, nos presenta tres personajes principales. El profeta Isaías; en el libro bíblico que lleva su nombre se recogen los clamores de la humanidad antigua y se anuncia la futura venida salvadora del Mesías, el Emmanuel. El segundo personaje es Juan Bautista, el último de los profetas, que muestra cómo hay que preparar el camino al Señor que viene, anuncia la inminencia del Reino de Dios, y muestra a Jesús como Mesías prometido y deseado. El tercer personaje es Santa María, la Madre de Jesucristo, y por eso Virgen.

La solemnidad de hoy se centra plenamente en ella. El pueblo cristiano, al celebrar la concepción de María, agradece a Dios el don de esta mujer singular, agradece la plenitud de gracia de la que el Señor la adornó desde el principio. Y, también, la elogia por su fidelidad plena a Dios vivida ya desde pequeña, la proclama bienaventurada por la vocación que recibió de ser la Madre de Jesús, el Hijo de Dios, tal como hemos oído en el evangelio, y agradece, además, la misión de Santa María cerca de su Hijo y su función en la Iglesia.

En María y, a través de ella, en la Iglesia y en el mundo, el Señor ha hecho maravillas. Y por eso hoy cantamos a Dios un cántico nuevo (cf. Salmo responsorial: 97, 1). Y proclamamos María bienaventurada (Lc 1, 48). En Santa María todo es don de Dios, y todo don encuentra una correspondencia perfecta en ella. Siempre atenta al plan divino, y por eso siempre bien dispuesta a escuchar y acoger. Acoge primero la Palabra eterna de Dios en su corazón. Y luego, fiel a su vocación, acoge esta Palabra eterna en su seno.

Por ello, en la solemnidad de hoy damos gracias por las maravillas que Dios ha hecho en Santa María y por la generosidad de ella en servir a Dios y a los demás. Lo encontramos de una manera bien patente en la acción de gracias que la liturgia de hoy hace en el prefacio.

Comienza agradeciendo que Dios preservara a la Virgen María de toda mancha de pecado original desde su concepción y que la enriqueciera con la plenitud de la gracia. En palabras de la carta de San Pablo a los Efesios, que hemos escuchado en la segunda lectura, Dios la eligió y la bendijo con toda clase de dones espirituales de un modo eminente, para hacerla toda santa. Esta elección era a causa de Jesucristo. De este modo María cambiaba la situación de enemistad radical con Dios creada por la desobediencia de Adán y Eva que era portadora de muerte, tal como hemos escuchado en la primera lectura. En María se hace realidad la buena nueva que anunciaba esta lectura: vendrá un día -decía- en el que el descendiente de una mujer vencerá radicalmente el poder del mal. En medio del desastre y de la desolación más grande, Dios no abandona la humanidad. Al contrario, le promete la victoria salvadora de Jesucristo, el Hijo de María. Cantemos al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas en María y en la Iglesia, en cada bautizado y en el conjunto del pueblo cristiano. Siempre en bien de toda la humanidad.

Con la plenitud de gracia que le fue otorgada, Dios fue preparando a María para hacerla digna madre de Hijo divino. Digna humanamente para que contribuyera a forjar con toda su madurez la personalidad humana de este Hijo. Y digna espiritualmente, porque su corazón y su seno se convirtieran una nueva arca de la alianza, un templo santo para acoger la santidad divina del Hijo. Por ello, creciendo cada día más en la fe y en el amor, el corazón de María se convertía en un foco de adoración y de contemplación, lleno de agradecimiento por los prodigios que Dios obraba.

El prefacio, sin embargo, no se fija sólo en la persona individual de Santa María y en su vinculación con Jesucristo. Da gracias, también, por la relación íntima entre María y la Iglesia. De ello destaca sobre todo dos cosas. Por un lado, María prefigura la Iglesia. Es decir, la representa anticipadamente. Lo hace llevando Cristo al mundo, anunciándolo y sirviéndole amorosamente. Lo hace, también, en su santidad inmaculada y en su amor esponsal a Dios. Porque, tal como enseña, también, el apóstol, Jesucristo quiere purificar y santificar la Iglesia, que es su esposa, para que sea santa e inmaculada y por llevarla a su presencia sin manchas ni arrugas (Ef 5 , 25-28). Y, al hablar de la Iglesia, el apóstol se refiere al conjunto del pueblo cristiano. Y, por tanto, a la vocación de cada bautizado.

El prefacio, además, destaca que María es abogada de la gracia y ejemplo de santidad para el pueblo cristiano. Abogada de la gracia, en el sentido de que, asunta al cielo, intercede para que Dios otorgue sus dones a los discípulos de Jesucristo. Y ejemplo de santidad; es decir, de vida de fe y de amor entregada a Dios y a los hermanos. Por eso es el modelo de la Iglesia y es modelo de vida de todo cristiano.

Esta es la razón por la que la solemnidad de hoy no se puede quedar sólo en la admiración por los dones hechos a María Inmaculada. Nos debe implicar profundamente, porque también a nosotros Dios nos ha elegido en Cristo, como decía la segunda lectura. El gran proyecto del Padre del cielo sobre la humanidad en torno a Jesucristo, se inicia en María. Pero nos implica también a nosotros. Nosotros, a diferencia de ella, sí tenemos manchas y arrugas por el pecado. Y tenemos que trabajar para lavarlas y plancharlas, para sacarlas de nuestra vida con la ayuda de la gracia divina. Y si la tarea de vencer el mal que pueda haber en nuestro interior nos puede parecer difícil no nos desalentemos, porque también vale para nosotros aquello de para Dios nada hay imposible que escuchábamos en el evangelio. María, con su oración intercesora, nos ayuda a acoger la gracia que el Señor nos otorga. Y en el dolor, la incertidumbre y la precariedad de la pandemia que aqueja al mundo, ella nos es Madre de consuelo y de esperanza.

Ahora, en la eucaristía, recibiremos los favores del Señor, hechos de misericordia y de fuerza espiritual, para que nuestro interior se vaya transformando según el ejemplo de santidad que encontramos en Santa María, la Madre Dios. Cantemos, pues, al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho y hace maravillas

Abadia de MontserratSolemnidad de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre de 2020)

Domingo II de Adviento (6 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (6 de diciembre de 2020)

Isaías 40:11-5.9-11 / 2 Pedro 3:8-14 / Marcos 1:1-8

 

Seis siglos antes de la venida del Señor, el rey Nabucodonosor conquistó Jerusalén y deportó la población. Fue uno de los peores momentos de la historia de Israel, y los judíos exiliados a Babilonia lo vivieron como una situación trágica: los sacrificios del templo habían cesado, Jerusalén había sido destruida y ellos se sentían completamente abandonados por Dios. Estaban en un país lejano y habían perdido la esperanza ante un futuro incierto. Pero cuando parecía que habían caído en el pozo más profundo, el profeta Isaías les hizo el anuncio gozoso que escuchábamos en la primera lectura: el Señor no les había abandonado sino que perdonaba sus pecados, y cambiaría la historia. Al igual que el antiguo pueblo de Israel había vivido un éxodo y había sido liberado de Egipto, ellos también vivirían un evento de igual trascendencia que les permitiría el retorno a la tierra prometida. « que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, […], la cordillera se volverá una llanura, el terreno escabroso será un valle» era una forma de decir que, fueran cuales fueran las dificultades, el Señor se abriría paso para llevarles la salvación. Y así lo hizo. En otra época no carente de dificultades para el pueblo hebreo que vivía bajo la ocupación del Imperio Romano, el mismo Dios se hizo presente en la figura de Jesús. Del mismo modo que Dios había guiado al antiguo pueblo por el desierto, ahora, encarnándose se pondría al frente de la humanidad para guiarla en su peregrinación desde este mundo hacia la Jerusalén celestial.

Desde aquellos tiempos lejanos en que el antiguo pueblo de Israel recibió las promesas hasta ahora, no ha habido ninguna época que no se haya carecido de dificultades. Y en medio de estas dificultades, el Adviento reaparece cíclicamente cada año para volver a llenarnos de esperanza. Cuanto más evidente se hace a nuestros ojos la imposibilidad de salir de la situación con nuestros propios recursos, más intenso se hace el deseo de la salvación de Dios. Y por eso el mensaje del Adviento siempre nos es motivo de alegría, porque recordamos de nuevo que Dios nos ha prometido que el destino final de nuestro camino es «un cielo y una tierra nueva, en el que habite la justicia», según las palabras de la segunda lectura. Es el destino donde confluyen todos nuestros caminos personales, y hacia el cual ya estamos caminando. Y es el destino que se nos anticipa cada vez que celebramos la Eucaristía, el memorial del Señor, que es prenda de aquel convite eterno al que todos estamos invitados. Allí veremos a Dios cara a cara, mientras que ahora sólo lo podemos hacer a través del velo de la fe.

Pero si todo lo que vemos «se desintegrará», si pase lo que pase Dios nos tiene preparado un destino inmejorable, si el Adviento nos recuerda que el Señor vendrá a nuestras vidas un día u otro y este mismo Señor «no quiere que nadie se pierda »… ¿Cómo hemos de vivir? ¿Es necesario que nos sigamos esforzando? La respuesta es afirmativa: Sí. El profeta nos pedía que abriéramos en el desierto el camino del Señor, y Juan Bautista lo cumplió. Pero a diferencia de ellos, todos los cristianos que hemos venido detrás ya hemos sido bautizados con el Espíritu Santo, y todos hemos recibido la misma misión: debemos abrir caminos al Señor, debemos contribuir a hacer llegar a todos la buena nueva del evangelio. El Señor vino en la carne, volverá al final de los tiempos, y se hace presente en nuestras vidas cada vez que recibimos su palabra o que lo recibimos sacramentalmente como haremos. Pero también cada vez que, haciendo un pequeño gesto, cumpliendo nuestras responsabilidades lo mejor que sepamos, lo hacemos presente en la vida de los demás. Y hacer presente al Señor a través de nuestras obras… ¿no os parece una manera apasionante de hacer el camino de la vida?

Abadia de MontserratDomingo II de Adviento (6 de diciembre de 2020)

Domingo I de Adviento (29 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Ignasi M Fossas, Prior de Montserrat (29 de noviembre de 2020)

Isaías 63:16b-17.19b; 64:2b-7 / 1 Corintios 1:3-9 / Marcos 13:33-37

 

Las lecturas de este primer domingo de Adviento del ciclo B nos sitúan muy bien en la triple perspectiva de la vida cristiana. Hay como tres realidades capitales en la historia de la salvación, que se repiten también en la vida de cada uno de los creyentes y que desearíamos ver reproducidas en la existencia de muchos de nuestros contemporáneos que se sienten, más o menos conscientemente, lejos de Jesucristo .

He hablado de una triple perspectiva para referirme a tres realidades que señalan el camino de la Iglesia y, como decía, de cada uno de los discípulos de Cristo. La primera se puede resumir en la pregunta del profeta Isaías: ¿Por qué nos extravías, Señor, de tus caminos, y endureces nuestro corazón para que no te tema? No nos de miedo, hermanas y hermanos, reconocer nuestra dificultad para creer y aceptar que, incluso eso que nos puede parecer tan extraño, también forma parte del plan de Dios para salvarnos. Y es que creer lo que profesaremos a continuación, después de esta homilía, es decir que existe un Dios personal que lo ha creado todo, que quiere el bien de sus criaturas, que ama la vida, que es el Amor con mayúscula, que nos ha amado tanto que nos ha dado a su Hijo hecho hombre para salvarnos del pecado y de la muerte, que nos ha dado su Espíritu para que seamos un solo cuerpo y una sola alma y que renueva en nosotros su Espíritu Santo, siempre que se lo pedimos, creer todo esto no es fácil, ni es espontáneo, ni es cómodo. Incluso, más de una vez parece que los acontecimientos cotidianos quieran desmentir tercamente nuestra pobre fe. El misterio del mal y de la muerte, que es tan habitual por desgracia en buena parte de la humanidad y que nos ha aparecido como una novedad inesperada en nuestras sociedades occidentales con la Covidien-19, este misterio de tantas y tantas personas inocentes que sufren y que mueren, así como también el misterio de nuestra propia muerte ineludible, todo ello no nos resulta fácil de afrontarlo desde la fe. Si añadimos un entorno social y comunicativo contrario o que, sencillamente, ignora esta dimensión del ser humano, tendremos un cuadro bastante completo de la situación. Y para acabarlo de complicar, el profeta atribuye a Dios por lo menos una parte de nuestra falta de fe: Señor, ¿Por qué nos extravías, Señor, de tus caminos, y endureces nuestro corazón para que no te tema? Es que Dios, hermanas y hermanos, no nos quiere hacer creer en Él por fuerza, sino que espera que nuestra fe sea el resultado de un acto libre, movido por el amor a Jesucristo Salvador nuestro.

La segunda perspectiva ya la anunciaba, también, el profeta Isaías y la encontramos explicitada en el fragmento de la primera carta de San Pablo a los Corintios. Decía el profeta: tu nombre de siempre es «nuestro Liberador […] Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano. Dios no rechaza su obra, porque la ama y porque nos ha creado a imagen y semejanza de su Hijo. En Jesucristo encontramos la razón, el fundamento y la fuerza de nuestra fe en Dios. Él es nuestra esperanza. Por eso san Pablo comienza la primera carta a los Corintios bendiciendo Dios pensando en la gracia de Dios que se os ha dado en Cristo Jesús. Y eso que Pablo decía a los cristianos de Corinto también nos lo dice a nosotros: bendito sea Dios porque nos ha enriquecido en Cristo en toda palabra y en toda ciencia. Pablo saluda a sus destinatarios deseándoles la gracia y la paz de Dios. Estos dos términos sintetizan lo mejor de la cultura griega y de la sabiduría judía, que han dado forma a nuestra fe y han modelado en buena parte, aunque no exclusivamente, nuestra cultura. La gracia, la Xaris griega, es el favor de Dios, su benevolencia, el don de sí mismo que Dios ha depositado en nosotros, es también la fuerza de su Espíritu. La paz, shalom judío, ya se adivina que no es sólo la ausencia de guerras o de conflictos, que ya sería mucho, claro, sino que expresa aquella manera de vivir en la que se lleva a cabo nuestra relación con Dios y con nuestro prójimo. La paz es también el fruto de la sabiduría que viene de Dios y que nos permite ver y comprender la realidad tal como es a los ojos de su Creador, que es al mismo tiempo el Salvador. Fiel es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor..

La tercera perspectiva también la anunciaban el profeta Isaías y San Pablo y es más explícita en el Evangelio. Isaías gritaba: ¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses! En tu presencia se estremecerían las montañas. Y San Pablo recordaba con toda la fuerza a los Corintios que no carecéis de ningún don gratuito, mientras aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Pero en el evangelio es Jesús mismo quien nos desvela con su palabra: Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento […] no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa […] no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.. Es decir, la salvación que Jesucristo vino a traer y a anunciar con su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo, ya empieza a estar presente y efectiva mientras vivimos en este mundo, pero nos damos cuenta que no es perfecta, que no está completa del todo. El Reino de Dios que Jesús anunciaba como un Reino cercano, aún no ha llegado a su plenitud. Cuando llegue todo será nuevo, todo será claro y diáfano, entonces triunfarán definitivamente el amor y la vida sobre el pecado, el mal y la muerte.

Jesús exhortaba a sus contemporáneos a velar para que el fin del mundo no los encontrara dormidos, pero también para que fueran capaces de captar y de vivir aquellos momentos en los que el Reino ya se hace presente en la vida de las personas y de las comunidades. Y eso que les decía a ellos, lo dice a todo el mundo, nos lo dice también a nosotros. Se trata de velar, hermanas y hermanos, para darnos cuenta de que la victoria de Cristo sobre el mal y la muerte ya se empieza a manifestar ahora, en nuestra historia que es un tejido de pecado y de gracia, de luz y de tinieblas. Jesucristo resucitado, nuestra gran esperanza, sigue presente entre nosotros y nos empuja a desear con todo nuestro ser su manifestación definitiva. Por eso le podemos dirigir con gozo la aclamación del salmo responsorial: Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve. Amén.

Abadia de MontserratDomingo I de Adviento (29 de noviembre de 2020)

Domingo XXXIV, Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey de todo el universo (22 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Joan M. Mayol, Rector del Santuario de Montserrat (22 de noviembre de 2020)

Ezequiel 34:11-12.15-17 / 1 Corintios 15:20-26.28 / Mateo 25:31-46

 

Las lecturas de la eucaristía de esta solemnidad de Cristo Rey, nos hablan de Jesús, como Pastor solícito, Rey misericordioso y Juez justo. Jesús es el Gran Pastor del Pueblo de Dios porque ha dado la vida por sus ovejas, es verdaderamente Rey universal porque ha sido el único hombre que ha realizado incomparablemente mejor el oficio de ser persona. Dios ya había hecho al hombre “rey de lo que había creado» pero la historia nos dice que este ha hecho de sí mismo un tirano y se ha comportado con la naturaleza de idéntica manera.

La imagen que hoy sobresale más en esta escena del juicio final, sin embargo, es la de Jesús como Juez justo. El Padre ha dado a él el juicio porque él, abrazando la condición humana, ha vivido todos sus límites, ha sufrido sus tentaciones, pero no ha caído en ningún momento en la maldad del pecado porque ha confiado siempre en Dios y se ha mantenido humilde y respetuoso ante él. Jesucristo ha demostrado al género humano que ser persona, de acuerdo con el plan amoroso de Dios, es posible, no es fácil pero tampoco difícil, todo es ponerse; y en su providencia, conociendo nuestra debilidad, nos ha dejado como remedio a este mal radical del egoísmo que nos domina, el don de la misericordia. ¿Por qué la misericordia y no otro don? Porque la misericordia nos hace humildes, más personas. Ejerciendo la misericordia tenemos una oportunidad muy personal de experimentar, de alguna manera, el amor viviente que es Dios mismo. Y este amor es lo que puede ir transformando nuestro ego pagado de sí mismo en un yo liberado y liberador, en un yo en comunión fraterna con todos los demás.

La misericordia nos lleva a compartir más que a acumular, a cuidar más que a devorar, con lo cual la naturaleza sale beneficiada y por ende nosotros mismos. La misericordia nos empuja más a ser creativos que ser violentos.

Hablar de misericordia no es hablar de conmiseración paternalista, sino de empatía y de autenticidad humana, de gozo por el valor útil y eficaz de la propia existencia. La capacidad de ser misericordiosos es el gran don que la Providencia ha puesto en nuestras entrañas. Ser misericordiosos, empático, comprometido con el bien, es lo que nos hace benditos de Dios, la falta de todo esto o su contrario es lo que arruina la propia vida y la convivencia que se deriva. Misericordia no es ir con lirio en la mano, es más bien tener el coraje de renunciar a toda violencia para estrechar con fuerza las manos solidariamente tanto con los de cerca como con los de lejos, y ponerse juntos a abrir camino.

Las palabras de Jesús nos invitan a estar atentos a nuestras decisiones para no acabar condenando nuestra vida y nuestra historia, ya ahora, a un suplicio eterno debido al egoísmo o al amor inactivo. Los condenados que están a la izquierda y los salvados que están a la derecha del Señor, no están ahí por haber ignorado o conocido Jesús y su Evangelio, no se cuestiona aquí su religiosidad, la cuestión esencial que se debate es el ejercicio o no ejercicio de la misericordia con los que les son iguales en humanidad.

La argumentación de Jesús sopla sobre el incienso de piedad que podría ocultar los problemas que nos afectan a todos y que está en nuestras manos resolverlos: el hambre, la falta de agua, la miseria, la inmigración, problemas todos ellos que mal resueltos o resueltos sólo para unos pocos acaban generando para todos violencia, lágrimas y resentimientos.

Jesús no nos pide un imposible, él mismo no hizo más que lo que estaba a su alcance natural; pero no quiere que, por desidia o por miedo, acabemos mirando a otro lado cuando el Cristo necesitado lo tenemos en frente; su evangelio nos hace mirar con la empatía de Dios la realidad humana que tenemos a nuestro alcance para así, contribuir, entre todos, eficazmente, en el todo inalcanzable del mundo. Joan Maragall, poeta de alma rebelde y de espíritu inquieto, en su «Elogio del vivir», expresa esta responsabilidad evangélica que todos y todas tenemos, con una belleza sobria y así de acertadamente.

Ama tu oficio,

tu vocación,

tu estrella,

aquello para lo que sirves,

aquello en que realmente,

eres uno entre los hombres,

esfuérzate en tu quehacer

como si de cada detalle que piensas,

de cada palabra que dices,

de cada pieza que colocas,

de cada martillazo que das,

dependiese la salvación de la humanidad.

Porque depende, créeme.

Si olvidándote de ti mismo

haces todo lo que puedes en tu trabajo,

haces más que el emperador

que rige automáticamente sus estados;

haces más que el que inventa teorías universales

sólo para satisfacer su vanidad,

haces más que el político,

que el agitador, que el que gobierna.

Puedes desdeñar todo esto

y el arreglo del mundo.

El mundo se arreglaría bien el solo,

sólo con que cada uno

cumpliera su deber con amor, en su casa.

 

 

Abadia de MontserratDomingo XXXIV, Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey de todo el universo (22 de noviembre de 2020)

Domingo de la XXXIII semana de durante el año (15 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (15 de noviembre de 2020)

Proverbios 31:10-13.19-20.30-31 / 1 Tesalonicenses 5:1-6 / Mateo 25:14-30

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

Estamos llegando al final del año litúrgico y las lecturas de estos días nos ponen en la tesitura de una tensión escatológica que nos reenvía ya hacia el Adviento que se está acercando. En este sentido, podemos citar lo que nos decía la primera carta a los tesalonicenses: «Cuando estén diciendo: «paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar».

Pero esta tensión escatológica también tiene su eco en la historia. También nosotros, hace unos meses, pensábamos que todo estaba en paz y bien asegurado, mientras que de repente y sin que se escape nadie nos está azotando una pandemia que ha paralizado el mundo. Como uno de los administradores de que nos habla el Evangelio, también nosotros tenemos miedo.

Tenemos miedo de enfermar gravemente, de morir dejando a medias nuestros proyectos. Además, la crisis sanitaria ha venido también acompañada de una grave crisis económica: empresas y tiendas cerradas que luchan para sobrevivir hasta que lleguen tiempos mejores. Trabajadores sin trabajo. Millones de personas confinadas, algunas de las cuales sufriendo en silencio dentro de los hogares la violencia de género y los abusos. El número de los suicidios ha aumentado.

La crisis nos ha cogido bien preparados a nivel técnico y científico: el desarrollo de la vacuna que en circunstancias normales se hubiera hecho en años, lo podremos hacer en unos meses. Pero, sin embargo, no estábamos demasiado bien equipados moralmente para afrontar unos hechos tan graves como los que nos ha tocado vivir. Ya las últimas crisis económicas y sociales que habíamos vivido nos habían avisado de este hecho.

Como cristianos no podemos interpretar todos estos eventos desde puntos de vista demasiado simples o parciales. Es lógico que nos preguntemos también: ¿Dónde está Dios? ¿Por qué ha permitido todo esto? ¿Es que ha sido un castigo divino? Tenemos todo el derecho de hacernos estas preguntas. Pero también debemos saber que Dios no es como aquel dueño del evangelio que se marchó del país y dejó solos a sus trabajadores. Dios está siempre presente entre nosotros y nunca nos abandona.

Es más, si volvemos a las lecturas de hoy y a las de estas últimas semanas del tiempo litúrgico, vemos que Dios nos propone vivir según aquellas virtudes que nos permiten superar los obstáculos de la vida con los ojos siempre puestos en el Señor. Podríamos destacar tres, de estas virtudes: la esperanza, la perseverancia y la solidaridad.

La esperanza es la virtud esencial del cristiano. Confiamos en Dios y en su amor hacia nosotros. Sabemos que nuestra peregrinación, por más dura que sea, tiene un término feliz. La última palabra no la tienen nunca el mal o la muerte, sino la felicidad y la vida. Dios siempre nos da una segunda oportunidad. La esperanza nos dice que el momento más oscuro de la noche es justo antes del amanecer.

La perseverancia nos lleva a no desfallecer, a resistir. No se trata de un mero estoicismo sino que la perseverancia es fruto de nuestra esperanza. En un mundo donde la inmediatez es tan importante nos olvidamos a veces que hay que perseverar

pacientemente para salir vencedores. No es tampoco una perseverancia pasiva, de esperar simplemente que vengan tiempos mejores. Es necesario que vaya acompañada también de la acción prudente pero decidida.

La solidaridad nos la pone de manifiesto el evangelio que hemos leído hoy: todos nosotros tenemos que administrar los dones y los bienes que hemos recibido y ponerlos al servicio de los demás. Nadie se salva solo: nos necesitamos unos a otros. Lo hemos visto especialmente estos días con tantos trabajadores y voluntarios: médicos, sanitarios, policías, Cáritas, Cruz Roja y un largo etcétera.

Precisamente hoy, conmemoramos la jornada mundial de los pobres, instituida por Francisco. Sólo a través de la solidaridad conseguiremos hacer un mundo más feliz y más justo. Los pobres ya no sólo son «los otros» también nosotros lo somos. Nuestras debilidades y nuestras necesidades se han puesto de manifiesto ahora más que nunca.

Hermanos y hermanas, sepamos administrar bien en este mundo los dones que Dios nos ha dado para que podamos llegar un día a su presencia y oír su voz que nos dice: «¡Bien, siervo bueno y fiel! Entra en el gozo de tu Señor».

 

 

Abadia de MontserratDomingo de la XXXIII semana de durante el año (15 de noviembre de 2020)

Domingo de la XXXII semana de durante el año (8 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (8 de noviembre de 2020)

Sabiduría 6:12-16 / 1 Tesalonicenses 4:13-18 / Mateo 25:1-13

 

Queridos hermanos y hermanas aquí presentes y los que no seguís de lejos,

Acabamos de oír la conocida parábola de las diez vírgenes o muchachas invitadas a una fiesta de bodas, símbolo del reino del cielo, de la vida eterna. Una parábola de las que invitan a la vigilancia, a estar siempre preparados. Una recomendación insistente en estos últimos domingos del año litúrgico y que también caracterizará el inicio del tiempo de Adviento. “Estad preparados, porque no sabéis ni el día ni la hora”. Debemos, pues, estar atentos, porque la situación presente de epidemia a escala mundial nos suscita muchas preguntas. Y también conviene que, cuando reflexionamos a la luz de nuestra fe, la imagen que tenemos de Dios debe estar en acuerdo con el designio con el cual ha creado el mundo y ha puesto en el centro al ser humano.

También el evangelio de hoy, como todas las parábolas de Jesús, nos da a conocer el designio de Dios pero al mismo tiempo nos lo oculta, a fin de que sepamos captar el toque de atención que Jesús nos hace. Los detalles suplementarios de lógica humana en este caso no tienen importancia. Por ejemplo, que las cinco chicas prudentes no sean solidarias hacia las demás, o bien cuál establecimiento está abierto a medianoche para comprar aceite, este producto mediterráneo tan antioxidante para la salud y tan abrasador para atizar antorchas.

“¿Qué representa este «aceite», indispensable para ser admitidos al banquete nupcial? San Agustín (cf. Discursos 93, 4) y otros autores antiguos leen en él un símbolo del amor, que no se puede comprar, sino que se recibe como don,

se conserva en lo más íntimo y se practica en las obras. Aprovechar la vida mortal para realizar obras de misericordia es verdadera sabiduría, porque, después de la muerte, eso ya no será posible” (Benedicto XVI, 6.11.11).

Por eso la lectura primera invitaba a levantarse pronto para salir a buscar tal sabiduría. De hecho, el evangelio de la próxima fiesta de Cristo Rey, describiendo el Juicio final, será algo más que una simple invitación a estar atentos. Será una interpelación sobre si hemos sido prudentes, llenos de la sabiduría que la catequesis cristiana ha sistematizado en las llamadas obras de misericordia: “Estuve hambriento y no me disteis de comer, sediento y no me disteis de beber, era forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y encarcelado y no me visitasteis”.

¡Aceite de calidad para las lámparas! Amor, pues, que no se puede comprar, sino que se recibe como don, se conserva en lo más íntimo y se practica en las obras. “Y este amor es don de Cristo, derramado en nosotros por el Espíritu Santo. Quien cree en Dios-Amor lleva en sí una esperanza invencible, como una lámpara para atravesar la noche más allá de la muerte, y llegar a la gran fiesta de la vida” (Benedicto XVI, ib.).

Que podamos acoger siempre tal don, con el realismo que la hora presente nos ofrece, pero también sabiendo sostener alta la lámpara de la fe.

Abadia de MontserratDomingo de la XXXII semana de durante el año (8 de noviembre de 2020)

Conmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (2 de noviembre 2020)

Isaías 25:6-9 / 1 Tesalonicenses 4:13-18 / Marcos 15:33-39; 16:1-6

 

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Este versículo del salmo 21 que Jesús gritó con toda la fuerza en la cruz expresa de una manera profunda el desgarro radical del ser humano ante la muerte. Sintetiza, hermanos y hermanas, la experiencia humana de Jesús en el momento de la máxima derrota. Vive su adhesión al Padre, porque el grito es una invocación, pero no siente la proximidad -él, el mayor de los místicos- ni ve la salvación. La oscuridad que, según el evangelista, envolvía la tierra a pesar de ser a primera hora de la tarde, era aún más oscura en la intimidad de Jesús. La muerte le llega inexorablemente. Y la naturaleza humana se horroriza. Jesús, dando un fuerte grito, expiró. Después, viene el descendimiento de la cruz, la mortaja, y la gran piedra que cierra la entrada del sepulcro. Para siempre, según los ojos de la mayoría de quienes lo contemplaron.

El porqué de Jesús en la cruz sintetiza todos los porqués humanos ante la muerte. Ante la propia muerte. Ante la muerte de los seres queridos. Ante las víctimas mortales de la enfermedad, del hambre, de los accidentes, de la violencia y de la guerra. Ante el hecho mismo de la muerte insoslayable. El porqué de Jesús en la cruz sintetiza tantos porqués que se han pronunciado -y se pronuncian todavía- en las UCI, en las residencias de ancianos, en las familias,… ante la muerte de personas, estimadas o desconocidas, a lo largo de la pandemia que nos acosa. Puede que alguien estoicamente puede decir que ve la muerte como un proceso biológico natural, que hay que ser realistas y aceptarla elegantemente; que es, como dice el poeta, un «aspiración gradual del humano desencanto» (J. Carner, Nabi, 8). Pero el deseo infinito de plenitud, de vida y de felicidad que hay en el corazón humano topa con la finitud de la muerte, y en la razón del que piensa surge una y otra vez la pregunta: ¿por qué?

La liturgia de hoy, con su tono contenido, grave, quiere ayudarnos vivir todo el drama humano que supone la muerte. Y a vivirlo con esperanza. Con su muerte, Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, se hace solidario de la muerte de todos. Pero ésta no es la única palabra que, en la liturgia de hoy, el Dios de la vida nos ofrece sobre la muerte.

Aquel día, el Señor del universo preparará para todos los pueblos un convite. El profeta Isaías nos hablaba, en la primera lectura, de los últimos tiempos. Utilizaba la imagen de un convite para referirse al bienestar, a la felicidad, a la alegría, a la plenitud, a la comunión con Dios y los unos con los otros. Esto será -dice- en el monte del Señor. Es decir, en la vida futura, en la vida eterna, de la que la muerte es la puerta. Entonces, decía el profeta, las lágrimas de todos los hombres se secaran, desaparecerá el velo de luto que cubre todos los pueblos, el paño que tapa las naciones y la Muerte será tragada para siempre.

La Muerte será tragada para siempre. Viendo la muerte que cada día hace estragos, cabe preguntarse si no es una visión ilusoria, sin ningún contacto con la realidad, la del profeta.¿ Es un consuelo fácil para adormecernos intelectualmente y no experimentar el drama de la muerte? Lo podría ser si aquella gran piedra hubiera dejado cerrada la puerta del sepulcro de Jesús. Pero, tal como hemos oído en la segunda lectura, Jesús murió y resucitó. Con él se empezó a hacer realidad la palabra del profeta: la Muerte ha sido vencida y, por tanto, es sólo un paso -aunque sea doloroso- y no una realidad definitiva.

Por eso, en este día en que pensamos en nuestros difuntos, acojamos el mensaje de esperanza y de consuelo que nos viene de la Palabra de Dios. Los que nos han dejado confiando en Cristo o, quizás sin haberlo conocido tal como es, pero que buscaron hacer el bien según su conciencia, viven con él. Por eso, la liturgia de hoy, a pesar de su tono grave, tiene también un tono de esperanza; domina la Pascua del Señor. Hagamos nuestras, pues, las palabras del Apóstol, que hemos escuchado: no quisiéramos que os entristezcáis, como lo hacen los que no tienen esperanza: Dios se ha llevado con Jesús los que han muerto en él. Y en cuanto a nosotros, si hemos procurado vivir según la Palabra de Jesús, en el momento de nuestra muerte, también nos será dado encontrarnos con el Señor y vivir cerca de él en la plenitud de la felicidad, en el convite del Reino. Consolémonos, pues, unos a otros con esta realidad admirable, mientras hacemos memoria de nuestros padres, madres, hermanos, familiares y amigos difuntos; mientras nuestra comunidad recuerda de una manera particular los PP. Just M. Llorenç e Hilari Raguer fallecidos durante este año.

En esta vida, se entrelazan el porqué que nos cuestiona y la fe en el convite inaugurado por la resurrección de Jesucristo. Para ayudarnos a vivir con esperanza en la vida futura y para nutrirnos espiritualmente, el Señor, como cantábamos en el salmo, ahora pone la mesa ante nosotros y nos guía por el sendero justo por el amor de su nombre. Así su bondad y su amor nos acompañan toda la vida hasta el momento de ser llamados a vivir por siempre en la casa del Señor, en la vida sin fin.

 

Abadia de MontserratConmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2020)

Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (1 de noviembre 2020)

Apocalipsi 7:2-4.9-14 / 1 Joan 3:1-3 / Mateu 5:1-12a

 

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy con alegría la solemnidad de todos los santos. Los alabamos, los invocamos, los contemplamos con la esperanza de poder ser un día como ellos. Pero sobre todo celebramos, alabamos y contemplamos la obra que Jesucristo ha hecho en cada uno de ellos, hombres y mujeres de todo el mundo de todas las edades y condiciones que vivieron con sinceridad de corazón y a los que el Espíritu Santo transformó para insertarlos plenamente el misterio pascual de Jesucristo. Son hermanos y hermanas nuestros en los que la gracia de Dios ha hecho maravillas. Por eso hoy veneramos con alegría su memoria gloriosa y alabamos, unidos a ellos, la Trinidad Santa que ha llevado a cabo plenamente en ellos su obra y los ha llevado a participar de la gloria pascual del Señor.

En la segunda lectura, tomada de la primera carta de san Juan, se nos hablaba precisamente de esta obra de Dios en los creyentes. El Padre nos ama y nos reconoce como hijos, decía. Y por eso, por medio del Espíritu Santo, nos quiere ir transformando en la imagen de su Hijo Jesucristo. La lectura marcaba dos etapas en este camino. La etapa inicial de la filiación divina que se inaugura en el bautismo y se vive por la fe y por el amor y que dura mientras estamos en este mundo; es, por tanto, la etapa que nosotros tenemos que vivir ahora. La otra etapa de la que hablaba la lectura es de plenitud, de realización plena de la filiación divina que se da en la vida futura, una vez traspasado el umbral de la muerte. Ahora ya somos hijos de Dios, afirmaba el texto; esto quiere decir que somos profundamente amados por él, el Padre que tiene entrañas de misericordia, que nos conoce y nos reconoce individualmente, con todo el bagaje de nuestra historia. Y para vivir esta filiación tenemos como hoja de ruta las bienaventuranzas: la humildad, la compasión, la sencillez, el amor generoso como núcleo de nuestra existencia, el anhelo de tener un corazón limpio y de la justicia, la paciencia ante las incomprensiones y la persecución. Ahora ya somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. […] seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.. Verle y parecerse a Dios. Esta es la segunda y definitiva etapa, de la que ya disfrutan la gran multitud de los santos que hoy celebramos. Esta segunda etapa se caracteriza por la identificación con Jesucristo que hace participar eternamente de su pascua, por la contemplación de la gloria de Dios y por una hermandad gozosa y sin merma toda empapada del Espíritu Santo.

Contemplando hoy «el encuentro festivo de los santos, hermanos nuestros» (cf. Prefacio) que ya viven en la plenitud, nos sentimos llamados a vivir intensamente la primera etapa del camino de la filiación divina. Ahora ya somos hijos de Dios, decía la segunda lectura. Esto significa que Dios Padre nos ama, nos conoce y nos da la vida a través de la Palabra divina y de los sacramentos. Pero también que nosotros tenemos que acoger con agradecimiento esta filiación y vivirla de una manera coherente. Por eso debemos estar ante Dios con la confianza de hijos y a la vez con la conciencia de nuestra pobreza personal, maravillados por tanta condescendencia para con nosotros que somos tan pequeños y tan pobres. Vivir la filiación divina significa procurar seguir el ejemplo de Jesucristo reflejado en las bienaventuranzas y hecho de un corazón sencillo y de un amor incondicional a todos. La vivencia actual de la filiación nos debe llevar, como enseña la primera carta de san Juan, a purificar cada día nuestro corazón y nuestro comportamiento para hacerlos semejantes a Jesucristo, caminando a la luz de su palabra y practicando su mandamiento del amor (cf. 1Jn 1, 5-2, 11). En las dificultades que podamos encontrar, nos ayuda pensar en la segunda etapa de la que ya disfrutan los santos sabiéndose como decía Juan- que participaremos de esa etapa si no nos desviamos del camino del Evangelio. El apóstol, con sus palabras quiere que tengamos la certeza de que los creyentes en Cristo ya poseemos la vida eterna, de una manera inicial ahora y de una manera plena más adelante.

Este año celebramos la solemnidad de Todos los Santos con la preocupación por la pandemia que sigue activa con los contagios, las limitaciones de movimientos y las repercusiones económicas que afectan a tanta gente, también familiares y conocidos nuestros incluso a nosotros mismos, la crisis social que comienza a manifestarse. Pensar que somos hijos de Dios nos conforta y nos hace confiar en el amor del Padre, manifestado máxime en la cruz de su Hijo Jesucristo. Sabemos que nos pase lo que nos pase, todo entra en el plan de salvación que Dios tiene para cada uno de nosotros. La lógica humana tiene dificultades para entenderlo. Pero a la luz de la cruz y de la pascua de Jesucristo encontramos unas perspectivas nuevas. Dios nos llama a confiar en él, en su amor por cada persona. Nos sigue repitiendo la palabra de Jesús: no tengáis miedo, la mar encrespada y la oscuridad en el horizonte pasarán (cf. Jn 6, 18-20). Por otro lado, constatar la fragilidad que supone la realidad humana y la condición mortal que es inherente nos estimula a poner nuestra confianza en la etapa definitiva de plenitud de la que ya disfrutan los santos, porque todavía no se ha manifestado como seremos. […] Seremos semejantes a él porque lo veremos tal como es. La esperanza cristiana en la vida futura no es una evasión de la realidad presente, sino un estímulo para continuar trabajando a favor de los demás, según nuestras posibilidades.

La celebración de la eucaristía nos hace profundizar nuestra condición de hijos de Dios unidos a Jesucristo por el Espíritu Santo. Nos la hace profundizar y nos la hace agradecer, conscientes de que somos hijos junto con una multitud incontable de otros hijos, hermanos y hermanas nuestros que peregrinan en este mundo y al que debemos amar. Y al mismo tiempo la celebración de la eucaristía nos anticipa la comunión con la Iglesia de los santos que viven para siempre en Dios. Nos hermana la misma filiación divina, la participación en la gracia de Dios, y que, en el don eucarístico, recibamos la prenda de la gloria futura.

Los santos y las santas que hoy celebramos nos esperan y nos ayudan con su oración. Santa María, la Virgen, es la primera de todos ellos; también nos espera porque después de esta vida mortal quiere mostrarnos a Jesús, el fruto bendito de su vientre (cf. Salve Regina), para que podamos disfrutar de verlo tal como es y participar para siempre de la alegría y la comunión fraterna de su Reino.

Abadia de MontserratSolemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2020)

Domingo de la XXX semana de durante el año (25 de octubre de 2020)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (25 d’octubre de 2020)

Éxodo 22:20-26 / 1 Tesalonicenses 1:5c-10 / Mateo 22:34-40

 

Cualquiera de nosotros habría podido hacerse la pregunta que hemos oído en el Evangelio: «¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?». Quizás nosotros la habríamos formulado de otra manera, y habríamos preguntado, por ejemplo, de qué manera podemos llegar a vivir con plenitud como personas, en relación con Dios y con todos.

En su respuesta, Jesús mismo no da ningún precepto, sino que va directo a la raíz de la cuestión, y lo resume así: lo más importante de todo es amar: amar a Dios con todo el corazón y amar a los demás como nosotros mismos. Nos dice, pues, que la plenitud la conseguimos por una única corriente de relación y de amor. Así pues, nuestra vida de cristianos consiste en mantener bien unidos estos dos ejes: el amor a Dios, agradeciéndole el hecho de que podamos relacionarnos con Él, descubriendo cómo nos ama. Y en segundo lugar, la capacidad de compartir este buen trato con los demás y con todo el mundo. Debido a que nos ama, Jesús nos urge a actuar de una manera lo más humana y generosa posible.

Por experiencia sabemos que la mayoría de la gente busca la paz interior y la armonía con ellos mismos, con los demás y con el universo. Por eso tratamos de encontrar aquella sabiduría que nos ayuda a vivir felizmente. El hecho de ser cristianos nos ayuda mucho en esta investigación. Nos ayuda a tratar de ver y vivir el mundo en positivo a lo largo de la vida. Es cierto que, a veces, debemos asumir responsabilidades difíciles, pero si amamos de corazón y no cerramos la puerta a las personas con las que compartimos la vida, nos abrimos el camino hacia una paz interior, y una alegría más honda.

Si somos cristianos, es importante y necesario que descubramos cómo Jesús nos ofrece cada día, tal como lo encontramos en los evangelios, muchos elementos que, si los leemos o los escuchamos, nos ayudan a ponerlo en práctica para nuestro bien. Vemos cómo Jesús integra plenamente -y junta de verdad- el amor a Dios y el amor a los demás y a todos, incluso en cuestiones muy concretas y cotidianas. Si lo seguimos podremos vivir con una libertad mayor.

Precisamente las otras lecturas de la misa de hoy nos dan pistas sobre ello. Por ejemplo el libro del Éxodo nos decía: «No maltratarás ni oprimirás al emigrante, No explotarás a viudas ni a huérfanos». Abriendo los ojos, vemos que hay grupos de personas que son mucho más vulnerables y discriminadas. Por ello es alentador oír como continuaba este pasaje del libro del Éxodo: «A estas personas yo las escucharé», «yo las escucharé nos dice el Señor- porque soy misericordioso». Jesús sabía hacerlo bien esto de escuchar con misericordia, y nos abre así un camino que, si lo seguimos, nos puede ayudar a crear un ambiente de vida más positivo y más abierto, para el bien de todos.

San Pablo, en la segunda lectura, nos explica cómo el Evangelio se iba extendiendo por las tierras de Grecia: «Vosotros -decía a los de Tesalónica- seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la Palabra en medio de una gran tribulación, con la alegría del Espíritu Santo.». Y remarcaba que la palabra del Señor nos habla, nos ilumina y nos apoya en cualquier circunstancia, sea cual sea nuestra situación. Si lo vivimos a fondo, quizá tendremos -de una manera o de otra- un sentimiento dentro de nosotros que nos hará capaces de acoger lo que Jesús decía a sus amigos, y podremos compartirlo mejor entre nosotros y con todos.

Así pues, hoy es un día para agradecer a los que nos han transmitido nuestra fe y nos han enseñado a transmitirla, de camino juntos hacia un mundo sin discriminaciones ni fronteras. Si lo hacemos tanto como podamos, podremos constatar que nuestra fe se fortalece cuando la compartimos y la transmitimos. Es el «milagro» del Evangelio para los cristianos, que nos empuja y nos ayuda a compartir las actitudes que nos propone Jesús. Él nos enseña a respetar culturas muy diversas, y nos empuja a trabajar por un mundo que sea siempre digno de la humanidad. Busquemos, pues, crear y mantener una esperanza firme, que, en medio de las dificultades y necesidades, nos ayude a vivir con solidaridad y con alegría.

 

Abadia de MontserratDomingo de la XXX semana de durante el año (25 de octubre de 2020)

Domingo de la XXIX semana de durante el año (18 de octubre de 2020)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (18 d’octubre de 2020)

Isaías 45:1.4-6 / 1 Tesalonicenses 1:1-5b / Mateo 22:15-21

 

Estimados hermanos.

El Evangelio de hoy nos ha dicho que los fariseos y herodianos quisieron sorprenderle con una trampa comprometedora. Le preguntaron si era lícito pagar impuesto al César, es decir, al emperador romano. Si contestaba que no era lícito el tributo, mostraría rebeldía frente al emperador, que podía ser denunciada y castigada por los magistrados romanos. Si, en cambio, respondía que había que pagar este impuesto, estaba reconociendo la potestad del César. En este caso, serían los judíos los que reaccionarían, movidos por motivos muy poderosos. Hay que tener en cuenta que el tributo es señal de sumisión a la autoridad que gobierna; el pueblo de Israel tenía un origen divino, por la promesa hecha a Abraham. Por lo tanto, confesaba que no tenía otro señor más que Dios, lo que impedía que aceptara ningún tipo de esclavitud. Pues bien, la sabiduría de Jesucristo neutralizó fácilmente la malicia de los adversarios. Pide que le enseñen una moneda del impuesto que llevaba grabada la imagen y la inscripción del César y responde con esta frase que todos conocemos: «Dad al César lo que es del César, ya Dios lo que es de Dios».

Dejando de lado las dos alternativas, Jesús se puso en un plano superior, y respondió distinguiendo el orden natural representado por César y el orden sobrenatural que corresponde a Dios. No sólo se escapa de la trampa, sino que además los hace ver a sus interlocutores su superficialidad. La riqueza hay que darla al emperador en su justa medida, pero el hombre es imagen de Dios y por eso le pertenece a Dios, que es su Creador, su Amo y Señor. Es como decir: vosotros pertenecéis a Dios; debéis obedecerle, siguiendo su voluntad.

La formación católica nos ha enseñado a reconocer que el hombre fue creado para este fin: glorificar al Señor, honrarle y servirle según la voluntad divina, y salvar así su alma, porque todo en este mundo no tiene otra razón de ser que ayudar al hombre a alcanzar este fin sobrenatural, la verdadera felicidad. Es necesario que la vida presente sea una preparación para la vida futura. Hay que subordinar los bienes temporales a los eternos. Por ello, hoy quizás nos puede dar más luz la segunda parte de la frase de Jesus que nos invita a tener la mirada puesta en Dios para vivir en su presencia, que es algo esencial en la vida de toda persona para vencer cualquier miedo.

Pero Dios es generoso con nosotros, nos ofrece su amistad, sus dones, su alegría, aunque a menudo nosotros no escuchemos sus palabras, mostremos más interés por otras cosas, poniendo en primer lugar nuestras preocupaciones materiales, nuestros intereses. Todos y cada uno de nosotros, hemos sido llamados a la vida nueva en Cristo, que se desarrolla en el seno de la Iglesia. Es formando parte de ella, de una manera activa, consciente y fructuosa, como el hombre puede experimentar la renovación integral de su ser, que nos ha regalado Dios en el misterio de la Encarnación redentora.

Nuestra Madre la Virgen supo dar a Dios lo que es de Dios, consagrándole su vida. Que ella nos ayude a vivir cada día con Él, por Él y en Él. Así también nosotros sabremos dar a Dios lo que es de Dios.

Abadia de MontserratDomingo de la XXIX semana de durante el año (18 de octubre de 2020)

Fiesta de los Beatos Mártires de Montserrat (13 de octubre de 2020)

Homilía del P. Josep M. Soler, Abad de Montserrat (13 de octubre 2020)

Isaías 25:6.7-9 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Juan 15:18-21

 

Hoy, queridos hermanos y hermanas, celebramos con alegría la fiesta de nuestros mártires, los monjes más ilustres de nuestra comunidad en toda su historia casi milenaria. Son los que dieron la vida por Cristo entre el verano de 1936 y el invierno de 1937.

La liturgia de este día rezuma una alegría serena, porque estos hermanos nuestros, por el bautismo y por la profesión monástica, se fueron identificando con Jesucristo, el Señor, de quien eran siervos, para decirlo con palabras del evangelio que acabamos de escuchar. Y como, tal como hemos oído, el siervo no es más que el dueño, ellos también la imitaron con el don cruento de la vida y ahora participan de su gloria. La suya, como toda sangre martirial, da fecundidad a la madre Iglesia, la hace resplandecer con una luz más pura y la llena de alegría al ver la donación radical a Jesucristo de estos hijos. Porque morir por Cristo -como enseña Tertuliano- no significa limitarse a la aceptación del dolor con la constancia de los estoicos, sino que es el testimonio más auténtico de la fe, del coraje, del amor por Cristo (cf. Ad Martyras, cap.1).

Por ello, ya en la oración que iniciaba esta nuestra celebración eucarística, pedíamos que «los mártires de Montserrat» nos fueran motivo de alegría. Y no sólo porque vivieron hasta el fondo su vida de bautizados y de monjes, sino también por «la corona fraterna» que forman. Aunque no fueron todos sacrificados conjuntamente, los lazos fraternos que los unían eran muy profundos. Habían formado una «corona fraterna» en el monasterio, unidos, tal como pide San Benito, en el combate cristiano y monástico (cf. RB 1, 5) para progresar en las virtudes y en la hermandad. Y, en el momento, supremo -cuando no antepusieron ni la propia vida al amor de Cristo (cf. RB 4, 21) – supieron seguir manteniendo esta fraternidad. El martirio selló su hermandad. Ahora juntos forman una corona victoriosa. Una corona ofrecida a Jesucristo, el Rey de los mártires que, a su tiempo los corona a ellos con la aureola del martirio y de la gloria. Son una corona, también, para la Iglesia que se alegra -tal como he dicho- de su fidelidad a Cristo y los muestra como verdaderos discípulos del Evangelio. Son todavía una corona para nuestra comunidad. Honran a Montserrat con su victoria martirial, ellos que llevaron hasta las últimas consecuencias la enseñanza de san Benito cuando habla de participar «de los sufrimientos de Cristo, con la paciencia», «hasta la muerte» en «la dulzura del amor «(cf. RB Prólogo, 49-50).

La liturgia de hoy, sin embargo, no sólo nos lleva a pedir que nuestros mártires nos sean motivo de alegría. También pedimos «que aumente el vigor de nuestra fe». Nuestra fe debe ser fuerte para poder perseverar en la adhesión a Jesucristo en el contexto social actual. Y quizás no siempre lo es, porque forma parte del itinerario cristiano y de nuestro proceso de creyentes, puede que a veces se debilite nuestra creencia, que nos encontremos en medio de la niebla o de la oscuridad. Por eso recurrimos a la oración y pedimos que el Señor nos dé más fe (cf. Lc 15, 5), que nos la vigorice. El ejemplo y la intercesión de los mártires nos ayudan a creer más profundamente -que significa fiarnos más totalmente de Dios- y a profundizar los contenidos de la fe y de la esperanza cristiana para saber dar razón de ella a nosotros mismos y a todo el que nos la pida (cf. 1 P, 3, 15). Es más, en la oración sobre las ofrendas, pediremos que el sacramento eucarístico que celebramos nos inflame el corazón en el amor a Dios. Porque la solidez de la fe va estrechamente unida a la firmeza del amor. De este modo, como dice todavía la oración sobre las ofrendas, podremos perseverar cada día en la vida de seguimiento de Cristo y llegar a disfrutar, con los mártires y los santos, del premio dado a los que se han mantenido fieles hasta el final.

Esta perseverancia, la liturgia de hoy la pide en la oración después de la comunión. Pide que perseveremos unidos a Dios por el amor abnegado, de tal forma que cada día vivamos de él y nos dedicamos por completo, sin dejar fuera ningún componente de la vida, al servicio de Dios, que es siempre inseparablemente al servicio a los demás.

Hay, todavía, finalmente, otra petición en la oración colecta que he comentado. Pide que el Señor nos «dé consuelo» por la intercesión de los mártires de Montserrat. Siempre lo necesitamos este consuelo, este bálsamo en las penas, en los dolores, en las oscuridades, mientras caminamos hacia el término avanzando en medio de alegrías y de dificultades. En los interrogantes ante la fe, en la falta de horizonte, en la enfermedad, en los contratiempos que puede presentar la convivencia, etc., necesitamos el bálsamo que suaviza las heridas del corazón. Pero, hoy, pedimos particularmente por intercesión de los mártires de Montserrat obtener consuelo en el contexto de la epidemia que padecemos y que continúa creando situaciones difíciles a varios niveles. No un consuelo esterilizante. Sino el consuelo, el confort, que permite superar el miedo, que permite continuar trabajando a favor de los demás, de ser solidarios no sólo tomando las medidas para evitar la difusión del virus, sino también para atender según nuestras posibilidades a tantas personas necesitadas debido a la crisis económica creciente que provoca. Y pedimos, también, el consuelo que viene de la resurrección de Jesucristo y que nos asegura que la muerte, por cruda que sea, es siempre el umbral de una vida nueva.

Que esta fiesta nos sea, pues, una invitación a vivir más intensamente la comunión fraterna en las comunidades cristianas, en toda la Iglesia. Que nos sea una invitación a progresar en la profundización de la fe y del amor a Dios y a los demás. Que por la gracia de la Eucaristía crezca en nosotros la esperanza de la victoria final iniciada en la Pascua de Jesucristo.

Abadia de MontserratFiesta de los Beatos Mártires de Montserrat (13 de octubre de 2020)

Domingo de la XXVIII semana de durante el año (11 de octubre de 2020)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (11 d’octubre de 2020)

Isaías 25:6-10a / Filipenses 4:12-14.19-20 / Mateo 22:1-14

 

Queridos hermanos y hermanas,

El texto evangélico que nos acaba de proclamar el diácono es la conocida parábola de los invitados a la boda del hijo de un rey y que tiene el mismo tema de fondo que la parábola de los viñadores homicidas que leímos el pasado domingo, es decir, el rechazo a la invitación que Dios hace para acoger la salvación que Él ofrece y que en el caso de hoy es representada con la imagen de un banquete de bodas.

El evangelista San Mateo, en el texto que acabamos de escuchar, ha unido dos parábolas: la de los invitados al banquete (Mt 22, 1-10) y la del comensal que no llevaba el traje adecuado (Mt 22, 11-14).

Adentrándonos en la reflexión de este texto evangélico nos damos cuenta de que la realidad que expresan las parábolas de este domingo es también nuestra.

¡Todo está a punto!, hemos escuchado para indicar que el banquete estaba preparado y que sólo hacía falta que la sala se llenara con los invitados. Participar en la fiesta de bodas es una invitación, no una obligación, por lo tanto se trata de una oportunidad, que al mismo tiempo reclama un gesto de libertad. En la parábola, Jesús nos presenta un Dios comprometido en preparar una fiesta en la que tiene cabida todo el mundo.

En esta parábola nos aparecen tres imágenes. La primera, la sala de la fiesta. Dios ofrece una fiesta y aunque a las invitaciones hechas no acude nadie. Ha invitado a muchos pero la sala quedó vacía y triste. El rey ha fracasado en su intento de organizar un banquete en ocasión de la boda de su hijo. Es una imagen dura que muchas personas han vivido a veces y que han visto que por razones diversas un convite o un encuentro que habían preparado con ilusión ha quedado en nada. Es una experiencia que duele.

En nuestro caso, en nuestra vida de fe, se trata de un Dios que no es escuchado ni tenido en cuenta, ya que pasan por delante muchas otras preocupaciones en lugar de lo que es esencial. Muy a menudo a pesar de afirmar nuestra creencia en él, Dios se convierte en irrelevante en nuestras vidas. La invitación del rey al banquete de la boda de su hijo, la llamada que Dios nos hace a cada uno de nosotros consiste en saber dar la importancia que le corresponde a las cosas de Dios. No cuidarlas puede convertirse en un drama para los hombres y mujeres de todos los tiempos, ya que está en juego la propia felicidad; aquella felicidad que sabe captar la alegría que hay detrás de la invitación de Dios y de las invitaciones que recibimos, bajo múltiples formas, por parte de los demás.

Otra imagen que nos propone el relato de hoy es la de los caminos. “Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda». Podría parecer que se trata de una invitación hecha in extremis para llenar la sala y para que la comida preparada no se pierda. Pero no es eso. Se trata, en nuestras vidas, que a pesar del rechazo que Dios recibe a menudo de parte nuestra, él continúa llamándonos e invitándonos a su fiesta. Y si no hemos sabido responder a la primera invitación, su voz, a través de los que nos envía, nos llega a lo largo de los múltiples caminos que trillamos a lo largo de la vida. Dios siempre va más allá y no da nunca nada ni a nadie por perdido. Prueba de ello es que los criados invitaron a todos, tanto si eran buenos como si no lo eran. Y la sala se llenó.

Otra imagen que nos ofrece el evangelio de hoy y que es en sí misma una segunda parábola, es la del invitado que no lleva el traje adecuado para asistir a la fiesta y que es sacado de la sala. La lógica humana nos hace decir, si iba por los caminos, ¿cómo podía llevar un vestido de fiesta? ¿será que los otros invitados iban ya bien vestidos por si alguien los invitaba? Por eso cabe

preguntarse: ¿Qué significado tiene llevar o no llevar el vestido adecuado a una boda? Más aún cuando hoy, en muchas celebraciones se va con la ropa habitual.

En primer lugar hay que decir que no se trata de un traje externo, sino de un vestido que hace referencia a lo que se nos dijo el día de nuestro bautismo al sernos entregado el vestido blanco: «has sido revestido de Cristo”, más aún, se nos dijo «conserva este vestido hasta el día de la venida del Señor». Por tanto no se trata de un vestido material sino que se trata de un revestirse, poco a poco, a lo largo de toda la vida y a veces con mucho esfuerzo y paciencia, para revestirnos de Cristo, es decir, hacer nuestros sus gestos, sus palabras, su mirada, sus manos y los sentimientos de su corazón. Se trata de hacer llegar la luz del Evangelio a todos los rincones de nuestra vida, para que en Cristo la vida misma, en su cotidianidad se convierta en una fiesta. Y no hay que desalentarse, ya que el revestirse con el traje apropiado es para nosotros el propio proyecto de vida, nuestro camino. Y es una tarea importante en este tiempo que pandemia que vivimos. Son tantos y tantos los que han hecho el esfuerzo de revestirse con el traje de la solidaridad, de la compañía, de la ayuda material,… creando a su alrededor el banquete de la amistad, el banquete de la confianza, el banquete del consuelo.

Hermanos y hermanas, las parábolas que hemos proclamado en este domingo nos ayudan a saber quién es Dios. Demasiado a menudo lo pensamos o lo vivimos como alguien lejano, separado de nuestras obligaciones. Pero no es así. Dios se encuentra en la sala de la vida, en esta sala del mundo, como una promesa de felicidad y no como una amenaza de castigo; Dios trabaja para que la sala esté llena. Pero cuidado, por nuestra parte no seamos fáciles en juzgar el vestido de los demás sino dejémonos revestir por la mirada, por la mirada de Dios que todo lo transforma y todo lo hace nuevo.

 

Abadia de MontserratDomingo de la XXVIII semana de durante el año (11 de octubre de 2020)

Domingo de la XXVII semana de durante el año (4 de octubre de 2020)

Homilía del P. Sergi d’Assís Gelpí, monje de Montserrat (4 d’octubre de 2020)

Isaías 5:1-7 / Filipenses 4:6-9 / Mateo 21:33-43

 

Queridos hermanos y hermanas,

En la antigua Roma, cuando un general desfilaba triunfalmente por las calles de Roma tras una victoria, tenía tras de sí un esclavo que le iba diciendo: «Memento mori» ( «recuerda que tienes que morir»). Tertuliano nos dice que le decían: «¡Recuerda que eres un hombre!».

Estos días me ha venido a la memoria esta tradición antigua viendo la pandemia. ¿No podríamos decir que todo esto que estamos viviendo a nivel mundial es como aquella vocecita que nos dice: recuerda tu limitación, la contingencia más cruda, que no todo lo puedes controlar ni prever? La pandemia nos ha cogido a todos desarmados.

Ahora mismo, además de todos los que os encontráis en la basílica de Montserrat, hay miles de personas que nos seguís a través de los medios de comunicación. Y seguro que, entre todos vosotros, también habrá que no se sienta creyentes, pero que está siguiendo esta celebración haciendo compañía a alguien de casa, o bien sencillamente porque haciendo zapping se han quedado mirando la Misa sin saber demasiado por qué. Me gustaría que estas palabras que voy a decir sean también significativas para vosotros.

El Evangelio de hoy es duro, Jesús provoca a quienes le escuchan. Y lo hace con un cuento lleno de mensaje. Habla de unos hombres a los que se les ha confiado una viña para que la hagan fructificar. Al cabo de un tiempo, cuando ya la habrían podido hacer rendir, van recibiendo visitas de unos enviados que les preguntan como han aprovechado este regalo. Y en lugar de interpretarlo como llamadas a la responsabilidad, a ser conscientes del don que han recibido, no lo saben encajar y rechazan absolutamente todas estas visitas. Eran llamadas que les podían hacer valorar más lo que se les había confiado, aquel tesoro que era la viña. Pero no lo hacen, al contrario.

Este Evangelio me ha hecho pensar en una historia que me ha acompañado desde hace años. Todos leemos el Evangelio y la vida misma a partir de nuestra biografía, de lo que hemos vivido y que hemos recibido. En mi casa, desde pequeño he oído hablar de Joan Alsina, un cura que mis padres conocieron cuando eran jóvenes y que todavía mucha gente lo recuerda en mi pueblo Malgrat, donde dejó una buena huella los pocos años que estuvo como vicario.

El caso es que Joan fue a misiones, concretamente en Chile. Allí, estuvo muy comprometido con la gente más sencilla. Cuando hubo el golpe de estado del año 73, él era el jefe de personal de un hospital de la capital. Se vivieron días de mucha confusión, violencia e injusticia. Le llegó a través de amigos que, por su implicación social, corría peligro si volvía al hospital. Él dijo que no tenía nada que ocultar, y que no dejaría de servir a quienes lo necesitaban, y más aquellos días tan complicados. El caso es que fue al hospital y ya no volvió.

Días después, encontraron en su mesilla de noche un escrito impresionante donde, entre sus palabras y palabras bíblicas, expresa su dolor, un sufrimiento muy grande la noche antes de volver al hospital. Pero acaba este escrito con confianza, con letras más grandes escribe: «Adiós. Él nos acompaña siempre, dondequiera que estemos”.

Tiene miedo, pero es mayor su confianza en que el Amor es más fuerte. Y que por eso vale la pena seguir adelante.

Se hizo correr la versión que Juan había muerto en un tiroteo. «Fake news», que diríamos ahora. Pero todos los que lo conocían sabían que él no habría cogido un arma. Entonces un cura catalán decidió buscar a su asesino, y aclarar los hechos. Su búsqueda duró años. ¡Y al cabo de 17 años, lo encontró!

El chico que lo había asesinado, entonces ya mayor, se puso a llorar. Aquellos días del golpe de estado habían matado a muchos, pero recordaba perfectamente a Joan y como había ido todo. Y es que en el momento de irlo a fusilar, se le acercó para ponerle una venda en los ojos como hacían habitualmente, y Joan le dijo: «Por favor, no me pongas la venta, mátame de frente porque quiero verte para darte el perdón». Aquel hombre, pasados tantos años, aún conservaba una esquela de Joan que miraba de vez en cuando. Y guardaba como un recuerdo imborrable de que aquel hombre lo había perdonado de todo corazón.

Nosotros, evidentemente, estamos viviendo momentos muy diferentes de lo que él vivió. Entonces, ¿por qué he contado esta historia hoy? Y ¿qué relación tiene con el Evangelio que hemos escuchado y con lo que vivimos? Pues porque Joan habría podido esconderse, habría podido pensar que todo lo que sucedía no iba con él, habría podido vivir todos aquellos acontecimientos como obstáculos en su camino de entrega a los demás. Y en cambio, leyó los hechos de aquellos días como oportunidades para darse más, para estar más comprometido, para ser más coherente con sus principios de hacer un mundo mejor.

En el Evangelio, aquellos hombres que han recibido la viña no interpretan bien las visitas que les preguntan cómo han hecho fructificar la viña. Nosotros también recibimos visitas de este estilo en nuestra vida, situaciones que nos pueden hacer pensar en cómo estamos cuidando todo lo que nos ha sido confiado y de nuestra propia vida.

Para cada uno, estas situaciones (que pueden ser desagradables y generarnos rechazo) serán diferentes. Pero es verdad que también hay hechos que nos afectan colectivamente: la pandemia con todas sus consecuencias, la situación política, y con una mirada más larga, este mundo tan mal repartido que provoca que mucha gente de los países del Sur se vaya de su país para buscar una vida mejor en el Norte.

¿De qué manera podríamos dejarnos interpelar por estas situaciones, y responder según nuestros valores y principios? ¿De qué manera podríamos vivirlas como llamadas a ser más auténticos?

No hay una sola manera, cada uno debe encontrar la suya sinceramente. Pero Jesús nos llama a estar atentos: hemos recibido una viña, y debemos cuidarla.

Que Él nos ayude a acertar los caminos para responder a sus llamadas constantes.

 

Abadia de MontserratDomingo de la XXVII semana de durante el año (4 de octubre de 2020)

Homilia de la Misa Exequial por el P. Hilari Raguer (3 octubre de 2020)

Homilía del P. Josep M. Soler, Abad de Montserrat (3 de octubre de 2020)

Job 19:1.23-27 / Romanos 8:14-23 / Juan 17:24-26

 

Estimados Sr. Arzobispo, hermanos monjes y concelebrantes, autoridades, hermana y familiares del P. Hilari, hermanos y hermanas en Cristo:

En el libro de Job que hemos leído en la primera lectura, hemos encontrado un testimonio de fe que a la luz de Jesucristo toma todo su significado. Y que en estos momentos de separación de un ser querido nos ofrece un consuelo y una esperanza sólidos. Estas palabras de Job, leídas desde la perspectiva evangélica, expresan, también, la convicción profunda que ha empapado toda la vida del P. Hilari.

Recordémoslo. Job decía: Yo sé que mi defensor vive y que él será mi abogado aquí en la tierra. Y aunque la piel se me caiga a pedazos, yo, en persona, veré a Dios. Con mis propios ojos he de verlo yo mismo. En último término, al final de la vida terrena de una persona, lo que cuenta es saber que tenemos un defensor, que nos protege de lo que pueda haber de menos acertado en la vida y que nos protege del poder de la muerte misma. Este defensor, tal como dice Job, nos llevará a contemplar a Dios, nos llevará a la vida para siempre.

Este defensor vivo es Jesucristo, que vive tras haber experimentar las angustias de la muerte. Él puede atestiguar a favor nuestro porque ha clavado en la cruz el documento donde constaban todas nuestras negligencias y nuestros pecados (Ef 1, 7). Puede atestiguar a favor nuestro porque él ha pagado nuestra deuda y nos ha liberado (cf. Rm 5, 5-8). Uniendo nuestro sufrimiento y nuestra muerte a los suyos, nos apoya también en el momento del traspaso y nos anuncia la buena nueva de la vida para siempre y de la glorificación cerca de él en su Reino.

Por eso podíamos cantar en el salmo: los que esperan en ti no quedan defraudados. El Señor, en el amor que nos guarda desde siempre, se compadece, mira nuestra aflicción y nuestras penas, ensancha nuestro corazón oprimido, nos perdona y nos saca de la desgracia de la muerte. Porque es nuestro defensor, que fue muerto y ahora vive para siempre y tiene las llaves de la muerte y del abismo (Ap 1, 18). Para ser defendidos por él, simplemente basta con no cerrarse a su obra de amor.

Este mismo mensaje intuido en la primera alianza, lo encontrábamos, ya desde la luz pascual, en la carta de San Pablo a los cristianos de Roma. El apóstol daba un paso más de lo que podíamos deducir de una lectura cristiana del texto de Job y del salmo, y nos hablaba de nuestra filiación divina. Somos hijos de Dios por don, gracias a Jesucristo y al Espíritu Santo, que es el otro defensor que el Padre nos ha dado (cf. Jn 16, 7-11). Y Pablo decía, todavía, los sufrimientos de esta vida, y la muerte misma, son como unos dolores de parto de la vida nueva que nos es otorgada. Por eso podemos vivir siempre en la esperanza de ser redimidos y glorificados una vez hayamos sido liberados de todo lo que nos esclaviza, del dolor y de la muerte. Esta es nuestra esperanza empapada de fe y de oración en la muerte del P. Hilari.

Él, había nacido en Madrid en 1928, de padres ripolleses, que el año siguiente se trasladaron a Barcelona. Educado en los escolapios de Balmes, de joven había pertenecido al grupo de universitarios católicos catalanistas «Torras y Bages». Se licenció en Derecho en la Universidad de Barcelona. En 1951, fue detenido, procesado y encarcelado en el Castillo de Montjuic por su antifranquismo activo y por sus actividades a favor de Cataluña y de sus derechos. En 1954 ingresó en nuestro monasterio. Él solía explicar que en ese momento no sabía demasiado en qué consistía la vida monástica, pero que veía que en Montserrat podría servir a Dios y Cataluña. Profesó un año después y en 1960 fue ordenado sacerdote. Empezó entonces una larga trayectoria de estudios y de servicios pastorales difícil de resumir. En la Sorbona de París, en 1960 se licenció en Sociología y obtuvo en el Instituto de Estudios Sociales, también de París, el Diploma en Estudios Superiores en Ciencias Sociales y Políticas. En 1975 obtuvo el Doctorado en Derecho en la Universidad de Barcelona y en 1979, después de hacer unos cursos en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, se licenció en Teología bíblica en el Pontificio Ateneo de San Anselmo también de Roma. Del 1962 al 1965 y de 1968 a 1972 formó parte de la comunidad benedictina de Medellín, fundada por nuestro monasterio en Colombia. Allí fue maestro de novicios, profesor en el Instituto de Liturgia del CELAM, en el seminario mayor de Medellín en la Universidad Bolivariana, además de formar parte del Secretariado Nacional de Liturgia de Colombia. Antes de ir a Colombia había fundado la revista «Documents d’Església «.

Vuelto a Montserrat en 1975, fue profesor en el Centro de estudios teológicos del monasterio, en la Facultad de Teología de Barcelona y al CEVRE. También col laboró activamente en la pastoral del santuario e hizo acompañamiento espiritual de muchas personas. Su trabajo de investigación en el ámbito de la historia, particularmente en la época de la guerra civil de 1936 y también de cómo esta implicó a la Iglesia, ha sido muy extenso; y merecen ser destacados los cinco volúmenes del Archivo de la Iglesia catalana durante la guerra civil. También son notables, por su capacidad pedagógica y divulgativa, sus publicaciones sobre los salmos y sobre la Liturgia de las Horas. El P. Hilari fue miembro del equipo internacional del Istituto por le Scienze Religiose de Bologna, que, dirigido por el profesor Giuseppe Alberigo, publicó la Historia del Concilio Vaticano II. Últimamente había publicado algunos textos de reflexión bíblica y cristiana a cuatro manos con Oriol Junqueres. Su labor investigadora fue premiada, entre otros galardones, con la Cruz de Sant Jordi y con la Medalla de Oro de la Universidad de Barcelona.

Valga este resumen para ver como el P. Hilari, en su vida de monje, ha servido a Dios, a la Iglesia y a Cataluña. Una Iglesia y una Cataluña que quería libres de toda servidumbre injusta. Era un hombre de fuertes convicciones y muy recto, que sabía unir a un gran sentido del humor. Mantenía fuertemente sus posiciones y sabía defenderlas con pericia de abogado. Esto en algunos momentos de su vida le supuso encontrarse en situaciones difíciles. Sus profundas convicciones cristianas, en cambio, lo llevaban de una manera u otra a procurar superarlas desde la caridad fraterna.

Job decía que contemplaría a Dios. Y Jesús en el evangelio pedía que aquellos que el Padre le ha dado puedan estar con él, el Señor y Defensor, y así vean su gloria. Ahora, todos unidos -los monjes, los concelebrantes, su hermana Isabel, sus familiares y amigos– ofrecemos la Eucaristía para que el Señor, en su amor, lo purifique de las faltas que haya podido tener y le conceda contemplarlo en su gloria.

Así se cumplirá el deseo profundo del P. Hilari, tal como lo expresaba en 2014, cuando decía: «estoy a punto de cumplir ochenta y seis años y miro atrás, como lo hacía Juan XXIII cuando, en sus postrimerías contemplaba «la ‘umile arco della mia vita», [es decir] la parábola que describe mi vida, ya en la parte descendente cerca de su término. Veo una trayectoria muy diferente de la de Roncalli – Juan XXIII, pero como él contemplo cómo Dios me ha acompañado siempre con su providencia amorosa, y eso me hace esperar confiado el final y el más allá «(cf. D. Pagès , ¿Qué te ha enseñado la vida ?. 2019, p. 144)

Abadia de MontserratHomilia de la Misa Exequial por el P. Hilari Raguer (3 octubre de 2020)

Domingo de la XXVI semana de durante el año (27 de septiembre de 2020)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (27 de septiembre de 2020)

Ezequiel 18:25-28 / Filipenses 2:1-11 / Mateo 21:28-32

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

El conjunto de las lecturas bíblicas de este domingo nos ponen ante el tema de la responsabilidad moral que tenemos los cristianos. Por un lado, el cristianismo es el heredero de la gran tradición del mundo griego antiguo: la vida virtuosa, la honradez, la justicia, la grandeza de espíritu. Pero Jesucristo nos muestra que seguirlo va mucho más allá de este sustrato histórico, él mismo nos enseña que la fe sin obras es estéril y que las obras sin la fe son inútiles.

En realidad, la primera gran enseñanza cristiana sobre la moral es la radical libertad que tenemos como seres humanos. Somos hijos de Dios, creados a su propia imagen y semejanza; y por tanto, hemos sido hechos partícipes de la misma libertad de Dios. A menudo se habla mucho de la libertad pero no se comprende cuál es su sentido más profundo. La libertad no es la capacidad de hacer lo que queramos y cuando queramos, sino que es la radical capacidad de buscar la verdad y de hacer el bien. Dios no quiere que lo busquemos desde la esclavitud sino desde la libertad.

Pero esto conlleva una gran exigencia: tenemos el derecho y el deber de elegir, cada día, en cada actividad, en cada acción, en cada pensamiento: forma parte del don que Dios nos ha dado. Debemos ser conscientes de que lo que hacemos aquí y ahora tiene consecuencias eternas. Debemos ser valientes para asumir esta responsabilidad. De lo contrario caeríamos en la tentación del discurso que hizo el Gran Inquisidor en un célebre capítulo del libro Los hermanos Karamazov, de Fiodor Dostoyevski. Decía este Gran Inquisidor que Cristo nos había cargado con el peso insoportable de la libertad, por lo que la humanidad había sido incapaz de llevar esta carga y había optado, en su lugar, por la felicidad, una felicidad ficticia.

El evangelio de hoy nos presenta, pues, a dos hijos que hacen uso de su libertad. Cuando el padre les manda que vayan a trabajar en la viña, el primero dice que no pero finalmente va a la viña; en cambio, el segundo dice que sí pero en realidad no va. Sorprende, en primer lugar, que Cristo no ponga el ejemplo de un hijo perfecto, del hijo que dice que sí y lo hace. Quizá es que el cristiano perfecto no existe: todos y cada uno de nosotros somos pecadores, todos y cada uno de nosotros hemos sido marcados por el pecado original.

Al contrario, Cristo nos pone como ejemplo a seguir el del hijo que dice que no a su padre, pero finalmente va a trabajar en la viña. El camino a seguir es el del arrepentimiento y el de la conversión. El arrepentimiento y la conversión nos liberan y nos ayudan a actuar correctamente. La moral cristiana no es un camino de esclavitud sino un camino de liberación. Nuestro Dios no es un Dios vengativo que pasa lista de nuestros errores sino que es el Dios del amor, que perdona y se compadece de nosotros hasta setenta veces siete. Es el Dios que nunca manifiesta tanto su omnipotencia como cuando perdona y se compadece.

En cambio, el segundo hijo, es el que dice: «No va bien encaminada la manera de obrar del Señor». Es aquel que se encadena con los grilletes de la hipocresía y de la vanidad, que no son sino los fundamentos de la soberbia. El segundo hijo no sabe utilizar correctamente su libertad y vive en la esclavitud.

La fe cristiana nos pide, pues, una coherencia de vida en nuestro decir y nuestro hacer. Pero para que la moral no se convierta en un conjunto de normas estériles y

opresoras deben tener siempre a Cristo por referente. Aquel Cristo a quien Dios exaltó y le dio el nombre que está sobre todo nombre. Otro autor ruso, el filósofo Vladimir Soloviov, escribió a finales del siglo XIX un pequeño cuento titulado El Anticristo. Hablaba de un personaje que en medio de las calamidades del mundo se erigía como gran político y como gran servidor del pueblo, era un personaje brillante, sabio y moralmente irreprensible. Pero tenía un defecto: se puso él en el lugar de Cristo. La conclusión es fácil: «¿De qué sirve entonces ganar el mundo si perdemos el alma?» (Mateo 16, 26).

Estimados hermanos y hermanas, un poeta griego llamado Arquíloc escribió: «El zorro sabe muchas cosas; el erizo sólo sabe una pero es muy grande». Los cristianos somos como un erizo, puede que no sepamos muchas cosas pero sí sabemos una de muy grande: nuestra vida no es nada sin Cristo y, con Cristo, lo es todo.

 

 

Abadia de MontserratDomingo de la XXVI semana de durante el año (27 de septiembre de 2020)

Domingo de la XXV semana de durante el año (20 de septiembre de 2020)

Homilía del P. Manel Gasch, monje de Montserrat (20 de septiembre de 2020)

Isaías 55:6-9 / Filipenses 1:20c-24.27a / Mateo 20:1-16a

 

Algunos evangelios son, queridos hermanos y hermanas, difíciles de aceptar por la rareza de lo que cuentan de Dios. La discriminación positiva que el propietario, representando a Dios Padre, hace de los trabajadores que han trabajado menos y que cobran lo mismo, nos rompe demasiado los esquemas. Rompe uno de los principios de nuestra sociedad occidental fundamentada en el derecho romano que tenía como una de sus tres máximas la frase: Suum quique tribuere: es decir dar a cada uno lo que le toca. Entendemos así la justicia. ¿Quién acepta hoy trabajar igual y ganar menos? ¿Qué sindicato lo aceptaría o qué empresario se atrevería a hacerlo?

¿Qué significa esta generosidad de Dios independiente de nuestro esfuerzo? ¿Nos escaparemos de buscar todo el sentido?

¿Diremos que el mismo evangelio nos dice que estas ideas sirven para describir el Reino del Cielo, por lo tanto algo que se mueve en otro ambiente distinto al nuestro de cada día?

Diremos que Dios puede ser así de generoso porque conoce la verdad de cada persona, de cada situación pero que nosotros en la vida de cada día, tenemos que encontrar el equilibrio porque todo es muy ambiguo…, que ya lo decía el mismo Isaías, Como el cielo es más alto que la tierra,

mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes.

Diremos que la frase final: ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos?, es ingenua y quizás servía para los propietarios de antes del contrato social que hace que nos demos infinidad de leyes y reglas que precisamente no nos dejan hacer lo que queremos ni en nuestra casa?

Todas estas razones pueden ser instrumentos de supervivencia, pero me parece que Dios y la realidad del Reino tal como nos lo presenta el Evangelio, son para iluminar este mundo y no otro de paralelo y que podemos dar excusas y perdernos en justificaciones infinitas, pero no le vamos a sacar nada a la radicalidad del evangelio por mucho que nos cueste.

El evangelio de hoy nos presenta primero un Dios que llama a todo el mundo. Hasta los ociosos. Este julio cuando escuchaba hablar de cómo en los pueblos del Segrià de madrugada se contrata a los temporeros, mirando sus cualidades, pensaba en este Evangelio y me decía: Dios los querría a todos.

Pero además, nos presenta un Dios gratuito. No nos dice nada de méritos especiales, de necesidades extras de los trabajadores de última hora favorecidos con una paga igual que los de la primera. Me parece que lo hace así, para centrarse totalmente en Dios: para explicar una generosidad y una naturaleza de Dios que escapa a cualquier cálculo, a cualquier reciprocidad, a cualquier justicia humana…

¿Qué sentido tiene esto en nuestras vidas? A veces tengo la impresión de que nos cuesta mucho aceptar las ideas radicales del evangelio aplicadas a Dios y en cambio aceptamos utopías y heroicidades tanto o más grandes con mucha más facilidad… parece que nos creamos, de los hombres y de las mujeres, posibilidades que no nos creemos de Dios ni de nosotros mismos.

¿O, es que quizá no hay en nuestro mundo, muchos ejemplos de amor fuera de cálculos, dentro y fuera de la Iglesia?

La idea de un Reino de los cielos donde el mínimo es la justicia, para que el propietario en el evangelio de hoy no rompe ninguna palabra ni ningún pacto, y el máximo es la generosidad fuera de toda medida, es una utopía, la utopía de Dios. Para los cristianos, la más grande que existe. Todas las utopías, como las estrellas, son inalcanzables pero sirven para iluminar, guiar e inspirar nuestra vida y por lo tanto, la generosidad de Dios también debe servir para eso. Para inspirar nuestra acción un poco más allá de los cálculos, para no contar siempre lo que nos han hecho y lo que devolveremos nosotros… una tendencia muy humana y muy poco evangélica.

Pero la radicalidad del Evangelio, la radicalidad del amor practicado con la misma medida de Dios no es un idealismo que nos ha de angustiar porque siempre tenemos delante su imposibilidad. No es un idealismo paralizador, un idealismo inalcanzable. En su sabiduría infinita, Dios sabe de qué somos capaces y no piensa en superhombres o supermujeres. Sabe que sus caminos no son nuestros, pero nos invita siempre a la conversión, con una paciencia infinita, rico en perdón. Nada de parálisis: estímulo a amar en toda situación, en el horizonte del cumplimiento final del amor en la vida eterna.

Las situaciones difíciles han sido siempre personalmente y colectivamente momentos de cambio, de gracia, de crecimiento si las hemos vivido con el espíritu de la conversión y de vuelta a un mundo justo, y más que justo. Ojalá la pandemia y todas sus consecuencias que nos traiga, con su sufrimiento real e innegable para tanta gente en esta conversión.

Dar, amar, perdonar son las muestras más grandes de la generosidad y de la libertad de Dios. Que la eucaristía de hoy sea una llamada a de Dios a ser libres y estimar con una libertad y un amor igual a los suyos.

 

Abadia de MontserratDomingo de la XXV semana de durante el año (20 de septiembre de 2020)

Domingo de la XXIV semana de durante el año (13 de septiembre de 2020)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (13 de septiembre de 2020)

Sirácida 27:30-28 / Romanos 14:7-9 / Mateo 18:21-35

 

Estimados hermanos y hermanas,

Acabamos de oír parte del capítulo 18 del Evangelio según Mateo, un capítulo donde el evangelista nos ofrece el «Discurso de la comunidad» que es un discurso que recoge diversas dichos de Jesús sobre las relaciones fraternas entre los miembros de la Iglesia. La semana pasada vimos el tema de la corrección fraterna, hoy es el del perdón.

En este fragmento, Pedro hace a Jesús una pregunta, una pregunta que no ha perdido nada de su relevancia y que nos podemos hacer nosotros: ¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? Nos podemos reconocer perfectamente en esta impotencia para estimar el otro más allá de las heridas recibidas de él. Pero Jesús responde con lo imposible: «No os digo hasta siete veces, sino setenta y siete veces». Algunos textos del Antiguo Testamento pedían que se concediera el perdón al menos tres veces. Pedro ya parecía ser audaz y generoso al imaginar un perdón dado hasta siete veces. Jesús, en cambio, va más allá rompiendo todas las medidas del perdón. Deshace el terrible canto de violencia pronunciado por Lámec el Génesis cuando éste dice «Siete veces Caín será vengado, pero Lamec lo será setenta y siete» (Gn 4,24), y exige a sus discípulos perdón ilimitado, expresado a través de la cifra desorbitada de «setenta veces siete».

Si Jesús se hubiera detenido aquí, sería comprensible desanimarnos. Pero Jesús continúa con la conocida parábola del deudor perdonado. Un ministro tenía una enorme deuda con su rey, indicada en los 10.000 talentos, una cantidad exorbitante. Aquel pide perdón al rey, suplicándole que le dé tiempo. El rey, conmovido por la condición del subordinado, no sólo aplazó la deuda, sino que lo perdonó completamente. Pero en cuanto salía el ministro de la presencia del rey, se encuentra con un compañero que tiene una pequeña deuda con él y, a pesar del perdón que acaba de recibir, aplica un rigor inexorable que no conoce plazos ni tolerancias.

El significado es claro, cada uno de nosotros es inmensamente deudor de Dios: de la vida, de la salvación, de todo el mal que hemos escogido y cometido, hiriendo a los demás, a nosotros mismos, a la creación. Sin embargo, Dios siempre está dispuesto a perdonar, a rehabilitarnos, a levantarnos de la caída. Su misericordia no tiene límites, siempre se ofrece plenamente y a todo el mundo. Aquí tenemos la raíz profunda y la fuente de este perdón que Jesús pide que vivan sus discípulos. Si olvidamos la misericordia obtenida o si no sabemos verla, nos reduciremos a ser rigoristas intransigentes como el ministro de la parábola. Si no sé hasta qué punto Dios es bueno para mí, cómo su bondad supera cualquier simple justicia, cuánta paciencia me ha concedido a lo largo de mi vida, siempre arriesgaré a medir las faltas de los demás en la escala de mi rigorismo, de mi estrechez de corazón.

La misericordia por el ministro es el sentimiento y la acción de Dios por nosotros. Dios nos mira con esta misericordia. Sabe de qué estamos hechos, sabe que somos débiles. Un niño no puede crecer si cuando cae no es acogido una y mil veces, consolado, y alentado a volverlo a intentar; ni puede madurar de una manera sana si siempre se le acusa, se le critica. La vida siempre empieza de nuevo, descubriendo que se nos ha concedido una nueva posibilidad: esta es la lógica de Dios.

Quien no entre en esta lógica, quien no se adentre en esta generosidad vivirá intentando demostrar que es bueno y capaz pero no perdonado, intentando demostrar que merece vivir. Y, en consecuencia, controlando y juzgando el «rendimiento de los otros», con una mirada a menudo hipercrítica y minuciosa. Pero no se vive por el mérito, sino por la gracia. Todo es gracia. Todo es generosidad divina. ¡Cuanto más se abre el corazón a esta bondad, más bueno se vuelve! Por lo tanto, Jesús nos pide que estemos siempre dispuestos a conceder generosamente el perdón, soltando todo tipo de resentimiento, de rencor, sin recurrir a principios vanos y raquíticos como el del «perdono, pero no lo olvido».

El perdón es escandaloso porque pide la conversión, no de quienes han cometido el mal, sino los que la han sufrido. Cuando, ante una ofensa, creo que estoy satisfaciendo mi deuda con un reproche, todo lo que hago es elevar el nivel de dolor y violencia. Creo que estoy curando una herida en curar mi propia herida, como si el mal pudiera ser reparado, curado por otro mal. Pero entonces ya no será una, sino dos las heridas que sangran.

El evangelio nos recuerda que somos más grandes que la realidad que nos hirió, que podemos tener el corazón de los reyes, que podemos ser tan grandes como «el perdón que rompe los círculos viciosos, rompe la compulsión de repetir el mal sufrido en otros, rompe la cadena de culpa y venganza, rompe las simetrías del odio «, como decía una pensadora judía (Hannah Arendt).

Hermanos y hermanas, El tiempo del perdón es el coraje de la anticipación: hacerlo sin esperar a que todo pase y vuelva a su lugar sin más; es el coraje de los comienzos y de las partidas, porque el perdón no libera el pasado, sino que libera el futuro.

Que el Señor nos ayude a vivir con esta mirada misericordiosa y con este corazón libre, mirada y corazón de quien se sabe perdonado y aprende, en Cristo, a perdonar.

 

Abadia de MontserratDomingo de la XXIV semana de durante el año (13 de septiembre de 2020)

Solemnidad de la Natividad de la Virgen (8 septiembre 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (8 septiembre 2020)

Miqueas 5:1-4a / Romanos 8:28-30 / Mateo 1:1-16.18-23

 

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza, decía el salmista. Era, hermanas y hermanos, un salmo responsorial muy corto, pero de una gran profundidad y de un contenido que abarca muchos siglos de historia. El salmista manifiesta su confianza en el amor de Dios, y esa confianza se transforma en alegría por la salvación que le es prometida y, también, en alabanza a Dios por sus beneficios.

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza. Era la confianza que alimentaba la esperanza del resto fiel del pueblo del Antiguo Testamento y le infundía alegría por la salvación que el Señor enviaría. Se sabía depositaria de las promesas mesiánicas que esperaba. Detrás de cada nombre que hemos escuchado de la genealogía, hay una historia que parte de Abraham, y en medio de luces y de sombras, quizás más de sombras que de luces-, llega hasta Jesús, nacido de María. Es una historia tejida de fidelidades, de debilidades y de pecados, pero sobre todo de fidelidad por parte de Dios a sus promesas. Durante siglos, no se veía el cumplimiento. Pero los hombres y mujeres de fe tenían plena confianza en que Dios no les dejaría confundidos. Esperaban que llegaría el día en el que se cumplirían aquellas palabras del profeta: consolad a mi pueblo … decidle que se ha acabado su servidumbre, que ha sido perdonada su culpa (Is 40, 1-2). Esperaban que se harían realidad lo que Dios había dicho a David: pondré en tu sitio uno de tu linaje […]; tu casa y tu realeza se perpetuarán […]; tu trono permanecerá por siempre (2Sa 7, 12-16). Lo esperaban incluso cuando, debido a la deportación a Babilonia (que era el periodo que comprendía el último tramo de la genealogía que hemos escuchado), la dinastía de David parecía extinguida para siempre y humanamente no había ninguna esperanza de que fuera restablecida. El resto fiel del pueblo, sin embargo, continuaba confiando y creyendo en la palabra divina y esperaba que llegara el momento en el que se cumpliría la profecía que decía: la virgen tendrá un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel (Is 7, 14).

En medio de la larga noche de siglos que desde Abraham hasta José, el carpintero de Nazaret, hubo hombres y mujeres fieles que vivían con esperanza, hasta que llegó el momento de gracia esperado y nació Santa María, la que sería esposa de José y de la cual nació Jesús, llamado Cristo, como decía el final de la genealogía. Ella es la madre de la que hablaba, también, la profecía de Miqueas que hemos escuchado en la primera lectura. En ella se hace realidad, como hemos escuchado en el evangelio, lo de que la virgen tendrá un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros. En María, pues, comienzan a cumplirse las promesas. Las hechas a Abraham sobre la descendencia que tendría y que sería bendición para todos (cf. Gn 12, 1-3.7). Y las hechas a David diciendo que su trono perduraría para siempre (cf. Sal 131, 11-12). Ambas se cumplen plenamente en Jesucristo hijo de María.

Por eso la Iglesia, extendida de oriente a occidente, celebra con tanto gozo la solemnidad de hoy. El nacimiento de Santa María anuncia el de Jesús. Ella, pequeño niño en pañales, es como la aurora que precede la venida del sol, de aquel Sol, Jesucristo, venido del cielo para iluminar, curar y salvar a todos. (Lc 1, 78).

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza. Estas palabras expresan, también, la vivencia espiritual de María a lo largo de su vida. Como vemos en el Magníficat y cantábamos en el salmo, ella aclamó al Señor, llena de gozo (Is 61, 10); su corazón se alegraba porque se veía salvada al considerar las maravillas que Dios obraba en ella y a través de ella a favor de todo el pueblo creyente, a favor de toda la humanidad (cf. Lc 1, 47-55). La mayor de las cuales era la encarnación del Hijo de Dios en sus entrañas para ser el salvador del mundo. No todo fueron momentos de luz en la vida de la Virgen María; hubo situaciones de dolor y de oscuridad en los que una espada le traspasaba el alma (Lc 2, 35), pero como el resto fiel de Israel y de una manera aún mayor, ella seguía creyendo, continuaba esperando, continuaba fiándose de las promesas de Dios, continuaba amando y sirviendo. Así se daba generosamente al Dios que la había escogido y la quería tiernamente, y se entregaba a los otros a imitación de Dios que se daba y se da a la humanidad. María nos enseña a ver la historia humana, también la nuestra, toda traspasada por el amor de Dios, de generación en generación y nos hace entender la fidelidad de Dios a la promesa hecha a Abraham y a su descendencia para siempre (cf. Lc 1, 50.55).

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza. Los cristianos sabemos cómo la humanidad entera es amada por Dios porque Jesucristo, el Hijo de María, nos lo ha mostrado. Y por eso aclamamos al Señor llenos de gozo. Sabemos, también, que el período de la historia que nos toca vivir es continuación de la historia de salvación que ya atravesaba invisiblemente las generaciones de las que nos ha hablado del evangelio de la genealogía. Las promesas hechas a los patriarcas y a David se cumplen en Cristo y en la Iglesia, que es el gran pueblo en que Dios había dicho que se convertiría la descendencia de Abraham y que sería portador de bendición para toda la humanidad (cf. Gn 12, 2). Vivimos en continuidad con la historia de la primera alianza, sin embargo, con una particularidad muy grande: Jesucristo, el resucitado, hace camino a nuestro lado, es cada día el Emmanuel, el Dios con nosotros (Mt 28, 20). Esto nos debe infundir confianza en todas las circunstancias de nuestra vida y nos ha de acompañar siempre. Dios continúa con su proyecto a favor de la humanidad, de una manera imperceptible pero eficaz, siempre según su plan de amor. Con todo, para llevarlo a cabo, este proyecto cuenta con la colaboración de todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Por ello, nos toca aportar esperanza y compromiso en la tarea de construir cada día la sociedad. Vivimos tiempos difíciles debido a la pandemia y de sus consecuencias negativas a nivel de salud, sanitario, social y económico. Situaciones difíciles también debido a otros problemas a nivel mundial, estatal y a nivel de Cataluña. Y no debemos olvidar que en el mundo sigue el drama de los refugiados, de la violencia, los odios, del hambre.

Como cristianos nos toca ser «hospital de campaña», según la expresión tan significativa del Francisco. Es decir, debemos acoger, de apoyar, de ayudar a curar heridas, de ser solidarios a nivel social y económico. Y nos toca ser constructores de puentes, para superar enfrentamientos e incomprensiones y favorecer un diálogo respetuoso de la manera de pensar de cada uno, que sea constructivo para favorecer el bien común en los grandes retos que tenemos planteados. Estamos en vísperas del 11 de Septiembre, Diada Nacional de Cataluña, y debemos orar y trabajar para que se encuentre una salida justa a la situación actual de nuestro País. Ayudaría el poder revisar la situación de los políticos y líderes sociales que están en la cárcel o en el extranjero.

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza. La Eucaristía nos renueva el amor que Dios nos tiene y nos infunde confianza para seguir trabajando en bien de los demás construyendo el Reino de Jesucristo, como lo hizo la Virgen. Los cristianos sabemos que las dificultades y los sufrimientos actuales son dolores de parto para el alumbramiento del mundo nuevo en el reinado de Jesucristo (cf. Rm 8, 18-23). Con Maria aclamemos al Señor llenos de gozo y agradezcamos sus favores.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la Natividad de la Virgen (8 septiembre 2020)

Domingo de la XXIII semana de durante el año (6 de septiembre de 2020)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (6 de septiembre de 2020)

Ezequiel 33:7-9 / Romanos 13:8-10 / Mateo 18:15-20

 

Queridos hermanos y hermanas,

¿Habéis pensado alguna vez en el bien inmenso que representa para nosotros el hecho de que la Iglesia esté formada también por pecadores, o mejor aún: que la formamos personas en las que el bien coexiste con el mal, el pecado con la gracia, la generosidad con el egoísmo, la limpieza con la suciedad? ¿No os daría miedo una Iglesia que en la tierra pretendiera ser no la comunidad de los creyentes sino la peña de los creídos, el rincón de los buenos, de los puros, donde no habría ni que perdonar ni recibir el perdón, donde Dios debería entrar de puntillas cuando quisiera demostrar que ama infinitamente? Pero no: Por suerte, la Iglesia no es ni el redil de los perfectos ni un coro de ángeles adormecidos. Es una familia, en la que hoy caigo yo y tú mañana, donde hoy yo te apoyo y tú pasado mañana me tendrás que dar la mano, donde gracias a Dios las caídas no son irreparables ni los hundimientos catastróficos. La grandeza de la Iglesia, el fundamento de la alegría de los que formamos parte de ella radica en la misericordia incorregible de Dios, para el que siempre hay algo que hacer -y mucho- en bien de los que ama.

No todo acaba aquí. Supongamos que la Iglesia fuera un espacio de perdón y de concordia, donde, sin embargo, para no restar ociosos, cada uno de nosotros debería observar si la bondad de Dios se derrama primero antes al vecino que a mí, o al revés; en este caso, como mucho, podríamos comunicarnos las vivencias de pecado y de perdón, pero siempre, ante la infinidad de Dios, quedaríamos en la incertidumbre de saber si ya hemos hecho toda la experiencia de la bondad de Dios o si aún tenemos que superar una etapa más. Evidentemente, en este mundo nunca podremos captar toda la riqueza del amor de Dios; pero basta haberla notado una sola vez para adivinar cuál puede ser el destino que nos tiene preparado. ¿Nos atrae este destino?

Volvamos a nuestro mundo y escuchemos otra vez las palabras de Jesús: «todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo». Es decir: en familia, todos los problemas los arreglamos en casa, y no debemos esperar que nos los solucione el vecino, ni tampoco debemos anhelar que nos venga de Dios lo que precisamente quiere que resolvamos entre nosotros. Tan extraño resulta ello a la miopía humana que el día que Jesús perdonó los pecados al paralítico la gente se maravillaba del poder que Dios había dado a los hombres. Pero entonces se trataba de la primera vez; la humanidad no conocía la enseñanza de Jesús sobre el perdón.

Si los cristianos no tenemos o no queremos tener entre nosotros los medios para hacer presente la bondad del Señor para con los hombres -en esto consiste la experiencia de ser perdonado por Dios-, ya no sé francamente donde debemos buscarlos. Si Cristo no ha resucitado nos recuerda san Pablo-, somos los más desgraciados de todos los hombres. Si la resurrección suya no tiene efectos visibles en nuestras relaciones de hermano a hermano, ya no es necesario que recemos el Padrenuestro. Si no hacemos de la Iglesia un lugar de reencuentro entre nosotros y todos los hombres, entre nosotros y Dios, la historia de la salvación se habría podido detenerse en la torre de Babel.

Y, desgraciadamente, a veces parece que sea así. Preferimos caminar agachados antes que con la cabeza erguida, escogemos la jaula en vez del campo abierto, y cuando resuena la palabra liberadora de Cristo, buscamos chivos expiatorios a quien cargar nuestras excusas para que se las lleve lejos y bien lejos. Si Jesús nos dice «Todo lo que atéis en la tierra…», le respondemos que estas palabras ya hay alguien que las tiene demasiado aprendidas. Si el Señor nos insinúa «Cuando tu hermano peque, ve a buscarlo…», le replicamos con lo de Caín «Es que soy el guardián de mi hermano?». Si Jesús nos sugiere al oído que hablemos a la comunidad reunida, le demostramos que de comunidades vivas no hay. Y lanzamos la criatura junto con el agua sucia, o, como decía Jesús mismo, dejamos colar el mosquito y nos tragamos el camello.

¿Nuestra insatisfacción no proviene muchas veces de no haber entrado en la pedagogía del perdón cristiano? Si tenemos de camino a correr! Necesitamos acabar con la visión que divide los

hombres en buenos y malos y olvida que en toda persona hay una parte de bien y una parte de mal. Necesitamos estimar tanto a los hermanos que seamos capaces de practicar la exigencia evangélica de la corrección fraterna. Necesitamos sentir en la propia carne nuestra miseria y la de los demás para que seamos capaces de implorar el perdón de Dios. Necesitamos experimentar este perdón para aprender, a través del único camino posible, que Dios es amor. Necesitamos saber perdonar a los que nos han ofendido para poder recibir el perdón que Dios nos ofrece. Necesitamos tener presente que cuando Dios perdona no sólo borra el pecado sino que derrama a manos llenas su bondad sin límites. Necesitamos saber recomenzar cada día nuestra vida -en esto consiste la conversión- para no caer en la desesperación ni en el sopor. Necesitamos… Necesitamos tantas cosas que sólo en la Eucaristía encontramos la fuerza para obtenerlas.

Abadia de MontserratDomingo de la XXIII semana de durante el año (6 de septiembre de 2020)