Domingo XXXII del tiempo ordinario (12 de noviembre de 2023)

Homilía de Mns. Sergi Gordo, Obispo de Tortosa (12 de noviembre de 2023)

Sabiduría 6:12-16 / 1 Tesalonicenses 4:13-18 / Mateo 25:1-23

 

Querido P. Abat Manel; querida comunidad de monjes benedictinos; escolanes que embellecen el culto con sus melodías que hacen que nuestra oración brote espontánea al Señor; sacerdotes y fieles de las parroquias del arciprestazgo de la Terra Alta de la diócesis de Tortosa que este fin de semana estamos aquí en romería; peregrinos y fieles que llenamos este templo, también quienes siguen esta celebración a través de los medios de comunicación social; hermanas y hermanos todos en el Señor:

Hoy y los próximos dos domingos, últimos del año litúrgico, proclamamos el capítulo 25 del evangelio según San Mateo, en el que Jesús, con diversas parábolas y comparaciones nos habla de su segunda venida: como un ladrón, como el dueño de la casa o un rey que se ha ido lejos y regresa… La comparación que utiliza hoy es hermosa: debemos esperarlo como el esposo que llega a la fiesta de su boda. Es, por tanto, una espera gozosa, porque anhelamos celebrar para siempre la fiesta de su amor sin límites, su amor hasta el extremo.

Hemos escuchado que diez chicas «salieron con antorchas a recibir al esposo». Nuestra vida es una llamada constante a “salir”: salir del seno materno, salir de la casa donde nacimos, salir de la infancia a la juventud y de la juventud a la edad adulta, y así hasta que saldremos definitivamente de este mundo. Lo pienso y lo medito hoy, emocionado, a los pies de la Moreneta, celebrando por primera vez como obispo de Tortosa la eucaristía en este santuario, porque también en mi caso experimento que mi misión episcopal es un llamamiento a salir de lo que ha sido hasta hace poco mi diócesis de origen hacia este nuevo servicio pastoral a la querida diócesis tortosina, saliendo de un servicio apostólico a otro, «sirviendo al Señor con alegría» (salmo 99,2), siempre en ruta, como en una romería constante, siempre peregrinos, “caminando juntos”, paso a paso, hasta lo que será el paso final, cuando vivamos el paso de este mundo hacia la casa del Padre.

El Evangelio nos recuerda que el sentido de este constante salir que es la vida es ir hacia el encuentro del esposo: “El esposo está aquí. Salid a recibirlo.” El encuentro con Jesucristo da sentido y orientación a nuestras vidas. Él es lo mejor que nos ha pasado en nuestras vidas.

Así pues, si nuestra vida consiste en ser peregrinos que caminamos juntos, viviendo la fe comunitariamente, en Iglesia “en salida”, hacia el encuentro con el esposo, entonces nuestra vida, personal y eclesial, es el tiempo que recibimos para crecer en el amor, invitados todos a atisbar cada día la presencia del Señor, su paso por nuestras vidas, el esposo que llega.

Y para crecer en ese amor al Señor que llega, para mantener viva la fe, para vivir la esperanza de entrar con el esposo en la fiesta, para que no nos encontremos con la puerta cerrada, debemos estar a punto con una buena reserva de aceite.

El aceite de una antorcha existe para su consumo. Sólo ilumina quemándose. Así deberían ser nuestras vidas: difundir esperanza y luz gastándonos en el servicio. El secreto de la vida de tantos santos y santas ha sido que han vivido para servir, como Jesús, amando hasta el extremo. Sin embargo, no es fácil servir, no es fácil desvivirnos y amar generosamente, puesto que todo servicio implica oblación de uno mismo, implica entrega, implica hacer el éxodo del propio ego autosuficiente y orgulloso, implica una conversión constante.

Por otra parte, según el evangelio proclamado hoy, las cinco chicas imprudentes «no se llevaron aceite para las antorchas». En cambio, cada una de las cinco chicas prudentes «se proveyó de una botella». Esto nos sugiere que el aceite debe prepararse con tiempo. La imprudencia de aquellas chicas que quedan fuera de las nupcias radica en la falta de previsión, en la falta de preparación. El amor es ciertamente espontáneo, pero también necesita ser alimentado. Que nunca tengamos la tentación de conformarnos con una vida sin amor, que es como una antorcha apagada. Si no invertimos en amor, la llama de la vida se apaga. Correspondamos con gozo al amor del Señor, diciéndole sí, cada día, en cada momento, cada paso, y salgamos a recibirlo encontrándolo en los hermanos y hermanas donde Él está realmente presente, especialmente en los pobres y desvalidos. Ciertamente, la parábola de hoy apunta a la venida definitiva del Señor al final de la historia o al final de nuestra historia en este mundo. Pero en muchos otros momentos de nuestras vidas podemos sentir la presencia del Esposo y también debemos estar listos para recibirlo. Que lo sepamos recibir en los reclamos de los hermanos necesitados de ayuda, de acogida, de escucha, de cariño. Como nos dirá Jesús dentro de dos domingos: “Todo lo que hacíais a estos hermanos, me lo hacíais a mí.”

Estimados hermanos y hermanas, el pasado sábado 28 de octubre, muchos de los que hoy estamos aquí estábamos ese día en Gandesa, celebrando con mucha alegría los 50 años de la romería de las parroquias del arciprestazgo de la Terra Alta, de la diócesis de Tortosa. El querido P. Abat Manel nos honró con su presencia durante toda la jornada que duró la fiesta. Y en la oración que devotamente celebramos aquella mañana, nos dirigimos a la Virgen de Montserrat con una bonita oración. A la luz del Evangelio proclamado hoy, a los pies de nuestra amada Moreneta, volvemos a hacer nuestra la oración mencionada. A Santa María, que dijo sí al Señor, a ella, que nos enseña a vivir con amor, siempre en ruta, caminando juntos, con las antorchas encendidas, le decimos:

“¿Qué cantaremos contigo en este misterio tan grande de tu donación a Dios en Jesucristo? (…) ¡Que Dios nos espera! Ésta es nuestra alegría. Al ir al otro mundo, no vamos al vacío. Nos espera la bondad del Padre, el amor de Jesucristo, la comunión del Espíritu Santo. Nos espera también vuestra bondad de Madre, como aurora y esplendor de la Iglesia de los peregrinos que anhela un día conseguir lo que Dios ha preparado para todos los que le aman.” Amén.

 

Abadia de MontserratDomingo XXXII del tiempo ordinario (12 de noviembre de 2023)

Ordenación diaconal del G. Jordi Puigdevall (24 de junio de 2022)

Homilía de Mns. Sergi Gordo, Obispo auxiliar de Barcelona y rito de ordenación diaconal del G. Jordi Puigdevall (24 de junio de 2022)

Ezequiel 34:11-16 / Romanos 5:5-11 / Lucas 15:3-7

 

Saludo

Queridos padre Abad y comunidad de monjes benedictinos de Santa Maria de Montserrat; querido Jordi, padres, familiares y amigos venidos de Mata, Banyoles; queridos chicos y jóvenes de la Escolanía -que hoy iniciáis vuestras merecidas vacaciones de verano-; queridos hermanas y hermanos en Cristo, también quienes siguen esta solemne eucaristía a través del canal YouTube de Montserrat:

Me apetece mucho, en esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, subir a Montserrat, como un peregrino más, para la ordenación diaconal de Jordi Puigdevall Roca, OSB, monje de esta comunidad benedictina. Gracias P. Abad por su invitación para que un servidor presidiera hoy esta eucaristía en la que oramos para que este buen monje, elegido para el diaconado, sea “activo y diligente en la acción, bueno en el servicio y constante en la oración” (cf. oración colecta de la ordenación de diáconos).

Dentro de la brevedad obligada de una reflexión homilética, permitidme, sin embargo, hacer tres aproximaciones: desde la Palabra de Dios proclamada, desde las enseñanzas del papa Francisco y desde la Regla de san Benito, padre de los monjes de la Iglesia latina, cuyo magisterio inspira toda la vida de este nuevo diácono.

1. Desde la Palabra de Dios

Desde la Palabra de Dios, se nos recuerda hoy que Dios nunca se queda corto en amor y ternura. Por encima del pecado y de la infidelidad humanas, la misericordia de Dios ya se manifestaba como una fuerza especial. Consistía en unos lazos de amor que se estiraban y estiraban sin llegarse nunca a romper. A la larga, este diálogo iba a parar en la llamada a vivir en una intimidad de amistad con el Señor.

En materia de amor, Dios tiene siempre las de ganar, porque desde que empezó la obra de la creación no ha aburrido nada de lo que ha creado. Por el contrario, el misterio de la creación está vinculado al misterio de la elección: “Te quiero con un amor eterno, por eso te he atraído con misericordia” (1) (Jr 31,3).

Encarnado y elevado a la cruz, Jesucristo ha atraído todo hacia él, y los lazos de amor que hay entre el Padre y la humanidad los ha convertido en una nueva y eterna alianza en su sangre.

El prefacio de la solemnidad de hoy dice: “Él, elevado al árbol de la Cruz, se entregó a sí mismo por nosotros con un amor admirable, y de su costado traspasado, fuente de los sacramentos de la Iglesia, del que salió sangre y agua, para que todos, atraídos a su Corazón abierto, pudiéramos beber con gozo en las fuentes de la salvación”.

Las lecturas de la celebración de hoy expresan esta verdad con una imagen de gran presencia en la Biblia, la imagen del Bon Pastor. Tú, Jordi, que estás estudiando en Roma, has visto esta imagen, ahí en las catacumbas. El profeta Ezequiel pone en labios del Señor esta promesa que será real en Cristo. “Yo mismo haré apacentar a mis ovejas y yo mismo las llevaré a reponer”. Es Cristo quien realizará esta promesa profética.

En el evangelio, Cristo, nuestro Buen Pastor, nos invita a celebrar con gozo que ha encontrado la oveja perdida. Esta oveja perdida somos todos y cada uno de nosotros, yo el primero, tú también, cada uno de los que estamos aquí. “En el cielo habrá más alegría por un solo pecador convertido, que, por noventa y nueve justos, que no necesitan convertirse”. El Señor lo decía ante los fariseos y los maestros de la ley. Y hoy también nos advierte a todos nosotros. Es maravilloso el lenguaje que utiliza para hacernos comprender «la inmensidad de su amor», como hemos rogado en la oración colecta al inicio de la eucaristía. Es maravilloso. Él siempre viene a nuestro encuentro, él siempre nos acoge. Como diría el papa Francisco, «él nunca se cansa de perdonar». Contemplamos hoy su amor hasta el extremo. Dejémonos tomar por Cristo. Su amor, su corazón, es inmenso. ¡Él es único!

Estimado Jordi, te pido que no olvides nunca este salmo que cantamos, el salmo responsorial de hoy, el Salmo 22, el del Bon Pastor. Que siempre puedas decir con tu corazón y con tus actos: “El Señor es mi pastor, nada me falta (…). Me guía por caminos seguros por el amor de su nombre.” Y esos caminos son los caminos, desde hoy, de la diaconía, el camino del servicio.

2. Desde la enseñanza del papa Francisco

Desde la enseñanza del papa Francisco, querido Jordi, te comparto un sencillo pensamiento a raíz de su exhortación apostólica Gaudete et exsultate (GE). En virtud del bautismo recibido, todos los bautizados tenemos la vocación a la santidad. Por tanto, esto no es una experiencia extraordinaria reservada sólo a una élite, a unos cuantos escogidos. Todos estamos llamados a esa santidad. Y así como existe «la santidad de la puerta del lado de casa» (GE, 6-9) -de quienes son vecinos nuestros, que pasan desapercibidos, pero que a los ojos de Dios han dejado que su gracia trabaje en ellos, no le han sido un estorbo- también, por gracia de Dios, hay, en esta comunidad monástica, la santidad del vecino de la celda de al lado, del compañero de comunidad, del hermano de mesa, que se convierte, aunque sea sin palabras, en un estímulo para todos los hermanos de vocación a “buscar Dios de verdad” ya adorarlo “en espíritu y en verdad”.

Vive, pues, desde hoy tu vocación a la santidad «sirviendo al Señor -¡y a los hermanos!- con alegría», como dice el salmista (salmo 99,2), siendo desde hoy un verdadero monje-diácono. Es decir, sobre todo un servidor de la Palabra de Dios, un servidor del altar, un servidor de los hermanos, un servidor de los más pobres y necesitados y un servidor -no lo olvidemos- de la evangelización en este santuario de Montserrat la función pastoral del cual, especialmente en el ámbito de las diócesis de Cataluña, es de una especial trascendencia. Es un gran servicio, es una gran “diaconía”, que los obispos de la Conferencia Episcopal Tarraconense sabes que valoramos especialmente, y ésta es la razón que lo recuerde en el día de tu ordenación.

3. Desde la espiritualidad y la Regla de san Benito

Desde la espiritualidad benedictina, desde la Regla de san Benito, te pido de antemano, que me disculpes por recordar eso que sigue a quien sin duda tiene un conocimiento mucho más amplio y mucho más profundo que el que pueda tener un servidor.

Sin embargo, me atrevo a sugerirte que hoy escuches especialmente en el interior de tu corazón estas palabras de san Benito: “Mirad cómo el Señor, con su bondad, nos muestra el camino de la vida. Ceñidos, pues, nuestros lomos con la fe y con la observancia de las buenas obras, hacemos sus caminos siguiendo la guía del Evangelio, para que merezcamos de ver a Aquel que nos ha llamado a su reino. Si queremos habitar en el tabernáculo de su reino, miremos que no se llega si no es corriendo con las buenas obras” (Regla de san Benito, Prólogo, 20-22).

En la escuela de tu padre en el espíritu, sé muy humilde, y si ves basura en el ojo de un hermano tuyo, no dejes de ver la viga en el tuyo (cf. Mt 7,3-5). Y esto todos nosotros también, tratamos de vivirlo así. No dudes en ir subiendo, ayudado por la gracia de Dios, en esos escalones de la humildad, los escalones de la escalera de la virtud, de los que trata el capítulo VII de la Regla. Recuerda lo que dice, al hablar de cuáles son los instrumentos de las buenas obras, “antes de todo, amar al Señor Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Después, el prójimo como a sí mismo”” y sobre todo y en todo momento “no anteponer nada al amor de Cristo” (Regla de San Benito, cap. IV, 1-2 y 21) y “no desesperar nunca de la misericordia de Dios” (Ibídem, 74). Es providencial que seas ordenado precisamente en esta solemnidad donde disfrutamos de la inmensidad de la misericordia de Dios, de la inmensidad del amor del Señor.

Recordando el clásico consejo que da san Benito cuando pide: «que no se anteponga nada al oficio divino» (ningún XLIII), te sugiero, si quieres tenerlo en cuenta, que tu oración, desde ahora, sea ​​para ti un servicio, una diaconía, orando especialmente por la paz en Ucrania y en muchos otros países en guerra -como nos recuerda constantemente el papa Francisco que dice que estamos viviendo una tercera guerra mundial pero “a trozos”-, y que reces también por las necesidades del mundo y de la Iglesia, y concretamente por los frutos del “camino sinodal”, ese camino valiente al que nos ha convocado el Santo Padre, esta aventura del Espíritu. Ruega, sí, por los frutos del camino sinodal que el buen papa Francisco nos ha pedido realizar a todos los bautizados, “caminando juntos”, discerniendo, escuchando al Espíritu.

Conclusión

Querido nuevo diácono, a los pies de la Virgen de Montserrat, nuestra entrañable Moreneta, patrona de las diócesis catalanas, admiramos el gran corazón y sentimos el amor inmenso de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, que no vino a hacerse servir sino a servir. Como cantamos en el Virolai, “Cedro gentil del Líbano sois corona, árbol de incienso, palmera de Sión, el fruto sagrado que vuestro amor nos da es Jesucristo -iba a decir, “¡el gran Diácono”!-, el Redentor del mundo ”.

Amén

(1)  La misericordia ha ocupado en los últimos tiempos de forma muy fuerte la conciencia y también –así lo esperamos- la praxis pastoral de la Iglesia. San Juan Pablo II en los inicios de su pontificado dedicó una encíclica a Dios Padre centrada en su amor hecho misericordia. Fue la carta Dives in misericordia, de 1980. El papa emérito Benedicto XVI, en 2005, primer año de su pontificado, en su encíclica Deus caritas est, afirmó que Jesucristo es “el amor de Dios encarnado”. Y el papa Francisco en 2016 invitó a toda la Iglesia a celebrar el Jubileo de la misericordia, con un documento titulado Misericordiae vultus, presentándonos a Cristo como “el verdadero rostro de la misericordia de Dios Padre”.

Abadia de MontserratOrdenación diaconal del G. Jordi Puigdevall (24 de junio de 2022)