La Ascensión del Señor (29 de mayo de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (29 de mayo de 2022)

Hechos de los Apóstoles 1:1-11 / Hebreos 9:24-28; 10:19-23 / Lucas 24:46-53

 

Todos hemos hecho la experiencia de desear intensamente que ocurra algo, que algún momento llegue: un encuentro con un familiar o amigo, para vosotros escolanes quizás un concierto, o una gira en el extranjero. También hemos vivido aquellos momentos de nervios ante un examen, una entrevista de trabajo, … La importancia de lo que esperamos siempre marca la intensidad de cómo vivimos los momentos previos. A menudo también, si estos hechos son normales ya no los esperamos con la misma ilusión o no los esperamos en absoluto. Estas ideas sobre cómo vivimos y esperamos me ayudan a entender la solemnidad de hoy, la de la Ascensión del Señor, un momento muy preciso de aquel tiempo esencial que llegó después de la muerte de Jesucristo.

En la euforia de la Resurrección del Señor, podríamos pensar que los apóstoles y los discípulos y todos los que gozaron personalmente de la experiencia de saber que Jesús estaba vivo, que el crucificado había resucitado, ya lo tenían todo hecho y aprendido. Y que todos, incluso el dudoso Tomás cuando ya estaba seguro personalmente de todo lo ocurrido, se quedarían en la seguridad de la presencia entre ellos de Jesús, que ese tiempo quizá se prolongaría. A pesar del impacto de la resurrección en los discípulos, las solemnidades de hoy y la de Pentecostés, que está íntimamente relacionada, nos vienen a decir que no, que todavía faltaba algún paso.

Hace muchos años en los cines había un descanso en las películas muy largas. Como todos sabéis, los escritos de San Lucas en el Nuevo Testamento tienen dos partes, el evangelio y los Hechos de los Apóstoles. Puede que algunos hayan encontrado que la primera lectura y el evangelio de hoy eran algo repetitivos y explicaban la misma historia. No es raro. Aunque de forma inversa, hoy hemos leído el fin del Evangelio y el principio de los Hechos de los Apóstoles. Los dos textos nos explicaban La Ascensión del Señor, que podríamos decir que marca la media parte, y que al empezar de nuevo el relato, en la segunda parte, se recuerda un poco donde lo habíamos dejado. La Ascensión marca el punto en el que la historia dejar de ser la historia de la vida de Jesús para pasar a ser la historia del Espíritu Santo, que hace a la comunidad, a la Iglesia.

La Ascensión nos dice que no podemos controlar nosotros a Jesús resucitado. Nosotros sólo podemos acoger alguna de sus maneras de estar allí. Quizás para estimularnos, quizás para que no nos quedáramos demasiado en la resurrección palpable, como en la transfiguración del Tabor, quizás para seguir mostrándonos aquel destino definitivo, aquella comunión con Él que nos tiene preparada, cambió al cabo de cuarenta días de haber resucitado, la forma de estar presente en el mundo. Y lo primero que hizo fue desaparecer. Litúrgicamente lo representaremos el próximo domingo retirando de la Iglesia el cirio pascual, que ha presidido nuestras celebraciones desde el domingo de Pascua.

La Ascensión del Señor nos enseña tres cosas importantes. La primera, tal como os decía al principio, es que nos hace vivir un vacío, y de este modo nos hace vivir la intensidad frente a algo que debe pasar. El mismo Jesús se refiere a esto: Vendrá el Espíritu Santo. Es necesario que yo me vaya, dirá incluso el evangelio de San Juan. Era necesario que los discípulos, y nosotros por extensión, se pusieran en situación. Subrayo un detalle curioso y bonito: Jesús dice: esperad al Espíritu Santo juntos y en Jerusalén. La expectación compartida seguro que es más intensa. Esta espera pertenece al ámbito más sagrado, más espiritual, el ámbito que para los judíos representaba Jerusalén. Es necesario que hagamos y demos al Espíritu Santo el lugar interior que le corresponde. Tengamos siempre en cuenta que es el vínculo entre Dios, Cristo y nosotros.

El segundo mensaje en la fiesta de la Ascensión es que Jesucristo se mantiene fiel a sí mismo. Se mantiene siempre. Diría que aprovecha incluso el hecho de irse para seguir insistiendo en su mesianismo diferente y activo. Y lo hace sin dar por perdidos a los apóstoles y discípulos que parecen no ser capaces de salir de sus esquemas. Parece difícil de comprender que después de todo lo que habían vivido, aún estuvieran como desorientados y le preguntaran: Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel? La pregunta a mí me sigue sonando demasiado dependiente de una manera de ser Mesías antigua, impropia de uno que ya ha pasado por la Cruz, ha resucitado y se ha hecho Señor del tiempo y del espacio, como Dios mismo que es. Es en este sentido que él responde: cuándo va a suceder esto no es importante. Lo que cuenta es ser testigos ahora y extenderse a toda la tierra. El libro de los Hechos de los Apóstoles es la historia de una comunidad que nace en Jerusalén fruto del don del Espíritu y que se extiende en todo el mundo. Y si finalmente podemos afirmar que sí, que Jesucristo restablece la realeza de Israel, debemos decir que lo hace de una manera totalmente diferente.

Y después de subir al cielo: todavía se oye una voz que nos devuelve a la tierra: Hombres de Galilea, (referencia al origen para personalizar, para dirigirse muy directamente a los íntimos):, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo, pero es necesario que la historia mientras tanto continúe, y ciertamente el Libro de los Hechos de los apóstoles continúa, con una gran cantidad de aventuras apostólicas. Jesús sube al cielo bendiciendo. Bendiciendo todo lo que va a pasar.

Y la tercera cosa que nos marca la Ascensión es un camino personal. Nuestra vida de cristianos se hace siempre a imitación de Cristo: en el seguimiento de su enseñanza espiritual, de su compasión, incluso al intentar vivir pascualmente como resucitados, no dejándonos llevar por las fuerzas que nos llevarían a la muerte y siempre con la aspiración de la plena comunión con Él. La Ascensión que marca, si cabía todavía, un paso más en la ya irreversible comunión entre el Padre y el Hijo, nos enseña que nosotros vamos hacia Dios y donde tenemos la esperanza de llegar, como nos ha dicho la oración colecta: la Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria, y adonde ya se ha adelantado gloriosamente nuestra Cabeza, esperamos llegar también los miembros de su cuerpo. Y también nos dirá la oración de la poscomunión: Dios todopoderoso y eterno, que, mientras vivimos aún en la tierra, nos concedes gustar los divinos misterios, te rogamos que el afecto de nuestra piedad cristiana se dirija allí donde nuestra condición humana está contigo.

(En francés) Muy brevemente, he tratado de resaltar tres mensajes que la solemnidad de hoy tiene para todos nosotros. El primero es la espera del Espíritu Santo, el don que Dios nos da y que celebraremos el próximo domingo. La segunda es la fidelidad de Jesús a un modo de ser Rey y Mesías que nos hace estar siempre en la tierra, para ser sus testigos. La tercera es la invitación a seguirlo.

Pensadlo todavía un poco los escolanes: los que se confirmaron en Pascua, los que se confirmaron el pasado domingo. Nos comprometimos juntos a promover en nuestros corazones la conciencia del Espíritu Santo que hemos recibido, pero que seguimos pidiendo, nos comprometimos a la fidelidad al mesianismo de Jesucristo, que es Rey, pero en el servicio, en la ayuda, en la compasión a los más necesitados, por tanto, fiel a sí mismo, y también nos comprometimos al reto de su seguimiento, a nuestra identificación en todos los aspectos inagotables de la personalidad y el mensaje de Jesús de Nazaret. Un reto que tiene en sí mismo la prueba del éxito. Imaginad que fácil: Un desafío de la vida que la puedes encarar sabiendo que lo vas a lograr y no sólo tú, sino todos los que se atrevan a aceptar el reto de ser cristianos hoy. En el fondo, lo que habéis hecho ha sido aceptar el reto que Jesús resucitado nos vuelve a proponer hoy: tenerlo a Él por referente principal de vuestras vidas, anhelando la comunión con Dios. Éstos son los mensajes que nos deja la solemnidad de hoy.

Abadia de MontserratLa Ascensión del Señor (29 de mayo de 2022)

La Ascensión del Señor (16 de mayo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (16 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 1:1-11 / Efesis 4:3-6.1-13 / Marc 16:15-20

 

Se elevó y fue llevado al cielo, nos ha dicho el evangelio. En el Credo, la vida de Jesucristo en la tierra nos es presentada -hermanos y hermanas estimados- en términos de un gran abajamiento y de una ascensión gloriosa. «Por nuestra salvación bajó del cielo», decimos. En otras palabras, salió del Padre para venir al mundo y mostrar el amor inmenso que el Padre le tiene (cf. Jn 16, 27-28). Se abajó viviendo en el anonimato la mayor parte de su vida y dado a un trabajo humilde. Se abajó aún más con la crucifixión y con la estancia en el sepulcro. Después, subió al cielo y fue glorificado a la derecha del Padre. Hoy la Iglesia celebra con alegría y con acción de gracias esta ascensión gloriosa.

Las lecturas que hemos escuchado y también el credo utilizan un lenguaje simbólico para explicar esta realidad del regreso de Jesús a la casa del Padre (cf. Jn 14, 2; 16, 28). Y por eso hablan de subir, de elevarse, de sentarse a su derecha. Con ello quieren expresar que el Hijo de Dios con su cuerpo humano glorioso, se adentra en la dimensión trascendente de Dios y participa de la gloria, la soberanía, el poder divinos, en un abrazo eterno de amor con el Padre, para derramarlo a manos llenas sobre la humanidad.

Si sólo tuviéramos que contar con nuestras posibilidades, la humanidad no podría tener nunca acceso a la casa del Padre. Sólo Jesucristo, con la ascensión, ha podido abrirnos el acceso. Nosotros, pues, que estamos unidos a él por el bautismo, confiamos poderlo seguir hasta allí. Por eso, hoy, tanto como celebramos la ascensión gloriosa de nuestro Señor, celebramos también que nosotros somos llamados a participar de esta elevación. La añoranza que sentimos de una vida sin fin, de vivir en la plenitud del amor y de la alegría, la podremos satisfacer. Nuestros sueños de un futuro mejor, sin sufrimiento, ni dolor, ni muerte, podrán ser satisfechos gracias a las puertas que nos abre la ascensión de Jesús, si seguimos los caminos del Evangelio. Esta confianza nos permite vivir una alegría y una esperanza que transfiguran la vida de cada día.

El hecho de que él haya dejado de ser visible a nuestros ojos, no significa que se haya separado de nosotros. La ascensión inicia otro modo de presencia. Y no una presencia estática, sino dinámica. Él continúa viviendo, hablando y actuando en el seno de la Iglesia, hasta el final de la historia. Sigue cooperando con sus discípulos también hoy.

Predicaban a todos la Buena Nueva del Evangelio, decía también el evangelista. Porque la misión de evangelizar que Jesús había llevado a cabo, a partir de la ascensión, la encomienda a la Iglesia en su conjunto y a cada uno de sus miembros en particular. También nosotros tenemos que ser testigos suyos. Pero, para ser testigo, es necesario haber tenido una experiencia personal de lo que testimoniamos. Por ello, primero debemos haber dejado entrar Jesucristo en nuestras vidas y profundizado nuestra fe a través de la oración, de la lectura orante de la Sagrada Escritura, de la celebración de los sacramentos, de tener conciencia de formar parte del cuerpo eclesial de Cristo. De todos modos, no hay que esperar haber llegado a los grados más altos de la vivencia cristiana para empezar a comunicar los otros el tesoro de la fe y las grandes perspectivas existenciales que abre. Basta haber empezado a tener alguna vivencia personal.

La misión evangelizadora, mientras da vida a los demás, ayuda a madurar y hace crecer en la fe a quienes evangelizan. Y evangelizar significa no sólo dar a conocer la persona de Jesús sino hacerse servidor de los demás. Además, tal como dice el Papa en su exhortación apostólica sobre «La alegría del Evangelio»: se ha de evangelizar con alegría; una alegría interior que se refleje en el rostro, «incluso que hay que sembrarla entre lágrimas», porque «el mundo actual, que busca a veces con angustia, a veces con esperanza,» debe poder «recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes, impacientes o ansiosos, sino a través de servidores del Evangelio «que irradien la alegría de Cristo que han recibido como don (cf. Evangelii gaudium, 10).

Cada uno ha recibido una gracia según la medida de la generosidad de Cristo, decía el Apóstol. La misión de evangelizar, cada uno la llevará a cabo de acuerdo con los dones que Dios le ha concedido. Así procuró hacerlo el P. Antoni M. Marcet, hijo de Terrassa, del que hoy conmemoramos los 75 años de su muerte, acaecida el 13 de mayo. Su misión evangelizadora partió de la gracia que recibió en su vocación monástica y presbiteral en Montserrat y, más adelante, de su elección como abad de nuestro monasterio. El despliegue de esta vocación fue preparado por los años que pasó en nuestra Escolanía. Su abadiato, iniciado en 1912, ha sido uno de los más largos de la historia de nuestro monasterio. Con la cooperación de otros monjes, fue dado mucho fruto. Abrió nuevos horizontes a la comunidad y marcó unos surcos que en buena parte perduran hasta hoy. Renovó la vida monástica y la vida litúrgica, favoreció la catalanización de Montserrat, potenció su dimensión cultural, la formación intelectual de los monjes, reformó edificios y construyó otros nuevos, reimplantó la imprenta y dinamizó las publicaciones, inauguró el museo bíblico, etc. Son muchas las cosas que se podrían mencionar, pero ahora no es posible. El abad Antoni M. Marcet, dicen los que le conocieron, era un hombre recto, firme, discreto, humilde; arraigado en una fuerte vivencia espiritual, fundamentada en la liturgia y en la Sagrada Escritura, aunque durante muchas temporadas la vivió en la oscuridad de la fe y en la aridez interior. Siempre lo sostuvo, sin embargo, la confianza en Dios, como lo reflejaba su lema abacial. Sufrió mucho cuando en julio de 1936, la comunidad se tuvo que dispersar y dejar el monasterio y el santuario, y aún más debido a los 23 monjes que fueron asesinados o murieron en el frente. Este sufrimiento le afectó fuertemente la salud.

Las palabras de despedida de la comunidad que dijo en el lecho de muerte, son un auténtico testamento espiritual: «Amad Dios. Sed siempre fieles a Jesucristo según el espíritu del Evangelio. Él es el remedio y la única salvación, no sólo para los monjes sino de todo el mundo. Sed fieles a la Virgen María; ella es nuestra tierna madre que nos acompaña como cogiéndonos de la mano, estimémosla. Tengamos caridad, porque sin caridad todo es mentira. Estimemos siempre y a todo el mundo». Tuvo, también, unas últimas palabras de despedida para los escolanes: «Yo recuerdo con emoción -les dijo- el honor de haber sido recibido en esta casa, aquí hice la primera comunión, aquí nací a la vida espiritual y a la vida intelectual. Procurad ser hijos predilectos de la Virgen «(cf. El Abad Marcet. Montserrat, 1951, p. 27-28).

Hoy, en torno al altar, hacemos memoria de la persona del P. Abad Antoni M. Marcet y agradecemos la obra que el Señor hizo a través de él a favor de Montserrat y de su misión en la Iglesia. Y también pedimos que comparta la gloria de Jesucristo para que pueda ser, cerca de él, intercesor a favor nuestro.

Ahora nos adentraremos en el corazón de la celebración eucarística. En el sacramento, encontraremos la presencia de Aquel que, por su ascensión, aparentemente puede parecer ausente, Jesucristo

 

Abadia de MontserratLa Ascensión del Señor (16 de mayo de 2021)

Solemnidad de la Ascensión del Senyor (24 mayo 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (24 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 1:1-11 –  Efesios 1:17-23 –  Mateo 28:16-20

 

No, hermanos y hermanas. No hay contradicción entre la primera lectura y el Evangelio que acabamos de escuchar. La primera lectura, del libro de los Hechos, decía que Jesús lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Y, en cambio, el evangelio decía: yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.Parece que pueda haber una contradicción, porque por un lado se nos dice que una nube se lo quitó de la vista y, por otro, que continuaría en medio de ellos y que continuará están con sus discípulos a lo largo de la historia, todos los días hasta el fin del mundo.

La nube y el hecho de perderlo de vista, es una manera de decir que Jesús entra en una nueva realidad. Como decimos en el Credo, «por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo […] y se hizo hombre», él estaba con Dios desde el principio (Jn 1, 2). Ahora, en la Ascensión, retorna a Dios; lo decimos, también en el Credo: «subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre». Sentarse a la derecha es una expresión, que también hemos encontrado en la segunda lectura, y que significa que Jesús participa plenamente del señorío de Dios; de la gloria, del honor, de la autoridad, del amor infinito del Padre, en un ámbito divino que no es visible a nuestros ojos humanos. Jesús vuelve a la realidad de antes de hacerse hombre, pero llevando su cuerpo humano y sus heridas gloriosas, porque desde la encarnación ha quedado indisolublemente unido a nuestra naturaleza humana. En el seno de Dios, en lo más íntimo de la esencia divina, tenemos un hermano nuestro en humanidad.

La ascensión, sin embargo, no aleja Jesús de nosotros. Deja de ser perceptible a nuestros sentidos, pero sigue presente en medio de los suyos. De ahí la gran alegría de los discípulos después de la ascensión (cf. Lc 24, 52) y la de la Iglesia (cf. colecta) al celebrarla. La causa de esta alegría es doble. Por un lado porque el Señor y el Maestro ha vuelto a la gloria que le corresponde como Hijo de Dios; y, por otra parte, también porque no nos abandona sino que sigue estando en medio de los discípulos. Y no con una presencia estática. Sino con una presencia activa, curativa, salvadora, portadora de gracia y de vida. Él mismo había dicho antes: no os dejaré huérfanos (Jn 114, 18). Y ahora les dice: yo estoy con vosotros todos los días, haciendo camino a vuestro lado.

Tal como decía el Apóstol en la segunda lectura, Jesucristo actúa en nosotros con su poder, nos comunica la fuerza de la vida nueva que viene de la resurrección, nos  ilumina los ojos de nuestro corazón para que vivamos con la esperanza que también nosotros podremos participar de la riqueza de gloria que nos tiene reservada cuando entremos a participar de la herencia que él nos quiere dar a los santos en la gloria donde él ha vuelto. Así Jesucristo, a lo largo de la historia, va conduciendo su cuerpo que es la Iglesia y a cada uno de los miembros de este cuerpo que somos los bautizados, hacia la plena participación de su vida.

La solemnidad de la ascensión nos hace comprender que la salvación está ya en nuestro interior de bautizados y que se desplegará en plenitud una vez traspasado el umbral de la muerte. Todo por don de Dios gracias a la muerte y la resurrección de Jesucristo. Ser conscientes de ello nos hace vivir con alegría. Pero no nos lo podemos guardar para nosotros solos. Los dones que ya hemos recibido y que recibimos en virtud de la fe y de la gracia de los sacramentos, y la esperanza de la participación futura de la gloria de Jesucristo, deben traducirse en amor a los demás, sobre todo a los que sufren, a los que están tristes, a los que no tienen esperanza. Los dones recibidos y la esperanza que anida en nuestro interior deben traducirse, también, como contribución a construir la sociedad particularmente ahora que la pandemia va disminuyendo entre nosotros y nos encontramos con una crisis económica muy fuerte que tiene numerosas consecuencias a nivel social: crecen los que pasan hambre, los que han perdido el trabajo, los que no pueden llegar a fin de mes, quienes experimentan de un modo u otro la precariedad. Entre todos –agentes institucionales, políticos, económicos, sociales, etc.- tenemos que encontrar la manera de crear una nueva realidad económica y social justa y solidaria. También la Iglesia –que es «experta en humanidad», como dijo San Pablo VI en la ONU-, debe aportar su reflexión sobre temas sociales y económicos y su experiencia, particularmente la vivida en los lugares de mayor pobreza y de más marginación del mundo. Si, como parece, la crisis nos empobrecerá a todos, tenemos que trabajar desde ahora para que no crezcan más las desigualdades.

La ascensión, pues, lejos de evadirnos de la realidad humana, nos inserta plenamente en ella. Desde el bautismo, hemos recibido la llamada a ser continuadores de la misión que Jesús confió a sus discípulos: ser testigos de él con la fuerza del Espíritu Santo, anunciar el Evangelio de la misericordia y de la curación de los corazones, colaborar en construir un mundo justo donde la dignidad de cada persona y de cada pueblo sea respetada y valorada, trabajar para que todos los pueblos conozcan y acojan la persona de Jesucristo y su Palabra. Esta misión la hemos recibido desde el bautismo, pero la tenemos que ejercer toda la vida a nivel individual, hasta donde llegue nuestra irradiación, y a nivel comunitario, eclesial. La presencia de Jesús en nuestro interior de bautizados unida a la vivencia espiritual de la oración nos da luz y fuerza para llevar a cabo la misión recibida. La llamada que nos hace ir hacia la gloria donde él ha llegado, es un estímulo que nos da esperanza.

Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. En la Eucaristía tenemos el momento más intenso de la presencia de Jesucristo resucitado en medio de nosotros. Está presente en la Palabra que hemos proclamado. Está presente en el sacramento de la Eucaristía que nos disponemos a celebrar y recibir. Está presente en cada hermano de nuestra asamblea o que se une a nosotros a través de los medios de comunicación. Acojámoslo, pues, en cada una de estas presencias, con amor y con agradecimiento. Y hagámonos heraldos de su persona y de su Evangelio.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Ascensión del Senyor (24 mayo 2020)