La Ascensión del Señor (16 de mayo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (16 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 1:1-11 / Efesis 4:3-6.1-13 / Marc 16:15-20

 

Se elevó y fue llevado al cielo, nos ha dicho el evangelio. En el Credo, la vida de Jesucristo en la tierra nos es presentada -hermanos y hermanas estimados- en términos de un gran abajamiento y de una ascensión gloriosa. «Por nuestra salvación bajó del cielo», decimos. En otras palabras, salió del Padre para venir al mundo y mostrar el amor inmenso que el Padre le tiene (cf. Jn 16, 27-28). Se abajó viviendo en el anonimato la mayor parte de su vida y dado a un trabajo humilde. Se abajó aún más con la crucifixión y con la estancia en el sepulcro. Después, subió al cielo y fue glorificado a la derecha del Padre. Hoy la Iglesia celebra con alegría y con acción de gracias esta ascensión gloriosa.

Las lecturas que hemos escuchado y también el credo utilizan un lenguaje simbólico para explicar esta realidad del regreso de Jesús a la casa del Padre (cf. Jn 14, 2; 16, 28). Y por eso hablan de subir, de elevarse, de sentarse a su derecha. Con ello quieren expresar que el Hijo de Dios con su cuerpo humano glorioso, se adentra en la dimensión trascendente de Dios y participa de la gloria, la soberanía, el poder divinos, en un abrazo eterno de amor con el Padre, para derramarlo a manos llenas sobre la humanidad.

Si sólo tuviéramos que contar con nuestras posibilidades, la humanidad no podría tener nunca acceso a la casa del Padre. Sólo Jesucristo, con la ascensión, ha podido abrirnos el acceso. Nosotros, pues, que estamos unidos a él por el bautismo, confiamos poderlo seguir hasta allí. Por eso, hoy, tanto como celebramos la ascensión gloriosa de nuestro Señor, celebramos también que nosotros somos llamados a participar de esta elevación. La añoranza que sentimos de una vida sin fin, de vivir en la plenitud del amor y de la alegría, la podremos satisfacer. Nuestros sueños de un futuro mejor, sin sufrimiento, ni dolor, ni muerte, podrán ser satisfechos gracias a las puertas que nos abre la ascensión de Jesús, si seguimos los caminos del Evangelio. Esta confianza nos permite vivir una alegría y una esperanza que transfiguran la vida de cada día.

El hecho de que él haya dejado de ser visible a nuestros ojos, no significa que se haya separado de nosotros. La ascensión inicia otro modo de presencia. Y no una presencia estática, sino dinámica. Él continúa viviendo, hablando y actuando en el seno de la Iglesia, hasta el final de la historia. Sigue cooperando con sus discípulos también hoy.

Predicaban a todos la Buena Nueva del Evangelio, decía también el evangelista. Porque la misión de evangelizar que Jesús había llevado a cabo, a partir de la ascensión, la encomienda a la Iglesia en su conjunto y a cada uno de sus miembros en particular. También nosotros tenemos que ser testigos suyos. Pero, para ser testigo, es necesario haber tenido una experiencia personal de lo que testimoniamos. Por ello, primero debemos haber dejado entrar Jesucristo en nuestras vidas y profundizado nuestra fe a través de la oración, de la lectura orante de la Sagrada Escritura, de la celebración de los sacramentos, de tener conciencia de formar parte del cuerpo eclesial de Cristo. De todos modos, no hay que esperar haber llegado a los grados más altos de la vivencia cristiana para empezar a comunicar los otros el tesoro de la fe y las grandes perspectivas existenciales que abre. Basta haber empezado a tener alguna vivencia personal.

La misión evangelizadora, mientras da vida a los demás, ayuda a madurar y hace crecer en la fe a quienes evangelizan. Y evangelizar significa no sólo dar a conocer la persona de Jesús sino hacerse servidor de los demás. Además, tal como dice el Papa en su exhortación apostólica sobre «La alegría del Evangelio»: se ha de evangelizar con alegría; una alegría interior que se refleje en el rostro, «incluso que hay que sembrarla entre lágrimas», porque «el mundo actual, que busca a veces con angustia, a veces con esperanza,» debe poder «recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes, impacientes o ansiosos, sino a través de servidores del Evangelio «que irradien la alegría de Cristo que han recibido como don (cf. Evangelii gaudium, 10).

Cada uno ha recibido una gracia según la medida de la generosidad de Cristo, decía el Apóstol. La misión de evangelizar, cada uno la llevará a cabo de acuerdo con los dones que Dios le ha concedido. Así procuró hacerlo el P. Antoni M. Marcet, hijo de Terrassa, del que hoy conmemoramos los 75 años de su muerte, acaecida el 13 de mayo. Su misión evangelizadora partió de la gracia que recibió en su vocación monástica y presbiteral en Montserrat y, más adelante, de su elección como abad de nuestro monasterio. El despliegue de esta vocación fue preparado por los años que pasó en nuestra Escolanía. Su abadiato, iniciado en 1912, ha sido uno de los más largos de la historia de nuestro monasterio. Con la cooperación de otros monjes, fue dado mucho fruto. Abrió nuevos horizontes a la comunidad y marcó unos surcos que en buena parte perduran hasta hoy. Renovó la vida monástica y la vida litúrgica, favoreció la catalanización de Montserrat, potenció su dimensión cultural, la formación intelectual de los monjes, reformó edificios y construyó otros nuevos, reimplantó la imprenta y dinamizó las publicaciones, inauguró el museo bíblico, etc. Son muchas las cosas que se podrían mencionar, pero ahora no es posible. El abad Antoni M. Marcet, dicen los que le conocieron, era un hombre recto, firme, discreto, humilde; arraigado en una fuerte vivencia espiritual, fundamentada en la liturgia y en la Sagrada Escritura, aunque durante muchas temporadas la vivió en la oscuridad de la fe y en la aridez interior. Siempre lo sostuvo, sin embargo, la confianza en Dios, como lo reflejaba su lema abacial. Sufrió mucho cuando en julio de 1936, la comunidad se tuvo que dispersar y dejar el monasterio y el santuario, y aún más debido a los 23 monjes que fueron asesinados o murieron en el frente. Este sufrimiento le afectó fuertemente la salud.

Las palabras de despedida de la comunidad que dijo en el lecho de muerte, son un auténtico testamento espiritual: «Amad Dios. Sed siempre fieles a Jesucristo según el espíritu del Evangelio. Él es el remedio y la única salvación, no sólo para los monjes sino de todo el mundo. Sed fieles a la Virgen María; ella es nuestra tierna madre que nos acompaña como cogiéndonos de la mano, estimémosla. Tengamos caridad, porque sin caridad todo es mentira. Estimemos siempre y a todo el mundo». Tuvo, también, unas últimas palabras de despedida para los escolanes: «Yo recuerdo con emoción -les dijo- el honor de haber sido recibido en esta casa, aquí hice la primera comunión, aquí nací a la vida espiritual y a la vida intelectual. Procurad ser hijos predilectos de la Virgen «(cf. El Abad Marcet. Montserrat, 1951, p. 27-28).

Hoy, en torno al altar, hacemos memoria de la persona del P. Abad Antoni M. Marcet y agradecemos la obra que el Señor hizo a través de él a favor de Montserrat y de su misión en la Iglesia. Y también pedimos que comparta la gloria de Jesucristo para que pueda ser, cerca de él, intercesor a favor nuestro.

Ahora nos adentraremos en el corazón de la celebración eucarística. En el sacramento, encontraremos la presencia de Aquel que, por su ascensión, aparentemente puede parecer ausente, Jesucristo

 

Abadia de MontserratLa Ascensión del Señor (16 de mayo de 2021)

Solemnidad de la Ascensión del Senyor (24 mayo 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (24 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 1:1-11 –  Efesios 1:17-23 –  Mateo 28:16-20

 

No, hermanos y hermanas. No hay contradicción entre la primera lectura y el Evangelio que acabamos de escuchar. La primera lectura, del libro de los Hechos, decía que Jesús lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Y, en cambio, el evangelio decía: yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.Parece que pueda haber una contradicción, porque por un lado se nos dice que una nube se lo quitó de la vista y, por otro, que continuaría en medio de ellos y que continuará están con sus discípulos a lo largo de la historia, todos los días hasta el fin del mundo.

La nube y el hecho de perderlo de vista, es una manera de decir que Jesús entra en una nueva realidad. Como decimos en el Credo, «por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo […] y se hizo hombre», él estaba con Dios desde el principio (Jn 1, 2). Ahora, en la Ascensión, retorna a Dios; lo decimos, también en el Credo: «subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre». Sentarse a la derecha es una expresión, que también hemos encontrado en la segunda lectura, y que significa que Jesús participa plenamente del señorío de Dios; de la gloria, del honor, de la autoridad, del amor infinito del Padre, en un ámbito divino que no es visible a nuestros ojos humanos. Jesús vuelve a la realidad de antes de hacerse hombre, pero llevando su cuerpo humano y sus heridas gloriosas, porque desde la encarnación ha quedado indisolublemente unido a nuestra naturaleza humana. En el seno de Dios, en lo más íntimo de la esencia divina, tenemos un hermano nuestro en humanidad.

La ascensión, sin embargo, no aleja Jesús de nosotros. Deja de ser perceptible a nuestros sentidos, pero sigue presente en medio de los suyos. De ahí la gran alegría de los discípulos después de la ascensión (cf. Lc 24, 52) y la de la Iglesia (cf. colecta) al celebrarla. La causa de esta alegría es doble. Por un lado porque el Señor y el Maestro ha vuelto a la gloria que le corresponde como Hijo de Dios; y, por otra parte, también porque no nos abandona sino que sigue estando en medio de los discípulos. Y no con una presencia estática. Sino con una presencia activa, curativa, salvadora, portadora de gracia y de vida. Él mismo había dicho antes: no os dejaré huérfanos (Jn 114, 18). Y ahora les dice: yo estoy con vosotros todos los días, haciendo camino a vuestro lado.

Tal como decía el Apóstol en la segunda lectura, Jesucristo actúa en nosotros con su poder, nos comunica la fuerza de la vida nueva que viene de la resurrección, nos  ilumina los ojos de nuestro corazón para que vivamos con la esperanza que también nosotros podremos participar de la riqueza de gloria que nos tiene reservada cuando entremos a participar de la herencia que él nos quiere dar a los santos en la gloria donde él ha vuelto. Así Jesucristo, a lo largo de la historia, va conduciendo su cuerpo que es la Iglesia y a cada uno de los miembros de este cuerpo que somos los bautizados, hacia la plena participación de su vida.

La solemnidad de la ascensión nos hace comprender que la salvación está ya en nuestro interior de bautizados y que se desplegará en plenitud una vez traspasado el umbral de la muerte. Todo por don de Dios gracias a la muerte y la resurrección de Jesucristo. Ser conscientes de ello nos hace vivir con alegría. Pero no nos lo podemos guardar para nosotros solos. Los dones que ya hemos recibido y que recibimos en virtud de la fe y de la gracia de los sacramentos, y la esperanza de la participación futura de la gloria de Jesucristo, deben traducirse en amor a los demás, sobre todo a los que sufren, a los que están tristes, a los que no tienen esperanza. Los dones recibidos y la esperanza que anida en nuestro interior deben traducirse, también, como contribución a construir la sociedad particularmente ahora que la pandemia va disminuyendo entre nosotros y nos encontramos con una crisis económica muy fuerte que tiene numerosas consecuencias a nivel social: crecen los que pasan hambre, los que han perdido el trabajo, los que no pueden llegar a fin de mes, quienes experimentan de un modo u otro la precariedad. Entre todos –agentes institucionales, políticos, económicos, sociales, etc.- tenemos que encontrar la manera de crear una nueva realidad económica y social justa y solidaria. También la Iglesia –que es «experta en humanidad», como dijo San Pablo VI en la ONU-, debe aportar su reflexión sobre temas sociales y económicos y su experiencia, particularmente la vivida en los lugares de mayor pobreza y de más marginación del mundo. Si, como parece, la crisis nos empobrecerá a todos, tenemos que trabajar desde ahora para que no crezcan más las desigualdades.

La ascensión, pues, lejos de evadirnos de la realidad humana, nos inserta plenamente en ella. Desde el bautismo, hemos recibido la llamada a ser continuadores de la misión que Jesús confió a sus discípulos: ser testigos de él con la fuerza del Espíritu Santo, anunciar el Evangelio de la misericordia y de la curación de los corazones, colaborar en construir un mundo justo donde la dignidad de cada persona y de cada pueblo sea respetada y valorada, trabajar para que todos los pueblos conozcan y acojan la persona de Jesucristo y su Palabra. Esta misión la hemos recibido desde el bautismo, pero la tenemos que ejercer toda la vida a nivel individual, hasta donde llegue nuestra irradiación, y a nivel comunitario, eclesial. La presencia de Jesús en nuestro interior de bautizados unida a la vivencia espiritual de la oración nos da luz y fuerza para llevar a cabo la misión recibida. La llamada que nos hace ir hacia la gloria donde él ha llegado, es un estímulo que nos da esperanza.

Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. En la Eucaristía tenemos el momento más intenso de la presencia de Jesucristo resucitado en medio de nosotros. Está presente en la Palabra que hemos proclamado. Está presente en el sacramento de la Eucaristía que nos disponemos a celebrar y recibir. Está presente en cada hermano de nuestra asamblea o que se une a nosotros a través de los medios de comunicación. Acojámoslo, pues, en cada una de estas presencias, con amor y con agradecimiento. Y hagámonos heraldos de su persona y de su Evangelio.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Ascensión del Senyor (24 mayo 2020)