Domingo XV del tiempo ordinario (10 de julio de 2022)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (10 de julio de 2022)

Deuteronomio 30:10-14 / Colosenses 1:15-20 / Lucas 10:25-37

 

Estimados hermanos y hermanas,

La liturgia de la Palabra de este domingo nos ofrece para nuestra contemplación y oración la parábola del Buen samaritano, que como toda parábola tiene una ambientación dramática, en este caso evidente, y un núcleo central, que es lo más importante: Dios mismo y su Reino.

En el relato de hoy, nos encontramos, en primer lugar, con un maestro de la Ley cuya intención es poner a Jesús a prueba con una pregunta sobre lo que debe hacer para tener la vida eterna. Tratándose de una pregunta trampa, Jesús se limita a pedirle qué está escrito en la Ley, ya que siendo un maestro lo sabía perfectamente. Le dice: en la Ley está escrito “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y “a tu prójimo como a ti mismo”. La respuesta gusta a Jesús y le pide ir más allá: “Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida”.

La invitación a poner en práctica lo que está escrito en la Ley no debió de convencerle demasiado ya que o no sabía cómo hacerlo o intuía que se trataba de algo serio que le obligaba a un cambio radical en su vida. Por eso, el mismo evangelista nos dice que con ganas de justificarse, preguntó de nuevo: «¿Y quién es mi prójimo?»

Jesús ante esta insistencia le explica una parábola que cambia el significado de sus preguntas, como iremos viendo a lo largo de esta reflexión.

En la respuesta parabólica de Jesús vemos cómo un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, un trayecto no fácil en aquel tiempo y más si se hacía solo. En un momento determinado del trayecto este hombre, de quien no se nos dice en ningún momento ni el nombre, ni si era judío, pagano o samaritano, cayó en manos de ladrones, que le desnudaron, le apalearon y se fueron dejándolo medio muerto, es decir, le abandonaron a su desdicha.

Sin introducción alguna aparecen casualmente, bajando por el mismo camino, un sacerdote que lo vio, pero pasó de largo por el otro lado. Igualmente, un levita que también pasó de largo por el otro lado.

La actitud del sacerdote y del levita hacen nacer la indignación en los lectores de la parábola. Y es normal. Ante la injusticia o actitudes poco nobles nos indignamos. Y hacemos bien en hacerlo. Pero al contemplar un texto evangélico no debemos olvidar que la Escritura no habla nunca en tercera persona del singular, sino que cada uno de nosotros puede poner su nombre encima o debajo de las actitudes de todos y cada uno de los personajes que aparecen, también en el de los anónimos sacerdote y levita de ese relato. En este punto, cada uno debe tratar de ver cómo su nombre, su historia, encuentra un reflejo en la misma Palabra de Dios que es la Escritura, sabiendo que Dios es el único que conoce con nitidez la vida de cada uno, es decir, tal y como Él la ha creado. Y esto nos da confianza en el desfallecimiento.

Continuando con la reflexión de la parábola, un samaritano que viajaba por aquel lugar, supongamos que casualmente al igual que lo hacían el sacerdote y el levita, cuando llegó lo vio, se compadeció y se acercó a él.

Verle, compadecerse, acercársele, tres realidades rebosantes de humanidad. Por eso, creo que podemos decir que no hay humanidad sin compasión, siendo ésta la menos “sentimental” de los sentimientos, ya que detenerse y acercarse a la realidad que se ha visto del otro pide un proceso para ir creando en el propio corazón unas actitudes que hacen estar atentos a la realidad de quienes sufren. Seguro que aquel anónimo samaritano hijo de un pueblo considerado por los judíos como personas hostiles, despreciables, que no participaban del culto del templo de Jerusalén, donde precisamente el sacerdote y el levita ejercían su oficio, había ido trabajando en su interior actitudes profundas que se desprenden de la Ley, es decir, amar al Señor, con todo el corazón y a los demás como a uno mismo.

El samaritano va aún más allá. No sabiendo si estaba vivo o muerto le toca, vendándole las heridas después de haberlas curado. Si el herido ya estaba muerto, el samaritano tocándolo se convertía en un hombre impuro. Por eso impresiona cómo el evangelista no esquiva la pregunta del maestro de la Ley, como tampoco la esquivó Jesús, sino que le ofrece y nos ofrece a nosotros la concreción fáctica y práctica del Decálogo indicando, uno tras otro, diez verbos para describir el plan de amor de Dios: ver, compadecerse, acercarse, calmar, vendar, cargar, llevar, cuidar y volver, por si todavía se necesita algo.

Jesús cambia la pregunta del maestro de la Ley: quién es mi prójimo. La pregunta de Jesús es otra: quien se hizo prójimo. Por eso, los seguidores de Jesús se preguntan: ¿quién me necesita? En principio el prójimo no lo elegimos, muy a menudo se nos impone, nos lo encontramos en los múltiples caminos de la vida. Ciertamente, podemos cerrar los ojos para no verlo, pero no por eso su pobreza, su miseria, sus heridas dejarán de mirarnos.

Al empezar esta reflexión decía que toda parábola contiene un núcleo central, imperceptible a veces, que es Dios mismo y su Reino. ¿No os parece que ese Dios que sólo puede amar es el que constantemente nos ve, se compadece, se acerca, amorosamente, venda nuestras llagas, se nos carga en el hombro como el buen pastor, nos lleva, cuida de nosotros y vuelve, siempre, insistentemente, indefectiblemente, por si todavía nos conviene algo para que no nos apartemos de Él?

Abadia de MontserratDomingo XV del tiempo ordinario (10 de julio de 2022)