Domingo de Pentecostés (5 de junio de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (5 de junio de 2022)

Hechos de los Apóstoles 2:1-11 / Romanos 8:8-17 / Juan 14:15-16.23b-26

 

¿Podría ser que, con el Espíritu Santo, Dios se hubiera superado a sí mismo?

Con esta expresión: te has superado, expresamos, queridas hermanas y hermanos, esa acción que nos ha sorprendido porque va más allá de las expectativas. Alguna vez, irónicamente, te ha superado, lo decimos en sentido negativo, cuando has hecho algo mal más allá de lo esperado.

¿Por qué me pregunto si Dios se ha superado enviando al Espíritu Santo? Quizás porque es el aspecto, la persona, más imprevisible de Dios.

En la celebración de nuestra fe fácilmente seguimos los hechos de Dios-Padre, autor de cuya Creación encontramos huellas en la belleza de la naturaleza y de las personas, confesamos también Dios- Hijo, autor de la redención, Jesucristo, de quien tenemos la historia de su persona y de su vida y el testimonio de la comunidad que le reconoció mesías y salvador. Pero ¿y del Espíritu Santo? Naturalmente también lo confesamos en el Credo y en cada invocación a la Trinidad, pero ¿somos conscientes de que el Dios-Espíritu Santo es el actualizador? ¿Aquél a través del cual actúan y obran en nosotros el Padre y el Hijo, renovando la creación, haciendo que la redención de Jesucristo sea creída y tenga efectos reales en nuestra vida?

Enviar el Espíritu Santo fue una superación de una historia de Dios que hubiera podido quedar como un relato antiguo, como una mitología con su sabiduría religiosa y humana, pero desconectada de cada persona desde los inicios de los tiempos hasta hoy, en el siglo XXI.

El Espíritu Santo es la intimidad del padre con su hijo, con Jesús. Él mismo, Jesucristo, quiso que su presencia entre nosotros fuera mucho más que el recuerdo de un magisterio excepcional y de un testimonio coherente entre vida, palabra y muerte. Quiso una conexión diferente y por eso como nos ha dicho el Evangelio, el mismo día de Pascua, quiso quedarse con los apóstoles y lo hizo con su Espíritu, que después sería enviado a toda la comunidad, y que desde entonces no ha dejado de ser protagonista de la vida del mundo, de la Iglesia, de cada sacramento, de cada vida espiritual, de cada discernimiento. Con razón de las pocas cosas que confesamos del Espíritu Santo en el Credo, una de las más importantes dice que infunde la vida: Señor y dador de vida.

He leído recientemente un libro que dice que el mundo lleva unos cuarenta años sometido a una doctrina llamada TINA. No es un diminutivo de un nombre, sino las siglas en inglés de la frase There Is No Alternative; es decir, no hay alternativa. La frase viene a decir que existe una doctrina económica, antropológica, social presentada como inevitable. El autor critica esta doctrina y es favorable a defender que sí existen alternativas.

Cuando ponemos juntos el Espíritu Santo y el mundo en el que vivimos, podemos decir que para los cristianos esta TINA es inaceptable y que el Espíritu Santo es precisamente la superación de un mundo sin alternativas. ¿Cuántas razones prueban esto:

Dios se supera en la historia porque el motor inmediato que mueve al mundo es la acción del hombre y la mujer. Esta acción puede ser inspirada por muchas causas, pero es el Espíritu Santo quien asegura la presencia de Dios en cada persona. Afirmar que no hay alternativas es realizar un análisis pobre de nuestro mundo y de nuestra humanidad, renunciando al protagonismo de dirigir y controlar la Creación guiados por este Santo Espíritu, del que decimos en el himno Veni Creator Spiritus que es el guía que nos va delante. (ductore sic te praevio).

¿Dónde viene a encontrarnos el Espíritu de Dios? ¿Dónde está presente? Dios se supera también siempre en la persona humana. Es muy significativo que utilicemos la misma palabra, espíritu, para hablar de esa parte de nuestra humanidad que permanece abierta a la trascendencia, a la mística, a todo lo que no podemos tocar pero que podemos sentir desde nuestra sensibilidad. Hay una especie de zona 0, de zona de encuentro previo, íntimo, en toda persona que necesitamos afirmar. Los más jóvenes, los niños, muy especialmente los escolanes, la cultivan constantemente con la música, para vosotros y para tantos que os escuchan.

Una de las grandes propuestas del cristianismo hoy es la de la afirmación radical de que la espiritualidad forma parte de la persona humana y la enriquece. Quizás para alguien sea muy obvio, pero yo cuando miro a mi alrededor y veo tanta dependencia de la tecnología, de las plataformas, de los móviles, del bombardeo constante de información y de entretenimiento, me pregunto qué espacio dejamos al espíritu. Ojalá esta solemnidad de Pentecostés fuera una reivindicación de la espiritualidad. Me parece que recordarlo es una de las misiones de la vida monástica hoy. Este espíritu humano es el que naturalmente nos permite también permanecer abiertos a la propuesta cristiana, a la que nos viene del Espíritu Santo, del Espíritu de Dios, del Espíritu con mayúscula: de permanecer abiertos en definitiva a la fe. El espíritu es el actualizador de todo. Aunque no seamos a veces conscientes, somos colaboradores del Espíritu cuando cantamos, cuando celebramos, lo sois los escolanes cuando facilitáis que la gente descubra la belleza. Porque las cosas del Espíritu son las que más pueden acercarnos a todos, son nuestra gran oportunidad pastoral.

Si nos creemos esta conexión espiritual entre Dios y nosotros por el Espíritu Santo, más que de la TINA, (del no hay alternativa) deberíamos hacernos seguidores de la TIA, There is Alternative y defender que naturalmente sí hay alternativas.

Dios se supera con el Espíritu Santo porque permite que la persona, tal y como he dicho que la entendemos, y la historia se combinen correctamente, en una acción que busca siempre la mejor opción, y por tanto llenarnos de confianza en el futuro.

Esta correcta combinación es la alternativa cristiana fundamentada en la conversión personal, obra del Espíritu Santo. La conversión de un solo hombre o una sola mujer ha tenido efectos multiplicadores en tantos momentos de la historia. De la capacidad del Espíritu Santo para convertirnos hablaba hoy también la secuencia, ese fragmento que hemos cantado en gregoriano después de la segunda lectura y que tenía tres frases llenas de sentido que traducidas al -castellano- dicen:

Doblegad nuestro orgullo, calentad nuestra frialdad, enderezad lo que está desviado.

¡Creer que el Espíritu es capaz de todo esto es realmente creer que Dios se ha superado y que nos propone un verdadero camino a cada uno de nosotros y a todos colectivamente de superación!

En cambio, la pretendida conversión de estructuras, olvidando a las personas, se ha acabado ahogando siempre bajo su mismo peso, carente de ese dinamismo que permite respirar, adaptarse, carente de la fluidez tan propia del Espíritu, de quien decimos que es viento, fuego y agua: fijaos, elementos que nos cuesta mucho controlar.

La influencia del Espíritu Santo en la historia por la acción de las personas provoca que la propuesta cristiana sea socialmente transformadora. Me atrevería a decir que es en términos históricos la que más lo ha transformado todo, pero el camino siempre comienza en Dios, de Él pasa al espíritu de los hombres y de las mujeres que actúan para cambiar las cosas.

Y la superación de Dios en el Espíritu no ha terminado. Su gran característica es que se actualiza, cada día, como los programas y las aplicaciones y por tanto queda siempre abierta a versiones mejores de nosotros mismos y del mundo, y con esta actualización el Espíritu nos da finalmente una especie de actualización diaria en el don de la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino de la eucaristía. ¿Qué más podríamos pedir?

Abadia de MontserratDomingo de Pentecostés (5 de junio de 2022)

Pentecostés (23 de mayo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (23 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 2:1-11 / Gálatas 5:16-25 / Juan 15:26-27; 16:12-15

 

El Espíritu del Señor llena la tierra (Sal 1, 7), cantábamos, hermanos y hermanas, al iniciar la celebración. Y es verdad. El Espíritu la ha llenado desde el primer día de Pentecostés, cuando gente de todos los pueblos oyeron en su lengua nativa los diversos lenguajes que el Espíritu sugería a los apóstoles. El Espíritu, haciendo que las maravillas de Dios fueran proclamadas a la pluralidad de los pueblos, superaba la división y formaba la unidad de todos. Cada uno desde su lengua y su propia cultura podía comprender y hacerse suya la única Palabra que viene de Dios. Esta es la misión de la Iglesia en el mundo en cada época de la historia: presentar la Buena Nueva de Jesús a la humanidad entera. En nuestros días, en su encíclica «Fratelli tutti», el Papa Francisco, ve esta unidad en la pluralidad que crea el Espíritu en Pentecostés, e, invitando a ponernos en sintonía con la obra del Espíritu, dice que debemos proyectar y trabajar juntos «como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos acoge a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos «(n. 8).

El Espíritu, que fue dado a la Iglesia en el primer Pentecostés, todavía hoy, pues, sigue presente y activo. Ella, pueblo de Dios en camino hacia la plenitud eterna de la pascua, atraviesa la historia y los siglos bajo el impulso del Espíritu para testimoniar las maravillas de Dios y ser servidora de la humanidad, porque Jesucristo, el Señor, continúa su obra de curación y de salvación a través de los cristianos. A pesar de las debilidades y los pecados de los miembros de la Iglesia, el Espíritu da firmeza a la predicación del Evangelio, hace crecer el amor solidario, dispuesto en el interior de las personas a abrirse cada día a la obra de la gracia, suscita la santidad en hombres y mujeres de todas las edades, pueblos y culturas. A través de la Iglesia, además, el Espíritu lleva consuelo y esperanza a tantas situaciones de sufrimiento, de duelo o de oscuridad. Actúa en nuestro mundo contemporáneo que se ve abrumado por la pandemia, y por tantas crisis, sociales y económicas, con multitudes que buscan desesperadamente y con riesgo de la vida una salida a su situación. En medio de estas situaciones, hay hambre y sed del mensaje transformador de Pentecostés. Hambre y sed, tal vez sin saberlo, de recibir el don del Espíritu como defensor, como protector y como consolador.

El Espíritu del Señor llena la tierra. Miembros de la Iglesia como somos, también nos ha sido dado a nosotros. Lo recibimos en los sacramentos de la iniciación cristiana como un don imborrable. Por eso el Espíritu sigue presente en nuestro interior y nos otorga unos dones espirituales o carismas. A cada uno de una manera particular, de acuerdo con sus capacidades o con sus funciones en la Iglesia. Esta diversidad está al servicio de los demás y conlleva una armonía y una riqueza que coopera a la misión de la Iglesia en el mundo, y que el egoísmo no debería dañar.

El Espíritu que hemos recibido nos ayuda a vivir como hijos de Dios, e ilumina nuestro interior para que tengamos fe en Jesucristo, para que podamos conocerlo más y más. El Espíritu, aún, nos ayuda a orar, nos da fuerzas para amar y servir a los demás a pesar de nuestra debilidad y nuestra inconstancia, y nos ilumina para que sepamos discernir la voluntad de Dios en nuestro obrar. Es el Espíritu, también, que nos hace descubrir la presencia de Jesucristo en el sacramento de la Eucaristía y en cada hermano.

Esta presencia del Espíritu en nosotros nos mueve a ser comunicadores de sus dones a los demás y, de manera particular, a ser instrumentos de su consuelo para los que lloran o están tristes, instrumentos de su defensa de los pequeños y de los marginados, instrumentos de su protección a las personas débiles o tratadas injustamente. En una sociedad en la que se dan enemistades, discordias, celos, envidias, rivalidades, divisiones, de una manera similar a la situación que describía San Pablo en la segunda lectura, tenemos que hacer presentes los frutos del Espíritu: el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre, la sobriedad. Para poder hacerlo, sin embargo, debemos invocar insistentemente el Espíritu Santo tal como hace la Iglesia hace hoy y ha hecho desde el día de la Ascensión. Y, además, hemos de estar abiertos y ser dóciles interiormente para que el Espíritu pueda actuar en nosotros y por nuestro medio a favor de los otros como portadores de esperanza, de solidaridad, de justicia empapada de misericordia.

El Espíritu del Señor llena la tierra. Llena, también, nuestra asamblea litúrgica, para que nuestra alabanza a Dios sea digna de él, para que la gracia divina penetre en nuestro corazón y haga fecunda nuestra vida, para que comprendamos la Palabra divina, así -como decía el evangelio- nos va guiando hacia el conocimiento de la verdad entera. El Espíritu Santo, todavía, por medio de la oración de la Iglesia, transformará el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo; y cuando los recibimos quiere transformar nuestra persona y quiere ayudarnos a unirnos unos a otros en el amor para formar el cuerpo espiritual de Cristo que es la Iglesia.

El Espíritu del Señor llena la tierra. Y lo llena de vida. Pero aún no está toda la tierra bajo el impulso del Espíritu. Hay zonas de nuestro interior que aún se mueven bajo los impulsos contrarios al Espíritu. Y por eso aún tenemos que orar intensamente: «Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles». Hay áreas geográficas con conflictos graves, como acabamos de ver estas semanas. En cambio, más allá de todas las divisiones y los enfrentamientos, el Espíritu quiere hacer de toda la humanidad una sola familia de hijos e hijas de Dios. Por ello, al final de la encíclica que he mencionado al principio, el Papa reza: «Ven Espíritu Santo, muéstranos tu belleza reflejada en todos los pueblos de la tierra, para descubrir que todos somos importantes, que todos somos necesarios, que son rostros diferentes de la misma humanidad que estimáis. Amén «(n. 287).

Abadia de MontserratPentecostés (23 de mayo de 2021)

Solemnidad de Pentecostés (31 mayo 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (31 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 2:1-11 – 1 Corintios 12:3-7.12-13 – Juan 20:19-23

Queridos hermanos y hermanas: ¡es la Pascua granada! Rebosante de los frutos del Espíritu otorgados a la Iglesia en beneficio de toda la humanidad. Todos estos dones son fruto de la Pascua de Jesucristo, por eso el Evangelio que acabamos de escuchar nos ha llevado a la tarde del día de Pascua, el primer domingo de la historia. El día en que el Señor se alegró contemplando lo que había hecho, la hazaña que había obrado (cf. Sal responsorial).

Jesús se pone en medio de los discípulos y les dice por dos veces: Paz a vosotros. Que lo diga dos veces indica que se trata de algo importante. Efectivamente, la paz, como plenitud de vida, es el don mesiánico por excelencia, el don que el Dios de la paz hace a la humanidad como uno de los frutos del Espíritu que el Señor, en la cruz, va entregar al momento de morir (cf. Jn 19, 30). La paz que da Jesucristo no es tanto ausencia de tensiones y de conflictos como una serenidad interior, en el fondo del corazón, nacida de la fe de sabernos perdonados y amados entrañablemente por Dios; y es fruto, también, de la confianza que Jesucristo trae a la historia de las personas y a la historia de la humanidad hacia caminos de liberación, de salvación y de plenitud. La paz de Jesús, que es don del Espíritu, hace entrar su Luz en nuestro interior para vernos a nosotros mismos, para ver los demás y todo lo que nos rodea desde la perspectiva de la victoria pascual de Jesucristo. Y, al mismo tiempo, este don nos abre a los demás para ser portadores y artesanos de paz (Mt 5, 9). Esta paz hay que nutrirla, sin embargo, con la oración y con el amor a todos. Por ello, la paz de Jesucristo puede persistir a pesar de las dificultades; tal como dice en el Evangelio según San Juan: en mí encontrareis la paz. En el mundo tendréis tribulaciones, pero confiad: yo he vencido al mundo (cf. Jn 16, 33). Al hacernos el don de la paz, el Señor se alegra contemplando lo que ha hecho.

Después de darles la paz, Jesús -tal como se hemos oído- sopló sobre los discípulos para significar que hacía una nueva creación y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Dios, según el relato del libro del Génesis, había alentado para infundir el espíritu de vida al primer hombre (cf. Gn 2, 7) y ahora el Cristo resucitado sopla sobre los discípulos para comunicarles la vida del Espíritu. Y este don hecho a los discípulos la tarde de Pascua, tiene un estallido de vida y de gracia en el día de Pentecostés que llega a todos los que creen en Cristo, tal como hemos escuchado en la primera lectura. Jesús comunica el Espíritu Santo para perdonar los pecados, para perdonar nuestras opciones contrarias a la voluntad amorosa de Dios, nuestros comportamientos malos. Jesús les confiere el ministerio de perdón que él había ejercido durante toda su existencia mortal (cf. Mt 9, 1-8.), Lo hace como fruto del don de su vida hasta la muerte y de su sangre derramada en la cruz. Gracias a Jesucristo y al Espíritu, los cristianos nos sabemos perdonados y reconciliados con Dios Padre; nos sabemos animados por la vida del Espíritu que nos infunde coraje, nos consuela, nos protege ante el mal, nos lleva hacia el conocimiento de la verdad (cf. Jn 14, 15-17.26; 16, 13). Y esto nos es fuente de alegría, de riqueza espiritual y de compromiso a imitar Dios perdonando siempre que sea necesario y favoreciendo la vida y el bien de los demás. Si lo hacemos así, el Señor se podrá alegrar contemplado lo que ha hecho.

Vigorizados ya por su paz y llevados por el Espíritu Santo, Jesús confía una misión a los discípulos y a todos los que por el bautismo serán sus continuadores, también a nosotros, pues. Dice: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Son, y somos, enviados a testimoniar a Jesús y continuar su obra. Por eso, como decía San Pablo, en la primera lectura, el Espíritu distribuye en la Iglesia dones diversos a cada uno de los bautizados para que sirvan al bien de todos. La misión que Jesucristo encarga a sus discípulos y a toda la Iglesia, prolonga la misión que el Padre le ha confiado a él. El Espíritu será la fuerza que, a través del testimonio y de la acción de los cristianos, transformará los corazones en orden a transformar el mundo según las enseñanzas de Jesús. Así el designio divino de amor hacia toda la humanidad se podrá ir haciendo realidad. Ser enviados por Jesucristo con la fuerza del Espíritu es nuestra grandeza y nuestra responsabilidad. Dios confía en nosotros para la difusión de su mensaje radicalmente liberador y salvador. Si nos dejamos llevar por el Espíritu en esta tarea, puede que constatemos que se crea una sintonía entre nuestro anuncio y los deseos más profundos del corazón de quienes nos vean o nos escuchen, como ocurrió a la gente que fue testigo del primer Pentecostés. Así, el Señor se podrá alegrar contemplando lo que ha hecho.

Jesús resucitado, como la noche de Pascua de la que nos ha hablado el evangelio, no cesa de venir en medio de los suyos. Fruto de la acción del Espíritu Santo sobre el pan y el vino, estará presente en el sacramento eucarístico para darnos vida. Y, por la participación del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Espíritu actúa para unir en un solo cuerpo todos los que formamos esta asamblea y toda la Iglesia extendida de oriente a occidente (cf. plegaria eucarística II). Es la consecuencia de lo que oíamos de San Pablo en la segunda lectura: todos nosotros, seamos del linaje que seamos, hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo. Y, además, todos los bautizados estamos habitados por el mismo Espíritu; su presencia en nuestro interior satisface nuestra sed existencial más profunda.

El evangelio nos decía que los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Nosotros nos alegramos de tenerlo entre nosotros por la acción del Espíritu. Ojalá que también el Señor pueda alegrarse, tal como decía el salmo, contemplando lo que ha hecho. Lo que ha hecho por medio del Espíritu en la Iglesia, en nuestra asamblea y en cada uno de nosotros. Gloria a Dios por siempre, en esta Pascua granada, por todas sus obras. Que le sean agradables nuestros cantos de júbilo y de agradecimiento.

Abadia de MontserratSolemnidad de Pentecostés (31 mayo 2020)