Ordenación diaconal del G. Jordi Puigdevall (24 de junio de 2022)

Homilía de Mns. Sergi Gordo, Obispo auxiliar de Barcelona y rito de ordenación diaconal del G. Jordi Puigdevall (24 de junio de 2022)

Ezequiel 34:11-16 / Romanos 5:5-11 / Lucas 15:3-7

 

Saludo

Queridos padre Abad y comunidad de monjes benedictinos de Santa Maria de Montserrat; querido Jordi, padres, familiares y amigos venidos de Mata, Banyoles; queridos chicos y jóvenes de la Escolanía -que hoy iniciáis vuestras merecidas vacaciones de verano-; queridos hermanas y hermanos en Cristo, también quienes siguen esta solemne eucaristía a través del canal YouTube de Montserrat:

Me apetece mucho, en esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, subir a Montserrat, como un peregrino más, para la ordenación diaconal de Jordi Puigdevall Roca, OSB, monje de esta comunidad benedictina. Gracias P. Abad por su invitación para que un servidor presidiera hoy esta eucaristía en la que oramos para que este buen monje, elegido para el diaconado, sea “activo y diligente en la acción, bueno en el servicio y constante en la oración” (cf. oración colecta de la ordenación de diáconos).

Dentro de la brevedad obligada de una reflexión homilética, permitidme, sin embargo, hacer tres aproximaciones: desde la Palabra de Dios proclamada, desde las enseñanzas del papa Francisco y desde la Regla de san Benito, padre de los monjes de la Iglesia latina, cuyo magisterio inspira toda la vida de este nuevo diácono.

1. Desde la Palabra de Dios

Desde la Palabra de Dios, se nos recuerda hoy que Dios nunca se queda corto en amor y ternura. Por encima del pecado y de la infidelidad humanas, la misericordia de Dios ya se manifestaba como una fuerza especial. Consistía en unos lazos de amor que se estiraban y estiraban sin llegarse nunca a romper. A la larga, este diálogo iba a parar en la llamada a vivir en una intimidad de amistad con el Señor.

En materia de amor, Dios tiene siempre las de ganar, porque desde que empezó la obra de la creación no ha aburrido nada de lo que ha creado. Por el contrario, el misterio de la creación está vinculado al misterio de la elección: “Te quiero con un amor eterno, por eso te he atraído con misericordia” (1) (Jr 31,3).

Encarnado y elevado a la cruz, Jesucristo ha atraído todo hacia él, y los lazos de amor que hay entre el Padre y la humanidad los ha convertido en una nueva y eterna alianza en su sangre.

El prefacio de la solemnidad de hoy dice: “Él, elevado al árbol de la Cruz, se entregó a sí mismo por nosotros con un amor admirable, y de su costado traspasado, fuente de los sacramentos de la Iglesia, del que salió sangre y agua, para que todos, atraídos a su Corazón abierto, pudiéramos beber con gozo en las fuentes de la salvación”.

Las lecturas de la celebración de hoy expresan esta verdad con una imagen de gran presencia en la Biblia, la imagen del Bon Pastor. Tú, Jordi, que estás estudiando en Roma, has visto esta imagen, ahí en las catacumbas. El profeta Ezequiel pone en labios del Señor esta promesa que será real en Cristo. “Yo mismo haré apacentar a mis ovejas y yo mismo las llevaré a reponer”. Es Cristo quien realizará esta promesa profética.

En el evangelio, Cristo, nuestro Buen Pastor, nos invita a celebrar con gozo que ha encontrado la oveja perdida. Esta oveja perdida somos todos y cada uno de nosotros, yo el primero, tú también, cada uno de los que estamos aquí. “En el cielo habrá más alegría por un solo pecador convertido, que, por noventa y nueve justos, que no necesitan convertirse”. El Señor lo decía ante los fariseos y los maestros de la ley. Y hoy también nos advierte a todos nosotros. Es maravilloso el lenguaje que utiliza para hacernos comprender «la inmensidad de su amor», como hemos rogado en la oración colecta al inicio de la eucaristía. Es maravilloso. Él siempre viene a nuestro encuentro, él siempre nos acoge. Como diría el papa Francisco, «él nunca se cansa de perdonar». Contemplamos hoy su amor hasta el extremo. Dejémonos tomar por Cristo. Su amor, su corazón, es inmenso. ¡Él es único!

Estimado Jordi, te pido que no olvides nunca este salmo que cantamos, el salmo responsorial de hoy, el Salmo 22, el del Bon Pastor. Que siempre puedas decir con tu corazón y con tus actos: “El Señor es mi pastor, nada me falta (…). Me guía por caminos seguros por el amor de su nombre.” Y esos caminos son los caminos, desde hoy, de la diaconía, el camino del servicio.

2. Desde la enseñanza del papa Francisco

Desde la enseñanza del papa Francisco, querido Jordi, te comparto un sencillo pensamiento a raíz de su exhortación apostólica Gaudete et exsultate (GE). En virtud del bautismo recibido, todos los bautizados tenemos la vocación a la santidad. Por tanto, esto no es una experiencia extraordinaria reservada sólo a una élite, a unos cuantos escogidos. Todos estamos llamados a esa santidad. Y así como existe «la santidad de la puerta del lado de casa» (GE, 6-9) -de quienes son vecinos nuestros, que pasan desapercibidos, pero que a los ojos de Dios han dejado que su gracia trabaje en ellos, no le han sido un estorbo- también, por gracia de Dios, hay, en esta comunidad monástica, la santidad del vecino de la celda de al lado, del compañero de comunidad, del hermano de mesa, que se convierte, aunque sea sin palabras, en un estímulo para todos los hermanos de vocación a “buscar Dios de verdad” ya adorarlo “en espíritu y en verdad”.

Vive, pues, desde hoy tu vocación a la santidad «sirviendo al Señor -¡y a los hermanos!- con alegría», como dice el salmista (salmo 99,2), siendo desde hoy un verdadero monje-diácono. Es decir, sobre todo un servidor de la Palabra de Dios, un servidor del altar, un servidor de los hermanos, un servidor de los más pobres y necesitados y un servidor -no lo olvidemos- de la evangelización en este santuario de Montserrat la función pastoral del cual, especialmente en el ámbito de las diócesis de Cataluña, es de una especial trascendencia. Es un gran servicio, es una gran “diaconía”, que los obispos de la Conferencia Episcopal Tarraconense sabes que valoramos especialmente, y ésta es la razón que lo recuerde en el día de tu ordenación.

3. Desde la espiritualidad y la Regla de san Benito

Desde la espiritualidad benedictina, desde la Regla de san Benito, te pido de antemano, que me disculpes por recordar eso que sigue a quien sin duda tiene un conocimiento mucho más amplio y mucho más profundo que el que pueda tener un servidor.

Sin embargo, me atrevo a sugerirte que hoy escuches especialmente en el interior de tu corazón estas palabras de san Benito: “Mirad cómo el Señor, con su bondad, nos muestra el camino de la vida. Ceñidos, pues, nuestros lomos con la fe y con la observancia de las buenas obras, hacemos sus caminos siguiendo la guía del Evangelio, para que merezcamos de ver a Aquel que nos ha llamado a su reino. Si queremos habitar en el tabernáculo de su reino, miremos que no se llega si no es corriendo con las buenas obras” (Regla de san Benito, Prólogo, 20-22).

En la escuela de tu padre en el espíritu, sé muy humilde, y si ves basura en el ojo de un hermano tuyo, no dejes de ver la viga en el tuyo (cf. Mt 7,3-5). Y esto todos nosotros también, tratamos de vivirlo así. No dudes en ir subiendo, ayudado por la gracia de Dios, en esos escalones de la humildad, los escalones de la escalera de la virtud, de los que trata el capítulo VII de la Regla. Recuerda lo que dice, al hablar de cuáles son los instrumentos de las buenas obras, “antes de todo, amar al Señor Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Después, el prójimo como a sí mismo”” y sobre todo y en todo momento “no anteponer nada al amor de Cristo” (Regla de San Benito, cap. IV, 1-2 y 21) y “no desesperar nunca de la misericordia de Dios” (Ibídem, 74). Es providencial que seas ordenado precisamente en esta solemnidad donde disfrutamos de la inmensidad de la misericordia de Dios, de la inmensidad del amor del Señor.

Recordando el clásico consejo que da san Benito cuando pide: «que no se anteponga nada al oficio divino» (ningún XLIII), te sugiero, si quieres tenerlo en cuenta, que tu oración, desde ahora, sea ​​para ti un servicio, una diaconía, orando especialmente por la paz en Ucrania y en muchos otros países en guerra -como nos recuerda constantemente el papa Francisco que dice que estamos viviendo una tercera guerra mundial pero “a trozos”-, y que reces también por las necesidades del mundo y de la Iglesia, y concretamente por los frutos del “camino sinodal”, ese camino valiente al que nos ha convocado el Santo Padre, esta aventura del Espíritu. Ruega, sí, por los frutos del camino sinodal que el buen papa Francisco nos ha pedido realizar a todos los bautizados, “caminando juntos”, discerniendo, escuchando al Espíritu.

Conclusión

Querido nuevo diácono, a los pies de la Virgen de Montserrat, nuestra entrañable Moreneta, patrona de las diócesis catalanas, admiramos el gran corazón y sentimos el amor inmenso de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, que no vino a hacerse servir sino a servir. Como cantamos en el Virolai, “Cedro gentil del Líbano sois corona, árbol de incienso, palmera de Sión, el fruto sagrado que vuestro amor nos da es Jesucristo -iba a decir, “¡el gran Diácono”!-, el Redentor del mundo ”.

Amén

(1)  La misericordia ha ocupado en los últimos tiempos de forma muy fuerte la conciencia y también –así lo esperamos- la praxis pastoral de la Iglesia. San Juan Pablo II en los inicios de su pontificado dedicó una encíclica a Dios Padre centrada en su amor hecho misericordia. Fue la carta Dives in misericordia, de 1980. El papa emérito Benedicto XVI, en 2005, primer año de su pontificado, en su encíclica Deus caritas est, afirmó que Jesucristo es “el amor de Dios encarnado”. Y el papa Francisco en 2016 invitó a toda la Iglesia a celebrar el Jubileo de la misericordia, con un documento titulado Misericordiae vultus, presentándonos a Cristo como “el verdadero rostro de la misericordia de Dios Padre”.

Abadia de MontserratOrdenación diaconal del G. Jordi Puigdevall (24 de junio de 2022)

La Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2022)

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Isaías 56:1.6-7 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Lucas 19:1-10

 

Para comprender mejor lo que querría comunicaros con estas palabras, os propongo que empecemos haciendo cada uno un ejercicio de memoria personal y recordemos aquellos momentos de nuestra vida en los que nos hemos encontrado con una ermita en medio del campo, o una capilla en lo alto de una colina, o una iglesia en la ciudad o hemos entrado en cualquier lugar de oración. Seguramente era un edificio antiguo como la mayoría de lugares de culto de nuestro país, probablemente artístico, más o menos bonito; quizás significaba personalmente algo para nosotros porque era conocido: esto significa que nos traía recuerdos, o quizás era totalmente nuevo. Sea como fuere, la primera sensación, viendo todavía el edificio por fuera es que estábamos ante un testimonio de la presencia de la fe en aquel lugar, de quienes lo hicieron, de todos los que lo han visto antes nuestro y cómo nos sentimos unidos en esa fe, ver iglesias nos hace sentir un poco como en casa. Esta sensación se hace seguramente más intensa al entrar. Entrar en un templo es muy diferente a entrar en un Museo. Puede estar también lleno de obras de arte, como ocurre en una exposición, pero hay algo más, hay una vida espiritual que a menudo se respira. Una parte de esta experiencia es compartida incluso por personas sensibles espiritualmente, sean de la confesión o de la religión que sean. Quizá sea un poco de deformación profesional, pero nunca dejo de mirar si la puerta de una iglesia está abierta y de entrar, habiendo repetido esta experiencia sin cansarme.

La solemnidad de hoy da un valor especial a este aspecto tan material, tan físico del espacio en el que nos encontramos. Dedicar una iglesia es orar a Dios para que entre estas paredes cada uno pueda repetir este encuentro con el Señor, que intentaba recordar hace un momento, esto se hace por la celebración de los sacramentos y de la oración personal y colectiva. Y esta dedicación es tan importante que celebramos cada año su aniversario. La fiesta de hoy no se queda en la alabanza de las piedras que forman las paredes. Constantemente, no sólo en la misa sino también en los maravillosos himnos que cantamos en Vísperas y Laudas, de los mejores de todo el repertorio gregoriano, se nos recuerda que el edificio de una Iglesia es símbolo de una realidad diferente, significa en primer lugar la posibilidad para cada uno de encontrarse con Dios y así lo hemos cantado con en el salmo responsorial: éste es el tabernáculo donde Dios se encontrará con los hombres.

Jerusalén es la ciudad donde los judíos iban a encontrarse con Dios y allí, en su templo, estaban seguros de que Dios les escuchaba. Ésta es la tradición que de la Jerusalén de la geografía y la historia ha pasado en una dimensión espiritual a la Iglesia toda entera y en todos los edificios que la hacen concreta y real, como lugares de encuentro de cada una de las comunidades con Jesucristo. Por eso, sí, esta Iglesia nuestra de Montserrat puede ser llamada, Ciudad Santa de Jerusalén, llamada visión de paz, Urbes Ierusalén Beata, dicta pacis visio, como todos vosotros habéis leído en la fachada del monasterio y cómo cantaremos en el himno de vísperas. Una Iglesia que pasa así de ser de piedras a ser de personas, de piedras vivías.

Esta piedra será testigo. Esta piedra puede ser exactamente este altar, centro de esta iglesia. Y esta piedra es testigo del encuentro con Dios: Para nosotros esto no es nada abstracto: para los monjes nuestra basílica de Montserrat es naturalmente muy querida. Es aquí que ocurre lo principal de nuestra vida, la oración comunitaria que compartimos con tantos peregrinos presentes y ausentes, el día a día pero también algunos de los momentos fuertes, nuestras profesiones, las ordenaciones, la despedida última de nuestros hermanos difuntos. Esta piedra nos es testigo de que en cada una de estas ocasiones Dios nos ofrece su comunión, la posibilidad de encontrarnos con Él. También me gustaría que vosotros escolanes pensarais en todas las cosas de las que os es testigo esta piedra: de cada Salve, de cada Virolai, de vuestra vestición, de vuestra despedida de la Escolanía, para algunos del bautizo, de la confirmación, de la primera comunión y que pensarais que Jesús os invita a tenerlo siempre presente en vuestras vidas: a hacer el bien y a amar. Lo mismo podríamos decir de los oblatos y de los cofrades que estáis aquí. También esta basílica de Montserrat, construida en el siglo decimosexto y desde el primer momento destinada más allá de ser Iglesia monástica, a poder acoger a los peregrinos que no cabían en la antigua iglesia románica de Montserrat, es un lugar de encuentro con Dios para tantas personas que vienen. Un sitio de memorias y recuerdos arraigados del propio camino de cada uno con el Señor. Que Dios haga que siga siendo esto y que colaboremos en hacer más intensa la vida espiritual de todos los que la visitan.

El evangelio de hoy es un buen ejemplo del fundamento de ese encuentro. Sólo la fe, sólo el deseo de Dios nos permite vivir el encuentro con Jesucristo a quien queremos permanentemente en nuestras vidas. ¿Quién es Zaqueo? Zaqueo era un hombre que a pesar de sus límites quería ver a Jesús. Que había entendido, o sentido, o intuido, quizás sin poder poner estas palabras, que en Jesús había una santidad que curaba. ¡Qué alegría cuando le invita a su casa y cuántas consecuencias para su vida poder acoger a Jesús en casa! Ayer también nosotros celebrábamos que Jesús como luz entraba en esta Iglesia y sencillamente recordábamos lo que todos sabemos: que Él se hace presente aquí todos los días y de tantas maneras. Qué esto también tenga consecuencias para nosotros, los hombres y las mujeres que Dios llama a rezar aquí o reza desde lejos con nosotros.

Seamos agradecidos por el don que Dios nos hace en sus iglesias, por su poder de hacer santas todas las cosas, incluso los edificios. Porque una cosa santa, una persona santa, es aquella que nos hace a Dios cercano. Por eso Jesús es el más santo de todos, porque nadie nos ha hecho a Dios tan cercano como Él y nada nos hace tan cercano a Jesucristo como participar de su cuerpo y de su sangre, que nos dejó como memoria suya. Este Jesucristo que como rezaremos en el prefacio, simboliza admirablemente nuestra comunión con Dios y la realiza en esta casa visible que nos ha permitido levantar.

Acto seguido, querido hermano Jordi, con una breve oración recibirás la bendición que te instituye como ministro de la palabra y del altar. Son dos servicios litúrgicos que hace años que cumples en nuestra comunidad, pero no lo des todo por hecho y por aprendido. Recibe la bendición de Dios como una nueva oportunidad para hacerte consciente de que, con la lectura de la Palabra, acercas a tanta gente que te escucha a Dios, pones voz a la Revelación, al testimonio milenario de la comunidad cristiana. Nunca te cierres a la acción de esta palabra que además como monje estás llamado a meditar y a rezar para que te conforme a Jesucristo, Dios hecho hombre, la Palabra, la fuente de toda la Revelación.

Recibe también la bendición del servicio de acólito, con conciencia de que la proximidad del altar debería llevarnos siempre a la humildad. Humildad por nuestra pequeñez, indignidad, distancia en la santidad, entre lo que aportamos nosotros y lo que nos da Dios, pero también oportunidad de comunión profunda y de servicio a la Eucaristía, que es servicio en el encuentro más fuerte que Jesús ofrece a su pueblo y que nosotros acogemos y recibimos en esta casa de Nuestra Señora, fieles a nuestra misión secular.

Que en estos servicios tengas siempre presente que Él, Cristo, es el protagonista y que todo lo hacemos para que en todo sea glorificado, servido y amado.

Abadia de MontserratLa Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2022)