Misa Exequial del P. Josep Massot (26 de abril de 2022)

Homilía del P. Bernat Juliol, Prior de Montserrat (26 de abril de 2022)

Apocalipsis 14:13 / 1 Corintios 15:20-24a.25-28 / Lucas 23:44-46.50.52-53; 24:1-6a

 

Queridas hermanas y hermanos:

¿Quién ha nacido que no tenga que morir? La muerte es inexorable: es una de las pocas seguridades que tenemos en nuestra existencia. Vivir comporta necesariamente morir. Sin embargo, a pesar de saber que tarde o temprano deberemos afrontar este momento de nuestra vida, tenemos miedo. Simbólicamente, el temor del momento era descrito así por el evangelio que hemos leído hoy: «Ya era hacia el mediodía cuando se extendió por toda la tierra una oscuridad hasta media tarde: el sol se había eclipsado». ¡El miedo a la muerte es tan humano! Nos asusta lo ignoto, nos apura no saber qué hay detrás de la última cortina. Nos preguntamos: ¿La muerte es el fin de nuestra existencia? ¿O hay algo después de cruzar el umbral?

Desde lo más profundo de las entrañas de la humanidad surge un gran anhelo de justicia, un anhelo que nos hace intuir que las injusticias de este mundo no pueden ser definitivas. La vida es tan bonita, pero, al mismo tiempo, hay tantas cosas que no entendemos. Constantemente hacemos experiencias impresionantes que nos hacen gritar: ¿por qué, Señor? Hay tanta gente que sufre. Hay tantos inocentes que son víctimas de la maldad. Hay tanto dolor inmerecido. Es entonces cuando nuestro sentido de la justicia, inscrito en el corazón de todos los hombres y mujeres de este mundo, nos dice que esto no puede ser el final. La justicia clama para que después de la muerte podamos encontrar la paz.

La fe cristiana hace suyo ese sentimiento de justicia y la persona de Jesús nos enseña que, realmente, la muerte no es el final. Estos días, que estamos celebrando la Pascua, la resurrección del Señor, resuenan en todas las iglesias las palabras de la alegría eterna: «¿Por qué buscáis entre los muertos a aquel que vive? No está aquí: ha resucitado». De esta forma, nos muestra que el camino que Jesús siguió es el camino al que todos nosotros estamos llamados. Nos dice la carta a los Corintios: «Cristo ha resucitado de entre los muertos, el primero de todos los que han muerto. Ya que la muerte vino por un hombre, también por un hombre vendrá la resurrección de los muertos: todos son de Adán y por eso todos mueren, pero todos vivirán gracias a Cristo». Por fin, la muerte ha vencido: una nueva esperanza se ha abierto camino en nuestras vidas. La última palabra ya no la tienen la oscuridad, el dolor o la muerte, sino que la última palabra la tiene la luz, el gozo y la vida.

Esta concepción de la existencia que tenemos los cristianos puede entenderse de forma errónea. Podríamos pensar que, dado que lo importante y definitivo es la vida que nos encontraremos en el más allá, nuestra existencia terrenal no tiene ningún tipo de importancia. Pero nada más lejos de la realidad. Nuestra fe, efectivamente, nos dice que hay un más allá, pero también nos dice que sólo hay una forma de llegar: vivir intensamente el presente, vivir con pasión todos y cada uno de los momentos de nuestra vida, amar con todas nuestras fuerzas la belleza de nuestro mundo. La fe cristiana es un gran canto a la vida.

El P. Josep Massot i Muntaner ha sido un gran testimonio de este canto a la vida que representa la fe. Vivió con gozo y felicidad su vocación cristiana y monástica. Trabajó incansablemente por la expresión más sublime del alma de un pueblo: su lengua y su literatura. Estudió en profundidad nuestra historia para saber de dónde veníamos y para poder intuir los senderos que el futuro nos deparaba. Pero una cosa fue la que unificó todas estas dimensiones de su vida: Montserrat. Ser monje de este monasterio no fue algo más en su vida y su obra, sino que fue el eje que dio sentido y que inspiró todo su legado ingente.

El 3 de noviembre de 1941 nació en Palma, ciudad e islas que siempre llevó como joyas en su corazón. De mayor, estudió filología románica en la Universidad de Barcelona, ​​centro del cual también fue profesor. En 1962 entra como monje en nuestro monasterio de Montserrat: en 1964 hizo la profesión simple, en 1969 hizo la profesión solemne y en 1971 fue ordenado de presbítero. El mismo año, el P. Abat Cassià M. Just le nombró director de la que sería la niña de sus ojos: las Publicaciones de la Abadía de Montserrat, la editorial más antigua de Europa. Hasta el momento de su muerte siguió siendo el responsable, casi durante 51 años. En 1995 se convierte también en director de la revista Serra d’Or. Dirigió otras revistas y fue un escritor incansable. Fue un apasionado y un gran defensor de la lengua catalana y de la cultura de los Països Catalans.

Fue miembro de diversas instituciones académicas como la Sociedad Catalana de Lengua y Literatura, el Instituto Menorquín de Estudios, el Instituto de Estudios Catalanes o la Real Academia de Buenas Letras. Toda su labor también fue reconocida con multitud de premios y homenajes: la Cruz de Sant Jordi, el doctorado honoris causa por la Universidad de las Islas Baleares, la Medalla de Honor y Gratitud de la Isla de Mallorca, el Premio de ‘Honor de las Letras Catalanas, el doctorado honoris causa por la Universidad de Valencia, la Medalla de Honor de la Red Vives de Universidades o la Medalla de Oro de la Comunidad Autónoma de las Islas Baleares.

En su discurso durante la entrega del Premio de Honor de las Letras Catalanas dijo que había que vivir fortiter in re suaviter in modo (con convicciones fuertes, pero con formas suaves). Él vivió así. Vivió y murió así porque se marchó discretamente, sin apenas preaviso; pero con la convicción de que al otro lado le estaba esperando aquel que es el Amor. Como Cristo colgado en la cruz pudo decir: «Padre, confío mi aliento en vuestras manos».

Podemos decir que el P. Josep Massot fue un amante de la palabra: sí, un amante de la palabra humana, pero sobre todo un amante de la Palabra divina. Ya desde la antigüedad, Cristo es llamado Logos (palabra), o Verbum en latín. Bien conocido es el principio del evangelio según san Juan: «Al principio existía quien es la Palabra. La Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios». Porque la fe cristiana está íntimamente relacionada con la razón, con el logos. El cristiano debe vivir siempre como si volara con dos alas: la fe y la razón. La fe sin la razón se convierte en fundamentalismo y barbarie. La razón sin la fe se convierte en miope, incapaz de llegar a las alturas de la verdadera verdad. Ambas se necesitan, ambas se fecundan mutuamente. La Palabra divina y la palabra humana siguen la misma relación: se reclaman una a otra para poder alcanzar la plenitud.

El evangelista Marcos nos narra que: «Uno de aquellos días, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: “Crucemos a la otra orilla”» (Mc 4, 35). La madrugada de sábado a domingo, el Señor visitó al P. Josep Massot y le invitó a pasar a la otra orilla. También todos nosotros, un día, al atardecer de nuestra vida, Jesús nos dirá: «Amigo, no tengas miedo, ven conmigo, crucemos a la otra orilla». Cuando esto ocurra, no lo dudamos ni un momento, en la otra orilla nos esperan.

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