Domingo XX del tiempo ordinario (20 de agosto de 2023)

Homilía del P. Bernat Juliol, Prior de Montserrat (20 de agosto de 2023)

Isaías 56:1.6-7 / Romanos 11:13-15.29-32 / Mateo 15:21-28

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

De vez en cuando, como cristianos que formamos parte de la Iglesia, puede ayudarnos hablar de algo que quizás no siempre tenemos suficientemente presente en nuestra vida: la ilusión. Pero esta «ilusión» es una palabra compleja. Según el Diccionario del Institut d’Estudis Catalans, tiene una dimensión negativa y otra positiva.

Desde el primer punto de vista, la ilusión es un «error de los sentidos o del espíritu que hace tomar por realidad la apariencia», un «engaño debido a la falsa apariencia» o una «esperanza sin fundamento real». La ilusión se convierte, pues, en algo peyorativo. Es algo que estamos convencidos de que existe, pero no es real. Es como un espejismo, una ilusión óptica, una pura apariencia.

Pero, por otra parte, la ilusión también tiene un sentido positivo. El mismo diccionario la define como «entusiasmo que se experimenta con la esperanza o la realización de algo». Desde este punto de vista, la ilusión es lo que nos mueve y nos motiva a llevar adelante un proyecto hasta llevarlo a su realización. Valores como el trabajo o la disciplina quedan vacíos de sentido si detrás no existe la ilusión por algo que queremos hacer o queremos conseguir. La ilusión es una gran fuerza que ha movido siempre al mundo, desde los navegantes que se iban a descubrir regiones extremas del Ártico hasta los hombres y mujeres que han querido formar una familia.

Estos dos sentidos de la ilusión, nos enseñan aquí ya una primera cosa. ¿Cómo sabemos que nuestra creencia en el Dios de Jesucristo no es una ilusión? Es decir, ¿cómo sabemos que no es una apariencia sin fundamento real? Es evidente que no tenemos pruebas científicas de Dios, pero tenemos algo aún más importante: la fe. Con los ojos de la fe somos capaces de dar el gran salto de nuestra vida. Es un salto entre un dios que es pura ilusión, carente de toda esperanza, a un Dios que también es ilusión, pero esta vez una ilusión fundamentada en la firme esperanza de Cristo.

Es en esta segunda ilusión en la que debemos centrarnos, aquella que nos anima con la esperanza de un Dios vivo y verdadero, que ha enviado a su hijo único Jesucristo para nuestra salvación y la de todo el mundo. La ilusión, si bien no es una palabra que aparezca de forma fundamental en la Sagrada Escritura, es algo que la impregna de arriba abajo. Pensemos, por ejemplo, en la llamada de los apóstoles por parte de Jesús. «Venid y seguidme», les dice el Señor. Y los discípulos, abandonando todo lo que tenían, fueron detrás de Cristo hasta las últimas consecuencias. ¿Qué es esto sino ilusión por la vocación recibida? Porque, como dice la lectura de la carta a los Romanos que hemos oído hoy: «Cuando Dios concede a alguien sus favores y lo llama, nunca se echa atrás». O pensemos también con la ilusión de la Virgen María que le hace decir: «Mi alma magnifica al Señor, mi espíritu celebra al Dios que me salva, porque el todopoderoso ha mirado la pequeñez de su sierva».

Y nosotros, ¿vivimos con ilusión nuestra fe? ¿Es para nosotros la fe algo que nos anima por la esperanza que tenemos en Cristo? Al igual que sucedió con los apóstoles, vivir la fe con ilusión debe provenir de tener experiencia del encuentro con Cristo Resucitado. Como san Pablo camino de Damasco, también Jesús viene al encuentro de cada uno de nosotros y nos llama por nuestro nombre. Como con los discípulos de Emaús, también el Señor camina a nuestro lado y comparte con nosotros nuestras alegrías y sufrimientos. No tengamos miedo de dejarnos tocar por Cristo.

Es cierto que la sociedad actual no acompaña, pero ¿ha habido algún momento histórico en el que la sociedad acompañara? A veces puede desilusionarnos que en la Iglesia hay pocas vocaciones o poca gente joven. Pero si miramos la última Jornada Mundial de la Juventud que se celebró en Lisboa, veremos que no siempre es así. Evidentemente que la Iglesia actual tiene dificultades, como siempre las ha tenido. Pero a lo largo de 2000 años la Iglesia siempre se ha sabido adaptar a cada momento histórico para seguir siendo siempre portadora de amor y esperanza en medio del mundo. Ahora, estemos seguros, también lo hará.

También es verdad que lo que predicamos como cristianos no está de moda. Pero, ¿cuándo lo ha estado de moda? Las corrientes de pensamiento y las tendencias sociales parece que van en dirección totalmente contraria a lo que nosotros creemos y defendemos. ¡Pero no tengamos miedo de ir contracorriente! ¡Tengamos también ilusión por ir contracorriente llevando la Buena Nueva de Cristo! Si lo hacemos así, cada vez seremos más los que caminaremos de nuevo hacia el Señor.

Sin embargo, la ilusión en este mundo debe tener su fundamento en la ilusión en el mundo divino. En el siglo V de nuestra era, hubo una fuerte polémica entre el ínclito Nestorio, el patriarca de Constantinopla, y san Cirilo, patriarca de Alejandría. El primero defendía tanto a la humanidad de Cristo, que llegaba al límite de casi olvidarse de su divinidad. Por otro lado, los discípulos de Cirilo, y no él mismo, defendieron tanto la divinidad de Cristo que casi se olvidaron de su humanidad. La polémica acabó por diluirse en el Concilio de Calcedonia del 451, que afirmó que Cristo es a la vez plenamente hombre y plenamente Dios.

La Iglesia, verdadero cuerpo de Cristo, es también divina y humana a la vez. Y corremos también el mismo riesgo que en la polémica entre Cirilo y Nestorio. Es decir, podemos acentuar tanto su divinidad que nos olvidemos de su humanidad o bien podemos acentuar tanto su humanidad que nos olvidamos de su divinidad. En el primer caso, si nos olvidamos de la humanidad de la Iglesia, nos quedamos encerrados en las sacristías y olvidamos los problemas y sufrimientos de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. En el segundo caso, si nos olvidamos de su divinidad, perdemos el sentido trascendente de dónde nos viene la fe, la esperanza y la caridad.

La historia de la Iglesia ha oscilado siempre entre estos dos polos. Quizás ahora estamos en un, podríamos llamar, «neo-nestorianismo», es decir que hay que volver a encontrar el equilibrio entre la necesaria humanidad, pero también la necesaria divinidad. A pesar de todos los defectos humanos de la Iglesia, a pesar de estar formada por hombres y mujeres pecadores, sin embargo, la Iglesia, como comunidad de creyentes seguirá haciendo presente siempre el Espíritu del Resucitado en nuestro mundo.

Cierto que existe la fidelidad humana, pero ésta sólo es un reflejo de aquel que es la fidelidad divina, el Dios de Jesucristo. Es cierto que hay una misericordia humana, pero ésta sólo es un reflejo de aquél que es la fidelidad divina. Es cierto que existe el amor humano, pero éste es un reflejo de aquel que es el Amor absoluto. Si sólo fundamentamos nuestra esperanza en lo terrenal, Dios se convierte en una mera ilusión, un espejismo. Por el contrario, si fundamentamos también nuestra esperanza sobre las cosas divinas, Dios se convierte en la fuente de nuestra ilusión como cristianos.

Esta comunión entre humanidad y divinidad de la Iglesia se manifiesta sobre todo en el misterio sagrado. En un mundo basado en la ciencia como lo es el nuestro, resulta difícil comprender que exista el misterio. Y no sólo que exista, sino que desempeñe un papel central en nuestra vida. En efecto, todos queremos ver, queremos oír, queremos entender. Pero a veces es más importante lo que no se ve que lo que se ve, lo que no se siente que lo que se siente, lo que no se entiende que lo que se entiende. La grandeza de Dios a veces sólo puede manifestarse de esta manera: en la oscuridad, en el silencio. No tengamos miedo de no ver, de no oír, de no entenderlo todo. Arraiguemos nuestra ilusión en este misterio del amor de Dios y viviremos nuestra vida cristiana con gozo y esperanza.

Vivamos siempre nuestra fe con ilusión, esa ilusión que nos lleva a ser comprometidos con nuestro mundo y, a la vez, adoradores del misterio de Dios.

Como decía el filósofo cristiano Blaise Pascal: «Las ilusiones del hombre son como las alas del pájaro: eso es lo que le sostiene».

Abadia de MontserratDomingo XX del tiempo ordinario (20 de agosto de 2023)

Domingo XX del tiempo ordinario (14 de agosto de 2022)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (14 de agosto de 2022)

Jeremías 38:4-6.8-10 / Hebreos 12:1-4 / Lucas 12:49-53

 

Las tres lecturas de la Liturgia de hoy nos traen el mismo mensaje: el pecado de la confrontación, de la oposición be-mal.

¿De dónde vienen las oposiciones, a veces tan violentas? ¿No sólo en el campo internacional, sino también entre religiones, entre ciudades, entre familias, entre ideologías? En cualquier lugar donde haya convivencia.

Hemos escuchado en la primera lectura cómo Jeremías anunciaba guerras y derrotas en Israel. No eran palabras halagadoras. Y le sale un falso profeta que le contrapone un mensaje triunfal. Jeremías es castigado y metido en un pozo fangoso. El problema fue no querer atender a las amenazas evidentes que anunciaba Jeremías. Fue el preferir el engaño del bienestar engañoso. Esto nos exhorta a tener coraje para abrir los ojos a la realidad y no al deseo engañoso y ficticio del bienestar.

Ésta, también, es la enseñanza que nos ofrece la carta a los Hebreos. Nos pone el ejemplo de los cristianos que han dado la vida por la fe y nos han dejado el ejemplo de una vida santa. Han luchado y han vencido, por su constancia. Han sabido posponer el bienestar ficticio, asumiendo la contrariedad al igual que Cristo, el modelo por excelencia, que ha llegado al trono de Dios a través de la cruz. Él no se avergonzó de aguantar los escarnios y el martirio, porque la verdad no se puede jugar a los dados. Resistió hasta la muerte, que él puso en manos del Padre, Juez justo que premia el bien, y lo resucitó. Él es nuestro modelo de comportamiento cristiano. Como cristianos también seremos criticados e incluso burlados. Pero nuestra fe tiene el sello de la inmortalidad. Y la verdad no puede desmentirla nadie, aunque le cueste triunfar. ¡Creamos!

La contrariedad de Jesús se resume en su mensaje: “amaos unos a otros tal y como yo os he amado”. Éste es el fuego que Jesús quería que quemara la tierra. Y éste es el fuego que quisieron apagar con su crucifixión. Él predicaba un fuego que quema el mal de la división, del egoísmo, del dominio del fuerte sobre el débil, del rico sobre el pobre, del sabio sobre el ignorante, del sano sobre el enfermo, de la injusticia sobre la justicia. Anunciaba la era del amor, de la comunión, del perdón, del respeto, de la solidaridad, de la compasión. Pero los hombres de la Ley judía no quisieron hacerle caso.

Y parece que sus seguidores no hemos sabido practicarlo durante todos los siglos de cristianismo: porque, ya durante la época apostólica hubo divisiones: si era necesario o no seguir la observancia de la circuncisión y los preceptos del judaísmo. También, en las preferencias de las viudas judías sobre las de origen griego. Y no hablemos de la lucha de San Pablo con los judaizantes. Y, en el s. II, y siglos posteriores, las diversas interpretaciones de la figura de Jesús. Y la división actual de los cristianos, que tanto dificulta la predicación del Evangelio.

Jesús nos reveló quién es Dios, y que en él no hay división alguna, y quiere que los hombres seamos uno, con comunión, en comprensión por las diferencias; que cada uno trate de abrirse a lo que dice el otro, que se abra a los avances de la civilización, que haya adaptación a las novedades positivas de los hombres. Es lo que predica tan insistentemente el Papa Francisco: No encerrarse, no anquilosarse en ideas pasadas, saber acoger lo bueno que nos aporta la nueva cultura, saber cambiar de estilo pastoral y de lenguaje. Superar el clericalismo. El amor sabe acomodarse a todo lo bueno y noble, y las potencia.

A nivel personal tratemos de poner comunión donde hay división, perdón donde existe enemistad, bondad donde existe rigidez, paciencia donde hay dificultad en cambiar. Es decir, intentar hacer la comunión y poner comprensión en las diferencias inevitables que hay entre los hombres. Pero sabiendo que quien pule una piedra, colabora en la cohesión del edificio de la Iglesia.

El amor jamás destruye, siempre edifica. El amor es Dios en nosotros.

Dejémoslo actuar.

 

Abadia de MontserratDomingo XX del tiempo ordinario (14 de agosto de 2022)

Domingo de la XX semana de durante el año (16 agosto 2020)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (16 de agosto de 2020)

Isaías 56:,1.6-7 / Romanos 11:13-15.29-32 / Mateo 15:21-28

 

Los problemas de convivencia en las comunidades cristianas no son de hoy. Empezaron muy pronto después de la Resurrección. El problema fundamental estaba entre la fidelidad a las exigencias de la Ley de Moisés o bien la independencia de estas exigencias. El Evangelio de Mateo se hace hoy eco de ello. ¿Podía un pagano acogerse a la misericordia de Jesús? El resultado de la escena apuntaba ya a las posibles discordias que habría en la comunidad para la que escribía el Evangelio, donde los cristianos procedentes del judaísmo se creían superiores a los provenientes del paganismo. Y quizás algunos paganos también lo creían. De estos problemas están llenos los escritos inspirados. San Pablo fue uno de los más afectados. Jesús lo había elegido para ser testigo del Evangelio a las naciones. Pero tuvo que personarse «en Jerusalén para hablar con los líderes de la comunidad que le reconocieron su misión entre los incircuncisos, no judíos, y a Pedro la de los circuncisos, los judíos». Y antes Isaías lo predijo: «Todos los pueblos llamarán a mi templo casa de oración».

El Evangelio nos da la respuesta a la pregunta de si ‘las ovejas descarriadas’ de Israel eran las únicas en recibir la acción salvadora de Jesús. La mujer cananea que pedía la curación de su hija endemoniada es la clave de la respuesta. Pero Jesús, ya antes, había aceptado hacer el favor de salvar el criado muy enfermo de un centurión pagano, y de quien dijo que «no había encontrado tanta fe en Israel». Y ahora, también, después de haberse negado primero a escuchar la mujer y de decirle que «no está bien tomar el pan de los hijos para echarlo a los cachorros», la mujer, arrodillada, le acepta el reto y responde: «Es verdad, Señor, pero también los cachorros comen las migajas que caen de la mesa de los amos». A Jesús se le debieron conmover las entrañas, como en otras ocasiones, porque dijo: «Mujer, qué grande es tu fe. Que se cumpla lo que deseas». Y, la oración sincera y confiada, hizo el milagro. Ya que también entre los paganos puede haber fe.

Esto también se repetiría en la predicación apostólica. Los Hechos de los Apóstoles 2 lo repiten varias veces. San Pedro fue testigo de cómo el Espíritu Santo bajó sobre el centurión y los de la casa, que la había hecho llamar para que bajara a su casa a pesar de ser él un pagano; pero, mientras Pedro les hablaba de Jesús, el Espíritu Santo se adelantó a manifestar su benevolencia descendiendo sobre todos los presentes. ¿Quién podía resistir a bautizarlos? Y San Pablo que, ante todo, se dirigía a las sinagogas para anunciar el Evangelio, se vio rechazado por los judíos y tuvo que dirigirse a los paganos con mucho éxito. Y el Evangelio de Mateo termina con estas palabras de Jesús resucitado: «Id a todos los pueblos y haced discípulos míos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado «.

El Espíritu de Jesús, pues, es quien guía a la Iglesia y le señala el camino que debe seguir. También hoy trabaja en la comunidad de los creyentes para abrir nuevas vías de evangelización. Los cristianos no debemos tener miedo de las novedades que nos encontraremos con la gente de tantas religiones y razas que conviven en nuestra sociedad. Es necesario que sepamos tener una fe firme, abierta y acogedora para todos aquellos que nos pidan razón de nuestra esperanza. Pero es necesario que, como una levadura, seamos testigos con nuestra vida para que se sientan atraídos. Y también podamos conducir hacia la fe en Cristo a mucha gente, como los cristianos de los primeros siglos, de los que decían: «Mirad cómo se aman».

Abadia de MontserratDomingo de la XX semana de durante el año (16 agosto 2020)