Domingo IV de Adviento (22 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Lluís Planas, monjo de Montserrat (22 de diciembre de 2023)

2 Samuel 7:1-5.8-11.16 / Romanos 16:25-27 / Lucas 1:26-38

 

Las lecturas que hemos escuchado en la eucaristía, durante todo este tiempo de adviento, nos han ido sazonando para que esta noche estuviéramos preparados para admirar la fuerza de Dios en medio de los hombres. Hemos ido escuchando cómo el profeta Isaías nos exhortaba a abrirnos a la esperanza a pesar de que los hechos que vivimos actualmente son especialmente estremecedores, llenos de violencia; o cómo Juan Bautista nos invitaba a una vida más coherente y comprometida. Esta noche nuestra mirada estará centrada en Jesús, sin el poder de la razón de la fuerza, a ojos estrictamente humanos, muy débil, porque la fuerza de su razón es el amor. Pero esto será esta noche, ahora, en esta eucaristía, somos invitados a contemplar a María.

La narración de la anunciación nos la sabemos de memoria. Quizás ahora no se trata de repetirla para que quede bien fijado en nosotros el acontecimiento que experimentó María, sino de vivir el relato porque somos sus testimonios privilegiados. No se trata de memorizar, sino de acompañar a María, de vivirlo con María.

Cada palabra del evangelio de hoy es importante, pero ahora se nos haría muy largo ir repasándolas una por una, frase a frase. Sólo subrayaré algunas que nos ayuden a contemplar el misterio de Dios en María. El evangelista nos ha hecho saber que el propio saludo de Gabriel hace que ella se turbe porque hay una toma de conciencia potente cuando le dice que Dios está con ella. No es un saludo de lo que podríamos llamar “buena educación” sino que penetra en su interior de manera sobrecogedora, pues Gabriel le dijo a continuación: «No tengas miedo, María». Dios ha tomado la iniciativa y le dice cuál es el proyecto de Dios en ella. La hará madre y le pide que le ponga el nombre de Jesús que significa «él salvará al pueblo de sus pecados» (Mt 1,21) como nos hace saber el evangelista Mateo. Todos nosotros sabemos lo que significa. El compromiso es extraordinariamente importante.

Le comunica el itinerario. Todos nosotros lo recordamos: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios». El fruto de su vientre es Santo, es el Hijo de Dios. La tradición bíblica nos recuerda constantemente que es en el Templo donde el que es Santo se hace presente de forma manifiesta. Por ejemplo, es en el templo, que Dios anuncia a Zacarías que tendrá un hijo que debe llamarse Juan. Dios se hace presente en el seno de María y es así que María se convierte en templo de Dios. Esta noche, abiertas las puertas del templo, la luz del Hijo de Dios iluminará a todos los pueblos.

Nosotros que ahora acompañamos a María oímos su respuesta: «Soy la esclava del Señor». La comprensión del significado de esta afirmación pienso que es doble. Por una parte, es la conciencia del propio ser: soy. Es asumir la propia realidad, siempre, toda su vida; no puedo delegarla a nadie. Y, por otra parte, la palabra «esclavo – servidor» es la misión que se me ha encomendado. Para ella será siempre la capacidad de escucha. Por eso podemos decir que María es la primera creyente, porque escucha a Dios, dice sí y hace suya la Palabra. Lo ha dicho así: «que se cumplan en mí tus palabras».

Cada uno de nosotros tenemos la oportunidad única de acompañar a María. Es necesario que nos planteemos si esta oportunidad también nos compromete; porque no se trata de mirárnoslo desde la distancia, como decía al principio, sino desde la proximidad, desde la comunión, de vivir con María su misma experiencia. Porque desde el bautismo nosotros hemos sido llamados, “saludados” como hizo Gabriel a María, y como María también hemos tenido la oportunidad de oír “Dios está contigo”, Dios quiere estar en tu corazón, o como predicaba San Agustín: Dios es más íntimo que tú mismo. Y se hace íntimo por amor. Estos días cuántas veces oiremos: Emmanuel, Dios está con nosotros. Y sólo hace falta que digamos que Jesús, aquel que a los ojos humanos es débil, quiere curarnos y salvar a la humanidad del dominio del poder. Somos cristianos, llevamos el signo de Jesús, implantado en nuestra vida.

Y ¿lo hacemos compartiendo aquí, en ese templo donde Dios se hace presente? Recordemos “donde dos o tres están reunidos en mi nombre allí estoy” Y desde este templo somos nosotros quienes debemos llevar la luz a nuestro entorno. María es la primera creyente, y con María cada uno de nosotros escuchamos la Palabra para convertirnos en servidores. Quizás debemos atrevernos a decir, que se hagan en mí tus palabras, transfórmame cómo lo hiciste con María.

Y, agradecidos, cantamos con el salmista: Cantaré eternamente las misericordias del Señor

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Adviento (22 de diciembre de 2023)

Domingo III de Adviento (17 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Josep M Soler, Abat emèrit de Montserrat (17 de diciembre de 2023)

Isaías 461:1-2.10-11 / 1 Tesalonicenses 5:16-24 / Juan 1:6-8.19-28

 

Juan Bautista es cortante en sus respuestas: No. Yo no soy el Mesías ni ningún otro profeta. Era popular, le habría sido fácil destacar la importancia de su misión y reivindicarse como profeta. Pero no lo hace. Su misión no es la de anunciarse a sí mismo. Es la de ser portador de un mensaje divino y es ese mensaje el que debe anunciar. Así, hermanos y hermanas, lo hizo toda su vida. Fue un testigo fiel hasta el final; y cuando ya sus labios no pudieron hablar, siguió dando testimonio desde la cárcel con su vida insobornable y con su sangre martirial. Juan Bautista es un modelo para todos los que debemos ser testigos de Jesucristo, el Señor. No se trata de hacerse a sí mismo el centro. Sino de dar a conocer el anuncio que viene de Dios.

Ante la triple negación de Juan –no soy el Mesías, no soy Elías, no soy el Profeta esperado–, los enviados por las autoridades de Jerusalén le preguntan: Pues, ¿quién eres? Soy una voz, responde. La voz que grita en el desierto: “allanad el camino del Señor”. Y el evangelista comenta: era un testigo, vino a dar testimonio de la Luz. La luz es la que nos permite ver con los ojos. Y, simbólicamente, experimentar con la inteligencia y con el corazón. En el cuarto evangelio, además, la Luz (con mayúscula) es sinónimo de la Verdad (también con mayúscula) (cf. 1, 9.14). Esta Luz y esta Verdad, es Jesucristo, él ha venido al mundo para iluminar a toda la humanidad (cf. Jn 1, 5). Esta Luz y esta Verdad de las que Juan Bautista da testimonio con la palabra y con la vida, algunos las rechazan y permanecen en las tinieblas, y otros las reciben con fe y les permite ser hijos de Dios y tener una mirada lúcida y esperanzada sobre el mundo.

El anuncio de Juan no era sólo para sus contemporáneos. Es para nosotros que, en el adviento, estamos llamados a preparar el camino del Señor que está cerca. Y debemos hacerlo profundizando nuestra fe, teniendo la humildad en el fondo del corazón, practicando las buenas obras y sacando de nosotros todos los obstáculos que dificultan la acción de Jesucristo. Así podremos acogerlo en la celebración de la Navidad y recibir con agradecimiento el don de participar “de la divinidad de aquél que se ha dignado compartir nuestra condición humana” (oración colecta de la misa del día de Navidad). Si le acogemos con corazón abierto, su Luz brillará en nosotros y penetrará nuestro pensamiento, nuestra afectividad, toda nuestra existencia. Esto nos permitirá una experiencia personal viva y profunda de unión con el Señor que viene.

La proximidad de la Navidad con toda la riqueza de gracia que nos trae, el saber que el Señor está cerca, nos llena de alegría. Por eso, en este tercer domingo de adviento, la liturgia nos repite: “gaudete, alegraos, vivíd siempre contentos en el Señor” (cf. canto de entrada y segunda lectura). Esta invitación a la alegría no es inconsciencia sobre lo que ocurre en el mundo. Tenemos bien presente el conflicto gravemente violento en Israel y en Gaza, la guerra en Ucrania, la crítica situación en Haití, la escalada armamentista en varios lugares del planeta, la falta de agua, el hambre, los terremotos, la explotación de los pobres, la violencia doméstica, el crecimiento de la pobreza, el suicidio de los jóvenes y un largo etc. Cerca de Jesucristo, el cristiano no se inquieta, tiene la certeza de que la esperanza que viene de la Palabra de Dios será satisfecha; cree en aquello de: sostener los brazos que desfallecen, animaos; nuestro Dios vendrá a salvarnos, no dudéis; esperad, si se retrasa, porque vendrá (cf. varias antífonas de adviento). Y hará justicia, liberará de toda opresión, secará las lágrimas de todos los ojos. Ya no habrá ni dolor ni muerte (cf. Ap 21, 4). Éste es el fruto de la Navidad y de la Pascua de Jesucristo. Confiando en ello, el cristiano sabe traducir en oración todas las inquietudes y sufrimientos de la humanidad.

La alegría que estamos invitados a vivir no es la que puede producir un bienestar material, ni un bienestar psicológico, ni siquiera una armonía interior. La alegría a la que nos invita hoy la liturgia es la alegría que viene de Dios y de acoger a Jesucristo y la obra que él hace en nosotros y en la historia de la humanidad. Es la alegría que el Espíritu suscita en el corazón de los creyentes. Es la alegría de ser hijos e hijas de Dios unidos a Jesucristo con la paz que esto conlleva.

En el contexto eclesial y social de nuestros días, debemos ser testigos convencidos, como Juan Bautista, de Jesucristo y de la alegría del Evangelio. No fundamentados en las obras humanas sino en la fuerza de la Palabra de Dios y en la presencia de Jesucristo resucitado en medio de nosotros. Tal y como decía Juan, aquel que es la Luz y la Verdad ya está entre nosotros desde las primeras Navidades de la historia.

En nuestra sociedad, los cristianos deberíamos ser como la levadura en la masa para dinamizarla y hacer crecer las semillas del Reino de Dios que hay en su interior (cf. Mt 13, 33). O bien, dicho con otras palabras, tomadas de san Pablo VI y de san Juan Pablo II (cfr., por ejemplo, de este último: Audiencia General, 9 febrero 1994), “los cristianos debemos ser como el alma del mundo”. Esta frase -ser el alma del mundo- proviene de una obra de principios del s. III, llamada Epístola en Diogneto (cf. 6, 1), que habla de la vida de los cristianos en la sociedad pagana de aquel tiempo. En una sociedad carente de esperanza como la nuestra, con tantos miedos y tantos interrogantes de cara al futuro, los cristianos debemos aportar una visión serena y esperanzada de la realidad tal y como nos la presenta el Evangelio de Jesucristo, debemos ofrecer una respuesta a la gente que busca y tiene sed de sentido, debemos cuestionar la indiferencia de una sociedad que muy a menudo alivia el vacío que experimenta con el consumismo.

La eucaristía que ahora celebramos nos da luz y fuerza para ser levadura en la sociedad, para ser su alma, para testimoniar a Jesucristo que es, que era y que viene.

 

 

Abadia de MontserratDomingo III de Adviento (17 de diciembre de 2023)

Domingo II de Adviento (10 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (10 de diciembre de 2023)

Isaías 40:1-5.9-11 / 2 Pedro 3:8-14 / Marcos 1:1-8

 

Estimados hermanos y hermanas,

Cada año, la palabra y el testimonio del profeta de Isaías y de Juan Bautista nos acompañan en nuestro camino del Adviento. Más allá de la distancia que los separa en el tiempo y más allá también de su estilo y de su manera de vivir, el mensaje de ambos es el anuncio de un nuevo tiempo según el corazón de Dios.

En esta homilía centraré mi reflexión en el canto de consuelo del profeta Isaías. Sin embargo, Juan Bautista queda siempre para nosotros como un testimonio apasionado del Reino de Dios, que en el desierto era una voz que clamaba: “En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios”, y lo hacía siempre en tiempo presente, por tanto, ahora también su voz nos invita a abrir y allanar caminos en nuestro corazón y en nuestro tiempo.

Cuando para muchos de nuestros contemporáneos la vida se ha convertido en un peso insoportable y un permanente desierto y exilio, la palabra de Isaías, toma un relieve particular ya que su canto de consuelo es fruto de la experiencia y de las dificultades que el pueblo de Israel vivió después del regreso del exilio de Babilonia. Las cosas no habían ido como imaginaban antes de regresar, ya que una vez en casa se encontraron encarados, no sólo a reconstruir las ciudades y el propio Templo, sino que se vieron obligados, como un pequeño resto, a convivir con otros pueblos que habían asentado en lo que era su patria, su tierra.

Ayer, como hoy, pronto el desaliento y la desilusión se hicieron presentes en medio del pueblo debido a las dificultades y problemas cada vez más crecientes. Isaías ante esta situación, observa, reflexiona, escucha, ruega y se pregunta: ¿cuál es mi misión en ese momento? Él había acompañado y sostenido la fe del pueblo durante el exilio y ahora que estaban de nuevo en casa, el exilio y el desierto interiores eran mucho más pesados que cuando vivían lejos de su casa. El sueño de reencontrar y vivir en paz en su tierra se había derrumbado y hecho añicos, de tal modo que parecía que ya no había ninguna salida ni solución.

Partiendo de la realidad que tiene delante, su pregunta no busca soluciones fáciles y momentáneas, sino que va más allá: el profeta quiere saber, quiere entender, ¿qué significa confiar en Dios en aquellos momentos? ¿Qué supone poner la confianza en Yahvé, el Dios de los padres? “La respuesta”, si se me permite, a su pregunta es doble: la fe y la confianza siguen resonando en el corazón de los hombres, por destrozados que estén. Y todavía, la fe es auténtica fuente de confianza, de esperanza, y de estímulo para la acción.

Sabemos a ciencia cierta que Isaías no era un hombre alocado, que se dejaba llevar por falsos optimismos, ni tampoco un hombre que vivía de espaldas al sufrimiento y a las vicisitudes de sus contemporáneos. ¿De dónde le vienen, pues, esa fe y esa confianza que en lugar de alejarle de la realidad que le toca vivir le compromete cada vez más con los débiles y los pequeños?

Su optimismo, su fe, su compromiso, su propia vida se fundamentan en la fidelidad de Dios, que es siempre deseo y amor en acción a favor de la humanidad. Y esto, hermanos y hermanas fue muy importante para nuestro profeta y lo es también hoy, para nosotros. Nuestro tiempo es grávido de la presencia del Espíritu del Señor que todo lo renueva. Nuestros corazones son grávidos, en este Adviento y siempre, esperando, anhelando el día de la manifestación de Dios.

Por eso, el profeta, lejos de cruzarse de brazos, de lamentarse sin fin o fijarse únicamente en la mala suerte que él mismo le ha tocado vivir, se pone en acción. Mientras la situación invitaba a no hacer nada, a sobrevivir al precio que fuera, él mira a su pueblo, la ama, por eso habla amorosamente en Jerusalén, y se ocupa y se preocupa apasionadamente por su gente y por las circunstancias adversas que les toca vivir.

La confianza en Dios, que ha dado respuesta a las preguntas más profundas de su corazón, ahora le mueven a vivir en el presente el sueño que Dios tiene para la humanidad desde toda la eternidad. Él se pone en acción para que los pobres y débiles de su pueblo no se vean definitivamente encerrados en un destino de miseria, para que quienes tienen el corazón roto por la desilusión y el sufrimiento recobren la confianza. Él busca abrir surcos donde la tierra parece estar definitivamente condenada a ser un desierto.

Como decíamos al inicio de esta reflexión, para muchos de nuestros contemporáneos, y quizás también para nosotros mismos, la vida se ha convertido en un peso insoportable y los tiempos mejores se han convertido en una espera eterna que nunca llegará. “Consolad, consolad a mi pueblo, -dice vuestro Dios-; hablad al corazón de Jerusalén”. La voz de Dios, en las palabras del profeta, se convierte en un encargo, lleno de responsabilidad de presente y de futuro para los cristianos y para todos los hombres y mujeres de buena voluntad, sea cual sea la edad o situación. También para vosotros escolanos y escolanas de la Schola Cantorum de la Escolanía.

Son muchos, aunque no se noten, quienes, como Isaías, se esfuerzan por consolar, por pedir consuelo para quienes aman o para ellos mismos. “Para consolar necesitamos aprender a callar, a guardar silencio, pero a la vez a aprender a articular gestos de proximidad. El silencio no es indiferencia, es una forma de ser y de estar en el mundo. Consolar es, ante todo, escuchar, ofrecerse al otro para que sepa que estamos allí” (1). Es así como Dios consuela a su pueblo, consuela en este tiempo, nos consuela a cada uno de nosotros para que nosotros consolemos, no en el futuro sino ahora, en este presente sintiendo y haciéndonos cercanos como Dios, es así como celebraremos la Navidad que se acerca y que el Adviento nos ayuda a preparar.

Permítanme que acabe esta reflexión con una oración, escrita por una madre de familia suiza, pastora calvinista (2).

Señor,
tengo una sed tan desesperada
de consuelo!

No hay nadie
que me coja la mano,
no tengo ningún pecho
donde apoyar la cabeza,
ni dos brazos
donde poder apoyarme,
nadie con quien llorar,
nadie que me consuele.

Señor, he aprendido
que nuestro refugio eres tú,
pero sólo lo sabe mi razón.

No me basta para serenar el corazón.

Te lo pido:
hazme sentir que me eres cercano,
como puede serlo una persona amada.

Acógeme, Dios en tu corazón.

(1) Traducción al catalán de un fragmento del artículo de Francesc Torralba, El arte de consolar, publicado en la web del Gobierno de Canarias https://www3.gobiernodecanarias.org/medusa/ecoblog/jregamu/?p=753

 (2)  Sabine Naegli, madre de familia y pastora calvinista en Suiza.

 

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo II de Adviento (10 de diciembre de 2023)

Misa Exequial del P. Pius M Tragan (9 de desembre de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (9 de desembre de 2023)

Lamentaciones 3:17-26 / 2 Corintios 4:14-5:1 / Lucas 24:13-35

 

La muerte es, queridos hermanos y hermanas, la última pregunta, sobre la que hemos escrito y reflexionado mucho pero que nunca hemos llegado a explicar. La muerte, que vivimos como el término biológico de nuestra vida, pero que alarga su sombra sobre otras situaciones personales, que experimentamos de forma triste, amenazadora. Es muy normal que el contraste entre una vida que sentimos real y la seguridad de que esto acabará con la muerte algún día, sea el humus, donde nazca la esperanza de la inmortalidad, creando una tensión inmensamente creativa y fecunda.

La primera lectura del libro de las Lamentaciones nos planteaba la alternativa entre dos posibilidades esenciales: nos amargamos y envenenamos con nuestras reflexiones, alimentando todo tipo de tristezas o «hacemos revivir otros sentimientos que nos mantienen la esperanza». Una actitud es la de repliegue sobre uno mismo, la otra es de apertura, no a la euforia, sino a la confianza tranquila en Dios, a «esperar silenciosamente la salvación del Señor». La persona es la misma, la respuesta es totalmente distinta.

Es en ese momento donde la idea central del cristianismo, la posibilidad de la resurrección de entre los muertos a imagen de Jesucristo se convierte en confesión de la propia existencia de Dios. Se convierte en confesión de fe. La esperanza cristiana que pone nuestro futuro absoluto bajo la misericordia de Dios es en sí misma confesante, reconoce su presencia desde la Creación al cumplimiento final, en una línea sostenida por Dios mismo y en la que nuestras vidas concretas, queridas, irrepetibles y únicas son un punto de esta línea, llamadas a unirse a ella cuando después de morir Dios nos hace dignos, hecho en lo que confiamos por su gran misericordia.

Es por esta fe que nos viene de la noche pascual, recordada aquí con el cirio que encendimos y que proclamaba la resurrección de Jesucristo, que nos hemos reunido hoy para orar por su reposo y dar gracias por la vida de nuestro hermano el P. Pius Tragan difunto.

Es por esta fe que podemos cantar: «Que Cristo te acoja en la gloria» o «Que la luz perpetua lo ilumine», como hemos hecho acompañando el cuerpo de nuestro hermano, al entrarlo en esta Basílica de Montserrat por última vez.

Es por esta fe que a todas las preguntas que nos hace la carta a los cristianos de Roma, que hemos leído como segunda lectura: ¿Quién nos acusará? ¿Quién nos condenará? ¿Quién nos alejará? y al miedo profundo de toda una serie de situaciones vitales que nos plantea, salimos apostando por la vida y confesando que tenemos a Dios a nuestro favor y que nada, ni la muerte, es capaz de alejarnos de ese Dios, que Cristo ha demostrado cómo nos ama.

La condición única e irrepetible de cada hijo e hija de Dios hace que el momento de la muerte sea adecuado para contemplar la riqueza de los dones que recibimos del Señor. La fe existe en cada persona creyente concreta y ocupa todo su ser, ninguna dimensión humana ha quedado fuera de la Encarnación del Verbo, de esta “Palabra que se hizo carne para iluminar a todos los que vivían en las tinieblas (Jn 1, )”. Es con toda la persona que vivimos nuestra fe, sobre todo con la inteligencia que somos capaces de elaborarla.

Al despedir al P. Pius no podemos dejar de contemplar cómo la fe también se apodera de la inteligencia y la obliga, la cuestiona, es más, es una dimensión irrenunciable. San Anselmo, el mayor de los teólogos benedictinos, ya lo tenía claro en el siglo undécimo, cuando escribió: “Así como el recto orden exige que creamos con fe profunda antes de pretender cuestionarla, me parecería una negligencia si después de haber sido confirmados en la fe, no tuviera todo el celo para entender lo que creo” (1). ita negligentia mihi videtur, si postquam confirmati sumus in fide, non studemus quod credimus intelligere. Quizá sea el mayor estímulo intelectual que puede recibir alguien: ese estímulo que le enfrenta al misterio inefable de las grandes cuestiones vitales, que las respuestas cristianas dadas por la Iglesia no se pueden dar nunca por cerradas, sino que son fuente de creatividad, de espíritu, de riqueza interior. Creo que se puede decir justamente que la vida del Padre Pius-Ramon Tragan estuvo marcada por no permitirse “anselmianamente” la negligencia de no entender lo que creyó.

La muerte puso fin a la vida del Padre Pius M. Tragan el jueves por la noche, en la enfermería del monasterio. Acababa así su larga peregrinación en este mundo. Una vida que empezó en Esparreguera en 1928, hace más de 95 años, donde recibió el nombre de bautismo de Ramón que utilizaría muchos años después junto con el nombre monástico de Pius María. La intensidad con la que vivió el P. Pius se explica sobre todo por su amor a la vida, porque era una perfecta encarnación del intelectual comprometido en la búsqueda de la verdad, para él sobre todo búsqueda de la verdad de la fe, de Dios, de la Biblia, de la persona de Jesucristo. En su extenso currículum, visto todo en conjunto, con todas las etapas una tras otra, queda claro que se arriesgó siempre para poder continuar la investigación, el pensamiento y la reflexión, superando bastantes crisis graves de salud, que nunca le habrían hecho pensar que llegaría a la edad que tenía cuando murió y a vivir casi 75 años de profesión monástica.

Montserrat fue su primera escuela, y después, siguiendo primero al P. Abad Aureli M. Escarré, de quien fue secretario en el momento del exilio de Montserrat y al que acompañó a Viboldone, junto a Milán, Múnich, Jerusalén y Estrasburgo fueron las sedes donde contactó con el pensamiento teológico avanzado y la investigación bíblica moderna, especialmente dedicada al Nuevo Testamento, de la que haría su gran pasión. Montserrat, Estrasburgo y Roma, su querida Roma, fueron las cátedras donde compartió generosamente el resultado de toda su actividad intelectual, de forma cordial, que causaba impacto por su sabiduría, por la claridad con la que explicaba y por la profundidad del intelectual que siempre busca el porqué más profundo de aquello que sabe y que aprende.

Era la fe recibida de joven, enriquecida con tantas y tantas lecturas y clases, uno de los potentes estímulos de su inteligencia y de su curiosidad natural. Encarnaba realmente al sabio benedictino que se ha tomado como deber y como tarea la búsqueda de la verdad.

Incluso, podía llegar al sentido del humor, como una vez cuando me dijo: “¡Vi lo que pasó antes, he visto qué está pasando ahora, y ahora lo siento porque no veré cómo se acabará!” Últimamente incluso me manifestaba una curiosidad frente a la muerte. ¿Cómo será? ¿Sabemos algo? -Una pregunta que me parece totalmente honesta, ya que la buena teología nunca pierde la conciencia de la inefabilidad radical de todo lo que explica, – pero yo le decía protestando y en broma: “Soy el profesor de escatología y me paso muchas horas explicando todo lo que ocurre después! No me lo deshaga todo”. Lúcido hasta el mismo día de su muerte, todavía al mediodía, me reconoció como Padre Abad y quiso que le diéramos en comunidad el sacramento de la unción de los enfermos.

La civilización cristiana ha aportado al mundo y a la cultura tantas figuras en las que reconocemos las capacidades intelectuales un camino de virtud, cultivado con disciplina. Si Dios ha querido encarnarse en un ser inteligente como Jesús de Nazaret es porque también la inteligencia puede ser un vehículo del amor. Es más, me atrevería a decir que el estudio puede refinar a la persona haciéndola más capaz de amar, más capaz de compartir. Esto, que no ocurre en todos los intelectuales, podemos decir que se produjo en la vida del P. Pius y por eso estos días hemos recibido infinitas muestras, no sólo de reconocimiento intelectual sino de agradecimiento por el cariño y la amistad con la que trató a tantos familiares, amigos, colegas y discípulos, como Jesucristo, el Buen Pastor, a quien él dedicó la tesis doctoral, hacía con sus amigos. De todo damos gracias a Dios.

Si ninguna vida está exenta de ambigüedades, tampoco puede estarlo una vida tan larga e intensa como la de Pius. Por eso estamos también aquí, para orar por él, para ayudarle en este paso definitivo de este mundo a la casa de Dios, porque en ese momento final cuando Jesucristo le habrá dicho:

Yo soy la resurrección y la vida. Quienes creen en mí, aunque mueran vivirán. Y todos los que viven y creen en mí, jamás morirán. ¿Lo crees esto?

Podamos nosotros acompañarle con nuestra oración a responder con Marta:

Sí. Señor. Yo creo que os sois el Mesías. El Hijo de Dios que había de venir al mundo.

El final de la historia personal permanece siempre en manos de Jesucristo, pero resucitó a Lázaro y resucitó él mismo de entre las muertes, como conmemoramos en cada eucaristía.

(1) Sicut rectus ordo exigit ut profunda fidei prius credamus priusquam ea praesumamus ratione discutere, ita negligentia mihi videtur, si postquam confirmati sumus in fide, non studemus quod credimus intelligere (Cur Deus Homo II)

Abadia de MontserratMisa Exequial del P. Pius M Tragan (9 de desembre de 2023)

Domingo I de Adviento (3 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Bernat Juliol, prior de Montserrat (3 de diciembre de 2023)

Isaías 63:16-19; 64:2-7 / 1 Corintios 1:3-9 / Marcos 13:33-37

 

Estimados escolanes:

Algunos de vosotros, este curso, habéis tenido la mala suerte de tener que soportarme como profesor de religión. Digo esto porque seguramente habéis reconocido que las lecturas de la misa de hoy son las que hemos estado trabajando en clase durante la última semana. Vuestras dudas, preguntas y comentarios me han servido para poder hacer la homilía de este domingo. Pero como no os había dicho nada de mis intenciones, supongo que mañana recibiré duro.

Daos cuenta, sin embargo, de la importancia de la asignatura de religión: lo que hablamos en clase ahora lo podrán escuchar los cientos de personas que están hoy aquí y los miles que nos siguen por la radio y la televisión. La clase de religión es importante porque nos enseña que para ser felices y encontrar sentido en la vida debemos mirar hacia Dios. Y a la vez, también nos enseña a comprender tantas cosas de nuestro mundo occidental: a reconocer los estilos de las iglesias, a ir a un museo y entender tantos cuadros que contienen escenas bíblicas, o mirar, por ejemplo, la bandera de la Unión Europea y ver la corona de doce estrellas de la Virgen de la que se nos habla en el libro del Apocalipsis.

Y a todos vosotros, hermanos y hermanas, os invito a empezar este nuevo Adviento con una nueva mirada, la mirada de los preferidos del evangelio. Como dice san Mateo: «En verdad os digo, si no os volviereis y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de éstos será el más grande en el reino de los cielos» (Mt 18, 3). O como dice la Regla de San Benito: «Y que en ninguna parte la edad no cree distinciones ni preferencias en el orden, porque Samuel y Daniel, aun siendo jóvenes, juzgaran a los ancianos» (RB LXIII, 5-6). Que el don profético de los jóvenes nos enseñe a salir de nuestra zona de confort y aprender a contemplar a Dios y al mundo con una mirada renovada.

Aunque no dije a los escolanes que estos textos correspondían al Adviento, los dos conceptos fundamentales que surgieron se corresponden perfectamente con lo que nos pide este tiempo litúrgico: aprender a escuchar la Palabra de Dios y aprender a velar la venida de Cristo.

En primer lugar, aprender a escuchar. El ejemplo que utilizamos son las lecturas durante la misa: ¿las escuchamos verdaderamente? Muy inteligentemente, los escolanes distinguieron entre «oír» y «escuchar». Oír se refiere a cuando mostramos una apariencia externa de que nos interesa lo que dicen o leen, pero, en cambio, nuestra cabeza está en un lugar muy lejano. Escuchar, en cambio, se refiere a cuando verdaderamente pongo interés en lo que oigo y hago mías las palabras que me dicen. ¿Cuántas veces en misa nos encontramos con que hemos oído las lecturas, pero no las hemos escuchado? Pero nos ocurre a todos lo mismo en nuestra vida ordinaria: ¿Cuántas veces oímos, pero no escuchamos? Y también nos ocurre con Dios: ¿Cuántas veces querríamos saber qué nos está diciendo, pero en realidad no lo estamos escuchando?

Otro ejemplo de aprender a escuchar son las homilías. Aquí, según los escolanes, la cosa ya se complica más. Si no están bien hechas corremos el peligro de activar lo que ellos llaman el “modo off”, es decir, la desconexión total. Para los escolanes, las homilías deberían ser siempre y necesariamente: ¡cortas! Un antiguo escolán que acabó hace un par de años un día me dijo: «No sé por qué los curas habláis tanto en las homilías, sólo habría que decir una cosa: Jesús es el hijo de Dios y nos ama». Después de tantos años de estudiar teología, me dejó bien desarmado. Parafraseando un poema de John Keats podríamos decir: «Jesús es el hijo de Dios y nos ama, esto es lo único que podemos saber de Dios, esto es lo único que necesitamos saber». No sé si las homilías son largas o cortas, pero cuando hablan de Jesús, que es el hijo de Dios y nos ama, se hacen escuchar.

Que el Adviento nos ayude a aprender a escuchar: tan sencillo, tan difícil. El segundo punto en torno al que hoy podemos hablar es aprender a velar a la espera de la venida de Cristo. El evangelio según san Mateo que nos ha sido proclamado hoy nos repite esta idea hasta cuatro veces: «Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!». Aquí me sorprendió la respuesta de los escolanes: dijeron que velar era estar atentos, sí, pero que también servía para disfrutar de la vida. Para ellos, velar, implica mirar hacia el futuro y no desperdiciar ninguna de las oportunidades que nos da la vida.

Se me ocurrió algo que me dijeron hace unos años, cuando vino aquí a Montserrat un coro francés e hizo un intercambio con la Escolanía. Recuerdo que el director de este corazón me comentó: «el canto de la Escolanía tiene siempre un punto de nostalgia». Este comentario me ha hecho pensar muchas veces. Seguramente se trata de algo que la Escolanía tiene como corazón de un monasterio benedictino. Los monjes, y todos los cristianos, deberíamos vivir con un punto de nostalgia. No es una nostalgia del pasado (la de «cualquier tiempo pasado fue mejor»), sino, curiosamente, una nostalgia del futuro. Tampoco es una nostalgia triste. Es la nostalgia que viene de la esperanza, de quien sabe que lo mejor de la vida está aún por venir. Es la nostalgia de los jóvenes, de aquellos que tienen toda su vida por delante. Es la nostalgia que nos hace cantar: Veni Domine, Venid Señor, como oiremos en el canto del ofertorio. Ésta debería ser una característica del cristiano: la nostalgia del futuro: del que sabe que lo mejor está aún por venir: del que sabe que vamos al encuentro de Dios.

Bien, voy terminando, porque si no mis alumnos me criticarán y, esta vez, con razón. Otra cosa que intento enseñarles es que la Iglesia es sabia. Por ejemplo, los domingos, en el orden de la misa, coloca al Credo después de la homilía. Esto no es gratuito. Lo hace para que nadie pierda la fe a causa de las palabras del cura. Espero que no sea el caso de hoy, sino que el inicio del Adviento nos ayude a escuchar y velar a este Jesús que es el hijo de Dios y nos ama.

Disculpad las excesivas pinceladas de humor monástico que ha habido en esta homilía. Pero el Adviento nos dice que el Señor viene a nuestro encuentro. Y nosotros sabemos quién es ese Dios: es el niño pequeño, fajado y puesto en un pesebre. Y en su rostro, estemos seguros, tiene dibujada una sonrisa.

 

 

Abadia de MontserratDomingo I de Adviento (3 de diciembre de 2023)