La Santísima Trinidad (C)

Celebramos hoy la fiesta de la Santísima Trinidad, dando gracias a Dios que ha querido hacerse presente a nosotros como Padre que nos ama, como Hijo que nos propone un estilo de vida y como Espíritu Santo, que nos reanima a lo largo de nuestro camino. San Pablo nos lo recuerda con estas palabras: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros» (2 Cor 13,13). Con estas palabras nos dice que cada persona, cada uno de nosotros, participa de la vida de Dios gracias a Jesucristo y al Espíritu Santo en tanto que nos hacen llegar la estima de Dios.

De hecho cada cristiano es bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Cuando somos bautizados entramos a participar de una manera más íntima con la Trinidad que nos acompaña y nos apoya a lo largo de nuestra vida. Leyendo el Evangelio encontramos en cinco episodios la Trinidad: en la anunciación a María, por ejemplo, se nos dice que «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, y el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios «(Lc 1,35) y podríamos leer palabras similares cuando el Evangelio nos habla del bautismo de Jesús o de la última cena, o del calvario y de la ascensión. Cuando nosotros expresamos nuestra fe, cuando decimos el «Credo», manifestamos nuestra acción de gracias por el hecho de que la creación es atribuida al Padre, la redención al Hijo y la santificación nuestra al Espíritu Santo.

Por experiencia sabemos que nos necesitamos unos a otros para ser realmente humanos: somos personas que participamos de una vida familiar y social. Por eso somos mutuamente interdependientes. Así lo experimentamos a lo largo de la vida, desde el comienzo hasta el final de la vida. Pero a lo largo de nuestro itinerario nos necesitamos mutuamente, y es a través de estas relaciones que ponemos en práctica todo lo que Jesús nos ha enseñado para poder vivir en plenitud y así nos vamos convirtiendo en la persona que Dios nos ha dado la capacidad de ser.

La relación entre nosotros ha de llegar a concretarse siempre, pues, en una relación interpersonal positiva, al estilo de Jesús tal como nos lo enseñaron sus discípulos. Por eso la Trinidad es como un modelo de nuestras vidas. Estamos hechos a la «imagen de Dios», participando de lo que Jesús nos ha enseñado. Como la misma Trinidad formamos una comunidad de personas. Siguiendo el Evangelio, no somos individuos aislados, autosuficientes y resistentes. Así, como la Trinidad, somos personas iguales que convivimos en comunidad. Y por eso es tan atractiva la fiesta que hoy celebramos: porque nos enseña a acoger los dones del Espíritu Santo, que nos dan ayuda para seguir lo que Jesús nos propone.

La fiesta de la Trinidad nos enseña que Jesús quiere que participemos de la misma comprensión y amor que comparten el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. De hecho, todos tenemos la necesidad de participar de este amor creativo y constructivo, que incluso puede ser capaz de curar. Esta es la experiencia que vamos haciendo a lo largo de la vida.

Podemos decir, pues, que en la Trinidad encontramos la unidad en la diversidad. De forma similar, la comunidad cristiana, participa de esta unidad en la diversidad, una unidad con las diferencias normales de la vida. Tenemos en común lo que es un núcleo central del cristianismo, lo que el evangelista Juan lo dice en tres palabras: «Dios es amor» (1 Jn 4,16). Por eso podríamos decir que el amor es nuestro origen, y también nuestra misión y debe ser también nuestro destino. La mutua estima y el respeto son también un signo indispensable para definir la identidad cristiana.

San Juan evangelista nos hace llegar también estas palabras de Jesús: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. En esto conocerán que sois mis discípulos por el amor con que os amáis» (Juan 13: 34-35). Este es, ciertamente, un punto central de la identidad cristiana. Nos deseamos mutuamente, pues, que cada uno de nosotros pueda llevarlo a la práctica siguiendo el ejemplo de Jesús y pidiendo también la intercesión y la ayuda de la Virgen que tanto veneramos en este Santuario de Montserrat.

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