Domingo III de Pascua (C)

Queridos hermanos y hermanas:

Nos encontramos en el mar de Galilea, Tiberíades, en la gran depresión del río Jordán, a unos doscientos metros bajo el nivel del mar. El relato nos describe el trabajo normal de los discípulos de Jesús, pescadores de agua dulce, en una pequeña cala arenosa, en la penumbra de las estrellas de la noche.

Los apóstoles en horas bajas, desanimados, desalentados, echan de menos, con nostalgia, la presencia de Cristo Resucitado. San Pedro, como siempre, toma la iniciativa: «Me voy a pescar»; los otros discípulos le siguen. Es la última vez que todos ellos suben a una barca para pescar. Mañana pescarán discípulos, seguidores de Cristo, el Sol de justicia. El trabajo de la noche es un esfuerzo estéril, un estrepitoso fracaso. La noche significa tiniebla, penumbra, oscuridad; no hay luz, porque la luz viva es Jesús Resucitado.

A la salida del sol, al amanecer, mientras amanecía, se presenta Jesús, la luz Pascual, Cristo Vivo: «Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos». El Amor viene de la luz, la luz lleva a la claridad, y el amanecer a la novedad del nuevo día.

Un desconocido, un ribereño o un pescador (Jesús de Nazaret) se planta en la orilla del lago e interpela a la gente de la barca, con una palabra irónica: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Y obtiene de la barca una respuesta lacónica, de un simple monosílabo: «¡No!». El desconocido les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». No sé por qué, pero lo hicieron así, y pescaron tantos peces que casi no podían cogerlos. La mano derecha es la mano dominante para la mayoría de la población para hacer y ratificar los tratos. Es un sentido normal de rúbrica, de pacto honesto entre dos personas. Entonces, aquel discípulo que Jesús amaba (Juan) reconoce al Resucitado y se lo comunica a Pedro: «¡Es el Señor!». Simón Pedro, lleno de ímpetu, se puso la ropa y se lanzó al agua. Mientras tanto, Jesús había preparado un fuego y Él mismo era el cocinero. Los llama a almorzar invitándoles a añadir al fuego unos cuantos peces de los ciento cincuenta y tres peces grandes pescados. Primeramente, el Cristo pedía a sus discípulos si tenían qué comer. Ahora, sin embargo, es Él mismo que los invita a almorzar.

El Evangelio nos dice que toda la comida fue silenciosa, y que ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, aunque todos sabían perfectamente que era el Señor. El Evangelista San Juan nos dice seguidamente: «Jesús se acerca, toma el pan y se lo da». Huelga decir que es una clara referencia Eucarística. «lo mismo con el pescado». El Pescado es el primer símbolo de la naciente comunidad Judeo-Cristiana con su acróstico con griego: «Jesus. Cristo. Hijo de Dios. Salvador » (Soter).

Después de almorzar, Jesús toma aparte a Simón Pedro y, a continuación, vinieron las tres preguntas del interrogatorio: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Y las tres respuestas: «Si Señor, tú sabes, que te amo». «Apacienta mis ovejas». Pedro había negado tres veces ser discípulo de Jesús el Jueves Santo, antes de cantar el Gallo. (Mt.26,69-75). Jesús perdona las tres negaciones y ahora le encarga cuidar de todo el rebaño, y le dice: «¡Sígueme!». San Pedro, que es el primero de los Apóstoles, tiene la gran misión de guiar la comunidad Eclesial, es el timonel de la nueva barca que es la Iglesia, con un servicio de guiar a los demás, lleno de desprendimiento material, hasta su martirio en la ciudad de Roma.

Hoy todos nosotros, como San Pedro, participamos también de esta triple invitación a amar y confesar a Cristo Resucitado en la Eucaristía que celebramos. Banquete preparado por el mismo Señor, que nos invita a todos nosotros a su mesa puesta.

Después de la Consagración, el celebrante canta: «Por Cristo, con él, y en él, a ti Dios Padre», y todos aclamamos: «Amén» En la Comunión el sacerdote nos dice: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Y el pueblo responde, repitiendo las mismas palabras del centurión: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa». Y, al recibir el Cuerpo de Cristo en el momento de comulgar, decimos «Amén». Triple respuesta de Amor. Tres preguntas de fidelidad y tres respuestas de estimación para reconocer que realmente es el Señor Resucitado, presente, y que vive entre todos nosotros. De todo corazón, ¡Santa Pascua!

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