Vigilia Pascual (11 abril 2020)

Homilía del P. Josep M. Soler, Abad de Montserrat

Romanos 6:3-11 – Mateo 28:1-10

Ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado, no está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Este anuncio, que llena de alegría esta noche, cambió el curso de la historia humana. La visión serena de los cristianos, su dolor contenido, sus palabras de esperanza, su solidaridad concreta y a veces arriesgada ante la tragedia de estos días, brotan de este anuncio: Jesucristo, el crucificado, ha resucitado. Vive como vencedor del mal y de la muerte. Con su cruz, hermanos y hermanas, nos ha obtenido el perdón y nos ha liberado de todo tipo de esclavitud, también de estar destinados a la muerte para siempre. El sufrimiento y la muerte son inherentes a la persona humana, porque tal como nos recuerda el Covidi-19, aquí en la tierra no existe la plenitud. Pero, el dolor y la muerte, no tienen la última palabra. La última palabra la tiene Jesucristo con su victoria radical. No es una victoria sólo del pasado. Es una victoria para siempre, y, por tanto, también de hoy. Por ello, el canto del anuncio pascual podía decir, «esta noche santa y poderosa […] devuelve la alegría a los tristes».

Vivimos una experiencia fuerte de muerte y de sufrimiento, nos encontramos en una crisis sanitaria que ha provocado una crisis laboral y económica. Pero la victoria de Jesucristo es más fuerte, tiene una dimensión que va más allá de los límites de este mundo. Y nos hace un llamamiento acuciante a la solidaridad, porque con la aportación abnegada de todos podamos superar la situación y reencontrar una sociedad más solidaria, más atenta a los débiles y a los descartados; una sociedad que valore una economía de comunión y respete la dignidad de todos. Si somos capaces de aprender la lección de estos días, podremos encauzar las cosas de otra manera más positiva para todos y, reencontrar así, el gozo del compartir.

Jesús, el crucificado, no está aquí en el sepulcro. Ha resucitado tal como había dicho. Este anuncio del ángel a las mujeres, además de hacerles conocer que Jesús, el Señor, vive, les confía la misión de anunciar la Buena Noticia a los apóstoles y de decirles que vayan a Galilea. A continuación es Jesús mismo que se les manifiesta para confirmarlas en su alegría y en su misión. Y les vuelve a repetir que digan a los discípulos que vayan a Galilea y que allí lo verán. Es interesante notar que Jesús califica a los discípulos de hermanos suyos, para indicar la relación nueva e íntima que se establece entre él y los que creen en él. Juntos forman -¡formamos! – una nueva familia.

La llamada a ir a Galilea para reencontrarse con Jesús, no es sólo para un encuentro puntual, sino que tiene una significación profunda. La región de Galilea era el lugar de los inicios, el lugar donde Jesús vivía, el de la primera predicación de Jesús, de la llamada de los primeros discípulos, del sermón programático en la montaña, de los episodios en el lago entrañable de Genesaret, etc. Pero Galilea era, también, un cruce de caminos; los habitantes estaban en contacto con gente de otros pueblos paganos que vivían allí. Ya en el libro de Isaías, en un texto citado por el evangelista San Mateo, se habla de Galilea de las naciones (Is 8, 23; Mt 4, 15). La llamada a ir a Galilea va más allá del momento de la resurrección del Señor. El anuncio del resucitado y la invitación a ir a Galilea son también para hoy.

Esto significa tres cosas. La primera, reafirmar nuestra fe en Cristo resucitado, que vive en medio de nosotros dando vigor y sentido a nuestra existencia; en esta noche santa deberíamos recordar el momento que nos sentimos atraídos por Jesucristo, el momento de nuestra opción decidía por él y renovarla cuando dentro de poco renovaremos las promesas del bautismo. La segunda cosa que significa la invitación a ir a Galilea es que debemos ser testigos, con las obras y con las palabras de la vida nueva que Jesucristo nos infunde y de su Evangelio. Y la tercera cosa que significa esta invitación es que seamos «Iglesia en salida» tal como pide insistentemente el Papa Francisco y, por tanto, que vayamos a las «Galileas» de hoy y allí encontraremos también al Cristo presente en el hermano. Es decir, que tenemos que ir a las periferias de la humanidad, a los lugares de la soledad, de la tristeza y del sufrimiento, de la marginación y la pobreza. Lugares que estas semanas han aumentado exponencialmente tanto en torno nuestro como en todo el planeta. Ir allí para llevar esperanza, consuelo, ayuda, compañía, para llevar la alegría que nos viene de Jesucristo resucitado. Tal vez la mayoría de nosotros, debido al confinamiento, no podremos ir ahora presencialmente, pero podemos ofrecer nuestra palabra de ánimo a través del teléfono o de otros elementos informáticos.

Jesús, el crucificado, no está aquí. Ha resucitado tal como había dicho. No está en el sepulcro, entre los muertos. Sino que vive y camina con nosotros, como hizo con los discípulos de Emaús la tarde de Pascua. Un momento fuerte de este camino con nosotros, es la celebración de la Eucaristía, el sacramento pascual por excelencia porque es presencia del Señor resucitado en medio de su pueblo. En esta vigilia pascual, todos los que se une a nuestra celebración de lejos desgraciadamente no podrán recibir el sacramento eucarístico, pero el Señor resucitado también está con vosotros y os podéis unir a él con un acto de fe y de amor. Por nuestra parte, hermanos y hermanas, nos sentimos muy unidos a vosotros y os deseamos que pronto podáis volver a recibir este alimento sacramental de vida eterna.

 

 

Anton GordilloVigilia Pascual (11 abril 2020)