Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

«El cielo y la tierra os adoran y os cantan un cántico nuevo». Con estas palabras del prefacio de la plegaria eucarística, hermanos y hermanas, la liturgia nos invita a adorar y cantar el don de la Eucaristía.

Nos invita a hacerlo cantando precisamente «un cántico nuevo». Y, ¿qué es «un cántico nuevo»? En la Sagrada Escritura, se invita a cantar un canto nuevo para alabar la realidad siempre nueva y dinámica de las obras de Dios. A cada nueva intervención salvadora de Dios, a cada nueva maravilla hecha por él a favor de las personas, le corresponde un canto nuevo, una nueva alabanza por parte de la asamblea del pueblo creyente. En el Antiguo Testamento encontramos muchos cánticos nuevos que nos invitan a la alabanza y la adoración por las gestas liberadoras de Dios. Y, según el libro del Apocalipsis, al final de la historia, todos los salvados cantarán un canto nuevo al Cordero, a Jesucristo muerto y resucitado (cf. Ap 5, 9).

En la Eucaristía Dios ofrece la salvación a cada uno, su acción sanadora y liberadora entra en el corazón de la historia humana. Por ello, la Iglesia lo agradece cada año en la solemnidad de Corpus. Y, además de retomar los cánticos nuevos bíblicos para la acción de gracias, nos invita a dejar que el Espíritu Santo suscite en el interior de cada uno un canto nuevo, un cántico inédito, dirigido a Dios para agradecerle su don y su gracia que, a nivel personal y comunitario, nos vienen por el sacramento de la Eucaristía.

La motivación de este cántico, movido por la fe y por la alegría, nos viene dada por el prefacio que, como he dicho, precede a la gran oración eucarística (cf. Prefacio II de la Eucaristía). Concretamente, en la solemnidad de hoy, nos da tres puntos para nuestro canto nuevo de acción de gracias.

El primero, hace referencia al don eucarístico mismo. «Jesucristo nuestro Señor mientras cenaba con los apóstoles» quiso «perpetuar hasta el fin de los siglos el recuerdo de su pasión» y se ofreció al Padre como cordero pascual sacrificado en la cruz y nos dejó el memorial en la celebración de la Eucaristía. Lo hemos escuchado en la segunda lectura. Que el Espíritu suscite, pues, en cada uno de nosotros un canto nuevo por la entrega de Jesucristo en la cruz y en el pan y el vino eucarísticos.

El segundo punto para la acción de gracias, hace referencia al fruto eclesial del don eucarístico. Somos nutridos abundantemente con el alimento espiritual de la eucaristía, tal como indicaba el evangelio del pan multiplicado y repartido. Somos nutridos individualmente y también comunitariamente, con un destino universal, porque la participación en el «sacramento venerable» de la eucaristía une ya, y quiere unir aún más, a «toda la humanidad con los vínculos del amor y de la unión e iluminar con la luz de una «sola fe». Podríamos decir que la Eucaristía hace la Iglesia, la edifica y la consolida como un solo pueblo destinado a reunir a toda la humanidad en el pueblo de Dios. Que el Espíritu, pues, suscite en cada uno de nosotros un canto nuevo para la Iglesia que, reunida por la Eucaristía, es prenda de la unidad que Dios quiere para toda la humanidad. Por eso experimentamos el dolor por las divisiones en el seno de la Iglesia Católica y entre las Iglesias, que hieren la voluntad de Jesucristo y debilitan el anuncio del Evangelio. Y, en coherencia con la celebración de la Eucaristía, tenemos que pedir que el Espíritu nos haga personas de paz y de diálogo, para construir nuestra sociedad superando las fracturas y las agresividades que tan a menudo aparecen.

Y el tercer punto que nos da el prefacio para la acción de gracias, hace referencia al fruto personal con que nos enriquece la Eucaristía. La participación en la mesa que el Señor nos dispone hace que su gracia nos penetre y nos vaya configurando con él, mientras caminamos hacia la plenitud final. Que el Espíritu suscite, pues, en cada uno de nosotros un canto nuevo por el proceso de transformación espiritual que nos es dado en la Eucaristía hasta irnos haciendo interiormente semejantes a Jesucristo, siempre y cuando nuestra libertad le deje hacer.

Hoy celebramos y vivimos, pues, la entrega personal del Señor a la humanidad, por medio de la Iglesia, para ofrecerle el perdón y la salvación, para vigorizarla espiritualmente y para reunirla en la unidad superando tantas divisiones como hay. Y agradecemos, también la entrega personal del Señor a cada uno de los que participamos de su mesa para nutrirnos del pan de vida y del cáliz de la salvación.

La Eucaristía, don que el Padre nos hace por medio de Jesucristo y la acción del Espíritu Santo, nos enseña a vivir todas las cosas a la luz de Dios y de su plan de amor a favor de todo ser humano, por eso nos lleva a denunciar la injusticia y a servir con palabras y obras a la justicia según Dios en favor de todas las personas, especialmente las más débiles y necesitadas. No debe dejarnos insensibles la afirmación de Cáritas, en torno a la fiesta de este Corpus, diciendo que la desigualdad, que agravó la crisis económica, es una herida que no cicatriza y que en nuestro país supone una lesión social mayor que en el resto de países de nuestro entorno. No podemos honrar al Señor en la Eucaristía y permanecer indiferentes a su presencia en los pobres y los marginados.

Nos maravilla que, criaturas pequeñas y pecadores, torpes para estimar y destinadas a la muerte como somos, seamos llamadas a la santidad, a la identificación con Jesucristo y la inmortalidad que viene de participar de la vida de Dios. Nos maravilla que el Señor confíe en nosotros para ser cooperadores suyos en la obra de pacificar y hermanar el mundo, de dignificar las personas humanas porque también ellas son cuerpo de Cristo, a la hora de construir el Reino. Realmente todo esto nos suscita un canto nuevo. ¡Qué novedad tan inaudita que Dios nos dé en la eucaristía el cuerpo y la sangre de Cristo bajo las apariencias de pan y de vino para transformarnos en él y para edificarnos como pueblo suyo vivificado por el Espíritu!

Cantemos, por tanto, al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. Aclamémosle por toda la tierra, entonad cantos y en gritos de alegría (Sal 97, 1.4).

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