Solemnidad de San José

Queridos hermanos y hermanas: José, el carpintero de Nazaret, en la sinagoga, debía haber oído varias veces la lectura del fragmento del segundo libro de Samuel que hemos escuchado. Y debía haber orado el salmo 88 que hemos cantado. Lectura y salmo hacen referencia a la promesa que Dios hizo a David según la cual su trono real se mantendría para siempre, con un descendiente bueno y recto que complacería a Dios en todo y que viviría como buen hijo de Dios, que sería el Mesías.

Y, en cambio, José no veía ningún trono, ni ningún rey mesías. Él mismo era descendiente de la casa de David, según nos dice el evangelio (Mt 1, 16:20), pero la realeza se había interrumpido varias generaciones antes con la deportación a Babilonia. ¿Dónde estaban, ahora, los favores que Dios había jurado a David? ¿Es que Dios no era fiel a la promesa de mantener para siempre el trono de David?

Pero, como todo buen israelita, oraba por la venida del Mesías y la deseaba ardientemente; vivía con una espera llena de esperanza. José creía firmemente que el amor de Dios no se interrumpe nunca y que sus promesas duran por siempre, y, por ello, que en su momento el Mesías vendría. Mientras, vivía su donación a Dios llena de fe.

En el plan de Dios, ahora llegaba la hora que el Mesías bajaría del cielo, y que el seno de la Virgen María daría nacimiento al Salvador. Y José era el elegido para hacer realidad tanto la profecía de Natán, que hemos escuchado en la primera lectura, como la promesa a que hacía referencia el salmo. Para él era algo del todo inesperada y, además, le daba la vuelta a sus planes, tal como acabamos de escuchar en el evangelio: José, hijo de David, no tengas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados. José, hombre de Dios como era, cumplió lo que le había sido mandado. Ante esto, el evangelista San Mateo dice con toda simplicidad ante la grandeza del hecho: El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera. Para esta venida era necesaria la cooperación generosa y diligente de José, además de la de su prometida, María. Al recibir el encargo divino de poner nombre al niño que nacería, se le pedía que actuara como padre, porque correspondía al padre de hacerlo. José, pues, será el padre legal de Jesús, y a través de él el Hijo de Dios hecho hombre entrará en la descendencia de David. José cree y obedece sin saber hasta dónde le llevará esta obediencia. Él confía en que Dios también se mostrará fiel y salvador en el futuro de su vida.

La profecía de Natán encuentra, pues, su cumplimiento. Un cumplimiento inesperado y con una dimensión nueva y profunda. Las palabras del salmo Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades, tienen una concreción del todo especial. A través de José, Jesús recibe una realeza humilde, desprovista de todo poder, pero una realeza de justicia, de amor y de paz, de perdón, de santidad y de gracia (cf. Prefacio de Cristo Rey). Una realeza que libera de lo que oprime a las personas, que da la victoria definitiva sobre el pecado, el mal y la muerte. Y es una realeza eterna. En Jesús se hacen realidad, también, de una manera intensa aquellas otras palabras del salmo: Él me invocará: “Tú eres mi padre. En la descendencia de David esto hacía referencia a la filiación espiritual que los reyes de Judá tenían en relación con Dios; en cambio, en el caso de Jesús son una realidad con toda la plenitud. Jesús puede decir con toda propiedad Abba, Padre a Dios porque es el Hijo eterno.
Así como Dios no se desentendió de su fidelidad a la promesa hecha a David, tal como vemos en el nacimiento de Jesucristo, tampoco se desentiende de su amor a lo largo de las generaciones. Continúa con licitud llevando la historia. La historia de la humanidad y la historia de cada uno de nosotros. Esto nos infunde coraje y nos hace vivir con esperanza. San José fue testigo de unos momentos únicos de la historia humana, en los que Dios, en la persona del Hijo hecho hombre se involucró hasta el máximo con la humanidad. Y ese estar involucrado continúa en nuestros días, aunque a veces no lo sepamos ver. En el presente, con todos sus problemas y sus interrogantes, somos llamados a vivir la fe en la fidelidad salvadora de Dios. Y a ser testigos de esperanza en el ambiente de tristeza, de pesimismo y de crisis a varios niveles que vive nuestra sociedad; a ser testigos de esperanza ante el dolor tan presente en el mundo.

La vida de San José, a partir de lo que dicen los evangelios, fue una vida de fe y de esperanza vividas en el amor. No le fue fácil. Tuvo sus momentos de oscuridad. Pero él, como Abraham -del que hablaba la segunda lectura-, se fió de Dios. Y cumplió la doble misión que le había sido confiada: insertar Jesús en el linaje de David y contribuir, con María, su esposa, a educar humanamente a Jesús según las tradiciones de Israel.

Nosotros hacemos camino hacia la participación para siempre de la Pascua de Jesucristo. Nos ayuda a hacerlo la vivencia cuaresmal que nos ofrece la Iglesia. Y, en este camino, san José es un modelo de fidelidad, de obediencia en la fe, de servicio. Y al mismo tiempo es un intercesor para que el Cristo se vaya formando en nosotros (cf. Gal 4, 19), a fin de que tengamos sus mismos sentimientos (cf. Fil 2, 5) y vivamos la filiación divina (cf. Gal 4, 6) sirviendo por amor a nuestros hermanos de humanidad (cf. Gal 5, 13). Y así podamos decir a Dios como Jesús y en Jesús: Abba, Padre.

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