Solemnidad de San Benito

El Papa Pablo VI dijo, hace unos años, que «la Iglesia y el mundo necesitan que san Benito salga» del muro de la clausura de los monasterios «para ofrecernos el marco de una pequeña sociedad ideal donde finalmente reina el amor, la obediencia, la inocencia, la liberación de las cosas y el arte de usarlas bien, la preeminencia del espíritu, la paz; en una palabra, el Evangelio «(Homilía en Montecasino, 24/10/1964). Estas palabras aún son más actuales hoy que entonces. La enseñanza de san Benito contenida en su Regla y su Patronazgo sobre Europa nos deben mover a actuar para construir una sociedad más humana, más según el Evangelio. Sabemos que en este mundo no llegaremos nunca a la sociedad ideal. Pero san Benito nos ofrece un modelo al que hay que tender.

Cuando Pablo VI hablaba de la necesidad de que san Benito saliera del muro dela clausura de los monasterios, quería decir que sus enseñanzas dirigidas primariamente a los monjes, debían servir también para la comunidad eclesial y para la sociedad, desde el momento que san Benito es patrimonio de todos. Para ello es necesario el trabajo convencido de los monjes y de todos los cristianos, desde el momento que, en cuanto al crecimiento personal y en las relaciones humanas, las enseñanzas de san Benito están bien arraigadas en la Palabra de Dios. Sintonizan plenamente con lo que el libro de los Proverbios y la carta a los Colosenses nos decían en las lecturas que hemos escuchado. La Palabra de Dios, y las enseñanzas de san Benito que la aplican a situaciones particulares, necesitan hombres y mujeres que vivan según estas enseñanzas. Nos necesitan, también, a nosotros. Nosotros junto con muchos otros debemos hacer salir san Benito y sus enseñanzas de vida evangélica del recinto del monasterio, para llevarlo a la sociedad, a las ágoras de debate, en los lugares donde se toman las decisiones que afectan a las personas y los pueblos. Para poder hacerlo necesitamos, como decía la primera lectura, acoger la Palabra de Dios y guardarla como un tesoro, necesitamos acoger atentamente la sabiduría que nos transmite para poder comprender el valor de la bondad y la justicia y acertar los buenos caminos. Unos caminos que sólo se pueden acertar, como decía la carta a los Colosenses, si en nuestro interior hay sentimientos de compasión, de bondad, de humildad, de dulzura, la comprensión, de perdón, de respeto y de estimación sincera hacia los demás.

La tarea es urgente. Nuestra sociedad y, a un nivel más amplio, la sociedad europea, están en crisis a varios niveles: político, económico, social y ético. Esta crisis múltiple da lugar a los populismos, a la agresividad y a los recelos hacia los otros que no son como nosotros o que vienen de fuera. Hay que encontrar, pues, las bases que después de los grandes desastres bélicos del s. XX y los odios que los crearon y los siguieron, hicieron posible -tanto a nivel de nuestro país, como en Europa- poner las bases de un modelo de derechos y de justicia social, arraigado en la gran tradición del cristianismo, del legado bíblico de Israel y de la cultura grecorromana. Sobre estas bases se construyó Europa y los pueblos que la forman, entre ellos el nuestro. Debemos continuar construyendo, por tanto, la Europa de la dignidad de cada persona, de la libertad, de la igualdad, de la solidaridad y de la paz. En una palabra, la Europa que pone en el centro la persona humana y sus derechos y no una economía sin frenos. En la historia europea, siempre se han superado los momentos críticos recurriendo al legado de la gran tradición que lo ha fundamentada y que ha aportado elementos de regeneración y de renovación (Cf. ¿Quo vadis, Europa?: La Vanguardia, 24.03. 2019). En el alma de Europa, a partir de cómo la pensaron sus fundadores para superar las guerras entre los pueblos que la forman, y en el alma de nuestro pueblo, siempre ha habido las dimensiones espirituales y éticas (como la dignidad de todo ser humano y la protección de la vida, la justicia, la hospitalidad con los que llaman a sus puertas huyendo de la guerra, de la persecución o del hambre, la protección de la naturaleza, etc.) junto a la dimensión económica puesta al servicio de las personas y de la jurídica para construir la integración europea. Pero, ahora, por parte de algunos se ponen en cuestión aspectos importantes de estas dimensiones espirituales y éticas.

A los cristianos en toca trabajar para que los avances tecnológicos y científicos estén al servicio de las personas y para que nuestras sociedades dejen de ser egoístas y agresivas contra los otros y sean cada vez más unas comunidades donde impere, tal como decía Pablo VI en el texto que he citado al principio, el amor, la conformidad con los principios democráticos, la voluntad de no hacer daño al otro como persona o como pueblo sino de respetarlo en sus derechos, el no dar la primacía a las cosas materiales y el arte de usarlas bien, la preeminencia del espíritu, la paz. Así se vivirá un humanismo arraigado en el Evangelio, en lo que constituye el alma de Europa.

Nos toca a los cristianos, pues, llevar las enseñanzas de san Benito, que son los del Evangelio, a nuestra sociedad, a los ambientes donde nos movemos, a la familia, los amigos, en el trabajo, en el recreo, en las tareas de voluntariado, a las asociaciones, etc. Debemos hacerlo ofreciendo un testimonio de vida atrayente y una fe bien fundamentada, nutrida en los sacramentos, en la Palabra de Dios y en la oración personal. Desde este arraigo, es necesario que muchos laicos, hombres y mujeres, estén, también, presentes, sin miedo, en los ámbitos de la política, de la sociedad, de la economía, los medios de comunicación, de la cultura, de la protección del medio ambiente. Y también en el ámbito de la educación, del trabajo, de la enfermedad y el sufrimiento, de la acogida y la hospitalidad de los emigrantes, en los debates sobre temas éticos (cf. Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 41.49 .100).

La tarea es ingente. También lo era cuando los discípulos de san Benito se hicieron presentes en una sociedad en crisis que se estaba desintegrando, como era la del final del imperio romano. Y con su presencia en muchos lugares de Europa llevaron el anuncio del Evangelio, enseñaron nuevas técnicas de trabajo agrícola y artesanal y difundieron la cultura que habían recibido de sus maestros. Así contribuyeron a mejorar las condiciones de las personas y poner las bases de una nueva sociedad, que superó la grave crisis anterior. No lo hicieron ellos con sus solas fuerzas. Seguían la sabiduría que viene de la Palabra de Dios y sabían que, como dice san Benito, todo lo bueno que estuvieran haciendo tenía que ir acompañada de una «oración bien insistente» porque, sirviéndose de ellos, Dios lo llevara a buen término (cf. RB Prólogo, 4).

No es una cuestión opcional. Como nos recuerda la Iglesia y de una manera repetida el magisterio del Francisco, la Palabra de Dios nos exige contribuir a la construcción de la sociedad, empezando por la familia, porque esto es una forma del amor al prójimo. Si nos comprometemos a vivir este testimonio y hacer, desde nuestro lugar, este trabajo, podremos recibir aquella recompensa generosa que Jesús prometía en el evangelio de hoy y podremos merecer el poseer la vida eterna. Aquella vida de la que san Benito ya disfruta y hace que nos alegremos en su fiesta.

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