Solemnidad de la Virgen de Montserrat

Queridos hermanos y hermanas,

Las lecturas que hemos proclamado nos ayudan a profundizar el misterio de la Virgen. Un misterio vinculado a la Encarnación, a la muerte y la Resurrección de su Hijo.

En la primera lectura hemos escuchado un breve fragmento del Libro de los Hechos en el que vemos la primera comunidad cristiana reunida en espera del Espíritu que el Señor Jesús les había prometido. En esta asamblea encontramos a los apóstoles, a los parientes de Jesús, a las mujeres que lo habían acompañado y a María, su madre.

María está presente, como nos ha recordado el texto, en su condición de madre de Jesús. Está presente no en el lugar de los apóstoles sino perseverando, «sin falta» nos ha dicho el texto, en la oración.

María está presente, como lo estuvo en los hechos decisivos de la vida de su Hijo. Ahora está presente acompañando a los discípulos de su Hijo. Y los acompaña en la oración común. Esta presencia de María continúa hoy entre nosotros. María acompaña siempre a la Iglesia. La acompaña desde sus inicios, cuando despuntaba la aurora de su nacimiento y lo hace hasta hoy y lo hará también en el futuro. Y lo hace como madre de Cristo y como madre nuestra. Su presencia es una llamada para cada uno de nosotros a profundizar nuestra vida de oración, a saber confiar en el Señor como ella confió sin reservas.

Desde Montserrat, María está presente en la historia y en la vida de nuestro pueblo, en la vida de todos y cada uno de los que viven y trabajan en esta tierra. ¿Contamos nosotros con ella? ¿Le abrimos nuestro corazón y la acogemos como Madre nuestra?

En la segunda lectura, el apóstol San Pablo nos ha recordado que hemos sido bendecidos en Cristo con toda clase de bienes espirituales para ser santos e irreprochables. Si bien estas expresiones quieren describir el plan de Dios para cada uno de nosotros, tienen un significado especial cuando pensamos que también se refieren a Santa María, a quien Dios quiso aplicar de manera anticipada los méritos de Cristo que ahora nosotros también podemos recibir.

Mediante el bautismo hemos sido purificados del pecado y gracias al don del Espíritu también nosotros podemos llegar a ser portadores de Dios, a fin de llevar a Cristo al mundo, como ella lo hizo.

Gracias, Señor, por habernos creado y redimido. Gracias por el precioso don de la fe, de la filiación, y por la fuerza que nos das para avanzar en el camino de la santidad. Gracias por todos los dones que hemos recibido de tu bondad.

El evangelio que hemos proclamado es una de las páginas más poéticas del Nuevo Testamento. Para poder captar y entender el alcance del encuentro entre María e Isabel, no podemos dejar de lado la escena de la Encarnación. Si nos detenemos un momento, el diálogo entre el ángel, que habla de parte de Dios, y María, se termina con el silencio. El ángel se retira, ya que el encuentro entre Dios y las personas se circunscribe, más allá de las formas externas, en el silencio y en la intimidad del corazón. ¿Buscamos a Dios en el silencio? ¿Hacemos silencio para dejar que el Señor se haga presente en nuestra vida?

A continuación, el evangelista, como haciendo un corte, nos dice que María, llena aún del eco que las palabras del ángel le dejaron, se fue aprisa a la montaña, por si podía servir en algo a Isabel, su pariente, que se encontraba en el sexto mes de su gestación.

¿Cuál era la razón por la que María había emprendido decididamente el camino a casa de su pariente? La razón es siempre la misma: la Palabra de Dios cuando se hace presente en la vida de las personas conlleva una misión, un salir necesariamente al encuentro del otro, del que sufre alguna necesidad. ¡Y son tantos los que también hoy sufren alguna necesidad!

Al igual que el ángel entró en casa de María y la saludó, María también entra en casa de Zacarías y saluda a su pariente, saludo que hace que el niño que Isabel lleva en su seno salte de entusiasmo.

El cántico de alabanza entre las dos mujeres, un cántico en el que ellas no son el centro, sino que es el niño que María lleva en su vientre, es el cántico de la esperanza, es el cántico de la fidelidad de Dios y es el cántico de los débiles, de los marginados y de los desheredados de todos los tiempos.

En el cántico de María encontramos cómo la fidelidad de Dios hacia los padres, los patriarcas y los grandes profetas, es confiada a una joven absolutamente desconocida, ya que seguramente nadie se dio cuenta o no hizo caso de la actuación de María.

María e Isabel, con sus ojos de mujeres y de madres, supieron «ver» lo que tantos otros no llegaron ni siquiera a intuir. Dios venía; Dios estaba preparando su tienda entre nosotros para hacerse uno de los nuestros.

Y este hecho no es neutro sino que rompe los esquemas y nos obliga a tomar partido, a tomar posición, a cambiar la manera de vivir y de ver a Dios, a los demás y al mundo. Esto es lo que intuyeron María e Isabel, por ello juntas anunciaron lo que ha sido y es fuente de fuerza, de coraje y de esperanza para tantos hombres y mujeres, creyentes y no creyentes que viven o malviven en nuestro mundo. ¿Sabemos cantar las maravillas de Dios, sus grandes hazañas y su proximidad a las realidades más sencillas de la vida? ¿O bien nos pasamos la vida criticando y quejándose de todo? Hermanos y hermanas, Dios se hace presente en nuestra vida cotidiana y se hace presente en la Eucaristía que estamos celebrando.

Hoy, como María e Isabel, el Señor nos será consuelo y fuerza para salir decididamente hacia el encuentro de nuestros hermanos. Que su intercesión nos dé la alegría a la que nos invita el lema pastoral del santuario para este año. Seamos Iglesia en salida, es decir, cristianos misioneros. Seamos valientes y regalemos el amor de Dios a nuestros contemporáneos, como lo hicieron Santa María y su prima Isabel. Amén.

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