Solemnidad de la Dedicación de la Basílica

Estimado Sr. arzobispo; queridos hermanos y hermanas:

Jesús entra en casa de Zaqueo. Jesús, ya lo sabemos, es el Hijo de Dios, todo santidad, todo amor generoso, que ha venido a traer el perdón, la paz, la luz, la vida. Ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Zaqueo es un cobrador de impuestos (un «publicano» que dicen otras traducciones). Se ha hecho rico a base de explotar a otros cobrándoles más de lo necesario. En la consideración social de la época, era visto como un pecador público y como un colaboracionista del poder romano ocupante.

Sin embargo, Jesús quiere entrar en su casa. Quiere tener una conversación compartiendo la comida. Y, esto, evidentemente, era mal visto. Un maestro espiritual no podía tener estos contactos. Por eso lo acusarán de ser amigo de publicanos y prostitutas, amigo de pecadores. Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador, dicen. Y eso es lo que contamina, piensan.
Pero, Jesús no tiene prejuicios y entra en casa de Zaqueo, el pecador, y come con sus amigos, que debían ser más o menos como él. De este modo, Jesús lleva la salvación a aquella casa. Y Zaqueo se convierte.

Poco antes de este episodio, había dicho: ¡qué difícil, que un rico entre en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios. La gente se quedó extrañada y decía: entonces, ¿quién puede salvarse? Y Jesús les había respondido: lo que es imposible para los hombres es posible para Dios (Lc 18, 24-30). En casa de Zaqueo se ve cómo Dios hace posible la salvación también para un rico que ha ganado el dinero extorsionando a los demás, si éste se convierte y reparte su riqueza en bien de los demás.

Zaqueo, pues, acogiendo gozosamente la palabra de Jesús se convierte, recibe el perdón de su mal comportamiento y se encamina hacia la salvación en el Reino de Dios. Por ello restituye lo que había tomado injustamente y ayuda a los necesitados con una gran generosidad.

Jesús entra en casa de Zaqueo. El santo, el Hijo de Dios, en la casa de personas débiles y pecadores para llevarles la salvación. También el día de la dedicación de esta basílica, hoy hace 427 años, entró en esta casa para traer la salvación con su Palabra y sus sacramentos. Entraba en una casa donde reza una comunidad de monjes débiles y pecadores. San Benito mismo recuerda que la comunidad está formada por «almas enfermizas» que necesitan enmendarse y progresar (RB 2, 39-40; 27, 6;). Con la dedicación, Jesús entraba, también, en una casa donde miles y miles de peregrinos acuden con sus fragilidades, sus oscuridades y su pecado y esto unido con su deseo de mejorar y de encontrar la curación, la salvación.

En la visión idealizada de muchos, el monasterio es un lugar de hombres y mujeres santos. En cambio, en la realidad, ya en tiempos de san Benito, un monasterio es una comunidad de hombres o mujeres que quieren trabajarse espiritualmente para ir superando sus defectos, sus malos comportamientos y sus pecados (cf. RB 7 , 70). Y, además, quieren acudir a la apertura sincera del corazón a un padre espiritual (RB 7, 44-48; 45, 5-6). A pesar de todas las debilidades y pecados, Jesús no abandona. Sigue presente en medio de los monjes y de los peregrinos con su llamada constante a la conversión, con su perdón, con su gracia a favor de monjes, escolanes y peregrinos.

Estos últimos días, los medios de comunicación han hablado de algunos hechos pasados de abusos a menores por parte de hombres de la Iglesia, que son totalmente contrarios a la vocación recibida. Entre ellos, han hablado de los de un monje de Montserrat, fallecido hace diez años. Estos hechos denunciados han impresionado a todos, también y de una manera muy intensa a nuestra comunidad.

Ante estos hechos, mis hermanos de comunidad y yo mismo pedimos humildemente perdón a las víctimas; nos solidarizamos con su dolor y les ofrecemos el apoyo de la comunidad. Los abusos sexuales a menores por parte de personas consagradas a Dios nos duelen profundamente porque hieren la parte más vulnerable de las víctimas y traicionan la confianza que habían puesto en ellos. En la acogida pastoral a tanta gente que hacemos a Montserrat sabemos qué dolor se causa y cómo cuesta cicatrizar las heridas.

Pedimos perdón, también, a todas las personas a las que el conocimiento de estos hechos ha podido escandalizar o hacer perder confianza en instituciones de Iglesia. Pedimos perdón, también, por las cosas que en el pasado, en Montserrat, no se hayan podido hacer suficientemente bien y hayan podido facilitar comportamientos indignos.

Reiteramos, una vez más, nuestra condena rotunda a cualquier tipo de abuso realizado a menores. Y expresamos también nuestra voluntad de transparencia total. Por ello, hemos creado una comisión externa que analice los casos que se puedan denunciar. Y luego actuaremos en consecuencia, daremos los resultados de la investigación de la comisión siguiendo el protocolo establecido por el Papa Francisco y por nuestras Iglesias particulares. Tenemos, pues, las herramientas necesarias para aclarar los hechos y atender a las víctimas de una manera justa y evangélica.

Queremos agradecer, además, las muchísimas muestras de apoyo y de amistad que, más allá de unos hechos concretos negativos que puedan haber ocurrido, valoran el trabajo y la aportación de Montserrat y aprecian la fidelidad global de la comunidad a sus compromisos monásticos. En este sentido, puedo decir que nos han dolido ciertas expresiones aparecidas en algunos medios que parecía extender la sospecha de agresores sexuales al conjunto de los monjes. Lo hemos vivido con humildad y sintiéndonos solidarios con otras entidades eclesiales que estas semanas se encuentran o se han encontrado con situaciones similares.

Los abusos son un problema que se ha dado también en la Iglesia y que hay que afrontar con decisión según las directrices dadas por la Santa Sede, a pesar de las dificultades, con espíritu de confianza y de una manera esperanzada. Porque reconocer la verdad nos hará libres (cf. Jn 8, 32). En esta tarea tan importante Montserrat siempre se hará presente.

Os pido, finalmente, que continuéis orando por nosotros para que seamos humildes y buenos monjes, y para que Montserrat pueda continuar siendo un lugar de veneración y alabanza a la Virgen y de anuncio creíble del Evangelio de la misericordia tal como lo comenzó a ser el día que, mediante la dedicación, Jesús entró en esta casa. Y tal como lo renueva la celebración de la eucaristía.

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