Solemnidad de la dedicación de la basílica de Montserrat

Homilía del P. Abad Josep M. Soler
3 de febrero de 2020
Is 56, 1.6-7 / He 12, 18-19.22-24 / Lc 19, 1-10

«Esta es la morada de Dios con los hombres», decíamos (cf. respuesta al salmo responsorial). ¿Cuál?, hermanos y hermanas. ¿Cuál es esta morada o tabernáculo? Hay una gradación espiritual entre el canto del salmista en el salmo responsorial, la oración cristiana de este salmo, la fiesta que celebramos hoy y la plenitud hacia donde nos encaminamos. El salmista nos habla de peregrinación, de movimiento hacia la casa de Dios. Y en la lectura cristiana de este canto descubrimos el movimiento que nos lleva hacia el término de nuestra vida.

El salmista que compuso el salmo pensaba en la peregrinación al templo de Jerusalén. Era la casa de Dios en medio de su pueblo y al abrigo de los creyentes en medio de las vicisitudes del día a día. Estos acudían a veces llenos de gozo para alabar en él al Dios que les daba vida, o bien agobiados por las preocupaciones y los sufrimientos para presentarlas a Dios confiando en su salvación. En el templo de Jerusalén, Dios se encontraba con los miembros de su pueblo. Si, tal como dice el salmista, las golondrinas encontraban lugar para anidar, mucho más los creyentes eran acogidos y liberados como los pájaros que revoloteaban libres alrededor del templo.

Pero, el templo de Jerusalén ya ha pasado. La fe cristiana nos hace descubrir la plenitud del templo de Dios en Jesucristo (cf. Jn 2, 19-22), porque en él habita la plenitud de la divinidad (Col 2, 9). Por eso, cuando Jesús entró en casa de Zaqueo como hemos escuchado en el Evangelio- era Dios quien entraba y llevaba la salvación. De aquí que Zaqueo lo recibió muy contento y se sintió acogido por Dios y liberado del peso que lo agobiaba.

Hoy, en el aniversario de la dedicación de nuestra basílica, celebramos y agradecemos que, a través del ministerio de la Iglesia, Jesucristo tomara posesión de esta basílica, él que es la morada de Dios en medio de la humanidad. Y sigue presente, en esta casa dedicada a su Madre, Santa María que atrae a tantos y tantos peregrinos. Podemos cantar, también, pues, de esta nave lo que cantábamos como respuesta del salmo responsorial: «este es la morada de Dios con los hombres». Desde hace 428 años, santos y pecadores, pequeños y grandes, venidos de todo el mundo, encuentran en este lugar al Dios de la vida y de la paz. Aquí se cumplen, también, aquellas palabras que hemos escuchado en el evangelio: el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido… Ha venido a buscar ya salvar, esto quiere decir que para recibir su liberación y su gracia, hay que dejarse encontrar y salvar.

Esta basílica, sin embargo, no es el término del camino. Es sólo un preludio del tabernáculo definitivo. Es un hito en la peregrinación cristiana a la casa del Padre. Un hito muy importante sobre todo para nuestra comunidad; aquí, rezamos cada día en comunión con todos los hombres y mujeres del mundo; aquí hacemos nuestra donación a Dios como monjes, donde recibimos la consagración monástica y algunos la ordenación diaconal o presbiteral; aquí, los monjes somos conducidos al término de nuestra itinerario en este mundo para celebrar la eucaristía en sufragio, para que podamos entrar en el tabernáculo definitivo del cielo y disfrutar allí eternamente de la paz y la alegría de Dios.

Mientras anhelamos, como el salmista, llegar a los atrios del Señor, en el tabernáculo del cielo, experimentamos, monjes, escolanes y peregrinos, la felicidad de encontrarnos en la casa que Dios nos ofrece para acogernos, la felicidad de alabarlo cada día en nombre de toda la humanidad, la felicidad de sabernos hermanos del Cristo e hijos del Padre del cielo. Creemos que aquí Dios nos mira con amor porque nos ve reunidos en torno a su Ungido, Jesucristo, y unidos entorno de Santa María, la Madre de Jesús y Madre nuestra.

Esta basílica, con decía, no es el término del camino. Hay que seguir la ruta existencial hasta poder llegar al término que es «la morada de Dios con los hombres para siempre», en el Reino glorioso. Y, ¿cómo se llega? Se lo pregunta, también, el salmista cuando dice: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda y habitar en tu monte santo? (Sal 14, 1). Y el Señor responde: El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua, el que no hace mal a su prójimo ni difama al vecino (Ps 14, 2-3 ). La respuesta es muy significativa. El salmista pregunta cómo podrá habitar eternamente en la casa de Dios, y se le  responde que mire al fondo de sí mismo para ver si es fiel a la Palabra viviendo en la verdad y al mismo tiempo que se preocupe activamente de los demás. Es lo que hizo Zaqueo, según el evangelio que hemos escuchado, miró a su corazón y vio que era un pecador y que había hecho daño a los demás, y decidió restituir muy generosamente lo que les había defraudado y ayudar a los pobres. En otro momento, Jesús repitió esta enseñanza con otras palabras: feliz el siervo fiel y prudente que cuando el Señor venga encontrará velando y haciendo el bien a los demás (cf. Mt 24, 45-47), porque todo lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos, conmigo lo hicisteis y que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos, también conmigo dejasteis (Mt 25, 40.44). San Benito lo sintetiza diciendo: «si queremos habitar en el tabernáculo de este reino, miremos que no se llega a él si no es corriendo con las buenas obras» (RB Prólogo, 22). Con lo cual remarca la libertad interior con la que se debe tomar la decisión de querer llegar al término del camino y al mismo tiempo el dinamismo espiritual que supone cuando habla de «correr» por el camino de la fe y de las buenas obras (cf. RB Prólogo, 21).

Nos anima a correr así la presencia espiritual de la Virgen y la consideración de cómo ella ya ha llegado al término glorioso del «tabernáculo» donde Dios se quiere encontrar eternamente con la humanidad que Jesucristo ha redimido. Ella aquí, en esta basílica, hace resonar en el corazón de los peregrinos lo que un día dijo en Caná de Galilea: haced todo lo que él os diga (Jn 2, 5); es decir, vivid de acuerdo con la Palabra de mi Hijo y llegaréis a la meta.

En este tabernáculo pasajero que es la basílica, nos reunimos ahora en torno a la mesa de la Eucaristía, y, como en otro tiempo en casa de Zaqueo, Jesucristo es comensal con nosotros. Nos ha instruido con su Palabra de perdón, de gracia y de vida. Y nos nutrirá con el sacramento de su cuerpo y de su sangre, para que ahora tengamos fuerza para vivir la fe y realizar las buenas obras en servicio de los demás. Y luego podamos llegar a ese tabernáculo eterno donde él quiere encontrarse para siempre con toda la humanidad salvada.

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